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La Operación Aguilucho

 I

(Me envía este artículo Miguel Santolaria, que allá por 1970 era maestro mío en Biescas. — ¡Y me acuerdo, por supuesto que me acuerdo!) esqui1

¿Te acuerdas?

Nos dijeron que iba a llegar Mr. Marshall, pero esta vez resultó ser verdad.

El franquismo tuvo cosas malas pero también, a veces, sin saber cómo ni cuando ni porqué, por casualidad, una lotería, llegaban cosas buenas, por ejemplo la Operación Aguilucho.

Hasta donde yo sé nadie en Biescas ni, seguramente, en el Valle de Tena tuvo la idea de popularizar el elitista deporte del esquí y hacer que cientos de chicas y chicos del valle aprendiesen a esquiar sin dejar de ir a la escuela.

No se estilaba entonces lo de abajo a arriba, las cosas llegaban, si llegaban, de arriba a abajo. "Ya dirán los que saben, los que mandan", era la consigna interiorizada plenamente después de treinta y cinco años de paz.

Un día nos dijeron que había que desmontar media escuela y marchar a Panticosa con las alumnas y los alumnos cuyos padres quisieran que aprendiesen a esquiar. Casi nada. Cuántas cosas había que romper para volver a montar. Veamos. Es que las cosas si no se explican no se entienden bien, es difícil captar sus verdaderas dimensiones.

Yo era "propietario definitivo" de un aula de la Escuela Graduada de Biescas. Anteriormente había "tomado posesión" de mi plaza ante el alcalde, "últimos" ecos de la sociedad feudal en pleno siglo XX. Así, tal como suena, propietario definitivo de algo bien tangible en un sitio bien determinado.

Pero, de pronto, cambiaba la ubicación y, además, iba a dar clase durante dos o tres meses a alumnas y alumnos que "eran propiedad", al menos las escuelas lo eran, de otras maestras, en las otras localidades del Valle de Tena.

Angelines, María Antonia y María Dolores quedaban a cargo de los alumnos que permanecieron en Biescas.

Horario diario. Dos horas de clase por la mañana, comida en la cafetería de las pistas, tres horas de clase de esquí y dos horas de clase por la tarde. Más innovaciones inusitadas. Aparte de lo novedoso del horario, yo nunca había comido en una cafetería autoservicio antes.

Mi clase en Biescas incluía una estufa con buena y abundante leña pero que, por inexperiencia y por descuido, nunca tiraba y siempre ahumaba, un martirio. En el albergue de El Pueyo teníamos calefacción central noche y día, un lujo.

Además de dar las clases, en colaboración con el personal del Frente de Juventudes (¿ya era la OJE?), pasábamos a ser responsables de internado durante las 24 horas del día cinco días a la semana (¿ensayo de Escuela Hogar?). Esto supuso haber resuelto previamente nuestras situaciones familiares con el consiguiente sacrificio de nuestros cónyuges. En mi caso, mi mujer se quedó en casa con dos niños bien pequeños, la mayor venía conmigo.

Había que ser valiente o estar muy deseoso de emociones fuertes para afrontar tantas incógnitas de vez. No recuerdo que lo dudásemos. Sobraron voluntarios, el segundo año subió Angelines, creo que durante un mes, y yo me quedé en Biescas.
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Porque había mucha ilusión y formábamos un equipo inmejorable. ¿El secreto?— siempre "un paso por delante" para solucionar las cosas inmediatas, luego se planteaba el problema y se buscaban soluciones. No recuerdo un solo momento de tensión entre los componentes del equipo y soy muy objetivo al escribirlo. Todo fue compartir trabajo, ilusión y alegría.

No quiero nombrar a nadie porque seguro que me olvido de alguien.

El chófer del autobús siempre sonriente, el matrimonio que cuidaba el albergue de El Pueyo de Jaca, ella la cocinera, él el mantenimiento, montaba los fuegos de campamento, una vez nos hizo partir de risa con la comedia del violinista manco, las chicas que servían la comida (a una de ellas la volví a ver con mucha alegría y familiaridad como madre de alumnos años después en otra escuela).* Los monitores y las monitoras de esquí, un poco locos pero responsables, la alegría de la juventud.

No recuerdo alumnos o alumnas malas, problemáticos. Las horas de clase pacíficas, buen ambiente de estudio, no nos saltamos ni una.

Si acaso, lo típico de querer prolongar las risas después de apagar las luces, de ir a enredar a las habitaciones de las chicas. Pero hasta para eso tuvimos suerte. Ángel García nunca tenía sueño al principio de la noche así que a él le tocaba ir a apagar los últimos fuegos y yo me despertaba pronto por la mañana así que era el encargado de hacer sonar el tururú. Ángel Lorés era el encargado de las toses y las pesadillas de media noche. Nos levantábamos media hora antes y a las ocho: "Buenos días, chicos y chicas, arriba, perezosos, nos espera un buen desayuno y la nieve. Hace un día que peta"– y luego la música por todo el albergue, el bullicio, las risas en las duchas, un buen desayuno. Un día me dejé uno de los mejores discos (de vinilo, claro) encima del amplificador, entonces los amplificadores llevaban lámparas que desprendían calor, cuando me di cuenta por la tarde, se había combado, parecía el vals de las olas, inservible, qué disgusto.

Por cierto que la falta de sueño de Ángel García a primeras horas de la noche nos causó al principio un pequeño problema. Ya en la cama los tres (los dos Ángeles y yo, había alguien más— ¿Antonio, el chófer del autobús?) empezaba Ángel García a hablarnos y a comentar cosas interesantes. Es el hombre del que he aprendido más cosas interesantes transmitidas oralmente. Aún "empleo" algunas de ellas en mis conversaciones, con la consiguiente referencia a él. Un gran conversador sí, pero no a las 12 de la noche, ya era tarde, estábamos cansados y a la mañana siguiente (siete horas escasas de sueño) había que formar y eso sin contar que podría haber alguna interrupción del sueño por algún crío que se pusiese malo. Y él sin parar de hablar y ya, al final, le contestabas con monosílabos entre sueños.

Bueno, ¿qué hacemos? No se enteró entonces y seguramente se va a enterar ahora, cuando lo lea. Pactamos hacernos los dormidos. Cuando volvía de la ronda se echaba, empezaba a hablar, la luz apagada, la luna en la ventana abierta, el murmullo del Sorrosal. Siempre, repito, hablaba de algún tema interesante. Ante nuestro silencio, de vez en cuando lanzaba una sonda. "¿No te parece?". "¿Verdad que sí?" No le contestábamos. "¡No te joiba! ¡Ya se han dormido estos tíos!" Alguna vez tuve que esconder la cabeza debajo de las mantas para que no me traicionase la risa.

Buen tiempo siempre en Panticosa y en el Pueyo. Cuando aún oigo los partes de nieve, Formigal cerrado por ventisca, Panticosa, abierto, me acuerdo de que siempre vivíamos en un remanso de buen tiempo, cálido sol de invierno hasta esconderse por Partacuá. Llegabas a Biescas, ya por Santa Elena los árboles cimbreándose por el viento y en la plaza los padres, madres y abuelos esperando a los críos en los porches escasamente alumbrados por una sola bombilla, bien pretos bien abrigados a retiro de la airera y habíamos cogido el autobús en el albergue en mangas de camisa. Un milagro.

Gabi y Ángel Lorés, tan acostumbrados a tratar a preadolescentes en los ambientes no académicos de albergues y campamentos, con alegría, con sabiduría, con amor, trabajadores de base. Gabi, la madre buena de tantas niñas, era la única mujer del equipo, la majencia personificada. Ángel, nobleza, saber ser y estar, sus alegres referencias a la burra del amparo**, su fortaleza física de curtido montañero.
Y la casa, el albergue, la tarima resonante, la amplitud de la escalera y los pasillos bajo el tejado de pizarra, el piano prohibido, la tasca verde del jardín de los juegos.*** Un nido, un cado caliente donde refugiarnos y respirar a ritmo de marcha y vivir y aprender todos unos de otros.

Pocos accidentes. Apenas recuerdo algún alumno que "ya no viene porque se rompió la pierna" Eso sí que fue (estadísticamente) milagroso. Los mayores, te caías un poco de medio lado y ya tenías el hombro dolorido para muchos días.

Desde lejos oías bajar a la jauría a toda marcha persiguiendo al monitor o la monitora,****— los críos chillando, riendo, gozando, hablando de sus cosas, de sus rolletes que diríamos ahora, mientras se desplazaban a cuarenta o cincuenta por hora por una pendiente del treinta por ciento, bandada de truchetas en un recial. Te parabas y te apartabas un poco. De pronto uno que caía rodando estorrozándose cincuenta metros. "¡S'ha matao!—¡S'ha matao!"

"¡Esperarme!", se levantaba, se quitaba la nieve de la cara, se recolocaba las gafas. "¡Esperarme!" pretando a esquiar otra vez cara abajo para pillar al grupo. Una gozada de milagro.

Y el herpes labial. Eso sí que fue una plaga. Las chicas a pintarse los labios con cacao para estar más guapas y se pasaban el herpes de una a otra con la barra. Hasta que descubrimos la causa.

Seguramente hubo un planteamiento utilitarista en las lejanas mentes pensantes que concibieron y plantearon la Operación Aguilucho. El incipiente desarrollo de las estaciones de esquí hacía necesario que los habitantes del valle, especialmente los jóvenes, supiesen esquiar. También en este aspecto el cambio fue revolucionario. Hasta poco antes los pueblos del valle quedaban aislados durante semanas varias veces cada invierno. Donde no había panadería y el pan lo subía el panadero, siempre tenían que tener retén por si acaso. Cuando escampaba y se aseguraba el orache, los hombres de Sallent, supongo que los de los demás pueblos también, tenían que salir de vecinal a limpiar la carretera hasta Escarrilla para romper el aislamiento, lo que les costaba una buena semana—para volver a empezar con la siguiente nevada fuerte. Bueno, tampoco tenían (casi) otra cosa que hacer.

Una vecina de Sallent no se lo creía. "Dicen que si ponen lo del esquí en Formigal limpiarán la carretera cuando nieve y ya no nos quedaremos aislados". Hice un gran esfuerzo de imaginación y aventuré que si iban a invertir tanto dinero como decían era lógico que tuviesen limpia la carretera. Luego esa misma mujer transformó con mucho éxito su cuadra de las vacas en un restaurante y amplió la casa para hacer un hotel.

Es que lo del esquí nos quedaba muy pero que muy lejos a la mayor parte de los humanos a pesar de haber sufrido la nieve durante siglos. Era un deporte muy caro, no estaba al alcance del, yo diría, ¿95 %? de los habitantes del valle. Por poner un ejemplo entendible hoy, la Operación Aguilucho supuso algo así como trasladar a Canterbury al 50% del alumnado del valle y su profesorado durante dos meses varios años para aprender inglés.

El inicio de una revolución. Aún quedan personas en Biescas que, cuando fueron críos, hacían guerretas a pedradas con los de Gavín.***** Era peligroso jugar en la frontera entre los dos pueblos. Podría decirse que la situación apenas había cambiado hasta entonces. La Operación Aguilucho permitió que los chicos y las chicas de todos los pueblos del valle se conociesen y se hiciesen amigos. Supongo que aquella amistad y conocimiento mutuo habrán dado lugar a otro tipo de relaciones entre los habitantes del valle.

Luego vino el invento de la Escuela Hogar de Jaca a la que me opuse con una serie de artículos en Jacetania y después la Ley Villar Palasí y, como consecuencia, la Concentración Escolar de los alumnos y alumnas del Segundo Ciclo de la EGB... y el transporte escolar en las peores horas todos los días en pleno invierno. ¡Qué locura! ¡Los hijos de aquellos que salían a limpiar la carretera cuando caía nevada fuerte!

También entonces la solidaridad y el compañerismo funcionaron. Organizamos un sistema de acogida. Cada familia de Biescas, de Gavín, de Orós Alto con alumnos en la escuela se comprometía a acoger a un alumno del valle en caso de que fuese peligroso volver a casa por la tarde por nevada. Y así lo pusimos en práctica varias veces. Menuda novedad, los críos. Supongo que rezaban para que cayese buena nevada.

Y después las visitas a la Escuela de la Base Americana de Zaragoza—¿esto fue antes?—y el intercambio con Tournay durante muchos años.

Un valle abierto en su interior, desaislado entre sus habitantes y sus pueblos, y abierto al exterior.

La Operación Aguilucho inició un periodo de cambios materiales y de mentalización que nos sacó a los habitantes del valle, especialmente a los que entonces eran niños y niñas, del aislamiento secular en el que habíamos vivido hasta entonces para introducirnos plenamente en la modernidad.

Después de aquello nada fue igual.

—Miguel Santolaria 
 

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* (Notas de JAGL)—De Palmira me acuerdo del nombre.


**  ¡Cagüen la burra Lamparo! 


*** La caza de gamusinos, por ejemplo, por el monte por la noche detrás del

albergue. También recuerdo que en la biblioteca estaban las obras de Carlos Marx; y que en una de esas clases de por la tarde después del esquí leímos en clase el primer poema de Baudelaire que conocí.


****
Gabriel (o Grabiel) admirado por su desmelene y atrevimiento; Ángel Pueyo por la perfección clásica de su estilo.


***** Mi generación, sin ir más lejos, me temo.

Puede que yo mismo sea este individuo del gorro blanco en la última foto. Aunque también puede que sea Cayetano, quien sabe.

—Y cuando nos sacaron en el NO-DO... y nos lo proyectaron al año siguiente. ¡Vaya gritos al reconocernos, que mira a Jaimez, mira al americano Moran! El grupo más avanzado fingía al principio de la película hacer la cuña, y luego salían haciendo slalom... lo cual provocaba abucheos, ¡tongo, tongo! Como cuando salían unos desconocidos probándose en una tienda unos equipos carísimos, y esquís Rossignol, en lugar de las botas de cuerdas y los Bullet barateiros que nos regalaban—eso sí, nos regalaban para siempre—en la Operación Aguilucho.

 

 


 II

01-02-2008

 LA OPERACIÓN AGUILUCHO

                             

1973- 1977

 

     Memorias de Angel García Pomar, Maestro Nacional y Profesor de  E.G.B.  de Biescas  (1957-1996)
                                  ----------------

Desde mis comienzos como maestro siempre he luchado por introducir el deporte en la escuela, pero en aquellos años 50, 60 y 70 cualquier maestro que se apreciase tenía que ir a su escuela con chaqueta corbata y zapatos y así no hay manera de correr 100 m. dignamente.

Grande fue mi sorpresa cuando un día de diciembre de 1972, al finalizar la tarde, vinieron unos representantes de la OJE (Organización Juvenil Española ) a proponerme una reunión para organizar la  Operación Aguilucho. A decir verdad , ni ellos sabían bien en qué consistía.

Aunque la Directora del Colegio era Mº Antonia Fatás. Ella los remitió a mí, pues nada era más lejano en aquellos tiempos  que una mujer se ocupase de semejantes actividades.

Nos citaron de nuevo, en enero de 1973, en el hotel Navarro de Panticosa, a los Alcaldes, Inspectores de Enseñanza y Maestros de los pueblos implicados ( Sallent, Lanuza, Escarrilla, Sandiniés, Tramacastilla, Piedrafita, Hoz ,El Pueyo, Panticosa y Biescas).

La iniciativa partía del Consejo Superior de Deportes y, aunque entonces no nos lo explicaron, parecían querer impulsar el esquí en general, pero, principalmente, en la Estación de Panticosa que acababa de abrirse.

Intervenían en la preparación:

➢    EL CONSEJO SUPERIOR DE DEPORTES (con su Director, José  Casero Picurio jefe y alma de la Operación y sin el cual no hubiera tenido lugar).
➢    EL GOBERNADOR CIVIL.
➢    La O.J.E. (cuyo preparado personal resultó imprescindible).
➢    LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL (que cedía La Residencia de Panticosa).
➢    DIRECCION PROVINCIAL DE ENSEÑANZA (que autorizaba el traslado de clases y maestros).
➢    LOS MAESTROS, PADRES Y ALUMNOS (los más directamente afectados).
➢    LA ESTACION DE PANTICOSA
➢    LA ESCUELA DE ESQUI
➢    EL ALBERGUE DE EL PUEYO. (que creo dependía del S.E.U.)
➢    LOS AYUNTAMIENTOS (que contribuían proporcionalmente).

La asistencia a la operación era voluntaria por parte de alumnos y profesores. Hay que pensar que el esquí era considerado más un peligro que un deporte y que muchas madres creían insensato poner a sus hijos en peligro. Así, en la mayor parte de los pueblos, quedaba una maestra que se ocupaba de los no asistentes a la operación.

De Biescas, donde había dos maestros  y dos maestras, fuimos los dos maestros (Miguel Santolaria y Angel García) salvo algún año que vino  también [mi hermana] Angelines. Tuvimos también el apoyo de la maestra de Sandiniés.

Los alumnos de Panticosa llevaban el horario de esquí, pero residían en sus casas.

Los alumnos de Sallent y Lanuza residían y tenían sus clases en la Residencia de Panticosa a cargo de Mª Luz, maestra de Sallent, y la maestra de Lanuza. El resto, en el Albergue de El Pueyo de Jaca.

Días antes de que empezase la Operación Aguilucho, enviamos una relación de los alumnos candidatos con la estatura y número de bota, pues a todos los asistentes se les proporcionó el equipo completo:
Gorro, guantes, y gafas.
Anorak, chubasquero y pantalones.
Calcetines, botas, esquís y bastones.

Una anécdota curiosa la tuve con el conductor de la furgoneta que traía el material que, al no estar Picurio para firmar la entrega, se negaba a dejarlo, pese a que yo me ofrecí a firmar. También se negó a descargarlo, puesto que él solo era conductor. Estaba dispuesto a regresar a Madrid con los equipos, pero finalmente me dejó descargar todo con ayuda de algunos chicos.

Pese a este regalo, impensable en aquellos tiempos que se comenzaba a salir de la miseria, pudo más el miedo de las madres y los asistentes apenas superarían el 60% de los alumnos.

Quiero también dejar claro que, aunque el primer año se habló de dar una subvención a los maestros colaboradores, pasaron los 5 años sin que recibiésemos nada en absoluto, aparte de la manutención y la cama. El servicio era de 24 horas al día, no más.

El primer año, las clases de esquí eran por la mañana y después de comer en la cafetería de las pistas, empezaba el  horario de clases.  Los niños, cansados, se dormían.

Los años siguientes, tras el desayuno, dábamos dos clases lectivas y con un bocadillo, a las 11 subíamos a esquiar de 12 a 3. Tras la comida, se impartían las clases que requerían menos esfuerzo.

Normalmente, de lunes a viernes éramos los únicos ocupantes de la Estación.

Hacia las 7 terminaban las clases y pasaban a hacer actividades con los colaboradores de la OJE (Angel Lorés, Inmaculada Suarez, Gabi y Gelo) que colaboraban con los maestros en la disciplina y cuidados de los enfermos. Tenían también, a esa hora, la visita de los padres.

Tras la cena, a las 10, a la cama, rato delicado, pues no todos estaban de acuerdo ni en limpiarse los dientes ni en guardar silencio. Rara era la noche que no teníamos que atender a  alguno con dolor de muelas, anginas, dolor de vientre o simplemente  ganas de hacer la pascua. Cuando mejor dormían, diana.

Los primeros tres años estuvimos repartidos entre Panticosa y El Pueyo, pero los últimos años empezaron a fallar los alumnos de Sallent que pensaron podían practicar el esquí en Formigal y ya nos juntamos todos en la Residencia de Panticosa para las clases, mientras que comer y dormir lo hacíamos en el Hotel Morlans y en el Hotel Vicente. En ambos nos trataron con todo cariño, especialmente si alguno estaba enfermo.

Las clases de esquí eran impartidas por monitores de la EEE de Panticosa cuyo director, Angel Pueyo, fue nombrado por entonces. Recuerdo los nombres de José Mª, José Benito, Valero, Tomás , Gabriel Morlans, Lucía, Mª Carmen, Mª Josefa, a quienes después he vuelto a encontrar más de una vez en las pistas o fuera y que nos dejaron muy buenos recuerdos a profesores y alumnos. Recuerdo algún monitor más, pero he olvidado los nombres. Uno de los años un monitor francés se ocupó del grupo más destacado.

Como en cualquier tipo de organización, también hubo sus momentos de tensión y sus diferencias,  pero lográbamos superarlas fácilmente, pues todos teníamos el deseo unánime de que la cosa resultara y teníamos a Hilario y su esposa, encargados de la Residencia de El Pueyo, que sabían hacer unas buenas migas y contagiar a todos su buen humor. Juntos con Lorés, eran insustituibles en las veladas, carnavales y fiestas.

Todos los años Lorés se encargaba de organizar una batida nocturna para cazar “gambusinos”, pero el resultado siempre fue un fracaso total. Excepto Lorés, nadie al parecer ha visto nunca un “gambusino”.

Los cursillos duraban entre 4 y 6 semanas. Empezábamos a principios de febrero y recuerdo uno que terminó la víspera de San José con una fuerte nevada. Normalmente eran de lunes a viernes, pero algún año también tuvimos esquí el sábado.

Uno o dos años nos mandaron de Madrid una médico, Cristina, que junto con su marido, Jorge del Amo, controlaban entre otras cosas la acetona de  los chicos tras el esfuerzo.

Para hacer mas propaganda del esquí, que bien lo necesitaba, se hizo el montaje de una película que luego se proyectó en el Nodo en toda España. Era curioso ver la indignación de los chicos cuando veían las botas de ganchos en lugar de las de cordones que ellos llevaban y la calidad del material, tan diferente, en el reportaje.

Para completar la formación de los chicos, se organizaron, durante el verano, cursos de entrenamiento con profesores de Educación Física del Consejo Superior de Deportes. Recuerdo a Manuel de Lucas y al maratoniano Landa García entre otros.

Para los chicos suponía un cambio total del panorama en aquella España en que muy pocos tenían coche y, quienes lo tenían, su viaje más largo era a Huesca para visitar un enfermo y, a ser posible, sin chicos. Pocos habían ido más allá de Sabiñánigo ó Jaca.

Los cursos de verano duraban unos 15 días. Salíamos de Huesca con un autobús que quedaba a disposición para hacer excursiones por los alrededores del destino.

El primero de estos cursillos fue en Alicante. Los siguientes fueron a:
- Gijón ( en la Universidad Laboral).
- Pontevedra
- Lecároz ( los 2 últimos)

En los tres últimos cursos la actividad principal era el esquí sobre hierba.

Un detalle en el que reparo ahora al escribir es que prácticamente no hubo burocracia fuera de la normal de una escuela. Si la  hubo, no recuerdo quién ni donde ni cuando la llevó.

También pasamos ratos de tensión en algún accidente de esquí o de enfermedad de los pequeños, pero nada fue grave y todo se superó fácilmente
Queríamos que aquello resultara muy bien y a todos nos dejó un recuerdo inmejorable que todavía perdura.

Angel García Pomar



Domingo, 03 de Febrero de 2008 13:25. José Ángel García Landa Enlace permanente. Recuerdos

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