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Potocki: Formalización del trayecto vital

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Este post va sobre una especie de narratología formalista versión 1800—época que se supone erróneamente una época oscura de la narratología, ese período oscuro que se extiende entre Aristóteles y los formalistas rusos... Para narrar esa historia de la narratología hay que olvidar muchas narratologías por enmedio, claro, como las de las novellas, las del drama neoclásico, o los comentarios metaficcionales de las novelas de la edad moderna, como el Manuscrito encontrado en Zaragoza. La ventaja de este caso en concreto es que además de ofrecer una narratología formal nos ofrece también su refutación o parodia, siempre oportuna.

Un personaje fascinante, el polígrafo polaco Jan Potocki, autor de este Manuscrito. O de estos "manuscritos", pues la historia editorial de esta obra y sus variantes es casi tan enrevesada como el mapa de las narraciones interrumpidas y reanudadas, entrecruzadas e insertadas a distintos niveles, de que consta la novela. Novela, colección de cuentos, sátira menipea, o lo que sea. Entre sus muchos ingredientes, están los comentarios metaficcionales sobre su propia estructura, tal que éste, en boca del geómetra Velázquez:

Hallándose el gitano en este punto de su relato, vinieron a buscarle por asuntos de sus gentes. Cuando se marchó, Velázquez tomó la palabra y dijo:
—Por más que presto atención a los relatos de nuestro jefe, no consigo comprenderlos. Ya no sé quién habla ni quién escucha. Ahora es el marqués de Val Florida el que cuenta su historia a su hija, que la cuenta al gitano, que nos la cuenta a nosotros. En verdad, todo resulta muy confuso. Siempre he pensado que las novelas y demás obras de este tipo deberían estar escritas en distintas columnas, como los tratados de cronología. (491)


(También sobre cronología escribió Potocki....). Además de muchas historias, son también muchas por tanto las perspectivas sobre las historias contadas. Éstas son siempre historias de vástagos de nobles familias que corren peripecias, sufren seducciones, tentaciones diabólicas, se disfrazan y hacen pasar por otros, se pelean en duelos por su honor. Historias en las que la precipitación, la imprudencia y el azar tienen efectos imprevisibles, favorables o desfavorables al protagonista, pero siempre evaluados y sopesados por éste. Y en medio de estas aventuras, o tras su fin, siempre siempre escuchan todos los relatos de alguien entretanto, relatos tan rocambolescos como los suyos propios, e igualmente obsesionados con la posición social, el honor aristocrático codeándose con la mala vida, con la autoridad problemática de los patriarcas, y con las inflexiones accidentales de la vida que frustran los cálculos matrimoniales y patrimoniales de las grandes familias. A veces aparecen inopinadamente especulaciones antropológicas o filológicas en boca de los personajes. Algunas de las más interesantes tienen que ver con los orígenes míticos del cristianismo, en una línea de pensamiento ilustrado que lleva directamente a estudios de mitología comparada como los de Schelling o con The Golden Bough de Frazer. Así nos dice el Judío Errante (en un razonamiento calificado de impío por el narrador principal) que los ritos cristianos tienen analogías con otros ritos mistéricos orientales:

En los misterios de Mitra se presenta al iniciado pan y vino, y a esa comida se le da el nombre de eucaristía: el pecador, reconciliado con Dios, empieza una nueva vida, más inocente que la que hasta entonces ha llevado. (...) Los misterios (...) tienen además una ceremonia común a todos: un dios muere, lo entierran y le lloran durante varios días: luego el dios resucita y todos se alegran. Algunos dicen que este emblema representa al sol, pero por regla general se entiende referido a semillas confiadas a la tierra. (590, 591)


A esto oponen los ortodoxos una refutación retroactiva sospechosamente ad hoc, atribuida a San Justino Mártir: "quien añade incluso que ahí podemos reconocer la maldad de los demonios, que imitaron por adelantado lo que los cristianos harían con el tiempo" (590). También en estas mitologías comparadas hay un elemento de abstracción y narratología, como lo hay en Frazer.

Otra perspectiva curiosa sobre las historias es la que ofrece el geómetra Velázquez. Como no podía ser menos, es Velázquez el más atento a las relaciones formales y metaficcionales del relato, y hasta propone una notación matemática para representar la inserción recursiva de relatos en relatos que es la característica sobresaliente del Manuscrito encontrado en Zaragoza:

—Tal vez el señor duque desea hacer algún cálculo interesante, y mi relato pueda distraerle.
—Nada de eso —respondió Velázquez—, al contrario, es vuestra historia la que me preocupa. Tal vez el señor Íñigo Suérez haya encontrado en América alguien que le haya contado la historia de alguien, que también habrá tenido una historia que contar. Para no perderme, he imaginado una escala de relación, muy parecida a la que se utiliza en las series recurrentes, llamadas así porque en ellas se recurre a los primeros términos. Seguid, por favor. (555)


Pero las ambiciones de Velázquez van más allá, y quiere matematizar también las acciones de los personajes. Los personajes son movidos por sus pasiones y deseos, que se manifiestan en los relatos contándolos desde dentro en boca del protagonista, pero Velázquez ofrece una perspectiva aséptica sobre la cuestión, reduciendo las acciones y motivaciones humanas a fórmulas matematizadas y a esquemas de fuerzas abstractas. Esto se hace de una manera ambigua: cierto es que Velázquez es objeto de la sátira del autor, con su mente que todo lo reduce a números y proporciones; pero sin embargo su pensamiento es demasiado elaborado, original e irónico como para reducirlo a la sátira sin más—ni siquiera cuando pretende hacer un cálculo matemático de la felicidad humana:

– Me parece –dijo Rebeca– que conocéis perfectamente los resortes del corazón humano, y que la geometría es el camino más seguro para llegar a la felicidad.
– Señora –contestó Velázquez–, en mi opinión esa búsqueda de la felicidad puede compararse con la resolución de una ecuación de grado superior. Conocéis el último término que, como bien sabéis, es el producto de todas las raíces. Pero antes de agotar los divisores, llegáis a muchísimas raíces imaginarias. Mientras, el día pasa y habéis tenido el placer de calcular. Lo mismo sucede con la vida humana. También llegáis en ella a cantidades imaginarias que habéis tomado por valores reales. Pero, mientras, habéis vivido y además habéis obrado; por lo tanto, la acción es la ley universal de la naturaleza. Creéis que esta roca reposa porque la tierra sobre la que descansa le opone una reacción superior a su presión; pero si pusiéseis el pie bajo la roca percibiríais su acción. (Potocki 363)


Está claro que a Potocki le intrigaban tanto como a Velázquez las posibilidades entrevistas de una descripción matemática del comportamiento—el desarrollo de una ciencia ilustrada en la que los fenómenos humanos complejos podrían reducirse en última instancia a los principios elementales que rigen el movimiento de los cuerpos físicos e inanimados. Las pasiones son para él fuerzas motrices representables mediante curvas y ecuaciones. Algo deben sin duda estas especulaciones al Hombre Máquina de La Mettrie. Es la versión dieciochesca (y decimonónica) de la consiliencia o de la reducción, ignorando claro está por la vía rápida el problema de los fenómenos emergentes en los diferentes niveles de complejidad. En Taine o en Zola en el diecinueve también encontramos (pasando por el positivismo) este sueño de dar cuenta de los fenómenos humanos con una explicación tan rígida como la de las ciencias duras.

Veamos a Velázquez en acción de nuevo. Está aquí escuchando, con el protagonista y otros, la historia de los amores del marqués de Torres Rovellas, que concluye así y da lugar a la especulación que sigue:

Finalmente la edad ha helado mis sentidos, pero mi corazón no ha cesado de ser sensible, y siento por mi hija una ternura más viva de lo que fueron mis pasiones. Verla feliz y morir en sus brazos es el voto que cada día hago. No tengo derecho a quejarme: mi querida niña me recompensa con su amor sincero. Su futuro no me inspira temor, las circunstancias le son favorables. Creo haber asegurado su porvenir hasta el punto en que puede asegurarse algo en la tierra. En paz, pero no sin penas, dejo este mundo en el que, como cualquier hombre, he conocido muchas adversidades, pero también mucha felicidad.
Habéis querido saber mi historia: ahí la tenéis. Mas temo que haya aburrido a nuestro geómetra, que acaba de sacar sus tablillas y las ha llenado de cifras.

—Debéis perdonarme —respondió el geómetra—, vuestra historia me ha interesado vivamente. Al seguiros en el camino de la vida y al ver que una pasión motriz os elevaba a medida que avanzabais, os sostenía en medio de vuestra carrera y os apoyaba incluso en el declive de la vida, me ha parecido ver la ordenada de una curva cerrada que avanza sobre el eje de las abscisas, crece según determinada ley, permanece casi estacionaria hacia la mitad del eje y luego decrece en proporción de su crecimiento.
—La verdad —dijo el marqués— pensaba que podría sacarse alguna moraleja de la historia de mi vida, pero no una ecuación.
—No es de vuestra vida de lo que aquí se trata —prosiguió Velázquez— sino de la vida humana en general. La energía física y moral crecen con la edad, se detienen luego y declinan; es lo mismo que ocurre con otras fuerzas y está sometida a leyes análogas, es decir, a cierta proporción entre el número de años y la cantidad de energía medida por la elevación moral. Me explicaré mejor. He considerado el curso de vuestra vida como el eje central de una elipse dividida en noventa partes iguales y he tomado la mitad del eje menor de forma que la ordenada de 45 sólo supere la de 40 y la de 50 en dos décimas. Observad que las ordenadas que representan los grados de energía no son valores de la misma naturaleza que las partes del eje mayor que son años, pero no obstante son funciones suyas. Así pues, debido a la naturaleza de la elipse tendremos una curva que primero se elevará rápidamente, permanecerá luego casi estacionaria y declinará tanto como se haya elevado.
"El instante de vuestro nacimiento es el origen de las ordenadas en que las y y las x son igual a cero. Nacéis, y al cabo de un año vuestra ordenada es de 31/10. Las ordenadas siguientes no os ofrecerán ya una diferencia de 31/10; porque la distancia de cero a un ser que balbucea los elementos de la razón es mayor que cualquier otra.
"El ser humano de dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete años tiene por ordenada de su energía los valores de 47/10, luego 57/10, 65/10, 73/10, 79/10, y 85/10, que tienen unas diferencias de 16, 10, 8, 8, 6 y 6 décimas.
"La ordenada de catorce años es 115/10, y la suma de las diferencias desde los siete no es más que de 30/10. A los catorce años empieza la juventud; todavía es muy fuerte a los veintiuno, y la suma de las diferencias para esos siete años sólo es de 19/10. De ahí a los veintiocho años es de 14/10. Observad que mi curva representa la vida de estos hombres cuyas pasiones son moderadas y cuya fuerza mayor se presenta pasados lo cuarenta años, hacia los cuarenta y cinco. En vuestro caso, con el amor como pasión motriz, vuestra ordenada mayor debía llegar diez años antes por lo menos, es decir hacia los treinta y cinco años, y debíais elevaros más deprisa. En efecto, que vuestra ordenada mayor se presente a los treinta y cinco años, responde a un gran diámetro de sextante. A partir de ese momento, la ordenada de catorce años, que en el hombre moderado era de 115/10, en vuestro caso es de 127/10; la ordenada de los veintiún años, en lugar de 134/10, en vuestro caso es de 144/10. Pero, mientras que a los cuarenta años el hombre moderado puede seguir aumentando su energía en una décima, en vos disminuye.
"Os ruego que me prestéis un poco de atención. A los catorce años, amáis a una joven; cumplidos los veinte, os convertís en el mejor de los maridos. Cumplidos los veintiocho, cometéis contra vuestra mujer una infidelidad notoria, pero la mujer que amáis tiene un alma elevada que exalta la vuestra: a los trienta y cinco, desempeñáis en sociedad un papel glorioso. No tardáis en volver a la afición por las aventuras, que ya teníais a los veintiocho años, cuya ordenada es igual a la de cuarenta y dos. Luego volvéis a ser buen marido como lo erais a los veintiún años. Finalmente, vais a casa de uno de vuestros vasallos y amáis a una muchacha jovencísima igual que amasteis a otra a los catorce años, cuya ordenada responde a la de cincuenta y seis. Espero, señor marqués, que el eje mayor de vuestra exigencia no se limite a setenta, que llegue incluso a cien. Pero en tal caso, vuestra elipsis irá trocándose poco a poco en una curva diferente que con toda probabilidad se parecerá a la catenaria. (716-719)


Etc. etc. Lo que me interesa de las teorías de Velázquez es la manera en que se ofrecen como una metodología para representar y comparar trayectos vitales. Por supuesto esto es ficción y sátira, y de ahí los elementos absurdos de las matemáticas que se exponen aquí—sobre todo la presuposición que parece tener Velázquez de que las vidas siguen la forma de curvas simétricas, y por tanto calculables a priori en principio, dados los primeros valores. Claro que (aunque Velázquez no llegue a formularlo así), la supuesta geometría vital habría de ser una ciencia predictiva—algo que se da de tortas con los avatares impredecibles de las vidas efectivamente vividas. Sin embargo, en el caso expuesto, en el que se "formaliza" una vida ya prácticamente vivida, la de Torres Rovellas, la matematización es mayormente retrospectiva, y queda un elemento de incertidumbre futura (si la curva de su vida será una catenaria o una elipsis), algo que está en realidad sin decidir hasta que sea vivida efectivamente, y no puede calcularse matemáticamente. Es de suponer que Velázquez se avendría a que otras vidas de trayectoria más errática fuesen representadas por curvas asimétricas—siempre trazadas retrospectivamente, una vez se dispone de los datos. Pero los datos del universo son numerosos, según reconoce Velázquez, aunque no desiste de llegar un día a ofrecer una teoría matemática total del universo (¡hoy siguen en ello Hawking, Penrose, et al!). Y a su vez esta explicación constituye una nueva historia:

"Tal es la historia de mi vida, a la que sólo falta la de mi sistema, es decir mis aplicaciones del cálculo al orden general de este universo; mas espero poder dároslo a conocer un día, y sobre todo a esta hermosa dama que parece sentir un gusto superior al de su sexo por la geometría". (433)


No vemos por desgracia en ninguna versión del Manuscrito esa teoría total del universo. Velázquez es premiado al final con una parte del tesoro, como el narrador y otros compañeros suyos, y su hijo casará con la hija del narrador. Este, se nos informa en el apresurado final de la novela, terminó siendo gobernador de Zaragoza, y encerró su manuscrito en una caja de hierro de donde al parecer siguen saliendo papeles.

Quizá la misma cantidad de historias integradas en la estructura del Manuscrito llevó a Potocki a reflexionar sobre los posibles avatares narrativos, y a trazar este intento de narratología matemática como método interpretativo y comparativo. Nos recuerda otras fórmulas utilizadas por narratólogos, no tanto las de Propp (Morfología del cuento) o Todorov (Gramática del Decamerón) cuanto las de Gergen y Gergen*, que proponen también curvas y gráficos con abscisas y ordenadas para representar las dimensiones temporales y evaluativas de la narración. Todo aparato formal para el análisis narrativo o discursivo conlleva, por supuesto, una abstracción, un sistema para representar con más precisión aquellas dimensiones a las que se atiende, con el precio de dejar fuera las demás. Pero hay que tener cuenta que una narración ya es de por sí una maquinaria evaluativa formalizada—una manera de deshomogeneizar el tiempo y estructurarlo de acuerdo con un orden de prioridades perceptuales (—acontecimientos clave, puntos de inflexión, crisis, conclusiones....). La narración analiza y sintetiza la vida; no es sorprendente que se preste ella misma a análisis y a síntesis. En la narración incluimos, y priorizamos, unas cosas sí y otras no. Lo hacemos al escribir ficción, y lo hacemos también al narrar las vidas, que una vez transcurridas vienen a ser historias analizables. Y analizables en cuanto a los análisis (y síntesis) que hacen de la vida. Sobre esta cuestión de la narratividad del transcurrir vital nos explayábamos más aquí: "Out of character: Narratología del sujeto y su trayectoria vital."**

No deja de ser útil esta noción potockiana de formalizar y matematizar trayectos vitales, al menos para fines descriptivos, si no predictivos. Una teoría de las probabilidades también sería un complemento útil para esta matemática. La estadística ha supuesto muchos progresos en este sentido. No cabe duda de que hay grandes fuerzas que impelen las vidas y les imprimen trayectorias calculables a grandes rasgos. La narratología de la vida también necesita simplificaciones, y vistas panorámicas, y matematizaciones, aunque las matemáticas dejen de ser una ciencia exacta en el momento en que intenten aplicarse a una vida individual específica y sus complejidades irreducibles.

En cuanto a Potocki, no hay desde luego una ecuación fácil para describir el trayecto de su vida. (Empezando porque hay misterios en su familia, como los del converso al judaísmo Valentín Potocki o Abraham ben Abraham). También hay relatos conflictivos sobre el final del autor, aunque de su suicidio no hay dudas. Estaba aquejado por la enfermedad y la depresión. Al parecer pulió con paciencia un trozo de plata para hacer una bala adaptada a su pistola; la hizo bendecir por su capellán (no sabemos si la pieza de plata o la bala), y luego se la disparó en la cabeza. Si todo suicidio es misterioso, éste no se queda atrás, por mucho que se aclarasen los hechos aclarables. Sería estudiable la procedencia y trayectoria de la bala, sin duda. Y Velázquez nos ofrecería distintas curvas sobre la energía vital, la esperanza y el sufrimiento, que se cruzaron en determinado punto en 1815. Pero hay motivaciones representadas por una x que yo, al menos, no sé despejar.

_______

* K. J. Gergen y M. M. Gergen. "Narrative Form and the Construction of Psychological Science." En Narrative Psychology: The Storied Nature of Human Conduct. Ed. T. R. Sarbin. Nueva York: Praeger, 1986. 22-44.*
** Ver también, en el mismo libro de Sarbin, los artículos de Scheibe y Crites: Stephen Crites, "Storytime: Recollecting the Past and Projecting the Future"; Karl E. Scheibe, "Self-Narratives and Adventure"; en Narrative Psychology: The Storied Nature of Human Conduct, ed. T. R. Sarbin. Nueva York: Praeger, 1986. 129-51; 152-73.

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