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Free Wilt

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En la celda policial, el mediocre Wilt casi recuerda al Enrique VI de Shakespeare, otro personaje gris que, una vez reñido con el mundo, alcanza cierta altura filosófica, por el mero hecho de verlo con perspectiva lejana:

Wilt, en la celda, miraba fijamente al techo. Después de tantas horas de interrogatorio, aún reverberaban las preguntas en su mente. "¿Cómo la mató usted? ¿Dónde la metió? ¿Qué hizo usted con el arma?" Preguntas sin sentido continuamente repetidas, con la esperanza de que le hicieran desmoronarse al fin. Pero Wilt no se había desmoronado, no. Había triunfado. Por una vez en su vida, sabía que tenía razón del todo y que los demás estaban totalmente equivocados. Antes, siempre había tenido dudas. Quizá Yeseros Dos tuvieran razón, después de todo, en lo de que había demasiados inmigrantes en el país. Quizá la pena de muerte fuese útil como amenaza disuasoria. Wilt no lo creía así, pero tampoco podía estar absolutamente seguro. Sólo el tiempo lo diría. Pero en el caso de la acusación contra él por el asesinato de Eva no podía haber ninguna duda respecto a la verdad. Podrían juzgarle, considerarle culpable y condenarle, daba igual. Él era inocente y si le condenaban a cadena perpetua, la enormidad misma de la injusticia que le harían aumentaría su convencimiento de su propia inocencia. Por primerísima vez en su vida, Wilt sabía que era libre. Era como si le hubieran quitado de encima el pecado original de ser Henry Wilt, de avenida Parkview 34, Ipford, profesor de Artes Liberales de la escuela Fenland, esposo de Eva Wilt y padre de nadie. Todas las trabas de posesiones, hábitos, sueldos y estatus, todas las formalidades sociales, los convencionalismos, las minucias de la estimación de sí mismo y de otras personas que él había adquirido junto a Eva, todo esto había desaparecido. Encerrado en su celda, Wilt tenía libertad para ser. Y pasase lo que pasase, no volvería jamás a sucumbir a los cantos de sirena del retraimiento y la humildad y la modestia. Tras el desprecio flagrante y la furia del inspector Flint, los abusos y oprobios que se habían amontonado sobre él durante una semana, ¿quién necesitaba ya de la aprobación del prójimo? Podían guardarse sus opiniones sobre él. Él continuaría su vía independiente y haría buen uso de sus evidentes dotes para la incoherencia. Que le condenasen a cadena perpetua y le encerrasen en una prisión que tuviera un alcaide progresista, y Wilt le volvería loco al cabo de un mes por la dulce racionalidad de su negativa a obedecer las normas del presidio. El confinamiento solitario y el régimen de pan y agua, si aún existían tales castigos, no le ablandarían. Si le ponían de nuevo en libertad, aplicaría aquellas dotes recién descubiertas a la Escuela. Se sentaría muy feliz en reuniones y asambleas y las reduciría a puras disensiones por su incansable adopción de los argumentos más contrarios a la opinión general, fuesen cuales fuesen. La carrera no la ganaba, después de todo, el más rápido, sino el más infatigablemente incoherente. La vida era azar, anarquía y caos. Las normas estaban hechas para ser quebrantadas y el que tenía mentalidad de saltamontes se hallaba un salto por delante de todos los demás. Tras sentar este nuevo principio, Wilt se volvió de costado e intentó dormir; pero el sueño no llegaba. Tenía la cabeza llena de pensamientos, preguntas, respuestas irrelevantes y diálogos imaginarios.
 





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José Ángel García Landa

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