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Cuando se publicó El mono desnudo, de Desmond Morris, allá por los años 60, casi parecía una obra humorística, pero claro, la comparación establecida por este aventajado simio entre los seres humanos y los simios no era una humorada, sino la estricta literalidad del pensamiento evolucionista. Por decirlo de otra manera, no es que los humanos descendamos de los simios, como se suele decir; es más bien que los humanos somos una especie más de simios, aunque "Nuestra ascensión a la cima parece una historia de enriquecimiento rápido, y, como todos los nuevos ricos, nos mostramos muy remilgados en lo tocante a nuestro pasado" (265). La traducción española, con bastantes erratas, está mal titulada, debería ser El simio desnudo. Posteriormente ha sacado Morris La mujer desnuda y recientemente El hombre desnudo. En este primer libro vuelve con bastante frecuencia a la "desnudez" de la piel humana, aunque yo he visto algunas personas bastante peludas que harían inexacto el título. El simio que habla de lo que no ve capturaría mejor, claro, la especificidad de lo humano.
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Sea como sea, es interesante tanto todo el libro como su tesis central, a saber, que "fue la naturaleza biológica de la bestia la que moldeó la estructura social de la civilización, y no ésta la que moldeó aquélla." (92). Según esta tesis, nuestros instintos naturales serían la base de nuestra civilización.

Tan interesante al menos es la contradicción entre esta tesis y otra que corre a lo largo del libro: a saber, que en efecto la civilización actual (urbana, moderna, aglomerada, etc.) está fuera de quicio, y que hay tensiones entre los instintos y la vida social. En realidad la contracción es resoluble, pues la tesis de Morris es que el ser humano ha evolucionado por "capas" podríamos decir, superponiendo a un primate esencialmente hervíboro los instintos y modales de un carnívoro depredador—y a éste el ser organizado en comunidades sociales cada vez más complejas.

Es interesante por ejemplo la tesis de que "no hemos evolucionado para vivir en enormes conglomerados de miles de individuos" sino en pequeños grupos tribales de menos de cien individuos. Lo "natural" es conocer todos los miembros de tu grupo social. Pero en las ciudades eso ya no es posible. Por tanto los rituales y modos de interacción que vinculan al individuo con la jerarquía social en cada momento de su vida en una pequeña comunidad, aquí se interrumpen: "Es imposible entrar en relaciones de jerarquía personal con todos ellos, aunque ésta sería la tendencia natural" (203). Por tanto se desarrollan normas de comportamiento anticontacto—no mirarse, no tocar a desconocidos, evitarse por ficción social o convención, etc.—"de otro modo, sería imposible de aguantar por exceso de estímulo. El comportamiento anticontacto nos permite mantener el número de nuestros conocidos al nivel correcto en nuestra especie" (204). La gente en general tiene un pequeño número de contactos y conocidos.

Sobre esto había una teoría de Robin Dunbar: —sobre el número de personas con las que podemos relacionarnos en función del desarrollo evolutivo. Aunque es tan variable, que supongo es tan mentiroso como la mayoría de las estadísticas. Me acuerdo que en el relato profético de E. M. Forster, "The Machine Stops", escrito hace un siglo, donde la gente se relaciona únicamente a través de redes sociales automatizadas, hay un gran aislamiento en cierto sentido, aunque en otro la protagonista "conoce" a miles de personas a través de la máquina—"en algunas direcciones", nos dice el narrador, "la vida social se había desarrollado enormemente".

Se me ocurre que las redes sociales vienen a introducir un elemento más de distorsión en estos protocolos de contactos y anticontactos—al menos un elemento de impredecibilidad. Se conocen los casos de la angustia de Facebook o de la Facebookfobia. (Ver el famoso vídeo que promocionaba el libro Faceboom). Sobre todo es el caso cuando se juntan en un único melting pot los diversos círculos de la gente que conocemos y que en nuestra vida "de carne y hueso" no se conocen entre sí, y junto con ellos los diversos roles sociales y personalidades que sacamos a relucir en cada contexto y en cada círculo. Esto puede ser angustioso, y no es de extrañar que surjan modalidades propias del comportamiento anticontacto en este contexto.

Para Morris, mantenemos normalmente un número razonable de conocidos y relaciones, aunque hay excepciones. Apliquemos sus palabras a las redes sociales en sus nuevos avatares electrónicos....

"Naturalmente existen excepciones a estea regla: individuos profesionalmente interesados en establecer el mayor número posible de contactos personales; personas con defecto de comportamiento que las hacen ser anormalmente tímidas o retraídas, o gente cuyos especiales problemas psicológicos les impiden conseguir las esperadas recompensas sociales de sus amigos y que tratan de compensarlo mediante una frenética ’sociabilidad’ en todas direcciones. Pero estos tipos representan únicamente una pequeña proporción de las poblaciones de los pueblos y ciudades. Todos los demás cuidan felizmente de sus asuntos, en lo que parece ser un gran hervidero de cuerpos, pero que, en realidad, es una increíblemente complicada serie de grupos tribales entrelazados. ¡Cuán poco ha cambiado el mono desnudo desde sus remotos y primitivos días!"


El yo relacional

Lunes, 21 de Septiembre de 2009 10:12. José Ángel García Landa Enlace permanente. Cultura y sociedad

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