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Nuestras vidas ¿son relatos?

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Esta es la primera conversación que empiezo en el grupo de Teoría Narrativa de Mi Literaturas.

Nuestras vidas, ¿son relatos? Obviamente lo son en una (auto)biografía. Quizá lo sean también en nuestros vídeos caseros, o en nuestras fotografías. Pero la narración es todavía más crucial. ¿La tenemos dentro, siempre? ¿Concebimos y vivimos nuestras vidas como procesos con una estructura narrativa? ¿Con capítulos, suspense, finales, muertes anunciadas? ¿Seremos acaso más narrativos de lo que pensamos, avant la lettre?
Más reflexiones aquí: http://garciala.blogia.com/2007/052202-out-of-character.php


Me responde Fran:
    Quizás una de las características que definen al escritor sea que se ve a sí mismo como un personaje de una obra aún no escrita o un telefilme no rodado. Alguien comentaba que su talento narrativo era consecuencia una dolencia: padecer irrealidad... Es decir que se reestructura lo evidente para comprender el mundo. En la propia obra uno está siempre de manera explícita o implícita y no siempre debido a un ego exacerbado sino más bien porque la búsqueda de un lugar propio en el rompecabezas de la vida así lo requiere.

    ▶  Y replico yo:
    Esto que dices me recuerda lo que dicen algunos escritores: "como no existía el tipo de libros que quería leer, tuve que escribirlos yo". Sí, quizá para interpretar el mundo, para acomodarlo a cómo debería ser, o para sacar a la luz una interpretación que ya se intuye pero a la que otros no parecen haber llegado a dar una forma satisfactoria. De todos modos no estaba pensando yo únicamente en los escritores (si bien la consciencia narrativa de la propia vida seguramente es mucho más acentuada en ellos, al menos en los escritores contadores de historias). Pensaba yo en la narratividad de toda vida. Pero en el caso del escritor, la cosa se complica con la intervención de la escritura. La escritura es a la vez instrumento más o menos directo de la narración de la vida, y también un acontecimiento importante en esa vida que se narra. Se crea ese grácil bucle reflexivo. Con lo cual hay que narrar, además de la historia que cuenta la novela, o el drama, o el poema, hay que narrar digo además la historia de cómo la novela o el drama o el poema llegaron a ser escritos, y cómo brotaron en la vida del escritor en tanto que actos: en tanto que soluciones imaginarias a problemas reales, quizá, o también quizá viceversa: en tanto que soluciones reales a problemas imaginarios...

 

▶ Fran:

Creo que te refieres a la reflexión dentro de obra que habla de la creación de esa misma obra, tanto en narrativa cine o cualquier otro arte. Desde Cervantes gustan esos bucles donde uno lee el mismo libro que el protagonista y que versa sobre sus avatares. Es un sueño formidable equiparar al ser real con el fantástico, un diálogo fascinante ¿acaso nuestra mente no conversa habitualmente con seres irreales?... y no sólo en los sueños, claro. De hecho nuestra percepción del mundo se basa habitualmente en presunciones que no son verídicas.

En cuanto a tu pregunta originaria, creo que las vidas en general no tienen la estructura de una obra artística; quizás sea deformación de quien frecuenta esos tipos de creación porque tendemos a observar las cosas con estructuras semejantes. Quien pruebe a hacer una obra se dará cuenta que en su elaboración hay que suprimir muchas cosas interesantes pero inadecuadas. Requiere un trabajo de selección y concentración para que tenga la armonía que requiere. En lo cotidiano hay muchímos espacios vacíos y eso hay que extirparlo, claro, para conseguir "la esencia" que se persigue...

 

▶  JoseAngel 

Dices "quizás sea deformación de quien frecuenta esos tipos de creación porque tendemos a observar las cosas con estructuras semejantes"... Touché. La deformación profesional nos pone gafas de colores, sí. Bueno, también queda la posibilidad de que precisamente por tener la percepción predispuesta a ver determinadas cosas, precisamente seamos más sensibles a ellas: la cosa funciona en las dos direcciones quizá. Las obras literarias, como dices, son en efecto más "poéticas" que la vida, y las narraciones literarias tienen una narratividad más intensa. Y sería un defecto aplicar esos patrones a la vida, tal cual. ¿Pero no lo hacemos, en mayor o menor medida, siempre? El problema sería el de la justa medida, tanto a la hora de ver la vida "literariamente" o "poéticamente" (o narrativamente), como a la hora de interpretar este elemento de imposición de forma en la vida, sin exagerarlo indebidamente.

De hecho, aunque la realidad sea más realista que la ficción y que la poesía, eso es en parte porque contiene en sí la poesía y la ficción, y su contraste con la realidad. Y precisamente muchos "realismos" o efectos de realidad en literatura, cine, pintura, etc., se basan precisamente en incorporar esa diferencia a la obra, en hacer obras que contienen obras—subrayando así el contraste entre las ficciones estéticas y la vida que las rodea. Don Quijote y sus novelas de caballería (no sólo anteriores al Quijote, sino internas a él) son un buen ejemplo.

Pero al crear este contraste, las obras realistas metaliterarias (o metaficcionales, metateatrales, metanarrativas...) introducen también una nueva dimensión estética, y, es más: una dimensión estética a la que la realidad extraliteraria se amolda fácilmente: el contraste entre el nuestras vidas y el arte con que intentamos darles forma.

 

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