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Ideología

Elogio de Marx a la burguesía liberal

lunes, 26 de mayo de 2014

Elogio de Marx a la burguesía liberal

Conferencia de Terry Eagleton en Pontevedra—sobre marxismo y cristianismo:


 


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The Great Debate

jueves, 22 de mayo de 2014

The Great Debate


Levin, Yubal. The Great Debate: Edmund Burke, Thomas Paine, and the Birth of the Right and Left. Basic Books, 2013.
_____. Interview on The Great Debate, by Marshall Poe. New Books in History 4 Jan. 2014.
          
And you can find many more interviews with authors of history books at New Books in History: http://newbooksinhistory.com/list-of-all-interviews/

La ética de Hitler

jueves, 22 de mayo de 2014

La ética de Hitler


hitler emo
Desde luego había una ética en el pensamiento de Hitler, y una creencia en el progreso de la humanidad. Aquí hay en New Books in History una entrevista (en inglés) con Richard Weikart sobre su libro Hitler's Ethics: The Nazi Pursuit of Evolutionary Progress. Muy recomendable para quienes creen que Hitler era un conservador de derechas a la vieja usanza; nada más lejos de la realidad—era una persona moderna y de ideas progresistas y radicales, muy influido por el evolucionismo que tanto condenaban por entonces la Iglesia y los sectores conservadores y de ideas retrógradas en la sociedad. Hoy que se le presenta tantas veces como un loco aislado, un fenómeno raro o un psicópata antisocial, hay que recordar lo mucho que estaba en sintonía con las ideas de muchas gentes de su tiempo, y que era queridísimo por la mayoría de la gente en Alemania. Sus votantes y fieles devotos compartían en gran medida sus ideas políticas—aunque no eran tan progresistas como él, en general, en cuestiones de ética personal—Un hombre, en suma, en sintonía con su sociedad y con su época, y perfectamente integrado en la política de su tiempo; un radical extremista, en efecto, pero uno que en su tiempo era no menos atractivo para la gente progre que el Che Guevara hoy. Polémico, revolucionario que disparaba sobre la historia con mano decidida—pero que supo, además, como dirigente, atraerse a la buena sociedad, para nada un loco pirado que iba a su bola, sino un líder carismático que convencía a sus seguidores, e incluso a millones que antes no lo eran, mucho más que los políticos de hoy. Sí estaba Hitler bastante preocupado por la ética y la moralidad, pero era un reformista radical, todo un revolucionario en suma, que no temía romper con las maneras del pasado y con las tradiciones añejas (con algunas, al menos—con las buenas). Toda una lección y ejemplo para quienes aún creen en la imposición de la utopía a martillazos, en los sueños de revolución que desbarate todo el sistema, y en la devoción a la causa que une como una piña al grupito delos nuestros y de lo nuestro. Y en las virtudes e ideales de los radicalismos nacionalistas y socialistas.


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Por qué es elegante ser conservador, o es conservador ser elegante

jueves 22 de mayo de 2014

 

Lo explica Thorstein Veblen en su TEORÍA DE LA CLASE OCIOSA, como corolario de su explicación de la dinámica de la evolución social:


La clase ociosa está, en medida considerable, protegida contra la presión de aquellas exigencias económicas que prevalecen en toda comunidad industrial moderna y altamente organizada. Las exigencias de la lucha por los medios de vida son menos urgentes para esta clase que para cualquier otra;  y como consecuencia de esta posición privilegiada deberíamos esperar teóricamente que aquélla fuese una de las clases sociales que menos respondiesen a las demandas que la situación exige a favor de un desarrollo ulterior de las institucionesy de reajuste a una situación industrial que ha experimentado alteraciones. La clase ociosa es la clase conservadora. Las exigencias de la situación económica general de la comunidad no actúan libre y directamente sobre los miembros de esa clase. No se les exige, so pena de confiscación, que cambien sus hábitos de vida y sus concepciones teóricas del mundo externo para adaptarse a las demandas de una nueva técnica industrial, ya que no constituyen, en el pleno sentido de la palabra, una parte orgánica de la comunidad industrial. Por lo tanto, esas exigencias no producen con facilidad, en los miembros de esta clase ociosa, aquel grado de conformidad con el orden existente que puede llevar a cualquier grupo de hombres a abandonar las concepciones y métodos de vida que han llegado a ser habituales para ellos. La función de la clase ociosa en la evolución social consiste en retrasar el movimiento y en conservar lo que es obsoleto. Esta proposición no es en modo alguno nueva; ha sido durante mucho tiempo uno de los lugares comunes de la opinión popular.
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La prevaleciente convicción de que la clase rica es por naturaleza conservadora ha sido aceptada popularmente sin mucha ayuda por parte de ninguna idea teórica acerca del lugar y relación de esa clase en el desarrollo cultural. Cuando se ofrece una explicación para este conservadurismo de clase es, por lo común, la explicación envidiosa de que ocurre así porque los ricos tienen un interés creado, de un tipo indigno, en el mantenimiento de las condiciones que les rodean. La explicación que aquí proponemos no imputa ningún motivo indigno. La oposición de la clase ociosa a los cambios en el esquema cultural es instintiva y no descansa primordialmente en un cálculo interesado de las ventajas materiales; es una revulsión instintiva contra todo intento de apartarse de la aceptada modalidad de hacer o considerar las cosas—revulsión común a todos los hombres y que sólo puede ser superada por la fuerza de las circunstancias—. Todo cambio en los hábitos de vida y de pensamiento es molesto. La diferencia a este respecto entre los ricos y la gente normal y corriente no estriba tanto en el motivo que impulsa al conservadurismo como en el grado de exposición a las fuerzas económicas que provocan el cambio. Los miembros de la clase acaudalada no ceden a la demanda de innovación con igual prontitud que otros hombres, porque no se ven obligados a hacerlo así.

Este conservadurismo de la clase rica es un hecho tan obvio que ha llegado incluso a ser reconocido como signo de respetabilidad. Como el conservadurismo es una característica de la parte más adinerada —y, por tanto, de mejor reputación— de la comunidad, ha adquirido un cierto valor honorífico o decorativo. Ha llegado a ser prescriptivo al extremo de que en nuestras nociones de respetabilidad va comprendida, como cosa normal, la adhesión a las ideas conservadoras, y se impone de modo imperativo a todos los que quieren llevar una vida impecable desde el punto de vista de la reputación social. El conservadurismo, como es una característica de la clase social más alta, es decoroso; la innovación, por el contrario, como es un fenómeno propio de la clase inferior, es vulgar. El primero y más irreflexivo elemento en esa revulsión y reprobación instintivas con las que reaccionamos ante toda innovación social es ese sentimiento de la esencial vulgaridad de la cosa. De tal modo que, incluso en los casos en que se reconocen los méritos sustanciales de los que el innovador es portavoz —como puede ocurrir con facilidad cuando los males que trata de remediar son suficientemente remotos en el tiempo, en el espacio o en el contacto personal— uno no puede, a pesar de ello, dejar de registrar el hecho de que el innovador es una persona con la que resulta, por lo menos, desagradable estar asociado, y de cuyo contacto social uno debe abstenerse. La innovación es mala cosa.

El hecho de que los usos, acciones e ideas de la clase ociosa acomodada adquieran el carácter de un canon prescriptivo de conducta para el resto de la sociedad, añade peso y alcance a la influencia conservadora de esa clase. Hace que todas las personas de reputación se vean obligadas a seguir su ejemplo. Así ocurre que, en virtud de su posición privilegiada como encarnación de las buenas formas, la clase más rica viene a ejercer en el desarrollo social una influencia retardataria mucho mayor de la que le corresponde por la simple fuerza numérica de dicha clase. Su ejemplo prescriptivo opera en el sentido de robustecer en gran medida la resistencia de todas las demás clases contra cualquier innovación y de fijar los afetos de los hombres en las buenas instituciones que les han sido entregadas por una generación anterior.

Hay un segundo modo en que la influencia de la clase ociosa actúa en la misma dirección en lo que se refiere a obstaculizar la adopción de un esquema convencional de vida más acorde con las exigencias de la época. En todo rigor, este segundo método por el que se guía la clase superior no debería colocarse en la misma categoría que el conservadurismo instintivo y la aversión a los nuevos modos de pensamiento de que hemos hablado hace un momento; pero podemos muy bien tratar de él en este lugar, ya que, por lo menos, tiene en común con el hábito conservador de pensamiento el hecho de que actúa para retrasar la innovación y el desarrollo de la estructura social. El código de lo que es apropiado y de los usos decorosos en boga en un pueblo y una época determinados tiene, en mayor o menor grado, el carácter de un todo orgánico; de tal manera que cualquier cambio apreciable en un punto del esquema implica algún tipo de cambio o de reajuste en otros puntos del mismo, o incluso una reorganización de la totalidad del esquema. Cuando se hace un cambio que sólo afecta inmediatamente a un punto poco importante del esquema, puede que la perturbación consiguiente de la estructura de convenciones resulte inapreciable; pero aun en ese caso, puede decirse con toda seguridad que alguna perturbación de mayor o menor alcance tendrá lugar en el esquema. Por otra parte, cuando un intento de reforma implica la supresión o la completa remodelación de una institución de primera importancia en el esquema convencional, se ve inmediatamente que tiene que producirse una seria perturbación en todo el esquema; se ve que un reajuste de la estructura a la nueva forma adoptada por uno de sus elementos principales tiene que ser un proceso doloroso y tedioso, si no ambiguo e incierto.

Para darse cuenta de la dificultad que implicaría un cambio tan radical en cualquiera de las características del esquema convencional de vida, sólo haría falta sugerir la supresión de la familia monogámica, o del sistema agnaticio de consanguinidad, o de la propiedad privada, o de la fe teísta en cualquier país de la civilización occidental; o suponer lo que sería la supresión del culto a los antepasados en China, del sistema de castas en la India, de la esclavitud en África, o el establecimiento de la igualdad de los sexos en los países mahometanos. No se necesita argumento alguno para demostrar que la perturbación producida en la estructura general de convencionalismos en cualquiera de esos casos habría de ser muy considerable. Para efectuar una innovación de este tipo, habría de tener también lugar una profunda alteración en los hábitos de pensamiento de los hombres en otros puntos del  esquema, distintos del inmediatamente afectado por el cambio en cuestión. La aversión a una innovación así equivale a repudiar un esquema de vida que nos resulta esencialmente ajeno.

La revulsión que experimenta la buena gente ante cualquier propuesta de apartarse de los métodos de vida aceptados, es un hecho muy común y conocido de la experiencia cotidiana. No es raro oír a esas personas que dispensan consejos y amonestaciones saludables a la comunidad, expresarse vigorosamente en contra de los efectos perniciosos y de gran alcance que la comunidad experimentaría como consecuencia de cambios relativamente ligeros, tales como la separación entre la Iglesia anglicana y el Estado británico, o un aumento de las facilidades para divorciarse, o la adopción del sufragio femenino, o la prohibición de la manufactura y venta de bebidas alcohólicas, o la abolición o restricción de la herencia, etc. Cualquiera de estas innovaciones —se nos dice— "sacudiría la estructura social en su misma base", "reduciría la sociedad al caos", "subvertiría los fundamentos de la moral", "haría la vida intolerable", "perturbaría el orden natural", etc. Estas expresiones varias son, sin duda, de naturaleza hiperbólica, pero, a la vez, como toda exageración, son prueba de un agudo sentido de la gravedad de las consecuencias que se proponen describir. Se piensa que el efecto producido por estas innovaciones y otras semejantes al desbaratar el esquema general de vida aceptado sería de consecuencia mucho más grave que la simple alteración de cualquiera de los artificios ideados para conveniencia del hombre en sociedad. Lo que es cierto en un grado tan patente de las innovaciones de primera importancia, lo es también en menor escala de los cambios que tienen una importancia inmediata más reducida. La aversión al cambio es en gran parte una aversión a la inconveniencia de realizar el ajuste exigido por cualquier cambio; y esta solidaridad del sistema de instituciones de cualquier cultura o pueblo determinados fortalece la instintiva resistencia que todo cambio ha de encontrar en los hábitos de pensamiento de los hombres, aun en cuestiones que, consideradas en sí mismas, son de menor importancia.

(Thorstein Veblen, Teoría de la Clase Ociosa, 206-11).




Explicación de la moda, y de la moda femenina 
 




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A BIBLIOGRAPHY ON GENDER

miércoles, 7 de mayo de 2014

A Bibliography on Gender



caution

A listing on gender and gender studies, from an earlier edition of my Bibliography of Literary Theory, Criticism, and Philology, http://bit.ly/abiblio. Now to be found as a series of web pages here:


GENDER

—a listing excluding other topics in Sexuality, Gender and literature, Feminist criticism, Women's studies... etc. Because the bibliography includes other lists on those subjects.




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Perros y gatos en la clase ociosa

lunes, 5 de mayo de 2014

Perros y gatos en la clase ociosa

Para Thorstein Veblen, el principio de diferenciación de clases sociales mediante señales de derroche ostentoso rige la realidad económica y la vida social. Todo sirve para la comparación odiosa: el ocio y el derroche se valoran, el trabajo y lo útil se consideran deshonrosos y cosa de pobre gente. El principio de la ostentación despilfarradora organiza las costumbres y modales, las nociones de lo honorable y deshonorable, los gustos de la moda, lo que consideramos bonito y feo, y se aplica hasta a los perros y gatos. Nada se rige sin más por su mérito o valor de uso—antes bien pasa por el filtro de las apariencias y por el teatro de la ostentación social:

En el caso de los animales domésticos que son honorables y se consideran hermosos, hay una base subsidiaria de mérito de la cual debe hablarse. Aparte de los pájaros que pertenecen a la clave honorable de animales domésticos y que deben su lugar en esta clase exclusivamente a su carácter no lucrativo, los animales que merecen particular atención son los perros, los gatos y los caballos de carreras. El gato es menos prestigioso que los otros dos animales que acabamos de mencionar, porque derrocha menos; hasta puede ocurrir que sirva para algún fin útil. Al mismo tiempo, el temperamento del gato no le hace idóneo para un propósito honorífico. Vive con el hombre en un régimen de igualdad; no tiene noticia de esa relación de status que es la antigua base de toda jerarquía de valores, honor y reputación, y no se presta fácilmente a ser objeto de una comparación odiosa entre su propietario y los vecinos de éste. La excepción a esta regla tiene lugar cuando se trata de productos tan escasos y exóticos como el gato de Angora, el cual tiene un cierto valor de honorabilidad que está basado en su alto costo, circunstancia que le da un derecho especial a ser considerado bello por razones pecuniarias.

El perro tiene ventajas tanto por su falta de utilidad como por ciertos rasgos especiales de su temperamento. En un sentido eminente, se dice de él que es el amigo del hombre, y se alaban su inteligencia y su lealtad. Lo que esto significa es que el perro es el siervo del hombre y que posee el don de la ciega obediencia y la prontitud del esclavo a la hora de averiguar cuáles son los deseos del amo. Junto con estas características que le capacitan bien para la relación de status—características que, para lo que aquí nos ocupa, vamos a calificar de útiles—el perro tiene algunas otras de valor estético más equívoco. El perro es, en lo que se refiere a su persona, el más sucio de los animales domésticos y el de hábitos más molestos. Esto lo compensa con una actitud servil y aduladora hacia su amo y una gran inclinación a dañar y fastidiar a todos los demás. Así pues, el perro se recomienda a nuestro favor porque nos permite ejercer nuestra inclinación al mando, y como es también un artículo costoso y no sirve por lo común ningún propósito de tipo industrial, ocupa en el concepto del hombre un lugar firme en cuanto objeto de prestigio. Al mismo tiempo, el perro se asocia en nuestra imaginación con la caza—ocupación meritoria y expresión del impulso depredador honorable. bulldog

Afincado en este terreno ventajoso, cualquier belleza de forma y movimiento y cualquiera de los rasgos mentales encomiables que pueda poseer son convencionalmente reconocidos y magnificados. Y hasta aquellas variedades de perro que por una serie de cruces han llegado a adquirir una deformación grotesca, se consideran bellas, y de buena fe, por muchos entusiastas de los perros. Estas variedades de perro—y lo mismo puede decirse de otros animales de fantasía—son clasificadas y jerarquizadas en lo concerniente a su valor estético en proporción a lo grotescas que puedan ser y al grado de inestabilidad que su deformidad particular pueda asumir en cada caso. Para el propósito que ahora nos ocupa, esa utilidad diferencial basada en lo grotesco e inestable de la estructura es reducible a términos de una mayor escasez y del gasto consiguiente. El valor comercial de las monstruosidades caninas, tales como los estilos dominantes de perros favoritos tanto para uso de caballeros como para el de damas, se basa en su alto costo de producción; y el valor que ofrecen para sus propietarios consiste, sobre todo, en su utilidad como artículos de consumo ostensible. Indirectamente, como reflejo de su costo honorable, se les imputa un valor social; y así, mediante una fácil sustitución de palabras e ideas, llegan a ser admirados y estimados como bellos. Y como cualquier cuidado que pueda prestarse a estos animales no es ni ganancioso ni útil, también es por ello mismo prestigioso; y como el hábito de cuidarlos no es, consecuentemente, censurable, puede llegar a convertirse en un afecto habitual de gran tenacidad y del más benévolo carácter. De manera que en el afecto concedido a los animales favoritos se encuentra presente, de forma más o menos remota, el canon de lo costoso como norma que guía el sentimiento y la selección del objeto. Lo mismo puede decirse, como se echará de ver en seguida, respecto al afecto por las personas, si bien la forma con que la norma actúa en este caso es algo diferente.



Veblen y la teatralidad

The Americanization of Narcissism

domingo, 4 de mayo de 2014

The Americanization of Narcissism

BOSTON PSYCHOANALYTIC SOCIETY AND INSTITUTE

HANNS SACHS LIBRARY


invites you to

MEET THE AUTHOR

Elizabeth Lunbeck, PhD    


The Americanization of Narcissism 

Harvard University Press, 2014 



Tuesday, May 20, 2014



169 Herrick Rd, Newton MA 02459



    7:45 p.m. reception

    8:15 p.m. book discussion

    9:30 p.m. book signing



 

About the Book:   

 American social critics in the 1970s, convinced that their nation was in decline, turned to psychoanalysis for answers and seized on narcissism as the sickness of the age. Books indicting Americans as greedy, shallow, and self-indulgent appeared, none more influential than Christopher Lasch's famous 1978 jeremiad The Culture of Narcissism. This line of critique reached a crescendo the following year in Jimmy Carter's "malaise speech" and has endured to this day.

 

But as Elizabeth Lunbeck argues, the American critics missed altogether the breakthrough in psychoanalytic thinking that was championing narcissism's positive aspects. Psychoanalysts had clashed over narcissism from the moment Freud introduced it in 1914, and they had long been split on its defining aspects: How much self-love, self-esteem, and self-indulgence was normal and desirable? While Freud's orthodox followers sided with asceticism, analytic dissenters argued for gratification. Fifty years later, the Viennese émigré Heinz Kohut led a psychoanalytic revolution centered on a "normal narcissism" that he claimed was the wellspring of human ambition, creativity, and empathy. But critics saw only pathology in narcissism. The result was the loss of a vital way to understand ourselves, our needs, and our desires.
Narcissism's rich and complex history is also the history of the shifting fortunes and powerful influence of psychoanalysis in American thought and culture. Telling this story, The Americanization of Narcissism ultimately opens a new view on the central questions faced by the self struggling amid the tumultuous crosscurrents of modernity.

 

"A penetrating intellectual history of perhaps the most important decade of American psychoanalysis. Lunbeck reveals the basic machinery of psychoanalytic discourse in the context of historical and cultural movements of the fin de siècle. It is a highly entertaining and deeply edifying read" - Peter Fonagy, University College London.

"Lunbeck brilliantly conveys the ins and outs of narcissism in the past century. With a historian's insight, she marshals sources from the popular press to the academic and psychoanalytic literature to produce a highly readable book that will be of very great interest to a broad range of readers" - Anton O. Kris, Harvard Medical School. 

About the Author

Elizabeth Lunbeck teaches courses in the history of psychoanalysis in the Department of the History of Science at Harvard and is a candidate at the Boston Psychoanalytic Society and Institute.

 

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Debate sobre el ateísmo

sábado, 3 de mayo de 2014

Debate sobre el ateísmo



El ateísmo, programa Negro sobre blanco, emitido por Televisión Española, TVE2, el miércoles 2 de julio de 1997, presentado por Fernando Sánchez Dragó, con la participación de Gustavo Bueno, Gonzalo Puente Ojea y Antonio López Campillo.