Vera Lynn (2) - dale replay
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Ahora opino que según y dónde, y según y cómo, aunque durante mucho tiempo creí que uno y uno eran dos, sin más, con la fuerza de las convicciones de la infancia. Y no deja de ser curioso que fuese mi padre el maestro, profesor de matemáticas, el que me enseñase tanto eso como lo contrario. Porque, sobre todo en sus últimos años, cuando revisaba muchas de sus presuposiciones y cuestionaba él mismo sus enseñanzas, con frecuencia me repetía que el valor de una afirmación o ecuación como "1+1=2" es cierto en muchas ocasiones, pero es una operación inaplicable o simplemente absurda en otras.
Es aplicable en principio, claro, donde la aplicamos, en el ámbito de las matemáticas—pero ése mismo es un ámbito acotado, limitado. Las matemáticas tratan con objetos fuera del tiempo, y abstraídos. Sólo en ciertos contextos podemos estar fuera del tiempo (convencionalmente) o convencionalmente abstraídos. A veces, en el mundo de la acción, la abstracción no es oportuna. Aplicar una idealización matemática a la realidad implica recortar flecos, redondear, tomar decisiones—y en puridad, nada hay fuera del tiempo, con lo cual las matemáticas, en puridad no son de este mundo.
¿Son de otro? Hay quien ve en ellas el Pensamiento de Dios—Hawking mismo, que no cree en Dios creador, tiene un libro titulado Y Dios creó los números, que le regalé a mi padre. Pero otros cuestionan esta definición, y arguyen que si las matemáticas no son de este mundo, en puridad no se pueden aplicar correctamente a él. Sería una negación, o cuestionamiento al menos, o relativización, de la ciencia moderna tal como viene definida desde Newton y Galileo, la que pretende someter el mundo a una razón numérica, y propone a la física matemática como la reina de las ciencias.
Hay una posible crítica semiótica de las matemáticas, claro—empezaríamos por mostrar que en la secuencia "1 + 1 = 2" no hay sólo 2 como resultado, ni uno más uno como sumandos, sino que para empezar tenemos cinco signos, o seis si quieren, o más. Lo que hay a un lado del signo de igual tampoco es igual a lo que hay al otro lado, curiosamente tampoco podemos decir que sea más exacto decir que "1 + 1 = 1 + 1", y ni siquiera es más cierto eso que sostener que "(1 + 1 = 1 + 1) = (1 + 1 = 2). Todo es relativo a las reglas del juego que estemos jugando, y semiótica y matemáticas son dos juegos lingüísticos distintos, con cierta intersección necesaria, pero necesariamente diferenciados.
En las matemáticas hay muchos niveles de sentido posibles, al margen del nivel ideal en el que captan verdades "eternas" o "válidas universalmente", ignorando la referencia a cualquier objeto concreto e incluso al observador que formula la proposición. A otro nivel, las matemáticas son unas operaciones aplicadas al mundo—por ejemplo, "1 + 1 = 2" no en tanto que abstracción total, sino en tanto que lo estoy aplicando a estas dos manzanas que estoy contando. Y en esta interpretación matemática del mundo juegan muchos factores que pueden entrar a interferir con la claridad matemática de los fenómenos. En The Stuff of Thought pone Steven Pinker un buen ejemplo: ¿hubo un atentado contra las Torres Gemelas, o dos? No es baladí la cuestión, pues afecta en cantidades millonarias a los pagos de las compañías de seguros, y es indudable que según se cuenten ahí había dos torres, o dos manzanas.
A otro nivel de consideración, el "1 + 1 = 2" no es eterno, sino que (como se aprecia en su secuencia escrita, o en su formulación lingüística), es una operación en el tiempo… y así se nos cuela el tiempo en las matemáticas. Es también una operación que refleja una deducción, u operación mental, que se efectúa en el tiempo o que se explica en el tiempo. La pequeña ecuación es un pequeño relato, a un nivel, y viene a suponer un enunciador y un destinatario que presumiblemente se ve ilustrado en sus conocimientos por esta lección que le da la suma. De hecho, una secuencia temporal ideal y una abstracción temporal o extracción del tiempo se suman paradójicamente en esta operación, al menos tan paradójicamente como el dos resulta ser igual al uno y uno. Se superpone en la ecuación matemática una verdad atemporal con una exposición temporal de equivalencias; la ecuación contiene al receptor implícito que no conocía la ecuación y ahora, tras el signo de igual, que es una transformación, ya la conoce. Se halla sujeta la ecuación, por tanto, como toda estructura narrativa, a las falacias inherentes a la narratividad, muy prominentemente la que llamamos la distorsión retroactiva, hindsight bias, la falacia narrativa por excelencia.
Mi padre decía que las matemáticas son un lenguaje. Y tal vez sea más exacto decir eso que decir que son las leyes del pensamiento de Dios. Un lenguaje en puridad está limitado, a un determinado nivel, por las prácticas de sus hablantes. En ese sentido podemos decir que no hay matemáticas si no hay ser humano, no hay 1+1=2 más que para ciertas necesidades y contextos comunicativos de los humanos. Aunque, salvando la representación simbólica precisa, también hay matemáticas en un sentido más amplio para la cognición de otros animales que saben contar, pues los hay con conocimientos elementales de matemáticas.
A un nivel todavía más amplio de aplicación, en un mundo donde convencionalmente hemos eliminado a los humanos y a los animales, hay todavía, claro, una matemática inherente en la naturaleza, quizá la razón más profunda que nos hace ver en ellas el pensamiento de ese dios que no existe—la regularidad o racionalidad de los fenómentos naturales es concebible (aunque ello ya implica una convención comunicativa e incluso una curiosa paradoja) al margen de nuestro pensamiento. Pero está bien, podemos fácilmente admitir en qué sentido seguiría habiendo nueve planetas, u ocho si prefieren, alrededor del sol, antes de la existencia de mentes. Son matemáticas más tenuemente asentadas en la realidad, en tanto que son ya el resultado de un acto de imaginación, pero siguen rigiéndola en un sentido; seguiríamos teniendo un mundo de planetas, y de elementos químicos, etc., "gobernado" por las matemáticas, siquiera virtualmente.
Mi padre iba más allá al cuestionar la validez cósmica fundamental de las matemáticas. Para él sólo eran válidas, aun a este nivel de abstracción, de objetos matemáticos virtualmente concebibles, en el ámbito en el que tiene sentido hablar de unidades y de leyes regulares. En el centro del sol, me decía, uno y uno no son dos, o no tiene sentido decir que lo sean. Quizá los astrofísicos difieran aquí—en el centro del sol sigue habiendo partículas elementales, elementos químicos y reacciones en principio pensables o descriptibles. Pero la cuestión de principio sigue en pie. Es concebible un estado de la naturaleza en el que no haya unidades de ningún tipo, ni siquiera calculables o deducibles, ni regularidades identificables o pensables, y en el que por tanto no tenga sentido una descripción matemática.
La cuestión a la que se refería mi padre ha sido recientemente planteada por los cosmólogos evolucionistas Roberto Mangabeira Unger y Lee Smolin en un argumento muy elaborado, en The Singular Universe and the Reality of Time (2015). El argumento va unido a una relativización del valor de la física matemática newtoniana, y a una apuesta por la primacía de una ciencia del universo, la cosmología, que sería preeminente sobre la física matematizada. Se trataría de un paradigma evolucionista para la física y la cosmología, un paradigma que afirma la realidad suprema del tiempo y el cambio, y que sustituiría al paradigma newtoniano-einsteiniano, destronando a las matemáticas de su puesto de preeminencia y relegándolas a una posición más instrumental. Un lenguaje. Se convertirían las matemáticas en una determinada perspectiva para tratar cuestiones de la naturaleza, una perspectiva que ha de aplicarse únicamente en su ámbito de validez.
Traduzco aquí dos pasajes sobre el estado del cosmos en el que no hay matemáticas, ni física, ni uno y uno son dos:
La perspectiva de Smolin y Unger viene a revertir la posición usual en que concebimos las leyes de la naturaleza y los fenómenos a los que rigen. Las leyes no son eternas, ni hay ningún sitio "fuera del tiempo" en el que están. Son variables, evolutivas, y no son previas a las conexiones entre fenómenos (rigiéndolas), sino que son resultado de esas conexiones, de una causalidad previa a la ley. La ley, podríamos decir, es una gramática que se ha de formar a partir de una sopa primigenia de comunicación pidgin entre fenómenos—y sólo entonces es concebible concebir esa ley para pensar con ella los fenómenos. Hay un mundo sin ley, en el origen del universo o en la transición de un universo a otro, en el que todo y nada son sinónimos. Vivimos en un mundo de leyes, de cuerpos, elementos y fenómenos diferenciados, y por eso se nos hace difícil concebir hasta qué punto la realidad se ve transmutada si no la pensamos con las categorías adecuadas a este mundo nuestro de regularidades relativas (como son por ejemplo las categorías matemáticas).
Mi padre, en su fase escéptica o desilusionada, ya no creía en aplicabilidad de las matemáticas, o de cualquier ciencia, en toda circunstancia. Insistía más en otra perspectiva, una según la cual el conocimiento humano es limitado, tiene un ámbito, y a veces más estrecho del que pensamos, pues desde nuestras circunstancias tendemos a dar por supuestas cosas que en absoluto han de suponerse en toda circunstancia, y pensamos con modos de pensar que tienden casi imperceptiblemente a exceder su ámbito propio de pertinencia. "Tenemos una longitud de onda", decía mi padre, "Todo la tiene, y todo existe sólo en una longitud de onda."
Desde una perspectiva contextualista, incluso las leyes de la naturaleza más elementales, y las proposiciones más incuestionables, tienen un contexto de aplicación. También las matemáticas tienen su ámbito de aplicación, lo cual no está reñido con que uno y uno sean, en muchas circunstancias, dos. En otras circunstancias, son uno y uno; y en algunas no hay uno, ni uno. Habrá, si me apuran, algun más—al menos en cierto sentido.
Primordial chaos may precede the Universe, and all its objects and its laws—up to the basic constituents of matter and the laws of physics. Or mathematics itself. All of these "timeless" realities may turn out to be contingent— the result of an evolutionary process.
The evolutionary cosmology proposed by Roberto Mangabeira Unger and Lee Smolin in The Singular Universe and the Reality of Time (2015) is a high bid for the preeminence of cosmology as the ground and basis of science, over against physics. This amounts to an overthrowing of the Newtonian paradigm as it has been unwittingly perpetuated by the "new" physics of the twentieth century. Both Newtonian and Einsteinian physics assume a body of laws of nature, and of basic constituents of nature, which is eternal, outside time, preexisting change and ruling it. The preeminence of time and evolution (and of cosmology) above physics would lead us, instead, to assume the preeminence of change, and to admit the variability both of the laws of physics, at least in the crucial cosmogonic events, and of the basic constituents of nature. We may thus speak of an emerging evolutionary paradigm in physics and cosmology.
Note that Darwin's theory of biological evolution scrapped the notion of eternal kinds in Nature at the level of biological species, but it did not apply behyond its intended scope, living beings. Laplace's cosmology and Lyell's geology likewise showed that astronomical bodies may be subject to history and evolution. They did not however deny the eternity of such kinds of natural "bodies" as the elementary particles, however conceived, nor to the basic laws of their interaction.
Unger and Smolin raise the stakes, arguing that radical and universal evolutionism leaves no place "outside time" for any such laws or kinds to reside. Everything is subject to time, and therefore even the basic principles of order, not to mention the elementary constituents of nature, are historical and contingent, the product of evolution, rather than the visible script of a transcendental catalogue of kinds.
The Singular Universe and the Reality of Time is an important volume in the philosophy of science, and I warmly encourage its reading. Its reconceptualization has far-reaching consequences for our current notions of science, of natural laws and phenomena, of physics and of mathematics—even mathematics, yes, because nothing escapes this radical overhauling of the role of time. Mathematical realities are by definition outside time. In Unger and Smolin's view, this would make them into a technique for dealing with the world from a certain perspective, and would demote mathematics from its current ambitious position as "God's grammar" or as the privileged key to the structure of the universe. Mathematics, instead, may be a misleading cognitive instrument when applied beyond its proper scope—an example would be the use of the mathematical notion of infinity in conceptualizing and representing cosmological critical events such as the Big Bang or black holes. Such extreme events would be misrepresented by a mathematical fiction such as infinity, giving rise to the current notion of Singularity—which according to Unger and Smolin is mistaken, and involves scientific research in unresolvable paradoxes as well as unnecessarily limiting the scope of scientific research.
But I digress. I wanted to quote a passage of Unger and Smolin's book and show the way it compares to some more classical conceptions in cosmology, which (leaving out the creationist implications) may lead to a reassessment of the classical paradigm in some of its radical evolutionary implications.
Compare now a classical account, ultimately deriving from Greek cosmology, via Lucretius, as assimilated and retold (with the creationist additions which I am now asking to mentally delete) by the Christian tradition in which the universe is not eternal and everything in Nature has an origin—even the basic ingredients of nature, even the most basic laws and regularities. In Abraham Cowley's epic Davideis (c. 1640) we find an excursus on the role of music (read Pythagorean harmony, law or proportion) in the Universe. To my mind it reads, in some respects, like a versification of the previous passage from Roberto Mangabeira Unger:

We find here an account of Chaos preceding not just the present objects and forms in the universe, but preceding order and law itself. Laws, in Cowley's view (mentally bar, I insist, the "Godlike creative mind" designing the creation) are emergent—they are produced in the course of creative evolution, just as the "elements" themselves. Note that while Cowley's view may seem naively creationist from the standopoint of twentieth century science, science under this paradigm might seem equally naive in assuming that its own elements (e.g. "iron", "carbon", "protons", "quarks") and its own laws ("the speed of light", "the law of gravitation") as well as any regularities, might be basic preexisting conditions and constants, exempt from emergence and evolution, rather than created and emergent (i.e. contingent) productions themselves, the result of the "chaotic" interaction of "thwarting motions".
I already compared Cowley's passage to the cosmological account presented in Andrew Lange's Segre Lecture, "How Did the Universe Begin". That is, we are not dealing here with matters of specific wording and mere coincidence, but with a persistently returning perspective on the nature of the universe, of order and of its necessary change—an evolutionary perspective which will keep returning because it reflects some of our deepest insights about the universe and its transcience.
Fairclough.N by JAGL - uploaded by Anonymous Cf1sgnntBJ