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Literatura y crítica

Teoría hegeliana de la apropiación (y de la vanidad de las obras)

viernes 31 de julio de 2009

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Teoría hegeliana de la apropiación (y de la vanidad de las obras)

La apropiación ideológica es una cuestión muy central en la teoría materialista de la cultura, en concreto en el estudio de la recepción de obras clásicas. Los clásicos tienen un gran potencial ideológico, un "nombre", digamos, que conviene reclutar para que milite en las filas de uno. O, si la energía del clásico resulta ser intratablemente contraria o refractaria, conviene al menos desarrollar un discurso crítico que lo contenga o reoriente de modo que quede claro que es nuestro discurso el dominante y el que contiene al clásico y sabe explicarlo. Hay que señalar que por supuesto en el contexto adecuado, que es el que definimos nosotros mismos, nuestro discurso es siempre el más autorizado, el dominante y el que sienta cátedra—la medida que juzga a los demás discursos. Otra cosa será en otros contextos.

De esta cuestión de la apropiación han hablado entre otros, en relación a la obra de Shakespeare, Barbara Hodgdon (The Shakespeare Trade) y los autores de los ensayos reunidos en Political Shakespeare, editado por Alan Sinfield y Jonathan Dollimore, y en Shakespeare and Appropriation, editado por Christy Desmet y Robert Sawyer. De todos los bienes culturales británicos, Shakespeare es el mayor objeto de codicia y apropiación; quizá el mayor del mundo con la excepción de la Biblia (pero allí son muchos contra uno).

Bien, pues esta teoría, que algunos podrían considerar filomarxista y demás, puede encontrarse claramente expuesta en Hegel, que no era filomarxista. Claro, Hegel no lo plantea en términos de grupos sociales enfrentados, o culturas dominantes, sino que nos da el planteamiento individualista de la cuestión. Es precisamente en su discusión de las formas de realización del individuo en su acción, en la Fenomenología del Espíritu, donde se encuentra su exposición de la apropiación de la obra ajena. Allí habla de cómo un individuo se realiza en su trabajo, una noción que también deja huella en Marx. (Marx dijo de viejo "lo cierto es que no soy marxista"—no aclaró si hegeliano sí que era). La exposición de Hegel es de entrada un tanto exagerada: se explaya sobre cómo la acción humana puede considerarse como expresión del individuo, construcción de hecho del sujeto mismo, pues la individualidad es algo que se construye no mediante proyectos o ideas sino mediante las acciones que definen al individuo. Lo que me parece exagerado o extremo, o idealista, es la manera en que considera que la acción pueda caracterizar tan nítidamente al individuo: llega a decir que a este nivel no puede considerarse ni buena ni mala, ni lamentable ni loable, sino sólo característica.

Sea lo que sea que haga el individuo, y le pase lo que le pase, eso lo ha hecho él, y eso es él. Puede tener sólo la consciencia de la simple transferencia de sí, desde la noche de la posibilidad a la luz del día del presente, desde lo abstracto en sí mismo al significado de lo que efectivamente tiene ser, y puede tener sólo la certidumbre de que lo que le suceda en este último no es sino lo que yacía durmiente en el primero. (....) El individuo, por tanto, sabiendo que en el mundo efectivo no puede encontrar otra cosa que su unidad consigo mismo, o sólo la certidumbre de sí en la verdad de ese mundo, no puede experimentar sino alegría de sí. (§ 404)


Las frustraciones y fracasos se le pierden a Hegel por el camino, al parecer, y las desilusiones del individuo consigo mismo, aunque ya acabarán apareciendo. Exagerado, digo, pues más a menudo me parece que la acción del individuo no lo caracteriza ni lo retrata tanto, ni se espera de ella que lo haga, sino que queda desdibujada en la acción colectiva, en el trabajo reglamentado, etc. y bien poco hace al individuo como tal—como no lo haga individuo estandarizado, claro. Hace contar muy poco Hegel, en esta discusión del sujeto trazando su acción u obra, al azar, a la resistencia del material, a las circunstancias difíciles de amoldar, a lo imprevisible de la acción y reacción de los otros, que hacen que nuestra obra no sea tanto un retrato de nosotros mismos cuanto más bien un borfollo indefinible y heterogéneo de proyectos, logros, circunstancias e intenciones atisbadas. Luego volverá sobre ello.

Pero en fin, Hegel tiene claro qué es lo que nos lleva a actuar, y comienza ofreciéndonos una versión extremadamente intencionalista y optimista de la acción y del trabajo; nos muestra un individuo self-made, en el que lo que sale a la luz es lo que estaba implícito en él. Lo que se lleva a la acción efectiva es lo que el inviduo es, o más bien lo que iba a ser y efectivamente se hace. Aquí hay un poquillo de círculo vicioso, y de prospección retrospectiva de las que me gustan. O quizá esté mejor definido como un círculo hermenéutico de la acción y la temporalidad humana:

La consciencia ha de actuar aunque no sea sino para que lo que es en sí mismo pueda volverse explícito para sí; dicho de otro modo, la acción es simplemente el llegar a ser del Espíritu en tanto que consciencia. Lo que la última es en sí, lo llega a saber por tanto a partir de lo que es. Así pues, un individuo no puede saber lo que es hasta que se haya hecho a sí mismo realidad mediante la acción. Sin embargo, esto parece implicar que no puede determinar efectivamente el Fin de su acción hasta que la haya llevado a cabo; pero al mismo tiempo, siendo que es un individuo consciente, ha de tener ante sí su acción de antemano como enteramente suya, es decir, como un Fin. El individuo que va a actuar parece, por tanto, encontrarse en un círculo en el que cada momento presupone el anterior, y así parece incapaz de encontrar un principio, porque sólo llega a conocer su naturaleza original, que ha de ser su Fin, a partir del acto, aunque, para actuar, debe tener ese Fin de antemano. Pero por esa misma razón ha de empezar inmediatamente, y sean cuales sean las circunstancias, sin más escrúpulos sobre principios, medios, o Fin, proceder a la acción, porque su esencia y su naturaleza esencial es principio, medios y fin, todo en uno. (§ 401).


Vale: el sujeto se tira a la piscina, y hace su Acto, o su Obra. Lo divertido, o lo triste, es lo poco que queda de este Acto u Obra una vez va parar a la consideraciíon de los otros—los Otros, deberíamos llamarlos, tan ominosos son para el optimista Sujeto, que iba a retratarse y esculpirse mediante su acción. Ahora resulta que para los Otros esa acción no es sino una circunstancia más, no un Fin, sino un medio, porque los Otros no están por la labor de tu realización como Consciencia bla bla, sino que van a lo suyo, y cogen los materiales de que puedan echar mano, entre ellos tu Obra, o tu Retrato, o la Cosa que Hiciste, para su propio auto-bricolaje. Se apropian sin más ni mas de lo que hay, y van a lo suyo, que era lo nuestro, que es lograr su Fin, hacerse a sí mismos, externalizar su Esencia-que-será, por medio de su Acción. Este es el fragmento donde Hegel formula la teoría interaccional de la Apropiación. Lo traduciré teniendo en mente el ejemplo de la recepción de una obra literaria de la cual se apropia un antipático crítico: pero puede aplicarse a todo tipo de acción u obra humana, y a la respuesta que recibe por parte de los demás.

En primer lugar, tenemos que considerar en sí misma la obra producida. Ha recibido dentro de sí la naturaleza completa de la individualidad. Su ser es por tanto en sí mismo una acción en la que todas las diferencias se interpenetran y quedan disueltas. La obra es expulsada así a una experiencia en la cual la cualidad de la naturaleza original de hecho se vuelve contra otras naturalezas determinadas, las invade o usurpa, y se pierde como un elemento que se desvanece en este proceso general. Aunque, en el interior de la Noción de la individualidad objetivamente real, todos los momentos —circunstancias, fin, medios, y realización— tienen el mismo valor, y la naturaleza específica original no tiene más valor que el de un elemento universal, por otra parte, cuando este elemento se convierte en un ser objetivo, su carácter específico como tal sale a la luz en la obra hecha, y obtiene su verdad en su disolución. Más exactamente, la forma que asume esta disolución es que, en este carácter específico, el individuo, en tanto que este individuo particular, se ha vuelto consciente de sí mismo como efectivo, actual; pero el carácter específico no es sólo el contenido de la realidad, sino igualmente su forma; dicho de otro modo, la realidad simplemente como tal es precisamente esta cualidad de estar opuesta a la consciencia de sí. Considerada desde este aspecto, la realidad se revela como una realidad que se ha desvanecido de la Noción, y es meramente una realidad ajena que se encuentra como algo dado. La obra es, o sea, existe para otras individualidades, y es para ellas una realidad ajena, que ellos han de reemplazar con la suya propia para obtener por medio de la acción de ellos la consciencia de la unidad y realidad de ellos; dicho de otro modo, el interés de ellos en la obra, que se deriva de la naturaleza original de ellos, es algo diferente del interés propio y particular de esta obra, que queda por esto convertida en algo diferente. Así la obra es, en general, algo perecedero, que es aniquilado por la acción contraria de otras fuerzas e intereses, y realmente exhibe la realidad del individuo como algo que se desvanece, más bien que como algo que se ha logrado. (§ 405).


Aquí sí recibe atención la vanidad (la nada, digo) de los esfuerzos y logros, tras la vanidad (la fatuidad o presunción) que le lleva a uno a esculpirse a sí mismo en su acción, o en su Obra. Hegel lo expone como si esto siempre nos pillase de nuevas.

La obra pues, no permanece, sino que desaparece. Luego, esta "Desaparición" de la obra queda relativizada, al desaparecer también su "Desaparición". Y Hegel también se ocupa de contrastar (ahora sí) la distancia entre la intención y el resultado, entre lo que se pretendía hacer y lo que se ha hecho de verdad. (§ 408-9). Pero esto ya es una fase posterior a la acción creativa, una fase en la que sería inútil para el sujeto buscar su realización mediante el trabajo. Es en el trabajo en curso, o en curso de proyección, donde el sujeto se realiza más propiamente.

También relativiza Hegel la realización que el sujeto puede encontrar en el trabajo, o en su Obra, con otra constatación, que podríamos relacionar con la teoría de los torbellinos de información. A saber, que no hay relación racional entre la intención y el resultado, ni entre la calidad y la recepción. Una obra bien hecha, de intención acertada, planificación cuidadosa, y bien ejecutada, no tiene por qué tener mejor éxito o fortuna que una obra defectuosa. Así, el azar contribuye a la frustración de quien quiera realizarse en la acogida de su obra, más allá del acto de realización de la misma:

la Noción y la realidad se separan de nuevo en tanto que transición a la realidad y en tanto que propósito; dicho de otro modo, es por accidente si se elige un medio que exprese el propósito. Y finalmente, la totalidad de estos momentos internos (posean unidad interna o no), es decir, la acción del individuo, se halla una vez más en relación accidental con la realidad en general; la fortuna decide tanto a favor de un propósito mal agenciado, o de unos medios mal elegidos, como en contra. (§ 407)


Es en el momento de la creación donde se experimenta la auténtica obra, la que dura (aunque sólo sea una permanencia ideal), "independientemente de lo que es sólo el resultado contingente de una acción individual, el resultado de circunstancias, de medios, y de una realidad contingentes" (§ 409). Es un trabajo en gran medida ilusorio o ideal: observa Hegel que a veces para hacer el trabajo ése basta con apropiarse imaginativamente de una situación, o hacer el plan. Lo de llevarlo a cabo ya es una fase ulterior y contingente, tan idealista es su noción del trabajo. De aquí se podría sacar también, ready-made, una teoría del ready-made à la Duchamp. Esto también es una forma de apropiación, claro, y una forma de realizar la obra de uno por el camino más directo posible, sólo como idea. Es el nacimiento de la noción del arte conceptual.

Pero hoy me interesaba más la teoría de la apropiación como reacción crítica a la obra original. Esta triangulación del sujeto, su Expresión u Obra, y el reciclaje de la misma en la respuesta del Receptor, la traté desde otro punto de vista en mi artículo sobre "Tematización retroactiva, interacción e interpretación: la espiral hermenéutica de Schleiermacher a Goffman". Retroactivamente, podemos incluir a Hegel en el diálogo, aunque sus ideas queden un tanto desposeídas en este nuevo contexto.

La atalaya retrospectiva

 

El bosque de Arden

jueves 23 de julio de 2009

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El bosque de Arden

Capítulo 12 del libro de James Shapiro 1599: A Year in the Life of William Shakespeare (Londres: Faber and Faber, 2005)

(Capítulo 11: Simple Truth Suppressed)

12. The Forest of Arden. Viaje a Stratford, y antipastoralismo en As You Like It.

Los viajes entre Londres y Stratford eran uno de los ingredientes habituales de la vida de Shakespeare. Es probable que Shakespeare viajase a Stratford en la segunda mitad de 1599; si no para final de verano, al funeral de su suegra, sí con probabilidad a la boda de su hermana Joan en otoño. Era la única hermana que sobrevivía, tras la muerte de dos niñas pequeñas antes de que él naciese, una primera Joan y Margaret, y la muerte de Anne, a los ocho años, en 1579. Sus hermanos, Gilbert, Richard y Edmund, morirían solteros. Joan (II) fue la única de sus hermanos en casarse, y William fue probablemente el padrino del hijo de Joan, llamado como él. Tenía William buena relación con su hermana, pues la incluye en su testamento y le permitió vivir toda la vida en la casa que había heredado él, con un alquiler nominal.

El viaje a Stratford duraba tres días, y era más aconsejable hacerlo en verano que en invierno. Es posible que utilizase los servicios del transportista Greenaway, que cobraba cinco chelines. Debieron ser compañeros de viaje frecuentes: Greenaway era vecino suyo de Stratford, y tenía una ruta fija entre Londres y Stratford. Seguramente sería él quien le llevase a Shakespeare la noticia de la muerte de su hijo, y de los incendios de Stratford de 1594 y 1595, que estuvieron a punto de destruir su casa.

No se viajaba mucho en la Inglaterra isabelina. Ya no había peregrinaciones, y había reglamentos contra vagabundos, y controles. Había, claro, mercaderes, funcionarios en viaje oficial, emigrantes a Londres, y actores itinerantes como lo había sido más a menudo Shakespeare unos años antes. Debió ver bastante Inglaterra, en una época de malas cosechas, y con el paisaje tradicional cambiando, con los cercados de terrenos comunes y la deforestación. Se iba a caballo o a pie: los coches de caballos no se solían mover muy lejos de las ciudades, y los caminos estaban en pésimo estado. A todo esto hay alusiones en la obra de Shakespeare, y en 1611 firmó una petición al Parlamento, de unas 70 personas, solicitando una mejora de las carreteras. Del soneto 50 se puede colegir quizá que el viaje a Stratford no era cuestión de placer sino una pesada obligación familiar ("Mi pena está delante mío, mi alegría atrás").

Por el camino vería las labores de la cosecha, quizá sus fiestas, y quizá encontraría soldados volviendo de la campaña irlandesa, como la disfrazada Rosalind en As You Like It. Era época de mucho trabajo en el campo. El camino pasaba por Holborn, St Giles in the Field, Tyburn (y su cadalso), Hanwell Common, Northcote, Hillingdon Heath, Uxbridge, hacia Buckinghamshire; con una primera noche quizá en High Wycombe. Luego, por Stokenchurch, Aston Rowant, Tetsworth, Wheatley, a otra noche en Oxford. Allí la tradición dice que pasaba la noche en la Crown Inn. Con el tiempo, se embelleció la tradición y se especuló si Shakespeare tendría un asunto amoroso con la esposa del posadero. El hijo de éste sería el dramaturgo William Davenant, que decía que se daba por contento de que lo considerasen hijo de Shakespeare. (Es curioso que Shapiro parece quitar toda autoridad e interés a esta historia curiosa, hasta el punto de que ni siquiera menciona la amistad entre Shakespeare y los posaderos, ni el hecho de que Davenant fuese ahijado de Shakespeare). La última etapa era la más larga: de Oxford a Wolvercote, Begbroke, Woodstock. Allí la reina Elizabeth había vivido en jaula de oro antes de ser reina: un tema que Shakespeare no se permitió tratar. De Woodstock a Kiddington, Neat Enstone, Chipping Norton, por el monumento megalítico de las Rollright Stones, Shipston-on-Stout, Tredington, Newbold, cruzando la calzada romana de Fosse Way, por Ettington, Alderminster, Atherstone, y por fin Stratford, por el puente de Clopton (él le había vendido al ayuntamiento la piedra para repararlo hace poco). Vería un Stratford muy cambiado con respecto al de su infancia, por los incendios que habían destruido 200 casas. El puritano Thomas Beard dijo en The Theatre of God's Judgement que el incendio era castigo de Dios por no respetar el domingo (recordemos a este respecto los muchos católicos en secreto de Stratford, y en la familia del propio Shakespeare). Pero probablemente se originó por el combustible acumulado para el negocio de la malta. Habría pues mucha reconstrucción en marcha todavía. La población había pasado de 1.500 cuando nació él a 2.500, pero la cuarta parte pobres, no una campiña idílica y pastoril de los poetas de la época. (En este capítulo Shapiro describe las realidades económicas del paisaje inglés, y cómo influyen en transformación que da Shakespeare al pastoralismo).

Dos años antes, Shakespeare había comprado New Place, la segunda mejor casa de la villa, por 120 libras: una mansión del siglo XV, de tres pisos y diez habitaciones, con jardines y establos. También había adquirido recientemente un escudo de armas para su familia, que estaría bien expuesto.

"Invirtiendo tanto dinero en una vivienda enorme lejos de donde trabajaba, Shakespeare podría estar intentando compensar un sentimiento de culpabilidad por vivir tan lejos de su esposa e hijas. Podría haber estado pensando en el futuro, en una jubilación temprana. O quizá era meramente una buena inversión, que pocos en un Stratford en crisis podían permitirse". (268)


Lo que desde luego no hizo Shakespeare, pudiendo hacerlo, es llevarse a su familia a Londres. Decidió vivir separado de ellos, y no conocemos las relaciones que tenía con su esposa. Sobre las buenas relaciones entre padres e hijas de muchas de sus obras, avisa Shapiro que también se podrían interpretar de modo compensatorio—con el escritor proyectando a sus escritos lo que le gustaría haber tenido, no necesariamente lo que tenía. En Stratford no trabajaría mucho en sus obras: llevaba asuntos económicos, tenía amistades a quien ver, familia... aunque sí encontraría un ritmo de vida más relajado que el de Londres. Sería un próspero ciudadano que vuelve a su pueblo para una breve visita: ante todo un hombre de negocios. Allí no actuaría nunca su compañía, seguramente, pues las autoridades puritanas de Stratford se oponían al teatro, no como cuando el padre de Shakespeare era alcalde.

Shakespeare especuló acumulando malta para que subiesen los precios del grano (algo que estaba prohibido, y muchos consideraban práctica aborrecible de ricachones abusones). También era pequeño prestamista. Visto que en sus obras muchas veces se denuncian estas cosas, parece claro que su moral era flexible y oportunista.

En As You Like It, los protagonistas escapan de la corte supuestamente al bosque de "Arden", las Ardenas—pero para Shakespeare estaba lleno de asociaciones del bosque de Arden en Warwickshire, de donde procedía su familia; su madre se apellidaba Arden. El contraste ciudad-campo estaba cargado para él de reminiscencias personales. El bosque iba siendo sido talado, convertido en pastos, cercados... ya desde la Edad Media: un emblema del cambio de los tiempos. Drayton, paisano de Shakespeare, también expresa el contraste y se queja por la deforestación en Poly-Olbion. En As You Like It, encontramos los dos, un bosque más mítico y primitivo, y un campo de terratenientes, trabajadores mal pagados, y crisis. La gradual transformación del campo por la agricultura de propietarios, las enclosures, es un tema visible en la obra de Shakespeare, pues él lo veía en directo. El personaje de Corin difiere de la fuente de Shakespeare, la Rosalind de Lodge: ahora es una víctima de los cambios económicos en el campo y de la crisis en la agricultura tradicional. El empobrecimiento de los campesinos se muestra también en la figura del viejo Adam (que por cierto se dice lo interpretaba el propio Shakespeare). Y quizá revelador de un sentimiento ambivalente ante la situación es un detalle relativo a un personaje muy secundario:

"Mientras algunos se morían de hambre, otros sacaban beneficio. Hay un breve diálogo hacia el final de la obra en el que Touchstone le habla a William, un joven de veintitantos que nació en el bosque, y le pregunta de golpe, "¿Eres rico?" William, a quien para ser un campesino con tierras de Warwickshire le ha ido muy bien, lo admite, si bien a la manera cauta del campesino, "Bueno, señor, pues así así" (V, i, 24-5). No hace falta ver una autoparodia taimada aquí en este William criado en Arden para saber que otro hombre de Warwickshire con el mismo nombre también le iba "así así", gracias en parte a actividades como su reciente especulación con la malta. Shakespeare entendía demasiado bien que se podía sacar beneficio de las penalidades económicas sufridas por otros." (274).


Otros asuntos había que tratar en el viajes a Stratford esta vez. Un asunto de propiedades de su madre, que habían sido hipotecadas, y acabarían perdiéndose a pesar de los intentos de recuperarlas. Y otra cosa con su padre: el blasón familiar, de 1596; no estaban contentos cómo se había hecho, y querían modificarlo en 1599; se redactó una solicitud para añadir las armas de la familia Arden. (Esto ya sería cosa del propio Shakespeare, claro, y no propiamente del escudo de su padre). Pero es curioso que la petición se hace sobre la base del matrimonio de John Shakespeare con una hija de Robert Arden. Esto era pretencioso, pues el padre de Mary Arden nunca había aspirado a gentilhombre ni hay constancia de que se reclamase pariente de los Arden aristócratas. Es una historia ambivalente, pues al final quedó en nada la modificación, pero los borradores del proyecto de blasón muestran incertidumbre sobre a qué rama de la familia Arden atenerse. Quizá en las dudas tuviese que ver también un deseo de distanciarse de los Arden implicados en el atentado contra la reina Isabel, o quizá no interviniese directamente en esto Shakespeare. Sea como sea, muestra una ambición de promoción aristocrática, con una base endeble. El tema de la hipoteca también puede estar asociado al del blasón: eran tierras "de Arden", pero Shakespeare y su padre no consiguieron recuperarlas. Puede que hubiese un arreglo privado, pues el caso no llegó a los tribunales.

Shapiro encuentra mucho en común en las actitudes de Shakespeare hacia el Arden poético de As You Like It y el Arden de su escudo de armas. Hay una mezcla de lo soñador y de lo pragmático, una tensión de realidad y nostalgia:

"Una de las cosas más misteriosas sobre Shakespeare y que pican nuestra curiosidad es su capacidad para mantener tales contradicciones: el mismo escritor cuya obra exponía cómo de embellecidas estaban las narraciones históricas, a menudo se encontraba, cuando se refería a su propio pasado, improvisándolo sobre la marcha" (279)


(Un caso más quizá, éste, de la 'capacidad negativa' que atríbuía Keats a Shakespeare, o de la habilidad de éste para disolverse en diferentes actitudes, y lograr ser él mismo—y sacar beneficio—del arte mismo de proyectarse en puntos de vista múltiples. También Borges escribió sobre esta cualidad, aunque Shapiro nos muestra el lado prosaico "businessman", y no poético, de la misma).



Capítulo 13: Cosas que mueren, cosas recién nacidas

El hombre duplicado

El libro de Saramago El hombre duplicado tiene premisa de libro de Saramago (qué pasaría si cayese una plaga de ceguera, qué pasaría si todas las mujeres se creyesen hombres, etc.). En esta ocasión un poquito endeble de planteamiento, pues se trata únicamente de un señor, Tertuliano Máximo Afonso, un soporífero profesor de instituto, que descubre en una película un actor secundario igual que él. Lo investiga, sigue la pista (con demasiada lentitud) al actor, un tal Daniel Santa Clara (o Antonio Claro), y descubre que en efecto son idénticos en todo.

Digo que la premisa es floja porque yo veo mucha gente idéntica por la calle (aunque es cierto que no soy bueno con las caras), y hay hermanos gemelos (aquí ignorados), y clones en Star Wars, y no parece que les suponga una crisis existencial tremenda como la que les da a estos dos personajes. En suma, que demasiada sobrerreacción para poco motivo (y demasiada novela para un argumento de cuento corto o de novella a todo tirar). Sobre todo porque luego resulta que no son tan idénticos, o no más que cualquier par de machetes precipitados, chulescos y desagradables (que también pueden parecerle idénticos a cualquiera, en la circunstancia adecuada).

En fin, el argumento consiste en intentar demostrarse uno al otro quién tiene más sustancia original y quién es la copia, problema irresoluble e incluso implanteable a no ser en la mente de un Autor, estos personajes parecen metafísicos sin reconocerlo. Pero metafísica mema, porque buscan la confirmación cómo no en las interioridades de las señoras, parece que su entidad y su Ser sustancial vienen unidos a ligarse a la mujer del otro, haciéndose pasar por él, uno pensaría que eso les haría dudar más de su sustancia, en lugar de afirmarla, pero vamos, yo es que aunque soy géminis no me identifico para nada con estos personajes y me parecen cargantes y llenos de actitudes innecesarias y estúpidas sin más; también suelo ver a gente idéntica a mí por la calle, y no por eso me obsesiono con ir a ligarme a su señora; como digo, la ocasión parece desproporcionada.

Más alarmante, digo yo, podría ser encontrar a un duplicado que hiciese exactamente lo que tú, trabajar en lo mismo usando las mismas herramientas, escribir artículos con las mismas ideas, cantar canciones del mismo cantante, y tener hijos idénticos a los tuyos. En este punto no se parecen en nada Tertuliano y Daniel, desde luego; sus vidas no tienen mucho que ver, y su alarma parece fuera de lugar totalmente. mirror twins

Tras los rocambolescos intercambios de pareja Daniel muere en accidente mientras reñía con Mari Paz, la novia a quien Tertuliano trataba despectivamente: ella acababa de descubrir el intercambio tras una noche, viendo la huella del anillo de casado que se había quitado Daniel (mira, en eso no eran idénticos en señales, se fastidió la premisa). Y Tertuliano, que mientras ha pasado la noche, naturalmente, con la esposa de Daniel, vuelve arrepentido a confesarse con ella y acabarán juntos, y acabará usurpando la identidad de Daniel (pues Tertuliano "ha muerto" se supone en el accidente). Un poco como el Enrique IV de Pirandello, que se ve obligado a continuar para siempre interpretando su papel en el que no creía; Tertuliano se vuelve realmente actor al ocupar el lugar del actor Daniel. Mucho arrepentimiento pero ni siquiera va al entierro de Mari Paz, por cierto, y a su madre inválida parece que la ha de partir un rayo.

Hay aquí como una extraña fantasía desplazada de adulterio, y de la "otra identidad" o la vida alternativa que proporciona el adulterio. (Me trae a la mente otro tratamiento reciente de esta cuestión, muy logrado en su muy distinto estilo—la historia del protagonista de la La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina, también quizá doble de sí mismo o de su personalidad oficial, dividido entre la historia que vive con su amante Judith Biely y con su mujer Adela). 

Las historias de gemelos idénticos, aunque no sean gemelos como en este caso, parecen pedir a gritos los intercambios y confusiones de parejas (desde Twelfth Night a Dead Ringers). Curioso que sea el anillo de casado, o más bien su huella, lo que determina la única diferencia corporal entre los personajes. Tertuliano no quería casarse con su ligue Mari Paz; y es justo cuando ha decidido irse a vivir con ella cuando aparece el alter ego Daniel a interponerse, para hacerlo imposible–él que sí se había casado, con la misma mujer con quien acabará casado Tertuliano. Quizá en la manera en que se expresa este tema, la duplicidad que producen el engaño y el distanciamiento de la pareja, en la manera de expresarlo por medio de circunloquios e indirecciones, bloqueos mentales, y símbolos materializados en la persona de los dos dobles, está lo mejor de la novela de Saramago.

Como historia de dobles y obsesión me gustó más Desesperación, de Nabokov. (Como clásicos, están "William Wilson" de Poe y los dobles de Dostoievski y de los románticos alemanes. Tengo en mi bibliografía toda una sección sobre dobles y alter-egos...). Y eso que en cierto modo El hombre duplicado es muy entretenida e interesante: se lee muy bien, porque (o a pesar de que) está llena de excursos a veces un tanto innecesarios o desconectados de los personajes, como por ejemplo la alusión a la semiótica de los subgestos, o la teoría de Tertuliano Máximo Afonso de que la Historia debería enseñarse al revés, partiendo del presente, y no del pasado.

Como digo a veces los personajes salen con cosas interesantes u originales que decir o pensar, y sin embargo estas cosas no llegan a caracterizarlos, siguen siendo personajes sin vida, desvaídos, pues sospechamos que esas ideas no las piensan ellos sino su autor. En la construcción del personaje, Saramago parece buscar, y desde luego consigue, personajes anodinos, desconocidos que no nos interesan, y que siguen siendo desconocidos en cierto modo por mucho que los sigamos día a día; no nos interesa conocerlos, no les ponemos cara tampoco. Quizá se echa de ver demasiado que la historia ésta del hombre duplicado sí se ha escrito del final hacia atrás, como la historia de Tertuliano (el cambio de identidades en que ha de culminar) y eso hace que todos los gestos sean un poco innaturales aun en lo que habría de ser imprevisible.

Me recordó esta historia, por cierto, a la de Ian McEwan encontrando a su hermano desaparecido, y también a otra que se produjo hace unos meses, en que alguien presentó a dos personas que conocía tras un tiempo en que venía asegurándoles que eran idénticos. Resultaron ser gemelos descolocados en el hospital el día que nacieron (uno tenía un gemelo que resultó ser falso gemelo). En la novela de Saramago no se buscan explicaciones creíbles o increíbles como éstas, sus duplicados son gemelos kafkianos, metafísicos, a la vez que no son en absoluto gemelos. Y se resiente el tema por el anodino tratamiento que da a los personajes: en realidad, todos podrían ser gemelos en Saramago, igual sale de ahí la hostilidad que se despiertan mutuamente.


A ciegas

Harry Thompson, THIS THING OF DARKNESS: Narrative Anchoring

Harry Thompson, THIS THING OF DARKNESS: Narrative Anchoring

 

Envié este artículo a la Evolutionary Review, pero les parece largo, académico en exceso (aburro a las ovejas), y lo que publicarán será una versioncilla ligera, donde se pierde toda la sustancia de la teoría del anclaje narrativo que lo justifica. Allí se quedará en una reseña de la novela Hacia los confines del mundo. Lástima—pero ya se sabe, lo que otros te publican es al gusto de ellos. Por eso opto una vez más por la autopublicación del texto completo, visto que a lo que aparecerá en la revista no lo va a reconocer ni su padre, entre las sugerencias del editor y sus recortes. En español lo puse aquí (sí, está en español, a pesar de las apariencias...). Pero volveremos a la carga con el anclaje narrativo—o, dicho de otro modo, cómo combinamos todas las historias de las cosas en una gran historia de todo. Es un conocimiento de la realidad como proceso, y por tanto un conocimiento narrativo, la zona de intersección de la teoría narrativa y del evolucionismo. Como dice Herbert Spencer, "una historia completa de todo ha de incluir su aparición a partir de lo imperceptible y su desaparición en lo imperceptible". Esta novela hace mucho por mostrar no sólo a la teoría de la evolución como una teoría de cómo surgen las cosas, sino que también sitúa esa teoría históricamente de modo que nos muestra el surgimiento de la propia teoría evolutiva... visto desde hoy, desde su futuro. Por volver a Spencer,

"Si el pasado y el futuro de cada objeto es un ámbito de conocimiento posible; y si el progreso intelectual consiste en gran medida, si no principalmente, en ampliar el conocimiento que tenemos de ese pasado y de ese futuro; es obvio que el límite hacia el que progresamos es una expresión de todo el pasado y de todo el futuro de cada objeto y del conjunto de los objetos" (First Principles § 93).


No es que Thompson nos explique la Historia de Todo (eso no lo hace ni Spencer), pero sí explica mucho—y de paso nos hace vivir una aventura inolvidable. ¿Quién da más?
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Abstract - This paper articulates an "evolutionary" reading of Harry Thompson’s novel This Thing of Darkness, a historical fiction on Darwin’s Beagle voyage and the life of Captain FitzRoy. Special attention is paid to the novel’s narrative anchoring of its events within the grand narratives of modernity and imperialism, of scientific and cultural development, and of human evolution at large.


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This paper will examine the novel This Thing of Darkness (2005) by Harry Thompson (1960-2005), which is a historical fictionalisation of Darwin’s Beagle voyage and of the life of vice-Admiral Robert FitzRoy, then captain of the Beagle. Special attention will be paid to what I will call the narrative anchoring of these events within the master narratives of modernity and imperialism, of scientific and cultural development and, more generally, the all-encompassing "grand sequence of events", in Darwin’s phrase, of human evolution.

It was the Turner illustration on the cover of the Headline Review edition of This Thing of Darkness that made me buy the book. Also the Shakespeare quote in the title—(although the American edition has been retitled To the Edge of the World). "This thing of darkness I / Acknowledge mine", says Prospero in The Tempest, referring to Caliban, the barely human native of the island he rules. Shakespeare’s play has been read as an allegory, commentary or symptom of colonialism, a subject which is also promiennt in Thompson’s novel—Thompson’s outstanding novel, all too brief at 875 pages.

Harry Thompson was an active television producer, celebrated in Britain for his humour series (see Wikipedia, "Harry Thompson"). But this novel, written in the tradition of critical realism, some would say of neo-Victorianism, shows a very different side of his talent. It deals with British imperialism and colonialism, with Western attitudes towards indigenous peoples, and with the genocides perpetrated in Patagonia and Oceania. It is, also, a first-rate sea novel, which will delight the followers of Patrick O’Brian and of this quintessentially British genre. But This Thing of Darkness also depicts the intellectual impact of evolution theory—another reason why I bought it on impulse is that Charles Darwin was one of its protagonists. The novel dramatizes the religious and philosophical conflict unleashed by the advance of science and rationalism in the 19th century, leading to a crisis of faith and to skepticism in Darwin’s case, and to pessimistic disenchantment in Robert FitzRoy.

The breadth of the novel is panoramic, almost planetary, ranging from first contacts with primitive peoples to sophisticated English salons; from unspoken tensions between colleagues in the office, to the grandeur of South American landscapes and vividly described tropical storms—to immense horizons. And to a grand timescape, as well. The centerpiece is Darwin’s voyage round the world in FitzRoy’s Beagle, and thus the novel is to some extent a "remake" of Darwin’s own narrative in The Voyage of the Beagle. But the narrative also includes the preliminaries of former Beagle expeditions—it begins with the former captain’s suicide in Patagonia—then goes back to Britain, retaking the celebrated debate on human evolution between Thomas Henry Huxley and a primate of the Church, Bishop Wilberforce, with FitzRoy playing a slightly ridiculous or impotent role… And yet the dignity and gravity of FitzRoy’s character is vividly portrayed in all his actions, as a captain dedicated to his mission and his men, as a stern but just colonial administrator in New Zealand, and as a scientist dedicated to the development of weather prediction. A life story ending in FitzRoy’s own suicide, a remarried widower who misses his first wife. He is disappointed with his fortune and his career, tormented by a sense of impotence, and by the advance of skepticism and of a modern world he sees as devoid of sense unless it should be designed by a benevolent deity.

And FitzRoy’s belief in the Deity’s benevolence is severely shaken. The natives he tries to civilize and christianize are unpredictable: the results are sometimes almost too good, with the Fuegian Jemmy Button adopting British values and manners almost to the point of caricature—or alternatively the natives may be incomprehensible, brutal and enigmatic. Whenever FitzRoy manages to reach an understanding with the natives, it is the Europeans that become a problem, with their single-mindedness, their brutal greed and their contempt for the natives’ life and interests.

Although he is more often than not in the position of the leader of a small community, or perhaps because of that, FitzRoy finds only an uneasy fit in social life. He navigates from isolation to despond, with occasional bouts of dementia. Although he had managed to marry, after many years of solitude, the woman who took his breath away (a regular angel in the house, moreover), she dies prematurely. FitzRoy’s projects to develop techniques of weather prediction are hampered by bureaucratic absurdities and by the ignorance of authorities; his attempt to grant British judicial guarantees to the natives, when he is named Governor of New Zealand, clashes with the double standard his superiors and the colonists apply, and which they also expect him to apply.

FitzRoy believes in an ordered world in which everyone has their appointed place. In contrast, the world inaugurated by Darwin’s thought justifies the superiority of Western man, and foresees the eventual extinction of "inferior races" in a selective struggle for survival, embodied here at a worldwide scale in British imperialism—and, by extension, in American or Western contemporary postcolonial imperialist practices, through a transparent analogy established by the author: the words used by General Rosas to justify his war on the Indians in Argentina are lifted from Tony Blair’s speeches on the so-called "War on Terror." In this novel, Darwin is an out-and-out social Darwinist: while he doesn’t endorse the genocide by any means, he predicts that the primitive peoples and the great apes alike will be exterminated in order to deepen the difference between civilised man and the animals.

Much to his disgust, FitzRoy finds himself linked by association to Darwin’s doctrines, and cannot prevent his own actions from contributing to globalizing ends he did not wish to endorse. Fitzroy was an explorer, not a conqueror, and he is nauseated by the rapacious progress of the machinery of Empire.

Moreover, his initial friendship with Darwin, his companion in the lengthy Beagle voyage, cools down, and ends up as a spiritual conflict of almost cosmic proportions—of emblematic proportions, anyway. Darwin demotes God and installs himself, an old primate, in his stead, growing a long white beard in order to underline the parody. His initially harmless biological observations, a gentleman’s pastime, develop into a whole theory of reality, of the structure of the natural world, and of the origin and place of mankind—a theory repellent and horrifying for FitzRoy, who did not expect that his own search for enlightnenment and knowledge would yield this result. The novel dramatizes therefore the confrontation between two world-views: on the one hand, a cosmos designed and overseen by God, seen from the prism of an aristocrat whose mindset was at home in eighteenth-century assumptions and attitudes; on the other, the universe of twentieth-century science, as anticipated in Darwin’s insights, a world devoid of transcendental meaning, in which human phenomena are only the complex outcome of physical processes.

Fiztroy closes the circle with his suicide—a man financially bankrupt by his benevolent undertakings, prematurely aged, emotionally detached from his wife, and disillusioned by the advance of a bureaucratic, mechanistic, regimented civilization, one lacking in any ideals he might share.

When I was young, thought FitzRoy, I was a voyager, traversing unknown seas, the master of my own destiny. The wind and the waves may have dashed themselves against me, but I fought through to discover new shores and unknown worlds. Then I became part of a machine, a mere cog in a wheel. They took away my liberty, my independence. But at least my toil served to smooth the way for other travellers, who followed in my footsteps. Now, they have removed even that small comfort from me. I must voyage once more, to the furthest shore. I must undertake the ultimate journey. A journey without maps. (p. 852)


Fizroy dreams that he will maybe see again one day his beloved first wife Mary, and Jemmy Button, the native who befriended him with loyalty, and his young sailors who drowned while doing their duty. Will he see them again, or is Darwin right? Was FitzRoy merely just another evolved primate, too complex for his own good?

This Thing of Darkness is a magnificent historical novel. But it is not just a novel whose characters and events have been drawn from history, in order to be masterfully portrayed and dramatized. It is also a novel about human history, about the place of human history in a wider evolutionary process. It offers immense temporal and geographical horizons, encompassing the origin and sense of mankind, of modernity and of the Western expansion through the globe, in exploration and conquest; it deals with the grand narratives of globalization and of the Enlightenment, of the development of sciences and of empires—great narratives whose slow-moving progress can nevertheless be seen and felt from our limited vantage point. Thompson grasps the mode in which the small narratives of people’s lives—but these are big narratives for the people involved, too—are embedded in those wider historical and indeed geological processes, are intersected by them, and historical processes become especially visible as the clash of the different time frames of different cultures collapses whole ages of mankind together, in the experience of a single individual, in a telling moment of perception, in a gesture or a detail which assumes a symbolic proportion, the way a galaxy can be seen though a keyhole. A life, FitzRoy’s life, is grounded in a world of human significance built through history, and the ideals and achievements of a life, of a moment, can be gauged against the background of this gigantic process of world-making. FitzRoy is sorry he has been instrumental in bringing the plague of modernity through the world, and in desecrating the world by furthering Darwin’s conceptions much against his will. In the one major moment of public recognition FitzRoy gets for his efforts in weather prediction, his life achievement turns sour and irrelevant:

Still in a daze, FitzRoy stumbled forward. Everyone was looking at him, applauding. The Prince de la Tour d’Auvergne was beaming at him, and thrusting a little wooden box towards him. He took it, and opened it. Inside, nestled on a meagre bed of straw, lay a small, mass-produced, bedside travelling clock. (846)


Any development, any experience, any perception in the narrative of everyday life is shaped by the greater lines of force of the greater narratives in which human lives are embedded. In this sense, this novel effects an exemplary exercise of what I have elsewhere called (García Landa 2008) narrative anchoring, a notion which requires some additional unfolding at this point.

It is to be noted that what I understand by narrative anchoring, in spite of some areas of overlap, refers to something different from David Herman’s "contextual anchoring" in narrative (2002, ch. 9). Herman defined this contextual anchoring as the cognitive process whereby narratives ask their interpreters to search for analogies between the semiotic model built by the narrative on one hand, and cognitive models of the world in which the interpretation takes place, on the other (Herman 2002: 331). It is clear that these models may be narrative or non-narrative—it is also apparent that "my" narrative anchoring may take place "inside" a narrative (e.g. in the characters’ own cognitive and narrativizing moves) and not necessarily refer to the contextualizing maneuvers of the interpreter. Therefore, Herman’s "contextual anchoring" only partially overlaps with what I call narrative anchoring.

Narrative anchoring is the process whereby a narrative refers us to other narratives and to the prenarrative and metanarrative phenomena it is embedded in. Narratives refer us to (1) processes and sequences of events, (2) to their mental representations, to (other) narratives (3), and finally to (4) narratologies or metanarrative phenomena, as four phases or emergent levels of narrative complexity.

Let us take, as a global unifying frame, and as the background or groundwork of any narrative, the most encompassing master narrative of our culture. This is the global process of Time. I am referring here to the only existing Time, apart from the pseudo-times of theoretical or fictional worlds which are anyway embedded in it—real time, linked to the existence of the Universe, as the ultimate seabed for narrative anchoring. There are many possible "histories of (human) Time"—a mode of narrative, level 3 (take, for instance, Plato’s Timaeus, or Stephen Hawking’s Brief History of Time), and, faced with them, a possible role for students of narrative anchoring is the intertextual projection of cosmic histories upon one another; to situate them, articulate and map them with respect to one another, and—why not—to choose one of them as as a main frame, as the true history of time, at least insofar as it is the most adequate modelling of Time that we can devise; a true history of events which contains everything and includes the other histories of time as individual narrative events, as ideological versions or historically situated approximations to the history of Time.

This formulation suggests some degree of heuristic relativism, which is perhaps inevitable given the contentious nature of ultimate narratives about the origin and sense of the universe. But, more to the point, an intellectually significant narratology can hardly be grounded on mythical versions of cosmic processes; it will have to deal with the narratives of contemporary science as a one of its preliminary components. It is with science, and on science, that a methodological and philosophical dialogue needs to be established, or rather with the sciences of Time in its different aspects—with cosmological and astronomical, physical, biological, psychological and cognitive approaches to time. One must take in to account, too, that there is a science of science, that is, cultural theories of the functions and proper limits of science, and of the historical unfolding of scientific (meta)theories. As a consequence, a narratological approach to level (1), processes and sequences of events, must have a philosophical-scientific orientation, and be aware of this reflexive meta dimension: of the histories of histories (and the histories of theories)—and of the theories of histories (and the theories of theories).

Narrative anchoring is one prime mode of cognitive mapping, both in building a narrative and in trying to make sense of it. Any given narrative (a novel, a piece of conversation) may, or may not, present anchoring points at an initial level, at what might be called a cosmological level, through an explicit mapping of its own small model or representation of temporality with reference to more widely known narratives (e.g. traditional or culturally authoritative ones). This referring may range from common assumptions about situational scripts or shared histories—as any human interactional sequence is a continuation of previous interactions, or acquires sense on the background of those interactions—to more explicitly ideological assumptions about versions of social and political processes or historical narratives. The latter are what is usually referred to as "great narratives". But there are greater narratives than the narratives of human culture and history—such as the "grand sequence of events" of human evolution. Darwin uses this expression in a key (and ambiguously self-critical) passage of The Descent of Man: "The birth both of the species and of the individual are equelly parts of that grand sequence of events, which our minds refuse to accept as the result of blind chance" (in Appleman 2001: 249). Taking a panoramic view, it can be argued that discourses about human evolution and the rise of human cultures and civilizations serve as an interface between the discourses of historical disciplines and the humanities on the one hand, and the discourses of scientific disciplines such as biology, geology and cosmology on the other. A consilient view of the overall development of physical phenomena must acknowledge some kind of narrative anchoring as a basic cognitive instrument in relating to one another the overarching narratives of science and those relative to specific human experiences and social phenomena.

Anchoring may be explicit or implicit, in a grading scale. The notion of an "explicit" narrative anchoring begs the question of explicitness (of how such a relatively novel notion might be explicit in human communicational interaction). My point being of course that I may be using a relatively new name or trying to isolate the phenomenon, giving it a sharper focus and making it so to speak fully explicit—but that the phenomenon itself is hardly new and "we do it all the time without thinking about it". For instance, a complaint about stress in city life may lead to a reference about the way things were "before", in a semi-historical, semi-mythical village life, or in rural/traditional ways of living, or olden times, which is one of the many stories we share, and refer to, as basic narrative patterns. Reference to specific historical processes or episodes may be even more explicit, of course, as we all share a common temporal frame and a calendar, or calendars we can match to one another.

One should also take into account that narrative anchoring (which might be contemplated as a mode of extended intertextuality) is subject to the dynamics of dialogism and interaction. Even when it is present in a latent or implicit sense in a given speaker’s discourse or in a given text, the interlocutor may respond to that element of anchoring and expand on it, making it more explicit, e.g. A says "I can’t stand travelling by bus, I mean, it’s not just that I keep losing my balance at the bends, it’s that it gets on my nerves" and B says "Yes it’s city life at its worst, I wish I lived somewhere I could just walk to work, the way people did before"—etc.

A discourse analyst’s bringing out into relief the anchoring dynamics in narratives under analysis, whether in a literary, sociological or anthropological context, is just another manifestation, or an extension, of this interactional dynamics. For instance, in my discussion, most of the groundwork for the analysis of the narrative anchoring of evolutionary theory and of FitzRoys’s colonial experiences in This Thing of Darkness has been laid by the novel itself. Narratives build on previous narratives, just as discourse is a response to earlier discourse and builds on it. The element of anchoring in a narrative may be incipient, a mere allusion to a narrative frame, or a suggestion that an event might be narrativized into a sequence or a plot. Bakhtin’s notion of the chronotope (1981a) overlaps in part with this conception of narrative anchoring—narratives may be anchored, or may become anchored through interaction, to a specific place, so that narrativity is attached to space or settings—places remind us of stories linked to them, and so forth: "There’s a story in everything", and narrative anchoring is the way we have of bringing out these stories, sorting them, and mapping them into one another. Bakthin also extended his notion of the chronotope, in a rather imperialistic way, to account for "the shapes of time" articulated through different narrative modes. —But a more extensive comparison of the notion of narrative anchoring with Bakthinian ideas need not concern us at this point. Suffice it to say that narratives enter fully into dialogic play in modes which are specific to them. Being a device to shape and structure time, narratives call for further narratives—to correct, complete or contrast with them, to nest themselves into larger structures, or to branch into multiple lines of action, alternative viewpoints or "takes", or into hypothetical, nonrealized temporalities. Uri Margolin’s (2009) analysis of the modes of "non-factivity" in narrative (hypothetical narratives, non-realized developments, etc.) is relevant in this respect.

Actually, our phrase "there is a history in everything" might be reworked into an side take, "there is history in everything". Herbert Spencer’s evolutionary philosophy argued that "the past and the future of each object is a sphere of possible knowledge; and if intellectual progress consistes largely, if not mainly, in widening our acqauintance with theis past and this future; it is obviou that the limit towards which we progres is an expression of the whole past and the whole future of each object and the aggregate of objects" (1937: 247). Spencer’s thought provides, therefore, a well-articulated philosophical grounding for a theory of narrative anchoring. But there are many other narratives, and narratologies, in other influential philosophical interpretations of reality.

Historical materialism and other schools of historical thought have taught us to see any cultural object, any human ideologeme, social mode of interaction, or structure of feeling, as historically grounded and generated—a product of history. The historicity of human phenomena can be extracted through critical analysis—squeezing out the history of objects or situations, or perhaps restoring it to our perception (to use another image), is a major dimension of narrative anchoring. The main thesis of Georg Lukács’s The Historical Novel may be taken to be a theoretical undepinning for a specific mode of narrative anchoring: the representation of individual lives against the backdrop of historical processes—imperialist expansion, modern nationalism, or the dissolution of feudal social structures with the advance of capitalism.

Any narrative initiates the work of narrative anchoring—perhaps through its very existence, and its implied invocation of narrative patterns and procedures which will make it readable or understandable for the addressee. But intentional or explicit narrative mapping—which shades off into the built-in intentionality of signs—can be expanded or supplemented through the receiver’s own strategies of narrative anchoring. A receiver’s (or a critic’s) response need not stick to the intentional narrative mapping put forward by the narrative. Bakhtin’s dialogics is again relevant at this point—more specifically his notion of conflicting discourses (Bakhtin 1981b). For instance, a mythological narrative may be countered with a demythologizing narrative, proposing a for instance a scientific account of human phenomena—or of nature and of the world—instead of a mythical or traditional narrative. Which leads us back to Darwin as a prime example of natural narratologist, substituting the scientific narrativity of non-teleological natural selection for previous teleological narrative accounts of the way in which human nature came into being.

We can see more clearly now the sense in which This Thing of Darkness presents the narratives of its characters’ lives as narratively anchored in historical processes—some of them specific to its nineteenth-century immediate context, some of them much larger: European imperial ventures, globalization, civilization, and the whole human history considered as a process of cultural and scientific development. And, beyond that, it is anchored in the evolutionary processes in which Darwinian theories situate the origin of mankind. In the last instance, this element acquires a reflexive dimension in the novel, insofar as we are dealing with narrative self-knowledge, through a focus on the development of a "grand narrative" as self-knowledge. Of course, as the novel shows as well the conflict between this great narrative of evolutionary theory and another influential mythical-religious narrative, Christianity or theism (a.k.a. "intelligent design"), which provides a completely different account of the origin and place of man in the world, a more traditional grand narrative or grand myth. As the conflict is artfully portrayed both in its 19th-century and its 21st-century intellectual relevance, the novel’s operation of narrative anchoring can only be described as rich, complex, and significant.

This Thing of Darkness is a historical novel which goes beyond its confines, to open vast narrative vistas of globalization, civilization, evolution and geological time. A novel about history, and a novel for history, too—Harry Thompson’s only one, as he died of cancer soon after the publication of his book. Silence would seem to be an adequate sequel to a book which sets out to sum up a life, an age, history itself and, why not, the human odyssey of species—and which somehow gets the wind it needs to pull these worlds inside worlds into motion, and sail along on an adventurous journey of discovery.


Bibliography

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Hacia los confines del mundo

Más sobre punto de vista y estructura narrativa

Siguen saliendo libros de la serie "Narratologia", en la que colaboro a veces. Acabo de recibir los más recientes, dos volúmenes colectivos sobre punto de vista en la narración y sobre teoría narrativa rusa. Con este contenido:

Hühn, Peter, Wolf Schmid and Jörg Schönert, eds. Point of View, Perspective, and Focalization: Modeling Mediation in Narrative. (Narratologia, 17). Berlin and New York: Walter de Gruyter, 2009. (I. Re-Specifications of Perspective. II. Some Special Aspects of Mediation. III. Transliterary Aspects of Mediation).

Hühn, Peter. "Introduction." 1-8.
Meister, Jan-Christoph, and Jörg Schönert. "The DNS of Mediacy." 11-40.
Margolin, Uri. (Edmonton, Canada). "Focalization: Where Do We Go from Here?" 41-57.
Jesch, Tatjana, and Malte Stein (Hamburg). "Perspectivization and Focalization: Two Concepts—One Meaning? An Attempt at Conceptual Differentiation." 59-77.
Rabatel, Alain. (Lyon). "A Brief Introduction to an Enunciative Approach to Point of View." 79-98.
Martens, Gunther. (Ghent, Brussels, Antwerp). "Narrative and Stylistic Agency: The Case of Overt Narration." 99-118.
Herman, David. (Columbus, Ohio). "Beyond Voice and Vision: Cognitive Grammar and Focalization Theory." 119-42.
Richardson, Brian. (College Park, MD). "Plural Focalization, Singular Voices: Wandering Perspectives in 'We'-Narration." 143-59.
Sotirova, Violeta. (Nottingham). "A Comparative Analysis of Indices of Narrative Point of View in Bulgarian and English." 163-82.
Kubícek, Tomás. (Prague). "Focalization the Subject and the Act of Shaping Perspective." 183-99.
Huck, Christian. (London). "Coming to Our Senses: Narratology and the Visual." 201-18.
Weidle, Roland. (Hamburg). "Organizing the Perspectives: Focalization and the Superordinate Narrative System in Drama and Theater." 221-42.
Schlickers, Sabine. (Bremen). "Focalization, Ocularization and Auricularization in Film and Literature." 243-58.
Kuhn, Markus. (Hamburg). "Film Narratology: Who Tells? Who Shows? Who Focalizes? Narrative Mediation in Self- Reflexive Fiction Films." 257-78.. (Almodóvar, La mala educación; Lars Kraume, Keine Lieder über Liebe).
Thon, Jan-Noël. (Hamburg). "Perspective in Contemporary Computer Games." 279-99.


Schmid, Wolf, ed. Russische Proto-Narratologie: Texte in kommentierten Übersetzungen. (Narratologia, 16). Berlin and New York: Walter de Gruyter, 2009.

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Aseev, Nikolaj. "Der Schlüssel des Sujets." Extract. Ed. Marianne Dehne and Galina Potapova, comment by Galina Potapova. 47-66.
Petrovskij, Michail. "Die Morphologie von Pushkins Erzählung 'Der Schuss'." Ed. and trans. Matthias Aumüller. 67-89.
Skaftymov, Aleksandr. "Die thematische Komposition des Romans 'Der Idiot'." Extract. Ed. and trans. Galina Potapova. 91-112.
Skartymov, Aleksandr. "Poetik und Genese der Bylinen. Skizzen." Extracts. Ed. and trans. Christiane Hauschild, commentary by Galina Potapova. 113-29.
Propp, Vladimir. "Morphologie des Märchens." Extract. Trans. Christel Wendt, ed. Christiane Hauschild. 131-61.
Nikiforov, Aleksandr. "Zur Frage der morphologisches Erforschung des Volksmärchens." Ed. and trans. Christiane Hauschild. 163-178.
Gruzdev, Il'ja. "Über die Maske als literarisches Verfahren." Ed. and trans. Christine Gölz. 179-93.
Vinogradov, Viktor. "Zum Autorbild." Select. from Über die Künslerische Prosa, Die Wissenschaft von der Sprache der Literatur und ihre Aufgaben, Das Problem des Autorbildes in der Literatur. Ed. and trans. Christine Gölz. 195-225.
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Lotman, Jurij. "Zum künstlerischen Raum und zum Problem des Sujets." From Der künstlerische Raum in Gogol's Prosa. 261-89.

Theorizing Narrativity

A Scanner Darkly

A Scanner Darkly

La novela de Philip K. Dick A Scanner Darkly es una de las cumbres de la literatura americana poco incluidas en los cursos al uso de literatura norteamericana. Es una visión paranoica de la paranoia postmoderna, vivida desde dentro, pues Dick era víctima (víctima lúcida, si tal cosa es posible) de todas las adicciones y neuras persecutorias que retrata. Así experimentamos, a través de un punto de vista confuso y poco fiable, la tensión entre el caos de la experiencia individual y las estructuras de control, contraespionaje y vigilancia social que, ya fuera de control, y cómplices con el caos que intentan controlar. Como La Vida de los Otros, pero en plan neuras, porque aquí l’autre c’est soi-même. El resultado son escenas como pocas hay de lumpen americano y vidas desorganizadas, las de los drogadictos de barrio en sus paranoias y sofás con basura, experiencias de autovigilancia, agentes dobles aislados de sus propias vidas. Los protocolos de control y tests normalizados no consiguen sino dividir más al individuo y a la sociedad; las pesadillas de adicción colectiva terminan revelando que el centro de rehabilitación de toxicómanos era en realidad donde se cultivaba la temida Sustancia D. El antihéroe Arctor (policía secreto y drogadicto), en esta versión cinematográfica, es una versión animada de Keanu Reeves, aunque para su trabajo de infiltración viste un scramble suit, un traje que lo convierte a la vista en un barullo cambiante de personas. Arctor es a la vez uno de los patéticos personajes del Gran Hermano de su casa, y el espectador aburrido que zapea, y el controlador ineficaz, que vigila y es vigilado, tabula y es tabulado y evaluado, instrumento de una maquinaria gubernamental que rueda sola, también ella adicta y paranoica. La novia que tiene y que no se deja tocar, Donna, también es agente doble, lo manipula y se entrevista con él, cada uno enfundado en su scramble suit. Y se vigila Arctor también a sí mismo, y a los lumpen peligrosos con los que vive, a veces en directo, a veces en diferido, a través de sistemas de videoespionaje que nunca sabe si están contrainfiltrados; repasa las grabaciones, y no sabe si lo que ve le revela la verdad de su vida, o si la pantalla sólo contribuye a hacerlo más incognoscible para sí mismo.... Altamente recomendable, en especial para quien se vigile mucho a sí mismo por las pantallas. Antes Arctor tenía una vida ordenada... luego con sus caóticos compañeros de piso su vida es una ruina y una sorpresa constante, pero constantemente deprimente. Esa casa es una pena, deberían expropiarla y darle mejor uso. Entra Arctor en su casa y recuerda que debe fingir no estar vigilado por sí mismo o por otros...

I’m supposed to act like they aren’t here.
Assuming there’s a "they" at all.
It may just be my imagination.
Whatever it is that’s watching...
It’s not human... unlike little dark-eyed Donna.
It doesn’t ever blink.
What does a scanner see?
Into the head?
Down into the heart?
Does it see into me, into us?
Clearly or darkly?
I hope it sees clearly, because
I can’t any longer see into myself.
I see only murk.
I hope for everyone’s sake
the scanners do better.
Because if the scanner sees only darkly,
the way I do,
then I’m cursed and cursed again.
And we’ll only wind up dead this way...
Knowing very little and getting
that little fragment wrong too.


La chispa de esperanza del final de la película, con Arctor recluído en el centro de tratamiento y recogiendo la prueba de que ahí cultivan droga, en un último atisbo de semiconsciencia, es una pequeña concesión al idealismo que sobra por completo; el ambiente propio de esta historia está en el cinismo y la confusión.

El título del libro de Dick viene, claro de esa cita de San Pablo que nos dice que ahora vemos sólo reflejos indirectos, representaciones, pero que en el cielo, o cuando todas las promesas se cumplan, veremos por fin cara a cara. Aquí eso es cosa del pasado; hay una pantalla funcionando, y máquinas grabando, pero probablemente nadie controle nada.

a scanner darkly


A Scanner Darkly. Animated feature. Written and dir. Richard Linklater, based on the novel by Philip K. Dick. Cast: Keanu Reeves, Robert Downey, Jr. Woody Harrelson, Winona Ryder, Rory Cochrane. Music by Graham Reynolds. Head of animation Bob Sabiston. Ed. Sandra Adair. Prod. des. Bruce Curtis. Photog. Shane F. Kelly. Exec. prod. George Clooney, Steven Soderbergh, Jennifer Fox, Ben Cosgrove, John Sloss. Prod. Palmer West, Jonah Smith, Erwin Stoff, Anne Walker-McBay, Tommy Pallotta. USA: Warner Independent Pictures, 2006. DVD. EU: Warner Home Video. scannerdaklymovie.com


Profecías autocumplidas retroactivamente 


Important Developments


A message to the Narrative-L:

About a year ago I was asked to give a lecture on "The Future of Theory." Which in practice means "important developments in theory in the recent past."

I have my own ideas and prejudices, of course, but am also aware of my limitations, and would be grateful for any input from this listserv, which I will be delighted to acknowledge in the published version of the talk. (If you want to toot your own horn, that's okay, and those who would prefer for any reason to message me privately should respond to drichter@nyc.rr.com.) Thanks,
 David Richter

—and my answer:

Hi,

Any discussion of the future of theory would have to acknowledge, I think, the major paradigm shift of recent years, well, decades, with the oncoming of Internet, Google, instant information, blogs, the World Wide Web 2.0— technoliteracy, instant worldwide dialogue (which remains), distribution lists, social networking, book phasing—and the Gutenberg Galaxy going nova with this new dimension of textuality. Well now that I think of it some things have been long prefigured (by McLuhan, Barthes et al.) and others are more recent and may well be undertheorized, linkterature for instance, or the visibility of small literary niches in the long tail.... whatever that may be... or searchability—search me... Whatever you write on, don't leave cyberNethics out of the discussion!

Jose Angel Garcia Landa
http://www.garcialanda.net

Hipertextualización total automatizada


Tragedia y dinámica de fuerzas

En el capítulo 4 de The Stuff of Thought, Steven Pinker presenta una visión cognitivista de la representación de espacio, tiempo y causalidad en la gramática. Centrémonos en la causalidad. Allí Pinker expone la teoría de la causalidad de Hume, que la entiende como producto del hábito y de la asociación de ideas—la teoría de la "conjunción constante" entre causa y efecto. A ésta la complementa otra teoría más avanzada, la teoría "contrafactual" de la causalidad, que podríamos resumir así: que ’A causa B’ quiere decir que entendemos que si no hubiese A no habría B. Aquí nos basamos en mundos posibles, pero lo malo de los mundos posibles es que suelen imaginarse sin incluir en ellos cuestiones cruciales que de hecho sí están inextricablemente unidas a la diferencia que hemos introducido en ese mundo posible.

Los conceptos intuitivos de causalidad que manejamos no atienden a leyes físicas, que nos dirían que todas las circunstancias van unidas en un caso determinado. Para andar por casa, más bien aislamos una de las condiciones necesarias para el acontecimiento y la llamamos su causa, mientras que las otras condiciones se quedan en el nivel de circunstanciales.  Esta selección se hace con arreglo a convenciones y capacidades de la acción humana—seleccionando los mundos posibles alternativos que previsiblemente podríamos controlar volicionalmente, o que es concebible que difieran en el futuro en lo referente a la "causa" señalada:

"To label a condition as a ’cause’ means to identify a factor that we feel could easily have been different, or that someone could have controlled, or that someone might control in the future." (214)


Hay diversas paradojas asociadas a la causalidad concebida así. Una de ellas es la sobredeterminación: cuando concurren varias circunstancias para causar un fenómeno, en cierto modo ninguna de ellas es "la" causa. Para analizar diversos tipos de sobredeterminación podemos establecer distintos tipos de correlaciones o combinaciones de fuerzas entre causas y efectos. Pero unas son las correlaciones demostrables, y otras las que establecemos mentalmente por propensiones, creencias, poderes ocultos que (para nuestra mente cotidiana) ligan causas determinadas y efectos mucho más vívidamente de lo que jamás se podría demostrar. La gente no es racional ciertamente, al atribuir a los acontecimientos causas claras e identificables. Nuestros instintos de atribución causal descansan ya a nivel gramatical en el lenguaje, como ha señalado Len Talmy.

Así, algunos verbos son esencialmente causales: begin, bring about, cause, force, get, make, produce...  otros añaden datos sobre el efecto producido, como melt, move, paint, roll. Otros son verbos de impedimento: avoid, block, check, hinder...  otros de capacitación, como aid, allow, assist, enable, help. Y hay indicación de causa también en conjunciones como although,  but, despite, even, regardless, in spite of...  

Talmy explica estos verbos con un modelo cognitivo que denomina "dinámica de fuerzas"—dinámicas variadas establecidas entre agentes figurados implícitamente por los verbos. El agonista (concepto central) puede concebirse como activo o en reposo; la "trama" verbal lo enfrenta a un antagonista, , "an entity that exerts a force on the agonist, generally in opposition to its intrinsic tendency" (219).  La fuerza puede concebirse como mayor (capaz de vencer la tendencia del agonista) o menor:

Agonista se mueve Agonista en reposo
Agonista con tendencia al reposo Con antagonista más fuerte:
CAUSA (la pelota siguió rodando por el viento que la empujaba)
Con antagonista más débil:
A PESAR DE (El árbol siguió de pie a pesar del huracán
Agonista con tendencia al movimiento Con antagonista más débil:
A PESAR DE (La pelota continuó rodando a pesar de la hierba tiesa)
Con antagonista más fuerte:
IMPEDIMENTO (El tronco se quedó en la pendiente por el repecho)



Hay otras variantes—agonista y antagonista pueden tender a la misma dirección, o el antagonista se puede mantener apartado de un agonista...  dándonos otras variantes como causar reforzando un efecto, permitir un efecto inherente al no oponerse a él, o por el contrario bloquear una tendencia.

El lenguaje coloquial comprime estos argumentos causales implícitos, y en lugar de ligar acontecimientos ligamos explícitamente los agentes con sus causas: agentes entendidos ya sea como fuerzas autónomas, o como sujetos que ejercen volición. A veces se comprimen la acción y su efecto en un solo verbo— Cal rompió la lámpara, si actúa directamente sobre ella, aunque no quisiese romperla: en cambio si Sybil abre la ventana y el viento vuelca la mesa y se rompe la lámpara normalmente no diremos que Sybil rompió la lámpara. (Aunque supongo que todo depende de la irritación o malevolencia que sintamos hacia Sybil).

En suma, estos esquemas relativos a la dinámica de fuerzas gobiernan la manera en que la gente emplea el lenguaje de la causalidad, interpretando las situaciones en términos de estos guiones o argumentos implícitos.


"The basic script of an agonist tending, an antagonist acting, and the agonist reacting, played out in different combinations and outcomes, underlies the meaning of the causal constructions in most, perhaps all, of the world’s languages. And in language after language, the prototypical force-dynamic scenario—an antagonist directly and intentionally causing a passive agonist to change from its intrinsic state—gets pride of place in the language’s most concise causative construction." (222).


Me recuerda este esquema de semántica verbal a los análisis estructuralistas de la dinámica de los argumentos, reduciéndolos a una dinámica de conflictos y su resolución—los estructuralistas expanden los verbos para hacer de ellos historias mínimas (como Tesnière, o Fillmore), y comprimen las historias para identificar macroestructuras argumentales también formalizadas.

Pero no son sólo construcciones de los estructuralistas, sino requisitos cognitivos de la manera en que entendemos las acciones y los conflictos. Así, también aparece una formalización cognitiva muy semejante en teorizadores digamos poco estructuralistas: así la descripción del conflicto central de la tragedia tal como la describe A. C. Bradley en Shakespearean Tragedy. Pues Bradley también describe la tragedia shakespeareana (al menos la que adopta como modélica) como un tipo particular de dinámica de fuerzas.

Para Bradley, la tragedia es principalmente la historia de una persona, o a lo sumo dos, el héroe y la heroína. Es una historia de sufrimientos y calamidades que llevan a la muete del protagonista; un sufrimiento ejemplar, en contraste llamativo con su anterior encumbramiento o felicidad. Pero no es una desdicha que resulte de un destino prefijado, o de la voluntad de Diso, sino de un determinado tipo de causalidad indirecta (y aquí es relevante pensar en la dinámica de fuerzas). "The calamities of tragedy do not simply happen, nor are they sent; they proceed mainly from actions, and those the actions of men.” (11). Los personajes principales, incluyendo al héroe, contribuyen en cierta medida al desastre en el que perece el protagonista. La acción y el carácter se determinan mutuamente para Bradley: la tragedia shakespeareana se produce como resultado de acciones características. El único destino en Shakespeare es "el carácter como destino"—un héroe se enfrenta a circunstancias que, en virtud de su personalidad, y del tipo de decisiones que toma en ellas, resultarán en conclusiones trágicas.

A veces estos hechos característicos se refuerzan con circunstancias como estados psíquicos anormales (epilepsia en Otelo, sonambulismo en Lady Macbeth), o apariciones sobrenaturales (fantasmas abundantes unidos a remordimientos de conciencia). Pero precisamente estos fenómenos no causan las acciones del héroe, sino que en cierto modo subrayan aspectos de su carácter, enfatizan precisamente lo característico de sus acciones, en lugar de determinarlas: “the supernatural is always placed in the closest relation with character. It gives a confirrmation and a distinct form to inward movements already present and exerting an influence; to the sense of failure in Brutus, to the stifled workings of conscience in Richard, to the half-formed thought or the horrified memory of guilt in Macbeth, to suspicion in Hamlet.” (14). Asimismo, se da un papel apreciable a los accidentes o a circunstancias fortuitas— “That men may start a course of events but can neither calculate nor control it, is a tragic fact. The dramatist may use accident so as to make us feel this.” (15). Pero el papel de lo accidental también es limitado, y está subordinado al énfasis central, que recae en la acción característica.

Una tragedia es para Bradley una historia de acciones y conflictos humanos que producen calamidades excepcionales y terminan con la muerte de un protagonista socialmente importante. Las acciones de la tragedia toman la forma de un conflicto social (conflicto político, familiar, grupal...). “There is an outward conflict of persons and group, there is also a conflict of forces in the hero’s soul” (18). El conflicto externo y el interno son paralelos, y la estructura principal de la tragedia es su movimiento en este doble plano de conflicto: “Treasonous ambition in Macbeth collides with loyalty and patriotism in Macduff and Malcolm: here is the outward conflict. But these powers or principles equally collide in the soul of Macbeth himself: here is the inner. And neither by itself could make the tragedy” (19).

Como vemos, las fuerzas enfrentadas que mueven a la tragedia no se pueden aislar en la persona del protagonista por un lado y sus antagonistas por otro. El antagonismo está interiorizado. (Hasta Macduff es un ’traidor’ como Macbeth, para su esposa). Hay una fuerza que podríamos decir "causa" la tragedia al actuar contra el bien, produciendo sufrimiento y muerte—en el que también se ve implicadas las fuerzas del bien que resisten a esta convulsión.

“In Shakespearean tragedy the main source of the convulsion which produces suffering and death is never good: good contributes to this convulsion only from its tragic implication with its opposite in one and the same character. The main source, on the contrary, is in every case evil . . . not mere imperfection but plain moral evil” (34).

El mal puede estar muy dentro del héroe mismo, o por el contrario el héroe puede tener algún defecto (la hamartia aristotélica, el fallo trágico) que sin ser en sí mismo destructivo contribuye a la catástrofe, en virtud de las circunstancias en que el héroe toma sus decisiones erróneas. El elemento propiamente maligno es una alteración del orden, y el orden reacciona exigiendo la restauración del bien. La reacción del principio de orden lleva a la destrucción de todo el bien que se ha visto implicado inextricablemente con el mal. Y así el protagonista resulta ser víctima de esta reacción del bien contra la acción ejercida. Pero, subraya Bradley, “There is no tragedy in its expulsion of evil; the tragedy is that this involves the waste of good” (37).

Hay varios principios de alternancia de fuerzas que dan forma a este conflicto en su desarrollo. Por ejemplo, el movimiento es muy rápido y decisivo en algunos actos, y otros presentan aspectos complementarios de la acción. El protagonista puede estar relativamente ausente al principio (se habla de él creando curiosidad) o en el acto cuarto, relativamente flojo de acción antes de la catástrofe final. Se da forma al conflicto mediante la alternancia de escenas de esperanza y escenas de peligro (en lo referente a los intereses y acciones del héroe). El enfrentamiento entre las fuerzas en conflicto llega a una crisis, cerca del final de la obra (lo que Aristóteles llamaba el punto de inflexión), y allí decae el bando perdedor hasta la Catástrofe final. Avanza allí un conjunto de fuerzas, en oposición ya sea secreta ya sea abierta al otro frente, y consigue un éxito importante—sólo para ser derrotado por la reacción que con ello provoca. Esto ayuda a producir la impresión de que en su declive y caída, el héroe ha sido agente involuntario de su propia destrucción, y que sus actos recaen sobre su propia cabeza (así por ejemplo Macbeth, o Bruto en Julio César).

En este lenguaje de fuerzas enfrentadas, de acciones y reacciones, de modalidades de causalidad indirecta, etc., puede reconocerse parte del análisis conceptual de la causalidad que presentan Pinker y Talmy.  De modo que podríamos reutilizar estos esquemas conceptuales verbales para analizar distintos tipos de argumento a modo de distintas composiciones de fuerzas, siguiendo la línea de esos estudios estructuralistas (Barthes, Genette, Greimas, Todorov....) que presentan el relato como a modo de un gran verbo expandido, con sus dinámicas de tiempo, persona, modo, etc., extendidas al nivel del discurso. O, en este caso, sirviendo de modelo en su dinámica interna de fuerzas. En una combinatoria (como la del cuadro de Len Talmy explicado arriba) que no deja de recordar al análisis aristotélico de los distintos tipos de argumento en la Poética. Según lo expone Aristóteles, el personaje que comete un acto trágico o bien conoce el lazo emocional que lo liga a la víctima, o no lo conoce; y conociéndolo (o no conociéndolo), o bien actúa, o renuncia a actuar. Resultan distintos tipos de tragedia, aunque a algunos no los llamemos hoy tragedia. También clasifican diferentes dinámicas causales—amén de otras relativas al punto de vista o conocimiento de los personajes.

Y es que por mucho que expandamos la narratología, nos volveremos a encontrar con frecuencia que Aristóteles ya había estado allí en cierto modo—y así Aristóteles ya era a su manera un narratólogo cognitivista. Y también Bradley, que desde luego llegó a esta teoría de la dinámica de fuerzas de la tragedia sin contar para nada con el análisis cognitivista de la causalidad en el lenguaje.

Shakespeare, Trillo, y las ficciones del poder