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Alegorías de la Bomba

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En muchos relatos de ciencia ficción de los años 50 y 60 aparecen alegorías semiconscientes de la bomba atómica. A su manera, estas películas y relatos intentan reflexionar sobre la lógica del armamento nuclear, normalmente hallando una justificación para la existencia de unas armas que podrían acabar con la civilización humana. Son, por tanto, relatos muy de su tiempo y lugar, a pesar de los marcianos y robots, y pueden considerarse parte del "discurso nuclear" que justifica la carrera armamentística y las ambiciones de supremacía mundial de los Estados Unidos - aunque con frecuencia el envoltorio narrativo en el que se presenta este mensaje parezca contradecirlo, y presentar más bien un discurso pacifista o una filosofía de miras más universales.

Como en otros muchos casos, encontramos un conflicto de sentidos e interpretaciones a la hora de analizar estos relatos. El relato nos propone un significado, que podemos aceptar como "críticos amistosos"; pero hay otro sentido más problemático, no deliberado o no deliberadamente propuesto, que sin embargo parece enraizar al discurso en la historia, y tienta por tanto al "crítico desconfiado" que prefiere no aceptar la lectura que la obra ofrece de sí misma. Sea como sea, ambos discursos se encuentran profundamente enraizados en la película, y ninguno produce un sentido totalmente coherente: en tanto que ciencia ficción, el relato siempre deja incoherencias o hilos sueltos; en tanto que neurosis de la guerra fría, sus sentidos surgen a trompicones como interferencias en el discurso oficial de la película, al que contradicen o vuelven absurdo. Kubrick intentó sacar a la luz ese absurdo deliberadamente en su Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (Teléfono rojo: volamos hacia Moscú). Otra caricatura magistral de la lógica de la guerra fría es el relato de Donald Barthelme "Game", recogido en "Unspeakable Practices, Unnatural Acts" (1968) o en "Sixty Stories". Allí dos militares americanos, encargados de disparar un misil atómico si reciben la señal, esperan en un bunker subterráneo un relevo que no llega. Cada uno tiene una llave, que tiene que accionar simultáneamente con la del otro en una consola para efectuar el disparo. Pero la neurosis de la guerra fría ha penetrado en el bunker... ambos empiezan a actuar de modo extraño.... desconfían del otro... y ambos están armados:

"Cada uno de nosotros tiene un calibre 45 y se supone que cada uno tenemos que disparar contra el otro si el otro se comporta de modo extraño. ¿Cómo de extraño es extraño? No sé. Además del 45 tengo un calibre 38 del que Shotwell no sabe nada, escondido en mi maletín, y Shotwell tiene una Beretta calibre 25 de la cual yo no sé nada en una correa de su pantorrilla derecha. A veces en lugar de mirar la consola miro de forma visible el 45 de Shotwell, pero esto es sólo una estratagema, sólo una maniobra, en realidad estoy mirando su mano cuando cuelga cerca de su pantorrilla derecha. Si decide que me estoy comportando de modo extraño me disparará no con el 45 sino con la Beretta. De modo similar Shotwell hace como que vigila mi 45 pero en realidad está mirando mi mano descansando desocupada sobre mi maletín, mi mano. Mi mano descansando desocupada sobre mi maletín".

La demencia racional de este narrador paranoico hace aparecer cuerdo al autor implícito: única manera quizá de escapar a la lógica infernal de la guerra fría. En cambio, la aparente racionalidad que subyace a las alegorías cómplices de la bomba puede desconstruirse sacando a la luz el discurso esquizofrénico de la guerra fría que proclaman sin confesarlo. Tres ejemplos:

This Island Earth (Planeta Prohibido). Un destacado científico nuclear recibe extrañas instrucciones para montar un aparato desconocido. Resulta ser un comunicador que lo pone en contacto con una extraña sociedad que supuestamente recluta a científicos de todo el mundo para desarrollar el conocimiento y acabar con la guerra. En realidad, se trataba de extraterrestres que quieren ayuda para obtener más energía nuclear en su planeta, que está siendo bombardeado con asteroides-misiles por una civilización enemiga. Tras una breve visita del científico y la chica, oops, la científica, al planeta Metaluna, éste es efectivamente destruido, y el último superviviente de la raza, su reclutador, los devuelve a la tierra. Luego muere en una especie de vuelo suicida con su platillo volante. Mientras, pasan sustos debido a la intrusión de un mutante de una raza de esclavos creada por los extraterrestres (este mutante inspiró a Tim Burton para Mars Attacks, y el rayo transportador del platillo y los científicos abducidos son retomados en una aventura de Tintín, Vuelo 714 para Sidney).

En esta película, los planes de desarrollo nuclear de los EE.UU. son pacíficos: el científico pretende dominar los secretos de la naturaleza. Pero la guerra fría, recalentada, se ha transportado el espacio, donde la energía atómica tiene una finalidad "defensiva" para crear un escudo alrededor de Metaluna: la bomba, a fuerza de hacerse impensable, se trasluce. Los efectos de una impotencia nuclear aparecen ilustrados en el fin del planeta Metaluna. Los científicos abducidos recuerdan a la fuga de cerebros que se asoció a la primera fase del programa espacial y nuclear americano. El secretismo, espionaje mutuo y halo de traición que rodea a la mansión donde los extraterrestres han montado su laboratorio en la tierra hace pensar en el maccarthismo y la paranoia de vigilancia por el temor a la infiltración de espías soviéticos. La película utiliza todos estos elementos reales o ligeramente refractados de la actualidad política y mediática, para desplazarlos al espacio: pero la lección que se llevaron los metalunianos sólo puede aprovechar a los terráqueos. En cuanto al mutante, como ser obviamente masculino y potencial violador de la científica-chica, representa sin duda no sólo los resultados repugnantes o peligrosos de la experimentación nuclear, sino también un principio masculino amenazador con el que tienen más en común de lo que quieren reconocer tanto sus creadores como el protagonista - que protege y guía a la chica constantemente como si fuese coja, pero va a contribuir con sus experimentos a que la Tierra se vuelva un poquito más como Metaluna.

The Day the Earth Stood Still. Aquí aterriza un platillo volante, en el que viajan un extraterrestre a todas luces humano y un robot que parece un Famovil hipertrofiado. Los humanos reaccionan con histeria, disparan repetidamente contra el extraterrestre (menos mal que resucita). El extraterrestre huye de un hospital, se infiltra en una familia de viuda con huérfano, se mueve como un espía soviético en medio de una sociedad altamente paranoizada por los medios de comunicación. Medita sobre los horrores de las guerras, y demuestra su poder superior haciendo que todas las máquinas de la Tierra dejen de funcionar a la vez durante un día (sin causar víctimas). Anuncia que su robot, y una raza de robots como él, actuarán como vigilantes para la humanidad. Ésta ha de renunciar a la guerra, y unirse a otros mundos amantes del progreso y la carrera espacial, o será destruida sin piedad por esos vigilantes inflexibles, como una raza no merecedora de existir.

El robot también transporta chica desmayada en brazos, a la manera de algunos de los mejores monstruos de serie B, y así deja clara, por si había dudas, su asociación con una masculinidad mecanizada y asociada más a Tánatos que a Eros. Es quizá a través de este robot, bomba exterminadora de aspecto humanoide, donde se ve más claramente el parentesco entre la bomba y los principios masculinizados de competencia, control, violencia y autodestructividad fanática. De hecho, la Bomba también es simbólica, un símbolo materializado de esos principios: el Falo Apocalíptico Definitivo. Pero son principios que en esta película se nos presentan como benevolentes, y provinientes de una civilización superior. La bomba es necesaria para mantener a la humanidad en paz. La logic of deterrence busca aquí una justificación ultraterrena; se presenta como inspirada por una visión que trasciende las guerras pasadas. La bomba es el ingenio que, conteniendo la guerra final en sí, acabará con todas las guerras, a la manera del misterioso artefacto al que alude Milton en Lycidas:

But that two-handed engine at the door
Stands ready to smite once, and smite no more.

Por cierto, que en el relato que servía de fuente a la película, el "amo" extraterrestre resultaba ser el esclavo de su robot-arma letal. Tal vez esto resultaba demasiado revelador de cómo funcionan las cosas, y se suprimió en la película. El motivo de una amenaza apocalíptica y benevolente que actúa de modo aparentemente negativo sólo para hacer posible la paz entre los hombres fue retomado en numerosas narraciones de ciencia ficción. Es, sin duda, la alegoría de la bomba más a tono con la política oficial de las potencias nucleares.

Un ejemplo se encuentra en un personaje originado en la serie de los Cuatro Fantásticos, el Silver Surfer (Estela Plateada). Este surfista espacial, humanoide metálico de rostro impasible, era originalmente el emisario y heraldo de Galactus, un descomunal coloso que a modo de faraón megalomaníaco viaja por el espacio destruyendo mundos para extraer de ellos su energía. Estela Plateada obtiene su libertad con una especie de cambio de bando (no era tan inhumano después de todo). Junto con los Cuatro Fantásticos derrota a Galactus, aunque su desprecio a la raza humana le lleva a continuar siendo un exiliado del espacio. Regresa, y esta vez es él y no Galactus quien personifica a la Bomba, ya dentro de la lógica de la disuasión. Estela Plateada viaja por los continentes sembrando destrucción, para obligar a la raza humana a olvidar sus rencillas y descubrir una unidad de propósito en lo universal luchando contra él: es, una vez más, una alegoría de la Bomba que bajo su apariencia destructiva oculta lo que según esa lógica es la única paz posible, la paz armada. No cuenta Estela Plateada en este episodio con la avanzada tecnología del Ejército USA (permítase aquí un poco de propaganda) que le dispara un misil que va absorbiendo su energía y casi casi acaba con él: es un puñetazo de la Cosa lo que consigue enviar el misil al espacio donde explotará inofensivo. Vemos que en este caso la lógica de la Bomba se retuerce sobre sí misma, y aparece Estela Plateada como un idealista peligroso, un terrorista bien intencionado al que hay que detener y educar; el Ejército que lo iba a destruir también es demasiado expeditivo, y los Cuatro Fantásticos son los que median entre uno y otro extremo.

Esta ambivalencia o cambio súbito del sentido de la alegoría es un fenómeno frecuente en los diversos tratamientos que se dan a un tema que desborda y ofende a los parámetros "normales" del pensamiento, y en el que naciones enteras han invertido energía e ideología en grandes cantidades sin conseguir reconciliarlo con los valores supuestamente humanistas e ilustrados que se supone las animan. Desde que se aceptó la lógica de la Bomba, y sobre todo desde que hay sólo una clara potencia con hegemonía mundial, el terror absoluto y el orden mundial son en última instancia indistinguibles. Sin ser maximalistas: en muchas ocasiones se distinguen todavía, como en muchas se han mezclado antes, pero con la lógica de la bomba esta confusión entre orden y caos, entre razón y demencia, ha alcanzado nuevas dimensiones. "Si se supiera / lo que se presiente y no se dice / desde que Hiroshima / nos dejó sin habla" - como decía el poema de Vázquez Montalbán. Por ese no poder decir proliferan las alegorías de la Bomba, que hacen lo posible por explicar lo inexplicable sin mirarlo directamente - no vayamos a quedarnos ciegos del resplandor.

Lunes, 29 de Agosto de 2005 09:12. Enlace permanente. Literatura y crítica

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José Ángel García Landa

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