Esta es la película El ladrón de Bagdad (1940), un clásico de fantasía producido por Alexander Korda. En el minuto 1.02.00 (una hora y dos minutos) se encuentra la escena de la Dama de Plata, una autómata asesina.
Uno pensaría que esto son antigüedades fantasiosas típicamente hollywoodescas, pero la afición a los autómatas viene de bastante más atrás. Si no me equivoco, ésta es la fuente más remota de la Autómata Asesina, en el libro XIII de las Historias de Polibio. Habla de las infamias y crueldades de Nabis, tirano de Esparta a partir del 207 a.C.
Ideó también una máquina, si es que se le puede aplicar este nombre. Se trataba de una efigie de mujer recubierta de ricas vestiduras; tenía un gran parecido con su propia esposa. Iba convocando regularmente a los ciudadanos con el ánimo de sacarles dinero. Primero les dirigía amablemente un largo parlamento: señalaba el peligro que los aqueos significaban para la ciudad y para el país, les hacía ver la gran cantidad de mercenarios que sostenía con vistas a la seguridad y, además, los gastos que implicaban las ceremonias religiosas y los servicios de la comunidad. Si los convocados cedían ante estos argumentos, ello bastaba para sus propósitos. Pero si alguno los negaba y rehusaba pagar la suma impuesta, decía lo que sigue: "Seguramente yo soy incapaz de persuadirte, pero me parece que ésta, Apega, te convencerá. Él decía esto y, al punto, aparecía la estatua de la que hablé un poco más arriba. El déspota la cogía de la mano y la hacía levantarse de su asiento; ella abrazaba al hombre y, poco a poco, lo estrechaba contra su pecho. Por debajo de los vestidos tenía los brazos y los antebrazos erizados de clavos metálicos e, igualmente, los pechos. Cuando había aplicado las manos de la estatua a la espalda del hombre, Nabis, por medio de ciertos resortes, empujaba más a su víctima hacia los pechos de aquella escultura; la víctima, así oprimida, lanzaba gritos desgarradores. Aquel tirano mató de esta manera a muchos que se habían negado a pagarle un tributo. (XIII.7)
Esta Apega, de mortífero abrazo, nos recuerda también a la Dama de Hierro original (antes de la Thatcher), y puede servir como buen emblema de la Administración Tributaria. No está de más decir que para Walbank el pasaje es apócrifo o falso. Ahora bien, hay otros ingenios curiosos en las Historias, como el Toro de Falaris o el caracol automático de Atenas.
En la Edad Media, con el desarrollo y difusión de la relojería, también se encuentran historias de autómatas. Unos guerreros autómatas con armadura que parecen más propios de El Capitán Trueno aparecen sin embargo en el poema épico ambientado en Oriente Medio, Le Bâtard de Bouillon. Oriente invita a estas cuestiones, parece.
No he captado bien el sentido del título de esta película, igual alguien me lo explica. Va sobre una pareja de investigadores escépticos que se dedican a desenmascarar los trucos de parapsicólogos y médiums, con éxito pasable aunque uno parece resistírseles, un tal Silver (Robert de Niro), que doblaba cucharillas como Uri Geller y hace espectáculos de levitación y adivinación que le atraen muchos seguidores. La investigadora principal (Sigourney Weaver) muere tras confesarle a su ayudante un momento de debilidada en el que había creído en los trucos de Silver: su punto flojo emocional es un hijo que tiene en coma con respiración asistida desde hace muchos años. En cuanto a su ayudante, su investigación a Silver está llena de fenómenos extraños de poltergeist— hasta que en la confrontación final con el médium, queda claro que el causante de todos los fenómenos psíquicos era el propio investigador, y no el investigado. Una especie de variante sobre Edipo Rey, pues (hasta con adivino ciego), pues el detective se buscaba a sí mismo mismo sin saberlo. La película pasa así del modo escéptico poco convencido al modo paranormal como efecto final. El reto en todo espectáculo de ilusionismo es descubrir el truco del ilusionista—en este caso, cómo resolverá la película los nudos que ata— y lo hace más o menos cambiando de género o de registro, solución arriesgada, aunque preparada a lo largo de la película de modo que se haga aceptable (digo cinematográficamente, no intelectualmente). Es triste, sin embargo, que la posición más racional aparezca en el cine, sistemáticamente, como frustrada emocionalmente, o como una modalidad de autoengaño, y que los mercaderes de misterios baratos adquieran un aura de gurú trascendental aun a la par que se denuncian sus supercherías. Prueba, por si hacía falta, de que la gente lo que quiere realmente (aparte de pasar un rato de intriga) es creerse lo que quiera, sin que la desengañen. Por lo menos en el cine.
Una película de Todd Haynes sobre la presión social sobre la libertad de las personas—sobre la represión de los deseos y de las emociones controlada por el círculo social, las maneras, el matrimonio... Vemos a una pareja modélica de los años 50, un próspero hombre de negocios y su esposa, viviendo en su chalecito barrio blanco en la América blanca, y llevando a sus hijos más tiesos que una vela. A la vez, él es un homosexual reprimido, y el descubrimiento de ésto, sus fallidos intentos de "curarse" y normalizarse, le llevarán a tensiones insoportables y al final a la crisis irremediable. En cuanto a ella, intenta (en parte por su frustración emocional) hacer amistad con su jardinero, negro por más señas—sin ser consciente del nivel de rechazo y hostilidad que esto iba a levantar en su círculo social y familiar. Al final, el marido y la mujer siguen viviendo su vida de mentiras y disimulos, sin aceptarse mutuamente, mientras la relación de entendimiento mutuo y cariño que despunta entre la esposa y su jardinero negro termina en una triste separación sentimental, cuando él se ve obligado a buscar trabajo en otro sitio, y a cortar la relación por el bien de su hija. La película está muy cuidada en su aspecto visual, imitando la estética del cine y la publicidad de los 50 incluso en sus títulos de crédito, y por supuesto en los colores, diseños, peinados, posturas... Eso es a la vez una fuerza y una debilidad, puesto que a veces parece estar hablando de un tiempo felizmente superado, y otras nos sugiere con mucha fuerza que el control externo e interno lo tenemos siempre dentro y alrededor, y que salirse algo más que un pelín de los carriles marcados y de lo que espera tu círculo lleva a tensiones, peleas, sufrimiento y aislamiento. No es optimista la película, a pesar del ramito de flores que la cierra, con un movimiento de cámara deliberado. Es una historia ejemplar que muestra entre otras cosas los límites de todo el mundo. La buena mujer (Julianne Moore) desfoga sobre sus hijos, con una vida hiperordenada que les impone, toda la presión social que siente ella misma. De la "dolencia" de su marido, jamás llega a concebir ella (ni él) que no sea la cosa un problema mental o un vicio indeseable, eso de la liberación gay quedaba muy lejos. En cuanto a su mejor amiga llegaba a comprenderla en sus problemas sexuales y emocionales con el marido, pero traza la raya de la incomprensión cuando la cosa trata de hacer amistad con negros. Una especie de Jungle Fever menos febril, en suma. Pero estas cosas sólo pasaban en los años 50, ¿no?
Far from Heaven. Dir. Todd Haynes. Cast. Julianne Moore, Dennis Quaid, Dennis Haysbert. DVD. Focus Features /Vulcan Productions, c. 2003.
"David Copperfield" (Ciclo de Cine: "Derechos de infancia y adolescencia I") (Teruel)
Fecha
07/03/2012
Lugar
Colegio Mayor Pablo Serrano (Ciudad Escolar, s/n) Teruel
Hora
19:00
Entrada
Libre
Organiza
Vicerrectorado de Proyección Social y Cultural de la Universidad de Zaragoza - Área de Actividades Culturales
Colabora
Vicerrectorados de los campus de Huesca y de Teruel, Área de Proyección Social y Asociación Universitarios con la Infancia.
DAVID COPPERFIELD (The Personal History, Adventures, Experience, & Observation of David Copperfield the Younger) País: EEUU Año: 1935 Duración: 125 min. B/N
Dirección: George Cukor. Guión: Howard Estabrook y Hugh Walpole basado en la novela homónima de Charles Dickens Fotografía: Oliver T. Marsh. Música: Herbert Stothart. Dirección artística: Cedric Gibbons. Montaje: Robert J. Kern. Intérpretes: Edna May Oliver, Elizabeth Allan, Jessie Ralph, Harry Beresford, Freddie Bartholomew, Hugh Walpole, Basil Rathbone, Herbert Mundin, John Buckler, Una O’Connor, Lionel Barrymore, Elsa Lanchester, W.C. Fields, Maureen O’Sullivan.
Sinopsis: Inglaterra, siglo XIX. Cuando el padre del joven David muere, su madre se vuelve a casar. Su padrastro es un hombre cruel que, después de enviudar, manda a David a Londres para que viva de su trabajo.
Film de George Cukor, basado en la novela (1850) de Charles Dickens. Se rueda, en B/N, en exteriores de Canterbury y Malibú y en los MGM Studios. Fue nominada a 3 Oscar (mejor película). Producido por David O. Selznick para la MGM, se presenta en “première” el 8-I-1935 (EEUU).
La acción tiene lugar en Bloonderstone, Salem House, Londres, Dover, Yermouth y otras localidades, entre 1810/19 y 1835/44. Dickens trabaja 2 años (1848/50) en la novela, narrada en primera persona (como la película), con abundantes referencias autobiográficas. David Copperfield nace en Blooderstone 6 meses después de la muerte del padre, en un año indeterminado de la segunda década del XIX. Los avatares de la vida le enfrentan pronto (a los 8/9 años) a problemas y dificultades que le obligan a tomar decisiones arriesgadas y trascendentes.
La película desarrolla un drama que se sitúa antes de la época victoriana (1870/1914). Es el tiempo en el que se sientan las bases de una larga fase de prosperidad, mejora de las condiciones de vida, aumento de los salarios, pleno empleo, avances sociales, popularización y reglamentación de los deportes (cricket en 1847), extensión de la enseñanza, emergencia de una clase media amplia, florecimiento de la cultura, el arte y la literatura, progresiva definición de una moral colectiva basada en la austeridad, el trabajo, la respetabilidad y la familia. Se imponen nuevas figuras como el divorcio (1847). La mujer conserva posiciones de dependencia, pero a ella corresponde el gobierno de la casa. La película, de la mano de una excelente adaptación de la novela, muestra el pálpito de la sociedad de la época. La tía Betsey se ha separado del marido, que ha enviado a la India. Jane Murdstone asume el gobierno de la casa en lugar del hermano. Agnes Wickfield tiene la fuerza necesaria para sostener la familia cuando el padre cae en el alcoholismo. Al perder el referente de su familia, David se incorpora a la de la tía Betsey. La hipocresía de unos y la irresponsabilidad de otros son sancionadas severamente. Se elogia el sentido del deber familiar de quien acoge a los sobrinos huérfanos y a la cuñada viuda. David decide ser escritor, una profesión con mayores oportunidades que en el pasado. Se censuran los castigos físicos, en especial los destinados al sometimiento de personas. Se hace exhibición de modas americanas como la de fumar tabaco en pipa de caña larga. El humor se hace presente a través de personajes pintorescos como tía Betsey, el loco muy lúcido Sr. Nick, el bueno de Wilkins Micawber, acosado siempre por las deudas, etc.
La música, de Herbert Stothart, es abundante y descriptiva: tormenta, fatiga de David, naufragio, etc. Hace uso de solos de voz y violines dentro de un conjunto orquestal de viento y cuerdas. La fotografía luce encuadres fijos, movimientos limitados de cámara, cuidadas composiciones de grupos, colores contrastados y negros intensos. Las interpretaciones son gratas y convincentes.
Bien, pues vemos con no demasiado público este clásico. Llama la atención la obsesión con la diferencia social, y el terror a perder el status de gentleman para convertirse en proletario o en mendigo. Inversamente, el malvado de la película es un trepa social, el intrigante Uriah Heep que con sus malas artes se apodera de la oficina de su patrón, pretende a su hija... y es debidamente castigado y humillado. Esta cuestión de la ansiedad por la posición social viene de la autobiografía de Dickens, como muchos otros elementos "descolocados" en la novela (y en la película) como son el carácter improvidente y la familia desorganizada de Mr. Micawber - aquí proyecta Dickens elementos de su propia infancia y de su padre, como también el episodio en que se manda al niño a trabajar, proletarizándolo.
Otro elemento desplazado que llama la atención es la historia de los dos matrimonios. David Copperfield, DC, es "CD", Charles Dickens, convenientemente disimulado, el único escritor de sus héroes. Su matrimonio con Dora es un trasunto del amor temprano de Dickens a su esposa, que iría seguido del desengaño ante su falta de inteligencia y su indolencia como ama de casa. Pero tuvo la mujer el desacierto de no morirse, y Dickens lo corrige debidamente en su ficción, preservando así en su pureza el amor que en realidad desapareció. En cuanto al angel guardián del hogar, Agnes, veo en ella una transposición de su cuñada, con quien Dickens (con)vivió un idilio platónico o amistad idealizada. Me pregunto si sus conocidos interpretarían esto en su fuero interno; comentarlo hubiera sido demasiado inconveniente. La realidad fue otra, no menos interesante, pero en la ficción el novelista no duda en matar a la esposa, convenientemente llorada, y sustituirla por la cuñada, what the Dickens. Daría para mucho un biopic que mezclase elementos de Charles D. y David C. Además, seguro que ya existe.
"El chico" (Ciclo de Cine: "Derechos de infancia y adolescencia I") (Zaragoza)
Fecha
06/03/2012
Lugar
C.M.U. Pedro Cerbuna (C/ Domingo Miral, s/n) Zaragoza
Hora
19:00
Entrada
Libre
Organiza
Vicerrectorado de Proyección Social y Cultural de la Universidad de Zaragoza - Área de Actividades Culturales
Colabora
Vicerrectorados de los campus de Huesca y de Teruel, Área de Proyección Social y Asociación Universitarios con la Infancia.
EL CHICO (The Kid) País: EEUU Año: 1921 Duración: 68 min. B/N Dirección y guión: Charles Chaplin. Fotografía: R.H. Totheroh. Dirección artística: Charles D. Hall. Montaje: Charles Chaplin (sin acreditar). Intérpretes: Charles Chaplin, Jackie Coogan, Edna Purviance, Carl Miller, Tom Wilson, Henry Bergman, Lita Grey.
Información de la web de la Universidad: Sinopsis: Una mujer londinense, sumamente pobre, se ve en la necesidad de abandonar a su hijo en una casa de millonarios, aunque por una serie de circunstancias el niño terminará siendo cuidado por un vagabundo que se convierte así en su padre. Cinco años después, y con la madre convertida en una popular cantante, el destino tratará de separarlos... Primer largometraje y primer film mayor del realizador Charles Chaplin (Londres/RU 1889 – Suiza 1977). El guión, del propio Chaplin, combina ficción y elementos de carácter autobiográfico, que hacen de éste el que muchos consideran su trabajo más personal. Se rueda, entre el 30-VII-1919 y agosto de 1920, en escenarios reales de L.A. (Olvera Street) y Pasadena (Colorado Street Bridge) y en los platós de Chaplin Studios (Hollywood, L.A.). Producido por Charles Chaplin para Chaplin Productions y First Internacional, se proyecta por primera vez en público, en sesión de preestreno, el 21-I-1921 (NYC). La acción dramática tiene lugar en Londres en dos momentos: 1915 y 1919/20. Una joven madre soltera, pobre y sola, abandonada y olvidada por su compañero y sin ayudas familiares, da a luz un niño en el Hospital de Caridad de la ciudad. En un momento de desesperación, lo abandona en el interior del Rolls Royce (modelo Silver Ghost) de una familia multimillonaria, pero el destino decide que lo recoja un vagabundo, que se convierte en su padre adoptivo. Éste, de unos 25 años, es de buen corazón, soñador, melancólico, pillo y tramposo. Tiene problemas constantes con la policía y sobrevive gracias a los trabajos marginales que le proporciona su condición de pícaro. El chico, de 5 años, es vivaracho, desenvuelto, listo y cariñoso. Se convierte en un firme apoyo del padre en las tareas de la casa y en el trabajo. El film suma comedia, drama, pobreza, familia y cine mudo. Técnicamente es un largometraje, de acuerdo con la definición en vigor de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (EEUU), el American Film Institut (EEUU) y el British Film Institut (RU), ya que su duración es superior a 45 minutos. Contiene un fondo autobiográfico importante, que recoge recuerdos de infancia del autor, como la situación de pobreza familiar, su separación forzada de la madre, la dura experiencia de dos años de reclusión en un asilo para niños, etc. Le impulsa a escribirlo la frustración que le produce el fallecimiento (10-VII-1919) de su primer hijo, Norman Spencer, nacido 3 días antes con malformaciones genéticas. El 30-VII-1919 inicia el rodaje del film, movido por un afán de perfeccionismo que le lleva a repetir una y otra vez las escenas, hasta totalizar un promedio de 53 tomas por cada una de las seleccionadas y montadas en la cinta. El relato es sencillo, como un cuento de hadas, y desborda ternura y cariño. El resultado es una obra entretenida, conmovedora, cautivadora e inolvidable. No es el mejor trabajo de Chaplin, pero es una de sus grandes películas. Consigue un nivel extraordinario de intensidad emocional sin caer en sentimentalismos vacíos, vanos y superficiales. Combina sabiamente humanismo y lirismo, comedia y drama, humor y melancolía. Es una de las más bellas películas sobre la infancia y, al mismo tiempo, es una hermosa película sobre la paternidad, la familia y la educación. El guión evita el pintoresquismo de la pobreza y de sus manifestaciones, para buscar la veracidad, la sinceridad y la transparencia. Deseos de libertad, honestidad, independencia, justicia y cambio, animan el trabajo del realizador. Al amparo de estos deseos, denuncia las diferencias sociales, el contraste entre quienes lo tienen todo y los que tienen poco o no tienen nada, los dormitorios sociales (de pago) para los sin techo, la mendicidad, la escasez y la mala calidad de los servicios sociales y de los servicios públicos de sanidad, limpieza y otros en los barrios pobres, el rigorismo y la ausencia de sentido humanitario de las instituciones asistenciales, como el Hospital de Caridad para enfermos y parteras sin recursos, concebido como un centro cerrado con vallas y rejas, a la manera de prisión. En 1971 Chaplin decide hacer un nuevo montaje del film, al que añade una banda sonora de nueva creación y autoría propia. Suprime varias escenas, con lo que reduce el protagonismo de la madre, pero mejora la solidez del conjunto, evita digresiones innecesarias y eleva la dignidad de la figura materna. Las escenas suprimidas son el encuentro de la madre con una pareja de recién casados, el encuentro casual con un antiguo amante y la escena rodada en Colorado Street Bridge. El film guarda relación con el realismo de Dickens (1812-70), su David Copperfield (1848-49) y su afición por la infancia. Es de gran interés el análisis que establece de la relación entre el padre y el hijo. Más allá del tratamiento humorístico, el padre trata al pequeño con afecto, amor, respeto y reconocimiento de su dignidad como igual (se reparten a partes iguales la comida). La interpretación de Chaplin es magistral y es soberbia la del niño Jackie Coogan (1914-84), que tenía grandes aptitudes imitativas y reproducía a la perfección los movimientos y la gestualidad que le enseñaba el realizador. El film eleva a Chaplin a la categoría de los grandes cineastas del momento y lo convierte en uno de los más acreditados y famosos. La banda sonora, de Charles Chaplin, para orquesta completa, ofrece un tema de amor, que es el tema principal. Añade ritmos de fox, fox-trot y marchas, que aportan dinamismo y gracia. La fotografía, de Roland H. Totheroh, se rueda a cámara fija frente al escenario y a cierta distancia del mismo. El humor visual cuenta con un generoso repertorio de peleas, puñetazos, persecuciones, huidas, caídas, etc. La escena fantástica se resuelve con gran ingenio, ternura y humor.
Siempre que sea posible las películas se visionarán en V.O.S.E.Las proyecciones contarán con presentación previa y coloquio posterior a cargo de la Asociación “Universitarios con la infancia”
Se concerán créditos de libre elección (1 para estudiantes de plan antiguo y 0,5 para estudiantes de grado) para aquellas personas que acudan a un mínimo de 7 proyecciones y realicen un trabajo. Más información e inscripciones en Área de Actividades Culturales de la Universidad.
Es difícil saber con esta versión en DVD, con un nuevo montaje de Chaplin, conocer el ritmo y lenguaje fílmico preciso de esta película en 1921. En todo caso, en esta versión "remodelada" es una obra maestra, y no cabe duda de que Chaplin fue uno de los grandes inventores de la narración cinematográfica. Está especialmente lograda la composición informativa de las escenas, la claridad que distingue los fondos lejanos de los cercanos, la interacción de los actores... y por supuesto la nueva banda sonora perfectamente integrada con el tono emocional de cada escena.
A notar la transición de la realidad al sueño en la escena "Dreamland", con qué tranquilidad pasa el cine del realismo a la ensoñación, y con qué claridad lo consigue evocar Chaplin. (Aunque no es el primero que representa distintos planos de realidad en el cine, vino antes Méliès).
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¿Y dónde veía yo a estos clásicos? A Charlot, claro, lo veíamos con frecuencia en un programa de "Cine Mudo" que echaban en la tele, en blanco y negro por entonces, así que hacía más próximo en el tiempo, y lo era, y lo era. Pero sus películas largas no las ví de niño, con alguna excepción quizá. Sobre "The Kid" leí en un cómic o revista juvenil francesa que me leía en los 70, en Francia, me lo regalaron mis tíos creo. "Bayard" se titulaba, y en una sección hablaba de las estrellas del cine mudo. Luego me informé sobre Chaplin como artista del cine en la enciclopedia temática de Roger Caratini—fue allí donde se me despertó una conciencia del cine como arte.
Pero hoy interesa poco esto. A mis chavales no hay manera de interesarlos por ver películas antiguas. Y de todos los estudiantes de la Universidad de Zaragoza (miles y miles) a este ciclo asistieron ayer tres o cuatro. Cuando lo tienen gratis, que a su edad no me perdía yo una.
Hace años le compré a Ivo la novela gráfica La invención de Hugo Cabret de Brian Selznick, y hoy hemos ido a ver su versión filmada por Martin Scorsese; más para mayores nostálgicos que para niños—pero una gran película de homenaje al cine, y al gusto particular de Scorsese por los directores olvidados y los precursores de los tiempos heroicos. Aquí homenajea a Méliès, un alter ego emocional quizá, pues al margen de sus películas pioneras de los efectos especiales fue en su vejez el primer conservador de la cinemateca francesa. Es curioso que este año le haya caído la lluvia de Oscars a esta película y a The Artist, dos películas "metafílmicas" y con mucho de retro: el cine está de lleno en fase retrospectiva y reflexiva. Aquí hay una serie de trailers precedidos de un making of, curioso verlo en esta película que va sobre cómo se hicieron las primeras películas. La reseña muy bien Roger Ebert, pinchando en la imagen. Aquí también entramos y salimos de un mundo a otro en un abrir y cerrar de ojos, y la gran película de Internet aún está por hacer—algún día la veremos.
La película es un hervidero de referencias al cine antiguo y una recreación hipnótica del París de hace ochenta años; hasta en sus menores detalles juega con el medio. Por ejemplo, en ese increíble travelling incial, en ese otro travelling que atraviesa una ventana de cristal, en la escena en que Hugo e Isabelle están viendo un libro sobre el cine antiguo, y vemos la foto del autor que e está de pie detrás de ellos, como salido de la foto.
Ví en un vídeo de Internet que el autómata de la película fue construido de verdad—no con efectos digitales, sino un auténtico autómata capaz de dibujar la cara de la luna de la película de Méliès. Ahora lo buscaba, y doy con mil vídeos sobre Hugo, y los oigo de trasfondo mientras escribo esto, se me vuelve a pasar la película por la mente y por el trasfondo del ordenador. También vale la pena observar que en un álbum de cromos que tenía de niño salía Harold Lloyd, "el hombre mosca", en la escena del reloj.
Hoy leía en Codicille, de Gérard Genette, que también viene del París de los años 30 por cierto, sus últimas reflexiones sobre la ruptura de marco o metalepsis como él la llama:
Quizá parezca que le hago demasiado caso, con demasiada frecuencia y demasiado por extenso, e incluyendo allí demasiadas cosas, a lo que no es en principio más que una simple figura de estilo o un truco juguetón de la ficción. Pero resulta que nuestra sociedad descansa en gran medida, y cada vez más, sobre la fascinación que ejerce sobre todos, o casi todos, el paso de la imagen pixelada a la realidad vivida, del "visto en la pantalla" al "vivido en persona", y recíprocamente, claro: los chavales se agolpan a la puerta de un estadio o de una sala de espectáculos, o de un mítin político, y os explican (vía micrófono y cámara) que "sin embargo es mejor verlo en vivo que en la tele", pero su placer de ver "en vivo" a su ídolo supone ("sin embargo") que antes lo hayan viso "en la tele", que hace a las estrellas, y donde se les ve un poco mediatizados a su vez: es un comienzo. La virtualización galopante de nuestra existencia desencadena una especie de metalepsis en bucle, planetaria y recíproca, que ya no me siento apto para describir más, pero que con gusto llamaría, por resumir todo esto con una palabra-quimera, nuestra medialepsis generalizada. La función de los medios de comunicación me parece bastante bien representada, con un poco de adelanto (1922) por este severo dicho de Alfred Fabre-Luce: "La prensa sigue fielmente a la opinión, que a su vez refleja a la prensa. Dos espejos que se reflejan uno a otro no muestran más que el vacío".
El vacío acecha mucho, incluso en una obra tan llena y con tantos planos de profundidad. Y es que la película también es amarga, como Sunset Boulevard, como cualquier película sobre una vieja gloria, más para ancianos que para niños. A pesar del happy end, se ve con cierto escepticismo de a dónde van a parar las ilusiones y los sueños y las cosas que se hacen con tanto cariño y atención. Pocos las aprecian cuando la atención va a otra parte. Méliés sí acabó vendiendo juguetes en un puestecillo de la estación de Montparnasse. Y aunque le dieron la Legión de Honor, no salió de pobre, y los homenajes tardíos sólo en parte, poca, compensan el paso del tiempo. Si es que ni el éxito lo compensa. El tiempo, el tiempo... El cine, y el reloj, y la historia, llevamos el tiempo dentro de la maquinaria del cuerpo.
Loving in truth, and faine in verse my love to show, That she (deare she) might take some pleasure of my paine: Pleasure might cause her reade, reading might make her know, Knowledge might pitie winne, and pitie grace obtaine, I sought fit words to paint the blackest face of woe, Studying inventions fine, her wits to entertaine: Oft turning others leaves, to see if thence would flow Some fresh and fruitfull showers upon my sunne-burn'd braine. But words came halting forth, wanting Inventions stay, Invention Natures child fled step-dame Studies blowes, And others feete still seem'd but strangers in my way. Thus great with child to speake, and helplesse in my throwes Biting my trewand pen, beating my selfe for spite, Foole, said my Muse to me, looke in thy heart and write.
Sir Philip Sidney
Lila, Lila. Dir. Alain Gsponer. Written by Alex Buresch, based on the novel by Martin Suter. Cast: Daniel Brühl, Hannah Herzsprung, Henry Hübchen. Germany, 2009.
David Kern, un vulgar camarero, encuentra en un mueble que compra el manuscrito de una novela. Para impresionar a una chica literaria que le gusta, finje ser el autor, y la seduce con su sensibilidad impostada. Luego teme decirle la verdad, claro. La chica le coloca la novela en una editorial, y David se convierte, casi sin querer, en un fenómeno literario, el autor de moda, arrastrado por festivales literarios y acosado por editores y agentes literarios.
Y adquiere un parásito: Jacky, el auténtico autor de la novela, que reaparece y lejos de reclamar la autoría, se autonombra agente literario suyo y aspira a organizarle su carrera y sus futuras novelas. La chica no entiende la relación de su novio con este pelmazo gorrón, nota un engaño, y se va. Al final, el viejo escritor Jacky, personaje cómico y casi conmovedor, se mata por accidente, y Daniel retoma su carrera, esta vez escribiendo de modo auténtico: lo que escribe es la historia por la que ha pasado, con sus planes de seducción, su superchería... pero perpetuando ésta en cierto modo, pues lo presenta ante el público como una ingeniosa ficción o juego literario. Su novia, sin embargo, regresa a él al entender lo sucedido.
Es un poco el tema de Cyrano de Bergerac, con el papel del protagonista arrebatado al viejo escritor ridículo; aquí es el joven nulo (que al final sí se vuelve escritor, una vez la vida le ha dado una historia que contar) el que es el centro de la atención. El viejo escritor no aspira al amor de la chica, y además sabe que le corresponde un lugar secundario: de lo más humorístico de la película es cómo no da ninguna importancia a su novela, sabe que son azares del mercado, manías de las modas; él no tuvo éxito cuando era joven, pero ahora la ruleta ha favorecido a este jovenzano iletrado del cual él, castigado por la vida, espera sacar algo de tajada.
La interpretación alegórica sería que al auténtico autor nadie lo quiere en realidad, a pesar de todo el lionizingdel mundillo literario; lo que el mercado quiere es una imagen, un fenómeno, "carne fresca". Recuerda un poco a ese cuento de Vladimir Nabokov, "Un poeta olvidado", cuando reaparece un octogenario poeta a quien todos creían muerto en su juventud, en el homenaje literario que se le está haciendo—no es más que un viejo molesto fuera de lugar, y en realidad un impostor aunque sea el "auténtico". Es la fama quien hace la autenticidad. El mundillo literario es una farándula más; los azares llevan a algunos a que se los disputen los fans; otros tienen que andar buscándose la vida para que los inviten a algo, y hacer pasillo y contactos; es un trabajo a tiempo completo, aunque por lo menos comen de canapés en las presentaciones de libros. En cualquier caso, la sátira de este mundillo queda subordinada en Lila, lila a la historia de cómo el aspirante a escritor llega a seducir a su musa y chica, una vez más coincidentes. Esta musa (poco menos iletrada que él) se lo lleva en moto y sin casco, atravesando con éxito a toda velocidad el túnel donde se mataba el ficticio protagonista de "su" novela. Allí termina la película, con la imagen de la pareja en moto convirtiéndose en foto que va a la portada del libro, Lila, lila—una de esas transformaciones metaficcionales entre fotografía y película. Aquí se hace para señalar que la película es la adaptación de un libro, señalando el triunfo del propio libro de Martin Suter, pues hay a dos cosas a las que aspiraba el viejo escritor Jacky para su pupilo: una, la adaptación cinematográfica y otra, una tirada de camisetas (que también salen), en las que pone "He estado en la cama con David Kern"—
—y es que todo el mundo lee en la cama. Pero claro, el lema también dice mucho sobre las interacciones de escritura y deseo, en esta película o en cualquier otra. Este es el tema final de la banda sonora:
Blog (Elena Trapé, 2010) es una película sobre adolescentes, en la que se combinan de manera curiosa las fuerzas y las debilidades, casi intercambiando puestos. Está hecha en gran medida organizando montones de material grabado, sin un argumento previo cerrado (aunque acaba cerrándose en cierta medida, claro), y usando abundantes grabaciones con enfoque tipo webcam y de cámaras de mano, con la espontánea torpeza de sacudidas, interrupciones, escenas descoyuntadas y fragmentarias.... todo ello retratando la interacción de un grupo de chicas de quince años, compañeras de clase. Van en busca de amistad, de integración en un grupo, de su identidad, buscan destacar por el procedimiento paradójico de ser como las demás... y esto se muestra de modo vívido en sus conversaciones, muchas improvisadas por las chavalas, que no son actrices profesionales. Crean las chicas una sociedad secreta, "Makamat", de apoyo e imitación mutua, y su grupo deviene en cierto modo una burbuja de realidad paralela donde ellas buscan afirmarse mutuamente y empujarse unas a otras para tener experiencias intesantes y vitales, o lo que creen que va a serlo. Una preocupación enorme es la iniciación sexual. Ven porno, hablan de los chicos de clase, se pasan información... y acaban haciendo un pacto para perder todas la virginidad en el viaje de estudios a Mallorca. El plan tiene éxito, y hasta disfrutan moderadamente con la aventura, pero se descubre cuando una de ellas queda embarazada, y hay un mini escándalo en el instituto, con una reunión en la que queda claro que padres y profesores no tenían ni idea del mundo en el que vivían sus hijas. La desconexión con la familia y con los profesores es total, y eso se muestra de modo excelente no tanto en las escenas "de guión" cuando interactúan con ellos, sino más bien por el puro procedimiento de exclusión, mostrando que la atención y la identidad social de las chicas está totalmente centrada en el grupo de amigas, y que el mundo ambiental es un mero trasfondo mecánico por el que se tienen que mover. El papel de los educadores queda especialmente minimizado—pero bueno, lo mismo el de los padres. Esto es lo más interesante de la película, esto y la manera en que se muestra "desde dentro", con un estilo de filmación basado en las tecnologías cotidianas de la información y la comunicación, las que tienen las propias adolescentes delante todo el día, el móvil con vídeo, el chat, la webcam. De ahí vagamente el título "Blog", palabra que también connota una mezcla miscelánea e inconexa de imágenes y ensoñaciones personales... vagamente digo, porque poco pinta ningún blog (curiosamente) en la película—"Red social" o "Chat" estaría más acertado, literalmente, igual ya estaban pillados. Un blog es algo que (en general) se hace público, y uno casi piensa a lo largo de la película que las chavalas van colgando grabaciones en un blog, o en YouTube (por ejemplo cuando una compromete a un profesor empezando a desnudarse en su despacho, y lo graban) —pero esta línea argumental, si existió, se pierde en la confusión de la película, o en la confusión de proyectos de las adolescentes, confusiones que se ayudan mutuamente. Sí hay una chavala que aparte de ventilar sus inseguridades en el grupo, luego las vuelve a confesar en privado al público en un videoblog (parece) pero no tiene esto mayor papel argumental. La dimensión pública de lo que es un blog, digo, trabaja en contra de la idea de secretismo y de grupo cerrado que hay aquí, de ahí una cierta incoherencia con el título. Lo que sí es hay mucho chat sobreimpreso en la pantalla, mientras vemos imagen de webcam, mucho teléfono móvil con mensajes puramente fáticos, emoticonos, etc. En fin, que la película parece que ha ido buscando su dirección entre varias ideas, y al final ha impuesto un argumento por hacer algo casi, cuando casi es en el terreno de indefinición ambiental en el que trabaja mejor y donde más naturalmente actúan las chavalas. El argumento viene en parte de un incidente real en USA, que sirvió de inspiración para la serie El pacto, en el que un grupo de chicas buscaban embarazarse. Aquí el embarazo no está deseado, y el sexo sólo por curiosidad e imitación; las chicasbuscan más bien experiencias, pero diversas ideas entre lo que buscan ellas y lo que buscan la directora contribuyen a dar un aire de cierta confusión a la película, lo cual como digo no termina de perjudicarla, para nada. Otra cosa algo curiosa es que estas chicas están obviamente en Cataluña y aquí no habla catalán ni dios, ni siquiera en el instituto—cosa que no sabe uno cómo tomar, si como una crítica a la política artificial de lenguas de la Generalitat, o como una simple conveniencia de producción para mejor distribuir la película—pero en fin, que no se acaba de saber si se supone que está doblada al español, o qué. Un multilingüismo hubiera sido más realista quizá. Pero de realismo no anda mal la película, sobre todo psicológico, y como digo también cinemático—un estilo de filmación moderno, nervioso, como el de mis chavales pequeños cuando cogen la webcam y empiezan a andar con ella. Desde luego la película te transporta al grupillo cerrado y a sus obsesiones, con monólogos del estilo éste...
"Yo es que no sé si tengo personalidad. O sea, sí que tengo cosas que me gustan y tal. Pero no estoy segura si me gustan si me las pongo y me pienso que igual no le gustan también a alguien más. Si no les gustan, ya no apetece ponérmelas, es como si.... me gustaran más cuando les gustan a mis amigas..."
La película de La Dama de Hierro, por cierto, la ví y no me desagradó, para nada. Cierto que va tanto sobre la vejez y el Alzheimer como sobre Thatcher, y es sostenible que el personaje merecía una película de gran formato más histórica, antes de pasar a filigranas personales. Pero el tema de la senilidad como manera de justificar narrativamente la mezcla de tiempos, el recuerdo del pasado, etc,, está bien llevado. Y el carácter del personaje queda bien retratado, en parte gracias a la interpretación excelente de Meryl Streep; su papel como una mujer hecha a sí misma y sin complejos frente al establishment del partido, su énfasis en la decisión y la responsabilidad personal. Ahora que hay ausencias imperdonables, como el vacío total a la Reina, que tendría que dar más juego, la política internacional de altos vuelos (aparte de las Malvinas) y episodios como el de "I shoot". Esperaremos a la siguiente.
Viendo una película me gusta fijarme en lo que a falta de mejor nombre llamo el momento fílmico de la película. El término y concepto lo derivo de lo que J. Hillis Miller llama el momento lingüístico en las obras literarias—definido a grandes rasgos como un fragmento, escena, episodio o párrafo en el que la obra exhibe su lenguaje y sus convenciones estéticas de modo llamativo. Podría tratarse de una maniobra metaficcional que problematiza un texto realista, o de un artificio estilístico que por lo llamativo resalte sobre el texto, constituyendo un momento de creatividad especialmente interesante. Con frecuencia el momento lingüístico es un momento reflexivo: la escritura se vuelve por así decirlo sobre sí misma, para autoanalizarse, para mostrar sus reglas a veces por la vía de la excepción, baring the device, o para plantear una paradoja que nos haga reflexionar sobre las convenciones literarias, o de representación, que se han seguido en el texto. El momento lingüístico es, con frecuencia, un momento metalingüístico, en el que la densidad retórica del lenguaje o la complejidad del juego de la representación atrae la atención, a veces para deslumbrar al lector con un virtuosismo estilístico en el que el acróbata del lenguaje aterriza de pie, y a veces para abrir un espacio insondable o irreal de paradojas, un laberinto de espejos o un agujero negro de la representación. También leyendo novelas o poemas, o viendo obras teatrales, estoy atento al momento lingüístico o a lo que podríamos llamar de modo más general el momento semiótico en el que el sentido del texto además suele revelarse de manera especialmente interesante.
El momento fílmico, entendido como una variante del momento semiótico en el arte cinematográfico, tiene que ver con aquellas dimensiones de la representación que son más puramente fílmicas. Puede haber un momento lingüístico en un guión cinematográfico, en los diálogos de los personajes pongamos, pero estoy pensando en un juego de representación más específicamente cinematográfico, que tenga que ver con la imagen especialmente, y si no con la interacción multimedia de sonido, música, palabra, argumento, puesta en escena, actuación y juego de cámara que es característica de la complejidad mediática del cine. Por ejemplo, un momento fílmico me viene a la cabeza, en el Hamlet de Kenneth Branagh, cuando el rey y Polonio están escondidos espiando a Hamlet en una sala de espejos, y éste habla su monólogo ante el espejo, y rasca el cristal con la punta de su daga. Es un tratamiento de la escena muy acertado, pues a la reflexividad propia de la reflexión monológica, se suma la autocontemplación en el espejo, reforzándola con una metáfora visual; y el espejo transparente actúa como un símbolo de la "cuarta pared" virtual que separa a Hamlet de sus espías, el Rey y Polonio, cuyo papel es ya reflexivo-teatral pues está construido usando y complicando la situación del público teatral convencionalmente invisible para el actor. Por otra parte, la pantalla de cristal es especialmente adecuada como metáfora de la pantalla cinematográfica—y aún más de la televisiva. Su transparencia unidireccional es precaria—ellos ven a Hamlet, y apenas pueden creer que Hamlet no los esté viendo, y en efecto está muy al tanto de ellos, tanto que el espectador en la sala no se siente más a salvo del agudo ingenio del príncipe. Hamlet habla su monólogo de espaldas a la cámara, y es su reflejo quien lo pronuncia—la proximidad creciente de éste, a medida que Hamlet anda al espejo (hasta rozarlo con la punta del estilete en el momento clave) también sugiere una intensidad reflexiva mayor, un autoexamen más profundo, en especial cuando perdemos de vista al personaje "real" y es el reflejo sólo quien ocupa la pantalla, amenazando con mirarnos directamente a los ojos—si bien no llega a hacerlo en esta escena. En otra escena, Hamlet presiona el rostro de Ofelia contra el cristal, reprochándole su doble juego— y filmada desde el otro lado, aparece su imagen prensada por así decirlo contra la pantalla del televisor, o contra los límítes de su mundo de ficción—como si los personajes buscasen un conocimiento que la obra no puede contener, o una salida fuera de ese mundo (esa cárcel de Dinamarca) que sólo encontrarán con la muerte. Son dos momentos cinematográficos en Hamlet, en los que una dirección inspirada trabaja sobre un texto que ya tiene de por sí un fuerte poder metateatral, para potenciarlo con un juego de perspectivas muy propio del cine.
Sin salirnos del Shakespeare cinematográfico, hay otro ejemplo de momento intensamente fílmico en el Richard III de Richard Loncraine (el de Ian McKellen). Ricardo recita una vez más su monólogo—vemos que las escenas de reflexión se prestan a esta reflexividad, decididamente— en un urinario, y se queja de su propia imagen contemplándose en el espejo del lavabo, un tratamiento sugerido por así decirlo por la alusión de texto a los espejos:
But I that am not shaped for sportive tricks Nor made to court an amorous looking glass, I that am rudely stamped and want love's majesty To strut before a wanton amblign nymph, I that am curtailed of this fair proportion, Cheated of feature by dissembling nature, Deformed, unfinished, sent before my time Into this breathing world scarce made up (I.i)
—Todo esto lo recita Ricardo mientras la cámara lo filma de espaldas de tal modo que vemos su nuca desde 3/4 inclinada hacia el espejo, y su rostro mirándose a sí mismo, visible para nosotros en el reflejo. En este momento, el reflejo del espejo capta nuestra mirada—la de la cámara. Es la primera de varias veces en esta película, pero en este punto esto supone una llamativa ruptura de la regla clásica que declara invisible la cámara y "prohíbe" a los personajes mirar a la pantalla, para contener más la ficción en sí misma. Ahora el reflejo de Ricardo mira directamente a la cámara, y la intensidad del momento se hace mucho más vívida cuando de repente Ricardo se vuelve, da la espalda al espejo y mira directamente esta vez sí a la cámara, ahora él mismo y no su reflejo, una intensidad potenciada por una cierta transgresión de nivel semiótico—es como si Ricardo se saliera del espejo, y por extensión de la misma pantalla, para situarse en nuestro mismo plano de realidad. Es sabido en qué medida este personaje se hace de modo indeseable e invasivo con la complicidad del público y nos sitúa en una incómoda proximidad a sus actos y sus percepciones—aquí el momento fílmico no hace sino expresar con potencia inusitada esta estructura básica de un personaje ya conocido.
No hace falta filmar Shakespeare para crear momentos fílmicos. En una película de suspense de Demi Moore, Half Light, escrita y dirigida por Craig Rosenberg, hay un momento fílmico muy vívido, comparable al que acabamos de describir. Ocurre en un momento en el que el personaje duda de su sentido de la realidad, y no consigue comprender el status real o imaginario de los terrores o apariciones que la acosan. Para expresar la intensidad de su desorientación, la cámara gira alrededor de la protagonista en un momento en el que ésta se está mirando en un espejo. Y la cámara traspasa de modo imposible el plano del espejo, y nos muestra "desde el otro lado" lo que antes veíamos en el reflejo, y ahora vemos desde dentro del espejo, el rostro traspuesto de la actriz, cuyo sentimiento de irrealidad ha sido transferido al espectador mediante esta transición imposible entre dos planos. Es de notar que la cámara no vuelve a salir del espejo para volver al mundo "no reflejado" en el que venía teniendo lugar la acción, quizá una manera de sugerir que en el cine todo es reflejo e imagen, y quizá en la realidad también.
En Saraband, la última película que dirigió Bergman, hay un momento fílmico que también usa otra representación como apoyo—muchas veces estos momentos son un juego de representaciones en distintos medios, estableciendo relaciones paradójicas entre ellas. Al comienzo de la película, Marianne, divorciada de Johan hace muchos años, repasa mentalmente su vida. Los dos son ya ancianos (ya eran viejo matrimonio divorciado en Escenas de un matrimonio); sus hijos no han tenido suerte, ni los que tienen en común ni Michael, el hijo, sesentón ya, de Johan. Marianne contempla el pasado sentada ante una mesa con cientos de fotografías, que siempre son de gente más joven, las fotografías—una muestra la casa donde vive Johan, al cual va a visitar de modo inopinado. Se queda unos días con él, y el espectador descubre la frialdad inhumana y desinterés de Johan por sus hijos—y aún más, el desprecio y odio visceral que siente hacia Michael, el único que vive cerca de él. La razón para odiarlo parece ser que de niño era un niño gordito que lo miraba con devoción "como un perro"—ahora Michael es un hombre amargado y destructivo, y un abusador despreciable. A Marianne, demasiado comprensiva y fría a su manera, nada la altera mucho—ni este odio ambiental, ni el descubrimiento de que Michael tiene una relación incestuosa con su hija Karin. La historia termina con Karin abandonando a su padre, con el intento de suicidio de éste, y con Marianne al fin de su visita, abrazando desnuda en la cama a Johan que sufre un ataque de angustia (es lo menos que merece —el ataque de angustia digo). Aún habrá una escena en la que Marianne visita a una hija, demente, en un sanatorio, y siente por vez primera en su vida algo de cariño y proximidad hacia ella. Pero vamos al momento fílmico que al que me refería. Se encuentra justo después de la escena en la que Marianne se acuesta con Johan, uno de los momentos inolvidables de su visita. La pareja está filmada desde arriba, arropados en la cama, Johan a la izquierda, Marianne a la derecha, y la cámara es de suponer que en el techo, pero inexistente naturalmente, pues la película sigue un código fílmico realista, casi de teatro filmado para televisión en su parquedad estilística. La imagen de repente se vuelve una fotografía, queda congelada en el tiempo —así funciona la memoria selectiva, y por eso la fotografía le dice algo a la memoria— se vuelve en blanco y negro la imagen, y pasa a ser una de las fotos que Marianne tiene en la mesa, pues antes de cerrarse la película volvemos a la mesa con los cientos de fotos con Marianne rememorando delante. Esa foto que ahora tiene Marianne en la mano, y que deja con las demás, es una fotografía imposible, según el código hasta ahora seguido por la película, pero también viene a decirnos que quizá las otras fotos tampoco existan sino como alegorías de la memoria, del pasado que queda almacenado con la edad y con los recuerdos. Las últimas películas de Bergman son películas sobre la vejez, también, y sobre la rememoración que va unida a ella. Algunos artistas hacen un uso hábil de esta asociación natural entre fotografía y vejez (la muerte contenida en la fotografía, que decía Barthes)—se me ocurre el caso de Vladimir Nabokov en "Signs and Symbols" (—ver "Out of Character: Narratología del sujeto y su trayectoria vital"), donde la anciana protagonista también mira fotos y rememora. La reflexividad de esta maniobra metaficcional, la aparición de una foto imposible entre la colección, viene ya anunciada, claro está, por el monólogo de Marianne al principio de la película, cuando se dirige a la cámara a modo de parlamento teatral, o como si fuese un caso de Bergman imitando a Woody Allen y no al revés. Cada película puede tener varios momentos de intenso carácter fílmico, claro, pero a veces unos trabajan para hacer posibles otros. Aquí el monólogo de Marianne viendo la colección de fotos prepara la génesis de la fotografía inexistente, cuya propia imposibilidad (o su posibililidad exclusivamente fílmica) revierte sobre la escena de rememoración ante las fotos, convirtiéndola en una rememoración ante una vida vivida fílmicamente—en parte, claro, la vida del propio Bergman. Pero también toda vida recordada desde la vejez, pues si la vida es nuestra película personal, los fragmentos de la misma son desde luego fotografías vistas en retrospección.
J. Edgar, con Leonardo diCaprio, es una buena película de Clint Eastwood sobre J. Edgar Hoover, el fundador y director del FBI durante muchas administraciones. La ambientación es sobresaliente (a pesar de las consabidas listas de anacronismos que pueden encontrarse en IMDb), y la interpretación también. Algún problema con el envejecimiento a base de máscaras de goma, aunque no tanto en el caso de diCaprio, que está realmente acertado, así como su secretaria Naomi Watts. Hace tiempo que no se veía una perspectiva tan favorable sobre el aborrecido Edgar Hoover, creador del espionaje masivo a sospechosos y a aliados y a sus amantes y a cualquier persona que pudiese ser candidata a tener influencia. Muere Edgar Hoover al llegar Nixon a la adminsitración, y como se sabe Nixon continuaría con sus prácticas hasta que se le expuso y perdió el cargo en el caso Watergate; a pesar de que sus métodos coincidían, se llevaban a matar, con la desconfianza y paranoia debidas. Muy a punto viene, por cierto, esta cuestión de exponer a los escuchadores, ahora que estamos a vueltas con el (ex-)juez Garzón protegiéndonos del crimen a base de escuchas ilegales; quizá este paralelismo indebido con J. Edgar Hoover les dé a su club de fans algo de food for thought, aunque no creo, porque normalmente también son fans del régimen castrista, y allí las tácticas de Hoover, o de los comunistas rusos, que hacían lo mismo, están en plena vigencia. Como se ve es un personaje paradójico, que por oponerse al peligro soviético amenazaba con instaurar una dictadura policial y burocrática en todo semejante al KGB, imagen especular suya. La película he dicho que da una imagen favorable, quiero decir relativamente—favorable en tanto que es equilibrada y no busca demonizar al personaje, sino retratarlo en su momento histórico y en su psicología interna. En cuanto al momento histórico, varias veces se repite que en momentos de revolución y de plaga terrorista se toman decisiones que otras épocas no entienden. Algo parecido pasó aquí con los GAL, a principios de los 80; y hay que decir que J. Edgar no llegó a los extremos de Mister X en este sentido, aunque sin duda lo hubiera hecho de tener las manos libres. Hoover es oficialmente caracterizado hoy como un indeseable, pero parece claro que los personajes a los que investigaba lo eran todavía más. (Ver por ejemplo esta Emma Goldman, que en la película aparece casi dignificada antes de su deportación. No la querría yo en mi familia). La película se mueve libremente entre distintas épocas, los años 70, los 60, los 50, los 40, los 30.... contrastando a veces de modo inmediato las decisiones iniciales de J. Edgar y el carácter que va adquiriendo el FBI con los años. Un episodio muy central recurrente es el secuestro del hijo de Lindbergh y el arresto del secuestrador, con el desarrollo de métodos de policía científica, análisis de huellas, etc. Era Hoover sin duda una persona de enorme capacidad para la organización, volcando allí una energía casi demente, haciendo para el Estado un trabajo que había que hacer, y que sólo personas obsesivas como él podían hacer. Es una demencia y una obsesión que en la película aparecen derivadas de sus frustraciones personales, de una homosexualidad mal asumida y de una inseguridad personal sobrecompensada con una voluntad descomunal y casi inhumana. Obsesionado por vigilarse a sí mismo, temeroso de que descubran su interioridad, avergonzado de su propia orientación sexual, Hoover reacciona con agresividad y sobrecompensación, montando un sistema de vigilancia que asegure que sea él quien sepa los secretos de los demás, y no al revés. El personaje es desagradable y patético, a martinet en el trabajo y un peligro público a la vez que un modelo de eficacia; es una herramienta del Estado que amenaza con degenerar en cáncer incontrolado. Pero es un retrato humano muy conseguido el de la película, y su historia de amor homosexual reprimido con su colaborador más estrecho, Clyde Tolson, está contada como lo han hecho pocos directores, al menos heterosexuales (se me ocurre quizá Brokeback Mountain)—una historia a la vez patética, despreciable y conmovedora. Obviamente no hay quien lo aguantase a J. Edgar excepto con alianzas emocionales inconfesables, como las que lo unen a su secretaria la señorita Gandy, y a Tolson. Como un cura reprimido y acogotado por su madre, que con su furia sexual sublimada llega a cardenal rabioso, Hoover traza un trayecto que pocas veces se ve en una película de gran presupuesto, por lo antipático del personaje, claro. Parece que hay un subgénero de películas con personaje falsario y patético en primera plana, se me ocurre en la línea de biopic homosexual la de Capote, en años recientes, aunque como digo no es intención de la película el satirizar a Hoover o criticar sus acciones, sino más bien el dar un retrato global del personaje. La megalomanía, por cierto, que le llevaba a promocionar comics de G-Men en los que aparecía él como héroe, a exagerar su protagonismo directo, a montar escenas apañadas para la prensa... esa megalomanía, digo, adquiere aquí una interesante dimensión metaficcional, puesto que al final de la película queda claro que varias de las escenas que hemos visto están infiltradas por la megalomanía de Hoover, y que son no tanto al verdad literal de lo que pasó, cuanto la versión que Hoover filtró o el sesgo que quería darle. Es una manera inteligente de solventar una ficción histórica, en la que los protagonistas normalmente han de desempeñar por razones de construcción estética un papel argumental mucho más central del que en realidad les correspondió en la historia. La historia la hacen entre muchos, y el estado policial del FBI no fue obra sólo de Hoover, sino que él actuó como agente y catalizador. Es justo a la vez darle un protagonismo personal acentuado, y mostrarlo a la vez como producto de una época en la que las cosas se hacían, o se hacen, así. Uno de los más siniestros y totalitarios planes que el Lado Oscuro le inspira a J. Edgar, y que en esta ocasión no llega a buen puerto, era la implantación en Estados Unidos de un DNI con información centralizada y huellas digitales similar al que hay en España desde hace muchos años.
"Dirty Dozen" was "Inglorious Basterds" before "Inglorious Basterds", although I'm not saying that it can stand comparison with Tarantino's film, being somewhat more aimless in its narrative drive. There is, rather than an anti-authoritarian, an anti-system strain in its apologetic use of criminals and outcasts as war heroes, but this cuts both ways: it is after all a neat way of reappropriating them for the aims of the system and the plans of the generals, however maligned they are. And most of the outcasts are treated as free subjects exercising their subjectivity in the one compulsory direction of becoming tools, and accepting the risk of death, and they do die. Sounds like a pretty dose of authoritarianism and Cold War Era ideology, to me. One can can sense this ambivalence throughout the film.
"A mitad de camino" (V Ciclo de Cine Alemán del Siglo XXI) (Zaragoza)
Fecha
09/02/2012
Lugar
Salón de Actos de la Biblioteca María Moliner de la Facultad de Filosofía y Letras (Campus Plaza San Francisco) Zaragoza
Hora
19:00
Entrada
Libre
Organiza
Asociación Aragonesa de Germanistas y Profesores de Alemán
Colabora
Vicerrectorado de Proyección Cultural y Social
A MITAD DE CAMINO (Halbe Treppe) País: Alemania Año: 2002 Duración: 107 min. Color
Dirección: Andreas Dresen. Guión: Andreas Dresen y Cooky Ziesche. Fotografía: Michael Hammon. Música: 17 Hippies. Dirección artística: Susanne Hopf. Diseño de vestuario: Sabine Greunig. Montaje: Jörg Hauschild. Intérpretes: Steffi Kühnert, Gabriela Maria Schmeide, Thorsten Merten, Axel Prahl, Julia Ziesche, Jens Graßmehl, Mascha Rommel, Gregor Ziesche, Christine Schorn.
Sinopsis: Chris es locutor de radio y está casado en segundas nupcias con Katrin. Uwe, propietario de un pequeño restaurante, está casado con Ellen. Los cuatro rondan la cuarentena y viven en una ciudad tan insulsa como deprimente, Frankfurt-Oder, en la antigua Alemania Democrática. Chris es íntimo amigo de Uwe. Y Katrin, amiga íntima de Ellen. Lo cual no impide que un buen día Chris y Ellen comiencen una aventura sentimental que, al ser descubierta, hará saltar por los aires el aparentemente perfecto universo pequeño burgués de las dos parejas. Pero, al mismo tiempo, este hecho invitará a los cuatro a replantearse sus existencias
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Esta sinopsis viene del anuncio de la película, en un ciclo de nuevo cine alemán. No sé si lo habrá, nuevo cine alemán, pero como sea como éste, ya se puede poner las pilas seriamente. Es una historia de adulterio, cuya mayor originalidad es que nunca pareció el adulterio (ni tampoco el matrimonio) más soso, plano y carente de atractivo. Madame Bovary es una heroína romántica al lado de éstos, una Cleopatra (bueno, creo que ese camino lleva en general, últimamente, la heroína de Flaubert, será que vivimos tiempos muy a mitad de camino). Debería ver esta peli obligatoriamente, sin embargo, cualquier joven harto de España que esté planteándose ir a vivir a Alemania, pues todo el ambiente humano que se respira parece seriamente desaconsejable, por lo inerte, carente de motivación, gris, gris, gris.... Tras el affair insustancial que descoloca a dos parejas de amigos, una de las dos parejas se recompone, ya ni me acuerdo cuál; la otra se descompone definitivamente y se separan, para continuar llevando cada uno por su lado, sin duda, una existencia igual de desoladora, sin ideas, sin ilusiones, sin intereses, sin apegos más que postizos, y con intelecto absolutamente nulo. Una planicie moral, y emocional, y ética, y erótica, absoluta, un panorama estepario de barrio residencial, visto por (me temo) un participante. Es una obra de arte de la desmotivación y del realismo de cocina de formica, si la queremos salvar de alguna manera, aunque participa de lo que llamaba Yvor Winters "imitative form", desaconsejando la falacia de dar a la obra de arte la forma o impresión del objeto representado (aquí, la planicie emocional y mental). La peor sospecha que recae sobre la película, pues, es que parece filmada por uno de sus protagonistas. No le hubiera pillado el punto tan bien si no. Como hubiera dicho Rubén Darío, que precisamente no pega nada en semejante ambiente —¡Líbranos, señor!
Silver City es una excelente película de John Sayles, de 2004. Esto es lo que dice de ella Roger Ebert:
John Sayles' "Silver City" can be read as social satire aimed at George W. Bush -- certainly the film's hero mirrors the Bush quasi-speaking style -- but it takes wider aim on the entire political landscape we inhabit. Liberals and conservatives, the alternative press and establishment dailies, environmentalists and despoilers, are all mixed up in a plot where it seems appropriate that the hero is a private detective. Even the good guys are compromised.
Sayles, like Robert Altman, is a master at the tricky art of assembling large casts and keeping all the characters alive. Here, as in his "City of Hope" (1991), he shows how lives can be unexpectedly connected, how hidden agendas can slip in under the radar, how information can travel and wound or kill.
The movie centers on the campaign of Dickie Pilager (Chris Cooper), who is running for governor of Colorado with the backing of his father (Michael Murphy), the state's senior senator. Dickie is the creature of industrial interests who want to roll back pollution controls and penalties, but as the movie opens, he's dressed like an L.L. Bean model as he stands in front of a lake and repeats, or tries to repeat, platitudes about the environment. Cooper deliberately makes him sound as much like George II as possible.
The younger Pilager may be clueless, but he's not powerless. His campaign is being managed by a Karl Rove type named Chuck Raven (Richard Dreyfuss), who tells him what to say and how to say it. There's not always time to explain why to say it. Surrounding the campaign, at various degrees of separation, other characters develop interlocking subplots.
The most important involves the discovery of a dead body in a lake, and the attempts of private eye Danny O'Brien (Danny Huston) to investigate the case. O'Brien is in the tradition of Elliott Gould in Altman's "The Long Goodbye"; he's an untidy, shambling, seemingly distracted, superficially charming loser who often seems to be talking beside the point, instead of on it. Maria Bello plays Nora Allardyce, a local journalist who used to be involved with Danny. She sniffs a connection between the body and politics. Once she was a fearless reporter for a fearless newspaper, but a conglomerate swallowed up the paper and taught it fear, and now she is an outsider. She's currently engaged to a lobbyist (Billy Zane), who knows where all the bodies are buried and swells with his pleasure in this knowledge. Other important characters include Kris Kristofferson as a millionaire mine owner and polluter, who is funding Pilager's campaign and is one of those gravel-voiced cynics who delight in shocking people with their disdain for conventional wisdom. The best of the supporting characters is Madeleine Pilager, Dickie's renegade sister, played by Daryl Hannah with audacious boldness. She likes to shock, she likes to upset people, she detests Dickie, and she provides an unexpected connection between the private eye and the campaign manager. Those connections beneath the surface, between people whose lives in theory should not cross, is the organizing principle of Sayles' screenplay; one of the reasons his film is more sad than indignant is that it recognizes how people may be ideologically opposed and yet share unworthy common interests.
Sayles' wisdom of linking a murder mystery to a political satire seems questionable at first, until we see how Sayles uses it, and why. One of his strengths as a writer-director is his willingness to allow uncertainties into his plots. A Sayles movie is not a well-oiled machine rolling inexorably toward its conclusion, but a series of dashes in various directions, as if the plot is trying to find a way to escape a preordained conclusion. There's a dialogue scene near the end of "Silver City" that's a brilliant demonstration of the way he can deflate idealism with weary reality. Without revealing too much about it, I can say that it involves acknowledging that not all problems have a solution, not all wrongs are righted, and sometimes you find an answer and realize it doesn't really answer anything. To solve small puzzle is not encouraging in a world created to generate larger puzzles.
(Se refiere aquí Ebert a la conversación de Danny con el perro viejo que es el Sheriff—éste le hace ver que revelar a la justicia lo que sabe no haría más que perjudicar a un par de pobres diablos que se han visto mezclados en el asunto por miedo y por presiones, y que a los especuladores y políticos corruptos les va a resbalar el caso por encima como el agua a un pato. Y Danny calla, aunque sí le pasa algunos datos bajo mano a un colega suyo activista anticorrupción).
It's a good question whether movies like this have any real political influence. Certainly Sayles is a lifelong liberal and so is his cinematographer, the great Haskell Wexler. (So are Murphy and Dreyfuss, for that matter.) They create a character who is obviously intended to be George W. Bush. How do we know that? Because Dickie Pilager speaks in short, simplistic sound bites, uses platitudes to conceal his real objectives and has verbal vertigo. Now, then: Am I attacking the president with that previous sentence or only describing him? Perhaps to describe George W.'s speaking style in that way is not particularly damaging, because America is familiar with the way he talks, and about half of us are comfortable with it.
That's why "Silver City" may not change any votes. There is nothing in the movie's portrait of Pilager/Bush that has not already been absorbed and discounted by the electorate. Everybody knows that Bush expresses noble thoughts about the environment while his administration labors to license more pollution and less conservation. We know Bush's sponsors include the giant energy companies, and that Enron and Ken Lay were his major contributors before Lay's fall from grace. So when Dickie Pillager is revealed as the creature of anti-environment conglomerates, it comes as old news. The movie's strength, then, is not in its outrage, but in its cynicism and resignation. There is something honest and a little brave about the way Sayles refuses to provide closure at the end of his movie. Virtue is not rewarded, crime is not punished, morality lies outside the rules of the game, and because the system is rotten, no one who plays in it can be entirely untouched. Some characters are better than others, some are not positively bad, but their options are limited, and their will is fading. Thackeray described Vanity Fair as "a novel without a hero." Sayles has made this film in the same spirit -- so much so, that I'm reminded of the title of another Victorian novel, The Way We Live Now.
La película es una auténtica obra de arte, a pesar de algún punto flojo en el guión y algún uso extremado de la coincidencia—lo es por las interpretaciones de los personajes, y por lo magistralmente que están llevadas las conversaciones, con una densidad de información y una significación potentes en cada frase, a la vez que no se pierde para nada la naturalidad de los diálogos. Las posturas políticas y existenciales de los personajes se hacen diálogo de la manera más vívida, y cada uno aporta a cada momento a la conversación unas palabras que lo retratan en relieve, y que a la vez resuenan con ecos de posiciones y actitudes políticas que van mucho más allá de la individualidad. Son personajes significativos e históricos de una manera que Lukács teorizó pero que quizá jamás soñó se haría tan vívida. De la caricatura a Bush esté llevado con especial crueldad el tema de la relación entre Bush padre y Bush hijo, nunca dando la talla.
Y también es muy significativo el final, que como se verá lo enfatiza Ebert en su originalidad. Termina la película con Danny reanudando su relación con Nora: él sin trabajo, ella trabajando ahora para un periódico de la Bentel Corporation, el Malo; o sea, vendidos al sistema, quieran que no. El cuerpo del ahogado se envía a México y ahí se cierra el caso; el supuesto asesinato se ha quedado en un accidente mal llevado, y los malos ni siquiera son tan malos como podíamos haber pensado, aunque mafia e intimidación e hilos ocultos desde luego hay más de los que parecía. Las falsedades de Pilager y Benteen parecen salir a la luz pública en el momento final, cuando el lago que iba a ser el centro de la urbanización de Silver City aparece envenenado y lleno de peces muertos—pero una reflexión nos llevará a ver que pronto encontrará Chuck Raven, el Rubalcaba del partido de Pilager, una manera de reconducir la situación. Pilager evidentemente será gobernador, y Benteen seguirá controlando los lobbies a nivel nacional incluso y manejando la situación desde la sombra. Hasta el inútil marido de la detective, fracasado en todos sus empeños, y que parece encaminarse de neuvo a la ruina, sacará seguramente parte de la tajada que espera, si no toda.
Por cierto, la detective, su jefa, le dice a Danny una de las más memorables frases de la película, cuando lo despide:
Danny—¿Cómo has dado conmigo? Ella—Soy detective. Danny—Pensaba que eras investigadora. Ella—Tú eres investigador. Yo soy detective. Y una de las cosas que tiene que hacer un investigador es no encontrar más cosas de las que se le dicen que encuentre.
La película es, pues, desengañada, como bien dice Roger Ebert. Los buenos son unos losers, perdedores, al menos desde el punto de vista de quien se lleva el dienro; el viejo minero que intentó exponer a Wes Benteen se despide diciendo: "No tiene por qué preocuparse por mí. Sé reconocer cuando estoy derrotado." Benteen le pregunta directamente a Danny si es un ganador, y Danny dice "Espero", pero vemos que no lo cree mucho, y la película le da la razón. La película espera crear su efecto (anti-Bush en 2004, y anti-lobbies industriales) no por entusiasmo sino por reacción; pero desespera, casi, de hacerlo, y se posiciona a sí misma, y posiciona al espectador, en el papel del periodista underground, el que denuncia en su web las cosas que luego, con un poco de suerte, pueden saltar a los grandes medios. Pero siempre ya desde la derrota, en un ambiente que está organizado y construido por los constructores de países y ciudades, los grandes capitalistas como Benteen. La corrupción no es combatible: es inherente a la manera en que funciona la clase política y en que está estructurado el uso del poder, y eso es así en los USA, el modelo de la democracia para el mundo. La verborrea democrática e idealista va dirigida a encubrir estos aspectos inconvenientes del sistema.
Silver City, la urbanización en antiguo terreno minero es, claro, el emblema de los USA. Originalmente una colonia minera del Oeste en el XIX, abandonada tras la fiebre de la plata, luego enterrada bajo detritus industriales de décadas, y ahora "reciclada" para reconstruir en ella una ficción de naturaleza y de las Rocosas habitadas armónicamente por el hombre. Pero toda la ponzoña de la industria química sigue debajo, aunque sólo algunos sean conscientes de ello. Sayles hace así una película de activista desengañado, y a la vez sabedor de su lugar marginal, involucrado en el sistema al que critica. Como en el Cándido de Voltaire, Danny se retira a cultivar su jardín, y quizá mantenga "la llama de la rebelión" en privado, pero es posible que su siguiente empleo dependa de alguna compañía de Benteen. Nos deja la película la satisfacción moral de sabernos almas bellas, pero con la impotencia que acompaña a tal condición. Invitándonos, incluso, a reconocerlo, y a convertir nuestro descontento en una actitud más estético-existencial que política. Aunque Sayles se ve a sí mismo, claramente, como el periodista underground, el que mantiene la antorcha de la crítica y es la mosca cojonera de los poderosos, mostrando las conexiones inconfesables de intereses que mantienen al establishment siendo lo que es, y al dinero circulando hacia donde tiene que circular.
Poco antes del célebre hundimiento del Costa Concordia, tan alegórico como el del Titanic o más, resulta que Jean-Luc Godard había hecho una película sobre esa dimensión significativa del barco—no sobre el hundimiento, claro, sino sobre la vacuidad del crucero entendido como una alegoría de la sociedad postmoderna. En el mismo Costa Concordia, digo, filmó su película de 2010 Film Socialisme. Con escenas entre incomunicativas y curiosas, como la que muestra a Alain Badiou dando una conferencia sobre Husserl a una sala vacía, en un auditorio de a bordo. Anunciaron realmente la conferencia, dice Godard, y nadie fue, previsiblemente. Tampoco nadie hace caso al aviso de "Abandon Ship, Abandon Ship" que suena por los altavoces en la película. Resulta que este mighty ship of state tenía sus cubiertas, plazas y salones nombrados todos con los países y ciudades de la Unión Europea, y saquen sus conclusiones. Sea como sea, la combinación de Godard y Costa Concordia es demasiado explosiva como para no fijarse en ella. Puede leerse un comentario sobre la película en el blog de David Bordwell, a cargo de Kristin Thompson, y otro de Andréa Picard en CinemaScope. La película de Godard, claro, merecería una secuela, visto lo visto—aunque igual la debía filmar Mister Bean, no sé, para encontrar el punto de alegoría adecuado.
The Artist es, argumentalmente, una versión más de Ha nacido una estrella, aquel clásico que tuvo tantos remakes–recuerdo uno, hacia 1980 debió ser, con Kris Kristofferson y Barbra Streisand. Cruzado, argumentalmente hablando, con Sunset boulevard y con incontables otras películas del cine mudo, desde las de Douglas Fairbanks a las de Lubitsch. Mucho me ha recordado a las sagas de Von Stroheim, en su ritmo narrativo y sus experimentos visuales y simbólicos (bonita, por ejemplo, la escena del abrazo al traje con top hat). Pero claro, lo importante aquí es la puesta en escena, las actuaciones (incluida la del perrito), los gestos, la caracterización, el estilo de actuar—y el concepto de base, porque es una película actual que imita y homenajea a las películas de los años 20. El protagonista, George Valentin, se parece increíblemente a Fairbanks y se confunden sus cabriolas renovadas con las originales de La marca del Zorro de 1920.Emitiendo gestos pagados de sí a lo Clark Gable, Valentin impulsa en su carrera a la starlette Peppy Miller; hasta le pinta sobre el labio la peca que la caracterizará y la convertirá en la nueva ídola. Sube Peppy y baja Valentin, pero ella le devolverá el favor, rescatándolo de la pobreza y el olvido, cuando la carrera de Valentin se interrumpe al llegar el cine sonoro. Al final harán juntos musicales a lo Fred Astaire y Ginger Rogers, y la película, que empieza casi de modo experimental, acaba convencionalmente ya asentada en su imitación decidida del cine mudo. Queda su originalidad en eso—en la recreación cuidadosa de las convenciones del cine mudo, desde los movimientos y gestos a los encuadres y los títulos de crédito— y en ser una falsa película muda, quizá la única película muda sobre la historia del cine sonoro. Sólo en El cantor de Jazz se ve tan gráficamente la transición de uno a otro—o, quizá, en esa de Hitchcock que empieza muda y acaba sonora, Blackmail. Woody Allen fue un osado al hacer Manhattan en blanco y negro; Hazanavicius ha ido mucho más allá en su osadía y no le ha salido mal la apuesta. The Artist es, cómo no, muy agradable de ver, y nos retrotrae vitalmente no diré que a los años 30, pero sí a los sesenta, cuando nos echaban por la tele tantas películas de las primeras décadas del cine. No pocas mudas, y todas todas en blanco y negro. Hasta las que eran en color.
The Artist. Written and dir. Michel Hazanavicius. Cast: Jean Dujardin, Bérénice Bejo, John Goodman, James Cromwell, Penelope Ann Miller, Missy Pyle, Beth Grant, Bitsie Tulloch. B/W, pseudo-silent. Prod. Thomas Langmann. Exec. prod. Daniel Delume, Antoine de Cazotte, Richard Middleton. Assoc. prod. Emmanuel Montamat. Photog. Guillame Schiffman. Art dir. Laurence Bennett. Music by Ludovic Bource. Ed. Anne-Sophie Bion and Michel Hazanavicius. France: La Petite Reine / Studio 37 / La Classe Américaine, 3D Prod., France 3 Cinéma / Jouror Productions / Ufilm, dist. Alta Classics, 2011. (NY Critics Circle Prize 2011, best film, best director; Cannes 2011, best actor, prizes at Washington Film Critics, San Sebastián, Sevilla, Hamptons and St Louis).
Su primera película en color, de 1952. Es de las mejores adaptaciones que se han hecho de la novela de Daniel Defoe—desde luego la mejor que he visto yo.
Lantana. Dir. Ray Lawrence. Screenplay by Andrew Bovell, based on his play Speaking in Tongues. Cast: Anthony Lapaglia, Geoffrey Rush, Barbara Hershey, Kerry Armstrong, Rachael Blake, Vince Colosimo, Russul Dysktra, Daniela Rarinacci, Peter Phelps, Leah Purcell, Glenn Robbins. Music by Paul Kelly. Sound Andrew Plain. Ed. Karl Soderston. Prod. des Kim Budde. Photog. Mandy Walker. Line prod. Catherine Jarman. Exec. prod. Rainer Mockert and Mikael Borglund. Australia: MBP / AFFC / Jan Charman, 2001. DVD: Winchester / VVL / Universal.
Viendo la película de Kike Maíllo, Eva —aquí la crítica de El Periódico. Muy recomendable, y no sólo por haber sido rodada cerca de mi pueblo. Es una de esas películas españolas que no parecen españolas, algo difícil de lograr; hasta mi comarca parece algún lugar de Austria o de Noruega. Los efectos visuales están logradísimos, y la película, sin aportar gran cosa realmente novedosa, es una buena adición al género de la vida artificial, y las responsabilidades que entraña—problema que se mezcla con el de la creación, y la pater/mater/nidad, y las responsabilidades terroríficas que entraña si uno se pone a pensarlo. El poder de vida o muerte de los padres sobre los hijos (siempre en candelero, ahora que como siempre, aunque ya no exista la Autoridad Final del paterfamilias romano, siempre estamos a vueltas con la ley del aborto). Las alusiones y precedentes de Eva son múltiples: se me ocurren, cómo no, el Génesis, Frankenstein de Mary Shelley y sus prometeicos antecedentes, pues Frankenstein era "el moderno Prometeo". Y Villiers de l'Isle-Adam y su Eva futura, y Asimov con sus reglas para robots, y relatos de Karel Capek y de Stanislaw Lem, de James Blish o de Philip K. Dick, y tantas películas con variaciones sobre Yo Robot—como Yo Robot, o El hombre bicentenario, o Terminator. En muchas de ellas, la historia de Pinocho también, el robot o muñeco niño que quiere humanizarse, ser como los demás y ser aceptado. Entre ellas AI, Inteligencia Artificialde Steven Spielberg, otra película con tecnología aragonesa, al menos supuestamente (hizo famoso, en la web, al Instituto Tecnológico de Aragón, digno rival del MIT). El final está especialmente influido por Spielberg, claro que ese estaba influido en cierto modo (supongo) por Neuromante—en William Gibson aparece ese motivo, que luego ha engendrado a Matrix y a otras variantes, según el cual la inmortalidad y transcendencia humanas, si bien imposibles sueños en nuestra propia realidad, pueden construirse y generarse, more emergente, en un mundo dentro del mundo, en un nivel de realidad más complejo diseñado por los humanos. El final a un segundo nivel de realidad, en el que el happy end es posible metaficcionalmente, se daba de modo memorable en Total Recall, de James Cameron (y P. K. Dick, claro). Los libros son otros mundos virtuales de este género, donde se generan mentes artificiales y se crean universos alternativos, que modifican o mejoran el nuestro, o hacen posible lo que en él es imposible. Siempre vivimos, ya, en un mundo virtual, un mundo construido imaginativamente por los humanos— y quizá estas películas sobre vidas y mentes artificiales no hacen sino explorar posibilidades adicionales de esta verdad fundamental.
Voy a ver qué nos cuenta el director sobre su película.
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O qué le contamos sobre ella... Hay en la Facultad de Económicas, en el ciclo La Buena Estrella, un coloquio muy interesante con el director y con varios de los diseñadores gráficos de efectos especiales. Yo también participo, procurando evitar spoilers... Se habla de muchas cosas, entre otras, de la ambientación. Es una película de nieve, cosa que va asociada a la bata blanca del científico, al mundo helado de Frankenstein, en los Alpes o en el Polo, y al resentimiento de los personajes por traiciones innombradas del pasado. Aparte, el blanco da muy bien en cine, y es también el color de los Macs.
Y conforme hablo, se me ocurre esta teoría metaficcional de las películas sobre robots que expongo, y que parece gustarle al director, o que parece compartir, habiendo reflexionado al respecto. Quien hace un robot o ser vivo artificial en el argumento de una película se encuentra, metaficcionalmente, en la misma posición que el creador de la propia película. Su artefacto ha de tener semblanza de vida—an imitation of life, es el cine, y es un reto en las películas de ciencia ficción convencer al otro, al espectador, de la realidad de lo logrado, y de la fluidez del resultado. Hay que sorprenderlo, también. El cine es la fábrica de robots más avanzada, siempre en vanguardia, y por eso tampoco es sorprendente que una película sobre inteligencia artificial contenga un segundo nivel de representación, en el que la realidad virtual generada es equivalente, en cierto modo, a una película. Es un cierre autorreferencial muy limpio, casi incluso obligado en según qué tipo de argumento. En el de Eva lo es, pues Eva ha de seguir viva en un mundo imaginado, y un más allá que querríamos para ella, aun cuando su creador la haya matado en su propio mundo real, pronunciando las fatídicas palabras, el código desactivador: "¿Qué ves cuando cierras los ojos?"
Bien, lo que vemos cuando cerramos los ojos son los sueños. El cine es fábrica de sueños, y el más allá también es un sueño. Sueños son, pero quizá necesarios. Nuestra mente no puede conformarse con el mundo que le rodea, sin más. Sueña, reinventa, corrige, propone, y crea mundos dentro de mundos. En algunos de ellos, podemos ser el Hacedor de Estrellas.
Viendo Aparajito, de Satyajit Ray, director bengalí y gran clásico del cine. Es ésta la segunda parte de la trilogía de Apu, que como otras obras clave del siglo XX cuenta el paso de la cultura rural tradicional a la modernidad de la ciudad. El éxodo rural, y la modernización, se ven en la figura de Apu, niño que crece en una familia brahmán tradicional, ahora empobrecida y forzada a emigrar a la ciudad desde su aldea perdida en el tiempo. El tren es el símbolo e instrumento de la modernidad, lo que se lleva a la India antigua y la va acumulando en las calles de la gran ciudad. En esta segunda parte muere el padre de Apu, en la ciudad sagrada de Benarés, tras el primer éxodo, narrado en Pather Panchali—ahora se ganaba allí la vida como sacerdote. Vuelve a comenzar por así decirlo la historia narrada en la primera película, y avanza un poco más, cuando Apu vuelve con su madre Sarbajaya a un pueblo, tampoco lejos del tren, y empieza allí a asistir a la escuela. Destacará como estudiante, y los libros, por pocos y precarios que sean, le abrirán un mundo que era desconocido para sus compañeros, y que lo llevará lejos del pueblo. Gana una beca, y va a estudiar, y visita poco a su madre—nos preguntamos si el título, Aparajito, "los invictos", se refiere a la tenacidad de Apu o también al carácter sacrificado de su madre, pendiente del hijo, que la va dejando atrás como hacen los hijos. El director lo muestra críticamente, frío y desapegado a veces, pero también comprendiéndolo en su situación y en su dedicación a su carrera. La protagonista emocional de la película es, por supuesto, Sarbajaya, la madre (Karuna Banerjee), conmovedora hasta decir basta, un arquetipo de abnegación, ahorrando para el hijo, a la vez ayudándole a volar e intentando retenerlo un poquito más en casa. Su viejo tío quería que Apu siguiese la tradición familiar y se hiciera sacerdote, pero ir a la ciudad significa también desapegarse de las viejas tradiciones. Ni siquiera hace unas ceremonias fúnebres decentes al modo tradicional por su madre, este Apu—tiene prisa, tiene exámenes, tiene impaciencia, dice que ya se encargará de eso en la ciudad. Lo vemos alejarse, al final, hacia el futuro, mientras su viejo tío lo mira desde el interior del patio de la casa desvencijada. A la que seguramente no volverá Apu a verlo vivo, se va sin mirar atrás. Qué película tan memorable, cómo cuenta lo que tiene que contar sin una coma de más, qué moderna, o qué eterna, en 1956, cuando estas historias pasaban y seguirían pasando, aquí narradas por anticipado. El éxodo del pasado al futuro, del campo a la ciudad, de la tradición a la modernidad, del apego al desapego— la historia del mundo solapada con la historia de nuestra propia vida, es la historia de muchos, en primera persona, no hace falta que la veamos en cine, pero ayuda a entenderla, o a entendernos, o a vernos desde fuera.
Muy buena película, Contagion, de Steven Soderbergh—que decididamente está entre los directores que más me gustan. Con guión de Scott Z. Burns. Arrow in the Head pensaba darle una tunda... pero no, tiene que reconocer que la película funciona, aunque no es "cine de terror". (TRAILER AQUí). Pertenece al género "catástrofe - multiprotagonista", aquí potenciado por varias circunstancias. La catástrofe es mundial y creíble, una epidemia de una gripe mortífera, como la Peste Negra, o como la Peste Escarlata de Jack London. Y la catástrofe se difunde por las relaciones entre los personajes, cosa que no sucede con terremotos o incendios de rascacielos, o trasatlánticos vueltos del revés. De este modo la temática de la película y su estructura narrativa alcanzan una cohesión especial, y se retroalimentan mutuamente. Aunque supongo que toda retroalimentación es mutua, ésta es bastante mutua, o bastante bien llevada en el ritmo de su aceleración. El lema de la película es "nothing spreads like fear"—O sea, una película sobre información, y sus redes de difusión.
La película evita el catastrofismo "barato" cuando se halla una cura para la pandemia, después de una rápida extensión en unas pocas semanas—se nos muestra el desarrollo cada pocos días, en una variedad de circunstancias: los investigadores que tratan de desarrollar vacunas, las víctimas que mueren y las que sobreviven, las organizaciones médicas buscando el foco y controlando daños, etc. También, cómo no, la colisión entre el yo profesional y el yo personal de los médicos, como el interpretado por Lawrence Fishburne—acusado de pasar información privilegiada a su familia. Las circunstancias de una pandemia grave y del caos al que lleva están muy bien presentadas desde una serie de puntos de vista magistralmente integrados y relacionados. El ritmo es trepidante para lo que podría ser esta historia (aunque algún espectador se quejaba, o comentaba, que parecía un documental)—y la música ayuda mucho, realmente eficaz, resulta en una película impresionante y contundente, excepto el final quizá, un poco flojillo (nos remite al principio de la epidemia, dándole un toque circular al asunto).
Como en otras películas de plagas y catástrofes, tras el apoteosis de la tormenta viene la calma. Ya me avisaban que iba a ser un tanto parecida a A Ciegas, de Fernando Meirelles, sobre la novela de Saramago—ésa sobre una plaga de ceguera contagiosa, y así es. Pero ésta es más realista, más "documental" y menos alegórica sobre la naturaleza human, sin que por ello deje de verse claramente en cada personaje. Es también más esperanzadora que otra memorable película de catástrofe universal vista hace poco,La carretera. Pero muestra cómo la reacción colectiva a una catástrofe hay de todo—colaboración, organización, y también caos y lucha por la vida. Tras la rápida difusión por las redes sociales globalizadas, sigue el colapso de la sociedad, el homo homini lupus—"No hables con nadie, no toques a nadie, apártate de los demás"— y una visión pasajera del derrumbamiento de la civilización. Aquí no llega a haber un colapso de todas las instituciones, como en La Carretera, o en Soy Leyenda,o, pongamos, en Earth Abides, memorable novela de George R. Stewart sobre otra plaga universal. Es que hay tantas sobre este tema... Desde The Last Man de Mary Shelley, y aun antes, en la tradición de los relatos sobre pestes. Bien, aquí las autoridades siguen firmes y controlan el desorden, y distribuyen la vacuna, y acaban con la plaga. Realmente esperanzador. Esperemos.
Siendo interesante la narración del control, también lo es la del desorden y caos. Cómo se filtran rumores unos ciertos y otros falsos por Internet y las redes sociales—es el contagio número dos de la película, y podríamos decir su especialidad, lo que añade ésta a otras películas sobre plagas. Es una película hipermediática—como suele ser el caso ahora con las de acción; hay grabaciones por todo, seguimiento del pasado en vídeos, modelos en ordenador del virus, mapas electrónicos en tiempo real de la extensión de la plaga, boletines, comunicados... y también hay blogs, y Facebook, y twitter, y redes sociales tanto online como offline. Uno de los hilos argumentales tiene que ver con el filtrado de información confidencial a través de las redes sociales, y del caos a que da lugar, con alarma pública, vandalismo, pánico generalizado. Otra tiene que ver con un bloguero supuestamente "auténtico" que denuncia las manipulaciones de las autoridades y la prensa, aunque en realidad busca lucrarse promoviendo un remedio que no es sino un placebo. Aquí salen mal parados los blogueros, y vemos la cara de este trendsetter julay en carteles como los que salieron de Julian Assange y su Wikileaks (o como los de Obama, presidente de Facebook), con el lema "Prophet / Profit". Mala imagen les sacan aquí a los gurús de la red. Una película muy informática, en suma, que combina de manera excelente los temas de la información viral y de los virus en sí. Son cosas que pasan, y más que pasarán, si los profetas no se equivocan.
Hoy mismo continuaba con el vídeo sobre Aritmética, población y energía, donde se usa la imagen del crecimiento exponencial de las bacterias en un frasco—alegoría del colapso del capitalismo y de Occidente. Ya Malthus decía que el exceso de población se controla, entre otras maneras, con grandes epidemias. Vamos comprando boletos, después de la Gripe Española, del Sida y de la amenaza de la gripe A—también referenciadas aquí.
La multiplicación exponencial que lleva al caos es un motivo especialmente característico de estos tiempos apocalípticos que llevamos viviendo, sumidos ya en pleno milenio de la incertidumbre, y atrapados en una red de dependencias e interconexiones globales. Viendo Titanic el otro día, también se veía allí una buena dosis de hasta qué punto Occidente (el mundo hoy, vamos) es un barco autocontenido dirigido hacia ni se sabe qué oscuros icebergs. Ofrece Contagio, como Titanic, una perspectiva desengañada sobre la ignorancia en que seguimos, la generalidad del personal, hasta segundos antes de que nos llegue la catástrofe—cuando ya se ha desatado ésta y sigue su curso inevitable, cuando ya están los virus circulando de boca en boca, y las bodegas inundándose, la botella a punto de reventar de bacterias— y nosotros bailando con la orquesta, mientras aún suena la música.
Anonymous, de Roland Emmerich: una divertida película sobre Shakespeare y la "teoría de la conspiración" anti-stratfordiana. Pura literatura-ficción, claro:
Very few commoners of his time are as well-documented as William Shakespeare. There seems little good reason to doubt that he wrote the plays performed under his name. If he had been an ordinary playwright, there would be no controversy over their authorship. But he was the greatest of all writers in English, in some ways the engine for the language's spread around the world, and one of the supreme artists of the human race.
There have long been those not content with his breeding. He was the son of an illiterate, provincial glover, an itinerant actor in a disreputable profession with no connections to royalty. Surely such an ordinary man could not have written these masterpieces. There is a restlessness to reassign them, and over the years, theories have sprung up claiming the real author of the plays was the Earl of Oxford, Sir Francis Bacon, the 6th Earl of Derby or Christopher Marlowe. "Anonymous" argues the case for Edward de Vere, the 17th Earl of Oxford.
You perhaps know little enough about Shakespeare and next to nothing about the other candidates. That's no reason to avoid this marvelous historical film, which I believe to be profoundly mistaken. Because of the ingenious screenplay by John Orloff, precise direction by Roland Emmerich and the casting of memorable British actors, you can walk into the theater as a blank slate, follow and enjoy the story, and leave convinced — if of nothing else — that Shakespeare was a figure of compelling interest.
This movie cruelly stacks the deck against him. The character of Shakespeare (Rafe Spall) is drawn a notch of two above the village idiot. Witless and graceless, there is no whiff of brilliance about him, and indeed the wonder is not that this man could have written the plays but that he could articulate clearly enough to even act in some of them (about which there seems to be no doubt).
Edward de Vere, the Earl of Oxford (Rhys Ifans), however, seems the very template of genius. His manner, his bearing, his authority, his ease in the court of Elizabeth all conspire to make him a qualified candidate. He was so well-connected with the crown in fact that the movie speculates he may have been the lover of the young Elizabeth (Joely Richardson) or the son of the older Elizabeth (Vanessa Redgrave). Not both, I pray ye.
The film also plunges us into the rich intrigue of the first Elizabethan age, including the activities of the Earl of Essex (Sam Reid), whose plot to overthrow the queen led to the inconvenience of beheading. Incredibly, for a film shot mostly on German soundstages, "Anonymous" richly evokes the London of its time, when the splendor of the court lived in a metropolis of appalling poverty and the streets were ankle-deep in mud. It creates a realistic, convincing Globe Theater, which establishes how intimate it really was. The groundlings could almost reach out and touch the players, and in the box seats, such as Oxford himself could witness the power of his work, which was credited to the nonentity Shakespeare.
All of that makes "Anonymous" a splendid experience: the dialogue, the acting, the depiction of London, the lust, jealousy and intrigue. But I must tiresomely insist that Edward de Vere did not write Shakespeare's plays. Apparently Roland Emmerich sincerely believes he did. Well, when he directed "2012," Emmerich thought there might be something to the Mayan calendar.
In a New York Times article, the Shakespeare scholar James Shapiro has cited a few technicalities: (a) de Vere writes and stars in "A Midsummer Night's Dream" when he was 9 years old, and (b) "he died in 1604, before 10 or so of Shakespeare's plays were written."
I have a personal theory. The most detailed and valuable record of life in London at that time is the diary of Samuel Pepys, who attended plays in court and in town, and as Secretary of the Navy, was an inveterate gossip, well-wired for information. He wrote his diary in a cipher, not intending it to be read. If he had knowledge of the true authorship of the plays, I don't believe he could have suppressed it.
Nos vamos con la familia a ver una premiada película religiosa, El árbol de la vida, The Tree of Life. Curiosamente al concluir el final místico-existencial el público aplaude y se ríe a carcajadas. Otros se iban del cine a mitad, supongo que a algunos se les hacía larga, o lenta. Aparte, recuerda mucho a la vida de cualquiera, y a las cosas que sentíamos de críos, y que por allí siguen si las buscamos.
Es la historia de una familia, en concreto de los recuerdos que tiene un ejecutivo (Sean Penn) de sus años de infancia, en especial de su relación con su padre, autoritario y agobiante (Brad Pitt); —su madre, por contra, representa para él el lado poético y religioso de la vida, al que vuelve ahora en un periodo de crisis. Vemos muchas escenas del chaval Jack en su vida diaria, con sus hermanos y amigos, recuerdos puntuales de momentos de esos que se quedan fijos como epifanías, o como fotos de la vida. No es por casualidad, creo, que este cartel recuerda a los thumbnails de Flickr—para que cualquiera (cualquiera que tenga un fotoblog, vamos, o un álbum de fotos) pueda identificarse con la narración fragmentaria. Fotos, escenas tipo vídeo casero, imágenes sueltas, recuerdos aislados, que a veces se conectan en unos episodios coherentes. Pero sin llegar a constituir lo que en Hollywood se llama un argumento. Esta película lleva a las estrellas de Hollywood hacia la línea del cine religioso sueco, o danés—tipo Ordet, o las películas de Bergman. En parte por su rechazo mismo a centrarse en los episodios centrales; la narración prefiere los periféricos— sabemos de la muerte de uno de los hermanos, pero de oídas, y vemos poco de la vida de la familia después; tampoco sabemos nada de la vida de adulto del chaval que creció para hacerse arquitecto, o de por qué está pasando esta crisis vital y religiosa a estas alturas de la vida—aparte de por los traumas mal asimilados del pasado, claro. La película tiene también el interés de sus escenas "raras", prolongadas escenas de materia en movimiento, muchas veces casi abstractas, células, masas de galaxias, volcanes, gotas de agua, nebulosas, desiertos y mares, sugiriendo "la grandeza y belleza de la creación" y un contexto cósmico para una historia concreta (a relacionar con lo que hablábamos aquí sobre mapas del tiempo). Imágenes ambiguas, pues lo mismo pueden sugerir sentido como falta de sentido cósmico a la vida humana.
También hay muchas preguntas en voz en off a la divinidad—por qué manda el sufrimiento a los justos y a los injustos, por qué el mundo no es perfecto, por qué mueren los niños... que naturalmente no pueden tener respuesta inteligente, con ese planteamiento. Para un cura que toma la palabra, lo que les dice a los creyentes es que Dios va a hacer sufrir a justos e injustos por igual, y arbitrariamente. Nos queda el consuelo de Alexander Pope, a saber, que todo es perfecto en sus propios términos, si no en los nuestros (triste consuelo, claro), y que para bien o para mal tenemos un sistema emocional incorporado que genera imágenes de esperanza y satisfacción, aunque la realidad las desautorice.
La película está plagada de imágenes religiosas que sugieren o ansían un más allá, donde reunirse con el pasado allí almacenado, o con las personas queridas que perdemos— un cielo que ni se sabe cómo representar, es irrepresentable, gente en una playa deambulando perdida, es una solución como cualquier otra. A veces la película da la impresión de estar tan perdida y desorientada como esas almas del más allá, agarrándose a vagas creencias de las que América cree que cree, y en las que Europa prefiere no pensar.
Otras imágenes, como las de nubes ("alli vive Dios") reflejadas en rascacielos, o un puente colgante con una gaviota que pasa, sugieren que la trascendencia religiosa está ya en este mundo, y que se experimenta a través del simbolismo religioso— o quizá que la tierra y la vida son símbolos adecuados del más allá, y que es suficiente tenerlos aquí. Yo también era un niño hace cuarenta años. También perdí un hermano, y el tiempo, y más cosas que me vuelven a la cabeza. Todas las vidas se parecen algo, y esta película muestra algunas de las dimensiones más ordinarias y más extraordinarias de las vidas de cualquiera. Y como la vida, también es inconexa, y conectada, y con sentido e insensata, y larga, y corta.
El origen del Planeta de los Simios está remotamente en el cuarto viaje de Gulliver, con sus Yahoos, y más inmediatamente en la novela de Pierre Boulle. Pero en realidad nos acordamos más de Charlton Heston y la Estatua de la Libertad semienterrada, en la película de 1967. Y de esas minifalderas tan imponentes vestidas de pieles y que no tenían ni dos palabras de conversación, una cosa muy de liberación al estilo de los sesenta. Es curioso que la reseña de Roger Ebert, a la vez que intuye que El Origen del Planeta de los Simios sugiere que seguirá una secuela, ni menciona toda la serie que la precede—con las secuelas ya hechas a priori, empezando por la película original. O sea, ni menta que la película es una "precuela". Quizá sea un síntoma, porque probablemente poca parte del público ha visto siquiera la primera película, a estas alturas. Aquí en PlanetaSimios.com hablan de toda la saga. Y en "Too Much Monkey Business" describen la serie casi completa, a la que se suma el remake de Tim Burton, la única que queda probablemente en la memoria fílmica del espectador medio.
Los guionistas de esta película evidentemente sí conocen la serie, aunque se han atenido a ella sólo en lo que les ha parecido adecuado—sobre todo para hacer una serie de referencias discretas (más que guiños) a episodios de la serie—por ejemplo cuando César grita la palabra prohibida, "NO!" La presecuela que más se aproxima a la situación de esta película es La Rebelión de los Simios(Conquest of the Planet of the Apes, 1972)—donde el chimpancé César, o mejor Espartaco velludo, se convierte en líder de la revuelta racial antiesclavista, en una película muy marcada por la era de la lucha por los derechos civiles. Allí se retrataba una abusiva sociedad futurista, ambientada, qué tiempos fueron futuros, en 1990. Por cierto que este nuevo César de 2011 ya no desciende de los simios inteligentes del futuro, por un loop temporal, como sucedía en La Rebelión de los Simios. Ahora se busca un origen para los simios inteligentes no en la paradoja temporal sino en la manipulación genética y en la experimentación abusiva con animales. El evolucionismo, en cambio, ni se menciona, por si acaso, aunque está ciertamente latente por la naturaleza misma del material.
La serie original estaba plagada de referencias raciales (básicamente una alegoría de negros contra blancos en USA) y lo cierto es que en cualquier película americana que se precie hay una lectura racial del asunto, no menos en ésta. Así, por ejemplo, se sabe que el negro siempre muere, y aquí muere doblemente: muere el negro uppity que dirigía los laboratorios de investigación neurológica, y muere también el negro de base, el gran gorila Buck que ayuda al (negro blanco) César en su rebelión por liberar a los simios. A la mala conciencia racial se suma ahora una buena dosis de auténtica mala conciencia de especie. Así la película retorna a sus orígenes por así decirlo, al sintetizar en uno el maltrato a las razas oprimidas y a los grandes simios, y casi lo más efectivo son las escenas carcelarias en las que vemos a los simios como casi humanos, en una variante del cine de presidiarios. Como en presidio no faltan los comportamientos antropoides, es un acierto de la película invocar este género, potenciando el terreno intermedio entre lo humano y lo simiesco—con muchas imágenes y situaciones que permiten percibir lo tenue que puede ser el terreno entre lo humano y lo no humano.
Aunque por supuesto uno va aquí a ver sobre todo efectos especiales: y ahora hemos pasado del maquillaje convincente a los gráficos generados por ordenador y a la captura de movimiento. En ese sentido, y en sus secuencias de acción, está muy lograda la película, aunque los efectos que usa se verán como bastante más artificiales en menos tiempo del pensado. Para entonces el futuro y el pasado ya serán otros, y seguro que ya tenemos una secuela del remake de la precuela, o quizá un remake de la precuela de la secuela.
No me pierdo las películas de Almodóvar, porque siempre disfruto viéndolas, aunque las vea tan llenas de defectos como de aciertos. Una cosa que no sé si es defecto o acierto es que tratan a veces con situaciones tan atípicas y extravagantes que se salen del ámbito de la experiencia humana común que parece necesario para que una película llegue a ser grande en todos los sentidos. Así, salen películas atípicas, llamativas, originales, pero difícil veo que llegue a hacer una obra maestra redonda—sus prioridades son demasiado peculiares. Así, por ejemplo, la peripecia del cirujano plástico y su víctima en La piel que habito es una historia sugerente, llena de ecos de debates de actualidad, y que señala en muchas direcciones diferentes todas interesantes, pereo el núcleo donde se unen todas es un personaje tan patológico que es totalmente implausible, excepto como ficción cinematográfica. Podría pensare que en la viña del señor hay gustos para todo—el otro día salía en la prensa la noticia de un ruso que quedó por Internet con otro de gustos supuestamente parecidos, pero no: lo mató y se lo comió en diversas salsas, croquetas, filetes, etc., durante varios días. Podría parecer de Almodóvar, pero no: el nivel de implausibilidad de La piel que habito es exponencialmente mayor, y eso encierra a la película en su propia ficción, por interesantes que sean los ingredientes que combina y lo bien aderezado que esté el plato.
A ver, unos cuantos de esos ingredientes, por pasar lista: la homosexualidad, tema personalmente recurrente (hay quien opina que Almodóvar es casi como el Eisenstein de la homosexualidad, en esto del cine, realista socialista a su manera). La moda de la cirugía cosmética y en especial los transplantes de rostro. La experimentación genética en los límites de la ética. La transexualidad y las operaciones de cambio de sexo. La Momia (esta película es La Momia de El Cigarral). El Doctor Frankenstein, haciendo de Nuevo Prometeo, y su Criatura—la novia de Frankenstein. Yendo más atrás, el mito de aquel griego que se enamoraba de la figura que había esculpido. La Salida del Armario, y huída del pueblo, quizá no en ese orden. El Regreso al Pueblo, y el momento de la revelación a los padres: "soy gay", "soy transexual", etc. Historias de venganza maligna, de esas de hacer comerse sus propias obras al malvado—Tiestes, etc. El Coleccionista de Fowles, y su versión cinematográfica. Y otro coleccionista, de películas: el Peeping Tom—visto que Robert el cirujano espía a su impaciente paciente con un circuito cerrado de televisión. (La imagen dentro de la imagen de este circuito cerrado da algunos de los momentos más poéticos y visualmente sugestivos de la película). Historias de secuestros, y de agudos Síndromes de Estocolmo, que pueden revertir en el último momento, por colisión traumática de las identidades superpuestas—en especial se recuerda la historia de esa chica Kapusch, secuestrada durante años y que ya casi andaba medio libre antes de su fuga. La historia del Monstruo de Amstetten y su hija secuestrada en el sótano, también. La lista podría seguir sin incluimos las historias de hermanos desconocidos o contrarios—un capítulo ése que aquí se hace especialmente irrelevante o gratuito. En el guión hay alguna cosa de este estilo que detrae en lugar de añadir. También tiene sus puntos flojos o torpes, por ejemplo la persecución de la camioneta a la moto, no tiene nivel americano—y el diálogo de la madre de Vicente el secuestrado con la guardia civil es absurdo, por comprimir en una escena lo que tenían que ser varias. También abundan en Almodóvar las reacciones humanas incomprensibles o mal escritas, como por ejemplo las reacciones de la madre de los dos hermanos (Marisa Paredes), aquí—o hay que pensar que Almodóvar ve a los seres humanos a un nivel de superficialidad y de irrelevancia en sus sentimientos que los hace casi inhumanos (igual que la otra en Volver, que guardaba a su marido muerto en el congelador del restaurante, y ella tan fresca, a cantar flamenco). La frivolidad del propio artista no parece ajena a que se le pueda colar semejante panorama humano entre los personajes presentados favorablemente.
Como interés especial del cóctel, veo la presentación del tema de la transexualidad de modo paradójico: aquí funciona la cosa por inversión total. El transexual Víctor/Vera lo es involuntariamente, pues es víctima del cirujano loco—y sin embargo parece por un momento que acepta su nueva identidad y su destino y que se va a instalar en una nueva "normalidad" por encima de las cicatrices. Pero no es así: ve su antigua foto de cuando era hombre (le da un beso, por cierto, narcisista) y decide vengarse de quien le ha cambiado de sexo. Un poco como quien se venga del Patriarcado que impone un orden sexual autoritariamente, siguiendo sus propias fantasías. Así se desfamiliariza también la escena del regreso a la familia y al pueblo de Víctor: cuando no lo reconocen con el rostro de Vera: es que tampoco se reconoce él, o ella. El tema de la recreación transexual de la identidad queda así desfamiliarizado, presentado con un ángulo extraño que ayuda a percibir su extrañeza y la violencia que supone para la identidad peronal. Son variaciones, pongamos, sobre temas gays, a veces mostrados de tal manera que descoloquen al espectador o le hagan revisar sus presupuestos sobre identidad o género. Un poquito como hacía Shakespeare con sus travestismos y sus chicos actrices. Así, se nos presenta primero a Vera (Elena Anaya) como mujer, y sólo luego nos enteramos de que es Víctor operado. De este modo, mediante el uso de flashbacks, la película logra que regresemos al presente para encontrarnos otra vez con Victor, ahora Vera, y que se nos descoloque la imagen de Elena Anaya al verla con la interferencia de pensar que es un hombre cambiado de sexo. Todo eso, y el tema de la cirugía plástica en general, contribuye a hacer del género una performance que no toca el centro de la identidad—soy Víctor, dice el transexual al volver, y lo cierto es que ya no se sabe quién es, ni quién será, pues también como Víctor tenía una imagen equívoca como de chico que quería ser lesbiana, y que no se ubicaba bien en el pueblo. Almodóvar sigue explorando así los límites y complicaciones de la identidad sexual, y mostrando cómo es maleable, infinitamente en este sueño cinematográfico, pero cómo las cicatrices que se borran en la carne quedan en el alma, y esas son de peor curar, todo el mundo lleva su trayectoria a cuestas. Quizá el mayor defecto de la película, en los propios términos de su planteamiento, está en que la transformación de Víctor en Vera, que tendría que ser cinematográficamente creíble, no lo es: pasamos del actor que interpreta a Víctor, a Elena Anaya, y se acepta el cambiazo por necesidad del guión, pero no se ha conseguido hacer el cambio de sexo de manera cinematográficamente convincente. Que es la que cuenta, en cine.
Película de Terence Davis sobre intrigas de honor e imagen social en el Nueva York de cien años atrás. Es una excelente adaptación de la novela de Edith Wharton— sobre la sofocante sociedad de la Gilded Age, viviendo como victorianos enrabiados, todo apariencia de educación en los usos y maneras sociales, y bestias egoístas que van a por el dinero por debajo. A por el dinero, y a por el reconocimiento de su grupo, cosas que solían ir unidas. Las emociones se van bloqueando con los jaques sucesivos al dinero y a la respetabilidad, y la aparente espontaneidad inicial, espontaneidad dentro de las reglas, se va asfixiando hasta que solo queda la frustración entre el mobiliario y las crinolinas, y los dobles y los triples y cuádruples entendidos sobre los motivos e intenciones de los demás. Lily Bart (Gillian Anderson) es una muchacha casadera, en apariencia la vida le sonríe Pero ya es algo mayor, y va comprometiendo sus posibilidades de casarse por no seguir adecuadamente las reglas del grupo: no hay que mirar si tu pretendiente te gusta, sino más bien si es un buen partido envidiado por otras, y una buena alianza de intereses financieros. Luego la gente ya se arregla, si realmente quiere sexo o emociones. Pero esta moza no tiene el dinero seguro (depende de la herencia de su tía, que la acaba desheredand prácticamente por sus indiscreciones)—y además tiene ribetes de new woman o de mujer independiente y romántica, no quiere venderse por dinero, y será su perdición, porque pronto la acechan las deudas y los benefactores interesados. Primero es reutilizable si no como esposa al menos como dama de compañía o carabina, en situaciones cada vez más comprometedoras, hasta que al final tiene que abandonar "la sociedad" y (horror) trabajar, pero tampoco sabe... El poco dinero que le deja su tía lo entrega todo para saldar una deuda de honor, a un caballero que la creía mujer fácil o comprable—y así acaba llegando al suicidio, por jugar a un doble juego al revés que los demás miembros de su sociedad. Ellos aparentan seguir la gramática social de la respetabilidad y la educación, y en realidad se guían por la gramática parda del interés monetario; ella hace lo contrario, aparentemente yendo a su capricho, pero luego tomándose literalmente la respetabilidad hasta la muerte que nadie más se cree. Cuando se toma un bote de láudano, mujer ya inaceptable como esposa e indeseada como amante, por lo menos consigue hacer llorar en su lecho de muerte al amor de su vida, Lawrence Selden (Eric Stoltz), el abogado que no se quería casar con ella ni con nadie pero que la estimulaba a no casarse ella tampoco por su parte, engatusándola con que ella era una criatura especial que no vendería sus emociones... Menuda responsabilidad cuando le hace caso, y se lo echa en cara años después; hasta el cínico abogado parece entender la medida de su responsabilidad al jugar con las emociones de autoestima de otra persona—de la persona a la que más apreciaba, además. La película retrata un momento especial del paso del siglo XIX al XX, pero es cierta una de las cosas que dice el abogado—que va sobre un carácter especial, y una manera especial de entender la dignidad, no para transigir con ella sino para llevarla hasta sus últimas consecuencias, independientemente de lo que hagan los demás—porque ya se les ha interiorizado, los llevamos dentro a los demás y su opinión sobre nosotros. Es una patología de la sinceridad y de la relación con los otros, o con nosotros mismos que somos esos otros. Hay quien lo lleva muy mal esto, ya sea en el siglo pasado o en el que está viniendo. Aunque nosotros somos algo más desinteresados que estos neoyorkinos de la Gilded Age, nos importa menos el dinero o la opinión de la sociedad. O eso hay que pensar, por lo de la autoimagen. The House of Mirth. Dir. Terence Davis, based on the novel by Edith Wharton. Cast: Gillian Anderson, Eric Stoltz, Dan Aykroyd, Terry Kinney, Laura Linney. Prod. des. Don Taylor. UK, France, Germany, USA, 2000.
Estábamos viendo Los pájaros de Hitchcock, y de repente sale Rubalcaba en un ascensor con Tippi Hedren. Ya sé que Rubalcaba está de campaña electoral y que hay que meterlo hasta en la sopa, pero esto ya me parece francamente excesivo.
Este título, que parece que quiera decir mentirosa en gallego, en realidad quiere decir infiel en sueco. Es una película de la japonesa Liv Ullmann, a quien recuerdo como actriz de cuando veíamos películas de Bergman, en los ochenta—y es muy bergmaniana, hasta el extremo de que el protagonista - narrador - inventor de la historia se llama Bergman, y Bergman el auténtico, es el guionista de la película. Suponiendo que el otro no sea auténtico—pues Bergman es como Bergman, un viejo cineasta o dramaturgo, que inventa una historia o la revive de su pasado, quizá sobre su ex (Liv Ullmann es la ex de Bergman, y no es la primera vez que éste se mete en la vorágine dramática de las infidelidades, sacándole al adulterio sus posibilidades de angustia metafísica. Supongo que en esta colaboración o regalo de guión hay algo de comunión mutua de angustias, y explicaciones personales que sólo se pueden dar mediante la ficción). Inventa o cuenta Bergman la historia de Marianne, que fue su amante o que algo tiene que ver con su amante, con la que no llegó a casarse (eso suponiendo que Bergman sea David, el director de teatro que tiene una aventura con Marianne y la separa de su marido Markus). Bergman vive solo en una costa nórdica vacía y azotada por el viento, y no tiene más que los recuerdos o las invenciones basadas en ellos, y no son alegres precisamente: las visitas de la fantasmal o inventada Marianne, que se confiesa con él o adquiere su ser cuando la inventa, son un entretenimiento y las espera con ilusión, pero quizá también son un tormento de autotormentador. Lo que va contando Marianne, o le van haciendo contar, es la historia de la destrucción de su matrimonio aparentemente feliz con Markus, cuarentones ellos. Sin saber cómo ni por qué, tiene una aventura con David, amigo de la familia, durante un viaje a París. Parecía que iba a quedar ahí la cosa, pero lo retoman y el engaño la va absorbiendo, se va complicando y la hunde poco a poco en un caos de mentiras, contradicciones, vergüenza y humillación. Su marido los descubre, o descubren ellos más bien que los había descubierto ya antes, y más cosas saldrán a la luz. Que Markus tenía una amante, que nada era como pensaba Marianne, que ni el pasado estaba a salvo, que ni ella era quien ella pensaba, porque—¿por qué tuvo esa aventura con David, en primer lugar, si ni siquiera se le había pasado por la cabeza desear a este amigo suyo? Dice Marianne, o su joven aparición a Bergman, que cuando aceptó o decidió tener una aventura con su amigo, era como si quien lo hiciese fuese una persona sin nombre y sin identidad que vivía oculta dentro de Marianne. Leía hoy en Houllebecq que "en la vida cotidiana hay que andar con cuidado para no dejarse atrapar por la propia historia o, de forma aún más insidiosa, por la personalidad que uno imagina que es la suya". Muchas rupturas seguramente provienen de allí—de un deseo de ruptura con una coherencia que se hace ajena, o demasiado propia. Pero la felicidad no parece ser una prioridad para Houellebecq, y tampoco en esta película da felicidad la ruptura, o el dejar salir la propia incoherencia a flote. Todo deriva hacia el vodevil grotesco y vergonzoso, hacia la tragedia fea e insensata, y al fin hacia el horror metafísico. El adulterio todo lo adultera: el vaivén entre su marido y su amante, o mejor llamarlo ahora actual pareja, desquicia la vida de Marianne, la lleva a la indignidad, y saca lo peor de todo el mundo. Ya le había avisado David que él era un fracasado y que todo lo que tocaba se echaba a perder. Una escena en la que vemos cómo se hunde un montaje teatral que ensayaba lo muestra de modo patético. Aparte, David es violento, celoso e impredecible, tiene deudas, es mal padre con los hijos de su divorcio anterior, no es ninguna joya; y la historia de amor o lo que sea entre él y Marianne no los lleva a más felicidad precisamente. Aunque aún más en picado cae Markus—y se suicida, sí, después de un feo proceso de separación en el que humilla a Marianne y la veja a cambio de permitirle conservar la custodia de su hijita Isabelle. Pero la demencia de Markus, ya desatada, había ido más allá: había intentado convencer a la pequeña Isabelle de que se suicidase junto con él. La película comienza con una cita de Botho Strauss que nos dice que nada hiere el alma de una persona tan profundamente como un divorcio. Durante gran parte de la película creemos que se refería al divorcio de Markus, y que Bergman era un trasunto de Markus anciano. Al final parece más bien un trasunto de David, quizá David en persona, que también perdió a Marianne después de que ella decidiera abortar al hijo de él que esperaba, tras una pelea espantosa. Y vivieron separados, se nos cuenta. Claro que Bergman bien puede ser una versión de Markus y de David a la vez, y de Bergman también, cómo no, y de Ullman, y de quien se meta en la historia. Al final el viejo guarda sus retratos y recuerdos de Marianne, que sí parecen reales, y sale a dar su último paseo quizá por la costa batida por el viento. Esa relación con los recuerdos y con el pasado la acabamos teniendo todos o casi todos. El pasado siempre se fue al traste, y en el caso de los divorciados y amantes separados, más todavía.
Re-viendo Peeping Tom, la película que (dicen) acabó con la carrera de su director Michael Powell. El guión es del curioso personaje Leo Marks, criptógrafo y dramaturgo. Se estrenó la película ante un coro de abucheos críticos, pero con el tiempo fue subiendo la estimación—a medida que el cine se hacía más morboso, más complicado, más reflexivo, más mediático. La película se anticipa a su tiempo (1960) y anuncia toda una larga serie de psicópatas con prótesis tecnológicas, y pavores reflexivos. En esta línea me acuerdo especialmente de algunas películas de Robin Williams, como La memoria de los muertos de Omar Naim, o Retratos de una obsesión. En Kika, de Almodóvar, una periodista con videocasco encasquetado emitía en directo todos los sucesos a la tele. También recuerda algo Peeping Tom a La mort en direct de Bertrand Tavernier, de veinte años más tarde, por la temática morbosa de intensificar la muerte mediante su filmación, su transformación en documento y la repetibilización de lo esencialmente irrepetible. Y han proliferado estas cuestiones, proféticamente quizá, en la realidad que imita al arte, como cuando el comando Obama vio la mort en direct de Osama bin Laden, a modo de reality show pakistaní. Aquí el protagonista, el peeping Tom o mirón, fotógrafo de porno y ayudante de cámara, venía traumado por los experimentos psicológicos que había hecho su padre con él, convirtiéndolo en conejillo de indias para el estudio del miedo. Luego él sigue sus experimentos, debatiéndose entre la tentación de la normalidad, que en este caso es la vecina de abajo, y la continuación de su carrera hasta su fin natural—que es filmar su suicidio, a la vez que deja pistas para que la policía lo atrape. El protagonista almacena su vida en vídeo, como el Krapp de Beckett en sus cintas magnetofónicas—y colecciona a sus víctimas archivadas como buen psicópata, en esto recuerda al Coleccionista de Fowles. La película experimenta con diversas mironerías: desde el porno que filma el protagonista (incluyendo una modelo desfigurada) hasta la ciega que ve con la mente—la madre de la chica de abajo, que no se fía del cámara e irrumpe en su estudio privado, preguntándole "¿Qué es lo que estoy viendo?" ante la pantalla invisible para ella. Una conversación con un psiquiatra nos informa de que el protagonista sufre de scoptophilia, no de escopofilia como sería de esperar, quizá para subrayar lo óptico de la cuestión. Bueno, también existe el término griego opip(t)euo, "observar curiosamente, espiar, acechar, mirar con inquietud, vigilar", que nos serviría para retorcerlo con lo de peeping Tom. En fin, aunque le prometen un tratamiento con éxito, el protagonista elige profundizar en su vicio y obsesión, que si no no habría película. Una cosa que hace bien la película es profundizar en las posibilidades y secretos del medio, incluyendo imágenes dentro de imágenes, repeticiones (vemos la escena original primero, su filmación después, imágenes quietas frente a fotografías en movimiento. Y sobre todo incluyendo la reacción del espectador, a varios niveles: la del propio cámara asesino (su cámara incluye un cuchillo, eso sí es penetrar con la vista)—la de la víctima, que se ve a sí misma morir en un espejo, en cierto modo viendo por anticipado la propia película de su muerte. Y también la del espectador inocente de crímenes anteriores, la chica de abajo, que ve cómo alguien ve cómo otros se ven morir tal como otros los verán, no, tal como los están viendo, no sólo la chica, sino también nosotros, posicionados a su lado como mirones de la propia autoobservación terminal. Las imágenes de la chica mirando cómo las asesinadas miran a sí mismas es de las más intensas de la película; la multiplicación o superposición de miradas suma intensidad a la experiencia cinematográfica. En suma, que a base de acumulación mediática, repetición, inserción semiótico-perceptual, marcos dentro de marcos, y reflexividad casi hasta el infinito, saca la película un partido extraordinario a la semiótica básica del cine, a su mironismo básico, a sus patrones de identificación, a la manera en que el uso de la cámara guía y organiza nuestra experiencia pasiva. También, supongo, a ese elemento tanático-terminal que hay en toda película, que es como una vida corriendo a su final. Aquí la tecnología obsoleta de rollos, revelados y super ocho le añade un encanto retrospectivo, o quizá más bien retrofuturista, por la manera en que estas obsesiones, adicciones mediáticas y tecnologizaciones de la experiencia han ido a más, y a más que irán. La película de Powell seguirá creciendo retroactivamente.
Qué curioso, paseaba por el sitio sobre cine de David Bordwell (y Kristin Thompson), críticos atentísmos a la forma cinematográfica y de quienes he aprendido mucho. Y me doy cuenta de que al parecer no han entendido ni patata del argumento de Shutter Island de Martin Scorsese, al menos en lo que se trasluce de su discusión en ese artículo. Creía que no merecía la pena explicar lo que pasa en la película, pero ya que no lo entiende ni David Bordwell, que debe ser la máxima autoridad mundial en cine, igual la cosa merece un comentario. Trailers y demás aquí:
It's 1954, and up-and-coming U.S. marshal Teddy Daniels is assigned to investigate the disappearance of a patient from Boston's Shutter Island Ashecliffe Hospital. He's been pushing for an assignment on the island for personal reasons, but before long he wonders whether he hasn't been brought there as part of a twisted plot by hospital doctors whose radical treatments range from unethical to illegal to downright sinister. Teddy's shrewd investigating skills soon provide a promising lead, but the hospital refuses him access to records he suspects would break the case wide open. As a hurricane cuts off communication with the mainland, more dangerous criminals "escape" in the confusion, and the puzzling, improbable clues multiply, Teddy begins to doubt everything - his memory, his partner, even his own sanity.
La reseña de Roger Ebert es más perceptiva. Hay que reconocer que la construcción de la película es artificiosa de cojones. Lo que Bordwell interpreta como secuencias subjetivas, o alucinatorias, son alucinaciones en segundo grado. Pues la película es toda ella una alucinación—entramos en ella como si de un mundo sólido se tratase, aunque nos extrañe la presencia de esa isla-manicomio-fortaleza en la bahía de Boston, pero la solidez del mundo presentado se va disolviendo. Por grados. Primero descubrimos, con el investigador Teddy Daniels, una serie de falsas historias, charadas, complots y montajes a cargo del equipo médico y los guardianes de la isla. El detective se abre paso hacia lo que cree la realidad, o un juego tipo The Game. Pero a la vez el protagonista Daniels va perdiendo solidez como un punto de vista interpretativo. Al fin vemos que hemos estado habitando íntegramente dentro de su alucinación, y que el temido faro al que se acerca esperando descubrir allí terribles experimentos cerebrales es sólo la consulta de su psiquiatra, que ha logrado abrirse paso momentáneamente a través de la psicosis traumática del protagonista.
Así pues es una de esas películas en las que decíamos que "la realidad flojea", películas tipo Total Recall o Matrix. Al entrar en ella no entramos en el mundo diegético del film sino en un submundo alojado en él—hemos entrado en un mundo al parecer estable, pero como iremos descubriendo poco a poco no estábamos en el mundo social del protagonista, sino en el mundo de su visión alucinatoria, la roca que (al modo de la canción de Simon y Garfunkel que quizá haya servido de inspiración parcial a la película) ha construido para refugiarse contra una realidad demasiado dolorosa. Y es casi la realidad dolorosa la que parece una alucinación más, o un desplazamiento onírico como los anteriores: la esposa demente de Teddy Daniels que ha asesinado a los niños, también ella habitando no se sabe qué mundos de tormento interno—y luego el propio protagonista asesinando a su esposa, por "liberarla", creía, sin saber que se estaba encerrando a sí mismo, con ella también, en una prisión de obsesiones desesperadas. (Por cierto, aquí la película enlaza casi con un fundido a distancia con la situación emocional del personaje que también interpreta Leonardo DiCaprio en Origen).
Muchos detalles atípicos en la película presagian y preparan su final inesperado. Algunos se funden impredeciblemente con la locura ambiental, con el stress que sufre Daniels aun dentro de su ficción autogenerada, o con la retórica impredecible y un tanto arbitraria del suspense cinematográfico. Entre esos, me ha gustado el de la ilustración del vaso, que sugiere cómo fallos de continuidad o "defectos" técnicos pueden usarse para crear una atmósfera inquietante u ominosamente irreal. El movimiento extraño del humo de los cigarrillos en alguna escena. También esa escena en que Daniels cree ver el cuerpo de su colega estrellado en el fondo del acantilado, y cuando baja ve que es una roca con silueta humana. El papel que se sujeta de modo extraño en las rocas. O las escenas del principio en el barco, extrañamente artificiales de manera casi subliminal, como los paisajes de eXistenz. O el huracán sin más, o cada detalle del ambiente, pues todo aquí es simbólico en dos niveles. Tiene su interés, claro, la manera en que un delirio coherente (en los términos en los que un delirio pueda ser coherente) asume aquí los trazos de una película bien construida. El cine como delirio, no es mala base sobre la que trabajar para introducirnos en una ensoñación provisional. Y aún hay un nivel de lectura que no se pierde al disolverse la fantasía de Daniels—a saber, la funete de los ingredientes de su invención. La exclusión social y la violencia oficial de la que participamos, la culpa compartida, la desconfianza del gobierno de los nuestros, la política democrática colaborando con procedimientos nazis o preparando una pesadilla que atropella lo derechos de los ciudadanos, eran (y son) demasiado reales, aunque los reprimamos al nivel de traumas del inconsciente político.
Kristin Thompson discussing match cuts in David Bordwell's Website on Cinema: "Another match cut comes from Lawrence of Arabia (David Lean, 1962) where an edit cuts together Lawrence blowing out a lit match with the desert sun rising from the horizon." —A match cut indeed! Google Sidewiki entry on "Observations on film art : Graphic content ahead" Aquí el artículo de la Wikipedia sobre Match Cut. A no confundir con nada de Woody Allen.
Romper Stomperde Geoffrey Wright (Australia, 1992)—la película que hizo famoso a Russell Crowe. En la línea de Trainspotting, antes de que existiera, o de American History X, y con alguna reverencia a La Naranja Mecánica. También recuerda algo a Quadrophenia, en esas ansias de integrarse en algo con uniforme. Si queréis aborrecerlos más, a los skins, es vuestra película. Si no conocéis al personal skinhead, tampoco os perdéis nada, pero aquí veis calcada la radiografía mental de lo que hay. La película no te deja identificarte mucho con nadie, y los personajes son todos despreciables en mayor o menor medida. Está rodada en un estilo pseudo-caótico, desorganizado y dinámico muy a tono con el ambiente barriobajero y descerebrado. Una reseña larga aquí. Al neonazi macho alfa lo interpreta Crowe; es el "ideólogo" por así decirlo del grupo, los demás son sólo descerebrados que lo siguen como a un líder. Es un detalle impresionante saber que el segundo de a bordo, un muchacho con dudas sobre su estilo de vida, era interpretado por Daniel Pollock, un actor muy joven, drogadicto, y que se suicidó tirándose a un tren justo antes de que la película se estrenase. Había tenido un asunto amoroso con la actriz que interpreta el personaje de Gabrielle, la chica que comparten los dos skinheads protagonistas; aquí como tantas veces se fundían un poco ficción y realidad. Esta fue su última interpretación; a veces la vida castiga tanto como el cine.
Un clásico de Hitchcock, de asesinato y detección, que se enfrenta valientemente a sus orígenes teatrales por el procedimiento de ser filmado de una tancada, en una escena continua ininterrumpida, con unidad de tiempo estricta que hace coincidir el tiempo representado y la duración de la película. En ese sentido es una obra de arte de precisión tanto para el director como para los cámaras y los actores, que tienen que ejecutar un complicado ballet de movimientos predeterminado. Como en cualquier obra de teatro, claro—pero allí no hay cámara; ésta es aquí como un actor más, aunque nos sitúa siempre en el punto de vista más privilegiado. Primero en el de los asesinos Brandon y Philip; luego, gradualmente, en el de Rupert, que los descubre—pero en éste de manera incierta, no sabemos exactamente qué sabe Rupert, aunque sí qué sospecha.
Un aspecto interesante de la película es la cuestión homosexual: Brandon es una figura extraída del decadentismo del XIX, y toda la retórica de su crimen, por debajo de las referencias al nietzscheanismo y al nazismo, está llena de sugerencias de complot homosexual: Brandon tiene a Philip dominado e hipnotizado en su mundo alternativo, y los dos se han embarcado en una especie de folie à deux, ocultando su crimen al mundo a la vez que lo muestran de modo provocativo, con el muerto dentro del armario por así decirlo. Son dos "compañeros de piso", cuya homosexualidad ni siquiera es planteable con las convenciones públicas de su sociedad, y ellos la lucen públicamente, escondiéndose a plena luz del día. El asesinato y su detección se convierten así en alegorías de su sexualidad clandestina y de la revelación pública de ésta. El detective Rupert era su profesor de ideas alternativas, pero deja muy claro a la vez que es personaje sin sexualidad, un mero observador de la realidad humana, que teoriza con los límites de lo socialmente aceptable pero no los transgrede. Es el papel de Ruskin o de Walter Pater, frente a los Oscar Wilde criminales que son Brandon y Philip—o el papel del ave fría, soltero de oro u homosexual potencial frente a los homosexuales "provocativos" (que no públicos) como Brandon y Philip. Todo ello también tiene lugar en un cierto ambiente pre-maccarthista, en el que los ciudadanos han de tomar posiciones frente a las ideas peligrosas de nazis ocultos, o comunistas, infiltrados atípicos en América con ideas peligrosas para la comunidad. Y eso es lo que hace Rupert, con sus disparos al aire que atraen a la policía.
Rope. Dir. Alfred Hitchcock. Screenplay by Arthur Laurents, from the play by Patrick Hamilton. Cast: John Dall, Farley Granger, Sir Cedric Hardwiche, Constance Collier, Johan Chandler. Photog. Joseph Valentine. Transatlantic Pictures, 1948. Spanish DVD: La soga. Universal Pictures, 2001. (Alfred Hitchcock's Gold Collection). Barcelona: RBA coleccionables, 2008.*
Las dos primeras son películas sobre las secuelas del apartheid en Sudáfrica, sobre rencores y traumas del pasado, y sobre el trabajo de la Comisión de Paz y Reconciliación. A instancias del gobierno de Mandela, esta comisión investigó y documentó los abusos y crímenes del apartheid, e hizo justicia de una manera ambivalente, a la vez idealista y controvertida: a quienes confesaban todos sus crímenes, y les daban una justificación por el sistema político en el que estaban inmersos, se les permitía optar a una amnistía por todos ellos (y normalmente conseguirla). La idea se basaba en el concepto de perdón, tanto cristiano como tradicional sudafricano (allí llamado Ubuntu). La situación de traumas políticos reprimidos abusivamente no deja de recordar en algunos aspectos a lo que aquí en España se ha llamado el debate de la "Memoria Histórica" con la guerra civil y el franquismo. Hay escenas de tumbas, desenterramientos, etc., más recientes en el caso sudafricano y posiblemente menos teatralizadas que en España. Aquí ha habido amnistías, y la más parecida al ubuntu sudafricano éste fue, supongo, la que se planteó durante la Transición. Pero mal curado queda siempre el tema, y siempre listo para instrumentalizaciones políticas. Supongo que lo mismo sucederá en Sudáfrica. Al perdón en condiciones favorables se apuntan gustosos, normalmente, los criminales, y también los mediadores. Las víctimas suelen entender otra cosa por justicia.
Pero estas películas enfatizan el perdón y la reconciliación. No es extraño, siendo que están escritas ambas dos basadas en obras de escritoras blancas que provienen de una tradición opuesta al apartheid. Están en posición de mediadoras, pongamos.
En Red Dust, un político negro de la nueva Sudáfrica (Chiwetel Ejiofor), antiguo resistente y aparentemente confiado en sí mismo, se va desmoronando poco a poco a medida que se enfrenta a los recuerdos de su tortura en el pasado, a manos de los matones de la policía. Le vuelven (en forma de flashbacks intrusivos) recuerdos obsesivos de esos días, y acaba enfrentándose a su pequeña dosis de traición, que le llevó a implicar a un amigo que fue asesinado. Ha recordado cosas que prefería olvidar y había conseguido olvidar. Ahora pide perdón a la familia de su compañero, a la vez que se exhuma su cadáver y se encuentra allí su ficha policial... puesta previsoramente por un policía torturador para implicar a su superior en caso necesario. En esta película no hay historia romántica entre el protagonista negro y su abogada blanca (Hilary Swank), cuya visión de los hechos sirve de hilo conductor.
In My Country, en cambio, es una película donde negro-se-acuesta-con-blanca (y blanca felizmente casada)— cosa que rompe los cánones de Hollywood, sobre todo cuando a todas luces ni siquiera están tan enamorados, sólo se desean por oscuras o claras razones... Lo que hace tolerable semejante dispendio es quizá que la blanca no es americana (pues es francesa, Juliette Binoche, y a la vez Afrikaans). El negro tampoco es africano, sino African-American, Samuel L. Jackson—no es uno de los implicados directos en el apartheid, pero el encuentro sexual supone una reconciliación racial por delegación, porque Jackson, aquí un periodista llamado of all names Langston, encarna el resentimiento airado del negro americano. Y la película manda sin duda también un mensaje en esa dirección afroamericana. Como digo, sin embargo, parece que la periodista Afrikaans Anna Malan se enrolla con el corresponsal americano más por demostrarle algo a él, o a sí misma, que por ningún interés erótico irresistible, cuánto menos sentimental. En esta ambivalente relación está uno de los intereses de la película. Y también claro en las actitudes de enfrentamiento entre los blancos ante la nueva situación, que dividen a la propia familia de Anna.
Esta cuestión del enfrentamiento familiar llegaba a un punto extremo en otra película más antigua sobre el apartheid, A Dry White Season, basada en un libro de André Brink. Aquí la implicación del protagonista blanco con los problemas de la familia negra de su jardinero le lleva a adoptar una postura moral que primero lo enfrenta a su comunidad y su familia, y luego lo lleva al desengaño y a la muerte. Queda memorablemente retratada la mezcla de racismo, clasismo, ceguera voluntaria y buen rollito entre ellos que permitía a los blancos ignorar lo que tenían delante, e invisibilizar la opresión a los negros en su propio país. Pero el profesor interpretado por Donald Sutherland va abriendo los ojos, y su sentido de la justicia ya no le permite dar marcha atrás una vez ha dado el primer paso que lo separa de los suyos. El recorrido de la ceguera semivoluntaria al compromiso moral y político está trazado memorablemente, y de modo pesimista, en una película más dura que estas otras, quizá porque se filmó en la época del apartheid, y no en la época de reconciliación... aunque me ha venido a la cabeza aquel título de un ensayo de Adorno, reconciliación a la fuerza (Erpresste Versöhnung, "reconciliation under duress", une reconciliation extorquée...). Sale Marlon Brando, por cierto, como un abogado que fuerza al sistema a reconocer la ilegalidad de sus propias actuaciones criminales... algo que no suele ser técnicamente factible, en los sistemas abusivos bien ordenados. Quizá les faltaba fe, a esos jueces blancos, para acumular legajos encima de los casos incómodos. Aquí en España eso se nos da mejor, y en cuestión de patas de banco judiciales también les podríamos dar lecciones, a los jueces sudafricanos esos—y benevolentes no es que fuesen ellos.
Red Dust. Dir. Tom Hooper. Screenplay by Troy Kennedy-Martin, based on the novel Red Dust by Gillian Slovo. Cast: Hilary Swank, Chiwetel Ejiofor, Jamie Bartlett, Ian Roberts, Nomhle Nkonyeni, Greg Latter, Mawonga Dominic, Tyawa, Marius Weyers. Prod. des. Mark Wilby. Music by Rob Lane. Ed. Avril Beukes. Photog. Larry Smith. Coprod. Sudhir Pragjee, Sanjeev Singh, Joe Oppenheimer. Prod. Ruth Caleb, David M. Thompson, Anant Singh, Helena Spring. Distant Horizon / BBC Films / Videovision, 2004. DVD Verve Pictures, 2005.
In My Country. Dir. John Boorman. Screenplay by Ann Peacock, based on Anjie Krog's book Country of My Skull. Cast: Samuel L. Jackson, Juliette Binoche, Brendan Gleeson, Menzi Ngubane, Sam Ngakane, Aletta Bezuindenhout, Lionel Newton, Langley Kirkwood, Owen Sejake, Harriet Lenabe, Louis Van Niekerk, Fiona Ramsey, Dan Robbertse, Robert Hobbes, Lwando Nondzaba. Music by Murray Anderson. Prod. des. Emilia Roux, Derek Wallace. Ed. Ron Davis. Photog. Seamus Deasy. Exec. prod. Chris Auty, Sam Bhembe, Jamie Brown, Neil Peplow, Mfundi Vundla, Duncan Reid. Prod. John Boorman, Robert Chartoff, Mike Medavoy, Kieran Corrigan, Lynn Hendee. Sony Pictures Classics / Release Phoenix Pictures / The Film Consortium / Merlin Films / UK Film Council / Industrial Development Corporation of South Africa / Inside Track Productions, 2004.
A Dry White Season. Dir. Euzhan Palcy. Written by Colin Welland and Euzhan Palcy, based on the novel by André Brink. Ltd. Cast: Donald Sutherland, Janet Suzman Jurgen Prochnow, Zakes Mokae, Susan Sarandon, Marlon Brando. Music by Dave Grusin. Exec. prod. Tim Hampton. Prod. Paula Weinstein. Metro Gosdwyn Mayer, 1989. DVD Metro Goldwyn Mayer 2007.
Ayat Ayat Cinta (subtitulada en inglés como Verses of Love) es una película indonesia que tuvo un éxito fenomenal allá en la otra esquina del mundo; nos dijo el presentador del ciclo de cine indonesio que incluso se organizó un pase especial a nivel gubernamental para los embajadores... vamos, que mucha gente en Indonesia se ha identificado con el mundo tal como se ve a través de esta película.
Ayat Ayat Cinta is a beautifully portrayed Islamic love story a tale of a virtuous Muslim protagonist who overcomes all obstacles of life maintaining pure ideals.
Fahri bin Abdillah is a poor, intelligent student who wins a scholarship to complete his graduate degree at Egypt's esteemed Al Azhar University. Very disciplined and dedicated by nature, Fahri embraces his life in Cairo, completing his studies and translation of religious books with full enthusiasm, exactly according to pre-determined targets.
Only one goal is left unattempted: the pursuit of marriage.
For Fahri is innocent and pure, and doesn't believe in the concept of relationships prior to marriage. He is inarticulate and shy around women. All his life, only two women have been close to him his mother and grandmother.
Life changes drastically in Egypt for he suddenly finds himself surrounded by four beautiful, distinctly different women.
Maria Girgis, a shy, open-minded Coptic-Christian neighbor who is attracted to the teachings of the Holy Al Quran, finds herself falling in love with Fahri (a fact she only reveals to her diary).
Nurul, a student at Al Azhar like Fahri, is the Muslim daughter of a renowned Indonesian cleric. Fahri feels unworthy of her and thus ignores his feelings for her, leaving her confused and guessing.
Noura, an abused Egyptian neighbor, develops strong romantic feelings for Fahri, who in turn simply sympathizes with her situation. His romantic rejection destroys her and eventually leads to a false accusation of rape.
Aisha, a German Turkish student in Cairo haunts Fahri with her beautiful eyes. Following an incident on the metro where Fahri defends her against narrow minded bigoted Muslims, both immediately develop feelings for each other.
As the story unravels, the protagonist makes the audience face the daunting decisions he himself faces, and forces us to marvel at his undying loyalty to the true ideals of Islam as he ultimately makes the choice of a lifetime.
La película presenta un argumento melodramático donde tras muchas penalidades el amor acaba triunfando, y al final los virtuosos protagonistas Fahri y Aisha son felices en su matrimonio, tras demostrar el valor de su fe islámica en medio de las adversidades—aceptándolas con sumisión, que es el sentido del Islam que quiere enfatizar la película. Su misión es sumisión, podríamos decir. Son ideales religiosos que, realizados por gentes decentes y atentos no sólo a sí mismos sino a los demás, no pueden sino ser vistos favorablemente. Podría decirse que una religión es en sí un modelo determinado de coche, que tiene sus posibilidades y sus limitaciones, y éstas son distintas de las del conductor. Un as del volante puede llevar una carraca de coche bastante mejor de lo que un zopenco manazas conduce un Ferrari hasta la primera farola. La interpretación del Islam que hace Fahri es muy estricta y doctrinal—es miembro activo en una de las escuelas musulmanas de El Cairo—pero a la vez es tolerante, generosa y bondadosa, porque él lo es. Y esos son los valores que quiere promover la película, junto con el Islam más literal en su sentido y más puntilloso en sus rituales. En fin, que ver esta película es una auténtica experiencia de inmersión intercultural.
Parte de lo que se ventila en la película es cómo tratar a las mujeres. Y aparecen el modelo bueno, y el malo (toda película presenta un sistema de valoraciones a través de sus personajes). El malo, es el estereotipo del moro pegón tal como bien lo conocemos aquí, y allí también al parecer. Individuos brutales, falsarios, abusones, agresivos (y al parecer no faltan) que se remiten al Corán según conviene para justificar sus abusos. Frente a ellos, Fahri tiene siempre las actitudes correctas y citas alternativas disponibles, e interpretaciones de la religión que colocan el respeto y la bondad por encima del deseo de imponerse uno y sus deseos. En ese sentido, la película trabaja por vender a Occidente un Islam amable y virtuoso—aun cuando Fahri reconozca que en efecto sí se puede pegar a la esposa si no hace caso de tus advertencias... Una de las cosas que hace es escribir un ensayo sobre "la mujer en el Islam" para unas periodistas americanas a las que defiende de un moro malo que las insultaba con argumentos simplistas. En su propia vida, Fahri no le pega a nadie, allí le puede la doctrina... sino que más bien va de la perfección a la hiperperfección a través de la Sumisión. Su relación con su esposa es emocionalmente igualitaria, y la sumisión de la mujer es cuestión de formas y no de actitudes personales—aunque esas formas condicionan la forma de la relación. Se casa con Aisha al modo tradicional musulmán, tras una breve presentación, y aquí se ve una estrategia de "doble pensamiento" de la película, que busca satisfacer a la vez a la mente tradicional y a la occidental con esas coincidencias propias del cine y el melodrama. Conoce a su futura sin saberlo, en la escena en la que defendía a las periodistas turistas, cosa que ella también hace—y cuando ella consigue que los presenten, ya estaban predestinados; así la película conjuga casualidad y destino, un truco del cine que intensifica lo que nos gusta hacer con estas cosas en la vida.
La misma doble mentalidad se aplica a la cuestión de la bigamia (nunca viene mejor que allí). Fahri no quiere ser bígamo, pero las mujeres se lo rifan. Lo ama su vecina de arriba, Maria, que es cristiana (y por tanto a la vez impura y deseable). María se deprimirá mortalmente tras el matrimonio de Fahri, y sólo el casarse con ella le salvará la vida sacándola de un letargo mortal. Y así Fahri se ve de repente en situación poligámica: casado felizmente con dos esposas, y sin buscarlo él: pues es Aisha quien le ha insistido en que se case también con María para salvarle la vida a ella (y de paso a él, pues María era un testigo crucial en el juicio contra Fahri). Aisha aprende la sumisión de buena esposa musulwoman, y la película entra en el feliz delirio de poner a su personaje en situación polígama sin pretenderlo él... aunque de hecho el mensaje global que lanza (lanza muchos, claro, contradictorios también) es la monogamia musulmana, la pareja de "almas gemelas" Fahri y Aisha, que deben hacerse gemelas y no sólo encontrarse gemelas. María tiene el papel de la mulata trágica: siendo cristiana, conversa para casarse con Fahri, debe morir: la sangre y la cruz están asociadas a ella como símbolos, y lleva su enfermedad dentro de ella. También lleva la cruz tatuada, no puede librarse de su marca de nacimiento. Así morirá tras servir de prueba a la sumisión de Aisha, y dejará a la parejita en paz sin haber aportado descendencia, y que sepamos sin haberse acostado siquiera con Fahri. Así pues la película fantasea con poligamia del musulmán con múltiples mujeres, incluidas cristianas conversas, pero promueve deliberadamente una ortodoxia desplazada hacia la monogamia, y hacia una mayor igualdad de los sexos. A la manera del buen melodrama, viene combinada la virtud del bueno con todo tipo de contorsiones del destino por las que le obliga a pasar el argumento, para satisfacer al inconsciente. El argumento central tiene que ver con otra mujer más que amaba a Fahri (y aún hay una cuarta)—ésta es Noura, violada y golpeada por su padrastro adoptivo. Fahri la ayuda, pero ella, víctima rastrera que es, lo acusa a él de ser su violador. O sea que gran parte de la película es la historia de una falsa acusación, un framing, y de las dificultades de Fahri para defenderse en un sistema judicial absurdo, unas leyes criminales, y unos jueces majaderos, parciales e ignorantes para aplicarlas (aunque estas dos cosas no son las que le llaman la atención a la película, son como el telón de fondo sin más. En la cárcel, Fahri aprende más Islam, de boca de un representante místico de la sumisión, su compañero de celda, mísero criminal que riéndose de él le enseña que aún pecaba Fahri de orgulloso, y que debe aceptar su destino. Por suerte Noura se derrumbará ante el testimonio de María, y confesará que su acusación era falsa. Fahri no la denuncia, a tono con su santo proceder en toda la película, y se concentrará en la difícil tarea de "ser justo" con sus dos esposas. "Es difícil ser justo con una esposa, mucho más con dos", le dice su amigo, pero Fahri hace milagros hasta que Alá lo libra de su penosa tarea matando a María. La película procura dar una vision lo más favorable posible de este santo musulmán aun en la difícil situación de un matrimonio a tres. En fin, toda una defensa de los valores del Islam tal como éstos quieren presentarse a sí mismos: y promoviendo una mejora de la situación de las mujeres no por la vía de transformar el Islam, sino por la vía de aplicarlo como un camino de sacrificio, virtud y tolerancia hacia los demás. Eso no se ve mucho por las películas occidentales sobre el Islam, y digamos que hace falta cultivarlo, aquí, en Egipto y en Indonesia. Más inquietante es la determinación de la película de trabajar esas virtudes únicamente dentro de la ortodoxia ritual y dogmática más estricta—quizá sea lo que manda Alá, pero no es lo que manda la ética mejor entendida, pues la rigidez ritual promueve el aislamiento de los infieles, el uso de la religión para el control, y en última instancia coloca a los ídolos por encima del espíritu de la ley espiritual—precisamente lo que esta película se supone que no querría promover. Y la esposa ideal, sólo una pero con velo—lo que en Francia es ilegal e inmoral, en otros sitios se presenta como el ideal de conducta a promover, y gusta. Yo el tema éste lo veo más como Nia Dinata, puestos a elegir entre directores indonesios.
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Ayat-ayat cinta (Verses of Love). Dir. Hanung Bramantyo. Written by Salman Aristo and Ginatri S. Noer based on the novel by Habiburrahman El Shirazy. Cast: Fedi Nuril, Rianti Cartwright, Carissa, Puteri, Melanie Putria, Zaskia Adya Mecca, Marini Burhan, Surya Saputra, Rudi Wowor, Oka Antara. Photog. Faozan Rizal. Music: Tya Subiakto. Art dir. Allan Sebastian. Ed. Sastha Sunu. Indonesia, 2008.
Love for Share, de la directora feminista Nia Dinata, es la primera película de un ciclo de cine indonesio en el Aula de Cine de la universidad de Zaragoza. Con entrada libre a todas las sesiones.
Sinopsis: La vida de tres mujeres de diferente origen social y étnico se ve afectada por la práctica de la poligamia. Salma, una ginecóloga que se debate entre su fe musulmana y sus sentimientos de traición al descubrir a la esposa secreta de su marido; Siti, una muchacha que vive en una pobre casa javanesa y se enamora de otra esposa; y Ming, una joven y atractiva camarera china que quiere triunfar por encima de todo.
Las tres historias se entrecruzan marginalmente—más al estilo Babelque al estilo Crash, sin que una historia tenga en realidad ningún efecto sobre la otra, sólo como "excusa" compositiva que nos permite ubicarlas a las tres en un mismo momento y mostrar una panorámica social. La primera historia, la de Salma, es también la más integradora, pues comienza antes que las otras y termina después. Salma es una mujer educada, y vive como una humillación el descubrimiento de las sucesivas esposas de su marido, pero ha tomado la determinación de no romper su matrimonio. El Islam aparece en esta historia como un instrumento de control y sumisión al servicio del patriarcado. Es especialmente revelador que Salma se ve obligada (obligada con aceptación suya) a apoyar la carrera política de su marido, y a defender públicamente su poligamia en un debate televisivo, negando que se haya visto maltratada por la situación. Su hijo, irritado con la hipocresía su padre, de buena gana hubiera llamado al programa a contar la verdad, pero no le dan línea. El programa se interrumpe por las noticias del tsunami que asoló la costa indonesia—esta catástrofe también proporciona un paisaje de fondo marginal y nexo de conexión con las otras dos historias. En el debate televisivo aparecía una feminista por cuya boca oímos el punto de vista de la directora—que el Corán debería ser interpretado de otra manera por los musulmanes y no ser utilizado para justificar la lujuria, egoísmo y abusos de los hombres. Una escena es especialmente reveladora: la historia había comenzado diez años antes de este episodio, en el momento en que Salma se entera (tras oír rumores) de que su marido tenía una esposa. Salma era entonces una mujer vestida al estilo moderno occidental—tras una súbita elipsis de diez años, la vemos salir de la cama y vestirse, y para sorpresa del espectador se pone un hiyab. No obligada sin más por su marido—sino que ha llegado a eso presionándose a sí misma sobre lo que son los deberes y la sumisión (o Islam, vamos). Su marido muere tras un infarto, que reúne involuntariamente a Salma, a la "otra", a una tercera que aparece por el hospital también con bebé, y a una cuarta que acude llorando al entierro. Pero Salma ya está curada de espantos; le consuela que su marido le ha recomendado a su hijo antes de morir "que sólo tenga una esposa, que lo otro es un lío monumental". Pero Salma sigue con su hiyab, y no parece que se lo vaya a quitar.
La segunda historia es la de una chica de pueblo que llega primero de invitada a casa de un pariente bígamo—y pronto acaba siendo la tercera esposa, en una casa pequeña atestada de criaturas. La primera esposa no para de parir, y la segunda tiene dos niñas (todo niñas son, para reforzar la imagen del tiranuelo patriarca—aquí los hombres no se cortan un pelo, y reinan sin brutalidad, satisfechos de sí mismos de manera obscena e irritante, por la sumisión de unas mujeres que apenas los cuestionan, y desde luego no se enfrentan a ellos. Si engañan a sus esposas a la hora de traer a una más, es sólo por ahorrarse que les pongan morros o les den discursos, no porque piensen que no tienen pleno derecho. Y ejercen, vaya si ejercen los sátrapas de ellos. En fin, esta historia recuerda un tanto a Fire, de Deepa Mehta, porque dos de las esposas descubren los placeres del lesbianismo, y huyen de casa dejando plantao al Chófer, —justo cuando les acababa de traer una compañera más del pueblo, a ver la ciudad y sus maneras. Poner tierra por medio, o mejor no casarse si aún estás a tiempo, es la recomendación de la directora.
De algo tienen que vivir las chicas, claro; y si encima quieren prosperar.... Ming, una camarera, se seduce con su jefe, y éste (católico y casado) se casa falsamente con ella, pero les conviene el arreglo a los dos. Le pone piso y coche, que era chica que quería subir de las chabolas a los bloques de apartamentos. Pero (ay) las ganas de subir de ella, y su vivacidad que a todos los arrebata, no le llegan hasta el punto de exigirle que ponga el piso y el coche a nombre de ella. Con lo cual se ha vendido ni por piso ni por coche, sino por un alguiler. Vamos, que se ha alquilado—el jefe emigra a América con la legítima, y la recordará siempre (no lo dudo). La chica vuelve a la chabola, y sueña con hacerse actriz, pero sólo le han ofrecido un papel de camarera a cambio de unas propuestas de seducción.... En cualquier caso, con esta directora no se va a casar: la película concluye con un rechazo del matrimonio, y una recomendación de tener a los hombres sólo como amantes. Ay, si fuera tan fácil... porque liarse es sólo el primer lío, y luego vienen los demás. Pero en su contexto político, se entiende perfectamente lo que la directora quiere decir, en un película bien llevada, didáctica y más que necesaria en un ambiente social de Sumisión francamente ofensiva.
LOVE FOR SHARE (Berbagi suami) Dirección y guión: Nia Dinata. Fotografía: Rahmat Syaiful. Música: Bembi Gusti, Aghi Narottama Narottama y Gascaro Ramondo. Montaje: Yoga K. Soeprapto. Intérpretes: Jajang C. Noer, Shanty, Dominique, El Manik, Tio Pakusodewo, Lukman Sardi, Nungki Kusumastuti, Ria Irawan, Ira Maya Sopha, Winky Wiryawan. País: Indonesia Año: 2006 Duración: 120 min. Color
Es de Roland Joffé, el de La Misión pero también (ojo) el de La Letra Escarlata. Buena película ambientada en la guerra civil española, con hagiografía discreta pero aun con todo excesiva, no gustará a los del bando rojo, ni a los antiescrivadebalagueristas, que por lo que se ve hay abundantes. Haciendo abstracción del personaje, en la medida en que se puede, es una buena película sobre actitudes ante la vida y ante la guerra—contrastando la actitud conciliadora, cristiana, bondadosa y bienintencionada del personaje, con la de otro personaje generado para representar al bando contrario—no al bando republicano, digo, sino al bando de los canallas que usan las guerras para cultivar y agrandar sus demonios interiores, o dragones. A estos últimos, que los hay, tampoco les gustará la película, supongo, porque los malos quedan mal parados.
El alter ego negativo de Escrivá de Balaguer es Manolo, un colega suyo del seminario, que se retira de cura—un personaje huraño, resentido y vengativo, que empieza de conspirador fascista y acaba de infiltrado en una milicia, sin saber casi en qué bando está. Vive una historia de enamoramiento celoso y criminal con una miliciana, y acaba convirtiéndose en la plaga de ella. Manolo el espía buscaba incriminarla a ella por espía, y cuando es condenada se suicida la pareja de ella, que iba a ser su ejecutor, antes de matarla. Ella se libra por otra artimaña de Manolo, pero este acaba matándola un día por sorpresa, como el canalla que es. Una cosa sí hace: criar al hijo de ella y el miliciano tras la guerra, como si fuese hijo suyo. Pero es un padre frío y acabronado, que asciende en el régimen pero resentido con todo y consigo. El supuesto hijo pone tierra por medio, pero se acaba enterando de la historia cuando convence a su padre para que le hable de Escrivá de Balaguer, al que había conocido de joven: el hijo quería escribir un libro sobre él, y esta historia sirve de excusa para el arranque de la película, y para que salgan a la luz las revelaciones del viejo criminal. El final de la película aplica las enseñanzas de Escrivá, cuando el falso hijo se reconcilia con el padre en el lecho de muerte, tras superar el despecho que siente al principio.
Mientras, Escrivá de Balaguer vive una vida de cura activo primero, promoviendo el Opus, y luego de perseguido, ocultándose en el Madrid republicano y salvándose por los pelos; escenas que recuerdan bastante a algunos episodios de Un Millón de Muertos de Gironella. Los dos personajes no vuelven a hablar, aunque el malo le perdona la vida a Escrivá y su grupo, cuando están huyendo a través de los Pirineos a Francia. Para ello mata a uno de su propio bando—a otro más. Se nos dice que Escrivá le siguió escribiendo a su antiguo amigo de infancia rebrincado toda su vida, sin que el otro le contestase. Como se ve, se evita cuidadosamente identificar al malvado con uno de los dos bandos de la contienda: mezcla a los dos y representa a los dos, a lo peorcito de los dos. Al igual que tampoco se muestra a Escrivá apoyando la causa fascista—si bien sí se muestran escenas de la España republicana y del bando rojo, bien filmadas, que muestran adecuadamente la brutalidad que se veía en ese bando, como en el otro. En conjunto, pues, una película del "bando nacional" y eclesiástica, para mayor gloria del Fundador, y que evita sin embargo tomar una postura excesivamente polémica o militante, enfatizando el mensaje cristiano, la reconciliación y el perdón, etc. Muy en la línea de Gironella, realmente. Como La Llave de Sarah y otras tantas, es también una película de viejos traumas que salen a la luz y buscan una resolución, aquí en forma de absolución. Le dicen al final al periodista que su falso padre le había contado la historia no tanto para librarse de ella, como para darle a él la oportunidad del perdón. Oportunidad que aprovecha el hijo volviéndole a llamar "padre", y dando un final cristiano a la película.
Lo que desagrada en la película es la mezcla de motivos biográficos/hagiográficos reales con una historia más alegórica o emblemática, la del alter ego diabólico Manolo. Eso sí que produce una sensación de intento de potenciar la vida del santo artificialmente—sin lograrlo, claro, porque el artefacto se desmonta obviamente a sí mismo en tanto que "historia". Como drama de guerra con moral cristiana, sí que funciona, y también en general como película de acción y conflicto—a pesar de la relativa desconexión de sus dos tramas. Gustará especialmente la reconstrucción de las escenas de batalla y del ambiente de la época (de los setenta finales, de principios de siglo y de los treinta). Y también ofenderá a unos más que a otros, que estamos en un país muy ofendible con todo lo que suene a aquellas batallas, a intrusiones divinas, y a la Iglesia predicando. País además que lleva una dieta única de cuarenta años de películas de izquierdas sobre la Guerra Civil; bienvenida sea ésta para variar.
Es ésta película, basada en la novela homónima de Kazuo Ishiguro, un producto tristón y desilusionado, no apto para quienes gusten de finales felices. Aquí el final es como el principio: es una película "distópica", basada en el retrato de una sociedad que rechazamos, pero en la que no se ofrece un remedio narrativo a ese mal social en la forma de una derrota del sistema opresivo—ni siquiera en la forma de una huída del sistema, posibilidad que ni llega a plantearse. Más bien se nos sugiere (al final, y durante) que la sociedad hipócrita y cruel retratada allí es fundamentalmente igual a la sociedad en la que vivimos. O, aún más: que toda sociedad humana es así. En este sentido, la película nos propone ponernos unas gafas de lucidez que (aceptando que su perspectiva y su verdad sobre lo humano sea sólo una de las posibles) son a la vez unas gafas distorsionantes; nos revela y nos oculta la realidad. Y se plantea como una pequeña agresión a los educados occidentales, únicos que irán a ver la película, y únicos dispuestos a pagar por la autoagresión.
Es una película de clones (descubrimos al rato, si no nos ha llegado la onda preliminar). Los crían como ciudadanos infrahumanos, con el fin de abastecer de órganos a la industria de transplantes. Y hasta aquí, y no más, se parece a La Isla. Hay granjas de clones, en forma de internado estilo señorita Rothenmeier—en las que el agobiante ambiente de colegio hiperregulado se mezcla con una dinámica de campo de exterminio. Los niños se hacen a su ambiente, sin embargo, y se les educa para aceptar su destino, que van conociendo poco a poco. Incluso cuando una profesora algo desencantada les precipita la revelación de la verdad, no hay pánico ni angustia, sólo disciplina condicionada... y un ambiente parecido a cuando se les dice a los niños que Dios no existe, o cuando reciben información sobre el uso de sus genitales. Recuerda mucho el ambiente de limitación mental a las discusiones que llevan los chavales sobre si habrá otra vida en el más allá, o si existe la reencarnación, o si cada uno tenemos un alma gemela en algún sitio.
Nos dice Roger Ebert: "One of the most dangerous concepts of human society is that children believe what they are told. Those who grow out of that become adults, a status not always achieved by their parents." Y esta película usa casi a la perfección este concepto—se nos muestra un sistema educativo manipulador, que mantiene a los niños ignorantes de las cosas más importantes que se pueden saber. (Por ejemplo, en nuestro sistema educativo nunca se enseña a los niños cómo el mundo está dominado, en general, por tiranos, mafiosos y criminales, que son los que llegan a los puestos de poder—y es una verdad que muchos no llegan nunca a descubrir por sí solos). Nos muestra la película cómo ellos van organizando sus vidas, viviéndolas humanamente, en la medida en que pueden, moviéndose en ese mundo disminuído y en esa nube de ignorancia. Se sugieren muchos paralelismos simbólico-alegóricos, claro, y es eso lo que tiene la película de crítica a la sociedad occidental actual. Por ejemplo, la crianza para extraer órganos se asemeja, por desplazamiento simbólico, a la fabricación de sujetos aptos para la maquinaria social—para ser órganos adecuados en sus puestos de trabajo que ni les van a aportar satisfacción ni plenitud, sino que van a suponer un lento desgaste en el que los individuos, generalmente hablando, no van a extraer todo el potencial de sus capacidades. Es la historia de una vida disminuida, y de personajes que (como dice Ebert) nunca llegan a madurar, en el sentido de que nunca cuestionan al sistema ni se plantean una huída, un cambio, una rebelión. Son conformistas, creen en el orden social en el que han crecido, aceptan sus valores aunque les asigne de entrada el puesto de perdedores. Son como negros bien mandados en una sociedad de apartheid, o como los esclavos romanos—pero en unos años 70-80-90 retratados de modo muy deprimente y aburrido. E irreal, claro, todo hay que decirlo: apenas se nos muestra la sociedad "externa" al mundo mental de los clones, aunque ellos son libres de moverse por ella dentro de un orden, llevan vidas muy reguladas. La protagonista, Kathy (Carey Mulligan), se hace "cuidadora", o sea, clon con ventajas especiales para pastorear clones, hacer de mediador entre los opresores y los oprimidos y ayudar a mantener el sistema. Nunca cuestiona ella este papel—lo más crítico que se le oye decir o pensar es que "en realidad, los originales (los ciudadanos de primera para quienes ellos se sacrifican) no llevan una vida muy diferente de la nuestra". Y es verdad, y es mentira—y en ese dilema se construye la película.
Como digo, tiene mucho de falsaria, por su misma osada elección de no mostrar un mundo diferente al nuestro, en el que sin embargo hay esa diferencia tan notable entre seres humanos. Eso no es posible, como no serían posibles tantas cosas: un control de la información tan férreo, una plaga de nazismo clónico uniforme en todo el planeta, una tal unanimidad y falta de sentido crítico ante tal estado de cosas... O por lo menos ofende pensar que fuera posible eso, y la idea disminuye al ser humano—y de ahí extrae también su potencia la película. Se nos hace pensar en regímenes no ya espectacularmente pervertidos como el nazi, sino grises y desengañados y mal peinados, como el comunismo de Alemania Oriental. Y pensamos que es posible, que la gente después de todo sí es así, que funciona con ideas recibidas y que en general no las cuestiona, ni crece.
Otras analogías surgen: las granjas de clones que recuerdan a criaderos de pollos nos recuerdan, claro, a los criaderos de pollos, o de cerdos, y los activistas de los derechos animales harán su lectura de la película en este sentido, porque el desengaño con la humanidad es libre, y toda sociedad vive presa de sus convenciones éticas y de sus definiciones sobre lo que es aceptable o no. Surgirán, por supuesto, analogías con los movimientos de la "muerte digna" tan a menudo asociados actualmente a la donación de órganos de muertos casi vivos, con elecciones terribles que hay que hacer en los hospitales—la película también nos coloca frente a esas situaciones desagradables que surgen de tener demasiado control sobre el cuerpo humano y sus partes. Cuándo deja un humano de ser humano, y pasa a ser considerado despiezable. Cuándo empieza a serlo—y también nos hace pensar la película en la relativa unanimidad occidental ante la cuestión del aborto. No tanta unanimidad, claro, como aquí— que la película busca irritar mostrando una unanimidad excesiva, —y sin embargo, no sé cómo lo diga, la hace inefectiva lo mismo que la hace efectiva. De la misma manera que, retratando a unos pobres ignorantes, pasivos y bastante patéticos, en sus amores torpes y en su pequeño mundo disminuido, también nos muestra lo que son las relaciones humanas en sus limitaciones, en términos generales. Y divierte verlo, y aburre—porque son aburridos y limitados ellos, y ahí está otra fuerza y limitación simultánea de la película. Emplea una sociedad alternativa, posible e imposible a la vez, para mostrar ciertos aspectos de la nuestra, y criticarla—pero a la vez la crítica va más allá, y nos lleva a una desilusión fundamental con los seres humanos, con lo que es la vida en sí, siempre vivida de manera disminuida frente a los ideales. Y no se ve salida, porque en la sociedad hay que ser un sujeto, y todo sujeto está sujeto a su puesto. Never Let Me Go. Dir. Mark Romanek. Screenplay by Alex Garland, based on the novel by Kazuo Ishiguro. Cast: Carey Mulligan, Andrew Garfield, Keira Knightley, Izzy Meikle-Small, Charlie Rowe, Ella Purnell, Charlotte Rampling, Sally Hawkins, Nathalie Richard. Exec. prod. Alex Garland, Kazuo Ishiguro, Tessa Ross. Associate prdo. Joanne Smith. Coprod. Richard Hewitt. Prod. Andrew Macdonald and Allon Reich. Music by Rachel Portman. Photog. Adam Kimmel. Ed. Barney Pilling, Prod. des. Mark Digby. DNA Films / Film 4 / Fox Searchlight, 2010.
Es ésta una película antibelicista, o quizá más bien antimilitarista, combinada con investigación de un crimen. La estructura del thriller detectivesco se adapta bien a combinarla con un trasfondo "de mensaje", pongamos por ejemplo en Silver City de John Sayles, película contra la corrupción e intereses societarios ocultos tras la política—o en esta película en la que también se investiga una muerte. En este caso es el asesinato de un soldado, Mike Deerfield, recién vuelto de Irak a su base en USA. La investigación la llevan un poquito y de mala gana los militares, un poco más una voluntariosa agente de policía con problemas en el trabajo (Charlize Theron), y sobre todo el padre del soldado, Hank (Tommy Lee Jones), investigador militar retirado, que se encabezona en seguir pistas que a los demás no les parecían tales.
Bien, es una película un poquito "con sorpresa" pero a la manera clásica, la de esos thrillers provenientes de la antigüedad, como Edipo Rey. Al igual que allí el rey detective descubre que él mismo era el criminal que andaba buscando, aquí el viejo soldado descubre que es él quien ha mandado a su hijo a la muerte. Bueno, en cierto modo ya lo sabía (y por si acaso se lo recuerda su mujer), pero a lo largo de la película se van viendo las implicaciones profundas de los valores y la personalidad del padre, que había hecho seguir a sus dos hijos sus pasos en el ejército (el anterior también había muerto años antes).
Lo que va descubriendo el padre no es sólo su propia implicación, sino también cosas desagradables sobre su hijo que hubiera preferido no saber, pero a las cuales quiere enfrentarse por conocer la verdad (una actitud prefigurada cuando le aconsejan que no vea los restos destrozados y carbonizados de su hijo, pero los mira, y también permite que los vea su esposa, y maldito el bien que les hará....). El argumento nos hace suponer que hay algún trapo sucio de las autoridades, pero al final el trapo sucio acaba siendo el ejército como tal. El asesinado Mike, hijo ejemplar, llevaba en el ejército una vida brutal y estúpida, de puterío, drogas y borrachera, y se había convertido en un auténtico sádico (lo llamaban "Doc" porque en Irak se divertía hurgando en las heridas de los prisioneros haciendo ver que los curaba). Esto como quien no quiere la cosa, en ambiente de chavalotes gamberros al borde del nazismo. Y es, para la película, el ambiente habitual y normal de la soldadesca en tiempo de guerra. El padre lo va redescubriendo fragmentariamente en los vídeos que van reconstruyendo del teléfono móvil de Tommy. En sus tiempos al parecer el ejército no era así, y eso que éste debió pasar por Vietnam. En todo caso, su investigación le lleva claramente más allá de donde pretendía llegar—pero el personaje no reacciona por ello, es impávido—a lo más que llega es a comprender lo que hay, y a colgar la bandera americana al revés en señal de desesperación. Pero el mensaje va dirigido al espectador más bien que al protagonista.
Lo del Valle de Elah es un tanto indirecto, pero da (cómo no) la clave de la película. Se refiere a David derrotando a Goliath en el valle de Elah, lección de valor y sangre fría, etc— es una fábula que le contaba Hank a su hijo, para su formación militar, y que aquí le cuenta una noche al hijo de la detective, un niño que anda a la búsqueda de role model o figura paterna. El niño pronto pide una honda—y la detective dice "por lo menos no es una escopeta de pistones", resignada al mundo violento y americano en el que le va a tocar crecer. El propio Hank no parece que capte del todo las limitaciones de su fábula del Valle de Elah (pues Estados Unidos mal le sienta el papel de pequeño David frente al Goliath iraquí). O al menos no le queda a Hank margen de acción para remediar el pasado, ni el futuro. No es una película esperanzada, y en ese sentido está vacía de militarismo patriotero: como sucede en Full Metal Jacket, de Kubrick, en el ejército no aprendes aquí a hacerte hombre y a descubrir la humanidad con tus compañeros, a través del sufrimiento—la lección de tantas películas bélicas... No: en Full Metal Jacket o en El Valle de Elah aprendes tan sólo a embrutecerte, toda una educación mal encarada. Lo peorcito del barrio va al ejército—al final vemos en ésta alistarse al tarado cazurro que les sacaba los ojos a las gallinas en la granja, y seguro que se adapta a las mil maravillas al grupo homosocial de reclutas. Uno de los colegas de Mike (que lo asesinaron en una pelea tonta) recomienda como solución al problema de Irak sencillamente volatilizar el país. Y bueno, Bush casi lo hace. Esta es una película contra esta clase de América, y revela detrás de la gente de orden y disciplina del ejército, y del patriotismo de escaparate y bandera (encarnados en lo que ha sido Hank) el embrutecimiento moral de las vidas de los soldados, y las consecuencias de esta estructura de la sensibilidad a la hora de ir a hacer de policía del mundo. In the Valley of Elah. Dir. Paul Haggis. Screenplay by Paul Haggis, based on a story by Mark Boal. Cast: Tommy Lee Jones, Charlize Theron, Jason Patrik, Susan Sarandon, James Franco, Josh Brolin, Wes Chatham, Jake McLaughlin, Jonathan Tucker, Wayne Duvall, Victor Wolf, Brent Briscoe. USA: Warner Independent Pictures / NALA Films / Summit, 2007.
De esta película, traducida como Más allá de la vida, está uno tentado de quedarse con la impresión inicial—que las escenas primeras, las del tsunami, son increíbles, de lo mejor que se puede ver en cine, y que la película decae a continuación. Es especialmente fuerte la impresión que produce la escena inicial después de ver en la televisión lo que ha pasado en Japón hace un par de días, el terremoto seguido por un maremoto que arrasaba con coches, casas y gente como si fueran basura o colillas depositadas en la esquina de la calle a las que se les echa un cubo de agua. La película hace una recreación realmente pasmosa de la experiencia de la periodista Marie Lelay (Cécile de France) al llevársela una ola gigante en un pueblo de vacaciones, mientras compraba en un mercadillo; también vemos el panorama desde el punto de vista de su compañero Didier que ve la panorámica, horrorizado, desde la relativa seguridad de un piso alto de su hotel. Marie "muere" golpeada y ahogada, y un estúpido osito de peluche blanco es lo último que ve, flotando hacia ella en el agua.
Pero hay muertos que están mal muertos, así que luego "resucita" Marie, rescatada del agua, y vuelve aparentemente a lo que dejó. Pero la experiencia del "más allá" que ha tenido la llevará a descentrarse profesionalmente, a incumplir su contrato de escribir un libro sobre Mitterrand, y a romper con Didier que es ateo materialista—y tiene en la película, previsiblemente, el papel de asshole (suelen ser cincuentones con barba). La película es sobre un cambio de pareja a mejor, Marie reuniéndose al final con el vidente George Lonegan (Matt Damon) que huye de su don de poder hablar con los muertos—y se promete un romance en una visión prospectiva. Es una resolución por vía erótica que no conjuga adecuadamente los temas planteados en la película: la existencia de una vida después de la muerte, el más allá, etc.—es como un gambito lateral que si quiere decir algo parece que sólo quiere decir que los creyentes tienen que buscar a otros creyentes y evitar a los ateos materialistas, que tienen una perspectiva limitada y torcida sobre el mundo, y les impiden realizarse como personas. Es una película, considérenla fantástica o seria, que se basa en la existencia del más allá y de los médiums que pueden verlo (Aquí le falla la interpretación a Roger Ebert, cuando arguye que la película no se pronuncia al respecto, pues está claro que Lonegan sí se nos presenta como un médium auténtico, que o bien contacta con el más allá o bien les lee la mente a sus pacientes con poderes sobrenaturales). Sea hipótesis estética o convencimiento religioso de los autores, la película, desde luego, se coloca sin dudas ni matices del lado de quienes creen en la inmortalidad del alma y la persistencia de los muertos —no en nuestros recuerdos, imaginación, etc., sino como sujetos individuales y flotantes que están en un más allá viviendo otra vida de la cual nada sabemos. En fin, precisamente lo que no son y donde no están, qué quieren que les diga. Que son creencias mayormente americanas, y residualmente europeas, aquí llevadas con cierta mala conciencia. Y que la película, a pesar de hacerlas suyas, lo hace también con una especie de falta de convencimiento o falta de seriedad fundamental, a pesar de la propia sustancia de la historia, que requeriría tomarse su tema en serio—pues en tanto que película no sabe muy bien cómo resolver luego el tema planteado. Sí sugiere a los creyentes que no deberían dejarse acogotar por el escepticismo ambiental, y defender lo que consideran como un "hecho probado" con "demostraciones científicas". Pues hala, adelante, pierdan la vergüenza, que desde luego por lo que se ve hay más creyentes que no creyentes, siempre los ha habido y probablemente siempre los habrá. No es extraño que alguna película con ribetes religiosos salga, por tanto; raro es que no haya más, y ahí le doy la razón—pero es que muchos supuestos creyentes en realidad se sospechan lo que todos de hecho sabemos a un nivel u otro, y por eso guardan sus creencias en el armario, que ventilarlas demasiado no les hace ningún bien ni a ellos ni a ellas.
Por supuesto sí hay elementos aprovechables en la película, de hecho todo menos el guión—e incluso en el guión, por ejemplo, la historia de los dos gemelos Marcus y Jason separados por la muerte cuando atropellan a uno. Se nos ha mostrado a los chavales protegiendo a su madre drogadicta, haciendo los deberes, yendo mano a mano, y echándose por la noche—y es desgarrador ver luego a Marcus solo, en su cuarto de las dos camas, mirando la urna con las cenizas de Jason. El chaval irá a la caza de videntes que le permitan hablar con su hermano—y aquí está la mala fe de la película, en que después de mostrar todos los fraudes, explotadores y cantamañanas que pueblan este mundo, nos propone que sí hay auténticos videntes, que se trata de localizarlos... La película está bien al mostrar cómo muchas veces la gente desea o cree desesperadamente que quienes murieron sigan vivos de alguna manera, pero es errónea al dar pruebas de esa vida o presentarlo como un hecho demostrable. Realmente creo que al guionista Peter Morgan le patina una neurona con esta cuestión, o que aquí le ha fallado el toque. Si es cierto como dicen que el guionista en realidad no cree en el más allá, la empanada implausible que le ha salido es buena fe de que no se pueden manejar estas cuestiones a la ligera, en una mitad de camino indefinida, entre la fe en la otra vida, la sinceridad fingida y el género thriller parapsicológico. O peor aún, pasa la película a situarse al nivel de las consolaciones fraudulentas que retrata y parodia.
En fin, que Marcus persigue al vidente George Lonegan hasta que consigue hablar con su hermano a través de él, y despedirse de él. Y se utiliza esta historia como puente para unir a George y a Marie, con unas casualidades no sólo implausibles sino también innecesarias, unas pasarelas endebles que son la mejor prueba de que aquí el guión falla seriamente y no sabe a dónde va. Como digo, hay elementos bonitos en estas historias—la historia de Lonegan y su compañera de clase de cocina, romance incipiente que fracasa al llegar a saber demasiado él de los traumas infantiles de ella; o la despedida de los gemelos, primero en el accidente y el funeral, y luego la necesidad de Marcus de tener una despedida formal—siempre hace falta un ritual de despedida, o público, o privado, o los dos... Pero la película es simplista, claro, o falsa, al convertir esa despedida simbólica en una despedida literal. Es lo malo de las películas sobre el más allá de siluetas y luces blancas y voces a los médiums: que ignoran la auténtica naturaleza del más allá, cuando deberían situarlo más acá. Vamos, que hay otros mundos, pero están en éste. Y relaciones con los muertos las tenemos constantemente, pero no vayan a buscar médiums en Google para mejorarlas—that way madness (and) lies.
Nos vemos esta película (en español Atormentada la llaman) situada en un ambiente poco hitchcockiano—la Australia colonial de los años 1830. Según la Dra. Penas, es un pastiche revuelto de Jane Eyre, Cumbres Borrascosas, Rebecca, y otras ficciones románticas, y es cierto que gustará a los amantes de ellas. De hecho es un cóctel muy acertado de todas ellas, y de alguna más, mezclando bien todos los ingredientes de traumas del pasado, castigos de la vida, rivalidades femeninas, hipersensibilidad clasista, etc. Puede verse entera, por cierto, en el Archivo de Internet, por ejemplo en su página del IMDB.
Es una historia de irlandeses exiliados en Australia: un matrimonio socialmente ostracizado, los Flusky, recibe en su casa al buscador de fortunas recién llegado (y primo del gobernador) Charles Adare. Charles redescubre en Lady Flusky a una vieja conocida de su familia, hace muchos años, que se fugó con el mozo de cuadras. El pasado oscuro que ocultan se redondea con una historia de asesinato: Flusky fue condenado por disparar "accidentalmente" y matar al hermano de su esposa, y por eso está en Australia, donde ha hecho fortuna—pero Lady Flusky le confiesa a Adare que fue ella quien disparó, y que Flusky la protegió y le hizo jurar que guardaría el secreto. Ahora se apunta un romance entre Adare y Lady Flusky, que tras años de soledad en Australia está deprimida, borracha, y arrinconada en su propia casa por la intrigante ama de llaves, Milly, prima hermana de la Sra. Danvers de Rebecca— que ayudada por la dejadez de Flusky, mantiene a su esposa en un estado de atontamiento alcohólico, y aspira a sustituirla. Bien, tras un enfrentamiento entre el marido y el aspirante a amante, éste recibe un disparo. Y Flusky está amenazado con la horca, por reincidente. Su esposa intenta salvarlo rompiendo su juramento y contando a las autoridades que Flusky era inocente de su primer crimen. Pero Flusky se niega a corroborar la declaración. Adare salva la situación declarando galantemente que el disparo que recibió de Flusky era accidental—y a continuación deja Australia, y vuelve a su país pues "se le hace pequeño el territorio" según dice. Lo despiden el matrimonio agradecido, que llevan camino de reconstruir su relación amorosa tras el incidente pasional—aunque es presumible que la señora Flusky seguirá siendo tan paria social como lo llevaba siendo. Entretanto la malvada Milly ha sido despedida, tras haber intentado volver loca a Lady Flusky alimentando sus delirios, drogándola y ya directamente envenenándola.
Es una película que juega con la figura del cicisbeo o galán consentido de la esposa, el papel de Adare, hasta que se corre riesgo real de adulterio (y de pelea con el marido, por las maledicencias no del todo mal encaminadas de Milly). El "romance" con Adare ayuda a Lady Flusky a salir de su sopor y a desalcoholizarse—me gusta la escena en la que Adare le devuelve su autoimagen, que estaba por los suelos, convirtiendo una puerta de cristal en un espejo: pone su chaqueta tras ella, y se ve allí la señora reflejada por primera vez en muchos años, pues había mandado tirar todos los espejos de la casa por odio a lo que veía en ellos: ahora se ve a través de los ojos del enamorado Adare, y le gusta lo que ve.
Otro plano típicamente hitchcockiano, de esos que se han vuelto clásicos pero que eran raros en él, es un travelling que nos lleva de la pareja Adare/Lady Flusky, enfrascados en su conversación ilusionada sobre futuros proyectos, a la figura de Flusky que se aleja por un pasillo cabizbajo y preocupado—pasando antes por unos buenos segundos de desplazamiento de la cámara por la habitación y por el mobiliario sin figuras humanas, con las voces de ellos hablando continuadamente en el sonido de fondo.
Bien, como se ve, el tema de la clase pesa mucho: estamos en un ambiente hiperbritánico, máxime siendo que estamos entre irlandeses (británicos de segunda, aunque sean angloirlandeses) y en las colonias australes: en el otro extremo del mundo hay que dejar aún más claras las barreras de clase que hacen a cada cual lo que es. El gobernador no recibe a Flusky, por muy rico que sea y muy señorial que sea su casa, pues es un ex-presidiario: la colonia está habitada por muchas clases de gente, pero hay líneas especialmente importantes que separan no sólo a ricos y pobres, sino también administradores y administrados, y hombres libres y hombres con antecedentes. Cuando Flusky invita a unos socios de negocios a una cena, todas sus esposas se encuentran indispuestas y no pueden acudir, para marcar la distancia entre la respetabilidad de ellas (que ni siquiera son aristócratas) y la escandalosa Lady Flusky, que se saltó a la torera las barreras de clase y decencia.
Bien, sólo un detalle más. Lady Flusky, con toques de histeria, creía ver ratas en su habitación, y Milly alimenta esos horrores quizá entendiendo que vienen de fuentes profundas, y que puede volverla loca. En la escena climática, coloca un objeto de horror entre las sábanas de su cama, quizá aludiendo al trauma erótico que ha marcado su vida. El objeto en cuestión es una cabeza humana disecada—trabajo de los aborígenes, y probablemente cabeza de un aborígen. (En una escena anterior vemos cómo un mercachifle intenta vendérsela a Flusky, y éste lo rechaza indignado). Observemos que es la única aparición de los aborígenes en la película: ni se les nombra, ni se les muestra—como por otra parte no aparece ningún inglés, pues al parecer aquí han dejado la administración de los márgenes del imperio a los irlandeses, ciudadanos de segunda. La película dibuja muchas líneas sociales y solidaridades de grupo diferentes, pero siempre dentro de la esfera colonial británica: lo que hay fuera de esa esfera está separado por una barrera social tan enorme que sólo puede aparecer dentro de la película a modo de afloramiento traumático del inconsciente—como objeto de horror innombrable y asociado a lo que está totalmente fuera de lugar, como la rata entre las sábanas.
Pero en fin, la intrigante Milly, sin ser psicoanalista, sabía muy bien lo que vale un símbolo—y los autores de la película por supuesto también. En una película sobre la respetabilidad y la identidad social, hay distancias sociales e identidades de grupo que sólo pueden figurarse de modo traumático, como retorno de lo reprimido. Cine australiano clásico, en este sentido, donde las ansiedades frente al aborígen, y la abyección de éste, encuentran una formulación modélica. Es curioso que aquí lo reprimido innombrable, objeto de represión política y colectiva, sirva de símbolo o señal excesiva de lo reprimido individual, la traumática historia personal que sí acaba saliendo a la luz y siendo asimilada por los personajes.
Under Capricorn (Atormentada). Dir. Alfred Hitchcock. Screenplay by James Bridie, based on the novel by Helen Simpson. Cast: Ingrid Bergman, Joseph Cotten, Michael Wilding, Margaret Leighton, Jack Watling, Cecil Parker. Photog. Jack Cardiff and Paul Beeson. 1949. Spanish DVD. (Hitchcock Gold Collection). Barcelona: RBA / Suevia Films, 2008.
Hoy en clase de máster, comentando Crash (la del todavía por entonces cienciólogo Paul Haggis), y The Constant Gardener, dirigida por Fernando Meirelles, y basada en la novela de John Le Carré.
Observo que es una película que apela (como Crash, por otra parte) a la mala conciencia racial del Occidente blanco, esta vez con respecto al África negra; aquí es explotada África, cuando no directamente envenenada, por las compañías farmacéuticas que "simulan" aportar ayuda ... claro que habría que ver cuántas películas de éxito similar se han hecho sobre ONGs que de verdad ayuden a los africanos, supongo que las habrá—aunque hay quien critica y rechaza la idea misma de dar ayuda, que convierte a los africanos en dependientes—lo cual coloca a los occidentales en una situación de no poder acertar en modo alguno. En cualquier caso, no faltan actitudes prepotentes y postcoloniales hacia Africa, a veces en buen entendimiento o excelente colaboración con los poderes africanos locales—y en eso se centra el meritorio mensaje-denuncia de esta película. Ofrece "una solución imaginaria a males reales", en el sentido de que el malvado Bernard Pellegrin (o sea el delicioso Billy Nighy) es públicamente desacreditado y sus maniobras corruptas para favorecer a las poderosas multinacionales, ocultar sus desmanes, y entenderse con la élite local, se ven expuestas. "Ganan los buenos"—aunque el protagonista Justin Quayle (Ralph Fiennes) muere siguiendo los pasos de su esposa, la activista onegera Tessa (Rachel Weisz), tras completar su misión de denuncia. Aquí hay pues un doble final, malo y bueno, con el malo muy presente (e incluso reordenado cronológicamente, tras el bueno, que es el funeral de Justin) para maximizar el impacto emocional de la historia.
La película está muy hábilmente filmada combinando escenarios reales y construidos en su parte africana, y es espectacular en su colorido y movimiento. Y sin embargo falla por el guión, donde tantas películas: allí se revelan las costuras que tan bien ocultas quedan en la factura técnica de la fotografía, en el engarce de escenas, en las actuaciones tan sobresalientes, en la ambientación memorable. El guión, en el que se muestra la voluntad de la película de torcer la realidad a la medida de su deseo.
Dos detalles. Me desagradó, ya la primera vez que la ví, el final "buenista" pacifista, en el que Quayle espera pacientemente a que vengan los sicarios que lo van a matar—e incluso tira el cargador de su arma, para que quede bien claro que no tiene ninguna intención ni de suicidarse, ni de resistirse, ni de luchar contra ellos (los considera, acertadamente, instrumentos—pero oiga, ¿no iba ésto de que todos tenemos nuestra parte de responsabilidad, incluso los instrumentos? A los sicarios hay que recibirlos a tiros, hombre, no poner la nuca. Es un final de un buenismo pestosiño; creo que Tessa era más luchadora que esto, o al menos lo parecía. La película nos muestra a Justin, diplomático convencional, sacando los pies del tiesto y convirtiéndose en un seguidor de la causa de su esposa: una elección ética. Pero va un poquito demasiado más allá, y comete Justin lo que otros llaman un "suicidio", y razón no les acaba de faltar—tiene Justin una falta de resistencia muy activa, y una querencia desagradable a la hora de buscar su propia muerte. ¿Que es que se va a reunir con Tessa? Ah—aquí topamos con el "más allá" o el otromundo de la película, pero estas dimensiones religiosas, que el personaje puede tener como parte de su relación emocional privada con su esposa, está feo que se nos presenten como la postura ética tomada por la propia película. A la orilla del lago Turkuana, donde empezó la humanidad, Justin se sienta y mira el horizonte, sin atender a los sicarios que le dicen "¡Mister Quayle!" (quizá para cerciorarse de que no matan a otro, hasta los sicarios africanos pueden ser mínimamente prudentes). Me parece en suma un programa derrotista allí el de Quayle, demasiado paciente inglés, y la película lo presenta casi como una invitación a que el espectador ponga su propia nuca llegado el caso.
Como dicen, y digo, Quayle ha buscado la situación, y lo hace de manera imposible en términos realistas. Había visitado al doctor Lorbeer (Peter Postlethwaite) en Sudán, siguiendo la pista de las farmacéuticas (era este doctor el inventor del Dypraxa, el medicamento venenoso, y ahora se muestra arrepentido). Hay que suponer que será Lorbeer el que denuncie dónde han apeado a Quayle, igual que señaló dónde estaba su esposa para que le enviasen los sicarios. Sólo que ahora Lorbeer lo sabe, sabe el destino que espera a Quayle si dice algo de él, lo cual hace un tanto incomprensible su personaje. Pero aún peor: la idea de Quayle de "apearse" en Turkuana (aparte de totalmente implausible en términos prácticos: convenza usted a un piloto que no ha querido salvar a una nenita de los guerrilleros, llevándosela en su avión—ni por 800 dólares, para ponérselo más difícil)—como digo, la idea de Quayle de apearse le ha sobrevenido en el avión mismo— pero al poco rato de estar en Turkuana, échenle un día si quieren, ya tiene ahí a los sicarios. Esto es señal de que en Africa hay algunas cosas que por lo menos sí funcionan bien—pero como digo es totalmente implausible, funciona sólo en términos de intensificar el toque paranoico de la película, la vigilancia constante a que está sometido Quayle, aunque se tire en paracaídas en medio de Sudán. Como digo, las farmacéuticas serán bordes a veces, pero les aseguro yo que así no funcionan. Se ve el dedazo del guionista apretando la balanza, fuerte, para abajo. Más desagradable todavía es que Quayle dé por hecho que sí funcionan así, y que se apee allí eligiendo el lugar de su muerte. Y fiándose de dejar el mensaje que contiene la razón de su lucha... en el correo. Unas prioridades bastante mal puestas, para el personaje, y para la película que nos vende su perspectiva como plausible y no delirante. Aquí estamos en un guión delirante en la manera en que tira de causa y efecto para fines específicos—decía yo en clase que estas películas, que a primera vista parecen casi documentales, o hiperrealistas, examinadas de cerca no son menos artificiosas o extravagantes que la ópera china, o el teatro Nô.
Otra escena que redondea el delirio del deseo es la inmediatamente anterior. Hay un funeral en Westminster Abbey, solemne, por el alma de Quayle—el funeral donde el primo de Tessa va a leer la carta incriminadora que demuestra el mal hacer de diplomáticos y multinacionales. Primero habla el falsario Pellegrine / Billy Nighy, presentando como un suicidio la muerte de Quayle. Luego el primo, leyendo la "epístola no canónica", dice, que hace que Pellegrine se levante y salga desacreditado de la iglesia (antes de llegar a leer el nombre del firmante incluso). Pero es bastante implausible que haya una versión oficial de la muerte de Quayle que sea inconsistente con el estado de su cuerpo tiroteado. Y más implausible todavía es que los primos, colegas y cuñados asistentes al funeral, que no han estado viendo la película, vean de qué va la misa, y perciban algún tipo de sentido, desacreditador o no, en la carta de Pellegrine que les lee el primo de Tessa. Esta escena, por cierto, tiene ciertas reminiscencias de la que ofreció el hermano de Diana de Gales recriminando a la familia real británica en el funeral de la princesa... aunque aquí la princesa activista es Quayle, no su esposa, hay un cierto desplazamiento. A lo que voy: es una escena imposible en la realidad, únicamente posible en el cine, pues mezcla el público del funeral con el público cinematográfico como si fuesen el mismo. Está dictada por la lógica del guión (lógica carente de lógica, o lógica autogenerada)—una vez más, ni las farmacéuticas ni los diplomáticos de Su Majestad caen así ni son vulnerables a estos golpes de teatro.
Y un detalle más que incrimina a la película, dentro de su mensaje "pro-africanista" y políticamente correcto. Es la historia de un matrimonio primero incongruente (de diplomático y activista), luego distante ("un matrimonio de conveniencia" cree oír Quayle decir a Tessa, y es lo que él piensa que ella piensa, cuando están atravesando su crisis tras la muerte del bebé—pero ella se refería al matrimonio entre multinacionales y farmacéuticas). Y por último un matrimonio recuperado cuando Quayle se desmelena y sigue, contra todo consejo, las investigaciones que ella ha dejado inconclusas. Quayle sospechaba que ella le era infiel con su colega (negro) de la oenegé, el médico activista Arnold Bluhm (Hubert Koundé). Y esto se mantiene como el posible objeto de horror de toda la película, no plausible en realidad para el espectador, pues no se enfatiza (y en ese sentido está bien llevado) pero sí plausible para el punto de vista de Quayle. Lo peor que podía haber hecho Tessa, y que sí que la desacreditaría, era acostarse con un negro... pero el negro era gay, por tanto no se acostó con él. También esta explicación es de un simplismo simple, como si no hubiera negros bisexuales. En fin, que siendo la historia la historia del ennegrecimiento de Tessa como mujer posiblemente incontrolable y frívola, y de su blanqueo como activista eficaz y certera, y esposa fiel e impoluta, queda un tanto desagradablemente ubicada en el infierno de la película la posibilidad remota de que ella se enrollase con un colega negro. Como castigo imaginario, quizá, digo castigo muy real pero imaginario castigo en el nivel fantasmático de la película, el colega negro es brutalmente mutilado y crucificado por los sicarios—siempre están éstos a sueldo de Occidente.
The Constant Gardener. Dir. Fernando Meirelles. Written by Jeffrey Caine, based on the novel by John Le Carré. Ralph Fiennes, Rachel Weisz, Hubert Koundé, Danny Huston, Daniele Harford, Bill Nighy, Archie Panjabi, Pete Postlethwaite, Keith Pearson, Nick Reading. Photog. César Charlone. Music by Alberto Iglesias. Prod des. Mark Tildesley. Art dir. Christian Schaefer and Denis Schnegg. Ed. Claire Simpson. Exec. prod. Gail Egan, Robert Jones, Donal Ranvaud, Jeff Aberley and Julia Blackman. Co-prod. Tracey Seaward, Henning Molfenter, Thierry Potok. Prod. Simon Channing Williams. UK/Germany: Focus Features / UK Film Council / A Potboiler Production / Scion Films, 2005.
EL INTERROGATORIO (Przesluchanie) Película polaca. Año: 1989 Duración: 118 min. Color
Dirección: Ryszard Bugajski. Guión: Ryszard Bugajski y Janusz Dymek. Fotografía: Jacek Petrycki. Música: Danuta Zankowska. Diseño de producción: Janusz Sosnowski. Vestuario: Jolanta Gerneralczyk y Jolanta Jackowska. Montaje: Katarzyna Maciejko-Kowalczyk. Intérpretes: Krystyna Janda, Adam Ferency, Janusz Gajos, Agnieszka Holland, Anna Romantowska, Bozena Dykiel, Olgierd Lukaszewicz, Tomasz Dedek, Jan Jurewicz. Estamos en Polonia hacia 1950, bajo el comunismo stalinista. Antonina ’Tonia’ Dziwisz es una actriz de cabaret que mantiene relaciones con altos oficiales militares. Esos encuentros la hacen sospechosa y la policía secreta la encarcela cuando durante la investigación a uno de sus amantes. Comienza un proceso kafkiano de opresión y tormento que no tiene otro sentido que el de perpetuarse a sí mismo—un sistema de burocracia policial, infernal y cruenta, gozando de sí y de sus productos en los que se reconoce: miseria moral, sumisión forzada, recreación en la falsedad abusiva. La película, en formato de pantalla estrecha para más agobio, transcurre durante dos horas claustrofóbicas de celda en celda, de interrogatorio en interrogatorio y de tortura en tortura, dando al espectador una impresión vívida de haber estado allí y ser un interno más. Tonya no es muy inteligente, pero tiene un tono vital innato y una alegría de vivir que le ayudan a mantenerse la primera temporada, entre la pequeña sociedad opresiva de reclusas hacinadas. Estas energías quizá también sean su perdición, al llevarla a la cabezonería de no confesar lo que le exigen que confiese (cuando es obvio que este sistema todo se lo guisa y todo se lo come él mismo, y tritura a quien se interpone).
Va Tonya de paliza en paliza y de ducha helada en ducha helada, pasa por ejecuciones simuladas, la desnudan y patean y humillan y maltratan y torturan, pero ella resiste por esa mezcla de dignidad humana, de estupidez, y de valor mal enfocado, que nadie le va a apreciar si no es el inexistente público de la película. El director sí parece apreciarla, y la convierte en una heroína ambigua o contradictoria—pues a pesar de aguantar, al final acaba firmando confesiones, claro, y —es más— desarrolla una descerebrada mezcla de síndrome de Estocolmo y frivolidad de cabaretera, y copula voluntariamente con su torturador. Este es un antiguo interno de Auschwitz, que ahora está crecido en su papel de torturador, pero arrastra sus propios traumas y se retuerce por dentro cuando ella lo llama Gestapo (parece que al hombre le faltaban dotes de autoobservación). En fin, una película que muestra cómo los guardianes (simpáticos y gente normal cuando están fuera de su trabajo) son ni más ni menos que torturadores nazis en horario laboral; como lo sería cualquiera en este sistema... es una de las sugerencias que se hacen. Y sin embargo, no queda menos claro que el sistema, aunque se compone de piezas normales, hace flotar hacia arriba como corcho blanco a las ratas humanas, los capataces psicópatas, los pequeños mandamases canallas que disfrutan reinando en su cuarto cerrado y maltratando, humillando a los demás, castigando y acorralando a la gente. De debajo de las piedras salen, cuando el clima es favorable, o sea que por allí están, y abundan mucho más de lo que uno se sospecha, igualito que los cocainómanos.
La película es pesada en cierto modo, por la monotonía del agobio continuo, aunque como todas las películas de maltratos, especialmente a mujeres, tiene su propio encanto pornográfico. También es algo inconsistente, debido a la inconsistencia de los propios personajes. Un torturador psicópata agrietado por dentro, y que diríamos que acaba rompiéndose antes que su víctima si no fuese porque Tonya ha intentado de hecho suicidarse antes de su "romance" con el carcelero, con menos éxito que él—y sólo por casualidad no lo consigue. La inconsistencia de la película es necesaria quizá, la inconsistencia de ofrecernos un personaje en parte admirables o consistentes, cuando a la vez muestra claramente cómo el sistema torturador desmonta al personaje en piezas y los vuelve inconsistente y poco admirable. Esta ambivalencia no funciona del todo a favor de la película; con estos mimbres no puede haber un desarrollo coherente, por definición.
Quizá la incoherencia sea parte del mensaje. Aunque sea de modo errático y mal calculado, y un poco por casualidad, Tonya consigue sobrevivir. Esto le había pasado, les relata a sus compañeras de celda, en otras situaciones en las que debería haber muerto, y se salvó precisamente por no hacer lo correcto. Observa la Dra. Penas, sentada junto a mí en el cine, que Tonya puede que no sea especialmente brillante, pero que una cosa sí que tiene que acaba salvándola: no se deja encasillar en los papeles que le proponen; se resiste, y redefine la situación de maneras inesperadas, dentro de las limitadas posibilidades que da el sistema.
Tonya sale de la cárcel, y quizá rehaga su vida, pues parece que su marido ha adoptado a la niña que tuvo ella con el torturador durante los años que pasó en la cárcel. El marido la fue a visitar y suelta una declaración de repudio que no puede ser sino prueba de su estupidez y desconocimiento del sistema, si cree las confesiones de su mujer que le han pasado, o prueba de su vileza y crueldad indiferente hacia Tonya, si es que el sermón que le suelta en la cárcel es una treta para exonerarse él frente a los guardianes. Este aspecto también es inconsistente en la película, o en los personajes, o tal vez en la vida, que en muchos rincones del siglo XX fue una auténtica mierda para quienes tuvieron que aguantar a nazis o a comunistas, y millones fueron, durante muchos años. La corrupción del sistema corrompe al individuo por dentro. La crítica que le podríamos hacer a esta película, en este sentido, es en todo caso de un exceso de optimismo y fe en el individuo, aunque sea sólo uno.... dicen que esos son los imprescindibles. Y la pobre protagonista, por inconsistente que sea, sí resulta ser aquí una pequeña piedra en los engranajes del régimen. Para poco más da la cosa, y el precio a pagar es alto.
Ada Byron, hija de Lord Byron, fue a juicio de algunos la primera persona que hizo un programa informático; más mérito cuando no había ordenadores. Sobre fabricación de humanos artificiales conversaban Byron y Mary Shelley. Andando el tiempo, llegó no sólo Frankenstein, sino los replicantes de Blade Runner, y el mundo virtual interno a la red de Neuromante—una vez convergieron la informática de Ada Byron y los humanos artificiales de Mary Shelley. Bien, pues de la conjunción de Neuromante y de Blade Runner, con un toque de Matrix, surge el manga y serie de películas de animación Ghost in the Shell, cuyo segundo capítulo, Innocence, fui a ver a la serie de cine tecnológico que se proyecta en el edificio Ada Byron. Para terminar de redondear el tema, aparqué el coche frente a la sede del Instituto Tecnológico de Aragón, en el que según Steven Spielberg se diseñaban los Pinochos vivientes de la película AI (Artificial Intelligence).
La película no puede desagradar a ningún ciberpunkero que guste de Neuromante, o de película de animación como A Scanner Darkly. Creo. Tiene un toque melancólico, un LeitMotiv que da título a la película: tanto el cyborg Batô como su amada, que ahora es sólo una mente circulando por la Red, viven divididos entre la melancolía por un pasado humano al que no pueden volver, y el deseo de hallar la paz interna en su nueva dimensión cibernética y virtual: aspiran a una vida estoica "sin pecado y con pocos deseos, como los elefantes en la selva". Porque una selva, claro, es el paisaje ciberpunk en el que se mueven—corrupción, crimen, mafias, intrigas y explotación de inocentes... En realidad son más justicieros de lo que sugeriría su lema, y la película gira en torno a la liberación de unas jovencitas secuestradas y atrapadas en unos tanques de animación suspendida, tal como los de Matrix, donde se las guardaba para robarles el espíritu e infundirlo a las androides eróticas que creaba una ilegal corporación del crimen.
Abundan en la película las reflexiones sobre los límites de lo humano, a lo Blade Runner, con alusiones a la Eva Futura y a la Olympia de Hoffman; el erotismo del maniquí está aquí a la vez explorado y explotado, con una ambivalente actitud hacia la Mujer Objeto (característicamente, se descarga abundante violencia contra los maniquís eróticos, creando cortocircuitos de actitudes en el espectador). Los personajes reflexionan a menudo en voz alta sobre estas cuestiones, dando voz a un discurso típicamente postmodernista y postestructuralista sobre la identidad: si es replicable, si es imitable, si consiste en signos, ¿dónde está la esencia de la humanidad? No existe, somos todos androides. Pero a la vez está la contradicción, claro: si somos androides, no haría falta robar la mente a las niñas para infundirla a los robots. Y aún más, ¿qué es lo que se les infunde a esos robots? Aquí el alma parece ser una sustancia transferible y autocontenida—como si la identidad o actitudes de esas niñas en los tanques de animación suspendida pudiese ser la misma que en un mundo social. En fin, que la película usa dos nociones incompatibles de identidad, la esencialista de una sustancia espiritual, como parece ser también la amada de Batô, su "ángel protector" como lo llama su colega, que está a la vez muerta o viva pero a la manera de un alma—y la noción materialista de la inteligencia artificial, que dejaría poco lugar para esos lujos de la individualidad y el espíritu.
Los movimientos y gestos de las figuras son torpes e inexpresivos, en la tradición del manga animado japonés, mientras que los fondos son obras de arte barrocas-cyberpunk, muy inventivos visualmente, y uno de los puntos atractivos de la película. Como la música, por otra parte, opresiva y posthumana como el mismo argumento. Otro detalle bonito, aparte de la sinfonía de variaciones entre lo humano y lo artificial: el episodio en el que Batô y su colega, asaltando la guarida del malo, se ven pillados en un bucle de realidad virtual, del que lograrán salir con una pista que ha introducido el ángel guardián para que puedan romper el hechizo. Esto está introducido de manera muy efectiva, usando una escena repetida varias veces sin previo aviso, que al principio parece un fallo de montaje de la película, hasta que ves las variaciones sobre la escena ya vivida. Es un modo muy vívido de sumergir al espectador en la experiencia de la realidad virtual sufrida por los personajes, y entramos allí sin transición, claro, pues en el cine todo es realidad virtual. Los personajes se preguntan si han salido al mundo real, un poquito como los del argumento de Total Recallantes del beso final—pero lo cierto es que una vez el argumento se adentra por según qué derroteros, ya no hay manera de volver a la realidad sólida, pues ésta está inerpenetrada de experiencia virtual. Es en cierto modo una película sobre cómo la cibernética añade planos a la realidad, y crea mundos dentro de mundos, de complejidad creciente, y transformando experiencia directa, y no mediatizada tecnológicamente, en un recuerdo nostálgico o en el sueño de una inocencia imposible. Eso sí logra transmitirlo muy vívidamente, como si nos hiciese falta recrearnos en ello.
LA OREJA (Ucho)País: Checoslovaquia Año: 1970 Duración: 94 min. B/NSinopsis:Ludvik, miembro del Partido Comunista checo, vuelve a casa tras haber descubierto que varios de sus compañeros ya no están en su puesto. Una vez en casa descubre que está siendo escuchado por el Partido y que un grupo de hombres le esperan fuera de su casa, por lo que teme ser el siguiente en ser 'relegado' de sus funciones.
Estuve viendo esta película en un ciclo de cine de Europa del Este sobre el comunismo, en el Cerbuna. Queda recomendadísima. Es una especie de cruce entre 1984 y ¿Quién teme a Virginia Woolf?. Las tensiones de pareja del diputado Ludvik se agudizan cuando sospecha que va a ser purgado, y su esposa Anna, borracha y harta de él, le va cantando las cuarenta sin importarle que los oiga "La Oreja", los espías que han plantado la casa con micrófonos y que les escuchan desde coches y camionetas estacionados alrededor. Se han enterado de la purga gubernamental en una fiesta, y dedican toda la noche a recriminarse, en deliciosas escenas nocturnas con candelabros (les han cortado la luz)-- también a destruir pruebas, a desvincularse de contactos comprometedores, a pelearse y a repasar angustias.
En una escena de pesadilla reciben a unos falsos amigos juerguistas, que supuestamente vienen a continuar la borrachera, pero en realidad son espías que los controlan. Llega Ludvik al borde del suicidio, máxime cuando descubre los micrófonos que han dejado constancia archivada de la doblez de su carácter. Pero le han robado la pistola. Sin embargo termina la película con Ludvik recibiendo una llamada: acaba de ser nombrado ministro— se supone que precisamente porque consta su voluntad de plegarse y adaptarse a un sistema tan corrupto y a unos superiores tan oportunistas como él. Un plegamiento ante el poder más voluntario, y por eso más triste y patético quizá que el de Winston en 1984 de Orwell.
No es mala persona Ludvik, especialmente, pero no tiene madera de héroe; sólo tiene miedo y busca sobrevivir a costa de los demás—y gente como ésa es la que necesita el régimen. "Tengo miedo", dice Anna al recibir la noticia de su ascenso (pues más dura será la caída en el futuro, seguramente...).
En fin, una película sarcástica, satírica, cruel. Muestra cómo la Oreja externa plantada por el régimen, con chivatos, espías y micrófonos, acaba siendo interiorizada, y corrompe y divide a la personalidad por dentro. Decía yo en el coloquio subsiguiente que todo es cuestión de grado: que siempre somos conscientes, bajo Franco o bajo ahora, de que no conviene hablar demasiado alto en público, ni decir cosas muy comprometedoras, que puede haber una Oreja en cualquier esquina. Y que por tanto todos interiorizamos la Oreja ésa.
Claro que hay momentos históricos espectaculares en esa manipulación de la consciencia por parte del régimen: los totalitarismos, el nazismo, el fascismo, el comunismo... o el nacionalismo vasco.
Recuerda también la película, cómo no, a la exitosa "La Vida de los Otros", de Florian Henckel von Donnersmarck; pero La Oreja es menos autocomplaciente, no sólo por haber sido hecha bajo el régimen que denuncia, sino también en el sentido de que vemos al Régimen espiándose a sí mismo, no a los opositores; el espiado no está idealizado, y aquí no son los espías quienes flojean en sus convicciones. Esto es más fiel a la realidad estadística, me parece, y más satisfactorio desde el punto de vista satírico (aunque Nabokov hizo una gran obra de arte satírico con un protagonista idealizado, contra un régimen totalitario, en Barra Siniestra).
Esta película, La Oreja, estuvo veinte años criando polvo en los sótanos de la Policía checa; el director desde luego era un peleón, pues por la película se echa claramente de ver que no era ningún ingenuo ni optimista. Quizá esperase para ella mejor destino en un futuro próximo; tal como van las cosas me alegro de haber tenido la oportunidad de haberla visto, pues lo pasado pasado queda y a otra cosa, mariposa, los resistentes, normalmente en la sombra están y a la sombra se quedan, y los expertos en sobrevivir flotan como corchos en todos los líquidos políticos.
Una escena quería comentar, aunque muchas hay dignas de comentario. Más que una escena, un recurso fílmico peculiar. Sabido es que en el cine clásico no es aceptable que el personaje mire a la cámara, por lo que esto tiene de llamar la atención sobre el propio procedimiento y atentar contra la invisibilidad del Ojo. Bien, pues repetidamente, en Ucho, en varias escenas de flashback (cuando Ludvik y Anna recuerdan escenas de la fiesta de la que vienen), vemos la escena filmada en cámara subjetiva, posicionada exactamente en la mirada de Ludvik (y de Anna en una escena), y vemos por tanto cómo sus interlocutores se dirigen a ellos mirando directamente al ojo de la cámara.
Este recurso funciona, en este contexto, de manera muy particular y eficaz. Por una parte supone una experiencia desagradable—muchas veces se ve que no son caras bonitas ni encuentros agradables: se produce una cierta nota de falsedad acentuada por lo atípico del procedimiento. Y si atípica es la cámara subjetiva, más atípico es aún que alterne, en plano-contraplano, con la mirada del interlocutor: en efecto, la perspectiva dominante e interna del personaje de repente se ve interrumpida bruscamente para presentarnos a ese mismo personaje, a Ludvik sobre todo, visto desde fuera, mirando a la cámara también, y normalmente balbuceando palabras esquivas. Son las escenas de "la negación de San Pedro" que podríamos decir, en las que Ludvik recibe la noticia de la purga de sus camaradas, e intenta desvincularse de ellos, negar que fuesen un grupo, etc. El uso de este violento plano/contraplano subjetivo acentúa la impresión de contraste entre interno y externo que se produce en la mente del personaje, y lo que vemos es una máscara externa negando, negando, en brusco contraste con la desagradable impresión producida por sus interlocutores "desde dentro".
Al margen de las escenas claustrofóbicas de la casa, en la oscuridad, hay que resaltar el momento en que se encienden todas las luces (les devuelven la corriente por decisión de la Oreja) y quedan expuestos a un exceso de luz deslumbrante, como si todos sus secretos fuesen repentinamente visibles. Y la grotesca escena de la fiesta del Partido, con gorritos de papel, falsa jovialidad, bailes ridículos y borrachera. Me recordó a la fiesta de los próceres del Antiguo Régimen en esa vieja película de von Stroheim, La Marcha Nupcial. O a las fiestas de empresa corrupta en The Firm. Lo que quieren mostrar los autores es que las élites del poder son las mismas con comunismo o sin comunismo, y que cuanto más corrupto y arbitrario es el régimen y sus bandazos, tanto más se internaliza la corrupción y penetra, por la oreja o por donde sea, hasta el interior de la vida privada del sujeto, sujeto y maleable, poniendo a prueba su doblez.
Ucho (La oreja). Dirección: Karel Kachyňa.Guión: Karel Kachyňa y Jan Procházka según un argumento del segundo y Ladislav Winkelhöfer.Fotografía: Josef Illík.Música: Svatopluk Havelka.Dirección artística: Oldrich Okác.Decorados: Ester Krumbachová.Montaje: Miroslav Hájek.Intérpretes: Jiřina Bohdalová, Radoslav Brzobohatý, Gustav Opocenský, Miroslav Holub, Lubor Tokos, Borivoj Navrátil, Jirí Císler, Jindrich Narenta, Frantisek Nemec.
No pensaba escribir sobre Cisne Negro, pues me daba la impresión de que es una película que ella misma se lo guisa y ella misma se lo come... pero por fin añadiré alguna cosilla al trailer que sigue y a lo que podríamos llamar la reseña oficial de la película, que como de costumbre es la escrita certeramente por Roger Ebert, léase aquí.
O a la autopresentación de la película por la productora:
Nina (Portman) is a ballerina in a New York City ballet company whose life, like all those in her profession, is completely consumed with dance. She lives with her obsessive former ballerina mother Erica (Hershey) who exerts a suffocating control over her. When artistic director Thomas Leroy (Cassel) decides to replace prima ballerina Beth MacIntyre (Ryder) for the opening production of their new season, Swan Lake, Nina is his first choice. But Nina has competition: a new dancer, Lily (Kunis), who impresses Leroy as well. Swan Lake requires a dancer who can play both the White Swan with innocence and grace, and the Black Swan, who represents guile and sensuality. Nina fits the White Swan role perfectly but Lily is the personification of the Black Swan. As the two young dancers expand their rivalry into a twisted friendship, Nina begins to get more in touch with her dark side - a recklessness that threatens to destroy her.
Es una película de inmersión total en un ambiente estrecho y obsesivo, el micromundo generado en torno a las ansiedades, rencillas, traumas y frustraciones de una bailarina anoréxica, reprimida sexualmente, hiperperfeccionista e infantilizada por su madre. Vive para su carrera, digo para la carrera de la madre— ella era también bailarina pero no destacó nunca, y ahora quiere triunfar en la persona de su hija. Ésta ha interiorizado todas las frustraciones de la madre, y pendientes estamos de que la hija vaya a acabar asesinándola para liberarse de la opresión—al final se suicida, quizá, aunque aquí todo es transferible, y como bien dice Roger Ebert no deberíamos hacer una interpretación literal de nada.
A lo largo de toda la película se nos presentan imágenes subjetivas, proyecciones de la mente obsesionada de la protagonista—reflejos en espejos que se independizan de quien se mira, autolesiones magnificadas delirantemente, objetos familiares e infantiles que cobran vida en la mejor tradición freudiana de das Unbehagen y de das Unheimliche. La película viene a ser un juego formalista de variaciones en torno a estas obsesiones, una combinación muy lograda de narración realista clásica y de esa narración de la que Bordwell llamaba paramétrica—variaciones formalistas en torno a historias posibles, muy aptas aquí para el retrato de una mente obsesiva y suspicaz, un poco como La casa de citas de Robbe-Grillet, o The Babysitter de Coover, episodios en las que la situación base se disuelve en variaciones posibles asociadas a fantasías y temores; lo real (estrecho y limitado) está invadido por el fantaseo obsesivo, las vueltas traumáticas en torno al los motivos que organizan el yo y sus cuatro puntos de referencia, recombinándolos y llevándolos al extremo.
Como ejemplo, la figura de Lily—que varía mercurialmente entre compañera admirada, chivata envidiosa, maestra de iniciaciones, novata, vampiresa lésbica, rival amatoria, mujer de las mil caras... sin que ninguna de estas proyecciones sea más cierta que las otras.
Bien, todo esto está muy bien hecho, y apoyado por unos efectos especiales muy logrados, usados con gran tino—que terminan de fundir en la mente del espectador lo que se ve y es real con lo que es producto únicamnte de la fantasía de Nina/Portman. Y la actuación de Portman, claro—no es que los demás desmerezcan, pero aquí la chica se gana claramente el Oscar a varios niveles. Primero, por la dificultad inherente al papel—después, por la misma tensión que añade la bailarina un poquito añosa, a punto de decaer en su carrera o de lograr el papel principal—aquí los detalles de la textura del cuerpo, las arrugas y tendones, las heridas de los pies, todo contribuye a dar tensión al personaje. (Como, en el caso de Winona Ryder el personaje de Beth adquiere ecos suplementerios de la carrera decadente y autodestructiva de la actriz, frente a estrellas emergentes como Portman).
Por otra parte, en Portman/Lily se han fundido muy artísticamente (a la manera del Star System) las andaduras intradiegéticas y las extradiegéticas de la actriz, o la estrella y el personaje—hasta el punto de que Natalie Portman, seducida en la ficción por el director de la función, está embarazada en la vida real por su coreógrafo para la película. Esto es meterse en el papel más que Stanislavsky—el entrenamiento intensivo y los sufrimientos de la actriz por dar la talla en su papel, y bailar ella misma en (casi) todas las escenas son un eco más para el juego de reflejos que propone la película—un elemento más que le añade tensión y la sustenta, podríamos decir.
De hecho, la película, siendo perfectamente coherente en su retrato interno de una paranoia, adquiere una dimensión suplementaria que combina a la perfección con este contenido interno—que lo potencia, y se potencia con él: se lee el triunfo final de la bailarina, y su éxtasis de muerte, como la narración de la manera en que Nina/Portman se fusionan (el personaje y la actriz, digo) y de cómo este papel triunfal conduce a la estrella hasta su Oscar a la Mejor Actriz, premio que le dan esta noche si no me equivoco. Así, la película está ya por así decirlo prediseñada como película de Mejor Actriz, promocionándose a sí misma sobre la base de esta alegoría metaficcional, en parte ficticia y en parte real, del duro camino hacia el estrellato.
La película fue bastante comentada en la lista PsyArt, en términos en general freudianos clásicos y no demasiado originales—en el sentido de que analizaban a los personajes como si de seres de carne y hueso se tratara, con traumas reales—mientras que aquí el elemento de trauma es no sólo un drama humano, sino también un artificio compositivo y artístico, en el contexto muy concreto de la carrera por los premios y de la promoción a escala mundial por la que compiten las películas.
Y qué pinta Spiderman 3—bueno, que la volví a ver anoche con los chavales. Es el episodio de la vuelta del Duendecillo Verde en la persona de su hijo Harry, y del Hombre de Arena que mató al padre (bueno, al tío Ben... pero ya se apuntan en todo esto temas de desarrollo y crecimiento, generacionales, ansiedades edípicas, etc.). Y sobre todo es el episodio del Spiderman negro– el simbiote Venom, un chapapote viviente que se apodera primero del alma de Peter Parker y luego de su rival profesional, otro joven fotógrafo del Daily Bugle, y lo convierte en un reflejo de pesadilla del propio Spiderman. Unido a esto va un argumento en el que Spiderman/Parker tiene que probar los límites de su papel, usar correctamente la fuerza sin abusar, y encontrar la manera de tratar de manera sensible y no prepotente a su novia Mary Jane. Aquí aparece otro paralelismo con Cisne Negro (aparte del Spiderman Negro, digo)—en la carrera frustrada hacia el estrellato de Mary Jane. Ésta aspiraba a cantante de musical en Broadway pero no da la talla, y tiene que aprender a vivir con una identidad más modesta y frustrada, de cantante de jazz en un bar. Por suerte Mary Jane tiene los pies en la tierra más que Lily —que ha de ser reina del Lago de los Cisnes o nada más— y aprenderá a vivir con sus fracasos y frustraciones.
Bien, pues en el tratamiento que da la película al "lado oscuro" de la personalidad, hay más paralelismos de los que parecería a primera vista entre Cisne Negro y Spiderman Negro—una en la tradición del thriller psicológico, otra al nivel más modesto y popular de la película de acción, pero con bastante terreno común. Hay también imágenes especulares distorsionadas o imposibles, proyecciones mentales o ansiedades visibles que surgen de la psique del protagonista y se materializan en personajes del argumento... así, por ejemplo, el Lado Oscuro está obviamente presente en Peter, cuando se deja caer el flequillo sobre la frente y va por la calle en plan chulo de barrio, provocando a las chicas como Hitler, o como un Travolta intensificado con superpoderes.
La ambición profesional frustrada, las tensiones y limitaciones del matrimonio que se avecina, etc. son el lado oscuro del muy moderadito Parker—pero la excusa para sacar a la luz todo esto y generar el Spiderman Negro se hace caer del cielo, en la forma del regaliz cósmico con vida propia que llega en un meteorito y se convierte en un traje negro que no se deja arrancar de la piel. Es una solución más popular, si se quiere, al tema del enemigo interno—pero me pregunto si vistas con un poco de distancia (no sé si cósmica, o viéndolas desde aquí ya mismo) no serán estas dos películas bastante más parecidas de lo que uno pensaría a primera vista.
Podríamos decir que Cisne Negro es un análisis del subconsciente aflorando e interfiriendo en la realidad, análisis que se lleva a cabo por el procedimiento de mostrar ese proceso vivido desde dentro—mientras que Spiderman 3 no se presenta como análisis, y las interferencias del inconsciente en la realidad se muestran no como proyecciones del personaje, sino como la realidad del universo diegético (un universo fantástico de por sí, o jamás cuestionado ni analizado). Podría argüirse que, en cierto modo, el delirio fantástico está por eso mismo mejor encarnado en Spiderman 3, al participar la propia película de él, literalizándolo en el universo que representa. También podría argüírse que este mismo hecho sería prueba del carácter barateiro o popular del Spiderman Negro, comparado con el Cisne Negro. Pero, claro, ambos "traumas" con sus correspondientes "análisis" han sido diseñados cuidadosamente por guionistas y directores muy conscientes del material psíquico que utilizan y con el que interactúan. Así que no sé cuál de las dos es más artística, la verdad.
Black Swan. Dir. Darren Aronofsky. Written by Mark Heyman, Andrés Heinz, and John McLaughlin, based on a story by Andrés Heinz. Cast: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Barbara Hershey, Winona Ryder, Benjamin Millepied, Ksenia Solo, Kristina Anapau, Janet Montgomery. Music by Clint Mansell. Cinemat. Matthew Libatique. Ed. Andrew Weisblum. Fox Searchlight / Protozoa / Phoenix / Cross Creek, 2010.
Fragmentary notes on David Bordwell’s book Narration in the Fiction Film. Madison: University of Winsconsin Press, 1985. Paragraph-initial numbers correspond to the pagination of this edition.
Introduction
Three possible approaches to narrative:
a) As representation b) As structure c) As narration, as process
Narration understood as "the activity of selecting, arranging, and ordering story material in order to achieve specific time-bound effects on a perceiver" (xi). Bordwell starts from Formalist aesthetics, which "encourages the breaking of arbitrary boundaries among theory, history, and criticism" (...) "While it is true that the Formalists stressed the specificity of the aesthetic function, they were quick to assert the central importance of social convention in defining what any culture counted as ’work of art’" (xii). There is a relational and functional (but not an essential) difference between poetic language and practical language.
xiii - "Filmic narration involves two principal formal systems, syuzhet and style, which use the spectator to frame hypotheses and draw inferences". Sets of conventions, modes, are known to both filmmakers and audiences. There are four major modes: classical narration, art-cinema narration, historical materialist narration, and parametric narration.
PART I: SOME THEORIES OF NARRATION
1. Mimetic theories of narration
3- Back to Aristotle. Diegetic versus mimetic theories of narration (narration as telling / as showing).
4- Perspective as narration. Mimetic theories of narration take the act of vision as model; perspective is a key term. Stage and perspective in drama, and framing of fiction. Perspective in Antiquity. 5- Perspective binds together viewer and object; it presupposes "a rule-governed, mesurable scenic space organized around the optical vantage point of an implied spectator." "Space is autonomous, a grid or checkerboard or stage preexisting any arrangement of objects upon it". Western perspective closes off the subject from the object, while "Tarabukin contended that Oriental inverse perspective placed the spectator at the center of a scene that surounded him". 6- Visual tricks through perspective; aperspectival medieval stage, etc. In modern staging, the Renaissance proscenium roughly equals a "windowpane" pictorial perspective. The central point of view is occupied by the ruler’s box in the auditorium. 7- Narrative pressures actually make "pure" perspective a compromise. Perspective is a mental, not an optic system.
Perspective and Point of View in Literature. Traditionally, mimetic theories have been proposed (Henry James, etc.). 8- "James explicitly develops point of view as a post-Renaissance perspectival metaphor". Percy Lubbock places emphasis on the dramatic mode, and opposes it to the pictorial method. The novel is a synthesis of both. "James and Lubbock collapse the question ’Who speaks?’ into the question ’Who sees and knows?’" The question of language is played down in favour of perception and thought. Norman Friedman, Wayne Booth and Wolfgang Iser strengthen the pictorial and theatrical analogy; narrative and film are equivalent, 9- "All of which assumes cinema to be yet another perspectival art".
The Invisible Observer Cinema theories, before 1960, are mimetic. An invisible observer is created. "On this account, a narrative film represents story events through the vision of an invisible or imaginary witness". Cf. Pudovkin, who conceives "an observer ideally mobile in space and time" — equivalent to a narrator, an "all-purpose answer to problems involving space, authority, point of view, and narration". But they must limit the awareness of the camera’s omniscience. 10- Objections to this view [which Bordwell takes a bit too literally]. Bordwell stresses fictionality and technique [like García Landa in Acción, Relato, Discurso, he assumes that perspective shapes the story a posterior, retrospectively]. 11- "In the fiction film, not only the camera position but the mise-en-scene, as it unfolds in tone and space, is addressed to the spectator". 12- All elements in the fiction film function narrationally: "The invisible observer is not the basis of film style but only one figure of style."
Eisenstein: Narration as Scenography Eisenstein pushes the mimetic position to an extreme—using a "cinematic" stage, etc. 13- Acting conceived as the processing of a material: the spectator’s emotions. 14- Cinema conceived as a contemporary extension of theater, similar "attractions", directed to catch the attention of the audience; similar reactions are sought (perceptual, affective, and cognitive). The "dialectical" approach to shooting and editing mimes the stream of consciousness, etc. Emphasis on style. Narration conceived as an expressive representation of the story action. Eisenstein versus the notion of an invisible witness: the effect on the audience is the goal, and the camera the means; there is little concern for verisimilitude. Staging is conceived as the first ideological processing—he speaks of mise-en-scene (but also mise en jeu, mise en geste, mise en cadre). 15- A continual awareness of the director’s shaping hand is assured (though not mentioned by Eisenstein). There are even self-reflexive or metafilmic moves. Eisenstein sets the bases for a future theory of film narration.
2. Diegetic Theories of Narration
16- In Plato, and in Étienne Souriau, diegesis equals "recounted story", a represented fictional world. Priority is given to the poet’s voice. 17- Bakhtin conceives the novel as language, as play of voices. Brecht brings out the diegetic element in drama. Barthes: narration rests on linguistic codes. 1966 essay: transition, shift from the study of signification to the study of enunciation. Emphasis on process and play. Formalists spoke of the poetic use of film—they seek equivalents for literary devices. But they lack a fully developed linguistic theory of cinema or literature—which would have to wait for the structuralists.
18- Film narration as Metalanguage Colin McCabe compares cinema to the 19th-century novel. Both frame the object languages with a metalanguage which 1) thereby creates a hierarchy of discourses, 2) is "true" and 3) issues from no identifiable speaker. In film, the camera roughly equals this metalanguage. 19- In McCabe there is a crude distinction between object language and metalanguage, etc. Bordwell pro Bakhtin’s dialogism: "Bakhtin denies that there can be any static or stable metalanguage". 20- The division between object-language and metalanguage may run through a word—it does not refer to distinct patches of text. Every language is a system of languages. Bordwell is against the notion of privileging the camera work over other film techniques. There is an interplay of narrational factors, not a single "metalanguage".
21- Film Narration as Enunciation Application to cinema of Benveniste’s theory of enunciation (histoire / discours, etc.). Benveniste is not very consistent. According to Kerbrat-Orecchioni, after Benveniste, the study of enunciation derives into the study of the marks of enunciation. Derivations from Benveniste are to be found in Barthes and Genette. 22- For Christian Metz, film gives an illusory impression of histoire, but it is discursive. He proceeds to track discursive signs. 23- Problems of using Benveniste applied to film: e.g. the notion of discours masquerading as histoire is not found in Benveniste (who speaks simply of histoire). Metz confuses discours with enunciation itself. "That traditional cinema is ’enunciative’ would not automatically make it ’discursive’ in Benveniste’s sense". There is an absence of justification for applying linguistic categories in enunciation theories (of film); they make for a troublesome translation. Vs. automatisms. E.g.: 24- "the shot is a materialdivision, not necessarily a signifying one". "The lack of a clear theory of enunciation leads to an intuitive, ad hoc spotting of discours. Camera work and editing, the two techniques privileged by the invisible observer model, become the principal bases of enunciation (...)." Should the camera be equaled to enunciation? to voice? to the narrator? to the author? [By the way, Bordwell is in favour of the distinction narrator does not equal implied author does not equal real author]. 25- Stephen Heath formulates the most ambitious theory of enunciation. "Position" used in 4 senses: physical perspective, mental space created, narrative point of view, and "subject-position" as the stability of a self. However, they are not integrated. Mimetic assumption "that shots create invisible observers and that editing creates ideal ones". 26- Bordwell: "because a film lacks equivalents for the most basic aspects of verbal activity, I suggest that we abandon the enunciation account". He is against the unjustifiable privileging of certain techniques over others.
Aquí hay una buena reseña (en inglés) de The King's Speech, en The Economist—película que por cierto fuimos a ver ayer. Una bonita película del género heritage, al que ya puede acceder el siglo XX y la gente viva—y con toda la dinámica de stuffiness y ligeras pseudo espontaneidades de los personajes navegando entre las convenciones de clase, que son propias del género. Junto con una ambientación admirable. En realidad la película es francamente laudatoria con la monarquía británica, pues nunca la suegra de Diana salió más favorecida en pantalla, ni siquiera en The Queen. La promesa de tanto Oscar parece francamente exagerada, pero la película sí va cogiendo cierta fuerza conforme avanza, culminando en el famoso discurso al principio de la Segunda Guerra Mundial, en el que la voz del rey acaba coincidiendo, un poco a trancas y barrancas, con la de la institución que encarna a la nación. (El título prepara esa coincidencia y juega con ella, pues significa a la vez "la manera de hablar del rey" y "el discurso del rey").
En toda narración monárquica sobre la Monarquía moderna, debe justificarse la institución haciendo que el heredero, aparte de recibir la Corona, se la gane. La ceremonia de coronación es ritual (festiva o artificiosa) pero emocionalmente vacía. El nuevo rey debe hacerse con la corona en un gesto que lo caracterice como un líder ante su pueblo. El Discurso del rey se atiene a esta mitología monárquica: al final el pueblo inglés, dispuesto a sufrir sangre, sudor y lágrimas en su lucha contra el gran orador Hitler, escucha por la radio el discurso del rey como si oyera a Churchill (cosa que desafía a la memoria histórica). Hacia esa coincidencia de voces, o esa asunción del papel Real, se mueve la película, y también hacia la amistad entre el rey y su terapeuta del habla australiano—una cierta humanización de un personaje envarado no sólo en sus cuerdas vocales. Viene a ser, en tonos shakespeareanos convenientemente rebajados, el acto de ganarse la corona en la batalla y en el contacto con la sabia savia del pueblo llano. Sugerencia trabajo de curso: el uso de Shakespeare en The King's Speech, a nivel obvio y a nivel menos obvio... Eh, qué queréis... —que es una película conservadora, tradicionalista y nacionalista, The History of King George VI. Para eso mantenemos a la monarquía.
Sobre las rebajas: obsérvese por cierto que en ningún momento se sugiere aquí que el rey sea el autor de los discursos que pronuncia o intenta pronunciar. Igual eso es lo que le ata la lengua, aparte de sus propias frustraciones infantiles. Por aquí, por cierto, también hay problemas de fonación y elocuencia, y aún estamos a la espera de tener una buena película sobre los negros que escriben los discursos del Rey, o sobre lo que pasó en relación al propio discurso histórico de nuestro rey... aquél que también se hizo esperar, el del 23-F. Cuando se gestó el mito de la Conquista de la Propia Corona. Para desmitificarlo un poco, digo. Pero el cine está más para cosas laudatorias, alegorías de la unidad, y mitologías y propagandas nacionales.
Pues no me ha gustado tanto como esperaba la película de Xavier Beauvois, "Des hommes et des dieux." Síntesis para quien no sepa de qué va: Unos benedictinos franceses viven en un pequeño monasterio de un pueblo de Argelia, a mediados de los años 90—tienen excelentes relaciones con la gente del pueblo. Pero empieza a haber asesinatos fundamentalistas que horrorizan al gobierno, a la población y (claro) a los propios monjes. Tienen miedo y dudas de si correr el riesgo de seguir, o si marcharse por no arriesgarse al "martirio". Deciden quedarse, no por voluntad de mártires sino por seguir su trabajo y su vocación, sobreponiéndose al temor. Al final, son asesinados (todos menos dos que se esconden a tiempo). Unos títulos de crédito finales nos informan sobre la realidad de la película y el destino de los personajes.
La película tiene la Palma de Oro de Cannes de 2010, o sea que muy mala no va a ser, partamos de eso. Pero es excesivamente lenta, minimalista, basando gran parte del argumento en los rituales estáticos de los monjes, que a ellos (y al espectador por identificación) le comunican serenidad, estabilidad, buena voluntad y paz de espíritu. Está muy bien logrado el retrato de la comunidad, sus relaciones con los vecinos, la confusión que rodeó a las matanzas de Argelia—no quedaron bien explicadas entonces, no las interpreta más la película, no se entienden aún hoy, y seguramente no hay quien las entienda. El conflicto humano consiste en el compromiso que retoman los monjes con su fe y con su elección de vida, cada cual con sus matices—hay quien ha perdido la fe, hay quien no tiene otra vida a la que volver... en realidad ése es el caso de todos. Al principio, el abad, Christian (nombre casi propio de Pilgrim’s Progress), un punto iluminado, impone a los demás la decisión de quedarse y de no pedir protección policial. Se lo reprochan—y llegan a entederse, y los que tenían dudas eligen quedarse. Los conflictos en la comunidad son tan minimalistas como los cantos religiosos de la banda sonora y como la vida austera de rezos y trabajos que llevan. En la fila de atrás comentaba un espectador despistado a su vecino "Pues de tías no es la película precisamente".... En muchos aspectos, en el retrato de una comunidad religiosa bajo el terror, en las actitudes ante la muerte y de renovación de compromiso con la vocación, parece la película una adaptación o remake de Diálogos de las carmelitas de Georges Bernanos.
Bien, pues hasta aquí, cine de cineclub, acción lenta y repetitiva, visión religiosa y modestamente abnegada ante el mundo y ante los dilemas de la vida y la muerte, le dan el premio, todo bien. No es el cine que más me va, pero pase.
Lo que no me ha gustado es algunos gestos estilísticos que llevan al director a ser más papista que el papa, o sea, más buenista que los monjes mismos, en su representación de los terroristas y de la actitud de los monjes hacia ellos. Los monjes son buenistas, a la vez que resignados y críticos con la violencia ambiental que enfrenta a los terroristas con la sociedad. Bueno, críticos podrían ser más—pero un monje no está sobre todo para ser crítico, sino supongo que para aceptar lo que ellos interpretan como la voluntad de Dios. Dicho sea de paso que interpretar la vida como resultado de la Voluntad de Dios es la mejor receta para una empanada mental que te impida entender nada en el mundo, y lleva inevitablemente a la renuncia de todo lo terreno porque acaba siendo un valle de lágrimas—los monjes viven orientados al más allá imaginario, viviendo por anticipado la redención y la salvación y compensando con eso la frustración de sus vidas reales, a las que por así decirlo han renunciado por anticipado. Una receta vital lamentablemente errónea, esta de vivir en el otro mundo (para mí, no para la película), y remito a la crítica que hace Nietzsche de estos mundos transcendentales. Claro que los monjes también han de seguir viviendo en este mundo, y sus acciones han de seguir teniendo sentido humano a pesar de estar con un pie fuera de la realidad. Este mundo nuestro está hecho, en gran medida, de personas que actúan según normas de mundos imaginarios en él incluidos—los fundamentalistas también, por ejemplo—y en este sentido los monjes son muy preferibles. En sus propios términos, ni siquiera son mártires vocacionales, aunque tenga gran dignidad y aún mayor mérito su elección de seguir allí. En este sentido no critico a los monjes ni a sus opciones (una vez aceptado que son monjes). Pero sí a algunas cosas que hace el director con ellos. Acepto también como maniobra retórica cristiana el paralelismo que hace entre la pequeña comunidad y Cristo con sus apóstoles—ver ilustración—aunque Christian es, claro, un Cristo muy humano, limitado y falible. Medita sobre su influencia en las vidas y destinos de sus compañeros, pero elige el camino de la coherencia y del riesgo, antes que la retirada o que doblegarse ante el terrorismo, y acepta su destino aunque no lo hubiera deseado. Ahí poco que criticar, aunque dan pena estas gentes, cuya identidad depende tanto de su grupo, no tiene en realidad ningún otro asidero, que unos por otros acaban tomando una decisión que les resultará fatal, no buscada pero no prudentemente evitada tampoco.
Pero el director va más allá, y presenta a los monjes como casi equidistantes entre los terroristas y el Estado argelino, o igualmente ajenos a ambos. La policía es desagradable, se sugiere que es opresiva y brutal—aunque de modo poco coherente, porque aquí no se les muestra en realidad oprimiendo a la población. Matan a un líder terrorista, y les parece mal que Christian rece por él. Tienen pocas contemplaciones con la gente—pero se nos dice que la gente es a los terroristas a quienes odian, porque los masacran indiscriminadamente. No parece apropiada una equidistancia, ni los gestos del director de contemporizar con esas bestias con dos patas que van degollando extranjeros o nacionales, mujeres u hombres, musulmanes o cristianos. Son los bandoleros de siempre, matones subidos de testosterona y bajos de empatía, que aquí cuentan además con ciertas esperanzas de apoderarse del poder y poner a todo el país a bailar a su son. Quienes los condenan sin paliativos son los más lúcidos o elocuentes miembros de la comunidad musulmana. Pero la película contemporiza con ellos: pasa de mostrarlos bajo esta luz—canalla sanguinaria— a presentarlos como unos guerrilleros en lucha contra un régimen opresivo—para al final, identificarlos casi con los monjes en un destino común. La película termina con una fila abyecta (nunca personas han andado así en fila) de monjes y terroristas perdiéndose en la niebla—compartiendo una humanidad por así decirlo, y la voz en off los perdona en boca de Christian, cosa que, puestos a perdonar, se le perdona a un monje, pero no a un director de cine. El director no es monje que yo sepa, pero es un buenista occidental, de eso no me cabe la menor duda, y está más que dispuesto a hacer gestos de cristianismo excesivo para decirnos que estas bestias pardas del kalashnikov son sólo pobres pecadores que merecen el perdón tan pronto como cualquiera, o antes. La procesión que se pierde en la niebla parece que vayan rezando juntos y en paz, pero unos son los que van a cortar la cabeza del que va con ellos, y otros a que se la corten mansamente. El tono es, trágicos pelillos a la mar, aquí estamos todos en la Tierra cada cual con sus penalidades y pasando nuestro calvario, pero en el Cielo todos nos reconciliaremos. Es ofensivo y grotesco que una película sobre este tema adopte este tipo de buenismo aguachinado—al menos es propio de una marca de cristianismo que no comparto yo en absoluto.
En otros aspectos de la película se ve esta inexplicable contemporización del director con la peor canalla, por prurito de cristiandad—esforzándose por hacernos entender su humanidad y sus posibilidades (hipotéticas) de redención. Cuando vemos al terrorista muerto, una especie de mezcla entre Barrabás, Jesucristo y el Che. O, también, es un detalle pero afea a la película como un grano, cuando uno de los terroristas heridos se nos presenta en escorzo calcando la postura y perspectiva exactas del escorzo de Cristo muerto pintado por Mantegna. Pues no, señores, de Jesucristo nada tiene ese mozarrón paleto asesino, y la cámara que nos lo intente mostrar bajo esa luz está bastante desenfocada, y los que la premian también. Este tipo de prédicas yo, al menos, las dejo para la Iglesia vasca.
En fin, que el éxito inesperado de la película es, además, poco justificable. Y, por otra parte, debería traducirse el título como Hombres y dioses—no De dioses y hombres. Los dioses por cierto se echan poco de ver, a no ser en las fantasías de los hombres; aquí todos son humanos, demasiado humanos, aunque piensen otra cosa. Ya se sabe que los humanos habitamos en un mundo virtual—estos terroristas y estos monjes, aún más que los demás, y es humano hacerlo—pero sólo en eso se parecen unos a otros, y no hay que ponerlos en el mismo saco ni en la misma fila india.
Des hommes et des dieux. Dir. Xavier Beauvois. Written by Xavier Beauvois and Etienne Comar. Cast: Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Olivier Rabourdin, Philippe Laudenbach, Jacques Herlin, Loïc Pichon, Xavier Maly, Jean-Marie Frin, Abdelhafid Metalsi, Sabrina Ouazani, Abdellah Moundy, Olivier Perrier, Farid Larbi, Adel Bencherif, Benhaïssa Ahouari. Photog.France: Why Not Productions / Armada Films / France 3 Cinéma, 2010.
Recomiendo no perderse esta película, en especial a quien le gusten las películas de judíos perseguidos y de nazis—más en concreto el tipo de público al que le gustó La decisión de Sophie, con la que tiene algunos puntos estructurales de contacto. O, por traer la cosa más cerca, a quien le gustase Il y a longtemps que je t'aime, de Philippe Claudel, que no es de nazis pero sí de secretos y culpas del pasado enterrados largo tiempo. Y que es otra película francesa reciente que también recomiendo mucho. Por cierto que en las dos hacen papeles memorables tanto Frédéric Pierrot como Kristin Scott-Thomas. Aquí siguen muchos spoilers, no suelo avisar yo de estas cosas. En IMDb hay más datos sobre esta película, llamada allí Her name was Sarah. Tiene mucho mérito la película al retratar el colaboracionismo y antisemitismo francés, con ocasión del episodio del Velódromo de Invierno, de París, en el que miles de judíos fueron hacinados tras una redada por los barrios parisinos en el verano de 1942, y fueron deportados luego a los campos de exterminio. Todo a cargo de la policía francesa, a las órdenes de los nazis. La película se origina en torno a dos personas que ocupan sucesivamente el mismo piso del barrio del Marais—Sarah Starzinsky, una niña, es apresada allí con sus padres—pero antes de salir deja a su hermanito Michel escondido en el armario y lo encierra con llave, diciéndole que volverá, que espere... El piso es ocupado desde ese verano por la familia Tezac, y muchos años más tarde, la protagonista de la película, Julia Armond (Kristin Scott Thomas) va a trasladarse a él, con su marido Bertrand Tezac (Pierrot), hijo de los viejos ocupantes. Pero Julia está escribiendo un artículo sobre los judíos deportados de París, y decide investigar qué pasó para que ese piso quedase libre en el verano del 42. Descubre Julia un esqueleto en el armario de la familia, por así decirlo. Sarah consiguió escaparse del campo, y consiguió volver con su llave a colarse en el piso y abrir la puerta a su hermanito—pero lo encontró allí muerto, y de eso fueron testigos el abuelo de Bertrand y su padre. Éste le cuenta a Julia lo que sabe, un secreto bien guardado, del cual Bertrand no sabía nada. La película alterna entre la historia de Sarah y la de Julia, sacando poco a poco a la luz los años ocultos. Julia investiga, y descubre en los archivos, entre tantos y tantos muertos con nombres, apellidos y fotos, la constancia de la muerte de los padres de Sarah, en los campos nazis. Pero Sarah no consta; ha desaparecido. Tras las revelaciones de su suegro, descubre Julia que Sarah estuvo unos años en el campo con una familia que la había recogido tras su fuga, pero luego se fue a América. Allí le sigue la pista Julia, y acaba descubriendo más cosas—que Sarah se casó allí y que se suicidó poco después de tener un hijo. Su familia americana no sabía nada de su pasado europeo. También localiza al hijo, para quien todo era secreto—ni idea de su identidad judía oculta, pues Sarah temía las persecuciones. Algún trauma mal asumido la llevó a suicidarse—posiblemente la angustia que siente por la muerte de su hermanito. Trae a la vida a un niño, y luego se suicida, inexplicablemente, como Primo Levi, una más de los salvados ahogados. Al principio el hijo de Sarah, William, no quiere saber nada de esta historia que le descubre un secreto de familia doloroso, y le vuelve irreconocible a su madre. Son cosas que pasan—a veces la gente más próxima arrastra estos secretos, y nos da sorpresas póstumas. Hay que reescribir la historia recibida, como decía Oscar Wilde—es un deber. Con el tiempo comprenderá mejor William su propia historia, y se reconciliará con Julia, a quien había despachado con malos modos. Quizá incluso acaban juntos como pareja. Porque aquí interviene la otra línea argumental de la película: la crisis matrimonial de Julia. Tras muchos años de intentar tener un niño con Bertrand, se ha quedado embarazada—y éste no lo quiere. De hecho, la presiona para que aborte. Y a punto está Julia de hacerlo, por él, porque ella sí quiere tener el niño... (cosas que hace la gente, también, incluso gente supuestamente inteligente). Pero se interfiere la otra historia, y sale corriendo de la clínica abortiva. Y tendrá a su niña, y se separará de Bertrand. La niña se llamará Sarah. La película es una soterrada polémica contra el aborto. Es la convergencia entre las persecuciones judías y la práctica del aborto gratuito donde se apoyan tanto el argumento como el simbolismo de la película. Establece un paralelismo, en su doble línea argumental, entre la chocante indiferencia de los parisinos a la persecución y exterminio de los judíos, y la indiferencia y falta de sensibilidad de todos los civilizados occidentales que rodean a Julia, frente a la cuestión del aborto. Julia paseándose entre las fotos de los judíos exterminados también se está paseando en cierto modo entre las fotos de quienes podrían haber nacido y no lo hicieron por decisión de los que habrían sido sus padres. La lista de judíos masacrados no es más larga que la lista potencial de bebés que fueron abortados. Hay una continuidad en la ceguera selectiva y en la aceptación cotidiana de la crueldad—muchas personas viven esto con angustia y ven en la cultura del aborto contemporánea una "cultura de la muerte" con más analogías de las deseables con otros exterminios industriales masivos del siglo XX. (No nos centraremos ahora en las diferencias que por supuesto también hay).
Y analogías hay —la película las señala de modo no insistente sino más bien indirecto y simbólico. Lo que da fuerza a Sarah para huir del campo y vivir es la llave que tiene, la que sacará a su hermanito del armario donde lo ha encerrado—a la vez un útero acogedor y protector, y una tumba que le espera sin él saberlo. La existencia de su propio hijo, William, quizá se deba al recuerdo traumático de ese pequeño tío suyo, Michel, del cual nada sabía. Sarah se quita la vida cuando William tenía aproximadamente la edad de Michel—quizá demasiado hastiada de responsabilidades, o abrumada sin más por un profundo trauma. Y la historia de Sarah, al entrecruzarse subliminalmente con la del embarazo de Julia, hará que ésta tome la decisión de seguir por su cuenta y marcar distancias con respecto a un marido que la quiere hacer abortar. Julia consigue hacer salir del armario de su vientre a la pequeña víctima simbólica. A la niña que nace le pone de nombre Sarah, en homenaje consciente a la pequeña superviviente. La película propone que con la salida a la luz de los secretos ocultos el trauma se supera, y se puede seguir adelante, siendo conscientes del peso de la historia pero también liberados en parte de él. Bertrand era partidario de enterrar los secretos de familia; Julia prefiere enfrentarse a ellos, aunque las consecuencias sean desagradables. Asumir las responsabilidades del pasado a veces requiere reorganizar el presente, y tomar una dirección que quizá nos transforme y nos haga ver las cosas de otra manera, y nos separe de la gente a la que queríamos. Entretanto, han quedado víctimas por el camino.
Her Name Was Sarah. (La llave de Sarah). Dir. Gilles Paquet-Brenner. Screenplay by Gilles Paquet-Brenner and Serge Joncour, based on Tatiana de Rosnay's novel Elle s'appelait Sarah. Cast: Kristin Scott Thomas (Julia Armond), Mélusine Mayance (Sarah Starzynki), Niels Arestrup (Jules Dufaure), Frédéric Pierrot (Bertrand Tezac), Michel Duchaussoy (Édouard Tezac), Dominique Frot (Geneviève Dufaure), Gisèle Casadesus (Mamé), Aidan Quinn (William Rainsferd), Natasha Mashkevich (Mme. Starzinski), Arben Bajraktaraj (M. Starzinski), Sarah Ber (Rachel), Karina Hin (Zoe Tezac), James Gerard (Mike Bambers), Charlotte Poutrel (Sarah jeune femme). Music by Max Richter. Cinemat. Pascal Ridao. Ed. Hervé Schneid. Prod. des. Françoise Dupertuis. Exec. Prod. Gaetan Rousseau. Prod. Stéphane Marsil. France: Hugo Productions – Studio 37 – TF1- France 2 (…), 2010.*
Que el cine es percepción almacenada y organizada es obvio. Pero viendo viejos vídeos caseros se tiene una visión especialmente desfamiliarizada de este hecho—desfamiliarizada precisamente por la familiaridad de lo representado (o sea, por la familiaridad de la familia).
Mi padre era muy aficionado a la tecnología. De hecho estudió electrónica, con la ayuda de mi tío Agustín que era un hablante nativo-- de los que se montaban televisores caseros, por entretenimiento, allá por los años sesenta. Aparecía mi tío con un magnetófono de esos de bobinas, como un maletín gordo, y mi padre empezaba a grabar allí lecciones de inglés y francés, para organizar grupos simultáneos de clases a hijos y sobrinos. O grababa entrevistas a los abuelos que se dejaban y colaboraban. Luego, apenas llegados los setenta, apareció con el primer "radiocassette"—¿Qué es eso?, le preguntábamos. O la primera calculadora Hewlett-Packard que aparecía por el horizonte. Luego, el primer ordenador Spectrum, y hala, a dar clases de programación, que era lo que se hacía entonces. Luego ya perdió la comba tecnológica, pero aún les animaba a sus cuñados setentones a ponerse videochat para seguir en contacto.
Bien, pues a la fotografía fue moderadamente aficionado -- tenemos varios cientos de fotos de cuando éramos críos, pero de lo que verdad se hizo asiduo es de los vídeos caseros. Muchos han comprado el aparato, pero pocos lo han utilizado. Mi padre, desde luego, le hizo gasto, aunque la mitad de sus grabaciones consistan en familiares quejándose de que los estan grabando—"déjalo ya, Ángel" -- "Papá, para de grabar, ven a comer". "Las mismas frases toda la vida", dice mi madre-- "no sé cuándo comía, si se pasaba la vida grabando". En los vídeos caseros, como en las fotos viejas, queda retratado quieras que no el ambiente de la época, el estilo de cada cual, los gestos que revelan personalidad y actitudes... no son películas con guión, pero tienen el guión sin ensayar que va escribiendo la vida, y por tanto, a su manera, no les falta ni puesta en escena, ni argumento ni actuaciones memorables. Además llevan grabada, estas grabaciones caseras, una experiencia vívida del paso del tiempo a la que no puede imitar ninguna película de ficción, ni siquiera las que versan sobre el paso del tiempo y los contrastes y superposiciones entre presente y pasado. Porque aquí es nuestro tiempo, nuestro presente como espectadores y nuestro pasado como figurantes el que proporciona la tensión a esta narratividad tan irrepetible del vídeo casero.
Les amenazaba a los vídeos de mi padre la obsolescencia tecnológica, pero mi hermano Gerardo (ahora en pantalla, en versión más juvenil) encontró un conversor automático de vídeos magnéticos a digitales. Si no, la pereza nos puede. Nadie volverá a ver las filminas de aquellos proyectores que deben estar en algún trastero, probablemente averiados.
Hemos estado viendo a Ivo de pequeño, en el año 1999. A Álvaro aprendiendo a nadar en la piscina de Biescas, también el milenio pasado. Saltamos ahora a la boda de Eva en 2006. Ahí aparezco yo como patético fotógrafo oficiante—son mucho mejores los vídeos, qué vas a comparar.
"¿A que no te suponías que esto había quedado registrado para la eternidad?"—Pero allí estaba el tío del vídeo, otro oficiante imprescindible.
En el caso de los vídeos de mi padre, que murió el año pasado, tiene la experiencia almacenada en los vídeos una dimensión añadida. Una persona ha muerto, y de repente reaparece una porción de su experiencia resucitada—porque estos vídeos los grababa mi padre, pero jamás los veía nadie. De repente, ves en ellos a mi padre—no desde fuera, porque allí poco abunda él—sino desde dentro, ves lo que él veía exactamente, miras lo que miraba, te ves a tí mismo tal como te filmaba. A veces le pasaba la cámara a alguien, para aparecer él, mínimamente—a nadie le interesaba especialmente la filmación ni el proyecto del Vídeo Casero, aunque ahora los vemos con más interés del que esperábamos. "¡Mira Pinza!"- "Y esta es Elsa". "Pero no llevas coletitas". Era un mal necesario, y eso que la gente sí se compra vídeos para comparar sus prestaciones, o humillar a los cuñados-- pero pocos los emplean. Los pequeños tampoco les prestan ahora mucha atención, están más interesados en jugar a videojuegos que en verse a sí mismos en la pantalla jugando a videojuegos. "¿Os dais la mano como entonces, niñas, que le hago una foto?" Al vídeo, y a las niñas dándose la mano delante.
Los demás pasamos por delante de la cámara, pero es el punto de vista de mi padre el que se mantiene, y el que vemos desde dentro, tal y como era entonces.
Es una pequeña incursión contra el tiempo, de las que permite la tecnología, recuperando el pasado o viajando por él con nuestras limitaciones. Si toda narración es una máquina del tiempo, el vídeo casero lo es más. Y es además una máquina intersubjetiva: te introduce en la experiencia desde otro punto de vista, viendo otro ángulo de la situación, cuando parecía irremediablemente perdido, parte de una vida que desapareció. Fast forward. Retroceso. Pasa la primera cinta otra vez. Se descubren nuevos matices de la realidad mediatizada por la tecnología, del pasado y de la nostalgia filtrados tecnológicamente. Porque sí es una experiencia nostálgica, inherentemente melancólica, aunque también da para ratos divertidos. Nos estamos acercando al presente irremediablemente, nuestra cara en la pantalla empieza a parecerse a la que lucimos, allí reflejada, cuando apagamos el ordenador.
Lone Star, de John Sayles, es una excelente película sobre la sociedad de la frontera tejana. Es una de las películas programadas para la asignatura del máster sobre La representación, que me ha llegado sobrevenida pero que igual tendré que explicar en clase. Mejor remito para una primera impresión a la crítica de Roger Ebert—y la traduzco. Quien quiera una reseña negativa, la tiene en Salon.com, donde Laura Miller achaca a Sayles (con justicia) corrección política y voluntad pedagógica y (bastante injustamente) lentitud, aburrimiento y falta de imaginación. Reseñas, como siempre, hay para todos los gustos en IMDb.
Lone Star de John Sayles contiene tantas riquezas que deja pequeñas a las películas corrientes. Y sin embargo no se nos echan delante para deslumbrar e impresionar. Es sólo más tarde, pensando sobre la película, cuando apreciamos todo el alcance de sus materiales. La he visto dos veces, y después de verla por segunda vez me empecé a dar cuenta de lo profunda y sutilmente que se ha construido la película. Superficialmente, es puro entretenimiento. Tiene que ver con el descubrimiento de un esqueleto en el desierto de una población de Texas, cerca de la frontera mexicana. El sheriff actual sospecha que el asesinato podría haberlo cometido su propio padre. Mientras explora los secretos del pasado, empieza a enamorarse otra vez de la mujer a la que amaba cuando eran adolescentes. Estas historias--el asesinato y la historia romántica--son la columna vertebral de la película y nos conducen hasta su final. Pero Sayles está en muchas más cosas que en asesinatos e historias de amor. Empezamos a sentir con la gente de Rio County, donde blancos, negros, chicanos y Seminolas recuerdan cada uno el pasado de maneras diferentes. Entendemos que el muerto, el sheriff Charlie Wade, era un monstruo sádico que se pavoneaba por la vida, pistola en la cadera, inventándose la ley por el camino. Que mucha gente tenía razones para matarlo--y no el que menos su auxiliar, Buddy Deeds (Matthew McConaghey). Se intercambiaron amenazas de muerte en un restaurante poco antes de que desapareciera Charlie. Buddy se convirtió en el siguiente sheriff.
Ahora aparecen el cráneo de Charlie, su insignia y su anillo masónico, en un viejo campo de tiro del Ejército, y el hijo de Buddy, Sam Deeds (Chris Cooper) es el sheriff que investiga el caso. Va por la ciudad, hablando con el antiguo auxiliar de su padre (Clifton James) y con Big Otis (Ron Canada), que llevaba el único bar del condado donde se recibía bien a los negros, y a Mercedes Cruz (Miriam Colon) que lleva el popular restaurante mexicano en el que tuvieron lugar las amenazas de muerte.
Por el camino, Sam hace un favor. Han arrestado a un chaval por sospecha de robar radios de coche. Lo suelta para encargar la custodia a su madre, Pilar (Elizabeth Peña). Le gusta verla otra vez. Pilar y Sam estuvieron enamorados de chavales, pero sus padres los obligaron a romper, quizá porque ambas familias se oponían a un matrimonio mexicano-anglo. Ahora, de manera tentativa, empiezan a verse otra vez. Ona noche en un restaurante vacío ponen en la sinfonola "Since I Left Your, Baby", y bailan, tras andar a vueltas uno alrededor de otro antes, en un momento muy erótico.
Todos estos acontecimientos se desarrollan de manera tan natural y absorbente que no podemos sino seguir la marcha. Sayles ha hecho otras películas con varios hilos de acción (su City of Hope de 1991 seguía una enmarañada red humana a través de la política de una ciudad de Nueva Jersey). Pero nunca lo ha hecho de una manera que hechize la atención de esta manera: como Faulkner, crea un sentido firme de la manera en que los males del pasado rondan por el presente, y cómo las viejas heridas y los viejos secretos se abren para los supervivientes.
Lone Star no va simplemente sobre la solución al asesinato y la resolución de la historia de amor. Va sobre cómo las gentes intentan vivir juntas en este momento en América. Hay escenas que al principio parecen tener poco que ver con las líneas principales de la historia. Una reunión de un consejo escolar, por ejemplo, en el que los padres discuten sobre libros de texto (y están en realidad discutiendo sobre la visión de quién ha de prevalecer sobre lo que es Texas).
Escenas que tienen que ver con el coronel afroamericano (Joe Morton) encargado de la base militar de la localidad, cuyo padre era Big Otis, el dueño del bar.
Otra escena sobre una joven negra, cabo del ejército, cuya entrevista con su comandante revela una visión sorprendentemente clara de por qué la gente se alista al Ejército. Y conversaciones entre el Sheriff Deeds y ancianas viudas de largas memorias.
Las interpretaciones se combinan a la perfección; notas cómo estos personajes han vivido juntos mucho tiempo y saben cosas de las que no han hablado durante años. Chris Cooper, como Sam Deeds, es una presencia alta y lacónica que se desplaza a lo largo de la película, enterándose de una cosa aquí y otra allí, y aprendiendo al final algo sobre sí mismo. Cooper se parece algo a Sayles: proyectan la misma inteligencia vigilante.
Como Pilar, Elizabeth Peña es una presencia femenina cálida y rica; su amor a Sam no se basa en nada simple como el erotismo o la necesidad, sino en una convicción fiera y profunda de que éste debería ser su hombre.
Kris Kristofferson, como Charlie Wade, saca aristas duras y ojos mezquinos, y hay una escena en la que mata a un hombre de un disparo y luego reta a su auxiliar a ver si dice algo. El espíritu maligno de Wade en el pasado se pasea a lo largo de toda la película, y hay que exorcizarlo.
Y hay tantas cosas más. Ni siquiera aludiré a las sorpresas que están a la espera. No son sorpresas estilo Hollywood--o sí, en cierto modo lo son-- pero son también verdades que crecen desde de los personajes; lo que llegamos a saber sobre ellos parece no sólo natural, sino instructivo, y hacia el final de la película sabemos algo sobre cómo ha convivido la gente en esta población, y lo que les ha costado.
Lone Star es una gran película americana, una de las pocas que intentan seriamente contemplar con los ojos abiertos la manera en que vivimos ahora. Ambientada en una población en la que hasta hace muy poco se imponía una rígida segregación racial, muestra cómo los chicanos, los negros, los blancos y los indios compartían una historia común, y cómo se conocían unos a otros y trataban unos con otros de maneras que no figuran en el mapa oficial. Esta película es una maravilla -- la mejor obra hasta la fecha de uno de nuestros cineastas más originales e independientes-- y una vez ha terminado, y empiezas a reflexionar sobre ella, comienzan a florecer sus sentidos.
Es una película sobre la etnicidad y sobre el peso del pasado—tratado aquí de manera reflexiva, un tema inevitablemente presente en las películas norteamericanas (o en muchas de ellas) pero a menudo sólo como parte del trasfondo, o evitado en el desarrollo de la historia principal. Aquí está en el centro—y los dos temas son en realidad el mismo, como las relaciones entre comunidades étnicas en el presente están marcadas y condicionadas por lo que han sido sus relaciones (de opresión, de confrontación) en el pasado.
Y esto se muestra de manera a la vez teórica (en el debate sobre la enseñanza de la historia) y práctica, en la manera en que se comportan y ven la cuestión los diversos personajes. Por ejemplo, los mismos que debaten sobre la enseñanza de la historia en el instituto—lo que son hechos para unos, son propaganda o distorsión de la historia para otros.
Vemos vívidamente cómo están hechos los personajes de su pasado, de lo que ha sido la historia de sus familias y de sus relaciones mutuas en la comunidad. Y, más allá, de la historia de sus comunidades enfrentadas. Una relación con la historia que es opresiva—tanto más en un pueblo, porque en los pueblos todo el mundo se sabe tus antecedentes y los de tu familia de manera harto incómoda. Sam Deeds ha estado fuera de su pueblo durante años; había puesto tierra por medio, traumado por la presencia demasiado presente de su padre, un sheriff muy apreciado, pero que se comportó con él de modo inexplicablemente autoritario. Y habiendo pasado por un matrimonio traumante (vemos a su ex Bunny, con la que se haría difícil aguantar una relación de más de media hora), vuelve al pueblo natal, buscando contactos para colocarse.... y acaba, contra su vocación, en los zapatos de su padre, como nuevo sheriff.
Pero no durará mucho en el puesto, pues vemos que no está dispuesto a seguir las indicaciones de los próceres locales, que van a promover a su auxiliar, más dócil, para el puesto.
Con la investigación en torno al asesinato del racista sheriff Wade, se reencontrará Sam con su pasado. A lo largo de la película él, y el espectador, creen adivinar que fue el buen sheriff Buddy Deeds quien mató a Wade, antes de dejarse matar por él. Pero al final resultará que fue el dócil y acogotado auxiliar de Wade el que disparó contra él, para impedirle cometer uno de sus crímenes racistas, cuando iba a matar a Big Otis. Entre los tres—el auxiliar homicida, Buddy Deeds y Big Otis—hacen desaparecer el cuerpo y mantienen el secreto durante años, hasta que sale el esqueleto como si fuese una fosa de la guerra civil. Ya preguntan si es el esqueleto de Davy Crockett, ya... el pasado es presente. La estrella solitaria de Texas, con su opción contra Mexico y a favor de los estados esclavistas, es una presencia del pasado en los bares de blancos y en la solapa de los sheriff. Las escenas del presente y del pasado no contrastan mucho, no más de lo inevitable—con la figura de los sheriff de distintas décadas casi idéntica, y sus estrellas también. Otras cosas cambian, pero actitudes permanecen. Las comunidades siguen separadas. Los espaldas mojadas siguen cruzando Rio Grande. Los negros que intentan promoverse socialmente tienen problemas de ajuste con su comunidad (como el comandante). Las relaciones interraciales son criticadas, como lo es una pareja de militar negra y blanco—y se hace difícil criticar a los que critican cuando lo hacen en confianza. Es terreno minado, lleno de plomo enterrado y serpientes de cascabel agazapadas, mejor no hurgar mucho.
Las transiciones al flashback se hacen con frecuencia por un simple movimiento de cámara, sin fundido ni corte, para enfatizar esta continuidad. (Es uno de los rasgos estilísticos que al principio llaman más la atención). Pero también se pasa al pasado en conversaciones, en pensamientos, recuerdos... o en actitudes, como cuando vuelven a cortejar Sam y Pilar. Al final nos enteramos de por qué las dos familias interrumpieron tan violentamente su relación—eran hermanastros, o sea que el rechazo racial oficial en realidad escondía una relación erótica ilegítima. Sam sigue descubriendo pies de barro y también la humanidad de su padre, son difíciles las relaciones con los padres en esta película. Esta historia secreata es un poco el emblema de la interpretación que da la película del contraste entre políticas oficiales, que trazan fronteras imaginarias, y los hechos, las cosas que hace la gente—que muchas veces se las salta o hace lo posible por hacer que no existan. Claro que las políticas oficiales también las implementa la gente...
La ambivalencia hacia el pasado llega a su cumbre en el momento final de la película. Los amantes se reúnen frente al viejo drive-in cinema en el que los separaron a la fuerza hace treinta años. Ahora Sam ha descubierto el secreto que los une y los separa, y no sabe si continuar la relación. Pero Pilar le animará a seguirla, manteniendo el secreto de sus orígenes. Aclara (es un detalle curioso si se interpreta simbólicamente) que no puede ya tener hijos—con lo cual la integración de ambas comunidades en esta historia promete seguir siendo a la vez una perpetuación de la separación. Pero a la vez la película propone la solución imaginaria de la relación erótica como respuesta, como decía Fredric Jameson, a los problemas reales de la confrontación étnica. Pilar concluye la película diciendo que hay que "olvidar El Alamo"—la confrontación épica que selló la identidad tejana con la supremacía de una comunidad sobre la otra. Es un proyecto, el olvido activo de la historia, pero no hay que creer que la película lo hace suyo—es una de las opciones que presenta a sus personajes tomando. La imagen del viejo drive-in destrozado alude al cine como perpetuador de mitos de separación y contraste—en la película que veían cuando los separaron a ellos, una blanca y una negra huían atadas una a otra por un bosque. Ahora la pantalla está en blanco—pero es sólo la pantalla representada en la pantalla que vemos. La auténtica pantalla no está en blanco, y esa muestra cómo no podemos olvidar El Álamo, cómo estamos hechos de historia y la acarreamos en nuestro propio ser—y que sólo hay que excavar un poco para que salgan a la luz los esqueletos escondidos.
Lone Star. Writer and dir. John Sayles. Cast: Stephen Mendillo, Stephen J. Lang, Chris Cooper, Elizabeth Peña, Oni Faida Lampley, Eleese Lester, Jose Stevens, Gonzalo Castillo, Richard Coca, Clifton James, Tony Frank, Miriam Colon, Kris Kristofferson, Jeff Monahan, Matthew McConaughey, Joe Morton, LaTanya Richardson, Eddie Robinson, Ron Canada, Chandra Wilson, Tony Armendola, Gordon Tootoosis, Frances McDormand. Music by Mason Daring. Photog. Stuart Dryburgh. Ed. John Sayles. Prod. des. Dan Bishop. Art dir. J. Kyler Black. Assoc. prod. Jan Foster. Exec. prod. John Sloss. Prod. R. Paul Miller and Mggie Renzi. USA: Columbia / Castle Rock / Rio Dulce, 1996.*
Comentario de la película de Charles Chaplin MONSIEUR VERDOUX (1947), con atención a las dinámicas ambivalentes de identificación y de abyección propuestas por el film, y a la relación de éstas con el contexto cultural, ideológico y personal/psicológico de su creación.
Vemos con gusto la película de Alejandro González Iñárritu, Biutiful, con Javier Bardem y su premio a la mejor interpretación en Cannes.
BIUTIFUL : BANDE-ANNONCE VOST HDCargado por baryla. - Mira películas y shows de TV enteros.Qué decir, sino que está tan bien rodada como Amores perros, 24 gramos o Babel, y que la disfrutarán aquéllos a quienes les gustaron esas películas. Pertenece al género del... neorrealismo mágico sucio, diría yo, una especie de Ladrón de Bicicletas combinado con El Sexto Sentido, con Los lunes al sol... y... pues eso, con amores muy perros. Si algo podría reprochásele a la película (y una vez aceptados los diálogos con los muertos y las almas-polillas que van a parar al techo) es una voluntad demasiado sostenida de estilo, colores de tonos consistentemente fríos, tanto en la fotografía como en el guión. Pero eh, que no soy yo nadie que quiera echar en cara estilismos y estilizaciones, aunque.... sí, sí que son un poquito artificiosos cuando los estilismos pretenden a la vez pasar por realismo sucio, del de sábanas meadas y fregadero con roña. Las desgracias de este hombre, "Uxbal", catalán supongo que será, aunque aquí nadie dice ni media de catalán, en esta Barcelona.... menudo corte de mangas al catalanismo, por cierto. A lo que voy, que sus desgracias son demasiado tremendas, sistemáticas e inflexibles. Está metido no sólo con la mafia china, sino con la negra. Y con constructores contratadores de ilegales. Tiene cáncer con metástasis, y encima cuando puede se mete una raya de coca. Su mujer, de la que está separado, es un putón verbenero y está mal del cráneo, bipolar como una gaseosa. Encima le pone cuernos con su hermano. Y por lo que se ve ha vuelto con ella ya un montón de veces (aquí lo vuelve a hacer y deshacer)—oye, parece como que el bueno de Uxbal hace lo que puede por contribuir a sus propios males... Lo único que redime su vida son sus hijos, y la ternura al ver sus dibujos da título a la película: "Pirineos is Biutiful", escribía el pequeño Mateo—pero a la excursión de los pirineos no va Uxbal, aquí todo pasa en una Barcelona barriobajera. Ni va su hijito, pues el padre delincuente y la madre chiflada estropean hasta el mísero sueño de excursión que se habían montado. Ahí sigue el ideal, y nos dice la película que son importantes, que funcionan por mínimos que sean—pero aquí está reducido desde luego a su mínima expresión. Uxbal dentro del desastre de su vida sí se va ocupando de sus hijos, aunque de mala manera. Como padre tampoco es que sea una joya, aun si se nos presenta esto como el aspecto más redentor de su vida. Como hijo, vende la sepultura del padre para sacarse unas perras, él y el camello de su hermano. Aprovecha para ver el cadáver, embalsamado, antes de cremarlo—y contacta en cierto modo con el espíritu del padre. Tiene poderes videntes, algo que para mí es innecesario en los arrabales de Barcelona, pero en fin, muchos deben encontrar consuelo para sus míseras vidas en esas videncias. A los muertos los ve como mariposas psíquicas en el techo, o como reflejos en los espejos. También acaba viéndose a sí mismo en el reflejo, después de mucho mear sangre y después de mucho remordimiento. La fotografía y el enlace de imágenes están llevados con una precisión infalible y un sentido poético de la combinación de imágenes muy potente—te mete en la historia, a pesar de los esfuerzos de algún actor por sacarte de ella. Una de las cosas que más impactan de la película es el submundo alrededor de los inmigrantes ilegales, vendedores sin licencia, y obreros explotados en talleres clandestinos. Es una realidad española muy presente (o latente más bien bajo la superficie) auque se hacen pocas películas sobre ésto, al menos pocas buenas y que tengan eco. Supongo que una de las reflexiones a las que nos lleva el guionista/director es la manera en que el bien y el mal están entremezclados—en Uxbal, que a la vez explota a los inmigrantes y les busca soluciones y un margen donde existir, pero por el mismo razonamiento podríamos decir que en el cabronazo de policía al que soborna Uxbal para que los persiga sólo según y como, o en la mafia china que les da trabajo.... si empezamos, no acabamos. La imbricación química de bien y mal llega a su extremo cuando mueren todos los trabajadores chinos del taller clandestino, precisamente porque eran defectuosas las estufas que había comprado Uxbal para que estuvieran calientes. ¿Explotador homicida, o pobre benefactor frustrado y atormentado? Las dos cosas. Las personas aparecen aquí atrapadas en su situación e incapaces de salir de ella, haciendo allí el bien y el mal dentro de la longitud de onda que les es dada. Peor imagen que Uxbal sacan los chinos homosexuales que llevaban el cotarro—al parecer, uno mata al otro para silenciar su papel en todo el asunto, tras aparecer los cadáveres en la playa de la Barceloneta. Pero esto no me queda muy claro. Uxbal hace caso a una bruja colega suya, de alguna asociación subterránea de brujos videntes, y se enfrenta al hecho de que va a morir. Le preocupan sus hijos, y procura sacar dinero para que al menos alguien cuide de ellos de momento (su mujer es un desastre sin remedio, y el hermano otro que tal). Amenazando a los chinos, consigue su parte del dinero, y se lo da a una negrita a la que había acogido en su piso—al desmontarse por un golpe de la policía el tinglado de los negros que también llevaba Uxbal. La negrita tiene sus propios problemas y está en un tris de irse a Senegal con la pasta—pero quizá por un besito de despedida que le da el pequeño Mateo al dejarlo en el cole, se da media vuelta en el aeropuerto, toma una decisión moral al menos parcialmente altruista, y parece que se encargará de cuidar a los niños, no queda claro a título de qué, pero bueno, aquí la realidad oficial es puramente teórica, y la realidad del día a día es muy otra.
La película empieza como acaba, repitiendo la última conversación de Uxbal con su hija, antes de morir—le pasa el anillo de la familia, que esperemos encuentre mejor asentamiento en el futuro de la niña. Y, ya muerto, le sigue hablando en espíritu, y se reúne con su padre (a quien no conoció sino cadáver) en el más allá, en un bosque psíquico, extraído de la última foto que guardaba de su padre. Con este más allá precario, también hecho de restos atesorados de cosas familiares, se abre y se cierra la película. González Iñárritu también dedica la película a su propio padre, otro González, un roble (aunque el bosque es de pinos). Al final, nos refugiamos de los males del mundo en los afectos familiares—aunque haya que inventarlos—y en algún más allá que construimos con cuatro palos, a falta de otra cosa, cuando la vida da para poco.
Un ataque súbito de cojera le dio a Álvaro ayer; lo tuvimos que llevar a la clínica Montpellier y así me perdí Queen Kelly, la última película que cerraba el ciclo dedicado a Erich von Stroheim en el aula de cine de la Universidad. Por lo menos conseguí, anteayer, ver La Marcha Nupcial. Por cierto, las dos protagonistas y "rivales amatorias" por así decirlo, son, las dos, cojas.
Una de las cojas es Zasu Pitts, a quien veíamos como Trina en Avaricia (por cierto, reaparecen por aquí varias de las caras de esa película, aunque ahora son vieneses, no californianos). La otra es Fay Wray, una Fay Wray morena, que aunque también se ve aquí en brazos de un gorila, no tiene todavía ocasión de contribuir a su reputación como una de las mejores gritadoras de Hollywood. Pues la película es muda—diría, "claro", pero no tan claro—el cine mudo tiene sonido, banda sonora musical, y hasta voces o gritos o canciones cuando los directores lo estimaban oportuno. Esas sorpresas te da el cine clásico a veces... Por ejemplo, La Marcha Nupcial es en blanco y negro ("claro"), pero de repente, en una escena determinada, un desfile militar, van apareciendo colores, y durante unos minutos se convierte en una película en color. En cuanto a sonido, el que se oye son las risas del Hombre de Hierro, una estatua de Viena que ríe cuando vuelve a la vida y frustra las ilusiones de amor de una joven enamorada—a modo de siniestro emblema de a dónde van a parar semejantes ilusiones. Con cierta frecuencia al menos—y así sucede en esta película, que termina entre las risotadas del Hombre de Hierro. Resumen adaptado de IMDb:
Prince Nikki, Lieutenant of the Guard in pre WWI Vienna, is flat broke, but the only advice he gets from his parents is either to shoot himself or to marry money. During the Chorpus Christi parade his horse accidentally hurts poor Mitzi, the daughter of inn-keepers in a Viennese suburb, who is, according to the wishes of her parents, going to marry the butcher Schani. When Nikki visits her at the hospital, they fall in love, much to the dislike of her parents and Schani. Nikki's parents, meanwhile have arranged a prospective marriage with Cecilia, the limping daughter of a very rich non-aristocratic industrial. Due to the fact, that Nikki's father is a general in the Austrian-Hungarian Army, resistance is useless. When Mitzi, after hearing of it, is still refusing Schani's proposal, he vows to shoot Nikki when he leaves the church.
Añadiremos que Nikki es un cínico total, no un idealista enamorado como podría parecer del resumen. Seduce a una mujer tras otra, y lo único que hace destacar a Mitzi entre la serie es que es chica "decente" de clase media— y que Nikki se encapricha un poco más. O quizá sea sólo que la película va sobre ella. Es de suponer que Nikki seguirá su carrera de orgías y seducciones, como hace su padre, tras el matrimonio—sólo que no se encontrará en las orgías a Mitzi, porque a ella la espera un matrimonio desgraciado con el brutal carnicero de su novio, una mezcla entre Hitler, lechuguino y forzudo de circo en lo que a estética se refiere. Mitzi, que cojeaba por el accidente, juega a las ilusiones de amor, a Romeo y Julieta, cortejando bajo un manzano en flor con Nikki, pero éste nunca le promete nada, a no ser que "siempre la amará"—y quizá lo haga, a su manera, como Frank Sinatra. A la cojita no le espera mucha felicidad—para empezar, en la misma boda le da Nikki un ramo de flores de manzano para enviar una señal privada quizá a Mitzi, quizá a sí mismo —o más probablemente al espectador, que debería deducir de ahí una cierta rotura de corazón del donjuán, pero más bien deduce que es posible la compenetración perfecta de nostalgia romántica y cinismo. A la puerta de la iglesia no sabemos si Nikki ve las flores, pero ha ido allí para impedir el asesinato de su seductor. Allí mismo le promete al carnicero, que llevaba una pistola en el bolsillo, que se casará con él—aunque no le gustaba ni cuando eran novios, y después la había intentado violar, a la par que le explicaba que "no hay muchos hombres tan tolerantes como yo".
En fin, que la película sigue su curso—comienza ambientada en una decadente Viena imperial, y va mostrando algunos aspectos de la decadencia en detalle, en especial en la degradada familia aristócrata, que arregla el matrimonio de Nikki como un desvergonzado arreglo financiero del príncipe Ottokar, padre de Nikki, con el padre de la segunda cojita—un próspero comerciante en busca de ascenso social. El matrimonio se concierta en una magistral escena de burdel, filmada con un dinamismo pocas veces visto en las películas de esta época, una perfecta combinación de música (la Rapsodia Húngara de Liszt), imágenes agolpadas, caricaturas grotescas de generales borrachos y prostitutas, negros y negras encadenados como camareras de fantasía, superposiciones de fotogramas, y unos abrazos nauseabundos y babosos entre el mercader y el aristócrata, sesentones bebidos los dos. Nikki había encargado a sus padres que le buscasen esposa rica, que llevaría a la que cayese en suerte al son de la marcha nupcial hasta el altar, con tal de que tuviese dinero. Total, que el prostituto también es él, aunque sea por buen precio, vende su vida entera. Pero, como le recuerda su madre, otra cínica, cuando le anuncian cuál será su esposa, "el amor es una cosa, y el matrimonio es otra—n'est-ce pas, Ottokar?"
En suma, una película cínica y desengañada sobre las motivaciones humanas y sobre lo frágil de las ilusiones y los sentimientos, cuando se topan con el interés egoísta y con el peso de las circunstancias. La risa del hombre de hierro, al final, parece burlarse no sólo de las ilusiones de Mitzi, sino de las de quienes piensen que el amor y el matrimonio andan del brazo mientras suena la marcha nupcial. A saber en cuántas bodas, como en ésta, cojea la novia de algún pie, o el novio está mandando pensamientos secretos a alguien. Lo más parecido a un acto de amor es el sacrificio de Mitzi entregándose al carnicero hitleriano, pero aun allí las circunstancias presionan a favor de hacerle correr un tupido velo sobre su aventura, y buscar en un matrimonio arreglado una solución que sea aceptable para su círculo social. Mucho tiempo puede que viva Mitzi (Fay Wray murió hace sólo seis años) añorando una historia de amor idealizada pero lastrada con tantas circunstancias negativas que es ella misma tan falsa como el matrimonio que, por comparación, la hará aparecer como un bello interludio de ilusión. Al haberse perdido La luna de miel, continuación de esta película, podemos imaginar cualquier variante sobre motivos de desilusión.
La fotografía está mucho más desgastada de lo que dejan suponer las imágenes de la película que se ven en Internet. El tiempo no pasa en balde, y tampoco sobre la estética de la película, evidentemente. Hablamos de cine histórico—aparte, hoy no se llevan galanes tan antipáticos como este hombre al que nos gusta odiar, les dan directamente el papel del villano.
The Wedding March. Dir. Erich von Stroheim. Written by Erich von Stroheim and Harry Carr. Photog. Hal Mohr and Ray Rennahan. Art dir. Richard Day. Ed. Frank Hull. Cast: Erich von Stroheim, Fay Wray, Zasu Pitts, Matthew Betz, George Fawcett, Maude George, George Nichols, Dale Fuller, Hughie Mack, Cesare Gravina, Anton Vaverka. USA, 1928.
"A Wonderful, life-affirming picture" (The Times).
"Es 1961, y una chica de 16 años lista y atractiva, Jenny (CAREY MULLIGAN) se encuentra al borde de transformarse en mujer. Ahogada por el tedio de la rutina adolescente, Jenny no puede esperar a que comience la vida adulta."
"De Nick Hornby, guionista de High Fidelity y About a Boy, nos llega este drama cautivador, divertido y conmovedor sobre la iniciación a la madurez, basado en las memorias de Lynn Barber. Con una llamativa interpretación de Carey Mulligan, nueva en el mundo del cine, An Education presenta un repato estelar con Peter Sarsgaard, Alfred Molina, Rosamund Pike, Dominic Cooper, Olivia Williams y Emma Thompson.
"Una interpretación de Carey Mulligan que la convierte en una estrella".
Jenny es la hija única y la ilusión de padres extremadamente pequeñoburgueses, pero habla francés y sueña con ser como Juliette Gréco, cuya música se oye con frecuencia de fondo. Es guapa y destaca entre las chicas del colegio; es violonchelista y la primera de clase. También su profesora de literatura la considera especial, y la anima en sus proyectos de estudiar en Oxford. Pero a Jenny se le hace pesado tanto latín... rechaza a su modesto aspirante a noviete, un chico formalito de su clase, para dejarse seducir por un hombre de mundo y vividor, David, que como buen seductor malvado es exquisito y encantador con ella y su familia. La colma de regalos y atenciones, la va llevando a la vida nocturna y al sexo, le hace desistir de sus proyectos intelectuales, para cambiarlos por viajes, cenas y nightclubs... y la va iniciando en la mentira deliberada, primero frente a sus padres, luego frente a sí misma. La sorpresa viene para Jenny cuando ve que David le mentía a ella con la misma serenidad y elegancia que a los demás. Un viaje a París encantador, la ilusión de su vida, coches deportivos, amigos divertidos... pero cuando va descubriendo de dónde viene el dinero de David, de robos, trapicheos, estafas y chanchullos, no se echa para atrás. Al final descubre que está casado y que ella es sólo una más de una serie de seducidas. Pero ni su familia ni ella pueden culparlo del todo a él, pues han de reconocer que se han cegado a sí mismos voluntariamente.
Al final Jenny reconduce su vida, y se refugia de la desilusión en su familia, todos estafado. Retoma sus estudios y va a Oxford—y se vuelve como su profesora, a la que había despreciado por lo limitado de la vida de trabajo y aburrimiento que le ofrecía. Que nada sale gratis en la vida, vamos (aunque a las chicas jóvenes y guapas sí se las invita mucho). Curiosamente, nadie le explica a Jenny que la alternativa que se le presenta está entre vivir de su trabajo independiente o pasar a vivir de su atractivo como objeto erótico-sexual. Y la elección "correcta" se hace sólo porque David era bígamo, no por una elección consciente y deliberada entre las dos formas de vida. Vamos, que la senda del pecado era realmente más tentadora que los estudios de letras... para quien resultase elegible para la vida muelle. Y la educación se produce muy a su pesar—se sospecha uno después de todo que quien puede permitirse ser Juliette Gréco, de verdad, no se dedica a estudiar Filosofía y Letras.
He estado varias horas viendo Greed, de Erich von Stroheim. No la versión original de nueve horas, que ésa se perdió en los años 20, ni la versión acortada a dos horas y pico que sacaron los productores por encima del cadáver viviente de Stroheim, sino una versión reconstruida en 1999, utilizando la música y el guión y los fragmentos disponibles, y completando el resto, hasta cuatro horas, con fotos fijas del rodaje. Curiosa experiencia, que te lleva desde luego muy vívidamente a los orígenes del cine moderno. Las fotos fijas tienen cualidades a veces goyescas, con las caras grotescas y gestos deformes de gentes de la vida vulgar y fealdad insondable. Otras veces son un documental fascinante de la América de los primeros años del siglo XX, con mucho aún de la Gilded Age adherido a ella, y hasta del Oeste versión cutre, repeinada, con chaqueta y con flequillo. Todavía sigue el ciclo de Von Stroheim en el Cerbuna (todo una regresión al pasado para mí por otra parte, cada vez que me acerco al Cerbuna)... Así que aún podéis ver The Wedding March el lunes y Queen Kelly el martes. A las seis, y gratis. No va casi nadie—desde luego no los estudiantes del Cerbuna, ni nuestros estudiantes de cine del departamento (ni los profesores, vamos)—a ver estas "Joyas del Cine Mudo".
Greed está basada en McTeague, novela naturalista de Frank Norris, el Zola norteamericano. Y mucho tiene de la escuela de Zola, ciertamente: es la historia de un muchacho que asciende de una familia trabajadora con padre borracho, hasta rozar la clase media y casi asentarse en ella—luego desciende, desciende, hasta las profundidades de la brutalidad doméstica, la borrachera y el crimen. La película termina con una famosa escena en el Valle de la Muerte, con McTeague esposado al cadáver de Marcus, su antiguo amigo y ahora su némesis particular, que ha venido a vengar el asesinato de Trina, prima suya a quien él también pretendió, y a la que cedió "galantemente" a su amigo McTeague. Aunque Marcus, como tantos otros personajes, está movido más bien por los resortes casi mecánicos de la Avaricia, pues su resentimiento con McTeague viene de haberse perdido un premio de lotería que ganó Trina justo tras comprometerse con McTeague. Esta historia de avaricia demencial, está replicada en argumento secundario por otro crimen doméstico que prefigura el de McTeague—María, la chatarrera que se casa con el judío Zerkow, y es asesinada por él, éste enloquecido por las fantasías de ella de tesoros imaginados. La miseria es ambiental en la película, aun entre las clases medias de las que viene Trina, y que tienen que cuidar cada céntimo. Trina misma va volviéndose una tacaña patológica, y sus retorcidas economías domésticas contribuyen a enloquecer a McTeague. Claro que la caída de éste viene precipitada por dos cuestiones: primero, pierde su empleo de dentista, amenazado con denuncias por el Colegio de Odontología, pues ejercía sin título. Segundo, la Herencia y el Alcohol y la Avaricia, esas versiones naturalista-zolescas del Destino Fatal, vienen a por él como las tres brujas de Macbeth o como quien se cobra un pacto satánico—y lo convierten en la Bestia Humana. Es curioso ver en la película casi un viaje temporal de ida y vuelta, desde el mundo de la mina que abre la película, puro Viejo Oeste de peleas y de sacamuelas charlatanes, hasta el siglo XX de luces de neón, ferias mecánicas, y prosperidad burguesa, cuando McTeague se casa con Trina y todo parece ir viento en popa. Es la generación de nuestros abuelos, ascendiendo poco a poco de la miseria a una modesta prosperidad, a base de trabajo y privaciones. Nos vamos adentrando en el siglo XX, dejando atrás al salvaje Oeste... Pero el tiempo de repente se mueve hacia atrás. La misma modernidad, con su control sanitario y su administración sistemática, acaba con el "Dr." McTeague, que había prosperado partiendo de mero aprendiz de sacamuelas. Tiene que cerrar su consulta, y empieza la miseria— vuelven el alcohol y el pasado, y la Avaricia, y el crimen. Trina no se quiere desprender de sus ahorros, y eso la llevará a la muerte, cuando su marido pasa de la brutalidad al asesinato. De hecho se cierra el círculo, y vuelve McTeague a la misma mina de donde salió treinta años antes, pero aún seguirá el viaje atrás, a través del salvaje oeste de los buscadores de oro, hasta culminr en en el valle de la Muerte con un final casi primigenio, tras una brutal pelea con Marcus, transformado de petimetre en vaquero cazarrecompensas. El simbolismo de von Stroheim está muy bien llevado, y mucho aprenderán de él otros cineastas, como él aprendió de Griffith. La cámara es estática, pero hay mucho trabajo de generales y primeros planos, y una edición bien llevada para organizar la percepción en la escena. Aunque, claro, es difícil asegurar aquí qué parte corresponde a von Stroheim y su editor, y cual a los reconstructores posteriores (donde mejor se aprecia el estilo es, claro, en las secuencias clave mejor conservadas). La línea de mirada entre los personajes que componen la escena no se atraviesa, y lo cual da un aire relativamente moderno a la cámara como observador virtual (o narrador omnisciente del naturalismo). La acción de la cámara se complementa, claro, con los paneles de texto, firmados para que no haya dudas "F.N."–también se abre la película, para recalcar su carácter de adaptación, con la novela de Frank Norris abriéndose a su vez, para invitarnos a su interior. Planos repetidos de manos acariciando oro recalcan el obsesivo tema de la Codicia (título alternativo de la traducción española)—aunque, como digo, más allá de la Codicia podemos ver una versión rediviva de L'Assommoir de Zola, con Herencia y Alcohol, con un arco de recorrido social un poquito más amplio, desde el lumpen hasta la clase media y vuelta a caer. El pajarillo que recoge al principio McTeague, y el que tiene luego enjaulado con su pareja, simbolizando su vida feliz con Trina, son otro símbolo recurrente. Descubrimos en la última escena que ha conservado la jaula, y libera al pajarillo, ahora otra vez solitario, en el Valle de la Muerte. Mucha historia—no sé cómo no cayó en la cuenta Von Stroheim de que lo que quería hacer era un serial; después de todo estas historias solían publicarse por entregas. Recuerdo que Greed fue una de las películas con las que me inicié en el concepto de arte cinematográfico. Desde los setenta quería ver yo Greed.Era una de las más resaltadas en el volumen de Historia del Cine de una enciclopedia temática que me compró mi padre, dirigida por Roger Caratini—aún recuerdo ahí la cara de preocupación de Von Stroheim manejando sus recortes de películas—o la escena de McTeague besando a Trina, que parece una monja, anestesiada en su sillón de dentista. La película está llena de hallazgos de este género—otro, se me ocurre, el contraste entre el pelo de Trina cuando lo lleva recogido como un gorro ruso, y cuando se suelta la inmensa melena para ir a dormir. La actriz Zasu Pitts es un tanto decimonónico-teatral suspirante en su manera de actuar; me gusta más Marcus, y los personajes secundarios (una galería muy dickensiana). Otro detalle, los zapatos de Trina de puntillas sobre las botas de McTeague, cuando éste la abraza para violarla en su noche de bodas (una relación un tanto sadomasoquista se apunta aquí—cuando McTeague se vuelve violento, Trina se somete malsanamente, aunque luego lo castiga controlándole los cuartos). Es desgarradora también la venta de las pertenencias de la pareja, primero las más irrelevantes, para pasar luego a la enseña de dentista, la muela dorada que le había regalado Trina, cuando McTeague se resigna ya a no volver a ejercer—y luego el acordeón con el que le había cantado una canción cuando la cortejaba, y el retrato de boda de los dos.... que aún recuperan, pero que luego vuelve a encontrar McTeague, rasgado, en la basura, rondando la casa de la que se ha ido. Cosas que ya quizá no le importan mucho ni a él—más, quizá, al espectador que ve su degradación. Aunque la identificación del espectador con el personaje es imperfecta, claro, en el naturalismo vemos a los personajes "desde arriba", como caricaturas despreciables y algo infrahumanas, y poco nos involucramos con ellos, por temor quizá a reconocer en nosotros a la Bestia Humana esa que tan evidente está en la página o en la pantalla. Nosotros estamos donde no aprietan la Miseria ni la Herencia ni el Alcohol, tranquilamente viendo cine clásico.
Viendo hoy una comedia "romántica" por así decirlo, 2 Days in Paris, escrita, dirigida y protagonizada por Julie Delpy, con Adam Goldberg como su parejo (aquí trailer en IMDb), y los padres de Delpy como los falsos suegros. No es peor que las de Woody Allen. Un cápol de francesa y norteamericano, neoyorkinos, pasan un par de días por París y allí atraviesan por la crisis que decidirá si se separan o se refuerza su relación. Al final pasa lo segundo, aunque toda relación de pareja parece precaria en esta película, sobre todo porque el humor se articula en torno a la promiscuidad de los franceses y de ella en particular. La francesa se encuentra sucesivamente con toda su colección de exes y le provoca un choque cultural al americano que creía que iba de liberal liberado por el mundo. Ella ve normal mantener una relación de amistad con los X, Y, Z... Para él, si se rompe es adiós muy buenas radical y para siempre. Lo más divertido de la película aparte del culture shock y choque de personalidades es cómo sus diálogos están la mitad en un francés (coloquial) que no entiende para nada el americano, con muchas de las escenas transcurriendo así en dos planos, o despertando suspicacias infundadas en el maromo, que de todo tipo de escenas hay. Pero el bilingüismo no la hace más fácil de seguir.
Podría ser ésta (quizá junto con Eternal Sunshine of the Spotless Mind) el modelo y arquetipo de película para estudiar eso que Giddens llama el tipo de relación amorosa típica de nuestra modernidad, el confluent love, la pareja que tiene que estar trabajando constantemente la comunicación para mantenerse a flote en una sociedad donde las relaciones personales amenazan con ser transitorias, no parejas con una presunción de duración sino una confluencia entre individuos que dura lo que dura el interés o beneficio que sacan uno de otro. El interés hay que trabajárselo, y el proyecto común dura lo que dura la voluntad de dedicación mutua a la "relationship". Aquí parecen los dos vagamente antiniños, o al menos no muy interesados en la cuestión—más dedicados a mantenerlos a raya que a cimentar la pareja con ellos, por cierto... así que eso, muy sindromática de la generación peter pan, que ya andan cerca de los cuarenta pero siguen teniendo un trato estudiantil entre ellos, probablemente hasta que pete la relación. El mensaje explícito es que no se habían conocido de verdad, y que evitaban enfrentarse al pasado respectivo (o al de ella quizá)—que a París van no a pasar unos días fantásticos sino a aprender, un tanto a su pesar, que una relación se debe basar en la aceptación y la confianza. En todo caso, mejor si vuelven esta pareja a NY, que está claro que muchos días más de París serían una tensión excesiva. Si quieren romper, siempre les quedará París. Ya decía T.S. Eliot que el hombre no puede soportar demasiada realidad—y es cierto que no puede, ni solo ni en compañía.
Viendo por fin Infiltrados (The Departed), la aclamada película de Martin Scorsese. Con excelentes actuaciones de Jack Nicholson, en uno de sus satánicos papeles, Matt Damon, Leonardo DiCaprio... y Martin Sheen, que es la segunda película suya que veo este fin de semana.
El argumento, ya se sabe: "dos hombres en lados opuestos de la ley están infiltrados en la Policía Estatal de Massachusetts y en la mafia irlandesa, pero hierven la violencia y la sangre derramada cuando se descubren cosas, y se envía a los topos a averiguar la identidad de su enemigo". Es pues una película de espías, que se adentra bastante terreno en la paradoja del espía. A saber: la identidad es un constructo basado en la interpretación de un rol, y la identidad del espía, más. La identidad del individuo está garantizada por el grupo: la identidad social o profesional, por el círculo inmediato, familia, amistades y círculo laboral del sujeto. El espía infiltrado en un círculo adquiere una identidad provisional que superpone a la suya "auténtica". Pero un buen espía debe ser un infiltrado total, es decir, ser parte activa de la organización o círculo en el que se inflitra, y trabajar para él tanto como para quien le envía a espiar. Por eso el espía tiende por definición al caso del agente doble, y triple, y cuádruple—según cuál sea la maniobra informativa en concreto para la cual esté utilizando los recursos de que dispone provenientes de cada una de sus dos identidades básicas. Esta tendencia se agudiza si su identidad originaria o básica es dudosa, endeble, problemática o inestable—caso frecuente que tal vez le haya llevado a convertirse en espía, to begin with. La amenaza de recursión al infinito, o de reducción al absurdo del papel del espía, es lo que podemos llamar la paradoja del espía.
Este es el tema de la película y de su original del cual es un remake, la película de Hong Kong Asuntos infernales (2002). Pero dice Roger Ebert que "I am fond of saying that a movie is not about what it's about; it's about how it's about it. That's always true of a Scorsese film." ("Me gusta decir que una película no va sobre lo que va, sino sobre la manera en que va sobre lo que va. Eso siempre es cierto sobre las películas de Scorsese"). Aquí vemos las vidas paralelas de dos chavales del barrio pobre de irlandeses en Boston. Vemos cómo los dos crecen para volverse infiltrados, uno en la mafia, el otro en la policía. Colin Sullivan (Matt Damon) y Billy Costigan (Leonardo DiCaprio) compiten en desenraizamiento, en habilidad a la hora de mantener su doble juego, y en capacidad de intriga para atrapar a su sosia o imagen especular. También compiten en la historia sentimental como amantes de la misma psicóloga (con poca psicología aplicada, ella) y, símbolo de la intercambiabilidad o precaria identidad que los une, serán los dos (o quizá sólo uno de ellos) padres del niño de su chica. El juego doble del adulterio se cruza aquí con el de la falsa identidad, y tampoco la psicóloga Madolyn sabe muy bien a qué juego está ella jugando.
El juego del espionaje genera de por sí infiltración y agentes dobles, y ninguna organización está inmune. Se crean divisiones internas, suspicacias entre agentes, al saber que hay un inflitrado, pero también al saber que hay unidades especiales con información privilegiada: los policías son espiados por policías, y de hecho esto lo utilizará Colin Sullivan (encargado de "encontrase a sí mismo" en la policía) para seguir la pista a Costigan, a través del capitán Queenan (Martin Sheen) que fue quien le reclutó para el trabajo.
Un par de buenos párrados de la reseña de Roger Ebert:
"La tensión de la historia, que es considerable, se basa en la naturaleza humana. Tras varios años, ambos hombres llegan a identificarse con los hombres a los que engañan, y a desear su aprobación. Esto puede ser una variante del síndrome de Estocolmo: de hecho, lo vemos todos los días en políticos que se consideran servidores públicos aunque de hecho son ladrones. Si vas a ser un gángster convincente, tienes que estar preparado para cometer crímenes. Para ser un poli convincente, tienes que estar preparado para atizarles a los malos, incluso a algunos que conoces. Protege a tus auténticos jefes, y te harás sospechoso. Infiltrados da una vuelta más de tuerca porque tanto uno como otro sólo es conocido por unos pocos de los hombres del bando para el que trabaja. Si matan al jefe de Billy Costigan, al capitán Queenan, ¿quién puede testificar que Billy es en realidad un policía? A este círculo vicioso se le añaden unas ingeniosos niveles adicionales con los artefactos modernos de los teléfonos móviles y los ordenadores. Cuando se cruzan las trayectorias de los dos infiltrados, como acaban por hacer, ¿terminarán a uno y otro lado de la misma llamada telefónica? Cuando los polis sospechan que tienen un informador entre ellos, ¿qué pasa si le asignan al informador que se encuentre a sí mismo? Las trampas y traiciones de la vida encubierta quedan dramatizados en uno de mis momentos favoritos, cuando le dicen a uno de los personajes: "Te di la dirección equivocada. Pero fuiste a la que era".
Y una nota sobre la reflexividad inherente a las películas de espías: vemos actuación sobrepuesta sobre actuación, una espesa capa de láminas de significado, como en las comedias de Shakespeare cuando hay teatro dentro del teatro, o cuando (en Twelfth Night o en As You Like It) hay travestismo complejo, y un muchacho interpreta el papel de mujer disfrazada de hombre. La duda sobre la sustancia de la identidad acecha:
"Hemingway decía que si te sientes bien después, has hecho bien, y si te sientes mal es que has hecho mal. Colin y Billy se sienten mal todo el rato, y así sus vidas suponen una actuación que es una mentira. Y esta es la clave para las interpretaciones de DiCaprio y Damon: por la naturaleza de las películas creemos que la mayoría de los personajes actúan o hablan por sí mismos. Pero virtualmente en cada momento de esta película, excepto en unas pocas escenas clave, ellos no lo hacen. Los dos actores transmiten este conflicto interno atormentador de de modo que lo notamos y sentimos, pero no lo vemos—no van agitando banderas para llamar la atención sobre sus engaños" (Ebert).
Uno de los límites ideales de la paradoja del espía se da cuando (una vez destruido su anclaje secreto y precario en la organización que lo envió), el espía se encuentra abandonado en tierra enemiga, que es donde tiene ahora la identidad más sólida. Como el Enrique Cuarto de Pirandello, atrapado en su propio juego y obligado a seguir interpretando para siempre el papel que creía que podía interpretar—la máscara ahora pegada a la piel, y convertida en nueva cara.La tentación aquí es, pues, la inversión de papeles– muerto el satánico capo Frank Costello, y toda su banda—y una vez eliminado su alter ego o mala conciencia de un sorprendente tiro en la frente que le dan sus "compañeros", Colin Sullivan puede pasar ahora por un agente limpio y recto—en caso de que algo se descubra de sus trapicheos, siempre podrá decir que era un infiltrado en campo enemigo. Peligra la identidad delincuente de Sullivan, igual que peligraba la identidad policial de Costigan debido al carácter secreto de su misión, que lo desvinculaba de casi todos los policías. La identidad es un sistema de información, y lo esencial es asegurar su coherencia. Si ciertos anclajes se eliminan, la coherencia de la identidad del espía puede verse súbitamente alterada. Y parece que esa va a ser la resolución de la película, pero hay un hilo suelto, claro—Colin Sullivan no ha matado a su novia, aunque Costigan le ha revelado a ella la secreta identidad criminal de Colin. Y quizá no la ha matado porque (con ella) no está actuando al cien por cien, sino sólo al cincuenta por cien (como hace ella con él, por otra parte, otra infiltrada). Y quizá o quizá no es ella la que contacta con el último peón suelto, el teniente del servicio secreto, socio del difunto capitán Queenan—que sin dar mucha conversación sorprende a Sullivan y le vuela la cabeza sin darle tiempo a resolver sus crisis de identidad. Muertes simétricas, también, con la de Costigan.
Con lo cual este último policía-sorpresa (Mark Wahlberg) se convierte, claro, en un asesino de policías (aunque fuese de un policía falso, no se sabía) y en un vigilante que es a la vez policía, juez y ejecutor. Una figura quintaesencialmente americana, claro—el justiciero fuera del sistema. Porque el sistema genera su propia corrupción, y su propia imagen especular o negativa, su alter ego indeseable. Y cuando no lo hace por extrusion, lo hace por intrusión. El funcionario corrupto, el político corrupto, son a la vez probos ciudadanos, y también son infiltrados más o menos activos, enviados por sí mismos, o activados en momentos clave por sus redes de contactos para mover un papel que no moverían en otras circunstancias, o para aplicar una ceguera selectiva y puntual. Y volver luego a ser quienes eran, o quienes creen que son.
Otra película sobre infiltrados y sobre la paradoja del espía que he comentado antes por aquí es Lobo, de Miguel Courtois, que va sobre la infiltración en un comando etarra del famoso agente doble que respondía (o no) a ese alias. Y otra más es Munich de Steven Spielberg, sobre los terroristas antiterroristas de los servicios secretos israelíes.
Sobre la manera en que los secretos a la vez constituyen parte importante de la realidad y a la vez hacen inestable la realidad, puede leerse el artículo "Secretos, anagnórisis, retrospección, realidad". Pero sobre la lógica o doble lógica del espionaje, y de los juegos de estrategia y simulación a que conduce, hay que leerse (y es imprescindible) el libro de Erving Goffman Strategic Interaction. Aquí hay un comentario parcial: "Teoría paranoica de la observación mutua". Infiltrados va más allá de la mera película de espías, pues la inseguridad del yo alcanza límites metafísicos y analíticos. Llega a la categoría de película goffmaniana. Y también es más cosas, y tiene otras facetas, como todo el mundo.
Ayer nos vemos no una, sino dos películas sobre el Camino de Santiago, probablemente un exceso. En la tele, echaban una alemana, Te acompañaré hasta el fin del mundo—sobre una mujer en una crisis matrimonial. Hará el camino de Santiago con su padre, y éste muere durante el camino. La hija lleva sus cenizas hasta Finisterre, y las esparce al viento. Aunque su marido va a esperarla a Santiago, decide divorciarse a la vuelta, y reanudar su vida consigo misma, y sus hijos, en casa del padre. En el camino se revive la vida, se repasa lo hecho, se cuestiona y se reelabora la identidad personal. La otra película, The Way, de Emilio Estévez, la estrenaban esta semana. Muestra a un padre sesentón, Tom (Martin Sheen, padre del director—e hijo de gallego) saliendo de su rutina profesional, al decidir completar el camino de Santiago en lugar de su hijo (Estévez), que murió por accidente justo al empezarlo. Con el hijo no se llevaba, pero ahora lo entiende mejor y también reorienta su manera de vivir. El camino lo comparte con un grupo de peregrinos, a los que va revelando a regañadientes lo que está haciendo, a medida que se lo revela a sí mismo. Entre ellos, la mujer con la que no ligará—una canadiense, maltratada por su marido y divorciada ahora. Viene a dejar de fumar, dice, y también a expiar remordimientos por haber abortado a la hija que podía haber tenido. Cosas que le pasan a la gente, vamos. Llegan a Santiago, ven la catedral, en una escena entre la rutina cotidiana y lo trascendental. También van a Muxía (por consejo de un gitano), y allí echa Tom en la orilla las cenizas de su hijo que ha venido transportando. En cuanto a la canadiense, no dejará de fumar, pero algo hace, aparte de andar mucho. Tom también cambiará de vida—trabajará menos y viajará por el mundo. La película tiene un toque de promoción turística para americanos, pero también es iniciática, retrospectiva y epifánica.
Ninguna de las dos películas es específicamente católica ni cristiana—y es que el simbolismo de la vida como camino trasciende a las religiones. Es una manera de enfrentarse a la vida, y a la muerte simbólica como llegada. Supongo que antes de que hubiese Santiago, ni Prisciliano, hubo quien siguió el sol no hasta Santiago, sino hasta Muxía o hasta Finisterre, y vio allí el fin del mundo, y volvió para contarlo. Y también hay quien tiene literalmente que echar a andar para salir de una situación de bloqueo emocional. Si quieres pensar algo dos veces, reconsiderarlo, da un paso atrás—con los pies, digo. Y si quieres salir de la situación en la que estás, echa a andar. Al parecer funciona.
Como reseña de las películas sobre el camino, podría servir este trocito de Pilgrim's Progress, de John Bunyan, del episodio "Christian and Hopeful in Doubting Castle", cuando a los protagonistas prisioneros los tienta el gigante Desesperación con el suicidio, como única salida de la prisión en que los tiene atrapados. Now, night being come again and the giant and his wife being in bed, she asked him concerning the prisoners, and if they had taken his counsel: to which he replied, They are sturdy rogues; they choose rather to bear all hardships than to make away with themselves. Then said she, Take them into the castle yard to-morrow, and show them the bones and skulls of those that thou hast already dispatched, and make them believe, ere a week comes to end, thou wilt tear them in pieces, as thou hast done their fellows before them. So when the morning was come, the giant goes to them again, and takes them into the castle yard, and shows them as his wife had bidden him. These, said he, were pilgrims, as you are, once, and they trespassed on my grounds, as you have done; and, when I thought fit, I tore them in pieces; and so within ten days I will do you. Go, get you down to your den again. And with that he beat them all the way thither. They lay, therefore, all day on Saturday in a lamentable state, as before. Now, when night was come, and when Mrs. Diffidence, and her husband the giant, was got to bed, they began to renew their discourse of their prisoners; and, withal, the old giant wondered that he could neither by his blows nor counsel bring them to an end. And with that his wife replied, I fear, said she, that they live in hopes that some will come to relieve them; or that they have picklocks about them, by the means of which they hope to escape. And sayest thou so, my dear? said the giant. I will therefore search them in the morning. Well, on Saturday, about midnight, they began to pray, and continued in prayer till almost break of day. Now, a little before it was day, good Christian, as one half amazed, brake out into this passionate speech: What a fool, quoth he, am I thus to lie in a stinking dungeon, when I may as well walk at liberty! I have a key in my bosom, called Promise, that will, I am persuaded, open any lock in Doubting Castle. Then said Hopeful, That is good news: good brother, pluck it out of thy bosom, and try. Then Christian pulled it out of his bosom, and began to try at the dungeon door, whose bolt, as he turned the key, gave back, and the door flew open with ease, and Christian and Hopeful both came out. Then he went to the outward door that leads into the castle yard, and with his key opened that door also. After that he went to the iron gate, for that must be opened too; but that lock went desperately hard, yet the key did open it. Then they thrust open the gate to make their escape with speed: but that gate, as it opened, made such a creaking that it waked Giant Despair, who, hastily rising to pursue his prisoners, felt his limbs to fail; for his fits took him again, so that he could by no means go after them. Then they went on, and came to the King's highway, and so were safe, because they were out of his jurisdiction.
Bastante recomendable es esta película, sobre el montaje de la guerra de Irak. Es película histórica sobre el caso de la espía Valerie Plame, y su marido Joe Wilson, que se vieron envueltos en las maniobras de la administración Bush para montar pruebas falsas que justificasen la guerra, y las denunciaron. La película, siendo estrictamente histórica, presenta los hechos la perspectiva de Plame y su marido, pues está basada en sus libros respectivos, escritos tras el caso, que fue muy sonado. Muy a cuento viene verla ahora que nos cuenta Bush junior en su autobiografía que él no estaba a favor de la guerra pero que sus colaboradores sí. Parece claro que en gran medida Bush se dejaba llevar, desde luego dejando los detalles a sus asociados. Claro que también dice cómo le cuenta a su papá que ha invadido Irak. Menuda cura para el Edipo.
Traduzco a continuación la reseña de Roger Ebert, del Chicago Sun-Times, que me parece reveladora de cómo se ve esta película en Estados Unidos:
Parece reducirse a esto la cuestión: la administración Bush había decidido ir a la guerra en Iraq. Buscando a toda prisa razones que justificasen la guerra, dio con unos informes de que una nación africana, Niger, le había vendido uranio a Iraq. Se envió a Joseph Wilson, antiguo embajador en Niger, a buscar pruebas. No encontró ninguna. De hecho, encontró que tales ventas habrían sido físicamente imposibles.
Su informe se ignoró. Fuimos a la guerra. Se citaron las inexistentes ventas de uranio. Wilson escribió un articulo en el New York Times dando cuenta de lo que había hallado, o no hallado, en Niger. En un intento de desacreditarlo, alguien de la administración le filtró al columnista del Chicago Sun-Times Robert Novak que la esposa de Wilson, Valerie Plame, era agente de la CIA.
El asesor de Cheney, Scooter Libby, fue juzgado y condenado por obstrucción a la justicia y perjurio, se le impuso pena de cárcel, y su pena fue rápidamente conmutada por Bush. Cheney se indignó porque no lo indultasen directamente. En la película vemos que Plame, utilizando una serie de alias, llevaba redes secretas de informantes en Bagdad y otras ciudades de Oriente Medio. Cuando la administración le levantó la identidad secreta, varios de sus informantes fueron asesinados, algunos informes dicen que 70. Entonces los apagafuegos de Bush filtraron la historia de que sólo era una "secretaria" de la CIA.
Aún se siguen apagando fuegos. Fair Game (Caza a la espía), de Doug Liman, basada en libros de Valerie Plame y Joseph Wilson, y protagonizada por Sean Penn y Naomi Watts, es extraordinariamente atrevida para ser una ficcionalización basada en hechos reales. Usando nombres auténticos y muchos hechos factuales, sostiene que (1) Saddam Hussein no tenía armas de destrucción masiva; (2) que la CIA lo sabía; (3) que la Casa Blanca lo sabía (4) que los planes de Cheney y sus neocons de la Casa Blanca exigían una invasión de Iraq a cualquier precio, y (5) que, por tanto, se ignoraron los hechos y fuimos a la guerra con razones falseadas.
Bien. Eso es lo que dice la película. Sin duda habrá disensión. A poca gente le gusta que los retraten como mentirosos y falsificadores. Lo que me pasma es que Fair Game no juegue al juego de usar nombres ficticios. Están todos ahí delante, incluyendo a Cheney ordenando personalmente que falsifiquen los informes secretos.
Naomi Watts se parece increíblemente a la auténtica Plame, pero eso es cuestión menor; lo que me resultó atractivo fue el tono serio y competente de su interpretación de Plame, que no se ve a sí misma como una heroína sino como una especialista cualificada. Tiene escenas en las que deja derrumbados a otros personajes diciéndoles lo que sabe de ellos y cómo puede usar esa información. Sean Penn interpreta al embajador Wilson, más combativo que su esposa, despechado por la manera en que los filtradores del gobierno intentan destruirlos. La película es realista sobre las maneras en que casi de deshizo el matrimonio Plame-Wilson. Lo que funciona bien es lo directa y factual que es Fair Game. No es una película panfletaria, un ataque airado. Wilson y Plame aparecen los dos como leales empleados del gobierno, no especialmente politizados hasta que descubren la información que no debían. Se sugiere que si el gobierno Bush no hubiese suprimido su información y no los hubiese ensuciado, podría no haber habido guerra de Irak, y millares sin cuento de vidas se habrían salvado.
Este tema ha estado tan envenenado por la desinformación que parece casi imposible una discusión racional. Supongo que la pregunta pasa a ser, ¿cómo de bien funciona Fair Gamecomo película? Sospecho que funcionará mejor cuanto más entres a la sala estando de acuerdo con ella. El retrato que hace del matrimonio Wilson-Plame es muy personal, basado en personalidades en conflicto sometidas a presión. Penn interpreta a Wilson como un idealista calenturiento, movido por la indignación. Watts hace de Plame una espía ideal: guarda secretos, se esconde, va por debajo del radar. Quizá preferiría que su marido hubiese sido "buen soldado" y se hubiese tragado lo que pensaba. Se ven rodeados por la atención de la prensa, y se encuentran ella con su trabajo en la CIA denigrado por los apagafuegos de Bush, y con sus contactos en el extranjero arrojados a la basura. Obviamente, Joe no impidió la guerra. Si se hubiese callado, el trabajo de ella en la CIA no se habría destruido.
Un elemento interesante de la versión que da la película es la desorientación total de George W. Bush. En esta versión, es posible que no se diese cuenta de lo defectosa que era su información sobre Niger. El que mueve los hilos es Cheney. Esa es la narración colectiva que se desprende de una serie de películas, como Nothing but the Truth de Rod Lurie y W. de Oliver Stone. Se deduce que quiso que indultasen a Scooter porque Scooter actuaba siguiendo órdenes suyas. Es improbable que Scooter hubiese actuado por cuenta propia. De las que he visto últimamente sobre la guerra de Irak, también recomiendo Green Zone, de Paul Greengrass—película de acción mucho más convencional, y más ficcionalizada, pero que a su manera sí denuncia también de manera adecuada el colosal (y a la vez transparente) montaje que rodeó la guerra de Irak. Eso fue lo más curioso: una falsificación a la vez tan trabajada y tan visible, para quien quisiera verla, claro. Algunos de los momentos más memorables de la película tienen que ver con Joe defendiendo su postura (idealismo intransigente, podríamos decir) frente a la actitud más acomodaticia de Valerie, que está dispuesta a dejar que el gobierno alegue pruebas falsas sin salirse ella de su papel—para ella es más importante la seguridad de sus contactos, y mantener su trabajo ordenado, antes que el asunto global de si va a engañarse al país para embarcarlo en una guerra. Es lo que se entiende por una buena funcionaria. Por suerte hay por ahí algunos bocazas irresponsables como su marido, que defienden los valores subyacentes de la república americana. Citaba Joe a Benjamin Franklin que le preguntaba una señora, ¿qué tipo de gobierno es el que nos dejan, señor Franklin? —"Una república, señora, si saben cuidarla".
Que ya hace falta cara dura, mover insinuaciones de nepotismo contra Plame, para hacerle el juego a un presidente de los USA que era hijo de otro presidente de los USA.
Quizá requiera algo de explicación el título, que es un juego de palabras ignorado en su traducción a la española. Fair game se refiere por una parte (con un toquecillo machista) a que Valerie Plame está buena, y que se puede ir a por ella (la secretaria entre ejecutivos, vamos). Por otra parte, se refiere a que "se abre la veda" para atacarla, que se le pueden echar los perros (y de eso va toda la segunda mitad de la película), o entregarla a la prensa: su pesadilla era verse en la portada de Vanity Fair. Y por último también se refiere a juego limpio, el que intenta practicar aquí sobre todo Joe Wilson, y el que no caracteriza precisamente a la administración Bush y a todos los que están interesados en seguirles el juego y dispuestos a sacrificar la verdad en favor de los intereses de la guerra y de ni se sabe quién.
Quizá a algunos ofenda en América, y quizá también aquí—desde luego en mi fila se levantó y se fue la mitad del público, no sé si porque estaban a favor de la guerra de Irak o porque se mareaban con la cámara, muy movida a veces. Se mezclan con habilidad muchos estilos de filmación—documental (con imágenes auténticas a veces, de los medios), película de acción y thriller político, con un resultado muy eficaz.
Fair Game. Dir. Doug Liman. Screenplay by Jez Butterworth and John-Henry Butterworth, based on the books The Politics of Truth by Joseph Wilson and Fair Game by Valerie Plame. Cast: Naomi Watts (Valerie Plame), Sean Penn (Joe Wilson). Music by John Powell. USA: Summit Entertainment, 2010.
Una buena película nos vemos en la Uni, cerrando el ciclo "la ley de la masa": The Chase (La Jauría Humana) (1966)" —en IMDb http://www.imdb.com/title/tt0060232/ Una población sureña, años 50-60, dominada por el magnate del petróleo y filántropo opresivo Val Rogers. Todos piensan que el protagonista, el sheriff Calder (Marlon Brando), que le debe su puesto a Rogers, se debe también a sus intereses. Como se deben todos. La película consiste en una crisis en la que Calder tendrá que demostrar su madera, actuar con independencia, sufrir una imperial paliza, y abandonar el pueblo tras imponer la parte de ley, poca, que allí se puede imponer.
La crisis se debe a que el hijo de Rogers, heredero insuficiente y fracasado, tiene un matrimonio de conveniencia, impuesto por su padre. Y está liado con su amor de infancia Anna (Jane Fonda), chica guapa pero poco presentable en la buena sociedad—ahora esposa de un presidiario y antiguo amigo, Bubber Reeves (Marlon Brando). Bubber se acaba de fugar y se ve implicado en un asesinato que no ha cometido; siempre ha atraído los males y continuará haciéndolo. Ahora el pueblo está ansioso por su historia y su captura, la persecución será una especie de fiesta colectiva mezclada con borrachera del sábado noche. Mientras, van saliendo a la luz las pequeñas y grandes miserias del pueblo: adulterios, frustraciones, abusos, matonismo, racismo, cotilleo frenético y delirante... Bubber busca a su esposa, y envía como mensajero a un amigo negro que le debía un favor. Cuando lo sorprenden en el cuarto de Anna, hay un intento de linchamiento, —y el sheriff Calder empieza a retratarse ante sus conciudadanos, al pararles los pies. Luego resiste las presiones del magnate Val Rogers, que teme porque su hijo está en peligro. Pero el resentimiento ambiental está a flor de piel, la borrachera, la fiesta y la violencia van in crescendo, y unos ciudadanos racistas le dan una soberana paliza al sheriff. Luego una muchedumbre localiza a Bubber (y a Anna y a Rogers junior) en una chatarrería, lo rodean, prenden fuego a todo en una noche de verbena linchadora, en la que Bubber es a la vez el héroe popular y la bestia a perseguir.
Y esto es un aspecto muy interesante de la película, cómo la violencia surge por cuestiones indirectas, por las limitaciones, rencillas y frustraciones del pueblo—ante la inconveniencia de enfrentarse al magnate Val Rogers, o ante las frustraciones sexuales de tal o cual personaje, o ante el deseo reprimido de acogotar a los negros, acaba siendo Bubber la víctima casi accidental de la violencia de los ciudadanos. Es muy interesante el tratamiento de la dinámica del pueblo pequeño, tipo Winesburg, Ohio, y la caracteriología local. Y sobre todo la cuestión del racismo—pocas películas americanas de la época hay donde se exponga tan abiertamente el apartheid sin reglas, basado en sobreentendidos y opresión ambiental, que regía el Sur hace cincuenta años. Pero quedan claras las diferencias entre unos personajes y otros; el sheriff es impecable en su trato con el ciudadano negro, y eso contribuye a atraerle las iras de los gallos del vecindario.
Y qué ritmo, llevado magníficamente, hasta la brutal paliza recibida por el sheriff primero, y luego hasta el asesinato de Bubber—a manos de Edwin Stewart (Robert Duvall), un oficinista baboso y cornudo, un don nadie supuestamente inofensivo, un frustrado que temía a Bubber, y que además tenía mala conciencia por haberlo acusado falsamente cuando eran chavales. Todo un emblema de cómo los fenómenos sociales absorben energías que circulan subterráneamente, interactuando de modo complejo, y que las causas de la violencia muchas veces no se encuentran en el lugar más aparente. El sheriff apalea al asesino y lo arresta, pero no cambia la naturaleza del pueblo. Y al día siguiente lo abandona con su esposa. En los disturbios también resultó herido Rogers junior. La película termina con el patriarca dando a la tiznada Anna (Jane Fonda), viuda de los dos, de él y de Bubber, la noticia de su muerte. Se aleja ella andando de la mansión donde no la querían ni antes ni ahora.
¿Una película de Marlon Brando? ¿Con Jane Fonda, Robert Redford, Robert Duvall y toda una serie de actores estupendos? ¿Con guión de Lillian Hellman? ¿Y dirigida por un excelente director que yo no conocía, Arthur Penn? Lo que les digo, una obra maestra que muchos no deben conocer, como me pasaba a mí. La debieron echar por la tele allá por los años setenta, supongo, pero tantas cosas nos hemos perdido... Esta no conviene dejársela pasar.
The Chase. Dir. Arthur Penn. Screenplay by Lillian Hellman, based on a play by Horton Foote. Cast: Marlon Brando (Sheriff Calder), Jane Fonda (Anna Reeves), Robert Redford (Charlie 'Bubber' Reeves), E.G. Marshall (Val Rogers), Angie Dickinson (Ruby Calder), Janice Rule (Emily Stewart), Miriam Hopkins (Mrs. Reeves), Martha Hye (Mary Fuller), Richard Bradford (Damon Fuller), Robert Duvall (Edwin Stewart), James Fox (Jason 'Jake' Rogers), Diana Hyland (Elizabeth Rogers), Henry Hull (Briggs), Jocelyn Brando (Mrs. Briggs), Katherine Walsh (Verna Dee). Music by John Barry. Horizon Pictures / Columbia, 1966.
A algunos decepcionará la película dirigida por David Fincher, porque no es una película sobre el papel de Facebook como red social, sino una película sobre intrigas empresariales y demandas judiciales, en torno al origen y crecimiento de la empresa Facebook. Pero está muy bien llevada y desde luego yo recomiendo verla a todo el que tenga un Facebook (que a fecha de la salida de la película eran más de 500 millones de personas, y vete a saber si ya serán el doble).
On a fall night in 2003, Harvard undergrad and computer programming genius Mark Zuckerberg sits down at his computer and heatedly begins working on a new idea. In a fury of blogging and programming, what begins in his dorm room soon becomes a global social network and a revolution in communication. A mere six years and 500 million friends later, Mark Zuckerberg is the youngest billionaire in history... but for this entrepreneur, success leads to both personal and legal complications. (Resumen en IMDb).
Recomiento continuar con la reseña de Roger Ebert.
Termina éste llamando la atención sobre lo absorto que parecía el público mirando esta película—que con una historia no especialmente trepidante nos da una experiencia trepidante. Y es que seguramente todo el que la va a ver tiene un interés directo, porque tiene un Facebook. También lo tienen, seguro, los actores de la película, y los protagonistas, empezando por Mark Zuckerberg. Que por cierto no se hace eco de la película en su Facebook.
Siendo una película sobre personajes reales (al menos la mayoría de ellos), ha creado inevitablemente polémica—pues no es una película "oficial" de Facebook, más bien todo lo contrario. El propio director se manifestó diciendo que no le gusta Facebook porque crea relaciones falsas entre las personas. Zuckerberg declaró que la película es exacta en algunos detalles insignificantes y falsa en su perspectiva general—pues básicamente le presenta a él como un geek inadaptado que no consigue ligar compensa sus frustraciones con un gigantesco montaje de una red social que le permita ser popular entre las chicas. Y rico y famoso.
Se presenta a Zuckerberg como frustrado por no pertenecer a la élite social de Harvard, sin poder obtener acceso a sus clubs de contactos exclusivos—y su triunfo empresarial es la venganza de un judío despechado. La película termina sin embargo con un tono sarcástico, con Zuckerberg intentando que lo acepte como amigo en Facebook la chica que lo llama jilipollas en la primera escena (por su obsesión con el exclusivismo social). Mientras, suena la canción de los Beatles Baby You're a Rich Man:
How does it feel to be
One of the beautiful people?
Now that you know who you are
What do you want to be?
And have you travelled very far?
Far as the eye can see.
How does it feel to be
One of the beautiful people?
How often have you been there?
Often enough to know.
What did you see, when you were there?
Nothing that doesn't show.
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man too.
You keep all your money in a big brown bag
inside a zoo. What a thing to do.
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man too.
How does it feel to be
One of the beautiful people?
Tuned to a natural E
Happy to be that way.
Now that you've found another key
What are you going to play?
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man,
Baby you're a rich man too.
You keep all your money in a big brown bag
inside a zoo. What a thing to do.
Baby you're a rich man...
La respuesta de Zuckerberg a sus críticos insistía en que sus móviles principales al diseñar Facebook eran un deseo creativo—el de desarrollar una herramienta que permitiese mejorar la comunicación entre las personas—y en la película ciertamente se ven ambas cosas, las frustraciones personales del personaje y su motivación creativa para hacer cosas que no se habían hecho antes, cosas que le fascinan y que tiran de él y adquieren su propia dinámica; Facebook explota como fenómeno haciéndole a su autor llevar un camino que por una parte quizá colme sus aspiraciones, pero que por otra lo arrastra y le hace escapar a su propio control, transforma sus prioridades, y le lleva a dejarse atrás a sí mismo y a sus viejos amigos y a sus viejos planteamientos.
La película está estructurada en torno a ese contraste entre el presente (Zuckerberg forrado y rodeado de abogados) y el pasado reciente, hace tan poco, cuando era un friki de mal asiento en Harvard. De hecho, siendo una película medianamente hostil hacia Zuckerberg, su fuente parece estar en los documentos de las demandas judiciales, y por tanto en el punto de vista de sus demandantes.
Los flashbacks zumban adelante y atrás, entre el desarrollo de la idea de la red social, antes, y después—el momento unas reuniones previas a la vista judicial, reuniones en las que Zuckerberg acabará pactando con sus demandantes. Hay dos demandas con las que vérselas, de antiguos asociados suyos: una, la demanda de los gemelos posh Winklevoss, que lo habían contratado para desarrollar una red social en Harvard—se puede decir que Zuckerberg les robó parte de la idea, o no, porque los gemelos querían precisamente restringir el acceso, lo contrario de lo que hace Facebook—era una idea elitista en una universidad elitista. La película presenta en parte el logro de Zuckerberg como una manera de volar por los aires ese elitismo. Zuckerberg podrá quizá entrar en sus clubs exclusivos, pero no es eso lo relevante, sino el hecho de la revolución en las comunicaciones que ha tenido lugar. La película termina con una nota irónica, con Zuckerberg reducido al papel de un mero usuario de Facebook, intentando ver si la chica que cortó con él lo acepta como amigo de Facebook. Si creemos a los rumores, esta escena sería imposible porque Zuckerberg se ha autoreservado un lugar especial de modo que nadie pueda rechazarlo como amigo. Bueno, puede que no sean rumores sino malas lenguas.
La historia de esta chica en la película es reveladora: corta con Zuckerberg al principio llamándolo gilipollas por su obsesión con las élites, y luego reaparece como becaria del despacho de abogados de la parte contraria. Le aconseja a Zuckerberg pactar, cosa que hará, y se despide diciéncole "no eres un gilipollas, aunque lo intentas mucho". Lo tiene rendido, parece, pero este episodio, siendo ficticio, es uno de esos en los que la película se separa de los hechos para dar una interpretación algo tendenciosa. También es de los que ayudan a crear clausura narrativa y un argumento más peliculero, con ida y vuelta. La ironía sería que Zuckerberg tiene ahora todos los amigos de Facebook que quiere, pero sigue sin acceder a las auténticas amistades y al amor—y he ahí la lectura del director, al efecto de que Facebook crea una ilusión de relaciones.
Lo que sucede para Zuckerberg es que falsifica la única relación realmente amistosa que tenía, con su compañero Eduardo, que comienza como inversor y asesor financiero, y es pronto desbordado por el crecimiento de la compañía, y expulsado de ella. Su lugar lo ocupa Sean Parker (el otro golden kid que había pasado ya por el triunfo súbito, creando Napster)—que aquí aparece como un desaprensivo yuppie dispuesto a trepar y a inflar la empresa por encima de toda consideración ética.
La otra demanda a la que se enfrenta Zuckerberg es la interpuesta por Eduardo, a quien se dejó atrás con malas artes. Es la historia con más "interés humano" de la película, porque es allí donde se confrontan éxito y fidelidad a uno mismo.
Evidentemente Zuckerberg elige ser fiel al que va a ser, no al que ha sido—y con frecuencia luce una vena arrogante que no le va mal del todo al personaje. A Eduardo lo echa fuera presentándole un contrato con letra pequeña, como para demostrarle que es tan nulo como director financiero que no sabe ni cuidar sus propios intereses leyendo entre líneas el riesgo que había allí para él. Y en el juicio, aunque pactará, les espeta en la cara a sus demandantes que la situación es tautológica—"si alguna de estas personas hubiese sabido fundar Facebook, habría fundado Facebook", posición en la que está él... pero ay, toda idea consta de ingredientes, debe algo a alguien, y Zuckerberg encontrará prudente pactar por una "calderilla" de millones y cerrar las demandas. Otra salida buena es cuando le dice al abogado que en esta sala se está hablando de cosas que nadie más que yo entiende ni es capaz de hacer—y menos que nadie, sus dos clientes (refiriéndose a los gemelos de alto standing). Ese lado genial e insolente del personaje también se le hace justicia, aunque el énfasis queda un tanto injustamente en el frustradillo que quiere ligar por Facebook.
A lo largo de la película vemos cómo evoluciona la idea, a través del pequeño mundo obsesivo de Harvard, basado en los contactos, y la observación y vigilancia mutuas. De ahí tuvo que surgir Facebook—y allí estaban los "facebooks" originales, los álbumes de miembros de las distintas fraternidades y residencias, que utiliza Zuckerberg primero para hacer un programa machista (de "comparar qué tía está más buena"). Luego vemos cómo Parker sugiere reducir "The Facebook" a "Facebook", como aparece "el muro"... pero tampoco mucho más sobre aplicaciones y desarrollos. Es un historia de ética de los negocios, como digo, un poco lo contrario de In Good Company, más que una historia sobre redes sociales.
De hecho en algunas cosas de las más obvias Zuckerberg iba a tientas: es un hacha de la programación, y de las soluciones ingeniosas combinando órdenes de código, pero a veces le cuesta ver qué es lo que quiere la gente. La idea de los contactos y su valor se la inspiran los elitistas Winklevoss; la idea de incluir el "estado" libre o con pareja, sale en una conversación por casualidad.
En suma, que Facebook surge como conjunción del desarrollo tecnológico que lo pedía, de unas capacidades personales de su autor, y de un ambiente social muy concreto (los contactos entre universitarios), donde se mezcla la protección del pequeño mundo universitario con el deseo de darse a conocer y arriegarse un poco a enseñar la cara. Los blogs se habían popularizado desde hacía unos años, pero no habían llegado a arrancar al modo masivo en que lo hizo Facebook. Es en origen, básicamente, un blog con una plantilla muy rígida, un blog un poco para gente que si no no haría un blog—y pensado para constantes provocaciones al intercambio y a la comunicación en un pequeño círculo. Pensado también para crecer a modo de efecto dominó, con unos contactos llevando a otros, haciéndose el sistema publicidad a sí mismo y asegurándose el desarrollo a través de sus usuarios que enganchan a sus amistades.
La gente necesitaba un espacio fijo en la red donde presentarse, comentar su día a día con los amigos, etc., —un poco más cerrado que los blogs. En los blogs se había puesto de moda presentarse con un alias o identidad virtual, mientras que en Facebook la convención es poner el nombre propio o identidad auténtica. Y la gente hace lo que le dicen, o lo que hace Vicente. Sobre todo, necesitaba la gente una moda, quizá, y la moda acabó surgiendo explosivamente cuando la tecnología ya iba muy por delante del uso limitado que estaba haciendo la gente de ella. Había que acercarla a la gente, hacerla más usable (aún más usable que un blog, aún más fácil)—y eso es lo que ha logrado hasta ahora Facebook, con tres o cuatro aplicaciones más. Skype, sobre todo, que es lo que le falta integrar, el videochat, que parece que le gusta a la gente. Seguramente será en Facebook donde se haga la conjunción tecnológica final del espacio en red e instrumento comunicativo multimedia total, porque se ha extendido en el momento adecuado para convertirse en el estándar.
Y sin embargo quién sabe—porque quién sabía nada de Facebook hace cinco años. Yo me abrí uno ya hace años, de estos Facebooks, cuando sólo estaba de moda entre estudiantes americanos. Y me quedé durante años solo, esperando a que se uniese el resto del personal. Que mientras se unían a Tuenti y a otras historias. Hace poco más de un año fue la gran explosión de Facebooks en España, o al menos en mi círculo, y de repente todo el mundo tenía uno. Yo lo uso poco, sigo centrado en el blog, que da más cancha a la escritura por extenso, y menos a la interacción que por lo que se ve no me interesa tanto como parecía. Por cierto, este post ya dura demasiado.
Fincher, David, dir. The Social Network. Written by Aaron Sorkin, based on the book The Accidental Billionaires by Ben Mezrich. Cast: Jesse Eisenberg (Mark Zuckerberg), Rooney Mara (Erica Albright), Bryan Barter (Billy Olsen), Brenda Song (Christy Lee), Armie Hammer (Cameron Winklevoss / Tyler Winklevoss), Joseph Mazello (Dustin Moskovitz), Patrick Mapel (Chris Hughes), Max Minghella (Divya Narendra), Andrew Garfield (Eduardo Saverin), Calvin Dean (Mr Edwards), Cedric Sanders (Reggie), Justin Timberlake (Sean Parker), Dakota Johnson (Amelia Ritter). Music by Trent Reznor and Atticus Ross. Cinemat. Jeff Cronenweth. Ed. Kirk Baxter and Angus Wall. Prod. des. Donald Graham Burt. Art dir. Curt Beech, Keith P. Cunningham and Robyn Paiba. Exec. prod. Aaron Sorkin and Kevin Spacey. Prod. Dana Brunetti, Ceán Chaffin, Michael De Luca and Scott Rudin. Columbia Pictures, 2010.
Lacombe Lucien esuna obra maestra del cine francés, de Louis Malle, ambientada en el sureste de Francia, durante la ocupación nazi. Es la historia de un infeliz paleto, con ínfulas de matoncillo, que se enrola como colaboracionista en la policía alemana. Los títulos de crédito finales, un tanto abruptos, nos dicen que fue arrestado y fusilado; la película sin embargo se centra en sus actividades como abusón, en el ambiente de los agentes colaboracionistas, y en la historia "de amor" de Lucien con una refugiada judía, a cuya familia chantajea. El título de esta película es el nombre del protagonista dicho al revés—así se presenta él, tras oír cómo en los informes policiales se leían los nombres empezando por el apellido. Es un rasgo muy característico de este personaje, que a veces parece actuar por mero instinto de imitación, en plan "a donde fueres haz lo que vieres". Así la película tiene toques muy sarcásticos, porque en la Francia de 1944 Lacombe Lucien ve más colaboracionismo con los nazis que resistencia. Y ve que los que medran son los colaboracionistas, así que no duda en subirse al carro. Sin mucho cálculo, porque como digo es un paleto abismalmente profundo, un chaval de pueblo sin inteligencia ni cultura ni don de gentes ni capacidades de expresión, excelentemente retratado. Los trabajos sucios de las guerras se hacen con el personal que hay a mano, y mucho de lo que se pone a mano parece ser como este Lacombe. Otros maulas vemos, en el hotel que les sirve como comisaría, sala de torturas y casa de citas: un psicópata antisemita, un ciclista venido a menos, un niño bien perdulario que vive la vida, etc. Todos dispuestos a las mayores crueldades sin pensarlo dos veces, y de hecho buscándolas como adrenalina sádica. Hay muchas escenas memorables, como cuando se hacen pasar por resistentes para cazar a quienes estén dispuestos a ayudarles, y disfrutan aterrorizando a sus víctimas, saqueando sus casas, abusando como los matones de siempre y de toda la vida, los que organizan novatadas en los colegios o en la mili, los voceras de taberna que te echan el brazo encima y te hablan a gritos, ese tipo de gente, que en las guerras sacan lo mejorcito de sí mismos, y pasan a hacer redadas, interrogatorios a golpes, y listas, muchas listas, les encantan de repente los listados y la revisión de documentos. De ese mundo apestoso va Lucien Lacombe, un retrato del fascismo en acción que es memorable porque vemos quiénes son los canallas de toda la vida que son los que le han dado al fascismo su fama merecida—pero cuando los tiempos no prometen no van necesariamente de fascistas.
Lucien es a la vez típico y diferente. No tiene iniciativas—de él no saldrían estas situaciones, si no se las encuentra. Es de los que siguen a los demás e imitan. La película tiene muchos planos de valoración (implícita, digo), y en algunos Lucien es simplemente, o podría ser, un muchacho más de su pueblo, si no hubiese guerra podría haberse casado con la pastorcilla de las ovejas. Le gusta matar pajarillos, sí, pero bueno, eso lo hacen muchos chavales de pueblo que no llegan a asesinos. Lucien está haciéndose hombre, está en su propia crisis: su padre se ha unido al maquis, y su madre se ha arrejuntado con el dueño de la finca que lo empleaba. Lucien limpia su escopeta, pero no va a matar al patrón, sólo caza conejos. Pero tiene confusión y rabia interna; quiere crecer, hacer algo que lo saque de su trabajo en el hospicio. Un buen trabajador honrado, como el caballo que ve sacar muerto, sólo consigue acabar deslomado. Y eso también enseña. Ve que unos se apuntan al maquis, como su padre, otros (y les va mejor) a la colaboración. La moneda cae del lado de la colaboración, un poco por casualidad también. Delata a la red de resistentes que conocía de oídas, un poco como todos, medio por miedo medio por deslenguado y por mero cateto. Un lado de Lucien sigue siendo ese chaval simple de su aldea, y cuando tenga que huir al campo al final de la película vuelve a ser el crío que cazaba pájaros y liebres. La inocencia sigue allí, pero ha sido pervertida irremediablemente, por sus elecciones, sí, pero también por las circunstancias, y por la historia. En otro ambiente Lucien no hubiera hecho nada reseñable, o bien poco, a pesar de su falta total de compasión y su estolidez moral. Una sociedad ordenada lo hubiera mantenido en orden, pero la guerra (la guerra civil especialmente) desordena profundamente el orden moral que hace ser a la gente lo que es.
Lo más reseñable que hace Lucien tras su elección inicial es cambiar de bando súbitamente. Gran parte de las escenas son las de la humillación del refugiado judío Hamm, que ve cómo Lucien y su mentor, el pijonauta psicópata, lo van atenazando, humillando, extorsionando, a él y a su hija. El otro quería dinero; Lucien es aún peor porque se enamora (dentro de sus posibilidades) de la chica judía, France, y la mete en problemas, y la seduce o viola, la putea en opinión de su padre, y se convierte en una pesadilla para la familia, el autoinvitado indeseable, que se impone por una mezcla de brutalidad, estupidez y de falta de mundo sin más. Un poco lo contrario de lo que pasa con los alemanes en novelas de la Ocupación como Le Silence de la mer de Vercors o la Suite française de Irène Némirovsky. Lo patético es que el mundo de Hamm y de su hija se ha reducido tanto (y esto está magistralmente llevado), tanto que acaban por doblegarse a su destino: el educadísimo Hamm, acorralado en su propia casa por la vulgaridad armada, va a entregarse al hotel-comisaría, en unas escenas de auténtico humor negro; France su hija acaba entendiéndose con Lucien y disfrutando de su compañía (alegoría alegoría... y placer), sobre todo cuando las salva a ella y a su abuela de ser internadas en un campo de concentración... Pero en ese momento Lucien estaba improvisando, venía a arrestarlas con un alemán, y de no ser porque el alemán le disputa el botín, hubiera llevado a France y a su abuela tan tranquilo a embarcarlas para el campo. Pero en un arrebato mata al alemán, y huyen... a España, pero no llegan. En el campo encuentran la tranquilidad, toman el sol, cazan pájaros y conejos, allí no hay guerra, casi son una familia vulgar, la vida sigue improvisadamente, hasta que irrumpen los títulos de crédito de la historia, a pasar factura.
En fin, una película de antihéroe, magistral, pero es que en las guerras abundan esos más que los héroes. También una película de guerra que pocos clasificarán como tal, y es que las guerras suelen estar mal filmadas. Esta no. Lacombe Lucien. Dir. Louis Malle. Written by Louis Malle and Patrick Modiano. Cast: Pierre Blaise, Aurore Clément, Holgen Löwenadler. France, Germany, Italy, 1974.
Ayer fui a la primera película de un ciclo de cine en el Paraninfo de la universidad, sobre "La ley de la masa". Empezaba con Furia, de Fritz Lang, una interesante película de 1936. Los años 30, años de crisis, de comunismos y de fascismos, son años de prominente acción multitudinaria y de movimientos de masas. Buen año para turbas enfurecidas, aquel 1936... Furia es la primera película americana de Fritz Lang. Venía el director espantado de la marea nazi en Alemania, y había emigrado hacía poco a EE.UU. Pero allí le llamó la atención al parecer una peculiaridad de la sociedad americana: la proclividad a los linchamientos y a la "justicia popular" impartida alegremente, un vicio propio de una sociedad democrática y populista. Esta es la tesis de la película—la desilusión ante los límites del sueño americano, pues la tierra donde la libertad y la justicia serían posibles se topa con la brutalidad y la estupidez de la opinión pública activa, cuyas emociones suben y bajan más rápido que la espuma del champán, en cuanto se dan las circunstancias adecuadas. Los políticos están aquí más atentos a las alzas y bajas de popularidad electoral que a la justicia de las decisiones, y así llega el desastre: la democracia tiene sus vicios propios, sus límites, y su nivel, que es el del pueblo que en ella gobierna y de sus prejuicios. Y, tras la desilusión, y la venganza imaginaria contra la plebe, se retoma otra vez la responsabilidad de mantener ese ideal necesario de justicia y libertad, con más resignación y menos ilusiones... y con una cura de humildad: un reconocimiento de que la plebe volátil ésa de las democracias está hecha de todos nosotros—no la podemos ver desde fuera, por mucho que nos perjudiquen a veces sus arbitrariedades.
Joe Wilson (Spencer Tracy), un hombre honrado y trabajador, lleva mucho tiempo laborando humildemente para casarse con su prometida Katherine (Sylvia Sidney). Cuando por fin reúne dinero para la boda y para un coche, viaja para ir a recogerla y se encuentra, en una carretera local, con que le echan el alto y es arrestado de repente. Se trata de un sheriff suspicaz que intenta resolver un secuestro, y anda a la caza de forasteros sospechosos. El sheriff lo retiene en la cárcel, y la rumorología de la población se dispara. Pronto, una combinación de vecinas cotillas, malas cabezas, listillos de barra de bar, individuos resentidos con el sheriff, matones vocacionales, y justicieros aficionados, acaban por organizar un tumulto alrededor de la cárcel. El sheriff y sus hombres ya conocen el percal, y defienden al prisionero, manteniendo al público furioso a raya, pero pronto los ánimos se calientan más de lo debido. La guardia nacional no llega porque el gobernador no quiere hacerse impopular con sus ciudadanos. Llega la prensa, los rumores siguen creciendo, y la turba linchadora. Al final, hay disturbios violentos; asaltan la cárcel y acaban quemándola hasta los cimientos.
Joe Wilson, sin embargo, ha escapado milagrosamente, aunque su novia Katherine llegó justo a tiempo de ver cómo lo apedreaban mientras pedía socorro asomado a la ventana de la cárcel en llamas. Visita a sus hermanos como un aparecido. Joe se ha transformado, y ahora no quiere sino venganza: mantener su muerte en secreto, y lograr que la justicia empapele a la chusma que intentó matarlo (y que según se cree lo ha matado efectivamente). A través de sus hermanos, y sin que nadie más lo sepa, ni siquiera Katherine, consigue que su abogado establezca la culpabilidad de veintitrés participantes en el linchamiento. La pena según las leyes del estado es la muerte, y Joe está decidido a llevarlos al patíbulo ("Si estoy vivo no es porque no hayan hecho todo para matarme"). Hay sus problemas por la ausencia de cadáver, pero se encuentra una prueba que el juez estima suficiente: un anillo que llevaba Joe y no se podía quitar, grabado por Katherine. El anillo es enviado por un anónimo ciudadano que lo encontró, dice, en los escombros calcinados—en realidad por el propio Joe, para dar la prueba final que vuelque la balanza. Es entonces cuando Katherine descubre el pastel—estaba traumada por lo sucedido, pero ha observado detalles en el proceso que le llevan a espiar a los hermanos de Joe, y a descubrir que está vivo. Joe, sin embargo, prefiere renunciar a ella que a su venganza, a pesar de los ruegos de Katherine. Es allí donde expresa su desilusión con la justicia de su país, y se reafirma en su propósito de instrumentalizarla en su venganza.
Pero Joe también sufre trauma, y remordimientos. En un momento fílmicamente interesante de la película, mientras Joe mira un escaparate, aparecen en el cristal algo que no se sabe si son reflejos o imágenes mentales—las caras de la gente que él condena a morir. (Aquí la intensidad emocional de la escena se subraya con una toma subjetiva que superpone dos planos de realidad. Son interesantes en las películas los momentos en que las imágenes complican su status y se separan del objetivismo de la representación "fotográfica"). La conciencia le hace ir a Joe a presentarse al juez justo cuando se estaban leyendo las condenas de muerte de varios acusados. Allí frente al tribunal se abraza con Katherine, y vuelve al camino recto, aunque sabe que le tocará ahora pagar a él por sus delitos. ¿Por qué digo que he estado en una película? Bueno, en la película ésta de la democracia pervertida y de las chusmas alienadas estamos todos, a un cierto nivel. Y desde luego la película de Fritz Lang es toda una película, excelente, un clásico, etc. Pero ahora me refiero a otra cosa. La frase "He estado en una película" la dice Joe Wilson, cuando se aparece a sus hermanos que lo creían abrasado. Y es una clave o quizá un emblema para ciertas cosas que me interesaba subrayar a cuenta de esta película, o de una película cualquiera.
Ya me he referido a "momentos especiales" en la técnica de representación usada por una película. Pueden ser momentos especialmente discordantes con la técnica usada en el resto de la película, o quizá (por el contrario) momentos en los que se revela con especial claridad la poética cinematográfica de la película. O, quizá, las dos cosas a la vez: momentos especiales en los que la película es memorablemente lo que es, a la vez que parece romper sus reglas y no ser lo que parecía ser.
J. Hillis Miller, hablando de literatura, llamaba a esto "el momento lingüístico" de las obras literarias—episodios, fragmentos, en los que la técnica narrativa, poética, o dramática, de alguna manera se complica y se vuelve sobre sí misma—momentos reflexivos en los que la obra pone de manifiesto sus estrategias representativas, o las lleva un poquito más allá en un impulso de exceso o de búsqueda de sus límites. The linguistic moment. En la literatura escrita se hace con lenguaje, claro; en el cine sucede sobre todo con imágenes, pero también con el complejo de imágenes, diálogo y música que es en lo que consiste el cine. Bien, pues llamaremos a estos momentos los momentos reflexivos de la película, por no llamarlos los momentos fílmicos. Son momentos intensamente fílmicos, pero me refiero a la intensidad que da esa complicación de la representación, no a la intensidad emocional de las peleas, de los momentos de suspense, etc., —que pueden ser reflexivos o no serlo.
Un momento reflexivo ya hemos notado en Fury—el momento en que Joe Wilson reflexiona ante el escaparate. Y ante el escaparate aparece algo que parecen reflejos (los escaparates se prestan mucho a esta superposición natural de imágenes en la vida extrafílmica). Es decir, que el momento es doblemente o triplemente reflexivo: reflexión, reflejos y reflexividad, superpuestos en una imagen. Las figuras fantasmales del escaparate podríamos ser los espectadores reflejados en el cristal del escaparate, invisible, que ocupa el lugar de la pantalla cinematográfica o cuarta pared teatral en este caso. (Un poco a la manera en que en el Hamlet de Branagh, en el salón de los espejos, se superpone a la pantalla cinematográfica el cristal/espejo desde donde Claudio y Polonio espían el monólogo de Hamlet). Aquí, Joe, alienado de la sociedad americana, la contempla reflejada en el escaparate de su mente, y también la tiene ante sí—pues el espectador de esta película en 1936 es el ciudadano típico del país de los linchamientos, seguramente no mucho mejor ni mucho peor que los veintitrés acusados a quienes Joe quiere ver colgando de una cuerda.
Otro momento reflexivo también he mencionado: cuando Joe dice "I've been in a film", "he estado en una película" (que es donde ha estado, claro). Se refiere al impacto de las imágenes traumáticas que han alterado su conciencia, y le han transformado en Joe el Vengador. Usando el lenguaje del trauma, Joe cuenta a sus hermanos cómo las imágenes de la muchedumbre linchadora pasan ante su mente una y otra vez, no se puede librar de ellas. La propia película que vemos repite en diversas ocasiones las imágenes del asalto a la cárcel y de la turba asesina, unos embarcados en la destrucción junto con sus vecinos, y otros contemplando fascinados el espectáculo—sí, como quien contempla el cine. Y Joe, hablando con sus hermanos, no deja de subrayar ese paralelismo entre el espectador de esta película y el de quienes disfrutan viendo un linchamiento, aunque no participen en él—ese ingrediente malsano que hay en la escopofilia dichosa, cuando lo que se muestra es violento, obsceno, erótico, atractivo... o todo a la vez. Parece como si Joe quisiera colgarnos a todos, antes de volver a encauzar su indignación en términos razonables.
De hecho, todo estaba en una película, porque Fury contiene una película dentro de una película, cosa que no está mal para los años 30. Recordaremos que habían acudido reporteros ante la noticia de disturbios, mucho antes que la Guardia Nacional (ésta llega por fin cuando la cárcel ya ha ardido...). Bien, pues los reporteros van bien provistos de cámaras, y filman desde varios ángulos el asalto, el incendio, y a los linchadores más activos. El abogado contratado por los hermanos de Joe se hace con esas grabaciones y convierte la sala de juicios en cine improvisado (aquí los linchadores son literalmente los espectadores de sí mismos, reforzando la analogía entre la masa humana y el público de la otra sala). Las filmaciones cinematográficas son la prueba decisiva de la participación de los acusados en los hechos, pues los vecinos se encubrían unos a otros y hay una red de coartadas falsas que cae estrepitosamente ante la prueba de la cámara. Hay imágenes dentro de imágenes, una repetición de la escena del incendio que es a la vez trauma y cura... y hay, en suma, otro de esos momentos fílmicos por excelencia, en el visionado de la película filmada y en la congelación de la imagen de los acusados. Son momentos intensamente cinematográficos, momentos reflexivos en los que la poética del film se examina a sí misma con especial intensidad, en los que la película muestra lo que es, lo que vale, y lo que sabe hacer con las convenciones de la representación cinematográfica y con los materiales que tiene a su alcance.
Es una cita repetida en The Air I Breathe—en español, Cuatro vidas. Un bonito thriller de cuatro historias casi independientes pero que se cruzan en un determinado momento. Con uno de los malos más malos que ha dado el cine, "Dedos" (Andy García)—un mafioso que según lo pone Ronnie Scheib, es "a menacing, soft-spoken moneylender legendary for exacting his pound of flesh in digits". Satisfactoriamente, este Dedos no es castigado ni amenazado en ningún momento. El malo controla el panorama, y la única salida es la huida, no siempre posible. Observo que las reseñas de esta película son extrañamente negativo-despectivas; la gente no parece apreciar su pesimismo. No hacer mucho caso, pues aunque la película no alegra la vida, se deja ver muy bien. (Veo, por cierto, que ha cambiado de diseño el IMDb).
Es también película con aparición súbita de una mariposa, pero en este caso es una falsa esperanza. El futuro del oficinista negro Happiness, que se vuelve atracador, está más que cerrado. En cambio, se abre inesperadamente el futuro para Pleasure (Brendan Fraser), el matón sensible que trabaja para Dedos, y que tenía la capacidad de ver el futuro. Se abre, digo, en cuanto se cierra esa capacidad de visión premonitoria. Un momento metafílmico: It's the wildest effort when you know what's going to happen. Will watching a person's fate give it purpose? Or is it just the muted feeling of watching a movie when you know how it ends? And then something happens that I will never forget - I'm wrong. For the first time ever, fate takes a detour and I glimpse something strange and new. A future where anything can happen. It's a beautiful thing. And the feeling it gives me is as close as I've ever felt... to pleasure. El flashforward no cumplido también libera un poquito al espectador, aunque nadie se puede librar de la lógica de la narratividad y de la clausura. Quizá embarcado en esta nueva sensación de apertura del futuro, Pleasure no ve venir su propia muerte (—dicen que nadie la ve). Tampoco la ve venir el espectador, curiosamente. Aunque nada es totalmente imprevisible, y menos en las películas. En todas es importante que vayan a parar a donde van a parar, auque haya alguna pequeña sorpresa por el camino—para eso está la ley del género. En lo tocante a la vida, nadie sabe a qué género fílmico pertenece—de todos se contagia, y a todos los contagia.
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The Air I Breathe. Dir. Jieho Lee. Written by Jieho Lee and Bob DeRosa. Cast: Kevin Bacon, Julie Delpy, Bendan Fraser, Andy Garcia, Sarah Michelle Gellar, Clark Gregg, Emile Hirsch, Forest Whitaker, Kelly Hu, Evan Parke, Taylor Nichols, Victor Rivers, Todd Stashwick. A NALA Films/Paul Schiff production. Produced by Emilio Diez Barroso, Darlene Caamano Loquet, Paul Schiff. Executive producers, Tai Duncan, Christopher Pratt. Mexico / USA, 2007.
Nos vemos You Will Meet A Tall Dark Stranger / Encontrarás al hombre de tus sueños. La última de Woody Allen, muy divertida a pesar de cierta justicia en esta reseña del Village Voice.
IMDb summary: Follows a pair of married couples, Alfie (Hopkins) and Helena (Jones), and their daughter Sally (Watts) and husband Roy (Brolin), as their passions, ambitions, and anxieties lead them into trouble and out of their minds. After Alfie leaves Helena to pursue his lost youth and a free-spirited call girl named Charmaine (Punch), Helena abandons rationality and surrenders her life to the loopy advice of a charlatan fortune teller. Unhappy in her marriage, Sally develops a crush on her handsome art gallery owner boss, Greg (Banderas), while Roy, a novelist nervously awaiting the response to his latest manuscript, becomes moonstruck over Dia (Pinto), a mystery woman who catches his gaze through a nearby window.
Es como Match Point pero en clave de comedia de situación, en lugar de pseudo-tragedia pasional—y narrada por voz en off en tercera persona, no en primera, para mayor ironía y distancia. Woody Allen recreándose más que nunca en las incoherencias de los demás y en las propias—riéndose de cómo buscamos soluciones imaginarias a los problemas, nuevos amores, ilusiones nuevas, que ilusionan la vida, pero que al final resultan no ser sino ilusiones, o viceversa, que aunque resultan no ser sino ilusiones, dan ilusión a la vida.
Dos escenas características: Roy, escritor bloqueado, se obsesiona con la vecina de enfrente a la que ve desnudándose a través de la ventana. Cuando por fin la seduce, se separa, se muda allí, ¿qué hace? Mirar por la ventana a su ex mujer, enfrente, cómo se desnuda.
Ésta ex-posa es hija de una señora mayor, Helena, que está neurotizada porque la ha dejado su marido (Anthony Hopkins) por una furcia... así que busca consuelo en una médium, que le promete un futuro ideal y feliz, cuando es obvio que no la esperan sino la soledad y pronto la muerte. Su yerno (el escritor frustrado) la quiere desengañar, pero su hija le sigue la corriente y la anima en sus fantasías, entre otras cosas porque Helena les paga el alquiler. También quiere su hija que le haga un préstamo para montar un negocio, pero ay, la médium le dice a su madre que "los planetas no están bien conjuntados para eso"... y allí la hija de Helena se desmelena y se sube por las paredes:
—"Pero no ves que es una estafadora, una cuentista, ¡¡que no te cuenta la realidad sino sólo lo que quieres oír, para luego llevarse la pasta!!"
(Jeje...)
Roy supera su bloqueo creativo publicando como suya, y con éxito, la novela de un amigo que ha muerto en un accidente—roba el manuscrito que había leído. Pero ay, que no había muerto el amigo, que estaba en coma, se lo habían contado mal a Roy... y ahora parece que el amigo se despierta... mueve un ojo... sí...
La aventura de Alfie, el marido de Helena, con la furcia, la viagra y la vigorexia termina mal, ella es una descerebrada de antología, le funde la pasta y le pone los cuernos con el del gimnasio, pero... mira, está embarazada del hijo que quería él y que Helena no pudo tener. Le haremos la prueba del ADN a ver de quién es el niño. De momento el del gimnasio le ha partido la cara al viejo galán, pero igual acaba teniendo un niño como quería.
Algunos de los que mejor se engañan a sí mismos terminan felices en esta película, como la vieja Helena que liga con un viudo—feísimo, pero viven los dos en un mundo de ilusiones New Age, visiones, sesiones espiritistas y reencarnaciones imaginadas. Tampoco es que quede garantizado el éxito mediante el autoengaño sistemático, ah no no, que normalmente las ilusiones tienen ida y vuelta—sólo es que no se descarta, como a veces los placebos dan mejor resultado que las medicinas de verdad, o al menos dejan al usuario más contento. Si la cosa funciona... Quizá la película no signifique nada más que la vida, como nos dice Woody, y sea un cuento de ruido y furia, sobre la poca sustancia y la incoherencia de la gente, la irrelevancia de lo que se hace mientras esperamos el golpe de guadaña. Pero es un cuento muy divertido, y llevado como una seda por el cuentista.
Es una película muy recomendable. Una mujer llega tarde a recoger a otra en un aeropuerto. Vamos descubriendo que no se han visto en mucho tiempo. Que son hermanas. Que una, Juliette (Kristin Scott Thomas) viene a pasar un tiempo con Léa (Elsa Zylberstein). Que no es bien recibida por el marido de Léa. Que hay irritabilidad ambiental, silencios extraños. Las niñas de Léa son adoptadas, vietnamitas—su marido no ha querido tener un hijo con ella, por alguna razón. Léa está silenciosa, huidiza, molesta, un poco de más, en el ambiente de su hermana. Vamos descubriendo a qué se debe la separación. El olvido de muchas cosas—porque Léa apenas se acuerda de su hermana mayor, a pesar de lo mucho que se trataron. Juliette ha estado quince años en la cárcel, y no conviene decirlo a los amigos. Pero aún peor es el trauma que arrastra—la razón por la cual estuvo tanto tiempo en la cárcel. Busca trabajo, y en una entrevista le pregunta un empresario, "¿Debió matar usted a alguien, o qué? ¿Su marido?" Y cuando Juliette se lo dice...—"Salga usted de aquí. Váyase." El marido de Juliette, por cierto, se divorció de ella por lo que hizo y no la volvió a mirar. Es difícil para Juliette adaptarse—inesperadamente, el policía ante quien tiene que presentarse cada semana simpatiza con ella, se caen bien... pero él mismo está un poco ido, o rarito, o desconsolado, o traumado, por su separación (es un memorable Frédéric Pierrot, pero es que casi ningún actor destaca aquí, por lo buenos). Juliette está dolida porque Léa no la visitaba en la cárcel, la olvidó—obligada por sus padres. Van saliendo recuerdos, sin embargo. Ahora es la madre de ellas, que aún vive en cierto modo, quien ha olvidado todo, tiene Alzheimer. Pero reconoce a Juliette, la abraza un momento, a Juliette esto le horroriza. Un colega de Léa, Michel, también se siente atraído por Juliette—como el policía amigo, entiende por lo que ha pasado ella, él dio clases en la cárcel, eso le hizo ver el mundo de otra manera. Cualquiera podría estar allí dentro, dice. La película es digna de Rohmer, y hay una cena de profesores, en la que se habla de Rohmer, en la que Juliette se ve acosada con preguntas aparentemente juguetonas, pero en realidad dolorosas, sobre su pasado. Aquí cada cual arrastra su trauma y su silencio; la mujer de Michel murió en un accidente y él nunca habla de eso a nadie. También les cuesta a las dos hermanas hablar de por qué hizo Juliette lo que hizo, pero todo va saliendo. Fue un error lo que hizo, de esos que nunca se acaban de aceptar como tales porque convierten a alguien en lo que es. Pero se entiende en cierto modo—como se entiende en cierto modo, si te lo explican, el bolero aquél de "Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos... no me preguntes más". Está llevado de modo admirable cómo la película va sacando el trauma a la luz y a la vez mostrando cómo, si no se supera nunca, sí se sigue viviendo con lo que hay. Quizá un punto de inflexión para Juliette es el suicidio inesperado de su casi-amigo el policía, que soñaba con irse al Orinoco, lejos, nada lo ataba ya aquí, dice. Juliette se da cuenta quizá de que sigue estando en el presente, siempre en el presente, que su existencia no se acabó en aquel instante trágico que la llevó a la cárcel y aquí, sino que sigue teniendo efecto en los demás, y en sí misma, o podría tenerlo ("Sí, estoy aquí ahora", termina la película). Encuentra trabajo, se busca un piso, tal vez acabe emparejándose con Michel. Reanuda su intimidad con su hermana, sobre todo cuando ésta descubre sobre Juliette algo que le indica la medida de su dolor estos años, aunque no se sabe qué exactamente qué puede ser que no se pudiera suponer ya... es un defecto de la película, o quizá una expresión incoherente del trauma que sale a la luz, aunque estaba oculto a la vista. A veces cuesta ver esas cosas. El pasado, claro, continuará donde estaba, aquí, junto con el futuro fantasmal que genera, el que no habría de ser—ese hijo de Juliette que tanto la quería—el pasado siempre presente que acompaña como un punto de referencia ineludible a la vida que se torció. Termina la película con una canción de Barbara,
Dis, quand reviendras-tu Dis, au moins le sais-tu Que tout le temps qui passe Ne se rattrape guère Que tout le temps perdu Ne se rattrape plus.
Il y a longtemps que je t’aime. Writer and dir. Philippe Claudel. Cast: Kristin Scott Thomas, Elsa Zylberstein, Serge Hazanavicius, Laurent Grévill, Frédéric Pierrot, Claire Johnston, Catherine Hosmalin, Jean-Claude Arnaud, Olivier Cruveiller, Lise Ségur, Mouss. Music by Jean-Louis Aubert. Cinemat. Jérôme Alméras. Ed. Virginie Bruant. Prod. des. Samuel Deshors. Art dir. Emmanuelle Cuillery. Exec. prod. Sylvestre Guarino. Prod. Yves Marmion. France: UGC / Canal + / Eurimages / France 3 Cinéma / Integral Film / Sofica / TPS Star, 2008.
Still Walking (Aruitemo aruitemo, 2008) es una excelente película japonesa, escrita y dirigida por Hirozaku Kore-eda. Recomiendo verla a todo el que tenga esa cosa llamada una familia, porque de relaciones familiares va la cosa, de las generaciones y el paso de los años, de las relaciones entre padres e hijos, cuando los padres ya se vuelven abuelos, de las miradas al pasado que se arrastra, y de la muerte que anda cerca, de la ausencia que ya se ha instalado de alguna manera entre los presentes. Me ha recordado mucho a mi propia familia, no tanto por coincidencias uncanny, sino por la maestría de Kore-eda, que encuentra aquí, en una familia muy concreta, con unas personalidades inconfundibles e irrepetibles, y excelentemente retratados todos, el elemento de universalidad que la une a todas las familias. Porque todos pasamos por el trance de hacernos mayores cuando somos niños, de hacernos mayores en el sentido políticamente correcto del término, luego—o sea, envejecer, ir perdiendo a los hijos de vista, excepto para visitas ocasionales, ir sobrellevando las desgracias y tragedias que aunque están en el pasado siguen muy presentes, y forman ya parte de los sobreentendidos familiares—en esta familia están todas las familias (y sí, también la mía). Recomiendo ver la película, desde luego, aunque puede ser una experiencia dura así entre líneas y como quien no quiere la cosa. No hay gore, ni desgracias, ni gritos ni escenas violentas, nada—todo es muy tranquilo, muy cotidiano, muy japonés y muy tradicional. Pero al poco rato de verla parece que estás con gente que has conocido toda la vida—esa gente precisamente que has conocido toda la vida. Es una obra maestra del detalle, de la penetración psicológica y de la sutileza. Y sí, en efecto se parece mucho a Tokyo Story de Ozu, pero es mucho más absorbente, intensa y ligera a la vez.
Los abuelos viven cerca del mar, en un paisaje japonés que parece talmente Galicia, en la vieja casa de toda la vida, toda paneles corredizos, mobiliario viejo, y montones de chismes acumulados. La ocasión de la película es la visita a casa de los padres de un hijo y una hija con sus familias respectivas; el protagonismo mayor se lo lleva la familia de Ryo, el hijo segundo, que hace poco se ha casado con una joven viuda, Yukari. Ella y el hijo de ella lo acompañan en la visita un tanto problemática—habrá mucha ocasión para observar al detalle las relaciones a la vez cercanas y distantes entre familia carnal y política. La hija y yerno tienen una parejita; son todos simpáticos y tratables, el yerno discreto ha aprendido a quitarse de enmedio y se echa la siesta todo el día o se va de paseo con los chavales; la hija Chinami es un encanto (como Yukari por otra parte), cariñosas, atentas, despiertas y observadoras—hay planes de que Chinami y el yerno se muden a casa de los padres para ayudarlos ahora que son viejos, pero una de las cosas que se descubren a lo largo de la película es que después de todo ni el abuelo ni la abuela quieren volver a tener gente en casa. El abuelo es un viejo médico jubilado, extremadamente orgulloso, caprichoso, irritable e impaciente, hasta la mala educación con frecuencia. Son una vieja pareja que vamos conociendo poco poco, hasta que al final ni él parece tan malo ni ella tan buena: la abuela que está todo el día dedicada a la cocina y a la familia esconde una colección de resentimientos que la llevan a cometer pequeñas crueldades o venganzas casi invisibles, en realidad bastante inofensivas. Tanto el abuelo como la abuela viven colgados del pasado, del hijo mayor que perdieron, Junpei, el que iba a continuar la tradición del padre haciéndose médico—y más pendientes están de él hoy, que es el día de su aniversario, para lo cual se ha reunido la familia. Hay varias ceremonias shintoístas alrededor de un altarcillo con su foto, y el ausente está realmente muy presente. Murió salvando a un chaval vecino de ahogarse... y se ahogó él. Hoy les visita como cada año ese vecino, un hombre joven poco agraciado, gordo, nervioso y sudoroso, sin pareja ni perspectivas de trabajo. Les expresa como cada año su agradecimiento a su salvador Junpei... es una escena entre grotesca y sentimental, y el visitante provoca las risas de los niños. Sobre todo cuando el abuelo comenta que el mundo no es justo, visto que por este mierda se ahogó mi hijo. "Papá, aún es joven, aún puede encontrar trabajo", le dice su hijo Ryo (parado vergonzante él)... A Ryo, el hijo segundo, ahora el mayor, le da pena este ritual, pena por el superviviente—pero descubre que su madre piensa invitarlo todos los años precisamente para que sufra. La abuela también lo atormenta a él haciéndole que se bañe al estilo tradicional con su "hijo"—y es que no es su hijo, se ha casado el segundo con una viuda con niño, mantienen ante los padres la ficción de hacerse llamar "papá" e "hijo" cuando en realidad siempre se llaman por su nombre... y ni el abuelo ni la abuela los consideran de la familia, a la viuda Yukari y al niño, y se lo dejan ver entre líneas a Yukari en multitud de ocasiones. Este hijo Ryo, al contrario que la hija mayor, tiene una relación difícil con los padres: se siente fracasado, comparado con su hermano mayor difunto, que era el favorito—Ryo no está a la altura, no pudo hacerse médico, ahora mismo está en paro, su hijo no es hijo suyo, tiene esposa "de segunda mano"—es curioso lo extremadamente tradicionales que son para algunas cosas, estos japoneses de clase media. No está presente en el aniversario la viuda de Junpei el hijo mayor, a la que han perdido de vista desde hace años ("si hubiesen tenido niños podríamos invitarla"... etc.). Se ven fotos familiares, se hacen discretamente preguntas indiscretas, se estudian planes de futuro, se tantean momentos de familiaridad y de comunicación, que con frecuencia llegan a un callejón sin salida... por ejemplo, el tema de que Ryo está en paro no debe mencionarse ante sus padres, y va manteniendo la ficción bien que mal. Su cuñado le quiere vender un coche, un monovolumen "ahora que tiene familia", y debe fingir que no le interesa. Vaya, su madre quería que sus hijos la paseasen en coche, la visita al cementerio se le hace cuesta arriba. Allí van todos también a hacer más rituales. Todo esto le trae a la cabeza a la joven viuda casada al que fue su marido, parece que guarda algún secreto recuerdo de él que no airea mucho—a estas japonesas jóvenes les va mucho lo de suavizar las relaciones, que ya bastante difíciles son los hombres... Le dice a su niño que visitarán la tumba del padre muerto. La abuela había hecho una cosa muy rara que ha impresionado al chico: había entrado una mariposa por la noche, y la abuela se ha emocionado toda, diciendo que igual era el alma de su hijo que les visitaba, y en efecto se posa la mariposa en el retrato de Junpei el Ausente... Bah, tonterías, supersticiones, dice el abuelo, y Ryo el hijo mayor pero no primogénito coge la mariposa y la suelta a la noche, la ven irse... La abuela se va a dar un baño, también ella, emocionada. Ha tenido también una pequeña venganza contra su marido, sin que nadie se entere: hablando de recuerdos personales, les pone una canción "que le trae recuerdos", una de los sesenta... todos imaginan que de los tiempos en que el abuelo era rómántico, "Bah, no tiene nada que ver conmigo", dice él, siempre desaborío—pero luego nos enteramos los espectadores de que era la canción que le gustaba a una amante que tuvo el abuelo, y que la abuela le va dando recordatorios a veces, no olvida y perdona sólo a medias. Las viejas parejas afinan sus rituales comunicativos, y también las familias—muchos mensajes se envían de modo no explícito, signos y símbolos que sólo los avezados pueden leer bien. Los niños observan todo esto, especialmente el pequeño falso nieto—que encuentra un lugar ambiguo en la casa, con sus primos y sus abuelos. Los muertos nunca se van del todo, le dice al niño su madre Yukari, comentando la escena de la abuela y la mariposa. Tu padre está en tí, dentro de tí—le dice que está hecho mitad de él, mitad de ella. —¿Y Ryo?, pregunta el niño. Bueno, de él también, con el tiempo, también se irá haciendo de él, le dice su madre....
La familia de la hermana se volvieron para casa en el día mismo; los de Ryo su hermano se quedan a hacer noche en casa de los padres, con resultados agridulces. Los abuelos investigan si esta pareja van a tener hijos propios o no... la madre ni lo espera ni lo quiere, y se lo deja semiclaro a la nuera.Es más fácil divorciarse si no hay hijos de por medio. Los vemos pasear al día siguiente hasta el mar, al falso padre y al falso hijo, con el abuelo, y el viejo se ablanda un poco, le habla a su hijo de ir al estadio juntos, de llevar al chaval... como lo llevó a él cuando era niño. Pero no se dará el caso. Al final de la película vemos una visita años después de Ryo y familia: pero vienen en coche, han prosperado algo... y tienen una niña, además del chaval ya adolescente. Visitan el cementerio, a hacer los rituales familiares: el abuelo murió al poco, y la abuela pocos años después. Nunca fuimos al estadio juntos con mi padre, y por fin nunca paseé a mi madre en coche. (Siempre acaba pasando así, le digo a mi esposa).
Será casualidad, pero esta noche ha tenido lugar la primera visita o aparición de mi padre, tras su muerte. En un sueño, claro, ha sido—el hombre no tenía ninguna intención de asustarme. De hecho, acababa yo de hablar por teléfono con mi madre, dando por hecho que estaban lejos, los dos, en el pueblo seguramente—pero al poco rato entraba mi padre por el cuarto, trayendo unos papeles, a preguntarnos qué tal nos encontrábamos. Y estábamos bien, era una visita normal, sólo pasaba por allí, a saludar, aunque mi padre siempre se fija en las cosas más de lo que parece, con su fama de distraído. Bien, pues luego resulta que, más adelante en el sueño, no me casaban las fechas, y me entraba la sospecha de que cuando hablé con mi madre por teléfono mi padre ya estaba muerto—¿y entonces, esa visita? ¿Me había olvidado yo de que se había muerto, cuando vino, o no lo sabía aún? Era urgente examinar los papeles, ver si se me confundían las fechas, o si efectivamente había venido a vernos una aparición cotidiana—iba a decir y no mi padre, pero de eso nada, porque aparición o no, era mi padre el de siempre. Pero las fechas estaban confusas, no quedaba claro al examinar los papeles cuándo habían sido escritos, o quizá no se encontraban. Esa era la aparición de esta noche, a vision in a dream supongo que podría decirse. Otro tipo de apariciones no espero, pero ¿apariciones, así en general? Haberlas, claro que las hay, en Japón y aquí.
En el cineclub nos vemos esta película de Gus Van Sant, que la tenía yo atrasada. Película de cierto culto semifringe, tanto por su estética un tanto errática como por la temática marginal de chaperos, drogadictos y demás. Casi lo que más me gustó fueron los colores y la fotografía. El protagonista, Mike (el malogrado River Phoenix) es un desvalido prostituto narcoléptico—vamos, que se cae dormido o desmayado constantemente en los momentos más inoportunos. Esto no le facilita la vida, aparte de que el muchacho no tiene ni muchas luces ni formación ni oficio ni beneficio ni talento visible aparte de vender el culo, y hasta eso se le da mal. No es sorprendente que siempre se encuentre en la vida como perdido en una carretera que va a ninguna parte (una imagen en concreto, la de esa carretera en Idaho, que se repite al principio, a mitad y a final de la película). Depende de quienes se apiadan de él o le cogen afición, para ir tirando unos metros más allá. Ahora, que el chaval no mueve nunca un dedo para superar su situación, no da para más—es tan inútil y de nivel tan bajo que en cierto modo está más allá de la moralidad. De hecho es un niño mal crecido que nunca llegará a madurar, y lo más proactivo que hace es de hecho regresivo—volver a intentar localizar a su familia, una mierda de familia que debió dejar en algún recodo de esa carretera. Su padre, o quizá no sea su padre, es un pintorzuelo dejado que vive en una caravana, y su madre, al parecer una destalentada que cometió un asesinato pasional, se pierde en el pasado en algún viejo super 8 que es la imagen inalcanzable de un cielo infantil, inalcanzable y más que dudoso. El futuro no promete más: la película acaba con River (que tampoco parecía tener mucho más criterio que su personaje) tumbado en la carretera, saqueado por dos malos samaritanos y rescatado por un buen samaritano que se lo lleva a un horizonte vaquero demasiado bonito en ese último fotograma. Es que las valoraciones de la película van un poco a voleo—el director (como algún otro personaje) parece encariñado en demasía con Mike, por una mezcla de pura piedad y de cara bonita, o por su pura indefensión— porque no da para más el chaval. Igual el director está más cerca de Scott Favor, uno de los buenos samaritanos de Mike—del cual éste se enamora, pero Scott no es homosexual y es chapero sólo por vicio, no por gusto. Scott está forrado, hijo de un alcalde, prohombre y magnate, y se mete en la mugre de la prostitución como forma de hiperreacción adolescente contra el mundo de su padre. Pero volverá a por la herencia. Esta parte de la película repite (literalmente a veces) la historia del príncipe Hal y su padre Enrique IV en la obra de Shakespeare. El personaje de Mike no pega mucho en esa historia, por cierto—no sabemos que nadie se enamorase de Hal, a no ser Falstaff. El papel de Falstaff aquí lo hace Bob Pigeon, un viejo ratero que es el jefe extraoficial de la banda de chaperos drogatas—entre Fagin y Falstaff está el hombre. El tema shakespeareano, teniendo su interés inherente (el hijo pródigo que vuelve al mundo del padre, se hace cargo de la herencia, rechaza a sus malas compañías.... etc.) rechina un tanto en varias ocasiones—sobre todo cuando caes en la cuenta de que ninguno de estos personajes tiene la menor noción de teatro clásico, pues si no se verían a sí mismos repitiendo paso por paso las escenas de Enrique IV, incluyendo el robo de Gadshill (dios mío, hasta con trajes de fraile). En fin, que la película toca muchos palos, y siempre tiene algo interesante, pero a veces no acaban de combinar bien los ingredientes del guiso. El director, como decía, parece colocarse más en el papel de Scott (Keanu Reeves), como alguien que ve ese mundo marginal desde dentro pero sabe que lo tiene superado, que madurará y saldrá de él en cuanto elija, o que ya ha salido—tiene topsight—mientras hay otros como Mike, o como River, que son desvalidos y no tienen la capacidad de abrirse camino en la vida. La de Mike, por mucho que se lo lleven al horizonte infinito de Idaho, va a ser corta, sin dirección, y vivida como en un sueño. Al fin toda vida viene a ser vivida como un sueño en una carretera infinita, igual viene de allí la fascinación que despierta el protagonista, aparte de ser delgadito y con buen peinado.
Por cierto, sí vi Inception / Origen, la aclamada película de Christopher Nolan, después de haber visto hace poco El caballero oscuro, y ambas me han gustado. Podría haber ido a repetir Origen otra vez, que no estaría de más (las malas lenguas dicen que es una película diseñada para conseguir dos ingresos de taquilla por espectador)—con Álvaro y Beatriz que fueron a verla ayer, pero en su lugar me fui con los pequeños a Toy Story 3, que también recomiendo y recomiendan ellos. Y eso que Ivo tenía muchas ganas de ver Origen, aunque iba avisado de que supondría un reto para su redonda cabeza.
Aquí hay una reseña de Roger Ebert, para quien lea inglés y no sepa de qué va la fiesta. Y aquí otras más elaboradas, una de David Hudson, otra de Vanessa Thorpe y otra de David Bordwell y Kristin Thompson. Ésta con interesantes apuntes narratológicos, y hasta una interpretación con referencia a la teoría de las múltiples inserciones de representaciones mentales de Robin Dunbar. Cierto que la película es una obra de arte de construcción compleja, y una mina para los aficionados a las paradojas narrativas y a los relatos con múltiples niveles, como yo.
De la reseña de Ebert, lo que más modificaría yo es esa noción de que la película es tan original... está hecha íntegramente (como todo, decía Barthes) de materiales reciclados, entrecruzados y recombinados. Algunos de ellos de películas previas de Leonardo DiCaprio, según entiendo—hay que cuidar el Star System. Y las peleas espectaculares con efectos de gravedad cero, el argumento de videojuego, los paisajes imposibles, los niveles de realidad, la duda ontológica sobre si el mundo es sólido—todo se puede encontrar en películas anteriores. Citemos así rápidamente: Total Recall, Solaris,eXistenz, Abre los ojos / Vanilla Sky, The Matrix, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, La memoria de los muertos, El imaginario del Doctor Parnassus, World Builder, o aquélla de Robin Williams sobre el mundo de los sueños... con angustia de pérdida de pareja incluida, en estos casos. Eso sí, Inception está muy bien hecha en todos sus aspectos, y si hay costuras están bien alisadas. La pequeña señal ambigua del final, la peonza que termina o no termina de girar, y nos deja con la duda de si hemos llegado a la realidad o estamos atrapados todavía en una ficción onírica—y lo estamos, claro, pero por poco tiempo, porque pronto termina la película, y el cine es el modelo de ficción onírica que inspira todas estas ambivalencias de la realidad.... La pequeña señal, digo, la peonza, me recuerda al caballito de papiroflexia que aparece al final de Blade Runner—una pequeña pista de que quizá la realidad que hemos estado viviendo por delegación admite ser interpretada de otra manera. También es, claro, como el beso final de Total Recall, un homenaje a la ficcionalidad del cine y su capacidad para hacernos vivir mundos dentro de mundos.
En cuanto a mí, todo el que me conozca sabrá que Inception sí siembra hábilmente dudas sobre si, una vez despertamos a la realidad de la sala, y los zombis abandonan el local como decía Mecano—sobre si hemos vuelto realmente a la realidad, o seguimos atrapados en un sueño apofénico, en el que oscuras señales nos dan pistas de que estamos viviendo una realidad virtual artísticamente diseñada por el Genio Maligno. Recordemos la inquietante investigación filosófica de Nick Bostrom, "Are You Living In a Computer Simulation?". Son estas dudas a la vez un tema eterno—que toda la vida es sueño— y un Leitmotiv de nuestros tiempos acelerados por la realidad virtual y los niveles de representación insertos unos dentro de otros, la facilidad para manejarlos que nos han dado la novela, el cinematógrafo y la cibernética. Inception se pone sus propias normas, arbitrarias, claro—la diferencia de duración entre los tiempos de un nivel y otro, la permeabilidad de los niveles de sueño, que da lugar a divertidas correspondencias entre una realidad y otra, las arquitecturas paradójicas que son una especie de símbolo visual de la película misma... todo manejado con una soltura y un acabado que son los que le han dado a esta película el éxito que ha tenido, no pensemos que es el tema cartesiano (ése de la duda sobre la sustancialidad de la realidad) el que más vende en cine, por muy sustancialmente cinematográfico que sea. Y lo es—esta película, lejos de ser original como creía Ebert, es una obra de género, de un género, el de las múltiples realidades, que se ha ido asentando poco a poco en el cine, que asoma mucho en algunas películas como ésta, y menos explícitamente, apenas esbozado, en otras—pero con el cual el cine ha encontrado un auténtico filón, una vocación—y un puente más que lo une a nuestra experiencia cotidiana, que una vez la interpretamos como lo que es, es compleja, y nos lleva a lo largo del día, y de la noche, a través de múltiples mundos virtuales, ensoñaciones, imaginaciones, pesadillas y despertares—abre los ojos—parciales, antes de ese gran despertar al sueño eterno que es la muerte.
Dos detalles. La exposa de Cobb/DiCaprio, interpretada por Marion Cotillard—Mal, creo que se llamaba—ha acabado confundiendo sueños y realidad, con todos esos experimentos metaficcionales, y se suicida creyendo que así va a salir al mundo exterior fuera de todos los sueños. Sólo logra, claro, morir—y seguir viva únicamente como personaje del mundo más profundo de los habitados por Cobb, un mundo que va arrastrando en secreto a través de todas sus labores y trabajos de fino ingeniero—pero que no cesa de producirle interferencias y de poner en peligro la estabilidad de todos los demás mundos en los que habita. En el centro de todas las redes de mundos de Cobb, allí está la femme fatale, la araña o mujer monstruo de quien no puede escapar, a la vez añorada y temida—con ella vivió una vida entera, virtual, y llegó por lo que se ve a celebrar las bodas de oro y a morir de viejo con ella—antes de verse arrojado a través de otras dimensiones en las que eran otras vidas las vividas. Todos los tiempos de la vida (de la real y de las posibles) son virtualmente simultáneos, en cierto modo, y también eso lo recoge la película, esa eternidad del recuerdo o esa simultaneidad de los muchos mundos mentales en que habitamos.
Y el otro detalle: la idea que quiere implantar Cobb, como encargo de Saito, para acabar con el imperio concurrente. La duda sobre cómo haría Fischer Jr., el joven heredero capitalista, para no decepcionar a su padre Fischer Sr. Pues el joven heredero tiene una relación problemática con su padre, y ése es el punto débil a atacar, según Cobb y Saito. Se le hará creer que Fischer Sr. estaba decepcionado con Jr. porque no había intentado vivir su propia vida, sino únicamente imitarle a él y seguir sus pasos (que llevan a la decepción). Aquí hay una escena que retoma un tema de Ciudadano Kane: el millonario moribundo nos da una señal que remite a la infancia—Rosebud—pero en este caso no a la propia infancia, como señal de su insatisfacción con su propia vida, sino a la infancia de su hijo. Guarda el anciano agonizante, en la caja fuerte, el testamento que anula sus disposiciones anteriores sobre su fortuna, y también un molinillo de viento de su hijo cuando era pequeño. Como señal de la decepción que supone que crezca todo hijo, supongo, pues no queda claro aquí, viva la vida que viva, cómo podría haber satisfecho las aspiraciones de su padre, si era al niño a lo que echaba de menos. Llegados a este punto sugiero cambiar de nivel de realidad, e ir a ver Toy Story 3.
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Addenda: En primicia, o segundicia, la reseña de Inception según Álvaro, publicada en su facebook:
Origen es, sin duda, una de las mejores películas que he visto, y la encuentro al mismo nivel que Matrix (aunque le falta el Agente Smith :D). Guau, en serio, es que lo tiene todo: la dosis justa de acción (es decir, un huevo), sueños, tren...es, unos efectos especiales de la leche, un guión muy bueno y bien explicado... Bueno, empecemos analizando el principio. Es difícil de la leche, así de claro. Te sacan a unos chinos, una peonza y al DiCaprio medio ahogado y no sabes qué leches pasa ahí. Luego, a los diez minutos, ya pillas el ritmo y el estilo de la peli, te empiezan a explicar conceptos y la sigues bien, pero vamos, que empieza fuerte XD. Además, más tarde el asunto se complica mucho y hay momentos en los que piensas “Me pierdo, me pierdo”, pero no hay que tener miedo, que todo está explicado ¿vale?. Llegados a este punto, para seguir con el post voy a tener que explicar un poco del argumento (nada que no podáis ver en cualquier blog, en serio): el prota, Cobb, es un especialista en espionaje industrial que tiene un método un tanto curioso; el equipo que lidera seda a la persona de la que quieren extraer la información y crea un escenario virtual en su mente (un “sueño artificial”), que el sujeto se ocupa de rellenar con la información de su cerebro. En ese “sueño” siempre incluyen un lugar seguro (una caja fuerte, una cárcel...), que el cerebro del receptor reconoce automáticamente y llena con la información que desea mantener en secreto. Luego, Cobb se inyecta un sedante, se introduce en el mismo sueño que el receptor y roba la información que necesita de su mente. Así de simple XDD Bueno, el caso es que un día un japonés le contrata para que haga lo contrario; introducir una idea en la mente del heredero de un imperio financiero rival para que decida disolver la empresa de su padre cuando éste muera (de ahí el título de la peli: “Origen”, el Origen de una idea, aunque deberían haberla traducido como “Concepción”, más bien...). Los personajes están muy bien, la verdad, y la peli también tiene momentos graciosos ("Tienes que soñar a lo grande, tío" -lanzagrazadas- PTUI-KABOOM!!!!) Finalizando ya la parte sin Spoilers, os digo que es una peli MUY buena y muy entretenida, pero que te obliga a estar con la CPU mental a toda leche las dos horas y media que dura.
Fischer es un pobre pardillo, así de claro. Pero pobre chaval, joder, la de meneos que le meten para, al final, manipularle la mente...y la pena que me dio cuando entra, engañado, en su propia cabeza, abre la cajita fuerte de su padre...y se encuentra con su propio Rosebud...imaginario, porque eso sólo significa que, en el fondo, él, y sólo él, quería creer que su padre le quería. Es una mentira imaginada por él mismo, pero el pobre se lo traga porque piensa que está en la mente de su tío. Ahí sí que tuve ganas de meterle de leches a Cobb...cretino...¬¬ Y me parecieron muy guays las escenas en el segundo sueño, cuando están en la nieve. Parecía que estaban en el Call of Duty: Modern Warfare, o algo así...lol Ah, por cierto, las proyecciones-gente de negocios de cara seria daban cague, ¿eh? XD
Bueno, la próxima peli que veré será un poco más facilona: "Los Mercenarios" (OOOOH!! Sesentones cachas metiendo caña!!) XD
(Buen punto lo del Rosebud imaginario, este Álvarez...)
Vemos en el cineclub Katyn, de Andrzej Wajda—llevo más de treinta años viendo películas de Wajda en cineclubs, parece. Es una película muy bien llevada, a la manera un tanto gélida del director, con una música impresionante de Penderecki. Sigue las andanzas de varios personajes alrededor de la matanza de Katyn—algunos de los polacos asesinados, alguno que se salva, los familiares, los resistentes a la Polonia comunista... y da una imagen tremenda del siglo XX, de los totalitarismos y de las circunstancias que llevan a la gente a doblegar su voluntad y su conciencia, o bien a resistir y mantener el estandarte de la verdad y de los principios, en lugar de acomodarse a lo que hay y a lo que quiere el poder. Impresionante la película—y lástima que la vea tan poca gente (cuatro gatos en el cineclub, pero bueno, así anda el país, con "otra de gambas" como dice Jiménez Losantos). Aquí hay una buena reseña de Roger Ebert.
En Katyn, Rusia, para quien no se acuerde, el ejército ruso organizó, siguiendo instrucciones del abyecto Stalin, una masacre de unos veintidós mil prisioneros polacos. No contento con pactar en secreto con Hitler para invadir Polonia, el supuesto "bastión frente al nazismo" (que aún hay algunos que así interpretan su intervención en la guerra de España) organizó un matadero sistemático en el que miles y miles de oficiales polacos prisioneros fueron trasladados organizadamente de sus campos de concentración a un matadero donde se les daba un tiro en la nuca y se les enterraba en fosas comunes. Todo bien tabulado y administrativamente controlado: el modelo comunista no tenía nada que envidiar al nazi, y hay un tipo de persona que se queda satisfechísimo negando un pasaporte, o dando un cupón, o pegándole un tiro a alguien, siempre que quede convenientemente registrado y anotado y tabulado. El metodismo administrativo del horror masivo, y el acogotamiento público de la verdad—son algunos de los rasgos definitiorios del siglo XX.
Luego Rusia cambió de bando... y esta matanza masiva fue un recuerdo incómodo para los comunistas polacos, y para la Polonia sometida a Rusia tras la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, hubo que reescribir la verdad, con tácticas orwellianas (justo por entonces estaba Orwell escribiendo 1984) y crear una ficción conveniente: que habían sido los nazis quienes mataron a los polacos, no en 1940, claro, porque entonces no habían invadido Rusia aún, sino en 1943. Para eso hubo expertos forenses, etc., que falsificaron los datos. Y en la película se convierte el reconocimiento o no de esta verdad en una piedra de toque para la dignidad o bajeza de los personajes. Uno de los supervivientes (por error) de Katyn es ahora miembro del ejército rojo polaco—pero le atormenta lo que sabe. Busca un perdón privado contando la verdad a la familia del oficial que había muerto en su lugar—pero no quieren saber nada de él. Al final, atormentado por la situación falsa en la que se ha metido, se pega un tiro. Otro muchacho, antiguo resistente antinazi, quiere estudiar tras la guerra, pero en su currículum figura la verdad incómoda: insiste en mantener que es hijo de un militar muerto en Katyn en 1940. La directora del colegio le pide que ceda, que se adapte a lo que se le pide—que corrija el currículum. "Currículum sólo hay uno"—le contesta él, y poco después muere en un enfrentamiento con la polícia comunista. Otra muchacha insiste en poner a su hermano muerto una lápida donde figura la fecha "inconveniente" de Katyn: y no sólo es prontamente destruida la lápida, sino que ella es encarcelada al insistir en decir la verdad. Queda muy claro quiénes eligen mentir sabiendo la verdad, y el valor moral de esa opción al perpetuar y reforzar el indigno totalitarismo manteniendo las ficciones impuestas por el poder.
En suma, es un análisis memorable de los mecanismos mediante los cuales el totalitarismo impone la docilidad y la sumisión, de arriba abajo, por instrucciones del vértice de la pirámide que se transmiten férreamente por todo el aparato—siendo la falsificación de la verdad, y la sumisión voluntaria, auténticos requisitos del sistema, para que el poder demuestre su eficacia, su control de la situación y su capacidad de torcer toda otra consideración en la mente de las personas mediante el miedo y el conformismo. Otro aspecto del conformismo es expuesto en la película: las propias víctimas son llevadas como borregos al matadero, a veces por guardianes escasos o simplemente siguiendo instrucciones—todo por una comprensión inadecuada de la situación en la que estaban y de la barbarie a la que se enfrentaban. Es memorable otra escena en la que los universitarios de Cracovia van a una "conferencia" del un supuesto doctor alemán, un militar nazi, y reciben de éste desde el estrado sólo la comunicación de que van a ser internados en un campo de concentración. Se les saca a culatazos de la sala de conferencias y se les mete en vagones que los llevarán al matadero. Me recuerda la escena a otra junta de Facultad, ésta de una novela de Nabokov sobre el fenómeno totalitario, Barra Siniestra. Lo siniestro está a veces incómodamente cercano.
Katyn, la película sigue una estructura temporal que muestra primero los preliminares de la matanza de Katyn, y luego sus consecuencias en las vidas de los supervivientes—y reserva las imágenes de la matanza en sí para el final mismo, cuando en un flashback uno de los protagonistas es llevado como un cerdo al matadero, recibe su disparo, y es enterrado en la fosa común por los bulldozers. Logra así la película un impacto tremendo en la mente del espectador—y la estructura narrativa en flashback queda justificada por el hallazgo de una libreta en la que este protagonista anotaba hora a hora lo que veía suceder. Es esa libreta la que permite conocer más de cerca el horror que se quiso borrar de la historia y que no acababa de tomar forma.
Una película como ésta es un documento necesario en la historia de un país—y se pregunta uno, aquí en España, para cuándo veremos una película similar sobre el Katyn español, la matanza de Paracuellos. Parece que el cine español está en otra película, para vergüenza suya. En Polonia ha costado tiempo hacerla. El padre de Wajda fue uno de los asesinados, y su hijo ha esperado a ser octogenario para hacer una película sobre este asunto.
El horror de Katyn no acaba allí, sin embargo, cuando la tierra de la fosa común cubre la pantalla del cine. Al poco de filmarse la película de Wadja, hubo una espeluznante continuación a modo de epílogo, para sentar bien clara la perpetuación del trauma histórico. Los rusos, tras haber negado durante el período soviético la responsabilidad de Rusia en la matanza, acabaron reconociéndola. Y hace poco organizaron, en abril de 2010, un solemne acto de desagravio en Katyn, al que iban a asistir las autoridades soviéticas y las polacas en pleno.
El primer ministro polaco, Lech Kaczynsky, acudió al homenaje en un avión, con gran parte de su gobierno—y el avión sufrió un accidente y se estrelló. Murió allí Kaczynsky (uno de los dos célebres políticos gemelos, cuyo nombre no deja de recordar a Katyn)—y los demás ocupantes del avión, 95 personas, dejando a Polonia sin sus principales autoridades, y añadiendo un espanto adicional a la historia de Katyn. Así dice la Wikipedia:
Según el gobernador de Smolensk y la agencia PAP de Polonia, citando a fuentes rusas, no hubo supervivientes y en el accidente murieron los noventa y seis pasajeros, entre ellos se encontraban su esposa Maria Kaczyńska, 8 miembros de la tripulación, la cúpula militar polaca como son el jefe del Estado Mayor y los comandantes en jefes de los Ejércitos de Tierra, Mar, Aire y Fuerzas Especiales, el gobernador del Banco Central, el Defensor del Pueblo, varios viceministros, miembros del Parlamento, una delegación del Gobierno, su gabinete político, prelados de la Iglesia Católica y otros altos cargos, lo que provocó la desaparición de la élite del poder en Polonia en lo que se ha denominado ya como "la maldición de Katyn"
“Si no aterrizo, me matarán”. Según el canal privado de televisión, TVN24, esas palabras pertenecen al piloto del avión siniestrado. El ministro de Justicia se ha negado a comentar esta información y solo ha añadido que "es una buena noticia: han logrado descifrar los extractos incomprensibles hasta ahora". (Cope)
Aquí hay otra versión, pero parece que se va a correr un tupido velo sobre el asunto. Kaczynsky provenía de los niños mimados del régimen, sindicalista oficial, hasta que se convirtió en uno de los activistas sindicales que llevaron a la revolución anticomunista de Polonia. Putin, con quien se iba a reunir, también es un "demócrata" reciclado, que viene de los más turbios recodos del régimen soviético. Dos supuestos anticomunistas, antiguos comunistas, personajes que crecieron y treparon en un régimen totalitario que bien conocían, organizan una ceremonia patriótica, en una ambigua maniobra de reconciliación obligada. Para quedar bien rusos y polacos unos con otros, los rusos que ya no son los rusos los que hicieron la matanza— pero todos antiguos comunistas, unos y otros... Y los tortuosos caminos de la violencia y de las actitudes autoritarias, del trauma histórico, y de la casualidad, llevan a repetir el trauma en lugar de curarlo.
La película de Wajda es magistral, e impresionante. Pero la historia se ha encargado de que ahora sólo cuenta la mitad de la historia—hay que volver a hacer otra película sobre Katyn, que incluya este epílogo, uno de los sarcasmos más crueles que ha dado la historia.
Qué mal está América para que esta película haya tenido un exitazo, y encima le hayan dado un oscar a Sandra Bullock, que aunque me suelen gustar sus películas no está especialmente nada en ellas, ni en ésta tampoco. Igual el oscar se lo han dado al personaje, y no a la actuación. La película está basada en una historia real; y va de una familia extremadamente republicana que por una ventolera caritativa de la señora acaban adoptando a un chavalote negro de doscientos kilos, Big Mike, que no tenía familia ni amparo en la vida. Le ayudan a superar sus problemas con los estudios y lo promocionan hasta convertirlo en un as del fútbol americano (que era para lo que lo habían admitido en su exclusivo colegio, inicialmente). Siendo atípicas las acciones de la familia en su círculo social, etc., incluso les investigan para ver si era todo un truco para meter deportistas de élite negros en un college sureño tradicionalmente blanco—por vía de la familia. Pero aquí todos son muy sinceros y no hay truco, sólo cristianismo y grandes corazones dickensianos. La película parece mentalmente de otra época, abogando simbólicamente por la integración total del negro en la comunidad blanca, renunciando a su propia comunidad, que aquí es una mera ruina de borrachos, drogadictos, criminales y chulos de barrio. Big Mike se distancia simbólicamente de los de su barrio, peleándose con ellos por los insultos lanzados a su familia blanca—en lugar de hacer como haría un negro bien integrado, y soltarles un insulto todavía más gordo que los dejase planchados y admirados. También es atípico al no tener ningún lazo social real con su comunidad, ni ganas de comunicarse con nadie, y ningún instinto sexual según parece. En suma, será un caso real, pero como decía Aristóteles a veces la realidad no es realista—por mucho que le pongan al final, con los títulos de crédito, las fotos de los auténticos protagonistas de la historia. El sueño será posible, o real, pero sigue siendo un sueño, si no una fantasía delirante. Las películas americanas son siempre a un nivel una cierta alegoría social, con resoluciones imaginarias de conflictos reales (especialmente entre negros y blancos), y podríamos decir que aquí los términos del conflicto están muy amañados—o que la situación tiene muchos ángulos muertos y puntos ciegos. Como digo, es (la película y la señora) extremadamente republicana. Pero muy caritativa, eso sí; yo, particularmente, no acostumbro a invitar a dormir en casa a ningún negrazo de doscientos kilos y aspecto hosco que me encuentro por la calle, ni yo ni la mayoría de mis amigos progres, e incluso diría que pocos republicanos lo hacen. Y hasta que no se generalice la solución de esta película, no sabremos si la receta propuesta para los males de América era la adecuada. A mí me da como que lo último que querrían muchos negros, por mal barrio en que vivan, es que los adopte una familia de republicanos de la Asociación del Rifle, y que los manden a un colegio pijo. A hacer carrera y contactos, hala.
Premisas básicas de esta película: Henry (Eric Bana) tiene un problema genético que le hace viajar en el tiempo, sin control, a ciertos momentos del pasado o del futuro; esto complica su relación con Clare (Rachel McAdams) pero también le añade un picantillo. (—Por ejemplo, Clare, harta de Henry tras unos años de matrimonio se echa de amante a Henry joven, que así se pone los cuernos a sí mismo. Eso es adulterio dentro de un orden y guardando las formas). Henry viaja en pelotas, como un Terminator sensible: lo malo es que tiene que robar ropa lo primero de todo, allá donde llega. No puede cambiar lo que pasa, ni saber todo lo que va a pasar: viaja selectivamente, sin control pero controlado, sólo a aquellos puntos del pasado que no estropean el guión. Para quien quiera una reseña centrada en los absurdos del viaje en el tiempo, aquí está la de Roger Ebert. Claro que como a quien no admita el género de la comedia romántica con paradojas temporal/dimensionales, al que nos ha llevado la historia del cine, se le va a hacer bastante durilla, le será mejor no verla. Les gustará en cambio a quienes les guste Ghost (mismo guionista); o más recientemente El curioso caso de Benjamin Button. O aquélla de Robin Williams, Más allá de los sueños; o La casa del lago; Ójala fuera cierto, o Frequency. También les gustará a quienes toleren la comedia romántica en todas sus variantes. Y seguramente también a los amantes de las paradojas temporales de todo tipo, que los habrá: los gustosos de Regreso al futuro, Deja vu, El día de la marmota, Kate&Leopold, Next, Minority Report, Paycheck, A Sound of Thunder, The Terminator, Time Cop, Star Trek (2009)... La madre de todas estas películas en su versión dura está en La máquina del tiempo, de H.G. Wells, pero recordemos que la versión familiar aún es más clásica: el Villancico de Navidad de Dickens, y si aceptamos la Divina Comedia como comedia romántica, allí están ya algunas paradojas y una visión de las relaciones amorosas con Beatriz, desde más allá del tiempo.
En la reseña de Stephanie Zacharek se apunta a los aspectos desagradables de la película (en especial para quienes les desagraden las comedias románticas). Aquí el viaje en el tiempo lleva a una relación entre Henry adulto y Clare niña que combina en dosis calculadas la pedofilia y el romanticismo lacrimógeno. "Qué monada serías de pequeña", le decimos a nuestra pareja. La película es muy consciente del terreno peligroso, y de ahí las alusiones veladas a la escena de la niña en Frankenstein, y a Lewis Carroll, en esta escena del prado.
Una reseña más sensible a la intención y logros de la película es la de Mick LaSalle:
The truth is, "The Time Traveler's Wife," in its clumsy way, does something significant. It takes, as its subjects, the sadness and grandeur of life and the mystery of time, and it offers a full experience to those who find its wavelength.
Time travel is a natural topic for movies. Take a moving picture camera and point it at anything, absolutely anything. Then wait a year or two, or 50 or 100. Eventually, those images will become heartbreaking to somebody. It's the nature of the medium. In the same way, The Time Traveler's Wife makes us aware of the ephemerality and preciousness of all things.
En las fotografías, en las películas, está contenida la muerte del tiempo pasado y a la vez su supervivencia. En una escena de armonía familiar salen filmando Henry y Clare a su hija Alba, con una cámara de video ya ahora demasiado grande, de los años 90. La proliferación de imágenes de vídeo casero de nosotros mismos (mías pocas por cierto), sumadas a los ya tradicionales álbumes de fotografía, llevan a esta superconsciencia del paso del tiempo como una historia personal que queda registrada, y a la que podemos regresar en cierto modo. Esto lleva a su vez a un deseo de explorar los sentimientos de incongruencia así producidos, y las posibles paradojas que imaginamos.
Ya la narración es de por sí una máquina del tiempo—de viajar en el tiempo, y de reorganizarlo y recombinarlo de maneras imprevisibles. Nuestra propia experiencia es narrativa, y cada nuevo medio de comunicación, cada nueva tecnología, aporta consigo sus propias posibilidades de narrativización, y su propia dinámica temporal. Estas vienen a intensificar y complicar nuestra experiencia del tiempo, pues lo experimentamos en sus formas complejas mediante la representación y sus tecnologías. En el artículo sobre los blogs y la narratividad de la experiencia desarrollé algo esta línea de razonamiento. En cuanto al cine, con su temporalidad alternativa, que avanza tan inexorablemente como la flecha del tiempo del Universo, y la imita y la duplica—el cine es quizá el mayor experimento de representación temporal desarrollado hasta la fecha. Aunque supongo que los videojuegos lo están alcanzando rápido... con otras posibilidades de inmersión e interacción. Con el cine no interactuamos: progresan las películas al margen de nuestra intervención, en un tiempo que a la vez es y no es el de este mundo. Ya las primeras películas de los Lumière proporcionaban esa inmersión en un espacio y un tiempo alternativos: esas eran tan lineales como nuestra noción ingenua del tiempo real. Pero pronto aprendió el cine a combinar distintas espacialidades y con ellas distintos tiempos: en las películas de Griffith ya se aprecia esa multiplicidad temporal, y con el desarrollo de los flashbacks el cine desarrolla su potencial de manipulación temporal. En Ciudadano Kane, las narraciones verbales se convierten en imágenes, y el supuesto relato verbal de los narradores se vuelve por primera vez una experiencia de viaje en el tiempo tan vívida como la experiencia de primer nivel en la que se apoya. Claro que pronto mostró Hitchcock (en Stage Fright) que la narración verbal convertida en imágenes podía pertenecer a una línea temporal ficticia, inventada por el personaje. Y en general el cine ha ido explorando esta dimensión del status dudoso de cada una de sus imágenes, asociándolas a recuerdos, a ensoñaciones—subjetivizándolas, uniéndolas a un punto de vista poco fiable. Eso lo hacía a su manera discreta el cine clásico de Hollywood—pero lo intensifica el cine de autor típicamente europeo, alrededor de los años 60. Y la naturaleza inestable de la realidad cinematográfica se vuelve un estándar del cine comercial en ese tipo de películas sobre realidad virtual, cada vez más frecuentes desde los años 80, en las que la realidad flojea. Ahora ya flojea hasta en la comedia romántica, género inocuo por excelencia.
Existe cada vez más consciencia en Norteamérica del carácter narrativo de la identidad personal: ver por ejemplo este artículo de "On the Human" sobre la identidad narrativa. Es algo quizá muy relacionado con la ideología del logro personal, y con la ritualización extrema de la identidad pública en esta cultura. A esa narrativización, y a esa ritualización, contribuyen mucho las tecnologías de la representación. Pronto hasta los obituarios serán cinematográficos, o multimedia, archivando la personalidad públicamente presentable y haciéndola accesible en diversos momentos del tiempo. Sobre esto había una película muy interesante de Omar Naim, The Final Cut (La memoria de los muertos). Y mucho hay de funeral en esta película de Más allá del tiempo. Gran parte de su intención parece ser acomodarnos a la pérdida, en especial a la de padres y cónyuges, desconstruyendo la linealidad ineluctable de la vida, para espacializarla, hacerla accesible y rewindeable en diversos puntos. También los vídeos caseros, o las fotografías del álbum, son viajeros en el tiempo que inciden de manera sorpresiva y poco controlable, en nuestras emociones, y volvemos a ver aquellas caras del pasado, unas veces más jóvenes, otras más viejas; unas veces son mosmentos de antes de que naciésemos, otras, reaparecen precious friends hid in death's dateless night, o amores perdidos por el mundo y por el tiempo y a quienes nunca volveremos a tener cerca. Con lo cerca que estuvieron, y si el tiempo fuese un lugar al que ir, allí seguiríamos con ellos, siempre en algún momento de nuestra historia, o allí podríamos ir a pasar un rato, a hablar del presente, del pasado y del futuro.
En la película, hay mucho de preparación para la muerte. Empieza con la escena de la muerte de la madre de Henry, un personaje rememorado (y visitado) a lo largo de la película. Siguen las premoniciones y visiones parciales de la muerte del mismo Henry. Aparece Alba niña hablando con Alba mayor, también ésta una time traveler, que le anuncia la muerte de su padre, y le enseña cosas al respecto que sólo terminará de aprender cuando sea más mayor. La imagen de Henry desapareciendo inopinadamente a cada momento y dejando sólo su ropa, por una parte sirve para lucir el físico de Eric Bana, pero por otra parte remite a lo que queda de los muertos, sus cosas—sus zapatos especialmente, en la última escena donde los recoge Alba tras la última (?) aparición y desaparición de Henry, años después de su muerte. En recuerdo nos visitan, los fantasmas de los difuntos, a veces cuando menos lo esperamos. Nos ayuda a los humanos, prisioneros del tiempo como cualquiera, el ensanchar un poquito los muros de la cárcel, y concebir nuestra existencia como algo que trasciende al tiempo. Como una película, que tiene una dimensión secuencial, temporal, pero también una dimensión espacial—es tiempo almacenado, y podemos volver a cualquir momento de ella. En películas como Más allá del tiempo esta dimensión formal del cine se ha tematizado, y ha invadido el argumento, organizando la experiencia de los personajes de modo puramente cinematográfico. Y es que no sólo querríamos ser estrellas de cine, que para eso se hicieron las estrellas, para vivir virtualmente en ellas, sino que también querríamos que todo el tiempo que hemos vivido estuviese almacenado y accesible en alguna parte—que nuestra identidad no se perdiese con el paso del tiempo, sino que pudiese permanecer, y volver y volver otra vez a los mismos sitios donde vivimos y fuimos, a veces, felices.
Para eso se hicieron las almas, y los rituales de recuerdos. Esta película es uno más. ¿Viajeros en el tiempo? Todos lo hemos sido, lo somos—viajando despacito—y lo seremos, más súbitamente, queramos o no. Por eso han hecho esta película, que es menos absurda de lo que parece.
The Time Traveler's Wife. Dir. Robert Schwentke. Screenplay by Bruce Joel Rubin, based on the novel by Audrey Niffenegger. Cast: Eric Bana, Rachel McAdams, Michelle Nolden, Alex Ferris, Arliss Howard, Brooklynn Proulx, Jane McLean, Roy Livingston, Brian Bisson Maggie Castle, Fiona Reid, Philip Craig, Stephen Tobolowsky, Hailey McCann, Tatum McCann. Music by Mychael Danna. Photog. Florian Ballhaus. Ed. Thom Noble. Prod. des. Jon Hutman. Art dir. Peter Grundy. Exec. prod. Richard Brener, Justis Greene, Brad Pitt, Michele Weiss. Prod. Dede Gardner and Nick Weschler. USA: New Line Cinema / Nick Wechsler / Plan B, 2009.
—opinan los niños. El libro éste siempre ha sido desagradable y sólo apto para filósofos analíticos. O para niños ingleses y victorianos (castigados, ignorados y vestidos con ropas rígidas). Necesitaba timburtonizarse, sin duda, para sacarle sus posibilidades siniestras, inquietantes y grotescas. Alice in Wonderland @ IMDb.
"With those battle scenes in place to please the boys, Burton and company have taken special care to provide pictures of Alice as a warrior princess in full Joan of Arc armor as a female empowerment icon for the girls in the audience.
While that kind of thing is always in short supply, it would be nicer if that image -- and the movie as a whole -- felt less like corporate moves and more like situations that came from the heart."
Alice in Wonderland. Dir. Tim Burton. Screenplay by Linda Woolverton, based on Lewis Carroll's Alice books. Cast: Mia Wasikowska, Johnny Depp, Helena Bonham Carter, Anne Hathaway, Crispin Glover, Matt Lucas, Marton Csokas, Tim Pigott-Smith, Frances de la Tour, Lindsay Duncan, Leo Bill, Jemma Powell, John Hopkins, Eleanor Gecks, Eleanor Tomlison, voices of Stephen Fry, Michael Sheen, Alan Rickman, Barbara Windsor, Paul Whitehouse, Timothy Spall, Michael Gough, Imelda Staunton, Christopher Lee. Music by Danny Elfman. Photog. Dariusz Wolski. Ed. Cris Lebenzon. Prod. des. Robert Stromberg. Casting by Susie Figgis. Art dir. Tim Browning, Todd Cherniawski, Stefan Dechant, Andrew L. Jones, Mike Stassi, Christina Ann Wilson. Set decor. Karen O'Hara, Peter Young. Costume design Colleen Atwood. Coprod. Katterli Frauenfelder, Linda Wolverton. Assoc. prod. Derek Frey. Exec. prod. Chis Lebenzon, Peter M. Tobyansen. Prod. Joe Roth, Jennifer Todd, Suzanne Todd, Richard D. Zanuck. Walt Disney Pictures / Roth Films / Zanuck Company / Team Todd, 2010.
El escritor han titulado en España a esta película muy recomendable de Roman Polanski. Debería llamarse mejor El escritor fantasma, o El negro, o La negra. Como siempre hay una buena reseña de Roger Ebert antes de que los demás nos pongamos a escribir la nuestra; ésta de Andrew O'Hehir también es interesante. Recuerda esta película al Hitchock de obras de intriga política como Topaz—pero tanto tanto que podría ser ésta una película de Hitchcock ambientado en el siglo XXI y transmigrado al alma de Polanski. Con esto queda dicho que no hay que perdérsela bajo ninguna circunstancia.
Básicamente, trata de un negro, un personaje sin nombre ni vida personal, para enfatizar más su insignificancia, que es contratado para darle un repaso a las memorias de un ex-primer ministro británico, más en concreto de Tony Blair, que aquí se llama Adam Lang. Lo interpreta Pierce Brosnan con el toque exacto de inteligencia, superficialidad, dinamismo y fatuidad que requiere el personaje. Lang no es el autor de sus memorias—las había escrito un negro anterior, que aparece ahogado en la playa en la primera secuencia de la novela. Buenas perspectivas para su sucesor, que tras ser contratado y presentado al jefe, va descubriendo secretillos inconvenientes de su pasado, o eso cree él... Básicamente, cree descubrir que este pseudo-Blair es un agente encubierto de la CIA, y que de ahí su seguidismo abyecto con la política de Bush. (Es una película sobre la periferia de la guerra de Irak, y que denuncia las conexiones entre la administración Bush, los servicios secretos manipulados, y la Halliburton—añadiéndole a ello los escándalos de cárceles secretas y torturas en Irak.).
Bien, pues resulta que se había equivocado en cierto modo el detective aficionado éste, el negro—pues el primer ministro británico no era de la CIA, sino que lo era su mujer, ya desde los años 70: que fue quien lo metió en política y quien le "orientaba" las opiniones. De ahí lo de "la negra"—en realidad, detrás del primer ministro está el negro que le escribe la biografía, y la otra negra, la infiltrada, su mujer, que le dicta las tomas de decisiones en la sombra.
Todo esto lo va descubriendo primero un escritor fantasma, y luego su sucesor, y ambos corren la misma suerte: aquí la CIA y sus miembros asociados—muy bueno por cierto Tom Wilkinson como profesor corrupto y mafioso—el mentor de la pseudo-Cherie Blair. Que se sepa, Cherie no metió a Tony Blair en ninguna sociedad secreta que no fuese la Iglesia Católica, pero... vaya usted a saber qué contactos non sanctos hay en estas sociedades de gente excelente como la que llevaba el profesor, o en las diversas logias y mafias y clubes y masonerías que son la política detrás de los partidos. Y los entendimientos personales súbitos, claro (como en el trío Aznar-Bush-Blair) que no parecen requerir en realidad ninguna pertenencia común a la Comisión Fulbright. En fin, mucha conspiración y contra-conspiración: el escritor negroide éste no respeta mucho su contrato de confidencialidad, y pacta también con un ex ministro que denuncia la política de Blair (igualito igualito también que en el mundo real). El tipo no se calla nada, lo larga todo, y desde luego no es de sorprender que acabe asesinado por no saber controlar la sinhueso. (En otro orden de cosas, hay que decir que si bien su contrato de confidencialidad no incluía seguramente en la letra pequeña lo de no acostarse con la mujer del jefe, hay cosas que conviene dar por presupuestas...). Recuerdan un poquito las visiones de trastienda del gran político un artículo que escribió Martin Amis sobre Blair, aparecido en The Second Plane. Quizá lo leyó Thomas Harris, en cuya novela se basa el guión, o Polanski.
Aparece Google, dando información al parecer fácilmente accesible sobre los contactos industriales entre Halliburton/Blackwater y los agentes secretos de la CIA. Y otro recurso tecnológico, un GPS, lleva al negro siguiendo los pasos de su predecesor, el otro fantasma que se pasea por la película, hasta la puerta de "su destino": la casa del profesor Ellis/Wilkinson, que ordenará su asesinato por hurgarle en las narices. Aunque ciertamente nunca he visto un GPS que funcione así, sin invitación previa—pero de todo puede haber en el mundo. También es extraño (por no decir un fallo de guión) que la policía no hubiese investigado el trayecto del coche del primer negro asesinado—pero bueno, todo se puede justificar por secretismos o contraórdenes si se quiere. La película mantiene la incertidumbre y la tensión en todo momento, y está llena de escenas memorables.
Aunque algunos elementos del guión no parecen muy coherentes—por ejemplo el papel de la secretaria y amante de Blair, que no se sabe en qué bando está. Tampoco se explica cómo el negro no pierde su contrato por mediación de la CIA, a pesar de su indiscreción deslenguada, ni tampoco se entiende su decisión final de comunicarle a la Ruth Lang/Cherie Blair que ha descubierto su implicación en la CIA. A no ser por pura estupidez y deseo de lucimiento. La escena está filmada de un modo un tanto amanerado que tampoco resulta creíble, con el negro pasándole un papel a la viuda en una recepción donde se presenta el libro póstumo de memorias de Blair/Brosnan y su negro (—sí, al final también asesinan a Blair/Brosnan—). El papel con el secreto pasa en la recepción de mano en mano, bonita escena, pero inverosímil procedimiento y como digo algo incoherente, a menos que sea coherente con la idea de mostrar al protagonista metiéndose en aguas en las que pierde pie. Pero defectillos, defectillos—el conjunto está muy logrado, y hecho con gran eficacia. Al final no triunfa la justicia y el esclarecimiento de los hechos—sólo quedan esclarecidos para el público, pero el protagonista es asesinado, en una bonita escena fuera de cámara, antes de que salga a la luz la verdad. Con lo cual se interpreta la versión pública del mundo como una gran pantalla de encubrimiento, y sin duda es así en gran medida. No podemos seguir la pista a todas las conspiraciones, y haberlas haylas hasta en donde no las intuimos—algunas saldrán a la luz cuando ya no interesen a nadie.
Un aspecto interesante de la película es sin duda lo cerca que anda de cuestiones históricas y personajes concretos a la vez que las mezcla descaradamente con ficción. No puede decirse que en este sentido sea satisfactoria, pues más bien desorienta sobre las fuentes del auténtico problema de por qué la política de Bush tuvo tal predicamento con Tony Blair. (Cherie supongo que es más bien inocente de colaboración con la CIA y la Halliburton, o de enrollarse con los negros de Blair). Eso requeriría otra película, otro género y otros personajes. Estos son de thriller, no de historia, eso que quede claro.
The Ghost Writer. Dir. and screenplay by Roman Polanski, based on Thomas Harris's novel The Ghost. Cast: Ewan McGregor, Pierce Brosnan, Olivia Williams, Jon Bernthal, Kim Cattrall, Tim Preece, James Belushi, Timothy Hutton, Tom Wilkinson, Eli Wallach. Music by Alexandre Desplat. Cinematogr. Pawel Edelman. Ed. Hervé de Luze. Prod. des. Albrecht Konrad. Art dir. Cornelia Ott, David Scheunemann, Steve Summersgill. Coprod. Timothy Burrill, Christoph Fisser, Henning Molfenter, Chrarlie Woebcken. Prod. Robert Benmussa, Roman Polanski, Alain Sarde. RP Films 7 France 2 / Elfte Babelsberg / Runteam / Medienboard Berlin-Brandenburg, 2010.
Pues ví por fín la oscarizada película de la ex de Cameron, Kathryn Bigelow—The Hurt Locker, a.k.a. En tierra hostil, y es decididamente una buena película de guerra, un poquito en la línea desmitificadora de películas como Jarhead o La Chaqueta metálica, o sea, evitando tanto el mensaje patriótico como esa noción de que la guerra te hace mejor persona por el procedimiento de darte experiencias profundas o de enfrentarte con la realidad de las cosas (crítica que se le podría hacer a la crítica Zona Verde). El protagonista sí que se transforma por la guerra, y se aliena de la realidad consumista americana (en una escena en un hipermercado). Pero la experiencia del protagonista en The Hurt Locker parece más compulsivo-adictiva que realmente crítica. Podría tomársele como alegoría de América, embrutecida en sus guerras en las que se ve embarcada, y perdiendo la noción y el horizonte de lo que hace, ya sea en el hipermercado, ya sea en las barriadas de Bagdad. Pero la película parece tanto síntoma como análisis de los desastres de la guerra. Aquí los iraquíes aparecen como una extraña colección de personajes incomprensibles e impenetrables, casi todos pillados en redes de intrigas y vigilancias extrañas—sospechosos observadores que no se sabe si son curiosos y víctimas o si han colocado ellos la bomba que quieres desactivar. El retrato de ese ambiente (Irak visto desde esa experiencia paranoica) está bien hecho, pero lo cierto es que la película presenta la paranoia sin más, no busca más análisis. Me parece un poco demasiado suponer el suponer que la situación se analiza a sí misma. Lo que llama la atención, y de ahí el título español, es más bien la hostilidad ambiental. No me parece típico ni representativo el protagonista (sí alegórico, como digo)—aunque por supuesto puede haber todo tipo de síndromes mentales bajo la tensión de la guerra. Para prosaica, podría haber bastante más prosaísmo, sin tanta inyección de paranoia ni tanta demonización de lo iraquí. El estilo de dirección es entrecortado, tipo "super ocho" muchas veces. Desde luego va con la impresión buscada, y queda una buena película, pero no una película memorable. Y que me perdonen, pero como trabajo de dirección es mucho más impresionante el del frustrado Cameron en Avatar, puestos a comparaciones odiosas. Y como película sobre Irak, quizá sea más comprometida en su análisis Avatar, vaya usted a saber... al menos no demoniza a los Na’vi, y expulsa a los americanos, en su fantasía—e irakiza al protagonista, que se pasa de bando. The Hurt Locker a fin de cuentas no se posiciona explícitamente: simplemente registra una situación en la que uno está pillado, y sin visos de solución. También viene a ser un cierto análisis, no lo negaré.
Película de Paul Greengrass, sobre los primeros días de la guerra de Irak, hasta que Bush proclamó prematuramente eso de que que "la guerra estaba ganada". Bourne, una vez superados sus problemas de identidad, es aquí un alférez del ejército americano, aunque suene raro eso de "alférez del ejército norteamericano". Un muchacho dedicado, vocacional, activo, honesto y directo, nada de esos soldaduchos de mucha mili tipo M.A.S.H. o Jarhead. Tiene que encontrar armas de destrucción masiva en Irak, siguiendo los planos que les han pasado la "Inteligencia" americana so-called. Y claro, no encuentra más que mierda de paloma, pues si se hubiese leído los informes de los inspectores de la ONU, que habían hecho inspecciones mucho más exhaustivas, habría sospechado ya desde el inicio que no había tales armas de destrucción masiva, y que todo era una mera cabezonada voluntaria de los llamados Halcones neocon, de Bush y Cheney para abajo, que querían chafar una pasta en armas y hacerse con unas contratas petrolíferas y de multinacionales de seguridad. Bien, esto lo sabía CASI todo el mundo, hasta yo, pero no lo quería saber Bush, ni Aznar que le tomó la palabra, ni Colin Powell, que aún lo recuerdo dando una conferencia de prensa patética en la que no se creía ni él mismo lo que estaba presentando como "pruebas" de la existencia de laboratorios de armas químicas móviles montados en camiones. La película va de la denuncia de este montaje, siendo el bueno Matt Damon/pseudo-Bourne, que descuida su trabajo inútil de inspección para investigar unas intrigas neocon para situar a su candidato-paracaidista en Irak. Se suma el alférez Bourne a un plan de un viejo agente de la CIA, que preferiría no desmontar el sistema del partido Baas y el ejército, y pactar con ellos para mantener la coherencia del país y evitar el caos. Bien, pues Bourne fracasa en su misión de captar al gran figurón J de la baraja, un general que podía ser la clave de ese pacto... pero para sorpresa suya, su traductor y aliado, Willy, un patriota iraquí, le vuela los sesos al general cuando Bourne acababa de hacerse con él y de arrancarlo a las garras de los mercenarios neocón que quieren eliminar a todo enlace con el régimen anterior (estos cuerpos especiales si no son de la Blackwater al menos se montan su guerra particular dentro de la guerra). En fin, que Willy también lleva su propia guerra, y le dice al alférez Bourne, "Vosotros no tenéis que desidi lo que pase aquí". Él sí, por lo visto. En cualquier caso, ni Bourne, ni su amigo el perro viejo de la CIA, pintan nada allí ni tienen mando ni rango ni son quién para hacer ningún pacto con el Baas ni con el ejército iraquí, claro— precisamente los acaba de desmovilizar la autoridad americana oficial, que aquí es un malo muy malo, trasunto del malo muy malo histórico y real, que todavía ahora mismo acaba de sacar un libro diciendo que bah, qué más da lo del motivo para la guerra, lo que importaba era montarla y ganarla y quitar a Saddam. Pero oye, un alférez yendo allí por libre... yo creo que más bien acabaría en un consejo de guerra, por muy honesto que sea. Ahí deriva la película en fantasía-ficción. Este alférez no se ha enterado de que está en el ejército para obedecer órdenes, está claro; no sé para qué se ha metido ahí. Bueno, total que viene a ser una historia entonces de cómo un inocente descubre los entresijos del sistema y se entera que "la democracia es engorrosa y complicada", como le dice un superior suyo, más engorrosa y complicada y sucia de lo esperado. Más que eso, ve que hay quien manipula el sistema y lo corrompe por intereses oscuros que se pierden en las altas esferas. A pesar de la reconocida falsedad de los informes, de la manipulación interesada, de las mentiras públicas, ni en la película ni en la realidad se ha juzgado a Bush ("un buen hombre" según Obama) —ni a Aznar por supuesto, ni siquiera al organizador directo del cotarro en Irak, a pesar de que sus acciones y tergiversaciones han tenido cientos de miles de muertos de consecuencia. Pecata minuta: sólo tocan a un americano muerto por cada doscientos iraquíes, y es una cuenta que al parecer aún resulta satisfactoria. A lo que voy es que la película aún podría pasar por exoneracionista: presenta todo el asunto de las mentiras y manipulaciones como si fuese un secreto que hay que sacar a la luz, un descubrimiento total que se realiza únicamente sobre el terreno, a cargo de un hombre honesto (americano cómo no). Cuando en realidad todos sabían que la guerra era precipitada, ilegal e injustificada (si nos atenemos a los inspectores oficiales de la ONU): es decir, las mentiras eran bastante más públicas, bastante más descaradas que en la película, y todo bastante más vergonzoso: una carrerilla hacia adelante cogida entre todos, militares, servicios de inteligencia, lobbys, administración Bush, trío de las Azores, Blair et al, todos cogidicos del brazo y corriendo en plan no-te-quedes-atrás, a ver quién era el majo que los paraba, aunque el rey estuviese desnudo y bien desnudo. Bien, no le voy a hacer peros a Greengrass por hacer una película denunciando el montaje, aunque esta cuestión de limitación del punto de vista, limitación al de un ingenuo, limite también el alcance crítico de la película. Por algo se empieza. Y la película es un buen thriller, eficaz, con unas escenas iniciales impactantes, angustiantes, una cámara temblona e inquieta, una música de tambores retumbantes que no dejan el espíritu tranquilo— y un Irak totalmente creíble en su complejidad aquí simulada. Un poquito se le va la mano en el tema de las persecuciones, como tanto thriller, pero bueno, se queda uno con el ritmo, la idea de engaños y manipulaciones, y el contraste entre las calles caóticas de Bagdad y la decadencia occidental, esos falsarios de la zona verde de hoteles, ruedas de prensa y piscinas. Muy visible, no se la pierdan si les sobran unos euros.
Bonita película sobre una vieja gloria de la canción country, borracho y desorganizado, que por un error pierde la última oportunidad de acabar su vida felizmente casado con la última mujer de la que se enamora. Así como quien no quiere la cosa, más que tener una buena banda sonora, la película es un musical excelente—cantado por los propios actores Jeff Bridges y Colin Farrell.
La idea de base es que las buenas canciones de amor (o sea, las tristes) salen de las desgracias, fracasos y arrepentimientos de la vida.Corazón loco sería mejor traducción que corazón indomable, por supuesto. En fin, por lo menos el bueno de Bad Blake se desintoxica, y reencauza su carrera. Aunque lo mejor de la película está en sus momentos de vieja gloria arruinada y desengañada. A partir de ahí, para arriba él y para abajo la película.
Esta canción es Fallin’ and Flyin’:
I WAS GOIN’ WHERE I SHOULDN’T GO SEEIN’ WHO I SHOULDN’T SEE DOIN’ WHAT I SHOULDN’T DO BEIN’ WHO I SHOULDN’T BE
A LITTLE VOICE TOLD ME IT’S ALL WRONG ANOTHER VOICE TOLD ME IT’S ALL RIGHT I USE TO THINK THAT I WAS STRONG BUT LATELY I JUST LOST THE TIME
IT’S FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’ IF ONLY FOR A LIITLE WHILE FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’ IF ONLY FOR A LITTLE WHILE
I GOT TIRED OF BEIN’ GOOD STARTIN’ THAT OLD FEELIN’ FREE STOPPED ACTIN’ LIKE I THOUGHT I SHOULD WENT ON BACK TO BEIN’ ME
I NEVER MEANT TO HURT NO ONE I JUST HAD TO HAVE MY WAY IF THERE’S SUCH A THING AS TOO MUCH FUN THIS MUST BE THE PRICE TO PAY
IT’S FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’ IF ONLY FOR A LITTLE WHILE FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’ IF ONLY FOR A LITTLE WHILE
NEVER SEE IT COMIN’ TILL IT’S GONE IT ALL HAPPENS FOR A REASON EVEN WHEN IT’S WRONG ESPECIALLY WHEN IT’S WRONG
FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’ IF ONLY FOR A LITTLE WHILE FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’ IF ONLY FOR A LITTLE WHILE
I WAS GOIN’ WHERE I SHOULDN’T GO SEEIN’ WHO I SHOULDN’T SEE DOIN’ WHAT I SHOULDN’T DO BEIN’ WHO I SHOULDN’T BE
The clocks stopped at one seventeen one morning. There was a long shear of bright light, then a series of low concussions. Within a year there were fires on the ridges and deranged chanting. By day the dead impaled on spikes along the road. I think it's October but I can't be sure. I haven't kept a calendar for five years. Each day is more gray than the one before. Each night is darker—beyond darkness. The world gets colder week by week as the world slowly dies. No animals have survived. All the crops are long gone. Someday all the trees in the world will have fallen. The roads are peopled by refugees towing carts and road gangs looking for fuel and food. There has been cannibalism. Cannibalism is the great fear. Mostly I worry about food. Always food. Food and our shoes. Sometimes I tell the boy old stories of courage and justice—difficult as they are to remember. All I know is the child is my warrant and if he is not the word of God, then God never spoke.
The Road es una novela que extrañamente conseguía parecer a la vez un poema en prosa y un guión cinematográfico—estaba hecha para ser filmada, si alguien estaba a la altura. La película dirigida por John Hillcoat es dura y es una excelente adaptación—una de las pocas películas de este último año que no conviene perderse. Hay una buena reseña de MrWhiplash en IMDb. La traduzco añadiendo en cursiva lo que me parezca.
Lo maravilloso de The Road es que es más que probable que les guste a los dos bandos—al que no se ha leídoel libro de Cormac CMCarthy ganador del premio Pulitzer, y al que sí lo ha hecho. Tiene uno sin embargo una sensación nerviosa al mirar el trailer—¿será esto un espectáculo atiborrado de super-acción, estarán por allí todo el rato esas imágenes que abren el trailer con "¡EL FIN DEL MUNDO SE ACERCA!", y saldrá tanto de verdad Charlize Theron en la película? Y resulta ser que si te gustó el libro mucho y te preocupabas de cómo aparecerían sus deprimentísimos y oscurísimos paisajes negros y (sobre todo) grises, eso sí que lo proporciona de manera perfecta. (A mí el mundo de la película me parece un poco claro o "día nublado" de más—ver imagen al pie—más claro de lo debido para la novela—pues ésta sí sugiere un paisaje mucho más de noche casi cerrada, ya desde su cubierta negra. Claro que eso hubiera sido apenas tolerable como trasfondo para toda una película. Es un compromiso aceptable, como aquellas noches filmadas en pleno día con filtro azul, y demasiado gris será ya para la mayoría, aunque el gris detrae de la oscuridad del libro. Otra cuestión: aparecen muchas plantas, secas pero plantas, cuando deberían haber desaparecido ya hace unos años. Así que se queda corto en el tono de gris.). Y si no has leído el libro... igual funciona como película, primero en tanto que drama de supervivencia, una historia "simple pero no" de un padre y un hijo aferrados a su humanidad—y muy en segundo lugar en tanto que thriller post-apocalíptico.
Describir el argumento no es imposible pero sí un tanto innecesario. Lo único que necesitas saber al entrar (si eres del bando de los no-he-leído-el-libro) es que un padre y un hijo, tras quedarse solos al irse la madre de la casa, viajan juntos hacia la costa cruzando un paisaje literalmente post-apocalíptico. Nunca se nos da una explicación totalmente clara de por qué o cómo tuvo lugar el apocalipsis. Esto es mejor que mejor, porque la película de John Hillcoat se centra en el padre y el hijo (llamados en los títulos de crédito simplemente Padre e Hijo, interpretados por Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee), no hay necesidad de nada realmente específico. Al menos esto irá genial para la mayoría de la gente que a estas alturas pueden estar ya cansados de las explicaciones habituales de tipo viral o religioso o (maldita sea...) tipo 2012. Se nos dan algunas pistas, sin embargo, de que puede haber habido mutaciones (?????—yo no las he visto) o algún tipo de fenómeno geológico (hay terremotos en un par de ocasiones)—más allá de esto, estamos como los viajeros, se nos deja con lo puesto. (Tiene su pequeño inconveniente el ocultar la fuente del desastre, o hacerla aparecer natural—en la novela no hay terremotos, y allí se sugiere sin decirlo un invierno nuclear. Es bastante diferente, políticamente hablando. Lo segundo es responsabilidad achacada a los humanos y cómo han hecho las cosas, y es algo bastante indisociable de la novela de McCarthy por muy poco que cargase el acento en causas precisas. Siendo el desastre algo tan prominente y que merece una introducción en off, queda artificial ocultarlo—casi como una voluntad de alegorismo no muy oportuna aquí. Pero no es un inconveniente serio: la atención realmente se desvía a otras cuestiones. Los terremotos añaden tensión en la película, pero son una concesión inoportuna al espectáculo y confunden y distorsionan la medida de responsabilidad humana que es central para la ética del relato de McCarthy. Por otra parte, crucemos los dedos con respecto a los desastres que nos puedan suceder de manera realista o previsible, pero los terremotos parecen bastante más remotos e irreales, más ficticios, que el invierno nuclear que muchos hemos temido siempre que nos acabase tocando un poquito más aquí del horizonte).
Cómo sucedió no es en cualquier caso tan fascinante ni tan visualmente impactante como el asunto de qué aspecto tiene ahora. The Road nos proporciona muchas escenas y vistas de una desolación lúgube, terrible y precisa. Algunas están llenas de detalles visuales, como las tomas de grandes paisajes urbanos, y otros, como cuando el Padre y el Hijo están en el acceso de una autopista, son íntimos y duros (este paraje proporcona también uno de los momentos más conmovedores, cuando el personaje de Mortensen por fin 'deja ir' dos recuerdos importantes que guardaba de la difunta madre de su hijo. Y otras veces Hillcoat simplemente nos deja absorber la grisalla de todo, igual que uno captaba las escenas de nubes de moscas en su película The Proposition. Es sobre este trasfondo de lluvia y agua sucia y roña y ruina con lo que resalta tan enormemente este lazo intenso entre el padre y el hijo, y la complejidad que conlleva el no limitarse a seguir vivos sino conservar la humanidad y la dignidad y tratar bien o mal a la gente con la que se encuentran.
Esto no será nuevo para la gente que haya leído el libro. Yo, aun habiéndomelo leído hace dos años (que normalmente parece por desgracia mucho tiempo a la hora de recordar imágenes específicas de un libro) todavía no me puedo quitar de la cabeza las descripciones de algunas escenas, o la manera despojada de todo en que hablaban los personajes y en que se transmitía el horror existencial. Pero, insisto, la película no sólo respeta esto sino que le da una vida adicional. Las escenas de diálogos en la película (excepto un par de las escenas de flashback con el personaje de Charlize Theron de la Madre) nunca interfieren con la narración, cosa que hay que vigilar en la adaptación del libro. Y aún más importante, la actuación y la química entre los dos actores principales es increíble. Mortensen es un actor que se implica a fondo en sus personajhes, tanto que cuando se quita la camisa vemos su torso huesudo como algo que es de verdad lo que es, y es magnético contemplarlo. Pero también es crucial ver lo bueno que es el chaval Smit-McPhee, especialmente cuando llega el momento de las escenas en que el chico ha de enfrentarse a la desesperación creciente de su padre o al enfrentamiento electrizante con un ladrón. (Cierto, y sin embargo hay un ligero problema de casting con el chaval, en el sentido de que está demasiado bien alimentado para su personaje, y no tiene grabado el rostro el horror y desconfianza que debería tener en sus rasgos alguien que hubiese crecido en el mundo en el que él ha crecido. Un niño de un reformatorio de Europa Oriental, o un pilluelo de la calle decimonónico, marcado pero a la vez desvalido, darían mejor la idea del personaje que sería visualmente necesario aquí. El niño que vemos es un un niño de la América de hoy, no un niño producido por el mundo que se presenta en la pantalla).
Claro, un par de breves apariciones de Guy Pearce (como otro viajero parecido) y especialmente de Robert Duvall como un "hombre de 90 años" según dice su personaje, proporcionan algo de espacio necesario, y Hillcoat tiene un par de fragmentos de flashback/sueño muy inteligentes, con el Hombre y su esposa—sobre todo un momento muy breve, brillante, con un piano), pero en conjunto son los dos personajes principales quienes han de cargar con la película, y con ellos responde con la fuerza con que lo hace. Mientras tengas claro que esta película no está centrada en grandes secuencias de acción (aunque haya un par de ellas) ni en grandes efectos especiales (aunque también los hay), y que es más parecida a un relato de a vida o muerte, no muy distinto en eso deHotaru no haka,sabrás lo que esperar con The Road.
En conjunto es muy deprimente, y no es exactamente lo que recomendaría como película para una primera cita—a menos que seas tan fan de Mortensen y/o de Cormac McCarthy que te da igual todo. Sin embargo, es depresión "de la buena", e igualmente es la mejor adaptación posible del libro a la vez que proporciona una visión tremenda y original para el espectador medio.
De hecho, es toda una experiencia catártica, The Road, con escenas tan duras como esas en las que el padre enseña al hijo cómo suicidarse, o está a punto de matarlo para evitar que caiga en manos de los caníbales. El terror al futuro que iba unido a la Guerra Fría vuelve aquí, como el retorno de lo reprimido, en el relato de alguien que lo vivió y lo absorbió bien, y que nos recuerda, por si queríamos olvidarlo, que todo es frágil y todo lo que tenemos podría convertirse en un recuerdo apenas ya creíble que nos atormentase en un mundo infernal, tipo How It Is. La tecnología lo puede—hasta allí hemos avanzado, cumpliendo este camino. Y el otro lado de la catarsis, o del aviso, viene de la consciencia irracional de sentir que si lo hemos vivido en The Road ya no hará falta que pasemos por ello en la realidad. Una especie de exorcismo artístico viene a ser: ver qué sería lo peor, y pasar a otras cosas al salir de la sala, agradeciendo que lo que vemos cada día está todavía allí. Así es una excelente película para enterarnos no sólo de lo que podría haber, sino de lo que hay. Es la función del arte, según Shklovsky: hacer que la piedra sea pétrea. Es especialmente memorable como retrato del cariño desesperado, casi inexpresable, que inspiran los hijos a sus padres, cuando necesitan proteccion. También de la dimensión a la vez mítica y de andar por casa que tienen los padres para sus hijos. Y de la compañía que dan los recuerdos de los seres queridos, a veces tormento y a veces ángeles de la guarda, de los únicos que hay. Otra reseña que voy a traducir, pues casi la podría recitar a coro, la escribe Roger Ebert (que por cierto ha pasado él mismo recientemente por una experiencia terriblemente traumática, un antes y un después, que bien merecería una dura película también. Lo cuenta en su blog.).
"The Road" evoca las imágenes y los personajes de la novela de Cormac McCarthy. Es poderosa, aunque para mí le falta el mismo núcleo de sentimiento emocional. No estoy seguro de que esto sea culpa de ninguno de los que la han hecho. La novela misma no estaría lograda si se limitase a sus personajes e imágenes. Su efecto viene ante todo de la prosa de McCarthy. Sucede lo mismo con toda la obra de McCarthy, pero especialmente con esta, al ser su diálogo tan contenido, menos barroco de lo habitual.
La historia es sencilla: América ha sido devastada. Los núcleos habitados han sido destruidos o abandonados, la vegetación está muriendo, las cosechas han fallado, la infraestructura de la civilización ha desaparecido. Esto está tan reciente en la memoria que incluso el Niño, tan joven, nació en un mundo sano. (Aquí falla Ebert, pues obviamente esto no es así: la madre del niño no quería traerlo a un mundo que ya no era habitable, y ha de dar a luz ayudada sólo por su marido en el refugio que comparten).McCarthy evoca los temores generalizados de la era post-11/S. El Chico y el Hombre avanzan hacia el mar, quizá por ninguna razón más allá del hecho de que el mar ha sido siempre la dirección de la esperanza en este país, (Apostillemos. Resucitadas quizá por la ansiedad colectiva post 11/S, las angustias de McCarthy y las nuestras vienen de más lejos, como he dicho, y son la herencia de la guerra fría y de la espada de damocles nuclear, esa de la que creemos que nos hemos olvidado. Es significativo cómo la perspectiva de Ebert está restringida a EE.UU, alias "América", mientras que la de McCarthy, por muy quintaesencialmente estadounidense que sea, se remite a una destrucción universal).
La población que ha sobrevivido se ha visto reducida a unos supervivientistas asalvajados, que esclavizan a los más débiles, y posiblemente los emplean como comida. (Lo de 'posiblemente' será un decir, visto que hay en la novela y en la película más de una situación de canibalismo apenas "ob-scena", como ésa especialmente aterradora cuando los protagonistas descubren una cárcel de prisioneros desnudos—y caníbales—conservados como ganado para ser descuartizados y comidos a su vez por sus carceleros. Da la medida de la película y de la novela de McCarthy que no sólo muere el protagonista, sino que lo hace sin poner orden en situaciones como ésta, logrando apenas salir de ellas salvando a su hijo. Estas cosas no pasaban en Hollywood). Siempre hemos hecho eso, empleando al ganado vacuno por ejemplo para pastar en las praderas para poder consumir las calorías concentradas de su trabajo. En una tierra en la que la comida escasea, los vagabundos buscan alimentos en lata y temen que su propio cuerpo haga este trabajo para los caníbales.(Bueno, ejem, aquí parece Ebert identificar a caníbales y no caníbales, a humanos y a animales, metiéndolos en el mismo saco—y nivelando una diferencia que, en Occidente y más allá, suele ser relevante. El que nos horrorice el canibalismo es un horror complejo: a la vez basado en el horror que despierta tratar a los humanos como si fueran animales, y en otra cosa muy distinta: en el horror que inspira la manera en que tratamos a los animales sabiendo que comparten con nosotros ciertos aspectos de la consciencia. Un curioso bucle retroalimentativo—o retrocanibalizante, por así decirlo).
Aunque leemos sobre algunos que almacenan rifles y munición en previsión de un apocalipsis, los depósitos de armas de The Road se han diezmado. El Hombre tiene una pistola a la que le quedan dos balas. Es un viajero desconfiado, que sospecha de todos a los que ve. Él y el Chico transportan unas pocas posesiones en un carrito de compra. Anima a su hijo a seguir caminando, pero alberga pocas esperanzas sobre el final de su viaje.
No estoy seguro de que los personajes pudiesen interpretarse mejor, ni de otra manera. Viggo Mortensen retrata al Hombre como persistente y obstinado, decidido a proteger a su chico. Kodi Smit-McPhee es convincente como niño traumatizado por la destrucción, dependiendo de su padre en un mundo en el que tiene que ver claramente que cualquier hombre puede morir en un instante. La película resiste cualquier tentación de hacer al niño encantador, o de atraer con ninguno de los dos el afecto del espectador.
Unas escenas de flashback presentan a Charlize Theron como esposa y madre de los dos en tiempos anteriores y más soleados. Estas secuencias muestran el matrimonio desmoronándose, y son recuerdos que atormentan al Hombre. No estoy seguro de la relevancia de este argumento secundario con el conjunto de la película; un matrimonio triste o feliz, ¿no viene a ser lo mismo en este nuevo mundo? Tiene mucha relevancia sin embargo para el Hombre y el Chico. En un tiempo de devastación total, es a los recuerdos a lo que nos agarramos. (Maticemos que, aparte de lo que pienso yo, en los términos de la película es una diferencia abismal el tener una pareja con quien entenderse o no. En absoluto es lo mismo, nunca, un matrimonio triste que uno feliz. El carácter suicida de la mujer del protagonista es a la vez comprensible en el contexto apocalíptico, y sin embargo tan incomprensible como todos los suicidios, y hace que el recuerdo de la mujer sea ambivalente, pues ella le falla escandalosamente a su marido y a su hijo, allí donde el hombre aguanta por pura fuerza de carácter, y por amor desesperado, más allá de cualquier convencimiento. La novela de McCarthy va mucho, muchísimo, sobre la figura del Padre, a la vez precario e imprescindible. Hasta el punto de parecer injusto con las madres, algo que queda compensado en parte con la figura materna del final que adopta al niño, y hace terminar la película en una nota positiva que llega como todo un alivio. Esta escena está bastante lograda en la película, allá donde McCarthy caía en un sentimentalismo sui géneris, justo en esta escena crucial, que hacía flojear el final del libro).
Los acontecimientos externos de la novela han sido resueltos con atrevimiento, y es ésta una producción imponente. Pero la prosa de McCarthy tiene una increíble capacidad de transmitir más que diálogos e incidentes. Es densa como poesía. Es más austera en The Road que en una obra más ornamentada como Suttree; en The Road es muy evocativa en la manera en que lo es la de Samuel Beckett. (Por cierto, yo definía en mi post y luego artículo la prosa de McCarthy en The Road como una convergencia de los estilos y paisajes emocionales de Beckett y de Hemingway). Si no lo fuese, The Road podría ser simplemente una película más de ciencia ficción apocalíptica. Es demasiado fácil imaginar cómo podría vulgarizarse este material, como lo fue el de Richard Matheson en la versión de 2007 deSoy Leyenda.
¿Cómo podrían el director y el guionista, John Hillcoat y Joe Penhall, haber invocado la fuerza de la escritura de McCarthy? ¿Podrían haber utilizado unas imágenes más estilizadas, en lugar de un realismo inflexible? ¿Un blanco y negro granuloso, para sugerir recursos limitadísimos? No tengo ni idea. Quizá McCarthy, como Faulkner, sea completamente imposible de filmar.(Y sin embargo es la influencia de la prosa de McCarthy la que ha hecho probablemente que esta película se atenga en la medida en que lo hace a la crudeza de su realismo y su austeridad, resistiendo muchos gestos de las superproducciones heroicas. En ese sentido está en la línea de la estética dura y desengañada del Rey Lear de Kozintsev, o de A Ciegas de Fernando Meirelles, antes que de cosas del tipo Soy Leyenda).
La única gran película hecha sobre su obra es No es país para viejos de los Coen, pero empezaba con un personaje extraordinario y lo rodeaba con otros. The Road no es terreno fértil, al presentar un mundo con la vida que se le va vaciando. Las novelas más grandes de McCarthy son Suttree y Blood Meridian. La segunda, ambientada en el viejo Oeste, va sobre un temible hombre esquelético y calvo llamado el Juez Holden, que es implacable en su deseo de infligir sufrimiento y muerte. (Blood Meridian la está preparando Todd Field, director de In the Bedroom).
La película anterior de Hillcoat, The Proposition (2005), escrita por Nick Cave, tiene casi un aire de McCarthy. Algo en la obra de McCarthy atrae a ella a Hillcoat, y tienes que ser un director valiente para dejar que suceda eso. Al escribir esto, me doy cuenta de que no se puede esperar que muchos espectadores hayan leído The Road, aunque fue una selección del Club de Lectura de Oprah. (Que parece que ya cuenta más que el Pulitzer...). Y aún menos habrán leído las otras obras de McCarthy.
Llevo años diciendo que un crítico cinematográfico debe reseñar la película que tiene delante, y no lo 'fiel' que sea la película al libro—como si estuviésemos casados en cierto modo al libro y fuese adulterio la adaptación a la pantalla. Me doy cuenta de que la culpa la tengo yo mismo por estar tan familiarizado con Cormac McCarthy. Eso puede afectar a la capacidad que tenga de ver cualquier adaptación cinematográfica de su obra con ojos nuevos. Cuando sé que están filmando una novela, muy deliberadamente no leo el libro. Y sin embargo doy gracias por haber leído los de McCarthy.
Unas cuantas cuestiones más sugiere esta película, que no he mencionado aún, ni lo han hecho mis reseñistas. Una, la medida en la que esta película, a la vez no tiene coches (sólo ruedan en ella un camión destartalado, y un carrito de supermercado), es un road movie apocalíptico, y a la vez extremadamente fiel a muchas reglas del género. Bueno, coches hay muchos, pero hechos chatarra todos, lo cual da la medida de su crítica al sueño americano.
Pero el sueño americano está allí, sin embargo, y a veces en dosis paranoicas. El niño y su padre pueden leerse como esa histerizada Norteamérica post-11/S, o más allá, como esa Norteamérica que sabe a la vez a dónde lleva su delirio armamentista, y que está dispuesta a mantenerlo hasta el final. Dos balas hay en la recámara, pero ya no son para el enemigo: el protagonista sabe que son balas suicidas, y a la vez aún habla de mantener el Fuego, la Luz. Comprendámosle, pues está en una situación límite, pero lo hemos inventado en este siglo, o en el pasado, y es un aspecto de nuestra situación límite el que expresa.
Por otra parte, no hay que esperar a que llegue el Apocalipsis. Si es creíble que pudiera llegar este mundo, a un cierto nivel emocional es que ya ha llegado. Y eso hace que esta película sea una película no sobre el futuro, sino sobre ciertos aspectos o temores del presente. Y sobre una manera de vivir la relación con los demás—una relación combativa, justificadamente combativa, en el Hombre. Es impresionante la escena en la que deja desnudo al ladrón que le había robado, aplicándole el ojo por ojo estricto—y muy bien elegido el actor negro que interpreta al ladrón. El niño y la familia que al final lo adopta dulcifican un poco esta relación de salvajísimo oeste con los demás—y también un western es esta película, cómo no.
Para muchos en América, además, y no tan al oeste, no es sólo un color emocional lo que retrata esta película—aunque ellos no la verán. El homeless hobo con su carrito, sin techo y solo en un mundo lleno de extraños que lo rehuyen, o de dementes que lo atacan, está en las calles de nuestras ciudades, a veces con carrito de compra incluido, aunque normalmente sin niño—a no ser en algún rincón de su recuerdo, que anda con ellos por el camino haciéndoles compañía. Beckett nos los enseñó desde otro ángulo interno, menos crudo en su realismo al ser más intelectual. En uno y otro, es extraño ver el mundo entero nivelado desde esa perspectiva del deshauciado, pero no deja de ser instructivo.
The Road. Dir. John Hillcoat. Screenplay by Joe Penhall, based on the novel by Cormac McCarthy. Cast: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce, Molly Parker, Michael K. Williams. Music by Nick Cave and Warren Ellis. Photog. Javier Aguirresarobe. Prod. des. Chris Kennedy. Art dir. Gershon Ginsburg. Set decor. Robert Greenfield. Ed. John Gregory. Exec. prod. Marc Butan, Mark Cuban, Rudd Simmons, Todd Wagner. Coprod. Erik Hodge. Prod. Paula Mae Schwartz, Steve Schwartz, Nic Wechsler. USA:K Dimension Films / 2929 Productions / Nick Weschler / Chockstone Pictures / Road Rebel, 2009.
Cinta en blanco y negro, de Michael Haneke, muy premiada, pero que a mí me ha decepcionado bastante (Das Weisse Band: Eine deutsche kindergeschichte). Aquí hay una reseña de Roger Ebert, siempre equilibrada como las suyas, y que expresa lo que seguramente viene siendo el consenso de la crítica, y la intención del director de la película. Algunos aspectos favorables de la película nos recuerdan a la logradísima Caché, del mismo director: el misterio cuidadosamente irresoluble, la expresión de tensiones psicológicas destructivas bajo una superficie de normalidad. Para mí no va tanto sobre "el origen del nazismo" como se dice por allí, como de la vida asfixiante en una pequeña comunidad donde todos conocen demasiado bien su puesto. Pero igual lo veo así porque soy de pueblo. Como dice Roger Ebert, si este ambiente sofocante de puritanismo hubiese de interpretarse como la antesala del nazismo, todos seríamos nazis. Y bueno, en toda pequeña comunidad cuidadosamente examinada se cuecen habas: tanto más en un pueblo como el de la película, tan dominado por la figura feudal del barón y los próceres locales. Es como si nos presentase el director la otra cara de la moneda de Ordet, de Dreyer, a la que recuerdan sus imágenes y ritmo muchas veces: hay aquí la misma presión religiosa y vida ordenada en la pequeña comunidad, pero vemos también el coste efectivo en opresión y violencia—de tanta pureza y simplicidad. La presión excesiva ha de salirse por las costuras. La violencia cazurra de los niños pasa aquí sin transición a los abusos ocultos de los mayores. Por otra parte, observando los niños de este pueblo, entre la normalidad y los Midwich Cuckoos, podemos ser víctimas—el maestro que percibe y narra la historia, el director Haneke, y nosotros mismos—de la falacia del hindsight bias, impactados por la experiencia del nazismo (esto parece que ha sido determinante en la carrera de triunfos de la película, un tanto errónea creo). Es decir: como luego hubo prendió el nazismo en Alemania, en este pueblo han fumao. Y estas intrepretaciones causa efecto con retrospectivas... pueden ser también muy engañosas. Defectos de la película: demasiado larga. Lenta. Escenas demasiado detenidas. Cine europeo de los años setenta al cuadrado. Me recuerda a las de Wadja. Ironía del director al mostrarnos personajes irritantes o apocados, aplastados por su situación, o atrapados masoquistamente en ellas, sin darnos una salida emocional satisfactoria—lo cual sí expresa la tensión interior de los personajes, o la recrea miméticamente en el espectador, pero no es una experiencia agradable en el cine. Es molesto también el cruce de los puzzles irresolubles de Haneke con lo que debería ser o parece ser una historia contada al modo realista. Para que los autores de los crímenes sean misteriosos, o indeterminables (no parece haber uno sólo, sino una serie de actos diversos que se juntan en una atmósfera opresiva, en la mente del maestro)—para que se produzca eso, digo, hay personajes que no actúan coherentemente. Queda sin explicar que los niños no sepan quién los agredió, o más bien queda raro que no se explique por qué no lo saben, o no lo explican. Más inexplicable es la desaparición de la comadrona, tras decir que había descubierto al culpable—pues tal como quedan las cosas se vuelve ella misma altamente sospechosa para el espectador. La reacción del maestro, a la vez sospechando de los niños del pueblo, y sin investigar suficientemente la desaparición de médico y comadrona, no parece muy razonable, y resulta más que nada desorientadora para el espectador que se deje llevar por la narración de este personaje. Para estar tan interesado en el tema, parece inconsistente que no informe mejor sobre qué sucedió después con la comadrona y su hijo, si realmente eran una clave. Y así se crea una sensación de investigación cerrada de mala manera. En suma, que quizá tengamos una narración a través de un testigo limitado, demasiado limitado, y que limita de hecho nuestra comprensión de lo que en realidad sucede, y el aprovechamiento e ilustración que se pudiera sacar de ello. La responsabilidad de interpretar se le pasa así al espectador... pero oiga, que nosotros no vivimos en ese pueblo, y nos faltan materiales. Ya tenemos el nuestro, donde tampoco todas las cosas son comprensibles.
Me veo otra película de animación con captura de movimiento, Beowulf—también de Robert Zemeckis, después de Cuento de Navidad (y de Polar Express). Esta técnica de animación hiperrealista se presta a jugar con las imágenes de los actores, dándole una vuelta de tuerca más al star system. Tras la permanencia de la cara de las estrellas en sus múltiples papeles, y tras las metamorfosis de la cara de la estrella, interpretando personajes muy distintos a ellos, con caracterizaciones extravagantes (o monstruosas, a lo Sigourney Weaver), llega esta nueva fase estelar: representaciones flexibles y maleables de la cara de las estrellas, más o menos próximas o más o menos distorsionadas, mediante la tecnología digital. Y así vemos ahora a Sigourney Weaver en versión Na’vi en Avatar, o (como sucede aquí) a Anthony Hopkins o Angelina Jolie recreados adorativamente por los diseñadores gráficos. Algunos decían que la recreación era tan perfecta que era gratuita, que era absurdo poner un dibujo animado hiperrealista donde se podía poner el original. Pero la imagen vive de sus recreaciones y repeticiones con variación (ver Worth1000), así que esto es perfectamente consonate con el star system, todo imagen él. Aparte de que se posibilitan así unos efectos especiales espectaculares y fluidos. Falla un poco a veces el movimiento, en detalles como el galope de los caballos: la impresión del espectador pasa de ver unos dibujos animados bien hechos, a ver la cosa misma, y este margen de diversidad a mí no me parece un defecto sino una experiencia particular de este tipo de tratamiento de la imagen. En fin, que desde el punto de vista de la imaginación visual, el color, la ambientación, la fotografía, es tan espectacular como todas la de Zemeckis, y muy recomendable de ver; una adición de primera categoría a la estela intertextual y a la nube de versiones y alusiones que va dejando el poema anglosajón en el arte posterior.
En cuanto a la historia que se nos cuenta, viene a ser un serio retoque de Beowulf, metiendo los dígitos en el viejo asunto de dragones y monstruos, para darle más consistencia narrativa, y en realidad ofrecer una perspectiva que transforma completamente la historia. En resumen, adaptar es interpretar, o reinterpretar; si no construir una historia nueva con materiales antiguos. Aquí la historia de Beowulf se reinterpreta, para darle una inyección de argumento, de narratividad, de causa y efecto, y de elección moral. Son por tanto cuestiones que el adaptador echaba de menos en la vieja saga del inglés antiguo, y viene a remediarlo con una cierta dosis de leyenda artúrica y de Joseph Campbell—si no de Freud, pues Grendel vuelve a Heorot como el retorno de lo reprimido.
Me ha traído a la mente, esta voluntad de narrativizar Beowulf, los comentarios de Tolkien en su interpretación del poema, "Los monstruos y los críticos." Allí defendía al poeta anglosajón, y la coherencia estética e histórica de su obra, frente a las críticas de otros medievalistas que la veían, precisamente, carente de estructura, desequilibrada en su interés por los monstruos, desproporcionada en la insignificancia ética de la lucha del héroe, e inconsistente en términos religiosos (¿es pagana? ¿cristiana?).
Para Chambers,
"Nada podría poner mejor de manifiesto la desproporción de Beowulf, que ’coloca las irrelevancias en el centro y desplaza los asuntos serios a la periferia’, que esta alusión a la historia de Ingeld [tratada como un mero comentario al pasar en el poema]. Porque en este conflicto entre la palabra empeñada y el deber de la revancha, tenemos una situación que los viejos poetas heroicos amaron, y que no habrían cambiado por una desolación de dragones" (cit. por Tolkien, 20).
Citaba Chambers a Ker. Pues para Ker, Beowulf es un matador de monstruos demasiados simplista: no tiene interés ético su vida, y la grandeza literaria del poema está en su tono y atmósfera:
"Beowulf no tiene nada más que hacer una vez ha matado a Grendel y a su madre en Dinamarca: se marcha a casa, a su Gautlandia, hasta que el paso de los años trae al Dragón de fuego y su última aventura. Así de simple. (...). Pero la gran belleza, el auténtico valor de Beowulf, reside en la dignidad de su estilo. Es curioso, pero su estructura resulta ridículamente endeble. Porque mientras que la historia principal es la simplicidad personificada, el más llano de los lugares comunes de la leyenda heroica, las constantes alusiones históricas que la rodean remiten a un mundo de tragedia, a una temática de procedencia muy distinta a la de Beowulf, más próxima a la tragedia islandesa." (19)
Para Tolkien, la cosa es distinta. Los monstruos tienen su justificación, pues viniendo de la tradición pagana, han adquirido un aura un tanto alegórica de figuras del mal cristiano (Grendel como descendiente de Caín), sin perder el aura ominosa de la vieja tradición pagana; aunque esta se va desvaneciendo ante la llegada del cristianismo, "la sombra de su desesperación aun a modo de simple talante, como una intensa emoción de pesar, todavía está presente" (34); es el momento histórico del poema el que le da a estos símbolos su peculiar efectividad. En cuanto al pequeño problema de la inconsistencia estructural, de desconexión episódica entre los episodios de los monstruos y el del dragón, con nada menos que cincuenta años enmedio, en que perdemos de vista al héroe, pues tampoco eso es objeción para Tolkien:
"El poema ’adolece de falta de continuidad’: de este modo encabeza Klaeber una sección crítica de su edición. Pero el poema no fue pensado para que su desarrollo tuviera una continuidad. Se trata en esencia de un equilibrio, una oposición entre finales e inicios. En sus términos más simples es una descripción contrastada de dos momentos de una gran vida, el encumbramiento y el ocaso; una elaboración del antiguo e intensamente conmovedor contraste entre la juventud y la vejez, el primer logro y la muerte inexorable." (40).
Así pues, una estructura admirable y lograda en los términos elegíacos que buscaba el propio poema. Este juicio de Tolkien es ampliamente aceptado hoy.
¿Pero qué hace la película con este poema y esta estructura? Bien, más vale que la estructura sea buena, porque el lenguaje y el estilo desaparecen en la adaptación—y la voz narrativa, gran protagonista invisible de Beowulf— con lo cual nos podíamos quedar con una historia que se disuelve como un azucarillo. Tebeos de monstruos hay muchos, empezando por La Guerra de las Galaxias, y es inevitable una nivelación general de Beowulf a este género de sword and sorcery. Las imágenes, ciertamente, por lograda que estén, no transmiten el sentimiento de gravedad, tormento y dignidad del original, a no ser de modo muy tenue y pasado por el peaje del género... así que este caso de transposición intermedial habría que ponerlo con señales de peligro para los amantes de la Alta Seriedad.
Una cosa que sí hace decididamente la adaptación dirigida por Zemeckis es hacer más complicada y trabada la trama del original—y convertirla en una historia de culpa, de secretos y de pecado del héroe, totalmente ajena al feliz simplismo psicológico del poema anglosajón. Con lo cual Beowulf se nos va perdiendo en la bruma, y nos queda una variante que rememora más las historias artúricas del estilo de Lanzarote, de Chrétien de Troyes o de Sir Gawain and the Green Knight (también comentada por Tolkien, ésta)— Si no directamente en la línea de El Señor de los Anillos, o de Excalibur mitologizada à la Boorman. Consolémonos pues (si es consuelo) con que lo que se pierde del original se gana en relación intertextual con esta tradición épica posterior que nada tenía que ver con la anglosajona de Beowulf.
En efecto, aquí el rey Hrothgar es un Rey Pecador (el artúrico roi pêcheur). Ha cometido una falta, como vamos descubriendo, y es esa falta la que causa los males del reino: las visitas destructivas del monstruoso Grendel, y la falta de descendencia real. Como en Excalibur, el rey es aquí el responsable de la Waste Land. Y Beowulf, que hereda su trono, hereda también la falta, pues cae en la misma tentación que el rey. (Por cierto que Beowulf es aquí por tanto rey de los daneses, otro pequeño atentado al original).
Grendel y el dragón no son aquí dos episodios aislados, sino que tienen una conexión argumental—no sólo temática o atmosférica, sino de causa y efecto. Beowulf derrota a Grendel, hijo del pecado de Hrothgar; pero comete a su vez el mismo pecado y se ve atormentado, años más tarde (aunque no cincuenta años) por su propio hijo, una furia en forma de dragón. Claro que estas metamorfosis necesitan una magia superior... el hijo de Beowulf también aparece bajo forma de hombre dorado o estatuilla de oscar (que me temo escapó a las aspiraciones del director) una vez Beowulf da muerte al dragón, con el truco que le había dicho Hrothgar—pero sacrificando su propio brazo para poder alcanzar el corazón del dragón. Como digo, aquí hay magia potente, que viene de una fuente enigmática: la madre de Grendel (Angelina Jolie en algunos de sus avatares, con tacones de aguja hasta descalza). Es esta madre una especie de demonio o súcubo mucho más poderoso que el simple monstruo femenino o Reina Alien del poema—pues aquí la madre de Grendel es a la vez monstruosa y seductora, y hace peligrar al reino desde dentro, tentando al rey e inyectándole un secreto que guardar. Nunca se vio ese monstruo del pantano tan favorecido en la pantalla, pero claro, hay que hacer caja—y también darle a Beowulf una razón creíble para vender su honor.
Así pues el secreto es múltiple: Por una parte, se reescribe la historia recibida en el poema, que ahora aparece como una "versión oficial" o canto de propaganda: es lo que Beowulf quería que se supiese de él, pero sólo es parte de la verdad. Hay acciones secretas que le daban una coherencia argumental más comprometedora para el héroe. Aquí éste aparece desde el principio como un tanto dado a idealizar sus hazañas: ya que hago algo, hacer también la propaganda. Y el poema de Beowulf, al que se alude, es privado así de su autoridad—será el observador secreto del cine, y no el poeta, quien conozca los secretos que guarda el héroe, aunque se permita pasar a la historia una versión censurada. (Podíamos pensar que es el colmo de la insolencia hacia el original, este gesto de la película al desautorizarlo y ponerse a sí misma como la auténtica revelación de lo sucedido cuando nadie miraba). Beowulf vuelve diciendo que ha matado a la monstruosa madre, pero en realidad se ha dejado seducir por ella y ha pactado en secreto, comprometiendo su credibilidad heroica.
Es pecado, y secreto al cuadrado, el hecho mismo de guardar un secreto, pero hay además una infidelidad sexual (en el caso de Beowulf, curiosamente, es cometida antes de casarse con la viuda de Hrothgar ni poder aspirar siquiera a ella)—y a esta traición, y a la mentira sobe la hazaña, se suma una especie de pacto diabólico que hace depender al rey de las mismas fuerzas que amenazan el reino. También, cómo no, hay ecos de la tradición de "el rey debe morir" según la expuso Frazer en La Rama Dorada: la prosperidad del reino, y la seguridad de sus gentes, dependen de la salud física y moral del rey: y un rey que flojea ha de ser sustituido por un sucesor que lo sacrifica ceremonialmente o en combate. El pretendiente, sin embargo, es aquí un peligro demoníaco, un sucesor envenenado, à la Mordred: vuelve no con promesas de renovación sino como el Retorno de lo Reprimido, el hijo secreto que viene a avergonzar al rey—pero también un peligro de muerte para todos: y el héroe debe probar una vez más su valía derrotándolo. A la vez debe sacrificarse a sí mismo para purgar su culpa, el pecado de haber yacido con el súcubo femenino ese—que no se sabe qué quiere exactamente, como abismo femenino insondable y freudiano que es. (Con abundante simbolismo gráfico, la guarida de la madre de Grendel simboliza un gigantesco coño húmedo. La laguna y la batalla subacuática del original le han traído ideas húmedas a la mente al guionista...).
El heredero del reino, el viejo compañero de Beowulf (Antony Hopkins repixelado) no parece muy prometedor, como sustentador de las esencias. Para ser el nuevo rey, es tan viejo como Beowulf viejo; nos recuerda (en versión más austera, sí) al viejo rey Hrothgar del inicio. Y una vez tiene en sus manos el cuerno dorado, que simboliza a la vez el poder y la tentación, mira al mar y ve allí a la jolie súcuba, que le sostiene la mirada con aire enigmático. La escena recuerda otra historia de brujas, el Macbeth de Polanski: tras la batalla final, la expulsión del monstruo y la coronación del rey Malcolm, su hermano Donaldbain va a visitar a las brujas que habían tentado a Macbeth al principio. Que por cierto tenían menos encanto que la viscosa bruja ésta del pantano.
Así que parece ser que el reino del nuevo patriarca tampoco se va a librar del Eterno Femenino, siempre aflojándole al héroe la firmeza de sus resoluciones, y cogiéndole desprevenido, él que confiaba tanto en su espada.
it's complicated, superar un divorcio y buscar nueva pareja, y aún más si se pretende hacerlo teniendo un rollo secreto con el ex en cuestión. Aquí una equilibrada reseña de Roger Ebert sobre la película de Nancy Meyers, con Meryl Streep y Alec Baldwin. Película que está visible y entretenida, sin excesos ni originalidades; y preferentemente recomendable para gente de cierta edad a cuestas, sobre todo divorciadas y viudas. Y para fans de Meryl Streep, que todos deberíamos serlo con lo bien que lo hace todo, hasta croissants al parecer. Sacaron la película para la temporada de navidad—y es cierto que la navidad, habiendo divorcio por medio, suele ser una época del año especialmente complicada de gestionar. No hay navidad en la película—pero se podría disfrutar con ella del lado oscuro de la fiesta. Aunque claro, siendo una comedia, no está muy pronunciado el lado oscuro. Visto que el divorcio da tanto para tragedias como para comedias, aquí se le intenta ver el lado chistoso. Pero tampoco eso es tan fácil.
Hemos estado viendo la película de Robert Zemeckis, director que parece estar especializándose no sólo en la animación con captura de movimiento sino también en historias de navidad. Esta es, como Polar Express, ligeramente desagradable, no sé por qué lleva aura de película para niños, cuando en realidad es para mayores moralizando niños, o jugando a imaginar que a los niños les van estas cosas. Y oye, luego les van medianamente, por ejemplo cosa más siniestra e inquietante que el libro de Alicia en el País de las Maravillas, que pronto viene Tim Burton a acabarlo de arreglar por cierto... Polar Express también iba del espíritu navideño y también me pareció desagradable en conjunto, aunque con elementos interesantes, claro. Aquí la técnica de animación está aún más acabada (ayudada además por la visión en 3D), y la película es un ejercicio continuado de espectacularidad en ese sentido—No sólo con un diseño de caras y texturas casi inquietantemente vívido, sino con múltiples juegos de transparencias y diferentes niveles de virtualidad en las imágenes. La naturaleza visionaria del relato de Dickens favorece estos efectos. Los flashbacks por ejemplo no suponen aquí una ruptura de la línea narrrativa centrada en Scrooge, sino que a ella se superpone una visión contemplada por él y los Espíritus de la Navidad, y presentada en una imagen dentro de la imagen; lo mismo los cambios de escena o visión simultánea de lo que sucede en casa del empleado, o del sobrino de Scrooge. Si a esto se le suma un guión hollywoodizado, el resultado es una película demasiado vistosa si me preguntan a mí, y demasiado movida, demasiados alaridos y risas y toboganes y persecuciones y caídas y vuelos libres—para hacerla más fumable a los pequeños y a los mayores que les acompañan. En cuanto a elementos espectaculares terroríficos, es un poco fuerte de más para los niños pequeños: no faltan zombis ni esqueletos ni sombras de la muerte ni almas condenadas ni inquietudes más sutilmente desagradables. Scrooge (el original del Tío Gilito) es por cierto bien desagradable, como protagonista no va a proporcionar mucha identificación—pero incluso en los flashbacks y viajes temporales a cuando no se había maleado todavía, no conectamos con él. Hasta su conversión final al espíritu de la navidad parece forzada y desagradable. Vamos que la película es fría fría... sobre todo para un niño; la vejez no es país para niños, y una historia de viejos para niños es siempre didáctica de más. Y sin embargo hay que reconocer que a los personajes dickensianos les va bien el tipo de diseño gráfico utilizado, que recuerda a las ilustraciones originales (aunque hacerlo en blanco y negro hubiera sido la ruina, claro, más ruina que chafar dinero y trabajo infinito en detalles tan cuidados como los que aparecen. Como de costumbre, no fallan los detalles sino el planteamiento de conjunto, el peso dado por el guión a las difentes escenas. Y aun donde no falla, la reflexión sobre las navidades desde la perspectiva de un misántropo solitario ha de ser forzosamente desagradable, visto que es una fiesta que obliga a pensar en las relaciones familiares difíciles, y en el paso del tiempo, y a hacer examen de conciencia sobre los propios errores, y a valorar año tras año cómo vamos llevando la vida. Casi se queda uno con unas navidades más frívolas, ya que no nos libramos de ellas, en lugar de enfrentar a los niños a su lado más angustioso, a experimentar como viejos la sensación del paso irremisible del tiempo, máxime con una estética entre inquietante y de pesadilla. Pero hay que decir que también es propio de Dickens este toque un tanto uncanny, y las interferencias desagradables de los adultos en el mundo de los niños: otra cosa no hacemos, los mayores somos todos unos victorianos para los niños. Es interesante, por cierto, en el género de los Cuentos de Navidad, el uso de líneas de acción alternativas según las elecciones de los protagonistas (en plan Elija Su Propio Futuro) que da lugar a estructuras narrativas muy eficaces, con tiempos virtuales o hipotéticos, etc.—es lo que pasaba en la de James Stewart, Qué bello es vivir, o en una de Nicolas Cage, Family Man, que es otra variante sobre el tema. En otras historias navideñas, como el "Cuento de Navidad" de Nabokov aparece el tema de la vida alternativa tratado de modo más sutil o implícito, apenas apuntado. A los niños estas cosas los dejan fríos, porque toda su vida está aún por vivir, no tienen aún vidas alternativas que pudieran haber recorrido—o todas lo son. La navidad es cosa de niños vistos por los mayores.
Es Avatar el último avatar de la metaficción cinematográfica y de la realidad virtual. Llevaba mucho tiempo preparándola James Cameron, aunque entretanto se ha dedicado a otras aventuras, como descubrir la tumba de Cristo. Se ha alabado mucho la experiencia de inmersión producida por esta película, sobre todo en su versión 3D, así como el argumento ecologista. Y ciertamente es una buena película de acción en su género, y se pasa un rato excelente viéndola. Pero hay peros en todos los frentes; y no es por quitarle a nadie las ganas de ir a verla, que lo recomiendo, pero me interesa comentar algunos puntos problemáticos. Primero sobre la experiencia 3D: no me resultó ni con mucho tan redonda como me prometían. Quizá es porque me tocase un asiento un poco ladeado en el cine, que no sé si afecta a la cuestión. Pero había trozos mucho más en "relieve" 3D que otros, cosa que no sé si contribuye a la inmersión en la pantalla o más bien la dificulta. Digamos que una convención visual atípica puede resultar menos inmersiva que una convención visual que ya pasa desapercibida. Y la 3D por supuesto no es una "realidad virtual" sino una nueva técnica y convención de representación visual de la perspectiva y la profundidad. La realidad es otra cosa, y la realidad que vemos con nuestros ojos fuera de la pantalla es otra cosa más. (Por cierto, en mis gafas 3D, y en las de mis compañeros de expedición, comenzaron a aparecer unas manchas verdes que se extendían lentamente y al final cubrieron todo el cristal, para sorpresa nuestra). En suma, que el 3D me recuerda más a los dioramas esos que veíamos en décadas remotas del siglo XX, con filminas y unas imágenes en relieve—más que a la realidad tal como la vemos. En todo caso es claramente un tipo de cine, y no un tipo de inmersión en la realidad virtual. Aunque la experiencia mental sea de por sí un tipo de cine, cosa de la que viene aprovechándose el cine con cierta ventaja.
De todos modos, comprendo que esta película intente producir inmersión, pues la inmersión es en parte su tema, al ir como va sobre la inmersión por medio de una interfaz de realidad virtual para controlar unos cuerpos, los avatares, que permiten a los americanos infiltrarse entre los nativos de otro planeta para estudiarlos y espiarlos. La experiencia de inmersión del cine en general, y del cine 3D en particular trabajan en este sentido a favor de la película, no sólo primando temáticamente la inmersión del protagonista en su avatar, sino también reforzando los mecanismos de identificación que son un eje fundamental en el desarrollo del argumento: al final es la realidad "virtual" la que ocupa el lugar de la realidad real para el protagonista, al renunciar a su cuerpo original e instalarse definitivamente en su avatar.
Jake Sully, el protagonista, es un ex-marine parapléjico. Su hermano estaba destinado a ser un "piloto" de esos avatares infiltrados entre los Na'vi, extraterrestres nativos del planeta Pandora. Allí una compañía minera terrestre compite con una especie de ONG antropológica—unos interesados en desalojar a los nativos de su tierra, otros en estudiarlos y "civilizarlos". A Sully le ofrecen reengancharse y ocupar el puesto de su hermano (gemelo) por compatibilidad genética. El jefe del destacamento militar en Pandora, el coronel Quaritch, arde en deseos de enfrentarse a los nativos, y sus intereses están aliados con la compañía minera. Le promete a Jake que se ocupará de darle unas piernas nuevas a cambio de que le pase la información "antropológica" obtenida a través de su avatar. Jake hace un doble papel, a la vez preparando la destrucción de los Na'vi mientras hace amistad con ellos y se enamora de la chica guerrera e hija del jefe, Neytiri. Aprende a apreciar la armonía de su civilización y la integración entre los Na'vi y su entorno. Descubierto en su papel de espía y despreciado, deberá elegir entre sus identidades, y convertirse en un auténtico héroe Na'vi para echar a los alienígenas hostiles, o sea a los humanos; y renunciar a su cuerpo para ocupar para siempre el cuerpo del avatar. Hay secuencias espectaculares de la naturaleza "alternativa" de Pandora, paisajes oníricos que superan todo lo hasta ahora proyectado a la pantalla, y secuencias de acción impecables que llevan a la batalla final, con la victoria de los Na'vi y la expulsión de los humanos. Sigue un epílogo, como recomendaba Propp: tras la batalla, el matrimonio con la princesa y el acceso al trono. Hay un ritual de maridaje entre Jake y su nuevo cuerpo, y con Neytiri, y de transmigración de almas: en el momento en que el alma de Jake pasa de su cuerpo humano moribundo al cuerpo del avatar, abre éste los ojos mirando a la cámara, y termina la película.
Con Neytiri se habían casado por lo de pareja de hecho antes, en un momento lírico, una vez superado el aprendizaje de Jake. Y también se había hecho rey al lograr unir a las tribus contra el invasor, cabalgando al dragón "última sombra", algo que sólo algunos héroes míticos habían logrado hacer, y que dejaba pequeños a los dragoncitos de los demás guerreros, y el de su rival nativo, que era aspirante a la corona y a la princesa pero acepta humildemente verse desplazado por el Americano, más nativo que los nativos. Hay aquí (dentro del respeto proclamado a la cultura nativa) una cierta chulería colonial: los occidentales no sólo tenemos más potencia de fuego, sino que si nos ponemos a ello superamos a los nativos en todos sus ritos de iniciación, como en Un Hombre Llamado Caballo. Decían, por cierto, que esta era la versión espacial de Bailando con Lobos, otra película que tal— con un protagonista del ejército que se pasa al bando de los indios tras conocerlos mejor y hacerse su hermano de sangre. Es un mito constante en la imaginación americana éste, alimentado por la mala conciencia del conquistador, y como digo puede interpretarse como la conquista desde dentro, y apropiación del alma y la esencia del nativo, tras invadirle sus tierras y tumbarle su árbol mítico que lo conecta con las esencias del paisaje. Claro que son unos americanos los que destrozan el paisaje y otros los que horrorizados se vuelven nativos: pero hay una ambigüedad en todo el asunto, visto que todos son piezas del guión de una película en última instancia americana. Algo así como "unos agitan el árbol y otros recogen las nueces".
Que es una película de indios, huelga comentarlo. Elevada quizás al cuadrado, con una naturaleza extrañada u ostranieniada, para que le resulte tan desfamiliarizada al espectador como al explorador de las maravillas americanas. Aunque se queden a veces un poquito a medias: en lugar de extrañeza total, hay aquí panteras negras deformes, perros deformes, caballos deformes, búfalos deformes, etc. Y también versiones deformes del círculo de halcones que azuzaron a Bush hacia la guerra del golfo. En cuanto a los indios espaciales y la Culpa Americana por la tierra usurpada, ya viene también de historias anteriores, las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury.
Pandora, por cierto, es figura femenina, la madre tierra aquí, pero es una madre tierra creada a imagen y semejanza, una obra de arte de la realidad virtual que cobra vida, como esa humana artificial, primer androide quizá, de la mitología griega. Los Na'vi (recordemos también a los Naboo de Star Wars) son un pueblo que vive en relación de integración religiosa con su entorno. La conexión ecológica, y la místico-mítica, quedan aquí reforzadas por una interconexión informática. La trenza de los Na'vi no es sólo un peinado exótico, sino una conexión internet de alta velocidad comparable a los puertos insertos en el cogote en Matrix. Con este cable ADSL los Na'vi se unen a sus caballos (no hay indio sin caballo) pero también cabalgan águilas-dragones-pterodáctilos que disponen de la misma compatibilidad, para su mejor manejo—hay que integrarse a la montura— y también con el mismo cable se conectan a la madre tierra a través de un árbol que es un sauce llorón hecho de cables de fibra óptica. Y mucho me sospecho que sus relaciones sexuales también consistirán en conectar los cables de transmisión de datos.
Esta conexión cibernético-espiritual (siendo distinta) queda asimilada por analogía a la conexión entre los avatares y sus pilotos, Jake y los otros antropólogos, unidos por una conexión de alta definición a sus grandes cuerpos azules, mientras el cuerpo humano descansa en un sarcófago de realidad virtual, en sueños o en animación suspendida. (Al comienzo de la película, por cierto, vemos a los expedicionarios llegando a Pandora tras un viaje de cinco años en animación suspendida, como en Alien o El Planeta de los Simios: aquí hay humanos que apenas sacan su cuerpo del ataúd para meterlo en otro).
La conexión al avatar, y la conexión del cuerpo Na'vi con la madre tierra a través de su trenza, llevan a niveles superiores de intensidad vital, sobre todo para el paralítico Jake, que vuelve a andar si no con sus piernas, sí al menos por cuerpo interpuesto. Es así también un mecanismo psicológico de identificación entre el espectador de cine, paralizado en su silla, o en su pequeña cápsula de realidad virtual, y el protagonista que está en una situación análoga, pero ambos se proyectan en el avatar. Lo hacemos tanto mejor con una analogía en pantalla que nos ayuda y refuerza la intensidad de la experiencia vivida por delegación. Es de notar que esto no es bueno únicamente para la inmersión del espectador en la película, inmersión que necesita cualquier blockbuster de acción: también es positivo para hacer llegar el mensaje buscado, pues ese mensaje no es otro que el de abandonar la realidad y parámetros ordinarios (occidentales, americanos) y sumergirnos en los valores y experiencias de los Otros, los indios, los VietCong, etc.— para culminar en el momento final en el que paradójicamente a la vez nos quedamos allí, en el avatar, junto con el protagonista, y a la vez lo abandonamos, al encenderse las luces de la sala. Un movimiento ambivalente y paradójico, que supongo puede interpretarse como señal de la ambivalencia ideológica de la película—haciendo lo contrario de lo que dice que hace.
Porque es, supuestamente, una película antiamericana— una alegoría de la perversidad del imperialismo americano, de la conquista del Oeste, de la Guerra del Golfo buscando el preciado oro negro (aquí parecía más bien carbón), y un rechazo incluso de los intentos bienintencionados de la Dra. Sigourney Weaver por llevar a los niños Na'vi a la escuela, y conocerlos mejor. Como mejor están los Na'vi es obviamente sin ningún contacto con los americanos, y sin que los eduquen. Su civilización tiene una dignidad y nobleza que le falta a los falsarios americanos, a los embrutecidos soldados, sanguinarios generales y degenerados yuppies que organizan el cotarro colonial. El éxito de la película está garantizado al ser a la vez americana (con factura de Hollywood, hecha para gustar) y antiamericana (una condena sin paliativos de la política exterior americana empezando por la conquista del Oeste).
Y entre una y otra cosa, se lleva adelante el proyecto con un sinfín de estereotipos y alusiones cinematográficas clásicas hábilmente combinadas. Así encontramos los motivos del feto gigante, el monstruo de Frankenstein despertando, el humano Terminal aprisionado en su coraza tecnológica, la chica gato, los indios azules de Apocalypto, el desastre ecológico planetario de Rapa-Nui y la tala del último árbol, etc. etc.
Las dudas que despierta el proyecto ideológico de la película son varias. Primero, la convergencia sospechosa de informática, animismo y ecología. La autenticidad de la civilización de los Na'vi viene garantizada por esa conexión: no son sólo parte de un ecosistema, pues aquí el ecosistema está potenciado o figurado por esta conexión místico-cibernética con una red vital que informa o informatiza todo el planeta. Y aquí entran desde las almas de los antepasados a intervenciones divinas con todos los animales volviéndose contra el invasor—la ciencia ficción ya deriva en fantasía para recuperar la mitología india y literalizarla, hasta un punto que ni el Jefe Seattle ni Zapatero hubieran soñado. La integración de los Na'vi entre sí y con su tierra no es ya ecológica ni tribal, sino mística, un Solo Cuerpo que tiene más de ensoñación religiosa (y desde luego de wishful thinking) que de ecosistema estable. El final, que nos promete la transmigración al avatar (y la vida plena por delegación) parece ignorar la crítica de Mark Dery en su libro Velocidad de Escape, que ya criticaba que los humanos queramos ser posthumanos ignorando el cuerpo de carne y la base tecnológica y económica que sustenta la experiencia de la virtualidad. Aquí, volverse Na'vi es volverse humano auténtico, y volver a lo que fuimos, pero... la vía propuesta es fantástica, limitada al universo provisional de la película.
El ejército americano aquí está claramente asimilado al actual: no son el séptimo de caballería, sino la Tormenta del Desierto contra los indios del Vietnam. El futuro trae pocas diferencias, y son los militares de Apocalypse Now los que vemos aquí quemando selvas y derribando árboles sagrados. Como caricatura de las intervenciones americanas en el extranjero no está mal. Sin embargo, queda un poquillo tendenciosa la idealización de los indios, y quizá más la asimilación de indios, vietnamitas y talibanes. Por supuesto todo aspecto potencialmente desagradable de la cultura de los Otros está ausente: aquí no hay al parecer ni lapidaciones de homosexuales ni burka obligatorio para las chicas Na'vi, lejos de ello. Simplificada la cuestión a sus términos extremos, no hay sino buenos y malos, y Jake hace bien eligiendo a su avatar por encima de su disminuido yo occidental. Pero a los demás humanos se nos devuelve a Occidente al acabar la película, con una dosis de mala conciencia insuflada. Hemos vivido por delegación en realidad virtual, pero nuestra vida real está atada a la Compañía. Es más, la Compañía ha producido la película, con qué fines... ni se sabe.
Otro elemento por el que la película se socava un tanto a sí misma es por la conexión con los videojuegos. La estética gráfica es evidentemente de videojuego, y seguramente está trabajado el lanzamiento en version multihistoria para videojuego. Quizá en alguna de esas historias ganen los americanos, me sospecho. El asunto es que el videojuego ya está inscrito en la misma historia: el paralítico Jake vive su vida por delegación en la pantalla (como el espectador, decíamos) pero la vive a modo de videojuego. Los Na'vi son de este modo a la vez un reducto natural incontaminado por la civilización, y —a otro nivel— una mera fantasía compensatoria producida para que los occidentales frustrados (y que Han Jodido El Planeta, como diría Ginsberg) proyecten sus deseos y compensen su limitada existencia con historias de los tiempos en que había héroes, y cosas sagradas. La película promueve esa fantasía como un modo de solidaridad con los Na'vi o los pueblos oprimidos por el colonialismo—pero de hecho nos sitúa en la posición de quienes sólo juegan con esos sentimientos, convertidos en fantasía lúdica para consumo occidental. Muy lejos de la comunión espiritual con la Pacha Mama.
Con el cabreo que llevo por el tema de la mafia de mi departamento—se creerán ustedes que han hecho una baremación de mis publicaciones, numerosas y variadas, y que en conjunto han votado por darme cero puntos— en fin, digo que con el cabreo que llevo por eso, —que cabrearía a cualquiera me imagino, y no sólo a un individuo con numerosas y variadas publicaciones —pues me olvidaba de comentar que he ido a ver la última de Woody Allen, una comedia optimista-feelgood—Whatever Works o Si la cosa funciona.
Y funciona básicamente bien, por lo menos a quienes nos gusta Woody Allen, y teniendo todos algo de intelectualoide neoyorquino, cómo no nos va a gustar, les gusta hasta a personajes atrabiliarios, arrogantes, prepotentes y malhumorados, que piensan que sus publicaciones son la releche y las de los demás no valen un carajo. Y no estoy pensando en mí precisamente.
El individuo que la protagoniza, un famoso cómico americano menos conocido por estos pagos, hace el papel de Woody Allen con curioso efecto en conjunto. Vamos, ya se conoce el efecto estrellato éste, sobre todo en Hollywood, por el cual a un actor se le van adhiriendo ecos de los papeles que ha interpretado antes, al menos si lleva una línea de investigación coherente— bien, en Woody Allen la cosa adquiere un tono especial al haber comenzado Woody Allen como chistoso que interpretaba a su propio personaje ya en la pantalla—con lo cual hay una cierta retroalimentación del efecto, tanto más al volverse el director/actor personaje especialmente mediático; cuando lo vemos en la vida real no sabemos si está intentando desprenderse de su personaje o si está imitando a Woody Allen desprendiéndose de su personaje, en una vuelta de tuerca—por ejemplo en esta entrevista con Woody Allen poco antes de rodar esta película, donde se aprecia perfectamente que de no ser por esos efectos intertextuales sería un tipo bastante aburrido. Otra vuelta de tuerca se da cada vez que se interpreta a sí mismo en una nueva película, sin gran cosa de caracterización diferenciada con respecto a la anterior, y cuesta tragar que lo llamen Howard o Charlie o como lo llamen, y no Woody—¡cuando es, obviamente, Woody! –una variante del star effect que no sucede con otros actores en la misma medida. Se complica la cosa cuando, al ser su propio guionista, obviamente se supone que sus guiones no sólo hacen actuar al personaje-Woody, o le dan indicaciones, sino que lo caracterizan desde dentro, crean el mundo en que vive y las historias en que se mete, que son por tanto una complicada emanación de las neuras del personaje-Woody, un psicodrama que crea para atormentarse a sí mismo y demostrarse que por paranoico que sea, resulta que sí que tiene enemigos. Otra variante más: cuando un personaje que no se le parece nada a Woody Allen hace de Woody Allen—como el protagonista de Hannah y sus hermanas, o, siguiendo su personaje más de cerca, Kenneth Branagh—en Celebrity creo que era.
Variante distinta todavía del Zeligato éste se da en Whatever Works, con Larry David en el papel de Allen... y se le parece algo, humorista judío neoyorkino, parece Woody Allen un poco mejorado, o un poco estropeado, o algo distorsionado. Hay que decir que a mucha gente le rechina y revienta este juego de Allen con sus personas y personajes (ególatra, egocéntrico, egotcétera), y especialmente cuando "otro" hace de Allen, pero a mí me gusta, si no, estaríamos hablando de otra persona y otro personaje, de otro director.
En esta ocasión, es comedia de risas. Los chistes y situaciones son graciosos, quizá porque nos recuerdan al Woody de los años 70, que es de donde viene el guión. No tengo ánimos para resumirla, que la vea la gente. O aquí hay una reseña de James Berardinelli. Lleva adelante Allen su batallita particular, Nueva York contra la con la América profunda, primero encarnada por la encantadora rubia tontita Melody Celestine. ¿Que no gusta la América de majorettes? Pues si se casa con ella, vamos, whatever works; sobre gustos no hay nada escrito y si encima la chica está buenísima y es la única que cree que este Yellnikoff es un genio... Le compra además toda su filosofía nihilista y atea desengañada, y su angustia cósmica, y quieras que no algo se le despeja la frente a la chica, por las buenas influencias de la despejada frente de Yellnikoff. Continúa la venganza contra América luego con los suegros, que descubren a su hija huída a Nueva York, primero una y luego el otro. Los padres de Melody venían sin desbastar de la escuela dominical republicana, allí en el Sur. Se venga Allen, o su alter ego Boris Yellnikoff, a gusto: a la madre puritana la convierte en una fotógrafa decadente de Greenwich Village, arty-farty y ninfómana, que se monta camas redondas con los amigos de Boris. Y el señor Celestine descubre una reprimida vocación homosexual, y también se vuelve judío creo, y así le mejora el carácter.
Bien, termina la película en buena armonía de todas las parejas hechas y deshechas, algunas de ellas muy unlikely, pero coreando todos la filosofía de Yellnikoff, whatever works, oye, que aunque Melody lo deje plantado, ha aterrizado Boris encima de una vidente. ¿Una vidente para un ateo? Pues eso, para cuatro días que estamos aquí... es una filosofía bastante carpe díem y poco maximalista; después de tanto insistir en su visión personal, Yellnikoff transige y acepta un poquito a los demás como son—desde luego no vamos a intentar convertir a nadie; quien no vea el Absurdo por sí mismo, para qué ilustrarle.
El protagonista se considera un genio, y bueno, en los términos de la película no le falta razón, todo el mundo es especial en su propia película... "I was considered for a Nobel Prize in physics... I didn't get it. But, you know, its all politics. It's like every other phony honor. Incidentally, don't think I'm-I'm bitter because of some personal setback. By the standards of a mindless, barbaric civilization, I've been pretty lucky." Bien, yo me parezco a este en la calva, y Allen se le parece en el humor metafísico, la atmósfera de desengaño neurótico, y las fantasías de viejo verde en las que se cruzan la sátira personal y el wishful thinking. Aunque no haya escasez de Melodies que se arriman a vejestorios cascarrabias, normalmente son más interesadillas y no es porque, como ésta, se enamoren de su cerebro privilegiado y de su carácter.
Un detalle divertido de la película deriva de los privilegios ontológicos de la Allen-figure. Boris es el único que sabe que está en una película, y se dirige al patio de butacas directamente, explicándoles que tiene esa perspectiva superior—vamos que le falta poco para hacernos un comentario sobre por qué lo han puesto a él y no a Woody Allen en el casting, eso de los juegos con alteregos—. Los demás claro opinan que está chiflado, que igual que trata a la gente con desprecio y tiene el hombre sus rarezas, pues que será una rareza más. Ellos no saben que los están viendo desde las butacas. "See? I'm the only one that sees the whole picture. That's what they mean by genius." Esto me recuerda que yo también hago una cosa parecida a veces, en broma claro, con mis hijos, no es que me considere tan genial como Yellnikoff, que a mí tampoco me han dado un Nobel, pero sí que le hablo al vacío cuando voy con los chavales y digo "Queridos lectores, voy a comentaros lo que me pasa por la cabeza..." y mis nenes me dicen, "¡pero qué lectores! ¡si no hay nadie!" Pero yo les digo que sí, que hay alguien, aunque no lo vean...—y hay alguien, ¿verdad, hipócrita lector?
Pero vamos, a pesar de su perspectiva cognitiva superior a la de la media, el pobre Boris sufre, y se tira por la ventana dos veces intentando suicidarse sin éxito; una vez lo para un toldo, y la otra la vidente... esa escena también es humorística / metaficcional, con el Boris tumbado encima de la pobre vidente, con varios huesos rotos ella e inconsciente, y él dirigiéndose a la cámara con voz en off y on a la vez, diciendo—"pues tampoco esa vez me maté", colapsando de nuevo narrador, guionista, personaje, cómico privilegiado... aunque nos aclara Allen en la entrevista de Time que él no tiene tendencias suicidas; y yo tampoco. Oye, y en cualquier caso mejor ir a ver esta película que saltar por la ventana, abrazado a las publicaciones de uno, como Poulantzas. Aunque los críticos estemos para aconsejarle a Allen cómo hacerla mejor, que el hombre suele ser de solidez dudosa.
Whatever Works. Written and dir. Woody Allen. Cast: Boris Yellnikoff, Evan Rachel Wood, Patricia Clarkson, Ed Begley Jr., Michael McKean, James Henry Cavill, John Gallagher Jr., Jessica Hecht, Carolyn McCormick, Christopher Evan Welch. Sony Pictures Classics, 2009.*
Excelente película—del género onírico-fantástico, aviso. del guión se dirá lo que se quiera, pero lo importante aquí es el espectáculo y la ambientación. Fiesta visual para los sentidos, etc. Compensa por varios viajes olvidados al país de los sueños, y aunque no es policiaca tiene una genial actuación de la policía. Para amantes de los cuentos de hadas, de Fausto, de La Tempestad de Shakespeare, de La Historia Interminable, de El cielo sobre Berlín, de Dalí, de Brazil, de la Commedia dell'Arte, de los cuentos de Grimm, de los cuentos grotescos de Poe, de las barracas y teatrillos ambulantes, de Heath Ledger, de las oscuras alegorías, de los enanos de feria o de chicas como esta casi monstruosa Lily Cole.
Curiosamente, la cumbre de la felicidad e ideal casi inalcanzable en la película es una vida burguesa tal que la mía. Serán ideas que pone el diablo en la cabeza (el diablo es Tom Waits, y tampoco se le da mal).
The Imaginarium of Dr Parnassus. Dir. Terry Gilliam. Written by Terry Gilliam and Charles McKeown. Cast: Johnny Depp, Heath Ledger, Colin Farrell, Christopher Plummer, Jude Law, Lily Cole, Tom Waits, Andrew Garfield, Quinn Lord, Verne Troyer, Paloma Faith, Michael Eklund. Music by Jeff Danna and Mychael Danna. Cinematogr. Nicola Pecorini. Ed. Mick Audsley. Prod des. Anastasia Masaro. Art dir. Dan Hermansen and Denis Schnegg. Set decor. Carolin Smith, Shane Vieau. Costume des. Monique Prudhomme. Prod. Amy Gilliam, Terry Gilliam, Samuel Hadida. 2009.
Vale la pena ir a ver Agora, la última película del ex-chileno Amenábar. Puntos a favor: una ambientación espectacular, que crea la ilusión de un auténtico viaje en el tiempo a la Alejandría del siglo IV, y excelentes actuaciones... quizá exceptuada Weisz como la protagonista, la filósofa Hypatia, pero quizá el problema es que el personaje está a medio construir y entonces no se sabe bien cómo interpretarlo. De que está a medio construir puede dar idea el hecho de que no trata con mujeres en toda la película: Hypatia es la única mujer que no es parte del telón de fondo, y queda un poco raro, tiene una vida como incompleta. Su sexualidad también es un misterio, si existe—en la medida en que se nos enseña algo de ella se limita al horror a ser violada (que quizá simbolice un horror más general a todo contacto físico). Y también se sugiere un horror o asco a su condición femenina (al desanimar a su pretendiente Orestes regalándole un paño con sangre menstrual). Pero el retrato no queda completado, se nos enseña sólo a la Hypatia filósofa, astrónoma y profesora—y a la hija que vive bajo la protección de su padre. También, claro, a la mártir—que es el motivo de la película. El martirio de Hypatia se debe a su elección de no someterse a la hegemonía del fanatismo religioso, y seguir siendo quien es, o quien era. No es un enfrentamiento buscado, sino encontrado, y es uno de los aspectos mejor llevados de la película. Otra cuestión de las que no me acaban de convencer: la caracterización o casting de los actores. La película se desarrolla a lo largo de varios años, con dos episodios cruciales: el enfrentamiento entre cristianos y paganos que terminará con la destrucción de la Biblioteca, y, años después, la matanza de los judíos y la muerte de Hypatia. En el primer episodio Hypatia es una joven profesora protegida por su padre, director de la biblioteca; su pretendiente Orestes es un joven pagano que estudia con ella. En el segundo episodio, Orestes (como muchos paganos) se ha convertido al cristianismo dominante, y tiene una íntima amistad con Hypatia desde su posición de poder como prefecto de Alejandría. El problema de casting o maquillaje es que no se aprecia mayormente el paso del tiempo para los actores, y esto detrae. También detrae de la película una cuestión narrativa muy elemental, y que creo es bien conocida: la narración en off, sobre todo con letras escritas en la pantalla, mata al cine y es contraria a su espíritu. No entiendo que elija usarla Amenábar, nada menos que al principio, en medio y al final, cuando su efecto es como un cubo de agua fría sobre la vitalidad de le película. Otras intervenciones explícitas de la narración me han gustado más: los travelling que viajan desde el espacio sideral a la Tierra y a Alejandría. Tienen su justificación en dos puntos de anclaje: los estudios de Hypatia intentando desentrañar el funcionamiento del sistema solar, y (por otro lado) la puesta en perspectiva de todos los conflictos humanos a vista de pájaro, o de observador interestelar—de todo ese planeta, era el atisbo de racionalidad en Hypatia y en cuatro personas más lo que más podría contar para el observador implícito extraterrestre, o para el director. Los cristianos destruyendo la biblioteca se filman como las hormigas vistas en primer plano en otra escena: una forma de vida muy inferior a los intentos de racionalidad de Hypatia. Parte de la voluntad del director, claro, es desacreditar no sólo al fanatismo religioso sino al cristianismo en su conjunto: aquí la religión es un virus mental, una plaga que desciende sobre las mentes y las cierra y sojuzga—aunque también sugiere la película el elemento de liberación o de esperanza que podía ofrecer el cristianismo a los más míseros o sojuzgados, como el esclavo Davo. Donde el nivel es muy bajo, no es difícil subirlo. Otro de los pretendientes de Hypatia, este Davo: pero cuando se atreve a abrazarla a la fuerza, ésta, en lugar de castigarlo, lo libera—por perderlo de vista sin hacerle daño. Es una excelente escena, ésa, como otras muchas de la película: muy buena es la encerrona que prepara el obispo Cirilo al prefecto, obligándolo a elegir en público entre desacreditarse como cristiano o traicionar a Hypatia. El prefecto, negándose a someterse en público, no se arrodilla ante las Escrituras, y se forma un tumulto.... pero luego se arrodilla, y se somete, no ante Cirilo sino ante Sinesio, otro obispo, antiguo alumno de Hypatia también, y que aquí hace de "poli bueno" frente al "poli malo" de Cirilo... pero entre los dos crean una pinza que aísla a Hypatia y da lugar a la conversión forzosa de todos los notables al cristianismo. Hypatia ni se lo plantea, y es capturada por los fanáticos parabolanos, los matones del obispo Cirilo. Davo, el esclavo que la deseaba, ahora uno de los parabolanos, la asfixia (con el consentimiento por así decirlo de Hypatia) mientras los demás van a por piedras para apedrearla. (Curioso que esta escena, con Hypatia desnuda como Cristo y Davo abrazándola, es una especie de siniestro desplazamiento de una consumación sexual muy ambigua–y total que al final la matan haciéndole un favor, como a Betty Blue o a Million Dollar Baby). Como se verá, la historia, siendo una historia de martirio, tiene más de un elemento en común con la pasión de Cristo—una de las ironías sin duda buscadas por el director, con los cristianos convertidos ahora en el régimen que persigue y martiriza. El título, alusivo a la lucha por el control del espacio público, también sugiere un paralelismo con "ahora"—Amenábar apunta así con preocupación al crecimiento actual del integrismo y la intolerancia no sólo en Oriente Medio sino quizá en el mismo Occidente, visto como un espacio de racionalidad que aquí como siempre es precario, amenazado. En este sentido es una película de tesis, y claramente de buenos y malos, aunque los papeles más interesantes son los grises o ambiguos, los discípulos traidores, los Judas y los San Pedros que acompañan a esta Jesucrista laica, contemporizando, o plegándose al oportunismo político, y corrompiendo así su criterio. Hypatia, en cambio, es un sueño de pureza intelectual sin límites: en un pequeño exceso imaginativo, no sólo llega a reivindicar la teoría heliocéntrica de Aristarco, sino que anticipa a Galileo, a Kepler y casi hasta a Einstein, aunque dentro de la exageración me ha parecido muy bien llevado el tratamiento de las ideas astronómicas. Comienza en la película la filósofa enseñando una cosmología tradicional, con un mundo "a la griega", ptolomeico, y con un universo centrado como ella está centrada en su sociedad. Termina "descentrada", o con un universo flotante cuyo centro, si existe, no está donde ella creía. Tampoco está claro a dónde se dirige la Historia. Las imágenes cósmicas muestran cómo estos logros de la razón humana—no sólo los descubrimientos científicos, sino el ejercicio de la libertad de espíritu y de la tolerancia— están siempre en peligro de verse sumergidos en la marea de manipulaciones de masas, credos irracionales, conflictos de grupos, y estupidez colectiva sin más. No muy optimista parece el futuro, pues la humanidad tiene, en general, su nivel, y nivela periódicamente todo lo que destaca. Al futuro y a la razón es a lo que mira Hypatia, contemplando ese rascacielos en la lejanía, el Faro. No deja hijos, casi ni ideas, apenas un recuerdo de lo que pudo haber sido una mente privilegiada que intentaba entender el cosmos antes de ser descuartizada por hordas de fanáticos e ignorantes. Intolerancia bis, vamos, como en tiempos de Griffith, y como en tiempos de todos en realidad. Los necios, siempre conjurados. Algo fría, Hypatia... pero a ver a quién no deja frío ese panorama.
A los niños les gustó tanto Kung Fu Panda el año pasado que han repetido y se han sacado el vídeo, y es cierto que es divertida, por los trozos que me ha tocado ver. Me ha gustado este detalle del gran secreto.
Primero, antecedentes. La película va de un panda que trabaja en el restaurante de su padre, que es un pato; la cuestión de que es un hijo adoptivo jamás le ha llegado al panda a la cabeza por lo que se ve. El pato lleva su restaurante eficazmente gracias a una sopa deliciosa en la que echa un ingrediente secreto. Y sueña con que el panda siga con la tradición familiar y herede el restaurante: entonces le enseñará el ingrediente secreto. Pero el panda, a pesar de lo gordo que está, sueña con ser gran luchador de Kung Fu. Y al final sí que logra pasar pruebas en el gran santuario, etc. etc., y le dan a leer un sagrado mensaje que sólo puede leer el Elegido, y que le permitirá cumplir su misión, convirtiéndose en el Guerrero del Dragón. Y resulta que el mensaje está en blanco. El panda se queda frustrado y extrañado. Le entra la duda de que él no es el elegido para ser el Elegido. Se va del santuario arrastrando los pies. Ya no sabe cuál es su misión ni su sentido en la vida. Y entonces vuelve el pato su padre a animarle a que vuelva al restaurante....
—Tu destino te está esperando. ¡Somos gente de fideos! El caldo corre por nuestras venas.
El panda está en pleno desencuentro con su familia y consigo mismo:
—No sé que decirte, papá. La verdad, a veces me cuesta creer que en realidad yo sea hijo tuyo.
El pato lo mira preocupado:
—Ahem... Hijo... tengo una cosa que decirte. Creo que ya es hora de que te diga algo que debería haberte dicho hace ya mucho tiempo.
- ¿Y qué es?
El pato, con aire misterioso y conspirador:
—¡...El ingrediente secreto de mi sopa del ingrediente secreto!
— Ah...
— Escucha, hijo. El ingrediente secreto es.... ¡ninguno!
— ¿Eh?
(El pato, triunfante): — ¡Ya lo has oído! Ninguno. ¡No hay ningún ingrediente secreto!
— Para, para... ¿Es una simple sopa de fideos... normal? ¿no le echas ninguna salsa ni nada especial?
— ¡No es necesario! ¡Para hacer que algo sea especial, basta con creer que es especial!
(Al panda, mirando otra vez el pergamino en blanco, se le hace la luz....): —¡...No hay ingrediente secreto....!
Y de ahí saca la confianza para cumplir su misión. De hecho, su propio rostro se reflejaba en el pergamino vacío al mirarlo.
Vuelve el panda al santuario justo a tiempo para derrotar al malvado Tay-Lung. Del tema de la adopción ni se vuelve a hablar.
Lo cómico es la manera en que el pato parece que le va a decir lo de que es hijo adoptivo, en una escena arquetípica, pero le dice otra cosa que desvía la atención y provoca por eso risa. Y lo artístico está en la manera en que esa otra cosa también era, depués de todo, y de modo no obvio, una respuesta (quizá inconsciente) del pato a la pregunta de si el panda es su hijo de verdad o no.
Bien, la película ésta de Dreamworks no sé si tiene ingredientes secretos, pero desde luego escenas como esta, con su conexión explícita entre los dos secretos, y subterránea con el tercero, sí contribuyen al éxito del resultado.
Australia occidental, en 1931. El administrador Mr. Neville, "Chief Protector of Aborigines", (al que aquí llaman los aborígenes "Mr. Devil"), controla desde Perth la política del gobierno con los aborígenes y tratamiento legal dado a cada aborigen, al parecer de modo personalizado. No sólo sigue cada caso, sino que (de creer lo increíble) sabe cuándo se le ha dado el último par de zapatos a cada cual. Está interpretado por Kenneth Branagh, que da un retrato de él donde el funcionario victoriano ejemplar se encuentra con el nazi—un nazismo planificador y paternalista, que no busca el exterminio físico de los aborigenes sino su estrangulamiento cultural, la obliteration de sus costumbres y modo de vida. Molly Craig, su hermana Daisy Craig Kadibil, y su prima Gracie. Molly, Daisy y Gracie se escapan del centro de internamiento de Moore River en Australia del suroeste, para volver andando hasta el norte, a su tierra natal en Jigalong, donde vive su madre. Al ser mulatas, habían sido"secuestradas" por el gobierno para criarlas en Moore River, una mezcla de campamento de monjas y campo de concentración. Pero Molly consiguió huir. Tuvo dos niñas y volvió a ser internada. Se escapó con ellas para volver otra vez andando a Jigalong, llevando a la pequeña, Annabella. A ésta se la quitaron y la internaron de nuevo en Moore River, cuando tenía tres años. Molly nunca la volvió a ver. Esta política de internamiento forzoso de niños aborígenes, nos informa la película, siguió aplicándose hasta 1970. La película está basada en un libro de la hija de Molly, Doris Pilkington Garimara, y va precedida de un documental donde la autora pide apoyo para las ONGs que se oponen a las políticas de integración forzosa de indígenas y de asimilación cultural.
Es. muy determinadamente, una película de buenos y malos, donde los buenos son los aborígenes, más específicamente las aborígenes, familias felices de mujeres en armonía mutua consigo mismas, con su tierra y con su tradición. Los malos son los asimiladores, los administradores coloniales que deciden el destino de personas y familias sin contar con su opinión. De modo muy benevolente si se les pregunta a ellos: "cuánto se perjudican los nativos a sí mismos... si supiesen lo que queremos hacer por ellos", ésa es la idea que tiene Mr. Neville / Branagh de su labor. Hay que decir que produce un curioso efecto la entrevista con la autora Pilkington Garimara al principio: es, obviamente, una mujer asimilada, occidental, pero airada y resentida. Sus palabras en cierto modo trabajan contra la política que propugna, pues es una occidental lo que oímos, una occidental activista, no de modo simple una nativa defendiendo su modo de vida tradicional. Esta contradicción o tensión corre a lo largo de la película, tanto en las situaciones que retrata como en la lógica narrativa que sigue.
Comienza la película con una visión idílica de una niña preciosa, integrada en la naturaleza, mirando el mundo con ojos fascinados. Lo primero que ve es un halcón, que su madre le dice será su espíritu protector. La niña con eso se queda, oyendo estas cosas de mayores, y el espectador, con perspectiva irónica, oyendo estas cosas de aborígenes—a la vez que se establece un paralelismo entre las creencias religiosas arbitrarias de los aborígenes y las no menos arbitrarias de las religiones occidentales. Luego vemos a las niñas, con su madre y abuela, siguendo la pista de un lagarto, para cazarlo y comérselo. Seguir pistas será muy importante en la película, y es un tema que se introduce aquí. Pronto tienen que esconderse de la vigilancia de un policía montado, filmado al estilo autoridad controladora, en plano picado ascendente, y con rostro quintaesencialmente anglosajón. Son los rostros que como el de la enfermera/monja de Moore River, o el del Sr. Neville, llegará a aborrecer Molly, como encarnación física del paternalismo autoritario que la obliga a hacer lo que no quiere. Antes morir en el desierto que someterse, decide Molly, y es una decisión a la que la película le da una dimensión épica.
En una narración en off de Molly, al principio de la película, habla de cómo su familia llegó a Jigalong, y de cómo pasaron de vivir en el desierto a depender de las cosas que les daba el gobierno. Pero de hecho casi pasa desapercibido que los aborígenes no están viviendo en su cultura primigenia, sino como mendigos subvencionados por la caridad del gobierno. Si viven en Jigalong es porque ahí hay un centro de distribución de alimentos, ropa y cosas (era uno de los centros de mantenimiento de la valla a prueba de conejos que separaba el desierto de la tierra cultivable). La película se fuerza a mostrarlo, en un ejercicio de ecuanimidad, pero con muy mala gana. La autenticidad está toda del lado de estos aborígenes felices, bienhumorados y bien alimentados de gordos lagartos y provisiones del gobierno. Molly habla de "my dad", pero no vemos a ningún "papá", ni siquiera a ningún padre. "Moved on", comentan sobre los padres blancos los policías que vigilan a los nativos. La ascendencia mixta de Molly es razón suficiente para que la considere asunto suyo, aplicando una política racista-paternalista, el gobierno australiano, que deviene por ley su responsable legal. De hecho es el responsable legal de todos los aborígenes, considerados como una especie de menores sometidos a la tutela y autoridad benefactora-Rothenmeier del gobierno.
La pequeña Daisy, que no debe tener ni ocho años, ya está prometida—a un aborigen, cuestión racista que parece desencadenar la intervención de Mr. Neville. Queda, claro, la pregunta: ¿puede haber dos leyes en una nación, según cuál sea la raza o la tradición familiar de sus habitantes? ¿Pueden arreglarse matrimonios con niñas de ocho años? En la medida en que la película responde a estas preguntas, pues en mayor medida podríamos decir que las esquiva o disimula, la respuesta es sí. Los aborígenes tienen otra ley, y otras costumbres, que merecen respeto—y lo merecen por el hecho de ser aborígenes. En la película se plantea pues, si bien de modo un tanto esquivo y partidista a la vez, la cuestión del multiculturalismo y sus límites. Si algo tiene claro la película, no es que sea inaceptable criar niñas comiendo lagarto en chabolas, casándolas a la nativa, etc.—lo que es inaceptable es el paternalismo de dentista de Mr. Neville, y la política de integración forzosa de los indígenas. Sería interesante explorar esta cuestión con películas similares en otros contextos problemáticso, y menos partidistas y seguras de sí: por ejemplo una hecha a la española, sobre un multiculturalismo español como es el caso de los gitanos—o, por tentar más los límites, el multiculturalismo ideológico de padres raros que críen a sus hijos según lo entienden y contra las costumbres generalmente aceptadas (hippies, testigos de Jehová, etc.). La película encuentra inaceptable que el Estado pueda apoderarse de la patria potestad y dictar las normas que ha de seguir el individuo: y sin embargo el Estado nunca hace otra cosa, es su especialidad. Todo depende de dónde trace la raya. El hecho de que en esta película la raya tenga tintes racistas y de genocidio cultural no la hace sino menos problemática: una película más filosófica nos daría soluciones menos predeterminadas, o tendría más dudas sobre sí, o sobre las razones relativas de posturas enfrentadas.
Que esta las tiene, a su pesar, como he dicho, en parte, por un prurito de autenticidad. Vemos a los aborígenes (discretamente) subvencionados, aunque no vemos a ninguno borracho, por ejemplo, ni vemos los inconvenientes de la vida como aborigen. El título de la película viene de la valla que divide Australia separando la tierra arable de la silvestre, pero sugiere que los "conejos" que han de ser contenidos por la valla son los aborígenes—que la valla separa la Australia civilizada de estos niños aborígenes que son como conejillos salvajes. La valla tiene connotaciones de alambrada de campo de concentración. Ahora bien, la valla no funciona así, de izquierda a derecha, en la película— y en Moore River no hay alambradas, si no son psicológicas y administrativas. La valla funciona en realidad no sólo para aislar, sino también para conectar: de norte a sur: de hecho la siguen las niñas como guía para ir de Moore River hasta Jigalong, pues saben que también por allí pasa la valla. Y este plan lo adivinan los policías y funcionarios que las siguen (con una diligencia admirable, todo hay que decirlo, las niñas estarán descontentas, pero desde luego están administradísimas). Así que la valla es ambivalente, es un signo ambiguo, la interfaz y línea conectora de norte y sur, este y oeste, civilización y cultura aborigen. Es de hecho a la valla a la que Molly debe su existencia, pues en la valla trabajaba su padre, y allí conoció a su madre, y por causa de la valla existe la comunidad de Jigalong. El nativismo naif que exhibe la película en primera línea de hecho no existe más que como un recuerdo, y esto lo muestra la propia imagen central de la película.
El guardián de Moore River, Moodoo (David Gulpilil), es un personaje curioso, curioso por lo típico. En principio es un cipayo despreciable, un aborigen de uniforme que aplica la política de Mr. Moore. Ha internalizado la represión, y caza sistemáticamente a todos los aborígenes fugados. Es un excelente seguidor de pistas, con lo cual vuelve de modo cuasi-obsceno contra su propio pueblo las habilidades que les permitían sobrevivir en la naturaleza, y orientarse en el tremendo paisaje australiano. Moodoo tiene una hija (mestiza) internada en Moore River, y él mismo está sometido a la autoridad de Mr. Neville, primero porque está "on probation", no sabemos por qué, luego por permanecer en su puesto y cerca de su hija. La pelicula nos tienta con la posibilidad de que Moodoo detecte la pista de las niñas (está constantemente a un paso de ellas) y finja no ver nada en el último momento, pero no hay tal. Moodoo sabe que su presetigio está en juego, no sólo su fiabilidad como guardián y servidor del imperio, sino también su credibilidad como nativo auténtico, como rastreador nato. Y como Molly consigue mantener la distancia justa, se gana la admiración reticente del cipayo: "Es muy buena, esa niña" (buena borrando pistas, se entiende). Menos da una piedra: hasta allí llega Moodoo en ejercicio de su autenticidad aborigen subyacente. La película le reserva un lugar poco digno, como el sirviente abyecto de los blancos, pero no deja de mostrar sus posibles razones: deseo de promoción social, e intereses familiares, aunque sean mezquinos y de segunda, comparados con la autenticidad de casta de la mulata Molly. También envidia secretamente Moodoo, con probabilidad, la decisión de Molly de volver a su hogar, pero él es prisionero de sus propias elecciones más que de los blancos. En eso no es distinto de otros muchos aborígenes, que abandonan su cultura por considerar que hay otras vías más fáciles, aunque sean menos dignas culturalmente para los observadores de una y otra cultura. Moodoo es el más típico, quizá, después de todo su propio nombre es un genérico para "aborigen".
En la escena crucial de la película, Molly está a punto de perecer con Daisy en el desierto, que viene cruzando con una determinación heroica, llevando a su hermanita a cuestas cuando ésta no aguanta (aquí hay que mencionar una fotografía y unos paisajes fantásticos, y durísimos de atravesar por supuesto). Y de la muerte las salva el contacto mágico-telepático con su madre y abuela, que ayudadas por las viejas del pueblo entonan cantos sagrados, oraciones para atraerlas (aunque también se nos aclara en los créditos finales que las canciones aborígenes que oímos no eran sagradas sino susceptibles de ser reproducidas en público). E interviene el pájaro-espíritu, el halcón protector que la saca mágicamente del desierto, y por arte de birlibirloque resulta que no estaba en una infinita extensión vacía y alienígena, sino a las puertas de casa, y en los brazos de su madre y de su abuela. Magia, pero así sucedió, o al menos (por virtud de la magia subjetivizadora del cine) así se lo pareció a la protagonista. También la valla hace de telégrafo telepático conductor: la madre y la abuela la tocan, y también Molly, y se transmiten energías emocionales, y quizá también sobrenaturales, activadas por esas "sabidurías y tradiciones que los occidentales no entendemos". Para ellas es una comunicación numinosa sustancial; para la película un artefacto poético, pero esa es una diferencia que la película busca ignorar.
La película coloca así al occidental escéptico en el lado de Mr. Neville, y partiendo de una base de documental social-realista, se alinea poéticamente con el pensamiento mágico de los aborígenes, y lo integra en su estructura narrativa. La música (cantos aborígenes + Peter Gabriel) se superpone en las dos escenas, y las comunica: la llamada de las mujeres de Jigalong, y la escena de Molly y Daisy en el desierto, facilitando así el milagro de la reunión—aunque sabemos que no hay pájaros espíritu, ¿no? Todo depende cómo se vea, porque todo está tan mezclado como Molly. En realidad, la película es como la valla: ambigua y ambivalente, producto occidental pero vehículo para la comunicación aborigen: divide y une, y se usa a sí misma de un modo que mezcla, paradójicamente, honestidad y manipulación tendenciosa, buena voluntad y mala conciencia, documental y ficción poética, la verdad y la mentira de la autorrepresentación de los aborígenes.
Generación robada (Rabbit-proof fence). Dir. Phillip Noyce. Guión de Christie Olsen, basado en un libro de Doris Pilkington Garimara, Rabbit-Proof Fence, U of Queensland Press. Cast: Everlyn Sampi, Tianna Sasbury, Laura Monaghan, David Gulpilil, Ningali Lawford, Myarn Lawford, Deborah Mailman, Jason Clarke, Kenneth Branagh. Photog. Christopher Doyle. Prod. des. Roger Ford. Ed. John Scott, Veronika Jenet. Music by Peter Gabriel. Exec. prod. David Elfick, Jeremy Thomas, Kathleen McLaughlin. Prod. Phillip Noyce, Christine Olsen, John Winter. Australia: Hanway / Australian Film Finance Corporation / South Australian Film Corporation / / Rumbalara Films Olsen Levy Production / Showtime Australia / Premium Movie Partnership / Jabal Films Pty Ltd / , 2002.
25th Hour (La última noche) es una película de Spike Lee que cuenta las últimas 24 horas de libertad de un camello neoyorkino (Edward Norton) antes de que le toque ingresar en la cárcel para siete años. Está aterrorizado, temiéndose muy mucho lo que le espera allí dentro el primer día sin ir más lejos—está rebrincado contra el mundo y contra él mismo, arrepentido y dándole vueltas a cómo se ha jorobado la vida juntándose con la gente que se ha juntado, unos mafiosos rusos de pesadilla—pero de sus viejos amigos y de su novia Naturelle (Rosario Dawson) tampoco se fía, pues alguien lo ha delatado. Hay una escena delirante en la que acusa a todo Nueva York y sus etnias y sus grupos, de manera viciosa, por haberle hecho acabar donde acabó... pero en fin, bien sabe que no puede culparse más que a sí mismo. Quería ayudar a su padre, alcohólico que iba a perder su negocio, sí... pero bueno, también quería dinero fácil, y sobre todo (lo que se nos dice en una escena eliminada) quería el sway, sentir que es el dueño del mundo y que todo rueda sólo para él y que todos lo respetan. En lugar de eso tiene una celda compartida con doscientos desgraciados y matones. Cómo habrá sido tan estúpido, y el terror de lo que va a pasar al día siguiente, lo transmite muy bien esta película (cuesta un rato hasta que te das cuenta de cuál es exactamente las situación de Monty).
Seguimos esas veinticuatro horas desde la madrugada del último día hasta la madrugada del día en que su padre lo acompaña en su viejo coche de madera, llevándolo a la cárcel. Le ha pedido Monty a un amigo (un broker tiburoncillo) que le rompa la cara para tener peor aspecto y pasar desapercibido así el primer día de cárcel—y se pone tan borde con él, y salen tantas tensiones a flote, que se la rompe de verdad. El amigo le tenía ganas a Naturelle, la novia de Monty, y se suelta presión a última hora. Las relaciones con los amigos, y los límites de la amistad, están muy bien llevados. Durante ese día, Monty ve a su padre, a su novia, con la que hay tensión, pues no sabe si lo ha delatado... Desde luego ninguno de ellos le paró los pies ni se plantó con él para hacerle cambiar de vida, todos son cómplices hasta cierto punto. Sus mafiosos también le han organizado una fiesta de despedida, con sorpresita incluida—tras atemorizarlo para que no los delate, le ofrecen la cabeza de quien sí lo ha delatado, el que parecía su colega más cercano en la banda de mafiosos. Pero Monty está asqueado y no quiere ni venganza ni nada con los rusos... y lo dejan irse, bien avisado.
También ve a sus viejos amigos y se los lleva a esa party—de éstos, Philip Seymour Hoffman protagoniza un argumento secundario—es un profe de instituto solitario y apocado. Enseña en literatura inglesa los mismos poemas que yo en clase—y le atrae con locura desbocada una alumna de diecisiete años, Mary, una lolita de mucho cuidado (Anna Paquin), con la que tiene tentaciones tipo "let us sport us while we may" y (más increíble) también las tiene ella, aunque sea sólo por viciosilla y acelerada. El pobre profe es consciente del lío en el que se puede meter si se enrolla con ella—y lo evita en el último momento cuando se encuentran en la fiesta. No sabemos si parte de la culpa, o de la suerte, se debe a que se acuerda de su halitosis mientras la está besando. En lugar de mojar, se limitará a heredar el perro de Monty—y a recibir alguna torta de través también, en la pelea que se monta éste cuando busca que sus amigos le arreglen la cara.
El perro éste comienza la película—cuando Monty lo rescata, con el mafioso; un perro atropellado al que en principio van a matar, pero... hey, se revuelve, ¡quiere vivir el muy borde! A Monty le hace gracia, y lo cura. Una escena genialmente llevada ésta, como todas las de la película, y también conecta con el tema de últimas oportunidades y decisiones de vida o muerte en que se centra la película. El perro, curado, es un perro buenísimo, un modelo—como lo podría ser Monty, una buena persona, si tuviese una oportunidad de última hora.
Y la tiene. En una escena final conmovedora, es su viejo padre, incompetente y ex alcohólico, quien le da la vida de nuevo. Se lo llevaba a la cárcel con su cara partida, pero le propone en lugar de eso seguir conduciendo y desaparecer en el oeste—en lugar de estar atrapado por su destino, elegir la libertad: no resignarse a entrar en la cárcel—dejar atrás toda su vida, y empezar de nuevo con otra identidad en un pueblo perdido. Y vemos escenas hipotéticas del futuro en las que se reúne años después con Naturelle, y tienen una familia, y cuando son mayores les cuenta lo cerca que estuvo todo de no suceder, y ellos de no existir–cómo todo dependió de una decisión crucial en la hora veinticinco, ya fuera de plazo.
Es un futuro abierto, y la película sólo sugiere que Monty podría optar por eso, aunque a la vez nos muestra al final su cara magullada y derrotada, manteniendo las dos opciones como igualmente posibles.
La película se filmó, y está ambientada, en Nueva York justo después del once de septiembre. Empieza con una secuencia de títulos de crédito impresionante, de una fuerza increíble, con los focos de luz que sustituyen a las torres gemelas, y la música magnífica de Terence Blanchard. Y hay escenas marcadas por el 9/11 un poco por todo. Desde el piso de Gordon Gecko, bueno, del amigo broker de Monty, que no me acuerdo su nombre, se ve el Ground Zero; la oficina de los brokers es evidentemente provisional y atestada, desplazada del World Trade Center, pero todo está en ebullición; el bar del padre de Monty se reúnen los bomberos que ayudaron en el rescate; Bin Laden sale por aquí y por allá... y toda la difícil multietnia de Nueva York, a la vez insultada y celebrada por la película. Está llevado certeramente el casting racial—así la pareja de Monty es multiétnica, Naturelle es puertorricana y él viejo irlandés; pero los polis que lo arrestan (en uno de varios flashbacks) son negros y ambivalentemente cabroncetes, honrados y eficaces.
Pero el tema étnico más importante está implícito. La película, aparte de ser una historia concreta magistralmente contada, de un individuo y sus circunstancias, es un alegato abiertamente didáctico, a favor de la gran América de la integración y las oportunidades abiertas— y contra las pequeñas dependencias y esclavitudes de la legalidad paralela, de los circulillos mafiosos y de la doble moral. Cierto, Monty esquiva la cárcel, y se nos pide fe en él... también se denuncian las cárceles americanas como lugares sin ley, indignos del país. Pero sobre todo, siendo una película "de Spike Lee" (aunque esta vez el guión no es suyo), es un mensaje a los chicos del barrio—de no dejarse atrapar por lo que parece la vía rápida al éxito social, y que en realidad no conduce a nada. Que no se encierren en ser negros profesionales, y en montarse su legalidad paralela—el once de septiembre aparece aquí invocado como el gran "eye-opener" que hace redescubrir a los neoyorquinos de todas las razas y etnias su destino común en una América de la integración, y no de la diferencia, la ley alternativa y el trapicheo. Que la esclavitud se acabó hace más de ciento treinta años—move your ass!
Bueno, y si alguien cree que le he contado la película, obviamente es que no la ha visto. Hay que ver cómo funciona cada escena... con una fluidez certera, que no se contradice sin embargo con curiosos experimentos de montaje surreales o desfamiliarizadores, como por ejemplo reflejos inexistentes flotando al lado de los personajes, experimentos con el grano y el color y el tono grotesco/surrealista de algunas escenas, o ligeros recortes de montaje que duplican una fracción de segundo de un momento clave, o pequeños desenfoques puntuales—nada, que Spike Lee sways, está aquí en plena forma. De no perdérsela. 25th Hour. Dir. Spike Lee. Screenplay by David Benioff, based on his novel. Edward Norton, Philip Seymour Hoffman, Barry Pepper, Rosario Dawson, Anna Paquin, Brian Cox. Music by Terence Blanchard. Ed. Barry Alexander Brown. Prod. des. James Chinlund. Photog. Rodrigo Prieto. Exec. prod. Nick Wechsler. Prod. Tobey Maguire, Julia Chasman, Spike Lee, Jon Kilik. USA: Touchstone Pictures / 40 Acres and a Mule Filmworks / Industry Entertainment / Gamut Films, [2002]. DVD: Touchstone Home Entertainment.
Vemos el remake de Tim Burton en familia, antes de ver la película original que yo ví hace treinta años. Para Oscar, es la mejor película que ha visto, le impresiona eso de que los simios pudieran gobernar a los humanos. Es una película de acción con algunas cosas muy bien hechas y otras improvisadas a la mecagüen diez, en especial a nivel del argumento, con más concesiones al efectismo que a la coherencia.
Siendo de Tim Burton, uno espera cierta vistosidad y alguna tendencia a lo grotesco y al exceso, y la hay.... pero podía haber ido mucho más allá, por no decir que debería. Yo no sé por qué la novela original la escribió un francés, puesto que la historia pide ser americana. Desde luego son los americanos los que se la han apropiado, con la película de Charlton Heston de 1968 (dirigida por Franklin Schaffner) y sus secuelas, esta vez está bien aplicado el término, de los años setenta: Beneath the Planet of the Apes (1970), Escape from the Planet of the Apes (1971). Conquest of the Planet of the Apes (1972), y Battle for the Planet of the Apes (1973). Algunas de éstas se armaban un bollo, como la de Tim Burton, a la hora de establecer en qué planeta tiene lugar la acción y en qué momento; con una lógica típicamente serie B, después de saltar siglos adelante en el tiempo, reutilizan los mismos personajes para la secuencia "previa", y saltan alegremente atrás y adelante por los siglos. Tan caótica como la cronología es la cuestión racial—si las películas se vuelven americanas, es en parte para tratar al modo histerizado de Hollywood con cuestiones traumáticas de la esclavitud de los negros y sus resentimientos mal curados, cuestiones de derechos civiles mezclados con reflexiones sobre el tratamiento a los animales, y alegorías políticas sobre la teocracia, la tiranía, el fundamentalismo o la carrera armamentística. En fin, un mish-mash de los años 60-70 que si vuelve ahora a la carga sugiere que tampoco hemos cambiado tanto, y que las cuestiones básicas siguen sin resolver y con los mismos potenciales para el trauma.
Inevitables las comparaciones. Aquí Charlton Heston ha envejecido, y es un simio resentido. Repite su maldición final (esa que soltaba ante la Estatua de la Libertad semienterrada), sólo que ahora tiene otro sentido la cosa, pues siendo simio llama a la exterminación del género humano. Es un fundamentalista antievolucionista, que guarda un arma (cómo no) a modo de reliquia familiar. Y su hijo el general Thade (Tim Roth), un chimpancé extraordinariamente agresivo, perpetuará la tradición familiar, siendo el mayor partidario de esclavizar a los humanos. Irónicamente, Tim Burton lo hace acabar convertido en un liberador Lincoln-de-los-simios, en un final efectista y apresurado que requiere imaginar de golpe demasiados avatares que contradicen la línea principal de la película y la reducen a un juguete caprichoso.
Pues la película parte de una sociedad esclavista, en la que los humanos (negros multicolores) son meros animales para los simios, y llega, por obra y gracia de un Jesucristo/liberador, el astronauta Davidson (Mark Wahlberg) a una sociedad con derechos civiles para blancos y negros y simios. Pero el fundamentalista Thade queda vivo, y cuando Davidson sube a su cápsula y Asciende a los Cielos, para meterse en una práctica tormenta electromagnética que lo devuelva a su tiempo y su mundo (hay que ver qué pocas dudas que tiene este hombre y qué poca capacidad de sorpresa)—pues resulta que no vuelve a su tiempo (pasado) sino a un futuro todavía más lejano en el que los monos se han "liberado" otra vez, al parecer han exterminado a los humanos, y le han erigido a Thade su memorial Lincoln.... con lo cual el final, aparte de acumular las insensateces, convierte en un caos el mensaje de la película—en un caos estético, digo, pues para tener supremacía de monos, ya la teníamos al principio, y la supuesta sorpresa final es un cortocircuito de energías mal enfocadas.
Bien, por supuesto no hay que investigar tampoco por qué aquí el Planeta de los Simios a la vez es la Tierra en el futuro (con una sola luna) y otro planeta totalmente distinto (con diversas lunas, a menos que vaya adquiriendo y perdiendo lunas por necesidades o por incoherencias del guión, que es lo que sospechamos).
En suma, que el excelente trabajo hecho con la ambientación y caracterización de los simios (lo mejor de la película) se podría haber enfocado mejor a un guión mejor construido. En demasiadas ocasiones la coherencia de la acción de la película se pliega de maneras inexplicables a los avatares puntuales del guión que busca efectismo desesperadamente, ignorando lo que sería un mundo coherente de acciones e intenciones. Eso es lo que hace a una película barata sea cual sea su presupuesto.
En otra cuestión clave flojea la película. El protagonista Wahlberg es tan cejijunto que no se da cuenta de que en un remake del Planeta de los Simios de 2001 debería tener un rollito amoroso con la atractiva chimpancé Ari (Helena Bonham-Carter), que le pone ojitos. La película se ocupa de establecer un triángulo entre estos dos y la rubia Daena, que no debería hablar, como Nova, pero aquí sí que habla para estropear la película. También echa demasiadas miradas celosas a la elegante chimpancesa. No tiene mucho sentido un Planeta de los Simios en el que los humanos no sean simiescos, es como unos Viajes de Gulliver en el que los Yahoos no fuesen repugnantes, sino bellos animales esclavizados por los caballos. No, esto está enfocado fatal. Los humanos deberían haberse hecho más repugnantes que en la película de 1968, donde Nova estaba buena y era medianamente sumisa e inteligente, pero no hablaba. Eso era machista: en este siglo merecíamos unos humanos repugnantes y simiescos, pero no los tenemos—son unos rebeldes oprimidos, injustamente tratados. Esto también abarata la película. El guión sugiere una historia amorosa entre Ari y el protagonista, pero no se atreve a llevarla adelante. El beso interespecies de Charlton Heston a Kira en la película de 1968 era puramente amistoso y de solidaridad ("eres tan feo" le decía ella), pero aquí Ari tiene un interés obviamente erótico, no correspondido, por Wahlberg/Davidson. ¿Se achantó Tim Burton, o los guionistas? Parece que el tradicional tabú hollywoodiense que impide que el negro ligue con la blanca invade aquí la metáfora interracial que es el tema éste de las especies simiescas y humanas. La rubia es especialmente irrelevante, como digo merece no tener don de la palabra; pero todo el encanto intelectual de Ari, activista por los derechos del Proyecto Gran Simio, no merecen la atención erótica de Davidson. En fin, qué se le va a hacer, el amor es imprevisible y si no surge la chispa por mona que sea la chica no hay nada que hacer.
Por cierto, que la temática racial (siempre tan cargada en las películas americanas) se expresa aquí a sus anchas bajo el disfraz simiesco, y la película se permite una orgía de estereotipos. Ari es blanca, claro, como su padre o como el general Thade, chimpancés de rostro blanco. Pero los gorilas—faithful retainers o fieles soldados de a pie—son negros. Y Paul Giamatti está genial en el personaje de Limbo, un orangután que es una de esas caricaturas salvajemente racistas de judíos que se encuentran con frecuencia en Hollywood (otra de este tipo, especialmente nazi, era el moscardón que era el amo de Anakin Skywalker y de su madre en la nueva película número 1 de Star Wars).
Lo mejor que tiene la película es la caracterización de rostros creíbles de diversas especies de simios (chimpancés, orangutanes, gorilas) que acaban haciéndose inquietantemente "normales", y recordándonos que no es que el hombre proceda de los primates, sino que es una especie más de primate... También el tema de la teoría de la evolución también se trata aquí de modo indirecto o alegórico-caótico, al gusto de la serie. En parte, lo que posibilita la reconciliación entre simios y humanos es que los simios reconocen la verdad de sus orígenes "evolutivos"—que proceden del mono, por así decirlo, y se libran de las explicaciones teológico-divinas, convertidos a la ciencia de la Evolución por el Elegido Wahlberg, antes de su Ascenso a los Cielos. Una de las muchas profecías caóticas de la película es que esa revelación no calará en América. El futuro pertenece a Thade, fundamentalmente fundamentalista—aunque disfrazado, eso sí, de Lincoln liberador.
Planet of the Apes. Dir. Tim Burton. Written by William Broyles, Jr., Lawrence Konner and Mark Rosenthal, inspired on the 1968 film Planet of the Apes and the novel by Pierre Boulle. Cast: Mark Wahlberg, Tim Roth, Helena Bonham Carter, Michael Clarke Duncan, Kris Kristofferson, Estella Warren, Paul Giamatti, Charlton Heston, Cary-Hiroyuki Tagawa. Special effects by Rick Baker & Industrial Light and Magic. Music by Danny Elfman. Costumes by Colleen Atwood. Ed. Chris Lebenzon. Prod. des. Rick Heinrichs. Photog. Philippe Rousselot. Exec. prod. Ralph Winter. Prod. Richard D. Zanuck. USA: Twentieth Century Fox / Zanuck Company, 2001. Spanish DVD: El planeta de los simios. Madrid: Twentieth Century Fox Home Entertainment España, 2002.
Película sobre un/a transexual (ver ilustración) que busca acomodo en su ser y en su mundo; una comedia bastante buena, entre la sátira y la ternura—aunque algunos la considerarán un poco fuerte para la tarde del domingo, habiendo como hay gays y travestís, transexuales, pollas visibles, incestos, castraciones, felaciones y demás faralás.
La mejor broma de TransAmerica es un chiste repetido, que ya lo contó Almodóvar en La Ley del Deseo, cuando puso a Carmen Maura en el papel de un transexual. Aquí Felicity Huffman hace de mujer muy bien, con un toquecillo de exageración que le va bien a la identidad sexual del personaje pero sin pasarse con la caída de mano. Y es una experiencia ver la película sin atender al auténtico sexo del actor que hay tras el personaje, pues se ve así de modo especialmente vívido el tema de la identidad sexual como construcción, o como teatralización, interpretación de un papel y una retórica del género, etc.,—toda la temática que hace interesante el tratamiento de la identidad sexual en esta y otras películas sobre travestismo y transexualidad (—que son un continuo, y no "dos mundos distintos" como sostienen algunos, igual que son un continuo, aunque menos continuado, con las identidades sexuales "normales", en especial con la femenina).
Hace mucho para los matices de la película el hecho de que Bree, el/la protagonista, sea estrecho/a y tímida y traumado además de transexual. Es virgen—menos por una noche "lesbiana" en la que dejó embarazado a una chica de la universidad... y ahora le aterriza encima que tuvo un hijo, justo cuando iba a hacerse una operación crucial de cirugía genital. Y su terapeuta exige que se enfrente a la situación para darle el visto bueno definitivo, y que se haga cargo del chaval.... cosa que Bree no hace sino a medias, pues en primer lugar le oculta tanto su identidad sexual como su parentesco. Se hace pasar por una misionera que lo quiere sacar de su mala vida—cosa que aún añade un matiz más de teatralidad (ñoña en este caso) al personaje, una capa más de actuación—interesante. El chaval necesita urgentemente salir de la mala vida, y de momento no es que lo haga. Se dedica a putillo chapero en Nueva York— venía de una historia de maltrato sexual a manos de su padrastro, y al parecer le había cogido afición al asunto: desea hacer carrera en el cine porno, y no tienen ningún inconveniente en sacarse unos duros a base de felaciones. También necesita una educación urgente en otros sentidos—pues como muchos personajes de la película, como la familia de Bree sin ir más lejos, el chaval es tosco, grosero, egoísta, indiferente y despectivo hasta la naúsea. Viajando trans América desde Nueva York hasta California en plan roudmuvi (y enterándose por el camino todo el mundo de quién es quién) hay ocasión de ver mucha América profunda, ya sea en la miseria o en el lujo, gente buena, mala y regular. Hay pocos encontronazos con gente que desenmascare o ridiculice a Bree—si exceptuamos a su propia familia. La familia, frecuentemente la peor experiencia del inadaptado sexual, es aquí una pesadilla de la que más vale poner tierra por medio. Media América, o más.
El viaje termina con el chaval dándole un tortazo a Bree al descubrir quién es en realidad la misionera (justo cuando se animaba a meterse en su cama, para horror del "yo soy tu padre"). Este chaval, si lo interpretase un paticorto cejijunto de morro caído, en vez del guaperillas que lo interpreta, daría mejor la medida de lo que es la América moralmente profunda; la belleza siempre engaña. Yo creo que no tiene remedio, a pesar de su cara bonita. La película termina cuando visita otra vez a su madre, vaya, ya he dicho su madre—a su padre, ya operada el padre, pero no por mucho amor familiar, sino porque su trabajo es una mierda y su vida es una mierda, y allí tiene comida y tele. No sé si lo del calor familiar va tanto con él, eso no convence mucho. Y si la película argumenta que un transexual puede ser buena madre, también es cierto que baja mucho el listón de la vida moral del hijo, para convencernos de eso.
Es un transexual muy atípico el que vemos aquí, por otra parte. Es virgen (que no abundan, ni siquiera entre los transexuales). No tiene interés alguno en el sexo, al parecer—atípico. Ni en ambientes transexuales hi homosexuales ni travestís ni gays—cuando aterrizan en uno, se siente violentísimoa, sobre todo quizá por si su hijo se entera del asunto—pero también porque parece repugnarle todo lo sexual, bisexual o monosexual; su pene le horroriza, y a su vagina, cuando la estrena, no parece que vaya a irle mucho mejor. La película, tras poner en boca de su terapeuta que la disforia sexual se considera una enfermedad mental seria, pasa a refutar eso con su argumento, pues Bree es una persona tratable, dulce, medianamente ordenada y responsable, buena ciudadana, etc... y sin embargo la película profundiza muy poco en su identidad sexual, lo cual es una especie de falacia. Ciertamente sí que presenta un personaje traumado y alterado por la sexualidad, no sólo por la respuesta de los demás a su sexualidad, sino por lo sexual en sí. No sé si es un alegato a favor de qué, en este sentido... pues nada queda muy bien parado.
Menos traumados parecen, por cierto, los otros gay queens y transexuales que aparecen en la película, por ejemplo en la fiesta tupperware que dan unos tejanos. Allí Bree confunde a una mujer de verdad con un transexual, como la hemos confundido a Felicity Huffman, y su hijo habla con un señor calvo que es una drag king, diciendo que en su caso no se había dado cuenta de que era (o había sido) una mujer.... bien, pues esta drag king calvorota dice una de las mejores frases de la película, sobre las identidades sexuales postizas y auténticas: "We walk among you." Aunque la película lo demuestra por la vía contraria—we walk among ourselves.
Transamerica. Writer and dir. Duncan Tucker. Cast: Felicity Huffman, Kevin Zegers, Fionnula Flanagan, Jon Budinoff, Stella Maeve, Teala Dunn, Calpernia, Grant Monohon, Graham Greene, Burt Young, Carrie Preston, Amy Povich, Barbara Barron. Music by David Mansfield. Photog. Stephen Kazmierski. Ed. Pam Wise. Prod. Rene Bastian, Sebastian Dungan, Linda Moran. USA: Belladonna Productions, 2005.
Me gustó mucho esta película de los hermanos Coen; está a la altura de Fargo, o mejor aún... cosa que no es poco decir. Desde luego no tiene color a su lado otro de de sus últimos esfuerzos, Quemar después de leer—la diferencia entre ésta y No es país para viejos es como entre una película hecha por un muerto viviente y otra por un vivo. Para leer una reseña introductoria y muy acertada, aquí está la de Roger Ebert, No Country for Old Men.
De lo que me llamó la atención: a ver... lo primero, lo redondo de todo, el toque infalible que hace que la película esté viva de principio a fin, la perfección en la actuación, en la fotografía, en la caracterización de los personajes, en el ritmo... Una obra maestra, en suma, que combina elementos de cine negro, road movie,western, y película sobre psicópatas, todo un género muy demandado éste. El arte está en la manera en que se cogen ingredientes de todos estos géneros y se usan con destreza e inteligencia, para guiarnos la atención a la vez que se evita que la película se quede en los tópicos de los géneros, y se nos torean las expectativas a los espectadores con la misma sencillez con que un sicario experimentado hace su trabajo.
Básicamente lo que la hace distinta de Fargo es que en Fargo vence, quizá contra toda expectativa, la gente decente y eficaz; la mujer polícía embarazada hace su día de trabajo y arresta a los criminales que parecían superiores a ella. Pero que una película de policías acabe con el asesino capturado no es realmente inesperado. Aquí en No es país para viejos se juega con las expectativas de otra manera más cruel.
Un tipo corriente, oportunista, un cazador "duro" como es Llewellyn Moss encuentra, en el desierto de Texas, el dinero de unas bandas de traficantes de droga que se han matado entre sí. Y decide quedárselo, pero comete dos errores. El primero, de carácter humanitario (y nos lo dice él mismo que es un error): le remuerde la conciencia y decide volver a la escena del crimen para llevarle un bidón de agua a un gángster moribundo que había quedado en un coche. Y allí le localizan su coche los socios criminales de una de las bandas, y empieza una persecución... hasta que lo maten en un motel de El Paso, siguiéndole la pista cuando llama a su familia para quedar allí con ellos. El otro fallo es que el maletín del dinero llevaba un trazador electrónico, y Moss tiene detrás de sí a un matón contratado por los dueños del dinero... pero un matón que de repente decide trabajar solo, y mata a sus socios, para seguir a Moss y hacerse con la pasta. Este es Anton Chigurh, un psicópata eficaz, encarnación aquí del ángel de la muerte para muchos; va dejando cadáveres por donde pasa. No alcanzará a Moss, aunque le anda cerca; hasta le roza con algún disparo; y llega a hablar con él y le asegura que aunque él, Moss, va a morir, si le entrega el dinero Chigurh no matará a su esposa. Moss, hombre de combate, ex-veterano de Vietnam, decide pelear, pero muere... a manos de los mexicanos de la droga, inesperadamente.
Chigurh llega tarde, pero se hace con el dinero pues sabía dónde solía esconderlo Moss, en los tubos de aire acondicionado de los moteles. Y luego va a cumplir su promesa al muerto, a matar a su esposa. Y lo hace... sólo para ser víctima de un accidente estúpido, cuando lo embiste un coche que se salta un semáforo. Se va Chigurh de la película con una fractura espantosa con un hueso saliendo del brazo... pero sobrevivirá, y se va, no sabemos a dónde, al final. Ha sobrevivido al ordinary guy de la película, el tejano duro y americano cien por cien que debería haber acabado con él en otra película cualquiera... aquí Moss plantea pelea, con valentía y mediana eficacia, pero sabemos que no es enemigo para Chigurh, que es una especie de Terminator. También se quita de enmedio Chigurh, con facilidad, a otro tipo duro, el cazador de recompensas Carson Wells, contratado por los del dinero para reconducir la situación. Otro personaje excelentemente retratado: parecía que iba a ser quien salvase la situación, más duro que el duro... pero no. Chigurh se los lleva por delante a él y luego, a domicilio, al magnate que los había contratado a los dos en un principio.
Este Chigurh es un personaje deliberadamente impenetrable, que asocia sus actuaciones al destino, y disfruta haciendo que sean las víctimas quienes, echando una moneda, decidan si van a vivir o morir. La esposa de Moss se niega a hacerlo por dignidad, pero muere igual. Claro que Chigurh no es el destino, el destino está en manos de los guionistas, que le recuerdan en el accidente final que ningún plan llega a bien, ni siquiera los suyos, y que la lógica cinematográfica no tiene por qué adherirse a esquemas morales, puesto que el mundo no lo hace: son engañosas las películas que nos muestran cómo los acontecimientos del mundo adoptan la forma de una enseñanza moral—pues quizá sean los menos los que lo hacen, tan sujetos estamos a los planes de los demás, que escapan a nuestro control, y a la contingencia de los acontecimientos. Así los Coen desfamiliarizan los guiones moralizantes de las películas de criminales y policías, que vienen a ser intentos, bien intencionados quizá pero engañosos, de creer que hay un orden comprensible en el mundo, o que si no lo hay lo podemos imponer los humanos. Los humanos somos parte del desorden.
Chigurh, por eficaz que sea, no llega nunca a dar caza a Moss que se le va escurriendo, hasta que se escurre más allá de la muerte. Hay aún otro perseguidor que va tras los dos—esta película establece el ritmo sistemático de hacer desfilar ante nosotros los mismos sitios: primero pasa por ellos Moss, luego Chigurh, luego el tercero en discordia, el que debería ser, puesto que no lo es Moss, el garante del orden moral de la película—el sheriff Ed Tom Bell, un viejo veterano a punto de jubilarse... y que se jubila de hecho sin llegar a resolver este caso, por cerca que esté a veces. De hecho se libra por poco del balazo de Chigurh. En cualquier otra película habría resuelto el caso: aquí no puede hacer nada. Bell es eficaz, pero no lo suficiente para poner orden en un mundo que escapa a sus manos. No es país para viejos este en el que aparece un tipo de crimen organizado que desborda lo que Bell conocía. Pero es que el mundo siempre es igual, y nunca es país para viejos.
Bell tiene conversaciones desengañadas con viejos colegas suyos en las que reconocen que su tiempo ha pasado, que han hecho lo que han podido, pero que en última instancia no han podido estar a la altura. Nadie puede. Hay una evocación muy Cormac McCarthy al final de la película, con Tom Bell ya jubilado, que cuenta un sueño a su mujer: ha soñado con su padre, que también había sido sheriff—en el sueño. su padre, simbólicamente, es el guardián del fuego, lo lleva a él de niño a caballo por la pradera, y hace una hoguera cuando acampan por la noche. Bell acude a esa evocación para consolarse, para compararse a su padre o para intentar ponerse a su altura, pero despierto no se puede— los viejos habitan el país del desengaño, en el que ya se ha perdido la fe en nuestras fuerzas para poner un orden moral en el mundo. Ese orden existe en nuestros recuerdos, en la imagen de nuestros padres cuando somos niños (que siempre lo somos al pensar en nuestros padres)—en los sueños que guardan el fuego... En esta película sólo puede evocarse ese orden sagrado de las cosas, sin hacerlo nunca llegar a materializarse, pues si no el final de la película falsificaría, como siempre hacen todas, lo que hemos visto que sucede durante su desarrollo. La película ni siquiera acaba—se interrumpe, como la vida, con un balance a medio hacer.
No Country for Old Men. Dir. Ethan and Joel Coen. Screenplay by Joel and Ethan Coen, based on the novel by Cormac McCarthy. Cast: Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Josh Brolin. Casting by Ellen Chenoweth. Music by Carter Burwell. Ed. Roderick Jaynes. Prod. des. Jess Gonchor. Photog. Roger Deakins. Exec. prod. Robert Graf, Mark Roybal. Prod. Scott Rudin, Ethan Coen, Joel Coen. Scott Rudin / Mike Zoss Production. USA: Paramount / Miramax, 2007. Spanish DVD: No es país para viejos. Madrid: Parmount Home Entertainment Spain, 2008.* (Oscars for best film, direction, best adapted screenplay and best secondary actor, Bardem).
Hace ya días que ví la última de Clint Eastwood (la última última dice que es como actor, espero que no sea el caso), y me había olvidado de comentar nada. Y eso que me gustó mucho: absolutamente recomendada. Sobre todo porque funciona de principio a fin, es absorbente, bien llevada, con la tensión medida, y mucho humor, y un retrato interesante de la América multicultural; una galería de personajes perfectamente retratados e interpretados, y un mensaje muy a la era Obama... pero derivo, lo importante es que funciona mejor que ninguna otra que haya visto este año.
Es, en esencia, la historia de un hombre que se redime antes de morir, el duro y gruñón, Walt Kowalski (Clint Eastwood, con un ceño escultural) que elige sacrificarse en parte por amistad y generosidad, en parte por desengaño ante lo que le queda por vivir, y en parte para liberarse de un sentimiento de culpa que lo reconcomía por dentro. Kowalski está solo en el mundo: comienza la película con el funeral de su esposa, y se retratan sus relaciones tensas y distantes con unos hijos y nietos vulgares e interesados a los que desprecia. También está aislado en su barrio: todos sus vecinos se han mudado al convertirse el barrio en un guetto de una etnia indochina, los Hmong. Kowalski es racista y antipático, desprecia a sus vecinos y no se corta de espetarles lo mal que le caen y que se podían haber quedado en la selva, o en la montaña, o en el sitio que los parió. Sólo se encuentra a gusto con algún viejo amigo con quien tiene relaciones así como de bar y fútbol, insultándose virilmente para demostrarse su confianza y su aprecio mutuo. Todo esto está muy bien llevado, con escenas cómicas que parecen también una sobrada verbal muy deliberada para hacerles un corte de mangas a los defensores de la corrección política—con un tono muy ambivalente, dándonos una juerga de xenofobia y lenguaje viperino, y eso que también se consigue criticar las limitaciones, intolerancia y cerrazón de Kowalski, y lo injusto que es con sus vecinos.
Bueno, con un par de ellos desarrolla una relación, con una chica, Sue, y su hermano Thao. Una banda de matones Hmong les acosa, y Kowalski los defiende en plan Clint Eastwood, en realidad un tanto por defensa propia y por asco incontenible hacia la escoria social. Y poco a poco se va tratando con ellos: el chaval había intentado robarle a Kowalski su adorado Ford Gran Torino del 72 (icono de sus mejores años) a instancias de los pandilleros: ahora se redime haciéndole al viejo trabajos caseros, y Kowalski se venga haciéndolo sudar pero bien—y poco a poco le va cogiendo aprecio, y lo encamina hacia una colocación en la construcción. La hermana del chico, Sue, que es quien idea el castigo, también le debe una a Kovalski, pues éste le espanta a unos pandilleros negros que la acosaban, y descubren Kowalski y Sue un poco para sorpresa mutua que se entienden bien: ella no se deja arredrar por sus malos modos y le contesta deslenguadamente y tomándoselo a guasa, y a él le hace gracia la chica y vuelve a por más, desarrollando con ella una relación bruto-intimista extrañamente similar a la que tiene con sus colegas de los del manotazo en la espalda. Y luego, además, resulta que le encanta la cocina Hmong cuando accede a regañadientes a probarla, jurando por lo bajo (es que ya no tiene cocinera en casa...).
Bien, pues Kowalski en última instancia se deja matar por esta parejita de Hmongs, cuando se da cuenta de que los pandilleros los van a acosar hasta la muerte (a la chica la violan y al chaval le dan una paliza). Kowalski no los ataca a tiros, sino que los asusta públicamente, y les hace creer ante muchos testigos que les iba a disparar... pero no iba armado, y cuando lo acribillan la policía los detiene y los empapela. Kowalski cae en actitud de Cristo Crucificado, una imagen en la que se le va un poquito la mano al director. Elige hacerlo así Eastwood para subrayar que esta decisión va junto con un retorno a la religión, a hacer las paces con Dios antes de morir. Kowalski rechazaba los rituales católicos y los intentos de acercamiento del párroco (que lo perseguía por encargo póstumo de su mujer). Al final también se ablanda por allí, sobre todo cuando también le ataca por otro frente el brujo de la tribu Hmong, que lee en él que arrastra un gran dolor interno. Era en realidad un trauma de guerra, desde Corea, donde mató más gente de la que le ordenaban, tirando de gatillo fácil, por miedo quizá y por error. Ahora ve en su amistad con los Hmong una manera de purgar ese pecado, y mientras lo acribillan muerte agarrando un rosario y rezando a la Virgen. Bueno, el arte de Clint Eastwood es que esto logra no parecer ñoño, así que chapeau, descubrámonos ante su Cuerpo Yacente.
Es una alegoría de la Vieja América, este Eastwood, con sus virtudes y defectos, más virtudes que defectos resulta tener al fin; quizá donde dice coreanos esté diciendo también japoneses de Hiroshima, con quienes también aplicaron el gatillo fácil los americanos, o Vietnam, o Irak. Ahora la película busca una solución a esos traumas con una transmisión simbólica en el testamento de Kowalski. En lugar de dejar su Gran Torino, símbolo de las esencias, a su familia (a la pedorra pastillera de su nieta), pues se lo pasa a su vecino Thao, el chaval Hmong. Es toda una declaración simbólica contra la política de la identidad (versión americana de nuestros nacionalismos quizá). Thao se ha ganado su respeto demostrando que estaba dispuesto a luchar contra los pandilleros, y también buscándose un trabajo duro como el que tuvo Kowalski y sabiéndose ganar la vida honradamente. América para los americanos—y americanos son quienes se la trabajan, sean chinos o polacos, viene a decirnos Gran Torino, y todo encastillamiento en la propia comunidad es racista, y traiciona el sueño americano. Una cierta fantasía (white mythology, quizá) sí que veo en ese paso casi sin transición del lenguaje del racismo al de la intimidad y camaradería, pero desde luego si non è vero, è ben trovato, y la película consigue en su espacio imaginario derribar las barreras no sólo de la incomprensión, sino de la hipocresía y la distancia que van unidas muchas veces a la corrección política "obligatoria" en el espacio multicultural. Recomiendo no intentarlo mucho fuera del cine, las reacciones podrían ser impredecibles. Mejor verlo por pantalla interpuesta, y en todo caso no perderse esta película.
Gran Torino. Dir. Clint Eastwood. Written by Nick Schenk and Dave Johansson. Cast: Clint Eastwood, Christopher Carley, Brian Haley, Geraldine Hughes, Dreama Walker, Brian Howe, John Carroll Lynch, William Hill, Brooke Chia Thao, Chee, Thao, Choua Kue, Scott Eastwood, Xia Soua Chang, Sonny Vue, Doua Moua. Music by Kyle Eastwood and Michael Stevens. Cinemat. Tom Stern. Ed. Joel Cox and Gary Roach. Prod. des. James J. Murakami. Art dir. John Warnke. Exec. prod. Jenette Kahn, Tim Moore, Adam Richman. Prod. Clint Eastwood, Bill Gerber, Robert Lorenz. USA: Matten Productions / Double Nickel Entertainment / Gerber Pictures / Malpaso Productions / Media Magik Entertainment / Village Roadshow Pictures / Warner Bros, 2008.
Una descripción del thriller éste puede leerse en Roger Ebert por ejemplo, la primera de su lista de las reseñas reseñadas en IMDB. Si es que Internet nos deja sin nada que hacer...
... aunque esta película también tiene un cierto mensajillo de defensa de los medios tradicionales; el protagonista Crowe es un periodista investigador a la antigua, gordo y casposo. Le enseña cuatro lecciones a la marisabidilla bloguera que está subiendo como la espuma con la edición electrónica, mientras la edición de papel se está yendo a la porra con sus valores y criterios... para desesperación de la editora Mirren, que quiere calidad pero también (o mejor, si hay que elegir)—ventas. La ventaja de la bloguera es que está dispuesta a aprender de Crowe que las noticias hay que trabajárselas, mirar debajo, no quedarse con lo primero sino reinterpretar, profundizar... que allí está el valor del periodismo de solera, y las grandes investigaciones requieren a veces contener la noticia y no publicar todo lo que se tiene sólo por dar un golpe de efecto.
Aquí el tema es una serie de crímenes que rodean al congresista Affleck y parecen amenazarlo. Affleck está investigando a unas empresas de externalización de servicios militares: vamos, una compañía de esas que rodeaban a Bush, como Blackwater, que van montando ejércitos privados y vendiendo sus servicios a Defensa y a la política exterior USA, haciéndoles el trabajo más sucio en Irak o donde los manden. Con contratos jugosos, conexiones poco sanctas para chupar recursos al Ejército, etc. Bien, pues el senador va sacando trapos sucios, pero la Corporation ésta (PointCorp, la llaman) extiende sus tentáculos hasta el interior de la comisión que lleva el congresista; tiene comprados a sus colegas, y a él lo espían con una amante a sueldo que va comprometiendo su carrera y su posición... hasta que es asesinada. Y lo que investiga el periodista Crowe, viejo amigo del congresista, es esa muerte y otras aparentemente inconexas. ¿Será Pointcorp quien está detrás?
Pues claro, pero allí es donde patina la investigación del periodista.... —y la película.
En realidad, resulta que las muertes eran resultado de las contramaniobras de protección del propio congresista Affleck, y de un fanático militar colega que lo protege más de lo debido. Y el resultado, y final de la película, es que Crowe desenmascara lo que le ocultaba su amigo Affleck (amigo y más, Javier Marías lo llamaría cocoyundo o algo así, pues había tenido un rollo con la actual esposa de Affleck, debidamente cabreada ahora por el asunto de la amante asesinada).... A lo que voy, no perdamos el hilo sustancial: que hay mucha investigación colateral, y mucho rollo de"no me saques aún esta noticia", pero el resultado por el que digo que patina la película es que el congresista que investigaba las maniobras sucias de las multinacionales se ve envuelto en un escándalo ya no de amoríos, sino de asesinatos, como resultado de la modélica investigación de su amigo con quien piques viejos tenía...
... y se verá por supuesto desacreditado, y apartado de la comisión que ahora queda en manos de los políticos comprados por PointCorp.
Pero saben qué, y esto es lo raro.... que ni a los periodistas de investigación ni a los guionistas parece preocuparles esto en exceso. Affleck irá a la cárcel, y su amigo se pondrá una medalla, y seguramente hasta se tirará a la bloguera, con quien hay "deliciosa tensión" de esa, en realidad más profesional que erótica, será esa coyunda, quizá nunca materializada, una reconciliación entre los viejos y nuevos medios. ¿Piensan mientras redactan en silencio la denuncia del senador, y aprietan el botón de "Send", que están haciéndole el juego a la multinacional, quitándole de enmedio al grano que les había salido? Si lo piensan, desde luego, no comment, y la película ahí se acaba, con el periódico de papel saliendo "como siempre" (imagen casi decimonónica) a cumplir su misión de alta política, que yo desde luego ni sé cuál es, a estas alturas. Contribuir a la confusión, quizá.
De este modo el argumento, retorciéndose para evitar la detección del espectador, acaba condenando al "bueno", al heroico Affleck que se oponía a los oscuros contubernios de los Militaristas Capitalistas. Resultado: que el thriller se resuelve satisfactoriamente desde el punto de vista de la detección, pero queda el campo libre para las maniobras de los McEjércitos privados en la trastienda de la comisión que los investiga, y en la trastienda del Estado. Han venido para quedarse.
Y así la película reproduce los tics americanos y las obsesiones americanas sobre todas estas cuestiones. Tres muertos americanos importan más que los miles de iraquíes que (suponemos) son víctimas de los quehaceres de los señores de la guerra. Las denuncias de amenazas a la democracia y a la libertad se pierden en el escaparate de las noticias, mezcladas con escandalillos del tres al cuarto de faldas y de asesinatos irrelevantes (hablo a escala mundial) manipulados a primera plana, mientras la pasta sigue yendo a donde tiene que ir, y los lobbys siguen comprando a quien tienen que comprar, y los halcones hacen la política mundial a su aire como siempre, con las plumas apenas despeinadas por los mayores acosos judiciales y movimientos democráticos que se les monten en contra.
No sé si es esto lo que quería demostrar la película… pero demostrarlo, bien que lo demuestra.
State of Play. Dir. Kevin Macdonald. Screenplay by Matthew Michael Carnahan, Tony Gilroy and Billy Ray, based on the BBC TV series written by Paul Abbott. Cast: Russell Crowe, Ben Affleck, Rachel McAdams, Helen Mirren, Robin Wright Penn, Jason Bateman, Jeff Daniels, Michael Berresse, Harry Lennix, Maria Thayer. Music by Alex Heffes. Cinemat. Rodrigo Prieto. Ed. Justine Wright. Exec. prod. Paul Abbott, Liza Chasin, Debra Hayward, E. Bennett Walsh. Prod. Tim Bevan, Eric Fellner, Andrew Hauptan. Andell Entertainment / Bevan-Fellner / Relativity Media / Studio Canal / Univeral Pictures / Working Title Films, 2009. Spanish title: La sombra del poder.
Aquí en DVD Times describen bien esta película de Merchant-Ivory, Jane Austen in Manhattan, descripción apta para todos públicos. Aunque a mí me ha gustado bastante más de lo que prometería la reseña.
Sobre todo me ha gustado la ambientación irrepetible años 70 (la película es de 1980, pero ya se sabe que si las cosas que asociamos a los 60 se llevaban en realidad en los 70, y para ver en su salsa las de los 70 hay que ir a los 80). Vamos, que ni hecha de encargo en ese sentido. No tiene precio el mundillo obsesivo, envidioso y pretencioso de los actores a la caza de una subvención o de un papel, o de vagos sueños de triunfar o de encontrar algo que los asiente en su ser: y sobre todo las ocasiones de manipulación que proporciona este material humano.
Dos precarias compañías neoyorkinas rivalizan por hacerse con la producción de una obra teatral temprana de Jane Austen, Sir Charles Grandison (basada en la novela de Samuel Richardson). Rivalizan en realidad sus directores, antiguos amantes, Victor (Kurt Johnson) y Lilliana (Anne Baxter)—procurando engatusar a críticos, productores y actores. De la obra de Austen, que es poquita cosa, menos cosa queda aún en la película: vemos las adaptaciones propuestas por Lilliane (en versión ópera dieciochesca) y por Victor (teatro del absurdo / comedia bufa).
También hay escenas "filmadas", no teatrales, del secuestro de Harriet Byron—la actriz con sesos de chorlito Ariadne (Sean Young), que busca desesperadamente un gurú a quien adorar, o un ganchito del cual colgar su personalidad. Es una chica de la que todo el mundo tira (por guapa): su marido, que antes la fascinaba y ahora le es indiferente, que va como alma en pena siguiéndola entre bambalinas; su compañera de piso Katya, lesbiana posesiva; Lilliana, que la quiere para su compañía, y Victor, su actual gurú, que la tiene hipnotizada. Y la chica sólo responde de hecho cuando alguien la coge de las narices y se la lleva a otro sitio, necesita gobierno y autoridad, es esclava de vocación aunque va de mujer liberada. En versión ópera o en versión bufa, se ve la chica atrapada por el malvado Sir Hargrave Pollexfen, que la rapta y la quiere poseer a la fuerza—interpretado éste por el no menos siniestro Victor, chupóptero mental de voluntades y haciendas.
Lo mejor de la película son estos retratos de las motivaciones y especialmente fascinante es el personaje de Victor. Especialmente fascinante para los fascinados, digo: a mí lo que me fascina es la fascinación, la burbuja inflada en torno a nada. Con autoridad y seguridad en sí, Victor les vende la moto limpiamente, les limpia los bolsillos y se apropia de sus almas y cuerpos; los tiene, a su pequeña secta de actores, cogidos de la anilla de la nariz, llevándolos a donde quiere. Es como el rey desnudo, todo el mundo comenta que debe ser genial, pues los tiene a todos tan fascinados, y se miran unos a otros a ver si dura la fascinación, y dura. Vamos, todo un estudio sobre la inseguridad, la adicción y los vampiros mentales, cuyo supuesto "magnetismo" se desvanece como una ilusión en cuanto cesa el torbellino de demencia que generan a su alrededor. Al final Victor se escapa de casa de un productor llevándose una jarra de plata, ya que no puede llevarse la producción—y termina actuando, cojo como Byron, haciendo de Pollexfen en la ópera de Lilliana, otra Gran Manipuladora pero menos delirante que Victor.
En fin, que hay gente que necesita que la lleven en rebaño, y que le digan quiénes son; que eso hay grandes expertos en hacerlo, y en crear una burbuja de realidad alternativa en torno a sí. El poder se alimenta, precisamente, de ver que los demás bailan al son que se les toca, cuanto más delirante y obviamente falso, mejor. De esa ficción provisional, que también es puro teatro, vive esta película, y hace respirar a un mundillo tan falso y pretencioso con un aliento de verdad palpable— testimonio de algo que la guionista y su equipo han visto obviamente en vivo y en directo. Cuando el teatro pasa a estar entre bambalinas, living theatre, se vuelven interesantes y vívidos hasta los actores y obras más mediocres.
Jane Austen in Manhattan. Dir. James Ivory. Screenplay by Ruth Prawer Jhabvala. Cast: Anne Baxter, Robert Powell, Michael Wager, Sean Young. Music by Richard Robbins. Photog. Ernest Vincze and Larry Pizer. Assoc. Prod. Connie Kaiserman. Prod. Ismail Merchant. Merchant Ivory Productions / Polytel International, 1980. DVD prod. HanWay Films. Spanish DVD: Jane Austen en Manhattan. (Colección Merchant-Ivory). Spain: Manga Films, 2008.
Un pedazo de película imprescindible, ésta de Fernando Meirelles, de las que no hay que dejarse pasar. Avisados quedan. No se dejen impresionar por las críticas malas que hayan podido leer. Atrapa de principio hasta (casi) el fin, e impresiona, vaya si impresiona.
Aunque algunos críticos se declaren poco impresionados, como digo. La reseña de Roger Ebert es singularmente miope, por no decir cegata. Impresionado sí queda, pero a un nivel muy superficial, por lo desagradable de la película, tanto por la fealdad y la hez humana como por lo estridente de la película en sus elecciones de imagen y sonido—sin apreciar lo que se logra expresar con esos materiales desagradables. Más perceptivas, aunque tampoco completamente positivas, son las reseñas de James Berardinelli en Reelviews y la de Anthony Kaufman en Village Voice. Bueno, completamente positiva tampoco va a ser la mía, pero desde luego recomiendo no dejar de ver esta película.
Un pedazo de película imprescindible, ésta de Fernando Meirelles, de las que no hay que dejarse pasar. Avisados quedan. No se dejen impresionar por las críticas malas que hayan podido leer. Atrapa de principio hasta (casi) el fin, e impresiona, vaya si impresiona.
Aunque algunos críticos se declaren poco impresionados, como digo. La reseña de Roger Ebert es singularmente miope, por no decir cegata. Impresionado sí queda, pero a un nivel muy superficial, por lo desagradable de la película, tanto por la fealdad y la hez humana como por lo estridente de la película en sus elecciones de imagen y sonido—sin apreciar lo que se logra expresar con esos materiales desagradables. Más perceptivas, aunque tampoco completamente positivas, son las reseñas de James Berardinelli en Reelviews y la de Anthony Kaufman en Village Voice. Bueno, completamente positiva tampoco va a ser la mía, pero desde luego recomiendo no dejar de ver esta película.
La novela de Saramago es todo un logro en su línea, de argumentos de Saramago: "qué pasaría si a todos nos empezasen a llegar cartas de los muertos anunciándonos el día de nuestra muerte", o "qué pasaría si de repente se muriesen todas las mujeres del mundo", etc. Bueno, los argumentos de Saramago no son exclusivos de Saramago, como se ve por novelas como Children of Men de P.D. James ("qué pasaría si dejasen de nacer niños durante más de veinte años") que dio lugar por cierto a una excelente película de Alfonso Cuarón. Son argumentos entre la especulación fantástica y la alegoría, mezclados con una buena dosis de realismo en el tratamiento de las reacciones de los personajes. En este caso, la premisa central, una plaga de ceguera altamente contagiosa, va desde esa alegoría ("no vemos lo que tenemos delante", etc.) a retratos realistas de la brutalidad humana, de la convencionalidad de las relaciones personales y de la fragilidad del orden social ante una catástrofe. Los ciegos de la novela y la película, dejados a sus propios recursos, han de crear una sociedad a partir de cero, un microcosmos—y los resultados no pueden ser más desalentadores. Al final resurgirá el sentido de comunidad en una pequeña "nación" de seres civilizados, pero el "mundo" en sí, el microcosmos del campo de concentración de los ciegos, es una selva donde imperan el egoísmo brutal y la ley del más fuerte. Recuerda en esto la historia a otras antiutopías como Animal Farm de Orwell, o Lord of the Flies de William Golding, otras utopías fracasadas y relatos sobre las ficciones sociales que posibilitan la vida civilizada, y sobre el peligro de la tentación totalitaria y del irracionalismo. Recuerda el argumento por una parte a los grandes relatos sobre pestes y plagas, desde A Journal of the Plague Year de Defoe, a La Peste de Camus, o a The Scarlet Plague de Jack London—donde la regresión al salvajismo y la brutalidad también queda memorablente retratadas. También, de allí, a las historias de apocalipsis y catástrofes masivas como Earth Abides de George R. Stewart o como The Road, de Cormac McCarthy. La plaga es universal, o casi, pero de eso se enteran los protagonistas y el lector al abrirse las puertas de la prisión donde internan a los primeros contagiados. Hasta entonces, el argumento es carcelario: el infierno que son los otros cuando se está a puerta cerrada (Sartre), la ley de los matones en prisión (tantas y tantas películas de estas miserias...) y las historias de judíos internos por los nazis. Lo sorprendente es cómo ingredientes tan sobados pueden combinarse en una novela tan magistral como la de Saramago, y en una película que parece el arquetipo de todas esas historias—por ejemplo, se aprecia perfectamente cómo los guardias "nazis" del campo de concentración no son sino unos pobres tipos en su mili, que ni entran ni salen (ni de hecho pueden hacerlo mucho) de la historia espantosa en la que juegan su papel necesario: no son ni mejores ni peores que la gente corriente que está allí interna. Y es entre los internos donde se producen los descensos rápidos a las peores abyecciones humanas de crueldad e indiferencia—subrayados de modo eficaz e impresionante al tener lugar a tientas y entre ciegos, unos vestidos, otros desnudos, dándose golpes en los muebles, pisando mierda, violándose y chantajeándose a ciegas—bajo la mirada desengañada del espectador y de su emisario en la película, la única mujer que ve (Julianne Moore, la "esposa del doctor"). Aquí nadie tiene nombre, cosa que queda más forzada en la novela; la película le hace perder parte de esa abstracción alegórica al ponerles obligatoriamente caras y gestos a esas etiquetas de Saramago.
Y a su manera tanto la novela como la película funcionan bien "a ciegas": la novela nos mete necesariamente en un universo verbal, y saca de ahí parte de su fuerza; la película no nos puede dejar a oscuras, ni a claras con la "ceguera blanca" que ataca a los progatonistas, aunque en alguna escena hace las dos cosas. Sí en cambio juega mucho con imágenes imperfectas, distorsiones, y alusiones y alegorías visuales (personajes con gafas negras, o un parche en el ojo, u ojos nublados, o imágenes deslumbradas....) —todo esto lo hace Meirelles de modo muy eficaz, y además ha suprimido ante los abucheos de la crítica la narración en off de uno de los personajes, el sabio negro del parche en el ojo. Algo de ella ha dejado al final, y mal dejado: fatídicamente, la película flojea al final. Tras escenas impresionantes del colapso de la civilización y de grupos de ciegos buscando comida en las ruinas de los supermercados, viene una lluvia purificadora demasiado alegórica. El grupillo que ha salido de la prisión agarrados en cadena humana, como los ciegos de Brueghel pero con una vidente en cabeza, reconstruye una comunidad humana solidaria, se aprecian, se hacen amigos... Los matrimonios que se habían hundido con la presión de la desgracia se reconcilian, y tenemos un happy end naturalmente también alegórico—aunque de repente en un giro quizá innecesario la protagonista que veía se queda ciega. Me quedo con el lado pesimista de la película, cuando nos abre los ojos a lo frágil del espectáculo que tenemos delante—no cuando nos ciega con una esperanza que parece desmesurada, tras la visión descorazonadora que nos ha ofrecido antes. Pero el final un tanto gratuito o ex machina también viene de Saramago, y ¿qué productora hubiera aguantado un pesimismo sin contemplaciones?
Blindness. Dir. Fernando Meirelles. Screenplay by Don McKellar, based on the novel by José Saramago Ensayo sobre la ceguera. Cast: Julianne Moore, Mark Ruffalo, Alice Braga, Yusuke Iseya, Yoshino Kimura, Don McKellar, Danny Glover, Gael García Bernal. Music by Marco Antônio Guimarâes. Cinemat. César Charlone. Prod. des. Matthew Davies, Tulé Peak. Art dir. Joshu de Cartier. Ed. Daniel Rezende. Exec. prod. Simon Channing Williams, Gail Egan, Akira Ishii, Victor Lowwy, Tom Yoda. Prod. Andrea Barata Ribeiro, Niv Finchman, Sonoko Sakai. Brazil, Canada, Japan, 2008.
Me gusta Almodóvar, me gustan sus películas y esta es de las que más me han gustado. A ver, es quintessential Almodóvar, con todas sus virtudes y defectos, así que a disfrutarla en su género. Como siempre, una historia de pasiones desenfrenadas, de personajes que hacen elecciones estúpidas y precipitadas, y de vitalidad sin prejuicios ni concierto. Visualmente magnífica, que en eso (y en otras cosas también) se va superando a sí mismo con el tiempo; y lo más flojo el trabajo de actores, que oscilan entre producirte la sensación de estar en la vida misma o en una película de Almodóvar, y a veces en otra peor. Una cierta torpeza en este sentido ya forma parte de la estética asimilada—como también las escenas innecesarias y de puro recreo, o los mariquitas obligatorios, cosas que se pueden disfrutar más, ciertamente—como también la inventiva incesante a la hora de combinar cosas en una pantalla. Pongamos el polvo embozado entre sábanas de la Penélope, por ejemplo. De lo que no sabe uno si poner en las virtudes o defectos, los autohomenajes: es divertido el remake alternativo de Mujeres al borde de un ataque de nervios que hace aquí el protagonista, mejorando su obra anterior, pero crea algunas interferencias cognitivas, del tipo, "¿Es que Almodóvar piensa que ahora haría mejor esa película? ¿Le parece ahora torpe? —que lo era, en la línea de torpezas agradables de la casa— ¿o no es aplicable a Almodóvar nada de todo esto de que si la película sería mejorable.... ? ¿entonces para qué coge precisamente ésta?"—etc. Bonita la idea del director de cine ciego, homenaje a Woody Allen supongo esta vez—desde luego exprime la idea y le saca partido, en escenas no digo ya como la de la seducción inicial de su lectora... más me gustó cuando consulta internet con el lector automático, y más aún cuando, en puro fetichismo de Almodóvar a la imagen, el ciego acaricia la pantalla donde le dicen que está saliendo su último beso a su chica.... Es genial el uso que hace de la intermedialidad, imágenes dentro de imágenes, con el plasta ese gay que les va haciendo a la pareja un documental permanente... y muy especialmente la escena del celoso que ha contratado a una lectora de labios para que le vaya descifrando lo que se decían su pareja con el amante, en la película que les han grabado. Memorable. También está muy bien llevada la doble secuencia temporal, la historia de amor y su secuela catorce años después, cuando recupera las películas que entonces se grabaron, las que él hacía con ella, y la del accidente en la que ella murió y él quedó ciego. Es especialmente buena la caracterización del protagonista y el maquillaje, y la manera en que el diector se recrea cambiando de imagen a Penélope Cruz. Los cameos se ponen con talento y se disfrutan; Penélope sale fantástica, y, en fin, una película excelente de la factoría del Deseo. Me quedo como imagen final con esa caricia ciega a una imagen que no se puede ver, imagen imaginada y deseada, como expresión no sólo de una nostalgia infinita por lo que se ha perdido, sino también de una pasión por el cine, y por atrapar la fugacidad de la vida y sus momentos imprevisibles, una pasión que parece querer llevarnos a una dimensión más allá del propio cine—apoderándose de esos momentos conservados, si pudiera ser.
Una película un tanto cínica y amarga, ésta de Happy Endings. Empieza con un atropello, una secuencia muy bien filmada, como de hecho toda la película, que cinematográficamente es interesante—esta secuencia se repetirá al final de la película, cuando nos enteramos de quién es la mujer que sale corriendo disparatadamente y que es atropellada, y por qué corría. Nos asegura una narración autorial puesta en subtítulos laterales que la mujer no ha muerto, que en esta película no muere nadie. Eh, que se supone que es una comedia... aunque sea bastante ácida, cómica sí es con frecuencia para quien le vaya la observación sarcástica de actitudes y situaciones. Lo que no está tan claro es que no muera nadie... el comentario por escrito nos va atando todos los cabos sueltos, nos dice cómo acabarán los personajes en algún futuro más o menos lejano, y sí, acaban muertos, supongo. También algún feto acaba abortado, pero esos deja muy claro el director que no cuentan... es película progre.
Es una película por otra parte que incluye en el argumento bastantes cuestiones éstas de la ingeniería y sociología de la reproducción y la sexualidad: no sólo abortos, sino inseminaciones artificiales, adopciones, intercambios de parejas, probatinas con la orientación sexual, matrimonios gay, lesbianos y hasta intersexuales, vasectomías y semen congelado, relaciones sexuales profesionales y recreativas, incesto o pseudo-incesto, y películas sobre todo esto, editadas con software para mac. Es una película un tanto Almodóvar a la americana, con relaciones inopinadas o improbables entre las personas, una cierta dosis de vida extravagante, inmoralidad ambiental y personajes poco cuidadosos consigo y con los demás. Y mucho tema gay, claro.
Los fetos no cuentan, digo, y de esos hay dos: uno que por fin es abortado y otro no. Hay debates sobre lo correcto a hacer—la protagonista es una consejera sobre aborto, Mamie, que se comporta como si hubiese abortado en tiempos. Tiene unas actitudes confusas ante la cuestión abortista, y confunde a quienes aconseja... aunque Jude, una buscavidas decidida a tener su aborto, no se deja impresionar ni por ella ni por los pro-life que le golpean el coche a la entrada de la clínica abortista. Las actitudes contradictorias de Mamie se deben a que, si bien no abortó en el último momento, aunque iba a hacerlo—sí abandonó a su hijo, lo dio en adopción, y no ha sabido nada de él en muchos años. Cuando llegue el momento de vérselo frente a frente, que es de lo que va la película, sale corriendo desconcertada, y la atropella un coche, como veíamos al principio.
Mamie quedó embarazada de adolescente, por echar un polvo con su hermanastro al conocerse tras la boda de sus padres respectivos. A ella desde luego la ha marcado esa historia. No acaba de centrarse, y cuando sabe de la posibilidad de contactar con su hijo se agarra a eso con ansiedad. Acaba de entablar una relación con un masajista sexual para mujeres frustradas, Javier, y a Javier que lo embarcará en esta búsqueda de su hijo. Durante toda la película creemos conocer al célebre hijo—pues en otra línea argumental hay un ricacho que tiene un hijo adoptivo, ajá, semigay o gay del todo, con grupo de rock patrocinado (Sus colegas: "¿Para qué crees que es batería? Para vernos el culo todo el rato"). Y con ese chaval nos distraemos, creyendo que es el hijo perdido, hasta que vemos que la conexión entre esta historia y la "principal" de Mamie es puramente periférica, pues el batería gay está allí sólo para distraernos. Y sí nos distrae esta historia, con Jude (Maggie Gyllenhaal) como una petarda que busca situarse en la vida, primero ligándose al hijo batería y luego a su padre millonario, para acabar siendo echada a patadas cuando queda claro que sólo va a por la pasta. (De ahí va Jude a abortar a esa clínica, a librarse de un bebé/feto que no sabemos si es del padre millonario o del hijo rockero). Mientras, por lo menos, canta bien, la chica, en la banda del hijo ("Honesty" canta, que morro no le falta)... pero menuda buscona, un personaje de los más entretenidos e indeseables de esta peli.
El padre de la otra criatura no abortada y perdida, Charley, el hermanastro de Mamie, ahora veinte años después, es gay y se replantea esta historia de tener hijos, porque cree que no lo tuvo... Se hizo una vasectomía tras el trauma del embarazo (trauma redondeado por la muerte de los padres/madrastros en accidente), y ahora vive en pareja feliz con otro gay que casi tiene un hijo... porque les donó semen a una pareja de lesbianas amigas. Otra línea argumental cómica/ácida viene de cómo rompen estas dos parejas entre sí, tras un malentendido sobre si el hijo que ellas tuvieron por inseminación artificial es por fin o no hijo de "ellos" también, o no. La teoría de Charley es que aunque ellas les han dicho que no usaron el esperma de "ellos", en realidad sí lo hicieron, sólo que lo niegan porque no quieren compartir el bebé. Y monta una intriga para hacerles creer a ellas que el bebé ha podido heredar una enfermedad cerebral... con tan mala fortuna que se monta todo el mundo un cabreo hasta con pleitos y órdenes de alejamiento por medio. Que gente más desagradable, por Dios. Y Charley rompe con su parejo y no saca más que sinsabores de este asunto. Aunque pasa página, y termina feliz ligando con su urólogo. También conocerá Charley a su hijo sorpresa, cuando creía que Mamie había abortado... al final lo vemos en la boda que vuelve a reunir las dos líneas argumentales al casar a Mamie por fin con el padre del rockero gay, una vez despachada la petarda. Hasta baila el ricacho con el urólogo, todos felices.
Por cierto que la reunión de la madre con su hijo perdido no es en absoluto espectacular, si quitamos lo del atropello. Menudo let-down. La relación subsiguiente, nos dicen, se reduce a una postal por navidad—la conclusión implícita es que quizá sería lo mismo haberlo abortado que abandonarlo y luego obsesionarse con recuperarlo. Claro que el interesado igual no opina lo mismo.
Lo que permite que todo se reúna en la película, que Mamie "recupere" o al menos conozca a su hijo, es una historia de chantaje. Hay una persona, Nicky, que conoce esa secreta relación de parentesco, y que quiere hacer una película sobre ella, reuniendo a madre e hijo—Happy Endings. Este Nicky es un cineasta incompetente que quiere dar así la campanada de su vida, con un documental auténtico... y obliga a Mamie a embarcarse en ayudarle, porque si no no le dirá nada de su hijo, que no sabemos por cierto de qué lo conoce. Bien, gran parte de la película también va de la relación entre cariñosa y antagónica que se monta mientras preparan no ya este documental, sino otro que se le ocurre a Nicky al conocer a Javier y Mamie: un documental sobre masajistas sexuales. Lo de happy ending,por cierto, se refiere a un masaje con orgasmo incluido. Este documental también acabará en nada, porque exponía públicamente la identidad de Javier como inmigrante ilegal... y en un acceso de furia Javier destroza la película y casi se carga a Mamie y Nicky. Gente de gatillo fácil tampoco falta aquí, que siempre adornan la vida. Francamente, inmigrantes con este carácter no hacen falta en ningún sitio.
Es cuando Mamie va a visitar a Nicky algún tiempo después cuando se encuentra de sopetón con su hijo, fotocopia de Charley, en casa de los padres de Nicky—que lo habían adoptado. De ahí sale corriendo, en un sofoco, y será atropellada—pero sobrevivirá para casarse, como nos aseguran los títulos de crédito. En fin, una película sobre el caos de los deseos y planes entrecruzados... no sé si el final es tan feliz como prometía, pues el orgasmo no es garantía de nada. Pero importa más el desarrollo y el choque entre personajes que el final y que las dudosas lecciones extraídas por los subtítulos del narrador... the message is the massage.
Happy Endings. Written and dir. Don Roos. Cast: Tom Arnold, Jesse Bradford, Bobby Cannavale, Steve Coogan, Laura Dern, Lisa Kudrow, Maggie Gyllenhaal. Music superv. Nicole Tocantins. Ed. David Codron. Prod. des. Richard Sherman. Photog. Clark Mathis. Coprod. Ali Forman, Bobby Cohen, Marc Platt. Line prod. Jon Kuyper. Exec. prod. Tom Ortenberg, Nick Meyer, Michael Burns, Mike Elliott. Prod. Holly Wiersma, Michael Paseornek. USA: Lions Gate Films, 2005. Spanish DVD: Un final feliz. Madrid: Sony Pictures, 2006.*
Reviviendo clásicos de Bogart, nos encontramos en Cayo Largo con un personaje desenraizado, Frank McCloud, individualista escéptico y desengañado, que al final sin embargo se arriesga por los demás y toma postura poniendo en peligro su vida...
Frank ya tiene ciertos toques de delicadeza humana: es discreto, poco dado a peleas, atento y retirado; aparece por Cayo Largo porque no tiene nada mejor en qué ocuparse, pero también va para hacer una visita de cortesía al padre y la viuda de un compañero del ejército que murió en Montecassino. Conecta bien con ellos, y tras un momento de crisis que lo pondrá a prueba, restaura los valores de comunidad, la ley y la decencia, y se queda con la chica. Es por tanto un personaje seleccionado por esa selección natural del cine. Hay que decir que el gángster Rocco (Edward G. Robinson), negación de todos esos valores sociales, muere, pero que también lo hizo el pobre soldado de Montecassino.
La película tiene una ambientación y ritmo teatrales, siguiendo el drama de Maxwell Anderson; y lo mejor de ella son los momentos inesperados en que los personajes parecen actuar de modo imprevisible y fuera de guión—pero no hay tantos de esos. Quizá el gángster gordo e insolente sea el mejor de todos. Bogart está muy bien cuando está lacónico—menos bien, cuando su papel le obliga a ser el teorizador explícito de la tesis de la película, dando voz a la indignación con el crimen organizado, y también al desengaño que renuncia a combatirlo y lo acepta como parte del sistema. Estos discursos son buenos para una obra de tesis, que lo es Key Largo, aunque se disfrace superficialmente de naturalismo a la Hemingway. Tampoco sé si tiene muy claro cuál es la teiss, exactamente. Quizá por eso sobran especialmente las situaciones en que se explicitan los discursos éticos—deberían ser más indirectas tanto la defensa del interés egoísta-simiesco como las actitudes de sumisión o de combate a ese interés.
Lo del individualismo egoísta y la cooperación social es lo que nos lleva al tema sociobiológico. Me leía hoy en Babel’s Dawneste post sobre el origen del lenguaje como producto no sólo de la inteligencia individualista, sino de la cooperación de grupo. Y cómo estas dos características, la inteligencia para provecho propio, y el sentido de grupo, están en los seres humanos en perpetua tensión o contradicción, haciéndonos quizá lo que somos:
"So it looks like the evolution of language required two contradictory threads: creative intelligence and a sense of we. I say contradictory because each thread pushes against the other. Intelligence provides advantage to the smarty pants with the clever insight and subverts group identity while a sense of we undermines the personal ambition that makes creative thought fruitful. The human condition is characterized by an I-we tension that underlies all comedy, tragedy, and moral quest."
Y de la sociobiología ya volvemos así a la moral quest,y por tanto a Cayo Largo. En McCloud hay inteligencia (es el "wise guy" que tanta gracia le hace al gángster Rocco) y por tanto escepticismo individualista, pero también hay inteligencia moral, responsabilidad social y toma de postura por defender el bien común, la polis y los ideales sostenibles del grupo. Rocco es la pura negación de la sociedad, destruyendo no sólo a la polis y a los polis, sino incluso matando a sus propios esbirros sin pestañear, cuando le estorban más que le ayudan en un momento dado.
Bien, pues la película nos presenta la lucha de esas dos tendencias sociobiológicas en Frank, "creative intelligence" para la supervivencia en un ambiente hostil, y también "a sense of we" que le lleva a ponerse en peligro (contradiciendo así en apariencia a la selección natural darwiniana) y a defender los valores del grupo: decide, y dice a Bacall y al suegro de ella, que no puede elegir, que tiene que luchar. Y lucha, y mata: podría haber muerto al enfrentarse a Rocco, como su amigo murió luchando en Montecassino contra los gángsteres del fascismo. Aunque todo caso hubiera también contribuido así a la selección de grupo que los darwinianos estrictos son tan aversos a tener en cuenta. Tal como sale la cosa, resulta que hay suerte, y vive. Parece que McCloud podrá perpetuar sus genes individuales, y no meramente sus memes sociales—visto que Lauren Bacall abre las ventanas, ilumina la casa y lo mira arrebatada.
En la película sin embargo hay tensión más fuerte (por involuntaria) entre altruismo y egoísmo. Digamos que Frank McCloud, una vez abandona su inercia y decide luchar, nos da una apariencia de moverse por valores sociales altruistas: es el mensaje que propone la película en la retórica de su guión y en el comentario explícito de los personajes. Y sin embargo, si nos atenemos a lo que hace Frank, y no tanto a lo que dice, sus acciones muy bien podrían deberse, como las de Rocco, a un estricto cálculo individualista. Frank está bajo peligro de muerte (los matones de Rocco y sus pistolas) siempre que están en Cayo Largo: después de la tormenta que simboliza la crisis ética, se ve obligado a embarcar con todos los gángsters para llevarlos hasta Cuba. Allí será, en el barco, cuando actúe y los elimine a todos. Pero como digo, en realidad se interpreta mejor su acción (en contra de lo que nos quieren hacer creer Frank mismo, Bacall, o Huston) como un estricto cálculo de supervivencia individual. Cuando decide enfrentarse a Rocco, no es puramente por sed de justicia, quizá ni siquiera impuramente: es que sabe, siendo inteligente como es, que Rocco lo eliminará tan pronto como lleguen a Cuba. Su única oportunidad de vivir no es someterse a Rocco, sino matarlo. Por eso mismo no acepta la trampa de Rocco ni sus pactos, y una vez gana ventaja no le da ya ninguna oportunidad sino que lo remata como a un perro.
Creo que el mensaje sociobiológico de Cayo Largo es doble, uno más optimista en la superficie—la necesidad de cohesión social y de acción altruista, a lo Kropotkin— y otro más escéptico, en el que Bogart y Rocco son puros supervivientes, y no están tan lejos uno de otro, un mensaje en el que (quizá) el ideal americano de una sociedad compartida tiene muchos puntos oscuros, y el Estado de Derecho es una selva en la que conviene disfrazar nuestros móviles egoístas con un barniz altruista (es el que prefiere Bacall creer que nos mueve). Pero hay quienes son eliminados en esa lucha por la vida—y no son sólo los Rocco, sino también los indios seminolas que pasaban por allí, marginales en la comunidad americana, y que desde luego no reconquistarán Florida. La comunidad de blancos se ha reforzado con la crisis y la tempestad, pero la brecha con los indios se ha hecho mayor de lo que era al principio. (Todo esto tiene una lectura política, claro, sobre el Estado como árbitro del altruismo—una lectura o dos quizá, la lectura que propone la película y la que la acompaña como su sombra, una interpretación menos altruista de América y sus ideales, quizá hasta en Montecassino, donde Occidente se enfrenta al gángster Arturo Ui...)
Porque hasta la solidaridad de grupo y el altruismo juegan sobre la base de un enfrentamiento básico, de esa lucha por la vida y por el poder (por los recursos, por los memes ideológicos) de individuos, de grupos, de comunidades o de especies. Y todos barren para casa, para sí o para su grupo. Y si se hace esto de barrer para sí, pero encima obteniendo puntos por solidaridad grupal altruista—eso ya es una actuación de calidad, digna de un auténtico wise guy.
Key Largo. Dir. John Huston. Screenplay by Richard Brooks and John Huston, based on Maxwell Anderson’s play. Cast: Humphrey Bogart, Edward G. Robinson, Lauren Bacall, Lionel Barrymore, Claire Trevor, Thomas Gomez, John Rodney. Music by Max Steiner. Prod. Jerry Wald. USA: Warner Bros / First International, 1948. DVD Turner Entertainment, 2004.*
Hace poco me sacaron en Ibercampus mi artículo sobre la comedia romántica. Pues podemos añadir a la lista The Jane Austen Book Club, otra comedia romántica más que nos visionamos, y bien bonita que es para los literary-minded, sobre todo si ya han visto Pride and Prejudice, Emma, Sense and Sensibility.... o La joven Jane Austen, o Shakespeare in Love, que mucho tienen en común con este género cinematográfico libresco y desenfadado. Estamos a la espera de Persuasion—entre tanto nos conformamos con Possession.Aunque para una película austeniana que comentan los personajes de este club literario, resulta que es la Mansfield Park de Patricia Rozema, y lo hacen desfavorablemente, qué desagradecidos con su propio género, cuando precisamente en esta película van a hacer lo mismo, mezclando vidas y obras. No les gusta que Sir Bertram tenga esclavos, tampoco.
Bueno, es que no se dedican a las películas, el grupo de mujeres californianas protagonistas de este reading club, sino a las novelas. Jocelyn, una solteroncilla recalcitrante acaba de perder al compañero de su vida, un perro, y sus amigas organizan un club de lectura para consolarla. Entre pitos y flautas se va liando el argumento, hasta que la lectura Jane Austen es a freakin' minefield: mientras la mejor amiga de Jocelyn, Sylvia, está en una cena romántica con el marido, éste le dice que tiene una amante, y que se separan. Parte de la comedia es que acabarán reunidos de nuevo, para alegría de todas las amigas y de la hija de ellos—una lesbiana impulsiva y aficionada a los deportes de riesgo, también miembro del club y frecuentemente accidentada en amores y en piñazos más tangibles.
Más austeniana, o en todo caso henryjamesiana (Henry es equivalente a Jane Austen) es la historia de Prudie, profesora de francés que sueña con ir a París, pero no se entiende con su marido futbolero ni para asuntos franceses ni románticos en general. Prudie es llorosa y seducible, una actriz genial. Tiene una madre hippie impresentable, con la que tampoco se entiende—esta suegra despide al yerno cuando se va de viaje de negocios diciéndole "Have fun! Get some ass!" Pero bueno, la pobre muere como el perro al principio, y vemos otro funeral atípico, el primero canino, éste flowerpower. Prudie está que no se tiene en casa (y la actriz, Emily Blunt, es excelente en sus pucheritos y medios gestos). Tras ser tentada para un pase por el motel por un aventajado estudiante suyo (en una escena teatral pecaminosa como las de Mansfield Park), Prudie hace honor, se lo piensa mejor—What would Jane Austen do?Huye del motel, y corre a casa: persuade a su marido para que lean juntos Persuasion y empiecen the beginning de nuevo.
Cada amiga se encarga de una novela para las reuniones mensuales secuenciadas en la película: February: Emma - March: Mansfield Park - April: Northanger Abbey - May: Pride & Prejudice - June: Sense & Sensibility - July: Persuasion. Y todas encuentran en las novelas algo en lo que proyectarse. La tesis humorística del libro en el que se basa la película es que cada lector selecciona de un libro según sus intereses, y proyecta en la lectura sus deseos, prioridades, y preocupaciones, una teoría que debe mucho a la escuela de Norman Holland supongo—aunque aquí no hace falta un psicoanalista para interpretar por qué cada amiga ve en la novela lo que ve. Los diálogos son muy ingeniosos, cada cual barriendo para casa de modo tan bien hilado que peca de exceso de ingenio. Aunque como nos tranquiliza Roger Ebert, "No, it is not necessary to have read the novels or seen all the Jane Austen movie adaptations, but that would add another dimension to your appreciation of this film."
El argumento central es el emparejamiento de Jocelyn, la amiga imposible de casar, la del perro muerto, con el galán ("Grigg", sí, Grigg), único miembro varón del club, un ingeniero digital ciclista y un poco metepatas con sus cosas de hombre, simpático y constructivo, pero que se le resiste la rubia del perro—el plan de ella era que se líe el muchacho con su amiga la recién divorciada desconsolada. Pero bueno, al final las parejas acaban donde debían y hay celebraciones múltiples, como en una comedia de Shakespeare. Jocelyn se vuelve más flexible, y acepta las atenciones de Grigg, y hasta sus recomendaciones literarias (ciencia ficción, Ursul K. Le Guin). Hasta la lesbiana magullada, Allegra, liga en el hospital—con su traumatóloga china, la Dra. Yep.
Así que todos acaban emparejados y felices, todos menos Jane Austen—que sin embargo sí se dejó tentar una vez por una oferta de matrimonio sólo para romper el compromiso al día siguiente. Hay que decir que ya se lo debía haber pensado Jane Austen antes de aceptar, porque el nombre del pretendiente era todo un programa: Harris Bigg-Wither. Yep.
The Jane Austen Book Club. Written and dir. Robin Swicord. Based on the book by Karen Joy Fowler. Cast: Kathy Baker, Maria Bello, Marc Blucas, Emily Blunt, Amy Brenneman, Hugh Dancy, Maggie Grace, Jimmy Smits, Kevin Zegers, Lynn Redgrave. Music Aaron Zigman, music superv. Barklie K. Griggs. Ed. Maryann Brandon. Prod. des. Rusty Smith. Photog. John Toon. Co-prod. Kelly Thomas. Exec. prod. Marshall Rose. Prod. John Calley, Julie Lynn, Diana Napper. USA: John Calley-Robin Swicord / Mockingbird Pictures / Sony Pictures Classics, 2007. DVD UK: Sony Pictures Home Entertainment, 2007.
Me atrajo a esta película una reseña de RedAragón que decía así:
El cine lleva años tratando el tema de los conflictos escolares, ya sea en institutos de extrarradio con alumnos problemáticos, en colegios de élite, en las universidades o en la enseñanza primaria. Se han rodado películas para todos los gustos pero muy pocas han sabido captar tan bien lo que pasa en las aulas como La clase. El secreto de este impecable acercamiento a la realidad está en el material de partida. La novela de François Bégaudeau repasa un año escolar sin una estructura narrativa clara, simplemente acumulando incidentes e incidencias. Y es el propio autor quien interpreta al profesor del filme, reviviendo para el cine sus experiencias.
Sí que hay una estructura narrativa, por supuesto (aunque no sea "clara" en el sentido Hollywood del término). Un año escolar proporciona una estructura con comienzo, mitad y final: presenta también a un profesor de un instituto de barrio de inmigrantes teniendo una crisis con sus alumnos, crisis que termina en consejo disciplinario y con la expulsión del alumno más conflictivo (que ya iba de centro en centro). Este alumno es un africano llamado Souleymane, un hombretón sin ningún interés por lo que le enseñan, y que obviamente debería estar en un sitio que le interesase más. La película contempla el fracaso del sistema, y reparte bastante ecuánimemente las culpas, o más bien no reparte culpas sino que constata cómo funcionan las cosas. El profesor, François, que enseña lengua y literatura, tiene buena volutnad pero quizá una dinámica inadecuada de trato con los alumnos, y surgen tensiones. Al final hay una escena violenta; Souleymane es expulsado, y la tragedia propuesta en la película es que su padre lo mandará a Mali si es expulsado—y aun con todo, el consejo toma esa decisión. Otra chica negra le confía a François, como remate del año escolar, que no ha aprendido nada (pero nada) pero que no quiere ir a formación profesional. Cosa que la película sugiere es comprensible—y que a mí no me parece tan clara. Hay quien si no le va la gramática o las mates está mejor en formación profesional. Y si al muchacho lo mandan a Mali, eso es una decisión familiar—que ellos conocen Mali, y su situación familiar, y hasta a su hijo, es de suponer, mejor que los docentes.
La película trata pues sobre todo del lado triste de la educación reglada, como un proceso más bien mecánico, carcelario y alienante (un poco en la línea de Mal de escuela). Dando una de cal y otra de arena, la película y el sistema educativo muestran la cara y la cruz de intentar aprender cosas que ofenden a la vida, como la gramática o la literatura canónica. Esto crea conflictos entre el hipotético interés formativo de estas materias, y el desinterés obvio e inmediato de los estudiantes, como es conocido. Pero aquí parece como si les fuese a pillar todo de nuevas: ni hay programas de integración ni discusión de necesidades especiales: el plantel de profesorado es poco atractivo (en eso está muy realista la cosa) y parecen fuera de contacto con el mundo de los alumnos: doblemente, pues aparte del abismo de la edad son prácticamente todos franceses blancos, y no inmigrantes. Hace poco ha defendido, sobre la escuela ante la sociedad multicultural, una tesis doctoral José Luis Díaz Moreta en la UNED, examinando esta nueva situación en las aulas en España. Menos nueva en Francia, pero nadie lo diría viendo la película, que seguramente carga las tintas sobre la irrelevancia del sistema educativo y la desorientación de los profesores ante el multiculturalismo.
Es cierto que la película logra captar un aire de lo cotidiano imprevisible, evitando hábilmente el ritmo habitual de secuencias, escenas y transiciones. En parte se debe al elemento de improvisación en la filmación, cogiendo material de seminarios semiimprovisados que aprovechaban la auténtica experiencia de Bégaudeau como profesor llevando una clase. Aquí hay una entrevista muy interesante con el director y el autor/protagonista sobre la filmación, usando una cámara siempre sobre Bégaudeau, otra sobre el centro de atención de la clase, y otra captando acontecimientos y gestos colaterales. Por supuesto esto hay que montarlo luego, y muy bien hecho que está; en esta película se fusionan con una transición indiscernible lo auténtico y lo prediseñado, la espontaneidad y la actuación. Como sucede en cierto modo en una clase, vamos, que también tiene lo suyo de improvisación sobre el guión del programa.
Entre las reseñas casi unánimemente rendidas a la película, aquí hay una más crítica de Jacques Merle en Politique autrement. Que es consciente de que la película tiene mucho de panfleto antipedagógico, que participa de muchos de los males que denuncia, con educación light que subestima a los alumnos, y que falsea la situación en la misma medida en que la documenta. La película misma denuncia la falsa mayéutica del profesor cuando una de las alumnas dice que ha leído la República, algo impensable en uno de estos estudiantes según los parámetros del profesor de lengua y literatura. El profesor es un Sócrates insuficiente: si bien hace lo que puede, a veces es él mismo el problema en lugar de la solución, y las preguntas socráticas de los estudiantes le deberían aportar a él tanto como las de él a ellos. Pero él está menos dispuesto a escucharles, los subestima bajo una apariencia de diálogo—como bien captan los estudiantes— y se encastilla a veces abiertamente, a veces subrepticiamente, en su papel privilegiado. Eso la película lo deja claro. También sugiere que parte del conflicto con los estudiantes puede deberse a tensiones de naturaleza homosexual. El profesor, al parecer, es homosexual, aunque lo niega cuando le preguntan sus alumnos— y tengamos en cuenta que estamos tratando aquí con mucho estudiante musulmán procedentes de culturas muy machistas y homófobas. Quizá no sea casual que el conflicto estalle entre el profesor dentro de su armario y el alumno que se atreve a preguntarle sobre su orientación sexual—pero si hay aquí mala conciencia o resentimiento, es algo que la película trata tan solapadamente como el profesor. Como digo, hay circuitos inesperados en esta película entre la ficción y la realidad, y se prestan mucho a interpretaciones diversas.
En suma, una película sobre la educación atípica, polémica, a la vez realista e irritante, crítica e insuficiente, documental y tendenciosa; excelentemente realizada y con personajes y e interpretaciones complejos y bien llevados, partiendo de un planteamiento básico que sugiere interesantes cuestiones sobre la utilidad o no de la educación reglada, y sobre los límites de la realidad y la ficción. Siempre hay un drama de poder entre líneas, aparte de la cuestión que se esté tratando de modo explícito, en el aula o en el cine.
Entre les murs. Dir. Laurent Cantet, based on the novel by François Bégaudeau. Cast: François Bégaudeau, Nassim Amrabt, Laura Baquela, Cherif Bounaïdja. (Palme d'Or at Cannes 2008). English title: The Class. Spanish title: La clase.
Película que, dicen, está basada en un cuento de Scott Fitzgerald, aunque esa base es muy escasa, y el tono y la intención cambian por completo. Igual podía estar basada en Time’s Arrow de Martin Amis, con la misma justicia—hay todo un género de narraciones de tiempo invertido de las que ya hablé aquí—"Backwards". Aquí hay una buena reseña de James Berardinelli.Para quien opine que la película no funciona, mejor estará la reseña de Roger Ebert, o la del San Francisco Chronicle, muy certera con sus puntos débiles si nos ponemos en plan duro. Pero no queremos: como decía Aristóteles, no hay que pedirle a la tragedia todos los tipos de placer sino sólo el que le es más propio, y desde luego esta película sí que tiene muchos valores propios para recomendarla.
Siendo una película de ambientación histórica y que requiere mucha habilidad en trucaje, hay que decir que destaca por su manera de llevarlo adelante, con recreaciones de ambientes y personajes acertadísimas desde el punto de vista técnico (irreprochable desde el maquillaje al CGA) y estilístico—con imitaciones de cine antiguo muy bien tratadas, que son un gusto de ver y le dan un toque elaborado y sofisticado a la película, a la vez irónico y melancólico, y todo con gran soltura. El detalle está mimado, algo que no agradecen bastante esos críticos crueles.
Es una película muy rica en escenas y situaciones, y su planteamiento básico da para pensar, o para dejar que las emociones se asocien en muy diversas direcciones, según quién la esté viendo. En parte esto sucede por la imposibilidad del planteamiento, claro, que nos lleva a buscar posibles sentidos a una historia en la que el tiempo se mueve hacia atrás, y sin embargo y como no podía ser menos, también hacia adelante. Las reacciones de los espectadores a este kit de posibilidades parecen ser muy diversas, desde la repugnancia y las denuncias de falsedad y tongo, hasta las declaraciones de que es una experiencia conmovedora y misteriosamente inexplicable.
Parte de las quejas se deben a que Benjamin Button "no hace nada especial", que lleva una vida normal. No, nada, sólo se recorre el mundo en moto, y hunde un submarino alemán que acababa de torpedear a un transporte de tropas americano. Bueno, hay que decir que el recorrido del mundo suena mucho a postal panorámica de la vida de un tío ideal (ya Brad Pitt en sus buenos años por entonces), y que el hundimiento del submarino se debe más bien al patrono del remolcador en que trabaja Benjamin, un marinero artista de los tatuajes que aborrecía su remolcador y así se lo lleva al fondo. Pero a lo que voy es que no hace falta que Benjamin haga nada especial: la película se basa en los encuentros periódicos con Daisy (Cate Blanchett) de niña a anciana, y en la dinámica de esa relación imposible.
Otros temas interesantes son el asunto interracial, pues el monstruoso bebé Benjamin es adoptado por una familia negra, y allí se cría, en la residencia de ancianos donde trabajaba su madre. "Al principio", dice, "no sabía que era un niño, creía que era como todos los demás", como los alzheimer inválidos que iban muriendo día sí día no. Pero va mejorando de salud y cogiendo fuerza, y de "septuagenario" conoce a su padre, propietario de una fábrica de botones, que lo había abandonado horrorizado tras intentar tirarlo a un canal. Está arrepentido, pero no le dice que es su padre (y le pasa el negocio) hasta más tarde, con lo cual Benjamin es Button sólo la segunda mitad de su vida. Hay una buena escena en la que aprende a andar, saliendo de la silla de ruedas a instancias de un predicador baptista milagrero, entre cantos de espirituales y alabanzas a Dios—con la ironía de que en el mismo momento cae fulminado el predicador por un síncope. Es una escena más de las muchas que hay en ambientes de época, todas ambientadas con talento, de tal modo que la película se queda en la mente de algunos como una colección episódica de escenas, que también lo es. Decía Aristóteles que el argumento episódico es malo pues le falta unidad: no basta la unidad de protagonista sino que hace falta unidad de acción—y para eso está la relación con Daisy. Que es seguramente insuficiente de por sí, pero que queda compensada por la dinámica propia que tiene el rejuvenecimiento gradual de Benjamin, toda una historia que se mueve hacia atrás, contra la corriente de la gente que conoce, hasta que vemos a Brad Pitt juvenil como cuando empezó su carrera, y luego a un niño y luego a un bebé de los que nos dicen que son Benjamin, aunque ellos ya no lo saben, pues tienen Alzheimer.
Es una de las cosas que da la película, un cambio de perspectiva sobre la dependencia de la infancia y de la senilidad, hasta las conmovedoras escenas, breves y bien llevadas, de Daisy anciana paseando al pequeño Benjamin, que se está olvidando de cómo hablar y de cómo andar, hasta que muere como el bebé perfecto que nunca fue al nacer. Bueno, perfecto no: tiene una pequeña vieja cicatriz de Brad Pitt, bajo el ojo, última alusión al cuerpo estelar, y sus ojitos por supuesto.
Puede subestimarse, en el logro precario de la película, el acierto de las elecciones que se toman para sacar la historia adelante, precisamente no eligiendo mucho entre dos posibilidades que serían las Escila y Caribdis de esta historia: se evitan las inconsecuencias de mostrarnos a un anciano con mente infantil, y luego de mostrarnos un chaval que sea una persona hecha y modelada por la vida. Porque evidentemente en nuestro caso el cuerpo y el alma envejecen a la vez—pero aquí se esquivan los aspectos más grotescos del cuento de Fitzgerald, gracias a un uso hábil de un problema hoy muy visible como es el Alzheimer. Al principio Benjamin es un anciano extremo, pero también es como un niño. Y aprende pronto, pero está aislado de los demás niños—su relación con Daisy es como la complicidad con un abuelete que ya pasa de todo. Luego, es un chaval (anciano) que tiene su centro del mundo y su seguridad en la residencia, nunca tratando con otros niños, aunque juegue a los soldaditos o lea Ivanhoe. Y su entrada gradual en el mundo laboral es gradual, como una jubilación al revés. Todo esto está muy bien llevado, como también su maduración al revés... viéndolo en sentido contrario, Benjamin crece como un bebé y un niño en un asilo, y se va haciendo mayor mientras todos rejuvenecen a su alrededor: es criado por Daisy, que le parece extremadamente anciana, y volverá tras años de separación para encontrar que es una señora mayor con la que puede tener una aventura erótica, pero es sólo en la madurez cuando la diferencia de edad no importa... y tras los años mozos de él recorriendo el mundo en plan turista sin raíces, se establece, y funda una familia, y se separa... y lleva una vida de negociante, y acaba jubilado y decrépito en una residencia, adoptado por una familia negra, y jugando con Daisy como quien juega con su nieta.
Dos frases se repiten en la película, dos actitudes hacia el tiempo: una, que la vida está hecha de momentos (los famosos episodios) y es cierto, la película está también hecha de ellos, pero también queda claro que tienen (tanto la vida como la película) una estructura narrativa—y es la peculiaridad de la de Benjamin la que desfamiliariza la estructura narrativa de las demás vidas. Todos vivimos en momentos flotantes, fuera de la dirección de nuestras vidas, pero también somos conscientes del río en el que estamos. La segunda frase es que "nadie sabe lo que le espera"—the future is not ours to see, una cosa sí que sabemos, que moriremos, pero ni siquiera sabemos si lo sabremos entonces—por no hablar del cuándo y el cómo. Mientras tanto, enjoy the ride—aunque no sea perfecta, nobody’s perfect. Y es el caso de muchos, no tan curioso en realidad, ese de "no soy tan viejo como parezco".
La película tiene una especie de prólogo, la historia de un relojero ciego (the blind watchmaker, quizá) que hace un reloj que funciona al revés. Ha perdido a su hijo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y hace el reloj que marcha hacia atrás como un homenaje y un deseo de volver el tiempo atrás y sacar de sus tumbas a los que no debieron morir entonces ("Por eso he hecho que mi reloj funcione hacia atrás. Ruego me disculpen si a alguien he ofendido"). La noche de la victoria nace Benjamin Button, y su vida durará lo que dure ese reloj, inaugurado ante Teddy Roosevelt, que se descubre ante el relojero... Cuando lo descuelgan de la estación de Nueva Orleans a finales del siglo XX, muere Benjamin; pero el reloj queda aparcado en un sótano, que se inunda durante el huracán Katrina. Es entonces cuando está agonizando Daisy en un hospital, y cuenta a su hija, hija de Benjamin, la historia del que fue su verdadero padre. Este aspecto de la relación con la hija es un tanto forzado, pues el personaje de ésta no queda desarrollado de modo significativo. El sótano se inunda con el Katrina y la película termina con el reloj que se va cubriendo de agua y se pone a funcionar de nuevo. Por una parte, todo esto subraya la dimensión que tiene Benjamin Button de "crónica americana", pasando por experiencias comunes a diversas generaciones de americanos. Esta dimensión colectiva resuena más en América que aquí, supongo. También el reloj que arranca de nuevo, como los colibríes, es un símbolo de trascendencia, esta vez quizá la trascendencia de las vidas que se cuentan. Porque por otra parte, la imagen del reloj que va hacia atrás es, por naturaleza, un icono metafílmico. Toda película es como Benjamin Button en cierto sentido, moviéndose en cuenta atrás hasta un nacimiento que también es una muerte. Porque toda narración tiene su nacimiento en su final, en la perspectiva retrospectiva que la organiza, y que sienta cúal es la historia que interesa contar, y cuál es su principio—y tras pasar por ese principio, se alcanza el final a sí mismo.
También hay una escena de reflexión sobre la causalidad: Daisy es bailarina, pero es atropellada por un coche y un accidente acaba con su vida de estrella disipada—y la reúne con Benjamin. Y la película muestra la conjunción de circunstancias contingentes que llevaron a ese accidente, a la vez evitable e inevitable. Todo está atado en la vida, como en una película, aunque sólo retroactivamente veremos, y siempre oscuramente, cuál es el argumento en el que nos hemos visto inmersos. Una película con una significativa dimensión retroactiva, como es ésta de Benjamin Button, nos hace pensar en la narratividad inherente a la vida. Nuestras vidas son relatos, que van a dar a la muerte, que es el principio del relato de lo que (ahora ya se ve, por fin) fue nuestra vida.
The Curious Case of Benjamin Button. Dir. David Fincher. Written by Eric Roth, based on a short story by F. Scott Fitzgerald. Cast: Benjamin Button: Brad Pitt; Daisy: Cate Blanchett; Caroline: Julia Ormond; Elizabeth Abbott: Tilda Swinton; Monsieur Devereux: Elias Koteas; Queenie: Taraji P. Henson; Thomas Button Jason Flemyng. Paramount Pictures, 2008.
He estado en una conferencia sobre "estructura y significado del género de la comedia romántica" a cargo de Ledger Grindon, de Middlebury College (Vermont), invitado por nuestros cinéfilos (de ese postgrado de nuestro departamento al que sólo los Subvencionados acceden).
Es la comedia romántica un género al que soy bastante aficionado, y la conferencia me ha hecho recordar algunas de las muchas que he visto, y me he puesto ganas de ver otras. Le ha dado un repaso muy sistemático y bien organizado a las convenciones fundamentales del género de la comedia, partiendo de la estructura central que podríamos llamar arquetípica del género: chico conoce chica, superan obstáculos, y terminan emparejados en final feliz. Sobre esto ha descrito las muchas variaciones posibles que han ido explorando los cineastas, ya que la novedad y sorpresa, y el reflejo de condiciones contemporáneas del cortejo y el emparejamiento son cuestiones esenciales en la comedia, tan esenciales como la centralidad de los esquemas cómicos básicos y de los ingredientes deseables como optimismo, humor, ironía, mascaradas, sorpresas y finales felices.
Varía por ejemplo la naturaleza del tipo de relación que se establece—desde el matrimonio tradicional y quizá central, a formas de emparejamiento más relacionadas con lo que Giddens llama "confluent love", la pareja mientras dura podríamos decir. Ya le dicen a Woody Allen en Manhattan que igual no estamos pensados para una relación permanente sino para una serie de relaciones sucesivas; es la modernidad la que lo reconoce o (es más) lo vive como una vocación. También aparecen las relaciones homosexuales como una variante alternativa de la comedia romántica—y esto me recuerda que más allá de experimentos gaylésbicos muy concienciados como Go Fish, o de dramas románticos gay que poco tienen de comedia, como Brokeback Mountain, hace poco ví una comedia romántica "mainstream" bastante aceptable, Love and Other Disasters, que combinaba las aventuras de la chica (Brittany Murphy) buscando un hombre sensible que no fuera gay, con las aventuras de su compañero de piso, gay sensible buscando otro gay sensible. También veremos más de éstas, previsiblemente—y ya hace años hicieron una española en esta línea, Allegro ma non troppo. Otras variantes del argumento romántico aparecen cada vez con más frecuencia—el triángulo final, el final indeciso o con separación... Aquí me acordaba de In Good Company; todas estas las recomiendo.
Por cierto, hablando del trabajo, señala Grindon la importancia del doble argumento laboral/sentimental en muchas comedias, con los personajes teniendo que elegir muchas veces entre el amor y la dedicación a su carrera en busca del éxito profesional. De hecho hay todo un subgénero diría yo que es la comedia laboral, sobre actitudes en el trabajo, relaciones con los jefes y sus demandas, con los compañeros y sus puñaladas, etc.—por ejemplo, The Devil Wears Prada— y allí el argumento romántico puede ser tan secundario de hecho como en una de intriga o de espías. Working Girl es, supongo, una feliz conjunción de estos subgéneros. Muchas veces, el amor se descubre a la vez que se abandona una ética laboral, y vital, errónea (como en A Good Year). Tiene actualizaciones interesantes, esta línea de obstáculos, a medida que las mujeres se incorporan a nuevos puestos laborales y surgen nuevos conflictos muy de cada época y lugar.
Aparte del trabajo, la familia es una fuente tradicional de obstáculos: según Grindon, la historia tradicional es aquí el desafío a la autoridad paterna que elige pareja para el chico o la chica; el relevo generacional de la comedia conlleva el elegir uno mismo su propia pareja fuera del círculo de intereses controlado por la familia. Grindon veía aquí una especie de variante arquetípica del tabú del incesto—buscar pareja fuera del círculo familiar. Aunque supongo que también se puede invertir la cuestión y bien habrá un puñado de películas donde se busque la pareja demasiado cerca, aunque no pienso en El Graduado precisamente, claro, que allí se trata precisamente de huir de Mrs. Robinson. Sí sería el caso de Moonstruck. La búsqueda de pareja "lejana" se puede llevar hasta romper las barreras de la comunidad étnica (Mi gran boda griega), la nacionalidad (French Kiss, o A Good Year), los tabúes familiares (Moonstruck), la corrección política y el ojo público (Love, Actually) o la raza (la famosa de Sidney Poitier, Adivina quién viene a cenar)—aunque también hay "tragicomedias románticas" como Jungle Fever donde se muestra la fuerza del círculo social para imponer conformidad. A veces se elige la inautenticidad y la seguridad frente a las incertidumbres del erotismo (al) descubierto, como sucede en Vicky Cristina Barcelona. O, quizá, la historia que se frustra en una línea argumental fructifica a través de los alter ego de esos personajes, en otra línea argumental, como sucede en Possession.
La familia también puede tener taras especiales como en Meet the Fockers, o arrastrar el peso del pasado, como en La boda de Rachel—donde la comedia romántica está (acertadamente) apenas insinuada. Es una tendencia reciente, observa Ledger, que muchas veces el obstáculo social para la pareja lo marcan ahora el círculo de amistades más bien que la familia—se encuentra una pareja que "no pega" con Los amigos del novio, o con las amigas de la novia, y eso lleva a una crisis que admite distintas soluciones—como sucede con la separación de la pareja por cuestiones de edad en Prime (Secretos compartidos)—o quizá a un final en bonita amistad, o (más comúnmente) al tradicional emparejamiento del chico y la chica, dejando atrás el pasado, y que revienten los amigos y los ex. (Entre estos ex merece destacarse, para Ledger, la figura de la pareja inadecuada, que amenaza con llevar al(a) protagonista por los senderos ya trillados o atarla a falsos ídolos de respetabilidad y fortuna e hipocresía).
Así pues, más importante que lo del alejamiento del círculo familiar o social me parece la búsqueda de la autenticidad y la autorrealización, allá donde se hallen. Como sucede en muchas novelas (y no son las menores las de Jane Austen, ese paradigma de la comedia romántica en prosa), el protagonista ha de encontrar la pareja a la vez que se encuentra a sí mismo/a, recorriendo el camino que le pide el cuerpo, o el alma, más allá de las tentaciones de la comodidad, el acierto social, o el éxito profesional. Están llenas las comedias de esos momentos cruciales donde todo un curso vital parece depender de una elección crucial entre lo auténtico y lo inauténtico, de un momento vivido muchas veces a la carrera, como en El Graduado.
Señalaba Grindon que aparte del conflicto externo con el obstáculo social se halla el conflicto interno que debe librarse en la mente del protagonista o de los protagonistas (él y ella, aunque a veces haya más énfasis en uno o en otra, es otra variable). El enamoramiento lleva a, o procede de, una tensión interna, un conflicto sin resover, y la crisis social del personaje se corresponde con una crisis de personalidad que le lleva en direcciones inexploradas hasta entonces. También enlaza con eso el uso de la mascarada, ya magistralmente llevado en Shakespeare: la vida social es un juego de máscaras, y en el teatro o en el cine eso se subraya a veces mediante el disfraz, la superposición de identidades (Twelfth Night es el ejemplo arquetípico de comedia de disfraz, como La fierecilla domada o Much Ado About Nothing proporcionan el modelo de combate de los sexos que termina en emparejamiento). La cuestión es que el cortejo, conllevando como conlleva la exhibición y confesión del deseo, se presta mucho a la creación de situaciones de vulnerabilidad que pueden ser a la vez conmovedoras y risibles, según el punto de vista adoptado. Los enamorados adoptan papeles, aun cuando no se disfracen, para aparecer más deseables de lo que son, y muchas veces esas máscaras son sólo obstáculos que entorpecen la relación.
Otra tendencia reciente me parece a mí la introducción de elementos fantásticos como expresión de la distancia inicial de la pareja, elementos que suponen un obstáculo aparentemente incongruente, insuperable, o irritante. Así sucede si la chica es un Macintosh y él es un PC, como en Wall.E. O si ella es un fantasma intangible como en Ójala fuera cierto (Just like Heaven), si el chico viene del siglo XIX por una ventana temporal como en Kate& Leopold. O si están en años distintos y no hay manera de encontrarse acertadamente, como en The Lake House. Reese Witherspoon es la nueva Meg Ryan; en cuanto a Meg Ryan, añadió un toque de serial killing a sus argumentos de comedia romántica enIn the Cut; varias películas de acción combinan de este modo el riesgo del enamoramiento y el riesgo del enfrentamiento a un desconocido peligroso que puede ser o puede no ser la persona amada (Twisted / Giro inesperado).
El género se disuelve y se combina bien, como digo. Podríamos decir que incluso desafía la ley de que si no acaba bien, no es comedia, siempre que el camino contenga amor, descolocamiento e ilusión, como Nicolas Cage en Leaving las Vegas... ¿Y por qué nos gustan las comedias románticas? Bueno, en parte porque todos hemos pasado por estas cuestiones, y es un placer revivirlas por persona interpuesta, y verlas desde la butaca, en terreno seguro, suave mari magno— porque las comedias son muy divertidas en la pantalla, pero en primera persona, love hurts.
Película histórica con Tom Cruise en el papel del oficial alemán Claus von Stauffenberg que, parche al ojo, prepara un atentado con bomba contra Hitler—un atentado fallido al salir Hitler prácticamente ileso de la explosión. Stauffenberg y sus aliados pretendían utilizar para hacerse con el poder un plan de emergencia por el cual el ejército tomaría el mando—la operación Valkiria—utilizarían así los instrumentos del régimen contra sí mismo, y pactarían luego una paz con los aliados. Fueron todos fusilados (o ahorcados lentamente), pero hay quien dice que salvaron el honor de Alemania... Aunque eso es discutible, visto que para muchos alemanes son culpables de alta traición durante la segunda mitad del siglo XX. Que manda huevos, Alemania. Tardaron años en reconocerle la pensión a la viuda de Stauffenberg, en la nueva Alemania tras la guerra, y muchos opositores al régimen nazi fueron ignorados o despreciados toda su vida.
Películas sobre este tema había ya varias. Ya hice una reseña de lo que podríamos llamar la predecesora inmediata, la película original alemana de este remake, Stauffenberg u Operación Walkiria, o sea que procuraré evitar repetirme. En muchos puntos sigue a la historia, y a la película anterior con Sebastian Koch muy de cerca. En otros hay interesantes divergencias.
La de Hollywood es más estilo Hollywood, mientras que la europea era (creo que no sorprenderá a nadie) más tipo cine europeo. Siendo de Tom Cruise, es esperable que la crítica le zurre al remake sin piedad, como hacen en Salon o en Village Voice (dice Robert Wilonsky de Valkyrie que la película, "Like the operation itself, it’s a good idea—just not well-executed"). Como película de intriga y acción, el ritmo de la de Cruise es más trepidante, y está muy bien llevada la creación de suspense (teniendo en cuenta que sabemos no sólo cómo acaba, sino cómo se desarrolla punto por punto, es una obra de arte lograr esto). Y la actuación de Cruise está muy medida, para nada tan chulonazi como esperaba yo—los fallos de exceso de arrojo suicida vienen del guión, como cuando le anuncia a un subordinado al que acaba de conocer que "voy a cometer alta traición, y espero que te apuntes". En general, bastante mejor que eso va la cosa.
Peor está la película hollywoodiense cuando decide heroificar a su héroe un poquito más todavía que la alemana, alejar posibles antipatías para fomentar la identificación. Así, no vemos que Stauffenberg fuese un imperialista militarista antidemócrata, lo que podría alienarnos al personaje; sólo se insinúa esto con los motivos aducidos para sus acciones, más de honor patriótico y militar que de naturaleza humanista o humanitaria. También hace más romántico su personaje la película a la hora del trato con su familia: mientras que en la película alemana su esposa le reprochaba a Stauffenberg su actitud, como una traición a su familia (al ponerse a él y a ellos en peligro de muerte y deshonra pública), aquí la esposa de Stauffenberg es toda comprensión y abnegación, una mujer que no entra en política pero que no cuestiona las opciones de su marido. Puede que de todo hubiese un poco... aunque estas cosas de familia no salen a la luz con claridad, y se prestan a interpretaciones. Otra cuestión es que si bien a muchos conspiradores les repugnaban los crímenes nazis, y eran un motivo de su rebelión, otros estaban más preocupados por el honor de Alemania, y era intención de los conspiradores pactar con los aliados que nos se juzgase a ningún alemán por crímenes de guerra—cosa que aquí no se menciona. Estos dos detalles cuestionables del enfoque dado al personaje de Stauffenberg muestran que la película alemana es en general más compleja y realista en sus actitudes y en el retrato que da del personaje y su ambiente—la de Synger más de buenos y malos, la alemana más comprometida con la complejidad del asunto, que les toca de cerca.
Pero no desmerece la película de Singer en el aspecto caracteriológico, gracias a muchas excelentes actuaciones, por mucho que ladre la crítica. Está muy bien Tom Cruise, y también está muy bien su maquillador y amputador por cierto, según esperábamos. Está genial Bill Nighy dándole un toque temblón e indeciso a Olbricht, y Terence Stamp como un intenso y serenamente desesperado Beck, ambos dos jefes del complot; y también clava el papel Goebbels, digo, Harvey Friedman—es que deberían arrestar a este actor y juzgarlo por los crímenes de Goebbels. Muy bien muy bien Tom Wilkinson y su papel, el del ambiguo y vilmente oportunista general Fromm, que ni se sabe si está a favor o en contra, según convenga—más de estos debería haber en la película, porque sin duda los hubo en la realidad: a patadas. Es la clave de la supervivencia en estas situaciones terroríficas, donde hay que tomar postura en una elección de vida o muerte. Que nos veamos libres de ellas.
Termina torpemente la película con unos títulos de crédito explicativos de cómo hubo 700 detenidos y 200 ejecuciones tras el fallo del plan Valkiria. Podrían mejor habernos mostrado alguna escena de la Alemania de postguerra despreciando el gesto de Stauffenberg y sus compañeros, y manteniendo contra ellos la acusación de alta traición.
Alta traición a la canalla, claro—que la hay bajo Hitler y también la hay sin Hitler.
Es una película de Santa Claus, o dos. Como en Polar Express, se plantean estas películas en términos sentimentales la necesidad de mantener la ilusión en la vida, encarnada aquí (en las tres) en la cuestión de si existe o no Santa Claus. La negacionista de Santa Claus, la madre que le quita la ilusión a su niña, al final recibe una educación sentimental, y entra en el matrimonio y acepta la fe en la vida, abandonando su soltería resentida. Bueno, suponemos que se casa con el buen abogado, aunque en las películas no consta fehacientemente el matrimonio—en la segunda sí que han pasado la noche juntos haciendo un niño, un hermanito que quería la pequeña de regalo de navidad. Ni una ni otra dejan explícita la cuestión de si el buen anciano de barba blanca, Kris(s) Kringle, que trabaja de Santa Claus en unos grandes almacenes, es o no es realmente Santa Claus (es decir, si está chiflado o no). La lección, claro, es que no importa, mientras se mantenga la ilusión.
Como dice Roger Ebert, el remake llega a un mundo más desengañado, aunque intenta mantener el espíritu navideño just the same. Se nota el mayor desengaño en que, como sucede en Polar Express, hay un paso adelante en la autoconsciencia de lo que se está proponiendo. En la película de 1994 de Miracle on 34th Street hay un cambio significativo en la escena del jucio en el que se intenta determinar si Kringle está loco o no. Ahora se establece un paralelismo explícito entre dos buenos ancianos de barba blanca: Santa Claus, y Dios. El descreimiento de la madre tiene ahora tintes más claros (si bien nunca explícitos) de ateísmo militante—y el final de la película es por tanto el "triunfo" de la fe sobre el descreimiento, y todos salen diciendo que "creen" por apoyar al Santa Claus convertido ahora en una causa mediática popular. En este remake, el buen abogado (de quien sospecho que creer en Santa Claus no cree pero se lo va a callar) apela explícitamente al lema de los Estados Unidos, "In God we Trust", el de los billetes, para establecer la analogía de que a veces es necesario creer sin pruebas—que hasta el Estado de derecho lo hace, de modo oficial.
Pequeño problema. La película desconstruye, queriendo o sin querer, la misma fe e ilusión que supuestamente pretende potenciar. Igualando a Dios y a Santa Claus (en cuanto a su posición en la economía moral del ser humano) se coloca en una posición ambigua: viene a decir que al igual que es bueno que los niños crean en Santa Claus—o los Reyes Magos—que para el mundo adulto es una ficción colectivamente mantenida, de igual manera es moral y políticamente conveniente mantener la ficción de la existencia de Dios, que como todo el mundo sabe... bueno, ¿qué es lo que sabe todo el mundo, realmente? La película es una inteligente y conservadora película sobre la fe religiosa diseñada por no creyentes—por no creyentes que consideran oportuno exponer de este modo el problema de la no creencia, y que (como Maquiavelos benevolentes) se sitúan en una metaposición más allá de los adultos, diciéndonos que hay verdades que quizá no convenga que el pueblo no conozca—incluyéndose ellos en el pueblo—y que Dios, la religión (y hasta quizá el Estado de Derecho y el valor del dinero y el sistema financiero) son ficciones útiles para engrasar la vida social. Que la manera más inteligente de encarar estos asuntos es con una especie de doublethink autoirónico. Y que mejor no plantear la cuestión de si es obligatorio que el Presidente de los Estados Unidos cree o ha de creer en Dios. Que crea en Dios por defecto o de puertas afuera, como todo buen ciudadano, y a correr.
Quizá sería más adecuado para mantener la fe que estas películas navideñas las hiciesen auténticos creyentes.
Suponiendo que los haya— ¿Porque existirán, digo yo? Sí hay muchos que se indignan por lo del "autobús ateo" de Dawkins y demás, aunque podría ser una indignación de conveniencia. ¿Acaso ya todo el mundo (menos quizá los creyentes del Islam) cree en Dios como se cree en Santa Claus, y mejor sin examinar mucho la cuestión? ¿Acaso por lo que antes entendíamos por fe y creencia religiosa ahora hay que entender en ningún caso creencia como tal en sentido literal, sino "una ficción pública colectivamente mantenida"? Eso haría pensar esta película, entre tanto hou-hou-hou. Y Dawkins aún intentando subrayar las evidencias que la gente bien conoce, qué aguafiestas tan ingenuo...
... y yo sin enterarme de cuándo le hizo clic la cabeza al público en esta cuestión.
Miracle on 34th Street. Dir. Les Mayfield. Written by John Seaton and John Hughes, based on George Seaton’s screenplay for the 1947 film and a story by Valentine Davies. Cast: Richard Attenborough, Elizabeth Perkins, Dylan McDermott, J. T. Walsh, James Remar, Mara Wilson, Robert Prosky. Music by Burce Broughton. Ed. Raja Gosnell. Prod. des. Doug Kraner. Photog. Julio Macat. Exec. prod. Wiliam Ryan, William S. Beasley. Prod. John Hughes. USA: Twentieth Century Fox, 1994. Spanish DVD: Milagro en la ciudad. Twentieth Century Fox Home Entertainment España, 2001.
The Lake House es una película sobre una pareja de enamorados, Kate (Sandra Bullock) y Alex (Keanu Reeves) que se buscan pero que no parecen acertar con los tiempos, como si estuviesen a años de distancia. Cuando él sabe que "ella es su destino", ella está en otra cosa, tiene otra pareja, y él también—y aunque algo les dice que allí no son ellos mismos, tardan en darse cuenta de eso al ritmo de Carole King ("it's too late ... something has died")... Han leído el mismo libro, Persuasion, de Jane Austen, que les dice que hay que esperar, que a veces no es el momento. Cuando se conocen en una fiesta, se gustan y quedan mal con los novios respectivos—y aunque no volverán a verse en años, hay una bonita escena de seducción al son de "This never happened before" de Paul McCartney, —"Nobody wants to hear me sing—but I can dance", le dice ella a Alex, cuando se escapan los dos de una espantosa fiesta de cumpleaños organizada por su novio—saca a Alex a bailar en el jardín, y acaban dándose un beso fuera de tiempo ni sabe ella cómo. Luego, con el tiempo, romperá ella con su novio plasta, y volverá con el mismo novio plasta años después, y volverá a romper... Vivirá sola en la casa del lago donde antes (o después) vivió Alex, su enamorado a destiempo. El argumento secundario es la relación de Alex con su padre (Plummer), un egocéntrico arquitecto que fue quien construyó la casa del lago, y con quien se reconcilia poco antes de la muerte de él, tras una larga historia de resentimiento. En la autobiografía de su padre, Life Works, sale él con Alex niño mirando la casa del lago donde iban a vivir, otra historia que iba a salir y no salió bien, y se mira desde el futuro con extrañeza y nostalgia, sobre todo atrapada en su momento en la foto; las fotos no saben nada del futuro, están en cierto modo a salvo. Es una tragicomedia romántica divertida y conmovedora, que utiliza sus convenciones fantásticas con habilidad y sutileza. A Roger Ebert le gustó, y a mí también. Hay paradojas temporales—no está claro si él muere en un accidente, antes de que vuelvan a encontrarse; quizá muere y no muere, porque quizá esa casa del lago está en un lugar de ninguna parte, flotante entre el cielo y la tierra, posiblemente en el más allá imaginario donde viviremos todas las vidas no vividas, o quizá en el cine, donde también se reconcilian el deseo y la realidad, el tiempo vivido y el soñado, los amores que fueron y los que no fueron más que en alguna vida alternativa.
The Lake House. Dir. Alejandro Agresti. Written by David Auburn, based on the motion picture Il mare (Siworae). Cast: Keanu Reeves, Sandra Bullock, Dylan Walsh, Shohreh Aghdashlod, Christopher Plummer. Music by Rachel Portman. Co-prod. Sonny Mallhi. Ed. Lynzee Klingman, Alejandro Brodersohn. Prod. des. Nathan Crowley. Photog. Alar Kivilo. Exec. prod. Mary McLaglen, Erwin Stoff, Dana Goldberg, Bruce Berman. Prod. Doug Davison and Roy Lee. Village Roadshow Films / Vertigo Entertainment / Warner Bros, 2006.
Aquí hay 141 reseñas de The Pledge. ¿A qué escribir una más? Voy a traducir la primera, la de Roger Ebert, con comentarios y añadidos en cursiva. Qué crítico tan equilibrado: en la IMDB siempre es el número uno, y normalmente estoy bastante de acuerdo con el núcleo de sus reseñas y valoraciones, aunque llegan hasta donde llegan.
The Pledge, de Sean Penn, empieza como una historia policiaca y desciende en espiral hacia la locura. Le da a Jack Nicholson uno de sus mejores papeles de los últimos años, como policía retirado que hace una promesa e intenta cumplirla. Como la anterior película que hicieron juntos como director y actor, The Crossing Guard (1995), no es una simple historia de venganza sino que muestra cómo el deseo de justicia pierde el control y se vuelve peligroso. La historia tiene los elementos de un thriller criminal (polis, sospechosos, víctimas, pistas) pero en última instancia es un estudio de carácter, y en el detective Jerry Black, Nicholson crea un carácter al que seguimos hacia la oscuridad de sus compulsiones.
(También tiene algo de thriller filosófico, sobre los límites de las interpretaciones y del conocimiento).
Al abrirse la película, Jerry se está jubilando como policía (buen policía) en Reno, Nevada. Pertenece a una generación anterior, como se ve por la manera en que va buscando ceniceros en las oficinas de colegas que no fuman. Llega la noticia de que se ha encontrado el cuerpo mutilado de una niña. Jerry atiende a la llamada (quiere trabajar su último día hasta el final), y acaba viéndose llevando la trágica noticia a los padres de la niña.
Esta escena, que Penn sitúa en la granja de pavos que lleva la pareja, es extraordinaria en su ambientación (Nicholson abriéndose camino entre miles de pollos de pavo) y en su impacto (sosteniendo un crucifijo hecho por Ginny, la asesinada, jura "por la salvación de su alma" que encontrará al asesino). Esta es la promesa solemne del título de la película, y acaba por obsesionarle.
(La madre de Ginny es obviamente cristiana ferviente, bueno, es ella la que sostiene el crucifijo. No sabemos nada de las creencias de Jerry, cosa que quizá haga más eficaz soterradamente el asunto de la promesa, que no se vuelve a recordar más que una vez a lo largo de la película, pero no se olvida. Ese compromiso con una promesa hecha por los muertos le llevará a perder el contacto con los vivos).
Al principio parece que se ha encontrado al asesino. Benicio del Toro interpreta a un indio, claramente subnormal, al que se vio salir corriendo del lugar del asesinato. Hay pistas que parecen relacionar su camioneta con el crimen. Un acerado detective (Aaron Eckhart) le extrae una confesión, mientras Jerry contempla molesto desde detrás del espejo transparente y dice que el indio "no entiende la pregunta". Entonces el indio agarra una pistola y se pega un tiro. Culpable, y muerto. Caso cerrado.
Jerry no lo cree. Sus años como poli le dicen que hay algo que no va bien. Ya jubilado, continúa investigando el caso, y averigua que la muerta, Ginny, había hecho amistad con un "gigante" al que llamaba "el brujo". Quién era este hombre? ¿Era el asesino?
(Sí, al parecer el asesino era el dependiente de una tienda de chucherías cerca de la casa de la abuela de Ginny, donde iba a estudiar piano. Esta abuela es Vanessa Redgrave, una de los grandes nombres que hacen cameos y no más en esta película. Bien, el poli Jerry nunca llega a saber quién era el asesino, aunque pasó por la tienda de chuches y habló con su hermana / esposa—es un hilo que no llega a seguir Jerry. El asesino no es ninguno de los personajes principales y sospechosos principales que pululan por la película; de hecho es lógico con la solución de ésta que no sea uno de los 'habituales', sino un personaje que nunca se nos muestra... más que a su cadáver ardiendo al final, tras un accidente de coche).
Hasta este momento, The Pledge sigue el procedimiento policíaco, bien hecho pero bastante corriente. Ahora, Penn, trabajando sobre una novela de Friedrich Dürrenmatt y un guión de Jerzy Kromolowsky y Mary Olson-Kromolowsky, comienza el descenso de la película hacia la obsesión de Jerry. Hace una cosa rara. Compra una gasolinera con tienda a mitad de camino entre dos poblaciones donde cree que el Brujo podría haber cometido crímenes. Estudiando dibujos de Ginny tras su muerte, piensa que sabe qué tipo de vehículo podría haber usado el asesino. La tienda es una trampa.
Sucede algo inesperado. Conoce a una madre (Robin Wright Penn) y a su hija pequeña, y sienten una simpatía instintiva que florece, para sorpresa de él, en amor. Tras un par de divorcios, Jerry descubre al fin lo que puede ser la felicidad en el hogar. Inmediatamente nos damos cuenta de que la hija es una víctima potencial del asesino, si en efecto continúa suelto. Suponemos que Jerry también se da cuenta de esto. ¿Pero no irá a utilizar a esta preciosa niñita como cebo?
(Pues sí, y ahí el espectador empieza a dudar del criterio de Jerry, y de su compromiso excesivo con la promesa pasada... confiando, sin embargo, en que todo se resolverá adecuadamente).
Un inconveniente de la misión de Jerry es que él es la única persona que cree en ella. Sus viejos colegas de la policía piensan que se ha ido de la olla; incluso el jefe (Sam Shepard), un viejo amigo, contempla con tristeza el celo descolocado de Jerry. Su trampa de la gasolinera puede ser una apuesta demasiado arriesgada, o una inspiración, o la prueba sin más de que está perdiendo el contacto con la realidad. El último tercio de la película es donde la mayoría de las historias policíacas ponen el argumento en piloto automático, con persecuciones, acechos y enfrentamientos obligatorios. Es allí donde The Pledge atrapa más. Penn y Nicholson asumen riesgos con el material y elevan la película a un nivel inesperado e inquietante.
Sean Penn lleva años diciendo que quiere dejar la actuación para ser director. Sería una pérdida porque es uno de los mejores actores vivos (pensemos en Dead Man Walking). Lo que queda claro de las tres películas que ha dirigido (incluyendo también The Indian Runner en 1991) es que no tiene interés en hacer películas ordinarias. Le fascinan los personajes sometidos a tensión. Le aburre el desarrollo de los procesos psicológicos obvios.
El carácter de Jerry aquí no es meramente un buen poli, sino un hombre jubilado, un hombre mayor, un hombre poseído por una idea fija. Es capaz a la vez de irradiar encanto y estabilidad (una razón por la que la mujer más joven se ve atraída a él es porque ofrece calma y fuerza después del matrimonio violento de ella). Pero notamos corrientes más profundas, más oscuras, y cuestiones de las que él mismo no es plenamente consciente. Al final de The Pledge, el suspense se centra mayormente en Jerry, y la solución del crimen es un espectáculo colateral. Aquí es donde es más necesaria la habilidad de Nicholson, y donde más se aprecia: nos tiene que mostrar a un hombre que se ha embarcado en una búsqueda aterradora y solitaria hacia lugares desconocidos de su mente.
Y sin embargo el final no es muy satisfactorio. Jerry no intenta justificarse en modo alguno, de manera un tanto forzada: ni siquiera dirige una sola palabra a su pareja cuando ésta descubre que usaba a la niña como cebo. Precisamente hay poca reflexión sobre esos lugares desconocidos de su mente, y más bien se nos muestra a Jerry perdiendo sin más el contacto con la realidad, atrapado en una pista que ya no existe y que no podrá resolver. El dejarlo así, colgando en la nada, también requiere unas concesiones muy arbitrarias a la credibilidad de la historia: sus colegas habían venido en comandita a capturar al asesino en la trampa tendida por Jerry, pero al ver que no llega es cuando se van y le dice Aaron Eckart a la madre lo de la niña como cebo, provocando la ruptura. Pero es que cuando se alejan por la carretera ven el accidente en el que ha muerto el asesino, el "Brujo", que se dirigía a la cita con la niña. Y ven que en efecto el coche accidentado coincide con el modelo descrito por Ginny y Jerry. ¿Es creíble que no se paren a investigar más? Escasamente, sabiendo como sabían lo que les ha dicho Jerry sobre el coche. Como no lo es que Jerry no se entere de este accidente, obsesionado como está, y ate cabos. Este detalle debilita la película. Los humanos limitados están demasiado cerca de saber—podrían llegar a saber—y es un tanto arbitrario que en este caso no lo consigan.
The Pledge es una película sobre la verdad de las cosas que nos puede eludir por la manera en que el universo no se amolda a nuestros planes ni a nuestras interpretaciones, por el azar (el tráfico accidente) que interfiere con el argumento planificado por Jerry, o por otras películas donde el asesino no se estampa antes de ser descubierto. Tiene, pues, una dimensión metanarrativa. La verdad oficial seguirá siendo que el indio mató a Ginny; las demás muertes quedan mal explicadas, y no se hilan en una historia global de la manera en que hacía Jerry. La verdad oficial no coincide con la verdad que nos revela la película, que es una verdad "paranoica" en la mente de un desequilibrado, realmente desequilibrado al final (y al principio, pues la película se enmarca en un largo flashback entre dos escenas de Nicholson murmurando en su tienda ruinosa, ido y obsesionado). Es, pues, pesimista sobre el conocimiento, o más bien con la capacidad de gestionarlo, aunque la película no resiste la tentación de dar a conocer la verdad al espectador, dándole a éste la ilusión de poder y de satisfacción que elude a los personajes. Quizá, en última instancia, una irritación con la imposibilidad de tener certeza de la existencia de Dios, que es donde se fundaba (en la "salvación de su alma") la promesa de Jerry. La religión de la América profunda que aparece en la película tampoco parece ayudar a esa comprensión. Pero la película misma sí parece garantizar ese sentido trascendente, aunque se escape a los mortales o no lleguemos a conocerlo más que en la posición privilegiada e imposible del espectador.
Más turbadoras aún son las películas en las que la verdad final no pertenece ni siquiera al espectador, sino que queda indecidible, y no sabemos si las coherencias percibidas son meros delirios—apofenia—o interpretaciones fundadas. Se me ocurre Flores rotas de Jim Jarmusch... o mejor aún la excelente Caché, de Michael Haneke— esa película inquietantes donde no hay solución para nadie, y el mundo, y la película, se resisten a ser explicados.
The Pledge. Dir. Sean Penn. Written By Jerzy Kromolowski And Mary Olson-Kromolowski. Based On The Novel By Friedrich Durrenmatt. Cast: Jerry Black: Jack Nicholson; Lori: Robin Wright Penn; Stan Krolak: Aaron Eckhart; Eric Pollack: Sam Shepard; Jim Olstand: Mickey Rourke; Toby Jay Wadenah: Benicio Del Toro; Doctor: Helen Mirren. Music by Hans Zimmer and Klaus Badelt. Ed. Jay Cassidy. Prod. des. Bill Groom. Photog. Chris Menges. Exec. prod. Andrew Stevens. . Prod. Michael Fitzgerald, Sean Penn, Elie Samaha. Pledge Productions / Morgan Creek Productions / Franchise Pictures / Clyde Is Hungry Films / Warner Bros, 2001. DVD. Warner Home Video, 2002.* http://www.warnerbros.com/thepledge
Dylan viviendo vidas paralelas, o posibles, o prolongadas de su existencia auténtica, y de la mítica. Variaciones sobre su iconografía y sobre sus vídeos caseros. Reconstrucciones libres de la biografía interior a través de las canciones. Vemos a seis actores haciendo de Dylan: Woody, un negrito genio precoz del folk; Arthur—o sea, Rimbaud, un poeta surrealista, reinterpretador de la realidad; Jack Rollins un cantante protesta que se pierde o retira a mitad de carrera, y acaba de predicador cristiano. Este tiene su Joan Baez (Julianne Moore), con dúos en escena y entrevistas retrospectivas sobre el icono. Robbie, un actor que vive un amor con un trasunto francés de Suze Rotolo o de Sarah Dylan, con divorcio incluido (éste es Heath Ledger). Jude, el ídolo pop fumado, electrificado y empastillado, de gira por Inglaterra. Muy bien Cate Blanchett, pero un poco femenina de más. Y Billy, Billy el niño envejecido, que no murió a manos de Pat Garrett sino que se ha refugiado en un lugar perdido del oeste, volviendo la espalda a su leyenda pasada. Y múltiples detalles: imágenes como la máscara de plástico transparente, el crucifijo de Renaldo y Clara, Allen Ginsberg... frases de los telediarios, de las canciones, in propria persona o también disfrazadas; canciones de Dylan y versiones de las mismas, unas cantadas, otras materializadas; todo alternado, salteado, entre coherente y caótico, siempre inventivo, alusivo y enterado, y visualmente impactante. La película es a la vez un ejercicio de idolatría y de desconstrucción del ídolo: participa de los mitos que Dylan crea, o insinúa, o que se crean alrededor de él, y a la vez los satiriza y los amplía. Es en cierto modo una versión aumentada de este vídeo de "Most Likely You'll Go Your Way and I'll Go Mine". Es un juego complicado y muy divertido para quien entre en él: a quien no, lo dejará extrañado o desconcertado o irritado. Es intertextual a tope: a veces simplemente esboza la alusión al complejo mítico en una palabra, en una frase de través, o en un gesto insinuado ante el espejo. La iconografía de Dylan da mucho de sí, y expandida y remodelada ya invade gran parte de la realidad. Grandes momentos de I'm Not There: la interpretación de "Going to Acapulco" en un pueblo perdido del viejo Oeste, con una ambientación entre circense, surrealista y de carnaval. O las interpretaciones de Cate Blanchett ("Jude") en la gira inglesa de Dylan, escapando a los moldes y estilos preconcebidos que le quieren imponer. Y otros más discretos pero magistrales—como Jack Rollins cantando "Pressing on" en una reunión religiosa de autoayuda, convertido en una mezcla de predicador itinerante y del Dylan de Slow Train Coming. Canciones famosas, otras ignoradas, como la que da título a la película, todas memorables. Qué película, qué originalidad la de Dylan y la de Todd Haynes, qué divertido hacerla y verla. Sólo para fans de Dylan, o del cine sin complejos ni ideas preconcebidas.
Aquí Jude muere en accidente de moto. Lo cual tiene una cierta verdad poética—lo mismo que creer que somos, o pudimos ser, muchas personas distintas, y que podemos rehacernos constantemente, desprendernos de una capa más de piel, sin preocuparnos por dejar de ser nosotros—whoever that may be.
I'm Not There. Dir. Todd Haynes. Screenplay by Todd Haynes and Oren Moverman, based on a story by Todd Haynes. Cast: Christian Bale, Cate Blanchett, Marcus Carl Franklin, Richard Gere, Heath Ledger, Ben Whishaw, Charlotte Gainsbourg, David Cross, Burce Greenwood, Julianne Moore, Michelle Williams. Music superv. Randall Posster and Jim Dunbar. Ed. Jay Rabinowitz. Prod. des. Judy Becker. Photog. Edward Lachman. Coprod. Charles Publiese. Exec. prod. Hengameh Panahi, Philip Elway, Andreas Grosch, Douglas E. Hansen, Wendy Japhet. Exec. prod. Steven Soderbergh, Amy J. Kaufman. Exec. prod. John Wells. Prod. James D. Stern, John Goldwyn, Christine Vachon. Inspired by the music and many lives of Bob Dylan. USA: Weinstein Company / Endgame Entertainment / Killer Films / John Wells / John Goldwyn / MP Medienfonds / Rising Star / Grey Water Park Productions, 2007.
Es una película de Julián Schnabel muy premiada, inspirada en la historia y el libro de Jean-Dominique Bauby del mismo título. Obtuvo mucho éxito de crítica y público cuando salió en 1997, pocos días antes de la muerte de Bauby. Bueno, de la segunda muerte, debería decir, porque el libro y la película van de una especie de muerte en vida. Bauby quedó paralizado tras un derrame cerebral, inmovilizado dentro de su cuerpo aunque totalmente lúcido. Sólo conservaba el movimiento de su ojo izquierdo, y utilizó el párpado para comunicarse con las personas que lo atendían y con su familia: primero para contestar Sí (un parpadeo) o No (dos parpadeos), y enseguida para escribir las memorias de su experiencia, dictando el libro letra a letra, parpadeando para seleccionar la letra que debía escribir su ayudante, que le iba recitando las letras en el orden de su frecuencia de uso. No se nos dice qué es lo que se ha embellecido o dramatizado en la película, pero en todo caso es dura, ya desde los títulos de crédito muy llamativos, con radiografías de fondo. Comienza la película en cámara subjetiva desde el punto de vista de Bauby—una secuencia que quizá sea la más lograda usando esta técnica que se haya hecho jamás. (Mucho más apta la situación que en La dama del lago, por ejemplo). No se mantiene toda la película en este régimen, supongo que sería insoportable, pero sí abundan en la película escenas que usan esta técnica de modo eficaz e imaginativo: vemos desde dentro, por ejemplo, en escena casi insoportable, cuando le cosen los párpados a Bauby para que no se le necrose el ojo. Las primeras escenas, totalmente en "ojo cámara", captan muy bien la confusión e incomunicación del protagonista al principio de la película, y dan lugar luego de modo natural a secuencias externas, cuando ya se ha hecho en cierto modo a su situación, y su mundo está ordenado otra vez. Por otra parte, hay muchas secuencias de recuerdos y fantasías, algunas también filmadas subjetivamente pero otras más objetivas en lo que se refiere a su encuadre visual—aunque naturalmente son subjetivas en relación al mundo real de la película, el mundo externo que rodea al protagonista. Es interesante también que de las escenas en ojo cámara tampoco todas siguen las mismas convenciones visuales—en realidad hay toda una gama de transiciones entre el punto de vista estricto del ojo de Bauby y puntos de vista virtuales próximos a él: en suma, el cine siempre da una impresión de uso de la mirada de los personajes, utilizándola para orientar la del espectador, pero nunca sometiendo la cámara estrictamente a la perspectiva del personaje. Y esta película, por llamativo que sea el uso de la cámara subjetiva al principio, no es una excepción. Aunque sí es extremadamente interesante la situación ya de por sí desde un punto de vista cinematográfico, pongamos que parte con más posibilidades que una película de tema parecido como My left foot, o como Mar adentro—aunque con esta última tiene un aire de familia, y un impacto emocional comparable, si descontamos la militancia pro-eutanasia, pues aquí no hay militancias evidentes. Hay que decir que los cristianos con los que topa Bauby salen mejor parados que los de Mar Adentro: las cristianas están muy buenas, y le ayudan con su abnegación. Y si bien la Virgen de Lourdes permanece enigmática y fluorescente, podríamos decir que acaba bien la película: Bauby triunfa como autor y se muere... dos cosas que deseaba.
Está muy bien llevada la transición del presente inmediato y de la secuencia de pensamientos de Bauby, que dominan el comienzo de la película, a la representación más o menos fragmentaria de su vida en flashbacks, algunos más o menos objetivos, otros basados en secuencias de recuerdos y asociaciones de ideas del personaje. En una de esas secuencias, una excursión en su coche nuevo con su hijo, termina la película, con el colapso que sufre Bauby in mezzo del camin: se le turba la percepción y el habla, y logra detener el coche a duras penas en la cuneta. Su hijo sale corriendo a pedir ayuda, y la cámara enfoca sucesivamente los caminos del cruce de carreteras al que llegaban: caminos que ya no tomará Bauby.
Porque evidentemente el tema central es un repaso a la propia vida: describe su arrepentimiento y vergüenza de no haber tratado mejor a su familia. La madre de sus hijos (nunca tiene propiamente "esposa") lo acompaña y lo ayuda más que su actual pareja, y eso también lo confunde y amarga. Su novia no quiere ir a verlo, deformado e inválido como está ahora: pero sus hijos lo aceptan y lo tratan a su manera; también su ex-posa. Algún amigo lo va a ir a ver al hospital: pocos, y los inesperados. Su padre, muy mayor, tampoco lo visita, pero se le excusa aquí presentándolo como otro prisionero de su cuerpo, está casi inválido, no sale de su piso. Le envía una foto suya de niño, un tiempo que Bauby no recordaba con agrado, pero ahora tiene mejor relación con su padre, y se siente en el mismo barco. La secuencia subjetiva final es otra vez confusa: tras la publicación de su libro, Bauby se entera apenas del éxito, vuelve la confusión a la pantalla, no sabemos si su novia por fin lo visita o si lo imagina él... pero entretanto ha tenido tiempo de reflexionar y rememorar, y mira su vida como quien mira una película que ya ha pasado.
"Zombi", "muerto viviente": es la experiencia única en cierto modo, pero universal a otro nivel, de este personaje. Un conocido suyo, no amigo, que había estado secuestrado en un zulo durante años, se siente impelido a visitarlo y a decirle una cosa: que tiene que seguir en contacto con lo que es humano en sí mismo, agarrarse a ello, y salir así adelante sin enloquecer. Hay experiencias paralelas de impotencia y enclaustramiento. Probablemente (probablemente...) no acabemos nosotros paralizados y recordando lo que fue nuestra vida, ni encerrados meditando en una escafandra o en un zulo... pero en cierto modo esa es siempre la relación que tenemos con nuestro pasado, "the days that are no more", que Tennyson decía eran de por sí una especie de muerte en vida cuando se recordaban. La experiencia de esta película subraya fuertemente esta dimensión de la existencia. En ese margen entre la vida y la muerte en el que se encuentra el protagonista, nos encontramos en realidad siempre todos, a poco que pensemos—o a poco que rememoremos lo que ha sido nuestra vida, todos también paralizados e impotentes para cambiar nada en el paisaje de la vida, libres sólo de mover el ojo por ella, o de imaginar otras escenas y variantes. Es además una experiencia altamente cinematográfica, ésta de Jean-Dominique Bauby, y el director ha sabido extraer su potencial con mucho arte y habilidad. Sí sobra alguna secuencia de dictado de letras, de las cuales debió oir Bauby más de las que quiso, y el espectador también. Pero por otra parte, queramos que no, nos vemos arrastrados a la experiencia del personaje, inmersos en la escafandra: el espectador tampoco puede cambiar nada de la película; atrapado en su asiento en la oscuridad, es un mero testigo de una vida que es y no es la suya.
Nos vamos a ver la película de Clint Eastwood con Angelina Jolie de protagonista ( Changelingo en español El intercambio). Aquí está la reseña de Roger Ebert. Mantiene la tensión durante dos horas y media, en especial a los padres de niños secuestrables... La actuación de Angelina Jolie destaca—para nada es aquí la misma persona de los carteles y revistas del corazón—así como la recreación de ambientes y paisajes de hace ochenta años. Es una historia de serial killer (otra más, qué obsesión...) en la que la demencia del ogro que atrapa al niño está bonitamente contrapesada por la demencia del sistema policial y psiquiátrico que atrapa a la madre. Y para rematarlo, de guinda, el niñito que le da la policía a cambio y que se quiere hacer pasar por su hijo—en realidad un hijo de la gran puta, que promete mucho para el futuro. Una pesadilla viviente e histórica, en la que se mete Angelina (Christine Collins) sin comerlo ni beberlo, sólo por negarse a hacerle el juego a una policía de Los Angeles tiránica y corrupta. Lo sorprendente del caso es que estando así la policía, el sistema judicial fuese tan eficaz como para acabar con la cuestión en unos meses nada más... aún habrá que envidiar a América, aquí semejante caso se empantanaría durante décadas, seguramente. También parece la película hasta cierto punto un alegato a favor de la pena de muerte para malas bestias como ese Gordon Northcott (genial la interpretación de Jason Butler Harner). Vemos la ejecución al detalle, y aunque no se nos ahorra la angustia del ejecutado, las historias con flashback que siguen, rememorando sus escenas de la cueva del cíclope años después, al aparecer viva una de las víctimas, nos ponen del lado de las auténticas víctimas otra vez. Desde luego la madre Christine Collins contempla la ejecución si no con satisfacción sí con frialdad total, y no retira su maldición a Northcott de que se pudra en el infierno. Además, Eastwood opta por no contarnos una cosa de la hermana de Northcott y el padre de los dos, que aparecen un momento en la película cuando el asesino va a refugiarse a su casa en Vancouver—que en realidad su hermana era en realidad además su madre. De esto se enteró en el juicio, pero de esta película se suprime este motivo que podría confundir las actitudes hacia Northcott. Vamos, que si Northcott también fue víctima de un cambiazo en su propia familia... Eastwood prefiere que nadie vaya a pensar que eso pueda exculparlo.
El editado más artificioso es el de las escenas alternantes de las dobles condenas (de Northcott y de los polis corruptos)—aunque se comprende que Eastwood quiera establecer un paralelismo. Quizá cargue demasiado la mano singularizando la relación entre Northcott y Christine Collins... por lo de añadir dramatismo. No sé si Christine Collins efectivamente fue a entrevistarse con Northcott antes de su ejecución—en fin, también en la vida, y no sólo en la dirección cinematográfica, se cometen errores: en este caso la acción es un error pero está bien llevada la escena. Sobra efectismo en cambio en la escena del juicio a la policía, en algunas escenas del manicomio... Así que un poco de todo. Pero en general está contenida la tendencia a la ficcionalización y no hace que suene falso lo que vemos.
En fin, una historia dura. ¿Por qué las historias de charadas, complots, y asesinos en serie nos gustan? Porque abren repentinamente una realidad dentro de otra, un espacio con leyes propias y distintas como una película de terror o pesadilla. Hacen oscilar nuestro sentido de qué es lo real, y nos hacen conscientes de lo frágil que es la vida ordenada a la que volvemos cuando se apagan las luces del cine—una ilusión no menor que la de la pantalla. Pero los niños seguían arropadillos en la cama. Changeling. Clint Eastwood. Written by J. Michael Straczynski.Cast: Christine Collins: Angelina Jolie; Rev. Briegleb: John Malkovich; Capt. J.J. Jones: Jeffrey Donovan; Det. Ybarra: Michael Kelly; Chief Davis: Colm Feore; Carol Dexter: Amy Ryan; S.S. Hahn: Geoff Pierson; Dr. Steele: Denis O’Hare; Mayor Cryer: Reed Birney. Music by Clint Eastwood et al. Universal Pictures, 2008.
Esta es una película de Jane Campion a la que no le tradujeron el título en España, y la dejaron con el original In the Cut: quizá les sonaba demasiado bruto eso de la raja, pero bueno, es uno de los temas principales de la película, la raja del coño, por así decirlo, y la raja que le hacen a alguien cuando le cortan con una cuchilla—si se recupera, deja cicatrices. De la feminidad como cicatriz, podríamos decir que va la película.
No destaca nada en esta película... digo por lo bien armonizado del conjunto, que compensa lo que parecerían defectillos de argumento o de actitudes de los personajes, u obsesiones de éstos o de las guionistas... Se ve con el corazón en un puño, y si algo puede destacarse por no contribuir sino virtudes al conjunto, es una fotografía muy interesante, atípica y con colores que son un estado de ánimo. Como en Portrait of a Lady,aunque lo que allí era refinamiento victoriano-italiano es aquí barrio más bien bajo de Nueva York.
Es que Frannie (Meg Ryan) es profesora de literatura inglesa, pero gravita hacia ambientes lumpeños por una serie de razones. Algunas tienen que ver con cicatrices psicológicas de esas. Es hija de mujer abandonada por su marido; su hermanastra Pauline, con la que se lleva bien, está más traumada o tiene una relación más abyecta con el sexo y vive en un burdel, otra razón para que la protagonista visite el lumpen. Aparte, Frannie está haciendo un diccionario de argot sexual, y para eso se reúne fuera de horas de clase con el chico malo de su grupo, un negro callejero medianamente bruto que aparte de enseñarle que virginia quiere decir vagina, tiene esperanzas de aprobar y pasarse a la profe por la piedra—o más bien de aprobar por el método jungle fever. Y no anda tan desencaminado el chaval, porque a la añosa moza le tira lo étnico, y el olor a pantera, y un pelín o más de riesgo para su integridad física le mete más marcha que miedo, al parecer. Lleva encima, o debajo, o dentro, una insatisfacción o represión sexual de tamaño natural encima, tan turgente como el faro que dibuja en la pizarra para ilustrar la novela de Virgina Woolf To the Lighthouse (Al Falo). Si su hermana es una salida sexual cuasininfómana (a la que Frannie no pretende cambiar), Frannie misma no usa sexo más que masturbatorio al parecer, y aun así le dan calambres y tirones. Cierto es que para los pretendientes que tiene, mejor usar de la castidad más estricta... la ronda un exnovio pirado y obsesivo con el que debió darse en tiempos alguna tristeza, por no decir alguna alegría que sería inexacto. Con un perro pelado que es un poema. Vamos, que está Frannie a dieta de hombres, pero se le va cayendo la baba indirectamente cuando los pilla de reojo en el retrete, a la vez que se hace la distante y desinteresada/inexpresiva. Eso le pasa cuando contempla una phallatio en un baño del bar donde hablaba con su negro—por error, pero se queda mirando indiscretamente. Es curioso que aprecia o apreciamos todos los detalles de la maniobra chupatoria, y una pequeña marca o identificador aristotélico (ver Poética 16: "señales en el cuerpo como cicatrices", etc. )—aquí un tatuaje que lleva el Felado no allí sino en la muñeca—pero Frannie no aprecia la cara del sujeto, vaya. Casi hasta el final, Frannie cree que el agente Malloy (Mark Ruffalo) es el dueño de esa marquita en la muñeca, cosa que contribuye no poco a interesarla por él, a ella y a sus fantasías. Al final resultará que no, que era una falacia—que el tatuado felado no era el agente en cuestión, sino otro agente—su colega (Nick Damici), un poli que en sus horas libres ejerce de asesino en serie.
Porque la película va de serial killers, y es sobre este argumento de detección sobre lo que se edifica la trama interna de la película, la trama de la seducción de Frannie-Meg Ryan por Ruffalo-Malloy, o más bien la superación de la desconfianza o temor que él le inspira, temor al compromiso, al amor, y a ser acuchillada y "desarticulada"—y encontrar su propia cabeza en el jardín de casa, como encuentran al principio de la película la de una desdichada víctima... Víctima que era la feladora del retrete. Y poco después cae otra víctima, y poco después la propia hermana de Frannie es desarticulada (como si fuese un comando etarra) y decapitada en el lavabo, con abundante profesionalidad y salpicaduras. Frannie la encuentra, y a ella la encuentra el agente Malloy, siguiendo la pista, abrazada a la cabeza de su hermana... y continúa la investigación, y la seducción. El poli Malloy, sospechoso e inquietante durante toda la película, lejos de ser el malo, resulta al fin ser oro de ley, el muchacho. Lo único que no queda muy claro es por qué no sospecha nunca de su amigo Damici—mucho male bonding parece haber aquí.
Y es que el argumento del serial killer como digo es sencillito de resolver, un arquetipo sin más originalidad—sólo que la chica, cuando es secuestrada por el poli malo, no es rescatada por el poli bueno, sino que se libra por sus propios medios. Al bueno—y quizá pronto desposado— lo había dejado ella esposado al radiador, creyendo que había cogido al desarticulador. Allí se hace Malloy pis encima, o quizá revienta la cañería... el caso es que hay mucha humedad cuando ella vuelve a casa, y en lugar de desesposarlo, se acurruca a su lado inter faeces et urinam, pero a salvo refugiada...Es un happy end—al parecer más prometedor que el de la novela, aunque la chica aún no ha dado el sí a la petición de mano de Malloy (que por otra parte también está casado y separado... o eso dice).
Y es que es este tema de las seducciones y las peticiones de mano y demás el más traumante de la película, sobre todo en combinación armónica con las felaciones y desarticulaciones y decapitaciones y rajamientos sanguinolentos. Las dos hermanas llevan muy mal (heredan, parece) los traumas de sus madres, mujeres marcadas, abandonadas por un seductor polígamo (—hombres... ay). Una, Pauline, es puta sentimental, que bebe los vientos por uno de sus clientes; la otra, Frannie, tiene una relación distante y traumada con el sexo y los hombres, tiene cierto masoquismo interiorizado, y parece haber cerrado el garito... hasta que viene Malloy a rescatarla. Este poli es un insolente, en sus primeros diez minutos de cita le promete a la chica lamerle sus partes, y luego va y lo hace, para gran satisfacción de Fanny, digo de Frannie. El hombre es un artista del cunilingus, y ello da lugar a unas escenas que la gente no se esperaba de Meg Ryan—es que aquí Meg Ryan no es Meg Ryan, porque lejos de ser vivaracha y dicharachera, Frannie es introspectiva, inexpresiva y reprimida. Hasta que la exprime Ruffalo, claro.
En fin, que es la historia de la superación de un bloqueo erótico o sentimental, o de la reconciliación con la brutalidad del sexo en pareja, por vía de un artista del clítoris—bien visto por tanto por las feministas guionistas, aunque el hombre sea un poco bruto en otros sentidos. También este Malloy tenía una especie de trauma o fijación con el sexo oral, una historia de su iniciación que nos cuenta. De todos modos no son las penetraciones y felaciones lo traumante para la mujer aquí: son símbolos más bien de una vulnerabilidad erótico-afectiva que como digo está figurada en la trama por toda una gradación: desde la muerte a manos de un psicópata, la decapitación, sangre y más sangre, sexo sucio, felaciones, prostitución, masculinidad insolente, sumisión sexual de la mujer... hasta llegar a los engaños y promesas incumplidas, la estafa sentimental como culminación del erotismo masculino. Hay que destacar que la firma del asesino en serie era un anillo de prometida que les hacía ponerse a las víctimas antes de rajarlas—y se lo entregaba ensartado en el cuchillo: vamos, toda una figuración de la feminidad ingenua humillada y seccionada por el falo cortante del macho. En el faro patriarcal en persona, para más inri... así que matando al killer, se libra Frannie de todos sus complejos y problemas a la vez, o por lo menos logra salir adelante.
También hay otros dos motivos recurrentes que se asocian a estas figuraciones cuasihistéricas: uno, las imágenes en sepia de patinadores cortejando... el padre de Frannie había abandonado a su novia mientras patinaban, o más bien al revés, porque él miraba a una desconocida, y con el anillo que le tira su novia va y se promete allí mismo con la madre de Frannie... pero la abandonará, claro: aquí aparecen las cuchillas del patinaje sobre hielo abriendo rajas sangrantes en la blancura, o cortando las piernas de la chica en una pesadilla. Otro motivo asociado a promesas, promesas, es la pulsera de cortejo que le da a Frannie su hermana Pauline la puta (Jennifer Jason Leigh). Soñaba ésta con casarse, aunque mucho camino no lleva con esta profesión, y también con casar a su hermana, o al menos hacerla salir con hombres. La pulserita en cuestión que le regala lleva colgantes para cada fase del cortejo: la petición de mano, el anillo, la casa para vivir juntos, y un cochecito con bebé dentro. Este bebé lo roba Ruffalo, al parecer, y eso lleva a Frannie al error de creer que él es el matador... pero parece sugerirse al final una vida juntos y hasta una promesa de bebé. Termina la película como comenzó, con un incierto y ligeramente eerie Qué será, será en la banda sonora.
O sea que este es un feminismo del que se propone reconciliarse con la carga de la vulnerabilidad femenina, y asumir la heterosexualidad como una especie de cicatriz curada... o semiabierta, porque hay que ver cuánta consciencia de las cicatrices, y de las heridas. La segunda vez que se ve la película ya parece más sencilla y directa: la primera vez desconcierta, desazona, inquieta; y a pesar del final feliz, casi desanima y desespera el retrato de las relaciones sexuales entre mujeres y hombres, un asunto ambiguo y turbador que ha de producir mucho post coitum... sobre todo porque tipos auténticos y artistas del sexoral como este Malloy, pocos parece que haya, al menos en el mundo de la película...
Esta película se basa en Northern Lights, el primer volumen de la trilogía His Dark Materials, de Philip Pullman—y tuvo cierto eco porque la Iglesia hizo explícitamente una campaña contra ella, basándose en el retrato que se hace de una opresiva teocracia con ligeros ribetes eclesiásticos... En la cadena Cope la pintaban con cuernos y rabo, y es el único caso que me suena de que en los colegios de curas recomendaban con urgencia que los niños no fuesen a verla, vamos, un auténtico meme religioso.... que debía venir directamente del catolicismo británico. Meme memez, pues lo que en los libros había de anticlericalismo beligerante—(?, cuando hablamos de un mundo de fantasía alternativa) queda aquí mucho más desvaído y diluido, y el falsario gobierno totalitario de este mundo no recuerda sino muy lejanamente a una autocracia papal o eclesiástica. Vamos, que se han expuesto innecesariamente a la reflexión de que quien se pica, algún ajo debe comer.
El lío viene quizá más bien de las ondas removidas por el propio autor, con su activismo laicista, y los mensajes que ha lanzado por ahí de querer poner en la mente de los niños ideas y visiones del mundo alternativas a la católica o cristiana. Como si hubiese pocas de éstas en el cine.... pues andamos bien servidos de mitologías alternativas. Vamos, otra vez el problema del autor como oráculo. Y es que esta es una película como Narnia o como Spiderwick, con secretos de los mayores oídos desde un escondite, mundos alternativos descubiertos por niños aventureros, armarios acogedores, animales parlantes, desconocidos ayudantes u oponentes a veces no obvios, elecciones morales que hay que aprender a tomar, aprendizaje de la responsabilidad, etc. etc. Y una producción muy cuidada, con ambientación retrofuturista o steampunk, en una sociedad victoriana evolucionada sin salirse de su estética fundamental. Efectos especiales de Oscar, y vistosidad asegurada.
Ni siquiera es que se haya diluido algún mensaje anticristiano para grandes públicos, por eso de no buscarse broncas con la distribución de la peli. Se ha pasado un tanto por el molinillo de Hollywood, que todo lo va nivelando, claro; pero es que ya de entrada, un universo así lleno de sentido moral, y hadas buenas, perdón, "brujas" buenas, que molan más y están buenas por supuesto, un universo con un sistema espiritual de conexiones con tu alma encarnada en un animalito que te acompaña como el ángel de la guarda.... ¿esto lo ha generado el cerebro de un ateo furibundo que quiere vaciar de sentido la existencia de los niños? Esto es un cosmos infuso de sentido ético como el que más. Lo que a la Iglesia parece inquietarle, quizá, es la familia desestructurada de la protagonista, con esa madre mala millonaria reñida con su padre—o quizá que los niños acaben descubriendo, en algún otro episodio, la auténtica naturaleza del Polvo... el secreto mejor guardado por los mayores, ya se sabe. Hay que proteger a los niños, al parecer, de ese descubrimiento del dusty self, que no se enteren de que en última instancia Polvo eres.
Crítica:
Gordon, Devin. "A Director Confronts Some Dark Material." Rev. of The Golden Compass, dir. Chris Weitz. Newsweek 3 Dec. 2007: 60-62. Walsh, Clare. "From 'Capping' to Intercision: Metaphors/Metonyms of Mind Control in the Young Adult Fiction of John Christopher and Philip Pullman." Science Fiction and Literary Linguistics. Special issue of Language and Literature 12.3 (2003): 233-51.
The Golden Compass. Written and dir. Chris Weitz. Based on Philip Pullman's Northern Lights. Cast: Dakota Blue Richards, Nicole Kidman, Daniel Craig, Christopher Lee, Sam Elliot, Eva Green, ian McKellen, Ian McShane, Freddie Highmore, Kathy Bats, Kristin Scott Thomas. Music by Alexandre Desplat. Special effects Michael Fink. Ed. Anne V. Coates, Peter Honess. Prod. Des. Dennis Gassner. Photog. Henry Braham. Exec. Prod. Toby Emmerich, Mark Ordesky, Ileen Maisel, Andrew Maiano, Paul Weitz. Prod. Deborah Forte, Bill Carraro. Prod. Ingenious Film Partners / Scholastic / Depth of Field. USA: New Line Cinema, 2007. Spanish DVD: Tripictures / New Line Cinema, 2008*
Una bonita película de Hollywood hicieron con la novela de A. S. Byatt Possession. Es un ejemplo cumbre del "neovictorianismo": tanto la novela como la película se basan en la alternancia de escenas situadas en la Inglaterra victoriana con otras situadas en la actualidad, pero resonando hacia el pasado que se investiga o redescubre—a la manera de aquel Hawksmoor de Peter Ackroyd, o de The French Lieutenant’s Woman con guión de Harold Pinter. El pasado del cual sólo quedan cenizas (ashes) cobra vida otra vez, y vemos lo que fue el árbol de donde proceden (Ash, un árbol vivo, también).
Las escenas victorianas cuentan la historia de amor adúltero vivida entre el poeta Ash, modelo de marido fiel à la Browning, y la poetisa Christabel LaMotte, una especie de trasunto o variante de Christina Rossetti, o alguna otra poetisa victoriana a quien no se le conocen hombres. LaMotte está emparejada con una poetisa lesbiana o amiga sentimental agobiante, que se suicidará al estilo Virginia Woolf (o como lo intentó Mary Wollstonecraft) cuando descubra la infidelidad de su pareja, o el espacio de desconfianza que se ha abierto entre ellas. Por su parte, la mujer de Ash, cuando se entera por la despechada se negará a poner a su marido en evidencia, y respetará el secreto que él decidió guardar, o el espacio que se reservó para otra relación. Ash y Christabel, tras escribirse durante años, hicieron una escapada juntos al norte de Inglaterra, y a consecuencia de esto tuvieron una hija, que Christabel crió como sobrina suya, manteniéndola oculta de Ash, y sufriendo por la distancia que la separa tanto de él como de la niña. La película termina sin embargo con un paseo de Ash cerca de la casa donde se criaba su hija, y adivinando que es hija suya. Es una historia de encuentros apasionados, de enamoramiento literario y erótico, y también de desencuentros fatídicos—cuando el remordimiento tras el suicidio de su compañera lleva a Christabel a distanciarse, cuando tiene su hija en secreto ocultándola a Ash, o cuando Christabel no recibe la última carta de Ash que podría haberlos reconciliado.
El argumento del siglo XX consiste en el redescubrimiento de esta historia secreta de la vida de Randolph Henry Ash, gran clásico victoriano (imaginario), por parte de Roland Michell, un académico de medio pelo. Michell es un insignificante becario que trabaja para el magno proyecto de investigación de su catedrático, que tiene catalogada la vida de Ash al milímetro, o eso cree. Por el camino, Michell que hacer de detective y hombre de acción, y evitar las intrigas de su desaprensivo colega Magnus, que aliado con un profesor americano no dudará en abrir la tumba de Ash para desenterrar las cartas que fueron enterradas con él (otro tema à la Rossetti, éste). Michell se alía y se lía con la distante y atractiva doctora Maud, en principio pariente lejana de LaMotte, pero que según acaban descubriendo es descendiente directa suya. La historia de amor de estos académicos y lectores del siglo XX hace renacer y salir a la luz los acontecimientos que viveron Ash y LaMotte en el siglo XIX, y a la vez les hacen releer sus obras con una nueva comprensión. Es una bonita manera de dramatizar la lectura que vuelve a traer a la vida las experiencias del pasado y muestra su continuidad con la actualidad, y su capacidad de influir en lectores en el futuro—aquí el affaire intenso de Ash y Christabel, y su separación, contribuye a hacer que Maud y Roland rompan sus moribundas relaciones anteriores y redescubran la pasión y la intensidad. En la novela, Roland rompe con la chica con la que vivía tras conocer a Maud; en la película se dulcifica el tema haciendo que esa historia u otra parecida sea sólo una herida del pasado. También se hace a Roland americano, para hacerlo más vendible al público mayoritario—aunque el actor Aaron Eckhart no da para nada el tipo de becario. Está muy bien, en cambio, Gwyneth Paltrow como Maud, y también la victoriana pareja—pero sobre todo Lena Headey como la celosa y trágica lesbiana suicida, Blanche Glover.
Lo principal que desaparece de la película es un ingrediente esencial en la novela: los estilos, la recreación y reinvención de dos poetas victorianos perfectamente creíbles, cada uno con su mundo de ideas, y con su estilo y asociaciones, que conocemos directamente en la novela de Byatt a través de sus poemas y correspondencia: un auténtico tour de force de virtuosismo literario, y un festín para los amantes de la literatura de la época por el juego de alusiones, variantes y guiños a la tradición literaria. El equivalente en el cine se logra mediante la reconstrucción de la ambientación victoriana en maneras, objetos y atmósferas de la época, logradísima también. Es divertida la transición que se hace de una época a otra, de las dos historias entrelazadas, mediante un simple movimiento de cámara, que sin solución de continuidad nos muestra el mismo paisaje ciento treinta años antes, o después.
Queda la duda, sobre todo en la película, sobre la solidez de la relación de Maud y Michell—todo parece poco intenso, y prosaico, comparado con la intensidad pasional que se respira en la historia victoriana. Pero tanto más efectiva es la evocación de algo que fue intenso y ya no es, de una relación que ardió y quemó en su momento, cuando tenía que hacerlo; y es trágico ver el sufrimiento que causaron Ash y LaMotte sin desearlo, sólo por no doblegarse y no aceptar ahogar la pasión que sentían. El enamoramiento es peligroso: es jugar con fuego, y todo el mundo se quemó, en estas viejas cenizas. Pasiones pasadas, que tuvieron tiempo de sobra de apagarse con el remordimiento y la separación, una muerte en vida antes de la separación definitiva de la muerte—Quizá sea cierto el epitafio de LaMotte, escritora escéptica con su posteridad: "To a dusty shelf we aspire". Pero cuando haya un lector capaz de rescatar la vida de un poema, o un escritor que como Byatt sea capaz de hacer vívida de nuevo toda una manera de sentir.... será un loving dust el de ese estante, un polvo enamorado como decía Aute, reescribiendo a Quevedo.
Possession. Dir. Neil LaBute. Screenplay by David Henry Hwang and Laura Jones and Neil Labute. Based on A. S. Byatt’s novel. Cast: Gwyneth Paltrow, Aaron Eckhart, Jeremy Northon, Jennifer Ehle, Lena Headey, Toby Stephens, Tom Hollander. Photog. Jean-Yves Escoffier. Music by Gabriel Yared. Costumes by Jenny Beavan. Casting by Mary Selway. Exec. prod. David Barron, len Amato. Coprod. Stephen Pevner. Line prod. Guy Gannahill. Prod des. Luciana Arrighi. Prod. Puala Weinstein and Barry Levinson. Warner Bros / USA Films / Focus Features …. Contagious Films, 2002. DVD. Warner Bros / Gramercy Films, 2002.*
Película basada en la historia de Aileen Wuornos, prostituta que decidió empezar a matar clientes en lugar de pasar por la piedra y cobrar lo acordado. El tono de toda la película va destinado, desde el principio, a hacernos comprender las actuaciones y el personaje de Lee (Aileen): de niña descuidada y maltratada, pasando por embarazo infantil, carrera de prostitución y mala vida, hasta llegar a la desilusión casi total con el género humano. Ya está algo añosa como prostituta de lo más tirado, tiene un carácter violento y desagradable, inteligencia mínima y educación insuficiente para sacarse de la cuneta donde está sin un mínimo esfuerzo—esfuerzo que tampoco parece muy dispuesta a hacer, viviendo día a día con lo que llega. La película se centra en su relación con Selby, una chica lesbiana agobiada por sus fracasos sentimentales y por el ambiente opresivo de su casa—y juntas crean una burbujilla de realidad alternativa, una folie à deux, en la que Selby consigue por fin ligar y huir, que es lo que le pedía el cuerpo, y Lee recupera una ilusión por alguien y por llevar su vida en alguna dirección—buscando un mínimo de estabilidad económica. Pero cuando intenta trabajar enseguida detectan (con acierto me temo) que es un personaje sin sustancia y nada de fiar: vive en una realidad alternativa, al dictado de la euforia, el impulso y la improvisación. Cuando tiene dinero, lo chafa alegremente sin un átomo de previsión, pensando que le caerá antes o después un golpe de suerte. Y de ahí pasa sin transición a la realidad brutal de su vida de prostituta, en cuanto le falta el dinero para mantener la huída con Selby. Y va matando a hombres de todo pelaje, desde infelices o buena gente hasta tarados sacados del subsuelo de una América tan profunda que sólo llega a ella esta Lee. Vamos, una historia de pena, en la que la brutalidad del personaje sólo se ve compensada por la pena que da su historia y por su profunda estupidez. Claro que la guionista/directora narrativiza el material de partida, y lo transforma en una historia de valores humanos a un nivel digamos minimalista. Para que el título "Monster" sea adecuadamente irónico, hay que humanizar al personaje y atraer simpatía, además de comprensión. Eso se hace por medio de tres ingredientes que acercan el personaje a valores deseables: el sufrimiento moral de Lee por sus asesinatos, su amor por Selby, y su sacrificio al final. Sobre lo primero, Lee sufre un tormento interno (en la medida en que puede el personaje) cuando decide matar al buen samaritano que la quería ayudar, y lo elimina sólo por cubrir sus pistas perfectamente. En una elección trágica suele haber un elemento de bien que se destruye junto con el mal, y ese momento de sufrimiento de Lee, empeñada en seguir su camino de crimen con coherencia implacable, es quizá el mayor bien al que llega a elevarse esta individua—y su decisión es aplastar esa conciencia que le pide que no haga lo que va a hacer. Es lo que ha de redimirla (o casi) a ojos del espectador, esa parte de ella que se resiste a lo que va a hacer. A los ojos de la autora/directora es también la energía del personaje y su determinación lo que la hacen excepcional y casi admirable, aunque eso es más discutible viendo lo mal orientada que está esa determinación. Luego está, claro, el amor como redentor, "su chica", la relación ilusionada con Selby, un islote de perfección cutrilla y precaria en el mar de indiferencia y embrutecimiento que es su vida. El cóctel es explosivo, sin embargo: dos personajas sin talento ni miramiento a los demás, embobadas la una con la otra, en una sociedad que las rechaza y las encierra aún más una en otra, arrastrando una tonelada de frustraciones, compartiendo una tendencia a la huida delirante, a la influencia mutua, a la improvisación y a la autocomplacencia.... en fin, que cogen la vía rápida al dinero fácil. Lee descubre aquí el amor, y se vuelve una mártir por amor cuando acepta sacrificarse sin inculpar a Selby; en cuanto a ésta, ha salido de la burbuja y lleva adelante todo lo tiesa que puede su vergonzosa traición a su colega, inculpándola y salvando su propio pellejo como buenamente puede. Eso no la condena a los ojos de Lee, que ahora está decidida a vivir su condena sola y aislar su amor como objeto sagrado en un pequeño altar virtual del pasado—al menos conoció un momento de ilusión y esperanza, antes de que todo se fuese al traste. Vamos, una historia de amor y de cómo atesoramos las ilusiones que nos mantienen funcionando. Los avatares posteriores del personaje real de Wuornos aquí se eliminan y se da así a una versión más unificada, dramática y simple de la historia. Por mucho que se maquille y afee la Charlize, la realidad siempre es más fea que el cine—y más inmoral y con una hordinariez más densa aún. Aunque es cierto que las actuaciones tanto de Charlize Theron como de Christina Ricci son magníficas, y aunque fuese nada más por ellas merece la pena ver la película.
Sobre la representación de "monstruos" morales y acciones monstruosas siempre habrá debate. La tragedia (y Monster pertenece al género) nos hace comprender las circunstancias del criminal y la mezcla problemática que se da entre el bien y el mal. Eso puede hacer que resulte molesta a veces—que parezca justificar o defender al monstruo. Por aquello de tout comprendre, c’est tout pardonner, los moralistas menos dispuestos a aceptar monstruosidades prefieren que ni siquiera se representen ni recuerden, siguiendo el razonamiento de Sir Thomas Browne al final de Pseudodoxia Epidemica:
Many other accounts like these we meet sometimes in history, scandalous unto Christianity, and even unto humanity; whose vertities not only, but whose relations honest minds do deprecate. For of sins heteroclital, and such as want either name or president, there is oft times a sin even in their histories. We desire no records of such enormities; sins should be accounted new, that so they may be esteemed monstrous. They omit of monstrosity as they fall from their rarity: for, men count it veniall to err with their forefathers, and foolishly conceive they divide a sin in its society. The pens of men may sufficiently expatiate without these singularities of villany; For, as they encrease the hatred of vice in some, so do they enlarge the theory of wickedness in all. And this is one thing that may make latter ages worse then were the former; For, the vicious examples of Ages past, poyson the curiosity of these present, affording a hint of sin unto seduceable spritis, and soliciting those unto the imitation of them, whose heads were never so perversly principld as to invent them. In this kind we commend the wisdom and goodness of Galen, who would not leave unto the world too subtile a Theory of poisons; unarming thereby the malice of venomous spirits, whose ignorance must be contented with Sublimate and Arsenick. For, surely there are subtiler venenations, such as will invisibly destroy, and like the Basilisks of heaven. In things of this nature silence commedeth history: ’tis the veniable part of things lost; wherein there must never rise a Pancirollus,* nor remain any Register but that of hell.
* Who writ De Antiquis deperditis, or of inventions lost.
Monster. Writer and dir. Patty Jenkins. Cast: Charlize Theron, Christina Ricci, Bruce Dern, Lee Tergesen, Annie Corley, Scott Wilson. Music by BT and Howard Paar. Coprod. Brent Morris. Prod. des. Edward T. McAvoy. Ed. Jane Kurson and Arthur Coburn. Photog. Steven Bernstein. Exec. prod. Sammy Lee, Meagan Riley-Grant, Stewart Hall, Andreas Grosch, Andreas Schmid. Prod. Charlize Theron, Mark Damon, Clark Peterson, Donald Kushner, Brad Wyman. Media 8 Entertainment / DEJ Productions / KW Productions / Denver & Delilah Films, 2003. DVD: Prism Leisure, 2005.
Vuelve César, siempre vuelve César—sea disfrazado de Napoleón, de Mussolini o de Chávez. Nos proyectan en la biblioteca María Moliner el Julio César de Mankiewicz, basado en la tragedia de Shakespeare; lo presenta y comenta Antonio Duplá, de la Universidad del País Vasco, en un ciclo sobre cine e historia. La semana que viene, Troya—con Pitt the younger.
¿Era Julio César de izquierdas?—le pregunto al conferenciante, invidiously. "El dictador democrático", lo llama Luciano Canfora: y es que César era el líder del partido de la plebe, y se aupaba al poder con un incontestable apoyo popular—de unas masas romanas que, por plebeyos que fuesen, eran los patricios del imperio, y estaban maleados por tanto por las subvenciones de César a costa de las extorsiones al resto del imperio. Así que lo del tema de la democracia y las izquierdas está demasiado difícil como para analogías sencillas: lo que sí está claro es que los conspiradores que acabaron con su vida lo hacían por preservar no una "democracia" y unas libertades igualitarias, sino más bien para defender unas instituciones aristocráticas, que corrían el riesgo de ser arrinconadas por César. Y, desde luego, también era César un golpista, apoyado por su ejército "más acá" del Rubicón. Todo el episodio es ocasión para muchas reflexiones y analogías sobre la legitimidad del poder, el liderazgo carismático, la tiranía, el correcto uso de las instituciones, la legitimidad o no del tiranicidio—y las estrategias más adecuadas para el golpe de estado. Podría decirse que, como sucedió en la guerra civil española, fue el golpe de estado fallido de los conspiradores—tras el golpe de estado fallido de César, fallido para él—el que causó o reanudó la guerra civil.
Las analogías son engañosas, claro, pero también ilustrativas por lo que tiene esta tragedia de emblemático y arquetípico—como dice Casio, "cuántas veces en el futuro será representada otra vez esta alta escena, en estados no nacidos, y en acentos aún desconocidos" (III.i, 111-13). Shakespeare era muy dado a estas perspectivas de retrospección prospectiva, y sin duda se echaba aquí una flor a sí mismo y su fama futura, con sus ejercicios de metateatralidad. Pero también era consciente de las analogías con su misma época—sin que sea conveniente buscar equivalentes exactos de los personajes de su drama en la Inglaterra isabelina. Un buen ejercicio en esta línea, resituando Julio César en 1599, lo hace James Shapiro en su reciente biografía de Shakespeare enfocada en ese año (1599: A Year in the Life of William Shakespeare). Tal vez Shakespeare, al traer a colación a un César, pensase especialmente en el conde de Essex y sus dudosas aventuras al frente del ejército de Irlanda durante la campaña de ese año. Aunque también la figura de César, autócrata sin descendencia, debe algo a la reina Isabel. Más que paralelismos exactos, es el juego de habladurías, intrigas partidistas y estrategias de propaganda lo que aporta la realidad vivida de Shakespeare a esta recreación de Roma. También la cuestión del tiranicidio era candente, con la fatwa del Papa contra la Reina de Inglaterra, con las teorías de Buchanan justificando el tiranicidio, y con la condena del tiranicidio en los escritos del que muy pronto sería rey de Inglaterra, Jacobo I—otro éste que andaba en boca de los círculos selectos y de los hoi polloi, en tanto que Isabel se negaba a designar sucesor y gravitaba por Londres el fantasma de las guerras civiles y de las luchas por el poder que tan bien había retratado Shakespeare en sus dramas sobre el siglo XV.
Llama la atención en Julio Césarel contraste entre las intrigas de los Pocos, los aristócratas, y la necesidad a la vez de hacerse con el beneplácito de la plebe. Los oradores se dirigen al pueblo tras el asesinato, y aquí hay que subrayar la habilidad de Shakespeare al superponer casi sin transición la plebe romana, representada por actores en la escena, y el público de su teatro—una continuidad natural, tras las alusiones políticas isabelino-romanas que señala Shapiro. Pone así de relieve, de la manera más natural posible, la teatralidad de la política, y de los hombres públicos; será el mejor actor allí en las tablas (y no necesariamente el mejor guionista) quien asegure el triunfo de la obra. Esto es especialmente efectivo en el teatro, claro: aquí el cine establece una mayor distancia entre el espectador de la sala y el plebeyo del foro, aunque Mankiewicz y Brando son especialmente eficaces conservando la ambigüedad allí donde conviene. Los oradores se dirigen a la plebe convenciéndoles de cuál es el bien de Roma, y el de la propia plebe—son las líneas de argumentación de Bruto y Marco Antonio respectivamente, podríamos decir. Es Bruto el que aparece como un hombre honesto en la tragedia, exponiendo su causa abiertamente e invocando el honor y la dignidad tradicional de Roma, mientras que Antonio es un sutil manipulador—una zorra frente a un león, en la terminología deWyndham Lewis. Y sin embargo cabría argüir que la honestidad de Bruto llega hasta donde llega: pues el bien de la república romana y las libertades de sus aristócratas no tienen por qué ser el bien del plebeyo, ni garantía de las libertades de éste; y cuánto menos del esclavo o del galo moribundo.
Es impresionante la tragedia de Shakespeare por las transformaciones de sus personajes, y por las consecuencias inesperadas de sus actos—esas ironías del destino que nos vamos haciendo, a medida que nuestros planes y nuestra ordenación mental de la realidad se estrellan contra los planes y planteamientos de los demás—y contra la dura realidad. Casio está movido por la envidia tanto como por la defensa de las instituciones republicanas. También aparece en principio como un manipulador maquiavélico, una zorra hablando a favor de los leones. Bruto, por el contrario, se presenta como la reencarnación de su antepasado, y garantía de la República contra tentaciones monárquicas. Es un personaje más íntegro—estoico, desinteresado hasta donde hemos dicho, un intelectual que defiende un bien abstracto, un poco como los revolucionarios franceses, trazando un plan que si bien es de por sí razonable, en realidad no se sustenta sobre bases firmes, y se estrellará contra la realidad. De hecho, su caracterización de César como "el huevo de la serpiente"—que todavía no es tirano pero llegará a serlo—tiene mucho de diagnóstico acertado, sí, pero también de soberbia intelectual: ¿cómo se atreve Bruto a calcular y controlar el futuro de esta manera, a hacer semejante ejercicio de retrospección anticipada, pues no en otra cosa se basa este asesinato preventivo? Como si su intervención en la cadena de las cosas fuese a enderezarlas, como si Bruto controlase el tiempo y el curso de las cosas. Así pues, es Bruto un personaje ambivalente como todos, un recto idealista que contribuye como el que más al caos que arrasa Italia con la guerra—y al cesarismo tiránico que quería evitar, esta vez en las figuras de Marco Antonio y Octavio, con sus listas de condenados a muerte.
Está la tragedia estructurada también en una serie de ironías sucesivas, basadas como digo en parte en la transformación de los personajes una vez han sellado alianzas y trazado planes contra un tercero. César, por supuesto, ya ha perdido contacto con la realidad, y está autoendiosado; cree que lo ve todo y no ve sino parte—es carne de conspiración. Ante los augurios tiene una actitud titubeante: los rechaza y los consulta, los desautoriza y los reinterpreta; creyendo conocer a los hombres como Casio, desconoce a Bruto, en quien confiaba. Casio, el flaco envidioso, primero manipula a Bruto para sus fines, pero al final es él quien se ve seducido: sufre por los desprecios de Bruto a su carácter—no soporta la mala opinión de su amigo y aliado; podríamos decir que, frente a Bruto, ha depuesto sus intrigas y está en actitud suplicante, como esos amantes despechados de Shakespeare en las parejas semirrománticas de amigos íntimos de The Two Gentlemen of Verona, El Mercader de Venecia o Twelfth Night. No es casual, quizá, que sea John Gielgud quien lo interprete en la película de Mankiewicz, con un toque de fascinación homosexual.
Más ironías con Antonio: al principio un indolente seguidor de César, va sacando su verdadera talla por partes, engañando a los conspiradores con un ajustado juego de dolor y nobilitas romana—y pronto vuelve a la plebe, partido de César, contra Bruto y Casio. Como estratega militar también sigue la táctica de la zorra, atacando emboscado en lugar de en campo abierto—y sin embargo, esta ironía queda para la historia, será él mismo la víctima de Octavio, ante quien se confía. Antonio ha constituido un triunvirato junto con Lépido y Octavio, esperando seguramente ser el César de ese triunvirato, craso error, pues como su nombre indica será César Augusto quien lo cese a él. No bastará con aliarse y liarse con Cleopatra para seguir los pasos de César al poder—y total para qué, en un mundo de intrigas. Antonio critica a Lépido por su escasa visión en cuanto éste sale de la reunión, sin saber que con el tiempo—en otra tragedia de Shakespeare y otra película de Mankiewicz—él mismo será víctima de un Octavio llamado a suceder con más éxito a su tío abuelo, pues mejor supo que nadie mantener las formas republicanas y a la vez acumular poder después de haberse cepillado a los senadores (manteniendo, eso sí, el Senado).
Es una vez más la dinámica de la ceguera estratégica descrita por Lacan: el que ha visto con penetración, y ha trazado un plan, cae víctima de su propio éxito, pues se confía en su visión privilegiada (en su ceguera) y no se sabe objeto de los planes de otros. También Shakespeare analizó esta dinámica, antes de "La carta robada" de Poe. Quizá de ahí su escepticismo ante revoluciones e intervenciones planificadas en la realidad política: con la perspectiva del que llega a toro pasado, sabe que siempre hay factores inesperados, que la realidad es más compleja que los planes, y que siempre hay alguien al lado con quien no contaban ni los césares ni los conspiradores, pero con quien sí contará la Historia.
Por cierto, parece ser que las últimas palabras de Augusto fueron muy shakespearianas—"¿Os ha gustado la función?", aludiendo a su papel magistral como emperador en el teatro del poder... Si es que a eso de que la vida imita al arte que dicen unos, o el arte a la vida que dicen otros, hay que matizar que se imitan cada uno imitando al otro... hay un cierto progreso entre el ingenuo y desilusionado "et tu, Brute" de César y este saludo de cortina de Augusto, su versión corregida y aumentada. The show must go on... Julius Caesar. Dir. Joseph L. Mankiewicz. Screenplay by Joseph L. Mankiewicz, based on Shakespeare’s play. Cast: Marlon Brando, James Mason, John Gielguld, Louis Calhern, Edmond O’Brien, Greer Garson, Deborah Kerr, George Macready, Michael Pate, Alan Napier, Ian Wolfe, Douglass Dumbrille, Edmund Purdon. Art dir. R. Cedric Gibbons and E. Carfagno. Photog. Joseph Ruttenberg (b/w). Music by Miklos Rozsa. Ed. John Dunning. Prod. John Houseman. 121’. USA: Loew’s Inc., 1953. (Oscar for art direction and set decoration, National Board Review award for best actor, Mason, best b/w photog., best score, best film 1954, Bodil festival prize for best US film, BAFTA prize for best British actor, Gielgud, and best foreign actor, Brando).
Es lo que graba en la mesa con un cuchillo Sarah Connor en Terminator 2. Esta película invierte elegantemente los presupuestos de la primera entrega de la trilogía, a la vez que los mantiene estrictamente.
The Terminator se basaba en dos premisas contrapuestas: a) el futuro se va a realizar, y es espantoso. b) Pero también se puede modificar al menos en parte, pues las historias que nos cuentan sobre él pueden no ser fiables.
El intento de modificación del futuro, en la primera película, venía primordialmente de parte de las máquinas, el malvado sistema robótico Skynet. El sistema quiere eliminar al jefe de la resistencia humana, John Connor, por el procedimiento de acabar con su madre en el pasado, antes de que nazca, y alterar así el futuro. Una premisa eminentemente narrativa, claro, pues sólo narrativamente puede corregirse el pasado de esta manera—y el viaje en el tiempo viene a ser la materialización literal de este hindsight bias.
En The Terminator fracasaba el plan, y se mantiene el futuro en los términos iniciales: es decir, con la catástrofe acechando dentro de unos años, en el horizonte al que se dirige Sarah Connor, pero con el grano de esperanza en el futuro que será su hijo que va a nacer. En Terminator (1) la mayor esperanza consiste en evitar que el futuro cambie. En algún momento del guión inicial sí se hablaba de asesinar al ingeniero que diseñará Skynet, pero esa escena se suprime y da lugar a un desarrollo más extenso en Terminator 2.
En esta película, a tono con el deshielo de la guerra fría ("los rusos son ahora nuestros amigos"), hay mayores esperanzas de evitar la hecatombe nuclear—aunque se nos retrata la misma diversas veces en las pesadillas premonitorias de Sarah Connor, mezcladas con el nivel "real" de la película de una manera antaño reservada al cine modernista europeo—estos recursos como la ambigüedad de subjetivo y objetivo, las transiciones de nivel, etc., proliferaron durante los ochenta y los noventa ya en el cine de acción; son muy útiles para controlar la identificación del espectador y guiar sus hipótesis y emociones. Bien, a lo que vamos: que en Terminator 2 el futuro ya no está escrito,"no fate": y queda de hecho modificado, cosa que no sucedía en Terminator 1, por la destrucción del ingeniero que habría de crear Skynet y de todos los restos del futuro que podrían servir de modelo para ello, incluído el terminator Schwarzenegger, en una escena de eutanasia asistida.
La imagen inquietante de una carretera por la que la cámara va avanzando en la oscuridad a toda velocidad, con sólo un pequeño trozo de camino adelante iluminado por los faros, expresa esa imposibilidad de conocer el futuro: no hay destino, en el doble sentido de que no podemos conocer el futuro que hay delante (está negro, los faros son luces cortas) y en el sentido de que podemos actuar para cambiar el curso de las cosas que se nos anuncia en las profecías agoreras—por ominosas y bien informadas que éstas parezcan, como estos robots venidos como prueba del futuro, el futuro siempre es incierto, y siempre puede cambiar con respecto al relato que se nos da de él—y nuestra acción no es irrelevante.
La imagen de la carretera, sin embargo, es ambigua. No vemos qué hay al final de la carretera, pero la carretera sí conduce a algún sitio, y no a otro. En el caso de una narración sobre el futuro, resulta una interesante tensión. Si hay un sitio donde sí hay fate, y viajes en el tiempo, y conocimiento exacto del futuro, es en una narración futurista. La historia de Terminator 2 juega así a invertir los términos con que empieza, eliminándose a sí misma en cierto modo, fundiendo todos los rastros del futuro inexistente, y dejándonos con el mundo más o menos como lo encontramos antes de entrar en el cine. A esa experiencia del presente histórico e incierto del espectador alude la imagen del coche—pues quizá la mayoría de los espectadores, en América especialmente, hayan ido a ver la película a una sesión nocturna de cine, y en coche; por eso está bien elegida la imagen. Ya se sabe que el parabrisas del coche es un equivalente de la pantalla cinematográfica, y por eso la imagen contribuye a subrayar esa transición de una pantalla a otra, o a enfatizar la narratividad de la historia humana como una historia del desarrollo tecnológico y sus posibles consecuencias.
Terminator 3 cierra la serie—volviendo a las premisas de la primera película, cuando ya parecía conjurada la amenaza. Repentinamente vemos cómo en efecto se han creado las condiciones para que el destino escrito en esa película se cumpla efectivamente. Esta vez la amenaza de Skynet se ha ido materializando de manera más insistente en la realidad "extrafílmica"—es Internet lo que conduce a Skynet, y John Connor vive ahora como un paria social evitando todo contacto con la Red. Ya en películas como La Red se había retratado esta amenaza de vigilancia universal online. También en consonancia con el pesimismo post-11-S, se reinstaura la predicción de la catástrofe nuclear—predicción que esta vez se realiza. Es una vieja base subterránea de finales de la Guerra Fría la que permitirá sobrevivir a John Connor, como una alegoría del retorno a los viejos presupuestos catastrofistas, después de todo.
De este modo, la trilogía se completa de manera adecuada, y ominosa: reiterando la premisa inicial del futuro ya escrito, y la llamada al individuo para actuar en consecuencia sabiendo lo que se avecina, y siendo consciente de que el efecto de sus acciones es incalculable, posiblemente ínfimo, pero éticamente crucial. Siempre hay una deuda con el futuro, la de no ser indiferentes a él—por conocido o desconocido que sea. Que los cataclismos en un mundo hipertecnológico y globalizado pueden ser universales, y que las máquinas pueden mediatizar la acción humana y sus decisiones, no hace falta esta trilogía para demostrarlo. Si debajo de la carne de la humanidad, una vez consumida por el fuego y la guerra, se oculta un futuro esqueleto robótico, eso no lo sabe nadie. Y sin embargo sería inquietante que Arnold Schwarzenegger, de entre todo el mundo, fuese el competidor de Obama en las siguientes elecciones presidenciales norteamericanas. Habría que pensar que en efecto vivimos en Matrix y que son alegorías e interferencias de nivel que nos envían los diseñadores, para reírse de nosotros. Porque no hay destino, en efecto, hasta que se materializa de repente, llegado del pasado hasta ahora que lo vemos, o del futuro (que es ahora) hasta entonces, hasta lo que fue "el momento decisivo" en que se determinó el destino que nos ha tocado—del pasado o del futuro qué más da—el caso es que entonces ya vemos que sí lo había, pero era invisible, porque por definición sólo se ve, vale decir que sólo existe, mirando hacia atrás. Normalmente, cuando ya es tarde.
Terminator 2: Judgment Day. Dir. James Cameron. Cast: Arnold Schwarzeneger, Linda Hamilton, Edward Furlong, Robert Patrick, Earl Boen, Joe Morton, S. Ephata Merkenson, Castulo Guerra, Danny Cooksey, Jenette Goldstein, Xander Berkeley. USA, 1991.* (Oscars for Best makeup, Sound, Sound Effects Editing, Visual Effects).
Película bastante visible sobre disfucionalidades familiares—con las tensiones saliendo a la luz, por enésima vez se supone, con ocasión de la boda de una de las dos hijas, Rachel. La protagonista no es Rachel sino más bien su hermana Emma (Anne Hathaway), que hace una actuación memorable de una yonki en fase de recuperación. Le dan suelta de su centro de rehabilitación para la boda de su hermana, y tras la acogida inicial vuelven a salir poco a poco todos los roces, trapos sucios del pasado, reproches, y dinámicas pervertidad en la relación de Emma con su familia. Sus padres están divorciados y recasados, otro motivo de tensión en la boda. La madre se ha distanciado bastante de las hijas y lleva su vida lo más ajena que puede: aun con todo Emma se las arregla para acabar a tortazo limpio con ella, y refrotarle lo que ella entiende fue su irresponsabilidad—para quitarse parte de la culpa que Emma misma arrastra.
Un trauma a cuestas es la muerte de Ethan, su hermano pequeño, hace años, cuando se supone que Emma lo cuidaba—pero iba drogada y se estamparon con el coche. Ahora Emma repite la maniobra en una crisis de lloros y desgarros, y se estampa otra vez con el coche tras pelear con su madre, aunque sale sin mayores daños del accidente... y hace de madrina en la boda por fin. Con Rachel hay tensiones, de esas que a veces se crean en familias de dos hermanas, por atención distinta dedicada por los padres a una y otra... Rachel, cuya vida es más o menos un éxito, se siente dejada de lado por sus padres, más pendientes de los traumas y crisis y adicciones de Emma. Y tiene con ella una relación de amor-odio: Emma la saca de quicio y la vuelve bitchcomo no parece ser con nadie más. El padre de las dos es un buen hombre, traumado como todos por la pérdida de su hijo hace años, pero haciendo lo que puede por mantener a todo el mundo a flote... aunque también resentido con su esposa por el divorcio. En un concurso chistoso de llenar el lavavajillas compitiendo contra su yerno, se le funden de repente los plomos cuando alguien saca de la alacena el platito de Ethan. Pero el hombre razona, y se aviene, y hace lo que puede... muy buena actuación por cierto de Bill Irwin en este papel, e impresionante como digo la de Anne Hathaway, aunque un actor secundario casi se carga la película en la escena de la peluquería... En fin, termina la estancia de dos días de Emma, y vuelve a su centro de rehabilitación escoltada por su poli buena. Quizá un poco más cerca de exorcizar los resentimientos del pasado, con catarsis a gritos y con pequeñas ceremonias de expiación. Tiene ciertas perspectivas de salir adelante, y de encontrar un modus vivendi con su familia, y hasta encuentra un ligue en la boda, un colega de la rehabilitación que había ido allí entre los amigos del novio. Promete la cosa para el futuro, con lo cual las emociones de la película no están totalmente lastradas por el peso del pasado. Otras cosas que se ven: la pesadilla que es (tal como yo lo veo) un bodorrio a la americana, con carpa y bailongo y discursos obligatorios sentidos e ingeniosos para todos los amigos—aunque el discurso de Emma, egocéntrico y forzado, casi agua la fiesta del todo. Mucha música, y buena (el novio es músico y se aprovecha para ponernos muchas sesiones de jazz de fondo o en primer plano). La cámara es extremadamente dinámica y nerviosa—empieza casi mareante, de puro tembleque, comunicándonos la inquietud interior de Emma—aunque luego se tranquiliza un tanto, por suerte para el espectador, que iba a acabar mareado. Y otra cosa, la película es muy determinadamente, single-mindedly, color-blind—la familia de Rachel es blanco-judía, y la de su novio es negra, pero no sólo no se menciona el tema racial para nada, sino que no hay la menor reacción atmosférica al asunto ni tensiones implícitas en ningún momento: un problema evaporado, este de la raza, en el mundo de la boda de Rachel y en el de la película. En otras escenas también se aprecia esta determinación en que la raza no es cuestión aquí. Será que es práctico tener unos problemas para así olvidarse de otros, o es quizá para disimularlos. Por cierto, que la feliz pareja se va a ir a vivir a Hawaii, de donde viene Obama, y Rachel cuando esté curada y se eche de novio a su best man también irá a Hawaii. Parece haber un mensaje obamático - posttraumático - postracial en todo esto, y es muy politically correct: aunque claro, en América llama un tanto la atención esto de no llamar la atención sobre la raza. En suma, película con chica tóxica guapa e irritante, a la que el espectador por turnos aborrece, o compadece, o admira por su desengaño; destructiva, vulnerable y deseable a la vez. E indeseable también, muy indeseable. Palabras clave: Adicción, Autoayuda, Hermanas, Familia, Trauma, Boda, Tensiones, Catarsis, Multirracial.
Rachel Getting Married. Dir. Jonathan Demme. Written by Jenny Lumet. Cast: Anne Hathaway, Rosemarie DeWitt, Debra Winger, Mather Zickel, Bill Irwin. Sony Pictures, 2008.
Una película gris con varios famosillos añosos que se la podían haber ahorrado. También los idolizados Coen, que van despeñándose con esto hacia los abismos de la comedia española tipo José Luis López Vázquez. Un guión sosico, chistes con calzador, personajes todos despreciables poniéndose los cuernos sin orden ni concierto ni ganas, y con quien no se quiere identificar uno, actuaciones muchas veces forzadas (sobre todo Brad Pitt, fatal)—sólo se salva Malkovich, que en personajes cabreados, obcecados y egocéntricos se lleva la palma siempre. Aquí es un agente de la CIA chantajeado por unos empleados de gimnasio que han encontarado un CD con datos confidenciales, y se lía a tiros al final con quien no debe, pero bah, el mismo guionista se harta y no nos dice en qué para la mitad de los personajes, el jefe de la CIA dice que volvamos cuando todo tenga más sentido. Y que quemen el cadáver. Pues eso, a quemar el cadáver, pero antes de leer.
Quemar después de leer. Dir. Joel Coen and Ethan Coen. Cast: George Clooney, Brad Pitt, Frances McDormand, John Malkovich, Richard Jenkins. 2008.
Como llego tarde (como siempre) al estreno, remito para una visión general de esta película de Woody Allen a la reseña de Roger Ebert del Chicago Sun-Times, la de Scott Foundas en Village Voice o la de Kenneth Turan en Los Angeles Times. Más sarcástica era la de Arcadi Espada hace unas semanas en su blog. Y es que lo que le ha impactado la gente aquí en España es que una de las americanas pseudointelectuales de Woody Allen estuviera haciendo un máster en identidad catalana, razón para el viaje de las amigas a Barcelona. Máster en identidad catalana en el que sin duda estudiará la monarquía catalana, la invasión de las fuerzas armadas españolas en el siglo XVIII, etc. Un poco fuerte, claro, como condición puesta por los productores filonacionalista, quizá—aunque en la peli se trata en realidad como una pseudointelectualidad light que les da ocasión a las chicas para echar unos polvetes por aquí y por allá, lejos del ambiente de los USA que hemos de suponer más puritano. Vamos, lo más propio para ese máster, que no parece que vaya a colocar a Vicky (la mastera Rebecca Hall) a la cabeza de ningún museo, como supone ella—de hecho ya se casa con un broker de Wall Street que (si no lo han echado uno de estos días del crack) ya la retirará de la circulación, y la tendrá organizando cócteles y viendo exposiciones de arte catalana subvencionadas por la Generalitat, en Nueva York. De hecho las condiciones de financiación impuestas a Allen eran generosas y al parecer ni siquiera estipulaban que la chica aprenda catalán, ni español, vamos; de hecho ni llegamos a saber que exista el catalán. Y la película transcurre en un limbo lingüístico que la hace todavía más irreal. Se nos toca guitarra española en los patios, y los machos ibéricos son incontestablemente españoles, no catalanes para nada—de hecho, quizá tras olisquear brevemente el panorama, Allen decide que el latin loverBardem mejor sea un charnego asturiano en lugar de un catalán. Y a Asturias nos lleva para perpetrar la seducción de las americanas, no se sabe si con subvención autonómica del Principado. La seducción está literalmente tirada, pues ambas mozas están en un paréntesis de irrealidad y deseando ser seducidas, sólo que una lo sabe y la otra no, y el asturcón al parecer es irresistible. El caso es que Cristina (Scarlett Johansson), que es la que quería mojar y acepta la descarada invitación del interesante bohemio para viajar con él y hacer el amor, se pone mala, y sus amigos en lugar de hacerle compañía en el hotel la plantan ahí sin más explicaciones y se van de parejita a cenas románticas, excursiones y conciertos; parejita mal avenida al principio, pero ay, es que Vicky sólo era frígida de boquilla, y sólo le gustaba su novio "oficialmente"; en realidad tiene un rechazo reprimido a la idea de casarse con el broker tan soso y convencional, y Bardem se la lleva al huerto fácilmente. Pero la chica tiene un alto superyó, así que vuelve con el novio y se casa, por mucho que la aburra la idea y el novio. Aunque sólo la casualidad y la irrupción de Penélope con pistola impedirán que eche otro casquete de despedida con Bardem, antes de enfrentarse a su destino de ama de casa americana. En los meses entre uno y otro escarceo, Bardem ha estado viviendo un ménage à trois con su ex Penélope, y con Cristina, siempre ansiosa de experimentar nuevas sensaciones. No se echa atrás ni ante el lesbiansimo la chica—aunque no quiere definirse como bisexual, dice "soy yo y ya está"—lo que no sabemos es si tiene algún tipo de orientación o se entregaría con la misma placidez a cualquier amante y sus experiencias prometidas, fuera albañil pegador, chimpancé o mariscadora gallega. Nada hace pensar lo contrario. Aunque más bien sospecha uno que esto es todo un complot entre guapos (contando provisionalmente a Bardem entre ellos): todas estas experimentaciones con sexo libre, fantasías eróticas y apasionamientos desgarrados molarían bastante menos si fuesen gente fea esta que vemos. Por ejemplo, la Penélope ("María Elena"), supuestamente pintora genial pero apasionada hasta el desequilibrio; aparece despeinada gritando a su hombre en una relación de amor odio, una tigresa de mujer, un magnífico ejemplar de hembra fatal. Pero todo su encanto psicológico y mistérico se desvanece si en lugar de ser una mujer guapa fuera una vacaburra con granos: no queda psicología ni para un remedio, y se vería con más claridad lo zafio, brutal, insoportable y grosero que es este personaje. Y la liberada propuesta de cama redonda del Bardem sería menos vitalmente aventurera y liberadora si viniera de un oficinista calvo, supongo yo. Vamos, que el supuesto estudio psicológico que nos plantea la película (con Vicky y Cristina como opciones contrapuestas ante la erótica de la vida) tiene menos profundidad y sustancia que un máster de identidad catalana. Para empezar, ni siquiera son opuestas: las dos están con unas ganas locas de pillar macho ibérico, lo confiesen o no. Los casos contrapuestos serían una chica auténticamente feliz con su novio y otra una vivalavirgen: tal como se presenta la cosa en cambio, se pone el dedito en la balanza, y se nos presenta a la que elige la pareja monógama como una reprimida hipócrita, que lo es—pero hay que suponer que no es el caso de todo el mundo. La otra, Cristina, al parecer encarna la filosofía preferida ahora por el guionista Allen: vida erótica caprichosa y sin compromiso, la que elige la vida como "pasión y sufrimiento" en lugar de la seguridad emocional. Pero están mal leídos los personajes: la que de hecho sufre de amores es Vicky, por su represión y sus conflictos (y también su prima/tía, que también tiene un amante y también está atormentada por su infidelidad y por su propia falta de decisión para romper su matrimonio); Cristina en cambio, nada, es un cacho carne agradecida para sobar, y la cara ovejuna de la Scarlett Johansson desde luego redondea el papel de rubia tonta y puramente sensual. Esta ni se enamora ni se desenamora, sólo va por ahí apuntándose a lo que le echen, y va a vivir una vida muy light y muy promiscua pero (paradójicamente) sin pasiones. Para psicología no da para mucho. Y a eso se suman las incoherencias del erotismo español: Bardem va supuestamente de desinhibido, asaltando a las chicas monas en el bar y proponiéndoles una cama redonda allí mismo. Pero luego resulta que no sólo arrastra penas de amor imposible (algo que aún se entendería) sino que está tan libre y poco comprometido y dispuesto a entregar su corazón y su exclusividad, que se lleva a vivir a casa a la primera que le dice sí. Esto ya no se sabe si es promiscuidad o todo lo contrario. Casi entiende uno que a la promiscua Cristina, que se había apuntado a la propuesta de un revolcón, se le haga pesado sobrellevar una relación continuada, aun con la sal añadida de la ex que se les suma. Vamos, que no solo las chicas sino también la película llevan un cierto bollo mental de cuidado en el planteamiento de opciones vitales y eróticas. No ayuda el comentario en off, algo tan torpe cinematográficamente que casi parece una parodia al principio, hasta que uno se resigna a estar viendo una versión cum commento de algún Cuento Moral de Eric Rohmer. O más bien, por no exagerar, algún culebrón sudamericano bien cuidado en su filmación y bien interpretado.... pero para poca más sustancia da el guión. Sí, se pueden hacer lecturas suplementarias, verle un poco más de profundidad e ironías de las que manifiesta la voz narrativa... pero ya no se sabe quién es el responsable de estas ironías, si el comentador o el guionista. Por ejemplo, que es una historia de niñas ricas caprichosas y desocupadas, eso quizá llegue a verlo el guionista. Que las pretensiones intelectuales y artísticas de estas mozas (por no hablar de las plastas que pintan Bardem y señora) son un camelo—pues quizá también lo vea, pero ya no está tan claro. Que aquí los hombres manejan el dinero, mientras las mujeres se dedican al amor y a ensueños eróticos... pues también se puede ver. Valga el caso del pintor Bardem, supuestamente un vil imitador de su mujer como artista, pero que pasa por creativo impetuoso y bohemio: es él el que hace exposiciones, promociona su obra, hace contactos, etc. etc., mientras que ella sólo va por ahí dando gritos, desmelenada y pintando en arrebatos a lo Pollock, sin saber que la supuesta obra de arte es ella. En fin, una versión más de los inocentes americanos en la Europa exótica, y del descenso a la experiencia auténtica, pero la autenticidad se nos queda corta... ¿Será una versión lolái de La Tesis de Nancy? ¿O será la Tesis de Woody? También él es un turista americano, después de todo.
Vicky Cristina Barcelona. Dir. Woody Allen. Cast: Scarlett Johansson, Rebecca Hall, Javier Bardem, Penélope Cruz, Patricia Clarkson, Chris Messina, Kevin Dunn. Exec. prod. Jaume Roures. Metro Goldwyn Mayer, 2008. http://www.vickycristinabarcelonalapelicula.es
Es esa película tan bonita sobre PC enamorado de un Mac. Está ambientada en un mundo invadido por la basura, habitado por una cucaracha y por un robotito limpiador y suciete, una especie de arquetipo porque le suena a todo el mundo haberlo visto antes, quizá en algún plano trasero de La Guerra de las Galaxias. Comienza un poco a la manera de Soy Leyenda, pero con el último robot habitando en su mundillo de rutinas, en lugar del último hombre. También es una historia de la existencia rutinaria alterada y transformada por el enamoramiento, de una robota diseño tipo Apple llamada Eve, porque aquí como en todas partes los robots tienen sexo. Wally es tierno y moderadamente torpe e incompetente; ella es eficaz y supercarrierista: como un currantillo de a pie que se liga a una ejecutiva agresiva. Ella cumple con su misión de encontrar vida en el planeta, y tras muchos avatares y con la ayuda de WallE cumple su misión programada: dar la noticia de que el planeta puede soportar vida, y que podemos empezar a ensuciarlo de nuevo... Los humanos la enviaban desde una nave gigantesca ("Axiom") donde llevan siglos navegando, en una especie de crucero de placer donde todos se han vuelto gordos y borregos, y han perdido el sentido de las cosas, cuidados por sus robots. El malo de la peli es otra vez Hal 9000, que quiere que no se implemente el plan de volver a la tierra y que la humanidad siga idiotizándose gradualmente en su transatlántico espacial mientras él se hace con el control de la nave: o sea, otra variante del robotic takeover. Pero se sobrepone el capitán de la nave y toma una decisión que lo hace otra vez humano y responsable: vuelven los gordos a la tierra, ayudados por los robots buenos, y vuelven a andar, y reconstruyen la civilización quizá en círculo de eterno retorno, que se nos narra en los créditos finales.
Está logradísima por todas partes, desde el mensaje ecologista hasta las alusiones intertextuales y el diseño gráfico inmejorable (hay que ver los reflejos en la ipódica Eva para creerlo). Está llena de detalles simpáticos, y muy lograda está la expresividad de los robots con elementos gestuales minimalistas. Y la ironía sobre sí misma, presentándose al final de los créditos la película como producida por la misma corporación siniestra que acabará por hacerse con el control de toda la economía y convertir el planeta en una basura espacial; un toque inquietante. Y es que también hay (cómo no) un elemento de resignación ante el mundo-basura: la vida sigue, aunque sea en precario (hasta entre los gordos en sus sillones flotantes) e incluso los robots siguen siendo humanos, por mucho que se degrade el entorno. Por otra parte, no va sobre el futuro, sino sobre el presente: la imagen del Axiom con sus gordos flotantes es la América vista por los ojos de un inmigrante del Tercer Mundo. Es Wally (quizá negro, quizá inmigrante, en todo caso currante marginal) quien representa esa perspectiva no americana, una visión de cordura que ve el crucero distópico de la Axiom como una demencia inhumana y degradante—la América de la realidad virtual, y el consumismo insensato, y el supersize me. Aunque lo mismo que hace, deshace, la película: en el mundo que nos retrata, parece que sólo existen los americanos y su nave espacial capitalista autosuficiente, como si ésta en realidad fuese despegable del planeta y tuviese la opción real de dejarlo atrás hundido en la basura. Brilla por su ausencia la humanidad no americana: el problema de la Tierra es una actitud americana, aquí, una cuestión de mentalización. No sé si los gordos volveremos a la tierra, pero lo que está claro es que a los sillones flotantes los hace flotar algo; en Walle nos venden, a la vez que la denuncia, la fantasía de que flotan solos.
Aquí en Viveiro hay un video club muy simpático, de baja intensidad, donde se niegan a pronunciarse sobre cuándo hay que devolverlas: "Bueeeno.... unos días, non sé". Y allí encontramos esta comedia ambientada en un barrio residencial de Nueva York, aunque casi parece esto un pueblo. Está centrada en un grupo de amigos y sus actitudes ante la boda de uno de ellos, que se va a casar de penalti. El novio tiene dudas ante la boda, o al menos se las ve la novia, y lo pone firmes, haciéndole elegir entre sus amigos y ella (como suelen hacer las novias), aunque sin renunciar totalmente a ellos. Otros amigos se dan cuenta de la importancia de tener una familia con hijos, ya adentrándose en los treinta y something; hay crisis con parejas y ex-parejas, una sorpresa con un viejo amigo perdido de vista durante años, que vuelve para la ocasión y resulta ser gay, para sorpresa de algunos... Y en fin, una historia de personajes que están dejando atrás su juventud a la vez que están marcadísimos por ellos, y tienen que seguir avanzando. Alguno parece que se va a quedar anclado allí, y viviendo en casa como a los quince años: de esos hay siempre alguno, y cada vez más, dicen.En fin, que está muy recomendable, con personajes genialmente retratados y vivísimos, conversaciones divertidas y para nada increíbles, y unas crisis y tensiones a la hora de madurar y sentar cabeza que muchos reconocerán sin duda en su experiencia propia. O en la de ese grupo de amigos heredados del instituto, que todos deberíamos tener, puesto que lo reconocemos como si fuera nuestro, aunque el nuestro se nos haya perdido por el camino—exactamente como si nos hubiéramos vuelto gays.
Comedy. Written and dir. Edward Burns. Cast: Edward Burns, Heather Burns, Donal Logue, Jay Mohr, John Leguizamo, Brittany Murphy, Matthew Lillard, Shari Albert, Jessica Capshaw, Arthur Nascarella, John O'Donohue, Spencer Fox. Music by Tracy McKnight, Robert Gary, O.T. Walkley. Photog. William Rexter II. Ed. Jamie Kirkpatrick. Prod. Des. Dina Goldman. Exec. Prod. David Gorton, Karinne Behr, Walter Josten. Prod. Philippe Martinez. Prod. Margot Bridger, Edward Burns, Aaron Lubin. USA: Bauer Martinez Studios / Defender Films / Marlboro Road Gang, 2005. Spanish DVD: Los amigos del novio. SAV / DeAPlaneta.*
Hace unos diez años me leí la novela de P. D. James, y me había quedado con ganas de ver la película de Alfonso Cuarón. Está muy bien adaptada, con bastantes cambios sobre el argumento, y admirablemente filmada, con unos planos secuencia larguísimos y muy bien coordinados, un pesadilla supongo a la hora de coordinarla—pero da lugar a algunas de las escenas más impactantes y bien hechas que se han visto en una pantalla, por ejemplo en la secuencia de batalla callejera al final—magistral, de lo mejor, como un documental que nunca existirá—que produce la impresión de caos y precariedad que se necesitaban allí; algo que vale la pena verlo.
El argumento versaba sobre un mundo infértil, donde no ha nacido nadie desde hace dieciocho años, y que se va sumiendo en el caos y la crisis generalizada. El centro del argumento es que de repente aparece una mujer embarazada—y hay que ponerla a salvo, llevarla hasta la gente adecuada, en medio de persecuciones de la policía y de los terroristas. Los peores fallos son de absurdos del guión: a saber, por qué hay que ocultar tanto a esta mujer, y por qué las autoridades no tienen un sistema de alfombra roja para acogerla. Y punto número dos: por qué hay que suponer que, por el hecho de que aparezca una mujer embarazada, va a solucionarse el problema global de la infertilidad universal... En suma, claro, tiene una base endeble en la plausibilidad de las cosas, y su mayor valor es simbólico-atmosférico-alegórico. Y en ese sentido está excelentemente llevada y produce su atmósfera con eficacia y contundencia. Pero es un valor que no deja de resentirse de los absurdos argumentales, sobre todo por los ecos y tintes de "castigo divino" que acompañan a semejante planteamiento. Un castigo que tampoco queda claro por qué—por ser occidentales, supongo, o por superpoblarnos. O por exceso de testosterona política—de ahí lo de los hombres del título, y las alegorías feministoides del argumento.
En la novela, era una virgen la que daba a luz a un niño, algo demasiado fuerte realmente, y que en la película optan por tomar a chanza. En lugar de una mujer madura con una mano deforme, cambian la tara de la madre por la raza y la nacionalidad—es una inmigrante ilegal negra, y se ha derivado el argumento hacia la cuestión del atrincheramiento de las fronteras; en lugar de los jóvenes insoportables y matonoides de la novela, tenemos aquí un sistema opresivo y carcelario, una especie de nazismo del futuro próximo que recluye a los inmigrantes en ghettos o campos de concentración, los persigue y acorrala o mata como bichos. En este sentido la película es un acierto, y nos acerca inquietantemente a cosas que pueden venir. El reciente cambio de actitud y legislación en España y en la Unión Europea hacia la inmigración ilegal nos acerca un pasito más a cosas que esperamos no tener que ver.
Aunque hay quien dice que llegará el momento en que se hundan cayucos a cañonazos.... En una Europa envejecida y atrincherada, siempre tentada por la limpieza étnica, acosada por vergüenzas del pasado reciente, y en la que la producción de niños y trabajadores se ha deslocalizado al tercer mundo, esta película es una pesadilla sintomática. Véanla y prepárense por si acaso.
Children of Men. Dir. Alfonso Cuarón. Screenplay by Alfonso Cuarón, Timothy J. Sexton, et al. Based on the novel by P. D. James. Cast: Clive Owen. Juliane Moore, Chiwetel Ejiofor, Charlie Hunnam, Clare-Hope Ashitey, Pam Ferris, Danny Huston, Peter Mullan, Michael Caine. Photog. Emmanuel Lubezki. Ed. Alex Rodríguez, Alfonso Cuarón. Music by John Tavener et al. Exec. prod. Thomas A. Bliss, Armyan Bernstein. Prod. Des. Jim Clay, Geoffrey Kirkland. Prod. Hilary Shor, Iain Smith, Tony Smith, Mark Abraham, Eric Newman. Strike Entertainment / Hit and Run Productions / Universal. 2006. DVD. Universal, 2007.
Una película excelente, con un guión sin superfluidades y muy bien llevado, personajes y diálogos bien construidos sobre un trasfondo histórico de los memorables, con Enrique Octavo visto como una fuente de favores a explotar por Ana Bolena y su familia—hasta que les explota la situación entre las manos, por el absurdo machismo que irradiaba el rey y llevaba hasta límites grotescos en su búsqueda de un heredero varón. La interpretación es excelente, y destacan los trajes de ricas telas, la ambientación histórica y una fotografía auténticamente memorable, en la que se disfruta de cada imagen y cada plano. En conjunto, una película que no hay que dejar pasar sin ver. Las Bolenas, aun siendo de aúpa, son aquí quizá de lo mejorcito de una corte de víboras cortesanas en la que sólo se salvan la madre de ellas (Kristin Scott thomas) y la reina Catalina de Aragón, con Ana Torrent excelente una vez más, un personaje que impresiona y que en las escenas de su juicio debería hacer caer la cara de vergüenza al rey y todos sus acólitos. Pero también queda muy bien retratado, en este juicio y luego en el de la propia Ana Bolena, el absoluto borreguismo del absolutismo, en el que las personas que llegan a los más altos y dignos puestos son precisamente los canallas que van a traicionar cualquier principio legal y moral para decir sólo lo que se espera por transmisión ambiental que digan. Eso también impresiona. ¿He dicho el borreguismo del absolutismo? Me parece que es el de cualquier sistema de poder, sólo que aquí se ve en toda su pureza. Quien manda es el jefe, y las leyes o tecnicismos están para torcerlos. Y lo que sube es la espuma, y lo que flota en cualquier líquido es el corcho.
The Other Boleyn Girl. Dir. Justin Chadwick. Screenplay by Peter Morgan. Based on the novel by Philippa Gregory. Cast: Scarlett Johansson, Natalie Portman, Eric Bana, Kristin Scott Thomas, Mark Rylance, Jim Sturgess, Eddie Redmayne, Benedict Cumberbach, Juno Temple, Ana Torrent, Mark Lewis Jones, David Morrisey. Costumes by Sandy Powell. Music by Paul Cantelon. Coprod. Mark Cooper. Ed. Paul Knight, Carol Littleton. Prod. Des. John Paul Kelly. Photog. Kieran McGuigan. Exec. Prod. Scott Rudin, David M. Thompson. Prod. Alison Owen. DVD. Universal-Columbia Pictures, 2008.
Tras mucho tiempo de tenerlo haciendo ganas, por fin vemos con Álvaro la película de James Cameron The Terminator, que a estas alturas tiene un look decididamente retro con sus peinados de los ochenta, sus teléfonos fijos y sus Schwarzeneggers de cera. La primera propuesta de guión de James Cameron es de 1982, y la película sale en el ochenta y cuatro, hasta con alguna alusión a Orwell que luego se cayó por el camino. Pero la película tiene, claro, un tema subyacente donde convergen lo orwelliano (la sociedad distópica mecanizada) y lo shelleyano—la criatura artificial que se vuelve contra el creador. Aunque al contrario que Frankenstein, el Terminator no tiene fibra sensible. Menos mal que lo aplasta una máquina tan despiadada como él—pero que aún es de las de apretar botón.
Esta temática de la rebelión del robot, inherente a la idea misma de robot, tiene una variante que es la dominación de los robots, y ahí ya convergemos no sólo con 1984 sino con todo tipo de distopías. The Matrix es la versión fin de siglo del mismo tema, basada en la alucinación colectiva de Internet en lugar de en la herramienta industrial mejorada cibernéticamente. Al basarse estas fantasías científicas en una lectura extrapolativa de la flecha y dirección del progreso tecnológico, va unido a ellas el tema de la inevitabilidad de los desarrollos temporales: "si seguimos por aquí..." etc. El desarrollo tecnológico dará lugar a un mundo cada vez más mediatizado por la tecnología, y donde los procesos inteligentes se ven sustituidos gradualmente por la inteligencia artificial. La proliferación de armas nucleares culminará en sistemas de defensa y ataque plenamente automatizados, y en la guerra nuclear a gran escala. Hasta allí, la extrapolación que probablemente es profética—tanto más cuanto que es una profecía sin profeta concreto, que forma parte de la consciencia colectiva de la era nuclear, y que Cameron no tiene talla especialmente destacada para formularla de manera original.
El diagnóstico, pues, está ahí para quien quiera mirar: holocausto nuclear y control cibernético. No es difícil de ver. Una vez visto, ¿cómo impedirlo? La película tiene teorías del tiempo múltiples y contradictorias. A la vez hay que tratar de impedirlo, e ir paso por paso para que se realice lo que ya está escrito—según nos dicen los mensajeros del futuro, encarnación intradiegética de nuestra prospección imaginativa. Esta tensión entre lo ya escrito (o ya filmado) y lo imprevisible, es altamente cinematográfica—el tema de la película se intensifica reflexivamente con la experiencia a la vez imprevisible y determinada de su visionado por cada espectador, y es en esta cinematogenia inherente a estas paradojas temporales donde ha de buscarse gran parte del éxito masivo y la fascinación de esta película. Aparte del gore, los tiros, etc., y otras características que son menos inherentes a la especificidad de su guión.
Tensión, por tanto, entre lo que sucederá (porque sabemos que está escrito) y lo que podría no suceder. No es sorprendente que entre la intertextualidad mítica de esta película se encuentre de manera prominente la historia de Jesucristo—el Enviado, el primer Termineitor, al menos desde el punto de vista de Satanás. (Por tanto tampoco es gratuito, ni mucho menos, el acierto de aquella parodia de Terminator enviado para proteger a Jesucristo).
El destino de Cristo también estaba escrito, y también él ha de cumplirlo, hacer lo necesario para que llegue a suceder lo que de todos modos ha de suceder. Aun con todo tiene dudas sobre el trayecto preciso o los límites de la determinación ("Padre, aparta de mí este cáliz", etc.).
Sarah Connor es una figura de la Virgen María que ha de dar a luz al nuevo mesías, John Connor. Tras una resistencia inicial ("¿por qué yo? No soy digna de que entres en mi casa"), acepta su destino, y se prepara para la tormenta final que ha de venir. Visto que no puede cambiar el futuro, procurará realizar su papel bien. Por cierto, entre los elementos suprimidos del guión de Cameron en la forma final firmada conjuntamente con Gale Ann Hurd (guión que data en su primera versión de 1982) se encuentra un proyecto de Sarah Connor para destruir la empresa de Silicon Valley que acabaría desarrollando los sistemas de inteligencia artificial para Skynet en el futuro próximo... bueno, como digo este plan de alterar el futuro es algo a lo que se renuncia (incluso en esa versión del guión, y luego hasta se suprime). El futuro ha de cumplirse, y en ese cierre necesario insiste la escena final de la película, cuando le hacen a Sarah la foto suya que el enviado Reese verá quemarse en el futuro, muchos años después.
Es un orden por otra parte también altamente metaficcional, este sometimiento al destino. El planteamiento inicial de la película (con el envío del Terminator al pasado) está basado en el deseo de reescribir el pasado (matando a Sarah) para modificar el futuro y que no exista John Connor. Pero el envío del segundo enviado, Reese, ya va encaminado más bien a hacer que el pasado se cumpla en sus propios términos. Es un orden secuencialmente necesario dentro de la economía narrativa: al principio de una película el futuro está abierto, y la película consiste en rasgos generales en su cierre gradual. Esto es otro elemento estético de un guión "redondo" y convincente, que hace de la película un objeto estético con una inevitabilidad narrativa que le es propia, y que resuena de manera especialmente poderosa cuando queda anclada en el trasfondo general de la narrativa "inevitable" del desarrollo tecnológico. Digamos, entonces, que es una estructura argumental-temporal especialmente bien diseñada y apta para el tema de una película de ciencia-ficción.
Tanto más si las resonancias van más allá de la gran narrativa tecnológica y se suman ecos redentoristas traídos de la Biblia. El interés de Cameron por la figura de Cristo es conocido, hace poco iba tras la tumba de Cristo... un enviado que (como Reese) al parecer acaba muerto y enterrado, aunque no sin cumplir su misión.
Si Sarah Connor es la Virgen María, no faltan ecos que sugieren que Reese y John Connor son la misma persona. Que, tomando su destino en sus manos, ha venido del futuro directamente a engendrarse a sí mismo, y hacer posible así la existencia del Redentor que él es. Es una versión incestuosa del tema de la Encarnación que a pesar de que pueda parecer ligeramente escandalosa, sí saca a la luz algunas cuestiones que se hallan subyacentes o en potencia en el mito bíblico, y que quizá contribuyan también a darle su especial fascinación. Dios es padre, y dios es hijo, pero el hijo y el padre son para los cristianos un solo dios, y el Hijo existía antes que su madre. Podemos decir, salva sea la distancia, que el Hijo, no menos que el Padre, es el padre del hijo. Y que Dios da cumplimiento así (en su encarnación terrena) a su esencia de Autoengendrado, como ya la cumplió en el principio de los tiempos.
En la película nunca se dice que Reese sea el hijo de Sarah en el futuro. Su edad lo impide (si cotejamos las fechas de las escenas de 1984 y de 2026 en las que aparece). Sería por edad más bien un "nieto" de Sarah, o un hijo adoptivo de John Connor. Pero aquí no hablamos de sentidos literales e históricos, sino de ecos, fantasías y sugerencias. Si John Connor era la "father figure" de Reese, tal como sugieren las primeras versiones del guión, lo que hace Reese es (si no engendrarse a sí mismo) sí engendrar a su propio padre—seducido por la leyenda de su abuela Sarah.
No es una lectura que haga la película de modo explícito, pero sí que nos empuja en cierto modo a ella. La figura de John es muda y oscura incluso en las primeras versiones del guión. Su papel se va reduciendo conforme nos acercamos a la versión filmada. En las versiones primeras del guión, John es "una figura imponente", líder de los rebeldes contra las máquinas, que salva a Reese, y a su vez al parecer muere a manos de un Terminator. En la versión filmada se habla de él pero no se le ve ni se le distingue—es un mito, o un constructo, o paisaje de fondo. Es Reese lo más parecido a un líder entre los rebeldes; es él quien tiene la foto de Sarah, no John; John sólo es el transmisor de la foto, si transmisión ha habido, y el autor del mensaje de ánimo que envía a Sarah por medio de Reese. En la primera versión del guión, el mensaje del futuro contenía un aviso sobre cómo terminar con el Terminator; luego ni eso queda. Lo más importante que viene del futuro no es el Verbo, sino la carne, Reese mismo, al parecer con desconocimiento de su misión de Inseminator—pero quién sabe...
La Máquina del Tiempo existe. Es el cine, es la narración. La narración, y la paralógica retrospectiva que le es inherente, el hindsight bias, es nuestra experiencia cotidiana de viaje en el tiempo.
La ficción del viaje en el tiempo invita al ser humano, inevitablemente, a volver sobre su propio pasado y engendrarse a sí mismo, una fantasía de retroacción absoluta que es la Encarnación, en el seno del guión, del caso límite que pide la paradoja temporal. Algo hay de estos autoengendros en toda narración que adecúa sus principios y planteamientos para que los finales salgan como tienen que salir, asegurando así que haya coherencia aun en medio de esa paradoja que es intervenir a distancia en el pasado, o en el futuro. Y narrarlos ya es intervenir en ellos—aunque no sabemos si lo suficiente.
Otra de las comedias raciales/sexuales de Will Smith, cuyas difíciles relaciones con las mujeres blancas hemos seguido últimamente en Yo, Robot y en Soy Leyenda. Aquí hace de un superhéroe negro borracho y desorganizado, Hancock. Del corazón de Smith nunca está lejano el arquetipo del negrata de la calle, deslenguado, desvergonzado, y aparentemente amenazador para los blancos o ajeno a su mundo. Luego, claro, son comedias de integración en las que juega un papel heroico, o irónico, y en todo caso mostrando que el antisocial hostil a los blancos es sólo un barniz o disfraz. Con las blancas lo tiene más difícil todavía—aquí llega a besar a una (Charlize Theron), y encima casada con un blanco, pero el beso del negro y la blanca va seguido de un monumental tortazo y luego una pelea que casi destroza el barrio. Resulta que los dos son superhéroes o dioses o algo así que vienen amándose y peleando a través de los tiempos, pero que sólo conservan sus poderes cuando se mantienen a distancia uno de otro. Todas las demás parejas de dioses (no consta que fuesen interraciales) murieron al amarse—sólo esta sobrevive a través de los siglos, hay que deducir que porque es pareja imposible de negro y blanca. Hancock averigua esto, y su historia, hablando con ella—él sufría amnesia, mientras que Charlize lo sabía. Descubren la superidentidad de ella Hancock y su marido, un publicista blanco—y tras muchos avatares, y casi perder la vida por estar demasiado cercanos, guardan las distancias, cómo no, ella volviendo a su vida de ama de casa discreta, y Hancock retomando una vocación de superhéroe más aceptable y convencional, Si es que es una comedia de integración... claro que de integración dentro de un orden, porque Hancock está al final condenado al celibato o al menos a no mojar blanca. En su lugar se ha hecho con una mascota, un águila. Sobre el tema de las águilas americanas que aparecen a pares en el cartel promocional: Hancock es al principio el típico borrachuzo indeseable, tumbado en un banco donde figura esa águila americana—siendo él la negación del sueño americano. Pero posibilidades tiene—sólo que no las aprovecha bien. El publicista le enseñará, y a cambio Hancock hará triunfar su plan de un logotipo visible a nivel mundial, inscribiéndolo en la luna. El copyright reportará pingües beneficios, y vemos así que el arreglo de los males del mundo se hará dentro de las pautas del beneficio empresarial. Hancock apoya esto aunque sea un tanto desganadamente. Sí pasa a volar con más elegancia, y a vestirse de superhéroe en lugar de vestirse de capullo callejero. Lo de que lo llamen capullo lo lleva muy mal, es lo que le llama una blanca a la que le toca la pierna groseramente al principio. Luego se resigna a su lugar. El águila, como decía, pasa de su gorro (allí un ideal mal llevado o degenerado) a materializarse al final como su mascota, una especie de logotipo viviente ahora. Recuerda también al halcón que llevaba el superhéroe negro ayudante/auxiliar del Capitán América, El Halcón. Recordemos que el Halcón también llevaba mal lo de su subordinación al capi, no tener superpoderes, y al final conseguía una alas para volar de verdad. Y recordemos también que en la anterior película de Smith, The Pursuit of Happyness, donde el personaje de Will Smith buscaba desesperadamente la promoción social y el empleo fijo, su hijo llevaba siempre su juguete favorito, una figurita del Capitán América. Recordemos, por último, que John Hancock era el primer firmante de la Declaración de Independencia de EE.UU. (mientras que el último viene a ser Barack Obama)...
Vamos, que Will se apunta willingly al sueño americano, aunque requiera desautorizar a los chicos de la calle, hacer jornada intensiva, relaciones públicas, merchandaising planificado—y encima no se ligue nada.
Justo acabábamos de ver una bandada de cuervos posados observándonos al lado de la playa, y hablábamos de Los Pájaros de Hitchcock—películas que tenemos que volver a ver, éstas de Hitchcock. En su lugar nos cruzamos el puente de piedra de la ría y nos vamos a unos cines bien majos y bien vacíos al lado del Landro, a ver esta película de M. Night Shyamalan, El incidente, pariente próxima y heredera. Esta vez no hay pájaros en la cabeza de una mujer, aunque sí que hay un argumento secundario de crisis matrimonial; el subtexto misterioso lo ponen la histeria terrorista y los pájaros de la cabeza del director Shyamalan, con una historia de árboles que se vengan de los humanos o los atacan. Vamos, que hay una oleada masiva de suicidios en el noreste de USA, con un viento que le da a la gente, que entonces pasa a automasacrarsede la manera más rápida; y la cosa queda a medio explicar un poco a la mecagüen diez, con esa teoría de la vegetación. Ya se nos prepara desde el principio cuando el protagonista (profesor) habla en su clase de ciencias de actos inexplicables de la Naturaleza (por no mentar a Dios). Podían haberse ahorrado lo de las plantas, y quizá con eso habría eliminado algún aspecto ridículo la película, dejándolo en simple misterio, e insinuaciones sobrenaturales. Es facilón el final, con la repetición del comienzo tras la aparente resolución feliz (con embarazo incluido). Y vamos, otros momentos torpes también tiene que serían quitables, plumeros que se ven por aquí y allá—como el anuncio del iPhone que nos cuelan. (Por cierto, que el iPhone no lo venden en todas las tiendas de Movistar, sólo en algunas, las "premium" o no sé qué. Hemos intentado comprarlo, y nada, ni aunque nos lo vendan por el cine. Vaya fiasco de campaña de marketing). En conjunto la película está visible, y se sigue con suficiente tensión la huída campo a través del matrimonio en crisis, con una niña que les han colocado unos amigos, y que acabarán adoptando al morir éstos. Muchas de las conversaciones de esta película resultan forzadas, mal coreografiadas, dependientes de un solo personaje; éstos también tienen a veces reacciones absurdas. No se vé por qué habría de parecer loca la señora que vivía sola, sólo por tener una muñeca de película de terror. Allí se menciona El Exorcista. Está bien la música de James Newton Howard. Hay alguna escena espectacular y lograda, como el suicidio de los obreros de la construcción al principio. Pero a fin de cuentas viene a ser una película derivada y forzadilla, con una voluntad de originalidad de autor tan limitada como el autocameo de Shyamalan al estilo de Hitchcock. Necesitaría interacciones menos forzadas entre los personajes al moverse—esto de ponerse de acuerdo unos desconocidos con otros alrededor del protagonista parece clave en las de Shyamalan, y flojean por allí. Y una actitud menos oportunista y más reflexiva hacia el tema de la histeria terrorista y la paranoia americana. Pero claro, eso es lo que precisamente la hace más americana, esa mezcla de exposición de la histeria y de participación desvergonzada en ella. En lo que no se equivoca el guionista Shyamalan es en que veremos más episodios de éstos de terror colectivo; y más películas en esta línea seguro que también, e incidentes de masacres masivas que por suerte o por desgracia serán más explicables para los que queden vivos.
Infierno para unos, sopa boba para otros. El Foro Ermua apoya la promoción de la película de Iñaki ArtetaEl infierno vasco, pero no hay ninguna distribuidora comercial que se anime a ponerla en sus cines. Oye, no sea que les vayan a poner una bomba al cine, o a romper las lunas—pero si decimos que es porque no interesa al público esto de la denuncia del nacionalismo obligatorio, pues tampoco mentimos mucho; y así todos contentos.
Se va a intentar estrenar la película en sitios supongo que "alternativos" en Madrid, Barcelona, San Sebastián, Bilbao y Vitoria, de momento. Espero que la lleguemos a ver por Zaragoza y en más ciudades, pero siendo que el país prefiere con mucho Indiana Jones, o Mortadelo y Filemón, a cosas que le puedan hacer reflexionar o prestar atención a lo que pasa aquí mismo, pues no le auguro mucho futuro. Al nacionalismo con cucharón, en cambio, se lo veo brillante.
Esta es una película de Wim Wenders (y quizá también de Nicholas Ray) sobre la muerte de Nicholas Ray, el director de Rebelde sin causa.
El mayor parecido es con obras como Cómo se hace una novela, de Miguel de Unamuno, o Malone Muere de Beckett, o "Life-Story" de John Barth. O con La noche americana de Truffaut. Se dirá que no tienen mucho en común... bueno, vistas a través de esta película, sí.
Versa fundamentalmente sobre... ¿el intento de regreso de un hombre a su hogar? ¿la imposibilidad de regresar? ¿la transformación que el final impone sobre lo que se hizo al principio? ¿la recuperación de la dignidad de un hombre "que tuvo mucho éxito en su tiempo"? ¿Experimentar la muerte sin morir? Son algunas de las respuestas de la película. También nos dice que su tema central es la manera de enfrentarse a la muerte de Nicholas Ray. Pero es un tema tentativo, enfocado de manera cambiante y provisional, con todos los andamios puestos, porqu la manera de enfrentase a la muerte de Ray viene interferida por la película misma que la filma—pero claro, el proyecto es eminentemente cinematográfico. La película que puede contribuir a matar a su actor y a su tema... Una versión real de La Mort en direct, si se quiere—real hasta cierto punto, claro, la muerte queda ficcionalizada en parte, y hay un artificio de filmación que impregna hasta los momentos más documentales, más "en crudo" de la película; de hecho el carácter mediato y retórico de éstos se ve potenciado por su abismación en la pantalla. Pantallas dentro de pantallas, más que en Spielberg, y de modo más interesante; películas montadas con distintos tipos de grano, filmadas según técnicas más o menos improvisadas, y con distintas relaciones (siempre problemáticas) con el objeto filmado. Un experimento documental complejo, entre amanerado y desgarrado, quizá fallido necesariamente, y recomendable sólo para forofos del cine, como era la víctima Ray—pero que a esos no dejará de captarles la atención. Fascinante a su manera.
Se presenta este objeto estético como "proceso" y no como "objeto", con cámaras filmando cámaras, documentales ensamblados , y discusiones sobre cómo va la película; pero también tiene su buena dosis de cálculo y diseño, por ejemplo con otros "objetos insertos" que armonizan simbólicamente con su tema—como escenas de las propias peliculas de Ray o alusivas a ellas, el ensayo de una representación teatral de Kafka (el Informe a una Academia)o la anticipación de la muerte filmada del propio Wenders... pero lo más característico del proyecto es su propia autoevaluación constante y su regressus in infinitum que a la vez lo paraliza y permite llevarlo a cabo dentro de sus limitaciones—hasta que Ray, o Wenders, dice "¡Corten!" Película extremadamente metaficcional, pues, y en la que se produce esta ambivalente relación entre la ficción y la realidad (relación discutida en la película misma): la realidad—siempre dudosa e ilusoria para un moribundo—queda invadida de ficción; y la película oscila indecidiblemente entre la visión de la realidad descarnada por el cáncer del moribundo Ray, retratada en su cara, y una nueva forma de ilusionismo y vanidad llevados hasta el pie de la tumba. Hay una coquetería indigna, claro, en dejarse filmar muriendo, aunque sea para una obra de arte—como ceder el propio cadáver para que, disecado y plastificado, sea nuestro propio monumento fúnebre. Aunque si al final todo es vanidad—por qué no optar por la vanidad de volverse actor, y cruzar al otro lado de la lente. Se diría Ray—y Wenders, que también actúa. Es la única inmortalidad accesible, después de todo—y quién duda que quedan más inmortalizados los actores que los directores.
Aquí está la entonces esposa de Wenders, Ronee Blakley, cantando la canción que da título a la película (o viceversa) en los títulos de crédito. Un descubrimiento como cantante para mí:
Lightning over Water. Dir. Nicholas Ray y Wim Wenders. Guión de Wim Wenders. Intérpretes: Nicholas Ray, Wim Wenders, Susan Ray, Tom Farrell. Música de Ronee Blakley. Ed. Peter Przygodda. Photog. Ed. Lachman. Prod. Chris Sievernich, Pierre Cottrell. Alemania y Suecia: Road Movies Filmproduktion / wim Wenders Produktion / Viking Film, 1980. DVD. Barcelona: Filmax, 2003.
Esta es una película de la tradición solidaria gay—ya se sabe, Dios los cría y ellos se juntan, como hombre y mujer. Así tenemos a Benjamin Britten interesado en hacer óperas sobre obras de Henry James o de Melville: Billy Budd, una de marineros pero sin ballenas, con libreto de E. M. Forster, y cantada por Peter Pears. O aquí en Gods and Monsters tenemos a Ian McKellen, que hace tiempo dejó el armario (si es que jamás examinó sus interioridades) interpretando a James Whale, adaptado por Bill Condon (—que ostras qué nombre el de este hombre, en español—), y sobre una novela de Christopher Bram, vamos, que entre todos deben ser medio lobby gay. Aunque la historia termina con Brendan Fraser como padre de familia, y empieza con Mary Shelley que tampoco era gay, o con el monstruo de Frankenstein, que como todo el mundo sabe era heterosexual vocacional—vamos, si hasta Whale se molestó en buscarle novia. De eso va la peli también, vamos—que a fin de cuentas los gays están rodeados, son minoría vista con suspicacia, y hay sus muchas dificultades de encaje en la sociedad heterosexual, cuando no persecuciones de esas típicas de la horda de labriegos con horcas y guadañas y horcas de las otras corriendo tras el monstruo para emplumarlo o empalarlo o sacarlo del armario o meterlo en él o lo que juzguen oportuno. Da gusto ver una película tan cuidada hecha por semejante equipo, y merecía sin duda varios oscars, empezando por el de McKellen tremebundo como Whale, viejo gay retirado ya de la vida loca pero aún arriesgando a su manera, y siguiendo por el director (que de hecho se llevó un oscar como guionista adaptador), por el fotógrafo, por el maquillaje, ambientación.... vamos, que hay que verla por gusto. Especialmente divertidas son las escenas que juegan a recrear el rodaje de La Novia de Frankenstein, o los versionados de la Frankenstein original, con Whale/McKellen como monstruo... película metafílmica pues, para vocacionales de las de terror clásico, ese género que ya en los años 50 daba risa, como le da al propio Whale aquí. Y su criada, Lynn Redgrave, qué maravilla de actuación, haciéndole asquillos a los vicios de su patrón, debería casarse con ella, que le quedase la casa. Total, con el joven jardinero Boone (Brendan Fraser) no liga, que es hetero-duro: y éste es el centro de la película, la relación entre un viejo gay artístico (Whale/McKellen) y un viril homófobo (Brendan Fraser/Boone) que se sienten atraídos mutuamente aunque no precisamente de la misma manera. Tiene sus momentos-denuncia, naturalmente, con divertidas parodias de los prejuicios homófobos del público de a pie. Otras veces en cambio parece que se les cae demasiado la baba conjuntamente a Whale, McKellen, Condon y Bram juntos, cuando ponen al joven cachas hetero en situación de vulnerabilidad erótica frente a McKellen—recuerdan estas escenas ("ay cámbiate la ropa, que te has mojado, huy, no tengo pantalón de pijama para prestarte", etc.) a comedias heterosexuales parecidas, con la tía buena artificialmente exhibida, o más exactamente, a alguna película machota sobre una lesbiana que está buenísima y que hay que convertirla al sexo del bueno. Vamos, que el equipo no se corta de ensoñaciones gayescas, reubicando al macizo jardinero Boone fantasiosamente en un promiscuo paraíso de orgía piscinera, o poniéndolo en situación casi casi de sufrir agresiones sadomasoquistas, en cueros y con una máscara de gas puesta, con fálicos tubos colgando... Allí el white Whale de la película no se puede reprimir y ya le salta encima al jardinero a meterle mano ("ups, le ruego me perdone usted"). Allí ya no se sabe quién fantasea, una fantasía colaborativa quizá, pero va sugerida con la fea máscara el tema ese del sado peligroso, y hasta eso que hacen los gays ingleses de cortarse la respiración y medio asfixiarse para disfrutar más—eso no es sexo seguro, Bill. La máscara que le pone Whale al jardinero le ponía a Whale porque le recordaba las trincheras de la Primera Guerra Mundial, donde aparte de las cartas a la novia había todo un universo gay subterráneo entre sacos terreros—que le pregunten a Wilfrid Owen y Pat Barker. A esos recuerdos regresa Whale cada vez más frecuentemente, por disfunciones y colapsos cerebrales, que sirven de excusa focalizadora para bonitos flashbacks—Aunque le criticaría yo aquí al decorador que las trincheras están demasiado limpias y nuevas. En fin, en cualquier caso es inverosímil que el homófobo semidesnudo se deje meter la máscara de gas por el peligroso vejete—aquí desbarra un poco la fantasía. E incluso es inverosímil, también, que se preste a acompañarlo a la fiesta de Hollywood como un equívoco amante; eso está out of character después de los gritos que le había echado a Whale por mirarlo lujuriosamente, y pertenece como digo a la fantasía ésta gay de "ójala los pudiésemos convencer, a estos estrechos de heterosexuales, ójala les pudiésemos cambiar el cerebro", un poco como lo de convertir lesbianas macizas a base de besazos viriles y castigadores, vamos... Este Whale, deseoso de acabar su vida ya, por sus problemas neuronales, quería terminarla en un espasmo orgiástico y un regreso simbólico a la trinchera, mientras es estrangulado por su bello jardinero. Cosa que no consigue, y mira que se esfuerza. Me parece una relación ésa menos recomendable que la otra escena que comparten de "vive y deja vivir" mientras se fuman un puro juntos. Bueno, dos puros, guardemos las distancias, que con el simbolismo púrico ya va servido Condon. En cualquier caso la película es tristemente realista cuando Whale recurre a ahogarse en su piscina gay, a falta de muerte más dulce. Y después de pescarlo lo vuelven a echar al agua, el buen jardinero y el ama de llaves, para no involucrar al Boone que en efecto es ficticio y así se libra de salir en la Historia. Flota Whale casi con gracia y abandono, pero... Al parecer la nota de suicidio de Whale era también más pesimista en la realidad que en la película. De esta experiencia el jardinero parece sacar la conclusión de buscarse vida de pareja (hétero) en lugar de la vida promiscua y hetaira que llevaba hasta entonces. Se casa y hace un niño en vez de un monstruo—no sé si se desprende todo esto de la relación con Whale, realmente. Sí le había quedado claro eso de que no es bueno que el hombre esté solo, pero igual más bien aprende de la novia que se echaba Frankenstein. Pues insistamos que en cuanto al monstruo (a quien termina imitando a solas por la noche el jardinero Brendan/Boone), si bien es buena alegoría del perseguido, y de reproducciones sin mujeres, no es para nada gay: es feo, romántico y heterosexual. No me acaba de convencer el final para una película de gays militantes—por lo menos no para una alegre. Cierto también que un gay viejo y enfermo y sin pareja es con frecuencia un gay triste; la película hace lo que puede por endulzarlo, pero al fin y al cabo culmina en un suicidio, y la expresión sweet suicide sólo me suena de aquella canción de Patti Smith.
Gods and Monsters. Dir. Bill Condon. Screenplay by Bill Condon, based on Christopher Bram’s novel Father of Frankenstein. Cast: Ian McKellen, Brendan Fraser, Lynn Redgrave, Lolita Davidovich, David Dukes, Kevin J. O’Connor. Regent Entertainment, 1998. Spanish DVD: Dioses y monstruos. Madrid: Columbia Tristar Home Video, 1999.* (Oscar for best adapted screenplay).
Una de las últimas películas de Chaplin, una película curiosamente fallida pero interesante precisamente por su tono ambiguo y la autodramatización ambivalente, casi chirriante, del viejo cómico en el papel de un asesino en serie. Esta película puede verse en el contexto de los problemas de Chaplin con la ley, investigado por su conducta sexual inmoral y por sus relaciones problemáticas con jovencitas (sin contar las sospechas de comunismo, etc.):
"Chaplin’s biggest public-relations misstep may have been the film he released in 1947: Monsieur Verdoux, a parable about a poor Frenchman (played by Chaplin, who also co-wrote and directed the movie) who marries and kills rich widows for their inheritances so he can support his crippled wife and young son. In the movie’s climactic courtroom speech, Chaplin asks, “As for being a mass killer, does not the world encourage it? Is it not building weapons of destruction for the sole purpose of mass killing? Has it not blown unsuspecting women and little children to pieces? And done it very scientifically? As a mass killer, I am an amateur by comparison.” American moviegoers spurned what seemed like a justification for murder and an indictment of the United States. The audience at the New York premiere actually hissed."
Adding injury to insult, the House Un-American Activities Committee subpoenaed Chaplin that September; he responded by sending each of its members an invitation to Monsieur Verdoux. He was never called on to testify. A bill that could have led to his deportation had been introduced on the Senate floor two years earlier, and after it failed, the sponsor, William Langer of North Dakota, asked in March 1947 how “a man like Charlie Chaplin, with his communistic leanings, with his unsavory record of law-breaking, of rape, or the debauching of American girls 16 and 17 years of age,” could be allowed to remain in the country."
En la película se presentan en clave de comedia un tanto agriada las aventuras de Monsieur Verdoux, asesino en serie de viudas. Chaplin recicla su personaje charlotesco (asociado con Monsieur Verdoux en diversos carteles promocionales, y en manera de actuar en las escenas cómicas), y lo convierte en un refinado asesino de señoras que al parecer también debe algo al Wainewright glosado por Wilde en "Pen, Pencil and Poison", y quizá a su Lord Arthur Saville. La película era políticamente incorrecta: tuvo célebres problemas con la censura por su planteamiento de base, intentando hacer simpatizar al espectador con el asesino, frente a las desagradables, feas o ridículas víctimas. El punto de vista crea simpatía, decía Wayne Booth, y si Chaplin no lo consigue del todo hay que reconocer que lo intenta mucho. Cuando Monsieur Verdoux renuncia a matar a una de las mujeres (no por casualidad una chica joven, bonita, algo ladronzuela y sin dinero)... bueno, es que casi parece el hombre un sensible y un dechado de ternura, un modelo de humanidad. Desorientadora sí que es la película, pues, deliberadamente, y provocadora. Chaplin toreó a los periodistas y críticos que lo acosaban como sospechoso de comunismo, y a los censores que le exigían cambios en el guión, y lo hizo casi con deleite.
También ofendió el que no se dejase consolar o confesar por el cura, ante quien se presenta como quien no tiene de qué arrepentirse; y con su abogado aún es más explícito: él mata sólo por "negocios" y es un insignificante aprendiz al lado de los héroes nacionales, que organizan guerras y matan a millares. "Los números santifican", es una crítica directa de Chaplin al poder coercitivo del Estado y al belicismo... pero ay, lo dice en justificación propia un asesino múltiple y estafador sentimental, un terrorista secreto de la violencia doméstica. Y su ánimo autoexculpatorio (es ésto lo que realmente ofende y turba de la película) parece en buena parte compartido por el director. Es revelador que los actos de asesinato nunca se presentan directamente, sólo se mencionan, con lo cual Monsieur Verdoux queda bastante exonerado, y el tono de su autoexculpación final lo presenta no tanto como el monstruo que dice el juez señalándolo (se vuelven todos a mirar, hasta Verdoux mira atrás), sino más bien como la víctima inocente de un sistema penal arbitrario e hipócrita.
En suma: que si es posible que cuando acusaban a Chaplin de filocomunismo no anduviesen desencaminados, cuando lo acusaban sus críticos de presentar una tesis inmoral o provocadora, hay que reconocer que lo hacía a sabiendas y quizá buscando pelea. Y sí: la tesis es políticamente incorrecta: se piense lo que se piense del antibelicismo, es hipócrita y abyecto, o deliberadamente ofuscatorio, el utilizarlo para justificar asesinatos domésticos—es curioso que tantos intelectuales defensores del Chaplin "perseguido por MacCarthy" no vean esto. Un paso en falso tan deliberado requiere quizá una explicación más allá de lo meramente político.
Chaplin no era asesino de viudas, evidentemente, pero en las vidas múltiples de polígamo de Monsieur Verdoux se presenta en clave de farsa una especie de versión alternativa de su propia vida de mujeriego y engañador. La trasposición es un tanto provocadora, y desde luego en su autoexculpación Chaplin no piensa por un momento en presentar a su personaje como otra cosa que un manipulador frío y despiadado, y a la vez sin embargo procura que simpaticemos con el personaje al hacernos compartir su punto de vista y tribulaciones. Las mujeres a las que manipula son patéticas, ridículas o carentes de interés. Y los asesinatos... bien, Chaplin no asesinó a nadie, ¿no? Pero aparte de los "cadáveres" simbólicos que iba dejando atrás, al parecer sí forzó en diversas ocasiones a abortar a sus múltiples parejas. Y también a eso quizá se aplique la autoexculpación de que en efecto es un matador, pero a pequeña escala.
Hay una escena reveladora (para quien busque revelaciones) en este sentido. La única chica por la que parece sentirse atraído, y a la que sin embargo pensaba matar simplemente para probar su nueva receta de veneno, es como decimos una de las que se libran. Acababa de salir de la cárcel, y en sus maneras un tanto ligeras, acompañando a un caballero a su casa sólo porque la lleva con el paraguas, reconoce Monsieur Verdoux a una muchacha marginal, recién salida de la cárcel. Bien, pues simpatizan, y la chica le enseña un gatito que se había encontrado por la calle y llevaba escondido en su gabardina, criaturita que "adoptan" durante unos segundos. Le dan leche (que les sienta fatal a los gatos)—vamos, es como un bebé simbólico. Y OK: la chica es perdonada, Verdoux no le da el veneno, y la deja ir. Pero ni ella ni él se vuelven a acordar de que se tiene que llevar el gato: éste se ha volatilizado. Ojo, que la película está cuidadosamente diseñada y escrita y dibujada previamente escena a escena. El gato desaparecido parece un símbolo desplazado de ese hijo imposible que no va a tener Verdoux, o Chaplin, con esta chica.
Otra escena reveladora, en otro sentido, es con el hijo que sí tiene el Monstruo de Crueldad. Se nos presenta a Verdoux como un asesino que mata para mantener a su auténtica familia. Esto se hace con un poco de ambivalencia mental—a la vez aceptando y no aceptando sus explicaciones en este sentido. Y hay una escena en la que sí sale su mujer "real", paralítica, a los que sí quiere... o eso nos dicen; otras también lo apreciaban y acabaron en el horno. En todo caso estos personajes son presentados un poco de refilón y mala gana: no se desarrolla la relación de Verdoux con ellos, y desaparecen casi como el gato: en un momento dado se nos dice que Verdoux los perdió. Claro, ha perdido a tantos.... y sin embargo se espera (la película espera) que no cuestionemos esta versión. Se nos dice que vivió Verdoux su vida "necesaria" de crímenes como un sueño o una compulsión.... Y muerta la causa, desapareció el asesino. ¿Algo nos impide especular con que el propio Verdoux los mató, como a tantas otras personas? ¿No por necesidad, sino por gusto o adicción? Absurdo, claro... pero el que esto sea absurdo sólo demuestra hasta qué punto la película da por buena la versión del asesino en serie. Hay un partido decidido de aceptar sus autojustificaciones y su versión de los acontecimientos—no puede uno sino pensar que el director/guionista ha proyectado en el personajes más energías emocionales de las que parecen justificables, y quizá por una afinidad que diríamos no confesada si no porque está precisamente tan confesada, a su manera.
Es sólo medianamente interesante analizar Monsieur Verdouxdentro del marco de su ficción que nos propone. Su significado más revelador surge, como no podía ser menos, en relación a la autobiografía emocional y política de su director y protagonista. Y es un significado más bien desagradable, y que termina de aclarar por qué esta película es incómoda y rechina tanto. Una hipócrita denuncia de hipocresías muy reales, hipócritamente rechazada por el establishment e hipócritamente loada por la intelectualidad progre. Todo un caso, el caso Verdoux...
Película totalmente prescindible de la factoría Marvel, que esta vez no va de estudiantillos arañados por el amor, sino que nos lleva directos al corazón hueco del Establishment. Tony Stark playboy/millonario, rey de la industria armamentística, que "se vuelve bueno" (a la vez que se vuelve Iron Man) y tiene que luchar a la vez contra malvados afganos guiados por un calvorota cruel que quiere reconstruir el imperio de Gengis Khan, y contra el trepa de su segundo de a bordo en la multinacional, que quiere seguir vendiendo armas a todo quisque. Observemos que lo criticable era que las armas iban a parar a los enemigos de Améirica. (Aquí hay una confusa alusión a los antecedentes usanianos de subvencionar a Bin Laden y a los muyahidines—y eso que el Islam brilla por su ausencia en esta película, sólo quedan de él las cuevas y montañas y kalashnikovs). Vamos, una peli mala mala de esas de soltar adrenalina matando moros malos, y luego un aburrido combate contra el segundo de a bordo, otro calvorota que ha conseguido hacerse en un pispás una armadura más gorda aún que la de Aianmeen. Todo como que no convence mucho: ni su amistad picajosa con el militar negro, ni sus soledades y desamparos repentinos, ni su timidez vergonzante (un pipiolo de repente) con su secretaria Pepa Paltrow, a la que por supuesto tiene en el bote, pero se corta, se corta... un mal rollo más falso que falso, vamos; la película como que hace gestos falsos de criticar el imperialismo agresivo USA para luego dejarlo intacto o más reforzado. Iron Man es como la derecha americana regenerada por el sufrimiento ahora que ve los efectos destructivos de su apoyo a las guerrillas tercermundistas, y más decidida que nunca con Bush a mantener un control propio sobre la supertecnología de la información y las armas inteligentes, restringiendo la capacidad de las empresas para comercializar estas tecnologías. Pero el enemigo está en el corazón del propio sistema, y de hecho el sistema no tiene corazón sino tecnología determinista, y que como hemos visto se difunde (por necesidades del argumento) más rápido que un meme.
Hay que reconocer que la peli tiene sus golpes, como cuando se sube Stark a su convoy militar en Afganistan y manda al negro al coche de atrás: "No, YO voy en el diverti-jeep; el aburri-jeep es el de atrás". Hombre, como políticamente incorrecto, ya se pueden quedar anchos, ya: les sale solo a poco que suelten.
Es una película bastante buena sobre la ley del silencio, la ETA y el tribalismo en el País Vasco. Extraño que no se haya filmado hace veinte años ya, pero bueno, así están las cosas. Esta es la sinopsis que da la distribuidora:
El joven Josu ha resultado herido al intentar saltarse un control de la guardia civil despúes de haber incendiado un camión. Una bala ha impactado en el lóbulo izquierdo y ha perdido la memoria. Es tratado en un hospital penitenciario, a la espera de lo que decidan el juez y la autoridad competente. Él no sabe muy bien quién es, por lo que las monjas que lo atienden le enseñan a rezar y a ser un buen cristiano. Pero otros internos—de su misma organización—le ayudan a recordar que él es, en realidad, un valiente gudari, y que pronto podrá reincorporarse a la lucha, si es que consigue salir de la cárcel. Mientras tanto, los sucesos siguen su curso en el País Vasco. Un profesor de Universidad, Xabier, es amenazado por sus opiniones muy críticas sobre la situación en Euskadi. Es un poco donjuán. Tiene amores con una de sus alumnas, Francesca, italiana, que naturalmente se sorprende todos los días ante lo que está sucediendo por las calles y lugares de Euskadi. Francesca, bella y simpática, es además psicóloga en un establecimiento psiquiátrico. Xabier no renuncia a ir a las cenas de sus sociedad gastronómica pese a las advertencias que recibe por parte de la policía. Una serie de comidas y cenas se repiten mientras Josu Jon, el activista desmemoriado, vuelve a escena, pero siempre bajo la supervisión de un centro psiquiátrico, precismanete el centro psiquiátrico en el que trabaja Francesca. Entre Francesca y Josu Jon hay una corriente de simpatía. Francesca quiere ayudarle a recobrar la memoria. Pero ¿quiere Josu Jon recobrar la memoria o prefiere olvidar quién ha sido?
Llama la atención, en contraste con la película, que es abiertamente antietarra, la estudiada equidistancia de este resumen: "el joven" en lugar de "un pandillero terrorista", "su misma organización" en lugar de "los etarras", "gudari", "la lucha", "el activista"...
Las opiniones "muy críticas" de Xabier eran sólo atreverse a hablar a la prensa, y decir que si los etarras querían que se les perdonase tenían que pedir perdón por sus crímenes, en lugar de seguir ordenando atentados desde la cárcel. Claro que decir eso en el País Vasco es muy crítico: en su universidad le organizan pintadas y pitadas (patético el retrato de la Universidad del País Vasco que se ofrece en la película, y por desgracia se ven cosas así con bastante frecuencia). Tiene que llevar guardaespaldas, recibe amenazas y avisos, unos anónimos otros no, y empieza a morirse de miedo.
En el club gastronómico, muy bien retratado, no se habla de política. Xabier les molesta porque saca alusiones al respecto. Y es en el propio club gastronómico, donde uno de los socios, abogado de los etarras, le dice que disfrute de las cocochas, que serán las últimas que se va a comer. Los demás hacen como que no han oído nada, ante el horror de Xabier. En el baño, un viejo colega le confiesa que tienen que callar todos por miedo, como en efecto les echaba en cara Xabier. Es mejor para vivir en el País Vasco seguir la corriente, atenerse a los rituales tribales y no andar contra corriente. Hay una escena espeluznante en el club gastronómico, una vez se ha ido ya Xabier definitivamente, en la que están todos los colegas, hombretones de cincuenta y sesenta años todos, practicando toques de tambor para su desfile, tocando todos a una como zombis. La escena, grotesca y patética, capta a la perfección el insondable borreguismo colectivo de fondo del País Vasco, que es el que permite que la mafia etarra y los grupos nacionalistas lleven al país de la nariz a donde quieran, una vez desenchufado medio lóbulo cerebral de toda la población. Y encima todos tan contentos de estar haciendo patria y hay que ver qué vascos que somos.
Hay otras escenas bastante logradas: el principio de la película, con unas colinas primigenias del país Vasco, paraíso de los verdes valles, hasta que la cámara se mueve ligeramente hacia abajo y aparecen los característicos bloques de apartamentos de obreros (donde vive Josu) encajonados entre las colinas. O examínese la foto que he cogido: aparece Josu, antes perfectamente integrado en la pandilla de borrokas, un chico de la gasolina más, con el encefalograma plano como ellos. Ahora está con las ideas confundidas, medio subnormal (aunque en su caso es un progreso), y con los instintos divididos pues algo dentro de él le dice que pierda de vista a la banda. Pero estos lo presionan, lo vigilan... la imagen capta muy bien cómo el fantoche de la Eta, medio imaginario, medio pintado por ellos mismos, le apunta a la cabeza al propio "activista" que flojea. Y que es la misma pintada, con su presencia en la calle, la que recuerda quién manda allí. (Hay que decir que lo primero que necesita el País Vasco para ir a buenas es una brigada de arrancacarteles y borrapintadas—con manguera de pintura). En suma, que son los mismos vascos muy vascos quienes presionan y amenazan a los otros vascos muy vascos, y que en suma "todos están invitados" a los siniestros banquetes gastronómicos y peñas de chiquitos, que son la pantalla de humo nacional para no pensar en otra cosa—como decía Savater hace poco en un artículo muy atinado. (Por cierto, ha desaparecido la web de Basta Ya y no lo puedo enlazar... mal síntoma, malo...). Para escenas que logren retratar vívidamente en una imagen la infinita hipocresía de tantos ambientes vascos, no tiene igual esta película.
Pasa con toda fluidez del realismo documental a escenas emblemáticas, simbólicas u oníricas. Por ejemplo, la siniestra llamada a la puerta con la que termina la película (—son sus colegas que vienen a pasar factura a Josu Jon). O las escenas en las que Xabier se siente perseguido y vigilado por todo el mundo al pasear por la ciudad: es un sueño paranoico, pero no tan distinto de las mismas escenas cuando se filman de modo realista. El mundillo asfixiante donde "todos se conocen", todos los ambientes están cercanos, y donde nadie mueve ficha porque todos saben que quedará fichado, todos haciendo como que no saben ni piensan nada, pero mirando con el rabillo del ojo al vecino—uf. No es de extrañar que el éxodo vasco se cuente por decenas de miles. Pero el terreno va quedando tomado por quienes se someten, o por quienes someten. Todo un viaje a ninguna parte, que queda aquí retratado de modo espeluznante.
El atentado contra Xabier tiene lugar, a modo también de contraste para la atención, enmedio de las fiestas: entre desfiles de cocineros, pachangas y alardes de fusileros decimonónicos, los bravos gudaris le dan un tiro por la espalda. Pero la gente sólo ve los fuegos artificiales. Lástima que esta escena de la película está montada de manera desmañada y confusa, y tiene (como alguna otra también) fallos de sonido—ahí hay que esmerarse más.
Como otros puntos flojos de la película, quizá la trama amorosa siempre viene a complicar todo un poco, introduciendo Hollywood donde quizá quedaría mejor una cosa más prosaica e hiperrrealista cutre, que es lo que le va al batasunamen. Josu Jon sabe que quieren asesinar a la Incontrada, la novia de Xabier, pero a él le gusta.... así que va siguiendo a los perseguidores, y les pega un tiro por la espalda cuando ellos la iban a matar. Vamos, que este será más candidato que Yoyes para pasar por la piedra. Esto hace dramático pero no es típico del ambiente borroqueño éste, para nada. El que un personaje haga un cambio de bando tan espectacular queda pues eso, más espectacular que atento al paisaje (y tampoco es que cambie Josu de actitud política, por la confusión de ideas del muchacho éste, que ahora parece medio lelo… pero eso no acaba de arreglar la cuestión). Hay una escena alegórica sobre una psicomaquia en la mente de Josu, donde una víctima del terrorismo hace de ángel bueno y la borroca batasuna de ángel malo, y esta escena también rechina un tanto. El personaje del cura no se entiende bien su actitud, parece inconsistente entre un apoyo más o menos implícito a la Eta o un disgusto por sus acciones. Aunque igual eso lo hace más realista, no sé. La actuación falla un poco en estas escenas, aunque en general están bien los actores. El tema lingüístico en cambio está mal orientado. No queda clara la poética traductológica de la película en sus escenas, no sabemos si los personajes saltan del vasco al español inopinadamente, o si sólo se nos indicaba con unas frases iniciales que están hablando en vasco. Quedaría mejor en vasco el vasco, todo el tiempo que hiciera falta, y con subtítulos.
El defecto más grande de la película no es su intencionalidad política, que es muy deliberada y necesaria, y en eso estamos y es un género. Es más bien que a pesar de su precisión en el retrato ambiental en tantas ocasiones, queda desdibujado el paisaje político. Vamos, creo que ni se menciona a la Eta—aunque igual podrías estar un año en el País Vasco sin que nadie la mencionase, no digo que no. Pero tampoco a ningún grupo, y mira que es un lugar de grupos y grupillos, que tienen tomada la vida pública, un vasco medio sin su peña no es nadie. Tampoco se nombra ni al gobierno vasco, ni a los partidos políticos—en este sentido queda un tanto incorpórea la historia. También este Xabier está totalmente aislado, al margen de sus cocinadores y co-cenadores: no está en contacto con ningún movimiento ciudadano ni político... para enfatizar el acorralamiento de fondo, supongo. Pero esto resulta en una extraña deslocalización que no me parece un acierto, queda una ficcionalización un tanto desetiquetada. Claro que... vete a mencionar a grupos y grupúsculos en el guión, supongo que sería una pesadilla legal: que para eso tienen sus abogados.
E igual hasta le cae algún pleito aún, al director, por ofender a la patria y al pueblo vasco, vete a saber. Porque la verdad es ofensiva. El retrato, desde luego, queda clavao—y es penoso, penoso de dar vergüenza ajena por las dobleces e hipocresías que llevan tantos vascos alrededor de sí, como un campo de fuerza, impregnando toda la atmósfera de mala conciencia cuando se juntan. Y decir que en la mitología nacional antes pasaban por sanotes y directos, los vascos...
Todos estamos invitados. Director: Manuel Gutiérrez Aragón. Intérpretes: Oscar Jaenada, José Coronado, Vanessa Incontrada, Iñaki Miramon... España: Cipi Cinematográfica / Telecinco / Telemadrid / Alta Films, 2008.
Es una película de Godard, un clásico de la Nouvelle Vague, de 1962. Narra el descenso vital de una chica que vive su vida, de joven dependienta casada primero, dedicándose a la prostitución luego, y termina con una muerte de perro en un ajuste de cuentas de sus chulos y propietarios, justo cuando encontraba nueva pareja y pensaba dejarlo. Todo un poco a la ligera, la chica. Pero para compensar, todo contado a la Godard, a base de escenas más o menos inconexas, atípicamente engarzadas; encuadres extravagantes de esos que nos gustan a los intelectuales cinéfilos: con los personajes de espaldas (simbolizando comunicación solapada a veces, otras just because), composiciones con un personaje tapando al otro, con primeros planos desubicados, la cámara yendo un poquito a su aire como sin hacerles a los personajes todo el caso que debiera si esto fuera Hollywood... Cosas todas que no contribuyen desde luego a que la historia se vea involucrándose emocionalmente. Más bien hay una distancia aséptica o indiferencia—la película no juzga, o más bien hace una mezcla atípica e inconsistente, desorientadora, de juicios y abstinencias de juicio. Porque hay muchos juicios implícitos sobre la prostitución, la explotación, etc., no puede ser menos, pero quedan a la vez extrañamente desactivados por lo que vemos. El personaje retratado, Nana (una chica zola), parece un poco ajena a lo que le pasa—va errante por la vida disfrutando de los momentos, mirando las musarañas, prostituyéndose con el mismo desinterés con el que vende o malvende discos, sin plantearse un comportamiento coherente o un proyecto de vida que permitiese pensar que es una víctima de algo o de alguien que no sea su propia desatención y falta de recursos, meningíticos sobre todo. Por ejemplo, debe dinero la chica y la deshaucian, pero no le importa gastarse lo que deben ser sus pocos cuartos en cines y bares. Claro que estas endebleces tampoco parecen preocuparle para nada al director, no están ahí sus prioridades, para nada. Realmente no están sino en desvencijar un poquito la narración cinematográfica tradicional, con escenas que parecen no venir a cuento, conversaciones desconectadas del progreso narrativo, etc. Eso sí: la chica, que tenga sesos de mosquito pero que sea guapa, que su cara resuelva la composición si el plano es demasiado estático. Y una vez retratada, que muera como en el Retrato Oval. Estos materiales culturales accidentales que se introducen (la alusión al cuento de Poe, la conversación sobre filosofía alemana, la escena de Juana de Arco de Dreyer) son como un kit de hágalo usted mismo, para que el espectador los aplique a su gusto a la película, en autorreflexión problemática y no obvia. Pero también los podemos dejar estar ahí, y contemplar el kit sin más. Realmente sí hay vidas que merecen que las filme Godard, y no alguien más involucrado en ellas. Y puestos a filmar la vida cotidiana de una prostituta a fragmentos, se me ocurren muchos otros fragmentos que aquí se dejan fuera. Pero claro, hasta los experimentales clínicos trabajan dentro de unos parámetros presentables de decencia, no vayamos a confundir los géneros...
Vivre sa vie. Escrita y dirigida por Jean-Luc Godard, basada en una obra de Marcel Sacotte. Cast: Anna Karina, Sady Rebbot. Fotog. Raoul Coutard. Prod. Films de la Pléiade. Francia, 1962. DVD: Vivre sa vie / My Life to Live. Nouveaux Pictures, c. 2004.*
Vamos a ver con los pseudo-gemelos una película para niños de esas que cuando éramos niños hubieran sido catalogadas con dos rombos y de terror pánico para adultos. Ahora, pschá, los niños tienen menos miedos, aunque los ogros sean hiperrealistas. Tanto el libro como la película les han gustado mucho.
Resumen de RedAragón: Adaptación de las novelas de Tony DiTerlizzi y Holly Black, Las Crónicas de Spiderwick recrea a base de efectos especiales y espectaculares decorados, un universo fantástico de corte similar al visto recientemente en Narnia o La brújula dorada. Los gemelos Jared y Simon y su hermana mayor Mallory descubren un mundo paralelo poblado por trasgos, ogros, espíritus y hadas a través de la Guía del mundo fantástico que nos rodea, un libro escrito por su peculiar tío Arthur. Desde el momento en que abren el libro, los tres niños entran en un mundo de fantasía e inician una intensa aventura para proteger ese mundo del malévolo ogro Mulgarath.
A observar que es una película para familias traumadas—el padre de los niños los ha dejado para irse "con otra", y en la acción secundaria del drama familiar, lo que sucede es que Jared deja de identificarse con su padre y de echarlo de menos, para aceptar vivir con su madre. Y como vasos comunicantes psicológicos, el ogro de la historia se identifica con la imagen abyecta del padre: en un momento de la película, adopta la forma del padre y hasta lo apuñala el niño, vaya manera de resolver el Edipo. A estas alturas la familia americana media debe estar divorciada y reubicada, claro; y hay que adaptarse. Pero mal quedan aquí los padres/ogros. También la historia del dueño del caserón encantado, el tío Arthur Spiderwick, era una historia de padre ausente, abducido por sus hadas que son sus estudios, y que vuelve del mundo mágico para encontrar a su niña ya octogenaria...
Bueno, a mí me ha pasado que he visto a Nick Nolte, que cuando yo iba al instituto hacía de chaval de instituto en Hombre Rico, Hombre Pobre, haciendo aquí de siniestro vejestorio, otro de los avatares del ogro. Si es que se nos va el santo al cielo aquí en la red estudiando el mundo fantástico que nos rodea, y se nos consume la vida en un pispás...
Las Crónicas de Spiderwick. Director: Mark Water. Interpretes: Freddie Highmore, Mary-Louise Parker, Nick Nolte. http://www.spiderwick.es
Esta película "de Al Pacino" la tradujeron al español como Relaciones confidenciales. Versa sobre Eli (Pacino), un representante judío de actores y gente del espectáculo que está en decadencia personal y profesional: alterado, acelerado, stressado, forrándose de somníferos y antisomníferos y drogas para mantener el ritmo—es una película sobre adicciones en gran medida (como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas), pues Eli es tan adicto al frenético y falso ambiente de Nueva York como lo es al pastillamen. Al Pacino es el centro, tanto así que la película se vuelve obsesiva, casi como un monólogo teatral con voces y caras y coros que entran a acompañar al personaje central que no deja la escena nunca. La sustancia del argumento es el fin de su caída—cuando casi se ha decidido a abandonar su vida e irse a vivir con su cuñada viuda Kim Basinger a una granja de Virginia, un plan que le podría convenir a cualquiera. Pero este hombre es un tipo caprichoso y difícil; parece que el sexo no le va mucho, al menos no con la viuda de su hermano, aunque ella ya querría. Y tiene problemas de urólogo aparte de otros muchos. Con la cuñada está a gusto, le dice que con ella al menos no tiene que actuar ni representar un papel—es él mismo el mejor actor de su elenco—y eso que mientras se lo dice ves que lleva tantas máscaras que ya no sabe cuándo actúa y cuándo no. Está montando una función benéfica supuestamente para unos negros sin papeles, uniendo a los judíos liberales con los líderes predicadores negros de Harlem, una combinación explosiva. Quizá en realidad esté buscando hacerse de relaciones públicas a sí mismo—lo que consigue en todo caso es dar un paso fatal que no debería haber dado. El centro de la gala, obligado a asistir, es la joyita de su portafolio, un oscarizado actor que a pesar de sus muchos líos de drogas y faldas quiere ahora tener una carrera senatorial, aliado con importantes próceres de "izquierdas" forradas. Bien, pues el Eli comete el error de haber visto demasiado (vio entre nubes de opio cómo asesinaban a una starlette que lo iba a chantajear con vídeos comprometedores). Y el error que comete es hacer un amago de encender el ventilador de la mierda: utilizar su "conocimiento privilegiado" para presionar a su estrella, que se quiere ir del portafolio y de la gala, amenazándole con contar lo que sabe. Un asesino a sueldo lo quita de enmedio prontamente. Lo apuñalan con un fino estilete y casi sin sangrar (no se le ocurre ir al médico) se muere viendo la televisión. Por eso de vivir para la imagen. También queda sugerido que en cierto modo se suicida o se hace suicidar—tomando la prejubilación, digamos, como hizo su hermano.
Bueno, toda una recomendación que nos hace un elenco de cineastas de la intelectualidad liberal sobre los métodos de la trastienda política en USA—de la populista-liberal, que debe ser la que de más primera mano conocen. Esperemos que sea una obra de ficción imaginativa. People I Know. Dir. Dan Algrant. Screenplay, Jon Robin Baitz. Cast: Al Pacino, Kim Basinger, Ryan O'Neal, Tea Leoni, Richard Schiff, Bill Nunn, Robert Klein, Mark Webber. Camera: Peter Deming; editor, Suzy Elmiger; music, Terence Blanchard; production designer, Michael Shaw; art director, Charles E. McCarry; Prod. Michael Nozik, Leslie Urdang, Karen Tenkhoff. Exec. prod. Robert Redford, Kirk D'Amico, Philip von Alvensleben. Co-producer Nellie Nugiel. USA: Miramax Films / Myriad Pictures / South Fork Pictures / Galena/Greenestreet Films, Chal Prods., In-Motion AG, WMF V. 2002.
Edith Wharton era bird of a feather con su amigo Henry James. Ella vivía menos reprimida sexualmente (o era más sexual la mujer) pero los ambientes que retratan una y otro son igualmente sofocantes—si bien en el caso de James ayuda que la actitud del autor y su estilo son tan sofocantes como las mentes victorianas (o de la Era de la Purpurina Dorada americana) que retrata. Para crear una ezperiencia realmente intensa, para quien pueda con ella. Wharton es más ágil y convencional en su estilo narrativo; en su observación social se la ve tan curiosa, maledicente y cotilla como sus personajes, cosa que también le añade un toque característico.
La película de Martin Scorsese (dedicada a su padre—él sabrá por qué, quizá como el hijo del protagonista al final sabe más de lo que debía...) comienza en plan un tanto literario, con narradora en off, y se nos remite en las imágenes a un ambiente decimonónico de escritura manuscrita y narración tradicional, con una narración omnisciente tan insoportable como el mundillo social que retrata en el Nueva York de 1870, histéricamente clasista y gobernado por el dinero, los signos tangibles de clase, y el qué dirán. Por suerte pronto entramos en la historia. Que va del compromiso y matrimonio del protagonista Newland Archer (Daniel Day-Lewis) con la chica de buena familia May Welland (Winona Ryder), "una joven adorable pero totalmente convencional" según dice la nota de la película. Claro que también dice que "en un mundo de hipocresía y traición, ellos se atrevieron a romper las normas"—refiriéndose supongo a Archer y su auténtico amor, la condesa Olenska (Michelle Pfeiffer), prima de May que viene a comprometer su compromiso justo antes de la boda... Curioso que en la versión original no había nada de "hipocresía y traición" sino "En un mundo de tradición; en una edad de inocencia, se atrevieron a romper las reglas".
Lo cierto es que pocos platos rompen esta condesa supuestamente "rebelde y escandalosa" y el hipercivilizado Archer. Ni un plato de las carísimas vajillas que aparecen—es una película de vajillas, y salones, y decorados recargados que te hacen aborrecer tus deseos atrapados en el salón, y jarrones en peanas, y papeles pintados, y carísimos y opresivos trajes, y plutocracia burguesa, invitaciones calculadas, vigilancias mutuas con el rabillo del ojo, falsa espontaneidad... uf. La vida misma, vamos.
Nueva York es un pueblo grande donde todas las familias "que cuentan" se conocen y se controlan. Archer y Olenska se gustan desde chavales (se habían dado un beso a escondidas), y siguen siguiéndose años después, cuando ella se ha separado de su conde europeo, con una mezcla extraña de bienestar, amistad, deseo, obsesión y amor, que los tiene desorientados a ratos. Pero Archer no rompe su compromiso con May al reaparecer la prima, le pilla con el pie cambiado. Sigue adelante, se casa y sólo logran verse de año en año, de salón en salón, subiendo la temperatura, mandándole rosas, cogiéndole la mano, paseando con ella...
"Each time I see you," le dice, "you happen to me all over again."
Pero cuando por fin han quedado en firme para hacer el amor "una vez y no más", ella se echa atrás: el espera un hijo, la empobrecida condesa se retira a Europa, y eso que todo el mundo sospechaba que ya eran amantes.... la película nos lleva por estos avatares y nos atormenta deliciosamente con el deseo insatisfecho de los protagonistas. Pero claro, ¿qué sería el deseo satisfecho? Behind, a dream. Lo mismo que el insatisfecho.
Archer se reía de las convenciones; parecía un hombre del siglo XX pillado en el XIX—creía en la igualdad de las mujeres, no se escandalizaba de la separación y devaneos de Olenska, ironizaba sobre las costumbres sociales del país. Pero al final resulta ser él un "old-fashioned", como le dice a su hijo, años después y ya en el siglo XX. Es ya viudo, y en París tiene ocasión de visitar a Olenska. Su hijo va a verla: el prefiere no hacerlo. Si hubiese hecho como un caballero del XIX, hubiesen sido amantes, a pesar de la dignidad de ella—que tampoco era tanta. Tal como sale todo, es la mosquita muerta de su mujer la que, guiada por su intuición social, que la debe tener en el cerebelo, consigue salvar su matrimonio y todas sus apariencias y realidades, y dejar a Archer sin vivir el que debía haber sido (y es en cierto modo) el gran amor de su vida.
Pero, bueno—gran amor a ratos. La película nos selecciona de esta historia los brevísimos encuentros de Archer y Olenska a lo largo de treinta o cuarenta años. Entre medias, hacen muchas otras cosas: oficinas, abogacías, viajes familiares, cenas con lo mejorcito de Nueva York. Y no parece que se echen mucho de menos. Cuando están cerca, se carga la atmósfera, lejos—ni vu ni connu. Así que Archer participa (plenamente, pero vamos, hasta la médula) de los valores y la hipocresía de su sociedad. Se ata a sí mismo y busca su comodidad y conveniencia social, lástima lo de Olenska (Si al menos hubieran copulado un poco... pero bah, así queda más espiritual). Y la película, presentándolos como a dos personajes apasionados en medio de un rígido mundo de formas y maneras, comete la misma falacia. Aquí todos grandes pasiones, pero de puertas para adentro y sin que peligre el manimani. Porque ¿no somos todos burgueses, hasta los directores de cine? Y algunos hasta de Nueva York. ¿Y quién no ha tenido algún gran amor imposible, de esos de cuarenta y ocho horas de dedicación intensa, distribuidos en veinte años?
Dice Roger Ebert que el ambiente de esta película "seems so alien it could be pure fantasy. A rigid social code governs how people talk, walk, meet, part, dine, earn their livings, fall in love, and marry. Not a word of the code is written down anywhere. But these people have been studying it since they were born."
Pues no se en qué ambiente social vivirá Ebert, pero en el mío yo no veo ninguna diferencia con la realidad, actually. The Age of Innocence. Dir Martin Scorsese. Written by Jay Cocks and Martin Scorsese. Based on Edith Wharton's novel. Cast: Daniel Day-Lewis, Michelle Pfeiffer, Winona Ryder. Music by Elmer Bernstein. Prod. Barbara De Fina. Cappa / De Fina Production. USA: Columbia, 1993. (La Edad de la Inocencia. Spanish DVD. Madrid: Sony Pictures Home Entertainment, 2004).
Ayer tuvimos jornada social con la visita de Tere Force después de encontrarnos casualmente en el mismo metro cuadrado de la calle San Miguel. Vino con Laura, a la que no veía desde hace ya años—y, claro, hablamos mucho de cómo sacar adelante a los hijos, o de cómo salen adelante, que no siempre es lo mismo.
Luego se fueron a la vez que Beatriz, que iba a una misa por su padre—era San Braulio desplazado para nosotros, pero también San José. Y yo con los pequeños a devolver Shrek Tercero, película sobre la reproducción de Shrek que habíamos disfrutado el martes.
La que vimos por la noche fue Nueve Vidas, de Rodrigo García (2004), película que ganó el Festival de Locarno y que en efecto es buenísima—para amantes de Iñárritu y Babel, si es indicativo. Comenta Rodrigo García que le gusta centrarse intensamente en un personaje atrapado en su situación, o en su relación, y que eso es difícil mantener a lo largo de una hora. Así que la intensidad se mantiene por el procedimiento de contar nueve historias distintas, con relaciones temáticas a veces, conexiones a través de los personajes otras, y estilísticas siempre. Por una parte a través de las actuaciones hiperrealista, intensa y contenida, logradísima e inconcebible en España, país histriónico. Por otra, a través de la estilística del encuadre y el travelling, filmando cada historia en un plano secuencia único, con movimientos de cámara montada en un arnés y coreografiados al milímetro.
Son historias sobre momentos de crisis o de agobio, todos diez minutos en la vida de diversas mujeres de Los Angeles: una presa hispana como una olla a presión en una cárcel. Una esposa embarazada que se encuentra con su pareja de hace diez años en un supermercado y éste la altera seriamente echándole los tejos. Una pareja de pésimos modales que se pelan uno a otra y hielan una reunión social (con el hombre de la historia anterior) contando un aborto cuando no debían. Una hija maltratada y seriamente alterada que vuelve a casa a hablar con su hermana pequeña, y quizá a suicidarse o a matar a su padre. Una chica que está tomando la decisión de no ir a la universidad porque su padre inválido necesita ayuda en casa—y ella se está tragando su propia tensión interna. Una esposa nerviosísima en un hospital, alterada porque está a punto de sufrir una mastectomía. La esposa de un inválido (el inválido mencionado) que está a punto de tener una aventura en un motel pero se echa para atrás—a la vez que ve cómo detienen a la hispana. Es el tipo de conexiones que se ven. La hija maltratada medio delirante es en horas de trabajo una enfermera eficaz y serena en el hospital de la mastectomía. A la anestesista la hemos visto acompañando a su hija al funeral de la mujer de su ex-marido: una situación social a evitar, ésta, sobre todo si termina con polvete en el tanatorio.... etc.
La única historia que no he ligado bien a las otras a través de los personajes es la final del cementerio, con Dakota Fanning y Glenn Close visitando una tumba... que resulta ser la de la hija del personaje de Glenn Close, pues Dakota Fanning es una imaginación, la niña que murió y que es visitada.
Pero como digo lo de menos son las conexiones supuestamente "argumentales", que son más bien anecdóticas y de trasfondo, no cruciales; no son inevitables, como no lo eran en Babel. La unidad de la película, que es suficiente, viene de la intensidad con que se viven cada uno de estos momentos, y el arte con el que están filmados e interpretados. Buenísima, no hay que perdérsela. Y quien quiera oír lecciones silenciosas sobre la vanidad de nuestras esperanzas, los estragos de la pasión, y la importancia del cariño y la paciencia, pues también están allí. Ah, y nuestras relaciones con quien hemos sido, y con quienes allí estaban, cómo controlan nuestras vidas esas líneas imaginarias... Se captan muy bien en diez minutos de ficción intensa. Como dice el frustrado amante del motel, un filósofo nato, "nada hay más real que un espejismo". Nine Lives. Writer and dir. Rodrigo Garcia. Cast: Kathy Baker, Amy Brenneman, Elpidia Carrillo, Glenn Close, Stephen Dillane, Dakota Fanning, William Fichtner, Lisa Gay, Hamilton Holl, Hunter Jason Isaacs, Joe Mantegna, Ian McShane, Molly Parker, Mary Kay Place, Syoney Tamiia Poitier, Aidan Quinn, Miguel Sandoval, Amanda Seyfried, Sissy Spacek, Robin Wright Penn. Prod. des. Courtney Jackson. Music Edward Shearmur, superv. Barklie Griggs. Photog. Xavier Pérez Grobet. Assoc. Prod. Kelly Thomas. Exec. prod. Alejandro González Iñárritu. Prod. Julie Lynn. Mockingbird Pictures, 2004.
En lugar de ver en directo el debate final entre Zapatero y Rajoy, nos visionamos esta película, una de las varias dedicadas a los resistentes alemanes que en torno al heroico conde von Stauffenberg intentaron asesinar a Hitler. También se titula alternativamente Operación Valkiria, y Valkyrie será el título de otra más famosa que va a estrenarse después del verano, con Tom Cruise en el papel de von Stauffenberg. Aquí está interpretado el papel, con algunos aciertos y problemas, por Sebastian Koch, que le da el toque de "buena gente" y nobleza que aporta incluso a sus papeles de nazis (por ejemplo en El libro negro). Cruise le dará un toque bordecillo y chuleta que creo que no le irá mucho al personaje, aunque esperemos que me equivoque.
Como en otras películas alemanas sobre periodos históricos problemáticos (Sophie Scholl, El Hundimiento...) aquí se opta por una mezcla de condena al nazismo y de autojustificación nacional. Para empezar, se seleccionan personajes con quienes el espectador pueda empatizar, y se nos identifica con sus experiencias o acciones de supervivencia o de resistencia en medio del infierno nazi. De ahí la elección de Koch para el papel, aunque de hecho von Stauffenberg era aún más guapo... pero algo frío de aspecto, de hecho un ario ideal. Cruise lo hará menos cacho pan, pero más intenso y kamikaze artista, seguro.
Hay en esta selección de tema, naturalmente, una pequeña falacia implícita. La cámara mental abandona a los millones de alemanes que colaboraban con Hitler sin poner palos en las ruedas, para centrarse en la diminuta minoría de los que hicieron algo contra él, o lo intentaron. Es el paso número uno de la autojustificación, una sustitución metonímica, un cambio de énfasis.
Optan por otra vía quienes se centran en los nazis sin ofrecernos empatía, o quienes la ofrecen de maneras ambivalentes, desagradables y equívocas, enfatizando tanto los aspectos repugnantes como los humanamente cercanos de los personajes. Es lo que hace de manera excelente Jonathan Littell en Les Bienveillantes. Esperemos a la película... Películas sobre nazis, centradas en ellos como personas con vida cotidiana y como colaboradores de las Acciones de Castigo y de las Soluciones Finales serían más auténticas con otra verdad histórica más abundante—pero qué duda cabe, serían más difíciles de tragar no sólo en Alemania, sino en todas partes. El tema invita a una estética realista-grotesca que ofendería muchas sensibilidades, ya es que es ofensivo de por sí—hay que dulcificarlo, con la Resistencia Alemana y la Rosa Blanca, con complots contra Hitler y selecciones cuidadosas...
Porque hay además una selección dentro de la selección. La película se centra naturalmente en el von Stauffenberg antinazi, o mejor hitlericida, porque aunque el personaje histórico no ingresó en el partido nazi sí que compartía muchos presupuestos ideológicos de los nazis, y no se opuso al nazismo como tal—aun tras los horrores de las matanzas, tuvo que esperar a ver que Alemania se convertía también en una víctima, y sólo entonces tomó las armas contra Hitler. Cometiendo algo que sería alta traición entonces y ahora, pues ningún militar puede invocar a su propio criterio ni al derecho natural, como von Stauffenberg, para atentar contra sus superiores... y esta disciplina es la que le mantuvo a él aherrojado mucho tiempo, y al ejército alemán hasta el final—la mayoría sin hacerse muchas preguntas, seguramente.
La película sí que nos muestra brevemente a von Stauffenberg justificando la ocupación del Este, y el uso de mano de obra esclava (como lo hizo de hecho). También nos presenta las tensiones con su esposa por su acción, y el punto de vista de ésta que aquí aparece más preocupada por las consecuencias para su familia que por el destino de Alemania. También para ella Stauffenberg es un traidor, en otro sentido, un traidor a su matrimonio... un poco como la escena de Lady MacDuff en Macbeth, si bien aquí será el "traidor" quien muera y la esposa traicionada quien sobreviva (murió ella hace un par de años).
(Al hijo de Stauffenberg, militar alemán, no le hace ninguna gracia Tom Cruise, por cierto...)
La película empieza un poquito floja y torpe, con machaconería germana, con una escena en la que von Stauffenberg y su esposa se prometen a la vez que contemplan admirativamente a Hitler, recién llegado al poder, oyendo Wagner en un palco. (Supongo que serán Las Valquirias, pero no recuerdo... ). La acción va un poquito salteada, evitando al von Stauffenberg pro-nazi, mostrando sólo sus dudas. Hay una escena muy bien filmada con el ataque en el que es herido en África, y a partir de allí se va volviendo la película más intensa y centrada, hasta culminar en el atentado fallido, y sobre todo en las intensísimas escenas de toma de posición de los oficiales, elecciones cruciales de vida o muerte por parte de los mandos, traiciones a una o a otra causa, o a sí mismos... y la ejecución de von Stauffenberger con una frase patriótica en la boca. Ahora que la frase de la película es cuando le dicen sus superiores "¡Se arrepentirá de esto!", y el replica "Hay muchas cosas de las que arrepentirse en este país, pero no de ésta".
Hitler está tolerable, y Goebbels logrado. Los oficiales nazis, clavados en su papel. Un fallo, sin embargo, en los maquilladores/trucadores, es que no hacen en absoluto realistas las mutilaciones del protagonista; tampoco ayuda Koch con posturas absurdas que ponen de manifiesto la falsa amputación de su mano derecha a fuerza de querer disimularla. Esos antebrazos extralargos y prolongados muñones... Detallitos como éstos son bastante más importantes de lo que podría parecer en una película. Seguro que Cruise, al menos, estará convenientemente amputado y mutilado para su papel.
Stauffenberg. Dir. Jo Baier. Cast. Sebastian Koch, Ulrich Tukur, Christopher Buchholz, Alex Milberg. Cinemat. Gunnar Fuss. Music by Enjott Schneider. Ed. Clara Fabry. Germany: Team Worx / SWR, WDR, RBB, ORF / Beta Film, 2004. Spanish DVD: Operación Walkiria.
Excelente película de acción. Un taxista, Max (Jamie Foxx) es secuestrado por un asesino a sueldo (Tom Cruise, "Vincent") para que lo lleve por Los Angeles a hacer una ronda rápida de "encargos". El pobre primero no pide sino escapar de esta pesadilla, pero apenas lo ha conseguido (provocándose un accidente de circulación) descubre que tiene que salir corriendo tras el asesino, a pararlo él mismo, pues va a matar al último de sus encargos, una clienta que le había gustado al taxista justo antes de coger en su taxi al asesino. Era la primera de la lista, pero al llegar tarde al trabajo, el asesino no la encuentra en la oficina y la pasa al final, cruzándose con ella justo antes de subir al taxi que ella ha dejado... y de ahí las casualidades.
Excelente filmación, ritmo y trepidante argumento; la tensión entre los personajes, la música magistralmente integrada, la pesadilla de la peregrinación por Los Angeles viéndose en situaciones inesperadas y absurdas, asegura la atención y la inmersión del espectador (¡había escrito "del protagonista"!), identificado con el pobre cabbie, que pasa de repente de la superficie normal de la vida cotidiana en que vive a una pesadilla de muerte súbita y arbitraria, reflexiones sobre el sentido de la vida, y situaciones en las que apenas se reconoce haciendo lo que hace.
Tom Cruise, con su aire tanático habitual, encarna muy bien al asesino. Es un psicópata nihilista al que sólo mantiene en marcha su pura voluntad de hacer su voluntad, y el reto de mantenerse en la cumbre de su profesión sin fallar ni una. Es a la vez una encarnación de la lógica profesional del trabajo bien hecho sin consideraciones externas a las puramente empresariales. Un ejecutivo agresivo, vamos, pero literal; la fase terminal de la lógica capitalista, frente a la pobre humanidad normal, con sueños irrealizables, y madre regañona, que encarna Foxx. Muy buena la escena de la visita a esta madre en el hospital. Porque Cruise va a lo suyo, pero también improvisa, es un tanático vital; hace jazz del comportamiento (siempre procurando no poner en riesgo su misión), le gusta curiosear, medir a la gente, jugar con ellos—y luego quitarles súbitamente la vida. Es una especie de Sir Death, como diría Javier Marías, o Sir Mortality—porque le hace reflexionar al taxista sobre cómo estaba dejando trascurrir su vida, su única vida, con esperanzas vanas y acciones empantanadas, engañándose a sí mismo. Y más que hacerle pensar, le obliga a actuar, a convertirse en el héroe que salva a la chica (y se la queda, presuponemos, aunque estas abogadas de traje sastre son tremendas, y nunca se sabe). Foxx mata al matador, disparándole contra toda previsión de éste, aunque las pasan canutas hasta que a Cruise se le acaba la cuerda.
La película defiende en boca de Foxx la decencia de la gente normal contra el nihilismo ateo de Cruise—aquí un nietzscheano partidario del acto gratuito. Pero también en su misma construcción hace depender el sentido de la vida de tomar conciencia de la propia mortalidad, e indirectamente de la irrupción del riesgo en nuestros hábitos—el riesgo inesperado, que nos obliga a sacar lo mejor de nosotros mismos where the action is, y que irrumpe en nuestra vida con la fuerza de un cadáver defenestrado sobre un taxi.
Aunque si nos atenemos a las estadísticas de esta película, normalmente el cadáver seremos nosotros, y las consecuencias las sacará un tercero.
Collateral. Dir. Michael Mann. Written by Stuart Beattie. Cast: Jamie Foxx, Tom Cruise, Jada Pinkett Smith, Mark Ruffalo, Peter Berg, Bruce McGill. Music by James Newton Howard. Ed. Jim Miller and Paul Rubell. Prod. des. David Wasco. Photog. Dion Beebe, Paul Cameron. Exec prod. Frank Darabont, Chuck Russell, Rob Fried, Peter Giuliano. Prod. Michael Mann and Julie Richardson – Parkes – McDonald Prod – Darabont/Fried/Russell Prod. USA: Dreamworks / Paramount, 2004.*
Viene siendo la película más valorada de la cartelera en Zaragoza, aunque francamente no es para tanto. Es la historia de Juno, una chica de dieciséis años que se queda embarazada y en lugar de abortar según la costumbre, decide tener el niño y dárselo a una pareja en adopción. Y sobre algunos problemas que le salen por el camino... Aunque al final termina la chica feliz y tranquila y saliendo de novietes con el padre del chico, otro chaval del instituto tan inmaduro como ella.
Es una película que se nos presenta con la retórica de la película simpática, un poquito más tipo televisión que tipo cine—a veces los diálogos y situaciones recuerdan demasiado a las sitcoms en su busca de un ingenio un tanto forzado. Lo cual no deja para que sean divertidos… como Juno paseando su barriga bajo la mirada de sus compañeros de instituto, y comentando: "Estoy hecha un planeta... ¿Sabes cómo me llaman? ¡La ballena con moraleja!"
Juno es una chica decidida, original, inteligente y desinhibida y también con pocos miramientos. Y tiene que tratar, según dice ella misma con "cuestiones que superan mi nivel de madurez". Al novio, Blecker, que ni siquiera era novio, sino un chaval pasmadillo con el que echó un polvete, procura no acorralarlo ni echarle más responsabilidades de las que puede llevar—que bien pocas son. Pero en fin, resulta que se gustan, y termina la película con los dos tocando felizmente un dúo de guitarra. Tanto mejor—pero el hecho de que han tenido un hijo es algo de lo que están decididos a olvidarse, con la bendición del guionista y el director. El niño mejor con la madre adoptiva, que lo estaba deseando, y no compliquemos las cosas con responsabilidades que ni quiere la chica ni está por lo visto muy capacitada para asumir. La película sugiere así quitar hierro a estas situaciones, y mostrar que hay muchas salidas posibles, sin dramatizar... aparte del aborto. Ni siquiera es que sea explícitamente antiabortista la película; lo primero que se plantea Juno es abortar, y si no lo hace no es tanto por prejuicios morales como por vibraciones—le desagradaba el olor y el ambiente de sala de espera del centro de ayuda a las mujeres. Y lo mismo le iba a dar su hijo alegremente a "una pareja de simpáticas bolleras"; por ahí no hay mayores prejuicios; y de hecho acaba el niño en una familia monoparental. El niño o la niña, que no lo sabemos porque la niña no quiere saberlo, y la película nos coloca en su simpatía y nos identifica con su punto de vista.
Choca un tanto la indiferencia con que se quitan al bebé de encima—ni el menor asomo de interés ni voluntad de mostrar cariño ni nada por él (qué cosas digo). Eso queda para la madre adoptiva. En lo que se refiere a Juno, y a su padre y su madrastra—fuera, si el chaval desaparece de alguna manera, visto que la niña no quiere abortar, pues un problema menos. Y tampoco es que estén en circunstancias imposibles: tienen una niña pequeña, ¿podrían echarle una mano a Juno quizá? Pero es que ni se plantea—el nieto a tomar viento, y a perderlo de vista pero con la condición de que sea para siempre. Y mucho mejor comprarse un par de perros, que de eso sí había ganas. Al universo ético de la película esto le parece tan guay.
Y en eso trancurre la película: en que Juno decide que sí quiere salir "de novietes" con el padre de su hijo—podría haber empezado por allí, claro—aunque eso no le lleva a interesarse más por el hijo que tienen. Y que, entretanto, se rompe el matrimonio que iba a adoptar al bebé, y por fin es sólo la mujer quien lo adopta—cursi, temblorosa y ansiosa madre vocacional.
Esto da lugar a un episodio curioso: Juno conoce a la famila, los visita con su padre; un compositor de música para anuncios y una joven ama de casa perfeccionista-inaguantable y compulsiva del orden, histerizada por no poder tener niños. Luego los visita sola un par de veces, más de lo debido, porque al marido le mete marcha la niña (madre de "su hijo" después de todo) y eso le lleva a una crisis. Se entiende de maravilla con Juno, o eso cree él, coinciden en su sentido del humor, y al parecer ve en ella algún tipo de camino que él no tomó cuando era joven. Se siente acorralado por su esposa histérico-perfeccionista y desplazado en su propia casa, y por resumir, no quiere a su mujer; está más interesado en vivir una segunda juventud. Hasta le propone a Juno "fugarse" con ella... y ella horrorizada rechaza al viejo cuarentañero, claro, también ella prefiere volver atrás, estar en sus años y echarse a Blecker como noviete de colegio, y el futuro dirá. En fin, que el matrimonio se rompe y eso sirve para que su madrastra le eche a Juno una bronca—pues no tiene ni idea de cuál es la manera de tratar con las parejas casadas.
Y es que Juno está en una edad en la que se exploran las posibilidades, y el mundo parece exageradamente reglamentado por convenciones absurdas. Hay todo un género de películas americanas (como American Beauty, o Wonder Boys, o aquella otra de la Cristina Ricci) que exploran el elemento caótico presente en los chavales y chavalas de instituto, que ven su vida como un sendero de muchas posibilidades, y esa libertad o mareo parece amenazar con extenderse a quienes les rodean, y socavar los fundamentos del orden social, reinventar la realidad, o al menos minar algunos prejuicios o maneras de tratarse sólidamente fundamentados y enraizados...
En fin, una película filmada con buen humor, que quizá sea promocionada como "alternativa-antiabortista", pero que tampoco parece desde luego un canto a la responsabilidad familiar ni parental. Quien no esté maduro, parece decir, mejor que no madure, que vaya a lo suyo, que no hay prisas ni necesidad de agobiarse. Que se abstenga, y pase la vez. Y a los críos, que los cuide el que le dé por ahí y no pueda reprimirse—que la gente en general tiene otras prioridades a las que atender.
Juno. Dir. Jason Reitman. Cast: Ellen Page, Jason Bateman, Jennifer Garner, Michael Cera. Dist. 20th Century Fox, 2007.
Entra Paycheck en la categoría de películas sobre paradojas temporales y viajes en el tiempo. Esta vez complicadas con amnesias: emplean aquí las grandes compañías una técnica de borrado de memoria para que sus ingenieros no puedan vender secretos a la competencia. El juego entre recuperar el pasado y leer el futuro da mucho de sí; el guión está construido muy hábilmente y la dirige John Woo (con lo cual hay un exceso de palos y carreras, pero bueno, al menos están bien filmados).
Un ingeniero (aquí Ben Affleck) es contratado para renunciar a tres años de su vida (pues su memoria de esos años se borrará luego) para realizar un proyecto desconocido. Al final acaba a mal con la compañía, primero cuando no le pagan, y segundo cuando decide destruir su proyecto tras averiguar que era una máquina de ver el futuro (basada, por decir algo, en un cojo razonamiento pseudo-relativista).
Es interesante por qué decide destruir la máquina: habiéndola construido, es el único en haberla utilizado, y ve un futuro de guerra y destrucción masiva para la humanidad. Pero no un futuro sin más: es ése un futuro que ha sido construido mediante la predicción del futuro posible gracias a su máquina. Con lo cual entramos en recursividad: la máquina permite ver un futuro en el que el futuro está alterado y predeterminado debido a la existencia de la máquina. Por ejemplo, los temores a la guerra hacen que sea el propio gobierno quien la comience de modo preventivo. (¿A alguien le suena esto?). Affleck medita: si conocemos el futuro, dejamos de tener futuro, pues no está abierto. El futuro ha de tener, tiene, un ingrediente necesario de contingencia e imprevisibilidad. De hecho lo tiene hasta el que se ve con esta máquina, pues parte de sus predicciones resultan ser equívocas.
La memoria de Affleck el ingeniero va a ser borrada, con lo cual su plan de destruir la máquina podría verse comprometido. Pero (habiéndolo previsto) se ha dejado pistas y herramientas a sí mismo, y ha planificado exactamente lo que va a suceder y el momento en que se utilizarán esas pistas y herramientas. De modo totalmente inverosímil, claro: pero se hace verosímil por la convención básica a que se acogen estas películas de temporalidades revueltas y acción. Y que es la siguiente: el futuro o el pasado al que se viaja no es el del mundo sin más en el que están, sino que viajan al propio desarrollo preprogramado de la película. El futuro que vemos (imperfectamente) no es el futuro, sino las secuencias que seguirán más adelante (por tanto ya planificadas y establecidas, e incluso filmadas). En una película narrativa, el futuro está escrito, y por eso son especialmente hipnóticas las películas que juegan con su propio futuro textual superponiéndolo de manera imposible al futuro del mundo interno de los personajes. Y siempre dejando un espacio a la reinterpretación alternativa, al equívoco y la sorpresa.
El instrumental que reproduce el futuro en este tipo de películas puede ser variado: videncias o representaciones subjetivas, cuartas dimensiones e interferencias cósmicas, tecnologías avanzadas... En este caso, la máquina del tiempo no es sino una gran pantalla de cine. Y es que en realidad no tenemos otra máquina del tiempo que los artefactos narrativos. Que nos permiten no sólo volver al pasado (aunque no sea en cuerpo serrano, algo es algo) sino también rebobinar, reorganizar secuencias a nuestro gusto, alterarles el orden o el ritmo, e hilar unos acontecimientos con otros haciendo bordados ornamentales en la textura del tiempo.
Para paradoja temporal, el tiempo mismo—que de hecho ni siquiera existe si no es en una narración de algún tipo.
Paycheck. Dir. John Woo. Screenplay by Dean Georgaris, based on the story by Philip K. Dick. Cast: Ben Affleck, Aaron Eckhart, Uma Thurman, Paul Giamatti, Joe Martin, Colm Feore, Joe Morton, Michael C. Hall. Music by John Powell Coprod. Caroline Macaulay, Arthur Anderson. Visual effects superv. Gregory L. McMurry. Ed. Kevin Stitt, Christopher Rouse. Photog. Jeffrey L. Kimball. Exec. prod. Stratton Leopold, David Salomon. Prod John Davis, Michael Hackett, John Woo, Terence Chang. USA: Dreamworks, / Paramount, 2003.
De 1988, y por entonces la debí ver. Veinte años no es nada, pero cuarenta y tantos ya es otra cosa. Memorable la escena del bombín y el espejo.
En la película, la insoportable levedad se refiere sobre todo a que Teresa no sabía si Tomás la engañaba o no, y necesitaba una base más firme sobre la que edificar su vida, más certidumbres. Pero Tomás, y Sabine no digamos, son flotantes; y el ser, de por sí, también. Y cuando la vida flotante acaba tomando forma definida, es cuando ya no existe.
En la sala grande inmensa de los cines Palafox echan Mortadelo y Filemón; en una salita pequeña, la primera película rumana que obtiene un premio de categoría mundial, y universalmente aplaudida por la crítica, aunque el público naturalmente se resiste. Esta es la reseña de RedAragón:
El director rumano Cristian Mungiu consiguió el pasado año con 4 meses, 3 semanas y 2 días, una meritoria Palma de Oro en Cannes. Exacto y preciso, el filme se centra en el aborto de una joven. Poco sabemos del antes. Solo interesa el ahora. Buena parte de la acción acontece en la habitación de hotel donde un tipo sin escrúpulos realiza el rudimentario aborto. Sorprendentemente la película está planteada desde el punto de vista de la amiga de la embarazada, que está con ella durante el aborto y protagoniza después una secuencia de "pesadilla", la de la cena en casa de los padres de su novio, de una tensión y virulencia moral insoportables. Un retrato social que recuerda al cine del austriaco Michael Haneke.
Está rodada con poquísimos medios y presupuestos, pero lo hace jugar a su favor, produciendo un realismo impactante—de realidad vivida, más que de documental. Ayudan a eso la cámara manual, las tomas atípicas y largas, a veces larguísimas, pocos cortes y poco artificio de montaje. Ejemplo, la escena de la cena con los padres del novio, con un larguísimo plano inmóvil donde toda la animación la ponen las palabras, gestos y contraste de actitudes de personas dándose ínfulas en un comedor diminuto, en un ambiente franquista diríamos aquí. La protagonista, Otilia, y su novio, están silenciosos aguantando mecha en el centro de la imagen, y adivinamos que éste día en que conoce a la familia será el último día de novios. Porque es el día en que madura Otilia, a golpes, y se da cuenta de que la vida no es como pensaba, y de que la gente (incluido su novio) no es absurdamente desinteresada y generosa como ella.
Generosa hasta la abyección y la estupidez: lo que ha hecho Otilia un rato antes (la acción transcurre en un solo día) es dejar que se la tirase en una habitación de hotel el abortero ilegal que le está practicando un aborto a Gabita, su compañera de residencia de estudiantes. Les faltaba dinero, o eso les dice el tipo, y la condición es dejarlas colgadas o beneficiárselas a la dos allí mismo, así como suena. Y luego el aborto. Absurdamente (pero a veces la gente es absurda) aceptan. Y luego a cenar con los futuros. El choque resulta demasiado brutal, sobre todo habida cuenta del ambiente opresivo, hipócrita y falso hasta la náusea de la Rumania de Ceaucescu, que queda retratado con todas las verrugas. También ayuda a entender ese ambiente enclaustrado, asfixiante, cómo una persona decente como Otilia puede acabar protagonizando semejantes pesadillas neorrealistas. Y luego salir corriendo de su patético novio, volver al hotel donde se ha practicado el aborto, temiendo que su amiga podría haber muerto. Para coger el feto que está tirado en el suelo del cuarto de baño, metérselo en el bolso y salir temiendo que le pidan el carnet a cada momento, a ver dónde lo tira. Sugiere una historia de maduración a través de la violencia psicológica, un día en el que el mundo cambia para Otilia, y la experiencia se nos transmite muy en vivo y en directo. Aunque hay espectadores que no entienden por qué las escenas son así de inmóviles a veces, o por qué la gente habla de cosas que no tienen que ver... A esos, les recomiendo Mortadelo y Filemón.
Si es indicativa la relación con el novio, que va a lo suyo, y sólo se preocupa por quedar bien ante los padres, también lo es la actitud de su "amiga" Gabita. Ésta está paralizada y con los plomos fundidos, comprensible, pero también se adivina en ella una indiferencia y pasividad, un dejarse querer irresponsable, que acaba por abrirle los ojos a su amiga. Apenas acierta a decirle "gracias" después de que ésta se baje valiente y estúpidamente las bragas para que el abortero la pase por la piedra. Y termina la película con Gabita que se ha bajado a cenar, ya tranquilamente, mientras la otra corría por la oscuridad con su feto en el bolso. La única preocupación de la Gabita (y poca, sólo por decir) era que le diesen sepultura al feto—aunque acaba en un colector de basuras. Y es que se respiran también clases sociales y buenos quedares en esta Rumanía supuestamente comunista—Otilia es de peor familia que su novio y que Gabita, cosa de matices, y se afana por agradar y por ser servicial; los otros van a lo suyo, y sobre todo a salir todo lo indemnes que puedan, haciendo que el vecino pague el pato si es posible. Cenando con Gabita, Otilia propone no hablar más del tema, pero adivinamos que también su amistad con ella ha terminado, con esta nueva perspectiva sobre la vida que ha descubierto.
¿Es antiabortista la película? Su aspecto general no parece indicarlo, y no veo que la crítica la interprete como un alegato contra el aborto. Como digo, parece una tranche de vie. Pero sí tiene una significación, y se subraya la irresponsabilidad moral de los personajes envueltos en este aborto en concreto—llegando hasta extremos que serían grotescos si la ilusión de realidad no fuese tan grande, los diálogos tan bien llevados y los actores tan excelentes. Magistral por ejemplo la escena en la que el abortero las va atornillando hasta ponerlas en una situación en las que se las tira una tras otra, sin contemplaciones y hasta como quien les hace un favor. ¡Evidentemente no es un alegato en pro del aborto ilegal! En todo caso vemos aquí una caricatura de éste, tanto más efectiva por no parecerlo, de la manera en que el aura de ilegalidad de los abortos pringa y ensucia moralmente a quienes se ven involucardos en esta situación, aunque no acaben físicamente follados. Por eso se centra la película precisamente en la amiga que ayuda (situación de tantísima gente...) y no de la propia abortadora, que, como digo, es un modelo de irresponsabilidad e hipocresía así por lo bajini y con aires de mosquita muerta. Buenas piernas, por cierto—son lo menos neorrealista de la película.
Así que, sí: en conjunto una película sobre el pringue moral del aborto—además de otras cosas como el idealismo mal orientado, la hipocresía bajo las tiranías, etc. La chica empieza diciendo que estaba de dos meses, luego resulta que eran cuatro—el abortero sube el precio, al ser entonces ya "asesinato" segun las leyes rumanas. Pero todo era vaguedad sobre las fechas: nadie sino el título, la voz autorial de la película, nos dice eso tan preciso de "4 meses, 3 semanas y 2 días". Lo cual implica un cierto comentario, una llamada de atención al fetillo muerto, una atención que quieren evitar tanto Gabita como Otilia, pero que queda subrayada durante uno de esos planos atípicos y no hollywoodienses—en el que Otilia va a por algo para envolver al feto, pero la cámara se queda enfocándolo inmóvil, mostrándonos sus bracillos y su cara cubierta de cuajarones de sangre—señalando así a la manera directa y eficaz de la película que ésta es la historia de Otilia, una chica que abre los ojos, pero también, como no, la de otro que no llegará a abrirlos, en parte gracias a la colaboración prestada por Otilia no se sabe muy bien por qué.
4 meses, 3 semanas y 2 días. Director: Cristian Mungiu. Interpretes: Anamaria Marinca, Laura Vasiliu, Vlad Ivanov, Alex Protocean... Rumania, 2007.
La novela de Ian McEwan Atonement se transforma aquí (casi se materializa por generación espontánea, tan conseguida está la adaptación) en una excelente película de Joe Wright (el director de Orgullo y prejuicio), película que vuelve a estar protagonizada por Keira Knightley. Excelente la ambientación (un poquito escasa de medios en la retirada de Dunkerque, pero hecha con un instinto infalible en las escenas de la casa de campo). Y la actuación, en especial la de Keira Knightey como Cecilia, y la de la joven Briony. Esta es interpretada por tres actrices—Vanessa Redgrave es la escritora septuagenaria que nos confiesa que lo que hemos visto no era la conclusión real de la historia, sino su ficción de cómo debería haber terminado, su intento de expiación por la manera en que destrozó con su gigantesca metedura de pata la vida de su hermana Cecilia y de su novio Robbie—éste fue víctima de los prejuicios de clase tanto como de la precipitación culpable de Briony al acusarlo de violación.
Briony está perdiendo la memoria (muy a propósito se elige su enfermedad, para una persona obsesionada con el recuerdo)—y escribe una novela autobiográfica, Expiación, en la que a la vez confiesa lo que ocurrió, intenta compensar a esta pareja (muertos ambos en los años 40) por la vida que no tuvieron por su culpa, y por la guerra. Aunque en la película (al contrario que en la novela) parece dar su expiación por válida. Se pregunta uno, sin embargo, por qué no hizo su confesión al menos a la madre de Robbie, ama de llaves de su familia, a la que ni siquiera se vuelve a mencionar... A la pobre mujer la vemos por última vez pegando palos al coche de policía que se lleva a su hijo, y gritando "¡Mentirosos! ¡Mentirosos!" Y luego, nada. Hasta el guionista parece que se ha olvidado de ella, como Briony: ¿un último prejuicio de clase?
El tecleo de una máquina de escribir en varias escenas nos sugiere que lo que vemos está siendo escrito por Briony—pero se mezclan sin transición ni aviso las escenas "reales" con las recreadas por Briony, como señal de que lo que sucedió está para siempre mediatizado por la memoria. También están bien llevados los flashbacks iniciales y las escenas repetidas desde otro punto de vista.
Algo que no puede ser tan eficaz, sin embargo, como en la novela, es la fusión entre el medio usado por Briony y el medio de la obra misma—una fusión de niveles que produce una sensación muy particular en la novela. En la novela, Briony es escritora y autora de la novela; aquí es escritora también—pero no autora ni directora de la película que vemos. Así se simplifica y desvía un tanto el efecto. Para encontrar un equivalente, podría haberse hecho algo así como, de repente, echar la cámara hacia atrás para mostrarnos un equipo cinematográfico rodando la escena que creíamos "real", y mostrar que es una adaptación de la novela que está siendo filmada. De este modo se habría enfrentado también la película a su status de adaptación, de película literaria, además de recrear mejor el efecto de ruptura de marcos que se da en la novela.
Pero en fin, no le hago ascos, para nada: en conjunto es una una película más que recomendable. Y como adaptación, crea (sobre todo al principio) la sensación extraña de que es nuestra propia mente la que está proyectando la novela a la pantalla, tan logrado está el ambiente y el tono preciso que pedía la novela.
Atonement. Dir. Joe Wright. Based on the novel by Ian McEwan. Cast: James McAvoy, Keira Knightley, Romola Garai, Vanessa Redgrave. 2007. Spanish title: Expiación. http://www.expiacion.es
Otra película donde el malo es derrotado gracias al teléfono móvil. Tened siempre uno a mano. Se trata de Twisted / Giro inesperado.
Resumen, según la carátula:
Recién ascendida a inspectora de policía, Jessica Shepard (Ashley Judd) está tras la pista de un asesino en serie. Horrorizada, descubrirá que las víctimas son hombres con los que ella ha mantenido relaciones sexuales en días anteriores. La investigación se hace más y más complicada cuando su compañero (Andy Garcia) empieza a comportarse de un modo extraño y el comisario de policía (Samuel L. Jackson) es requerido por las autoridades para relevarla del caso ya que ella es la principal sospechosa de los crímenes.
Y continuación del resumen, con espoilers añadidos:
Pero no la releva, y la apoya. Es que JessicAshley es la protegida del comisario, algo así como su ahijada desde niña, pues su padre había sido compañero de él de jóvenes. Y necesita padrinos, porque el padre de ella mató a su madre (de ella) cuando era una niña. Al menos eso se nos dice...
... luego descubrimos que en realidad era el propio comisario/padrino el que mató a los dos. Era amante de la madre (promiscua)—aunque, que sepamos, ha sido un policía modelo aparte de esa ocasión, en que actúa por celos patológicos debido al parecido entre Ashley y su madre. Celos que ahora le están llevando otra vez, se supone, a vigilar a JessicaAshley obsesivamente y a matar a todos sus amantes. Hasta que lo pillan, por fumador (no fuméis—fumar te vuelve sospechoso en esta peli) —y porque no está al tanto de lo que le graban con el móvil.
Móviles reales no es que tenga el asesino—salvo los necesarios para despistar al público. Lo esencial (como indica el título español) es que el espectador crea saber quién es el asesino, hasta el giro inesperado. La película nos invita en primer plano a pensar que la propia Jessica es la asesina (tiene desmayos inexplicables durante los cuales suceden los crímenes, parece ella la psicópata). En segundo plano, se nos hace sospechar de Jimmy, otro policía antiguo amante suyo, y por último de su colega Andy Garcia. Y al final nos cuenta la historia, a nosotros y al móvil, el comisario Jackson, mientras prepara la muerte de Andy como siguiente víctima. Pero, arrestado por el anterior compañero de Ashley, se queda sin ligar con ella. Serán Asley y Garcia quienes se emparejen al final.
Un tema también presentado en primer plano es el machismo que lleva a todo el mundo a criticar a Ahsley por su promiscuidad (cosa que no harían con un hombre). Claro que es una promiscuidad sospechosa, en plan viuda negra, visto que todos sus ligues van muriendo.
Y un tema muy presente pero más extraoficial es la cuestión racial. De psicopatologías, de promiscuidad, de mujeres policías, de todo esto hablan en las entrevistas que van con la película . Pero de blancos y negros, nada: sólo de cine negro, o de que este tipo de película se solía filmar en blanco y negro... Pero ni media de que hay dos negros en la película: uno, Samuel L. Jackson, el comisario, antiguo amante de una blanca, y asesino obseso de los amantes de su hija, a quien sigue como una sombra. Otro es el antiguo compañero de Jessica antes de que la ascendiesen, y que ayuda al final a arrestar al comisario Jackson. Bien, pues Jessica se acuesta con casi todo el mundo en la película, menos con los negros—con quienes tiene excelente trato, pero les aplica la ley de Hollywood de no besarás al negro. De hecho, hay poquísimas películas con escenas eróticas interraciales—y es más, las actrices que han besado a un negro en la gran pantalla no hacen carrera. Ni aunque seas Denzel Washington podrías besar a Julia Roberts. Así que el tránsito que hace la película de la perfecta normalidad interracial al crimen oculto del protagonista negro es como la salida a la luz de un trauma racial mal curado. Tanto más cuanto que no se sabe si la película narra un trauma, o si es el síntoma de un trauma.
Porque es sospechoso que todo el personal, tanto fuera como dentro de la ficción, ignore este tema: que actúen como si fueran todos blancos, o incoloros. Color-blind roles, que los llaman, en los que (se supone) es irrelevante que sea un blanco o un negro quien los interprete. Vamos, que te hacen sentir como un idiota al decir que el negro que ha llegado a comisario es un asesino (—"Oigan, que es negro"—"¿Y qué que sea negro? Aquí no hacemos distingos, esto es América"). Y es muy posible que de hecho (esto no me consta) el guión original fuese color-blind. Pero América, aunque se haga la ciega, trata el tema racial con blindsight. No es inocente elegir a un negro para el papel del asesino, aunque todos actúen como si lo fuese. Sólo un trauma y una ley de silencio tan fuerte como la aplicada en la película puede dar sentido a las acciones del comisario. Muy improbable que un policía negrazo, por muy compañero que fuese, tuviese un trato tan cercano y personal con la niña de sus ojos de su amigo. En América, casi surreal. Y la prueba de una mala conciencia de la película a este respecto, o de que ha considerado prudente tratar el tema con prudencia, es que el antiguo compañero de AshleyJessica, el que la salva, es otro negro: esta vez uno bueno y sin patologías asesinas, que no se diga que somos racistas: un negro sano que no se acuesta con blancas—al menos no lo hace con Jessica, y así salva el pellejo. Y se ve que distribuimos los papeles sin hacer distingos. La chica, para Garcia, que ya es bastante negro.
Las leyes raciales de Hollywood son severas: hay que matar al negro, aunque sea bueno, o bien no hay que besar al negro, aunque sea bueno. Y, a la manera americana, estas cuestiones se tratan como hechos consumados sobre los que no es oportuno hacer comentarios: con un silencio elocuente, disfrazado de normalidad. Un silencio un tanto retorcido—twisted.
Twisted. Dir. Philip Kaufman. Written by Sarah Thorp. Cast: Ashley Judd, Andy Garcia, Samuel L. Jackson. Davy Strathairn, Russell Wong, Mark Pellegrino. Music by Mark Isham. Ed. Peter Boyle. Prod. des. Dennis Washington. Photog. Peter Deming. Exec. prod. Stephen Brown, Robyn Meisinger, Michael Flynn. Coprod. Peter Kaufman, Sherryl Clark. Prod. Arnold Kopelson, Anne Kopelson. Prod. Barry Baeres, Linne Radmin. USA: Intertainment / Paramount / Kopelson. Spanish DVD: Giro inesperado. Barcelona: Filmax, 2004.
En una semana he visto dos películas donde el argumento se clausuraba gracias a un teléfono móvil. En ambos casos había un malo/mala malísima falso falsísima, y el héroe lograba empapelarlo gracias a que en el último minuto está retransmitiendo por teléfono móvil (a la policía, a una grabadora) la conversación donde el malo se traiciona a sí mismo presumiendo de su superior credibilidad, o mostrando su cara mala, pensando que estaba en privado ante un impotente o molestia menor.Gracias a la tecnología de espionaje que ahora forma parte de nuestra indumentaria, el protagonista logra manipular los marcos de la interacción, hacer colisionar las múltiples caras del carota a desenmascarar, convertir el escenario privado en un espacio abierto a la vista de todos, o de la autoridad, y no sólo derrota a su enemigo sino que demuestra que este no está al loro de las nuevas tecnologías, que no las ha interiorizado aún (ni nosotros tampoco en el público, porque este tipo de argumento aún es posible).
Las películas en cuestión eran Twisted y Michael Clayton. En Michael Clayton, es Michael Clayton (George Clooney) el desenmascarador. Es un abogado con problemas de desvinculación familiar, divorciado, adicto al juego. Trabaja para una firma de abogados de primera, que son unos chorizos de primera—todos de alto standing y alta corbata, eso por supuesto. Pero el asunto es que le llevan la defensa a una compañía multinacional que va por ahí envenenando al personal a conciencia con sus productos agrícolas, una vez hecho el cálculo de costes/beneficios (los costes para otros, los beneficios para ellos).
Bien, pues Clayton/Clooney no es mucho mejor que la media en esta compañía. Sigue la política de la compañía, defiende a quien tenga que defender, y punto en boca. Se juega su dinero, lleva a su hijo al cole sin hacerle mucho caso, y a correr. Pero tiene una crisis cuando un socio clave de su firma (un tío brillante, en la crisis de los 60, con una previa historia de episodios neuróticos) "se vuelve loco": es decir, tiene una revelación súbita sobre la inmoralidad y estupidez de su vida, y empieza a dar escándalos, se despelota en público... y es más, decide sacar a la luz los trapicheos de los poderosos clientes, en lugar de defenderlos. Que se pasa al enemigo, vamos, lo que nadie quiere que haga su abogado...
Entra aquí otro personaje clave: la asesora jurídica de la multinacional, interpretada por Tilda Swinton, que ha contratado a la prestigiosa firma de abogados y no está dispuesta a que esto salga a la luz. Es una "mujer de carrera" o "carrierista", sin familia, workohólica, agresiva, cruel y tanática. La mala, vamos. El consejo directivo la ha contratado porque es eficaz y les hace el trabajo sucio del cual no quieren ni llegar a saber nada. Así que es ésta la que actúa por su cuenta (pero por el bien de la compañía y suyo, que es lo mismo, pues no tiene otros valores adicionales). Y actúa contratando a una compañía de seguridad-sin-límites, que primero espían a todo quisque, y llegado el momento reciben instrucciones de hacer "lo que sea" para poner fuera de la circulación al despendolado abogado. Así que lo matan eficazmente, simulando un suicidio. "Tenía problemas", etc. Lo que no sabía la Rottenmeier/Swinton, después de tanto pinchar teléfonos, es que le pudiesen a ella pinchar su conversación en directo.
En todo esto se ve mezclado Michael Clayton, primero intentando "razonar" con su colega despendolado (aquí Tom Wilkinson), que le resulta bastante más lúcido de lo que esperaba para haberse vuelto loco, y le mete dudas en el cuerpo. Pero duda, duda, porque tiene deudas terribles con mafiosos, y debe pedir un préstamo/adelanto a su firma (o sea: jurar pleitesía a su actual jefe (Sydney Pollack), y competir en eficacia y falta de escrúpulos con otros colegas tiburones). Así que también es una película articulada en torno a una elección ética / vital entre la indiferencia y el compromiso (como Leones por corderos). En un momento dado esto se representa gráficamente con Clayton sujetando en una mano el cheque que le acaba de dar su jefe y en otra las pruebas terribles que le había ido a presentar y que el otro no quiere ver—y no sabe qué hacer.
Pero se acaba de decidir cuando se entera de que los agentes de la Tilda vienen a por él, ahora que se han enterado de que sabe más de lo que debía. Le ponen una bomba en el coche, de la que se salva sólo porque tiene un momento de duda, una epifanía, se ha apeado en un campo para ver unos caballos hemingwaianos o cormacmaccarthianos, los caballos del vaquero que nunca será, símbolo de la pureza que deja atrás... y explota su coche tras él.
Ahora Clayton se convierte en vaquero, y entra directamente a por la Swinton, a la que ha calado—le graba la conversación incriminatoria, y hace que la arresten a ella y a todo el consejo de administración en plena reunión de negocios. Observemos que según el criterio de muchos jueces españoles, todo esto sería agua de borrajas, por haberse hecho sin mandato judicial, y es que aquí no está el patio para vaqueros. (Hasta al "padre coraje" aquél, ciudadano andaluz que se infiltró en la banda de los asesinos de su hijo para grabarles pruebas del crimen... le echaron para atrás las grabaciones en el juzgado). ¿Grandeza del sistema americano? Para nada: resulta que si Clayton consigue que la policía y la justicia funcionen, es porque tiene un hermano comisario—con el que no se llevaba bien, pero el futuro promete mejor. También se reconcilia al final, ahora ha hundido a su firma y que va huyendo de su pasado, con otro hermano perdulario que tenía. Mucha familia, parece decirnos la película, que sin ella el sistema se va a la ruina siguiendo la ley de la oferta y la demanda.
Es sintomático que la Swinton sea soltera y sin novio y sin amigos ni vida ni interés familiar discernible (ni sexual, aunque aquí nadie lo tiene, no hay intriga erótica). La perfecta mujer de empresa, disponible para todo. Supongo que alguno acusará a la película de antifeminista, por criticar a esta mujer de fuerte carácter y drásticas decisiones, pero feministas thatcherianas-castigadoras como ésta, mejor que te caigan bien lejos. (Y para colmo la pobre es sufridora e insegura, ensayando interminablemente ante el espejo sus intervenciones ante la prensa o ante el consejo de administración, y tan tensa que parece que se le vaya a saltar una vena de la sien—la Swinton, genial actuación; los principales actores son todos muy buenos).
Me ha gustado la manera en que se representa el reparto de responsabilidades y la cadena perversa de colaboración con el mal. Los directivos permiten la comercialización de productos tóxicos sin ninguna intención deliberada de dañar a nadie: sólo quieren ganar dinero, y no probablemente no dedican ni dos minutos de tiempo a planificar el mal. El manejo de la mierda y la toma de decisiones le toca a la spin doctor de la Tilda, eficaz profesional, y que será malvadísima, pero que se limita a decirles a sus eficaces matones que "hagan lo que tengan que hacer", y casi ni le sale decírselo—todo entre medias palabras, sobreentendidos y eufemismos. (¿Los muertos intoxicados? Son sólo gente que pleitea contra la empresa, un problema a controlar). Los abogados, son gente eficaz, sin más, defienden a sus clientes lo mejor que pueden. Y los matones no son unos criminales así de la baja vida, sino una compañía de seguridad y servicios especializados: hacen unos asesinatos eficaces y clínicos, y sin la menor animadversión contra nadie. Todo en aras de la mayor eficacia laboral, aquí los únicos malos profesionales son Clayton y su colega, el que destapa la cacerola—y no tardan en quedarse sin empleo, faltaría más.
También está bien llevada, por otra parte, la cadena contagiosa de la ética: la manera en que la crisis de conciencia de su colega (Wilkinson) y su toma de postura, precipita el cambio en Clayton/Clooney. Otro rasgo llamativo de la película es la estructura temporal: comienza con un viaje de negocios de Michael Clayton durante el cual le vuelan el coche, y luego vuelve atrás cuatro días para presentarnos los antecedentes, y repite la misma escena (ya casi al final de la película)—con lo cual la vemos con otra perspectiva. (Observemos que los términos flashback o flashforward están propiamente hablando fuera de lugar, ya que lo que tenemos es una analepsis objetiva continuada que vuelve a alcanzar el punto inicial del relato primero, repitiendo la escena inicial y siguiendo más allá del punto de inserción de la retrospección, con una alteración de la estructura perspectivística, pues ahora conocemos también el punto de vista de los asesinos). El efecto es interesante. Lástima que se haga sobre un hecho en realidad colateral como es el atentado frustrado contra Clayton, y no con alguna escena más sustancial o en la que la repetición / reinterpretación aporte más interés psicológico.
Pero en suma, película intensa, bien llevada, bien interpretada. Vuelve el hombre, liberado de su bufete, y vuelve la familia. Pero todo esto es antisistema, en la América en la que vivimos. Vale para un día de furia, o de cine, pero hay tantos días de trabajo...
Michael Clayton. Writer and dir. Tony Gilroy. Cast: George Clooney, Tom Wilkinson, Tilda Swinton, Michael O'Keefe, Sydney Pollack, Denis O'Hare, Austin Williams. Music by James Newton Howard. Cinemat. Robert Elswit. Ed. John Gilroy. Prod des. Kevin Thompson. Art dir. Clay Brown. Exec. prod. Goerge Clooney, James A. Holt, Anthony Minghella, Steven Soderbergh. Prod. Jennifer Fox, Kerry Orent, Sydney Pollack, Steve Samuels. USA: Samuels Media / Castle Rock, Mirage / Section Eight, 2007.
Tras mucho insistir los niños, les llega para Reyes la película de los Simpson. Que empieza fuerte, con un corto de Rasca y Pica, y con Homer diciéndonos que todos los que pagan por ver esto que echan gratis en la tele son unos pringaos.
Y desfilan buena parte de los personajes de la serie, cada cual con su rinconcito en un argumento en el que el Malo Malo es el gobierno republicano, y Homer salva a Springfield de la destrucción a que lo condenaban los servicios secretos, después de haberlo puesto en peligro él mismo a la ciudad, al emporcarla de mierda de cerdo tóxica.
En conjunto le ha quedado bien la película al ejército de guionistas (al éxito me remito) y nos reímos como tontos con las gamberradas de Homer, esa parodia del padre de familia en el que a veces nos reconocemos demasiado—si hemos de juzgar por las miradas que nos echa nuestra Marge local en ciertas escenas críticas.
Homer en principio se desentendía del destino de la ciudad, encerrada bajo una cúpula irrompible y luego amenazada por una bomba con cuenta atrás—y se lleva a su familia a Alaska a empezar una nueva vida. Pero Marge y Lisa, los elementos responsables de la familia, quieren salvar la ciudad, y lo dejan. Ante la amenaza de perderlas, Homer se convierte en un héroe de acción y consigue echar la bomba fuera de la ciudad.
No por nada el nombre de Homer significa el que crea hogar. Homer, sweet Homer,macho adulto blanco/amarillo y centro por tanto de la serie, basa su comicidad en ser irresponsable sin límites, egoísta y zafio hasta allá, y dado a la gratificación inmediata sin más contemplaciones. En todo, menos en lo que a su matrimonio atañe: quizá quizá en algún episodio que no conozco, Homer se haya extralimitado en alguna aventurilla extramatrimonial, supongo, pero será en todo caso para llevarlo al arrepentimiento y resaltar su carácter fundamental de marido devoto. La lujuria o la infidelidad no están en la lista infinita de sus impresentabilidades, por alguna razón que se nos escapa. Y añadamos a eso el misterio insoluble básico en el que descansan los Simpson, a saber, cómo la medianamente razonable Marge aguanta a su Homer de infrahumanos instintos. Y es que "es su hombre"—otra lección entre líneas, como quien no quiere la cosa...
Con este planteamiento de base ya en la serie, no es de extrañar que la película sea una loa a la célula matrimonial, y que esta institución quede en lo fundamental exenta del sarcasmo corrosivo, humor negro y escepticismo que se aplica a todo lo demás. En la adaptación a la gran pantalla y público "familiar" (que supongo que en realidad será el mismo de la tele) se han suavizado aspectos potencialmente ofensivos del humor de la serie, como el tratamiento del Reverendo, o la figura del creyente Flanders, que en la serie es objeto de burla y aquí en cambio es un modelo de comportamiento para Homer, y casi adopta a un Bart deprimido por lo inadecuado de su figura paterna. Pero Homer se pondrá a la altura y se convierte en el Padre-ídolo de Bart, dejando de ser un colegui irresponsable.
Al proyectar la sátira sobre un argumento básico de película de aventuras, también se convencionaliza y dulcifica la ideología de la serie. Lisa descubre el amor, una parodia de amor ideal que no es sino un amor ideal; al igual que la parodia de regeneración y heroísmo de Homer se confunde con una auténtica regeneración y heroismo. Y como en el más clásico cine conservador de Hollywood, las parejas en riesgo de divorcio se recomponen, y el matrimonio contra viento y marea regenera la comunidad social.
En fin, que entre eructo y eructo, se nos transmite una subrepticia ideología por lo bajini: los Simpson nos enseñan (y ahora más que nunca) virtudes cívicas, responsabilidad social, ética marital, y valores familiares. Vivir para ver.
The Simpsons the Movie. Dir. David Silverman. Written by James L. Brooks, Matt Groening, Al Jean, Ian Maxtone-Graham, George Meyer, David Mirkin, Mike Reiss, Mike Scully, Matt Selman, John Swartzwelder, Jon Vitti. Animated feature; voices by Dan Castellaneta, Julie Kavner, Nancy Cartwright, Yeardley Smith, Hank Azaria, Harry Shearer and A. Brooks. Music by Hans Zimmer. Coprod. Jay Kleckner. Prod. superv. Richard Rayni. Prod. James L. Brooks, Matt Groening, Al Jean, Mike Scully and Richard Sakai. Twentieth Century Fox / Gracie Films / Matt Groening, 2007. Spanish DVD: Los Simpson la película. Fox 20th Century Fox España, 2007.
A veces los dioses por reirse de nosotros nos conceden nuestros deseos; otras veces, también por reirse, nos los niegan, como a Amaral en este vídeo:
Triste, pero anda que si llega a conseguir sus deseos y morir por vos... Mejor seguir viendo la tele.
Y veo en efecto en mi teleordenador Leaving Las Vegas,película bien llevada en algunos aspectos, pero basada en unos personajes absurdos, que se dejan arrastrar por sus adicciones e impulsos irracionales, hasta la propia destrucción sistemática de su vida y la muerte en el caso de Nicolas Cage. Se nos invita a admirar el amor conmovedor, y la posibilidad del sacrificio aun en las situaciones más tiradas (—su amiga prostituta hace el amor con Cage in articulo mortis, por hacerle un último favor, aunque tenía sus partes laborales malheridas, pues venía de sufrir una triple violación). Pero la belleza de estos dolorosos sacrificios queda empañada un tanto por la profunda estupidez e inmoralidad de las elecciones fundamentales de los protagonistas. Bastaría con poner a una actriz gordaburra y bizca en el papel para ver el argumento en sus auténticas dimensiones éticas.
Pero la película precisamente las emborrona: aparte de presentar a la pareja "objetivamente" en sus circunstancias, juzga, y elige, y lo que elige es presentarla como una pareja romántica trágica; y, como hacen ellos, da por supuesto o implanteable el paisaje de fondo sobre el que se desarrolla la historia amorosa, las compulsiones que mueven a los personajes. Película sobre adicciones suicidas, y hecha a medida de los adictos y suicidas, para su mayor dignidad, una vez perdidos de vista mejores ideales. (De hecho John O'Brien se suicidó tras vender los derechos de adaptación para su novela).
Cage se suicida ni sabemos por qué (porque le deja su mujer, o quizá hace que le deje su mujer para suicidarse, y lo de beber es una excusa...). Lo suyo es una adicción terminal al suicidio por delirium tremens. La chica también es adicta, a la prostitución, y al juego, y aún peor, al psicoanálisis, porque la adicción pierde su honesto nombre cuando en medio de tanto análisis ni se plantea la moza la posibilidad de bajar el nivel de vida para coger un trabajo menos remunerativo. Deja, deja, que eso de madrugar e ir a currar.... mejor quejarse de los gordos peludos y babosos que le tocan esta noche. Pobre chica, una tragedia, como el Cage con su proyecto de matarse a lingotazos de ginebra. Tragedias de esas que elige uno voluntariamente. Cuánto más trágicas, ¿no? que si sólo te aterrizasen encima porque sí, como una teja.
De hecho, eso es el ingrediente que salva a la película, esta dosis de tragedia por insuficiencia, o de bien desaprovechado por el desarreglo fundamental de sus personalidades: el amor que sienten uno por otro está bien, es lo único salvable de sus vidas, pero es una pasión subordinada a otras fuerzas y pasiones mucho más poderosas e irresistibles: la pasión por el riesgo, por la autodestrucción, por la autodegradación masoquista, o por el dinero fácil.
O es un amor subordinado a la inercia sin más, que dada una pendiente suficiente, tiene más fuerza que cualquier pasión. Leaving Las Vegas. Dir. Mike Figgis. Written by Mike Figgis. Based on the novel by John O'Brien. Cast: Nicolas Cage, Elisabeth Shue, Julian Sands, Richard Lewis, Steven Weber, Valeria Golino, Graham Beckel, Carey Lowell, B. Lee Ermey, Mariska Hargitay, Laruie Metcalf, Julian Lennon, Lou Rawls, Ed Lauter, Xander Berkeley, Susan Barnes. Music by Mike Figgis, vocals by Sting. Prod. Ula Cazes and Annie Stewart. USA, 1995.
Antes de que alguien me diga que esta vez me he pasado, aclaro que hablo de la película de Will Smith. Está basada en un clásico de la ciencia ficción (Richard Matheson, I Am Legend). Y pertenece a un subgénero especialmente visible esta temporada: la ficción apocalíptica. Hasta en este blog ha estado de moda el tema: por ejemplo en este post sobre la extinción súbita de los dinosaurios y de los humanos.
También está visible para mí porque me acabo de leer The Road, de Cormac McCarthy, que tiene un planteamiento casi análogo, si bien más realista. Después de una catástrofe nuclear, los escasos supervivientes en un mundo muerto viajan no se sabe donde, a lo largo de una carretera donde el hombre es un hombre lobo para el hombre. Por efecto de la falta de recursos, de la pura necesidad, y de la naturaleza humana.
Más inmediato es el embrutecimiento ambiental en Soy Leyenda, donde un virus ha exterminado al 99% de los humanos y ha convertido a una minoría en monstruos enloquecidos. Y además está Will Smith. O sea, que es una película de zombis (zombis blancos skinheads) porque además sólo salen por la noche. Y ya se sabe lo que dan de sí las películas de zombis, a los que hay que mantener atrancados fuera de la puerta, rematar a golpes crueles, etc. La pura gimnasia de luchar contra estos zombis desplaza el interés central de la película—aunque las escenas de violencia son extraordinariamente efectivas, y no de despreciar. Aunque la película está clasificada para todos públicos, mi acompañanta pasó media película oculta tras las butacas y exigió al salir la devolución de media entrada, pues para ella había media película imposible de contemplar. La tensión se mantiene tanto para Will Smith como para la espectadora oculta tras la butaca. Y donde el guión flojea, eso se hace con trabajo inventivo de dirección y cámara. Muchas escenas, de violencia o no, están filmadas de manera inventiva. Pongamos la escena en que Will ha de matar a su fiel perra, a la que han mordido los perros zombis: se muestra cómo la estrangula sólo enfocándole la cara a él. Y la espectacularidad está asegurada, en un Nueva York invadido por la maleza, con los restos de los últimos embotellamientos y medidas de cuarentena. Pocos saqueos, por cierto.
Esta temática es recurrente en la época moderna, al menos desde El último hombre de Mary Shelley, donde una peste exterminaba a tódios. Es característica del género la sensación de sobreabundancia decadente, con los últimos supervivientes perdidos entre un exceso de bienes de consumo o culturales dejados atrás por el mundo que se va desmoronando. El mundo sin nosotros de Alan Weisman— otro título éste que ha hecho furor en el 2007, hablando de cómo sobrevivirían distintos objetos y artefactos culturales actuales si desapareciese la humanidad. Quizá algunos supervivientes a la Peste Negra que diezmó (es un decir, aunque en algunos sitios no fue un decir) la población europea en el siglo XIV, tuvieron esta sensación de un mundo demasiado amplio y con demasiadas cosas, con poca gente entre muchas tumbas. Pero el tema vuelve insistente en la época napoleónica, ligado quizá al primer shock de superproducción causado por la revolución industrial. Y cruzado con la visión de la exterminación masiva de la guerra moderna—los sitios de Zaragoza, etc. Y el descreimiento de un mundo sin dios. Byron tiene un poema sobre la muerte fría del cosmos.
Vuelve el mito del último hombre con fuerza renovada en el relato de Jack London "La peste escarlata", que a principios del siglo XX narra el desplome de la civilización occidental, a modo de crisis de sistema y revolución, a principios del siglo XXI. Y de ahí a muchas otras versiones del hundimiento de la civilización, holocaustos postnucleares anunciados en la época de la guerra fría… En los años 70 Marvel tuvo su propio comic del último muchacho sobre la tierra (Claro que estos últimos hombres nunca están solos realmente). La crisis del petróleo nos trajo a Mad Max y a sus nuevos bárbaros motorizados en busca de gasolina. Con versiones incontables en años siguientes, como El cartero o Waterworld de Kevin Costner. Hay todo un subgénero de La Ciudad Invadida por las Tribus,, con visiones postapocalípticas de Nueva York. Quizá la imagen más potente en la consciencia colectiva sea la Estatua de la Libertad semienterrada de El Planeta de los Simios. Y en el XXI la visión pesimista no afloja, si nos atenemos a la tremenda novela de Cormac McCarthy.
Presentan ciertos problemas narrativos estas ficciones del último hombre. La tragedia debe tener testigos al margen del héroe trágico (la sola presencia de los espectadores/lectores no parece ser suficiente). Y el tema del último hombre es como digo intratable: siempre ha de quedar la duda de si eres el último o no. Nadie lo sabría realmente, como bien se dice en la novela de McCarthy.
Ahora mismo me hablaba mi padre de los viejos que van quedando en los pueblos abandonados: sólo dos octogenarios quedan en Betés. Un mundo que se acaba, me dice. Hay una buena novela ambientada en Ainielle, pueblo abandonado cerca de Biescas: La lluvia amarilla de Llamazares, que trata a la vez del fin de un pueblo y del fin de su último habitante—otra historia del último hombre. El último mohicano. Y es que hay muchas experiencias distintas del fin del mundo, y nunca se está tan solo. En La lluvia amarilla hay fantasmas, como en todo realismo mágico. En The Road hay sueños, recuerdos. Flashbacks en Soy Leyenda. Y aparte están los otros, los que ya no son de este mundo y sin embargo están en él, vampiros, bandidos, hombres de las sombras. Y por fin, como señal de esperanza para la clausura, the good guys, los iguales, los que garantizan la continuidad de la vida y hacen que el final del relato no sea el final del cosmos. Es como digo curioso que (casi) ningún relato del último hombre lo presente realmente como el último.
La plaga exterminadora viene a ser en última instancia sólo una severa lección, por un camino erróneo que se emprendió, y la humanidad ha de empezar de nuevo. El Diluvio. El relato que comienza con el fin del mundo (humano, occidental, tradicional…) y abocado a la extinción total, termina con un gesto de esperanza, con el establecimiento de una nueva comunidad, descubrimiento de otros supervivientes, un nuevo comienzo. Es decir, el relato comienza con un final, y termina con un comienzo. Como en todo Apocalipsis, hay un nuevo cielo y una nueva tierra. Y un Nuevo Hombre. Se anuncia un nuevo ciclo de la historia humana. (Last and First Men, fascinante especulación futurista de Olaf Stapledon).
Esto aparece sólo apuntado en algunas versiones (como El último hombre). En otras, como en La peste escarlata o la memorable Earth Abides, de George R. Stewart, se nos presenta una teoría de la decadencia y resurgimiento de las civilizaciones. Un poco a la manera del pensamiento clásico, o más bien de su reelaboración en la obra de Vico (Scienza Nuova) que postulaba una teoría protoevolucionista de la cultura, pero no enraizando la naturaleza humana en los animales (lo cual hubiera sido darwinista) sino imaginando sucesivas épocas de decadencia, embrutecimiento y nuevo florecimiento de la civilización. El narrador intradiegético de La peste escarlata, Granser, único testigo vivo de la gran plaga, habla a sus nietos de un mundo desaparecido que a ellos les parece pura ficción. El lenguaje decae, y el conocimiento y la conceptualización; el mundo va degenerando a la época tribal o de las cavernas. Granser ha rescatado una biblioteca, con la esperanza de reconstruir la civilización humana, pero en su vejez le puede la desesperación, y ve como un ciclo estúpido y vicioso esta secuencia inevitable de épocas de civilización y barbarie. Pues la naturaleza y circunstancias humanas tienen un límite: la superpoblación y la dinámica social tienen un límite, y con ellos se topará la humanidad una y otra vez. En Earth Abides, la perspectiva es similar. Como en La peste escarlata, también es una plaga la que ha acabado con la práctica totalidad de la humanidad. El énfasis recae en la supervivencia en un world without us, con abundantes recursos, comidas enlatadas y coches, pero sin habitantes. La reconstrucción precaria de una comunidad con un puñado de supervivientes. Pero pasadas unas décadas, la población ha aumentado, hay pequeñas tribus, y se han ido borrando las huellas de la cultura occidental. El protagonista, uno de los escasos inmunes, es ahora el patriarca de la tribu, leyenda viva, un dios primitivo sobre la tierra para su tribu, y es en la última escena una especie de ídolo senil transportado entre la maleza por sus descendientes, nuevos pieles rojas de una América que ha invertido el proceso de europeización.
Es éste un final muy tentador para el imaginario profundo americano, para la mala conciencia de la nación —ver las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury para otras alegorías del retorno de los indios exterminados. La Peste Escarlata también es en cierto modo el retorno del Piel Roja (celebrado con ambivalencia por Jack London, ese admirador horrorizado de la llamada de lo salvaje).
El final de Soy Leyenda se encamina en otra dirección. Aquí también se reconstruye la comunidad de supervivientes. (No con Will Smith entre ellos, aunque su leyenda perviva). Pero no hay regresión total de la cultura. Los supervivientes viven en un pueblito de Vermont nada menos, rodeado de muralla y defendido con armas automáticas—pero lo que hay dentro es la clásica pequeña comunidad ideal americana, el mito colonial ideal—una comunidad básicamente blanca, rural, y agregada en torno a la iglesia. Back to Basics, el lema vendido por Reagan/Bus a la imaginación americana.
El mal surge en la película como resultado accidental de la manipulación genética. Una científica descubre una vacuna contra el cáncer modificando un virus. Y provoca sin buscarlo una pandemia universal que extermina a casi todos, y enloquece a la mayoría de los supervivientes. Conocida es también la oposición de cierta derecha americana a la experimentación con los límites de lo permisible en medicina. Y la película también sigue, sorprendentemente, la genocida convención de Hollywood de que hay que matar al negro bueno, como al malo. Lo que me parece francamente exagerado es que Will Smith se apunte a esta convención.
Naturalmente una película de ciencia ficción no traduce ni alegoriza punto por punto un programa político ni un conflicto ideológico o pol,ítico real. Más bien trabaja (de modo un tanto insidioso, podría decirse) creando analogías subliminales, fusionando de manera tendenciosa situaciones y símbolos, y jugando con temores subyacentes y estereotipos desplazados. Pero a veces las líneas ideológicas generales emergen con claridad meridiana en el argumento.
Por ejemplo, el rescate de Dios. En principio, Dios no existe: está refutado por el tratamiento que ha dado a los humanos. No se ve muy bien el por qué de esta refutación: Dios siempre ha matado a los individuos, todos y cada uno de ellos, aunque ha conservado a su Pueblo—aunque consista en una sola persona. Pero en fin, la película vuelve a las argumentaciones clásicas de las teodiceas, justificando los Actos de Dios por terribles que parezcan. Aquí Will Smith ha perdido la fe, sobre todo por la muerte de su familia, pero al final la recupera con una comunicación del más allá. Aunque los miles de millones que murieron tengan otra opinión de Dios, oye: quien cuenta el cuento es quien sobrevive, y ese siempre deduce que Dios le ha ayudado. La película se traga ese razonamiento sin parpadear.
La brasileña que lo rescata de los zombis (bastante implausiblemente por cierto) es una mensajera de Dios. Sabe que existe la comunidad de Vermont no por la radio ni otro tipo de mensajes humanos, sino porque Dios se lo ha dicho. Así, con dos pelotas, información que resultará precisa y fiable. La película nos coloca, para refutarnos mejor, en el punto de vista de Will Smith cuando niega esta posibilidad—y seguidamente descubre en un tatuaje de la chica una señal de su hija difunta, que antes de morir le había hecho el signo de una mariposa (el alma inmortal)—y una mariposa es el tatuaje. Las marcas en el cuerpo no mienten—véase la Poética de Aristóteles al respecto. Y la transformación de Will es inmediata: su conversión a la Fe le lleva a sacrificarse para salvar a la brasileña (y de paso a su recién descubierta vacuna contra la rabia zombi).
Está bien el sacrificio del héroe, eso de que no sólo esté dispuesto a dar su vida sino que de hecho la pierda de verdad. Es estadísticamente probable, pero observemos que no se ve mucho en Hollywood—y aquí coincide sospechosamente con la necesidad de evitar un coito interracial, otra eterna convención de Hollywood. Se me dirá que la difunta esposa de Will Smith era ambiguamente blanca—pero es precisamente la difunta esposa. Y hasta la prole se extermina. A veces las lecciones de Hollywood son pasmosamente transparentes. Con una brasileña no anglosajona bien le podían haber permitido un extra, pero nada. Claro que ésta también parece monja seglar.
En fin, que Will Smith será leyenda, pero la pequeña comunidad WASP estará libre de sus genes. El Nueva York complejo, la urbe problemática e interracial, globalizada, industrializada y multimediada se ha colapsado, y el sueño de Hollywood nos promete un futuro en forma de pueblito idílico de Nueva Inglaterra. Bien. La película da con una mano y quita con la otra, a la manera de los géneros populares histeroparanoicos. Los zombis blancos eran como skinheads linchanegros persiguiendo a Will Smith, y al final comunidad blanca tenemos.
Otra asociación simbólica histerizada que se añade en esta sopa asociativa estimulada por la ciencia ficción es el fundamentalismo antiamericano. Los zombis son seres enloquecidos, con los que no se puede razonar, son vidas gastables sin cuenta, carne de cañón que se autodestruye a cabezazos, bombas humanas vivientes. Son el Otro abyecto. Son por tanto también una visión de pesadilla de un Occidente entre los escombros, dominado por seres irracionales que se "autoinmolan" como se suele decir, masas sanguinarias cuyo credo está más allá de nuestras posibilidades comunicativas—y en última instancia, malas bestias a las que hay que exterminar ya que no hay vacuna para curarlos. Es decir, que la película también utiliza los temores internalizados al terrorismo suicida, que lleva al americano a enclaustrarse en su fortaleza y a usar generosamente el rifle. (La Asociación de Charlton Heston también parece haber subvencionado esta producción).
Todo esto puede llevarse a cabo eficazmente en términos cinematográficos. Y se hace una buena película de género, y funciona el ritmo. Cuando flojea realmente la cuestión es cuando la abyección parece salirse de madre y contaminar al propio protagonista—aunque supongo que semejante intercambio de papeles es inevitable en este tipo de producciones histéricoparanoicas. Este flojeo afecta también al personaje cinematográfico de Will Smith el actor, problemáticamente encajado en sus avatares a través de los géneros, de gracioso a poli superhéroe, papi imbatible y ahora encima candidato póstumo al Nobel de medicina.
Smith es aquí a la vez un militar de alta graduación y un científico—es el que siembra dudas al principio sobre la eficacia de la vacuna contra el cáncer, y el que acabará descubriendo la curación de la plaga. Pero también es llanero solitario, hombre de familia traumado por la pérdida. Se comunica con su perra. Les habla a los maniquíes (presencias semihumanas inquietantes y fantasmales). Ve películas, y se sabe Shrek de memoria. Hace experimentos con ratas y zombis capturados. Caza ciervos neoyorkinos. Huye de las bandas de neonazis. Tiene que hacer de chistoso y de forzudo, y de científico con la otra mano, ya casi no llega. Está ocupado, desde luego, pluriempleado. Lleva un control racional organizado, emite mensajes de ayuda a posibles supervivientes. Pero cuando aparecen éstos (la brasileña y un niño) está al borde de la crisis—se nos dice. Lo que vemos es que de repente pasa a ser un negrata de la calle, posiblemente peligroso, violento, impulsivo, poco racional, que les hace temer por su seguridad. Un tipo con lenguaje primario, y prioridades comunicativas mal puestas. Una escena mal llevada, o malintencionadamente llevada. Estúpida para un actor negro, vamos.
Y más inversiones abyectas: si los zombis son islamistas fanáticos, terroristas suicidas, es sin embargo Will Smith el que más directamente encarna el papel de hombre bomba, al lanzarse contra ellos empuñando una granada. Se vuela a sí mismo y los vuela, para salvar el futuro, claro. Y sin embargo, es una sospechosa apropiación de un gesto suicida que en otras películas recientes (Cartas de Iwo Jima) se reservaba para mentes muy equivocadas. ¿Será que hay algo muy equivocado en este sueño de la renovación de las esencias de América, con abyecciones conglomeradas, con Dios de nuestro lado y manteniendo a los infrahombres a raya?
Soy Leyenda. Dir. Francis Lawrence. Basada en la novela de Richard Matheson. Reparto: Will Smith, Alice Braga, Dash Mihok, Salli Richardson. USA, 2007. http://www.soyleyenda-es.com
A resultas de esta conversación y aprovechando que la ví durante una razzia por MediaMarkt, me compro y reveo Deep Impact, una película coetánea y con el mismo argumento prácticamente que el más conocido Armageddon de Bruce Willis. Esta sin embargo no pertenecía tanto al género aventuras como al género catástrofe - y - respuesta - de - diversas - personas - en - circunstancias - y - líneas - argumentales - diferentes. Aunque son géneros permeables, claro. Era por tanto algo más realista que Armageddon, y de hecho tuvo un impacto suficiente como para que los americanos nombrasen Deep Impact a una misión espacial auténtica que hace un par de años llevó a una sonda a lanzar experimentalmente un misil contra un el cometa Tempel 1 (juio de 2005).
La película alterna las historias de diversas personas que ante la perspectiva de la destrucción total de la civilización y quizá de la humanidad, reaccionan de maneras diversas. Algunos morirán de hecho—entre ellos los astronautas de la misión Ulises que optando por el suicidio consiguen destruir la mayor parte del asteroide que se acercaba a impactar con la tierra. Una divorciada solitaria interpretada por Vanessa Redgrave se suicida. Su hija (Téa Leoni) se reconcilia en el último momento con su padre, y mueren juntos en una playa donde habían sido felices toda la familia un verano—parece que las reconciliaciones simbólicas de divorciados y el consiguiente retorno a las esencias son un mensaje importante en mucho cine americano del ala patriótica.
Esta película también pertenece al género presidentólatra. El presidente es (cómo no, siendo Morgan Freeman) un hombre de conciencia y sentimiento, y un guía práctico y espiritual para su nación en tiempos difíciles, a la manera cinematográfica que tan bien interpretaba Ronald Reagan, y que naturalmente es copiada por la realidad, con sus limitaciones, cuando la nación sufre de hecho su Deep Impact y Bush sale a hablar de momentos cruciales y confianza en las propias fuerzas. También vemos en directo la destrucción de símbolos patrios (a la manera de El día de mañana o de las películas de la Tercera Guerra Mundial)—y de un modo que no permite leer esta película sino como un anticipo del 11-S, o del 9/11 como lo llaman por allí.
Pánico de las masas, muerte de inocentes, caída de las más altas torres, caos en la urbe, serenidad y firmeza en los líderes, rearme moral, reconstrucción y fe en la continuidad de la patria. Si es que la experiencia norteamericana está orientada y educada por el cine. Casi podemos sentir la cuenta atrás para la gran explosión en la que los protagonistas escapan en el último momento aunque peta todo tras ellos. Esperanza siempre queda, pero para los que sobreviven. Al menos esta película es sufientemente honesta para presentarnos algunos de los millones de muertos que menciona: pero son todas muertes éticas y aceptadas: narrativizadas, vamos, presentadas como un final previsto y elegido. Las muertes caóticas, o inmorales, desaparecen del horizonte—aquí oímos hablar de saqueos, disturbios, y peleas, pero no los vemos. Ateniéndonos a la lectura 11/S, hay una curiosa simetría: aquí los pilotos suicidas son los buenos, pilotando una Atlantis mejorada contra el cometa, y no los malos (Atta & Co.) atacando con aviones/bólidos y llevando un cargamento de rehenes. La historia a veces no se priva de ironías crueles. Pero en conjunto la experiencia premonitoria es análoga a la histórica, tal como la encauza la ideología oficial. La catástrofe colectiva es ante todo una experiencia moral, si no religiosa ("with God on our side")—a eso se refiere ese "Heaven and Earth are about to colllide", a un nuevo renacer a la fe o al patriotismo, tan mezclados en el país que confía en Dios hasta en el dólar. Es América, como nuevo pueblo elegido, quien organiza en la película una nueva arca de Noé, que por suerte no será necesaria.
También es cierto que se nos dice que otras naciones, según sus propios criterios, toman sus propias medidas. Pero la opción de América es regresar al origen, interpretar la catástrofe como un nuevo diluvio, y tomarla como ocasión para un renacimiento moral. Y reafirmarse una vez más como el pueblo elegido, y protagonista principal de la Historia.
Y allí está el mensaje principal de la película: quien tiene la fuerza (nuclear) y la supremacía tecnológica, tiene el protagonismo moral. Los demás serán comparsas—América decidirá. Y estas historias de amenazas cósmicas, cuya realidad sigue siendo una incógnita, tienen sin embargo un potente papel ideológico: moralizan y justifican el armamento atómico y las inversiones masivas en investigación aeroespacial y nuclear. También, más indirectamente, la teoría de que es América quien debe mantener esa supremacía. Van unidas la potencia de fuego nuclear y el retorno a la inocencia, el renacer espiritual. Aunque todos sabemos que estas armas no se han hecho precisamente para volar cometas.
Deep Impact. Dir. Mimi Leder. Written by Bruce Joel Rubin and Michael Tolkin. Cast: Robert Duvall, Tea Leoni, Elijah Wood, Vanessa Redgrave, Maximilien Schell and Morgan Freeman. Music by James Horner. Special effects Industrial Light & Magic. Ed. David rosenbloom. Prod. des. Leslie Dilley. Photog. Dietrich Lohmann. Exec. prod. Steven Spielberg, Joan Bradshaw and Walter Parkes. Prod. Richard D. Zanuck and David Brown. USA: Dreamworks / Paramount / Amblin, 1998. Spanish DVD: Deep Impact. Madrid: Dreamworks Home Entertainment, 2006.
Temblaba yo cuando nuestra asesora cinematográfica ha elegido esta película para los niños, siendo una continuación/variación de otra, y con una intriga de historia-ficción demasiado complicada para mentes de críos... pero no, se lo han pasado genial con las claves y las persecuciones y las disparatadas pistas del tesoro. Así que con críos se puede ir. Y es de Disney, o sea que hasta las parejas de separados y divorciados se acaban reconciliando.
El cartel muestra a Nicolas Cage en plan Estatua de la Libertad. Y además del ésta, desfilan por aquí todos los iconos patrios, y más. El asesinato de Lincoln. La otra Estatua de la Libertad, la de París. El palacio de Buckingham (—la pérfida Albión que ayudaba a los sudistas, faltaría más). La Casa Blanca. El Despacho Oral, con intriga erótica/no sexual incluida. Roosevelt. Kennedy y John-John. La Biblioteca del Congreso. El monte Rushmore... Vamos, que no se empachan de provocar un empacho. Y se descubre la perdida ciudad de oro de las leyendas, que está bajo el monte Rushmore, y da lugar a abundantes Indiana Jones antics entre las antiques.
Pero ojo: que mayor icono es el Presidente. La peli pertenece al género de la Presidentolatría—como Independence Day o Air Force One, casi casi. Aquí el presidente de los EE.UU. no da puñetazos a los terroristas, ni derriba platillos volantes en su jet (cuesta creer que nos logren vender estas cosas, ¿eh?) pero hace algo que últimamente parece más de ciencia ficción: es un tipo culto y sutil.
Por otra parte, todos los presidentes lo son, según esta película. Llevan entre todos un libro secreto (que no es un diario, para nada) donde se pasan los gajes del oficio que sólo otro presidente podrá leer. No me he enterado bien de lo que había en la página 47, algo que debía remediar Nicholas Cage a cambio de consultar unas pistas para el tesoro que había en otra página...
Y, en fin, que se ayuda a crear mito de lo que hubo, y de lo que no hubo. Esa soñada civilización avanzada en la antigua América. Tan ficticia como la capacidad craneal sobrehumana de los presidentes. Claro que con retrato de veinte metros en piedra, y con el guionista a su favor, cualquier presidente puede parecer un hombre de talla, en lugar de un caradura. Y de eso se trata, sobre todo, de crear devoción icónica y sobrecogimiento instintivo ante la historia viviente. (Como sucede aquí con el signo del Zorro, o la N napoleónica tumbada, sueños de gloria).
Recomiendo como antídoto, para reducir las cosas a su justa proporción, el cuento "The President", de Donald Barthelme, en Unspeakable Practices, Unnatural Acts.
La Búsqueda: El Diario secreto. Director: Jon Turteltaub. Interpretes: Nicolas Cage, Diane Kruger, Justin Bartha, Jon Voight. Disney, 2007.
Es dudoso que valga la pena ponerse a escribir ninguna reseña de una película taquillera, cuando en la Internet Movie Database ya te ofrecen una colección entera de reseñas más amplia de las que te dan ganas de leerte—aunque siempre es entretenido cotejarlas, y de hecho también escribir otra. Te ofrecen además ya toda una página expresa para la intertextualidad de la película, bueno, lo que llaman las "movie connections" (aquí están las de Just Like Heaven), con lo cual el analista no sabe si agradecer el trabajo que se le evita, o si desesperarse y renunciar al ejercicio del análisis. Queda el consuelo de que cada crítica—supuestamente—nos ofrece un punto de vista personal e intransferible. Como por ejemplo el de ver esta película sobre fallecidos que vuelven a la vida justo después de tener una pérdida en la familia, supongo... aunque en eso no voy a entrar. Las escenas de hospital se ven de otra manera, apunto.
Ghost es aquí la referencia ineludible, siendo ésta una comedia romántica con aderezos para viudos y corazones magullados en la que hay una historia de amor entre una fantasma (Reese Witherspoon) y un hombre joven (Mark Ruffalo) que lleva luto interno por su esposa, que murió repentinamente de un derrame cerebral. Aunque en realidad es una película más bien como de Meg Ryan—Kate& Leopold también viene a la mente, o Sleepless in Seattle. Bien, pues el fantasma Witherspoon no es de una muerta sino de una médico que está en coma y con animación asistida en el mismo hospital en el que trabajaba. Era una chica que desconocía el amor y vivía para su carrera. Y resulta que el día en que la promocionan, y en que su hermana le iba a concertar una cita a ciegas... plas, accidente y punto. Y coma. Está bien llevado el giro del guión por el cual descubrimos que esa pareja que estaba predestinada a conocerse se conocen al fin, pues el psicoanalista/amigo del viudo era quien le concertaba la cita con la médica a través de su hermana, antigua novia suya. Este giro es un ejemplo de tratamiento del argumento que ayuda a crear trabazón y dar una impresión de inevitabilidad a las casualidades y fantasías de la película—que está bien llevada, como digo.
Alquila Ruffalo la casa de Witherspoon, con intención de llevar una vida de couch potato, y allí se conocen en escenas divertidas: ella convencida de que él es un intruso, y negándose a creer que ella misma sea un fantasma amnésico. Hasta que al final no sólo descubren que se gustan, sino que descubren el cuerpo aún vivo de ella en el hospital, y la salvan de ser desconectada por su hermana bien intencionada y por un médico trepa, rival de la comatosa. Naturalmente vuelven a la vida, y aunque vuelve amnésica otra vez, acaba recuperando la memoria y todo acaba felizmente.
Están muy bien llevadas las escenas de desencuentros, en las que cada una de los interlocutores copresentes está en una situación comunicativa distinta. Por ejemplo, sabemos que Ruffalo no es un intruso en el piso de la fantasma, pero se nos hacen ver sus respuestas (sorprendidas ante la situación) a través de la percepción aparentemente más racional de ella, con efectos hilarantes. Esto sucede también en escenas tipo "fantasma de Banquo" o tipo Ariel invisible en La Tempestad (Shakespeare innovó mucho en estas convenciones escénicas de realidades superpuestas). En estas escenas, Ruffalo interactúa a la vez con el fantasma Witherspoon, a quien es el único en ver, y con otros allí presentes que se pasman de sus incoherencias y sus acciones extravagantes.
Por cierto que cada vez nos vemos más en situaciones parecidas, con la gente que con teléfono móvil (o peor aún, sin él, al menos visible) va hablando con un tercero por las ondas y nos interrumpen la interacción y las reuniones con presencias fantasmales, y no sabemos si nos hablan a nosotros o a quién, o si están del bolo o tienen buena tecnología.
Aparte, la película explota hasta la desvergüenza las convenciones de la distorsión retrospectiva: las parejas que rememoran su encuentro siempre leen en el pasado que les llevó a juntarse una especie de oscuras pistas o ironías del destino—y una película romántica se basa en reforzar ese tipo de lectura retrospectiva con un argumento ya diseñado para inspirarla y reforzarla, y reforzar así nuestras supersticiones y rituales narrativos.
Tampoco se priva el guionista de hacer un uso indebido de la fantasía fantasmal para atacar a la eutanasia—entre eso y la imposibilidad de hacer el amor con una fantasma (que ni siquiera tiene la ocurrencia de desnudarse para el chico, a falta de pan) queda una película bastante neocón o neopacata. Aquí la paciente en coma aparente está bien viva en tanto que alma, o fantasma, movimiento tramposillo donde los haya, y se nos muestra además al médico partidario de la eutanasia como un interesado en quitar de enmedio concurrencia para favorecer su propia promoción. Y la hermana que daba su autorización era bien intencionada, pero estaba equivocada. En fin, que toda película de fantasmas parte de este axioma, la existencia de almas incorpóreas capaces de interactuar y comunicarse al margen del cuerpo, y de una providencia benevolente que organiza los encuentros y desencuentros a la manera de un guionista de Hollywood. No sé si decir que ójala fuera cierto—pero en todo caso no lo es.
Y resurrecciones, pocas. En todo caso se suelen dar las emocionales—y es ésa naturalmente la lectura más favorable de la película, una alegoría o patrón narrativo de las ceremonias de superación del luto.
Just Like Heaven. Dir. Mark Waters. Written by Peter Tolan and Leslie Dixon. Cast: Reese Witherspoon and Mark Ruffalo. Dreamworks / Parkes/Macdonald, 2006. Spanish DVD: Ojalá fuera cierto. Dreamworks, 2006.
Antes de las 13 rosas, estuvo la Rosa Blanca. Películas sobre la "recuperación de la memoria", que recrean iconos del bando antifranquista y antinazi, respectivamente. Sophie Scholl es una película pesada, que trabaja por el procedimiento de atornillar lentamente, con interrogatorios y confesiones graduales, tanto a la pobre heroína que repartía panfletos antinazis, como al desventurado espectador. Sigue un riguroso orden progresivo, con encuadres fijos y pausados, sin flashbacks ni florituras representacionales. Únicamente en la primera escena se ve a Sophie y su amiga cantando karaoke-jazz con la radio inglesa, y en la última, con la cabeza ya cortada, pero todavía consciente, oímos con ella en la oscuridad el último grito de su hermano antes de ser decapitado a su vez, "¡Viva la libertad!"
Entre una y otra escena, proporciona la película una experiencia a ritmo lento de la maquinaria de control y encarcelamiento físico y mental de los nazis. Al principio, tras ser cogida repartiendo panfletos subversivos, Sophie intenta librarse y escurrirse de la "justicia" nazi fingiéndose apolítica y ajena al movimiento subversivo; pero poco a poco, viéndose pillada, decide dejar de mentir, renunciando a salvar su vida (frágil esperanza) a cambio de su dignidad. Elige decir la verdad frente a la verdad oficial, la libertad frente a la falsedad robotizada de los nazis que la interrogan y juzgan. Y resulta inevitable elegir la muerte a la vez—sus compañeros, ligeramente menos dignos, procuran exculparse, alegan enajenación mental, etc.—Incluso frente a los monstruos mentales del nazismo tiene su valor el sostener la verdad: no tan obviamente en los juicios reales, aunque se presupone que se habla al hombre interno que sabe que hace mal, el futuro testigo avergonzado. Y no dudo que tendrían los juicios reales muchos elementos en común con lo que vemos en la película. Pero sí es imprescindible ese contraste entre tiranía hipócrita y abyecta y la verdad que resplandece, en otro juicio: en el juicio ficcionalizado y narrado, juicio que este sí seguro tiene espectadores invisibles y conciencias sensibles: el autor implícito, el receptor implícito de esta película, que abominan de Hitler y admiran a Sophie, sobre todo cuando ésta va adquiriendo firmeza y convencimiento, y se enfrenta con serenidad y valor al absurdo que la rodea.
Y yo también la admiro. Pero la admiro más a ella que al director. Como digo, la película es machacona: los estudiantes reparten octavillas con grandes aspavientos de estar haciendo algo sospechoso e ilegal; Julia Jentsch hace buen trabajo, pero los nazis han de interpretar el papel de nazi, y allí vale ya más el estilo fantoche. La película es carcelaria, en la línea de la Alemania de Hitler (punto mimético para ella) o en la línea del género al que pertenece, el género Juana de Arco.
Los mártires, al margen de sus fortalezas y debilidades (pues eran gente normal que llegó a ese punto por elección y circunstancias) tienen una segunda vida, su vida própiamente como mártires y no como víctimas; su vida póstuma como iconos y emblemas. Juana de Arco, como digo—objeto de incontables versiones y experimentos de representación (aunque le sienta especialmente bien a las Juanas el estilo austero, icono de la pureza y sencillez de la heroína y de la verdad, un triángulo figurativo que se establece entre el estilo narrativo, el personaje y la ideología).
El mártir rodeado por la maquinaria ejecutora no sólo es el representante de sus ideas, de la fortaleza de su voluntad y convencimiento, y de un conflicto histórico determinado. También es el representante del espectador en la película, nuestro delegado ético, que encarna nuestra propia confianza en nosotros mismos en tanto que sujetos de un conflicto. Esa confianza puede ser o no ser próxima realmente a la postura política o ética del espectador: se trata en todo caso de una perspectiva construida para instalarnos en ella, una posición estructural, en la que adquirimos la experiencia de la justificación póstuma de nuestras actitudes—la experiencia de un mundo organizado, por fin, por un sentido que es la victoria de la voluntad y libertad frente a quienes quieren torcerla. Una experiencia catártica que es especialmente satisfactoria, quizá, precisamente para quienes sintiendo ansias de libertad, no se atreven a manifestarlas, por temor al martirio. Una película juana de arco es un martirio virtual, donde somos en tanto que espectadores tanto el martirizado como sus vengadores. Es una victoria póstuma y retroactiva para el mártir, para el autor y para el espectador, trío solidario.
Es normal que los alemanes busquen y aprecien iconos de resistencia a sus regímenes autoritarios (Bye Bye Lenin, o La vida de los otros, o la película sobre von Stauffenberg que pronto se va a estrenar). Testimonios, relecturas de la historia. Quizá El Hundimientosea la más desoladora, y la más realista y desengañadora de estas películas recientes, por la carencia de una toma de postura clara y heroica contra el nazismo en ningún personaje de ella—exonerando a todos por el procedimiento de mostrarlos atrapados en la rueda. Las películas alemanas suelen ofrecer redenciones póstumas, elementos de exoneración, blanqueos cuando procede. Ponen el foco en precisamente donde no estaba—en los cuatro gatos de la Rosa Blanca, no en los horizontes de alemanes que aclamaban al tirano. En estas películas, por tanto, se mezclan de modo inseparable la proclamación hoy posible de la verdad... y la falsificación histórica. Mediante grandes dosis de proyecciones fantasiosas y wishful thinking.
Se despide Sophie del tribunal diciéndoles que pronto estarían ellos siendo juzgados. (Quizá también se refiera al juicio de Dios: los resistentes al nazismo, como cuenta Joachim Fest en Yo No, eran por regla general creyentes y cristianos practicantes). Pero bueno, ya sabemos que el juicio de Dios puede esperar, y que además suele apoyar Dios a todos los bandos por igual, en opinión propia. Si se refería Sophie (o el director) a la derrota de los nazis.... mucho es de temer que se equivocaba, y que Alemania siguió siendo cripto-nazi, conformista a ultranza ante el poder (que es la auténtica esencia del nazismo, no las botas de cuero ni las gorras de oficial demasiado altas). Conformistas eficaces, como el buen funcionario que detiene a Sophie y su hermano. Media Alemania pasó sin solución de continuidad de un régimen totalitario a otro; la otra media pasó a vivir la ilusión de estar súbitamente en el bando de las libertades y la democracia: "The Germans now too have / God on their side" como dice Bob Dylan. Y antes también: Gott mit uns.
Y por eso después de sesenta años se siguen buscando mártires, y correcciones de la historia, exoneraciones simbólicas, experiencias vicarias por las cuales sustituir la realidad metonímicamente. Porque la realidad es demasiado triste: que las naciones se pliegan ante el poder, y que llegan hasta donde haga falta: hasta donde las lleva el que va en cabeza, empujándolo y empujándose unos a otros. Y que nadie redime a nadie, y que la esencia pura de la auténtica patria no se encarna en nadie, y menos en mártires estadísticamente no significantes.
Aceptan más riesgos estéticos y éticos las ficciones, películas o novelas que se enfrentan de maneras más ambiguas, menos idealizantes y heroizantes, a la experiencia del nazismo. Las que exploran desde dentro la lógica grotesca del sistema, y buscan enfrentarnos a nuestras propias contradicciones, en lugar de proporcionar la experiencia vicaria del heroísmo que se enfrenta a ese sistema desde fuera. Tal sería, por ejemplo, Les Bienveillantes de Jonathan Littell, que resultará incómoda a muchos alemanes y franceses, sin duda. Pero aun ahí tiene el protagonista que retorcerle la nariz a Hitler cuando le iban a poner una medalla... cuando en realidad, las narices suelen quedar sin torcer, menos las de cuatro chivos expiatorios, que nos ofrecen el negativo abyecto del martirio. La realidad está por lo general en el terreno intermedio entre uno y otro polo, un terreno que es muchísimo más extenso, infinitamente, y más representativo, con diferencia, de lo que hay. Y que no es para tirar cohetes, precisamente.
Sophie Scholl: Los últimos días. Dir. Marc Rothemund. Cast: Julia Jentsch, Alexander Held, Fabian Hinrichs. Germany: Lolafilms / German films / Bavaria Film / Media. DVD. Barcelona: SAV / DeAPlaneta, 2005.
Remake, se supone, de la Invasión de los Ladrones de Cuerpos (Don Siegel, 1956)basada en la novela de Jack Finney The Body Snatchers, 1955, que se ha reeditado en español convenientemente a rastras de esta película. Es básicamente una regresión a las histerias de la guerra fría, que provocaban en los años cincuenta esas angustias paranoicas de comunistas/marcianos infiltrados entre los americanos de teléfono negro, sombrero y cigarrillo; entes inquietantes que se hacían pasar por gente normal y robaban la mente, o el cuerpo, o las dos cosas. Ahora es la histeria terrorista quizá la que nos hace volver a ese tipo de argumentario.
Los infiltrados de los años 50, zombis sin podre, eran fácilmente identificables por un supuesto je-ne-sais-quoi; en la práctica, por un andar rígido, abducido e hipnotizado, una carencia de sentido del humor y de movimientos de ojos (te miran al centro de la frente), y unas actitudes sonámbulas y coordinadas por las calles. Bien, pues como digo volvemos a lo mismo. Añadiendo, sí, más suspenses de agresión física, acoso sexual y acorralamiento en espacios cerrados, y toques de manías persecutorias y divorcios ("mi marido ya no es mi marido") —todo lo cual contribuye a actualizar el complot y multidimensionalizar la angustia, inyectando una dosis de abyección histerizada. Sobre todo si se añaden desórdenes urbanos por saqueo, y bombas terroristas, y vagas amenazas de epidemias televisadas, vacas locas y comités de expertos gubernamentales secretistas y manipuladores. O accidentes de los transbordadores espaciales, que con eso empieza todo. Lo que se dice un remake, vamos, como si pasas la película por Corporación Dermoestética y le hacen un lifting integral con implantes mentales. Lástima que no hayan cambiado las actitudes de los abducidos, pues hacen un tanto retro.
La Kidman da bien de punto histérica, acosada y divorciada, así que funcionan adecuadamente las escenas de claustrofobia y persecución. El amigo negro se salva, y encima—toma ya—descubre la vacuna para esta gripe espacial que te convertía en zombi descerebrado. Esto de la supervivencia del negro sí que llega como una auténtica sorpresa, en el genocida Hollywood. Vamos, es que el tío ni se contagia del virus. Los zombis, por otra parte, son igual de exterminables que siempre... aunque lástima por ellos, porque luego resulta que con una vacuna se curaban, y se ha cargado la Kidman a un buen número de probos ciudadanos. Pero bueno, eran mayormente exmaridos antipáticos—por ahí empezó el daño. Todos los exmaridos tienen algo de abducidos, ya se sabe. Mucho mejores son sus sustitutos, siempre, como el nuevo ligue de Kidman, que acabará haciendo de nuevo padre para su hijo (al que que ella corre corre intenta salvar de los marcianos). Este nuevo amor de Kidman sólo recibe un tiro en la pierna, cuando empieza a decir eso de "debes unirte a nosotros". Luego pinchazo y como nuevo.
Lo que más inquieta (pandemias y gripes del pollo aparte) es el mensaje que quiere proyectar la película. Comienza con informativos televisivos (muchos hay, imagen dentro de la imagen; ya se sabe que esto intensifica el efecto de realidad). Informativos que van sobre lo que suelen ir los informativos: atentados, bombas en Irak, etc. Los chicos del "ven con nosotros" prometen convertirnos en una raza superior, deshumanizada y sin guerras—"todos seremos uno" dicen, como si estuviesen en la versión de Los Simpson. Un toque fundamentalista-sectario sí que tienen estos ciudadanos, sí: lo curioso es la ambivalencia de toda la situación, no se sabe si los perseguidores son maccarthystas bienpensantes acorralando comunistas y disidentes, o si los vainas son los propios comunistas-terroristas que estan ya por todas partes. (Aquí las vainas por cierto son una especie de moco repugnante que exuda el cuerpo cuando duermes, y caes víctima del control mental alienante—alusión por otra parte a los contagios de sida; también son seropositivos perseguidos, tanto los vainas como los últimos hombres cuerdos).
Pero lo peor no es que se infiltren fundamentalistas o psicópatas en la sociedad americana, o que cualquiera pueda ser un ruso o un terrorista, sino que al final, restablecida la normalidad, se supone que nos tenemos que alegrar de que haya bombazos en Irak: señal de normalidad, de la humana condición de la que no debemos querer salir. Es nuestro ámbito de actuación: los americanos tenemos una parte inherente de mal, pero eso nos hace humanos, menos da una piedra. Así que podemos casi casi emprender la siguiente invasión con la conciencia más tranquila. Ven con nosotros, Irán.
The Invasion. Dir. Oliver Hirschbiegel and James McTeigue. Written by David Kajganich, based on the novel The Body Snatchers by Jack Finney. Cast: Nicole Kidman, Daniel Craig, Jeremy Northam, Jackson Bond; Jeffrey Wright, Veronica Cartwright. Photog. Rainer Klausmann. Ed. Joel Negron and Hans Funck. Music by John Ottman. Prod. des. Jack Fisk. Prod. Joel Silver. USA: Warner, 2007.
Nos fuimos a ver anoche la excelente película de Shekhar Kapur, continuación de su igualmente excelente Elizabeth de 1998 (también conocida como Elizabeth: The Virgin Queen). Esa terminaba con Elizabeth convirtiéndose espectacularmente en un icono viviente, y renunciando a la sexualidad para asumir mejor su papel de emblema político y encarnación de la Nación. En ésta vuelve a flirtear con la humanidad y el amor, en la persona del aventurero/pirata/explorador Walter Raleigh, pero resuelve sus tentaciones (aparte de un único beso en secreto) acostándose con él por persona interpuesta. Lo lleva casi de la mano a seducir a su dama de compañía Bess Throckmorton ("otra Elizabeth", dice él), y tiene un hijo con él usando el cuerpo de su sirvienta. Con ese hijo en brazos, otra escena-emblema de la reina como "Madre de Inglaterra", termina esta película. Quedamos a la espera de la tercera parte, con Essex y Shakespeare, que nos llegará sin duda hacia 2015 si el Tiempo no lo impide.
La película no es amable con los españoles, aquí unos morunos católicos liderados por un Felipe II Ahmadineyad, que han jurado invadir Inglaterra, y convertirla a golpes de cirio mayor, y urden planes para asesinar a la reina. Los actos de piratería de los ingleses se contemplan con mucho mayor desenfado y buen humor—aunque las salas de tortura de Walsingham no tienen nada que envidiar a las de la tan cacareada Inquisición. Si Felipe está constantemente rodeado de imágenes religiosas y prelados, a Elizabeth se le da un aire de modernidad, y se la mantiene lejos de las influencias eclesiásticas, en un gineceo cortesano donde Walsingham es su único contacto con el mundo de la política sucia—ahorrándole detalles. Sólo cuando ha de firmar la ejecución de su prima, la intrigante María Estuardo, que esperaba que Felipe la pusiera en el trono, le tiembla la mano a Elizabeth. Ahora tiene que mojarse, aunque la ejecución le repele. Su autoritarismo la lleva a decir que las leyes no están hechas para los reyes. A eso responde Walsingham, sin llegar a la insolencia de decir que también el Rey debe obedecer a la ley, pero sí recordando que la ley está ahí para proteger al pueblo. Y Elizabeth firma, a pesar de que sus instintos personales le gritan que eso de decapitar reinas es una idea mala-mala.
Retrata la película admirablemente estas maneras de hacer política de la reina, a la manera de gran emblema, mezclando cortesía y razón de Estado, buscando su propia manera irrepetible, y haciéndose a sí misma en ausencia de modelos claros. Su actitud pragmática e instintivamente sabia se expone claramente en una escena inicial, en la que se niega a extender persecuciones masivas contra los católicos, diciendo que no va a juzgar las opiniones de sus súbditos, sino sólo sus acciones. Se enfatiza en exceso la soledad e independencia de la reina, resumiendo y sintetizando en Walsingham sus hombres de Estado de confianza. También se exagera su vena sentimental (pues menuda era...)—pero esto es cine, claro, y además un tipo de cine en el que se busca sintetizar, crear escenas simbólicas antes que recrear literalmente momentos históricos efectivos. Es un equilibrio difícil entre la interpretación y la estereotipación de la historia, y se tiende un tanto a lo último... pero en conjunto lo resuelve la película de un modo admirable en su género. Y entretanto proporciona un espectáculo visual extraordinario, donde destacan los vestidos, peinados y maquillajes de la reina—y la fotografía, espectacular. Y la actuación imponente de Cate Blanchett, que se funde con el rol intepretado, y nos pasea hipnotizados por todas las actitudes del personaje. Desde los peores momentos de la reina, cuando tiraniza los sentimientos del obsesivo círculo que la rodea—y castiga a Raleigh y Bess Throckmorton por hacer lo que ella misma había estimulado (allí no es "una gran dama")—hasta los mejores, como cuando arenga a sus tropas en Tilbury a lo Juana de Arco, preparándolas para combatir la invasión española. O cuando le da una colleja a Walsingham por atreverse a sermonearla en público.
Son excelentes las escenas más diversas, como el patético cortejo del pretendiente alemán, o la batalla contra la Armada Invencible. (Con demasiadas tarzanadas y errolflynadas para el sweet Sir Walter, lástima). Como mensaje "actual", está el asunto de la guerra contra el fundamentalismo, y la manera correcta de tratar a todos esos fundamentalistas islámico-católicos que tenemos en Inglaterra. La postura de Elizabeth es clara: son inocentes de ninguna conspiración, mientras no se demuestre que conspiran. Pero ojo Ahmadineyad... porque la Reina avisa a los de la fatwa chiíta de que quien amenaza con tormentas recoge tempestades—que ella también "puede dar órdenes al viento, y que tiene en sí un huracán atómico que dejará Irán pelado si se atreven a ponerla a prueba". Muchos avisos vamos recibiendo—y también Elizabeth, cómo no, se apunta a invocar el apoyo divino para sus huracanes.
Elizabeth: The Golden Age. Dir. Shekhar Kapur. Written by William Nicholson and Michael Hirst. Cast: Cate Blanchett, Clive Owen, Jordi Mollá, Geoffrey Rush, Samantha Morton, Abbie Cornish, Adam Godley, Robert Cambrinus, Vidal Sancho, Rhys Ifans, Samantha Morton. Music by Craig Armstrong and A. R. Rahman. Photog. Remi Adefarasin. Ed. Jill Bilcock. Prod. des. Guy Dyas. Art dir. Christian Hubend, Jason Knox-Johnson, Phil Simms, Andy Thomson. Set decor. Richard Roberts. Costume design by Alexandra Byrne. Exec. prod. Liza Chasin, Debra Hayward, Michael Hirst. Assistant prod. Chris Emposimato. Prod. Tim Bevan, Jonathan Cavendish, Eric Fellner. Studio Canal / Working Title, 2007.
Creo que la traducción de este título debería ser Leones para corderos, no Leones por corderos— En una escena están comparando a los ineptos políticos republicanos y sus estrategias de invasión de Irak of Afganistán con los clasistas e indignos mandos del Ejército Británico en la primera guerra mundial, malgastando las vidas de unos jóvenes muchos más valiosos que ellos (leones, y no borregos). Y de eso va en parte la película: sobre las mal encaminadas estrategias USA en sus invasiones, y el despilfarro de vidas americanas a que eso conduce.
Vidas americanas, digo—porque es una película americana americana, y no me refiero a quién la filmó o quién la pagó. Comienza con un rosario del goteo de víctimas americanas en Irak: muertos iraníes no entran en el planteamiento, ni esos coches bomba diarios en los mercados o academias de policía. Y de ahí pasamos a seguir angustiados el destino de dos soldados americanos en un monte de Afganistán, rodeados de enemigos invisibles, o inhumanos. La aviación va exterminando a esos aliens como moscas, pero siguen llegando. ¿Alguien ha dicho que esta película es antibélica, o anti-Bush?
Las muertes de esos dos muchachos, un negro y un chicano, son modélicas, eligen morir de pie y peleando. El director explica su actitud hacia ellos: no aprueba su decisión de ir allí, dice, pero la comprende y la admira. El director es Robert Redford, antiguo profesor de teoría política de los dos soldados. En medio de una exposición en clase, revelan teatralmente su decisión de alistarse. En la práctica, los motivos no son tan loables: antes que un análisis sopesado de la actuación de su país en Oriente, lo que los muchachos buscan es que el Ejército les pague la carrera, y un puesto de trabajo. Esto no queda muy analizado. Esta pareja eran partidarios de la lucha en el frente interior: contra la pobreza, la marginación, la exclusión social, etc., dentro de USA. Pero el camino por alguna razón pasaba por las montañas de Afganistán. Mala decisión, como dice su profesor. Y sin embargo, admirados quedan.
Esta es una de las tres historias simultáneas de la película. Los soldados han sido abandonados por accidente en un monte, en una operación fallida de despliegue militar. Pero el Ejército controla, y los vemos todo el rato en una imagen por satélite, o por avión espía, con sus mandos que procuran rescatarlos, a cualquier precio, por supuesto masacrando a todo afgano que se ponga por en medio a base de potencia de fuego. A esto llevan las cosas: aunque al espíritu de la película o a su espectador implícito, no parece producirle vergüenza ajena el desequilibrio de medios bélicos entre los norteamericanos y esos afganos desharrapados que los tienen en jaque.La posible cualidad "leonina" de esos otros jóvenes equivocados no entra en el cómputo.
Otra historia entrelazada con esta es la del estratega que pretende volver a ganar ahora la guerra de Afganistán, y de paso allanar su camino a la presidencia. Es un senador republicano ("Jasper Irving") interpretado muy adecuadamente por Tom Cruise, con toda la tensión y crueldad y falsedad inherente que puede proyectar el personaje, que no es poca. Esta estrategia puede que fracase. Y sin embargo, Cruisenador expone con pasión y convencimiento la importancia de la Guerra contra el Terror en los términos en que está planteada, y la amenaza del integrismo, y de los talibanes, y de Irán armado nuclearmente.... Se perfila en el horizonte que va a ganar la guerra también a cualquier precio, haciendo lo que sea necesario ("you can quote me there"), entendiendo por ello el uso de armas nucleares cuando llegue el momento para exterminar a las bestias (aunque eso se guarda de decirlo explícitamente). Todo esto lo explica a la periodista Meryl Streep, "Janine Roth", contando con ella para vender la idea al público americano. Ella, la prensa demócrata, se resiste a ser nuevamente manipulada como hizo con la invasión de Irak, cuando la histeria de las torres gemelas... le horroriza la idea de la guerra nuclear. Y sin embargo, presionada por su jefe, acabará escribiendo la historia. Que de todos modos se pierde entre la telebasura. La historia seguirá su curso mientras los americanos ven los programas del corazón en la tele.
La tercera historia simultaneada ese mismo día ya la he mencionado: es la de Robert Redford como profesor de ciencia política ("Stephen Malley"), tratando los problemas de responsabilidad social, motivación y sentido de la vida con un estudiante brillante al que ve a punto de hundirse en el escepticismo y la molicie comodona. Le recuerda a sus compañeros de clase (esta historia, como la central que es estructuralmente hablando, es la única que soporta flashbacks), y le anima no a alistarse precisamente, sino a seguir "la batalla interior" por la justicia social. Pero el muchacho al parecer, rico y con el futuro asegurado, prefiere la vida fácil. Como tantos americanos de su generación, ha decidido que el mundo no tiene remedio y que más vale dejar hacer a los políticos y maleantes, y disfrutar la propia vida. Sin embargo, queda el final abierto: el muchacho se ha quedado pensando tras la conversación con el profesor: puede optar por un notable sin dar pique, y aceptar su bajeza moral, o trabajar en un proyecto y jugársela. Final abierto, pero no seamos optimistas.
La película va de decisiones graves por tomar, de la responsabilidad moral de tomarlas como algo que nos define como personas. Está bien planteada en ese sentido, aunque resultan un tanto confusas las decisiones tomadas en todos los casos. La más errónea, la que llevará al ataque nuclear contra Irán, es la más convincentemente argumentada por el falso Tom Cruise. Visto lo mucho que hay en juego si se demuestra que los USA no pueden poner orden en el mundo. Frente a esa determinación (sobre todo por llegar a la Casa Blanca) las demás decisiones—la de la periodista, si colaborar o no, la de los pobres parias, alistándose— parecen confusas o torpes. Los gestos y las acciones efectivas (con la sonrisa Cruise, con la cámara Redford) contradicen el discurso teórico pronunciado. Y así (the best lack all conviction, while the worst are full of passionate intensity) la dinámica de la guerra seguirá su curso. Para dejarte pensando, y temblando por los iraníes que pillen por enmedio.
Es la última película de Woody Allen, no comedia sino tragedia, llena de ecos de las tragedias de Shakespeare (especialmente Macbeth) y de las griegas. Es éste un género que la novia del protagonista, actriz aspirante, considera difícil. Y cierto es que queda convenientemente rebajado a las motivaciones prosaicas de dos aprendices de asesino.
Una pareja de hermanos endeudados y ávidos de medrar aceptan matar a un enemigo de un tío suyo, rico y corrupto—a cambio de que éste se haga cargo de sus vidas y haciendas. En ellos confluyen por un lado Macbeth y Lady Macbeth, y por otro lado las conversaciones en Shakespeare de asesinos a sueldo como los contratados por el propio Macbeth o por Ricardo III.
No acaba de hacer clic el guión con los actores en este punto—en los momentos cruciales en los que han de decidir dejar de ser buenos chicos y convertirse en asesinos falla o el tono, o la luz, o las palabras—aunque no es de descartar que la realidad sea así de torpe, en efecto.
Continúa Woody Allen explorando temas que le interesaban en las películas anteriores de su serie inglesa: las ansias por medrar y aparentar, la presión de la clase social, el deseo sexual y el dinero guiando las motivaciones de las personas, el papel del azar determinando quién sale adelante y quién no... Y también el análisis de caracteres. Los dos hermanos se ven arrastrados uno por otro, en una de esas sociedades cerradas de emulación mutua que a veces forman las parejas de hermanos cuando no se enzarzan en rivalidades. Ya siempre será este momento, dicen tras darse cuenta de lo irremediable de su crimen. Pero lo viven de maneras distintas. Uno de los hermanos se ve destrozado por los remordimientos (un poco como Lady Macbeth), mientras que el otro, menos tierno, está a punto de matarlo (en connivencia otra vez con el tío, para evitar ser delatados)—y muere accidentalmente en la pelea a la que le lleva su angustia. El primero, ya antes desesperado y atormentado, se suicida. Y así acaban como Eteocles y Polinices, matándose en el barquito que había sido su sueño, mientras sus novias discuten cómo vestirse para gustarles a los dos."Cassandra's dream" es el nombre del barco que simboliza sus ilusiones inocentes al principio. Lo compran movidos por un recuerdo idealizado de una barquita que les regaló su tío cuando eran niños—pero al crecer todo se tuerce, por la presión de la ambición y el dinero, y salen a la luz los trapos sucios y unos caracteres sin sustancia moral para enfrentarse a las consecuencias de sus actos. Y lo que empieza como un plan ilusionado acaba como una tragedia griega narrada en las páginas de sucesos.
Es una de las cosas que me parecieron flojas en Match Point—la facilidad con la que una persona se plantea sin más convertirse en un asesino, y sigue siendo una "persona normal" a todos los efectos para el guionista/director y para sus vecinos—pero está claro que es una de las cosas que impresionan a Woody Allen y que quiere comunicar: cómo en esos pequeños gestos de indiferencia a los demás, que muestran la voluntad de aprovecharse de ellos, se trasluce lo que puede dar de sí una persona. Comienzan los hermanos con una indiferencia hacia las consecuencias de sus acciones, embarcándose en la borrachera del juego a la manera de una droga (también hay abundante droga de por medio...). Siguen adelante, medrando y figurando, "tomando prestado" sin permiso el coche de sus clientes en el garaje—acción presentada como aparentemente irrelevante o incluso simpática. Continúan pidiendo prestado primero a amigos y familia, luego a prestamistas y mafiosos, sin valorar nunca su capacidad de devolver el préstamo... Con visión selectiva, miden siempre su posible beneficio o placer inmediato, nunca el precio a pagar según un cálculo prudente. El padre de estos chicos (un perdedor, claro) nunca buscaría medrar perjudicando a otras personas, al menos nunca hasta el punto de llegar al asesinato— ni su nuera la novieta rubia. La actriz morena y tiburona, parece claro que sí: organiza sus relaciones personales de acuerdo con sus planes de carrera. De esta pasta se hacen los triunfadores, y los criminales. Y le bastaría, como a los hermanos, con verse en la situación adecuada y tener algo que ganar para transigir con lo que hiciese falta a costa del vecino. A los asesinos, nos dice Woody Allen, no hay que ir a buscarlos a remotas situaciones, sino que basta con observar a las gentes que nos rodean—a muchas de ellas. Un tema que también es muy judío, por otra parte.
Cassandra's dream. Written and dir. Woody Allen. Cast: Colin Farrell, Ewan McGregor, Hayley Atwell. Music by Philip Glass. 2007.
Una película ésta muy buena, no en vano tuvo el premio de la crítica en Sundance, pero no sé si se ha visto por España. Va de las aventuras de una sofisticada galerista de arte inglesa de Chicago, Madeleine, mujer de mundo, cultura y carrera yuppie, cuando choca con el Sur profundo, la gente del pueblo y la suegra. Es una especie de contraste entre las raíces (el pasado, el pueblo, la familia con sus taras) y el libre vuelo del sujeto en la ciudad, donde las relaciones son más libres y sólo es la profesión lo que define a una persona, pero a la vez deja a las personas desenraizadas.
Madeleine está intentando "reclutar" a un artista sureño local medio pirado, un maniático que pinta escenas llenas de la violencia y obscenidad que lleva acumuladas no sólo él sino el país. La yuppie ve ahí sólo negocio, y no se detiene a pensar en la experiencia real de la que salen esos cuadros, totalmente incompatible con lo que se supone son los planteamientos de ella (liberales, progresistas, etc.). Y es que la chica a su manera es tan superficial como la placidez del pueblo. Lo malo es cuando aprovecha para ir a visitar con su marido a los padres de él, que viven no lejos del pintor. (Si no, no iban...).
Madeleine es educada, tiene buenas intenciones, pero vive ante todo para su carrera, no para relaciones personales. Conecta fatal con la familia: bien con el padre, hombre tranquilo e inexpresivo, pero resulta intrusa y falsa para la suegra, que es una imponente cateta hostil, al frente de una familia disfuncional. Inteligencia emocional cero (todos)—aunque las emociones las expresa abundantemente su co-nuera, Ashley, embarazada de nueve meses, sesos de chorlito encantadora y superficial, que la admira y cree hacerse amiga del alma con ella. Madeleine le sigue la corriente con elegancia, pero en realidad le importa Ashley tres pepinos. Peor va la cosa con su cuñado, que vive disfuncionalmente en casa, incomunicado con Ashley y con los padres, un mastuerzo que sólo se vuelve humano con sus compañeros de trabajo. Este se piensa que Madeleine está intentando ligárselo, nada menos, tan romos tiene los sensores—eso debido en parte a una relación de envidia, celos y hostilidad con su hermano. Madeleine va descubriendo con sorpresa el background de su marido—algo que al parecer tampoco le había despertado ninguna curiosidad antes. Tampoco tiene planes para el futuro: está sólo en una confluent relationship de las teorizadas por Giddens, pero viaja ligera de equipaje y no piensa tener hijos... Aunque la película nos coloca cerca del punto de vista de ella (cercana a los intelectuales que han hecho la película) es también sarcástica y autocrítica en ese sentido. Ahora bien: mejor el mundillo falso de intelectuales galeristas que esta comunidad asfixiante de sureños medio tarados—la película es casi guerracivilista en el retrato que hace del sur profundo, las limitaciones de horizontes de esos vecinos poco atractivos y reuniones comunitarias de amas de casa... bueno, es lo que hay, ¿no?
Otro detalle, así a lo tonto, para contrastar la terrorífica "autenticidad" de estos sureños con la falsedad subterránea de la yuppie Madeleine: el pintor local iba a firmar con una galería de Nueva York por puro machismo, aunque ella no parece darse cuenta de eso—hasta que cae en la cuenta de que el galerista era judío, y es que este supuesto genio subnormal es más antisemita que machista. Así que firma con ella—que le ha dicho que el otro es judío como quien no quiere la cosa, y se da cuenta de que está usando un prejuicio cuasi-nazi de él para hacer negocio, pero bueno, un contrato es un contrato... Cuando Madeleine se pone ojiplática es cuando ve a su marido reclutado, con brazo en los hombros, por el cura del pueblo, cristiano musculoso en una comunidad de cristianos musculosos, y se ve obligado a demostrar que sigue siendo el mismo que se fue, entonando un himno de agradecimiento a Jesús y a capella. Bueno, hasta entonces no se da cuenta la British de que hay mundos dentro de mundos, o de que se ha casado con un marciano, o de que la marciana es ella. "Pobre", parece decirle al acariciarlo compasivamente en el coche mientras se alejan y dejan atrás lo que fue la realidad de él.... En el pueblo está abducido, y se entiende que tuvo que escapar de allí por la presión ambiental. Está genialmente retratada la especificidad americana y sureña-blanca de esta presión.
Mientras, la pobre Ashley, casada con un mendrugo medio subnormal, ha dado a luz un niño muerto (Junebug iba a ser el mote que le tenían ya preparado al bebé, que iba a cambiar su vida, creía ella...). Y Madeleine, por razones profesionales, ni siquiera va a ver a su amiga del alma al hospital, aunque eso sí, le pide a la suegra que le de recuerdos. "Ya, ya", le dice ella mientras aspira el cigarrillo y la mira fijamente. Y el marido se vuelve a la ciudad con un garrotazo en la frente que le da su hermano, reviviendo las viejas rivalidades, y a modo de maldición cainita. Ay el pueblo, donde está el pasado enrocado haciendo tiempo. Película tremebunda, pues, sobre las reuniones familiares, el peso del pasado, y las facturas que pasa el rehacerse dejándolo atrás; una especie de Almodóvar a la americana, pero con la mala baba más subterránea, e interpretaciones excelentes.
Junebug. Dir. Phil Morrison. Written by Angus MacLachlan. Cast: Amy Adams, Embeth Davidtz, Ben McKenzie, Alessandro Nivola, Frank Hoyt Taylor, Celia Weston, Scott Wilson. Photog. Peter Donahue. Music by Yo La Tengo. Prod. des. David Doernberg. Ed. Joe Klotz. Exec prod. Mark P. Clein, Ethan D. Leder, Daniel Rappaport, Dany Wolf. Prod. Mindy Goldberg, Mike S. Ryan. USA: Epoch Films, 2005. DVD. London: Eureka, 2006.
Una película literaria del estilo heritage que les gustará evidentemente a las amantes de las películas de Jane Austen tipo Emma u Orgullo y prejuicio, y que no gustará a los aficionados a Bruce Willis, qué les voy a decir, a menos que tengan gustos tan variados como los míos—cosa que según vengo observando no suele ser el caso.
Jane Austen sale aquí embellecida y espontaneizada, corretona, apasionada, despeinada y sin bonete; atruena la casa como una rockera con su espineta, y alimenta a los cerdos que se revuelcan en el barro, mientras su padre el reverendo practica sexo oral la mañana del domingo. Pero no se me espante nadie, que insisto en que es básicamente lo mismo que las Sentido y Sensibilidad o Mansfield Park que ya hemos venido viendo—sólo que esta vez se sitúa a la incipiente autora Jane en el papel de sus heroínas.
La idea básica es que la vida sentimental de Jane Austen no debería haber sido tan sosa como fue: y de un leve galanteo durante el té con el abogado Tom Lefroy (que llegaría a un importante puesto judicial en Irlanda), se extrae aquí una historia apasionada de amor, interés, sacrificio y renuncia—y sin matrimonio feliz al final, claro, que hasta ese punto no se enmienda la historia. Como si fuese el director de la película, Lefroy, insolente galancillo londinense, viene a decirle a la autora campesina que lo que necesita una autorcilla sentimental y rebuscada como ella es un buen meneo. Emocional, digo; lo demás va en el paquete. Y se lo da, el emocional al menos; que sepamos, Jane sigue virgen técnicamente hablando. Porque al final se debe Tom ("Jones") a su posición como heredero de la fortuna de su tío, y renuncian a su amor—aunque no por vil interés, según parecía, sino por actuar con responsabilidad y que él pueda seguir manteniendo en secreto a su familia empobrecida, como venía haciendo tras sus aires de pollo del pay-pay.
Mientras, Jane renuncia a otros pretendientes, a un intrigante y al ricacho Mr. Wisley que la tienta con sus millones, y casi se la lleva al final... un personaje que se divide con Tom Lefroy el papel de Mr Darcy, y tras los malentendidos iniciales descubre su auténtico carácter y queda como amigo de Jane. La idea como se ve es reconocer en los personajes las actitudes de los personajes de Austen, básicamente de Pride and Prejudice, especulando cómo se podrían haber originado en experiencias posibles u observaciones de la autora... aunque claro, el camino seguido realmente es el inverso, proyectando la ficción a la vida, y presentándola como la proyección de la vida a la ficción (es decir, la táctica de Shakespeare in Love).
Más parecida fue la vida de Jane Austen, me temo, a la de la modosa Mrs. Radcliffe con la que aquí se entrevista en Londres. Y que le dice que cuando la experiencia amorosa no sea suficiente, que se supla con la imaginación. Bueno, es lo que hizo Jane, y lo que han hecho los guionistas Kevin Hood y Sarah Williams. Especialmente bonitas son la puesta en escena y fotografía, como viene siendo costumbre en esta cuasi-serie. Los actores, excelentes, empezando por los Mr Darcys. Me encanta siempre James McAvoy, o Maggie Smith haciendo el papel que hacía Judi Dench en Pride and Prejudice: sólo la vicepresidenta De la Vogue lo clavaría más. Y la protagonista, aunque demasiado becoming para Jane, está llamada para este tipo de película, como su nombre indica. A ver si se rinde a la evidencia y vemos un Shakespeare desenamorado, con Anne Hathaway ("like herself") asumiendo el porte de la oscura esposa. Becoming Jane. Dir. Julian Jarrold. Written by Kevin Hood and Sarah Williams. Cast: Anne Hathaway, James McAvoy, Julie Walters, James Cromwell, Maggie Smith. UK, 2007. Spanish title: La joven Jane Austen.* http://www.lajovenjaneausten.com
Me perdí en sala El laberinto del fauno por cierta desconfianza al cine español, pero la pillamos en DVD y resulta una sorpresa agradable: una de las mejores películas españolas jamás vistas—y claro, tampoco es que sea tan española. Los efectos especiales, sin dispendios astronómicos, estan logradísimos, imprescindible en una película de fantasía, una especie de Narnia con dos rombos. La comparan con El Mago de Oz por el asunto de las pruebas que tiene que pasar la niña, y también supongo por el contraste / paralelismo entre el mundo de fantasía y la propia realidad.
Es un tipo de películas éstas que están yendo a más, en parte por el auge de los videojuegos: películas que duplican metaficcionalmente lo que es la propia inmersión que te da el cine en un mundo alternativo, pero reforzadas ahora con los esquemas narrativos y de búsqueda característicos de los videojuegos—que a su vez nos remiten a otras experiencias inmersivas como la que proporcionan los libros que contienen mundos alternativos dentro (así enMyst, etc.). Es todo un proceso de referencia y refuerzo de unas experiencias inmersivas a otras, insertándolas unas en otras ya sea de modo explícito o indirecto, en un proceso de intermedialidad agudo. Aquí las experiencias de mundos alternativos de la niña protagonista, Ofelia sirven de base a la oscilación de la película entre dos géneros y dos tipos de mundo, y estas experiencias también se inician a través de la lectura, en este caso de cuentos infantiles de hadas, ogros y bichos encantados. Realidades ordinarias y fantasías familiares, detrás de las cuales acecha lo inquietante y terrrorífico, como decían Dickens y Freud en sus comentarios sobre Das Unheimliche. A mí las historias años cuarenta de Pinocho, Chapete, Tintinelo, Patapón y Voltereta también me ponían un mal cuerpo que aún me dura.
Lo característico de la película viene de la distancia en apariencia insalvable entre los mundos superpuestos, los contrastes dentro del horror (que así se vuelve en cada mitad metafórico del horror de la otra), y las analogías y transiciones sugeridas... por ejemplo, el "hombre blanco" que lo llaman en el méikinof,
aquel ogro paralizado ante un festín, sugiere el patriarcado opresivo y paralizante que quiere imponer Vidal (cuya misoginia es cósmica). Pues también el facha Vidal preside una mesa llena de victuallas ante los próceres locales, y expone ahí el ideario franquista—y el hombre blanco recuerda a Franco decrépito, tras cuarenta años de inmovilidad, una imagen abyecta que a la vez mezcla elementos de una martirología católica de pesadilla, de esos tan del gusto de la Iglesia inquisitorial y barroco-tenebrista cuando se le deja explayarse (las llagas de Cristo combinadas con los ojos de Santa Lucía, y con el yugo y las flechas, pongamos). El resultado, claro, es fantástico, onírico de orinarse en la cama, y nos remite con una precisión infalible a lo que deberían haber sido, si es que no eran, las pesadillas que teníamos de niños cuando Franco presidía la mesa bajo palio.
Son inolvidables los momentos de elección difícil de la película, cuando los personajes tienen que decidir entre actuar según su conciencia o someterse al tanático orden del facha Vidal—es éste todo un símbolo de época, un manojo de traumas soldados uno a otro en firme, uno de los mejores fachas jamás vistos en la pantalla. Así, la rebelión de la humilde sirvienta que interpreta Maribel Verdú, el suicidio del tartamudo torturado, o la rebelión tranquila del médico, con uno de los mejores diálogos entre el fascista y el médico que le dice que ha ayudado al tartamudo a morir porque no podía hacer otra cosa.
- Sí, podía haberme obedecido. - Es que... obedecer por obedecer, así, sin pensar... eso sólo pueden hacerlo los hombres como usted, capitán. - (Bang).
El argumento fantástico también gira sobre el rechazo a la obediencia ciega, y la necesidad ineludible de tomar opciones éticas personales que nos llevan a la tragedia—contradiciendo así los mensajes subliminales o explícitos de los cuentos para niños y la lección que parecía sugerir la aventura con el ogro blanco.
La película, claro, se basa en el principio del wishful thinking, la corrección mediante la fantasía de los defectos de la historia. O, como decía Jameson, en ofrecer soluciones imaginarias a problemas reales. Así la niña Ofelia—que, por cierto, ¿era o no era la auténtica hija de Vidal?—muere en la "realidad" por el disparo del fascista, pero alcanza en el plano fantástico el trono prometido por Propp. Y, similarmente, los fascistas ganaron la guerra de hecho, pero aquí son los resistentes los que triunfan (pequeña subordinación de la historia al deseo) y se nos cuenta lo que debió haber sido. Se le dice al facha Vidal que su hijo, lejos de recordar a su padre, ni siquiera sabrá nunca quién es él. Pero ay, es todo una fantasía consolatoria; la realidad era aún más tozuda, y fue más bien Franco quien paró el reloj y a quien hubimos de sufrir como patriarca adoptivo: en conjunto, España se sometió al Caudillo, en lugar de acuchillarlo, y demasiado bien sabemos quién era. La bendita ignorancia les llega más bien a las jóvenes generaciones, que no saben ya ni quién era Felipe González, cuánto menos Franco. Y tampoco está tan claro que sea buena para ellos una inocencia tan radical. Película, pues, de reescritura de la historia al gusto republicanizante que hoy se lleva: no en vano es Federico Luppi el rey entronizado al final.
Y luego... qué pasa con todo esto. Que con estos ingredientes se puede hacer una plasta insufrible o una película excelente. Y aquí todo funciona, hace clic, todo está llevado con una tensión infalible para ir poniéndote el corazón en un puño: las interpretaciones de Sergi López como el fascista Vidal o de la sirvienta Maribel Verdú, y la de la niña protagonista, Ivana Baquero, son excelentes, las señoras de la cocina son perfectas, las pesadillas son de pesadilla, la textura de luz en la fotografía en la cara de la niña es insuperable, el insecto-hada se mueve como tiene que moverse, y la película, en fin, hay que verla.
Parece como si aún saliésemos de ver la vieja Hairspray de 1988, de John Waters, y nos metemos a ver la nueva versión musical, corregida y aumentada de talla por si hacía falta. La Travolta está divina, y los demás no se quedan parados; los colores son brillantes, los peinados molan, los bailes espectaculares, las canciones buenísimas y el ritmo contagioso. Salimos del cine bailando como gordas, así que queda recomendada de todas todas.
Supuestamente la película va a favor de la integración erótico-social de las marujas y de las tallas grandes, contra la estética Barbie, y a favor de la sociedad multirracial y mezclada, sin complejos ni apartheids legales o mentales. No sorprende que sea la batalla siempre por ganar, y que el Baltimore racista de hace cuarenta y cinco años, cuando éramos pequeñitos, sea una metáfora adecuada de la separación de facto entre círculos blancos y negros en los USA (o en cualquier otro sitio) hoy en día. Muy claro quea cuando hay que protestar contra las leyes discriminatorias, pero yo recuerdo que en los tiempos de la primera Hairspray en el comedor de la universidad americana Brown, que hacía gala de su política de affirmative action, por supuesto los blancos se sentaban con los blancos y los negros con los negros sin que nadie les prohibiese ni les dijese nada; y era lo normal... no se fuese nadie a pensar que se buscaba poner en evidencia a la gente, porque (por racismo invertido, o sin invertir) las minorías necesitan su espacio, o lo tienen aunque no lo necesiten. Y así sigue la cosa parecida en muchos aspectos.
Digo lo de que supuestamente defiende la película, porque aunque es explícita y elocuente en la defensa de los negros, y las gordas, y las gordas negras, y de las amas de casa, sigue siendo el caso que los negros tienen un papel secundario y que las gordas juegan un papel ambivalente: por una parte siguen siendo, como siempre, entes inherentemente cómicos, y por otra lo llevan con alegría y ritmo ejemplares, algo desde luego aconsejable en cualquier caso.
También "supuestamente", digo, porque hay otra cuestión sobre la que la película no dice nada, sólo hace: en su llamada a la lucha contra los prejuicios y barreras mentales, y a favor de la mezcla bailona de estilos, subculturas y maneras de ser, no menciona nunca a las homosexuales—cuando ahora (aunque no en 1962) son los gays y lesbian@s y los transexuales heterosexuales (whatever that means) los que están embarcados en una lucha por derechos civiles. La integración de finales del XX y principios del XXI tiene a las autoridades y al público general desconcertados, haciendo gestos tímidos, o atrevidos, o contradictorios, o evitando hablar del tema en lo posible muchas veces. Esta película, como digo, trata el asunto por la vía ambivalente de no mencionarlo, pero incluyendo a Travolta, como al travestí Divine en la película anterior, en plan gorda alocada en el papel de Edna Turnblad. Pero claro, ahí estamos trabajando con marcos distintos de realidad (y se cuidan de evitar escenas de besos etc.). Así que el alegato a la vez es y no es, sugiere pero no se pronuncia, y defiende como sin atreverse. Pero sí hace pensar "educadamente y sin ofender a nadie" en la analogía entre los negros discriminados de 1962, los homosexuales discriminados de 2002, o las gordas discriminadas de facto si no por ley (mucho más eficaz el de facto) en la cultura de la imagen. Aunque a veces van las gordas y a base de sudárselo ganan Operación Triunfo. Pero con la energía hay que echarle, si es que hasta adelgazas por el camino.
Hairspray. Directed by Adam Shankman. Screenplay by Leslie Dixon, based on John Waters's film Hairspray and the musical play by Mark O'Donnell. Cast: Nikki Blonsky, John Travolta, Michelle Pfeiffer, Christopher Walken, Amanda Bynes, James Marsden, Queen Latifah Brittany Snow, Zac Efron, Elijah Kelley, Allison Janney, Taylor Parks, Paul Dooley, Jerry Stiller. Music by Marc Shaiman. Cinematog., Bojan Bazelli. Ed. Michael Tronick. Prod. des. David Gropman. Art dir. Dennis Davenport. Prod. Neil Meron, Craig Zadan. USA: Gabriel Simon / Storyline Entertainment / Ingenious Film Partners / New Line Cinema / Zadan/Meron, 2007.
Esto es una reseña de La Carta Esférica de Arturo Pérez Reverte, con guión y dirección de Imanol Uribe, interpretada por Aitana Sánchez-Gijón y Carmelo Gómez. En breve: para pasar el rato, y poco más; apta para echar el domingo por la tarde en la tele.
Se le ha criticado que si es poco espectacular, que si el ritmo no arranca, que si es demasiado estereotípica en sus diálogos; es cierto que con frecuencia no suena como gente conversando sino como pesonajes exponiendo una historia para ilustración del espectador. Da impresión de estar hecha con pocos medios, tan pocos los buscadores de tesoros como los buscadores de tesoros cinematográficos; se les debió ir el presupuesto en cenar langosta ("langosta verde") en lugar de echarlo en la película. Pero bueno, no me quejo de los mafiosos con pocos medios, por lo menos tenían buena jeta de mafiosos.
El asunto va de un rescate ilegal de un tesoro hundido, del barco jesuita Dei Gloria, a manos de los protagonistas, con competencia por parte de una empresa dudosa con base en Gibraltar. Al final lo localizan calculando la desviación en base a ciertos errores en un mapa y gracias a un sistema de referencia secreto que empleaban los jesuitas, dato que les da un catedrático (posible víctima de los encantos de la protagonista).
Se le ocurre a uno que el reciente caso que sucedió y que tuvo tanto eco en los noticiarios nacionales debió ser en parte una estrategia de lanzamiento de esta película, a través de algún contacto con los noticiarios. Aunque no dudo que piratas hay en Gibraltar, y en todas partes. Hasta en el Ministerio, vamos, porque la Aitana, aquí "Tánger", hace de funcionaria del Museo de la Marina que, con financiación oficial, se dedica a barrer para casa y llevarse las esmeraldas, estafando a todo el mundo por el camino: a su ex (el gibraltareño, bueno, italo-gibraltareño Nino Palermo), a su sicario a quien soborna, a su pareja el marinero protagonista Carmelo Gómez / "Coy" y al socio de ambos "Piloto"... menos mal que el tal Coy cambia las esmeraldas de sitio en el último momento, y la deja con un palmo de narices llevándose un cargamento de piedrecitas. ¿Volverá Tánger a por las esmeraldas, a cambio de más sexo? Nos quedamos con la duda, no despejada por la narración retrospectiva. Quizá las mejores escenas son las que aparecen las viñetas de El Tesoro de Rackham el Rojo,de Tintín, pero hasta esas son bastante glaciales. La película es fría hasta en las escenas de orgasmos, orgasmos a golpe de guión. Claro, que la impresión que le dejaría a cualquiera la señora funcionaria ésta sería más bien glacial, pero se supone que el marinero tenía otros parámetros y su narración debería ser más apasionada.
En cuanto a mí, lo que me apasiona y me deja frío a la vez es la fascinación del protagonista, y del autor y guionista, por las tías malas remalas—eso sí, mientras estén buenas rebuenas, que sin un culo a juego el mal no tiene el menor atractivo. Uno piensa que una elementa tan vendida, mentirosa y manipuladora como la Tánger-Aitana ésta habría que tenerla apartada con un palo largo, pero no, el sueño del marino Coy es que se vuelva a meter algún día en su vida, como un elemento turbio de pasión y feminidad insondable, que le atrae como las profundidades marinas al Dei Gloria. Como digo, el mismo encanto femenino le veo yo al mafioso italiano y a su sicario, y es posible si nos pasamos a la vida real que la señora recupere las esmeraldas por el procedimiento de romperles las piernas a la pareja de nostálgicos que se acuerdan de ella conversando por el puerto al final. Que la mafia es la mafia.
Ella proyecta mejor idea de sí misma, como mujer de rompe y rasga: cuenta que en las películas de vaqueros hay dos tipos de mujeres, las que chillan cuando vienen los indios, y las que cogen el rifle—y que ella decidió ser de las segundas. Pero del argumento se desprende más bien que prefiere ser de los indios. O más bien podríamos ponerla como emblema de la cultura del pelotazo de los 90: desde el puesto oficial, y con financiación ministerial, pero a barrer para casa sin contemplaciones. Y tal es el oscuro objeto de deseo que se nos hace oscilar ante las narices, encarnados en nuestro Coy-avatar. Hemos de tenerla. Veamos: señoras fantásticas que vemos pasar y con las que no nos acostaremos, son el 100% de ellas, así redondeando o sin redondear. ¿Por qué entonces tenía Tánger "algo especial"? Yo le veo al protagonista, o más bien al autor a través del protagonista, ese mismo deseo de ser piel roja—dividido entre la honestidad ya no ético-política, sino personal-amorosa (guardemos las medidas) con la que actúa, y las ansias de libertad total, para robar, traicionar, no tener ataduras de ningún tipo que no sean las del egoísmo más desmesurado, destructivo e insensato. Que es atractivo, pero para sentirlo como atractivo hay que verlo desde fuera. Y encarnado en una tía buena. Vamos, que el protagonista/guionista/autor, sus ansias de ser piel roja las expresa por vía sexual, y se apropia de la ilegalidad de la vida dándole un cuerpo que se pueda penetrar con violentos embates físicos. ¿Es misoginia, es machismo, esta encarnación de la amoralidad absoluta en la mujer, que con un chasis bien asentado queda absuelta de responsabilidad ética, o más bien invierte los parámetros y se convierte en lo absolutamente deseable? Bueno, es ese tipo especial de misoginia que se combina con la atracción sexual y con una buena dosis de sadomasoquismo. Y machismo, todos muy machos, eh. Hasta ella. Esto es todo un psicodrama del machismo y un catálogo de síndromes varoniles.
Con estos planteamientos queda claro que "para poder quererte / es mejor que tú no estés" como decía Gurruchaga; donde se está bien de verdad es en la pequeña sociedad homosocial, con un colega tan castigado como tú, hablando de ellas y de lo que nos hacen sufrir, y de cómo las toreamos, y de lo remalas que son cuando son tan duras y tan ellas a la vez, y qué atractiva que es la maldad en cueros, y quién fuese un piel roja...
Hemos ido con los críos a ver Los Cuatro Fantásticos y Silver Surfer, y desde luego pasaron (pasamos) un buen rato, aunque a los mayores nos produzcan emociones encontradas las versiones cinematográficas de nuestros cómics de los años sesenta. Y eso que hay que reconocer que en muchos aspectos hacen un buen trabajo de adaptación, siguiendo la tónica de la película anterior (y ya no hablo de efectos, etc., que eso da gusto verlos ahora sin que se les note el falso fondo de pantalla cuando vuelan). Así, la Antorcha es aquí irritante para todo el mundo, y no sólo para la Cosa; la Cosa está "bien hecho" pero a cambio pierde colorido su lenguaje, al menos en la versión doblada, con respecto a los comics. La Chica Invisible es menos muerma desmayada y menos esposa asexuada que en los tebeos—aquí tiene un peligro, y ahora siempre se las arreglan para desnudarla (esta vez la tapan envolviéndola en llamas). Y Mister Fantástico... bueno, la verdad es que el hombre no tiene mucho remedio, siempre tiene que haber un muermo en el equipo para que los demás parezcan más coloridos. A cambio, se lleva a la chica, y esta vez hasta se casan, con boda fallida al principio, y lograda al final de la película, una vez han salvado al planeta. La Chica Invisible renuncia a sus aspiraciones de ama de casa, que las tenía, y se resigna a formar una familia anormal. Algo es algo.
Entretanto se dilucidan estos problemas de me estudias o trabajas, se dedican a salvar al planeta, librándolo de la amenaza de Galactus—convertido aquí en una nube espacial maligna, sin faraón gigante dentro, al menos que veamos. Sus poderes desbordan a los del equipo, así que la manera de derrotarlo es volver contra él a su heraldo y esclavo, Estela Plateada, que es quien se encarga de destrozar a su omnipotente patrón... y sin sufrir un rasguño, oyes. No es la menor de las arbitrariedades de la película, que hacen que el entretenimiento de verla se compre con constantes dosis de irritación por las volteretas del guión. Así, el Dr. Muerte recupera sus facciones originales, y se entromete en el argumento no se sabe muy bien para qué (cuestiones de contrato del actor, supongo); y los cuatro fantásticos intercambian sus poderes alegremente, produciendo la sensación de que donde no hay normas claras ni límites todo vale y nada vale: pero es lo que pide el público comiquero, efectismo rápido y fuegos artificiales. Marchando una. Nos falta en español la palabra preposterous, imprescindible en estos casos.
Vuelve el subtexto terrorista: la interrupción de la boda de Mister Fantástico y La Chica Invisible por efecto del Surfer es un poco como el 11-S, aunque el Surfer tiene un tanto de piloto eslavo, más que de piloso esclavo de Alá. Lo que está claro es que sí es un esclavo mental de un régimen tiránico, el de Galactus. El Surfer, en tanto que mensajero o Enviado, es a la vez una especie de ángel del apocalipsis y una figura de Cristo—pero es el Enviado de un dios maligno y destructor, que con esta escatología cósmica interfiere el funcionamiento correcto de la maquinaria capitalista ya globalizada. Pero en fin, llega el final del rollo y desaparece en un momento, y las luces de neón vuelven a encenderse: Occidente no se apagará, y es más bien la malvada deidad que emborrona los cielos la que desaparece en el momento en que la libertad de conciencia se le hace entrar en la mente a Norrin Radd. La lección viene de la Chica Invisible, que le recuerda al Surfer a su amada. Siempre se puede elegir, le dice, y (paradójicamente, dado el subtexto de terrorismo árabe) el Surfer elige el combate suicida, para obtener la libertad espiritual. Ay, si las raíces del terrorismo se arrancasen con hacerles reflexionar a esos mastuerzos... pero nuestros expertos aseguran que no funciona así la cosa.
Un pequeño guiño hay también contra las cárceles tipo Abu Ghraib y las prisiones secretas de Bush: el ejército americano tortura al Surfer y usa "métodos ilegales" puesto que no es humano y no tiene derechos vulnerables. Observemos que aquí es el Ejército el responsable de estas acciones: al Presidente no se le ve por ningún lado, y la figura de máxima autoridad es un general negro e insolente. Es este general (o el Ejército) el responsable de involucrar al Lado Oscuro (un Doctor Muerte que recuerda al Emperador de Star Wars) en la Guerra contra el Terror. Los 4 Fantásticos desaprueban esta deriva, pero también son prisioneros... Todo esto pasa en Rusia, que aparentemente tiene ahora puntos de contacto con la parte más negra del Ejército de los EE.UU. Pero aunque esta vez sobrevive el calvo de la película, el negro, naturalmente, muere. Y Alicia, que se case con la Cosa. Si la Cosa casa quiere.
Esta es una película que fue extraordinariamente premiada en 2004, quiero decir excesivamente: según El País,"inmensa, impresionante", según ABC, "la Casablanca del siglo XXI..." – vamos, vamos... más quisieran. Es una película china, con una mezcla irritante de convencionalismo y extravagancia, bellamente fotografiada y demasiado larga para lo que da de sí. No me extraña que, a pesar de tantos premios, pasase sin pena ni gloria por las salas.
Es casi un remake de la cargante Deseando amar del mismo Wong Kar-wai, con la misma combinación de colorido precioso y actitudes simplistas y convencionales de los personajes, y la misma carencia de interés humano, pues no pueden interesar personajes tan superficiales, u opacos, o bidimensionales, o falsos, o robotizados. En un momento dado cambia en esta película a las chicas por androides, pero la diferencia es mínima. En lo que es psicología del amor, los personajes y argumentos de estas películas tienen la sutileza literaria de las novelas de artes marciales que escribe el protagonista. Y con semejantes mimbres ya le puedes echar vestidos estampados y luces matizadas...
Aquí encontramos las mismas historias de amantes maltratadas, medio putillas seleccionadas-seducidas por hombre de negocios, a lo Don Juan o Clark Gable chino—inexplicablemente seducidas, si además de guapas no tuviesen sesos de chorlito. El machismo del implausible seductor pasa con un fundido imperceptible al del narrador de la historia, al del guionista y al del director. Este tipo de historias decimonónicas en una película vigesimoprimérica, o vigesímica - pues la mayor parte de la acción pasa entre 1966-68 - pues como que son rancias; diría estereotípicas si no porque lo de estéreo queda demasiado tridimensional. Hablo de actitudes cinematográficas, pues no dudo que el mundo esté lleno de hecho de chicas guapas con cabeza de modistilla, en 2046 o en 1846. Pero en fin, que nos vengan a estas alturas los donjuanes chinos de tercera en plan castigador... es un castigo que no tenemos por qué aguantar.
En esta ocasión la historia se complica con el hecho de que el personaje sea escritor, que inventa su propia historia, o variaciones sobre ella, que se mezclan de maneras paradójicas con su propia vida, en un juego de repeticiones, variaciones, flashbacks, anamorfosis y transiciones imposibles que a su manera sí expresan bien la sensación de un personaje empantanado en las mismas actitudes y recuerdos, como me pasa a mí. Formalmente, estos recursos convierten a la película en un cruce entre La casa de citas de Robbe-Grillet e Hiroshima mon Amour. O L'Année dernière à Marienbad. O sea, pretenciosa, un rato, sobre todo por lo larga y lenta de más. Así que eso, que le debían haber dado el premio en los viejos tiempos del Nouveau Roman, o de la Nouvelle Vague. Hoy es un futuro un poco passé, éste de 1966. Pero bueno, en realidad nunca cambiaremos, y vale la pena mirarla aunque sea sólo por la fotografía.
Las películas sobre fisgones, curiosos y espías, en especial las que incluyen a un personaje que contempla a otros desde la oscuridad, convirtiéndolo en espectáculo inconsciente, son altamente cinematográficas, pues añaden a la situación del personaje (o a la del espectador) la intensidad reflexiva de la propia situación de percepción de la película, situación voyeurística que nos coloca en situaciones de percepción privilegiadas e ideales, en las cuales nunca deberíamos haber estado. Así esta película tiene en común cosas con Peeping Tom, con La ventana indiscreta, con Retrato de una obsesión (aquella de Robin Williams en la tienda de fotos)—además de con todas las películas de espías e identidades secretas que colocan al espectador en un punto de vista privilegiado, en esa ventanita casi omnisciente junto al tapado, o al espía, desde la que se sabe quién es quién mientras los demás vagan por los errores del orden público creyendo que las gentes son quienes son.
La historia la resumo: un agente de la Stasi, funcionario simplista, gris y falso como el propio régimen al que sirve, recibe el encargo de espiar a un escritor, todo porque la novia del escritor le gusta al ministro y quiere quitarlo de enmedio. Entre la mala conciencia de su papel corrupto y el contacto secreto con el mundo de los artistas (Brecht, el músico autor de la partitura dedicada a un hombre bueno...) y se va humanizando—un poco como el monstruo de Frankenstein en la novela, aprendiendo a medida que escucha, eavesdropping, captando lo que sería la decencia y una vida más plena que la que él tiene (es patética la escena en su piso con la prostituta). Así que cuando se entera de que en efecto puede hacer arrestar al escritor, que ha publicado en Occidente un artículo comprometedor con seudónimo, falsifica el informe, no da cuenta de lo que realmente escucha por los micrófonos ocultos, y hasta oculta las pruebas corriendo riesgos considerables.
El asunto cuesta, no obstante, la muerte a la amante disputada entre el ministro y el escritor. Era una actriz un tanto vendida a su carrera, lo cual si se suma a lo que invitaba el régimen a venderse, la lleva a escenas realmente abyectas, primero dejándose violar por el ministro en aras de su carrera, y luego haciéndose confidente de la Stasi. Pero la vergüenza propia la lleva a suicidarse, al parecer, saltando delante de un camión—un sacrificio inútil pues el espía le dice mientras muere que había ocultadoo las pruebas que ella acababa de revelar (la máquina de escribir incriminatoria). Como la tinta roja de la máquina, la huella de la sangre de la actriz queda impresa en el último informe redactado un minuto después por el espía.
Estos informes son leídos años más tarde por el escritor, en una Alemania unificada que ha desclasificado los documentos de la Stasi. Allí descubre que el hombre encargado de espiarlo corrió riesgos ocultando los informes—y le dedica una novela, con el título de la pieza musical que les había emocionado a los dos, "Sonata para un hombre bueno". Termina la película con el oscuro funcionario, ahora repartidor buzonero, comprando la novela y descubriendo la dedicatoria. Quizá para no desilusionarse, el escritor decidió no abordarlo en persona cuando lo ve un día por la calle, y prefiere dedicarle una novela—posiblemente esta historia u otra parecida. Hay algo un poco ñoño en esa remisión de las verdades y la autenticidad al mundo de la Literatura, como si las más importantes no pudieran decirse cara a cara.
Esta trasposición al mundo del Arte, a una dimensión trascendente y superior, de los conflictos humanos, como modo de darles resolución, también emparenta a la película con una cierta tradición. Se me ocurren novelas en las que el acto de escribir la propia novela era un acto de expiación, como La Dentellière de Pascal Lainé, oAtonementde Ian McEwan. En ellas resulta ser la propia novela que leemos el propio acto de expiación y reconciliación. No es tan reflexiva la situación en esta película (como hubiera sido si la propia película hubiera sido la obra dedicada al gris espía, en lugar de una novela).
Como sucede en otras películas alemanas sobre la mala conciencia nacional (se me ocurre El Hundimiento, de Olivier Hirschbiegel) la película busca la humanidad aun donde era difícil encontrarla, en el corazón del régimen inhumano. Aquí el año es 1984 (—alusión a Orwell, claro, con un Big Brother que responde plenamente a sus pesadillas), y la cosa está reciente. Así que no deja de haber aquí también un ingrediente de auto-reconciliación de Alemania consigo misma (en plan 'hasta en la Stasi podía surgir la decencia')... lo cual sin duda tiene el inconveniente de poner la lupa en un punto altamente atípico de la Stasi y sus actividades. Una pieza de la máquina decidió volverse persona: sin duda es algo de celebrar, pero ¿ha pasado esto realmente alguna vez? Más típica de estos regímenes parece ser la experiencia contraria, la de ver cómo se renuncia a supuestos ideales mantenidos de boquilla y se pasa abiertamente a abrazar la corrupción y la sumisión abyecta ante el poder.
Un cierto valor histórico (en el sentido del tipismo que según Lukács ha de estar presente en la narración histórica para que no sea falsa) lo daría esta película en tanto que trasfondo de la caída del régimen comunista. Hacia el final, los espías de la Stasi abandonan su puesto donde abrían el correo de la gente al oir por la radio que ha caído el Muro. Se nos deja intuir, quizá, que el muro cayó por la propia insostenibilidad del régimen, minado desde dentro por su falsedad—un ejemplo de la cual hemos visto en directo en la película. Aunque la caída del régimen no fue precisamente debida a la pérdida de fe o a la benevolencia de los hombres de la Stasi. Ni a los artistas y escritores de la RDA.
Así que en lo que tiene de factor corrector imaginario la película produce un cierto efecto de falsedad o de special pleading. Aunque son suficientemente creíbles, por desgracia, los muchos servilismos y bajezas que retrata en el trasfondo de la historia. Especialmente siniestra es la escena del chiste en la cantina. Un jefe de la Stasi pilla a un subordinando contando un chiste contra el gobierno, y le obliga a terminarlo con falsa camaradería. Luego lo aterra diciéndole que este es el fin de su carrera, etc. Y cuando lo tiene acoquinado, dice: "jaja, era broma, hombre", y cuenta él un chiste aún más fuerte sobre el jefe del Partido. Pero luego vemos al empleadillo destinado a un mal puesto en efecto: ahí se ve en claro la falta de criterio, la arbitrariedad y la ley del embudo que impera en los sistemas autoritarios, donde todo el mundo ha de estar vigilado hasta por sí mismo por la cuenta que le trae, y no hay relación auténtica posible entre las personas, todos sometidos a una inseguridad permanente sobre si están en privado o en público, todos bajo el Ojo Escrutador del Estado. El retrato que da la película de la pobreza espiritual, la cutrez ambiental y la sociedad de pesadilla a que lleva el totalitarismo. Es escalofriante pensar la de funcionarios perfectos que pasaron de servir al régimen nazi a servir al régimen comunista de la RDA- y los que aún continuarán lamiendo pólizas hoy en el nuevo régimen, mientras no les pidan que hagan otra cosa.
La vida de los otros. Dir. Florian Henckel von Donnersmarck. Intérpretes: Ulrich Mühe, Sebastian Koch, Martina Gedeck, Ulrich Tukur, Thomas Thieme, Hans-Uwe Bauer. Alemania, 2006.
Podríamos ser crueles con esta película, como casi toda la crítica, y decir: "Déjà vu—Next." Pero hay que ver qué alto colocan el listón los críticos (en The Guardian, en la BBC, en Village Voice... ). Ahí los querría ver yo haciendo una película como esta. Ni escribiendo críticas, que es lo suyo, se lucen tanto, vamos.
Para mí, toda película basada en una obra de Philip K. Dick merece verse, in my experience: Blade Runner, Total Recall, Minority Report, y hasta Paycheck e Impostor, la vida es larga. Dick tenía unas antenas especiales para ver el futuro, aún mas que Nicolas Cage en esta película... y eran especialmente sensibles a los problemas de la identidad precaria, la virtualidad de la experiencia, y las paradojas temporales: cuestiones que proporcionan tanto combustible a una película de acción como el teatro dentro del teatro o los disfraces le proporcionaban a Shakespeare. Son el material con que está hecho el cine, tematizado, reduplicado y utilizado como principio organizador. Estas películas explotan así el medio de una manera reflexiva especialmente hipnótica para la atención del público. Aunque los trucos con el tiempo y las experiencias virtuales sean casi una garantía también de que alguien va a protestar al final, como ya le sucedía a Hitchcock en sus experimentos.
Aquí el truco es fantástico, burdo, primario, arbitrario, etc.: Cage puede ver lo que le va a suceder en dos minutos. O más bien, lo que podría suceder si no interviene. Así que lo que ve no es el futuro, en absoluto, sino lo que sería el futuro si no existiese su intervención deliberada sobre él. O, por ponerlo de otro modo, ve futuros alternativos que no llegan a realizarse al elegir tomar él una acción que actualiza únicamente el futuro o línea de acción preferible para él. Jessica Biel protesta: "¡pero si el futuro no está decidido!"—Bueno, pues está más decidido de lo que ella piensa, pero no totalmente decidido... Esto también nos sucede a otros muchos que no tenemos información privilegiada.
En fin, que la película no utiliza (como podría parecer a primera vista) el concepto del futuro ya escrito, tan popular y erróneo, como señala G. H. Mead, sino otro concepto, el del futuro previsible sobre el que hay que intervenir, barriendo para casa, de modo que no llegue a materializarse. Y que es, naturalmente, el presupuesto estándar de todas las películas sobre paradojas temporales, sobre intervenir en el presente (o el pasado) para que no se produzca el futuro: Terminator, Regreso al futuro, Transmission.... etc. Muchas juegan con presentar efectivamente el futuro que se iba a producir, pero con datos nuevos que lo presentan como abierto y de hecho lo transforman aunque "superficialmente" sea el mismo el que se produce. Una película es una máquina temporal que se mueve hacia un final predeterminado, y estas películas elevan al cuadrado la convención tan frecuente de la cuenta atrás o plazo límite tan frecuente en las películas de acción, que intensifica el suspense superponiéndolo a la experiencia del final de la cinta.
Aquí no se vive efectivamente el futuro previsto: los futuros que ve Nicolas Cage han de ser eliminados, todos menos el elegido. Como dice un par de veces: "ese es el problema de ver el futuro: el hecho de que lo veas, lo cambia". Hay una escena en la que se multiplica siguiendo un jardín de senderos que se bifurcan o una trayectoria dicotómica a la Bremond: menos mal que eso sólo lo hace en momentos concretos y con concentración, porque si no el pobre adolecería de una esquizofrenia ad infinitum. Sea como sea, esta experiencia del tiempo no permitiría una experiencia humana, claro: es un recurso cinematográfico que funciona muy bien en un medio que sí está ya escrito y desenrollándose desde el futuro, al contrario que nuestra experiencia real. Pero esta historia imposible presenta analogías útiles con la realidad, por la manera en que en la experiencia real también proyectamos secuencias de acción, planes, hipótesis sobre las acciones de los demás, etc., sobre las cuales podemos intervenir. Así pues, es un presupuesto fantástico y arbitrario, pero también una literalización de maniobras cognitivas frecuentes.
La película hace un uso generoso de secuencias virtuales, futuros posibles vistos por Cage (y por el espectador a través de la focalización cinematográfica, poco marcada en sus transiciones)—pero futuros que son corregidos inmediatamente por la línea "real" de la película. No vendrá como una sorpresa ver que esta estructura se puede multiplicar en abîme, con virtualidades dentro de virtualidades, y que al final resulta que media película, con final desastroso y explosión atómica, resulta ser una prospección virtual. La catástrofe se puede evitar, el futuro está abierto, como nos decían en Terminator 2 con esa imagen de la carretera en la noche iluminada por los faros del coche...
Es, al margen de esto, una película sobre terrorismo, post-11/S, un tema que también combina suficientemente bien con la semiótica de la prospección utilizada aquí. El ataque a las Torres Gemelas se podía haber evitado con un poco más de capacidad anticipativa, con una utilización mejor de la información... vamos, que hubieran querido tener los del FBI unas cámaras de seguridad con función de vista al futuro, y no sólo de replay. Está muy bien utilizado el tema de las cámaras de seguridad del casino, secuencias retrospectivo-prospectivas pasadas una vez y otra, al principio de la película. Control policial, análisis de la información, previsión de movimientos... pero la catástrofe que se evita es siempre la que no iba a suceder, claro. La que sucederá efectivamente es la que escapa a las maniobras de detección. Y el detective interviene sobre el proceso terrorista a modo de retroalimentación cibernética: las acciones de detección transforman las maniobras de intriga posible, y el juego entre intriga y prevención amenaza con embarcarnos en una mise en abyme paradójica... Por suerte, aquí los terroristas no tenían un vidente, a pesar de lo eficaces que eran.
Y así juega con ventaja Cage, una sensación inevitable en las películas de superpoderes. Lo vemos pasar esquivando balas, pegando porrazos con movimientos anticipatorios... y ahí sí que puede decepcionar una película muy bien hecha, pero al modo de Hollywood y dentro de sus parámetros, es decir, según convenciones previsibles para el espectador, que en última instancia no sale out of the glass cage.
Como alegoría política: Jessica Biel es la Democracia, o la América que Vale la Pena (trata con niños, indios, etc.); Cage se ve obligado a trabajar con los tíos duros del FBI, tipo Julianne Moore, que lo van a llevar sin duda a una guerra sucia contra el Terror... pero todo vale ahí: mejor detenerlos antes de que actúen—si es posible antes de que se les ocurran las ideas—y sin que América sepa demasiado lo que le está sucediendo. Cosas de hombres: espérame, democracia, que volveré en cuanto arregle este asuntillo.
Next. Dir. Lee Tamahori. Screenplay by Gary Goldman, Jonathan Hensleigh and Paul Bernbaum, based on "The Golden Man" by Philip K. Dick. Cast: Nicolas Cage, Julianne Moore, Nicolas Pajon, Paul Rae, Jessica Biel. Music by Mark Isham. Photog. David Tattersall. Ed. Christian Wagner. Prod des. William Sandell. Prod. Nicolas Cage et al. USA: Revolution Studios / Saturn Films / Eyetronics USA/ IEG / Virtual Studios, 2007.
Mucho más me gustó en conjunto Se7en, aunque digan que esta Zodiac es la mejor película de Fincher hasta la fecha. Conste que Zodiac está muy bien hecha en muchos aspectos, pero es una película demasiado larga para llegar a donde llega, sin resolver mucho, y con notables fallos de tensión. Deja al espectador insatisfecho, no tanto por la no resolución del caso, sino por haberle dedicado tanto tiempo y esfuerzo y detalle a algo que va a parar en nada. Durante la propia proyección de la película, la gente olvida y se hace vieja y pasa a otras cosas. Y hasta los asesinos en serie se aburren—ciertamente sería un tormento obligarles a ver todas las películas que se han hecho sobre Zodiac, es como para desanimar a un copycat killer que fuese razonable. Pero no lo son, claro, ni ellos ni los directores de cine, y vuelven incansablemente al mismo asunto. Esta vez las faltas de hortografía de las cartas que escribe el asesino son tan gordas y aparecen tan en primera línea que le quitan todo el glamur intelectual al quíler semianalfabeto éste. Tipos tan cutres no merecen semejante inversión de atención, dinero y personal, y menos volver a recrear la California de los años sesenta con todo detalle—que es lo mejor de la película en realidad, en el día a día, aunque también se dan el lujo de mostrarnos la pirámide de San Francisco creciendo en versión digitalizada para mostrar el paso del tiempo. La película falla por un argumento que a base de buscar contar diversos aspectos de la historia de la investigación se pierde constantemente en líneas muertas: quizá el cine no está hecho, o al menos esta película no lo está, para contar una realidad que se resiste a ser narrativizada. Comenzamos con un argumento de ética periodística, pero esos personajes desaparecen, se pierde el foco en ellos. En los asesinados no digamos, porque ninguna de las víctimas interesa al espectador. Los policías encargados del caso, y sobre todo Toschi, se ven frustrados, ninguneados por las autoridades y luego por la película, pues sus investigaciones rozan al culpable sin llegar a demostrar nada. Y el protagonista en cuyo libro se basa la película nos desorienta al principio, no interviene en la historia hasta el final, también en direcciones erráticas (como requiere un caso sin solución) con lo cual el efecto sobre el espectador es más de irritación y frustración que de otra cosa. Es el fallo de optar por (o ir a parar a) una forma imitativa del hecho narrado: nvestigación larga y frustrante, sin solución, que da lugar a película larga y frustrante, sin solución. Y se ha de recurrir a muchas explicaciones finales en títulos de crédito, casi un certificado de estructura narrativa fallida. El fracaso familiar del novelista-guionista viene casi a avisarnos de que esta película se basa en una obsesión poco recomendable, de crucigramista o sudokista plasta. Seguirle los pasos hasta tal punto al asesino durante años viene a ser casi jugar su juego—algo que parecen no poder evitar hacer los medios, y el público. El asesino en serie tipo Zodiac es el terrorista propio del suelo americano: busca atención, su crimen no es un fin, sino un medio para publicitarse, y acongojar a toda la sociedad en espera del siguiente. Busca ser el mejor caso. Pero paradójicamente, un buen caso, uno llamativo, es un caso resuelto; el vuelo del asesino en serie es efímero y necesita del topetazo final. Que aquí no hay propiamente. No creo que esta vez el marasmo patético de irresolución en que acaba Zodiac invite a ningún copión a plantar pistas para ser capturado. Y si aquí se cita a Harry el Sucio y se nos recuerda la invitación de Zodiac a hacer una buena película sobre él, creo que por fin ha encontrado lo que merece, y esta película no volverá a ser citada intertextualmente en Otra vez no, por favor: El Regreso de Zodiac. Pues este final que no lleva a nada no lo quiere ni el propio asesino, que busca como cualquier otro agente narrativo, una clausura más espectacular. Sea como sea, les dedicamos demasiado tiempo y atención a esta gente, cuando lo que necesitan es quizá lo contrario, una caja oscura donde meterlos.
Ayer fue mi cumpleaños y medio lo celebré, medio hecho polvo que aún estoy con las alergias, a mi cumpleaños entre otras cosas. Me llegaron regalos, unos tipo corbata (gracias, lo cierto es que nunca tengo bastantes)–y otros un poquito más atípicos, como un vídeo por correo de Mélissa cantando una cancion de Balavoine—merci, Mélissa!
Y yo me autorregalé un par de cosillas. La mitad de las obras completas de Cervantes, que tenía la primera mitad y me ha costado años encontrar la segunda. Así que pude leerme sus últimos escritos, como la dedicatoria al conde de Lemos escrita el diecinueve de abril de 1616–cuatro días antes de su muerte y "puesto ya el pie en el estribo" como dice: "el tiempos es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan". Lo leíamos en la Plaza de los Sitios, una tarde preciosa. Habíamos comprado en el Corte Inglés unas delicatessen para la cena, y los chavales estaban echando a volar un avioncito que les había salido de sorpresa. Ah, y nos encontramos a Vicente del molino, que nos dio recuerdos para los de Biescas.
Del Corte Inglés también me regalé, ya puestos, un par de películas: 2046, of which more later, y World Trade Center—me había quedado con ganas de ver las dos, aunque las orientales no me suelen gustar, y las demasiado occidentales tampoco. Sabía que la de Oliver Stone tenía malas críticas: la carátula cita fuera de contexto "Un auténtico espectáculo visual con más cine y emoción..."—y cuando la ves caes en la cuenta de que eso es seguramente lo que falta, según el crítico. Bueno, a falta de drama externo, la película se centra en el drama interno, "como América recupera la fe en sí misma y escapa de su alienación mediante el sufrimiento y el peligro de muerte".
Es la historia de dos policías atrapados en los escombros del World Trade Center cuando se dirigían a rescatar a la gente allí; se ven atrapados sin haber hecho aún nada heroico ni útil, y se preguntan "¿para qué sirve lo que hemos hecho?" Es quizá el mayor interrogante que queda planeando sobre la película. El gran derrumbamiento está bien hecho pero desde la perspectiva de los que lo vivieron desde dentro—desde fuera ya lo vimos todos en directo. Y la película se reduce demasiado a una situación un tanto beckettiana de dos personajes atrapados en escombros, "con un pie en el estribo". Hay largas secuencias movimientos minimalistas en la oscuridad, con el sargento y su subordinado bajando cada vez más las defensas profesionales y sociales, y acordándose de lo mucho que quieren a sus familias y lo importantes que son las cosas simples de la vida mientras se tienen. Eso da lugar a una serie de flashbacks memorísticos en contrapunto a la angustia de los policías enterrados vivos.
Y mientras, también, como tercera línea de acción, la espera angustiada de las familias afuera, preparando la descarga emocional que tendrá lugar cuando los salven... al salir, se filma la escena como la de cadáveres saliendo de la fosa. Porque claro, el la película es de los que se salvan (la excepción) y no de los que no salieron de los escombros. Esos, pulverizados, tienen un interés narrativo más bajo. Y es uno de los fallos de la película, su planteamiento demasiado simple como "una historia de valor y supervivencia" que dice la carátula. Allí aparecen los dos colegas entre las dos torres—una torre de fortaleza moral cada uno, se nos sugiere, aunque por otra parte son sólo tipos normales, eso también está muy enfatizado. Las torres también figuran las barras de la bandera USA. A pesar de eso, no consigue la historia hacerse mucho más emblemática que la de unos mineros atrapados en una mina, en parte porque jamás nadie discute en ningún momento las causas, autoría, o envergadura del ataque. Eso estaba en el aire en la discusión de alrededor de la película, pero el hecho de que ningún personaje ni dentro ni fuera de los escombros se plantee la cuestión es, como poco, increíble, cuando eso era en ese momento la cuestión básica en boca de todos.
Y así, en un intento de no enfocar la dimensión política del asunto sino a través de la dimensión humana, la película vuelve esa dimensión humana irreal—al menos para el espectador, porque quizá el personaje atrapado en los escombros de hecho no se preguntaba eso. Pero es que en realidad no queremos estar atrapados en los escombros, ni una película que parece hecha desde el shock y la incomprensión: la película definitiva sobre este asunto, si la llegamos a ver, traerá análisis, y perspectivas diferentes, y comprensión panorámica, y será una película abiertamente política, no soterradamente y digo soterradamente, como esta.
Y no pienso en Fahrenheit 9/11 de Michael Moore, porque es un documental, me refiero a una película ficcionalizada basada en los hechos reales. Más se aproximaba a ella United 93, siquiera sea sólo por sus escasos planos mostrando la vivencia de los terroristas—pero esa también estaba hecha todavía desde el shock y la incomprensión, y una perspectiva muy limitada sobre los hechos. Quedan muchas películas por hacer sobre el tema, y sin duda las iremos viendo. Pero en cuanto a perspectivas limitadas, quizá ya se haya hecho con ésta la definitiva.
La cuarta línea argumental de la película es la más anagógica: Dios interviene para desenterrar a los policías (y con ellos a la esperanza de América) a través de un antiguo marine de intensa vocación religiosa: recibe una orden divina, se hace pasar por marine de nuevo, e infiltrándose en la "zona cero" encuentra a los policías cuando ya se había suspendido la búsqueda. Un tipo simplista y eficaz—como si lo que necesitásemos fuese simplismo. Se nos indica en los títulos finales que luego este hombre volvió a reingresar en los marines y estuvo dos años en Irak—como rúbrica final de reacción shockautomática a la americana, una justificación entre líneas de la política de Bush allí, por parte de Stone. Mucho me temo que en Irak habrá perdido el marine (y América) la fe—en los Marines, en Dios y en América.
Peter Bradshaw escribió en el Guardian una reseña más cruel, más divertida y seguramente más ajustada que la mía.
Es ésta una película sobre la corrupción político-financiera a altos niveles: sobre la lucha por el control de empresas gigantescas semiestatales, negocios engrasados por diplomacia internacional, y comisiones multimillonarias en "sobres", cuentas en Suiza o mangoneos con los fondos reservados. Y sobre cómo una juez "estrella" que instruye el asunto y empieza a hacer arrestos indiscretos, acaba replegando velas. Vamos, cosas que nos suenan a muchos, la película ideal para salir a verla un sábado noche con Baltasar Garzón, o Gómez de Liaño, o Grande Marlaska, o los jueces del caso Enron, o los que le siguen de cerca el lifting a Berlusconi.
Está rodada en estilo "sosito", evitando grandilocuencias con un exceso de dedicación casi, de tal manera que se queda un tanto escasilla o fría en el tratamiento. Y el final es también de tono muy bajo, sin resoluciones espectaculares de las que nos hubiera ofrecido Hollywood: que hubiera resuelto la cuestión con catarsis grandiosas y purificación del sistema capitalista con expulsión de los corruptos, o al menos con un juez siempre combativo, cuya estrella siguiese igual de rutilante e idealista al final. Aquí parece que aunque algún cabeza de turco caiga en manos de la justicia, la mayoría escaparán en cuanto el caso salga de manos de la juez, y en todo caso el sistema seguirá indemne. La conclusión de la jueza Jeanne Charmant Killman al acabar la película, "¡Que les den!" es una declaración de desprecio pero también de derrota personal. Les seguirán dando, en efecto, como siempre les han dado de lo que les gusta, y ella pasará a otros asuntos menos comprometidos. Una película pesimista, que muestra cómo el voluntarismo, el respeto a la ley y la honradez personal, si bien apreciables, son insuficientes para cambiar las estructuras de poder establecidas.
La borrachera de poder no es la de los capitostes del puro (casi caricaturas, pero los reales así son); aunque a veces se les vaya la mano y queden en evidencia, sobre todo por intrigas entre ellos; el sistema, que es lo importante, nunca peligra. Y raro es el que no sale indemne de las garras de la justicia. Charmant Killman, como su nombre indica, también se acerca a veces a la caricatura, cuando se toma en serio su omnipotencia de jueza de instrucción, entrando a saco en las casas y trastiendas de los ricohombres, y dejando sus trapicheos varoniles al aire, o a los presidentes de Grupos en calzoncillos. Porque la borrachera de poder en realidad es la de la jueza, confiada en el poder de la ley para enderezar la cosas. No logra empapelar al capitoste que la utilizó para empapelar a su predecesor (Patrick Bruel es este avispado sucesor); y al final los esfuerzos de la jueza no han hecho sino entorpecer momentáneamente el flujo de capital y permitir que los nuevos maquiavelos desplacen a los viejos. Y eso con riesgo y coste personal: la juez es workahólica—si no jamás se metería en estos fregados; y una cierta agresividad feminista la lleva a tensiones con su marido (envidiosete que se siente relegado y olvidado por ella). Isabelle Huppert encarna magníficamente a este personaje con la necesaria determinación y tensión interna acumulada. El marido le importa bien poco, es cierto, y puestos a elegir entre el caso y el marido, elige el caso. Aunque al final, cuando el caso se le escapa de las manos, ha de volver a cuidar a su marido, tras un intento de suicidio de éste tirándose por la ventana.
Así que acaba la juez de esposa devota y sufridora, tras haberse reído de la devoción de la esposa del capitoste al que arrestaba al principio, por hacerse la ciega ante la vida de altos vuelos de su marido.
Riesgo personal, digo, porque la jueza tiene un accidente que al parecer es preparado por algún medio de apoyo de los políticos que llevan el tema—sin que los jefes se enteren siquiera, que eso es hacer bien las cosas. No queda claro el asunto, pero parte de lo bueno que tiene la película es lo poco claros que quedan los límites del complot o maniobras de defensa y manipulación de los poderosos. Todos hombres, claro. Primero le ponen una colega jueza a llevar el caso conjuntamente, a ver si riñen. El superior de la jefa en el escalafón judicial está comprado, claro, o vendido—había mucho interés político por medio, y parte de la solución para apartar a la jueza es ir dándole ascensos. También le han plantado topos, aparte del propio jefe: su fiel secretario... Quizá los guardaespaldas que le asignan, simples policías al parecer, pero fácil resultaría colar un espía especialista allí.
Y, por último (y esto es lo que desanima a la jueza y la hace desistir) la corrupción se infiltra hasta su propia casa. Vivía con ella un sobrino perdulario del marido, con quien la juez tiene una relación afectuosa con tentaciones incestuosas. El sobrino no tiene oficio ni beneficio, pero le cae bien a la jueza y es en realidad su único amigo, el que le añade un pelín de ilusión a su vida de legajos y archivos (aparte de la adrenalina de mandar arrestos y hacer raids a domicilio). Pues el sobrino, que se gana la vida haciendo crucigramas y jugando al póker, al final tiene un deportivo impresionante. Y empieza a estar posicionado para ligarse a la colega jueza que va a heredar el caso. "¡En qué mundo vivimos!" reflexiona la jueza Charmant Killman. Y se va con el sobrino en el deportivo. Esto está bien llevado en la película, la incertidumbre sobre si son paranoias de la jueza las sospechas sobre su sobrino, o si realmente el sistema es capaz de corromperlo todo hasta ese punto.
El caso que investiga la Killman recuerda (por lo de ser una jueza, por los capitostes con contactos políticos) al famoso caso Elf, donde las comisiones millonarias iban y venían que daba gusto, y la juez instructora Eva Joy sacó a relucir los asuntos de amantes colocadas, espías en la cama y redes de contactos que iban de Mitterrand a Kohl. Pero lo mismo serviría Enron (aunque ahí había menos erotismo parece), o el famoso asunto Sogecable aquí en España, que llevó a la expulsión de la carrera judicial de Gómez de Liaño tras empapelar a Jesús Polanco. O tantos otros.
Eva Joly era una noruega que había subido a pulso por el sistema judicial francés y no tenía tradiciones familiares que respetar. Aquí la jueza es una "plebeya", una chica de pueblo que se echó novio de buena familia y sacó su puesto en oposiciones. Y cree en el sistema público que le ha vendido la République, y con razón, porque ella es su producto y ese sistema es la base sobre la que ha trabajado ella, le ha permitido ser tratada en pie de igualdad con los hombres, por sus méritos y trabajo, y llegar hasta donde está... pero no más allá. Lo que muestra la película es que ese sistema llega hasta cierto nivel, pero que la realidad es otra. Que en Francia (y no digamos en España), aparte de la transparencia y cuentas claras, el juego limpio, las normas públicamente avaladas y las leyes, están los corros de influencia, los trapicheos, los corralitos con normas no escritas, las prácticas de corrupción establecidas y no nombradas a menos que sea necesario. Y que son las auténticas normas no escritas que regulan el ejercicio del poder.
La juez es una "plain dealer" que entra a saco en este sistema de entendimientos y favores mutuos en el que se basan las altas finanzas, y da entre miedo, pena y risa a los peces gordos. Su sueldo, le da a entender uno, es patético, en uno de sus sobres él pasa el sueldo de ella de varios años, y encuentra ridículo que le vengan a recriminar lo que son las prácticas habituales para quienes entienden. Se protestan unos a otros escandalizados que esta mujer no se entera de "las reglas del juego". Y es cierto, no las entiende o no quiere entenderlas, pero ya le va llegando la lección al final.
La película es pues sarcástica y amarga, no ofrece soluciones para los problemas que denuncia. Que sólo son problemas según quien los vea, claro. El dinero y las influencias indebidas engrasan los altos negocios. ¿Y esta tía se cree que lo va a cambiar? Ilusa. Igual se piensa que se pagan comisiones porque a la gente le encanta ser corrupta. No, es porque fluya el capital. No es que haya "corruptos" en el sistema, es que el sistema es así, aunque algunos prefieran pensar otra cosa. Que se vaya a empujarle la silla de ruedas al marido, anda. Los del petit comité ya saben de lo que hablan, y son sus reglas las que se aplican en última instancia, no esas interpretaciones literales y estrictas de las leyes en las que sólo creen los que no tienen ni cultura interna, ni clase. Que no tienen ni idea de cómo funciona el cotarro, y aún vienen queriendo dar lecciones.
L'Ivresse du pouvoir(A Comedy of Power / Borrachera de poder). Dir. Claude Chabrol. Written by Odile Barski and Claude Chabrol. Cast: Isabelle Huppert, François Berléand, Patrick Bruel, Marilyne Canto, Robin Renucci, Thomas Chabrol, Jean-François Balmer, Pierre Vernier, Jacques Boudet, Philippe Duclos, Roger Dumas. Photog. Eduardo Serra. Music by Matthieu Chabrol. Music dir. Laurent Petitgirard. Ed. Monique Fardoulis. Prod. des. Françoise Benoît-Fresco. France: Alicéléo / France 2 Cinéma / AJOZ Films / Integral Film, 2006.
Álvaro lleva una temporada ensayando la primera aria de Papageno con su flauta dulce (no mágica), así que para inspirarlo un poquito, además de unas audiciones de los CDs disponibles, hoy nos hemos ido a ver la película de Kenneth Branagh.
Que nos vuelve a contar el libreto original de Schikaneder, con una muy buena interpretación de la ópera de Mozart, aunque esta vez lo han desviado la temática hacia una temática del gusto actual: pacifismo, mensaje antibélico, etc. Está ambientada en la Primera Guerra Mundial, y hay impactantes imágenes no tanto de los combates (un poco torpiñas éstas) como de las trincheras sobrevoladas, de un gigantesco cementerio militar, y (más artificiosamente) de la tierra arrasada volviéndose en verdes campiñas al final.
Se le ha criticado un poquito el abuso de movimientos de cámara por diseños de animación gráfica, pero bueno, dada la naturaleza artificiosa de la ópera, no desentona casi ningún exceso. Más desentona, si acaso, el intento de sacarle algo de lógica al argumento... con el resultado de volverlo aún más confuso si cabe, claro. Las limitaciones de la historia original quedan más discretas disimuladas en un ambiente fantástico o hierático. Y algo de eso hay también aquí, pero sobre todo está el reciclaje de la historia en la Primera Guerra Mundial, que a pesar de algunas coincidencias curiosas invita más bien a potenciar el absurdo. Aquí Sarastro no es el líder de una secta, sino un benevolente trabajador social, o director de hospital, o de una ONG antibélica. Así que me temo que con esto compra Branagh boletos para que le critiquen los críticos, para quienes nunca da la talla, o la da demasiado, volviéndose grandilocuente...
En fin; interpretaciones y adaptaciones y apropiaciones alternativas del tema masónico de Mozart, por supuesto puede haber, pero a mí esta me ha parecido muy bien en conjunto, para lo que puede dar de sí el material. A Álvaro le ha gustado especialmente Papageno—y hasta Sarastro, hay que ver. Aunque puestos a criticar a Branagh (que yo no voy a ser excepción), hubiera sido más interesante una lectura que le buscase las cosquillas al tema masónico, en lugar de intentar correr un tupido velo sobre él. Pero bueno—la película está enormemente trabajada, superproducida, y seguro que los amantes de la ópera pasan un rato excelente.
Aunque ya he hablado, porque hay mucho morro fino en exceso entre el personal éste. Seguro que no les gusta alguna "resituación" de las canciones, por ejemplo la Reina de la Noche avanzando de pie sobre un tanque, o un coro impresionante cantado por sacos terreros en una trinchera (para una de las piezas más vanguardistas escritas por Mozart). O el dúo de Papageno y Papagena mientras construyen un nido, y con cacareos de gallinas añadidos. Y travellings imposibles a través de ventanas, y pupilas, y espejos... Vamos, visualmente es excelente, y en ocasiones (efecto quizás indirecto de los absurdos argumentales y resituaciones) tiene el toque errático y sorprendente de los sueños. Si es que hay a quien no se puede contentar. Y los que no aguanten la ópera, qué les voy a decir—que se acerquen a ésta a ver si cambian de idea. Si con Mozart pasado por Moulin Rouge no cambian de idea, que no lo vuelvan a intentar.
The Magic Flute. Dir. Kenneth Branagh. Film of the Mozart opera. Libretto by Emmanuel Schikaneder, trans. Stephen Fry, adapt. Kenneth Branagh and Stephen Fry. Chamber Orchestra of Europe / James Conlon. Cast: Joseph Kaiser, Amy Carson, René Pape, Lyubov Petrova, Benjamin Jay Davis, Sylvia Moi, Tom Randle, Ben Uttley, Teuta Koço, Louise Kallinan, Vanessa Ashbee, Kim-Marie Woodhouse, Rodney Clarke, Charne Rochford. Prod. Pierre-Olivier Bardet and Simon Moseley. Cinemat. Roger Lanser. Ed. Michael Parker. Prod. des. Tim Harvey. Set decor. Celia Bobak. Idéal Audience /Peter Moores Foundation / Celluloid Dreams, 2006.*
He vuelto a ver Tommy en el treinta aniversario de la película, o treinta y dos ya—y casi cuarenta del musical. Menudo revaival—la debí ver como cuatro veces cuando era estudiante a principios de los ochenta. Los Who acaban de pasar por Zaragoza el verano pasado—¿los quién? Ya no sé si los conoce nadie. Re-viéndola, me ha llamado la atención sobre todo la obsesión paterno-generacional de todo el asunto, el edipazo caso grave.
La película modificó la historia original de la ópera rock de Townshend, para hacer de la figura del Padre Ausente una especie de fijación de Tommy; este segundo Tommy es una versión pop de Hamlet, con un padrastro explotador y escenas con su madre un tanto a lo Gertrude (pseudo-incestuosas, se ha dicho). Aunque eliminando del tema hamletiano el asesinato del padrastro.... al menos no muere éste explícitamente a manos del propio Tommy. Este padrastro parece (como en Hamlet un desplazamiento simbólico del propio padre, que no llega a la altura del Patriarcado conforme el niño va creciendo—y de ahí que se vea proyectado en una sucesión de papeles incongruentes, desde "tío", a maltratador, a socio, empleado, colega, manager... No hay manera de fijar la relación con el padre.
La película empieza y termina en unas highlands, al principio con sus padres de excursión kitsch; al final con Tommy, ya destruida su neorreligión, y tras un nuevo bautismo, cerrando el círculo, escalando al mismo sitio donde veíamos a sus padres, y reafirmando su independencia cara al sol (el símbolo paterno-cósmico). El sol sustituye aquí a las bolas de pinball (un tanto lunares, lunas especulares parecen) que eran el leitmotiv de Tommy hasta entonces. Nos recuerda el sol naciente a la esfera reluciente que alzaba su padre en la visión en la que se le aparece de niño (a modo de fantasma del viejo Hamlet)—también en la misma cumbre, por cierto. He aquí otro cambio del musical a la película en la dirección edípica: el fantasma del padre asume el papel de gurú iniciador y guía interno.
La escena del asesinato del padre, por cierto, se trata en la película de modo bastante ambivalente: más que un asesinato (aparte de que las fechas no casan) el tratamiento de la escena se lleva deliberadamente hacia una escena primordial de trauma: la instauración de un Edipo traumático. No sabemos si este padre que ha aparecido es una realidad o un símbolo en la mente hamletiana de Tommy. O del guionista.
La película es, pues, la historia de cómo se supera el trauma resimbolizándolo en una serie de desplazamientos—lo cual quiere decir que en cierto modo no se supera, sino que se transforma o se adapta a la nueva fase vital. Se inaugura una nueva adolescencia, que en parte nos libera de la anterior y en parte la repite compulsivamente. Adaptarse ya es mucho, y la película desde luego va explícitamente sobre liberaciones espectaculares de las propias ataduras. Menos explícitamente, muestra también cómo se perpetúan éstas—y aquí ya pasamos sin solución de continuidad del proyecto consciente de la película al inconsciente. Tommy es un adolescente desgarbado, retrasado, Roger Daltrey no pasa por teenager, claro; pero es que ha de ser un niño mal crecido sin crecer, encerrado todavía en el trauma edípico—por no decir en la fase del espejo (pues sólo se ve a sí mismo, y quizá a su padre, en los espejos).
Tommy es además un hamlet pasado por Cristo—(modelo del papel explícito de liberador y predicador que adopta al recobrar los sentidos), un Cristo que no sabe si está llevando bien a cabo las enseñanzas de su padre; ha de enfrentarse a la corrupción de la Iglesia como nuevo sanedrín, y ha de ascender solo hasta la Transfiguración, a intentar una vez más alcanzar la plena divinidad que un padre exigente le ha prometido cuando haya cumplido su misión—un padre empero cada vez más solar e inalcanzable.
La resurrección de Tommy tiene lugar en dos fases: en la primera, se convierte (aún sin consciencia propia) en un ídolo del pinball—emblema de la cultura adolescente urbana moderna, alternativa al mundo de los adultos y primer camino para alcanzar la autoimagen. Pero esa liberación es falsa, y requiere una nueva liberación que no es sino una repetición de lo ya andado—más alienación a través de la cultura de masas (con Sally Simpson adoptando ahora la postura alienada y con Tommy como falso liberador, también alienado). Es curioso que Tommy, antes de Parque Jurásico, es quizá la primera película con automárketing interno, que vende dentro y fuera de la película el mismo merchandaising: camisetas, colgantes, chapas de Tommy, como autocrítica postmoderna de la alienación consumista—y saca tajada de paso, claro. La propia música/película como falso ideal y producto de culto autodesconstruido:
Más drogas y rocanrol, más psicodelia. Más campo de vacaciones—ya decía el pequeño Tommy que tendría de mayor un campo de vacaciones, y en él se juntan la falsa religión de Lourdes, las falsas sectas que la ofrecen con otro envoltorio (como en la escena del culto a Marilyn), y la propia liberación de Tommy como falsa religión. Hay un elemento sin duda de reflexión del propio Townshend sobre la vaciedad de su papel como ídolo de masas—una consciencia de la propia alienación en el papel de estrella. (En The Wall, de Pink Floyd, se narra por cierto una historia similar, de padre ausente y carrera frenética del hijo por buscar no se sabe qué centro propio en un delirio de drogas y alienación...).
La cultura pop se contempla a sí misma con sarcasmo, como una falsa religión penetrada por el márketing, y que no tiene nada que ofrecer. La liberación ha de ser personal, y quizá el guionista sentía que su liberación estaba siempre empezando—aunque nos hace sospechar la estructura de Tommy que no hacemos sino correr de unos ídolos a otros, guiados por compulsiones demasiado profundas para analizarlas nosotros mismos. Al menos, vamos consiguiendo hacer carrera e ir reconociéndonos en el espejo, aunque a veces no conseguimos mantener una sana distancia con él y tendemos una y otra vez a atravesarlo. Tommy, o el emblema de la perpetua adolescencia–siempre llegando tarde a ocupar el lugar del padre. En la sociedad de consumo y del simulacro producido en serie, no saldremos de la adolescencia, y la apoteosis parece postponerse indefinidamente mientras la canción "Listening to you" nos vuelve a colocar una vez más en el papel de seguidores de viejos y nuevos mesías e ídolos de masas...
Tommy. Writer and dir. Ken Russell, based on Pete Townshend and The Who's rock opera. Cast: Oliver Reed, Ann-Margret, Roger Daltrey, Elton John, Eric Clapton, Keith Moon, Paul Nicholas, Robert Powell, Tina Turner, The Who, Jack Nicholson. Photog. Dick Bush. Exec. prod. Beryl Vertue and Christopher Stamp. Assoc. Prod. Harry Benn. Prod. Robert Stigwood and Ken Russell. Robert Stigwood Organisation, 1975.
A través deCinegoza me entero de que echan esta película de Besson—oops, perdón, de Bresson, Procès de Jeanne d'Arc (1962), justo a la vuelta de la esquina de mi casa, en un local cultural del Colegio de Ingenieros Industriales. En la vida me hubiese enterado si no. Así que explorando el barrio nos vamos con Abo y escuchamos la interesante presentación de Luis Betrán antes de la proyección. Ya iba yo a mencionar la malvada Juana de Arco de Shakespeare para añadirla a la lista de las Juanas, cuando la recuerda también el presentador.
La de esta película es buena, claro, una persona original, independiente y de fuerte determinación (algo extraterrestre), atrapada en la maquinaria de la política internacional y eclesiástica. Bastante interesante la insistencia en que fuese ella misma quien se vistiera de hombre, "sin forzarla"... es un decir, claro. Todo un asunto de domeñar la voluntad. Y de tratamiento de las voluntades va la manera de enfocar la película. La película se basa en la teoría de Bresson, un tanto minimalista, que quería añadir intensidad a los personajes a través del control rígido de los movimientos de los actores, a través precisamente de la inexpresividad (que lleva a apreciar los mínimos). La inexpresividad les sienta bien a los eclesiásticos, claro, pero no menos bien a Juana, presa de sus iluminaciones. Queda muy bien retratada la manera en que el Sistema totalitario (alegoría de los fascismos de la época de Bresson) no puede tolerar excepciones a su regla; a la manera del maoísmo, de 1984 o del panóptico foucaultiano (aquí una grieta en la pared de la celda de Juana, que da paso a la cámara)—hay que vigilar, castigar y hacer que haga "autocrítica voluntaria" la oveja negra. Y seguidamente se procede a su destrucción. La Iglesia en especial tolera mal cualquier contacto directo con la divinidad que cuestione su papel mediador. Los visionarios, místicos, inspirados, son sospechosos para los burócratas—sobre eso tiene muy buenos ensayos José Ángel Valente. En esta película el sistema disciplinario va bien servido por la severidad del método seguido por el director—que también es un totalizante.
Minimalismo de gestos, y minimalismo de punto de vista, también, a base de repetitividad de enfoques e inmovilidad de la cámara. En blanco y negro, por supuesto. Un tanto beckettiano queda a veces el resultado, más exactamente entre T. S. Eliot, Beckett, Dreyer y Eisenstein, haga usted un cóctel. Ahora bien, en absoluto me convence esa teoría del "cinematógrafo" que propugnaba Bresson, supuestamente para vaciar al cine de "teatro"... Lo que sí consigue es poner todo el proceso bajo un control más estricto del director (un poco como Beckett dictando los gestos y movimientos de ojos a los actores en sus acotaciones). Se vacía artificialmente, de modo bastante sistemático, la expresividad de los actores y la interferencia de estilos de actuación identificables, o que estén de moda—en ese sentido, se subordina el trabajo de los actores("modelos" decía Bresson, no quería ni actores) al Plan del director-Auteur. Pero el resultado es en todo caso antes más teatral que menos. Contribuye por cierto la repetición obsesiva de encuadres y de movimientos en la escena. Un teatro del siglo XX, pero teatro, por supuesto. Todo esto (así como el rechazo a otros directores, estilos, etc.) parece más bien una manera que tenía Bresson de ponerse anteojeras para hacer lo que quería hacer a su estilo—en absoluto una teoría fiable sobre la relación mutua de cine y teatro. Hay que tener cuidado con el minimalismo, que a base de vaciar, no acabe en mini-malismo... Y es que quitar no es siempre añadir, a veces te encuentras que queda poca chicha.
No es siempre ese el caso en esta película, que a pesar de su dieta estricta tiene momentos inolvidables y no a base de machaconería: lo son los primeros, y sobre todo las secuencia última, con Juana por fin vestida de mujer y andando a pasitos de falda de tubo hacia la hoguera—y el humo abstracto, y el tronco quemado al final. Y sí, es en cierto modo más intensa que la de Besson. Pero Juana de Arco aún esperaba a quien se haga con toda su historia con más energía y ambición (y no sólo con unos planos selectos), y, aun al margen de las batallitas, Besson también hizo cosas que no habían hecho sus predecesores... mal que les pese. Pero aún queda material aquí para futuros directores, me parece.
Volviendo a Zaragoza a recoger el pendiente que nos esperaba bajo la lluvia, aprovechamos para ver otra cosa que teníamos pendiente, la película La Vie en Rose (dir. Olivier Dahan) Es uno de los raros casos que se me ocurren de una película a la que se le cambia el título original en francés (La Môme) por otro.. también en francés. Más identificable para el público español, es cierto. Fuimos a verla en parte por cotejar y comparar con el musical Piaf: Une vie en rose et noir, donde vimos hace poco (en el Théâtre Dejazet de París) una impresionante actuación de Natalie Lhermitte cantando en vivo como la propia Piaf, y no exagero. Según el autor de ese musical, allí iban a atenerse estrictamente al mito de la Piaf. Aunque por lo que me parece ver, la historia y el mito están a estas alturas bastante entrelazados y... cualquiera los separa.
Desde una consideración histórica, habría que atender un poquito a la Piaf de 1940 a 1945—la que cantó para los nazis. Eso no forma parte del mito, desde luego, y no entra en los planes ni del musical ni de la película. Ambos se centraban en Piaf vista por Piaf, y allí no entraban mucho los nazis en consideración: sólo la larga serie de parejas, los enamoramientos compulsivos, amores de usar y tirar; y el mito personal—la infancia saltimbanqui, entre burdeles, la protección de Santa Teresita que le devolvió la vista, el accidente de avión que le destrozó la vida en pleno enamoramiento (antes de que se cansase), las drogas y enfermedades alternadas con retornos de gran éxito, hasta la destrucción final. Una tonadillera francesa a la tremenda, que transformaba en grandes éxitos, filtrados por su voz, los amores arrastrados que le destrozaban la vida.
Mucho más larga que en la película era la serie de amores en la vida y en el musical—aquí no vemos ni a Moustaki ni a Montand, otros pasan sin apenas presentación… La película sugiere una serie incompleta de episodios, nos muestra que podría contar mucho más de lo que cuenta. También. Pero de los años cuarenta en Francia—ni rastro. Cualquiera diría que los pasó íntegramente en los Estados Unidos, si nos atenemos a esta película. Aún queda espacio para volver a reexaminar el mito.
La película, dicho esto, es magnífica. No hay que perdérsela. La ambientación es impecable, llevándonos desde la francia casi decimonónica de la infancia barriobajera de Edith, pasando por el lujo neoyorquino de los cuarenta, hasta los años de los aeropuertos internacionales, las autopistas, y los cantantes pop yonkis—era inaugurada por ella misma. Impecable esta representación de diversas épocas, tanto más superpuestas cuanto que la película nos lleva en flashback y flashforward desde la primera posguerra a la segunda.
Han destacado la actuación de Marion Cotillard, una de tres actrices que interpretan a Piaf (desde los veinte hasta los cuarenta y ocho años ella). Y en efecto, las tres son muy buenas—todos son muy buenos—pero a esta Marion, por favor, que le lleven directamente el Oscar a su casa sin esperar más, el de la actriz principal y también el de la secundaria, porque parece varias personas a la vez que parece talmente la misma Piaf—a quien no se parece en absoluto, por otra parte. Una actuación inolvidable, que deja chiquitas a todas las que hemos visto en biopics similares recientes (Ray, Walk the Line, The Queen)… Y si sólo fuese la actuación de Cotillard lo que tiene esta película de primera línea, pero en absoluto. Seguiría siendo un peliculón tremendo sin ella—pero por favor que le lleven el Oscar directamente y sin esperar a ver más.
El planteamiento argumental es excelente. Comenzamos con una repelente y desagradable Piaf madura, pagada de su éxito, superficial hasta la exasperación y ahogándose en una fiesta continua de drogas y alcohol. Mediante flashbacks vamos viendo a la vez de dónde viene y a dónde va, y las razones de todo ese extraño desfile donde Piaf va encargando champán a gritos mientras su cohorte de empresarios, amigos, dependientes y parásitos tranquiliza al personal y tira de chequera.
Es, básicamente, la historia de una personalidad adictiva y dependiente, procedente de una familia desestructurada, y mal crecida, mal madurada, con necesidades emocionales ávidas y destructivas, y una inseguridad e incertidumbre de base enterrada bajo el éxito y los aplausos; una construcción de muchos y de sí misma, que tiene que seguir pedaleando para no caerse—es curiosa realmente la cohorte y la manera en que la llevan, a la vez amigos que la protegen, esclavos que la temen, y siniestros manipuladores que la drogan para exprimirle una actuación más. Protegerla de sí misma era lo más difícil, pues iba encaminada a la autodestrucción. Tampoco la suerte la acompañó, con sus múltiples enfermedades que la llevaban a la morfina en círculo vicioso… a los cuarenta y cinco años parecía Piaf una octogenaria. Pero su voz estaba intacta, joven y fuerte, y eso quizá acabó de arruinarla llevándola a seguir cuando el cuerpo no daba más de sí.
La môme, la cría, se titula la película en francés, y dice mucho el título sobre la visión del director (relectura irónica del nombre artístico que la lanzó a la fama, la môme Piaf). En cierto sentido nunca maduró: se endureció y se arrugó (mal endurecida y mal arrugada) pero emocionalmente nunca se hizo cargo responsablemente de su vida, y la quemó como un niño al que le dan un millón de pesetas y se compra un millón de piruletas. No venía de la burguesía Piaf (pas dame, pas dame), y esas cosas del ahorro, la prudencia vital, el qué dirán, no iban con ella; se fundió la pasta en una fiesta gloriosa digna del cateto más cateto. Aquí en España hubiera sido tonadillera analfabeta de las de torero y puñalá; en Francia, el equivalente resultaron ser los matelots, legionarios y boxeadores, que castigan bien a su mujer (es mi hem-bra) y la dejan amoratada moralmente, entre alcohol y moraduras. Y viceversa, ella a ellos; "mon manège à moi c'est toi", todo el día girando, que si la vida es un tiovivo, si se para es un rollo; pasemos a la montaña rusa, y luego al túnel del espanto. (Nos dice en la película: "¿Sabes que nací el mismo año que Billie Holiday?"—otra que tal...).
La técnica de los flashback impredecibles, sin mucho orden ni concierto aparente (esto ha sido criticado) es adecuadísima para dar cuenta de cómo el pasado sigue presente, sigue gobernando el presente, no se ha superado, sino que vuelve y vuelve, en las compulsiones del comportamiento, en el delirium tremens, en las letras de las canciones que nos recuerdan algo por lo que ya hemos pasado, y volveremos a pasar.
Cet air qui m'obsède jour et nuit Cet air n'est pas né d'aujourd'hui Il vient d'aussi loin que je viens Traîné par cent mille musiciens.
No partía de cero, precisamente, la Piaf, y la ilusión de hacerlo la llevaba a repetir compulsivamente lo que pensaba que había dejado atrás. Y vuelta a las relaciones de dependencia y explotación, y al enamoramiento insensato, y a la ducha de champán, y a la ruptura escandalosa, y al túnel de las drogas. Para mito nacional, esta adictiva compulsiva queda ciertamente poco edificante, y así lo muestra la película, pero también nos muestra otras caras del personaje que nos hacen entenderlo poco a poco. La anciana prematura que ha quemado su vida demasiado deprisa, recordando los momentos que la marcaron, y viendo en sus últimos momentos cómo su vida desfila como una colección insensata de escenas sin consistencia suficiente: insensata la vida de los insensatos, como la de los sabios, toda sound and fury, vista desde ahí; para vivir los grandes amores hasta los posos hay que ser tonadillera sin estudios. En uno de los últimos flashbacks descubrimos uno de tantos años perdidos, una de tantas parejas perdidas atrás: y vemos otra escena que la marcó y la hizo huir hacia adelante: la muerte de su criatura por meningitis. Y descuido, quizá… para pasar a convertirse en un error más que queda atrás, y un fantasma que volverá a atormentarla en los momentos finales. Y un indicio de tantas otras cosas que quedan a medio hacer, a medio pensar, a medio sentir.
También permiten los flashback terminar no con la muerte, sino en pleno canto, en pleno comienzo de nuevo. Porque la adicción a las drogas de Piaf se complementa con su adicción al público. Esta se desarrolla gradualmente: al principio es torpe, y hay que construir al personaje (en rosa y en negro); allí la ayudan sus asesores. Pero luego se vuelve ella el personaje, se amoldan mutuamente, y al final da igual que escriba ella sus canciones o que se las escriban, la compenetración entre la persona y el personaje es perfecta. Y necesita además de la inyección de morfina el subidón que le da el público, no sólo para rellenar sus arcas y las de la cohorte, sino para terminar de vivir su destino hasta el final, y terminar de convertirse en el sujeto parlante de sus canciones, ya reducida a sus grabaciones—esa otra versión del más allá y la existencia angélica. En vida la vivía esa existencia angélica (abstraída del mundo) sólo durante los conciertos, y durante el delirio de la morfina y del enamoramiento, tres drogas que la llevaban una a otra.
Y nos permite la película quedarnos con las dos verdades: con la mentira del personaje construido, con el chute de morfina, con las ordinarieces de diva barriobajera; y también con el personaje sublimado con las canciones, en el que no sólo la Piaf sino todos los que la oímos nos proyectamos sabiendo que hay un tipo de verdad que sólo se encuentra en las ilusiones y en las ficciones, y en las melodías que nos vienen de tan atrás.
Hay una escena—uno de los "momentos cinematográficos" como quien diría los "momentos lingüísticos" de Hillis Miller: cuando el cine trasciende el mero ilusionismo mimético juega abiertamente con su capacidad de crear ilusiones que podemos confundir con la realidad. Es uno de los momentos cruciales—tantos hay—de la vida de la Piaf. Esta en plenos amores adúlteros con su gran amor—tantos hay—el boxeador Marcel Cerdan; ella en América, él en Marruecos con su esposa. Le pide que viene, que busque una excusa, que coja el primer vuelo—ahora, ahora. Y en efecto, se despierta en los brazos de Marcel recién llegado, y lo abraza; va a prepararle un café para darle la bienvenida, y se extraña de las actitudes de su cohorte de seguidores, que van errantes por el piso, la contemplan alicaídos, y apenas se atreven a dirigirle la palabra. "Pero qué os pasa, para qué habéis venido, qué me queréis decir"—y es que la escena de la bienvenida a Marcel es la expresión de un deseo o un delirio: en realidad su avión se ha estrellado: ha muerto— eso le dicen sus amigos mientras ella aúlla viendo la habitación vacía, y corre llorando por el pasillo para salir —una transición inmediata, imposible, —directamente ante los focos a la escena del concierto, a enseñarle al público, en vivo, el espectáculo de sus emociones.
Ahí sigue el show, en las canciones y ahora también en la pantalla: viviendo el momento y huyendo hacia delante, une folle farandole, pero con el pasado a cuestas. Como todos, pero más. ¿Dejarlo atrás, al pasado que nos ha hecho lo que somos? Ya querríamos—pero de eso, rien de rien. Quién va a cuidar si no a los fantasmas. Nos volverán en flashback.
Vaya película tan desagradable. Bueno, no digo que no sea como la vida misma, pero vaya si es desagradable. Asunto básico: lesbiana sexagenaria (Barbara, Judi Dench), amargada profesora de instituto cuya agenda social es un "desierto ártico", se hace amiga siniestra de una colega novata (Sheba, Cate Blanchett). Decide apropiársela como araña a mariposa; la telaraña se la proporciona la propia novata, cuando descerebradamente se enrolla con un alumno y es descubierta por Barbara. La cosa es complicada en términos legales, y más porque Sheba es casada, tiene un marido mayor (antiguo profesor suyo) y una parejita de hijos, niña en la edad del pavo y un niño con síndrome de Down muy cargante. Aunque ellos lo llevan esto del Down con buen humor y soltura, al final... down down down. Peta la madre de familia bajo presiones psicológicas y frustraciones inconfesas, sueña con recuperar su vida donde la dejó cuando la sedujo su profesor (Bill Nighy) que también era casado... A esto se suman las frustraciones profesionales, con estudiantes extremadamente multirraciales en ambiente tenso, drogas, nulo pero nulo interés por el estudio... así que sin saber cómo se ve la pobre o la tonta enrollándose con un quinceañero muy hormonado que le tira los tejos. No se presenta esto como una historia de amor, sólo como una válvula de escape sexual para la tensión interna acumulada, pero menuda válvula que crea más tensión... Como se ve, la novelista y el guionista gustan de recrearse en las fragilidades o incoherencias humanas, y no es precisamente para apiadarse de ellas, sino para mostrar cómo interactúan. Su plato fuerte es, naturalmente, la solterona Barbara, que al descubrir al affair de su "amiga" le va apretando las tuercas, amenazándola con denunciarla a la vez que se le va aproximando, haciéndose imprescindible, haciendo manitas... y lo más incoherente de la película (aunque ni se puede decir esto con seguridad, tan descoyuntados internamente están los personajes) es que Sheba responde a la chantajista favorablemente, casi echándosele en los brazos, a la vez que guarda la distancia, claro, porque las fantasías de amistad lesbiana a lo Virginia Woolf son todo pajas mentales de Barbara. Esta narra voz en off, porque lleva un diario, desprecia a todos, es sarcástica, agresiva, y a la vez románticamente tonta como esas niñas de doce años con amiga favorita, pero se ha arrugado y amargado... Como se supondrá, Judi Dench ha trabajado su cara durante toda la vida para llegar a este personaje, y lo hace a la perfección (como los demás actores principales, por otra parte). Al sentirse minusvalorada, desata Barbara el escándalo haciendo correr un rumor. Significativamente, elige insinuárselo a uno de los muchos profesores a quienes se les cae la baba por la bella Sheba... al más vil, envidioso y rastrero. Que será naturalmente el que tire la primera piedra, aunque él era el primero que quería sondear a ver si Sheba estaba disponible para un rollete... Y así todo. Bajezas humanas, vilezas, y no me refiero precisamente al affair entre la profe y el niño (implausible gran amante, por cierto). Este pecado venial es voceado por la familia, los colegas, la prensa nacional, el poder judicial: hordas de reporteros van siguiendo a Sheba cuando su marido la echa de casa; decididamente algo va mal con la hipocresía ambiente de un país cuando semejante asunto se convierte en sensación mediática. Loud Rumour. Sheba es sólo un chivo expiatorio, porque estos casos no son precisamente raros. Ahora bien, una de las cosas más curiosas de la película es que ni juzga esto ni deja de juzgarlo ni lo relativiza: sólo lo utiliza como su medio ambiente para análisis de caracteres y relaciones envenenados. Vaya, si al final resulta que hasta me habrá gustado la película. Pero no, algo falla: es desagradable. Creo que la película es tan mezquina y asfixiante, a su manera, como los personajes que retrata; por ahí va la cosa. A veces cae, sintomáticamente, en el melodrama más mezquino y la caricatura (o la alegoría—con deciros que se llama Covett la chupóptera moral...). El espectáculo, sin embargo, es educativo. Si Barbara es una narradora no fiable en su diario-voz en off, resulta que tampoco es mucho más fiable ningún otro personaje, ni el guionista, ni el compositor, y menos que nadie el director— y eso nos deja sin muchos puntos de referencia; la vida vista a través de esta película es una tragicomedia grotesca y absurda. Y además, a todos nos interesa el escándalo: si no no la iríamos a ver. Así que pasen y vean, y salgan con mal sabor de boca.
Notes on a Scandal. Dir: Richard Eyre. Screenplay by Patrick Marber, based on the novel by Zoë Heller. Cast: Judi Dench, Andrew Simpson, Bill Nighy, Cate Blanchett. UK, 2006.
Una de las mejores películas del 2005, dirigida por Fernando Meirelles, y basada en la novela de John Le Carré. Se presenta como un ataque contra las políticas abusivas, racistas y neocoloniales de las compañías farmacéuticas, utilizando a los africanos como conejillos de indias para sus productos antes de su comercialización oficial. Todo con la previsión (o esperanza) de que haya una pandemia de tuberculosis en el futuro próximo, y se forre quien sobreviva y tenga la medicina a punto. Según dice Le Carré en los créditos finales, aún ha suavizado mucho la realidad... y eso que la de la película incluye sobornos masivos, tratos con mafias, asesinatos de voluntarios ONG entrometidos, y connivencia entre las embajadas de Occidente y los negocios sucios oficiales y extraoficiales. Una de las cosas que hace muy bien es mostrar los lazos subterráneos pero muy reales que unen a los negocios y a la política en el mundo globalizado donde si alguien estornuda en Europa le cae algo en la cara a un africano.
El "jardinero fiel" es el protagonista, Ralph Fiennes, diplomático británico de segunda, que vive feliz siguiendo la corriente a sus superiores, no metiéndose donde no le llaman y dedicándose a la jardinería. Quizá sea esto de la jardinería una alusión al Cándido de Voltaire, que al final desesperaba de arreglar el mundo y adoptaba la máxima de "cultivar su jardín". Aquí la filosofía de Fiennes, si era esa, sigue el camino inverso: a través de su esposa, ricacha metida a voluntaria investigadora anticapitalista, se ve envuelto en la intriga de destapar a los diplomáticos corruptos y a las multinacionales asesinas, en especial cuando la asesinada es ella y su colaborador africano (y gay, aunque a Fiennes le presionaban con anónimos denunciando un affaire entre ellos).
Pasa pues Fiennes de diplomático escurridizo a investigador comprometido, y rompe con ello todas las reglas de etiqueta diplomática y los sobreentendidos y old school ties de la embajada; pasa de europeo con campo de fuerza protector a víctima voluntaria, que va a que lo asesinen al mismo sitio donde habían matado a su mujer. Ésta a su vez pasa de ligeramente histérica y mala cabeza, e incluso sospechosa de frivolité, a ser una santa inspiradora que se le aparece a Fiennes en flashbacks y le recuerda su auténtica misión: comprometerse de verdad con lo poco que se pueda hacer, ya que todo no lo van a poder salvar. Abandona el jardinero su jardín, sin por ello perder el escepticismo y pasar a creer que el mundo tiene remedio. No lo tiene, los malos son demasiados poderosos, pero hay que morir luchando. Y eso requiere, en su caso, dejar de ser un británico protegido por los sobreentendidos del postcolonialismo, para ser un hombre sin patria (mi patria eres tú, le dice al fantasma mental de su esposa) y sacar las consecuencias de que las vidas y caras negras que ve pasar todo el día por delante de él son seres con la misma dignidad y derecho a la vida que él. Abre los ojos para darse cuenta de que la violencia tiránica, la opresión abusiva y genocida, está en sus mismas narices si elige verla.
Es, sobre todo una película sobre (y contra) los sobreentendidos que rigen los tratos entre los gobiernos y los poderosos. El mayor sobreentendido: que no hay que salirse del tiesto y cuestionar las maneras de hacer que nos vienen dictadas por nuestros superiores, ni cuestionar sus acciones ni métodos aunque nos parezca que no cuadran con lo que predican. Sobre eso va el primer flashback de la película, cuando Fiennes conoce a su esposa Weisz. Él leía una conferencia de circunstancias de su jefe (la voz de su amo, vamos), alabando la diplomacia y la democracia. Y desde el público le interpela Weisz: "¿Diplomacia? ¿Democracia? Y qué hacemos declarando la guerra a un país (Irak) por seguidismo a los americanos?" —Pues sí, qué pregunta tan incómoda, verdad... Aquí en España, al PP a estas alturas aún le entra por un oído y le sale por el otro, esa pregunta. Aunque lo de "haz lo que diga el jefe, sin chistar, y tu criterio te lo guardas en el bolsillo" se lleva mucho en todas partes—qué tal si empezamos por mirarnos al espejo, y no hablo por mí, claro.
Peca de fatalismo o derrotismo la película cuando va Fiennes a que lo maten al lago donde mataron a su mujer. (Matones negros, claro, triste ironía). Es romántico, pero es sentimental y derrotista. Aquí no gustar. Puestos a salirse del tiesto, es aconsejable en las ejecuciones darle una patada en los huevos al verdugo, aunque quede poco serio y aunque sea un mandao.
En cuanto a méritos, aparte de meterse en camisas de once varas con una valentía que pocas películas tienen (me acuerdo sin embargo de El señor de la guerra), no es el menor de los méritos de esta película la manera en que está filmada, con mucho juego de imágenes pregrabadas en el ordenador, flashbacks que mantienen la intriga e incertidumbre sobre las acciones y motivos de Weisz simultaneadas para el protagonista y para el espectador. Y un retrato de África inolvidable, con el colorido increíble y la mezcla caótica de primitivismo y modernidad, la pobreza atroz y las caras sonrientes, con mafiosos embrutecidos y pobres infelices pillados por enmedio, todo filmado a modo de documental, para recordarnos que la mayoría de esas caras que vemos en el trasfondo no son actores, precisamente. Mejor la próxima vez me cojo una de Woody Allen—los occidentales tenemos donde elegir, aunque normalmente lo hacemos sin pensar.
The Constant Gardener. Dir. Fernando Meirelles. Written by Jeffrey Caine, based on a novel by John LeCarré. Cast: Ralph Fiennes, Rachel Weisz, Danny Huston, Bill Nighy, Pete Postlethwaite. Music by Alberto Iglesias. Ed. Claire Simpson. Prod. des. Mark Tildesley. Photog. Cesar Charlone. Co-prod. Tracey Seaward, Henning Molfenter, Thierry Potok. Exec. prod. Gail Egan, Robert Jones, Donal Ranvaud, Jeff Aberley and Julia Blackman. Prod. Simon Channing Williams. Focus Features / UK Film Council / A Potboiler Production / Scion Films, 2005.
Si os pide el cuerpo ver una bonita película sobre el perdón (a los demás y a uno mismo), la reconciliación, el fin del luto, la aceptación de la muerte, el desbloqueo emocional y el la recuperación de la esperanza tras una crisis… pues aquí hay una.
También es una película sobre el maltrato y la culpa interiorizada de la mujer maltratada. Cuando la protagonista (Jennifer Lopez, "Jean") deja a su pareja harta ya del maltrato, el malo la persigue, e intenta secuestrar a la hija de ella. Está bien llevado el tema, con aproximación gradual primero y retorno esperado y repentino al final. Y para alivio del espectador, al maltratador le sacuden entonces a gusto y la catarsis es satisfactoria. En la vida pasa menos, y normalmente se da más el ritual ya establecido de degollar a la mujer y luego intento de suicidio (allí ya les falla más la mano).
También es una película con oso insistente, para quienes les gusten las películas con oso insistente (Anthony Hopkins tiene una muy buena). Naturalmente, hay un paralelismo entre el oso insistente y el maltratador: los dos son pelirrojos. Oso sugerir además un tercer elemento para la triangulación simbólica: el oso es el peso del pasado que nos atrapa en sus garras una y otra vez, y que vuelve como un return of the repressed: así ve venir Morgan Freeman ("Mitch") al oso que le había atacado y dejado inválido el año anterior, como una pesadilla que se repite, corriendo hacia él,… pero no, esta vez el pasado se va al monte.
Morgan es el viejo trabajador fiel de la granja de Robert Redford ("Einer"), un sueco cascarrabias, resentido con su antigua nuera (la maltratada) porque su hijo murió en accidente de tráfico conduciendo ella, hace años. Ahora viene la maltratada a refugiarse a su casa, con la nieta que ni conocía el abuelo, y la recibe de muy mala gana. Sólo Morgan (en su papel de negro, la autenticidad emocional) trabaja a favor de la reconciliación, y al final lo consigue. De hecho Morgan era el único que mantenía atado a Redford a la vida, porque se sentía obligado a cuidarlo y freírlo a inyecciones de morfina. Cuando el oso le atacó, estaba Redford deprimido y zorro como una cuba. Ahora su remordimiento es grande, y a la vez que despotrican uno contra otro, hace todo lo que le ordena o sugiere Morgan Freeman. "Libera al oso" (que estaba en el zoo local), le ordena. "Vale". Y lo libera, y el oso, pasado traumático, regresa por la carretera a por Morgan… pero como digo ya estaba el trauma en vías de curación, menos mal.
En parte se supera el trauma porque el oso también le magulla a Redford. Arriesga éste su vida por salvar a su nieta del oso (la había adoptado como sustituta de su hijo, y le hacía hacer labores de chico, pero mete ella la pata mientras liberaban al oso…). En fin, con su castigo en el cuerpo, ya está Redford más curado. También va superando su misoginia aceptando a la nieta primero, y a la exnuera Jennifer poco a poco. Toda una reeducación emocional a los setenta años.
"Entiérrame con tu hijo", le dice Morgan. "Te pensarás morir primero, ¿no?" le contesta Redford. Pero como se ve, la comunidad armoniosa final pasa por integrar a los negros en la familia (y a los hispanos, supongo). Es esa la América política de esta película, cuando Freeman se atreve a bantear con su patrón llamándole advenedizo, "inmigrante de segunda generación".
El trauma luctuoso de Redford requiere repetir el pasado con las posiciones cambiadas, para ser superado. Su hijo murió por accidente, lo ha de aceptar ahora que la niña, por accidente, lo compromete a él con el oso. Así perdona Redford a la madre Jennifer, y acepta que se eche de novio al sheriff del pueblo; también en eso hay final feliz (otro tío decente en su vida, por fin, después de autocastigarse yendo con castigadores). Durante toda la película iba RR a intervalos regulares a hablarle a su hijo a la tumba, donde pone en la lápida An unfinished life (título inglés de la película). Ahora terminará esa vida por fin, suponemos, y si vuelve Redford a hablar con la tumba de su hijo ya no será en el mismo tono; la muerte volverá a estar por delante de Redford (por ejemplo la de Freeman, o la suya) y ya no anclándolo al pasado, viviendo un tiempo pernicioso postmortem de luto inacabable. Mientras esté la muerte por delante, también lo estará la vida (de ahí el título español), en lugar de ser algo que tuvo lugar en otro momento, antes de que llegase esa muerte que paralizó el tiempo.
Una película sobre trauma, por tanto; y que necesita una catarsis para volver a poner las relaciones y la esperanza en movimiento. No sorprenderá que la catarsis sea también a base de tortas, las que recibe Redford del oso, y las que le arrea al otro oso, al maltratador. Primero lo despacha del pueblo a punta de rifle cuando rondaba a su exnuera, con un diálogo de enmarcarlo en esa escena, mientras se baja del coche del maltratador, con rifle, y le dice que siga camino y no vuelva. Este le contesta
- Me parece que ha visto demasiadas películas del oeste, abuelo.
- Quizá. Pero eso no trabaja precisamente a favor tuyo.
No captando la frase, el maltratador vuelve… y aunque los tiros se los lleva su coche, RR le parte la cara a base de bien; y entendemos que esta vez no volverá más. Ni él, ni el oso que sube monte arriba, más allá de la tumba del hijo, con Redford mirándolo con cara de aceptación de cómo son las cosas.
Una película, pues, sobre cómo el trauma bloquea el tiempo y nos enreda en una fenomenología temporal perniciosa, de las que analiza Gary Saul Morson en Narrative and Freedom. Las relaciones humanas, reelaboradas, resimbolizadas, repetidas con diferencia, desplazadas, vienen a ser aquí una psicoterapia viviente, un simbólico de las emociones que buscan su lugar adecuado mediante fusiones de los símbolos de lo deseado y de lo abyecto, desplazamientos simbólicos que buscan reestablecer una relación sana con la propia vida y con los demás, y permitir que las emociones fluyan hacia los vivos, en lugar de hacia los muertos (lo cual viene siempre a ser dirigirlas hacia nosotros mismos). Así supera Reford su egoísmo, gracias al puente que le tiende Freeman hacia la humanidad que lo necesita.
Y hace falta lo suyo para el flujo de emociones, porque en el ambiente de pueblo rutinario en que vive Redford (vivir en un pueblo es casi vivir en el día de la marmota, y esto lo capta muy bien la película), las relaciones no se basan en comunicación abierta, sino en sobreentendidos—lo que permite por ejemplo el banter despiadado con Freeman. No es un sitio muy propicio a hablar las cosas directamente, sino que se presta precisamente más bien a lo que hace la película: mostrar cómo pequeños gestos significativos simbolizan lo que se empieza a sentir pero no se querrá confesar nunca. Yo es que también soy de pueblo. De hecho, hasta el paisaje de Wyoming de esta película se parece bastante al de mi pueblo; quizá por eso me haya gustado tanto la película.
An Unfinished Life. Dir. Lasse Hallström. Screenplay by Mark Spragg and Virginia Korus Spragg. Cast: Robert Redford, Jennifer Lopez, Morgan Freeman, Becca Gardner, Josh Lucas, Damian Lewis. Cinematography by Oliver Stapleton. Prod. des. David Gropman. Art dir. Karen Schulz Gropman, James Steuart. Ed. Andrew Mondshein. Music by Deborah Lurie. Exec. prod. Su Armstrong et al. Prod. leslie Holleran, Alan Ladd Jr., Keliann Ladd. 2005.
Película que en español le pusieron el título de Mis dobles, mi mujer y yo o algo así. Es una comedia sobre tensiones matrimoniales entre Andie MacDowell, que quiere trabajar, y Michael Keaton, que ya no daba abasto y van y le suben el cupo de tareas caseras. Así que para llegar a atender sus múltiples facetas se clona, y se reclona, y el clon se clona... bueno, ahí para la multiplicidad. No es de ciencia ficción ni de clonaje, por supuesto, sino de personalidades reprimidas que salen a la luz, o más bien al revés; va sobre la disciplinación de los yos posibles y la consecución de una identidad idealmente sólida y unificada. Al volverse insostenible la proliferación de clones, y sin que llegue a descubrirse el pastel (ni se clone la chica a su vez), decide Keaton enviarlos a que vivan su vida a otra parte y volver a una relación equilibrada y razonable, y centrarse en un ego tolerable para la monogamia heterosexual. Porque un yo era hipermacho, workohólico y a la vez tipo cerveza/eructo; otro era encantador, su lado femenino, pero demasiado dulce y modosito y metrosexual; el tercero (el clon de clon) era la tentación de sacar el tarugo que algunos tendrán dentro. Da para lucimiento de efectos especiales multiplicadores, y de estilos de actuación de Keaton; también se apunta el motivo de los mundos posibles superpuestos. En cuanto a entradas y salidas y equívocos, tiene la película la dinámica de un vodevil naturalmente, pero sin mucho lío de faldas; y en suma es un canto al equilibrio emocional con los demás y consigo que da la monogamia. Aunque como bien sabemos—to our cost— los monógamos, más bien sucede al revés—aun sin llegar a la esquizofrenia de la bigamia—y es que esto es una comedia. Más que exteriorizarse y expulsarse, los clones o simulacros se interiorizan y asumen, o se vuelve uno más bien su propio clon. La procesión, o precesión, ya se sabe... por dentro, y por fuera.
Multiplicity. Dir. Harold Ramis. Cast: Michael Keaton, Andie MacDowell, Harris Yulin, Richard Masur, Eugene Levy, Ann Cusack, Brian Doyle-Murray. Panavision. USA, 1996.
Ponte las pilas, vente a las Termópilas. Es éste un tebeo visual basado como quien dice plano por plano en una narración gráfica en viñetas, y que utiliza las texturas, composición y a veces las modalidades de transición entre escenas propias del cómic. El resultado, si se le añade un impresionante trabajo de animación digital, es delicioso para amantes del cine visualmente impactante, y sólo por eso conviene no perdérsela. Ahora, viniendo de donde viene, no es para gente que le haga asquillos a la extravagancia, ni para amantes de la exactitud histórica, ni para quienes quieran finura ideológica. El género es épico-patriótico, heroísmo macho tanático a tutiplén, así que quien vaya se prepare para oír nuevas versiones del patriótico discurso de San Crispín en Enrique V de Shakespeare (hay que ver si da de sí Shakespeare)—"Quien sea hombre de verdad, que me siga; vamos a la muerte, pero ganamos la inmortalidad y el honor". Otra vez la band of brothers, muriendo para que el futuro hable de ellos, como en la Troya de Petersen o en Alejandro Magnode Oliver Stone. Bien, pues sí, así está el patio, en el siglo XXI como en el XVI como en el V a.c.—al menos si te metes en según qué películas.
Los iraníes han prohibido esta cinta, aunque tienen sus dificultades mentales para identificarse con los persas de antaño, que eran infieles, y además negros, según se ve en la película. Tampoco será la única que prohiban, vamos. Pero ésta es especialmente ofensiva porque da ciertos síntomas de ir preparando la avanzadilla del próximo ataque a Persia por parte de Bush. Claro que esto es cuestión de interpretaciones, y puestos a interpretar, podrían haberse identificado los neopersas con Leónidas, por qué no. Arriba pongo una ilustración de Ahmadineyad resistiendo las seducciones del Nuevo Orden Mundial: hombre negro quererle aplicar la ley del embudo, y hablar con lengua de víbora.
Lo bueno y lo malo del género popular hiperhisterizado de una producción de Hollywood basada en un comic es que los mensajes ideológicos son a la vez primarios y ambiguos; extremadamente simplistas y extremadamente reversibles, a la manera en que funcionan estos retornos súbitos de lo reprimido. Para empezar, nos las vemos aquí con una cultura de hipermachos infanticidas, los espartanos, que educan a sus hijos en la perpetuación de la violencia. Ah, sí, también son al parecer la única esperanza de que la Humanidad alcance el estado de bienestar que le vaya a permitir iluminarse, y liberarse, y elaborar esta película. Para terminar de potenciar esa imagen no está mal que los ilotas brillen por su ausencia, y que veamos en Esparta una democracia de hombres libres dispuestos a resistir a las tiranías orientales.
Hombres, digo. Porque las contradicciones de los buenos siguen apareciendo. Primero son liberadores de las mujeres—al emisario persa le sorprende que se deje intervenir a una mujer en una conversación de hombres. Luego vemos que en todas partes cuecen habas, y en Esparta a calderadas. No sólo no se ven por ninguna parte los filósofos, sino que la casta sacerdotal a la que siguen los espartanos tiene serios problemas de enfermedades cutáneas. Leónidas los desprecia, él sí es un ilustrado progresista, pero son estos asquerosos sacerdotes los que deciden si hay que hacer la guerra a los persas o no. Y en Esparta a las mujeres las tratan como basura, estos iluminadores del mundo occidental; aún gracias que la mujer que más vemos es la reina, pero con su dignidad real y todo, la viola con su consentimiento (sic) el malo de la película, mientras su marido está mostrando su metal a los persas. "Esto te va a hacer pupa", le dice con su cara de Willem Dafoe.
La idea era que la dejasen hablar a la reina, aunque sea mujer, ante la Cámara de Representantes, y al final la dejan, pero con asquillos (y allí mata a su violador). Estos representantes son los Demócratas, que se niegan a enviar más tropas a la guerra contra el terror, mientras unos pocos valientes están defendiendo en un congosto (alegórico de la penetración anal) si Occidente ha de caer o pervivir.... Al final, tras la muerte de Leónidas, se impone la razón, y por fin los griegos luchan contra el Terror Oriental usando todo el poder de sus armas nucleares, en lugar de quedarse en casa con los niños y las mujeres.
Oriente es que da asco. Todo orgías a tiempo completo de lesbianas deformes, o bien ninjas sin vida sexual creíble; brigadas sobrantes del ejército clon del General Grievous, orcos de las cavernas... gente a la que no se le puede conceder el sufragio. Está liderado Oriente por Jerjes—un Cleopatro de catafalco, un guardián de club gay sado/maso, que quiere hacer que todo dios se arrodille ante sus calzoncillos dorados y pague peaje poniendo el culo. Es justo que ya que Leónidas no logra matarlo, al menos le arranque algunos de los piercings de más que lleva, ensartándoselos con un lanzazo. Lo que supongo será también una expresión más indirecta de deseos alocados... Es ésta una película muy interesante para gays de los de gimnasio, aceite y braguero prieto, pero únicamente si tienen ciertos problemas de auto-odio. Como digo, lesbianas jorobadas, homosexualidad sado-maso, satanismo (del de choto), la parada de los freaks, todo eso es lo que nos ofrece Oriente. ¿Pero no era Occidente el que traía la decadencia al mundo? Yo creía que a los gays en Teherán los ejecutaban. En fin, que termina Leónidas con más flechas clavadas que San Sebastián. Y es que en estas batallas de homosociales contra homosexuales, al final ya no sabe uno en qué equipo juega.
Como digo, los mensajes a este nivel de histerización pop son totalmente reversibles; los salvadores del mundo son también los suicidas que se vuelan a sí mismos por la fe. El desembarco de Jerjes es el desembarco del Imperio, la Tormenta del Desierto que ya no se sabe si ataca a Oriente o a Occidente.Y la barba de Leónidas se parece más a la de Bin Laden que a la de Bush, eso también queda bastante claro en la película. Cuánta mala conciencia hay acumulada, y qué bien la exhiben estas películas como quien no quiere la cosa...
300. Dir. Zack Snyder. Written by Zack Snyder, Kurt Johnstad and Michael Gordon, based on the graphic novel by Frank Miller and Lynn Varley. Cast: Gerard Butler, Lena Headey, Dominic West, David Wenham, Vincent Regan, Michael Fassbender, Tom Wisdom, Andrew Pleavin, Andrew Tiernan, Rodrigo Santoro, Giovanni Cimmino, Tyler Max Neitzel, Tim Connolly, Marie-Julie Rivest. Music by Tyler Bates, Cinematogr. Larry Fong, ed. William Hoy, prod. des. James D. Bissell, Art dir. Isabelle Guay, Nicolas Lepage, Jean-Pierre Paquet; set decor. Paul Hotte, costume des. Michael Wilkinson. USA: Warner Bros. / Hollywood Gang /Atmosphere / Legendary Pictures / Virtual Studios, 2006.
Es ésta una película de animación espectacular, e ideal para ver en familia (que es lo que hicimos con los críos). Va sobre la crisis de fe, la primera (preparatoria) cuando los niños descubren que no existe Papá Noel, la segunda cuando descubren que no existe el otro señor de barba blanca. Al que nunca se menciona aquí, claro. Un niño escéptico que ya empieza a dudar de la existencia de Papá Noel, viaja hasta el polo en el Polar Express, quizá en sueños, para ver su fe y su ilusión en la vida reforzada con un encuento (soñado, real) con Papá Noel. Como sucede con la flor de Coleridge, descubre al despertar el regalo que le había dado Papá Noel en el sueño, un cascabel de su trineo. Un cascabel que sólo suena para aquellos que creen en Papá Noel.
Es excelente y virtuosista la animación, ya dándonos la versión en animación digital de los actores reales, ya en complicados juegos de perspectivas, de reflejos, o de sucedáneos de videojuegos y parques de atracciones; logran hacer de cada escena un auténtico espectáculo. Los niños la están viendo otra vez, y se meten dentro completamente (al final, cuando aparece Papá Noel entre una muchedumbre de elfos que impiden que el protagonista pueda verlo bien, Oscar también movía la cabeza de lado a lado ante la pantalla, a la vez que el niño, intentando lograr mejor visibilidad).
La película presenta la Navidad, y por extensión la religión, como una ficción necesaria, una manera de relacionarse con el sentido de la vida y de participar en la vida de la comunidad, cuyo sentido no hay que buscarlo literalmente (aquí contradice hábilmente su propio mensaje), sino a un nivel simbólico y emocional. A la vez, es todo un ejercicio descarado de nostalgia, que busca asentar las certidumbres (políticas, religiosas, emocionales) del adulto en las del niño que fue, y en las de una sociedad hipotéticamente más sana, sólida e integrada (representada por la máquina de vapor o por el Lightning del niño)—todo ello a la vez que se muestra el ejercicio de malabarismo mental que esto supone, un poco como levantarse a uno mismo del suelo tirando de los cordones de los zapatos.
La frase de la película, del revisor Tom Hanks: "Los trenes son maravillosos. Es importante saber a dónde van, pero los más importante es decidirse a subir a ellos".
El espíritu de la navidad es el de la solidaridad entre generaciones, y el de la conservación de la tradición que liga a la sociedad en rituales comunes de participación y de recuerdo, rituales que tienen una relación especial con la verdad, y con las certidumbres morales. Tienen un lugar especial porque se basan en un nexo entre la propia infancia y la de las generaciones siguientes. En este sentido, es ésta una excelente película sobre la navidad, esa ficción de solidaridad universal tan conveniente. Una película también sobre cómo en materia de religión las cosas ni son, ni dejan de ser, en un sentido simplista; podemos a la vez creer y descreer de Papá Noel, o de Dios, y sin embargo su potencia como símbolo cultural se perpetúa, y la suspensión de la incredulidad o doublethink que fomenta la sociedad ante estos mitos adquiere formas complejas—como por ejemplo esta película, que reflexiona sobre cómo América necesita a Dios—sin atreverse a mencionar siquiera este tema de modo explícito hasta su última palabra, y aun allí por exclusión: el cascabel que le regaló Papá Noel sigue sonando para el protagonista ya mayor, como lo hace "para aquellos que realmente creen".
Polar Express. Dir. Robert Zemeckis. Cast: Tom Hanks, Leslie Harter, Eddie Deezen, Nona M. Gaye, Peter Scolari, Brendan King. USA: Warner Bros., 2004.
Nos fuimos por la noche al cineclub Cerbuna, donde tantas películas ví en tiempos, a ver The Queen, de Stephen Frears. En versión original, imprescindible en el caso de una película sobre la familia real inglesa, por los acentos. Se han comentado sobre todo las actuaciones; no voy a criticar que le hayan dado el oscar a Mirren, que está bastante real, pero yo se lo habría dado a James Cromwell, que hace de su impresentable marido, el Príncipe Felipe de Edimburgo. Me gustó la mezcla de imágenes de archivo y televisadas con las imágenes de ficción (la supuesta realidad); se aprecia de manera bastante vívida cómo (en palabras del impagable consorte) "la Diana de los medios de comunicación y la nuestra no tienen nada que ver una con otra".
La película va, básicamente, sobre la crisis que supone la muerte de Diana no por la muerte en sí, sino por el daño que sufre la imagen de la corona, y cómo la insensibilidad y las mentes protocolarias de la familia real pierden el contacto con la realidad pública del país, y quedan en triste evidencia. Argumento suplementario: cómo Tony Blair se hace con la situación, y no sólo gana popularidad con su respuesta a la altura de las circunstancias, sino que toma la iniciativa y salva a la familia real de las peores consecuencias que podría haber traído su encastillamiento de haber seguido sin ofrecer o fingir unas mínimas señales de sensibilidad.
La película es un tanto ambigua; supongo que tiene que seguir un sendero un tanto difícil y peligroso para ser creíble, realista, provocativa e inofensiva, todas cosas necesarias. La reacción de la reina a la muerte de Diana es desde luego de una indiferencia casi cruel. Al final derrama unas lágrimas estando sola, pero ni ella ni nosotros sabemos mucho por qué. Hay declaraciones de dolor; y sin duda dolor en los más jóvenes. Cuanto más viejos, menos. La familia no tiene remedio, desde luego: los nietos son víctimas de un mal matrimonio y una mala educación, y de un ambiente estúpido, sometidos a pésimas influencias y a una hipocresía atmosférica. Empezando por su padre el príncipe Carlos—que está aquí más preocupado por su posición inestable y por la manera en que esto vaya a afectar a su futuro como monarca, apocado ante su madre, que lo desprecia, tirando de hilos para hacer interveneir Blair sin mojarse demasiado... patético. Aunque el peor es el príncipe consorte, llevándose a los nietos de cacería, totalmente indiferente a la muerte de Diana como no sea para seguir maldiciéndola.
Hay un argumento secundario simbólico, la caza del ciervo al que quiere matar Felipe de Edimburgo. El ciervo interrumpe el lagrimeo solitario de la reina, y ésta va a verlo cuando sabe que lo han cazado; aparece colgado de los pies y decapitado. - "¿Lo hirieron?" - "Sí señora. Un banquero inversionista de Londres. Nuestros cazadores tuvieron que seguirlo durante millas para rematarlo". El ciervo es una alegoría de Diana, puesto allí supongo que nadando y guardando la ropa frente a la teoría de la conspiración, según la cual el accidente de Diana fue provocado. A saber lo que dirán de la muerte de Diana en el futuro; hoy por hoy, con la conspiración reducida a rumores tras la investigación oficial, no queda sino tratar el tema de modo puramente simbólico, y que cada cual entienda lo que quiera.
Otra línea argumental, por supuesto, es el pulso entre la reina y Blair, o entre Blair y su antimonárquica esposa. Blair llega como un renovador, pero enseguida encuentra su misión en rescatar a la familia real de sí misma cuando la ve cometer un suicidio político. Claro que así obtiene también una pequeña venganza por haber tenido que hincar la rodilla ante la reina para su nombramiento (la película se abre con la victoria electoral de Blair). Un titular durante la crisis dirá que Blair hace arrodillarse ante él a la familia real. Pero lo que vemos es más bien una entente cordial: los primeros ministros laboristas son seducidos por la reina, y por el sistema, y pronto están más interesados en perpetuarlo que en cambiarlo. Al final de la película se reduce la tensión entre la reina y Blair, y pasean por los jardines de palacio mientras descubren nuevos intereses comunes y la manera de colaborar para mantener la tradición con los cambios que requiera: una solución que la película contempla con ironía y aprobación a la vez. The Queen. Dir. Stephen Frears. Written by Peter Morgan. Cast: Helen Mirren, Michael Sheen, James Cromwell, Sylvia Syms, Alex Jennings, Helen Mc Crory, Roger Allam, Tim McMullan, Douglas Reith, Robin Soans, Lola Peploe, Joyce Henderson, Pat Laffan, Amanda Hadingue, John McGlynn. Music by Alexandre Desplat. Cinemat. Affonso Beato. Ed. Lucia Zucchetti. Prod. des. Alan MacDonald, Art dir. Matthew Broderick, Franck Schwarz. Exec. prod. François Ivernel, Cameron McC racken, Scott Rudin. Prod. Andy Harries, Christine Langan, Tracey Seaward. BIM /Canal+/Granada/Pathé/Scott Rudin, 2006.
Thriller con fantasmas de Demi Moore, que aquí encarna a la escritora de thrillers Rachel Carlson. Rachel está en crisis personal tras haberse ahogado su niño mientras ella le daba a la máquina de escribir, y le preparaba una ensalada, en lugar de jugar con él como le había prometido.
(¿Escritora de thrillers? Quizá la última imagen deje imaginar que todo ha sido una creación de su mente).
En crisis profunda, se separa, se retira a Escocia, a una casita aislada de la costa, liga con el guardián del faro... pero ay, era un faro automático, el guardián se había suicidado años atrás. Y se complica el argumento cuando la viene ayudar una amiga suya muy lagarta.
La película tiene críticas espantosas, pero se deja ver bastante bien (alguno le criticará que haya fantasmas, claro... o que el argumento sea de thriller). Los paisajes, preciosos, y si resultan kitsch algunas bonitas escenas era con segundas. Las actuaciones, muy buenas. El género da de sí lo que da de sí, y ésta es una excelente pieza de género, ideal para un viernes noche.
Con frecuencia te pone en situaciones de alta tensión, y lo logra a veces de las maneras más simples: por ejemplo al principio, sólo mostrando un niño andando al borde de un canal. Claro que sabemos que se va a ahogar; lo que no sabemos es que lo van a ahogar, como en realidad sucede. Y el argumento, a pesar de recurrir a tópicos que enfurecen a la crítica (o quizá precisamente gracias a que recurre a ellos) logra mantener el interés, pasando del Escila del complot imposible de los asesinos, al Caribdis de las apariciones del más allá de su niño... que a veces son sueños, de esos en los que se entra sin transición aparente y se despierta el espectador y el personaje con alivio retrospectivo.
Un thriller se basa en el juego entre la parte de la realidad que es sólida y la que es una charada urdida por los enemigos del protagonista. Hay que transformar una en otra de manera no demasiado ofensiva (pero siempre será ofensiva a la lógica), hay que mantener la incertidumbre, o suprimirla y volverla a avivar, y cambiarla de sitio. Esto lo hace varias veces bien esta película, a pesar del vapuleo crítico. Un thriller sobrenatural se basa en la interferencia del mundo del más allá con el de menos allá: pongamos que, como en El Sexto Sentido o Los Otros, se trata de saber en última instancia quiénes son fantasmas y quiénes son reales. (Aunque en el cine todo son fantasmas—no en vano tiene su origen en la fantasmagoría).
Cuando tenemos intriga con charada, más fantasmas, más sueños, ya es lógico sumar un elemento más, que es la pérdida del sentido de la realidad de la protagonista, y del espectador. Hay una imagen muy bonita en la película, a cuenta de una de las frases claves que le llegan del más allá: "acuérdate de mirar detrás de tí". Cuando mira, encuentra su rostro en un espejo. Pero ese rostro, mirándose inmóvil al espejo, se convierte casi en una máscara, en una escena de actuación inmóvil e inexpresiva muy conseguida: una máscara, la propia cara, detrás de la cual se podría ocultar, a estas alturas, cualquier mala sorpresa. Y ese momento lo enfatiza la música, y la cámara, que primero nos muestra a Demi de espaldas mirándose paralizada, para centrarse luego en su reflejo del espejo, y entonces penetra la cámara en el espejo, cruzando el plano imposible de cruzar, y gira alrededor de la cara fija allí dentro, y nos la muestra desde atrás, con la mirada clavada en ella de una imagen enmarcada en el espejo—que ya no sabemos si es el original o el reflejo. Ya no abandonaremos el lado imposible del espejo en lo que queda de película. Y eso es lo bueno que tiene el cine.
Half Light. Written and dir. by Craig Rosenberg. Cast: Demi Moore, Hans Matheson, James Cosmo, Henry Ian Cusick, Kate Isitt, Therese Bradley. Prod dir. Guy Tannahill. Music by Brett Rosenberg. Ed. Bill Murphy. Prod. des. Don Taylor. Photog. Ashley Rowe; Exec. prod. Andreas Schmid. Prod. Clive Parsons, Andreas Grosch, Steve Samuels, Joe B. Michaels, Garh H. Drabinsky. VIP Medienfilms 3/Half Light / Rising Star, 2005.
Los pobres ven, en cuanto pueden, películas sobre ricos. A veces los ricos (ricos en hipotecas, en mi caso) vamos a ver películas sobre pobres de solemnidad, como ésta. Una película visible, si bien no apasionante, sobre el sueño americano, basada en la historia auténtico-arquetípica del hombre hecho a sí mismo que se levanta del fracaso y el paro, a fuerza de fuerza, voluntad, y de deseos de no fallarle a su hijo pequeño. De hecho la película se centra en el descenso de mal a peor, de un Will Smith viajante de medio pelo, con su familia en precario, hasta la separaración de la pareja, la pérdida de la vivienda y de todo su dinero, las noches en los albergues municipales o en el metro, todo mientras prepara el examen que quizá lo saque de la miseria o quizá termine de hundirlo en ella.... cosa que no sabemos hasta el final, y de tragedia pasa de repente a comedia al recibir el Contrato que le permitirá ascender por el rascacielos. Pero durante toda su duración recuerda más bien a Ladrón de Bicicletas que a Ciudadano Kane. Así pues, la película es un tanto tendencioseta o ambivalente, pues se centra en mostrarnos la pobreza sin salida posible (para todos los de la cola del albergue menos el protagonista), para al final prometernos el triunfo que todo americano logra si lo consigue, como prometió Jefferson. No en vano tiene el niño del cartel al Capitán América en la mano. Partiendo de esta ambivalencia básica de guión, está muy bien llevada, y te angustia de verdad por momentos metiéndote en el pellejo de un pobre hombre que tiene que fingir no ser tan pobre para mantener abierta una posibilidad de no hundirse del todo... Y hay escenas duras emocionalmente, como cuando él se queda con su hijo por decreto, supongo que porque no tienen dinero para divorciarse, y en ausencia de papeles él podría pegar más fuerte. Así que si ella se quiere ir, tendrá que ser sin el niño. En fin, buena actuación de Will Smith, y un canto ambivalente al valor de la iniciativa privada—después de mostrarnos cómo exprime a la gente con contratos tan basura que ni te pagan... con la esperanza de que un día iguál lleguen a pagarte, y contrates a otros veinte infelices esclavos de los cuales salvarás a uno, el que más trabaje, etc. Si en esto acaba el sueño americano, a mí que me despierten.
The Pursuit of Happyness. Dir. Gabriele Muccino. Written by Steve Conrad. Cast: Will Smith, Jaden Smith, Thandie Newton, Brian Howe, James Karen, Dan Castellaneta, Kurt Fuller, Takayo Fischer, Kevin West. USA: Overbrook / Escape Artists / Columbia / Relativity, 2006.
Buena película (aquí resumen) del género "horrores y temores de la guerra", en la línea de películas sobre la Segunda Guerra mundial como La Delgada Línea Roja,o la del Soldado Ryan del propio productor Spielberg. Esta vez con muy pocas heroicidades y pocas posibilidades de identificación con los protagonistas, pues se nos presenta la acción desde el punto de vista del enemigo, no como en la película compañera de ésta, Banderas de nuestros padres, también dirigida por Clint Eastwood. Las dos son críticas con el patriotismo comecocos que manda a la gente marcando el paso a la muerte. Pero en este caso al esfuerzo militarista de la guerra se suma la crítica a unas estructuras de pensamiento y actitudes sociales poco menos que medievales todavía...
Entre estos soldados enemigos los hay más y menos ilustrados, y fanatizados, y la película juega a mostrar un abanico de actitudes que se pueden tomar una vez se ve uno encerrado en una ratonera absurda, en la que la propia mentalidad planta la mitad de los barrotes. Así pues, poca empatía se fomenta entre el público (al menos este público) y el mundo retratado en la película. Aviso, de entrada, que hay pocas cosas en el mundo que me repugnen más que el feudalismo Mishima y su conclusión lógica, el harakiri, y ese es el trasfondo ideológico del mundo que aquí vemos retratado; de él participan hasta los personajes más humanos, como los tres protagonistas, el general, el jinete olímpico y el panadero Saigo. En la película los malos son los que (por un problema de carácter, se ve) se crecen en semejante ambiente, y acogotan a los demás poniéndolos firmes y haciéndoles gritar las consignas patrióticas con voz que les sale falsa; algunos personajes tanáticos no dudan en ir a la muerte de cabeza pero llevándose primero por delante a todos los subordinados que puedan. Los buenos son los que dudan, los que intentan vivir y dejar vivir, los que interpretan de modo benevolente el reglamento, los que dan opciones a los demás.
En última instancia, la película es una defensa del individualismo liberal, y una condena del feudalismo, fascismo y autoritarismo. Y aun presentando todas las actitudes en un contexto histórico y cultural, también deja claras, por tanto, las responsabilidades individuales. El totalitarismo como un problema de carácter, vamos, tanto de carácter nacional como individual. Y el tratamiento elegido es poco hollywoodiense; hasta el color apagado, casi blanco y negro, contribuye a ello. Sin escapar a la marca de la casa (que todo lo devora), casi vemos aquí un caso de lo que Bordwell llama la estética del materialismo histórico, como si lo hubiese filmado Kozintsev.
Hay sin embargo, a pesar de la multiplicidad de líneas y la apariencia de acción colectiva, una historia claramente recortada: es la historia de una pistola, en cierto modo. Se la regalaron a Kuribayashi sus amigos americanos, y sí es cierto que su estancia en América, si bien no le resquebraja sus valores patrióticos, contribuye a hacerlo más comprensivo y humano. La pistola la empleará no para matar americanos, como temía en broma y serio una señora durante la cena en la que se la dan, sino para matarse a sí mismo, acción de dudoso gusto moral. En lugar de aceptar la derrota y volver a casa a reformar el suelo de la cocina... bueno, casi lo comprendo. Pero Kuribayashi se mata tras haberle dado al panadero-soldado raso Saigo una salida de la ratonera del honor: le exime del suicidio, y le dice: quédate a quemar mis papeles (y que te cojan prisionero los americanos, que es lo mejor que te puede pasar). Y lo es. Algún yankinazi también hay, pero la bondad general de los individuos y del sistema americanos se demuestra al final. El panadero Saigo ve la pistola de Kuribayashi en el cinto de un americano que la ha encontrado, y pierde el oremus, les ataca, casi opta de nuevo por el suicidio (esta vez por cuestión de fidelidad a su amigo, no al Emperador). Pero los americanos, en lugar de darle un tiro, lo tranquilizan de un mamporro, y lo devuelven a su familia. Como al país entero, parece decirnos la película.
Por otra parte, puede leerse todo esto en clave iraquí. El asalto a la isla es la Tormenta del Desierto tecnológica, y la mentalidad de turbante prieto de los orientales es en cualquier caso el máximo obstáculo. De ahí la importancia de mostrar cómo es necesario liberarlos primero de sí mismos, y de los paraísos imaginarios que les prometen, y de la mentalidad gregaria que les hace preferir volarse por los aires a quedar mal con los compañeros de trabajo. Los ataques suicidas eran en mis años mozos una excepción al orden de las cosas en la que sólo incurrían los kamikazes: desde entonces ha proliferado lo del cinturón de explosivos, y una de las finalidades de esta película es desautorizar la ideología que lleva a esas abominaciones. Pocas escenas hay más patéticas y abyectas que esa en la que el grupo de fanatizados se van volando por los aires uno tras otro, llorando de miedo pero adelante, no me vayan a criticar estos colegas. El mensaje es el mismo a japoneses y sunitas: "Os habéis metido con un enemigo contra el que no podéis. Habéis llegado lejos, a base de echarle mucha fe y mucha estupidez colectiva, con un coste personal desproporcionado, y gracias a una ideología oficial que desprecia a la vida propia y ajena. Pero el destino de esa ideología es desaparecer, y vuestro destino ser derrotados. Lo mejor que le puede pasar a Japón, y a Irak, es que América le invada y le libre de sus actitudes y voceros más patrióticos, pues no son sólo peligrosos para los demás, sino autodestructivos: es triste decirlo, pero sois una vía muerta en la evolución de la mente humana. Así que mamporro y vuélvete a casa con tu familia, hijo, luego nos darás las gracias. Ya te pondremos tele, y películas americanas; hasta en japonés si hace falta te las pondremos. Y tus jefes, oye, por mí como si se hacen el harakiri, allá ellos, pero que nos dejen en paz a los demás. La verdad es que creíamos que estaba la cosa más avanzada, pero bueno... por lo que parece les hace falta a estos valientes samurais y jihadistas un poquito más de exposición a los valores de Occidente".
Esta es una película de Paul Verhoeven, la mayor superproducción holandesa de los últimos treinta años, nos comentan en la IMDB. Y a su manera se ve bien, en el género "película de nazis y aventuras". Ahora bien, tiene sus serios defectillos, mayormente de guión. Es la historia de una cantante judía, Rachel/Ellis (Carice van Houten), escondida de los nazis, que en su huida por la vida se ve envuelta en una célula de la Resistencia holandesa, célula totalmente infiltrada de espías nazis, según vemos al final. En el curso de la guerra, pasa Rachel/Ellis por prácticamente todas las posiciones disponibles para una mujer en la guerra: refugiada, trabajadora, colaboracionista, espía, enamorada, heroína, perseguida... casi un personaje alegórico se vuelve; para al final acabar de maestra en un kibbutz, donde empieza y acaba la película con un breve marco, con la guerra contenida en un flashback.
El marco tiene su importancia, pues es un tanto "pro-israelí", al presentar a los judíos atacados y asediados por los nazis tanto como por los invisibles atacantes árabes que llegan al final, mientras se cierra la película. Se presenta así una historia de continuas persecuciones pero con una identificación de unas y otras un poquillo tendenciosa, pues no es la misma la posición de los judíos bajo el régimen nazi y en Israel.
El kibbutz en cuestión lo financió la maestra con el botín que es el "money interest" de la película, botín obtenido ilegalmente por nazis corruptos (nazis, y además corruptos porque se quedaban el dinero para ellos, no para el Führer), matando judíos cuidadosamente seleccionados por la red de infiltrados. La lista y el botín se apuntaba en el librito negro que llevaba uno de los traidores, y éste sirve a Rachel/Ellis para probar que no era una agente doble (a pesar de sus revolcones —no se sabe si nauseabundos o gustosos— con los nazis). Y ésta es la historia que es demasiado artificiosa para sonar real, la historia de tanto doble agente infiltrado en las células resistentes, sólo para el lucro personal de un teniente que había por allí. Más que de alevosía, el efecto logrado es más bien de arbitrariedad; los personajes parecen cambiar de personalidad súbitamente según las necesidades del guión: ahora resulta que tal o cual es un traidor; excelente, vale, pero eso vuelve absurdas e incomprensibles muchas de sus acciones anteriores (arriesgadísimas misiones y rescates, por ejemplo); tampoco se sabe qué hacen que no detienen a un grupo tan vigilado de resistentes. La gente hace cosas absurdas e incomprensibles, quizá más en tiempo de guerra, pero tantas como estas no. (Vaya, ya se me ha ocurrido el contraejemplo. Los terroristas del 11-M, tan infiltrados de confidentes y policía... Bueno, aunque la realidad supere a la ficción eso no convierte a la ficción en ficción realista. Ya lo dijo Aristóteles: para ser realista, antes que ser realista, hay que parecerlo).
También me resultan especialmente desagradables los amores de la judía con el capitán nazi. Excelente, era una magnífica persona, suponemos, a pesar de masacrar a la población, pero sobra que la espía se tome tan en serio su papel, en especial cuando acaban de asesinar a su familia. ¿Ambigüedades del carácter humano? Seguramente, pero también (y más bien) arbitrariedades de la película. La realidad es mucho menos frívola, me temo, y menos aventurera que esta judía que tan alegremente canta para los nazis y se acuesta con ellos y hasta se enamora de ellos. Aunque miren a Hannah Arendt, si es que ya no sabe uno qué decir.
También, en muchas escenas, se comprime la acción de modos implausibles para el carácter, y los personajes se comportan de modo inconcebible en alguien que diez segundos antes estaba en una situación incierta de peligro mortal, o siendo masacrado, o perdiendo un hijo, etc. Es una convención cinematográfica de la que aquí se abusa bastante.
En suma, que los personajes parecen creados para las necesidades del guión, y renuncian alegremente a toda credibilidad o sustancia cuando se hace necesario seguir las vueltas y revueltas que les impone el curso preestablecido de los acontecimientos. Los actores hacen lo que pueden (a veces mucho) para seguir al personaje en estas piruetas vitales. Me pregunto si en realidad también pasa eso en la vida, y si será éste el auténtico mensaje de la película.
Visionada la película de Alejandro González Iñárritu, enlazo aquí una reseña del blog de Ireth, para quien quiera más detalles; con esta reseña desde luego me animé a ir a ver la película, y me ha gustado tanto como las anteriores de Iñárritu. Bien, pues seguramente se llevará un oscar a la mejor película extranjera... si es que es extranjera, claro; si no, a la mejor película no creo que llegue. Aunque es lo bastante compleja, bien hecha, acongojante, multicultural, crítica con Occidente, y además tiene star system... qué más se puede pedir. Aquí va el trailer:
Puntos fuertes de la película: casi todos, y eso justifica ir a verla y disfrutar con ella. Como puntos flojos: creo que la conexión entre las historias no es todo lo fuerte o significativa que podría ser. Claro, en cierto modo el "caos" global que quiere sugerir la película invita a conexiones "flojas" o accidentales, y por tanto no significativas, pero aquí hay un compromiso difícil que lograr. Creo que deberían haber sido igual de caóticas o imprevisibles pero a la vez más significativas. Más trabada está la historia de la nanny chicana ilegal y los líos en que mete sin querer a los hijos de la pareja de turistas americanos mientras ellos están en Marruecos. También contrasta allí significativamente la vaciedad del turismo occidental con los problemas que tienen en su misma casa, o en la trastienda. (Un poco justo tenían planeado el regreso para tomarle el relevo a la nanny, observo... o bien ellos o el guionista Guillermo Arriaga). Pero hasta allí, OK. Sin embargo, la historia de la japonesa sordomuda ya está clavada con chinchetas en la película. El padre proporcionó el arma del crimen, sin querer. Pero esa sí que es una conexión totalmente insignificante, y lo peor es que deja a esta historia colgando en la nada con respecto a las otras; se convierte la película en la historia de un rifle, o ni eso. No quita para que esté excelentemente llevada de por sí la historia de la chica en muchos sentidos. Pero el suicidio de la madre también queda sin explicar (si es que un suicidio tiene explicación, vamos). ¿Incomunicación? OK, nos lo podemos creer, pero no se muestra. Tal como está narrada esta historia, son casualidades significativas en sí quizá, pero no tanto para la película como forma unitaria.
¿Que no quiere Babelser una forma unificada? Ah, entonces lo logra, pero eso también tiene sus limitaciones. En fin, que está muy bien el babel superficial, pero que algunas coherencias subterráneas a nivel de guión podrían haberse cuidado más. También concibo maneras ligeramente más efectivas de organizar las anacronías narrativas (no con menos yuxtaposiciones y recortes de tiempos, sino precisamente con más, más babélica). Para sacar partido a la fragmentación temporal, sería necesario lo que he dicho antes: más conexión significativa e imprevisible entre las historias. Más ligazón, y más fragmentación (o sea, más tensión aún). Yo la habría hecho más parecida a su trailer; pero no hay que pedirle peras al público. Bueno, Memento hizo lo de la gran fragmentación, y no le fue mal.
A esta tampoco le ha de ir mal, ni de público (cine lleno a reventar ayer) ni de crítica. Hace falta más cine planetario y de la globalización... y que no sea sólo James Bond saltando de Venecia a las Bahamas y al casino de Montenegro. Y saltando también por edificios en construcción africanos, vale. Eso también es Babel global, no le quiero yo quitar todo el mérito.
En cualquier caso, sugiero algunas reglas de comunicación y convivencia aplicables tanto al Primer Mundo como al Tercero:
- No dejes que los niños jueguen con armas de fuego. - No conduzcas zorro como una cesta. - No le metas mano al dentista mientras te está revisando las caries.
Me hace gracia en la película Más extraño que la ficción el personaje de Dustin Hoffman, teorizador literario. La película es una especie de versión americana de Niebla, quitándole toda la niebla, claro; en realidad es bastante flojilla como película metaficcional, no le llega a la suela del zapato a la divertidísima Adaptación: El ladrón de orquídeas. Sin contar con que esa realmente tomaba para su adaptación la historia de una novelista que existe realmente, a la que no sé cómo convencería Charlie Kaufmann de trabajar en el proyecto: deben ser amigos, digo yo...
Bien, pues ésta otra, Stranger than Fiction, es un poco incoherente (aun para película metaficcional que fusiona niveles de realidad y ficción) pues la autora parece estar escribiendo un libro en el cual ella no aparece, con lo cual el personaje tampoco parece que pueda ser el personaje que vemos y que ella ve con sorpresa morrocotuda, pues el personaje de su libro es gris y desde luego no parece que se encuentre a su autora. Aunque igual más bien reescribe su novela en clave metaficcional tras encontrarse al personaje... y se topa así con el veredicto del crítico: "'Bueno. No es la cima de la literatura. Pero pasable.' Un aprobado."
Porque como en toda historia metaficcional hay un crítico, un entendido en argumentos, en este caso Dustin Hoffman. Que tampoco está especialmente bien llevado: lo que me ha llamado la atención es que no sólo tenía en la mano una revista para la cual acabo de hacer un informe, Poetics Today, sino que además, al parecer, ha trabajado sobre la ironía y la retrospección y la forma narrativa y la, como yo. Interrumpe al protagonista, que oía la voz de la narradora en su cabeza diciendo "Poco se sospechaba él..." (traducción libre), y exclama: "¿Poco se sospechaba él? ¡Pero si yo he hecho seminarios sobre "poco se sospechaba él"!
Bueno, pues yo también, sorpresa. Poco se lo sospechaba él. Stranger than metafiction.
Harry Potter meets The Lord of the Rings. Malas reseñas tiene Eragon, y no le voy a subir el nivel. Me gusta este comentario que aparece en la Internet Movie Database: "The main character looks like a deer in head lights most of the time and the villains acts like cartoon stereotypes more than real characters". Pero el principal problema no son los actores, ni siquiera la dirección, sino una historia patéticamente simplista, un guión pobre y plano como... como Holanda, como Flatland, como si... ¿como si lo hubiese escrito un chaval de quince años? Pues eso. A Álvaro le gustó un montón, eso sí, a pesar de que comprime el libro y no lo sigue en múltiples detalles de los que irritan a los fans. Y en realidad es una película para preadolescentes; de ahí que la princesa y el chaval se mantengan todo el rato a una distancia más que prudente. Que ningún adulto vaya a verla, aviso, aunque los efectos especiales desde luego están bien hechos, jamás tanto dinero ni talento se desperdició en un guión tan pobriño. (Aunque tampoco se les salió la genialidad por las orejas a los guionistas de La Guerra de las Galaxias o el de El señor de los anillos, y ahí las tienes cosechando elogios. Y pasta, que es lo que importa). Pero Eragon... qué le vas a pedir a una película sobre dragones en la que Eragon no es un dragón sino un chico que encuentra un dragón. Aggg. Hasta Álvaro reconoce que ese punto clave de partida es patético. Claro que aún peor es Eldest, donde al parecer nadie es Eldest ni viene a cuento. Ya empezamos mal, con una voz en off resumiendo una lejana historia pasada, y una acción atropellada, como para avisarnos de que no nos va a importar nada de lo que le pase a ninguno. Yo creía que esto ya decían los manuales de guionista que no se puede hacer: bastante mejoraría la impresión inicial cortándole los cinco primeros minutos. En otra de aventuras para chavales, La princesa prometida, por lo menos le echaban ironía a estas narraciones, intercalando el abuelo leyendo la historia y los comentarios del niño: "Una de princesas, bah. Seguro que hay besitos". (Teníamos a los pequeños Ivo y Oscar embebidos, como si la pantalla les estuviese leyendo la mente). Y en Dragonheart también había cierta guasa con el tema del dragón. (Aunque allí ya era, como en Eragon, especie amenazada; de monstruo casi a protagonista. Los dragones ya no son lo que eran; si Beowulf levantara la cabeza...). Pero en fin, que aquí, ironía cero: mejor para adolescentes, claro. Problemo: se sufre una especie de déjà vu continuo al ver la historia pasar de un topicazo a otro sin la menor disculpa. Que nada, que le pregunten a Álvaro, que yo no puedo con ésta. Enhorabuena a Paolini por su demostración de que se puede hacer uno multimillonario y celebridad de las letras antes de los veinte, y luego pasar a la gran pantalla, sin genialidad alguna. Pero qué quieren, el mundo sigue necesitando dragones, y lecturas fáciles; el mundo necesita esta película. Pero ahora que ya tienen mi dinero, que venga San Jorge, por favor.
Es un título éste que se presta a crueles comentarios, pues ya se sabe que toda película de Hollywood (y no sólo ésta, y no sólo las de Hollywood) produce sensaciones de déjà vu en cuanto a que participa de convenciones genéricas, maneras de filmar, y la presencia con aura de las estrellas que reverberan desde otras películas. Así que sí, déjà vu, pero se puede volver a ver.
Las películas de viaje en el tiempo, es cierto, son inherentemente tramposas, porque nadie viaja en el tiempo, excepto mentalmente; y sin embargo se pueden hacer interesantes, y curiosas, porque todos viajamos en el tiempo, mentalmente. Y el cine es una máquina del tiempo, la más acabada existente, para volver a revivir y recrear lo que pasó, o lo que podía haber pasado, o las dos cosas juntas, por qué no: y eso es lo que hace esta película, como tantas otras. Así que no seamos duros con ella cuando intenta justificar con parlance tecnológica su truco para mandar a Denzel Washington al pasado, a salvar a la chica. Por lo menos, me gusta el científico loco, es de nueva generación, tipo becario del MIT contratado por Google.
Bueno, la historia, a ver si nos aclaramos. Nueva Orleans, tras el Katrina. Unos agentes del FBI están experimentando con un sistema basado en la teoría cuántica que permite observar el pasado (cuatro días antes sólo, una especie de plegamiento del tiempo), y pueden enfocar su aparato como si fuese Google Maps a cualquier punto del planeta, y ver imágenes de alta calidad de las chicas mientras se duchan. (Se sienten observadas sin embargo, es su sexto sentido). El sistema es bonito, una pantalla de ordenador gigantesca con múltiples ventanas, y tratamientos de imagen, que da mucho juego para metavisualidad, imágenes en diversos planos, algo que a mí me priva. Mientras, Jim Caviezel, que al parecer se sigue creyendo Jesucristo, pero en plan cristiano musculoso, piensa redimir al país en plan unabombazo, y volar un ferry con quinientos marines a bordo. (Je, igual es que está contra la guerra de Irak y Bush y todo, vete a saber cuál es la idea...). El caso es que para plantar un coche bomba en el ferry secuestra a la dueña (la chica guapa, Paula Patton) y tiene toda la intención de quemarla viva y tirarla al mar para que se mezcle con las víctimas del ferry cuando lo haga volar. Primero le va a cortar los dedos, porque le acaba de arañar la cara, por si el ADN. Y en este ambiente de relativa normalidad, de repente se materializa Denzel Washington en una camilla de hospital, plas, con el mensaje "Resucitadme". Llamémoslo Denzel 2. Esto poco lo sospecha otro Denzel Washington (Denzel 1), que ajeno a todas estas cuestiones está en sus cosas, investigando sobre tabacos y explosivos en otra parte de la ciudad. (No sabe que a su colega de la oficina lo acaba de matar el Unabomber Caviezel, porque intentó detenerlo tras leer una nota, avisando del atentado, que se había materializado en su oficina). Ajeno a todo esto Denzel 1, quien actúa es Denzel 2. Apenas lo resucitan, roba una ambulancia y sale zumbando a donde sabe (gracias a que viene del futuro) dónde está el asesino terrorista. Llega justo a tiempo de impedir el corte de dedos y la quema, y salva a la chica, aunque Caviezel hace volar el chiringuito por los aires y los da por muertos. Hace migas Denzel 2 con la chica, y le cuenta parte de la historia de cómo sabe todo lo que sabe (porque vamos, viene con un hindsight bias que parece un delirium tremens, y la chica no se fiaba). Entre los dos corren a impedir el bombazo del ferry, que para Denzel 2 se había producido efectivamente en el pasado correspondiente al futuro del cual viene... pero Denzel 2 tiene gran fe en que no hay nada escrito y todo se puede cambiar. (Es un poco la base de otras películas sobre paradojas temporales como Terminator). En efecto, entre los dos, Denzel 2 y la chica, matan al bombero y se tiran con el coche-bomba al agua en el último segundo... y allí ella logra escaparse, mientras que Denzel 2 muere en la explosión (esta vez como única víctima; el ferry se salva). Una bicoca que muera Denzel 2, porque así no deja sin novia a Denzel 1, que aparece a investigar la explosión y es reconocido por la chica—a la que no reconoce, claro, porque para él todo esto es ciencia-ficción. Se ahorra así Denzel 1 el tener que investigar una explosión mucho más gorda, y el ser reclutado por Val Kilmer para el grupo del FBI que investigaba con el telescopio del tiempo, y se ahorra el sugerirles que utilicen el telescopio como máquina del tiempo, y se ahorra el meterse él mismo en la máquina para volver cuatro días atrás... no sé si a ese que se mete lo llame Denzel 3 a estas alturas. La investigación empezó gracias a que Denzel 3 se enamoró del cadáver de la chica al examinarla, y descubrió anomalías que indicaban que esa muerta no había muerto realmente en la explosión. Y por el hilo...
Bien, esto naturalmente se nos cuenta no en este orden, sino desde el punto de vista de Denzel 3, el que nunca llegará a ser porque no sucederá la explosión. Hope that's clear. La película tiene un ritmo muy logrado, y es cinematográficamente muy interesante de ver. Las paradojas temporales son un reto para la descripción narrativa: ¿cómo llamas a esos flashbacks que son vividos en tiempo real? Requieren terminología propia. Más allá de la paradoja, la misma duplicación de imágenes pertenecientes a dos tiempos (en la escena de la persecución al asesino con un casco/visor temporal, o en las escenas de voyeurismo mientras espían a la chica con la máquina del tiempo), son un placer de contemplar. También, en toda película de retrospección o de viaje temporal que se precie, habrá que interpretar las semejanzas y diferencias entre el tiempo recorrido por vez primera y el tiempo recorrido por segunda vez, ya conocido, o reconocido, y es un ejercicio ese que fascina al cerebro. Quizá porque volviendo a recorrer el tiempo perdido siempre se ve éste alterado, aun sin máquina del tiempo (no hay otra máquina del tiempo que la memoria, o las tecnologías semióticas como el cine y la fotografía). Al final de la película volvemos a ver muchas de las escenas iniciales, pero las vemos ahora de otra manera; antes no sabíamos dónde mirar: el cine es toda una educación en la capacidad de visión retrospectiva. Una película que corrige el tiempo ya es el summum de la distorsión retrospectiva, es la falacia narrativa llevada hasta el último y obsceno límite del wishful thinking. Vamos, que nos muestran el desenlace trágico al principio (con la chica muerta, quemada, con los dedos cortados, una más de una montaña de cadáveres) pero el desarrollo de la película nos lleva a un happy ending que corrige y anula ese principio. Si el cine es la máquina de la retrospección al servicio del deseo, aquí está bien servidos ambos, tazón y medio. Por otra parte, un policía siempre querría obstaculizar el crimen antes de que cometiese, y la detección le da una especie de omnisciencia retrasada y baldía. Una historia de detectives siempre nos muestra el final, y llega por el hilo conductor de la investigación (argumento de la obra) hasta el inicio. Aquí tenemos eso, desde luego, pero también tenemos más. ¿Por qué quejarnos, si nos dan dos historias por el precio de una?
La película engarza además muy bien a un nivel casi onírico-histérico algunas de las principales obsesiones políticas norteamericanas de los últimos años. El Katrina y el atentado de las torres gemelas. La falta de previsión. Los que ahora se sabe. Lo que se sabe que se sabía... La amenaza terrorista, muy americana ésta (un pirado de las armas, que sin embargo tiene una conexión molesta e indeseable con las esencias patrias). La obsesión por la vigilancia gubernamental, la invasión de la vida privada... el Google Earth éste que ve el pasado tiene enlace directo, además, a las videocámaras de cajeros y tiendas que enfocan muchas esquinas del país; el software de control en manos del FBI les da enormes cantidades de información, y sin embargo no saben cómo seleccionarla (ése es el papel del detective Washington, ojo de lince para abrirse paso hasta el detalle relevante). Es un poco lo que se dijo después del 11-S (o después del 11-M). Que había mucho control policial de los sospechosos (de éstos y de otros). Que había una sobreabundancia de información, no escasez precisamente. Y que sin embargo no se actuó para impedir la catástrofe. Iremos a más vigilancia estatal, y a más incapacidad de procesar la sobreabundancia de información. Y es que hay una relación privilegiada entre catástrofes y retrospección. Cuando un acontecimiento notable se produce, sale a relucir la secuencia causal que llevó a él, destacando como una trayectoria marcada con luces de neón en el pasado, y nos parece imposible que no fuese perceptible entonces. Pero ay, había demasiada información. Si hubiésemos sabido entonces cuál era la relevante... resucitaríamos a los muertos. Y si pudiésemos, volveríamos al pasado sumergido, ahora lugar de los muertos, para rescatar a la chica amada, como Orfeo negro.
Nunca conoceremos el futuro, y los muertos nunca volverán. Queda el hindsight bias, para atormentarnos pensando que deberíamos haber podido. Queda el cine, para el wishful thinking, para volver al pasado, y corregirlo si es necesario. Vanas ilusiones, pero ilusiones que seguiremos alimentando. Por cierto, no hay ningún déjà vu en sentido psicológico en la película ésta. Desde Matrix, el deja vu se refiere a una interferencia producida en el software que controla el espacio público oficial, una interferencia que hace visible su carácter construido. Así nos vamos familiarizando con la vigilancia generalizada y el almacenamiento digitalizado del pasado, una experiencia aquí asimilada a la cámara cinematográfica, y a la vez problematizada por ella.
Deja vu. Dir. Tony Scott. Written by Bill Marsilii and Terry Rossio. Cast: Denzel Washington, Paula Patton, Val Kilmer, James Caviezel, Adam Goldberg, Elden Henson, Erika Alexander, Bruce Greenwood, Rich Hutchman, Matt Craven, Donna W. Scott, Elle Fanning, Brian Howe, Enrique Castillo. Prod. Scheherazade / Scott Free Productions /Jerry Bruckheimer Films. USA: Touchstone Pictures, 2006.
"El Ilusionista nos lleva a la Viena del siglo XIX, a una época en la que la ciencia y la magia se entremezclaban en la imaginación del público. Asistimos al duelo de ingenios entre dos brillantes actores, Edward Norton que interpreta al misterioso mago Eisenheim y Paul Giamatti que interpreta al perspicaz y racional inspector de policía Uhl, empeñado en descubrir los trucos del mago... Producción impecable, El ilusionista se sirve de un brillante guión lleno de ritmo e ingenio y de la personalidad de sus dos protagonistas para llevar al público de sorpresa en sorpresa." (The Illusionist. Director: Neil Burger; intérpretes: Edward Norton, Paul Giamatti, Jessica Biel, Rufus Sewell...).
Es una película que mezcla de modo bastante satisfactorio una serie de temas inspirados en Nabokov y en Edgar Allan Poe. El enfrentamiento entre el escurridizo mago y el policía cogido en turbios complots políticos con la realeza, no puede sino recordar "La carta robada", de Edgar Allan Poe, un cuento sobre interpretación y prestidigitación. El artista como ilusionista, que baraja libremente los niveles de realidad creados en los mundos de su obra, viene de Nabokov (también las mariposas). El encantador pliega su alfombra mágica para hacer coincidir unos dibujos con otros, y crear una ilusión de continuidad… aunque los visitantes no avisados podrían tropezar en el pliegue.
Porque por supuesto hay algunos trucos que el ilusionista Eisenheim no podría hacer jamás ante el público, y que colocan a la película en el género fantástico y de entretenimiento. Por ejemplo, ningún ilusionista podría adivinar en medio segundo si el inspector de policía llevaba encima el colgante, y en qué bolsillo, de no ser por necesidades del argumento. Tampoco es creíble que desaparezca el cuerpo de la prometida del príncipe sin autopsia y sin que nadie investigue la cuestión; ni pueden trazarse planes tan arriesgados y alambicados, con personajes asesinos y violentos de por medio, sin que nada falle en el camino… eso únicamente puede hacerse mediante el ilusionismo del hindsight bias,la falacia de la retrospección guiada desde el final, falacia en la que el cine está especializado. ("La culpa de todo la tiene el guión", decía la canción de una serie infantil). Y así podemos desafiar al principio de realidad, moldear el final a nuestro gusto y conseguir a la chica.
Es decir, los trucos del ilusionista están escondidos a la vista de todos, como en "The Poerloined Letter". Al igual que los demás magos, Eisenheim emplea en sus números una mezcla de técnica sofisticada y de engatusamiento autoinducido del público, que—atento a lo que cree que va a ver—no ve lo que el mago hace realmente, y así no adivina sus trucos. Y eso que está ante la vista todos nosotros el procedimiento utilizado. En un momento metaficcional de la película, hasta se lo enseñan al policía Uhl, haciéndole un pase privado con un primitivo cinematógrafo: "Así es como crea Eisenheim sus ilusiones" – "Hm. Ya veo." (Y los espectadores aún lo creemos perspicaz por su escepticismo, cuando es todo lo contrario—pero claro, ni aquí ni al final puede Uhl salir de su propio nivel de ficción para desentrañar el truco. Ahí sí que difiere de los héroes nabokovianos de Invitado a una decapitación o Barra siniestra).
Como en Total Recall, aquella de Schwarzenegger metido en una máquina de realidad virtual, nos lleva el Ilusionista a un mundo donde las leyes ordinarias están suspendidas. Y desde el público estamos en la posición del policía escéptico y racional, que no desespera de reducir a sistema lo que ha sucedido. Mal asunto si creemos que podremos echar la mano encima a los espectros conjurados por Eisenheim, porque, como él mismo dice, no pretendía sino entretenernos, y todo eran trucos. El cine confiesa así (tanto aquí como en Total Recall) su auténtica vocación de máquina de sueños, sean cuales sean los ingredientes de conflicto moral o intriga política que se hayan utilizado. Todo queda supeditado a esa inmersión mágica en una realidad alternativa, con un poder inesperado para hacernos replantearnos las fronteras que separan lo sólido existente de lo creído o imaginado. Y esa es su función ideológica más seria.
Al final el inspector Uhl acepta la superioridad del mago, al descubrir que ha sido víctima del truco más gigantesco, el truco escrito en letras tan grandes que no nos fijábamos en ellas mientras intentábamos descifrar los trucos puntuales en letra pequeña. También en esta película flojea la realidad, cede el suelo, y con una reinterpretación súbita nos damos cuenta en el último minuto de lo que ha sucedido realmente… o casi nos damos cuenta, porque aún queda oculto (aunque proyectado en letras grandes a la pantalla) el mayor ilusionismo detrás del ilusionismo. Eisenheim, como el detective Dupin de Poe, encarna el punto de vista del narrador que ha diseñado la historia—si los lectores somos el inspector, al menos se espera de nosotros que seamos capaces de apreciar los trucos del mago, y su perspicacia al saber que puede realizarlos ante nuestras narices con plena libertad, porque estamos deseando verlos. Para eso hemos ido al cine.
No es un remake de Casino Royale la película, sino una adaptación de Casino Royale la novela. Y se ve muy bien, a pesar de lo larga, con ciertos fallos de ritmo al final, cuando parece que ha acabado el argumento, sólo para volver a complicarse cuando la chica Bond resulta ser (cómo no) traicionera. Y mientras, los ingredientes de costumbre, lujosos hoteles y mansiones de magnates del crimen, tecnología punta o futurista (ya ni se sabe), violencia a mansalva, persecuciones espectaculares, intrigas detrás de intrigas.
Destaca una secuencia inicial de persecución estilo parkour por una ciudad africana, y destacan por lo bajo las secuencias de partidas de póker excesivamente largas... pero claro, estamos en Casino Royale. Los caballeros con esmoquin juegan partidas interminables y se tratan con cortesía exquisita y glacial en el salón público del hotel, pero cuando se levantan de la mesa a hacer un descanso, y se meten en la trastienda—pues toma brutalidad, espadazos, karate a las costillas, despeñamientos por las escaleras, tiros a quemarropa—hasta que vuelve a empezar la partida y todos se vuelven a sentar en un ambiente de aparente normalidad, tras haberse cambiado a toda prisa la camisa empapada de sangre; con los moretones y cortes en la cara no sé qué hacen.
Esta es la manera propia que tienen las películas de Bond de acercarse críticamente a la realidad: la cortesía y lujo del Occidente internacional de terminal de aeropuerto y gran hotel, parecen decirnos, no son sino el barniz superficial que cubre la realidad de las cosas, los contactos inconfesables entre los poderosos y el crimen organizado, las guerras industriales y la manipulación de las inversiones (capitalismo viril); el caballero bien trajeado no es sino una fiera inhumana que lucha a muerte y sin piedad en las bambalinas de la realidad oficial, en un argumento que el espectador no acierta a entender bien (¿Estará M a sueldo de alguien? ¿Quién pondría la mano en el fuego?). La confusión argumental y las trampas detrás de trampas vienen a decirnos que estamos indefensos en el mundo, que no nos enteramos, que los resortes del poder están siempre más allá, que lo que percibimos como el orden mundial, o el orden público, o el orden de la comunicación, no es sino una apariencia cuya auténtica cara gentes más expertas y puestas y duras que nosotros (el propio Bond) tampoco alcanzan a desentrañar plenamente. Un mundo en el que los poderosos y admirados, las gentes de mundo, los ricos y sus bellas, son invariablemente canallas de la peor especie. Vestidos de Dior y tratando con soltura al servicio; eso sí.
Algunas cosas no me han gustado. Este Bond es un poco pipiolo (el personaje digo, no el actor, que está genial). Acaba de obtener su licencia para matar y la usa con demasiada ligereza para el gusto de Mm. M. Ésta echa de menos la guerra fría, y claro, no puede presuponerse que Bond conoce aquellos años, estamos empezando de nuevo sin ninguna referencia al pasado del personaje como agente secreto. (Algo que se requiere periódicamente, claro, en el caso de personajes clásicos como superhéroes etc.: la historia avanza y los va descolgando y dejando en un eterno presente imposible). Este Bond, como digo, parece que tenga un pasado, de acomplejado social, según la chica: la dureza de ambos resulta ser una máscara y al final se la quitan en parte, él más que ella, para revelar un corazon tierno y amador y deseoso de cambiar... pues no, hombre, que esto no me gusta; James Bond ni tiene que tener pasado, ni sentimientos; tiene que ser frío, superficial, imperturbable, imposible, una pura máscara sin nada debajo. ¿Bond enamorado, y con la hombría dañada? Anda ya.
Me quedo con esa visión de un mundo de apariencias, charadas, traiciones, falsedades y máscaras detrás de máscaras. Pero sin autenticidad debajo, por favor, que la autenticidad aquí queda falsa, y lo falsea todo. Los sentimientos son para fingirlos... las chicas.
Casino Royale. Dir. Martin Campbell. Written by Paul Haggis, Neal Purvis and Robert Wade. Based on the novel by Ian Fleming. Cast: Daniel Craig, Eva Green, Mads Mikkelsen, Judi Dench, Jeffrey Wright, Giancarlo Giannini, Caterina Murino, Simon Abkarian, Isaac De Bankolé, Jesper Christensen, Ivana Milicevic, Tobias Menzies, Claudio Santamaria. Metro Goldwyn Mayer / Columbia / Eon / Danjaq / Babelsberg / Stillking / United Artists, 2006.
Primero los españoles importamos al árbol de navidad y a Santa Claus, que ahora se llama Papá Noel; ahora estamos en plena importación de Jálouin (que diría la Real Academia). Y en efecto, este último Halloween fabricamos en casa una calabaza o Lantern que encantó a los niños, y nos fuimos con los más pequeños a ver Monster House.
A Álvaro nos lo dejamos en casa, y lástima, por que es una película más para preadolescentes que para pequeñajos. No sólo porque está protagonizada por el trío de Harry Potter (aunque sin varitas) sino porque tiene que ver con ciertas ansiedades sobre la pubertad, y la sexualidad y la vida adulta así un tanto oscuramente intuídas, como conviene.
Por cierto que estos prepúberes no sólo no tienen varitas sino que no usan mayormente ni teléfonos móviles ni videojuegos ni televisión… bueno, haberlos haylos, pero no se llevan, y el énfasis de la película está más bien en un tipo de preadolescencia nostalgia americana, atemporal. Para eso está ambientada en una arquetípica calle residencial que anda, mira que irte a generar eso por ordenador, cuando lo tienes delante de la puerta, ya hace falta ganas de gastar píxeles.
En fin, de la animación no hay queja, es espectacular, tipo Polar Express, en ese sentido una obra de arte. Me encantó la secuencia inicial con las hojas de otoño volando, pero es un poco como matar moscas a cañonazos, no sé si me explico. Ay, Occidente…
La temática es ésta, una vieja pareja que vive una relación enfermiza y obsesiva; el viejo con su casa. Se casaron por amor, pero ya había historia detrás. Ella era una Mujer Gorda de circo, y de ahí la rescató el escuálido galán cuando era galán. El casado casa quiere, y se pusieron a construir la futura Monster House, llenos entonces de ilusión. Pero la Mujer Gorda odiaba a los niños que se reían de ella, y cuando murió por accidente cayendo al cemento de la casa…. quedó milagrosamente convertida en una casa viviente, una casa dominada por el espíritu ofendido y agresivo de la Mujer Gorda. Así la casa, aterroriza a los niños y se traga sus juguetes… medio defendida medio aislada por el marido, ahora convertido en un viejo Gollum con camiseta, que espanta a los niños para que la casa no los dañe. Una pareja absorbente y enfermiza, vamos, como para recomendarte eso de crecer, hacerte heterosexual y poner casa para recibir.
Pues estas ansiedades sobre la pareja y la mujer absorbente y la casa devoradora parecen más bien de niños un poco más creciditos que los protagonistas (igual más bien niños de la edad de los guionistas) pero aquí se conectan con el incipiente descubrimiento de la atracción sexual por parte del Harry Potter protagonista. Cuando llega la Hermione de turno y lo elige implícitamente por encima de los genes más inadecuados del gordito Ron, tendrá que ponerse las pilas e investigar hasta el final y rescatar a la chica de la malvada casa…
Están bien llevadas las referencias cinematográficas para mayores, como los paralelos con La Ventana Indiscreta. Esa era una película sobre otro niño grande que no quería compromisos ni ataduras y que temía verse con la pierna quebrada y en casa dominado por su señora... ahí conecta el tema, claro; y se hace deliberadamente no sólo con el espionaje por la ventana al vecino (esto es muy cinematográfico-reflexivo, lo del Peeping Tom, y nos pone al espectador en situación espontáneamente)—sino también con el contraataque del espiado, invadiendo el espacio sagrado del observador con una siniestra llamada telefónica.
Pero en fin, la malvada gorda es derrotada (hasta se reconcilia su espíritu con su marido al verse liberado) y se promete al viejo Gollum una jubilación en Florida y un ligue de la tercera edad... ¿quién dijo miedo? En fin, que se ventilan ansiedades ante la Esposa Succionadora, pero se nos promete que se superarán, y que los niños se socializarán adecuadamente sin temores primigenios a la Hembra Dominante.
Lo que no cogí de buenas a primeras fue la referencia a la "uvula" de la casa—el chiste de "eso que sólo tienen las chicas"—¡creía yo que estaban hablando del clítoris! Es que los mayores a veces no nos enteramos.
Esta es una película de-liciosa sobre Cole Porter. Me encantan sus canciones, y aquí vienen arregladas y reinterpretadas por un buen plantel de estrellas y figuras. Qué más se puede pedir. Pues un acabado perfecto, buena coreografía, buenas actuaciones, ambientación lograda... Y Hollywood emprendiéndola casi de frente con el tema de la homosexualidad, que no es poco. Bueno, de frente sería mucho decir, en la historia de un homosexual casado y bien casado (con señora rica) como Cole Porter. Y sobre todo si la historia va del amor que tenía a su señora, a pesar de los pesares. Lo que digo es que no han puesto en la portada a Cole Porter besando a un bailarín, o atacando por la espalda a un electricista, que sería otra opción más arriesgada. Sí se muestran los hábitos bisexuales (bueno, bisexuales por decir algo) de Porter, pero las escenas con caballeros son tan castas como casto era Porter con su señora.
O sea que a mitad de camino va ésta entre la clásica que habían hecho sobre Cole Porter (pura ficción heterosexual, una cosa simpática a lo Fred Astaire) y la realidad de las cosas. Se nos presenta como una historia de amor entre un señor con libertades y gustos difíciles y una esposa generosa, poco exigente, dolida en sus sentimientos pero entregada a la felicidad y el arte de su marido. En realidad se justifica bastante la manera de actuar de la época, cuando tantos homosexuales se buscaban un apaño oficial para aparecer en público y en sociedad, y sus intereses eróticos iban por otro lado y en secreto. Si esto daba lugar a sordideces, miserias morales, engaños y confusión de sentimientos, aquí queda todo un tanto estetizado a base de música bonita, elegancia en el vestir, muebles de estilo y casas que te cagas. Parece claro que las prioridades eran esas, muy claritas, y el resto bah. La película pues hace double duty, a la vez mostrando la miseria moral escondida bajo tanta modernidad elegante y tanta pasta (como cuando Porter y su señora se dejan chantajear por un amigo común) y a la vez dándole un encanto de época y poniéndole música de fondo. El amor propio, desde luego, lo tenían sólo mal entendido esta pareja por lo que se ve; y el amor mutuo pues queda bastante en entredicho. Agridulce, pues, y no es extraño que en ese sentido no haya acabado de gustar; es que el material no da para más... al menos en la línea romántica.
Lo que sí me ha encantado es el planteamiento general, que muestra a un Porter post-póstumo, viendo desde su vejez un ensayo de una comedia musical tipo Cole Porter basada en su vida. (Como esos ensayos de Kiss Me Kate, que a su vez nos llevan al teatro dentro del teatro shakespeariano)... Vamos, que De-Lovely va, reflexivamente, sobre el proyecto de sacar adelante De-Lovely, con las canciones adaptadas a los distintos momentos. Muchas veces el resituar una canción en el contexto decadente u homosexual de la vida de Porter se le saca a la luz una interpretación aún más picarona de lo que parecía en un momento; desde luego algunas se las traen desde el momento en que se hace la lectura homosexualizante. O si se interpretan desde el punto de vista del drogadicto.... un ángulo que aquí falta casi completamente, aunque alcohol se bebe abundantemente (a eso iban los americanos a Europa, y si no que se lo pregunten a Hemingway). También faltan, escandalosamente, las dos guerras mundiales, que aquí han debido pasar entre cóctel y cóctel sin dejar rastro. Aún se podría de-construir más esto y dejarlo más de-lovely de lo que fue. Por otra parte, el formato de ensayo para comedia musical, si bien es ingenioso y funciona cinematográficamente hablando, sí se presta otra vez a hacer lo que de hecho hace después de todo la película, es decir, darnos una nueva comedia musical de Cole Porter, en lugar de una visión más crítica. ¡Pero oye, que es una comedia musical, ya le vale! Y me lo pasé muy bien viéndola, y de-leitándome con ella, y de-nostándola. Es de-lovely.
De-Lovely. Dir. Irwin Winkler. Screenplay by Jay Cocks (based on the life of Cole Porter). Cast: Kevin Kline, Ashley Judd, Jonathan Pryce. With Natalie Cole, Elvis Costello, Sheryl Crow, Diana Krall, Alanis Morrisette and Robbie Williams. Prod. des. Eve Stewart. Music by Cole Porter, arr. Stephen Endelman. Ed. Julie Monroe. Photog. Tony Pierce-Roberts. Prod. Irwin Winkler, Rob Cowan, Charles Winkler. United Artists, 2004. Spanish DVD: MGM Home Entertainment, 2005.
(A Good Year). Joven ejecutivo agresivo del parquet bursátil de Londres hereda caserón francés de un tío, primero piensa venderlo, y luego decide quedarse para dedicarse a la vida rural y a una bonita francesa que va en el lote. De paso se vuelve generoso y comparte la herencia con su prima ilegítima recién descubierta.
Pasable la película de Ridley Scott—bueno, es de Ridley Scott, ¿no? Qué menos. Pero un tanto predictable de más, lo cual detrae. El casting y el acting: bueno, pues este señor Crowe tiene casi tantos tacos como yo, y le quitan diez por el morro, cosa que no acaba de colar. Para joven galán tiburoncillo pues no sé si está ya; su cosecha será buena pero es más gran reserva que vino joven. La francesa (Marion Cotillard) está deliciosa como debería estar, pero para ser mujer difícil y exigente se deja seducir echando virutas por el primer asshole simpático que pasa, comprometiéndose de por vida con él tras apenas cambiar diez frases y un polvo. El tema del romance está precipitadamente llevado; falla el ritmo lento que quiere transmitir la película al colisionar con el calendario acelerado que nos llega desde Londres, y el efecto es de eso, de efecto predeterminado. Defecto. Tampoco me acaba de llegar el encanto indiscutible para todos del Tío Henry... aunque su moto era tan encantadora como la mía, y sin duda para su sobrino bien podía tener encanto el tío que iba encima. Los flashbacks poco aportan al argumento, sólo al ambiente campestre de niñez idílica; así que parecen bastante irrelevantes y gratuitos. Menos uno, cuando descubrimos que la francesita ya le había dado un beso al muchacho cuando eran niños y él veraneaba con su tío... abriendo así la posibilidad de que quizá sabía ella más de él que él de ella. Por ejemplo, sabía dónde estaba el grifo de la piscina. Lo increíble de este flashback es que se hubiese olvidado él de la niña, vamos hombre. Y es que tanto éste como los otros, aunque técnicamente bien ligados, quedan curiosamente inconexos con el personaje que se supone los experimenta; igual es por lo repelente de su caracterización, todo efecto de conciencia o memoria íntima sobre el personaje parece gratuito y ajeno a él.
Una película con mensaje tipo feelgood, beatus ille, etc., aunque a decir verdad la decisión de Crowe de irse por la apartada vía, back to basic kiss, no parece nada difícil, dada la comunidad utópica campestre que lo rodea al final. Más increíble es que un personaje del calibre que vemos al principio cambie jamás, y cuánto menos que coja una brocha o una escoba. Eso sí es ciencia ficción, y no lo que hacía antes Ridley Scott. Para comedia, aún le falta mano, a él o al guionista.
Lo que más me ha gustado.... Que yo también de niño veraneaba en Francia, en el caserón de la aldea de mis abuelos. Y que aquellos también fueron buenos años, buenos veranos... de los que siempre te acompañan aunque te acabes dedicando al parquet bursátil. En realidad el lugar de los recuerdos sagrados está en el pasado, ahí están bien guardados si es que es un sitio donde algo se ubique; e inútil sería intentar viajar a ellos en el espacio-tiempo, ni a Francia. Están en otra dimensión. Vamos a dedicarle al buen año ese (y a aquella tarde soleada que nunca pasa) una jotica de Carmen París que lo resume:
Como si fuera un tesoro Llevo en mi pecho guardados La emoción de aquellas horas Y el azul de aquel verano...
Blog de notas de José Ángel García Landa (Biescas y Zaragoza) :::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: "Algo hay en el formato mismo de los blogs que estimula un desarrollo casi canceroso de nuestro ego" (John Hiler)