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Poe-Tics of Topsight

Me he leído/releído/requeteleído el cuento de Poe "La carta robada" y la retahíla de comentarios críticos a que dio lugar coleccionados en The Purloined Poe: Lacan, Derrida, and Psychoanalytic Reading (ed. John P. Muller y Brian J. Richardson; Johns Hopkins UP, 1988). En efecto, el cuento va sobre ocultación, desvelamiento e interpretación, y se ha convertido en un caso célebre o piedra de toque para teorías interpretativas, especialmente desconstructivas y psicoanalíticas.

El cuento va de un astuto ministro que le roba a la reina una carta comprometedora, dándole el cambiazo por otra ante las narices del rey cuando ambos entran sin avisar en sus aposentos. La reina contaba con ocultar la carta a los ojos del rey por el procedimiento de no intentar esconderla, pero el ministro se da cuenta, se lleva la carta tranquilamente y chantajea a la reina. La reina intenta que el inspector jefe de policía recupere la carta, pero no hay manera de dar con ella en casa del ministro. Entra en escena el detective aficionado Dupin, trasunto de Poe. Intuyendo los procedimientos y modo de razonar del ministro, pronto descubre que la carta estaba a la vista, apenas vuelta del revés y disfrazada de otra carta. Con una distracción que prepara, la recupera, dándole el cambiazo por otra carta parecida. En la que indica al ministro de manera velada el final que le espera, y le recuerda una venganza personal que tenía pendiente—eso con las palabras de una tragedia sobre Atreo:
 
"—Un dessein si funeste
S'il n'est digne d'Atrée, est digne de Thyeste"

Jacques Lacan analiza el cuento como una especie de alegoría (o manifestación) de lo que llama el "itinerario del significante": los diversos sujetos se subordinan en efecto al papel que juegan en una estructura de repetición (compulsiva). Así pues, el cuento consta de dos escenas o momentos en los que los personajes se desplazan a una nueva posición en la cadena interpretativa, y pasan a ocupar el lugar que antes ocupaba la víctima de sus planes.

En la primera escena, el rey ocupa la posición de la ceguera (A); no ve la carta ni que la reina lo engaña o conspira contra él. La reina está en la postura en que está (B) porque ve que el rey no ve, y saca partido a ese privilegio perspectivístico—que aquí llamaré topsight o vista global de la situación. Pero el hecho mismo de que saque partido a esa ceguera del rey (dejando la carta a la vista) hace que caiga víctima de un personaje con una visión todavía más global (C): el tercero en discordia, el Ministro, que viene a completar el triángulo de posiciones. Lo que ve el ministro es que la Reina, desde su posición de topsight, se vuelve vulnerable: se cree invisible para un tercero por el hecho de que lo era para el primero, o más bien no cuenta con un tercero. Por eso este tercero coge la carta (objeto de deseo, símbolo del texto a poseer mediante la interpretación) y se la lleva.

Y a su vez, repite compulsivamente la maniobra que tan hábilmente había sabido intepretar. Pierde nuevamente el topsight, como lo había perdido la reina. Se confía—tan listo es—que deja la carta escondida en plena vista, para que la oculte su propia obviedad. Y funciona la maniobra con la policía (enviada por la reina, y ciega ahora por definición). El ministro cree que está aún en el vértice C del triángulo estructural número 1 (A: rey, B: reina: C: ministro)—pero en realidad ya ha pasado a ocupar la posición B, la posición de los que confían en su topsight:  mientras observa satisfecho la ceguera de la policía de la reina (A) no se da cuenta de que ya está en (B), y que Dupin, desde (C), ha constituido un nuevo triángulo desde el cual observa sus maniobras y estrategias.

Jacques Derrida mostraba cómo el analista mismo (Lacan) queda atrapado en este circuito interpretativo, y cómo al analizar las maniobras de Dupin ofrece un flanco vulnerable a quien observe, desconstructivamente, este proceso de lectura. Ya Dupin era un analista, y nos anunciaba que no podía escapar al circuito que analiza—no es posible el metalenguaje crítico no contaminado por el lenguaje objeto que está siendo analizado.

Pero Barbara Johnson señala que el análisis de Derrida ya estaba anunciado, o ya realizado, en Lacan, si no en Poe. Que la desconstrucción no añade gran cosa al cuento, pues este ya estaba autodesconstruido. Llega tarde Derrida—y Johnson, presumiblemente también—para observar una ceguera que no es tal, pues el relato, amplificado por el análisis, ha sacado a la luz el mecanismo compulsivo que rige la dialéctica ocultación/desvelamiento.

El cuento se convierte así en un reto para los intérpretes (que observan desde su posición de topsight la ceguera de quienes creen estar dominando la ceguera de un tercero). Y a la vez en una alegoría de que es inútil que lleven sus esfuerzos más allá: no harán sino repetir compulsivamente una estructura prefijada y seguir paso a paso el itinerario indicado ya por los personajes del relato.

Podría pues seguir indefinidamente la serie de mutuas desconstrucciones sin por ello iluminar mucho más el relato. En este libro hay lecturas de Marie Bonaparte, de Shoshana Felman, de Irene Harvey, de Jane Gallop, de Ross Chambers, de Norman Holland, de Liahna Klenman Babener, de François Peraldi, y de John Muller. Yo también hice mis pinitos interpretando la lectura desconstructiva-lacaniana de este cuento desde el punto de vista de la interacción comunicativa, en este artículo sobre "La espiral hermenéutica".

Venía a decir yo allí que un acto interpretativo atiende a ciertos elementos significativos del objeto: sus aspectos intencionales, y sus aspectos textuales, y algunos no intencionales, y algunos contextuales, para integrarlos mediante un sistema explicativo que dé cuenta tanto del plan consciente ofrecido por el autor (del texto objeto) como de los elementos inconscientes que ha percibido el intérprete cuando se recontextualiza el texto—elementos que interpreta a modo de síntomas, o de lenguaje gestual no conceptualizado y que sólo ahora, en esta interpretación, alcanza una fase verbal. El estilo, los elementos expresivos, "gratuitos" o no integrados en el modelo consciente de la obra ofrecido por la interpretación, son como la gestualidad textual. Cualquier interpretación puede elegir replicar sólo a la intención comunicativa percibida en la obra (o en el complejo formado por la obra y una lectura anterior)—es lo que llamamos crítica comprensiva, o colaboradora. O puede elegir interpretar como síntomas parte de la significación no integrada en ese complejo comunicativo, y ver la obra (o el complejo formado por la obra e interpretaciones anteriores, o la obra en un nuevo contexto) desde el cogote, o desde el vértice C del triángulo. Es lo que llamo crítica crítica, o unfriendly criticism.

Por ejemplo, para ser unfriendly con las diversas interpretaciones del cuento de Poe ofrecidas en The Purloined Poe, podríamos señalar algún elemento que obstaculice la figura textual tan limpita constituida por los críticos (en este caso la doble triangulación señalada por Lacan). Observemos que los dos triángulos o episodios del cuento no son exactamente una repetición uno del otro. En la primera escena, el ministro ve que la reina ve que el ministro ve que la reina ve que el rey no ve, y ve el ministro (a la vez) que la reina no ha previsto maniobras de defensa para quien vea eso, y que se encuentra atrapada en su propia estrategia. En la segunda escena, hay similaridades, pero enfrentado a Dupin, el ministro no ve que Dupin se está llevando la carta. Posiblemente ni siquiera sabe que está enfrentado a Dupin; tampoco sabe (como sabe la reina para mortificación suya) que está atrapado en su propia estrategia.

Podríamos elaborar una interpretación alegórica que utilizase este elemento que queda al margen de las interpretaciones. Quizá Derrida ya haya señalado en esta dirección general, claro, a pesar de que otros han venido y vienen a criticarle y a robarle la carta...

Es fácil ser (o intentar ser) excesivamente ingenioso a la hora de reutilizar, o alegorizar, este cuento. Es lo que le pasó a Derrida (según Johnson) por no aplicarse el cuento. Y eso que ya nos avisa Poe desde la primera palabra, el epígrafe pseudo-senequista: "nil sapientiae odiosius acumine nimio" (nada hay más aborrecible para la sabiduría que un exceso de ingenio). El cuento nos da a entender, entre líneas, que el protagonista Dupin no escapa a esta ironía del destino o repetición compulsiva:  al figurarse a sí mismo como Atreo vengándose de Tiestes, en las palabras que cierran el cuento, sugiere el relato que caerá sobre él (y que poco se lo sospecha) la maldición que asoló la casa de Atreo.

Quien tiene un esquema interpretativo tiene un plan. En mi clase de análisis narrativo, les digo a mis alumnos que siempre hay que tener un plan, porque quien tiene un plan tiene topsight, contempla desde la atalaya de su superior información a los pobres sujetos que van haciendo sus cosas sin plan. Ahora bien, todo plan falla, y un esquema habitual para la narración es estructurarla como la historia del fracaso de un plan.  (Y no es decir que no consigan a veces objetivos locales, los planes). Aunque tengan éxito, los planes tienen éxito de maneras no previstas; fracasan siempre más o menos, normalmente más que menos. Y esto sólo puede contarse desde una posición de topsight superior a la que ostentaba el planificador original—desde la atalaya de la retrospección.

Del mismo modo, toda estrategia interpretativa es desconstruible cuando es vista desde otro proyecto interpretativo: vemos desde ahí lo que no permite ver el ojo crítico en cuestión—el cogote del primer intérprete. Especialmente en el caso de la crítica crítica—pues la crítica amistosa más bien mira con el intérprete, desde su perspectiva o lo más cerca de ella, o le añade a esa visión crítica un instrumento óptico que la refuerce. La crítica crítica, por el contrario, busca identificar el punto ciego de la lectura de otro (y no es inmune, como demuestra una lectura de Paul de Man, Blindness and Insight, a sufrir una ceguera parecida a la que contempla en el otro).

Mi argumento sobre el cuento de Poe guarda, pues, cierta analogía con el de Ross Chambers, quien extrae del cuento la conclusión de que el sentido no está propiamente en el texto (en la carta) sino en la situación de ese texto en un contexto intepretativo, un sistema de relaciones en torno a ese texto:

"for all its insistence on textual drift and the absent signifier, "The Purloined Letter" does not deny meaning. Rather, it situates it, not in the domain of signs, but in the world of the relationships that signs serve to mediate. Dupin has 'a quarrel on hand . . . with some of the algebraists of Paris', and his disagreement with these specialists in signs (whose discipline depends precisely on the equivalence and substitutibility of signs)  stems from the fact that 'occasions may occur where x2+px is not altogether equal to q', or, in other words, that situations alter the value of signs and meaning is contextual."

También Ross Chambers admite que un artículo interpretativo como el suyo parece ponerse en la posición de Dupin, pero acaba reconociendo la superioridad del texto de Poe, más allá de los intérpretes anteriores. (Aunque, ¿no es ese texto más rico por las lecturas recibidas?). 

Del mismo modo, Norman Holland (a quien explicaba hoy en clase) reconoce el elemento de vanidad, de competitividad masculina e infantil, que tiene cuento en su justa de ingenios—una competitividad o vanidad contagiosa para los lectores:

"I share the ambition Poe reveals in Dupin's disquisition on mathematics, the feeling that his own intellect has powers not granted to lesser beings. How intelligent I thought myself when I was reading this story at thirteen; and I am not entirely over that vanity yet, as you can see by my choosing to write about a story that two major French thinkers have analyzed. They are all to be outwitted, all these fathers like the Prefect or the Minister, or, for that matter, Lacan or Derrida."

Para Holland, la lectura de Derrida surge de una necesidad de no creer, de desconfiar—podríamos pensar en la hermenéutica de la sospecha.  Pero hasta esta ausencia se convierte paradójicamente en presencia, dice: "Disbelief is itself a belief in disbelief". Cada cual sigue en la interpretación un trayecto que para Holland es una función de su personalidad, y le lleva a defender su crítca transaccional,a saber, "a criticism in which the critic works explicitly from his transaction of the text". La ventaja de reconocer esta transacción personal, para Holland, es que usamos las diferencias entre diversas lecturas para enriquecer la experiencia mutua del texto.  Tanto más, diría yo, si a través de nuestra transacción personal reconocemos elementos que están necesariamente presentes (aunque ignorados) en cualquier otra transacción personal con el texto.

Queda por ver cómo en otros casos (que atiendan menos a la generalidad de la experiencia) podemos absorber frente a lo que vemos —positivamente— en el texto, cómo podemos absorber, digo, la negatividad que supone la lectura de otro—la que no es la nuestra. Tanto más problema supone esto si somos transactivos, en efecto—¿cómo hacerle lugar a la transacción de otro? Parece que habremos de negarnos a nosotros mismos, con esa negatividad, o absorberla de algún modo, e integrarla en la manera en que vemos el texto finalmente, tras la-Lectura-Que-Hizo-el-Otro. (Quizá: el texto una vez transformado por el Otro).

Es especialmente interesante por eso el análisis de la negatividad que hace John Muller en "Negation in 'The Purloined Letter': Hegel, Poe, and Lacan". La interpretación se nos aparece así como una fenomenología del espíritu en términos hegelianos. Hegel, por cierto, era otro que se veía a sí mismo con topsight absoluto sobre la evolución del Espíritu y de la comprensión.

¿Por qué, se pregunta Muller, han de cambiar de lugar los sujetos en la estructura triangular A-B-C, una vez entran en posesión de la carta? Y responde interpretando esa tríada en términos de la tríada hegeliana tesis - antítesis - síntesis. La consciencia progresa mediante la negatividad de la antítesis y su subsiguiente negación en una síntesis interpretativa.

"Each moment of this complex process is initially given as if its truth were known with certainty; but as the assumed truth is examined, it is incommesurate with ongoing experience, it is negated and given up in dismay, and a new perspective takes its place" (345).

Hegel presenta este proceso dialéctico de superación de la negatividad (Aufhebung) como una serie triádica, cuyas posiciones se definen como el "en-sí", el "para-sí" y el "para-nosotros"—naturalmente, el nuevo esquema de consciencia que emerge como la estructura de las cosas es un esquema para nosotros, dice Hegel que "no es conocido para la consciencia que estamos observando" —lo cual nos coloca en una posición de topsight.  Esto tiene un precio, dice Hegel, que es vencer las resistencias del ego, que tiende a fijarse en su postura y a resistir el cambio o la asimilación de la negatividad. Prefiere las cosas familiares antes que el cambio a una mayor comprehensión: es la postura narcisista de la consciencia, feliz con lo que es y lo que tiene.

Pero una consciencia mayor es también un mayor reconocimiento de la intersubjetividad, a traves de la asimilación de ese momento negativo que supone la visión ajena. También para Hegel, señala Muller, es en la intersubjetividad donde se constituye la experiencia humana—así dice en la Fenomenología del Espíritu: "La naturaleza humana sólo existe realmente de hecho en la consecución de una comunidad de mentes". Es algo que podríamos relacionar el interaccionismo simbólico, y su búsqueda del sentido en una transacción comunicativa permanente, y no en el objeto semiótico en sí (no en la carta robada, sino en el uso que se hace de ella).

El efecto de verdad necesita para su mejor aparición contrastarse con una falsa conciencia a la que contemplamos como superada (topsight, aufhebung). La verdad, en tanto que desvelamiento de relaciones ocultas, necesita contemplarse panorámicamente, desde fuera. Aparece la estructura semiótica que la genera, en toda su visibilidad, cuando la vemos en los efectos que tiene para otro, para alguien cuya visión está atrapada por ese sistema semiótico, en tanto que nosotros contemplamos, olímpicamente, tanto el sistema que genera sentido como el ojo del otro posicionado en él. A este nivel semióticamente superior es a lo que llama Lacan lo simbólico (vértice B de la triangulación) reservando el nombre de lo imaginario (vértice C) para el sistema parcial e insuficiente que está contenido por nuestro propio sistema. (Lo "real", por cierto, sería el vértice A, punto ciego o desestructurado). Para Jane Gallop, "It is the imaginary as imaginary which constitutes the symbolic"—es decir, la percepción de un sistema semiótico como producto de una situacionalidad, un posicionamiento, un deseo... algo sólo visible en sus consecuencias desde afuera, desde una posición simbólica más elaborada, o un marco interpretativo más abarcador.

La posición imaginaria participa del narcisismo al pretender reducir el mundo al sistema percibido—no ve cómo ese sistema (imaginario) adquiere nuevo sentido al ser recontextualizado: el antiguo intérprete con ojo de lince es ciego al nuevo contexto. En última instancia, el sentido es lo que tenemos delante de las narices: el contexto global, y es esa misma generalidad lo que nos impide verlo. Stanley Rosen, en su libro sobre Hegel que cita John Muller, dice algo parecido cuando observa que "la esencia de la visibilidad, lo visible en tanto que visible, por tanto lo que lo es de modo más pleno o efectivo, es invisible" (1974, 146; traduzco).  Pero este surgimiento a la visibilidad del sentido es el primer paso para su negación o superación desde una consciencia superior. Cita Muller la Fenomenología del Espíritu de Hegel:

"Ya que lo que apareció en primer lugar como objeto se ha hundido para la consciencia al nivel inferior de la manera que ella tiene de conocerlo, y ya que el en-sí se convierte en un ser-para-la-consciencia del en-sí, es esto lo que deviene el nuevo objeto para la consciencia. Con esto una nueva modalidad de consciencia aparece en escena, para la cual la esencia es algo diferente de lo que era en el estadio previo. Es este hecho el que guía toda la serie de fases de consciencia en su secuencia necesaria". (Hegel, Phenomenology 1977: 56; traduzco, enfatizo, parafraseo...)

Esta objetualización de la otra consciencia es para Hegel analítica—crítica, podríamos decir; o crítica crítica, pues no se limita a reproducir la estructura de la primera mirada consciente B sobre el objeto A, sino que capta esa percepción como un nuevo objeto (C).—Objeto... objeto será para un cuarto en discordia (D), de momento no es objeto sino la verdad de la relación A-B tal como se manifiesta al topsight de C. La verdad es por tanto un constante proceso o aparecer—el pensamiento que según Aute "no puede tomar asiento / Que el pensamiento es estar / Siempre de paso".

El pensamiento estárá de paso, pero nosotros nos quedamos fijos (especialmente en nuestros textos) en una de esas actitudes narcisistas, parciales y objetualizables, mientras que el pensamiento va más allá y nos convierte en objeto de interpretación y análisis para ojos que nos observan sin que percibamos esa mirada.

Claro que este fenómeno está sucediendo en una multiplicidad de contextos locales—no sólo en la gran síntesis hegeliana de la idea que culmina, oh casualidad, en Hegel mismo como fin de la historia... —¿No le atacaría a Hegel la sospecha o temor de que era un objeto local, en lugar de ser la proa de la Idea abriéndose paso en el Absoluto? Hoy parece inevitable tener muy presente esta diseminación, que lleva también a relativizar la percepción superior de C sobre B y A. C ve la relación entre A y B, pero quizá no esté viendo otras cosas que ve B, o que ve A, por no hablar de las que ve D, otro miope o hipermétrope.

Volviendo a la interpretación hegeliana de Muller, podemos ver "The Purloined Letter" como un síntoma o intuición de esta negatividad que estructura la relación entre la acción y su interpretación. (Hay que tener en cuenta que la negatividad lingüística, para Muller, y Benveniste, y otros, a la vez señala y conserva lo negado, llamando la atención sobre ello como punto de referencia —a la vez que lo niega). Es cierto que hay una proporción desproporcionada de elementos negativos en el detalle lingüístico de este relato, y además la negatividad también organiza su macroestructura y la secuencia de acciones relatada:

"When we examine the story's action from this perspective of negation, we find that the story proceeds as a series of negating actions: that is, each action is a precise negation of a previous action of another and is, in turn, negated in the dialectical shifting of actors' positions. But in each negation the truth of the previous position is preserved. The Queen negates the King's power but preserves its role in her secretiveness as she turns the letter over and puts it down. (...)." (364).

Muller también alegoriza la carta (atento a su propio contexto interpretativo) cuando la ve en su carácter dinámico como un "puro significante" de la negación y emblema de la represión que conserva la experiencia en el hecho mismo de reprimirla de la consciencia. Este sistema de represión es identificado (lacanianamente) con los procesos simbólicos; el sujeto se acota y limita en la acción simbólica, que conlleva por tanto este elemento de negatividad y de delimitación frente a la consciencia del otro.

"Psychic structure is established only through that negation to which the subject must submit upon entering the register of the symbolic, and this fundamental splitting of the subject into an sich and für sich may be understood as constituting primary repression." (366).

Un sistema interpretativo es para Muller también un sistema de establecimiento de límites y de fijación de sentidos—de constitución de una verdad que resiste cualquier otro sistema de verdad, y las verdades que ese otro sistema hace aparecer. Las verdades son para Hegel (en esta interpretación que lo aproxima a los pragmatistas, o a los interaccionalistas simbólicos) un efecto comunicativo generado en el seno de una comunidad:

"For Hegel, truth is always embedded in a community that rests on the structure of language whose history includes 'the seriousness, the suffering, the patience, and the labour of the negative' (1977, 10)." (Muller 367).

Esto es para consolarse cuando le dicen a uno que es muy negativo— Poe también era negativo, nos dice Muller.

"For Poe—as for Hegel and Lacan—negation is the dynamic corollary of the ego's self-assured notions about reality" (367).

Normalmente ya tenemos a los demás para que nos hagan la labor negativa de corregir nuestro ego. Aunque hay quien es tan impaciente que va quemando etapas o autodesconstruyéndose sin esperar a que otro le haga la labor negativa. Es lo que Solger y Schlegel denominaban en poesía la ironía romántica—la relativización de las propias posturas asumidas por el sujeto poético, la ruptura de marco que nos muestra a un sujeto dinámico escapando de sus determinaciones autoimpuestas

—keeping one step ahead
Of the persecutor within.
 

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