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Vanity Fea

Literatura y crítica

Escenas conyugales

Escenas conyugales


En Los enamoramientos, de Javier Marías, recordando episodios de Dumas y de Balzac:

'Os cruzasteis ya en mi camino', le dice Athos, algo así, 'creía haberos fulminado, Madame; pero o bien me equivocaba o el infierno os ha resucitado.' Y añade, respondiendo a su propia duda: 'Sí, el infierno os ha hecho rica, el infierno os ha dado otro nombre, el infierno casi os ha reconstruido otro rostro; pero no os ha borrado las manchas del alma ni la mancilla de vuestro cuerpo'. Y poco después viene la cita de la que me acordé, en mi camino hacia Díaz-Varela por última o penúltima vez: 'Me creíais muerto, ¿no es así?, como os creía yo muerta a vos. Nuestra posición es en verdad extraña; el uno y el otro hemos vivido hasta ahora tan sólo porque nos creíamos muertos, y porque un recuerdo molesta menos que una criatura, aunque a veces un recuerdo sea algo devorador'.in the cut
     Si se me quedó en la memoria, o ésta la recuperó, es porque a medida que vamos viviendo esas palabras de Athos se parecen más a una verdad: se puede vivir con un remedo de paz, o simplemente continuar, cuando se cree fuera de la tierra y difunto al que nos causó enorme daño o pesar; cuando ya es sólo un recuerdo y no más una criatura, no más un ser vivo que alienta y todavía recorre el mundo con sus pasos envenenados, al que podríamos volver a encontrar y ver; alguien a quien, de saberlo emboscado—de saberlo aún por aquí—, querríamos rehuir a toda costa, o lo que es más mortificante, hacer pagar por su mal. La muerte del que nos hirió o mató en vida —expresión exagerada que ha acabado por ser común— no nos cura del todo ni nos faculta para olvidar, el propio Athos acarreaba su remota pesadumbre bajo su disfraz de mosquetero y su nueva personalidad; pero nos aplaca y nos deja vivir, respirar se hace más llevadero si nos quedan sólo una remembranza que ronda y la sensación de tener saldadas las cuentas en este mundo que es el único, por mucho que siga doliendo ese recuerdo cada vez que se lo convoca o que se presenta sin ser llamado. En cambio puede resultar insoportable saber que aún se comparte aire y tiempo con quien nos destrozó el corazón o nos engañó o traicionó, con quien nos arruinó la vida o nos abrió demasiado los ojos o con demasiada brutalidad; puede paralizarnos que esa criatura aún exista, que no haya sido fulminada ni colgada de un árbol, y pueda reaparecer. Es otra razón más para que los muertos no regresen, al menos aquellos cuya condición nos provoca alivio y nos permite avanzar, si se quiere como espectros, tras enterrar nuestro antiguo yo: a Athos como a Milady, al Conde de la Fère como a Anne de Breuil, se lo permitieron durante años sus creencias respectivas de que el otro era sólo un muerto y ya no hacía temblar ni una hoja, incapaz de respirar; también la suya a Madame Ferraud, que rehízo sin estorbos su vida porque para ella su marido, el viejo Coronel Chabert, sin duda era solamente un recuerdo, y ni siquiera devorador. (...)
      Pero esto es una novela, como me dijo Javier cuando le pregunté qué le había pasado a Chabert: "Lo que pasó es lo de menos, y lo que ocurre en ellas da lo mismo y se olvida, una vez terminadas. Lo interesante son las posibilidades e ideas que nos inoculan y traen a través de sus casos imaginarios, se nos quedan con mayor nitidez que los sucesos reales y los tenemos más en cuenta". No es verdad, o sí lo es muchas veces, pero no siempre se olvida lo que pasó, no en una novela que casi todo el mundo conocía o conoce, hasta los que jamás la han leído, ni en la realidad cuando lo que sucede en ella nos sucede a nosotros y va a ser nuestra historia, que pueda terminar de una manera u otra sin que ningún novelista lo fije ni dependa de nadie más... Sí, ojalá Javier hubiera muerto y se hubiera convertido también en recuerdo', volví a pensar. 'Me ahorraría mis problemas de conciencia y mi miedo, mis dudas y tentaciones y tener que decidir, mi enamoramiento y mi necesidad de hablar. Y lo que me espera ahora, hacia lo que voy, que quizá sea algo parecido a una escena conyugal.'

El proceso de las nostalgias
 


Caos de elementos en disolución progresiva

Caos de elementos en disolución progresiva

Sábado 10 de diciembre de 2011
young beckett
Caos de elementos en disolución progresiva

Qué tiempos, aquéllos en los que yo me especializaba en la obra de Samuel Beckett. Ahora se traduce al español su primera novela, Dream of Fair to Middling Women, perteneciente al género raro-extravagante:

Samuel Beckett. Sueño con mujeres que ni fu ni fa. Trad. José Francisco Fernández y Miguel Martínez-Lage. Barcelona: Tusquets, 2011.

El manuscrito es de principios de los años 30, y entonces quedó inédito, para la vida póstuma, posiblemente un destino que le hacía justicia. En inglés se publicó la novela a principios de los noventa, y por entonces escribí una notita al respecto, nada del otro jueves. Señalaba (como curiosidad) una conjunción inesperada entre la obra de Samuel Beckett y las jotas guarras— a form of literary statement to which we object particularly.

Silence once broken


Watchtower of Hindsight

Watchtower of Hindsight

columpiobarco

A response to a LinkedIn discussion on the legitimacy of "research of literary material written far removed by us, timewise, using modern knowledge"

Hindsight is a great source of insight. And one of the advantages of studying a work from the past is that we stand in a position of hindsight, and can see (for instance because of future developments in the genre of the work, or later studies on its subject matter) many things which were invisible, or only partially visible, to the author. We also have the tradition of commentaries of that work at our disposal—and that is something no contemporary of the author may know. Contemporaries do have their own set of advantages, as regards the response to a work, but we latecomers should not forgo the special benefits afforded by our retrospective watchtower.

La atalaya retrospectiva
 


Bend Sinister

Bend Sinister

From Defoe's Roxana or the Fortunate Mistress—first read in 1983, I'm rereading it these days:

But to look back to the particular Observation I was making, which, I hop may be of Use to those who read my Story; I say, it was something wonderful to me, to see this Person so exceedingly delighted at the Birth of this Child, and so pleas'd with it; for he would sit and look at it, and with an Air of Seriousness sometimes, a great while together; and particularly, I observ'd, he lov'd to look at it when it was asleep.
     It was, indeed, a lovely, charming Child, and had a certain Vivacity in its Countenance, that is, far from being common to all Children so young; and he would often say to me, that he believ'd there was something extraordinary in the Child, and he did not doubt but he would come to be a Great Man.
     I could never hear him so, but tho' secretly it pleas'd me, yet it so closely touch'd me another Way, that I could not refrain Sighing, and sometimes Tears; and one time, in particular, it so affected me, that I could not conceal it from him; but when he saw Tears run down my Face, there was no importunate to be deny'd, in a thing of that Moment; so I frankly answer'd, It sensibly affects, me, MY LORD, said I, that whatever the merit of this little Creature may be, he must always have a Bend on his Arms; the Disaster of his Birth will be always, not a Blot only to his Honour, but a Bar to his Fortunes in the World; our Affection will ever be his Affliction, and his Mother's Crime be the Son's Reproach; the Blot can never be wip'd out by the most glorious Actions; nay, if it lives to raise a Family, said I, the Infamy must descend even to its innocent posterity.
     He took the Thought, and sometimes told me afterwards, that it made a deeper Impression on him, than he discover'd to me at that time; but for the present, he put it off, with telling me, these things cou'd not be help'd; that they serv'd for a Spur to the Spirits of brave Men; inspir'd them with the principles of Gallantry, and prompted them to brave Actions; that tho' it might be true, that the mention of Illegitimacy might attend the Name, yet that Personal Virtue plac'd a Man of Honour above the Reproach of his Birth; that as he had no Share in the Offence, he would have no Concern at the Blot; when having by his own Merit plac'd himself out of the reach of Scandal, his Fame shou'd drown the Memory of his Beginning.



A photo on Flickr

On disliking Jane Austen

On disliking Jane Austen


Another commentary in The Joys of Teaching Literature:

I confess that I don’t share your dislike for Jane Austen, she is a delight to read, whatever her notions (like Milton, or Homer, say) and I’m a sucker for Jane Austen films as well, but anyway, count that out as a personal weakness. Now what I question is when you say take these authors to task for their belief that “a single man may be in want of a wife but remain single, whereas a single woman is always in dire need of finding a husband even when she’s rich” – this assumption is not their own, but their age and culture’s, it’s something like the atmosphere they breathe, so I find it’s unfair to ask them to question it. There are other worlds, but they are (were) in this one. And I think that in this social milieu of course women were (in principle) worse off if they did not get married, they became something like third-class citizens, assuming married women were the second-class ones. It’s a matter of social status and identity above anything else, perhaps, and you know status of all kinds did matter in Austen’s world. Now perhaps she shows her heroes in too good a light, the solid men I mean, but you only have to look at the older generation of her characters and find what the marriages might look like a few years afterwards, she’s more skeptical there. She’s more of an ironist than a romantic, I find, in spite of the successful love story on which the plot is built.


 La joven Jane Austen


Caligrafía de los sueños

domingo 27 de noviembre de 2011

Caligrafía de los sueños

La última novela de Marsé recrea el ambiente de su adolescencia en la Barcelona de posguerra. Mucho de autobiográfico parece ir del autor al protagonista, Ringo, un chaval que iba para aprendiz de joyero, pero que le pilló un dedo un torno y se lo arrancó. Ringo es un fantasioso, un imaginativo, que entretiene a su pandilla inventando aventuras copiadas del cine y de los westerns, aderezadas de fantasías eróticas. También iba para pianista, y no pierde la ilusión, sueña aún con ser el pianista de nueve dedos, admiración de las salas de concierto. Y le atrae una vecina suya, Violeta Mir, que a la vez le disgusta, y en su acercamientos y alejamientos de ella va pasando su adolescencia. Mientras, se va enterando de los tejemanejes de su padre, izquierdista mal asentado en la Nueva España, que lleva de contrabando matarratas, mensajes,caligrafia de los intrigas... y se va distanciando poco a poco de su familia. Desde su posición de observador del barrio, Ringo es testigo de la historia de enamoramiento de la sentimental, indiscreta y ridícula señora Mir, madre de Violeta, con un realquilado suyo, el señor Alonso, a quien echa de casa un día para luego estar obsesivamente pendiente de él, de una carta que le ha prometido... Ringo hará de mensajero incompetente entre la casa de los Mir y el señor Alonso, perdiendo una carta que le encomienda éste, haciéndose el interesante con Violeta y luego dándole desplantes, aunque éstos son mutuos...  todo mientras lee a Hemingway, a Balzac, a Salgari, a Hamsun, a un montón de autores en la taberna del barrio. Es un testigo atento pero sólo medianamente competente, y un mensajero desastroso, peor que el de L. P. Hartley en The Go-Between, esta vez entre dos amantes avejentados e improbables. Al final, apiadado por la pérdida de cabeza de la señora Mir, ya totalmente bovarizada y alcoholizada, escribe él mismo la carta que perdió, o más bien la que debería haber sido, la que debió haber escrito el ahora desaparecido señor Alonso—una carta de amor imposible y de despedida hasta la eternidad. Sólo para enterarse años después de que el señor Alonso a quien le rondaba era a la chavala Violeta, y no a su madre, una variante de la historia de Lolita de barriada obrera. En una Barcelona en la que nadie dice una palabra de catalán, por cierto. Con esa carta fantasiosa y bien intencionada, Ringo se estrena como escritor, la novela es también un Künstlerroman, pero con un toque de desengaño y escepticismo, pues el escritor que corrige la realidad con sus ficciones acaba descubriendo, después de haber hecho lo posible con su pequeña aportación, que la realidad que corrige era una apariencia, una ficción más. Que no por mucho observar se entera uno de lo que tiene delante, que el tiempo acaba mostrando que las acciones de uno siempre son torpes o de través, y que la realidad que creemos recuperar en el recuerdo está siempre infectada por el desfase entre lo que sabíamos entonces y lo que acabaríamos sabiendo. Eso vuelve mucho más relativas e inciertas todas las empresas humanas, incluso la del escritor que intenta enfrentarse al problema de la realidad que nunca coincide con el deseo. Como emblema de ese desfase entre el deseo y la realidad, enigma sobre la validez de nuestras empresas, están el leopardo congelado en el Kilimanjaro, en el cuento de Hemingway, y su trasunto local, una especie de stairway to heaven que no lleva a ninguna parte, en una colina pelada pero pronto urbanizable, muy frecuentada por la señora Mir, cerca del barrio del Carmelo:

En su vertiente sur, labrados sobre una roca, hay tres solitarios peldaños de una escalera que nunca se terminó, que nadie sabe adónde quería subir.

Ahí empieza la escritura de Ringo, y allí empieza, o quizá acaba, la de Marsé.
Nuestras intenciones, nuestras palabras y y nuestras acciones son nuestras, creemos, pero es un enigma dónde aterrizarán, y qué efectos producirán, y qué opinión nos merecerán vistas desde lejos, en retrospectiva. No por nada empieza la novela con una cita del pasaje de Walter Benjamin sobre el ángel de la historia. Porque nada nos pertenece del todo, y ni siquiera nuestro pasado más familiar está a salvo del sesgo que le da el tiempo que le va cayendo encima.

 Case histories
 


Sobre "la" regla del texto

Sobre "la" regla del texto


chasm
Comentario sobre un comentario de un texto de Derrida:

El inconveniente de postular que el texto tiene "una" regla es que entonces, en puridad, sólo podría ser leído una vez, lo cual parece contradictorio. Todas las lecturas ingenuas no habrían desvelado la regla del texto, o no la habrían añadido a sí mismo, si se prefiere, en una formulación explícita - y todas las lecturas posteriores a la lectura crucial, la lectura-escritura crítica, no podrían quizá más que reconocer ese gesto, sin poder siquiera repetirlo, pues el único añadido posible, el de "su regla" al texto, ya estaría hecho. Más razonable parece (en este texto que le añado al texto de Derrida "La farmacia de Platón" comentado o completado por José Luis Pardo) suponer que un texto obedece a muchas reglas, más o menos explícitas, más o menos explicitables en un contexto determinado, siempre a través (en eso convengo) de una relación con una lectura crítica que culmina el texto y revela su regla revelando por ejemplo sus costuras—en este caso que comento, se trataría de la costura que presupone que el propio contexto de lectura es el privilegiado, el que por fin desvela el texto, o la regla (única, crucial) que lo estructura y que no era más que entrevista por los lectores previos o por el propio autor - hay que suponer que era entrevista o intuida por ellos, digo, porque la alternativa es demasiado triste para los lectores previos, que habrían estado atrapados en un largo proceso de incomprensión, una comunicación fracasada, y sería también una presuposición demasiado presuntuosa para el crítico que "por fin" la desvela. La crítica desvela constantemente diversas "reglas" que operan en los textos, y que se vuelven relevantes, o especialmente visibles, desde el punto de vista del proyecto que articula otro texto, el texto crítico. No hay que creer que el único proyecto del texto crítico es el texto del autor que éste comenta - como decía Gérard Genette, siempre hay otras personas "al lado".


La espiral hermenéutica
 


Total Topsight

Total Topsight


One possible collateral benefit of the "everybody dies" narratives about mass destruction, nuclear war and apocalypse, is that a small narrative trick allows the virtual observer to survive—namely, narrative topsight. If everyone dies there is no-one left to told the story, and this may be the case in some apocalyptic narratives. Still, the narrative allows us, as virtual observers, to watch the apocalypse and to evaluate the consequences, a virtual viewing position which is I suppose a narrative paradox. These narratives, then, are the ultimate touchstone for narrative retrospection: narratives can retrospect (being structure as they are by a built-in retrospective stance) even when there is no one to do the retrospecting. It is kind of satisfactory, in a way, it places you in the position of the one who survives all the rest, absolute topsight— a narrative delirium.
spectatorStill, the disgust may well outweigh the delight, as in fact there are very few narratives of absolute, guaranteed, universal destruction. Mary Shelley's The Last Man leaves us with the last man still living and poised towards the future, and being a limited first-persona narrative he doesn't even have the absolute certainty that he is the last man indeed. A satirical spree like Dr Strangelove ends with a gesture of mass destruction, but well, even the rational lunatics who built the atomic arsenals must have had some hope of someone surviving, at least someone in their circle if not themselves. And two of the bleakest recent contributions, The Road (book and film) end on a note of hope, and avoid absolute destruction. So did the film 2012. Abandon hope of total topsight, all ye, the end is not yet at hand!

Jose Angel Garcia Landa
http://www.garcialanda.net


(An answer to this thread on the Narrative-List by Michael Frank):

a thread on the film-philosophy list-serv has been looking at movies in which, at the end, everybody dies – with some interesting speculation about whether, in such cases, the camera itself might be understood to have the horatio function
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a recent post pointed to On the Beach and Dr. Strangelove as examples of that category of film, and added “In short, any of the anti-nuclear films from the Cold War era that end with mutually assured destruction as the wargamers so thoughtfully labeled it.”

this led me to wonder more generally about the reasons why a narrative might end with the death of everyone and prompted the following post which i suspect raises an interesting narratological issue, so i forward it to this list-serv as well:

this response raises what is – to me at least – the more interesting question, specifically what is the narratological and/or ideological function of the mass mortality . . . in anti-nuke cold war films the purpose is pretty clear, and this purpose entails the deaths of people we have not actually gotten to know in the story/film/play . . . . where characters we HAVE gotten to know are made to die as part of a resolution something radically different is going on   . . .
 



Poe-tics of Topsight