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Vanity Fea




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Madre asfixiante

De El Tío Tungsteno: Recuerdos de un químico precoz, autobiografía del neurólogo Oliver Sacks (Anagrama, 2003, cap. 19).

Durante los años treinta, mi madre abandonó la medicina general y pasó a dedicarse a la ginecología y a la obstetricia. Nada había que le gustara más que un parto complicado—que un bebé se presentara de brazo, o de nalgas—con una conclusión satisfactoria. Pero de vez en cuando traía a casa fetos malformados anencefálicos, con unos ojos saltones en lo alto de sus cabezas aplanadas y sin cerebro, o con espina bífida, en los que toda la médula espinal y el encéfalo estaban a la vista. Algunos habían nacido muertos, y a otros mi madre y la comadrona los habían ahogado en silencio al nacer ("como un gatito", dijo una vez), pues les parecía que si vivían no tendrían ninguna vida consciente o mental. Deseosa de que yo aprendiera anatomía y medicina, diseccionó para mí varios de esos fetos, y aunque sólo tenía once años, insistió en que yo también diseccionara. Creo que jamás se dió cuenta de lo mucho que eso me afectaba, y probablemente imaginó que sentía el mismo entusiasmo que ella. Aunque yo, de manera natural, había diseccionado por mi cuenta lombrices, ranas y mi pulpo, la disección de fetos humanos me llenaba de repugnancia. Mi madre a menudo contaba que, siendo yo bebé, le había preocupado el crecimiento de mi cráneo, que las fontanelas se hubieran cerrado demasiado pronto, y que, a consecuencia de ello, me transformara en un idiota microcefálico. De este modo, vi en esos fetos lo que (en mi imaginación) yo también podía haber sido, lo cual hacía que me fuera más difícil distanciarme de ellos, e incrementaba mi horror.

Aunque quedó entendido, casi desde mi nacimiento, que sería médico (y concretamente, deseaba mi madre, cirujano), esas experiencias precoces me predispusieron en contra de la medicina, me hicieron querer huir de ella y dedicarme a las plantas, que no tenían sentimientos, a los cristales, los minerales y elementos químicos, sobre todo, pues ellos existían en un reino propio inmortal, donde la enfermedad, el sufrimiento y la patología eran desconocidos.



Domingo, 01 de Julio de 2007 21:13. José Ángel García Landa Enlace permanente. Cómo somos

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