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Vanity Fea




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La sombra del viento

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Me acabo de leer el libro de Carlos Ruiz Zafón La sombra del viento, y aquí van unos spoilers (es spoileable, pero también muy legible a pesar de eso). Narra las aventuras de un chaval joven, Daniel, que en la Barcelona de posguerra repite (con variaciones más afortunadas) las andanzas de su "padre espiritual" o quizá doppelgänger, Julián Carax, el autor del libro favorito de Daniel La sombra del viento.

Resulta éste Carax ser el hombre sin cara, Cara-X, un siniestro perseguidor que aparece a veces de modo fantasmal intentando destruir ese ejemplar del libro. Carax había sido un buen autor que fracasa en la vida; sus libros no se venden, sus esperanzas de promoción social resultan ser engañosas, su historia de amor con su hermanastra es frustrada por su padre el magnate... y vuelve a Barcelona al comienzo de la guerra civil, tras años de ausencia, a por su amada que aún cree viva, pero en realidad a caer en la trampa de venganza del siniestro inspector Fumero, que también deseaba a la misma mujer. Fumero es una bestia asesina, de esas que suben como la espuma en tiempos revueltos, sobre todo cuando el Estado se convierte él mismo en un Estado asesino. Durante la guerra, desesperado y manipulado por Fumero, Carax quema toda su obra, y pierde su rostro a la vez en el incendio. Entramos en la historia vislumbrándola oscuramente, y sólo se nos aclara con la narración que a Daniel le ha dejado escrita Nuria Monfort, antigua amante de Carax, que lo cuidó tras su desfiguramiento, y que ahora ha sido asesinada por Fumero.

Termina la obra con la venganza de Carax, la muerte del inspector Fumero, y el éxito de Daniel, que sí logra llevar adelante su historia de amor, tan parecida a veces, con la hermana de su amigo Tomás Aguilar, Bea. También logra devolver a Carax la esperanza en la vida y las ganas de escribir... y "la pluma de Victor Hugo" que le había comprado Nuria Monfort. Daniel es un héroe flojillo, atrevido y decidido a seguir el hilo del misterio, pero cobarde físicamente, e impotente ante la brutalidad de los demás. Se le une otro antihéroe todavía más antiheroico, Fermín Romero de Torres, antiguo represaliado por Fumero, que sufre nuevas palizas pero sin decaer nunca en su ánimo, ni en sus recursos.

Una de las cosas que más llaman la atención en la novela es la descripción del ambiente de resentimiento, silencios y opresión tras la guerra civil, consecuencia de la brutalidad desatada durante la guerra y su pervivencia latente en la dictadura que siguió. Está bien llevada (muy mendozamente) la manera en que las tensiones en la vida de Carax, de origen social y sexual, con mucho componente de clase, van sumándose poco a poco hasta que vuelve a Barcelona en plena guerra civil. Nuria Monfort dice del ambiente de Barcelona en 1936:

Me es imposible describir aquellos primeros días de la guerra en Barcelona, Daniel. El aire parecía envenenado de miedo y de odio. Las miradas eran de recelo y las calles olían a un silencio que se sentía en el estómago. Cada día, cada hora, corrían nuevos rumores y murmuraciones. Recuerdo una noche, volviendo a casa, en que Miquel y yo descendíamos por las Ramblas. Estaban desiertas, sin un alma a la vista. Miquel miraba las fachadas, los rostros ocultos entre los postigos escudriñando las sombras de la calle, y decía que podían sentirse los cuchillos afilándose tras los muros. (476)

Estos recelos opresivos tienen su contrapartida en el silencio oficial y olvido voluntario que se da en la posguerra:

Nunca subestimes el talento para olvidar que despiertan las guerras, Daniel. (487).

Claro que es un olvido ese solamente oficial y de puertas afuera. De puertas adentro la gente sí recuerda, pero se crea una mala conciencia pública por el desfase entre lo que se sabe y lo que se puede decir, o lo que se quiere decir.

Vivíamos de rumores, recluidos. Supimos que Fumero había traicionado a todos aquellos que le habían encumbrado durante la guerra y que ahora estaba al servicio de los vencedores. Se decía que él estaba ajusticiando personalmente—volándoles la cabeza de un tiro en la boca—a sus principales aliados y protectores en los calabozos del castillo de Monjuïc. La maquinaria del olvido empezó a martillear el mismo día en que se acallaron las armas. En aquellos días aprendí que nada da más miedo que un héroe que vive para contarlo, para contar lo que todos los que cayeron a su lado no podrán contar jamás. Las semanas que siguieron a la caída de Barcelona fueron indescriptibles. Se derramó tanta o más sangre durante aquellos días que durante los combates, sólo que en secreto y a hurtadillas. Cuando finalmente llegó la paz, olía a esa paz que embruja las prisiones y los cementerios, una mortaja de silencio y vergüenza que se pudre sobre el alma y nunca se va. No había manos inocentes ni miradas blancas. Los que estuvimos allí, todos sin excepción, nos llevaremos el secreto hasta la muerte. (509).

El rostro desfigurado de Carax es un símbolo traumático desplazado, un emblema de la herida que ha dejado la guerra en lo privado y en lo público, un desfiguramiento evidente que a la vez se oculta y no puede manifestarse públicamente. (NOTA) Es curioso sin embargo que Carax no pueda culpar de todos sus errores a Fumero; una buena dosis son obra suya y los expía y perpetúa intentando destruir sus propios libros uno por uno, como si en su persona hubiese asimilado y dado forma al rostro abyecto de su mayor enemigo. Carax encarna así el desfigurado rostro colectivo de la posguerra. Contra ese trasfondo traumático trabaja en parte el argumento de venganza folletinesca de la novela, una vendetta del desfigurado en la que hay una buena dosis de wishful thinking o fantasía compensatoria: por ejemplo en la muerte de Fumero a manos de un Carax que más parece a estas alturas un superhombre que un tullido. España desde luego no tuvo esa catarsis... La novela es así una retribución simbólica, o una llamada a la "memoria histórica" antifranquista. La vida de Daniel puede así repetir, sin trauma, lo que debía haber sido la vida de Carax en una sociedad más abierta.

Carax supermán ha pasado antes por otras fases: de espectro maligno a amante romántico, y a pobre hombre... aún seguirá evolucionando. En los años 60, nos dicen los epílogos, Julián Carax, sin cara de por vida, vuelve sin embargo a escribir... El hijo muerto de Julián y su amada imposible, Penélope Aldaya, se llamaba Daniel. El nuevo Daniel (el protagonista, hijo espiritual de Cárax) tiene un hijo con Bea a quien le pondrá Julián. La última novela que envía Julián Carax a Daniel, El ángel de brumas, comienza quizá con un episodio en el que un niño de diez años, Julián, va con su padre, por primera vez, al Cementerio de los Libros Olvidados... superponiendo así la historia de Julián Carax niño, la de Daniel, y la de su hijo Julián; ese nuevo libro de Carax será, al parecer, una versión alternativa de La sombra del viento (la de Zafón, no la de Carax... aunque una y otra se mezclan a veces. Del mismo modo que Carax termina convertido en Laín Coubert, el diablo sin cara, uno de los personajes de su novela). Y es que los libros te llevan, inesperadamente, a la vida. Si no siempre a la vida de su autor, como en este caso, sí a la propia de cada cual.

En una ocasión oí comentar a un cliente habitual en la librería de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. (13)

Terminaré recordando lo que es el principio de la novela, el Cementerio de los Libros Olvidados, a donde su padre lleva a Daniel niño:

—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vieron o soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardinanes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu...

Allí Daniel adopta, según la costumbre (à la Fahrenheit), un libro: La sombra del viento, de Julián Carax. (Esta Sombra del viento, más desafortunada que la de Ruiz Zafón, apenas si vendió algunos ejemplares...). Aunque de hecho, la novela de Ruiz Zafón nos muestra que si mucho hay en los libros, todavía hay más alrededor de los libros. Un libro no sólo cuenta una historia. Es una historia, y tiene una historia, pero esa historia muchas veces no queda escrita. Toda biblioteca es, en cierto modo, un Cementerio de los Libros Olvidados. Y tantas otras cosas más que se olvidarán porque no se escribieron, ni se dijeron... Las novelas sobre la memoria de la guerra civil y la posguerra (Tu rostro mañana de Javier Marías también me impresionó a este respecto) tratan de poner nombre a algunas de ellas, para que existan al menos en un libro. (Acuérdate de recordar. Recuerda los obstáculos que se ponían al recuerdo...).

Y con esa llamada a la memoria como vida póstuma termina la narración escrita que deja Nuria Monfort:

De todas las cosas que escribió Julián, la que siempre he sentido más cercana es que mientras se nos recuerda, seguimos vivos. Como tantas veces me ocurrio con Julián, años antes de encontrarme con él, siento que te conozco y que si puedo confiar en alguien, es en tí. Recuérdame, Daniel, aunque sea en un rincón y a escondidas. No me dejes ir.

 

 

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(NOTA 1). Me trae esto a la mente otro personaje de rostro desfigurado que, en mi interpretación, es la encarnación simbólica de un trauma colectivo: el protagonista negro del relato de Stephen Crane The Monster. Al respecto escribí en tiempos este artículo: "Reading Racism: The Assumption of Authorial Intentions in Stephen Crane's 'The Monster'". (- Volver al texto)

(NOTA 2). Y muchas gracias a Rosa Nasarre, que el libro fue regalo suyo.

 

Rayuela 104

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