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Los girasoles ciegos

Es una colección de cuatro relatos sobre la guerra civil, único libro de Alberto Méndez, publicado en 2004, poco antes de su muerte a finales de ese año; obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa en 2005. Es un libro triste, escrito desde el punto de vista de los perdedores, y es una especie de meditación y testimonio sobre la derrota. No sólo política o militar: para los personajes de este libro se convierte en una derrota existencial; han sido derrotados en sus vidas y sus aspiraciones ya no políticas, sino familiares y personales. Comprendemos así desde dentro parte de la experiencia de muchos españoles a consecuencia de la guerra civil, contrastando los problemas prácticos y la sensación claustrofóbica de los derrotados, con la retórica hueca y las consignas de los vencedores. Es inevitable, claro, que sólo uno de los bandos aparece retratado con rostro humano; el otro es una caricatura—caricatura en la que se convirtió por vocación propia, claro, por los ideales defendidos, por la hipocresía cruel con la que se defendían, y por la retórica grotesca utilizada para defenderlos.

Antonio López, Gran Vía

La primera historia, "Primera derrota: 1939 o Si el corazón dejara de latir", va sobre un capitán del ejército rebelde que, en la víspera de la toma de Madrid, se rinde con premeditación y alevosía a los republicanos derrotados; un acto kafkiano que ni los republicanos ni los nazionales saben cómo interpretar. Lo hizo por no participar de una victoria que consideraba obscena:

"... el procesado responde que ... sabe que en noviembre de 1937 el coronel Ríos Capapé y Mohamed el Mizzian llegaron hasta la parte alta de la calle Ferraz, en el centro de Madrid, donde sólo encontraron una resistencia de francotiradores en retirada.

"El declarante es mandado callar y lo hace.

"Preguntado acerca de si son las gloriosas gestas del Ejército Nacional la razón para traicionar a la Patria, responde: que no, que la verdadera razón es que no quisimos entonces ganar la guerra al Frente Popular.

"Preguntado que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, el procesado responde: queríamos matarlos." (27).

El capitán Alegría termina siendo fusilado, mal fusilado, pues sobrevive, y es rematado más adelante en otro cuento. La segunda historia, o "Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido" va sobre un chaval joven que escondido en un cobertizo en la montaña ha tenido un hijo con su novia; esta ha muerto, y el jovenzuelo, con veleidades literarias, escribe un diario mientras pasa el invierno, al que no sobrevivirán ni él ni el niño. Es una especie de alegoría de la muerte de la esperanza. Aquí falla un tanto el control de simpatías del autor, pues a mí se me hace repelente este personaje que durante días ni se molesta en alimentar al recién nacido, concentrado en su dolor y eso sí, escribiendo su diario (necesario para motivar la narración en primera persona). En fin, no andaba desacertado al pensar que de todos modos daría igual.

"Tercera derrota: 1941 o El idioma de los muertos" es una historia de juicios sumarísimos seguidos de sumarísimos fusilamientos. El protagonista sobrevive porque conoció al hijo del juez militar en la cárcel de Díaz Porlier, y le va contando a él y a su señora, haciéndose el estrecho, lo bueno y heroico que era su hijo... hasta que harto de la pantomima, elige decirles la verdad, que era un falsario sinvergüenza y criminal, para que lo fusilen a él ya de una vez.

La "Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos" es a tres voces: el narrador en tercera persona que cuenta la historia de un "topo" republicano en Madrid, ocultado por su esposa en un armario con doble fondo. También oímos la voz del que fue el niño hijo de la pareja, y la de su profesor, un cura patético que persigue a la madre a la vez que se azota mentalmente por los embates de la Carne. Al final, su acoso lo llevará a descubrir al marido oculto, que se suicida despeñándose por el patio de luces. Es quizá este cuento el más logrado por el afinado contraste de voces, entre las experiencias vistas desde el punto de vista del niño por una parte, la falsísima conciencia del cura, que por lo familiar que suena desacredita totalmente a la experiencia religiosa de los vencedores (una religión de fantoches, vamos), y por fin la triste realidad objetiva de la opresión y el encarcelamiento mental representativos de todo un país.

A medida que pasaban los días, mi padre estaba cada vez más tiempo en el armario. Llegó un momento en que mi madre y yo comíamos en la mesa de la cocina y él en su escondite. Masticaba con una parsimonia desesperante, como si quisiese evitar el ruido que hace el pan de centeno cuando se muerde. Todo empezó a impregnarse de tristeza. Me sentí culpable porque aquel armario comenzó a adquirir el olor del Metro y a mí me parecía que eso terminaría atrayendo a los leprosos. (149).

En fin, un memorial de la desesperación, como para recordar hoy, 70 aniversario triunfal de la guerra, la dimensión que tuvo ésta hasta lo más hondo de las vivencias, actitudes y emociones de quienes la vivieron. O vivimos. Porque si somos lo españoles como somos, es en gran parte por haber crecido con estos derrotados, y con estos triunfadores.

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