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El laberinto del fauno

Me perdí en sala El laberinto del fauno por cierta desconfianza al cine español, pero la pillamos en DVD y resulta una sorpresa agradable: una de las mejores películas españolas jamás vistas—y claro, tampoco es que sea tan española. Los efectos especiales, sin dispendios astronómicos, estan logradísimos, imprescindible en una película de fantasía, una especie de Narnia con dos rombos. La comparan con El Mago de Oz por el asunto de las pruebas que tiene que pasar la niña, y también supongo por el contraste / paralelismo entre el mundo de fantasía y la propia realidad.

Es un tipo de películas éstas que están yendo a más, en parte por el auge de los videojuegos: películas que duplican metaficcionalmente lo que es la propia inmersión que te da el cine en un mundo alternativo, pero reforzadas ahora con los esquemas narrativos y de búsqueda característicos de los videojuegos—que a su vez nos remiten a otras experiencias inmersivas como la que proporcionan los libros que contienen mundos alternativos dentro (así en Myst, etc.). Es todo un proceso de referencia y refuerzo de unas experiencias inmersivas a otras, insertándolas unas en otras ya sea de modo explícito o indirecto, en un proceso de intermedialidad agudo. Aquí las experiencias de mundos alternativos de la niña protagonista, Ofelia sirven de base a la oscilación de la película entre dos géneros y dos tipos de mundo, y estas experiencias también se inician a través de la lectura, en este caso de cuentos infantiles de hadas, ogros y bichos encantados. Realidades ordinarias y fantasías familiares, detrás de las cuales acecha lo inquietante y terrrorífico, como decían Dickens y Freud en sus comentarios sobre Das Unheimliche. A mí las historias años cuarenta de Pinocho, Chapete, Tintinelo, Patapón y Voltereta también me ponían un mal cuerpo que aún me dura.

Lo característico de la película viene de la distancia en apariencia insalvable entre los mundos superpuestos, los contrastes dentro del horror (que así se vuelve en cada mitad metafórico del horror de la otra), y las analogías y transiciones sugeridas... por ejemplo, el "hombre blanco" que lo llaman en el méikinof,

laberinto del fauno

aquel ogro paralizado ante un festín, sugiere el patriarcado opresivo y paralizante que quiere imponer Vidal (cuya misoginia es cósmica). Pues también el facha Vidal preside una mesa llena de victuallas ante los próceres locales, y expone ahí el ideario franquista—y el hombre blanco recuerda a Franco decrépito, tras cuarenta años de inmovilidad, una imagen abyecta que a la vez mezcla elementos de una martirología católica de pesadilla, de esos tan del gusto de la Iglesia inquisitorial y barroco-tenebrista cuando se le deja explayarse (las llagas de Cristo combinadas con los ojos de Santa Lucía, y con el yugo y las flechas, pongamos). El resultado, claro, es fantástico, onírico de orinarse en la cama, y nos remite con una precisión infalible a lo que deberían haber sido, si es que no eran, las pesadillas que teníamos de niños cuando Franco presidía la mesa bajo palio.

Son inolvidables los momentos de elección difícil de la película, cuando los personajes tienen que decidir entre actuar según su conciencia o someterse al tanático orden del facha Vidal—es éste todo un símbolo de época, un manojo de traumas soldados uno a otro en firme, uno de los mejores fachas jamás vistos en la pantalla. Así, la rebelión de la humilde sirvienta que interpreta Maribel Verdú, el suicidio del tartamudo torturado, o la rebelión tranquila del médico, con uno de los mejores diálogos entre el fascista y el médico que le dice que ha ayudado al tartamudo a morir porque no podía hacer otra cosa.

- Sí, podía haberme obedecido.
- Es que... obedecer por obedecer, así, sin pensar... eso sólo pueden hacerlo los hombres como usted, capitán.
- (Bang).

El argumento fantástico también gira sobre el rechazo a la obediencia ciega, y la necesidad ineludible de tomar opciones éticas personales que nos llevan a la tragedia—contradiciendo así los mensajes subliminales o explícitos de los cuentos para niños y la lección que parecía sugerir la aventura con el ogro blanco.

La película, claro, se basa en el principio del wishful thinking, la corrección mediante la fantasía de los defectos de la historia. O, como decía Jameson, en ofrecer soluciones imaginarias a problemas reales. Así la niña Ofelia—que, por cierto, ¿era o no era la auténtica hija de Vidal?—muere en la "realidad" por el disparo del fascista, pero alcanza en el plano fantástico el trono prometido por Propp. Y, similarmente, los fascistas ganaron la guerra de hecho, pero aquí son los resistentes los que triunfan (pequeña subordinación de la historia al deseo) y se nos cuenta lo que debió haber sido. Se le dice al facha Vidal que su hijo, lejos de recordar a su padre, ni siquiera sabrá nunca quién es él. Pero ay, es todo una fantasía consolatoria; la realidad era aún más tozuda, y fue más bien Franco quien paró el reloj y a quien hubimos de sufrir como patriarca adoptivo: en conjunto, España se sometió al Caudillo, en lugar de acuchillarlo, y demasiado bien sabemos quién era. La bendita ignorancia les llega más bien a las jóvenes generaciones, que no saben ya ni quién era Felipe González, cuánto menos Franco. Y tampoco está tan claro que sea buena para ellos una inocencia tan radical. Película, pues, de reescritura de la historia al gusto republicanizante que hoy se lleva: no en vano es Federico Luppi el rey entronizado al final.

Y luego... qué pasa con todo esto. Que con estos ingredientes se puede hacer una plasta insufrible o una película excelente. Y aquí todo funciona, hace clic, todo está llevado con una tensión infalible para ir poniéndote el corazón en un puño: las interpretaciones de Sergi López como el fascista Vidal o de la sirvienta Maribel Verdú, y la de la niña protagonista, Ivana Baquero, son excelentes, las señoras de la cocina son perfectas, las pesadillas son de pesadilla, la textura de luz en la fotografía en la cara de la niña es insuperable, el insecto-hada se mueve como tiene que moverse, y la película, en fin, hay que verla.


Sábado, 29 de Septiembre de 2007 18:53. José Ángel García Landa Enlace permanente. Cine

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