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El anclaje narrativo

Cada cual celebra el año nuevo a su manera. A mí me ha dado por inaugurarlo inventándome un nuevo concepto narratológico: el anclaje narrativo. Tiene algo que ver con otros conceptos ya existentes (pauca nova sub sole) como la teoría de la interpretación, la metanarración, la historicidad o la intertextualidad, pero intentaré darle un toquecillo personal.

Y relacionarlo con, y diferenciarlo de, otro concepto primo hermano que podemos llamar el anclaje discursivo—siendo la diferencia específica, claro, que el primero atañe a anclajes específicamente narrativos.

El anclaje discursivo, sobre el que habrá que volver más adelante, se referiría a la manera en que un determinado texto o discurso se engarza con la producción discursiva global. Nada menos. El anclaje es una operación teórica efectuada por un estudioso de estos anclajes. Pero determinadas maniobras de anclaje discursivo pueden encomendarse (implícita o explícitamente) al lector u oyente, y parte de ese anclaje lo puede realizar explícitamente el propio discurso, con maniobras retóricas y modalidades específicas según los géneros que aquí dejaremos sin determinar, y sólo con una vaga promesa de volver sobre ellas, y sobre las maneras en que se han tratado teóricamente en lingüística, teoría literaria, filología… Y sirva esta vaga alusión a un futuro y un pasado como ejemplo práctico de anclaje discursivo efectuado por un determinado discurso.

El anclaje discursivo (o el narrativo) propuesto de modo explícito y reflexivo por el propio discurso puede ser aceptado, completado, matizado o contestado por el anclaje discursivo/narrativo que efectúe un analista crítico o, de modo más espontáneo, por el que efectúe un lector o espectador para sí durante el proceso de la lectura o recepción.

La ubicación de una palabra en el contexto de la Palabra Humana, o de una enunciación en la Galaxia de Enunciaciones puede parecer una cuestión que ofrece un panorama (potencialmente) de proporciones colosales: un marco teórico, éste del anclaje discursivo, del cual el anclaje narrativo sería un rinconcito local, como una  simple carretera específica en la maraña de carreteras que cruzan los países.

Pero la cuestión de la especificidad narrativa, según cómo se atienda a ella, tiene la entidad suficiente como para convertira en una maraña propia de relaciones, sólo parcialmente coincidentes con las relaciones discursivas y no necesariamente de proporciones menores, ni menos descaradamente ambiciosa en cuanto a los amplios horizontes que nos abre para la reflexión.

 En efecto, si en el anclaje discursivo una palabra nos remite a otras palabras (según explicaba Bajtín en su teoría de la polifonía textual), en el anclaje narrativo tal como quiero definirlo una narración nos remite a otras narraciones y fenómenos protonarrativos que pueden ser de naturaleza verbal o no verbal—manteniendo así la voluntad interdisciplinaria de la narratología como parte de una semiótica interdisciplinaria.

Hemos (mayestático) hablado en otro sitio de procesos, representaciones, narraciones y narratologías. Puede resultar útil demarcar estas cuatro fases, niveles o marcos de referencia para la discusión del anclaje narrativo.

Tomemos como marco global unificador y trasfondo de toda narración lo que es la mayor master narrative (en absoluto decaída, al contrario de lo que nos podría hacer pensar Lyotard). Me refiero al proceso global del tiempo—el único tiempo existente, ligado a la existencia del cosmos, como base última de todo anclaje. Se me dirá que hay muchas versiones de ese tiempo: desde las cosmogonías y teogonías tradicionales hasta las actuales Historias del tiempo como la de Hawking (y, generalizando, el discurso científico). Ante esta variedad, una labor del anclaje narrativo puede consistir en proyectar intertextualmente unas historias cósmicas sobre otras, ubicar unas con respecto a otras, y por qué no, elegir una como marco principal, la "verdadera" historia del tiempo, en el seno de la cual surgen las otras como versiones ideológicas o aproximaciones. Hay aquí un elemento de relativismo heurístico, pero difícilmente podrá una narratología que se pretenda intelectualmente poderosa acudir a versiones míticas de los procesos cósmicos. Es con la ciencia, y sobre la ciencia, con quien hay que entablar un diálogo metodológico y filosófico—ahora bien, teniendo en cuenta que hay una ciencia de la ciencia misma, una teoría cultural de las funciones y límites de la ciencia. En este sentido, una narratología de los procesos debe tener una orientación filosófico-científica.

Una narración determinada puede presentar puntos de anclaje a este nivel cosmológico por así decirlo, ubicando su pequeño modelo o representación temporal en relación a la naturaleza misma de la temporalidad y a la naturaleza procesual del Universo. Y un analista puede completar o modular esta caracterización reflexiva de la propia narración, por ejemplo desmitologizándola, sustituyendo por una versión científica del tiempo y del cosmos la versión mítica que una determinada narración propone.

El tiempo "cósmico" al que nos hemos referido es un tiempo concebido al margen de las representaciones temporales que de él hacen los seres vivos en general o los hombres en particular. Una frase, ésta que precede, tan paradójica como ésta que le sigue, a buen entendedor. Quiero decir que naturalmente no es posible concebir ningun proceso temporal al margen de nuestras propias potencialidades, capacidades o esquemas de percepción temporal. Y hay aquí una semilla de reflexión para el papel de la representación, y de la reflexión sobre ella, en la emergencia de los fenómenos temporales. Hay tiempos más básicos, más animales, y tiempos más elaborados, y tiene sentido distinguir entre unos y otros como si los primeros fuesen más inherentes al cosmos mismo, y los segundos más mediatizados por las capacidades y culturas específicamente humanas. Pero evidentemente hay que estar atentos a la  manera en que los descubrimientos sobre la experiencia temporal de los animales, o sobre el papel estructurador de la memoria, van modificando sustancialmente nuestra concepción de qué es lo que es el tiempo que existe independientemente  de su percepción. Remitamos, por ejemplo, a las reflexiones sobre la naturaleza y modo de existencia del presente, el pasado y el futuro en la Filosofía del presente de George Herbert Mead.

Un fenómeno procesual que afecta tanto al primer nivel como al segundo (pongamos: tanto a la historia del cosmos como al desarrollo cognitivo de capacidades de representación temporal) tiene especial relevancia: el estudio de las formas vivas capaces de realizar tales representaciones, o temporalidades de segundo nivel si se quiere. Es decir: la teoría de la evolución, y dentro de ella, la teoría de la evolución de la consciencia, culminando (sí que digo "culminando") en la teoría de la evolución de la inteligencia humana.

Con el tiempo "percibido" entramos pues no sólo en una nueva fase de consideración de los fenómenos temporales (y añadimos una nueva cimentación a lo que ha de ser una narratología temporal) sino que nos vemos obligados a volver continuamente a la fase anterior para reformularla y reconsiderarla dialécticamente. Porque en ese "tiempo al margen de la percepción y de la cultura" ya están siempre, cómo no podrían estarlo, nuestra percepción y nuestra cultura. Por ello volvemos a toparnos con la cosmología en todos los niveles de consideración: primero como hecho y marco global en el que vivimos, pero más adelante como fenómeno discursivo (el discurso de la cosmología) en el marco de una cultura o contexto intelectual determinado.

Volvemos a recordar que una narración puede referirse (o no) explícitamente a este segundo momento de la narratividad, para anclarse en él—o puede quedar remitido este anclaje a protocolos de recepción bien establecidos culturalmente, o puede ser un analista o crítico quien efectúe explícitamente el trabajo de anclaje, remitiendo los fenómeno de una narración relativos a la percepción y establecimiento de procesos a lo que es una teoría general de la percepción de semejantes procesos. Habría que reescribir desde este punto de vista la teoría del punto de vista, perspectiva o focalización—por ejemplo.

Hemos hablado del papel central de una cosmología y de una teoría de la evolución/teoría de la consciencia para la fundamentación de los anclajes narrativos a los que nos referíamos. Bien, pues el siguiente nivel de consideración ya es una teoría de la historia humana—la historia de la especie como marco para la historia de las culturas y de los fenómenos comunicativos específicos que en ellas se dan. Las culturas están asentadas, desde un determinado punto de vista, en capacidades y procesos comunicativos y representacionales. La aparición del lenguaje, y la historia del mismo, es un marco de referencia crucial a tener en cuenta, pues aquí ya entronca el anclaje narrativo con el anclaje discursivo que antes mencionábamos (y pido disculpas si ahora parece más pequeñito aquel magno panorama de Todas las Enunciaciones, comparado con una narración más larga). Una historia del lenguaje que como sabe cualquier filólogo, de los que aún quedan por ahí, que es inseparable de la historia de la escritura y de la literatura. Que son otros tantos marcos posibles de anclaje para fenómenos narrativos.

No olvidemos entretanto que al margen de la Teoría de la Historia de la Escritura o la Teoría de la Historia de la Literatura que tenga el analista a la hora de valorar una narración, el propio autor, y otros analistas, pueden tener Teorías de todo ello (por no mencionar teorías de la evolución cultural humana) distintas, por lo que el conflicto de las teorías y la confrontación crítica es inherente a toda discusión de estos anclajes narrativos de un texto dado en una Textualidad o Realidad más amplia.

Entre estas teorías narrativas de la Historia hay que destacar (y relacionar con esto la historia de la literatura, la comunicación, etc.) la interpretación de la historia como una gran narrativa continua: ya sea la Fenomenología del Espíritu de Hegel o el evolucionismo cultural que explica desarrollo de la consciencia y las formas del conocimiento como fenómeno emergente. Una narrativa con lazos posibles a establecer con teorías de la organización económico-social:  la Historia como narrativa de la globalización, o de la división del trabajo, o de la especialización de la producción y distribución comercial. Y de ahí a otras Grandes Historias más concretas: el desarrollo del capitalismo/liberalismo en oposición a las estructuras y relaciones feudales, el colonialismo/postcolonialismo, la difusión de modelos culturales, lenguajes y procedimientos occidentales u orientales…. Pero dejo esto de lado para ir terminando con una alusión más específia al desarrollo de la narración. (Y de la narratología como su sombra).

En el seno de una historia de las enunciaciones, y de una historia de la literatura, los anclajes narrativos ya toman formas más conocidas o familiares: la intertextualidad, la teoría de los mitos de Frye, etc. Hay que recordar sin embargo que estas intertextualidades se asientan sobre una base más fundamental de fenómenos temporales y procesos que, conceptualizados de diferentes maneras, realimentan constantemente las narraciones aportándoles elementos no previamente textualizados, ajenos a la literatura o al lenguaje, pero propios de la acción y de otros procesos comunicativos. Procesos que naturalmente pueden alcanzar representación consciente o textualizada (y continuar así su proceso de emergencia) en la obra de un determinado autor o en la lectura que de ella haga un determinado crítico.

Voy terminando, que es uno de enero y ya está bien de teoría para una mañana de Año Nuevo. Sólo recordaré que a toda teoría de los procesos, a toda teoría del Tiempo, de la Vida, de la Evolución, de la Humanidad o de la Historia, le corresponden siempre principios, mitades y finales. Siguiendo a Aristóteles, dejamos el final para el final. Todo final específico puede encontrar también su anclaje narrativo en una teoría de los Finales.

Martes, 01 de Enero de 2008 14:15. José Ángel García Landa Enlace permanente. Semiótica

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