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Internet en 1908

Hay quien ha hablado del telégrafo como "la Internet victoriana", y es cierto que las redes de comunicaciones se van enlazando unas con otras y sus protocolos no sólo innovan radicalmente a veces sino que también se asientan constantemente en cosas que ya pasaron antes. Y a veces ya se ve de lejos en qué van a parar las innovaciones, porque sólo en parte son nuevas. La interfaz humana sobre la que se aplican no cambia tanto como la tecnología.

Hace cien años que E. M. Forster, victoriano a su pesar, concibió algo bastante parecido a Internet en su relato "The Machine Stops", escrito en 1908 y publicado en 1909. Es una distopía que prefigura bastantes aspectos de Un mundo feliz de Huxley o de 1984 de Orwell, y que es extraño no sea más apreciada o conocida dado el éxito que han tenido estas otras visiones del futuro. Entre sus puntos de interés está la manera en que la sociedad "ideal" / horripilante del futuro está totalmente mediatizada por la Máquina. Las personas viven en ciudades subterráneas, en celdas hexagonales conectadas por pasillos vacíos, donde medios de transporte automáticos, poco utilizados, llevan hasta los aeropuertos. Son las aeronaves al parecer los únicos espacios públicos—y se viaja lo menos posible en ellas, no gustan. La vida está cada vez más mediatizada por la Máquina, que se encarga de proveer todas las necesidades de los individuos con un sistema de domótica perfeccionado: aire acondicionado, música, comida, etc., todo lo provee la Máquina.

Vashti, una de los protagonistas, encarnación del ciudadano perfecto, siente típicamente un "horror a la experiencia directa"—y le desagrada sobremanera tener que tomar la aeronave para ir a visitar a su hijo Kuno en la otra punta del mundo, aunque ya hace mucho aviniéndose a viajar a pesar de esa repugnancia. Las visitas, como todo tipo de reuniones cara a cara con otras personas, los paseos, los viajes, etc., son un resto del pasado que está desapareciendo rápidamente de las costumbres.

Pero a pesar de este aislamiento físico de las personas, sin espacios públicos físicos ni reuniones ni visitas, se nos dice que "en algunas direcciones la vida social se había desarrollado enormemente". Se trata de las videoconferencias y el chat a través de la máquina. Vashti al parecer conoce a miles de personas, pero sólo virtualmente, a través de la pantalla. De hecho es profesora—no sabemos si aficionada o profesional o si esa distinción ha desaparecido en el mundo de la máquina. Y quien desea se conecta a sus lecciones a través de la Máquina. Forster anticipa así en cierto sentido las redes sociales. "En algunas direcciones", se nos dice, "la interacción humana había avanzado enormemente."

Aunque la tecnología de su máquina por supuesto no queda explicada, y parece un tanto Julio Verne, sí que anticipa un rasgo importante de la Red, que es la personalización y descentralización de sus funciones comunicativas. Así por ejemplo, si hay televisión personalizada tipo YouTube (aunque quizá sólo en directo) no hay en cambio e-mail, y los mensajes escritos los envía la máquina a través de un sistema retrofuturista de correo neumático.

La descentralización de la Máquina también se manifiesta en el anonimato del poder y en la mediatización de todos los aspectos de la vida social por este tipo de distribución de la comunicación y el trabajo. La Máquina se confunde con la estructura social, de hecho los ciudadanos han pasado a ser meras piezas de la Máquina y han de ser dóciles y uniformes para que ésta cumpla su función de regulación y distribución de la manera más eficaz posible. Los rebeldes tipo Neo, uf, digo, tipo Kuno, son perseguidos por vigilantes automáticos, y la máquina mantiene a los rebeldes fuera y repara los agujeros del sistema. Como en el caso de The Matrix, hay aquí imágenes de un retorno uterino de pesadilla: Kuno describe su huída al exterior de la máquina con imágenes que evocan el nacimiento y la liberación de cordones umbilicales; y no es casual que la encarnación humana de la Máquina y su más fiel sirviente sea Vasthi, que si no es madre asfixiante en persona es únicamente porque ha delegado ese papel a la Máquina—ahora no hay vida familiar, o más bien sólo hay una relación familiar y obsesiva con un útero-cárcel, la Máquina.

Podemos ver aquí una expresión de los deseos de liberación emocional y sexual de E. M. Forster, homosexual reprimido, que convivió largamente con su madre, sin figura paterna cercana y obligado a llevar una vida de respetabilidad victoriana puramente maquinal. En muchas de sus novelas se expresa esa búsqueda de espontaneidad y liberación, huída del sistema victoriano de clases y roles, que aquí aparece encarnado en pesadilla mecánica y desplazado a la Máquina. Aunque cuando Kuno se libera liga con una chica—la publicación de Maurice aún estaba muy lejos en 1908... Kuno es capturado de nuevo por la máquina, pero sueña con un futuro en el que otras personas, en otra generación, puedan vivir fuera de esta Máquina heteroasexual en la que está pillado.

Otro aspecto de la Máquina que es relevante es el control de las comunicaciones. Al estar toda comunicación mediatizada por la Máquina, toda comunicación es controlable, y se controla por el bien del sistema. También, al parecer, de una manera rutinaria y automatizada, como parte del mantenimiento del sistema, sin que haya una desagradable figura autoritaria que tome decisiones al respecto. La Máquina es anónima—no hay un Big Brother que dirija el sistema, aunque naturalmente tampoco lo hay en la novela de Orwell. Así, pues, sí, hay también un Echelon en 1908, pero las funciones de policía son en todo caso marginales: la maquinización del mundo se impone no por la fuerza de la violencia sino por la fuerza de los hechos, por el comportamiento espontáneo de las personas en sus circunstancias, como conclusión lógica de la organización social creciente y de la disponibilidad de la tecnología. Aquí es el Sistema mismo el que es la Máquina, por eso nadie en concreto la ha creado, y rueda sola, con su Aparato Autorreparador que la va parcheando y adaptando. Mal que bien, porque al final se derrumbará tras diversos amagos, de la noche a la mañana. Al ser una Máquina (piezas y funciones interconectadas) el derrumbe cuando llega es súbito y total.

En este sentido la Máquina (al ser global) es también una encarnación de pesadilla de la totalización globalizadora, que ha sometido el mundo entero a su sistema de circulación y sólo ha dejado fuera a unos pocos rebeldes y marginales. Y esta globalización, aunque haya sabios y mentes pensantes, no la ha diseñado nadie ni la gobierna nadie en concreto, pues es la Máquina la que ha ido imponiendo su propia lógica sobre los comportamientos, voluntades y decisiones. Es la pura eficacia de la organización social humana la que lleva inexorablemente al desarrollo de la Máquina y a subordinar a ella nuestra manera de pensar, de sentir y de hacer—lo que podríamos llamar la cyborganización de la vida social.

En muchos sentidos es la de Forster una profecía cumplida—y no es tanto el mérito (aunque no se lo quiera yo quitar) en cuanto que en muchos sentidos no es ni siquiera una profecía, sino una trasposición metafórica de la vida moderna, de la experiencia urbana, cargando un poco las tintas en la dirección de la alienación y el aislamiento y la taylorización.

Hace poco aparecía en Les Bienveillantes de Jonathan Littell una imagen comparable, una memorable alegoría de la sociedad moderna, nazi o no, en su culminación lógica, una sociedad-máquina también, o una gigantesca cárcel de Piranesi, tal y como se manifiesta en los sueños obsesivos del narrador de la novela tras su visita a los campos de exterminación:

Una secuencia en concreto se repetía y se amplificaba noche tras noche, un sueño oscuro y difícil de describir, sin ningún sentido narrativo pero que se desplegaba siguiendo una lógica espacial. En este sueño recorría yo, pero como desde el aire, a diferentes alturas, y más bien como una pura mirada o incluso una cámara, más que como un ser vivo, una ciudad inmensa, sin límite visible, con una topografía monótona y repetitiva, dividida en sectores geométricos y animada por una intensa circulación. Millares de seres iban y venían, entraban y salían de edificios idénticos, ascendían largas avenidas rectilíneas, bajaban al subsuelo por bocas de metro para salir por otro sitio, incesantemente y sin finalidad aparente. Si bajaba yo, o más bien si bajaba esa mirada en la que me había convertido, a las avenidas para examinarlos al detalle de cerca, comprobaba que estos hombres y mujeres no se distinguían unos de otros por ningún rasgo particular, todos tenían la piel blanca, el cabello claro, los ojos azules, pálidos, perdidos, los ojos de Höss, los ojos de mi antiguo ordenanza Hanika, también, en el momento de su muerte en Jarkov, ojos color de cielo. Había raíles surcando la ciudad, avanzaban trenecitos y hacían paradas fijas para vomitar una oleada de pasajeros enseguida reemplazados, hasta donde llegaba la vista. En las noches siguientes penetré en algunos de los edificios: filas de gentes caminaban entre largas mesas comunes y letrinas, comiendo y defecando en fila de plantación; en camas superpuestas, otros fornicaban, luego nacían niños, jugaban entre las armazones, y cuando habían crecido bastante, salían para ocupar su lugar en la marea humana de esta ciudad de la perfecta felicidad. Poco a poco, a fuerza de contemplarlo desde diferentes puntos de vista, se desprendía de este hervidero aparentemente arbitrario una tendencia: imperceptiblemente, un cierto número de personas terminaban siempre por ir al mismo lado, y entraban por fin en inmuebles sin ventanas donde se acostaban para morir sin decir una palabra. Venían especialistas y cogían de ellos lo que pudiese contribuir todavía a alimentar la economía de la ciudad; luego quemaban sus cuerpos en hornos que servían simultáneamente para calentar el agua que se distribuía por los distintos sectores por canalizaciones; se apilaban los huesos; el humo que salía de las chimeneas se unía, como afluentes, al humo de las chimeneas vecinas, para formar un largo río tranquilo y solemne. Y cuando el punto de vista del sueño retomaba altura, podía yo distinguir un equilibrio en todo esto: la cantidad de nacimientos, en los dormitorios, igualaba el número de fallecimientos, y la sociedad se autorreproducía en un equilibrio perfecto, siempre en movimiento, no produciendo ningún excedente y no sufriendo ninguna disminución. Al despertarme, me parecía evidente que estos sueños serenos, desprovistos de toda angustia, representaban el campo de concentración, pero un campo perfecto, que había alcanzado un punto de stasis imposible, sin violencia, autorregulado, funcionando perfectamente e igual de perfectamente inútil, puesto que a pesar de todo ese movimiento no producía nada. Pero reflexionando sobre esto más adelante, como intentaba hacerlo mientras me tomaba mi sucedáneo en la sala de la Haus der Waffen-SS, ¿no era acaso una representación de la vida social en su conjunto? Liberada de sus oropeles y de su vana agitación, la vida humana se reducía a poco más que esto: una vez que uno se había reproducido, se había alcanzado la finalidad de la especie, y en cuanto a la finalidad propia de uno, no era más que una añagaza, una estimulación para levantarse por la mañana; pero si se examinaba la cosa objetivamente, como yo pensaba que podía hacerlo, la inutilidad de todos los esfuerzos era patente, al igual que la reproducción misma, puesto que no servía sino para producir nuevas inutilidades. Y así daba yo en pensar si el campo de concentración, con toda la rigidez de su organización, su violencia absurda, su jerarquía meticulosa, no sería acaso más que una metáfora, una reductio ad absurdum de la vida corriente?

Aquí la sociedad también es una gigantesca cadena de montaje, una gran máquina donde los ciudadanos son a la vez las piezas y los productos. Es una culminación lógica (lógica de pesadilla) de los procesos de organización social y eficiencia. Internet no está aparente, es cierto. Pero es que internet, las máquinas, como los sujetos, no es sino un fenómeno parcial, un elemento de los procesos de organización. Es la organización en sí la que es la red, o la máquina.


Miércoles, 23 de Abril de 2008 15:27. José Ángel García Landa Enlace permanente. Internet

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