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Literatura y crítica

Palabra y escenario

sábado, 13 de agosto de 2016

Palabra y escenario

El Gran Teatro del Mundo - Le Grand Théâtre du Monde - This Huge Stage
hace aproximadamente 12 meses

 

Palabra y escenario

Carmen Martín Gaite, "Palabra y escenario." Diario 16 (Culturas, 4 May 1991). Reimp. en Martín Gaite, Tirando del hilo (artículos 1949-2000). Ed. José Teruel. Madrid: Siruela, 2006. 453-56.

Entre las muchas alusiones al teatro que pueden encontrarse en mis escritos, he elegido como entradilla de este artículo unos párrafos dirigios por el joven Germán a su tía Eulalia al final de Retahílas, para rubricar la sucesión de monólogos que ambos personajes han venido intercambiando a lo largo de la noche y que constituyen la urdimbre de esta novela: "Por eso me entero de lo que dices tú y me lo creo, porque consigues ponérmelo delante de los ojos y que sea igual que estarlo viendo. ¿Cómo no me lo voy a creer si lo veo? Veo a mamá recién llegada de Palencia, a la abuela bebiendo licor de café, al hombre del caballo, a Basilio y Gaspar huídos por el monte, a Andrés dormido en el avión, a Adriana con el pelo suelto esperando a su amante en el jardín, a Juana dibujando los dioses oceleiros; ahora ya, a estas alturas de la noche, es como si todos los personajes de tus retahílas, los de mentira y los de verdad, salieran a saludar después de la función; andan por aquí sueltos, los veo como anoche veías tú al rey Alfonso XII, a Castelar y a la mujer barbuda, y veo los sitios por donde se han movido todos los decorados de los distintos actos, el monte Tangaraño, buhardillas y cafés, playas, habitaciones, coches, aulas; no hace falta que hayas ido diciendo "a la derecha había una mesa" o "la vegetación era de coníferas", tampoco en el teatro se describen los decorados, te los ponen delante mientras sirven, y basta."

Exactamente eso, que el lector o el oyente sean capaces de ver lo que el narrador les cuenta como si se lo pusiera físicamente delante de los ojos, me parece el logro fundamental de cualquier relato, ya sea oral o escrito. Y desde ese punto de vista, que no sé si será equivocado o no, pero es el mío, el lector, el oyente y el espectador asisten a ceremonias parecidas, donde la credibilidad de los que se está desarrollando ante sus ojos depende de las dotes de encantamiento del oficiante.

Para mí la literatura, desde que era niña, siempre tuvo algo de respresentación teatral, sobre todo por la complicidad que me permitía una especie de papel secundario, pero privilegiado, el de participar en algo que no salpica la propia vida, que no te responsabiliza. Me sentía fisgando como desde un grato escondite, asomándome a escneas que no interferían mi tiempo real y por eso me permitían el desahogo placentero de la pura contemplación, y al mismo tiempo la identificación con personajes a los que iba conociendo a través de sus palabras, sus mudanzas, sus mentiras y sus fallos. La gente de verdad no nos permitía asistir a semajantes transformaciones y por eso la entendíamos peor, era como si no la conociéramos.

La fascinación que ejercía sobre mi imaginación infantil el hecho de asistir a una representación teatral es algo que me marcó para simempre, una emoción que aún revive cada vez que tomo asiento en el palco de un teatro y me asomo al palco de butacas.

"Nada comparable al momento en que se apagaban las luces y los susurros —he escrito en El cuarto de atrás— y el telón se levantaba para introducirnos en una habitación desconocida, donde unos personajes desconocidos, de los que aún no sabíamos nada, iban a contarnos sus conflictos. Casi siempre estaba ya en escena alguno de ellos, leía el periódico, sentado en un sofá, o miraba en silencio a otro que estaba a punto de dirigirle la palabra. Esos primeros instantes de silencio me ponían un nudo en la garganta, los admiraba por aquellas pausas, por su aplomo para esperar."

Andando el tiempo —no tanto—, cuando esa condición de espectador receptivo se complementó con la necesidad de inventar yo mis propias historias, los esquemas teatrales a que he venido aludiendo influyeron decisivamente en todo lo que me puse a escribir. Aunque no se tratara de obras concebidas para la escena, lo primero que surgía era la configuración de una escena. Veía antes que nada una habitación concretea, los muebles que la decoraban, el paisaje que se abracaba desde la ventana, los pasillos o escaleras que llevaban a ella, y luego empezaba a intuir ruidos, olores, a sospechar la hora que era, a imaginar de quién serían las voces que sonaban allí. Porque siempre había alguien hablando. Otras veces podía tratarse de un jardín o de una calle. Pero meterme en ese lugar, como quien sube a un escenario, adornarlo, creérmelo y orientarme dentro de él eran condiciones previas a lo que fuera a pasar allí. Siempre ha sido y sigue siendo ése el germen de todas mis novelas: es la ambientación lo que tira del argumento y lo condiciona.

Tanto el viejo chalet de David Fuente en Ritmo lento como el pazo medio derruido donde quiere ir a morir la abuela de Retahílas como la vivienda con largo pasillo de El cuarto de atrás nacieron como provocación literaria antes que las conversaciones que entre sus paredes prosperan, tan impregnadas por la habitación que no se sabe quién habita a quién. Y los propios hablantes (porque en mis libros la gente no hace más que hablar) saben —y además lo dicen— que nunca podráían contarse lo que se están contando, y menos de esa manera, si se hubieran encontrado en otro sitio distinto, porque son los efluvios que el lugar convoca los que enriquecen la conversación con historias laterales.

Concretamente en El cuarto de atrás, la metáfora del teatro es deliberada y toma cuerpo hasta tal punto que los desplazamientos de la narradora del gabinete al pasillo, al dormitorio o a la cocina marcan el paso de un capítulo a otro. De la misma manera, al hombre de negro, que ha venido de visita en una noche de tormenta, se le considera explícitamente en el texto un personaje de teatro.

"Me acerco a la puerta sin hacer ruido [comienza el capítulo VI] y asomo un poquito la cabeza, amparándome en la cortina, como si observara entre bastidores el escenario donde me va a tocar actuar en seguida. Ya lo conozco, es el de antes. Veo la mesa con el montón de folios debajo del sombrero —evidentemente, el tramoyista ha añadido algunos más— y al fondo, a través del hueco lateral derecha (suponiendo que el patio de butacas estuviera emplazado en la terraza), vislumbro las baldosas blancas y negras del pasillo que conduce al interior de la casa; el hueco está cubierto a medias por una cortina del mismo terciopelo que la que me esconde, pero no se mueve ni se adivina detrás de ella ningún bulto. No da la impresión de que por ese lateral vaya a aparecer ningún actor nuevo. El personaje, vestido de negro, ya está preparado, espera mi salida tranquilamente sentado en el sofá. Todo hace sospechar que vamos a continuar la representación mano a mano."

Siempre, ya digo, me ha gustado mucho el teatro. He hecho algunas adaptaciones de obras clásicas que se han llegado a representar, como la de Don Duardos, de Gil Vicente; El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, y El marinero, de Fernando Pessoa. También he escrito dos obras originales: A palo seco, un monólogo que se puso en escena en 1987, y La hermana pequeña, una comedia en tres actos escrita en 1960, que está sin estrenar. Como las obras de teatro metidas en un cajón no son más que un estorbo, no he escrito más teatro, aunque los diálogos siempre se me han dado bien. El que se estrene una obra o no depende de mucha gente, como es sabido, y de mucho papeleo y gestiones varias. Y en cambio, la mediación entre mis cuadernos, la imprenta, la editorial y el lector lleva un proceso más simple y menos fatigoso. Y ya no está uno para ese tipo de fatigas. Total que no. Lo cual no quiere decir que yo no tenga, en todos los sentidos, una relación muy intensa con el teatro, ni que deje de estar funcionando como referencia de fondo en cualquier historia que invente, siendo, como es, palabra intercambiada.

Pero desde luego, lo que más se parece al teatro es la vida, y ahí es donde más dotes de improvisación se requieren. Lo que pasa es que entre los actores que se meten en esa Gran Función, que siempre parece fácil al principio, no hay ninguno, por bueno que sea, que salga adelante con ella.

Aunque algunos se nieguen, por razones diversas, a confesarse incapaces de aguantar el papel que les ha tocado en el reparto, lo cierto es que la Gran Función les puede; todos se mueren antes de acabarla.

Por eso, en la vida de verdad nunca queda nada aclarado y hay que seguir escribiendo e interpretando funciones de mentira que la rectifiquen ilusioriamente. No queda otra salida, aunque sea por puerta falsa. Un mutis de teatro, claro está.

 

 

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Narración, Identidad, Interacción - Relectura

Narración, Identidad, Interacción - Relectura

Publicado en Semiótica. com. José Ángel García Landa

Será el título de la versión española de mi artículo "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction". Cuelgo ahora el original inglés, que presenté en unas jornadas en Madrid en 2003, y que ha salido este año en el libro Interculturalism: Between Identity and Diversity. La UNED va a publicar una edición española de este libro, y con destino a ella autotraduzco ahora mi capítartículo, aquí: "Narración, identidad, interacción—relectura". Y también pasa a engrosar mi pseudolibro en red, o colección de artículos sobre narración y retrospección, Objects in the Rearview Mirror May Appear Firmer Than They Are.

 

 

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PS: Una colección de referencias impresas y en red de este artículo, en español e inglés:

José Ángel García Landa. "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction." En Interculturalism: Between Identity and Diversity. Ed. Beatriz Penas Ibáñez y Mª Carmen López Sáenz. Berna y Nueva York: Peter Lang, 2006. 207-26.*

_____. "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction." En red en Net Sight de José Ángel García Landa, 2006.

http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/publicaciones/commintern.html

_____. "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction." Academia.edu 9 julio 2010.*

http://unizar.academia.edu/Jos%C3%A9AngelGarc%C3%ADaLanda/Papers/203164/Rereading----Narrative----Identity----and-Interaction

_____. "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction." Social Science Research Network 10 jul. 2010.

http://ssrn.com/abstract=1638145

Literary Theory and Criticism eJournal

http://papers.ssrn.com/sol3/JELJOUR_Results.cfm?form_name=journalBrowse&journal_id=949618

Philosophy of Language eJournal

http://papers.ssrn.com/sol3/JELJOUR_Results.cfm?npage=2&form_name=journalBrowse&journal_id=950388

_____. "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction." Zaguán 18 junio 2011.

http://zaguan.unizar.es/record/6134

_____. "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction." ResearchGate 27 Oct. 2012.*

https://www.researchgate.net/publication/228175019

_____. "Narración, Identidad, Interacción—Relectura". En red en Net Sight de José Ángel García Landa, 2006.

http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/publicaciones/comminternesp.html

_____. "Narración, Identidad, Interacción: Relectura." In Paradojas de la interculturalidad: Filosofía, lenguaje y discurso. Ed. Mª Carmen López Sáenz y Beatriz Penas Ibáñez. (Razón y sociedad). Madrid: Biblioteca Nueva, 2008. 183-202.*

_____. "Narración, Identidad, Interacción: Relectura." Academia.edu 17 julio 2010.*

http://unizar.academia.edu/Jos%C3%A9AngelGarc%C3%ADaLanda/Papers/210890/Narraci%C3%B3n--Identidad--Interacci%C3%B3n--Relectura

_____. "Narrative, Identity, Interaction: Rereading / Narración, Identidad, Interacción: Relectura." Social Science Research Network 17 julio 2010.

http://ssrn.com/abstract=1641587

Philosophy of Language eJournal

http://papers.ssrn.com/sol3/JELJOUR_Results.cfm?npage=2&form_name=journalBrowse&journal_id=950388

_____. "Narración, Identidad, Interacción: Relectura." Zaguán 24 junio 2011.

http://zaguan.unizar.es/record/6191

 

 

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Serfaty: Los blogs y la construcción del ciberyó 

Etiquetas: Semiótica, Lingüística, Pragmática, Narración, Identidad, Interacción, Lectura, Repetición

El juego de la oca, el Viaje de la Vida, y el Gran Teatro del Mundo

lunes, 8 de agosto de 2016

El juego de la oca, el Viaje de la Vida, y el Gran Teatro del Mundo



 Estoy incluyendo en mi bibliografía todos los artículos y reseñas de Carmen Martín Gaite. En su reseña de Gárgoris y Habidis, de Fernando Sánchez Dragó, era tremendamente injusta con el libro, irritada por su barroquismo gratuito o manierismo expresivo, o por alguna vibración más de base. Vamos, que, como muchas otras personas, no aguantaba a Sánchez Dragó. A mí en cambio me parece logradísimo el tono, y el lenguaje, y la mezcla justa de fabulación, erudición gargantuesca y carnavalesca y tono entre prodigioso y desenfadado; no de otro modo había que escribir o se podía escribir este divagatorio sobre la historia mágica de España. Estamos en Galicia, y a veces parece dedicado más a Galicia que a otro sitio, no salimos de ella. Y en Galicia leemos a Sánchez Dragó, a la hora de comer, y yendo por partes, como Jack. Aquí hay un pasaje sobre la pata de oca como símbolo del Camino de Santiago. Juego de la Oca


  Y ya no cabe postergar el análisis de lo que a todas luces encierra la segunda clave gráfica (o encrucijada esotérica) del Camino: la pata de oca, representada por tres rasgos que convergen y terminan en un punto. Esta señal, como la del laberinto, disfruta de unas tragaderas prácticamente insaciables: por ellas, una vez más,  se colarán los detritus del inconsciente atlántido, los petroglifos de Galicia, las logias de los maestros canteros, y la ramificada liturgia o superstición del Apóstol. Es decir: todo lo necesario para que otra borrachera sincretista se lie a trastornar garabatos de factura casi infantil.

La oca fue para los antiguos animal benéfico, tótem de la Magna Mater y símbolo de la desencarnación o regreso del alma a las esferas escatológicas. Los egipcios la equiparaban al sol naciente en el momento de romper la cáscara del huevo primordial y, de acuerdo con ello, terminaron convirtiéndola en jeroglífico alusivo a la muerte del faraón. ¿A quén no le resultan familiares esas hermosas pinturas del Nilo donde una o varias palmípedas remontan el vuelo desde el pecho de una momia? Espíritus reales, correveidiles entre la tierra y el más allá. Los sa cerdotes de Osiris anunciaban al pueblo (y al orbe) la entronización de un nuevo soberano enviando cuatro ocas inmaculadas rumbo a los cuatro puntos cardinales.

También los celtas creyeron a estas aves farautes encargados de acortar distancias entre la tierra y los infiernos. Los bretones se negaban a comer su carne por considerarla sagrada. Los germanos propusieron la efigie inolvidable de Lohengrin, caballero en un cisne. Los nórdicos identificaron la ascensión iniciática del homo sanchopancesco con la fábula de un niño —Nils Holgersson— que recorre la historia y la geografía de sus mayores abrazado al cuello de un pato silvestre. Lo romanos prima maniera atribuyeron la precoz salvación de lo que otros llamarían cultura occidental a un intencionado jaberdillo de gansos capitolinos. Los gallegos aún incluyen las plumas del Auca entre las herramientas imprescindibles para practicar con éxito las artes mágicas, aunque su virtud —añade el capítulo segundo del inefable ciprianillo— sólo resultará verdaderamente eficaz si el animal "es macho y tiene todo el crecimiento". Los ocultistas consideran el Juego de la Oca, derivación de un símbolo móvil cuyo curso hilvana las venturas (jardines, puentes, embarcaciones) y desventuras (pozo, prisión, posada, calavera) de este valle de lágrimas antes de que el espíritu vuelva, desencarnándose, al seno de la Magna Mater. Los hombres, representados por fichas de colores, avanzan, se detienen o retroceden al hilo de un tablero que es el gran teatro del mundo. Su marcha, lenta en lo que depende de los dados, se acelera bruscamente cuando la casualidad los arroja en la casilla ocupada por el animal mágico. Entonces, el jugador —niño o adulto— salta por encima de las miserias cotidianas canturreando: de oca a oca y tiro porque me toca. Vuelve la moneda al aire. Abajo, en diestro y siniestro acecho, aguardan los arcanos. Ya veremos cómo el tarot también tiene su baza en en el rien ne va plus jacobeo. Una de las insidias reviste, precisamente, la forma de un laberinto. Adentrarse por sus recovecos equivale a perder varias jugadas. Al final se abre un espacio ilimitado y sublime por el que se contonea un gigantesco palmípedo, algo así como el director de esa especie de oficina postal con carteros alados que continuamente cubren la ruta entre el acá y el acullá. La última casilla —el Empíreo o la región de los muertos— puede alcanzarse pasito a pasito, por nuestros tristes medios, o salvando abismos en volandas de aves iniciáticas. Lo curioso es que el juego no se da por concluido cuando la primera ficha entra en la meta. Tienen que hacerlo, una por una, todas las demás. Lo importante, por tanto, no es competir o ganar, sino llegar: O sea: morir. Se trata de un verdadero programa existencial o apólogo lúdico entendido como magister vitae. La pedagogía moderna postula entretenimientos infantiles que, sin dejar de serlo, resulten educativos. Me pregunto: ¿juegan a la Oca los niños de hoy? (407-9).



Y el mono se irguió y habló

 

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Inventario Universal

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Dos cuentos de Marta Fernández

viernes, 5 de agosto de 2016

Dos cuentos de Marta Fernández

De Twitter los saco, y de El País:

mf lo que hacen los libros

mf el libro que no escribí

Y otro cuento, un cuento que es verdad y que cuentan por la radio:


Ha muerto Marianne, la de la canción la de Leonard Cohen, aquella que conoció cuando era casi joven, y cuyo fino hilo de araña ataba su tobillo a una piedra. La que le enviaba cartas diciendo que estaba con él, aunque él se preguntaba por qué seguía sintiéndose solo. Tras los sesenta, tras los setenta, los ochenta, los noventa, y lo que va de siglo, Marianne ya se muere. Cuando Cohen subo que estaba en el hospital, le envió una carta, diciéndole: "Estoy tan cerca de ti, que si extendieses la mano creo que podrías tocarme."
Y Marianne, que leyó la carta, o a quien se la leyeron, murió extendiendo la mano. Realmente no sabemos si llegó a tocar otra.

Yo también tiendo la mano, por si acaso.


Light seeking light / Keats's living hand



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Retropost (2006): Pío Baroja, MISERIAS DE LA GUERRA

Pío Baroja, MISERIAS DE LA GUERRA

Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa

Se publicaba esta novela póstuma de Pío Baroja hace unas semanas, en edición de Miguel Sánchez Ostiz (Madrid: Caro Raggio, 2006). La presentó a la censura en 1951, pero le hacían tantos recortes que renunció a publicarla. Y eso que difícilmente se podría considerar una visión de la guerra contraria a los intereses del franquismo, aunque Baroja ve tanta barbarie y es tan escéptico que en ocasiones no perdona ni al bando con el que obviamente simpatizaba más. La publicación de la novela este año (75 de la República, 70 del Alza-Miento) puede considerarse como un capítulo más en la guerra de las versiones o la batalla por la memoria histórica que vienen librando nuestros partidos rojiazules y sus equeros mediáticos, entre los que me incluyo para que nadie me critique de pretender estar au-dessus de la mêlée.

Baroja sí que aspira a presentarse como un observador distanciado y escéptico, y para eso introduce como narrador (a veces) a un forastero, el militar y diplomático inglés Carlos Evans, o a su ayudante Will. La ficción es tan tenue que constantemente se hace Baroja la picha un lío y tan pronto habla de Evans en primera como en tercera persona, olvidándose de su máscara narrativa. El famoso estilo "descuidado" de Baroja llega aquí a su culmen o nadir, y la técnica narrativa y argumental es caótica, todo un mero artificio impuesto de mala gana sobre una colección de estampas, anécdotas y rumores emblemáticos de la atmósfera del Madrid republicano. Baroja había salido de Madrid en junio del 36, con lo cual el aire de "vivido de primera mano" que tiene todo es quizá la ficción mejor sostenida del conjunto. Baroja estuvo en París, y en lugar de centrarse en los Rojos podía haber elegido hablar de los fusilamientos y barbaries de los Nazionales, pero escribiendo en España después de la guerra no era cuestión: esto sí que es una toma de posición retrospectiva. Claro que al volver a Madrid le llegaban a través de su tertulia (ficcionalizada aquí como El Club del Papel) las experiencias madrileñas, y así obtenemos un libro de las miserias de la guerra, pero en especial de las miserias del Madrid gobernado por el Frente Popular, sometido a expolios, detenciones arbitrarias, checas y tiranía de las bandas de antropoides anarquistas. El título goyesco es muy a propósito.

La preguerra sí la vivió Baroja, y de ahí nos vienen estampas como las de los niños cantando "con voz de gato una especie de himno con el estribillo que decía: ’Somos los hijos de Lenin’.
—¿Qué hijos ha tenido en este país, ese calmuco? —dijo el diplomático con sorna.
—Sí, no tienen mucho aire mongoloide—observó Evans." (24).
O los asesinatos selectivos por parte de los fascistas y milicianos, alguno de los cuales pudo conocer Baroja de primera mano... y de ahí que saliese por piernas de Madrid en junio del 36.

No se centra Baroja en ningún personaje en realidad; cuenta con detalles el miniescándalo del estraperlo (que vaya gota en un océano), luego sigue a ratos a Evans, o a otro miembro de la tertulia, Hipólito, mientras rescata a una chica de una checa, bueno, casi de un harén llevado por un macho dominante con pistolón; este Hipólito, anarquista asqueado, elige al final de la novela ser fusilado en lugar de ser rescatado a su vez por la chica de la checa. Típico Baroja:

- Pero ¿por qué?
- Porque no siento entusiasmo por la vida, que me parece una pobre miseria, y además porque teniendo que obedecer a ustedes viviría muy mal. Así que prefiero la muerte.
- Usted está loco.
- Puede ser, pero loco o cuerdo, prefiero la muerte, y acabar de una vez y no seguir viviendo en esta inmundicia. (316).

Bueno, esto tampoco es que sea tirar cohetes en loor de la Nueva España... Los personajes de Baroja despachan su vida con la misma ligereza que Baroja sus papeles, con escepticismo y descuido, en esta novela crepuscular, amarga y escéptica. Si es que es novela, claro, pero novela es casi todo. Hay fragmentos mal desarrollados, otros repetidos, o mal ordenados; el editor aclara que todo esto es obvio y que ha preferido (con buen criterio creo) no entrar a corregir estas cosas.
Muchas de las anécdotas engarzadas son por supuesto reales; así por ejemplo al final, entre los prisioneros republicanos de la cárcel de Díaz Porlier:

Había también un viejo republicano arrimado a un rincón que no podía conciliar de ninguna manera el sueño, y (...) dejándose dominar por sus obsesiones, repetía a cortos intervalos, como un estribillo irónico:
—¿No querías República? Pues... toma República. ¿No querías Revolución? Pues... toma Revolución." (306).

"Después de esta guerra no se puede creer ni en la bondad ni en la hidalguía del español" (157). Si algún acto de heroísmo hubo en la guerra, no lo ve Baroja; aquí sólo mezquindad, crueldad, miserias grandes y pequeñas. Los idealistas son necios ingenuos engañados, que pronto encuentran la muerte en las trincheras. Los más brutos disfrutan matando y bebiendo hasta que les llega su hora; pero también hay listos, nos dice la última frase de la novela: "Los cucos se escaparon con habilidad y con dinero. Los torpes por falta de comprensión, o de astucia, cayeron en la trampa" (318).

Ni estrategias narrativas ni distancias irónicas. Los portavoces de Baroja se mezclan con él y están ahí para expresar claramente y sin ambages su pesimismo más amargo y su desencanto con España y con el género humano.

"La civilización es algo sin consistencia que se resquebraja fácilmente. No han influido en la vida, suavizándola, ni la religión, ni la cultura. El hombre en la guerra es tan cruel y salvaje como lo era en la Edad de Piedra.
Se habla de enfermeros que han cortado la cabeza a los heridos... ¡Qué salvajismo! ¡Qué odio tan atroz! Un odio que persiste y estallará otra vez, un día cualquiera, sin saber cuándo ni cómo, dando la sensación de que no sea acabará nunca." (307).

Según el editor, "Baroja está, sobre todo, tan perdido como sus personajes en un mundo que le va resultando más y más ininteligible, menos a salvo y más a merced de las circunstancias de lo que le hubiese gustado" (347). Si por una parte la novela es un "ya os lo dije" de proporciones colosales, hay bien poco triunfalismo y regocijo, y demasiado asco para ponerse a hacer ironía.
El momento más "literario", tampoco el más logrado, viene al final, en una alucinación alegórica de Hipólito, el anarquista desengañado. Ahí un "gran bestia bermeja, pesada y sangrienta" (encarnación del comunismo cutre y bajo a la españa profunda) aplasta a la ciudad, hasta que "una mujer alta, vestida de rojo y fuerte, aparece en el cielo y toca una trompeta de plata" (la Guerra, la Rebelión — se verá que los dos bandos no aparecen alegorizados igual de favorablemente). Siguen escenas dantescas o goyescas, mientras Hipólito oye una voz que repite una y otra vez,
—"Mira y cuenta a los hombres lo que has visto, porque nadie ha presenciado algo parecido".
Baroja no lo presenció, desde luego, y sin embargo el libro rezuma la autenticidad de lo vivido, con un tremendismo realista que sólo puede creer (y demasiado bien que cree entonces) quien conoce al cutrerío hispanoprofundo cuando se despacha a sus anchas.

A Pío Baroja que no le vayan con la memoria de la República: "por sus actos los conoceréis. No hay ningún Espartaco entre los revolucionarios españoles" (178). Los peores campan a sus anchas, marcan la tónica general, y arrastran al conjunto de la sociedad a una espiral de embrutecimiento:

"Todo cuanto se hacía era torpe, de aire brutal y sin gracia. El contagio del medio enrarecido era desolador y a personas que habían sido siempre honradas, incapaces del menor abuso, se las veía dispuestas a intervenir en cualquier chanchullo, siempre que se pudiera llevar a cabo disimuladamente". (224)

Algo de caña le cae también, poco, claro, al bando rebelde o "blanco" que se ve mayormente de lejos:

"En compensación, en el lado blanco se daban casos de barbarie. ¿De dónde se habrá fraguado esa fábula de la hidalguía de los españoles? Modernamente no han demostrado más que condiciones para matar, para denunciar y para robar". (232).

Este pasaje, y la novela en fin, se la censuraron a Baroja. ¿Una novela contra los rojos de Madrid? Veamos. Pues no, censurada. A nadie le amarga un dulce, pero a todos les amarga un amargo.

Todo lo sucedido en los últimos años 30 aparece en la novela de Baroja como una exaltación hasta la pesadilla de las peores tendencias del país, un infierno de las recomendaciones, del amiguismo y la arbitrariedad; "Todo era cuestión de amistad o de compadrazgo" (232), ideología un cuerno. "Lo que más se parece a la República española es la fiesta que acaba en borrachera y después en riña" (238). Y así la guerra civil en Madrid acaba degenerando en otra guerra civil dentro de la guerra, un enfrentamiento a muerte entre comunistas y republicanos, con los franquistas en las trincheras esperando a que caiga sola la capital como un fruto podrido, asqueada consigo misma. Así habla un poeta convertido en miliciano desmadrado:

—Cuando se acabe este carnaval, me tendré que pegar un tiro.
Hipólito el anarquista elige que se lo peguen a él los franquistas. Y a Baroja como que ya le daba casi igual también, de puro asco y desencanto. ¿Que arriba España? Anda ya.


Con vergüenza, con molestia, y gratitud la justa



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Retropost (2006): Still Telling What Is Told

Still telling what is told

Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa

Shakespeare, Sonnet 76:
Why is my verse so barren of new pride,
So far from variation or quick change?
Why with the time do I not glance aside
To new-found methods, and to compounds strange?
Why write I still all one, ever the same,
And keep invention in a noted weed,
That every word doth almost tell my name,
Showing their birth, and where they did proceed?
O! know sweet love I always write of you,
And you and love are still my argument;
So all my best is dressing old words new,
Spending again what is already spent:
For as the sun is daily new and old,
So is my love still telling what is told.


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¿Por qué anda mi verso escaso de lucimiento nuevo
y tan lejos de variación o cambios repentinos?
¿Por qué, siguiendo al tiempo, no echo el ojo
a nuevos métodos y extrañas componendas?
¿Por qué escribo siempre una cosa, quieto en lo mismo,
con la invención vestida con ropa de costumbre,
Tal que cada palabra casi habla de mi nombre,
y muestra así su origen, y de quién proviene?
Que sepas, dulce amor, que siempre de tí escribo,
y amor y tú sois aún y siempre mi argumento;
que yo sé sólo recomponer tejidos viejos
gastando y remendando palabras desgastadas.
Pues igual al sol, cada día nuevo y viejo, fijo
está siempre mi amor diciendo lo que dijo.

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Hablo sin nada que decir

¿Qué esperas oír aquí?
No digo nada útil, sólo hablo para ti.
Y hablo sin nada que decir, por darte versos.
Es fácil, como ves: reflejos de otros versos
Reflejos de otros versos ecos de otras voces.
Porque todo esto ya ha pasado antes
Y ahora tú me haces hablar así.
No digo nada, pero ya no es tan inútil
Si tus ojos recorren estas letras,
Si me lees y me adentro un poco en ti—
Es como ver la luna y casi ver
Reflejos de otros sitios y de otro tiempo en ella
Al pensar si también quizá tú la estás mirando,
O si la verás, o si ya la has visto—
Y si no miras, casi ni existo.



Had we but world enough and time

 




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Retropost (2006): Stillness still

Stillness still

Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa

20060729175610-nostalgia.jpg



Variación sobre un haiku que leí en tiempos en Seven Types of Ambiguity y que reencuentro, después de muchos años, en Film Adaptation de Naremore. Lo adapto a un poema de Louis MacNeice y a otro de Borges.



Swiftly the years, beyond recall.
Golden sunlight hardens low.
Still this afternoon.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

Jorge Luis Borges, La tarde




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