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Los trabajos de Hérculesmartes 15 de septiembre de 2009Los trabajos de Hércules
Ciertamente sí hubo quienes sintieron la necesidad de algún dispositivo artificial que pudiera llevar el peso de la explosión de saber del siglo XVI. Erasmo, por ejemplo, mientras trabajaba entre libros y manuscritos preparando su enorme colección que se convertiría en los Adagios. De hecho, esta obra es sintomática de la manera en que la letra impresa parecía generar más letra impresa, de maneras que eran ajenas al mundo del manuscrito. Los Adagios de Erasmo aparecieron por primera vez con el título Adagiorum Collectanea. En la descripción de Margaret Phillips, el Adagiorum es ’un volumen delgado, que contiene 818 proverbios, con comentarios de unas pocas líneas cada cual’. De modo deliberado o no, lo que Erasmo había publicado no era un ’libro’ en el sentido convencional del término, sino más bien una concha: tras la aparición del volumen de 1500, la colección se republicó de manera continuada hasta poco antes de la muerte de Erasmo en 1536. Con cada impresión, la colección crecía, y los comentarios se expandían, de modo que el número final de adagios venían a sumar más de cuatro mil a la muerte del autor. En conjunto aparecerían unas 27 ediciones de la obra entre 1500 y 1536, y cada edición es diferente no sólo en forma, sino en sustancia. En miniatura, las colecciones crecientes de Erasmo empiezan a parecerse al tipo de expansión del conocimiento a que nos hemos acostumbrado en el mundo de los ordenadores. Empezando con simples colecciones de sententiae clásicas, Erasmo se había embarcado en un proyecto que le absorbería el resto de su vida. Con cada edición (éstas también desperdigadas por las imprentas de Europa, apareciendo ediciones en París, Venecia, Basilea y Leiden), Erasmo entabló un diálogo con sus propios tiempos, usando el adagio como un vehículo para explorar la historia, el lenguaje y la política contemporánea, además del pasado clásico. Como una sombra sobre los Adagios, a medida que crecen a principios del siglo dieciséis, pende la sensación de anarquía inminente sentida por el propio Erasmo. En la edición de 1508 de la obra (Venecia)—la edición que se publicó con el título Adagiorum chiliades (’Miles de adagios’)—Erasmo ofreció un largo ensayo autorreflexivo sobre la tarea en la que se encontraba inmerso, bajo el título de ’Herculei Labores’ o ’Los Trabajos de Hércules’. Lo que había venido a descubrir eera que el nuevo medio de la imprenta no había resuelto el problema del almacenamiento y recuperación de la información. Cierto, la imprenta había hecho posible dispersar la información, y así había hecho posible construir una obra del tipo de los Adagios, que con cada reimpresión sucesiva proporcionaba cada vez más información. Pero el inmenso impedimento que se encontraba en el camino del estudioso ya no era meramente el enorme volumen del material que había que abarcar. Más bien, la tecnología, la tecnología de la imprenta, aun después de menos de sesenta años, estaba resultando inadecuada para la tarea que Erasmo se había autoimpuesto. Describiendo la organización posible de la enorme colección, Erasmo vio que ’sería posible disponer el libro en algún tipo de orden, si uno siguese un plan de semejante y diferente, de concordancia y contradicción, si introdujese muchísimos subtítulos, y clasificase cada proverbio en su lugar’. Aquí, Erasmo parece estar anticipando los sistemas ideados por Ramus en la segunda mitad del siglo XVI. Sin embargo, en lugar de imponer tal sistema formal, lógico, a su propio material, Erasmo prefirió permitir que su colección creciese de manera orgánica. ¿Por qué fue así? ¿Por qué no introdujo Erasmo algún tipo de orden o sistema clasificador en su colección? [También a mí me dicen por qué hago mi bibliografía en archivos de texto, y no en programas de ficheros y tratamiento de datos…] La respuesta, que desarma en su franqueza, tiene que ver en parte con el aburrimiento, el suyo y el del lector: ’si dispusiese todas las observaciones de la misma naturaleza en la misma clase, la monotonía resultante aburriría tanto al lector que le pondría enfermo’. Pero más que esto era la mera falta de adecuación del medio mediante el cual se presentaría la colección al mundo. La letra impresa aspiraba a la fijeza, y un sistema clasificador subrayaría la sensación de fijeza, o de compleción, de la colección impresa. El resultado de la tremenda labor de Erasmo era que ya no creía en semejante fijeza: ’Me echó para atrás la inmensidad de la obra. ¿Por qué ocultar el hecho? Veo que no podía hacerse sin rehacer todo el libro de principio a fin, y que no podía pensar en publicar hasta que se hubiese añadido el último párrafo; se necesitarían los nueve años de Horacio. Pero siendo las cosas como eran, podía añadir cosas incluso durante la impresión, si llegaba a las manos algo que no había que dejar fuera’. En otras palabras, Erasmo había decidido subvertir el medio mediante el cual su obra se presentaría al mundo, ’añadiendo cosas incluso durante la impresión’. Esta afirmación nos proporciona una clave sobre cómo leer las colecciones de Erasmo, así como otras colecciones renacentistas que parecían crecer de una forma tan desproporcionada, especialmente a finales del período: los ensayos de Montaigne o La Anatomía de la Melancolía de Robert Burton. Puesto que Montaigne y Burton eran, como Erasmo, proclives a publicar su obra en forma provisional. En el caso de la Anatomía de la Melancolía, por ejemplo, el texto de Burton se iba a expandir entre la primera edición (1621) y la sexta (1651) en unas 160.000 palabras, o justo más del 30%. En otras palabras, el libro impreso ya había empezado a fallarle al filósofo natural del Renacimiento que, examinando la plenitud tanto del mundo escrito como del natural, vio que lo que se necesitaba ahora no era la estabilidad de la imprenta, sino algo mucho más efímero, más provisional. Lo que Erasmo tenía era la nueva tecnología de la imprenta. Lo que ya sabía que necesitaba era un ordenador.
’Personas así, como este don José, se encuentran en todas partes, ocupan el tiempo que creen que les sobra de la vida juntando sellos, monedas, medallas, jarrones, postales, cajas de cerillas, libros, relojes, camisetas deportivas, autógrafos, piedras, muñecos de barro, latas vacías de refrescos, angelitos, cactos, programas de ópera, encendedores, plumas, búhos, cajas de música, botellas, bonsáis, pinturas, jarras, pipas, obeliscos de cristal, patos de porcelana, muñecos antiguos, máscaras de carnaval, lo hacen probablemente por algo que podríamos llamar angustia metafísica, tal vez porque no consiguen soportar la idea del caos como único regidor del universo, por eso, con sus débiles fuerzas y sin ayuda divina, van intentando poner algún orden en el mundo, durante un tiempo lo consiguen, pero sólo mientras pueden defender su colección, porque cuando llega el día en que se dispersa, y siempre llega ese día, o por muerte o por fatiga del coleccionista, todo vuelve al principio, todo vuelve a confundirse.’ (José Saramago, Todos los nombres) Comentarios » Ir a formulario |
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