Leía en El Catoblepas un artículo de José María García de Tuñón Aza sobre Victoria Kent—la diputada progresista que ha pasado a la historia por la triste gloria de oponerse al voto femenino en la Segunda República. Es interesante leer lo que se dice al respecto ahí. Pero me ha llamado la atención sobre todo este párrafo:
"curiosamente fue la dictadura de Primo de Rivera la que concedió los primeros derechos políticos a las mujeres. El Estatuto Municipal (9 de marzo de 1924), otorgaba el voto a las mujeres en las elecciones municipales con muchas restricciones: sólo podían votar las emancipadas mayores de 23 años, las casadas y las prostitutas quedaban excluidas. Luego con motivo de un plebiscito, organizado por la Unión Patriótica para mostrar adhesión al régimen en el tercer aniversario del golpe, se permitió emitir el voto a los españoles mayores de 18 años sin distinción de sexo."
Tiene su aquél, pero ya ven, la historia es más complicada de lo que se cuenta. También comienza el artículo con Victoria Kent recordando a José Antonio Primo de Rivera como "Un perfecto caballero, un perfecto hombre, con toda la cortesía."
Como se sabe, en la primera Cámara republicana, las mujeres podían ser elegidas pero no electoras. Clara Campoamor defendió elocuentemente el voto femenino, ganó su moción, apoyada por los partidos de izquierda... En las siguientes elecciones, votando ya las mujeres, ganaron las derechas según preveía Victoria Kent... e, irónicamente, de las dos diputadas que habían debatido la cuestión, Campoamor y Kent, ¡ni la una ni la otra fueron reelegidas al nuevo parlamento!
"Sin embargo fueron elegidas a las Cortes otras cinco mujeres que para nada habían participado en aquella lucha por el voto femenino: Margarita Nelken, Matilde de la Torre, María Lejárraga y Veneranda García-Manzano, todas ellas socialistas."
(Énfasis mío. La vida es injusta). También salió una diputada de la CEDA.
Años antes, aunque no llegó a convertirse en ley, fue también la derecha quien propuso el voto para las mujeres, leo en Almendrón:
"el diputado conservador Burgos Mazo presentó, en noviembre de 1919, un nuevo proyecto de ley electoral que otorgaba el voto a todos los españoles de ambos sexos mayores de 25 años que se hallan en el pleno goce de sus derechos civiles, pero incapacitaba a las mujeres para ser elegibles"
Y también que "en la Asamblea Nacional, constituida en 1927 en un intento de recubrir al régimen con un ropaje pseudodemocrático, se reservaron algunos escaños para mujeres elegidas de forma indirecta desde ayuntamientos y diputaciones." Ah, historias desagradables. Es más bonito lo de las mujeres socialistas desfilando y pidiendo el voto para la mujer. También hubo alguna, claro, aunque desfilaba bastante sola. Y a Clara Campoamor, desde luego, le hicieron el vacío esplendorosamente.
Otra anécdota divertida (por así decirlo) es que Franco concedió el sufragio universal en la Ley del Referéndum Nacional de 1945, a los mayores de 21 años, sin distinción de sexo. A esa ley, luego derogada, le debemos la apoyatura legal para aprobar nuestra Constitución y nuestra Monarquía. Lo mismo puede decirse de la Ley de Reforma Política de 1976—Franco ya había muerto, pero fueron las cortes franquistas las que la aprobaron.
Total, que en el cuadro de honor del Sufragio Femenino en España, aparte de algún parlamentario y parlamentaria de derechas, hay que incluir a Primo de Rivera y a Franco. Ah, y a Unamuno. Ironías de la historia serán, pero Victoria Kent no entra en el cuadro ni con calzador. Llámesela feminista si se quiere, en sentido amplio, pero sufragista malamente.
Exiliada en América tras la guerra mundial, Victoria Kent impulsó un partido republicano que no llegaría a obtener representación parlamentaria al llegar la Transición. Al parecer había abandonado ya su idea de privar del voto a las mujeres, incluida ella misma. Es curioso que su celo no llegase hasta querer privarlas de la posibilidad de ser elegidas. Claro que diputada ya era cuando mantenía estas ideas.
Me voy a una conferencia del ámbito cultural del Corte Inglés, atiborrada de gente. Va sobre Los Bañales, la ciudad romana en ruinas situada entre Sádaba y Uncastillo.
Los Bañales: Presente y futuro de una ciudad romana en las cinco villas
Dr. Javier Andreu
La Fundación Uncastillo ha trabajado, desde 2008, por el proyecto de “Los bañales” para situar a su ciudad romana en la vanguardia de la Arqueología en Aragón y convirtiendo al yacimiento en uno de los más valorados en los circuitos investigadores internacionales y de los más visitados. El Director Científico, Javier Andreu, explicará los trabajos arqueológicos que se han realizado y que han puesto al descubierto un espectacular foro: la plaza pública de la ciudad acercando a nuestros días la vida cotidiana de una ciudad romana de Aragón. Este trabajo también ha servido para la concesión de becas para estudiantes universitarios españoles y europeos, gracias a la ayuda de empresas privadas, que ha favorecido un despliegue cultural en la zona.
No se sabe qué acabó con esta ciudad, aunque ya decaía hacia el año 200 d.c. He leído en algún sitio que hubo unas pestes terribles por entonces, con mortandades masivas, en el Valle del Ebro—y podría ser una razón, aunque al parecer no hay pruebas.
Tampoco se sabe qué ciudad era, exactamente. Es posible que sea una de las que menciona Plinio el Viejo cuando describe los territorios que rodean Zaragoza y que estaban sometidos a su jurisdicción—con esa curiosa separación que había en el Imperio según estatutos legales y culturas o pueblos diversos. Poco melting pot había por entonces, y cada tribu estaba con los suyos:
Cesaraugusta, colonia exenta de tributo, es bañada por el Ebro. En su emplazamiento hubo antes una población que se llamaba Salduvia, del territorio de Edetania. Acuden a ella cincuenta y cinco pueblos: entre los de ciudadanos romanos están los bilbilitanos, los celsenses, antes colonia, los calagurritanos que se apellidan násicos; los ilerdenses, que son de la nación de los surdaonos junto a los que core el río Sícoris; los oscenses—del territorio de Suesetania—, los turiasonenses. Entre los de derecho latino los cascantenses primitivos, los ergavicenses, los gracurritanos, los leonicenses, y los osicerdenses. Entre los federados, los tarracenses. Entre los tributarios los arcobrigenses, los andelonenses, los aracelitanos, los bursaonenses, los calagurritanos que se apellidan fibularenses, los complutenses, los carenses, los cincienses, los cortonenses, los damanitanos, los ispalenses, los ilursenses, los iluberitanos, los jacetanos, los libienses, los pompelonenses y los segienses. (Historia Natural, libro III)
Quizá de todos estos los mejores candidatos (visto que muchos otros están identificados) sean los tarracenses—¿los de Tarra, posiblemente? ¿o de otra Tarraco, aragonesa ésta? —O quizá no se los nombra en esta lista.
En el turno de preguntas a los conferenciantes, pregunto si no hay intereses encontrados entre arqueología y turismo, a la hora de fomentar visitas no guiadas. Me responden que en absoluto, que los yacimientos más abandonados y menos visitados son los que no se respetan y los que se prestan al gamberrismo y al expolio.
En los últimos años como se ve hay todo un proyecto en marcha en este yacimiento. Muy distinto de cuando visitamos el monumento de los Atilios y las ruinas de la ciudad hace más de cinco años, cuando los chavales eran pequeños; entonces estaba todo desierto. Ahora ya ha habido varios años seguidos de excavaciones. Y han aparecido cosas nuevas; el pasado no para de dar novedades. Así que quién sabe cómo será el pasado, en el futuro.
Una conferencia de Eudald Carbonell en la Fundación Juan March: Evolución cerebral y socialización homínida. Habla del desarrollo cerebral y social humano como un elemento clave que ha permitido el desarrollo de la especie y su supervivencia, primero en las dificultades de la sabana africana, y luego superando un cuello de botella hace unas decenas de miles de años, con la especie humana reducida a un pequeño número de individuos. Y de las perspectivas de si lograremos superar las amenazas de nuestro propio desarrollo, o si nos espera quizá un nuevo cuello de botella o extinción masiva en el futuro próximo. Carbonell no es optimista y espera la catástrofe próximamente por nuestra incapacidad de actuar reflexivamente cuando ya conocemos, como especie, el peligro próximo.
Antes de la ciencia, los cuellos de botella evolutivos en la humanidad han sido inventados o recreados por la literatura de ciencia ficción: por la literatura de catástrofes. Quizá por The Last Man, de Mary Shelley—pero más directamente por La peste escarlata (The Scarlet Plague), de Jack London, y por la literatura post-apocalíptica a que da lugar. La primera que me leí de estas novelas fue en los años 70, Los dominios de Farnham—en la que la humanidad del futuro eran todos negros, menos el protagonista y sus compañeros. Destaca entre las que he leído desde entonces Earth Abides, de George R. Stewart, en la que la civilización retrocede a lo largo de décadas hasta el tribalismo y la superstición, aunque las cosas y las casas fabricadas por nuestro mundo duran, y duran, mucho tiempo. Y de modo más filosófico y a mayor escala cósmica, es fascinante la novela o "historia futura" imaginaria de Olaf Stapledon, Last and First Men, que se ocupa de las diversas especies humanas pero no de las que nos precedieron en el pasado (ver "Doce últimos hombres"), sino de las que nos seguirán (quizá)... de la evolución posible, improbable, o meramente imaginable, del género humano, pasando por diversificaciones en otras especies y por más de un cuello de botella evolutivo. Otro cuello de botella (más humorístico) aparece en Galápagos de Kurt Vonnegut.
El fraile capuchino Gumersindo de Estella (1880-1974) era una persona bondadosa y tolerante, y en sus escritos se le aprecia totalmente dedicado a la causa de su religión y de lo que él entendía era su misión predicadora. Había sido misionero en China entre 1927 y 1930, y tenía ciertas simpatías socialistas y quizá nacionalistas vascas, aunque esto último no se echa mucho de ver en sus memorias. En todo caso no se concebía a sí mismo como un ente político sino como un misionero, confesor y predicador.
Con el alzamiento militar contra la república en 1936, se hizo sospechoso a sus superiores. No celebraba con la debida alegría los éxitos del "propio bando", y se mostraba apenado por las desgracias que veía y por las matanzas de republicanos. El, por su parte, cuenta la desilusión que sufrió al ver cómo sus compañeros religiosos eran indiferentes, cuando no favorables, a las injusticias y los crímenes del bando franquista, y aceptaban sin el menor sentido crítico que la Iglesia tomase partido de modo abierto. Esto lo considera él un error, y cree que no sólo terminó de alejar a los izquierdas de la Iglesia, enconando su actitud hacia ella, sino que ante todo supone un error de ética y de religión, una incomprensión del papel y misión de la Iglesia—que él no entendía en términos políticos sino teológicos y doctrinales. Alude repetidamente a la "Gloriosa Cruzada" en términos que dejan claro su uso irónico del término—es la expresión usada por otros, y la expresión de su error. Sobre el Cardenal Gomá, a quien dice que trató en su lecho de muerte, dice que no sólo se prestó a la manipulación política de la Iglesia, sino que sugiere que el mismo cardenal se arrepentiría de haberlo hecho más adelante—"la prudencia sella mis labios", apunta. En todo caso, "Gumersindo", de nombre original Martín Zubeldía, no abandonaría la Iglesia, convencido de que la culpable no es la institución, sino los individuos que pervirtieron su misión; no se plantea nunca cederles el terreno, sino más bien hacer lo posible por promover su propia creencia y doctrinas dentro de lo que las circunstancias permitían. Con frecuencia dice a los presos de izquierdas que comparte sus ideas, ideas socialistas, con el fin de conciliarse con ellos o atraerlos a su terreno. Aunque es ante todo un profesional, un misionero, que piensa en administrar sus sacramentos y reconciliar con Cristo a los condenados.
Sus superiores, conscientes de su desafección, lo enviaron un tanto forzosamente a Zaragoza, cosa que él aceptó, a modo de exilio y mortificación. Y pidió atender a los condenados a muerte, deseoso de darles "asistencia espiritual". Había habido muchos fusilamientos en Torrero, y luego en Valdespartera los primeros meses, dice, "cuando comenzó a actuar como juez de penas de muerte el Delegado de Orden Público". Cuando comenzó él a acompañar a los presos, las ejecuciones eran ordenadas ya por tribunales militares, a presos de la cárcel de Torrero, y se realizaban en las tapias del cementerio, a menos de medio kilómetro de la cárcel.
Cuando uno piensa en esa época, y en los sacerdotes que acompañaban a los piquetes de ejecución, puede hacerse uno la idea de que el cura era sólo el brazo que bendice a los que aprietan el gatillo—y que su papel con los presos era todo lo más el de hacer de "poli bueno" frente al "poli malo" (malísimo) de los fusiladores. El papel del cura parece un tanto falsario, una manera de limpiar las conciencias de los asesinos, y sin duda así lo veían, con razón, muchísimas de las víctimas. Pero en la narración de Gumersindo aparecen matices mucho más incómodos y complicados de lo que permitiría suponer una separación tajante entre verdugos y víctimas. Para empezar, es obvio que el propio Gumersindo desaprobaba las ejecuciones —sin llegar a condenarlas explícitamente. Se apresura a decir a los presos que los tribunales de la tierra se equivocan muchas veces, que Dios será quien juzgue a todos, que quién sabe si ellos son mejor gente que quienes los condenan. Todo ello en parte para congraciarse con ellos, y adopta un tono afable, que muchos aceptan y agradecen (otros lo rechazan). Cuando un preso muy desesperado le pide que interceda in extremis por él, lo hace en alguna medida, aunque sabe lo limitado de su influencia. En algún caso, con tiempo para hacer papeleo, ayuda a preparar apelaciones y a presentar testimonios de apoyo, consigue algún indulto. Normalmente, sin embargo, da las condenas por hechas e inapelables (como efectivamente resultaban serlo) y procura más bien convencer a los presos de que acepten su destino sin desesperación. Si de él dependiera no habría ejecuciones, eso está más que claro, pero también es cierto que está ocupando una pieza en el sistema que lleva a la muerte a tantos inocentes de manera injusta.
Porque una cosa sí subraya, en sus relatos: aunque entre los ejecutados se encuentre algún criminal violento quizá, o alguna persona responsable a su vez de ejecuciones sumarias de inocentes, la inmensa mayoría de los condenados lo eran sólo por sus ideas, por denuncias de algún vecino malevolente, por incapacidad de defenderse... meros simpatizantes de la República, o individuos que se habían visto atrapados en sus circunstancias, sin ningún afán criminal ni ninguna acción que pudiera justificar su condena a muerte, ni siquiera en los supuestos términos del código penal imperante. Eran, sencillamente, víctimas de unos jueces criminales y prepotentes, ellos sí auténticos canallas de la peor especie—de la especie que sobrevive camuflándose en el medio ambiente, y flota en todo tipo de líquido. Observa Gumersindo que se había extendido entre la gente una retórica de adhesión cruel y fanática al nuevo régimen, y que cuanto más inflexible y despiadado se mostrara uno, tanto más los demás interpretaban que era una persona de orden y un adicto a Franco y al Movimiento. Esto llevaba, por lógica propia, a la injusticia y a los abusos más indignantes.
Y se indigna Gumersindo, en efecto, pero su prudencia por sobrevivir y su deseo de llevar a cabo su misión le lleva a evitar críticas abiertas al régimen. Más bien colabora (él también) con los poderes establecidos, y se limita en general al papel que se espera de él: reconciliar al preso con su destino, hacer que acepte (a través de su aceptación de Dios) el final que le espera. No da por buena el fraile la sentencia del juez, pero sí la ve como parte de un orden que no puede cambiar. De estos jueces, por supuesto, no han juzgado nunca a ninguno—ni siquiera se han aireado sus nombres en aras de una "memoria histórica" más exacta. Y eran ellos, unas pocas personas, muy pocas, los responsables directos de estas matanzas—pues todos los demás, si bien colaboraban o ejecutaban órdenes, sólo apoyaban sus decisiones, fueran las que fueran. La vigilancia mutua se llevaba a cabo entre todos, pero muy especialmente entre este puñado de personas y sus superiores, el gobierno militar de Mola primero y Franco después. Los demás, algunos eran matones asesinos, otros unos mandados u obedientes, y muchos unos Gumersindos como éste, que vivían con desasosiego y sufrimiento lo que veían hacer a su bando pero se mantenían en su puesto a pesar de su desafección.
Observa uno de los (frailes) editores del manuscrito una cuestión que llama la atención, al leer este relato de una ejecución tras otra, un caso tras otro, un reo tras otro al que se confiesa o al que se ofrece en vano la confesión:
"queremos aludir al misterio de la libertad humana que tan descarnadamente aparece en los reos en el momento del difícil trance de la muerte, experiencia humana que sobrecoge y llena de estupor, sobre todo en circunstancias como las que vivían los desdichados condenados a muerte. En el momento final la actitud de las personas, dada la idiosincrasia e historia de cada uno, es distinta, pero sobre todo inesperada, incalculable, impredecible. Ninguno podría haber vislumbrado sus reacciones, sus gritos, sus espantos, sus horrores, sus silencios, sus lágrimas, su frío paralizador, sus espasmos, sus sudores. Y sus conversiones, su reencuentro con los sentimientos religiosos más profundos sembrados en los años infantiles por los padres; o el rechazo pertinaz y radical de toda trascendencia hasta el final. Misterio de libertad, de la variedad humana, de la pluralidad radical del género humano". (José Ángel Echeverría,p. 15).
Y es cierto: algunos reos lloran, otros se muestran altivos o indiferentes, otros se atreven a gritar "¡Viva la República!" unos, o "¡Viva Franco!" otros, ante el paredón; unos se derrumban, otros tiemblan y apenas creen lo que les pasa... Una chica regordeta con jersey blanco se resiste y hay que llevarla a rastras al paredón (cosa que los hombres no hacen), y hay que matarla de mala manera, sin respetar el protocolo postural debido, y en plan "muchos hombres armados contra una mujer indefensa". A unos les saltan los sesos o se quedan sin cabeza de un disparo; otros en cambio no hay manera de matarlos ni siquiera con muchos balazos, en la cabeza directamente. Nadie insulta al parecer al piquete—todo lo más se les afea su actitud, o se les llama fascistas alguna vez, pero la desesperación no da para muchas últimas palabras memorables, ni para insultos creativos. En general, tanto como la "pluralidad radical" del género humano ante la muerte, lo que me llama la atención leyendo estos relatos de ejecuciones masivas es lo obediente y ordenado del género humano: nadie se resiste peleando con los guardias, a que lo aten, nadie se lanza contra ellos para llevarse a alguno por delante—algunos reconvienen al juez, que está en la misma capilla, lo injusto de su sentencia, pero nadie se le tira encima a sacarle los ojos. Todos suben al camión ordenadamente, se colocan donde les dicen, normalmente besan el crucifijo.
Me sale el retrato de una nación, o una raza, de personas bien mandadas, fundamentalmente de orden. Gumersindo también: prefiriendo que las ejecuciones no se llevasen a cabo, ni que sucediese nada de ésto, cosa que es una fantasía de imposibilidad, lo que sí procura es que todo se haga según convenido y por orden: que el reo se confiese y arrepienta, que realice sus "actos sobrenaturales" como él los llama, y que muera de la manera más eficaz posible. Se queja repetidamente el fraile de que los soldados no disparan bien, y que eso hace sufrir a los condenados. Muchas veces, de hecho constantemente, dice, tras las ráfagas no ha muerto nadie, y con frecuencia sólo tienen los reos heridas superficiales. Hay que fusilarlos dos veces, o tres, pues siempre, y en todo caso, pasa el oficial a dar un tiro de gracia (y antes vuelve a pasar él mismo, el cura, a dar la absolución al herido con su mirada perdida, o fija en él, o que gime y se retuerce, o que tiene masa encefálica colgándole de la cabeza...). Los soldados, sabedores de que va a haber tiro de gracia, parece que prefieren no matar ellos a nadie, aunque sea a costa de hacerles sufrir más. Ya que el oficial es quien manda, para él la responsabilidad: y al final son los oficiales quienes efectivamente han matado a todo el mundo. Con frecuencia les conmina el fraile a los soldados que apunten mejor, de camino al cementerio. A veces lo piden los propios presos, "Apuntad al corazón", y acabemos pronto. Muchos de ellos ven en los soldados no a enemigos personales, sino que saben que están frente a otros "mandaos", atrapados en su papel de ejecutor como ellos en el de condenado. (Sabiendo de estas cosas se entiende bastante mejor en su contexto de posguerra la famosa escena de la película El verdugo de Berlanga—el verdugo puede ser una víctima, también, pues se le obliga a ser verdugo si no quiere ser víctima). "Muchachos, tirad bien". Apenas podría creerse que esto lo pueda decir el fraile con su mejor voluntad hacia los reos, pero así es.
Es un retrato de un sistema nazi bien engrasado, ese nazismo ambiental siempre latente, y que instala sus reales espontáneamente en situaciones de terror, en las cuales hay una sumisión absoluta a las órdenes de la superioridad, un deseo de pasar desapercibido y de no significarse, y un cumplimiento escrupuloso de la pequeña misión de cada cual: y pocos son los que de hecho tienen que darle a la llave del gas, o apretar el gatillo. El psicópata burócrata asciende entonces al poder por flotación natural. Los demás sólo tienen que hacer lo que les ordenan, y actuar con naturalidad, o con un poco de fingida adhesión de más al régimen.
Por supuesto otra persona con buenas intenciones lo que haría sería, dada su impotencia, alejarse todos los kilómetros que pudiera de semejante papel y semejante situación—pero en fin, Gumersindo es un profesional, y cree en sus "actos sobrenaturales" sin cuestionarse de eso un ápice. Con frecuencia emplea este argumento con sus presos escépticos: "El hecho de que usted crea que algo no existe, no quiere decir para nada que eso no exista", con una certidumbre tan simplista que ni siquiera ve lo reversible del argumento. Y muchas veces tiene éxito, apelando a los sentimientos infantiles, y en un contexto de desesperación personal, les da a los presos un agarradero imaginario, una manera de concluir su vida por así decirlo con una conclusión bajo control, con una decisión personal de apropiarse en cierto modo de su propio destino. Les ofrece una especie de solución narrativamente "satisfactoria", dentro de las circunstancias, una oportunidad de reorganizar mentalmente el trayecto de su vida y su identidad personal. En fin, los consuelos imaginarios de la religión, que aquí tiene un papel extremadamente ambivalente—a la vez justifica al sistema y ayuda a la víctima; suaviza la situación, y proporciona un terreno de encuentro imaginario y desplazado entre los presos y el sistema que los ejecuta; les da un alivio, y a la vez los manipula emocionalmente—es como la última cena del condenado a muerte, puedes comértela o estampársela en la cara al pobre guardia que te la trae con su mejor voluntad, o porque es el menú que hay.
Impresionan en cierto modo los personajes bien mandados, o más bien lo bien mandado de los personajes, los que se avienen al papel que espera Gumersindo de ellos. Pero más impresionan los que lo descolocan, los que lo obligan a llamar al Gobernador Civil a medianoche para pedir el indulto (o a fingir que lo llama...), los que se niegan a ser consolados, los que se desesperan y no quieren aceptar su papel de reos en fila india. La gordita del jersey blanco, pataleando y gritándoles cobardes a todos; o ese otro que llora y se agacha y se agarra a las faldas del cura, y se esconde detrás de él, y que se niega a ponerse firmes para que lo fusilen, y que de repente echa a correr como un gamo, y se escapa a toda velocidad por el cementerio, y nadie sabe qué hacer.... —no está previsto al parecer que los que van a matar se echen a correr, en ningún caso se desperdigan a la carrera en direcciones distintas, ni le arrancan la oreja de un mordisco al oficial, no. Pero da igual, al muchacho éste igual le disparan, y le dan por casualidad, y lo tienen que matar de mala manera y sin estilo, esto es lo que a nadie le gusta ni le parece bien, estos reos desmandados y desobedientes, cuánto mejor que ya puestos las cosas se hagan con estilo, o todo lo más con un viva la República. Qué quieren que les diga, que yo le alabo el gusto a la chica del jersey blanco, y a este chaval que indiferente a la dignidad y a las buenas maneras corrió como un gamo: éste sí que luchó hasta el final contra el fascismo.
_________
Gumersindo de Estella. Fusilados en Zaragoza 1936-1939: Tres años de asistencia espiritual a los reos. Ed. Tarsicio de Azcona & José Ángel Echeverría. Zaragoza: Mira Editores, 2003.
Un amigo de la Universidad de Zaragoza, Carlos Urzainqui, tiene un programa de radio sobre historia, y cuelga los podcasts en Ivoox: se titula Con la historia de tú a tú. Uno de los programas de este verano va sobre el tributo de las tres vacas, una tradición medieval que se conserva en el pueblo fronterizo de Isaba. Y de paso menciona la historia que le conté de mi tío Víctor Carrera, un comunista represaliado en los años 40, que en cuanto lo soltaron de la cárcel aprovechó la fiesta para pasarse al otro lado, donde había vivido muchos años. Con él se pasaron también mi abuela Aurelia, que era su hermana, y mi tía Encarnita—para reunirse con mi abuelo que había pasado a Francia supongo que con la retirada de la bolsa de Bielsa. Mi madre se quedó viviendo con la tía Felisa, y los hijos mayores ya estaban de aprendices. El tío Víctor pasó de maquis para traer contactos... y para visitar amigos, y ahí lo pillaron. Después de un amago de castigos mayores y de unos años de cárcel salió. Decía que por lo menos le sirvió la cárcel para aprender a leer... Pero la España de Franco no le iba, y en cuanto pudo y aprovechando la fiesta, en 1950, para Francia que se volvió, donde había vivido casi toda su vida. Y allí lo conocí yo, leyendo L'Humanité, y trabajando en la granja que llevaba a medias con mis abuelos.
A la Segunda República le ha procurado poner buena prensa Zapatero, pero queda enmarcada en la historia de España como una hermana siamesa de la Guerra Civil, más acicalada ella, pero las dos unidas inseparablemente por un puente de la misma carne y la misma sangre. De hecho la República duró no del 31 al 36, sino del 31 al 39, aunque la etapa de la guerra tiene en parte otro carácter, y quizá haya que llamarla a esa la tercera república, esa que buscan algunos por otro sitio y que no se sabe si llegará. El régimen de Franco, claro, es la tercera hermana en discordia, y así sigue el parentesco hasta nuestros días, en que el gobierno encuentra un aire de familia en la República y le ve su encanto.
Es normal por tanto que una historia de la guerra civil empiece con una historia de la República. Siguen unas notas sobre el capítulo de la República en La guerra civil española de Anthony Beevor.
Coincidió la proclamación revolucionaria de la República con una crisis económica internacional, para facilitar las cosas. La etapa de obras públicas de Primo de Rivera había generado una deuda colosal, como nos pasa hoy—y además los ricos retiraban capitales, ya se sabe que nada es más tímido que los capitales ante las revoluciones—y visto lo que pasó, aunque haya un elemento de profecía autocumplida en todo, ¿quién les va a decir que fue una decisión financieramente equivocada?
Beevor habla de medidas económicas "de un calibre y profundidad desconocidos hasta entonces para España"— pero a mí me suenan a medidas populistas y retrógradas—no socialmente, pues iban dirigidas a conservar el empleo (precario), pero sí absolutamente retrógradas desde el punto de vista económico. En suma, limitaciones a los propietarios a la hora de gestionar su contratación de empleo y sus propiedades—obligando a contratar a jornaleros de la localidad, a cultivar la tierra según "los usos y costumbres de la zona".... vamos, lo que se dice una receta de progresismo agrario mal entendido. Con esto iba el campo a la ruina: pan para esta tarde, y hambre para mañana, aunque Beevor no lo ve así en absoluto. La derecha del caso es que una reforma agraria que sea una modernización del campo, o sea, una auténtica reforma agraria, no va a ir en ningún caso a favor de los intereses de los jornaleros.
Actitudes y medidas innecesariamente ofensivas para el ejército, como el cierre de la Academia de Zaragoza y "la causticidad de Azaña"—sin por ello hacer una reforma en profundidad, dice Beevor. A Beevor le parece que el nombre de la Guardia de Asalto que crearon "no presagiaba nada bueno". La proclamación de una Cataluña federal o independiente no parece considerarla Beevor más que como una especie de malentendido o cuestión de detalle. (La importancia relativa o la minimización que se hace de ciertas cuestiones es crucial en historia, una disciplina bastante menos objetivista y atenida a los "hechos" de lo que se supone, pues los hechos siempre tienen que ser sopesados. Me pregunto cómo han tratado los ingleses, siempre, la proclamación de independencias unilaterales en su isla).
Al cardenal Segura, que alentó al voto de los católicos contra los republicanos, lo desterró el gobierno así sin más. Hem... oigan, ¿eso se hace? ¿No se supone que en una "democracia" cada cual puede exhortar al voto de los partidos que mejor le parezcan, y denunciar las políticas que van contra sus intereses? Beevor minimiza el alcance de la acción del gobierno contra los intereses y los derechos de la Iglesia en sus escuelas—derechos que desaparecieron sin más, sin mucho diálogo ni negociación. Al gobierno lo ve Beevor actuándo enérgicamente en medio de una vorágine de conflicto—lo que se ve menos claro aquí es en qué medida contribuyó el propio gobierno a crear el conflicto por su propia arrogancia, simplismo y frivolidad.
Los incendios de iglesias y conventos "obligaron finalmente al gobierno provisional a decretar la ley marcial y reprimir con dureza a los revoltosos"—pero para Beevor son problemas heredados del pasado, no se ve aquí en qué medida fueron generados por las políticas de la república.
O veamos su elección de vocabulario. Un sindicato anarquista, la CNT, que obviamente quería acabar con el gobierno y el Estado y demás, declara una huelga general. Parece Beevor suponer que una declaración de huelga general es algo por definición respetable, un conflicto social de esos a los que nos vemos abocados, y que hay que aguantar estoicamente, algo legítimo en suma. Los "sabotajes" que menciona se ven como parte de ese necesario panorama social. En cambio, el gobierno restableció el servicio "recurriendo a esquiroles de la UGT". O sea, el saboteador no merece ningún apelativo especial, pero el que repara las líneas es un esquirol. Pues vale.
La guerra civil se dice que empezó en 1936, no sé por qué—bueno, Pío Moa dice que en 1934, con la revolución de Asturias— pero el hecho es que según recuerda Beevor "El gobierno decretó el estado de guerra el día 22" de julio de 1931, pronto empezamos, desbordado por las revueltas anarquistas. Para Beevor, las represiones de las revueltas y peleas callejeras se reprimieron "con la brutalidad de costumbre"—entre un obrero rompiendo un escaparate y un guardia acudiendo con la porra, Beevor parece tenerlo siempre claro. Observen el wording de este párrafo:
"Los trabajadores españoles, que tantas viejas esperanzas habían depositado en la 'traída' de la República, advirtieron con estupor que ésta podía ser tan represiva como la Monarquía. La CNT le declaró la guerra abierta y se propuso derribarla a través de la revolución social". (34).
Las presuposiciones son de un simplismo atroz. Ya no entro en las identificaciones globales del sujeto "los trabajadores españoles", o en el papel de Justiciero Enmascarado de la CNT. Está claro en el universo mental de la frase que reprimir es malo, haga lo que haga el reprimible—que la República Traicionó a los Trabajadores—una vez en el poder se envilecen y adoptan las peores maneras—que derribar el régimen a través de la "revolución social" es siempre y en cualquier caso un noble empeño, digno de respeto si no de un elogio que estaría fuera de lugar en una obra histórica. Sobre la viabilidad o fundamentos de las viejas esperanzas, si eran wishful thinking o no, mejor no entrar, pertenecen aquí al terreno de lo sagrado casi. Y en todo esto, los daños a la propiedad (y a los propietarios de la propiedad) no cuentan ni se mencionan—las quejas las manda Beevor al maestro armero. Me pregunto si sería igual de ecuánime si algún insatisfecho social le revienta el coche a él, o le echa un cóctel molotov en su chalet.
Causó un conflicto en el gobierno la discusión de los artículos 26 y 27 de la Constitución, "que en principio implicaban la disolución de las órdenes religiosas". No parece llamarle la atención a Beevor que esto suponga un atentado a derechos, etc.—sólo ve en ello una actitud "nada sumisa" de las autoridades a la Iglesia. Por ponerlo suavemente será. La Constitución se aprobó el 9 de diciembre del 31—tras muchos debates sobre la posibilidad de expropiar propiedades privadas por el bien común. Esto lo hizo mucho Franco, luego, por cierto, claro que el bien común siempre cada cual lo entiende a su manera.
Los intelectuales promotores de la República se desencantaron con ella, a decir de Beevor, porque vieron que "avanzaba" demasiado aprisa. Lo que no nos dice es hacia dónde era ese avance, o si el avance era tal avance. Porque avanzar hacia el caos habrá que ver si es un avance… pero aquí estos temores (de Ortega y otros supongo) aparecen rodeados de un aura de alarma pequeñoburguesa ante los grandes saltos adelante de la Historia. Beevor empezó como historiador abiertamente pro-republicano, y en sus presuposiciones y elección de vocabulario lo sigue siendo.
Menciona el libro el nacimiento de movimientos antirrepublicanos, fascistas por un lado y anarquistas por otro. Pero los enemigos más peligrosos, dice, eran los generales: el golpe de Sanjurjo fracasó (no queda claro que era un golpe de un republicano). Se nos dice que el gobierno juzgó y condenó a muerte a Sanjurjo. ¿Por el estado de guerra sería? Es que no entiendo cómo un gobierno democrático puede juzgar y condenar a muerte a nadie—indultarlo sí, según parece, no sé si eso no atenta contra la separación de poderes, o mejor sí lo sé, pero se sigue haciendo aun a día de hoy. En cualquier caso a Sanjurjo sí lo indultó el siguiente gobierno, mal indultado según se ve, lo de este gobierno a veces era amagar y no dar. (Franco, por cierto, le dijo a Sanjurjo que le correspondía muy justamente ser ejecutado, por rebelarse y fracasar).
Luego, la revuelta de Casasviejas: no queda claro hasta qué punto Rojas, que sirvió de chivo expiatorio, no actuó siguiendo instrucciones del gobierno—o al menos si el gobierno le mandó sofocar la revuelta a cualquier precio, y luego le pareció alto el precio para su imagen.
A las elecciones del 19 de noviembre del 33 acudió la derecha mejor organizada, y las ganó. Se permitió que siguieran funcionando las escuelas de la Iglesia, que se detuviera la "reforma" agraria, etc... medidas conservadoras y moderadas que según quién las cuente parecen radicales. Mientras, el PSOE se bolchevizaba llevado por un delirante Largo Caballero, a quien las palabras le salían baratas, y le han seguido saliendo, pues la mayoría de los historiadores de izquierdas minimizan sus llamadas a la guerra y al exterminio de la burguesía. Bah, detallitos, incluso cuando se llevan a efecto.
Formaron los socialistas, con la oposición de Besteiro por cierto, una Alianza Obrera que preparó una insurrección contra el gobierno que en palabras de los propios promotores, debía tener "todos los caracteres de una guerra civil", y cuyo éxito dependería "de la extensión que alcance y la violencia con que se produzca"—que habría de ser la mayor posible. Oigan, que algunos aún creen que esto es un delirio de Pío Moa... claro, con Víctor Manuel cantándole nostálgicamente a la Revolución de Asturias, es esto un icono más intocable que el Che Guevara. El mismo Azaña estaba al tanto y avisó de que "el ejército" aplastaría la rebelión (el gobierno al parecer no). "Pero Largo Caballero hizo caso omiso de tales consejos".
Hem... lo que está diciendo Beevor, y lamento subrayarlo, es que el PSOE inició una guerra civil contra la República, en el año 1934. Por cierto, ¿ha pedido alguna vez perdón el PSOE por la revolución de Asturias, o la tiene todavía en el palmarés de los Cien Años de Honradez? Menudos falsarios.
También convocó la UGT una huelga general contra la "contrarrevolución" en el campo, es decir, las medidas del gobierno de Lerroux que echaban atrás las medidas socialistas. Esto no se acogió con filosofía, sino con disturbios que llevaron a la detención de 10.000 braceros y a la suspensión de 200 ayuntamientos socialistas. Pero Beevor no entra en detalles: aquí parece que sólo actúa la Derecha reprimiendo, no se sabe qué se reprime ni qué actividades se hacen en una huelga general, aparte de cantar "no nos moverán." Me temo que son delictivas, pero no busquen por este libro razonamientos de este tipo. En la selección selectiva se encuentra el gusto.
O en una expresión como "facilitar el acceso a la propiedad de los arrendatarios". Claro, si yo arriendo algo, me parecerá genial que a mitad de camino me cambien la ley y le faciliten al arrendatario el acceso a la propiedad que le he arrendado. Es comprensible que los propietarios se soliviantasen, pero a Beevor (que no arrienda propiedades a nadie) le parece extraño que medidas tan moderadas disgusten a nadie.
Luego está el alarmismo de la izquierda porque la CEDA pudiese entrar en el gobierno. Esto sí que es una ley del embudo de tamaño natural: el PSOE quería destruir el sistema republicano, pero le parecía lógico gobernar si tenía escaños para ello. En cambio, que la CEDA pudiese tener ministros, por muchos escaños que tuviese, les era inaceptable porque consideraban que la CEDA no era especialmente afín a la república. Esto se dice pronto, pero cuesta procesarlo (montones de historiadores hay que siguen repitiendo ese razonamiento PSOE sin pestañear).
"El propio Largo Caballero había reconocido el año anterior que en España no había peligro de fascismo, pero en el verano de 1934 la retórica de los caballeristas viró 180 grados" (43) — y no tanto por un cambio del panorama sino por una estrategia de intoxicación.
"Un PSOE radicalizado y dispuesto a rebelarse contra el Gobierno decidió desencadenar la huelga general revolucionaria. Otros partidos de izquierda y centro izquierda, estimando que se había entregado la República a sus enemigos
Reproducción de la Venus de Brassempouy, una de las esculturas más antiguas que se conservan, de hace unos 25.000 años. Hem... he dicho 25.000 años. Eso es el siglo 230, o CCXXX, antes de Cristo.
Oía por la radio una entrevista a Paul Preston, a cuenta de su nuevo libro sobre "El holocausto español". Preston sigue básicamente en las posiciones de siempre, de la historiografía "oficial" izquierdista, aunque algunos puntos sobre la guerra española sí va matizando. Por ejemplo, da más peso a la voluntad de exterminio organizado que ya no sólo se da para él en el bando sublevado/franquista, sino también en los anarquistas, dice—aunque luego también reconoce que fueron los comunistas los que organizaron la matanza de Paracuellos, incluido Carrillo. Así pues, comunistas y anarquistas también eran exterminadores, auque sigue Preston insistiendo que esto no eran las máximas autoridades republicanas, Azaña etc., que esos no tuvieron voluntad de hacer matanzas generalizadas. Admite (aunque no es noticia para otros historiadores) que la República tenía enemigos tan enconados en las propias filas republicanas—los anarquistas que querían destruirla (de los comunistas aún guarda silencio, quizá todavía piense que eran republicanos de corazón....). Pone más énfasis en las órdenes de Moscú y los comisarios soviéticos... vamos, que cualquiera diría que se ha leído a Pío Moa tras mucho pensárselo. En suma, que las líneas generales del dibujo de la guerra se mantienen, pero queda la cosa un poquito más desdibujada y la República menos idealizada y menos democrática que en las obras anteriores de Preston. También entre los casos concretos de los que habla incluye "curas heroicos que arriesgaron la vida por salvar a sus feligreses"—cosa que hubiera sido inaudita en el panorama pintado antes por Preston, donde los curas eran sólo los aliados del régimen, los chivatos y los sepulcros blanqueados. Ahora reconoce también que había un plan sistemático de exterminio del clero por parte de los elementos anarquistas. Como digo, a los comunistas aún los tiene un tanto reservados de estas críticas, aunque por lo que parece está Preston en pleno revisionismo, dentro de un orden. A Carrillo también lo implica plenamente en la matanza de Paracuellos, aunque insiste en que no fue (claro) el único responsable ni el máximo, sino un elemento más de la oficina de exterminio; también insiste en el contexto de temor y de opresión del Madrid de la época para explicar la matanza... y dice que a su manera Carrillo sí que ha admitido por aquí y por allá su parte de implicación (bien disimulada, por cierto). Me parece que no ha debido Carrillo explicarse bien entonces, porque si no no se entiende que lo hayan hecho doctor honoris causa de la Complutense, a un responsable del Holocausto, sería como ponerle medallas a Goebbels en Alemania... Claro que el rector de ahora, que es su hijo, tampoco le retirará el doctorado honoris causa a Carrillo, por mucho que Preston matice, ni lo dejará de invitar Gemma Nierga a las tertulias de la SER, para algunas cosas ha habido y seguirá habiendo muy buen rollito, y los holocaustos, pues oiga, depende de quién los haga...
Treinta años después nos siguen vendiendo la versión oficial del Golpe, recalentada y lista para el consumo de nuevas generaciones. En Radio Nacional, claro, y en la SER, faltaría más... pero hasta Carlos Herrera nos recuerda (por si nos fallaba la memoria) que el golpe lo paró el Rey —oye, un dato que se ha dicho poco al parecer.
Pues hala, a celebrar. Aquí hay más lectura y auditura al respecto.
PS- Oigo por Radio Nacional que hace diez años uno de cada tres españoles decía tener algún recuerdo claro del 23-F veinte años después. Y que, sorprendentemente, ahora es uno de cada DOS españoles el que dice tener algún recuerdo claro de ese día. Sobre este tema del efecto de los acontecimientos colectivos en la memoria escribí ya algo en "Narratología del 23-F." Está claro que el coro social de recuerdos ayuda a mantener los recuerdos individuales, a reavivarlos, o a inventarlos en caso necesario donde no los había. En la radio interpretaban esto como el efecto de una decisión colectiva de los españoles de recordar esta fecha, como un acontecimiento simbólico.
Yo distinguiría dos ingredientes en este tema del recuerdo del 23-F. Uno, la mitificación de los acontecimientos y la creación de un símbolo con abundantes ingredientes ficcionales: el Rey ganándose la corona con sus propias fuerzas, los españoles rechazando el franquismo, enviando a la cárcel a los franquistas, haciendo suya la Democracia, etc. El relato oficial del 23-F, en suma, que es el que (en tanto que públicamente aceptado) genera una verdad colectiva a la que la gente viene a sumarse. El "yo estaba allí", "yo me acuerdo", viene a ser una participación simbólica del ciudadano en esta construcción colectiva de la identidad nacional, y sería el lado digamos "positivo" (a pesar de las muchas medias verdades o silencios interesados) que tendría esta persistencia del 23-F.
El lado negativo es, claro, el de las mentiras, secetos, cintas ocultas, medias verdades y malas memorias. Sería el lado por el cual el 23-F no es una fiesta de la democracia (escenificada por el lenguaraz Bono), recordada con gusto, sino un acontecimiento traumático—no sólo en lo que fue, sino en lo que ha continuado siendo por los engaños acumulados en su derredor. Un trauma mal curado, un return of the repressed, que viene y viene otra vez, junto con la fiesta, alimentado cada vez que sale a la luz un secretillo más, o se pilla una contradicción más en la versión oficial. Los secretos mal guardados y los traumas persistentes son también un generador de memoria colectiva.
Así que los dos aspectos—el trauma de la manipulación política, y la fiesta de la democracia, van entremezclados en la memoria colectiva del 23-F.
Resumamos algunos hechos que parecen desprenderse de este relato: El 23-F era un autogolpe del sistema, donde estaban pringados desde el Rey hasta el PSOE. El golpe del General Armada estaba planeado por los servicios secretos españoles, orquestado por el CESID bajo Jesús Cortina, pero no con desconocimiento sino con implicación del Rey y de las principales fuerzas políticas. La intención era apartar a Suárez del poder, por el desgobierno de la UCD. Se pensaba disolver el Parlamento y hacer un gobierno de concentración presidido por Armada, y en el que estaría Felipe González y miembros de las principales fuerzas políticas, excepto los nacionalistas.
La versión que se ha vendido a España masivamente todos estos años es falsa. Según esta versión oficial, se habría tratado de una trama de militares franquistas sediciosos, con el decimonónico Tejero al frente y un maquiavélico Armada detrás— y el Rey, con su autoridad, detiene esa trama de la que nada sabía, y se erige en defensor de la Democracia, y se gana la corona por sus obras.
Esta versión es una cortina de humo, patraña política o engañabobos, encaminada a disimular la implicación del Rey en esa "operación de Gaulle" que hubiera puesto a Armada al frente del gobierno. Y la implicación del PSOE en el golpe fue crucial–y la de otras fuerzas políticas. Se aprovechó la actuación descontrolada de Tejero para disimular el conjunto de la operación, y cargarle a él el muerto. Bueno, a él y a Armada—y a Miláns del Bosch, y a los demás militares que se pusieron en evidencia—cuando al correrse una Cortina sobre la operación, Armada y ellos quedan en evidencia, como si fuesen ellos sólos los golpistas e inventores de la trama. Armada, lejos de ser un traidor intrigante, fue siempre fiel al rey, y se fue a la cárcel sin abrir la boca para defenderse. Claro que pronto le acabaría llegando un discreto indulto... de mano del PSOE.
"A mí dádmelo hecho"—decía el rey del golpe en ciernes. Y cuando salió mal retratado el golpe en televisión, también le dieron hecha la reconducción del golpe, la "salvación del país" (también a través de la tele), y la versión oficial de los hechos para consumo público.
Como siempre, los mandamases utilizan vergonzosamente a sus subordinados, para salvar ellos su imagen. Siempre hay un cabeza de turco a quien cargarle las actuaciones inconvenientes. Y en esta vergonzosa actuación concurren el Rey, el PSOE, y muchos más. Y hale, a ir de salvadores de la democracia. Y el país, a ver humo —que es el espectáculo que siempre le preparan sus gobernantes.
Viendo la exposición Tierra y libertad: Cien años de anarquismo en España, en el Palacio de Sástago. Todo un viaje a los años veinte y treinta, y a sus raíces decimonónicas, con abundancia de periódicos de la época, ejemplos de informes policiales, grabaciones propagandísticas, carteles, pistolas de la época, bombas modelo Mortadelo y Filemón, y otros materiales relacionados. Muy catalán era el movimiento anarquista (aunque no catalanista), pero también muy zaragozano, pues había muchos miles de afiliados a la CNT y hubo aquí mucho activismo, y también revueltas y atentados.
Se ve bien la exposición, y es informativa, aunque las exposiciones siempre son superficiales, claro—ésta llevará sin embargo un libro de acompañamiento, y un disco con canciones anarquistas. Me esperaba algo más hagiográfico-nostálgico, en la línea de la llamada "recuperación de la memoria histórica" que a veces es memoria muy selectiva... y algo de eso hay, en efecto, pero el tono elegido es de "neutralidad y equidistancia" entre los movimientos anarquistas y la sociedad burguesa a la que pretendían derribar o aniquilar. Y sí hay cierto sentimentalismo ambiental hacia los años de revolución. Como es un asunto situado a una cierta distancia histórica, es un tono digamos que tiene un pasar como neutro. Es para preguntarse, sin embargo, si es aceptable que una sociedad, por mucho que hayan cambiado los valores, se conciba a sí misma como equidistante entre el orden social que le precedió, y los que pretendían dinamitarlo y con frecuencia lo hicieron.
El anarquismo no se sostiene, evidentemente, como teoría política—ignora los elementos básicos de las sociedades y de la naturaleza humana, y lleva en sí mismo (en la misma imagen de sus líderes, o en los ministros anarquistas de cuando la guerra) el emblema de su contradicción irresoluble. A lo que voy es que una sociedad "burguesa" como la nuestra, pues burgueses son los organizadores de exposiciones, y su público y sus patrocinadores, se coloca en una posición un tanto falsa cuando juega a concebirse como equidistante entre los revolucionarios anarquistas y otro orden social bastante próximo al actual—burgués, capitalista, con estado, ejército, partidos y cárceles para terroristas, y toda la parafernalia. Con los terroristas de la ETA no sería concebible ni aceptable una exposición así, a menos que la organizase Eusko Alkartasuna—y sin embargo los terroristas anarquistas poco tenían que envidiarles a los etarras. O nada. Así, la exposición recrea el asesinato de Canalejas a modo de evento exhibible o espectáculo, o nos presenta la versión digamos "oficial" del mártir laico Ferrer Guardia, en un "juicio sin garantías". Pero el magnicidio de Canalejas (o el atentado en la boda del rey, o el asesinato del arzbispo de Zaragoza) debería ser condenado, no simplemente "observado" o "relatado"—y Ferrer Guardia era tan inocente de las conspiraciones anarquistas como Otegi pueda serlo de las acciones de ETA, o menos. Ya, se me dirá que quizá el conocimiento no tiene posicionamiento político ni ético. Pero yo creía que más bien toda la teoría del conocimiento reciente demuestra lo contrario.
Por suerte sí que hay una valoración ética inherente en la exposición de estos discursos anarquistas: y es la que se desprende de la misma estética y retórica de los propios documentos elaborados por los anarquistas. Que tiran para atrás. La que se exhibe en los carteles —indistinguibles de los falangistas, nazis o fascistas o comunistas, en su estética, era la moda de la época, los musculados activistas impersonales... O la que se oye en los discursos que se ven en los vídeos, su retórica enfática, predicadora e iluminada. En uno, un líder anarquista conmemora a sus compañeros caídos y señala hacia el horizonte de revolución que reivindicará sus esfuerzos... pero en su discurso recalca que el individuo no vale nada—nada. Sólo en la colectividad adquiere un sentido. Un discurso que (como los carteles) está a una con lo que predicaban los nazis, y los comunistas, y los fascistas y nacionalistas extremistas de todo tipo. Como si una suma de ceros individuales pudiese dar otra cosa que no fuese un cero. Este tipo de razonamientos los tenía cachados Nabokov, y los satirizó con inteligencia cruel en novelas como Barra Siniestra, con sus siniestros ekwilistas. En pocos sitios se ve más claramente esa noción de la ideología en el sentido de Althusser—como un modo de dotar al individuo de identidad social y sujetarlo imaginariamente a una función en la que vaya a ser un peón de fuerzas dominantes. Aquí se le preparaba al individuo para que pensase que no valía nada y que tenía que entregar su vida, lo más rápida y expeditivamente posible en muchos casos. Y si no ya se encargaban ellos, muchas veces: Durruti, como el Che, era ante todo un individuo de gatillo fácil y poco aprecio a la vida, propia o ajena. Más feo, eso sí—y si no por su cazadora de cuero, peor aún que le hubiera ido a su imagen.
Claro que no les faltan fans, ni al Che ni a Durruti. Ahora mismo en Radio Topo comentaban esta exposición los "antisistema", y despotricaban contra el organizador, Julián Casanova, como "el historiador oficial del Régimen" de Zapatero, etc. etc. Poniendo los puntos sobre las íes, decían que no había que hablar de "terrorismo" en el sentido de hoy, y justificaban el asesinato de Dato como un acto "democráticamente acordado" para "permitir el desarrollo del sindicalismo popular"... en fin. Y ponían el énfasis, cómo no, en la "legitimidad" de la violencia como respuesta a la violencia del Sistema, de los patronos y somatenes, etc.
Es cierto que salía el discurso anarquista de una situación de mucha opresión y de mucho sufrimiento, y, naturalmente, su ideal se puede presentar de manera idealista y con tintes positivos. Al igual que el ideal de la Nación Vasca, o del Tercer Reich... Pero queda en entredicho o más que en entredicho el discurso cuando nos fijamos en la llamada a los sacrificios y destrucciones necesarios para alcanzar esa Tierra Prometida... El tiro en la nuca a traición, las bombas en las bodas, y la "colectivización" a punta de gatillo. Una de las curiosidades anarquistas presentadas es un Juego de la Oca diseñado durante la guerra, para animar a la toma de Zaragoza. ("Exija cuatro fichas"). En la meta está la Basílica del Pilar ardiendo, y no cabe duda de que ese era el objetivo o símbolo anhelado por muchos. Allá donde tomaron la iniciativa, los anarquistas se dedicaron a subvertir la ley—la monárquica, o la republicana, la que tocase, y a imponer la suya por la fuerza—y la fuerza les falló. También son reveladores los discursos de supresión del capital, y el dinero... sí, en muchas cooperativas locales aragonesas se dedicaron a quemar el dinero de la República, pero también se exhibían aquí los billetes emitidos por los lumbreras locales después de haber suprimido el billete nacional. En fin—que cuando se habla del interés de los anarquistas por la cultura, muchas veces se obvia especificar a qué cultura nos referimos. Más bien kontrakultura, suele ser. También los batasunos tienen una amplia gama de actividades e intereses culturales, y así quieren que se los conciba. En suma, que a muchos no les quedará clara de la exposición la necedad y efectos perniciosos del discurso anarquista, y más bien se los representa aquí como un fenómeno histórico que pasó, con sus aspectos problemáticos— cuando no como una simiente de liberación y bello sueño que acabó dando su fruto por caminos indirectos...
Los años veinte y treinta eran años de masivos movimientos de masas, gigantescas manifestaciones, desfiles, milicias, uniformes, himnos para aquí y para allá, sueños de remodelación total de todo lo existente, de acabar la historia, de llegar por fin al gran momento de la Gran Limpia, y barrerlo todo, y crear el Hombre Nuevo... Horror, estas nociones apocalípticas de la historia, y ya vemos en lo que acabaron. Es curioso que por entonces no había seguimiento masivo a los equipos de fútbol. Algo de esta energía mal encauzada iba a los toros, pero insuficiente por lo que se ve. Mucha energía buscando vías de expresión, y sobre todo mucha testosterona buscando salida, eso también había. Despúes de las grandes guerras de la primera mitad del siglo, el desarrollo de la televisión y del fútbol se encargarían de reorientar gran parte de estas furias acumuladas, hacia las catarsis de la tarde del domingo. Franco promocionó mucho el fútbol, como garantía de orden social, y lo mismo han hecho quienes le han seguido. Es una plaga, pero el nivel del personal es el que es, y mejor estamos con eso que con los desfiles de Pioneros y de Flechas y Falanges y Grupos de Choque y Voluntarios Viriles. También, para los vocacionales irredentos, están los piquetes de los días de Huelga General.
Es de temer que bastantes de estos anarquistas de Zaragoza estén entre las víctimas de los fusilamientos masivos realizados por el bando fascista a lo largo de la guerra, y en la posguerra. En el cementerio de Torrero puede verse el monumento recién inaugurado, muy bien pensado (aunque habrá que ver cómo aguanta el tiempo). Es una larga espiral de postes con los nombres y datos, cuando se conocen, de los fusilados. Culmina en un bloque rojo tipo constructivista. Los de los fusilamientos era una cosa bastante sistemática, por lo que se ve, a razón de entre diez y veinte por día en los días de faena, con temporadas bajas y altas. Y en domingo no sé si fusilarían, pero algunos aparecen ejecutados el día de Navidad. Una matanza organizada, mientras la vida en la ciudad seguía para muchos, en la medida de lo posible, como si tal cosa. Era un plan nazi total; aquí tampoco lo sabían, o lo sabían sólo en voz baja, o el asunto había tomado esa dinámica... y donde mandaban los otros, hacían parecido (véase Paracuellos...).
Ojala nos veamos libres para siempre de estas furias guerreras, estas masas airadas y estas dinámicas perniciosas—por mucho que se disfracen de patria, de religión, de justicia, de revolución cultural, o de lo que la testosterona les dé a entender, y los discursos de sus líderes. Que también los tenían los anarquistas, faltaría plus, a dónde iríamos sin líderes.
Buscando información en archivos sobre mis abuelos expedientados en los primeros tiempos del franquismo, llegué al archivo de la Comisión Depuradora del Magisterio Provincial de Huesca, en el Archivo Histórico, donde figura el expediente de mi abuelo Angel García Benedito, asesinado por los falangistas al principio de la guerra. Desde ahí me han enviado el expediente completo, con informes de alcalde, teniente de alcalde, cura y Guardia Civil; quizá algún día lo publique entero; si a alguien de la familia le interesa le puedo pasar una copia. Nada que no esté a tono con la época en estos informes. Pero llama algo la atención la vileza del informe del cura en concreto, así que para muestra un botón.
______________________________________________
Comisión D) Depuradora del Magisterio Provincial —Huesca—
HOJA INFORMATIVA (de carácter estrictamente confidencial y secreto).
Maestro nacional D. .....Angel García Benedicto [sic]....... Localidad en la que ejercía su profesión ......Escuer....... Escuela que regentaba.................... Categoría y número del Escalafón......741...... _________
Persona que suscribe el documento. - Sr. D. ....Agustín Pueyo cura encargado de Escuer.., de ...54.... años de edad, estado.....célibe.....y profesión .....Párroco......, que ocupa el cargo de .....Párroco de la de S. Pedro de Biescas.... en.......... _________
Sr. Presidente de la Comisión D) Depuradora del Magisterio Provincial de HUESCA.
Muy señor mío: En contestación a su atento oficio de fecha....diez y siete de Dibre.... y en cumplimiento de lo que ordena el Decreto número 66 del Gobierno del Estado Español (Boletín Oficial del Estado de 11 Noviembre) para la depuración del personal del Magisterio Nacional, tengo el honor de elevar a V. I. el presente informe, que garantiza su veracidad con mi solemne juramento y firma.
Dios guarde a V. I. muchos años. .....Escuer....a ...29... de ...Diciembre... de 1936.
(Firmado): Agustín Pueyo cura encargado de Escuer
¡VIVA ESPAÑA! CUESTIONARIO INFORMATIVO
I. Qué concepto profesional se tiene del interesado. A) Competencia...Era competente... B) Celo profesional...Regular... C) Moralidad...Como ciudadano buena. Como católico mala. II. Qué clase de enseñanzas ha divulgado entre sus discípulos ....Malas... III. Qué enseñanzas e ideales ha divulgado de manera pública y privada en el ambiente social de la localidad donde ejercía. ...Las del "frente Popular"... IV. A qué partidos políticos ha pertenecido o ha simpatizado o ha realizado por él, labor de propaganda. ....A los de izquierda.... V. Qué concepto público y privado se tiene del interesado en esa localidad. ....Entusiasta de las doctrinas izquierdistas.... VI. A qué clase de centros y reuniones asistía con frecuencia. ....Al centro del "frente Popular" que había en Biescas.... VII. Cuáles eran sus creencias y su conducta religiosa. ....Incrédulo.... VIII. Cuál era su vida familiar o privada. ....Buena.... IX. Si se conoce a qué asociaciones pertenecía. ....Lo ignoro..... X. A qué diarios y revistas estaba suscrito o leía con frecuencia. ...."Heraldo de Madrid" y otros de izquierda.... XI. Otros detalles, episodios o cualquier clase de noticias que pueden añadirse para completar el informe sobre la conducta profesional, social y particular del interesado. ....Aunque era propietario de la Escuela de Escuer, vivía en Biescas por tener aquí su domicilio su esposa, que es maestra de niñas de una de las Escuelas de Biescas y con tal motivo hacía propaganda de las ideas izquierdistas en los dos pueblos a la vez. XII. Qué conducta ha seguido o qué se sabe del interesado a partir del Movimiento Nacional Salvador de España. ....La Justicia se encargó de darle su merecido en los primeros días del glorioso movimiento nacional.... Todo lo cual declaro bajo mi juramento, haciéndome de ello responsable con mi firma y autorizándolo con el sello de mi Dependencia.
En ....Escuer.... a ...29... de ....Diciembre.... de 1936.
(Firma y sello de la parroquia de Escuer):
Agustín Pueyo Cura de S. Pedro de Biescas y encargado de Escuer.
NOTA: Las contestaciones deben ser claras y concretas. En aquellas que no se tenga seguridad, declárese de esa manera.
______________________________________________
Este cura era obviamente enemigo de mi abuelo, quizá público, quizá secreto—y quién sabe si delator suyo. Pero obsérvese sin embargo que a pesar de las ganas que le tenía, lo puede acusar sólo de sus ideas izquierdistas, de militar en algún partido de izquierdas (ni sabe cuál), de leer periódicos, y de hacer propaganda a favor de la izquierda. Hasta le reconoce buena moralidad como ciudadano, y competencia como maestro, y dice que su vida privada y familiar era buena.
Y sin embargo se felicita el cura de su asesinato, y lo juzga como un acto loable y muy merecido, de justicia sin más. O sea, que este célibe personaje hubiera pasado por las armas a millones y millones de españoles, si nos atenemos a ese criterio. Y les predicaba el Evangelio, a los de Biescas. Por cierto, aunque dice el cura que fue "la Justicia" quien le dio su merecido, conviene aclarar que mi abuelo no tuvo ningún juicio, ni militar ni civil ni fingido ni sumarísimo. El capricho asesino de unos matones, eso es lo que llama justicia el infame cura éste, Agustín Pueyo. Pero este tipo de canallas eran los que acabaron imponiendo su ley, y los que estaban como pez en el agua en el nuevo régimen. Muchos espectros dejaron tras de sí—e impusieron sus enseñanzas buenas a generaciones enteras de españolitos. Como para volverse "incrédulo" quien no lo fuese ya.
Aparte de otros testimonios parecidos a éste (con la salvedad de que los demás reconocen a mi abuelo no sólo buena "eficacia" sino también buen "celo profesional"), el expediente concluye con un sorprendente "Pliego de Cargos"dirigido a mi abuelo, es decir, a alguien que sabían perfectamente que había sido asesinado, con fecha de 3 de marzo de 1937. En él, dos chupatintas (Presidente y Secretario, de firmas ilegibles) le requieren que remita su hoja de servicios, y que haga alegaciones en su defensa, con respecto a las acusaciones que contra él se formulan.
Transcribo, sic:
Comisión D) Depuradora del Magisterio Provincial de Huesca PLIEGO DE CARGOS Expediente núm. ....335.... Maestro nacional D. Angel García Benedicto [la c de Benedicto aparece tachada] Localidad ....Escuer....
En expediente que se halla instruyendo esta Comisión en virtud del Decreto núm. 66 del Gobierno de Estado Español (B. O. 11 de Noviembre), aparecen contra V., por informes recibidos, los siguientes cargos:
1º. Pertenecer al Frente Popular, figurando en el partido de Izquirda republicana. Ser propagandisda del cirado Frente entre sus vecinos 2º. Ser socio e inspirador del Centro de izquierda de Biescas, y organizador, también del Frente Popular en dicha localidad, ejerciendo una gran influencia entre sus consocios, a los que con mucha frecuencia arengaba en las tertulias. 3º Ser ateo. 4º
Remita la hoja de servicios legitimada, y reintegre el pliego de descargos y demas documenos que acompañe.
Lo que comunico a V. para que en el plazo improrrogable de diez (10) días, formalice por escrito los descargos y aporte la documentación que crea conveniente a su defensa, lo que entregará a la Presidencia de esta Comisión Depuradora o lo enviará a la misma por correo certificado.
Dios guarde a V. muchos años.
Huesca a 3 de Marzo de 1937. Vº Bº El SECRETARIO El presidente (firma) (firma y sello de la Comisión Depuradora del Magisterio de Huesca)
Sr. D. Angel García Benedicto. —aestro Nacional de Escuelr
Es curioso que uno de los informes aludidos lleva el sello de la República Española—los demás se lo saltan. Plausiblemente, la finalidad de este papeleo en apariencia absurdo no era en absoluto realizar ninguna investigación sobre lo sucedido, sino meramente dar los pasos administrativos necesarios para retirar la pensión de viudedad a mi abuela.
Pero ni en las peores pesadillas burocráticas de Kafka lo hubieran hecho mejor. Sobre todo lo de Dios Guarde a V. muchos años—o la ele tachada en la última palabra, ele de escuela. Es un tachón que me produce el mismo efecto que la la huella del dedo del maestro, en esta otra historia de la guerra y del frente de Biescas. El pueblo de Escuer parece que contenga la palabra "escuela". Y fue el maestro de la escuela de Escuer, mi abuelo, quien organizó la edificación del pueblo donde ahora está, bajándolo del monte (tras otra pesadilla administrativa). Más exactamente, el traslado del pueblo se hizo a instancias del cura de Escuer (no de este párroco de Biescas encargado de Escuer), y del maestro. Trasladar un pueblo también deja huella, claro—el pueblo entero, como huella de algunas de las cosas que allí pasaron.
A principios del siglo XX, los mandamientos de la constitución de 1876 en lo tocante a representación popular se conculcaban ex profeso. "España no era un país democrático en el sentido actual del término" (16). La miseria de las clases proletarias y el inmobilismo y ventajismo de los grandes propietarios y de la Iglesia creaban un caldo de cultivo de conflictos. Y el sistema político de la Restauración, con sus elecciones amañadas por el caciquismo y su inercia elitista, no tenía instrumentos capaces de efectuar las reformas sociales que pudiesen contener los periódicos estallidos de violencia popular.
La gran crisis y huelga del 13 de agosto de 1917 presagiaba la revuelta de 1934. Y ya participó Franco en la represión de la huelga en Asturias. Beevor condena (implícitamente) la dureza de la represión, pero no dice nada sobre la oportunidad o legalidad de las acciones de los huelguistas. La represión restauró el orden, pero el sistema estaba desfasado, los políticos no sabían cómo pasar "del liberalismo oligárquico a una democracia de masa" (Santos Juliá). En 1919, nuevos conflictos. "Los patronos respondieron a la violencia con la violencia" —se queda uno, claro, con la duda de si a la violencia hay que responder con la sumisión... Pero está claro que el sistema no caminaba hacia una evolución habitable.
En 1923 se produjo el golpe de Primo de Rivera, aceptado por el Rey, y seguidamente por Largo Caballero y la UGT (a pesar de la oposición de Indalecio Prieto). Muchos convergieron en el paraguas de la dictadura: "quizás una de las peores gestiones de la Dictadura la llevó a cabo su ministro de Hacienda, Calvo Sotelo, con la paridad monetaria de la peseta" (25) —con la especulación y la fuga de capitales, la República recibió la peseta al 50% de su valor.
El Pacto de San Sebastián que trajo la República iba apoyado en militares republicanos como Gonzalo Queipo de Llano, Ramón Franco, Ignacio Hidalgo de Cisneros, Fermín Galán o Ángel García Hernández. El comité revolucionario iba presidido por Niceto Alcalá Zamora. Los militares de Jaca se sublevaron el 12 de diciembre de 1930 porque no les llegó un aviso de retraso de la sublevación.
Muchos intelectuales (entre ellos Ortega y Gasset, Marañón, Ramón Perez de Ayala) formaron una agrupación "Al servicio de la República" presidida por Antonio Machado; su toma de postura fue crucial para la llegada de la República. Hay que subrayar que las elecciones del 12 de abril de 1931 eran municipales, en absoluto constituyentes. Beevor arguye que ganaron los republicanos "en las capitales de provincia" y que no se conocen los resultados exactos. No subraya Beevor, sin embargo, el hecho de que la República llegó de modo revolucionario, no mediante una transición legítima, pues las elecciones que ganaron en modo alguno les facultaban legalmente para imponer un nuevo régimen y anular la constitución. Romanones, miembro del gobierno Aznar que había sucedido a Berenguer, intentó pactar con los republicanos pero éstos no se avinieron. Y Sanjurjo, jefe de la guardia civil, declaró que el gobierno no tendría su ayuda para imponer el orden vigente. "A las seis de la mañana del día 14 de abril se proclamó la República en Éibar" (28)—. Beevor apunta la alegría que se extendió por toda España, pero la alegría no hace más legal el hecho de que unos particulares, a resultas de unas elecciones municipales, ordenaron al Rey salir del país—y que el Rey les obedeció, faltando a su deber y a sus funciones constitucionales.
La República llegó pues de modo revolucionario, un movimiento popular apoyado por élites y por el Ejército, y por un derrumbe o renuncia del sistema anterior. Pero supuso una ruptura de legalidad, la primera de muchas que seguirían. En la perspectiva de Beevor, y de muchos historiadores, la gravedad de esta ruptura de la legalidad no aparece, y se pierde entre la alegría de la fiesta.
Otra nota sobre el libro Guerra civil: Mito y Memoria, sobre el que hablaba el otro día ("El pasado retroactivo"). Varios de los autores remiten a la perspectiva de M. Halbwachs en Les Cadres sociaux de la mémoire (1925) y La mémoire collective (1950). Así, Michael Richards, en "El régimen de Franco y la política de memoria de la guerra civil española" observa cómo los recuerdos de los acontecimientos "son conformados y reformados por los cambiantes contextos e identidades sociales y políticas. La memoria es de por sí un acontecimiento social" (171); "el recuerdo es un proceso altamente intersubjetivo, que es conformado por nuestro cambiante entorno. Se trata de un fenómeno generacional y que es moldeado por la forma en que damos sentido y nos enfrentamos al cambio" (172). "Tal como ha argumentado Alessandra Portelli, la memoria no es simplemente un espejo de lo que ha sucedido, es una de las cosas que sucede" (174).
Richards da unas cifras de víctimas mortales en la guerra civil de unos 350.000 muertos entre 1936 y 1939, tanto en el campo de batalla como debidos a la represión en ambos bandos, y otros 214.000 muertos, o más, en 1940-42 causados por el hambre, la enfermedad y la represión del bando vencedor—remite a Santos Juliá, Víctimas de la Guerra Civil y a J. Díez Nicolás. (173). El franquismo pasó en su política de memoria "de la invocación sagrada al realismo político". "Dado el carácter excluyente de la memoria pública, es evidente que una parte importante de la memoria de la guerra en España es vivida como una cultura de represión desde el lado de los derrotados. Al esfuerzo repubicano de guerra se le niega la expresión, la representación y la ritualidad pública" (176). En un principio, la guerra era la "Cruzada" o la "Guerra de liberación" y había analogías con la Reconquista y las purificaciones de moros y judíos en el siglo XV (178); la continuidad orgánica de España como nación se asociaba a estas expulsiones (179). Otro mito histórico asociado a la guerra civil era el levantamiento contra Napoleón: el enemigo era algo externo. Aunque el franquismo pasó a potenciar la celebración de la paz, y a promover la denominación de guerra civil como algo que no había de repetirse, el régimen siguió basándose en la hegemonía de los vencedores, y el supuesto monumento a las víctimas de la guerra, el Valle de los Caídos, estaba obviamente sesgado hacia la promoción de los valores del bando vencedor.
Los años sesenta estuvieron marcados por la emigración de los pueblos a las ciudades: y esa emigración supuso una reorientación temporal también. Se deja atrás en cierto modo el pasado, y al ir a la ciudad se orienta la atención al futuro, a salir adelante en la nueva situación. Tras el silencio sobre la guerra que rodeó a los niños que crecieron en los años cuarenta, en los años sesenta y setenta la "amnesia colectiva" se veía como la actitud más aconsejable para remediar los males de España. Desde el poder, aun aceptando la corresponsabilidad en la guerra, se seguía justificando la purga de sangre que ésta supuso, una cuestión que iba asociada al poder franquista como una sensación de pecado original (197). Según Castilla del Pino, la clave de la actitud del español medio bajo el franquismo estaba en la prudencia, en juzgar con cuidado lo que podía y no podía hacerse—adecuándose a las reglas del juego existentes. Según Richards,
"La prudencia, nacida de una sensación de miedo más o menos consciente y resumida en el lema no hay que meterse en nada, puede argumentarse que es algo distinto del consentimiento, de la misma manera que no es tampoco de forma directa un caso de 'olvido' (...) Una estrategia decidida de 'olvido' presupone que la guerra era de hecho recordada; si la metáfora del 'trauma' tiene alguna utilidad para describir las colectividades sociales, tal vez dichos grupos poseen también una memoria inconsciente." (198)
Una cuestión pendiente es si la transición fue una curación del trauma, o una continuación y síntoma del mismo. Seguramente un poco de todo, visto el debate que hoy sigue suscitando la cuestión de la guerra y de la propia transición como superación del régimen franquista.
De los demás artículos, me ha interesado especialmente para estas cuestiones el de Paloma Aguilar Fernández, "Presencia y ausencia de la guerra civil y del franquismo en la democracia española. Reflexiones en torno a la articulación y ruptura del 'pacto de silencio'" (245-93). Aludiendo al aluvión de libros sobre El pasado oculto, La memoria incómoda, El silencio roto, La voz dormida, etc., observa que "la denuncia de la supuesta 'amnesia' actual de los españoles en no pocas ocasiones se confunde con la denuncia del indiscutible silencio al que fueron sometidos los vencidos a lo largo de la dictadura" (247). Sobre el pacto de la Transición, basado en no pasar cuentas sobre el pasado franquista, tiene Aguilar una posición un tanto diferente de la que hoy se va convirtiendo en piedra de toque de la izquierda, especialmente a raíz del asunto Garzón. Se sostiene hoy con frecuencia que la Transición fue una solución cerrada en falso, y que la amnistía al franquismo fue producto de una situación coercitiva, un pacto de silencio auspiciado por los impulsores de la transición, y una estafa a los deseos populares de justicia. Frente a esto dice Aguilar,
"trataré de demostrar que el anterior acuerdo, mediante el que se evitaba la instrumentalización partidista del pasado, fue ampliamente respaldado por una ciudadanía temerosa de las consecuencias de abrir un debate sobre el mismo y, por lo tanto, no fue sólo fruto de la imposición de unos políticos empeñados en soslayarlo" (248).
—Donde quizá la palabra clave, claro, sea "temerosa". Ahora que el temor es complejo, y no hay que interpretarlo sólo como temor a involuciones o militaradas. Con eso se mezcla la actitud ambivalente de gran parte de la ciudadanía a su propia implicación con el régimen. Después de todo, "la complicidad de una parte importante de la sociedad con la dictadura contribuía a explicar su longevidad" (248).
Lo que sí es falso es la ilusión retroactiva potenciada por algunos hoy, de que no hubo reparación alguna a los representantes del bando derrotado:
"Es cierto que no siempre ha habido voluntad política para aprobar medidas compensatorias dirigidas a los vencidos en la guerra, y menos aún a los represaliados durante la dictadura, pero no debe decirse que no han existido en absoluto, pues la voluntad de reparación, con todas sus limitaciones, está presente desde el principio de la democracia" (249).
El supuesto "pacto de silencio" se rompe, según Aguilar, por una conjunción de un cambio estratégico por parte de las elites parlamentarias, con un relevo generacional:
"Aunque (...) las nuevas generaciones se sienten más libres y seguras para indagar, sin traumas, ni culpas, en el pasado, la ruptura del pacto de no instrumentación política de éste no parece haberse debido a presiones ejercidas desde la sociedad civil, sino a una decisión interesada de las elites parlamentarias, provocada por un importante cambio en la correlación de fuerzas políticas" (250)
—a saber, la llegada del PP al poder en los años 90, y el intento desesperado del PSOE por no perder el poder primero, y recuperarlo luego.
El pacto en cuestión era a la vez tácito, una voluntad de no instrumentalizar políticamente el pasado, y también explícito, encarnado en la Ley de Amnistía de 1977, "mediante el que se impide juzgar las posibles violaciones de derechos cometidas por cualquier parte con anterioridad al periodo de vigencia de la amnistía" (251). Aguilar observa que la amnistía al franquismo tuvo lugar en su momento "sin impacto social alguno" (282) ni rechazo visible; y que no sería razonable condenar el pacto, sino más bien examinarlo con cuidado, pues iba encaminado a establecer reglas del juego y a superar recelos y suspicacias. Admite que al contrario que la guerra, "la dictadura estaba demasiado cerca como para que fuera posible articular una reflexión serena sobre la misma; además se anticipaba que no se alcanzaría un consenso equivalente en torno a ella. En cualquier caso, el carácter traumático de ambos recuerdos (el de la guerra y el del franquismo) aconsejaba la mayor prudencia" (254). (Recordemos lo dicho sobre la prudencia como la actitud característica bajo el franquismo, según Castilla del Pino... Quizá haya que pensar que hoy en día persiste la proximidad emocional de la dictadura, a pesar del tiempo, y también la imposibilidad de articular un consenso en torno a ella). En el análisis de Aguilar hay un lugar para el hindsight bias o falacia retrospectiva que cometemos al juzgar el pasado desde el presente. El pasado aquél hoy sabemos (en parte) a dónde conducía; pero quienes en él vivían tenían ante sí un futuro incierto, no lo que para nosotros ya es pasado (incluyendo la amenaza involucionista del 23-F y su resolución).
"Las personas más críticas con el modelo de transición español suelen desatender el alto grado de incertidumbre del periodo, así como los peligros de amenaza golpista, proyectando desde un presente sin problemas de estabilidad política la invectiva hacia un pasado que se imagina ausente de limitaciones." (254)
Mucho decir, quizá, lo de un presente sin problemas de estabilidad política, el de la España de hoy. También hay que reconocer que fue una reconciliation under duress, como ha de reconocer Aguilar—no hay que pasar por alto, dice, "los obstáculos entonces existentes para llevar a cabo una política de depuración de responsabilidades bajo la dictadura" (255). Obstáculos a los que, a partir de entonces, hay que sumar la propia aquiescencia a renunciar a depurar responsabilidades expresada en la ley de amnistía del 1977. Ley preconstitucional, por cierto, no está de más recordarlo, si bien la propia constitución apoyó su consenso sobre la misma ley de amnistía... y en el harakiri institucional del propio régimen franquista, otra cuestión que con frecuencia se soslaya con demasiada ligereza.
En todo caso, recuerda Aguilar, es innegable que el ambiente dominante durante la Transición, tanto entre las elites políticas como en la mayoría de la población, era el de una decidida búsqueda de reconciliación, y una orientación al pasado, no buscando ajustes de cuentas con el pasado franquista.
"Cualquier proposición en esa línea era inmediatamente tildada de 'revanchista' por parte de la derecha y de 'inoportuna' por parte de la izquierda. Tan estigmatizados quedaron los pocos que demandaban justicia que, al final, una vez estabilizada la democracia, la izquierda se olvidó de recoger sus soslayadas inquietudes, en parte también porque no existía una demanda social fuerte y visible que presionara en esa dirección." (257).
Es difícil de entender que más allá de pedir responsabilidades, ni siquiera se homenajease debidamente a las víctimas del franquismo, y que en la larga etapa socialista hiciera bien poco en este sentido. Le dijo Gutiérrez Mellado a Felipe González, antes de llegar a presidente, que no removiera el pasado mientras viviera la generación que protagonizó la guerra civil, pues "debajo del rescoldo sigue habiendo fuego" (259).
Una cosa es el primer franquismo, autoritario, represor mediante la imposición brutal; no lo mismo fue el segundo franquismo, el marco político de tantos años al que se adaptaron los españoles sin una contestación, y que en cierto modo evolucionó dando lugar a la transición sin ruptura. Un problema, esta continuidad de la situación actual con la transición, y de ésta con el franquismo, para quienes abogan una ruptura y deslegitimación total del proceso—pues es el que ha creado la legitimidad actualmente existente.
"La falta de consenso en torno al segundo franquismo explica por qué se ha dedicado tanto espacio al estudio de la represión posbélica, a la autarquía y al exilio, y tan poco a la España de los años sesenta y setenta, que es determinante para entender la transición" (261).
En una serie televisiva como Cuéntame cómo pasó se ofrece
"una aproximación benévola de lo que se llamaría 'franquismo sociológico', del que los padres protagonistas son un buen exponente, mientras no les hagan evolucionar en direcciones insospechadas. Esta serie viene a justificar la pasividad de aquella parte de la sociedad que bastante tenía con sobrevivir y a mostrar que el ciudadano medio no disponía de tiempo ni de energías para emplearlas en litigios políticos" (262)
—y ya desde el franquismo se ha considerado y mantenido como valor político prioritario la paz, "incluso por encima de la justicia, la libertad y la democracia" (263). (Es algo que se vio claramente, quizá, en la actitud mayoritaria de pasividad y aceptación de la negociación con terroristas auspiciada por el gobierno de Zapatero, considerada indigna por sectores amplios pero minoritarios). En suma, tanto durante el franquismo como después, la mayoría de la sociedad prefiere mirar hacia adelante y alcanzar un consenso habitable, antes que afrontar seriamente las responsabilidades por la brutalidad de la guerra y, quizá aún más, por la connivencia mayoritaria con la dictadura.
"Finalmente, el orgullo que sienten los españoles por la forma consensuada en que se hizo la transición y su alta valoración de la moderación y el orden permiten deducir los límites que les gustaría que ser respetasen en la contienda política" (271).
Paralelo a esto fue la caída en el olvido de la figura de Franco y su relativa pérdida de visibilidad pública. Hace poco decía Almodóvar que su manera de luchar contra el franquismo era hacer como que Franco no había existido. Debe haber sido una actitud corriente, al parecer.
El 20 de noviembre de 2002 se aprobó en las Cortes "la condena al pasado franquista y el homenaje a sus víctimas (incluida la obligación por parte de las administraciones públicas de facilitar el acceso a las fosas comunes y de ayudar en la identificación de los restos", pero a la vez se acordó evitar que lo aprobado "sirva para reavivar viejas heridas o remover el rescoldo de la confrontación civil" (Boletín del Congreso, cit. en Aguilar 272). Para Aguilar, este "reciente acto de reprobación de la dictadura ha permitido, en cierta forma, rematar un consenso fundacional que había quedado incompleto debido a la proximidad de la dictadura y a la falta de acuerdo respecto a su valoración" (280). No es preciso subrayar que ese acto no deslegitima la Transición, sino que en sus propios términos la refuerza y culmina.
Vino esta toma de postura ante la dictadura tras un largo período en que no se había tocado el pacto en torno a la no instrumentalización política del franquismo. Para Aguilar, el pacto lo rompió en los años 90 el PSOE, al sentir que iba a perder el gobierno: "Ante esta posibilidad, decidió romper el citado acuerdo político y hacer una campaña desesperada contra el Partido Popular mediante la instrumentalización de su pasado franquista" (283). (Hay que recordar que Julio Anguita condenó públicamente esta campaña). A partir de entonces es moneda corriente el combatir al PP asociándolo a la dictadura (y esto por mucho que personas y dirigentes de ambos partidos vengan con frecuencia tanto de un bando de la guerra civil como del otro–y que el PP, claro, se fundase con posterioridad a la transición). Observa Aguilar que el PSOE
"a pesar de haber dispuesto del poder durante catorce años (varios de ellos con amplias mayorías parlamentarias) no impulsó las medidas que luego apoyaría desde la oposición acerca de la condena del pasado y de la rehabilitación de las víctimas" (288).
Hay, como se ve, mucha historia retroactiva en estas actitudes hacia el franquismo.
Concluye Aguilar que el supuesto pacto de silencio "fue un acuerdo de no instrumentalización política del pasado, auspiciado por una sociedad traumatizada por el mismo y deseosa de mirar hacia el futuro" (290), un acuerdo ampliamente aceptado por la sociedad española. Pero que si bien la ley de amnistía de 1977 impide juzgar crímenes amnistiados, no impide que se hagan investigaciones históricas al respecto:
"aunque no pueda juzgarse penalmente a los torturadores del franquismo, que por causa de la citada ley gozan de una inmunidad total, nada debería impedir que fueran debidamente documentados los delitos en que incurrieron, pues hay muchos testimonios orales que podrían recopilarse al respecto" (292)
—así como todo tipo de historias sobre sistemas de control social, vigilancia, espionaje, etc. (Por no hablar de obtención de puestos políticos y cargos por contactos con el régimen, beneficios económicos por información privilegiada como en el caso de Santillana, etc. etc.).
Está, por último, siempre abierta la posibilidad de que dicha ley se revoque, con una mayoría parlamentaria adecuada. Pero si no hay consenso total en torno a la oportunidad de la ley en su momento, mucho menos lo hay sobre la oportunidad de revocarla hoy, treinta y tantos años después. Si las decisiones sobre el pasado son realizativas, tomar esa opción sería no sólo revelador de un trauma mal superado, sino una profundización en el trauma mismo. Así veo yo la última escaramuza al respecto, el caso Garzón relativo a la investigación de los crímenes del franquismo, en el que las opciones jurídicas tomadas por el juez oscilan entre lo jurídicamente dudoso y lo grotesco. Pero quizá estemos abocados a ver más maniobras en ese sentido, y más rituales simbólicos que a la vez exorcizan el trauma y ahondan en él, síntomas demasiado tardíos de cosas que se creían descartadas. Veremos, quizá, desenterrar el cuerpo de Franco, o quitarle el rango de general a posteriori. Pantanos, en cambio, no creo que vayan a volarse muchos.
Voy leyendo desde hace años, a ritmo lento, libros sobre historia española reciente. El último que ha caído ha sido Guerra Civil: Mito y Memoria, editado por Julio Aróstegui y François Godicheau. Es un volumen bastante iluminador, en general poco sectario ni simplista. Comienza con un artículo interesante de Marie-Claire Lavabre, sobre "Sociología de la memoria y acontecimientos traumáticos", donde se acerca de modo interdisciplinar a la cuestión de la memoria histórica: "la toma en consideración de la ’memoria’, es decir, de las representaciones del acontecimiento y del sentido retroactivo del acontecimiento, constituye, sin duda, un punto de vista epistemológico innovador en historia." (31). Remite a Pierre Nora, para quien la memoria en este sentido es "no el recuerdo, sino la economía general y la administración del pasado en el presente"; dice Lavabre que "la noción de memoria encuentra su sentido en la distinción estratégica entre historia y memoria" (41). Así, a la historia crítica como tal se contraponen "los usos del pasado y de la historia—lo que denomina ’memoria histórica’, entendida esta vez como historia no crítica o aun como ’historia oficial’"—y es ésto más que la ’memoria colectiva’ lo que estudia Nora (41). Es lo que los críticos materialistas culturales llaman apropiación, en este caso del pasado: "Se denominará entonces memoria histórica a los usos del pasado y de la historia, tal como se la apropian grupos sociales, partidos, iglesias, naciones o Estados" (43)—apropiaciones dominantes o domiandas, plurales o selectivas, que establecen con frecuencia analogías entre el presente o el pasado—"de manera que la historia propiamente dicha tenderá, en principio, si no a la unidad, al menos sí a la crítica de las memorias históricas y al establecimiento de diferencias entre el pasado y el presente" (43). A la vez hay un deber de memoria y un deber de evitar los abusos de la memoria, observa Lavabre. Hace falta una visión crítica sobre los procesos de apropiación de la Historia, incluidos, enfatizaría yo, los de la propia Historia "crítica" u oficial—"porque eso que llamamos la memoria colectiva no es a fin de cuentas otra cosa que un trabajo de homogeneización de las representaciones y de reducción de la diversidad de las interpretaciones del pasado, un trabajo, como todos los trabajos, que necesita tiempo" (54). Un tiempo, diría yo, que a la vez que construye una verdad histórica compartible, nos aleja de la historia vivida y de los conflictos efectivos vividos en lo que fue el presente, para crear —retroactivamente— una pasado que sirve a los fines de quienes usan la historia.
Julio Aróstegui también escribe un artículo panorámico sobre "Traumas colectivos y memorias generacionales: el caso de la guerra civil"—donde observa que el discurso de la reconciliación entre los españoles que sustentó la transición estuvo caracterizado por un cierto "olvido" de la guerra civil, que ha ido seguido en los años noventa por un resurgir de la polémica. En los últimos años, "el deber de memoria vino a ser plenamente reivindicado y exigido por los nietos de la guerra" (90). Hay una nueva memoria de la guerra y nuevas interpretaciones, cambiantes y múltiples, de las reparaciones exigibles: "toda nueva sociedad engendra una nueva memoria histórica" (92), y Aróstegui ve favorablemente que "la más incisiva, justa y creadora de esas memorias es la de la generación más joven que es la que verdaderamente recoge el legado de ese trauma colectivo" (92)—aunque parece contradictorio suponer que "la generación más joven" tenga, así en bloque, una visión determinada de las causas de la guerra civil y de la política más adecuada a aplicar al respecto. Se queda uno con la noción de que estamos sobre terreno movedizo, que la memoria y la historia que se hacen, y la política que se promueve, no van a conseguir estabilizar el diagnóstico y la imagen de lo que sucedió en los años 30 y de sus secuelas, incluida la transición española y el momento en que vivimos. Cada opinión al respecto es una intervención que altera el mismo terreno sobre el que se formula. (Más
Lúcido parece al respecto el siguiente artículo, de Pablo Sánchez León: "La objetividad como ortodoxia: los historiadores y el conocimiento de la guerra civil". La imparcialidad histórica parece en este terreno y en este momento, una ficción ideológica, al que no escapan los historiadores, supuestos garantes de la verdad de las cosas:
"la presunción de imparcialidad ha sido el principal recurso que ha permitido a los historiadores de los últimos treinta años aspirar legítimamente a monopolizar el marco intelectual de toda la memoria colectiva sobre la guerra civil española. Mas no por ello hemos de dejar de concebir las afirmaciones gremiales de los historiadores esencialmente como una retórica. La supuesta objetividad ha funcionado como la coartada en el ámbito epistemológico de una sólida ortodoxia merced a la cual los historiadores, aparte de lograr reconocimiento social, contribuyen más a la legitimidad del orden democrático que a proporcionar un conocimiento distanciado e imparcial de un acontecimiento que todavía hoy figura como el más traumático de la historia contemporánea española" (130)
Como Lavabre, remite Sánchez León a una visión crítica que no superponga analógicamente y de modo simplista el presente y el pasado—usando la República y la guerra como modo de confirmar identidades actuales, algo que ha venido haciendo la historiografía de la guerra civil.
"He aquí la gran asignatura pendiente de la historiografía de la guerra civil española: dar el paso de asumir que aquellos españoles que combatieron entre 1936 y 1939 eran demasiado diferentes a lso españoles actuales como para que resulte de recibo conservar una imagen naturalizada de ellos justificada en una común ’españolidad’ o en supuestas analogías formales entre las ideologías dominantes en la España de la Segunda República y las de la monarquía constitucional actual" (135)
Paradójicamente, reclama Sánchez León a la vez un reconocimiento de la imposibilidad de reclamar neutralidad y objetividad... algo que hacía, a su manera desde luego, la historiografía del primer franquismo. Podríamos quizá añadir a esta perspectiva la observación que la historiografía viene ejerciendo esa imposibilidad de neutralidad y objetividad, y que la ejerce mediante la maniobra ilusionista de (precisamente) dar por sentadas su neutralidad y objetividad.
François Godicheau traza la historia de la denominación del conflicto en "Guerra civil, guerra incivil: la pacificación por el nombre." El nombre de "guerra civil" se empezó a usar cuando primó la idea de la reconciliación y superación del conflicto, ya en época franquista: cuando se pasó de glorificar la "Cruzada" a la promoción de la idea del nunca más. Observa Godicheau, como otros autores del volumen, que para la comprensión adecuada del conflicto hay que evitar el proyectar actitudes actuales (—al menos, diríamos, no hacerlo de modo simplista, suponiendo que no pueda evitarse el hacerlo).
"En general, nadie se pregunta si los actores de la época tenían razones suficientes para actuar ni cuáles eran éstas realmente, porque se considera a priori que esas razones eran malas, insuficientes y moralmente condenables." (160). Habría que orientar la investigación, dice, hacia la historia social, y hacia "la comprensión de la racionalidad propia de los autores, diferente de la nuestra, y no hacia el establecimiento de responsabilidades" (161). Aunque me temo que la tentación es irresistible, una vez sabido el resultado de las decisiones tomadas y de sus consecuencias. Es la ventaja de escribir historia, en lugar de vivir en ella.
Esto es lo que figura allí a fecha de hoy, poca cosa, sobre mis abuelos. Son Ángel García Benedito, maestro asesinado por falangistas; Eusebia Pomar, su esposa, maestra depurada y luego readmitida, y Severiano, mi otro abuelo, miliciano comunista y soldado republicano expedientado y exiliado en Francia. De su cuñado el tío abuelo Víctor Carrera, maquis encarcelado y luego liberado, no hay mención.
Datos Personales Apellidos y Nombre Landa Sánchez, Severiano Otras formas del nombre Población Sigüés Residencia/s Zaragoza(España) Profesión Agricultores / Labradores Tipología Expedientes Encontrados Datos Archivísticos
Archivo Archivo Histórico Nacional Fondo Causa General Serie Pieza primera o principal de la provincia de Zaragoza Signatura Legajo: 1426 Caja: 1 Exp.: 18 Folio: 10 Fecha de expediente 21/12/1963 Número de páginas del expediente Observaciones Informe para la Comisión Dictaminadora de Repatriación de Exiliados Políticos - - La localidad y provincia indican el lugar donde se cometió el delito, por tanto podrían no coincidir con su residencia.
Archivo Archivo Histórico Nacional Fondo Causa General Serie Pieza primera o principal de la provincia de Zaragoza Signatura Legajo: 1426 Caja: 1 Exp.: 18 Folio: 11 Fecha de expediente 14/12/1963 Número de páginas del expediente Observaciones Informe para la Comisión Dictaminadora de Repatriación de Exiliados Políticos - - La localidad y provincia indican el lugar donde se cometió el delito, por tanto podrían no coincidir con su residencia.
Archivo Archivo Histórico Nacional Fondo Causa General Serie Pieza primera o principal de la provincia de Zaragoza Signatura Legajo: 1426 Caja: 1 Exp.: 18 Folio: 12 Fecha de expediente 09/01/1964 Número de páginas del expediente Observaciones Testimonio para la Comisión Dictaminadora de Repatriación de Exiliados Políticos - - La localidad y provincia indican el lugar donde se cometió el delito, por tanto podrían no coincidir con su residencia.
Archivo Archivo Histórico Nacional Fondo Causa General Serie Pieza primera o principal de la provincia de Zaragoza Signatura Legajo: 1426 Caja: 1 Exp.: 18 Folio: 5 Fecha de expediente 20/11/1963 Número de páginas del expediente Observaciones Solicitud de informe para la Comisión Dictaminadora de Repatriación de Exiliados Políticos - - La localidad y provincia indican el lugar donde se cometió el delito, por tanto podrían no coincidir con su residencia.
Archivo Archivo Histórico Nacional Fondo Causa General Serie Pieza primera o principal de la provincia de Zaragoza Signatura Legajo: 1426 Caja: 1 Exp.: 18 Folio: 6 Fecha de expediente 29/11/1963 Número de páginas del expediente Observaciones Solicitud de informe para la Comisión Dictaminadora de Repatriación de Exiliados Políticos - - La localidad y provincia indican el lugar donde se cometió el delito, por tanto podrían no coincidir con su residencia.
Archivo Archivo Histórico Nacional Fondo Causa General Serie Pieza primera o principal de la provincia de Zaragoza Signatura Legajo: 1426 Caja: 1 Exp.: 18 Folio: 7 Fecha de expediente 03/12/1963 Número de páginas del expediente Observaciones Informe para la Comisión Dictaminadora de Repatriación de Exiliados Políticos - - La localidad y provincia indican el lugar donde se cometió el delito, por tanto podrían no coincidir con su residencia.
Archivo Archivo Histórico Nacional Fondo Causa General Serie Pieza primera o principal de la provincia de Zaragoza Signatura Legajo: 1426 Caja: 1 Exp.: 18 Folio: 9 Fecha de expediente 19/12/1963 Número de páginas del expediente Observaciones Solicitud de informe para la Comisión Dictaminadora de Repatriación de Exiliados Políticos - - La localidad y provincia indican el lugar donde se cometió el delito, por tanto podrían no coincidir con su residencia.
Datos Personales Apellidos y Nombre García Benedicto, Angel Otras formas del nombre Población Residencia/s Huesca(España) Profesión Maestro/a Nacional Tipología Expedientes Encontrados Datos Archivísticos Archivo Archivo Histórico Provincial de Huesca Fondo Comisión Depuradora del Magisterio Provincial Serie Expedientes Signatura I-820/34 Fecha de expediente 1936-1937 Número de páginas del expediente Observaciones Eusebia Pomar Guillén
Datos Personales Apellidos y Nombre Pomar Guillen, Eusebia Otras formas del nombre Población Biescas Residencia/s Huesca(España) Profesión Maestro/a Nacional Tipología Expedientes Encontrados Datos Archivísticos Archivo Archivo General de la Administración Fondo Ministerio de Educación Nacional Serie Expedientes de depuración de maestros nacionales Signatura 32/13227 Fecha de expediente 1936-1942 Número de páginas del expediente Observaciones
_____________
Les escribo al Archivo Histórico Provincial de Huesca:
Estimados Sres:
Desearía saber si es posible obtener una copia de un documento archivado en su institución, sin tener que desplazarse a Huesca. El fondo al que pertenece es el de la Comisión Depuradora del Magisterio Provincial, serie expedientes (1936-1937) ---y la signatura es I-820/34. Se refiere a mi abuelo, que aparecerá con el nombre de Angel García Benedito o quizá Angel García Benedicto.
Les agradecería información al respecto, si debo facilitarles más datos, o algún documento adicional, o si es necesario consultarlo in situ.
— Y me contestan:
Muy Sr. mío: Hemos localizado el expediente que solicita y no hay inconveniente en enviarle copia del mismo a su dirección postal. La signatura correcta es I-810/34, aunque figura erróneamente en el Portal del Ministerio de Cultura como I-820/34. El envío se hará contra reembolso del importe de las copias más gastos de envío; en este caso 21 copias a 0,10 euros cada una, más los gastos de envío según las tarifas postales que son unos 5 ó 6 euros. Le ruego que nos confirme su encargo.
No se trata de una emisora de radio (que ya la hubiesen querido) sino de un "radio" en el sentido bolchevique de "agrupación de células del Partido". Transcribo aquí el acta de constitución del Radio Comunista del Batallón Alto Aragón, a comienzos de la guerra civil, en el que se integró mi abuelo Severiano Landa. Muchas gracias a Manuel Ballarín, que me ha hecho llegar el documento tras localizarlo entre otros materiales procedentes del Archivo Histórico Nacional. Aquí hay más datos al respecto, y escaneo del original mecanografiado. En la transcripción corrijo los errores materiales, incluido el principal en lo que a mí me toca—a mi abuelo lo llaman "Severino" en lugar de "Severiano".
[añadido a mano:] para el archivo 462
RADIO COMUNISTA DEL Batallón ALTO ARAGÓN
******************
ACTA DE CONSTITUCIÓN DEL COMITÉ DE RADIO
En el pueblo de Broto, y siendo las veintidós horas del día veintiuno de diciembre de mil novecientos treinta y seis. Con la asistencia de los camaradas militantes al partido antes del 19 de julio; Juan Lacasa Lalana, Angel Casajús, Francisco Cavero, Leonardo Tagores, Severiano Landa Sánchez, Nicanor Felipe, Miguel Malle, Tomás Maza, Matías Coello y Pedro Oyaga Iriarte, y con la asistencia de otros camaradas simpatizantes, se lleva a efecto la reunión acordada para tratar los asuntos del orden del día de referida citación. A tal efecto, se procede al nombramiento de mesa y recae en los camaradas Miguel Malle y Rafael Lozano. El primero actúa como Presidente [y] el segundo como secretario de actas. No se hizo objeción alguna al orden del día, siendo de conformidad de todos, y el cual es así: Iº: Dar cuenta del trabajo realizado.— 2º: Dar cuenta de las circulares recibidas.— 3º: Constituir el Comité de Radio.— 4º: Ruegos y preguntas. En cuanto al primer punto del orden del día, por el camarada Lozano, se procede a dar cuenta del trabajo realizado hasta llegar a la Constitución del Radio, así como el trabajo de captación de militantes para el Partido que alcanza el número de 120. Asimismo expresa otros trabajos como el de prensa, literatura del partido etc. que ha desarrollado durante su permanencia en el Batallón. Todos los camaradas asistentes se muestran satisfechísimos con la labor realizada. En cuanto al segundo punto, también por el camarada Lozano se da cuenta de las circulares recibidas y del trabajo realizado al efecto. En cuanto al tercer punto del orden del día, por el camarada Malle se da cuenta de los objetivos que se persiguen con la constitución del radio, y la necesidad imperiosa que hay para ello. El camarada Lozano, una vez concedida la palabra, expuso la forma que a su juicio y ajustándose a las líneas marcadas por el Partido y concretamente al funcionamiento de los radios en las unidades del Ejército del Pueblo debía ser de la siguiente forma: Un Secretario General, un Secretario de Organización, un Secretario de Agit-pro y un Secretario de Milicias, añadiendo a estos secretariados el número que se considerara procedente de adjuntos para desarrollar una labor francamente bolchevique. Sometida la proposición anterior a discusión, es aprobada en todas sus partes, con la adición propuesta del camarada Malle de añadir un Secretario de Juventudes. Asimismo, por el camarada Coello se hace la proposición de que se añada otro Secretario para el trabajo de S.R.I. Así se acuerda en definitiva, y por lo tanto el Comité de Radio quedará formado con seis Secretarios responsables y los adjuntos que se consideren procedentes. Por el camarada Lacasa, se prpone que antes de constituir el comité de Radio, o mejor dicho antes de proceder al nombramiento de camaradas para el repetido Comité de Radio, se fiscalice la labor de los militantes, oyendo su voz en la reunión. El camarada Lozano pide la palabra y concedida que le fue manifiestaa este respecto que aun considerando la proposición justísima, por no ajustarse al orden del día, no debe accederse hasta tanto que por los asistentes se acuerde. Todos los asistentes emiten su opinión y se considera justa la proposicón, procediéndose seguidamente a dar cuenta de las tareas realizadas desde el 19 de julio. Todas las manifestaciones son absolutamente conformes y compartidas por los reunidos. Por el camarada Malle se propone que para haer el nombramiento de los cargos del Comité de Radio lleven militando en el Partido antes del movimiento del 19 de julio, 1 año por lo menos. El camarada Lozano pide la palabra, y después de serle concedida hace constar que es justa y es norma que debe seguirse, en el caso de que hubiere militantes suficientes antiguos al movimiento con un año de afiliación al partido; o en otro caso, que se verifique con los más antiguos en el Partido. Sometido a discusión, es aprobada la proposición del camarada Malle, teniendo en cuenta que hay suficiente número de militantes que pertenecen al partido más de 1 año antes del movimiento fascista. Por el camarada Felipe se proponen los nombres de Miguel Malle, Rafael Lozano y Emiliano Lalana. Sometidos a discusión son aprobados por unanimidad. Asimismo se propone a los camaradas Nicanor Felipe, Matías Coello, Daniel Orús (que aun no estando presente en la reunión ha sido debido por causa del servicio), Juan Lacasa, Severiano Landa y Ángel Casajús. Sometidos ampliamente a discusion los nombres, no se pone reparo alguno, sino por el contrario parecen acertadísimos para dirigir el Radio Comunista y trasladar nuestra voz allá donde sea necesario. Queda pues el Comité de Radio constituido de la siguiente forma: Secretario General: Miguel Malle Secretario de Organización: Rafael Lozano Secretario de Agit-pro: Emiliano Lalana Secretario de Milicias: Nicanor Felipe Secretario de Juventudes: Matías Coello. Secretario del S.R.I. Daniel Orús. Adjuntos para la Secretaría de Agit-pro. a un camarada por cada compañía del Batallón, recayendo en los camaradas Juan Lacasa, por la tercera compañía, Severiano Landa, por la primera, y Ángel Casajús de manera provisional. Los restantes a su debido tiempo se verificará el nombramiento, ya que en la segunda compañía sólo hay dos camaradas. El de ametralladoras lo designará el Radio. Por el camarada Lozano se dio lectura del manifiesto lanzado por el Comité Central, y que se dirige a las masas laboriosas del campo y de la ciudad, a todos los antifascistas, marcándoles el camino de la victoria y son aprobados por aclamación y con entusiasmo los 10 articulados del mismo, acordándose se remita al Comité Central la manifestación de júbilo por la línea de conducta de nuestro glorioso Partido, que es sin género de duda el verdadero dirigente de la revolución en España. Se acuerda que inmediatamente se remitan los fondos necesarios para que sea proporcionado este Radio de 150 carnets para el próximo año 1937, así como los sellos de cotización y en definitiva todo el material necesario para la buena marcha de nuestro Radio. Y no habiendo otros asuntos a tratar, se dio por terminada la presente reunión y extendida la presenta acta por el Secretario de Organización, es firmada por el mismo y por el Secretario General, la cual se enviará inmediatamente al Comité Provincial, quedándose copia de la misma en este Radio.
El Secretario General,
(Fdo.: M. Malle) El Secretario de Organización, (Fdo.: R. Lozano)
(Sello: Radio Comunista del Batallón Alto Aragón).
La primera de las dos páginas lleva un sello del Archivo: AHN, Guerra Civil, Sección Político-Social; aparte de la nota y número de archivo iniciales, hay a mano un número, "440", y los nombres en la lista de cargos aparecen subrayados. Quizá para levantar otra acta, o añadirlos a otra lista.
Es una historia de la guerra civil, una de tantas; la cuenta Esteban C. Gómez en su libro El eco de las descargas, publicado por el autor en 2002. (También en este foro de historia militar se habla algo del asunto).
En el infausto verano del 36, la Guardia Civil hace reclutamientos forzosos de izquierdistas, y de "remolones" que no se habían sumado al llamado Alzamiento Nacional, en los pueblos de La Rioja y Navarra; van destinados a la "Segunda Bandera de la Legión, General Sanjurjo", establecida en la Aljafería de Zaragoza. A unos 700 reclutaron. Ya eran de entrada sospechosos de no estar allí por gusto. Pasaron unas semanas de instrucción en el campamento de San Gregorio. (Por cierto que también yo estuve haciendo instrucción allí, en la mili—mi experiencia más fascio-cuartelera, por no decir concentracionaria). Luego los llevan donde el frente, a Almudévar. Y durante la noche se producen algunas deserciones...
Algún informante le dice al Estado Mayor en Zaragoza que los de la "Bandera Sanjurjo" pensaban pasarse al bando republicano. Información fiable o no fiable... pues al parecer sigue archivada. En todo caso, los vuelven a subir en los camiones y los llevan de vuelta a Zaragoza, al campamento de San Gregorio:
"Se les manda formar desarmados en el patio y a continuación son encerrados en los barracones. Al día siguiente, dos de Octubre, empiezan los fusilamientos: sin formación de causa. En diversas ’sacas’ y hasta el día nueve, a escasos doscientos metros de la Academia General Militar, sería liquidada la mayoría de la Bandera." (528)
Vamos, que fusilaron sin juicio previo a sus propios soldados— a los que NO habían desertado— por un chivatazo o un rumor. Así era esta guerra, y así eran las autoridades militares de Zaragoza. Esteban Gómez habla de un número difícil de calcular, de entre 300 y 600 fusilados, en estos barracones de la muerte, aunque considera la última cifra exagerada.
Un superviviente, de Marcilla, Felipe Marín, "Chaneje", narró su experiencia en Navarra 1936. De la esperanza al terror (Altaffaaylla Kultur Taldea, 1986, cit. por Esteban Gómez, p. 529-30). El relato vale la pena: además de ser un testimonio valioso, es muy instructivo sobre hasta dónde conviene seguir las órdenes. Como relato es mejor que muchas ficciones, y más terrible, claro. Especialmente llamativo el uso en primera persona de este verbo—"nos mataron".
"Aquí en el pueblo nos estaban matando a unos pocos cada día, cuando querían. Entonces va y nos llaman del Centro de Falange a 42 hombres. Cuando vino el Movimiento nos señalaron con un brazalete blanco y cuando veníamos del campo teníamos que ir a presentarnos todos los días al Ayuntamiento. Un día de esos que fuimos al Ayuntamiento, en cuenta de mandarnos poco a poco a nuestras casas, como hacían, nos tuvieron allí. Cuando estuvimos todos juntos nos dijeron que habían ’pensau’ que se estaba formando una bandera del Tercio, que según la iban a llamar el ’Tercio de Sanjurjo’, en Zaragoza, y que como aquí estaban matando—ellos mismos nos lo dijeron—; como aquí todos los días sacaban alguno a matar, que habían ’pensau’, ’pa’ que no nos ’pasaría’ eso a nosotros, mandarnos allí.
Salimos de Marcilla el 2 de septiembre y llegamos a Zaragoza en tren el mismo día. Nosotros estuvimos allí un mes haciendo instrucción con la Bandera. La primera salida que tuvimos nos llevaron a Almudévar que está entre Zaragoza y Huesca. nos metieron a dormir aquella noche en una granja que hay, que la llaman la Granja del Gobierno. ¿Qué pasó allí? Lo voy a explicar. Allí no pasó nada. Aquella noche se pasaron tres a los rojos. Pero eso ocurre siempre. Fueron tres: Uno de Marcilla (un tal Maroto), me parece que era otro de Pitillas y un tercero de no sé dónde. Pero eso, de todsa las fuerzas se han ’pasau’ y no ha ocurrido eso. Se han ’pasau’ ’soldaus’, requetés, porque los requetés iban muchos que no eran, que estaban allí para salvarse y llegar al frente y el que podía se pasaba.
A la mañana, en cuenta de meternos al frente, nos cogen en los camiones y nos traen a Zaragoza.
Llegamos a San Gregorio —que a la Academia General hay 500 metros— y nos dicen: ’Dejad todo el equipaje en las arquillas’. Una vez que dejamos todo, nos dicen: ’¡A formar sin armas!’ Formamos, nos llevan a la Academia por compañías, nos meten en una nave terrible. Esto era por la tarde. Al otro día por la mañana, a razón del mediodía, empezaron a sacarnos. A todos nos fusilaron en una ladera del monte, que se conserva igual. Yo señalaría el punto exacto donde ocurrió; llegas a la Academia Militar, una vez que la has ’pasau’ te pones en la carretera cara al monte y a 200 metros de la Academia hay un ’montico’. En esa ’laderica’ del monte es donde nos mataron. Al primero y segundo grupo los sacaron sueltos. Nos metieron entre dos filas de ellos —falangistas— y nos llevaron a unos 150 metros de la Academia; allí nos liquidaban.
Conforme mataban a un grupo, ’pa’ cuando volvían a por el otro, aquel ya no estaba allí. Se lo habían ’llevau’. Esto sé yo cómo fue la cosa porque los camiones pasaban por Zaragoza y dejaban un reguero de sangre por todsas las calles y en Zaragoza hubo un ’runrún’ terrible. Los llevaban en camiones volquete, se arrimaban a la zanja, los echaban y venían a por otro grupo. Desde la Academia hasta Torrero —donde los enterraban— hay ocho kilómetros y había que atravesar toda la ciudad. Fue un escándalo. Habían ’matau’ a muchos cuando dejaron de fusilar. Por eso pararon.
Los fusilamientos empezaron el 2 de octubre y estuvieron matando durante siete días; me parece que el día 9 fue el último. Venían a razón de medio día y sacaban unos grupos (cuántos no lo sé) de a veinte individuos. A mí me tocó el primer día, en el segundo grupo. El primer día, en el primer grupo, mataron a un hermano mío. Cuando nos iban a fusilar, en el mismo grupo sacaron a un amigo mío, Eustaquio García, que estará en la lista. Éramos quintos. Ya llegamos al sitio y nos pusieron en fila. Uno más pequeño que yo, con una pistola ametralladora, era el que mandaba el piquete de falangistas, que además eran voluntarios.
Entonces, con sus fusiles apuntando, a 15 pasos de nosotros, va y dice: ’’¡Venga, poneros así!’, con malos modos. Y nos quiso poner en una ’riola’. Este García se iba a ir un poco más aparte que yo y le dije, ’¡ven aquí, que moriremos juntos!’. Y ’junticos’ nos quedamos. Le agarré del brazo y juntos nos ’quedemos’. Cuando iban a venir las balas, que así lo puedo decir, y eso no lo cambia nadie, cuando el tío ese que mandaba el piquete estaba con la pistola bajándola, es cuando a mí me dio ese arrebato y dije: ’Esta gente no me mata a mí aquí’. Y eché a correr. Tardarían un segundo o segundo y medio en morir los que quedaron allí.
Entonces todos venga a tirarme tiros a mí. Era un raso, un poco cuesta abajo, pero más raso que esta mesa. Más de 2 kilómetros sin poderme esconder en ningún ’lau’. A mí me venían las balas igual que si me hubiera metido en un avispero y no me quería picar ninguna abeja. Silbaban ’p’aquí’, silbaban ’p’allá’, por todos los ’costaus’. Y no me dio ninguna."
Enrique Cabrerizo Castellón fue uno de los muchos militares que se sumaron al Alzamiento, o como se le llame, de Franco, Mola y demás, en verano de 1936. Me interesa su historia porque se cruza en un momento importante con la de mi abuelo, Ángel García Benedito, uno de los muchos maestros asesinados ese verano. Se pueden leer estas historias en el libro de Esteban C. Gómez El eco de las descargas: El fin de la esperanza republicana, impresionante documento sobre la represión realizada por el bando nacional en Jaca y comarca.
Vivía mi abuelo en Biescas; no era el maestro de Biescas, que a ése también lo asesinaron, sino de Escuer, un pueblo que había ayudado a diseñar y construir, trasladándolo desde lo alto del monte al valle, al lado de la carretera. Con tanta actividad se debió ganar la enemistad de alguien, seguro que más por el carácter del odiador en cuestión que por cuestiones racionales o razonables. Y estaba afiliado a Izquierda Republicana, razón más que suficiente para morir en aquellos años, si caías en las zarpas de esos pandilleros asesinos pseudo-idealistas, los falangistas.
En 1936 Enrique Cabrerizo era capitán. En el desfile del 1º de Mayo en Jaca, día de gran exaltación republicana e izquierdista, interrumpió la manifestación al mando de un piquete de soldados, amenazando a los manifestantes con una ametralladora. En las revueltas que siguieron fue apresado por manifestantes y estuvo en peligro de ser linchado, aunque la turba se contuvo a instancias de los dirigentes izquierdistas más responsables, como Julián Mur o "El Relojero", que procuraron contener los ánimos.
Cabrerizo era, o se volvió por entonces, uno de los conspiradores que preparaban el golpe contra la república. El líder de la revuelta en Aragón fue el republicano y masón general Cabanellas. En Huesca el líder era el general De Benito,
"en Jaca, contaba De Benito con un aliado, por la falta de carácter, en el coronel Rafael Bernabeu, pero era el comandante Dionisio Pareja, delegado en Jaca de la UME, el muñidor de la trama golpista. En ella participaban el teniente coronel Rogelio Gorgojo (segundo del Regimiento); los comandantes José de la Vega Montenegro y Lorenzo García Polo; los capitanes Gutiérrez Laguía, Senra Calvo, López Roldán, Ruiz González, Soto López y Cabrerizo Castellón (este último retirado por la ley Azaña y enlace con las defenestradas fuerzas vivas del viejo régimen)" (Esteban Gómez, El eco de las descargas, p. 99)
En última instancia, las acciones de represión criminal del bando nacional seguían instrucciones dadas desde arriba, desde los generales conjurados, y muy en concreto del general Mola. Como nos recuerda Miguel Moliné, sembrar el terror y la violencia extrema era su estrategia declarada y premeditada, aun antes de comenzar la guerra:
"La instrucción reservada nº 1, firmada en Madrid el 25 de mayo de 1936, dirigida a los futuros jefes del pronunciamiento decía: ’Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no adictos al Movimiento, aplicándoles castigos ejemplares a dichos individuos para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas’. Una vez iniciada la revuelta en Pamplona, Mola insiste: es necesario propagar una atmósfera de terror (…)." ("La represión en la guerra civil")
Evidentemente, quienes seguían, daban por buenas, y cuidaban de aplicar tales instrucciones eran tan culpables de crímenes de guerra como los soldados y matones encargarlos de apretar los gatillos.
El 15 de julio se reunió Cabrerizo y otros con el general Álvarez Arenas, que hacía contactos de última hora simulando una excursión de veraneo. Estaban allí los ex-alcaldes de la dictadura y de la monarquía, García Aibar y Antonio Pueyo, además del comandante Pareja. (Sigo en todo esto el relato de Esteban Gómez).
El 31 de julio unos militares mandados por el capitán Fernández Escudero fueron a Anzánigo a matar al alcalde y a otros que tenían en la lista, entre ellos el practicante Ramón Cortina. Unos familiares movieron hilos para interceder, por medio de un conocido suyo, ante Cabrerizo. Este envió un mensaje, "Quiero que Cortina llegue vivo a Jaca". Al alcalde lo fusilaron por el camino, pero el practicante llegó vivo a la cárcel de Jaca y allí estuvo preso toda la guerra. En este caso aún estuvo de suerte. Si algo le gusta a la gente de orden son las recomendaciones de otros de su cuerda, y que les deban favores, sobre todo si salen baratos. (Y una vida no valía nada).
La Falange no tenía en Jaca más que algún votante suelto antes de la guerra. Pero rápidamente se engrosaron sus filas, de reclutas forzosos, interesados, matones, iluminados, arrivistas o supervivientes. Se organizó ese verano una Centuria de Falange en Jaca, el 14 de agosto del 1936. El jefe civil de la centuria sería Luis Abad Bovio, y el jefe militar sería el teniente de Carabineros Alfredo Parrón, cuñado del capitán Cabrerizo y de Marta Gavín; el subjefe sería José Luz.
Por entonces ya habían asesinado a mi abuelo unos falangistas "de importación" que venían de La Rioja. Destinados en Jaca, hicieron una expedición a Biescas. Llegaron a la plaza del pueblo donde había al parecer exaltación patriótica, y como mi abuelo vivía en la misma plaza, y no había visto motivos para huir, pues allí mismo lo cogieron y se ensañaron con él. Al volver a Jaca se lo llevaron, supongo que con excusa de arrestarlo, pero lo fusilaron antes de llegar a Escuer y lo dejaron tirado en el campo, cerca del barranco de Arás. Supongo que lo considerarían un acto heroico, además de patriótico—así andaban los criterios.
Era el capitán Cabrerizo el jefe militar de la plaza de Biescas, y por tanto responsable del orden público allí. No sé si daría órdenes al respecto, o si se limitó a dejar hacer a sus socios. Los falangistas venían ya buscando al maestro desde que pasaron por Escuer camino de Biescas—pues era allí donde les habían ya señalado a mi abuelo como hombre de izquierdas. En todo caso nadie persiguió a los asesinos, ni les pidió cuentas de qué habían hecho con sus prisioneros cuando se los llevaron "detenidos". Más bien les invitarían a unos chatos, me supongo. Hay que suponer por tanto que esta autoridad militar es la responsable del asesinato, judicialmente hablando, tanto como los anónimos matones que lo llevaron a cabo. Aunque en realidad, judicialmente hablando, los asesinos y matones siempre han tenido a los jueces y a las leyes de su parte, con una amnistía en 1966 y otra en la Transición. Así en bloque, que somos generosos.
Otro de los responsables irresponsables, claro, era el coronel Bernabeu, que mandaba supuestamente en Jaca, pero que "se había manifestado como un pobre hombre, de carácter débil, al que manejaban a su antojo el comandante Pareja y el capitán Cabrerizo" (El eco de las descargas, 273). Bernabeu murió en accidente de circulación el día 5 de octubre del 36: "Sucedió que al abrir la puerta del vehículo para escupir y no percatarse de la proximidad de una curva, impulsado por la inercia, cayó rodando a tierra". Algunos decían que lo había matado el chófer, falangista "camisa vieja", por quitarlo de enmedio. Máximo Silvio, en La Guerra en el Frente de Aragón, citado por Gómez, reproduce una entrevista de un periódico de la zona republicana, a un labriego vecino:
"—¿Siguen fusilando los fascistas? —Todos los días caen de ocho a diez. —¿Quién manda en Jaca? —El capitán Cabrerizo. Un hombre sin corazón, un déspota y tirano. —¿Y el coronel Bernabeu? —Poco pinta. Desde que su hijo, que era Guardia de Asalto, murió heroicamente en Barcelona defendiendo la casa del pueblo, estaba idiotizado. Un día murió, según parece a manos de su chófer. Aún no se ha puesto en claro el asunto."
Hasta muchas cosas no llega la historia. El Eco de las Descargas es una obra muy bien documentada, aunque claramente tendenciosa de izquierdas, y que habrá resultado incómoda para muchos. No ignora los crímenes del bando republicano, aunque sí tiende a excusarlos o minimizarlos. Pero al centrarse en la Jacetania, ocupada mayormente por los nacionales, la balanza del crimen se inclina espontáneamente del lado que sembraba el orden y el terror allí.
Del carácter de Cabrerizo da idea el tratamiento que dio al ex-alcalde republicano de Jaca, Julián Mur, muerto en un tiroteo en Gavín mientras luchaba en el bando republicano.
"Por orden expresa del capitán Enrique Cabrerizo Castellón, máxima autoridad franco-falangista en el frente de Biescas, Mur fue, después de desfigurarlo, llevado a Jaca.
’... después de despojarlo de sus ropas de oficial, en verdad elegante, será cubierto de harapos y expuesto en el peldaño de entrada del Ayuntamiento. Los vecinos serán obligados a desfilar delante del antiguo alcalde, ahora bandolero. Algunos le escupen a la cara’. (Ramón Ferrerons y Antonio Gascón, El Esquinazau. Perfil de un luchador)
A las once de la mañana del 298 de Noviembre de 1936 llegó a las puertas del Ayuntamiento de Jaca un coche seguido de un pequeño camión militar. Del coche descendieron el capitán Cabrerizo y el capitán Navarro (de ’Casa la Paja’). Los soldados bajaron del camión el cadáver semirrígido de Julián Mur y lo dejaron cruzado en la puerta principal del Ayuntamiento a los pies de un grupo de ’notables’ que se hallaban a la espera. El capitán Cabrerizo les dijo: ’¡Ahí lo tenéis!’. Y luego se marchó." (El eco de las descargas, 291)
Según el periodista republicano Juan M. Soler ("Máximo Silvio"), Julián Mur había salvado a Cabrerizo de ser linchado en Jaca, durante los sucesos de Mayo, pero ahora éste miraba satisfecho su cadáver y dio orden de no enterrarlo, para exhibirlo como trofeo. Ni siquiera le cerraron los ojos—imagen que parece haber impresionado a muchos de los que vieron el cadáver del ex-alcalde, tirado ante el Ayuntamiento. Se comentó mucho en Jaca lo de "los ojos de Mur"—como si esa mirada muerta resumiese el horror y el rencor producido por la guerra.
También se encargó Cabrerizo de los reclutamientos forzosos:
"Fuimos concentrados los jóvenes de los valles y comarca de entre 18 y 30 años en Santa Cilia de Jaca. Una vez formados, el capitán Cabrerizo pidió que los ’voluntarios para defender la patria’ dieran un paso al frente. Lo dieron 3. Entonces el coronel Caso, que había sustituido a Bernabeu, que no salía de su asombro, se dirigió a la formación y mandó a los que estuvieran casados dar un paso al frente. A los otros nos ordenaron subir a los camiones y fuimos todos ’voluntarios’ al Cuartel de la Victoria a recibir instrucción. Éramos muchos, un montón." (Cit. en El eco de las descargas, 304).
El 19 de junio de 1937, se celebra en Jaca solemnemente la toma de Bilbao. Por entonces ya había ascendido Cabrerizo a comandante, y pronunció un discurso para la ocasión. Al llegar el invierno Cabrerizo fue destinado fuera de Jaca, al igual que Caso y que otro de los grandes represores en la comarca, Dionisio Pareja Arenilla, ascendido a teniente coronel. Seguían los fusilamientos ocasionalmente, aunque ya habían matado a casi todos los que pillaron que tenían en las listas de prioridades, y a muchos otros que cayeron por enmedio.
Biescas siempre estuvo en el la raya del frente. Primero quedó en zona nacional, pero a tiro de los rojos desde las montañas del este. Vamos, que para poder cruzar el río pusieron en el puente un tubo metálico, "El Tubo la Risa" lo llamaban, que resguardaba a los peatones de los francotiradores. Luego, en septiembre del 37, pasó el pueblo a poder de los republicanos, y cambiaron las tornas. Por último, volvió a zona nacional y entre unas cosas y otras quedó el pueblo listo para Regiones Devastadas. Así cuenta la ofensiva republicana del 37 Esteban Gómez:
"El día 22 de septiembre, tres meses después de ser sorprendidos y desalojados del monte Oturia, los republicanos, en su contraofensiva, cruzarían el Gállego por Oliván, al norte, y por Lasieso, al sur, sorprendiendo y desbordando las defensas ’nacionales’ con un potencial de fuego muy superior al imaginado. (...) Al norte, una vez cruzado el río y la carretera (al tiempo que otro batallón republicano atacaba frontalmente Gavín), se internaron por Escuer en dos direcciones: una, monte a través hacia Larrés y Acumuer; la otra, por la ladera del monte, hacia Biescas. Por la barrancada de Arás tomaron Yosa, Aso y Betés. En la ladera oeste de Biescas se hicieron con la batería de artillería (once sirvientes, un teniente y un alférez) instalada en la sierra Artica-San Juan, acequia del Salcillo, para rodear la población. Cuando el capitán Cabrerizo se percató de la maniobra envolvente, mandó a las tropas con las que pudo comunicarse, retirarse por la carretera que conduce al Valle de Tena. Él, junto con el ’Pochas’, ’Mosensanz’, ’Cristo Rey’, ’el Boira’ y otros civiles que por su conducta en la represión tenían de qué temer, escaparon por el canal de Energías de Jarandín. El entonces capitán ’Juanito’ Lacasa, nos cuenta que los vieron marchar y los dejaron, pues ’a enemigo que huye, puente de plata’. En Gavín quedaron aislados unos 90 combatientes ’nacionales’ que ofrecerían, durante día y medio, heroica resistencia. Las pocas casas que se mantenían en pie quedaron reducidas a escombros." (El eco de las descargas, 377)
’Juanito’ Lacasa Lardiés (¡a no confundir con Juan Lacasa Lacasa, alcalde de Jaca y jefe de Falange!) había sido dirigente del Frente Popular en Biescas. Había sido de los primeros en organizar la resistencia a la sublevación militar en el Serrablo, y pasaría a ser uno de los oficiales al mando de "El Esquinazau", en "la 43".
Pero veamos cómo acabó su vida, típica si no ejemplar, el comandante Cabrerizo:
"El 24 de Marzo [de 1938], a consecuencia de la actividad bélica desarrollada en el llano, moriría en Sangarrén Enrique Cabrerizo, comandante de infausto recuerdo en la zona y uno de nuestros mejores oficiales de acción según Juan Lacasa. Su muerte fue poco heroica. Según la prensa de Jaca ’... una bala traidora de un ’Paco’ [francotirador] rojo, cobarde, segó la vida del comandante del Regimiento Galicia’. Un soldado de entonces, Ángel Sanjuán, que vio el cadáver aún caliente, nos explica su apreciación de esta manera: ’Le faltaban dos botones de la pechera y tenía los ojos muy abiertos. Cuando cayó iban con él un ’voluntario’ de Jaca y un soldado de Lalueza a quien habían fusilado un hermano en Huesca. Éstos arrancaron barranquera abajo disparando detrás de un ’Paco’ que, al ser preguntados, ellos mismos declararon no haber visto. Eso fue todo. No pasó nada. La ofensiva continuaba." (El eco de las descargas, 401).
El general Mola había muerto en un accidente de aviación, dejando el camino expedito a Franco para hacerse con el poder absoluto. De arriba abajo en la cadena de responsabilidades de los crímenes de la españa Nacional, y la roja, unos sobrevivieron la guerra y otros no. So it goes. A lo largo de 1938 morirían también dos cabecillas de la Falange de Jaca: Juan Arias González y Luis Abad Bovio, "que habían contribuido de forma activa al éxito de la rebelión y a imponer el ’nuevo orden’ en Jaca y su comarca. Ambos murieron en el frente y a los dos se les habían reconocido ’los relevantes servicios prestados’ con respectivos ascensos a sargento y a teniente en la paramilitar Falange." (El eco de las descargas, 403). Estos también decidieron muchas muertes y ampararon a muchos asesinos. Y a otros los convirtieron a la fuerza en asesinos involuntarios, todos cogidos de la mano en la cadena de mando del crimen y la guerra.
De los matones riojanos, ni se sabe. Si sobrevivieron a la guerra, debieron volver a la tasca del pueblo, de donde nunca debieron haber salido a ver mundo.
Está bien este artículo de Javier y Carlos Bardem sobre la vergonzosa política española (y por supuesto marroquí) con el Sáhara y los saharauis, a cuenta del caso Aminetu Haidar. Aunque se queda corto.
Del nivel de bajeza de la política española en el Sáhara, sobre todo desde los años 70, casi no se puede dar una idea exacta. Venía siendo tradicional por parte de la izquierda un apoyo así un poco de boquilla al Frente Polisario, pero especialmente desde que apareció Zapatero todo son abrazos y buen rollito con Marruecos, y al Sáhara que lo parta un rayo, aunque se incumplan todas las resoluciones de la ONU y todas las responsabilidades políticas y morales de España.
España, por una política de descolonización mal orientada, dejó el Sáhara en tromba, en lugar de defenderlo de una ocupación "pacífica" por parte de los marroquíes. Menos mal que a éstos no les dio por orientar la Marcha Verde hacia Ceuta o Melilla o Andalucía o Canarias, porque posiblemente hubieran caído con la misma facilidad que el Sáhara, ante un gobierno desorientado mirándose unos a otros y a ver qué decía el jefe—con un jefe de estado inepto, y con el viejo dictador entubado y sin posibilidad de dar órdenes. Sería mucho decir que con Franco no hubiera pasado lo que pasó... de la guerra de Ifni, supongo que no se acuerdan ni los que fueron allí, y hubo amplias muestras de incompetencia. Pero por lo menos se hizo un amago de defenderse. Y está inscrito en el momento elegido para la Marcha Verde que pasaba España por un momento especialmente débil.
Es triste decir que de todos los gobernantes españoles el que mejor se ha portado con los saharauis fue Franco—sí, el facha de Franco, menos facha en esto que todos los que le han seguido. De súbditos coloniales, convirtió a los saharauis en ciudadanos españoles, como a los de Almería. Para lo que les sirvió... Como ciudadanos de Franco eran también súbditos, claro, y sujetos a las arbitrariedades del gobierno de la época, y a las arbitrariedades aún mayores que se dieron con el vacío de poder. Pero no andamos ahora mejor que en esos años, ni de memoria ni de rigor, ni de dignidad.
En un país con una mínima coherencia política, se hubiera pasado factura a los responsables de semejante fiasco—pero aquí no recuerdo que se hablase dos veces del tema. Ni que dimitiese el gobierno siquiera, claro que con la que les venía cayendo a ellos con la crisis política y la transición... Se entiende que nadie pidiese deponer al jefe del Estado por alta traición, pues había falta no sólo de costumbre sino de apoyatura legal, y nunca a los reyes del viejo estilo se les aplicó semejante tratamiento—menos en Inglaterra quizá—ni aunque pierdan una provincia del tamaño de media España, sin mover un dedo. Que, oye, es mucho perder, así para estrenarse y empezar el reino con buen pie. Dos de esas, y nos quedamos sin provincias donde reinar.
Esto le ha salido gratis al Rey. ¿Pero... que ni siquiera se buscase algún cabeza de turco? ¿Que no se diese ni entonces ni después el menor amago de depurar responsabilidades? Ya no es que no se haya juzgado a nadie por alta traición; es que no cayó ni Arias Navarro, y allí no dimitió ni el botones del Ministerio. Más bien, a Arias Navarro se le nombró Grande de España—"se le nombró", vamos, el rey lo nombró. Indicación clara de a qué nivel recaían las auténticas responsabilidades de lo sucedido. Lo que digo, menos mal que a Marruecos no le dio por ocupar Andalucía, que el mismo derecho legal tenía a hacerlo. España se dedicó a fingir que no había sucedido nada, una solución redonda.Y a dí de hoy aún se sigue luciendo con la herencia del Sáhara, en casos como el de Aminetu Haidar, y explorando nuevas dimensiones de la bajeza.
Porque lo que se entiende aún menos es el simulacro de amistad y proximidad con Marruecos, y tanta diplomacia servil y tantos paños calientes y tanto primo del sur, mientras sigue bajo una ocupación ilegal y no reconocida internacionalmente un territorio que era responsabilidad de España, y poblado por gente que eran, y ni se sabe en virtud de qué dejaron de ser, ciudadanos españoles. Esto es bajeza hasta perder la medida. Sólo la existencia de resoluciones de descolonización de la ONU ha servido a España como una mínima excusa para salvar mínimamente la cara, aunque no parece que le preocupe mucho nada de este tema de la cara. Y claro que Marruecos no cumple esas resoluciones, y tan panchos, España con su administración teórica, humillada pero viendo telebasura; Marruecos con su ocupación efectiva, y el Polisario rabiando tras el muro, con sus campamentos destartalados en el desierto. Con lo cual se ha creado una situación que no tiene solución ni difícil ni fácil.
Para muchos, sólo en las canciones habrá un asomo de esa libertad. En la realidad, sólo hay grados de servidumbres—más o menos voluntarias, cuando hay suerte. O servidumbres impuestas, cuando la historia sopla viento en contra, y cuando quienes tenían que dar la cara por esa libertad prefieren eludir sus responsabilidades. Sin que nadie pase factura.
En el desván de los recuerdos que es YouTube aparece este documental sobre la guerra civil española, rodado por Joris Ivens en 1937, a favor del bando republicano, cuando aún había una esperanza de ganar la guerra. Está narrado por Ernest Hemingway, y proporciona una inmersión única en lo que era el ambiente y las escenas de la época, desde el día a día en los pueblos hasta los bombardeos aéreos o la guerra de propaganda—idealizando, cómo no, la causa republicana. Aquí van las seis partes en fila india:
Antes cosas como esta había que esperar verlas si acaso en algún congreso sobre Hemingway, o quizá en algún cincuenta aniversario de la guerra civil, si le daba a alguna cadena televisiva por programarlas. Ahora, en YouTube, las emiten todo el día. Se dice pronto.
Aún han salido 300 o 400 personas a manifestarse contra Franco; parece que aún cabalga en alguna estatua mental. Mejor sería pasar del tema, por aquello del "que hablen aunque sea mal". A ver cuándo llega el día que no nos acordamos del Veinte Ene ni los antifranquistas, ni los franquistas, ni yo tampoco. A Fernando VII o a Pepe Botella ya no se les hacen manifestaciones en contra ni a favor, ni a la Primera República. Pero cuando sigue habiendo debate sobre estas cuestiones, y hay ánimos soliviantados, es porque están mal resueltos estos temas, mal que nos pese. Sigue habiendo historias alternativas e incompatibles, y las habrá mientras haya gente interesada en identificarse con uno de los bandos, y en minimizar sus crímenes.
Aquí hay una historia de horrores bastante tolerable, por así decirlo, en su ecuanimidad, un vídeo en cuatro capítulos de las matanzas de retaguardia en ambos bandos:
Esto es lo que sucede cuando se hacen con el espacio público los peores—salen criminales de debajo de las piedras, llenos de "intensidad apasionada" como decía Yeats—y se organiza un torbellino que ya no se puede parar.
Things fall apart; the centre cannot hold; Mere anarchy is loosed upon the world, The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere The ceremony of innocence is drowned; The best lack all conviction, while the worst Are full of passionate intensity.
Pero nadie piense que la gente era especialmente malvada en los años 30. Ni siquiera Franco. Las grandes maldades las cometen entre muchas personas, las menos de ellas con intención de hacer el mal; más con intención de hacer el bien; otros obedeciendo de modo indiferente, casi todos atrapados en su situación y su círculo de relaciones; unos disfrutando, otros sufriendo. Todos los que participaron en las atrocidades cometidas son malvados vistos de lejos—sus acciones los condenan para nosotros. Vistos de cerca, la cosa cambia y es mucho más complicada. Jonathan Littell escribió sobre esto algunas verdades desagradables.
Notas sobre una conferencia de Ángela Cenarro (U de Zaragoza) en el seminario sobre "Hispanismo e historia en el mundo actual" (Biblioteca María Moliner, U de Zaragoza, 19/20-N 2009). Una conferenciante que ha publicado diversos libros y artículos sobre la guerra civil y posguerra, y sobre los hispanistas británicos; y que ha realizado estancias en la London School of Economics (en el departamento de Paul Preston, de donde guarda grato recuerdo), y en el Remarque Institute de la Universidad de Nueva York.
El hispanismo no es una disciplina rígida o perfectamente delimitada, pero sí una forma de trabajar que requiere una metodología y un rigor, una formación experta en lengua, literatura o historia, aunque los hay fuera del ámbito universitario. Hay una cierta identidad de colectivo, de participación en un ámbito experto y una serie de foros e instituciones, y por supuesto un gusto por el estudio de la lengua, historia y cultura española. Nos centraremos en los historiadores.
Veremos en qué contexto institucional (e histórico) surge la obra de los hispanistas británicos contemporáneos. Julián Casanova (en La historia social y los historiadores) dice bien que no son una escuela, pues los une el tema, no la perspectiva sobre él; éstas son diversas. Hay pluralidad: historia política, local... tanto en Inglaterra como en España.
El tema clave de los historiadores hispanistas británicos ha sido la guerra civil. Es imposible trabajar sobre la guerra civil en nombre de la objetividad, tanto en España como en Inglaterra, país que fue el adalid de la "no intervención". Hay en los historiadores hispanistas británicos un compromiso ético, además de una ideología ("de izquierdas", dice, lo cual parece demasiado generalizar... aunque claro, Stanley G. Payne es americano).
Con Hugh Thomas podríamos situar el punto de arranque; durante más de veinte años después de la guerra no hay una producción relevante, quizá por un exceso de proximidad al conflicto. Es en los años 60 donde se comienza más en serio. No se trata sólo de "contar" la guerra civil, sino de usarla para realizar una reflexión global sobre la historia mundial contemporánea. También se valoran la modernidad o no de España, las razones y consecuencias del fracaso republicano, etc. Es un gran episodio del siglo XX a nivel europeo, con todos los ingredientes (según dice Preston), al ser el primer enfrentamiento contra el fascismo a nivel internacional; es el prólogo de la Segunda Guerra Mundial. Y esto le da un eco de gran causa romática para el mundo anglosajón, con las Brigadas Internacionales, etc... Pasa así a debatirse la historia española contemporánea a nivel internacional. (Aunque antes se había comentado el imperio español y su decadencia).
La violencia de la retaguardia también impacta a la opinión pública internacional: primero la de la zona republicana, luego la del área franquista. Todo esto impacta sobre estereotipos recibidos ya de antaño y que ahora se consolidan: el atraso español, la leyenda negra, el fanatismo y crueldad nacionales... Se han estudiado los estereotipos (por parte de Enrique Moradiellos, Tom Buchanan, etc.) como maneras de atraer voluntades a uno de los dos bandos, acudiendo a mitos románticos y a la Leyenda Negra sobre la intolerancia española, y sobre el dominio de las oligarquías.
Desde el punto de vista romántico, la causa de la República enlaza con la herencia de la España de guerrilleros apasionados luchando por su liberacion y emancipación, "el pueblo", lenguaje utilizado tanto por la retaguardia republicana (la Pasionaria) como por parte de los propagandistas británicos. Son mitos compartidos, construidos tando desde fuera de España como desde dentro.
También se ve la guerra española, como ha mostrado Moradiellos, en el contexto de la crisis europea de los años 30 (España es "un espejo deformante" de la situación europea, según un editorial del Times de la época—quizá estuviese pensando en Valle-Inclán se me ocurre). Anarquistas, carlistas, pocos liberales, pocos republicanos.... Es un panorama que se ve como extremo. España es también "un país lejano del que apenas sabemos nada" para gran parte de la opinión pública británica.
Los hispanistas británicos se propondrán desmontar estereotipos y montar un estudio empírico y riguroso de la guerra civil. Esto empieza en los años 30 con Gerald Brenan, etc., sigue con la escuela de Raymond Carr en Oxford. Se sientan las bases de un estudio riguroso de la historia de España y la guerra civil. Y así se pondrán las bases para un debate importante que en los años 80 renovará el paradigma sobre los estudios no sólo de España, sino de Europa, reinterpretando los procesos históricos del siglo XX. Los hispanistas británicos son bien conocidos en España, pero hay que tener en cuenta que participan de otras tradiciones académicas de las que son deudores más que creadores; no son especialmente relevantes ni conocidos en el Reino Unido, donde hay más expertos en otros países europeos, y los hispanistas tienen un lugar más bien modesto y marginal; participan de las renovaciones historiográficas y nuevos paradigmas pero más bien como deudores que como impulsores de estos cambios.
Remontándonos más atrás, hay que nombrar a los viajeros británicos, a partir del XVIII; dan una visión exótica y romántica de España, mezclándose con los pueblos y la gente ordinaria o marginal, especialmente en Andalucía; pero hay que pensar que ellos mismos son personajes extravagantes o atípicos, como George Borrow, repartidor de biblias protestantes. La experiencia del viaje mediatiza mucho la perspectiva que dan de España; no son académicos, desde luego. También está Richard Ford, con el Manual para viajeros por España... España se asocia a lo romántico, lo clásico, lo atrasado, lo sentimental y pasional. La Península es un terreno neutral "entre el sombrero y el turbante". Brenan también está en esta tradición: allí era un escritor de poco éxito en Gran Bretaña, del grupo de Bloomsbury; hay una excelente biografía que muestra cómo no encajaba en la sociedad victoriana. En España encontrará un ámbito para su sed de experiencias vitales; escribirá estudios a medio camino entre la antropología, la literatura y la historia.
Algo de esto hay también en otros hispanistas, como Ian Gibson, Fraser; buscan el sur, el calor, el exotismo. Es importante la experiencia personal y vital del historiador, muchas veces producto del azar. O Paul Preston, tiene una cierta marca de esta experiencia del viajero por lugares exóticos. El clima, la comida, la calidez de los españoles, el paisaje... También importan otros factores: el peso del localismo que no favorece la producción de historias que no sean locales, y abren el terreno a los británicos.
Otra tradición quizá menos influyente ha sido la de la antropología social; Julian Pitt-Rivers aplica los modelos funcionalistas de la antropología a una comunidad andaluza como Grazalema. Es la primera vez que se aplica este modelo (de culturas "del imperio") a un ámbito español. Descubrirá Pitt-Rivers que necesita un enfoque más complejo que el utilizado para tratar con sociedades más primitivas; y será difícil el entronque de estos enfoques sociológicos con la historia. Pero será influyente sobre Carr, y en los estudios sobre caciquismo de Moreno Luzón y Varela Ortega (desde los años 70).
Tradición de la historiografía liberal: Son obras muy documentadas, bien narradas, literariamente bellas; es importante la atención a las dimensiones institucionales del poder. También la descripción de la sociedad y la economía, en Carr, etc., pero lo decisivo es la interpretación política: que el liberalismo no consigue imponerse. En Preston, se ve como la polarización entre la izquierda y la derecha. Es una concepción del poder en la que prima la lucha política, o el fracaso de la política. También se da gran importancia a la responsabilidad y la acción del sujeto, los líderes, los hombres que toman desiciones. Una gran paradoja de esta escuela historiográfica liberal para los españoles es que es la dominante en el Reino Unido. Y la renovadora escuela marxista y sociológica no se plantea sus estudios en términos nacionales, sino sociológicos. Por eso es desde el punto de vista liberal, atento a la historia política, desde donde se enfoca la historia de España.
España está muy presente en la Cambridge Modern History, pero cuando Hobsbawm escribe El corto siglo XX habla de España como país desfasado con respecto al resto del continente, que es anómalo, con un panorama político atípico, no con un partidos fascista y uno comunista, sino con una extrema izquierda anarquista y el carlismo a la extrema derecha. Lo cual es una visión que también deja que desear. Hay que tener en cuenta que para los británicos Gran Bretaña aparece como un modelo de progreso político frente al cual los demás países son atrasados o fracasados, malos seguidores de su estela hacia el progreso. Allí hay estabilidad constitucional, equilibrio capitalista... en otros países bandazos, desigualdades, etc. Todo esto condiciona en gran medida la visión de la historiografía liberal sobre España y sobre otros países (siempre aparecen "detrás" de Gran Bretaña).
Las tradiciones historiográficas de otras naciones han iniciado debates propios pero se han visto muy influidas por la perspectiva británica. Barrington Moore (Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia, 1966) tiene un impacto tremendo, y causa una reinterpretación sobre el éxito o fracaso de la democracia en el período de entreguerras, acudiendo a razones que van a raíces muy remotas.
La historia de Hugh Thomas sobre la guerra civil (1961) es el primer trabajo serio sobre el conflicto, en un momento en que en España no se podía hacer historia. Spain de Carr (1966), etc. La idea de polarización entre fuerzas extremas es influyente en todas estas obras. Se interpreta que como consecuencia del atraso económico desigual en España no consigue imponerse el liberalismo—un fenómeno agudizado por la pérdida de las colonias y la crisis del 98. La democracia fracasa, tras el fracaso del liberalismo. Para Carr es una acumulación de fracasos. Al ampliar su trabajo con el estudio del franquismo, interpreta que es el franquismo el que moderniza la economía española. Claro, en el caso de Thomas o de Carr hablamos de personas de derechas, con un perfil social, familiar, conservador. La normalidad la ven como recuperada en el franquismo. Carr ha sido uno de los abanderados en este debate sobre el fracaso de la república (atribuido a los excesos demagógicos de la izquierda) y la polarización extremista. Lo mismo Richard Robinson, Stanley Payne, etc. Es decir, para ellos la izquierda es culpable de que el régimen democrático no se asiente: por la torpeza de los republicanos a la hora de pactar, eligiendo mal sus aliados.... Son debates que hoy se siguen tratando, pero que ya recibieron respuesta por parte de la escuela de Preston y otros. Éstos se posicionan contra "la nueva ortodoxia conservadora" y sitúan el problema en la derecha. El debate está muy posicionado ideológica y éticamente. En la obra de Preston et al. reciben más atención la resistencia de la derecha a la democratización del país, los métodos de presión y proapaganda, etc. En suma, es un debate con interpretaciones distintas sobre el proceso de modernización de España.
El cambio de paradigma será una crisis del modelo liberal y de la historiografía que lo acompaña (a resultas del fin del imperio británico). Un libro escrito por dos germanistas marxistas británicos, The Peculiarities of German History,de David Blackbourn y Geoff Eley, echa por tierra la famosa tesis del "peculiar camino" a la modernidad en Alemania. La revolución burguesa "desde arriba", o sea sin revolución, produce una sociedad burguesa moderna, dicen, al contrario de lo que argüía Barrington Moore. Dicen más bien que el fascismo surge no en sociedades donde la burguesía no se ha asentado políticamente, sino en sociedades burguesas, pero entre una burguesía que no acepta la democracia. Este paradigma será influyente sobre Preston y los hispanistas de izquierdas. Así, han difundido la idea de que España estaba plenamente inmersa en las tendencias modernizadoras del siglo XX, no era atípico. Hoy esto no se cuestiona ya: la crisis española no es atípica, y sus tendencias y crisis son las de otros países europeos.
Otras tendencias han renovado el panorama: la historia oral, la historia feminista, etc. Se crean centros dedicados al hispanismo: el de Carr en Oxford, el Cañada Blanch de Preston en la London School of Economics. Se difunde la historia de España en las revistas científicas. Y además los hispanistas británicos contemporáneos, aun siendo personajes "mediáticos", siempre han estado atentos a la historia que se hace en España, y han sido respetuosos con el trabajo de los historiadores españoles y participando en los debates de la historiografía española.
_________________
En la sesión de preguntas, ante la apariencia de que no iba a haber ninguna pregunta del público, me animo yo, y le pregunto a la conferenciante sobre un caso aparente de falta de debate en el ámbito que ha descrito. Más en concreto, la obra de los historiadores británicos ha sido criticada por algunos historiadores españoles como tendenciosa, romántica y poco rigurosa. Así por ejemplo (...aun sabiendo que en la Universidad suele ser motivo de escándalo...) menciono las obras bien vendidas de Pío Moa que son muy críticas al respecto—hace poco publicó Moa un libro,La quiebra de la historia progresista, donde era muy cáustico con varios hispanistas británicos, precisamente. O, por mencionar otro historiador quizá menos polémico, las críticas de González Cuevas a Preston, hace poco en un artículo de El Catoblepas. Comento que en una ocasión le oí a Paul Preston decir que él jamás aceptaría debatir con Pío Moa, y en cambio le oí a Moa que estaría encantado de debatir con Preston, pero que éste no quiere. ¿Hay un diálogo realmente con los historiadores españoles, o sólo con algunos?
Aquí contesta la conferenciante que ella tampoco sería partidaria de debatir con Pío Moa, a quien no considera un historiador; de hecho opina que debería existir más corporativismo entre los historiadores para hacer el vacío o ignorar totalmente a autores como éste, que escribe falsificaciones de la historia, llevado únicamente por una voluntad de oponerse al movimiento de la Memoria Histórica. No sé si utiliza la frase "cordón sanitario" para aplicársela a Moa, pero desde luego es la idea... Opina la ponente que el debate debe tener lugar entre auténticos historiadores, y que allí sí es posible la diversidad de opiniones—pero no con provocadores como Pío Moa.
Yo replico que poco corporativismo ya me parece mucho, o sea que no desearía yo más. Que líneas políticas tendenciosas seguramente las hay entre todos los interlocutores y .... (bueno, confieso que a mí los libros de Pío Moa, que tampoco he visto tantos, sí me parecen libros de historia: tendenciosos, quizá, como los de Preston por otra parte, pero no me han dado la impresión de ser "imitaciones" o "falsificaciones" de libros de historia, ahora que experto no soy, desde luego)... Lo que le pregunto a la conferenciante es si no sería bueno en todo caso el debate abierto, y no sólo en libros cuyos argumentos no llegan a encontrarse muchas veces o se ignoran deliberadamente. Y si sería ella de la misma opinión de desautorización total con respecto a González Cuevas. (Hay que decir que González Cuevas critica en sustancia a Preston por cuestiones muy parecidas a las de Moa—y que él mismo ha tenido sustanciosas peloteras publicadas contra Moa). Según González Cuevas, la historiografía de Preston es oportunista y tendenciosa en un sentido muy parecido al que aquí se atribuye a Moa, y sin embargo nadie cuestiona a Preston como "historiador" en sentido absoluto (bueno o malo). En opinión de la conferenciante, y de algún otro interviniente, González Cuevas sí es un historiador, con el que se puede disentir y se disiente, y se podría debatir con él—pero Moa es un simple falsario y provocador. Y en ningún caso habría que entrar a debatir con él—no porque no sea académico, sino porque no es historiador, no puede debatirse con alguien con quien no se comparte ni una mínima base que permita el entendimiento (¿?).
Una diferenciación tajante y unas posturas que a mí me parecen en exceso sectarias y simplistas.... esas líneas divisorias tan claras entre lo que está "in" y lo que está "out" no me convencen. Y menos en un caso como el de Moa, en el que hay precedentes de campañas organizadas de desprestigio, abucheos concertados y hasta peticiones sorprendentes de censurarlo o de enviarlo a la cárcel... ¡por el hecho de publicar sus ideas! Aunque repito que yo historiador tampoco soy, por mucho que me interese la historia, ni conozco el detalle qué datos supuestamente falsos se dice que presenta Moa; creo que es más bien una cuestión de interpretaciones y de valoraciones o alineamientos políticos. La visión que hoy oímos a este respecto es, desde luego, la misma postura que ya le hemos visto defender a Paul Preston en esta misma facultad. Así que el debate está servido...
... O no.
Por la tarde hay una mesa redonda, en la que se habla de muchas cosas pero me interesa resaltar una en concreto: un historiador italiano observa con cierta retranca que parece que aquí en España a los hispanistas se les ofrece un papel predeterminado, desde las instituciones: el de cantar las loas de lo modélico de la democracia española, y de lo bien que se hizo la transición, bendiciéndola desde afuera por así decirlo. Y que él está de acuerdo que todo muy bueno, pero que aun con todo lo va a decir igual, y no le gusta que se le presuponga ese papel.
Había poco público en la jornada. Era un homenaje a los maestros aragoneses asesinados "por el franquismo"—aunque muchos, como mi abuelo, en realidad fueron asesinados antes de que existiera "el franquismo". Y la media de edad de asistentes rondaba los sesenta años. Parece que no hay mucha voluntad de memoria, como ha observado alguno de los ponentes. Y desde luego ningún interés por la cuestión entre los futuros maestros en formación.
Los maestros asesinados en Aragón, ya sea al principio del levantamiento derechista, o tras la victoria de los franquistas, fueron más de cien. Nos han contado los ponentes, desde un punto de vista mayormente izquierdista y republicano, la labor cultural y social de esos maestros en los pueblos, muchos de ellos enfrentados a los poderes fácticos de caciques locales y curas. Había entre ellos mucha conciencia de la necesidad de una profunda reforma social, y fueron activos colaboradores en muchos casos de los partidos y sindicatos de izquierda. Al parecer mi abuelo estuvo afiliado a Izquierda Republicana, el partido de Azaña (ese que quería "triturar a la Iglesia"), aunque en una conferencia de hoy han aludido a él y han dicho que era conocido que era católico—lo cual no impidió que fuese una de las primeras víctimas de su región, denunciado como otros maestros por vecinos reaccionarios, rencorosos y criminales. "Les tenían ganas", dice otro de los conferenciantes.
Los maestros republicanos realizaron un considerable avance en la educación con pocos medios y mucha voluntad y dedicación; fueron agentes de alfabetización y de concienciación social para los derechos de los ciudadanos, además de maestros de escuela. Mi abuelo en concreto cambió su pueblo de sitio, bajándolo del monte hasta el valle y la carretera, y gestionó todas las ayudas y papeles necesarios. Otros muchos daban clases gratis a los mayores analfabetos, en las casas del pueblo y demás. E informaban a la gente de los derechos que les daba el nuevo régimen. No se equivocaba en cierto modo el franquismo al considerarlos agentes activos a favor de la República—y actuó en consecuencia con la mayor brutalidad, siguiendo los planes de Mola de sembrar el terror desde el principio y exterminar a cuantas personas políticamente comprometidas con la izquierda se pudiese. Luego se expulsó en bloque a todos los maestros de sus puestos, y sólo se permitió reingresar a quienes tuviesen buenos informes de curas y demás, y jurasen lealtad al régimen franquista.
Historias terroríficas esconden las guerras civiles, de rencillas entre amigos y familias. Por eso no es extraño que este tema de los asesinatos, castigos y expulsiones no termine de digerirse, y que pase sin transición (o con Transición) del tabú al olvido. Claro que hay una cierta simpatía hacia el tema por parte del gobierno, y subvenciones y jornadas, y muchos esfuerzos ahora por parte de unas pocas voces destacadas (Vicenç Navarro por ejemplo en un documental proyectado aquí, La escuela fusilada). Pero el público está frío, y pasa como digo del silencio al desinterés. Se ha sido doblemente injusto con estos maestros, y con otros represaliados, primero con el tratamiento injusto y criminal que se les dio, y luego no reivindicando adecuadamente su memoria cuando se podía—en aras de la reconciliación, como si la paz social no fuese posible sin la continuación del olvido.
Los maestros de la República llevaron adelante, frente a las estremecedoras limitaciones de su tiempo y contexto, un ideal de educación pública, gratuita, laica, universal, igual para los sexos; una educación crítica y basada en la actitud activa de los alumnos... al menos en los mejores casos. Esa herencia (sin duda un tanto idealizada aquí) la ven olvidada y desperdiciada los conferenciantes: no se ha reconectado con la herencia de la escuela republicana, y no tenemos una escuela a la altura que requerirían esos ideales. Yo quiero pensar que todos estos años se han desarrollado otras cosas también, dentro de nuestras limitaciones: tolerancia, y también conocimiento. Pero sí falta conciencia de la ciudadanía, y quizá de ahí la renuencia de las instituciones a hacer un homenaje—una placa, una historia oficial—que recuerde lo sucedido en cada una de ellas en esos años de infamias, torcimiento de voluntades, y sometimientos obligados. (Por ejemplo, nuestra Facultad de Filosofía y Letras no creo que tenga la menor intención de escribir una historia de sus profesores represaliados).
Y de ahí también la indiferencia de los estudiantes de Magisterio a esta herencia de sus mayores. Casi podría decirse que han boicoteado las jornadas, para vergüenza de nuestra universidad. Y es que nuestro país en realidad tiene la educación que lo retrata. No es un país ni muy amante de lo público, ni de lo gratuito; ni es laico mayormente, ni se cuida mucho de valores universales y derechos ciudadanos, ni es consciente de su historia—a no ser con una mezcla nebulosa de trauma, olvido y frivolidad.
En La Aguada, antiguamente Sotomayor, primer lugar donde desembarcó Colón en Puerto Rico, recuerdan también a otro Cristóbal Colón, al que mataron los indios—Cristóbal Colón de Sotomayor, hijo de Pedro "Madruga" de Sotomayor, conde de Caminha, Un conde que para algunos es uno de los avatares de Cristóbal Colón, o más bien su "vida previa". Su hijo, este Cristóbal de Sotomayor, era llamado Cristóbal Colón, al parecer, en una carta que envió Juan Cerón al rey Fernando de Aragón anunciándole su asesinato a manos de los indios. Cerón, administrador colonial, había conocido tanto al primer Cristóbal Colón como a este segundo. Cristóbal "Colón" de Sotomayor fue lugarteniente de Ponce de León, gobernador de Puerto Rico, y llegó a las Indias por recomendación real. Fundó la villa de Távora, en honor a su madre la condesa, y luego Sotomayor, en honor a su familia paterna—era el hijo menor del antiguo conde de Sotomayor. ¿Y era Colón, Cristóforo Colom, acaso, este mismo Pedro Madruga de Sotomayor, antiguo conde, haciendo borrón y cuenta nueva de su vida pasada—que motivos no le faltaban? En cuanto al segundo Cristóbal Colón, ¿hay un error de los copistas en la transcripción del nombre? ¿O realmente este Cristóbal de Sotomayor, bien atestiguado, se hacía llamar a veces Cristóbal Colón de Sotomayor, cosa menos atestiguada? ¿Del mismo modo que el almirante, al parecer, se hacía llamar a veces Pedro Colón? Al hijo que había tenido el segundo Cristóbal Colón con una india, lo llamó Pedro. Quien los mató, a él y a su amante india y a casi todos los acompañantes, fue un cacique hermano de la india. Del paradero del niño no sabemos, ni de la carta de Cerón. Sí parece que Cristóbal "Colón" Sotomayor tenía trato cordial con los hijos del Almirante, Diego y Hernando; que fue protegido desde su infancia por la reina Isabel, y que le dio privilegios poco justificados en América el rey Fernando. A su padre Pedro Madruga lo desposeyeron los reyes, y dieron su título y sus bienes a su primogénito; también desautorizaron un falso testamento que hizo. Lo que no está claro es si le dieron, bajo el nombre de Colón, otros beneficios en compensación. Las noticias sobre la muerte de Pedro de Sotomayor son tan confusas como las de los primeros años de Cristóbal Colón. El mismo Sotomayor era de origen problemático, hijo bastardo del conde, quizá con una judía "genovesa"— un conveniente eufemismo, genovesa de Pontevedra, en los tiempos que corrían. Madruga/Sotomayor fue fraile y pirata, señor feudal rebelde y navegante, falsario y pendenciero, hombre de aúpa y de armas tomar, siempre con un pie en España y otro en Portugal. La historia de Cristóbal Colón de Sotomayor, y la de su padre, la cuentan Rodrigo Cota González en Colón, Pontevedra, Caminha (2008) y Alfonso Philipott Abeledo en La identidad de Cristóbal Colón (1994). Es otra versión de las muchas que circulan en torno al intrigante almirante.
Todos los años nos pillan las fiestas de por medio, nos cierran la biblioteca y nos vamos de Viveiro sin poder devolver algún libro (pero lo enviamos por correo luego, eh...). —"Anda, ve a llevar a correos la historia esa los cojones".... porque esta vez el libro en cuestión es El reino de los suevos, de Casimiro Torres Rodríguez (1977).
Es de hecho un admirable libro de historia de esos que lleva tanto trabajo hacer y que tan poco leídos quedan. Los suevos al parecer eran unos señores tirando a rubios, de cara ancha, más bien bajitos, cuadradetes, coloradotes y mazacotitos, de poca cadera y poca cintura, cuyos genes todavía se ven abundantemente por Galicia, sobre todo rural. Pero de estas cosas de aspecto físico no se ocupa el libro de Torres; ni tampoco los españoles en general, a los que bien poco les interesa, menos a los vascos, conocer sus orígenes raciales. Claro, de racial a racista, hay pocos pasos... Creo que el olvido activo que viene habiendo desde hace tiempo en España con estos temas es una mezcla de sano e insano—sano por lo que tiene de melting pot, y de ignorar diferencias étnico-raciales o viejos traumas y conflictos; insano porque quien se pica, o se ignora a sí mismo, debe ser que aún come ajos. La razón más directa del olvido activo es, aparte de efectos indirectos de fenómenos como la Guerra Civil, la consciencia enterrada de tantos siglos de Inquisición, de limpieza de sangre y de judaizantes o moriscos reprimidos—los no expulsados, me refiero. Estas cosas se han ventilado más bien por vía de contactos familiares y costumbres de puertas para adentro: no juntarse mucho con los de tal pueblo, o con los de tal barrio, o con los gitanos, o con los agotes, o con los pasiegos, o con tal y cual... O sea, que todos mezclados, pero a veces no tanto.
Ahora que estamos en la España de los derechos históricos, imagínate que volviesen los judíos expulsados, a Zapatero, a pedirle compensaciones. Y los moriscos. O los suevos, que los conquistó Leovigildo, yo creo que bien merecerían autonomía y fueros, ¿no? Estos sí tuvieron reino en los siglos V y VI; otros con menos reino tienen más Derechos Históricos. A lo que voy, es que hoy en España, nadie (que no sea vasco, que ahí el racismo sí que cabalga fuerte) se interesa por su remoto origen étnico, y sin embargo las caras se ven por las calles: judíos, a patadas; moros, que tampoco faltan, y romanos, e iberos botorritos, y hasta celtas, aunque muchos que le pegan a la gaita y se creen celtas son otra cosa, seguro. Y suevos, y suevos. Y godos auténticos, y guanches. Con el mapa genético que van a hacer de los flujos de población los secuenciadores del genoma, los de 23&Me y otras compañías, si no pronto sí un poco más tarde, puede que esto cambie, y vuelva el interés por lo racial—esperemos que no demasiado, por favor. Nos enteraremos si los rubietes anchotes coloradillos de cara cuadrada son en realidad suevos, o son más bien asdingos, o silingos—que también vinieron en el 409. Fueron años de calamidades incontables, según Torres Rodríguez, que como digo no está nada interesado en los suevos de la actualidad, si los hay.
De la cultura sueva poco queda. Están los nombres y hechos de los reyes, como Reckiario, o Mirón. Sí quedan nombres de escritores e intelectuales (eclesiásticos) de aquella época, del reino suevo de Galicia, pero son hispano-romanos, no suevos. Son Paulo Orosio; San Martín de Braga; los dos Avitos que impugnaron a Prisciliano; Hidacio de Chaves, que escribió la historia de los suevos... y otros personajes de curiosos nombres, como Balconio de Braga, el teólogo Siagrio, Agrestio de Lugo, o Profuturo de Braga. Profuturo de Braga... ojo al parche.
Nos dice Torres que "No consta que ninguno de los suevos se haya distinguido en alguna de las ramas de la cultura. Era un pueblo de labriegos y de guerreros, y no sabemos de ningún hombre de raza sueva que haya superado dichas actividades" (293). Al margen de los genes, desde luego, poco queda de los suevos—casi ni el recuerdo de que fueron suevos, que sembraron el terror, y que aquí tuvieron un reino.
13. Things Dying, Things Newborn. Muere la Caballería representada por Essex. Nace el capitalismo.
"Thou met'st with things dying, I with things newborn" (The Winter's Tale).
El conde de Essex había desembarcado en Irlanda el 14 de abril de 1599, en una campaña rodeada de murmuraciones, y sintiendo él mismo oscuras premoniciones del fracaso de su empresa, quizá debido a sus tensas relaciones con la reina. Se encontró allí con mala intendencia que hacía imposible un ataque directo contra el rebelde Tyrone, y el Consejo Privado del reino le negó refuerzos. Además, las fuerzas rebeldes resultaron ser mucho más numerosas de lo previsto: les duplicaban en número. Lejos de poder atacar a Tyrone en Ulster, sólo podía aspirar a contener la rebelión en el sur y el oeste. Shapiro observa que la única posibilidad de victoria hubiera sido seguir la estrategia sugerida por Spenser: sembrar el terror, arrasar las cosechas, y doblegar Irlanda con el hambre y la brutalidad salvaje. Pero tal estrategia repugnaba a Essex, que aspiraba a un enfrentamiento honorable en el campo de batalla.
Intentó Essex promover a amigos y parientes suyos para los puestos de responsabilidad en Irlanda, pero la reina repuso desautorizándolo.
"Detrás de estas maniobras, detrás de toda la campaña irlandesa, había un enfrentamiento sobre la cuestión de la cultura del honor" (285)
(Y en realidad de las relaciones entre aristocracia y monarquía absoluta:)—los aristócratas, los caballeros tradicionales, habían visto sus filas reducidas bajo los Tudor, y Elizabeth continuó con esta política, sometiendo y estrangulando la independencia de la nobleza. Essex era el representante de esta tradición aristocrática, y su portavoz más explícito. Había conseguido el puesto muy codiciado por él de mariscal de la corte (Earl Marshal), encargado del ceremonial de caballería de la corte. Y lejos de interpretar su puesto como una mera cuestión ceremonial, intentó resucitar el papel de la caballería de modo activo, irritando a la reina. Se negó a firmar como su "sirviente" e insistió en que era su "vasallo", ligado por tradiciones de ceremonial y jerarquía feudal, no por servidumbre. Cuando fue comandante, en Rouen y en el ataque a Cádiz, se dedicó a armar caballeros a numerosos partidarios suyos, en grandes números, algo fuera de lo corriente. Y en Dublín organizó un festival caballeresco fastuoso, en contraste con la ceremonia cortesana donde Isabel premió a cortesanos "poco caballerosos", en su continuada subversión de la tradición de la caballería. También respondió privando a Essex de un jugoso monopolio que codiciaba y dándoselo a su rival el burócrata Cecil.
Shakespeare en esto parece estar del lado de Essex: en sus obras se ve el contraste entre caballeros guerreros tradicionales, y los advenedizos cortesanos y cobardes: por ejemplo cuando a Sir John Fastolfe le arrancan la insignia de la jarretera en Enrique VI 1. Su propio interés en procurarse un blasón muestra cómo participaba de estas ambiciones aristocráticas, y quizá también le remordiese el contraste entre la pura formalidad administrativa y el contenido caballeresco y marcial.
En Irlanda, los rebeldes nativos luchaban una guerra de guerrillas, evitando el enfrentamiento directo y dejando agotarse a los ingleses con su estrategia tradicional. Las batidas inglesas tenían algún éxito ocasional, otras veces terminaban en emboscadas y expediciones sin sentido ni rumbo. El país los ignoraba en la medida de lo posible, Essex entretenía a sus hombres con la esperanza de honores y victorias, nombrando más caballeros aún. Le llegaron noticias de la muerte de su hija en Inglaterra. Contra sus tropas derrotadas en Wicklow aplicó Essex una medida de antigua tradición pero repugnante: la ejecución de uno de cada diez supervivientes. Las deserciones se sucedían, y aumentaban la mala prensa del conde en Inglaterra con testimonios de primera mano. La moral bajaba, las enfermedades y bajas proliferaban, la intendencia era corrupta, el equipamiento inadecuado. Isabel le envió a Essex órdenes de atacar directamente a Tyrone y le prohibió volver a pisar Inglaterra sin su permiso. La paranoia del conde se alimentaba sola, pero también tenía motivos por la actividad de su partido contrario en la corte. Essex preparaba expediciones con sus malas fuerzas, pero al parecer también le tentaba la idea de desembarcar en Milford Haven y defender su causa en Inglaterra (una idea que Shapiro dice pudo haber sacado de Ricardo III, donde desembarca allí la exitosa fuerza contra el tirano). Los espías de Cecil ciertamente barruntaban estos planes del conde. En un consejo militar, Blount y Southampton (el antiguo patrono de Shakespeare) le convencieron a Essex de que más bien fuese con un grupo de hombres a hablar con la reina. Pero la reina estaba cada vez más irritada con Essex, su independencia de criterio, su teatralidad y su autocompasión.
Y Essex acabó por salir contra las fuerzas superiores de Tyrone, pero éste eligió esquivarlo y marearlo y frustrarlo. Fue retado por Essex a combate singular, pero lo ignoró. Ofreció una sumisión ceremonial de forma y sin sustancia real, y parlamentó con Essex a principios de septiembre. Pero esto iba en contra de las instrucciones de éste, que se hizo sospechoso de buscar algún interés propio o algún plan de traición. La reina reiteró sus órdenes, pero Essex ya se había embarcado a finales de septiembre y fue a Inglaterra para ser recibido por la reina. A la vez, en su bando se debatían planes de matar a Cecil y sus partidarios antes de hablar con la reina, aunque Essex no lo consintió. Essex irrumpió en las habitaciones de la reina, sin adecentarse antes, y pillándola a ella sin arreglar, para obligarla a escucharle. Elizabeth no sabía si estaba ante una rebelión o no, pero siguió la corriente a Essex cuando éste hizo ademanes de sumisión feudal. Prometió recibirlo enseguida: mientras, se informó de que venía sin su ejército, y lo despidió ordenándole que esperase sus instrucciones. Essex estuvo esperando hasta que su impaciencia lo llevó a montar un intento de rebelión, que lo llevó al cadalso. Con él moría una parte de la caballería tradicional.
A la vez, estaba naciendo el imperialismo capitalista y comercial, que abre una nueva era de la historia de Inglaterra. También estos días de finales de septiembre, un consorcio de comerciantes londinenses elevaron una petición a la Reina y fundaron la East India Company, para comerciar con la India. Se empezaban a poner las bases del todavía inexistente "Imperio Británico" del cual llevaba hablando el mago John Dee veinte años. Imitaban a los mercaderes holandeses, que acababan de obtener beneficios de un 400% en sus inversiones en la ruta oriental del comercio. Los mercaderes ingleses de la Compañía de Levante tenían una ruta de distribución por tierra, a través de Turquía, pero eran quienes más tenían que perder, así que se apresuraron a abrir la nueva ruta. No eran aristócratas, pero buscaban el apoyo de la corte y de sus nuevos hombres. Y lo tendrían en Cecil, más que en la tacaña reina. Cecil fue el dedicatario de los viajes de Hakluyt, una útil propaganda de estas aventuras de navegación, cuyo segundo tomo, sobre viajes a la India y más allá, se estaba terminando este otoño. En la reedición de 1599 suprimió la narración de la campaña de Cádiz de Essex del primer tomo, y toda alusión al conde. Las fortunas de éste caían estrepitosamente a la vez que nacía el nuevo imperio, comercial y no caballeresco. Los nuevos aventureros eran los mercaderes—Shakespeare usa la palabra en ambos sentidos (y recordemos también la dedicatoria de los Sonetos, de Thomas Thorpe, que alude a una empresa comercial y aventurera).
Shakespeare no tenía fondos suficientes, si tenía interés, para invertir en estas empresas. Aunque queda la anécdota de la representación de Hamlet en uno de los tempranos viajes a oriente, a bordo del navío Dragon, en 1607, cerca de África.
Del escepticismo de Shakespeare hacia los ideales heroicos queda sus desencantadas aventuras homéricas en la cáustica obra Troilus and Cressida. En Hamlet también se nota la huella del desencanto, en el contraste entre el mundo caballeresco del viejo Hamlet y las intrigas cortesanas y dudas metafísicas del presente. La armadura del viejo rey es un anacronismo, como lo eran los torneos de Essex en la Inglaterra isabelina. También en la representación que hace Shakespeare de los duelos, sus tecnicismos y decadencia, está el signo de los tiempos y la decadencia de la auténtica caballería—la transformación de la tradición marcial en deporte.
La expedición de Essex en Irlanda se frustró. El poema de Thomas Churchyard para darle la bienvenida al conde en su regreso quedó sin publicar; la comparación de Essex con Enrique V en la obra de Shakespeare se suprimiría de la publicación. A Essex unos le intentaban convencer de que forzase a la reina a reconocerle; otros le sugerían que escapase al extranjero: Essex mismo prefería el combate a la huída, y muchos de sus partidarios le abandonaban viéndole en desgracia y temiendo verse implicados en algún intento desesperado. Algunos dicen (Fulke Greville) que eran los enemigos de Essex los que hacían circular rumores de sus intenciones, para terminar de hacerle caer. Mountjoy fue nombrado Lord Deputy en Irlanda para suceder a Essex, y también allí había intrigas: estaba dispuesto a hacer una demostración de fuerza junto con Essex y el rey escocés para asegurar una sucesión escocesa a la corona. Pero de estos planes, en los que estaba involucrado también Southampton, se descolgó Mountjoy, y no quiso involucrase en ellos el futuro Jacobo I. Estos planes eran secretos, pero los tiempos estaban listos para ellos; estaban en el aire—y así encontramos conspiraciones semejantes en Hamlet (1600) que muestra pues la marca de su tiempo, como según dice el príncipe debe hacer el teatro.
Me acabo de leer otra historia de la guerra civil, la de Antony Beevor, La Guerra Civil Española (Barcelona: Crítica, 2005), revisión de un libro anterior del mismo autor escrito en tiempos de la transición. No sé si ese libro sería un alegato a favor de la República y contra el franquismo, aunque supongo que sí. En el prólogo a este nuevo libro, dice el autor que la masa de información disponible hoy es mucho mayor, y que además ha ido perdiendo "algunas apasionadas certezas de juventud" (13). No ciertamente a la hora de desarrrollar una visión más positiva de Franco y el franquismo, pues en este aspecto nos retrata a un inepto cruel, apoyado por una clase dominante tradicional corrupta y prepotente, y en esto le tiembla poco la mano. Sí en cambio me parece que habrá perdido fe en las bondades del bando republicano. Franco ganó la guerra en parte por la mayor unidad de su bando: sus fuerzas "Eran de derechas, centralistas y autoritarias a la vez. La República, por el contrario, venía a ser un crisol de incompatibilidades y sospechas mutuas, con centralistas y autoritarios enfrentados a regionalistas y libertarios" (8)—con lo cual el tema del cainismo y la incompetencia republicana se va volviendo prominente. También observa que la historia de la guerra civil "la han escrito con mayor eficacia los perdedores que los vencedores" (8) y en eso debe haber ventajas e inconvenientes—es de suponer que parte de esa eficacia irá derivada a que los perdedores tenderán a justificarse ellos mismos, antes que a hacer justicia al bando vencedor. Que, por su parte, ya estaba repartiendo justicia de la suya no sólo en libros sino en decretos y sentencias.
Todo ello hace difícil, si no imposible, la objetividad—por ejemplo, en esta frase: "Cada lado ha tratado de demostrar que fue el otro el que la empezó. A veces, incluso se tiende a pasar por alto factores neutros, como el hecho de que la República trataba de llevar a cabo, en muy pocos años, un proceso de reforma social y política que, en cualquier otro país, habría requerido un siglo" (9). En esta frase, uno podría pensar que al autor le chocaría la imposibilidad o desatino de intentar llevar a cabo en cinco años lo que hubiera requerido un siglo en cualquier otro país o en este—porque tampoco parece que esté alabando (a los resultados hay que remitirse) la especial flexibilidad de España para poder conseguir en un lustro el trabajo de un siglo. Y sin embargo queda en la frase un rastro de admiración a los visionarios que intentaron pisar el acelerador. Con lo cual ya no queda claro cuál es el "factor neutro" que ve el autor en todo esto. Factores neutros, pocos quedan, una vez se estudia la trabazón de todo con todo y se evitan los simplismos.
Ahora el autor tiene más dudas sobre el carácter democrático de las fuerzas republicanas (y con razón). Pero eso le lleva a veces a curiosas quebradas conceptuales, o a corrientes cruzadas de ideas en las que no parece combinar bien un discurso de "buenos y malos" (donde los buenos son los republicanos y los malos los franquistas) con una visión más escéptica, un discurso de "malos y malos", una historia de enfrentamiento entre fuerzas totalitarias. A veces se producen remolinos de razonamiento contradictorio, por ejemplo en estas dos frases al final y al comienzo de un párrafo en la introducción donde se discuten las elecciones del 36:
Si la coalición de derechas encabezada por la CEDA hubiera ganado las elecciones (cosa que habría sucedido si los anarquistas también entonces se hubieran negado a votar), ¿habría acatado la izquierda el resultado legítimo? Uno no puede por menos que sospechar que no. Largo Caballero había amenazado abiertamente antes de las elecciones con que si la derecha las ganaba, se iría a la guerra civil. Desde el primer momento, los nacionales quisieron hacer creer a todo el mundo que sólo se habían sublevado para abortar un putsch comunista, lo que no era más que un montaje para justificarse, a toro pasado, por lo que habían hecho (...). (10).
—Bueno, pues según acaba de decir el autor, si no había putsch comunista, ¿sí habría putsch socialista? Eso suponiendo que el término de "comunista" no le cuadrase a Largo Caballero, que gustaba de presentarse como "el Lenin español". En fin, que en suma Beevor reescribe su propia historia personal de idealistas milicianos republicanos de sana izquierda, combatiendo a unos abyectos militares fascistas, y la matiza con un mayor escepticismo ante las credenciales democráticas de los republicanos, y un mayor sentimiento de asco ante el ensañamiento de todos, y las "profecías autocumplidas" de la retórica de la aniquilación que todos emplearon.
Especialmente llamativa a la luz de los nuevos documentos conocidos desde la caída de la URSS es "la determinación comunista de eliminar a sus aliados de izquierda una vez que la guerra contra la derecha hubiera sido ganada" (11) —cotéjese esto con lo que dice en la página 10 de que el "putsch" comunista era un montaje de la derecha.... en fin. La estrategia democrática del Frente Popular no era sino eso, un disfraz o una estrategia momentánea, destinada a engañar a muchos—y huellas aún quedan en este libro de la magnitud del engaño.
______________________
Algunas notas subrayadas sobre los capítulos del libro:
2. A Great Blow in Ireland. La expedición a Irlanda de Essex, contra la rebelión de O’Neill, conde de Tyrone.
En 1598 moría el hombre fuerte del régimen de Elizabeth, el Lord Tesorero Burghley, experto en manejar las crisis y desactivar partidismos. A su muerte, los dos partidos se encarnarán en la persona de su hijo, Sir Robert Cecil, y el conde de Essex, de quien Burghley había sido tutor. El partido de los togados contra el de los soldados, respectivamente. Essex, contra quien se murmuraba que promovía la guerra en interés propio, escribió una curiosa Apology defendiéndose, con una evocación nostálgica del reinado de Enrique V y sus exitosas campañas militares en Francia, como un ideal patriótico y caballeroso. "Habiendo prometido escribir una nueva versión de Enrique Quinto, Shakespeare era muy consciente del equipaje político que acarreaba esta historia, tanto más una vez empezó a circular la Apología de Essex" (Shapiro 55, traduzco). Y se encuentran en la obra de Shakespeare numerosas alusiones, tanto implícitas como explícitas, a la campaña irlandesa de Essex.
Essex, favorito de la reina tras sus predecesores Leicester y Hatton, era menos prudente que ellos, además de treinta años más joven, y se indignaba cuando la reina no seguía sus sugerencias políticas. Una célebre bronca tuvo lugar con ocasión de enviar un nuevo administrador a un puesto un tanto envenenado en Irlanda. Essex no quería que Elizabeth enviase allí a su tío y aliado William Knollys, y le hizo un gesto de desaire a la reina, dándole la espalda con insolencia. Elizabeth le dio una bofetada en la oreja. Essex, airado, insinuó que si la reina no fuese mujer no le aguantaría esto—un primer episodio grave, sobre todo cuando Essex se empecinó en su honor combinando razonamientos aristocráticos tradicionales con argumentos modernos contra la tiranía—una combinación peligrosa a los oídos de la reina. Tales fueron los preliminares palaciegos de la expedición de Essex a Irlanda—un lugar donde era fácil fracasar.
En 1597 había habido una derrota sonada de los ingleses en Blackwater, con un ejército masacrado. Elizabeth preparaba la respuesta, y buscaba un jefe para encabezar una campaña de represalia en Irlanda. Essex se veía tentado por la aventura militar, a la vez que veía que era un paso peligroso. Se opuso a que encabezase la expedición de castigo alguien de menos rango que él. Pero Essex conduciría su campaña de modo ineficaz, atento más a su idea tradicional de la guerra que a las peculiaridades de la situación irlandesa—de sus lealtades inciertas, de su paisaje traicionero, y de la estrategia más localizada seguida por Tyrone, basada en el desgaste y en esquivar la batalla, en el empantanamiento del adversario, y el ataque por sorpresa. Volvió de Irlanda desconcertado y fracasado. Su sucesor Mountjoy, a quien Essex se había opuesto en un principio a enviar, siguió los consejos genocidas del poeta Spenser en A present View of the State of Ireland, y en lugar de perseguir a las partidas de rebeldes irlandeses sumió al país en el hambre y la desesperación antes de reducirlo militarmente. Esto no fue ni caballeroso, ni decente, ni ético—pero fue eficaz.
Por su parte, Essex, con su campaña desbaratada, frustrado, y ofendiendo a la reina con sus familiaridades, se vio despedido de la corte. Y cuando intentó a la desesperada montar un golpe de estado para imponerse frente al partido de sus rivales, en 1601, fue arrestado, condenado y decapitado.
Es un libro de Francisco Medina (De Bols!llo, 2006) muy ilustrativo sobre aquellos años de caos y conjuras, y trae a la memoria cosas que la mitología oficial de la historia española, o la conveniencia oportunista, hacen a menudo olvidar. Algunos elementos a tener en cuenta según los expone Medina:
— La política económica de Suárez estaba siendo desastrosa; las huelgas promovidas por unos sindicatos aliados con la izquierda eran irresponsables y desestabilizadoras. Ni entonces ni ahora hay una ley de huelga. Los empresarios no querían a Suárez que "era muy socialista" y los socialistas tampoco lo querían allí, en el lugar de ellos.
— A Suárez lo quiere echar todo el mundo: hasta su partido, que lo ve embarcado en una carrera personalista hacia no se sabe dónde, pedaleando para mantenerse. Su política exterior recuerda, si a la de alguien, a la de Zapatero. Suárez, dice uno de los confidentes, "no quería ser el líder del centro derecha español".
— El PSOE estaba con el culo inquieto por llegar al poder, aunque fuese a través de un gobierno de coalición, y estaban dispuestos a dar su apoyo al plan para poner al general Armada a la cabeza de un gobierno de concentración.
—Antonio Cortina y su hermano del CESID José Luis Cortina, el coronel José Ignacio San Martín, el comandante Pardo Zancada, fueron de los más activos factótums que impulsaron un golpe. (También el enconces capitán Joaquín Tamarit, hoy en la Jefatura de Estado Mayor del Ejército—p. 345, n.3). Aparte estaban Tejero y sus autobuses, y por otro lado todos los políticos urdiendo una manera de quitar a Suárez de enmedio, con el apoyo del Rey. Pero el punto de contacto de todos estos planes, golpistas o no, era mínimo, y los esfuerzos de los intrigantes para ocultar información a unos y otros a la vez que conjugaban voluntades y compromisos medio hablados, sólo consiguieron llevar al fracaso y al ridículo todo el plan. Como muestra un botón, "Se habló incluso de crear una unidad militar puramente vasca, en la que se integrarían los etarras tras dejar las armas, una especie de Legión..." (192) !!!!
— El tejerazo fue a la vez "el 23-F" y lo que acabó con el 23-F, o sea, fue la manifestación grosera, chapucera, decimonónica y absurda de un deseo muy extendido entre muchos de dar un giro radical a la política española. Y acabó con cualquier posibilidad de impulsar el "gobierno de concentración" que aunase a las fuerzas parlamentarias. Saldría de allí el breve gobierno de Calvo Sotelo, y pronto unas elecciones ganadas por un PSOE que ahora ocultó cuidadosamente sus contactos con Armada y su disposición al gobierno de un militar. Pero vamos, en el año anterior, parece claro "no sólo que en la Zarzuela se conocía que había algo parecido a lo que luego se denominaría la Operación Armada, sino, sobre todo, que se apoyaba semejante operación" (174). Pero los métodos impresentables elegidos por Armada, y sobre todo el Tejerazo televisado en directo, obligaron a reconducir toda la cuestión y a ocultar una metedura de pata gigantesca de mucha gente.
—Hubo contactos y vistos buenos confidenciales de los EE.UU. No es casual que el 23-F suceda justo tras la llegada de Reagan a la Casa Blanca. "Había una dependencia muy evidente del CESID con respecto a la CIA", dice Perote (301).
— El Rey tenía conocimiento del plan para llevar a Armada al gobierno, y confiaba en la capacidad de éste para "reconducir" un golpe militar, con el que prácticamente se contaba. Entre militares se era muy consciente de lo que convendría hacer o no hacer si había levantamiento: pero había enorme desorientación, mentideros por doquier y vigilancia mutua. Sorpresas sorpresas, pocas. Más bien, "un problema de estética" para liderar lo que se vio por la tele (352).
— Hay que colocarse en contexto retrospectivamente. La Eta estaba matando por entonces a decenas y decenas de militares: algo que en aquellos años de postfranquismo inmediato se toleraba con la inconsciencia del "algo habrá hecho" o del "todo vale"; con una falta de criterio y un embotamiento en la reacción política que hoy serían impensables. O eso es preferible pensar.
— Suárez había perdido la confianza del rey (por asuntos "de celos" nos dice Medina, sin especificar mucho más, aunque alude a líos de todo tipo). En parte se le estaba subiendo a las barbas no sólo al monarca, sino a su propio partido, y al país: un corredor por libre pedaleando en el aire, vamos—pensemos en la locura del rey Jorge, vamos, o en las escapadas de Ibarreche. Su buen criterio y su eficacia salen bastante en entredicho del panorama pintado aquí.
—Suárez fue quien, a su manera, dio también un "golpe", en el sentido de que nombró a su sucesor, Calvo Sotelo, invadiendo lo que el Rey consideraba una competencia suya (un rey que todavía tenía extendido el dedo que había nombrado a Suárez, y que quizá no había asumido plenamente su papel cuasi-nominal en la nueva Constitución). El rey esperaba que Suárez dimitiese a sugerencia suya, para nombrar a "alguien" sugerido por los partidos, posiblemente Armada: y le irritó que Suárez se resistiera y luego que organizara su propia sucesión ("Arias era un caballero, me bastó con insinuarle la necesidad del cambio para que él actuara en consecuencia"). Suárez le pidió a Felipe González apoyo para resistir estas ideas del rey, pero Felipe no deseaba otra cosa que la dimisión de Suárez... y participar en el gobierno Armada.
— La mitología según la cual unos militares se salen del tiesto por cuenta propia, y el rey los pone firmes en un gesto de heroica autoridad... es una simplificación notable, aptar para consumo popular. Ignora todas las tramas civiles, militares y reales para dar un "golpe de timón" a la situación caótica y descabalgar a Suárez. El verle las orejillas al lobo hizo que se calmase un poco quizá todo el mundo: el rey, que pasó a intervenir menos en política nacional, y el PSOE, que esperó a ganar las elecciones en lugar de apuntarse a un bombardeo—es un decir.
—Armada por supuesto emerge como un notable intrigante, contando a cada cual lo que quería oír y haciéndoles presuponer más acuerdos de los que había; al tanto de planes golpistas semicoordinados, e intenta rentabilizarlos y que jueguen a su favor. El golpe de extrema derecha de Tejero, el de los militares descontentos liderados por San Martín, y el de la "trama civil" habrían de culminar en su persona. Otro que pedaleaba por el aire, aunque no tanto. Todo era bastante inestable e imprevisible, y parte al menos de este comportamiento sorprendentemente estúpido y optimista de Armada habría que atribuirlo a las peculiaridades de la comunicación de un monárquico con el Rey: a la necesidad de no involucrarle y a la vez de interpretar sus deseos y llevarlos a cabo de la manera que él consideraba más factible, mediante la presión del Ejército y una amenaza de golpe similar a la que llevó a De Gaulle al frente de la V República francesa.
— Como curiosidad, Suárez "presumía de no haber leído nunca un libro", dice uno de sus antiguos amigos (213).
— Y otra curiosidad: el gabinete que iba a ser propuesto por Armada si el Rey le pedía que interviniese. Gabinete que tampoco le gustó a Tejero:
"Presidente: general Alfonso Armada; vicepresidente para Asuntos Políticos: Felipe González; vicepresidente para Asuntos Económicos: José María López de Letona; ministro de Asuntos Exteriores: José María de Areilza; ministro de Defensa: Manuel Fraga; ministro de Justicia: Gregorio Peces-Barba" etc, etc... Un gobierno en el que estarían no sólo los otros frustrados miembros de la terna de la que salió Suárez (Fraga y Areilza), sino también Javier Solana, Ferrer Salat, Solé Tura, Tamames, Múgica, Herrero de Miñón, Garrigues, Luis María Anson, y supervivientes todoterreno del franquismo como Pío Cabanillas... Vamos, suficiente como para que a nadie le interesase airear demasiado los detalles. A Carmen Echave, que tomó nota de la lista, le recomendó Rosón, el ministro del Interior, que no la diera a conocer a los jueces que investigaron el golpe. Y hubo instrucciones, y consenso, de encausar al mínimo número posible de implicados en las diversas tramas ilegales o de dudosa legalidad.
La limitación mayor del libro... pues sin duda la ocultación de las fuentes, de los nombres de varios de los personajes que hacen confidencias políticas a Medina, exigiéndole que mantenga su intervención en secreto. Y siempre hay quien sabe más de lo que circula. Aún está demasiado cercano el asunto, parece—por ejemplo, tenemos aún el mismo rey, y que nos dure muchos años cumpliendo sus funciones.
Me estoy terminando los Mitos de la Guerra Civil de Pío Moa, que me ha parecido excelente dentro de su abierta simpatía hacia el bando franquista: es un libro muy informado y crítico, y para nada la bazofia pseudohistórica que dicen Preston y otros—un juicio sectario éste, que de repente me los vuelve a ellos menos fiables, una vez leída la cuestión. Cuando Preston llama a Moa terrorista o fascista, dice que sus libros consisten en insultos y tergiversaciones, o cuando se niega despectivamente y "por principio" a debatir con él—ahora ya veo quién se autodescalifica a sí mismo por actitudes tendenciosas y sectarias.
Un detalle del final de la guerra: Negrín, escribiéndole a Indalecio Prieto, dice:
"Sea usted franco y un poquitín generoso, no lo he hecho tan mal..."
¿Será un lapsus, o ganas de cabrear? La interpretación es libre.
Y otra salida inesperada de Negrín—a quien Pío Moa reconoce sin embargo cierta coherencia en su opción deliberada por el estalinismo. Dice Negrín de los líderes del PNV y de los nacionalistas catalanes:
"Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si estas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros o nuestros hijos, o quien fuere. Pero estos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco."
Nada menos que Negrín. Esto según Azaña, en sus Memorias, volumen II.
También dijo Negrín, por cierto, que no fueron los franquistas quienes derrotaron a la República, sino "las asechanzas de unos cuantos malandrines", refiriéndose a las guerras intestinas y sublevaciones dentro del bando republicano. Es una opinión, y, francamente, las hay menos informadas.
–––––––––––––––––––––
Moa es abucheado de modo casi unánime por la historiografía profesional universitaria, normalmente sin entrar a debatir sus interpretaciones ni datos, simplemente en una especie de ritual de chivo expiatorio. No parece la opción más inteligente a tomar en un estudio histórico, y así se revela un cierto consenso sectario en torno a qué interpretaciones son admisibles y cuáles no son ni siquiera discutibles. Una cierta reacción al respecto se apunta en este comentario de Pablo Sánchez León ("La objetividad como ortodoxia: los historiadores y el conocimiento de la Guerra Civil Española", en Guerra Civil: Mito y Memoria, ed. Julio Aróstegui y François Godicheau (Pons, 2006):
"son precisamente los pies de barro extraintelectuales de la historiografía sobre la guerra civil española los que incitan al revanchismo entre los excluidos de la ortodoxia dominante. El relativo best-seller que ha supuesto al obra de Pío Moa apunta en esta dirección: se trata de una obra que aspira a dar la vuelta a casi todas las convenciones sobre los orígenes de la guerra civil española. Escrita con ánimo de enjuiciar negativamente la labor de la izquierda política durante la República, hasta considerarla causante de la guerra, el valor de la obra no reside en la coherencia de sus hipótesis, sino en el público al que representa, esto es, una parte de la opinión pública que no se siente identificada con la actual interpretación ortodoxa de la guerra civil. Pero se trata de una obra que cumple los mínimos metodológicos para ser considerada un producto historiográfico: la interpretación de los hechos que hace no es mucho más parcial y subjetiva que las que se han impuesto durante los últimos treinta o cuarenta años". (128)
Me empiezo el libro de Giles Tremlett Ghosts of Spain (Londres: Faber and Faber, 2006). Sobre la memoria histórica y la desmemoria precedente: los crímenes de la Guerra Civil, el olvido pactado de la Transición, y el súbito interés en volver sobre estas cuestiones mal resueltas a comienzos del siglo XXI. Empieza el primer capítulo, "Secretos a voces", con la exhumación de tres "rojas" fusiladas en Poyales del Hoyo y dejadas enterradas en la cuneta hasta 2002—y sigue con más enterramientos y desenterramientos masivos de víctimas civiles de la guerra. Estos de rojos, aunque también los hay del otro bando—y ya pasamos al capítulo de las acusaciones mutuas, las apropiaciones republicanistas del asunto, las ambivalencias (cuando no posturas claras) de la derecha al respecto...
Tremlett toma partido claramente por los derechos del bando republicano a rememorar y enterrar dignamente a sus muertos, algo que el régimen franquista, y luego la Transición, hicieron sólo de modo superficial y por cubrir el expediente, dejando muchas heridas tapadas pero todavía abiertas—primero por miedo sin más, y luego en nombre de una actitud constructiva de no mirar atrás.
Establece una diferencia entre la barbarie oficial promovida por Mola o Franco durante la guerra (sembrar el terror, exterminar a los disidentes) y la actitud diferente de los republicanos—cita a "un historiador" no nombrado que dice que "Ni las autoridades republicanas, ni los partidos políticos de izquierda sancionaron las represalias. Por contra, la represión salvaje perpetrada por el bando nacional fue una estrategia oficial, sistemática y calculada".
En esta diferenciación pecan de parciales Tremlett y su historiador (—Vicenç Navarro es una de sus fuentes favoritas). Cualquiera que estudie el asunto con objetividad verá que hubo tanta barbarie organizada en un bando como en otro, y tanta hipocresía y uso extraoficial de la brutalidad entre los partidos y dirigentes republicanos como entre los "alzados". Con mucho lenguaje noble e idealista en los dos bandos, también.
En todo caso, sobre un punto no hay mucha disputa, y es quién ganó la guerra, y quién tuvo cuarenta años para decir la última palabra—última por entonces, claro. Y por eso no se puede disputar el planteamiento básico del libro de Tremlett expuesto así:
"En las tumbas de Pilar, Virtudes y Valeriana—y en cientos más como ellas—se halla la prueba de un silencio que ha sido tanto colectivo como voluntario. Uno de los pueblos más habladores y discutidores de Europa sencillamente ha elegido apartar la mirada de una parte vital de su historia cuya presencia espectral y aterradora se encuentra bajo unos pocos palmos de tierra" (24).
Es la postura de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que en su petición al Parlamento expuso que el conflicto entre las dos españas no se cerrará realmente hasta que se recupere la verdad de los hechos y se dé sepultura digna a los muchos asesinados del bando republicano que no han tenido ocasión de tenerla nunca.
"Los que perdieron la guerra se vieron condenados al silencio, que les impuso la dictadura, y que aceptó la democracia con la Ley de Amnistía de 1977. Esa condena ha llegado ahora a la tercera generación de estas familias... Hoy hay gente que todavía siente la necesidad de bajar la voz o hasta de cerrar las ventanas cuando hablan de estos hechos, como si ellos mismos estuvieran haciendo algo clandestino" (26)
Reconoce Tremlett el extraño giro de los partidos de izquierda tan interesados en hacer uso político de esta cuestión ahora como desinteresados estaban hace unos años. Pero para muchas personas, dice, no es una cuestión de enfrentamientos partidistas:
"La venganza no está en su vocabulario. La justicia que buscan es histórica. Por tanto, no ha habido presión para llevar a juicio a los viejos asesinos en masa, ni, hasta ahora, de exponerlos a la reprobación pública. Eso sería tensar demasiado el pacto de no agresión sobre el que está fundada la moderna democracia española. Lo que exigen es la verdad, y el derecho a enterrar sus muertos con decencia—dos derechos que hace tiempo que se concedieron a las víctimas del bando vencedor" (32). Y a veces no se trata en realidad de derechos o de obstáculos legales, sino de traumas y actitudes y tabúes enraizados ya en la historia colectiva y personal.
Es una historia que nos suena, pues ha sido la historia de nuestra familia, como de tantas otras. Aunque no tenga yo, que yo sepa, ningún antepasado enterrado por las cunetas.
Mis abuelos maternos tuvieron que vivir en el exilio. Mi abuelo cruzó la frontera perseguido a tiros por una cuadrilla de matarifes de esos que iban fusilando gente por los pueblos. Y mi abuela tuvo que dejar el pueblo, Sigüés, cuando otros vecinos le hicieron la vida imposible. Las posesiones las fueron perdiendo por el camino, claro, y claro, alguien sacaría algo en limpio del asunto.
El otro día nos contaba mi madre cómo se quedó ella sin madre. Bueno, ya la habían mandado a vivir con mi tía, repartiendo fuerzas, a Borrés, donde la tía Felisa era la ama de llaves de Mosén Benito, que fue más tarde el que procuró que mi madre acabase Magisterio. Bueno, pues a veces en Jaca y a veces en Borrés con la tía, mi madre recuerda que mi abuela procuraba reunirse con mi abuelo en Francia, donde había más oportunidades y menos miseria. Era la cocinera del general de la Ciudadela de Jaca, y éste le daba buenas palabras, que le darían un pasaporte, pero nada. Y se acuerda mi madre que ella le llevaba la comida a la Ciudadela al general ("y qué bien olía...") pero de eso no podía probar, y a malvivir esperando mejores años. Mi abuela había visto a mi abuelo en alguna ocasión en una fiesta que se hacía, y todavía se hace, en el valle del Roncal, una tradición antigua que reúne a franceses y españoles un día al año. Fue allí con mi tío Víctor, su hermano, que había estado en la cárcel por haber entrado en España con los maquis, y de milagro se libró de de que lo fusilasen. Mi tío la animó el mismo día de la fiesta a que se fuesen a Francia sin permiso ni pasaporte, y así lo hicieron, llevándose a Encarnita, la hija pequeña. Se volvió para Jaca su hermano mayor que las había acompañado, y que no se fue para no ser prófugo—y le dijo a mi madre "Oye, Dolorines" (o como la llamase), "que mamá no va a volver, que se ha ido a Francia". Hablábamos el otro día (era su 48 aniversario de bodas) de cómo mi padre conoció a los suegros en el viaje de bodas que hicieron a Francia, en 1960. En verano los íbamos a ver a veces, ya tenían la vida hecha allí. Y en Francia está enterrado mi abuelo, aunque mi abuela volvió a España en los ochenta.
En la familia de mi padre la historia es más sangrienta, pues a mi abuelo paterno lo mataron al principio de la guerra: una historia que se ha vivido en silencio durante muchos años, de la manera que tan bien describe el libro de Tremlett.
Mi abuelo paterno era maestro en Escuer, cerca de Biescas, y movió todo el asunto (junto con el cura del pueblo) para trasladar el pueblo de sitio, desde el monte al llano. Veía la miseria de la gente que bajaba del pueblo aún de noche a trabajar al valle, andando horas, para deslomarse trabajando "de estrella a estrella" en las obras públicas, y volver a casa de noche cerrada. Hizo el abuelo los papeles necesarios en Madrid, una pesadilla administrativa, buscó créditos, y hasta le prestó dinero a alguno que no podía acometer el traslado de su casa él solo. Y Aún se ven hoy las ruinas del Escuer viejo, pero al final todos acabaron viviendo al lado de la carretera, donde el pueblo ha tenido una oportunidad, y hasta le dedicó una calle a mi abuelo en los años ochenta.
Por esos años reapareció también el retrato de mi abuelo, junto al de mi abuela—yo no lo había visto nunca de niño. El trauma de mi abuela era tan tremendo que nunca pudo hablar de esto ni mucho menos superarlo. Murió en 1972, una de esas mujeres de negro que eran como un símbolo de la España de tiempos de Franco. Mi abuelo nació el 2 de agosto, en los años 70 del siglo XIX, y el 2 de agosto de 1936 lo mataron. Fue una cuadrilla de pistoleros a buscarlo a casa, se lo llevaron de Biescas y a las afueras del pueblo lo mataron a tiros. Cuando se enteró mi abuela se quedó tan horrorizada y espantada que no fue ni siquiera a verlo—temiendo que la matasen a ella y a sus hijos también. Por fin se encargó alguien, del bando contrario al parecer, de que lo recogiesen y lo llevasen al cementerio de Jaca. Allí tiene tumba, pero no lápida. Fue mi padre a preguntar por el sitio donde estaba enterrado, y le dijeron: "Imposible, de esa fecha no hay nadie de esta comarca"—que ya traían por entonces muertos de Navarra y demás, pero que allí aún no habían matado a nadie, hacía sólo unos días del "Alzamiento" en Marruecos. Pero sí, mirando mirando, allí constaba, puesto de refilón entre dos tumbas. El primer muerto de la comarca, por algún enemigo que lo tenía enfilado—desde luego él no había matado a nadie ni mucho menos, antes bien había intentado mejorar la vida de mucha gente. Negocio no hizo, desde luego—ganancias netas, seis pies de tierra.
De mi abuelo también se habló durante muchos años en voz baja. Y queda tan atrás su memoria que poco más se dirá de él seguramente. Aunque una antigua alumna suya, octogenaria ahora, tiene muy buen recuerdo de él y nos dicen que escribe cosas sobre aquellos años. Pero hay tantas cosas que pasan al olvido sin contarse nunca—y aunque se cuenten, al final todas. Sus hijos casi no lo conocieron, pues eran pequeños cuando murió y cayó sobre ellos el nubarrón de la desmemoria activa que fomentaba el Régimen. Además del régimen alimenticio bajo mínimos y la miseria que apretaba y las prioridades para sobrevivir y salir adelante—el estudio, el trabajo sin parar. Mi abuela no pudo reivindicar la memoria de mi abuelo, pero sí que consiguió en cambio, partiendo de casi nada (pues además fue maestra represaliada por el Régimen), sacar adelante a tres hijos y darles estudios. Y de allí hasta estas cumbres de cultura y bienestar, pasando por los disciplinados años cincuenta y sesenta, y los setenta que ya apretaron menos según recuerdo yo.
A mi abuelo le pusieron una calle los socialistas—aunque sus hijos insistieron en que no hubiese nada "de política" en el homenaje. Pero con calle y todo, resulta que el nombre coincidía con uno de los sublevados de Jaca, "Angel García"—además de coincidir con el de mi padre, y ya no se sabía la calle para quién era. Y la placa se fue moviendo de una casa en derribo a otra... total que ya no se sabe si tiene calle o no. Lápida aún no tiene su tumba, ni tendrá quizá. Pero con estos afloramientos de la memoria histórica, todo se mueve, y su familia va a ponerle este verano una lápida, con setenta y dos años de retraso... no en Jaca, sino en Escuer, en el cementerio del pueblo que él trazó. Sólo con su nombre y sus fechas de nacimiento y muerte—por no recordar su asesinato. Un capítulo más de la memoria y el olvido, que llega hasta aquí mismo, donde digo poco y aún digo demasiado. Es esa una sensación que producen los espectros del pasado, nunca se sabe si se les debe mentar o no, qué es mejor, qué es peor. La sensación no es que sea mía, es atmosférica.
Yo a veces he pensado, como quien piensa cosas por perder el tiempo, que quizá consten en algún archivo de Falange los nombres de los nobles patriotas que asesinaron al abuelo éste desconocido, con los recibos del sueldo que cobraron por la faena—es cosa que tal vez se podría investigar; hacerles un seguimiento, ver qué ha sido de ellos. Ponerles una denuncia por asesinato (que nadie les ha puesto nunca) a ver qué pasa... O darle de leches a algún nonagenario, quizá... Son cosas que uno no puede evitar pensar. O por lo menos ver si sus hijos saben quiénes fueron esos individuos—de quiénes son hijos. Serían tareas que sin duda tendrían su lado educativo, para mí y sobre todo para ellos, nunca es tarde para aprender. Gratificantes serían menos, me parece; y frustrantes, seguro.
En cualquier caso, hasta mí llega la desmemoria activa, y así no voy ni iré a los archivos ni a los juzgados, como cosa que no vale la pena, o poco seria, o demasiado seria; y todo va quedando atrás, y todo pasa y todo se sucede, y todo queda en la memoria y en la desmemoria.
"Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso."
Pongo un comentario al post de Historiantes sobre este ángel:
Creo que con ese ángel que mira atrás se refiere Walter Benjamin al conocimiento retrospectivo que constituye la historia, y que le da su perspectiva sobre los acontecimientos superior a la de los contemporáneos. Los contemporáneos viven inmersos en acontecimientos cuyo significado desconocen, porque ese significado todavía no se ha producido (lo producirá el tiempo, con sus resultados y consecuencias)—es decir, nunca vivimos los acontecimientos históricos que nos son contemporáneos como tales acontecimientos históricos, o al menos nunca de la misma manera. Esa expresión que utiliza a veces la prensa, "estamos contemplando un acontecimiento histórico", es una especie de apuesta. La historia en el sentido de procesos históricos sucede en el presente, en cada presente, pero la Historia como historiografía, como gran narración, como acumulación de tiempo y conocimiento, es inherentemente narrativa y retrospectiva. Si es que no es retroactiva... porque podría parecer que algunos de estos acontecimientos históricos son generados "en el pasado" tiempo después de que éste haya transcurrido. Cuando efectos imprevistos entonces acaben por salir a la luz, y los acontecimientos ahora "históricos" sean reevaluados por la posteridad. Pero esta retrospección/retroacción, lejos de significar que podemos cambiar el pasado a nuestro gusto, significa lo contrario, como dice Benjamin: no sólo la tragedia de que no podemos evitar las catástrofes que sucedieron (no podemos avisarles de lo que se avecina, de lo que vemos desde nuestra atalaya del futuro), sino también nuestra propia tragedia: nuestra acción interpretativa no está por encima de la historia, sino que está involucrada con los acontecimientos de nuestro tiempo, y también como historiadores actuamos, somos arrastrados por el viento huracanado de la historia en el que nuestra interpretación o perspectiva es un acontecimiento (insignificante) más.
No deja de recordar esta visión del conocimiento como generación retroactiva de objetos virtuales a otra línea de razonamiento que sigue Walter Benjamin en su ensayo "La tarea del traductor". Allí habla de un objeto virtual creado por la acción del traductor: un aspecto antes desconocido de una obra que sólo sale a la luz por efecto de una traducción. No en la propia traducción, ni en realidad en la obra que se escribió, sino como un resultado de la interacción de la traducción y el original.
Al igual que este objeto fantasmagórico, los acontecimientos históricos creados por nuestra perspectiva retrospectiva no están propiamente hablando ni en el pasado ni en el presente que los contempla, sino en ese extraño tiempo virtual que es el pasado contenido en el presente—en realidad, el único pasado que existe.
Lleva publicando la Institución Fernando El Católico una colección de libros sobre "Historias municipales", que estoy esperando que le toque el turno a Biescas. Tenemos una historia del santuario de Santa Elena (Pedro Estaún Villoslada, La ermita de Santa Elena: Lugar emblemático del Valle de Tena. Zaragoza: Barrabes Editorial, 2005), pero aún ninguna historia propiamente dicha del pueblo. A ver si no tarda, aunque hace falta valor para ponerse a escribir una—no es cosa de broma el trabajo que lleva.
Un poco más abajo siguiendo el Gállego, pero lástima que no pase por allí el río, está Villanueva de Gállego, el llamado pueblo de las tres mentiras; y ellos acaban de estrenar historia, el volumen 10 de esta serie que decía: Villanueva de Gállego, un enclave rural en la huerta de Zaragoza (2007). Un 2007 muy tardío será, porque conozco al autor, que trabaja en mi departamento, Carlos Urzainqui; me lo he encontrado hoy y me ha presentado el libro, que acaba de salir. Carlos vivió mucho tiempo en Villanueva pero era y es de Zaragoza—también somos del mismo año por cierto.
Pues como decía no es cosa de broma meterse a historiador local. Toda historia bien escrita es difícil escribirla—pero quizá tenga más disimulo la historia nacional, o la historia de acontecimientos famosos, pues hay tantas historias previamente escritas, y tanto material adicional ya estudiado y listo para seleccionar, que el trabajo puede ser de índole muy distinta. En la historia local, en cambio, suele el historiador ser el primero que se aventura por allí, y le toca recoger datos, hacer entrevistas, patear el campo, registrar archivos, digerir informes e impresos oficiales... ánimo a quien se anime, y enhorabuena a Carlos que lo ha hecho de modo magistral.
Empieza por la orografía y geografía, pasamos por los restos romanos ("no es nueva...") y las menciones en autores medievales, las figuras que por allí pasaron, las anécdotas como el cambio de nombre por generación espontánea (pues mucho tiempo se llamó "Villanueva de Burjazud"), la economía de los habitantes y del municipio, el gobierno, las vicisitudes de la historia nacional a su paso por el pueblo, la arquitectura, las tradiciones, las cofradías y casinos y romerías... El precio de la cruz de plata que encargaron en el siglo XVI, los contratos y obligaciones del barbero y el secretario, las casas de campo, la banda de música, la proclamación de la primera y la segunda repúblicas, los fusilamientos realizados por los falangistas, las incursiones del maquis, los cines de posguerra... En fin, como para no especializarse. O más bien para especializarse en cómo estos ingredientes se combinan de manera única en un espacio y en un tiempo irrepetibles pero de manera siempre cambiante, y seguirle la pista a todo como mejor se pueda—y se puede. Chapeau.
Un trocito sobre una época sensible:
La vida social de posguerra transcurría en un ambiente rural e introspectivo en el que abundaban las reuniones familiares, sobre todo alrededor de la radio o de la estufa, o de grupos cohesionados entre sí por lazos de afinidad. Se creó un prototipo de convivencia marcado por la pervivencia de supervivientes de ambos bandos que llevaba a la contención de determinadas ideas y sentimientos, aparte de la represión oficial. En este ambiente, la sociedad villanovense de posguerra vivía dentro de los cánones establecidos por el Régimen que se resumían, principalmente, entre el fútbol y el baile de los domingos. La amplia tarea musical del primer tercio del siglo continuó durante la posguerra. En 1944 ya existían dos locales de baile: uno de ellos situado en los bajos del Casino Agrícola Católico y otro llamado popularmente "El Bolo". Este último estuvo siempre controlado ya que, según aducían las fuerzas gubernamentales, "daba lugar a volver nuevamente a los tiempos de la República, pues se notaba en los vecinos la formación de dos bandos, siendo, como es lógico, los partidarios de la apertura de este baile los de ideología izquierdista" (Libro de Actas del Consejo Local del Movimiento, p. 57). Este último hecho no está constatado. (p. 226).
—Y de ahí a los cines de la generación de nuestros padres, la expropiación del Castellar, la democracia, con la sorprendente prevalencia de votantes del CDS, la circunvalación, la Universidad San Jorge, en construcción—mucho se construye últimamente en el pueblo, lo están dejando como nuevo.
En fin, que propongo que lo hagan villa de una vez, y que nombren cronista oficial de la misma a Carlos Urzainqui. Y, ya puestos, que desvíen un poquito el Gállego hacia allí.
Vía Ireth, me leo este divertido (es un decir) contrato de maestra para la Escuela Pública de niñas Casasimarro (Cuenca).
Si así eran los de la escuela pública, temblad ante los de la privada... Aunque supongo que no serían tan diferentes: es una de las bellezas que puede llegar a tener la autonomía total de los poderes locales para dictar normas propias. Por suerte, en Biescas las maestras se podían casar en los años veinte; si no, esto lo estaría escribiendo otra persona.
Me pregunto (bueno, en realidad no me pregunto) si los contratos de los maestros eran igulamente draconianos: usar dos pares de calzoncillos, etc. Un viaje en el tiempo nos dejaría temblando de pavor, en más cosas de las que suponemos normalmente. Por favor, que continúe avanzando la Ilustración, y desatándose los turbantes externos o internos al cráneo.
Me parece una valoración muy desafortunada, hablando de víctimas de ejecuciones sumarias. ¿Supongo que no aprobará esas ejecuciones el Dr. Casanova? En ese caso, no entiendo cómo se fija únicamente en otras cosas que hace la Iglesia, cuando se está hablando de gente asesinada, mayormente. ¿Porque no querrá sugerir que estos "mártires" eran en realidad los asesinos? Igual alguno sí lo fue. Pero lo que se conmemora aquí, entiendo, son las muertes injustas y las persecuciones fanáticas. Que las hubo por todos lados. ¿Le parecería lógico al Dr. Casanova, como reacción a la película de "Las 13 Rosas", por ejemplo, decir que es una burda falsificación de la historia y un intento de ocultar los juicios sumarios y los fusilamientos del bando republicano? Supongo que eso le parecería tendencioso. Si la Iglesia ha sido cómplice de matanzas, también lo ha sido el PCE. O el PSOE. Tampoco han pedido perdón, que yo sepa. Hay por aquí ciertos empates: incluyendo el interés en ennegrecer al rival político y blanquear al aliado.
Sirva de comentario sobre la memoria histórica selectiva, y la confusión interesada entre víctimas de la barbarie desatada, y matones de esos que salen de debajo de las piedras en cuanto ven la ocasión. Dejen a la Iglesia que homenajee a sus víctimas, como se acuerda cada grupo de intereses de las suyas. Aunque parezca más cristiano (o más decente, sin más) acordarse de todos los que fueron asesinados brutal y cobardemente, o injustamente maltratados, y no sólo de los de nuestra cuerda. ¿Obvio? Parece que no tanto.
Nos vamos con lo puesto a visitar las minas romanas de Las Médulas, cerca de Ponferrada—bueno, cerca pero no tan cerca. Después de ver unos vídeos cómo los romanos hacían lo que llamaban ruina montium, subimos a un mirador desde donde se veia, a modo de Gran Cañón del Colorado, el paisaje impresionante que dejaron los romanos... bueno, los astures, que romanos no debía haber ninguno dando ni pico. Pero eso sí, ahí los tenías midiendo y diseñando canales y túneles: hasta desde 100 kilómetros traían el agua por cumbres y riscos para hacerla llegar hasta la cima de estos montes, y poder derrumbarlos con un sistema de galerías. Como no tenían dinamita, tenían que derrumbar medio monte de vez con un sistema de galerías inundadas de repente, para aprovechar la propia fuerza del monte derrumbándose y que cayese aún más. Dice Plinio que el resultado era una auténtica explosión, con onda expansiva incluida, y un estruendo tal que no lo imagina el oído humano. O el oído romano, al menos: en decibelios hemos subido el nivel en la actualidad—pero estas minas dejan pequeñas a las minas modernas que aún se ven alrededor en el horizonte.
Total, que después de haber subido andando con lo puesto sin una tarjeta de crédito siquiera por lo del peso, resulta que nos cobraban por entrar a ver las galerías subterráneas... y sólo ha podido pasar Alvaro con el euro de calderilla que hemos logrado reunir. Todo por no volver a subir, claro. Y Álvaro, va por esas galerías de murciélagos, lo vemos aparecer como un microbio en un túnel el frente de un acantilado, que parecía un ojo de cíclope, y ni lo reconocemos, el tío ni saluda a los del mirador de enfrente ni nada... Pensamos que ese túnel debía dar horror a los medievales, que probablemente ni se acercarían por allí pensando que este paisaje sería obra del demonio. La guía decía que de críos aún era más impresionante ir por la cueva y salir al acantilado sin pretil ni mirador, claro...
Total que todo el día de viaje; y mientras los cuñados, que nos querían traspasar al abuelo para las vacaciones, alterados porque no nos localizaban y no sabían si volvíamos a Zaragoza... pero ya está arreglado, y todo el mundo localizado. A mí no es difícil localizarme, con Google está hecho, pero a veces se ahoga uno en el exceso de tecnologías.
Analiza la semiótica historiográfica de Herodoto como creador de un discurso situado no sólo en el espacio, sino en el tiempo y el sujeto, con los anclajes yo-aquí-ahora que señalaba Bühler, y estudia el uso en este autor y en Tucídides de los diversos tipos de traza histórica y de su credibilidad—¡paradójicamente, los relatos sobre la historia son los menos creíbles! Es mejor acudir a la evidencia visual, pero claro, esa necesita ser interpretada y valorada, así como los relatos, con lo cual no hay escapatoria posible del discurso de la historia.
Critica Calame el pensamiento nebuloso y verborrea de Heidegger, que distrae la atención de la imbricación de los discursos y debates históricos en un ámbito cultural, dirigiéndolos a una "esencialidad" falaz, puesto que para Calame (o para Bajtín, diríamos) no existe esa esencia del discurso fuera de la interdiscursividad.
Se complementa el ensayo con una interesante comparación con la poética aristotélica, y su discusión de la diferencia entre ficción e historia (ficción digo, y no poesía, porque Calame también discute de modo interesante el concepto de ficción entre los antiguos). Aristóteles enfatizó el lado poético del discurso sea factual o inventado, y así pone de relieve los aspectos semiótico-discursivos comunes a la historia y a la literatura de ficción.
Penúltimo, y más interesante párrafo del ensayo de Calame:
On le concèdera volontiers à Paul Veyne : l'histoire ne porte ni sur l'universel, ni sur le singulier, mais sur le spécifique qui seul peut être compris dans la mesure où il renvoie à une intrigue. S'il est sans doute exact que la mise en intrigue permet d'établir les relations nécessaires à la compréhension et d’inscrire les événements du passé dans une logique narrative, si l’on admettra volontiers que, par conséquent, «l'enchaînement du texte exprime les imbrications réelles des causes, des conditions, des raisons et des régularités», alors l'«historiopoiésis» est aussi justiciable du travail de représentation et de fabrication indiqué par la notion aristotélicienne de la mímesis poétique; à cette différence près néanmoins que l'historiographe représente les actions des hommes et des groupes sociaux non pas comme elles pourraient ou devraient advenir, mais comme il pense les rendre vraisemblables et intelligibles après qu'elles sont advenues ; ceci sur la base des témoignages qu’il s’est procurés de ces actions passées et par l’intermédiaire non pas d’une simple mise en intrigue, mais d’une mise en discours beaucoup plus compréhensive.
Es crucial la interpretación de Veyne: la historia no trata sobre hechos individuales o concretos (como nos harían creer Aristóteles o Sidney) sino que también es "universalizante", trata de hechos "específicos"—característicos, podríamos decir—comprensibles sólo por relación a otros hechos; es decir, a un sistema estructurador. Un argumento, como dice Veyne, o bien un esquema que establezca paralelismos y analogías entre hechos individuales. Es decir, un sistema de interpretación racional de los hechos, como el que pretendía establecer Polibio. Me parece engañoso limitar esta relación racional entre hechos a un esquema narrativo.
Y la conclusión final: que a pesar de su núcleo común en la tipicidad, la ficción y la historia siguen difiriendo en su modo de ajustarse a un pasado específico, a lo que ha sucedido efectivamente, de modo creíble o verosímil. Si la historia es una ciencia, sigue siendo cierto que no hay ciencia de lo irreduciblemente individual, sino sólo de lo generalizable. Lo cual nos remite no sólo a qué son las acciones "específicas" (o "típicas" que decía Lukács en The Historical Novel) sino a cuáles son los criterios de tipicidad, y de credibilidad e inteligibilidad que rigen en una época o contexto determinado... es decir, una vez más, al conflicto de las interpretaciones.
Hoy nos vamos con Alvarete a escuchar una conferencia sobre los dinosaurios en Aragón, pronunciada por José Ignacio Canudo, del grupo Aragosaurus, descubridores del ídem. (También tienen un blog: Weblog Aragosaurus). Como era de esperar, la ha seguido embebido, y luego he participado yo en el turno de preguntas; me han aclarado que todas las aves, hasta las más corredoras, descienden de aves voladoras, y no de dinosaurios emplumados que jamás despegaron del suelo. Lo cual no quita para que en efecto seamos dinosaurívoros cada vez que optamos por el pollo. También ha expuesto el conferenciante que la extinción súbita fue, en su opinión, menos súbita: al meteorito que acabó con los dinosaurios le precedió una larga época (corta en términos geológicos) de decadencia, extinciones graduales, cambios ambientales por actividad volcánica, etc. O sea, que te puedes extinguir súbitamente sin darte cuenta de lo repentina que es la cosa, y eso puede ser por dos razones: por lo rápido, o por lo lento.
Con respecto al Aragón prehistórico (oxímoron quizá), recomiendo también, para compensar, la lectura de un artículo de Marcos José Correa, "Función y enseñanza de la historia: Acerca de la identidad colectiva (reflexiones sobre individuo y sociedad)", en Usos públicos de la Historia (2002), volumen coordinado por unos colegas de mi Facultad (Carlos Forcadell, Carmen Frías, Ignacio Peiró y Pedro Rújula). Puede encontrarse el volumen en PDF en la página de publicaciones electrónicas de la Institución Fernando El Católico—que vale un valer, por otra parte, esta página.
Entre otras cosas comenta Correa allí sobre esa tendencia que tenemos a proyectar las identidades políticas actuales, retrospectivamente, a los anteriores habitantes del territorio. ¡Aunque sean dinosaurios, digo yo! Aunque en el caso de los dinosaurios suele haber un elemento de chiste retrospectivo deliberado. Otros lo hacen más en serio.
"Al igual que el hierro produce el óxido y la madera cría los animales que la destruyen, así cada Estado tiene dentro de sí el germen de su propia corrupción."
Me he releído hoy un magnífico ensayo, poco conocido, de Oscar Wilde, "The Rise of Historical Criticism". Allí alaba a Polibio como ejemplo del historiador crítico, ilustrado y racional, que busca extraer leyes generales y un conocimiento de la humanidad a partir de la historia. No con una finalidad meramente académica, sino con una finalidad política en el mejor y más amplio sentido de la palabra. El historiador—el gran historiador—es un gran político porque va más allá del partidismo miope, para conocer las razones profundas de los acontecimientos y su significado. Así resume Wilde las enseñanzas del historiador:
"Ha de distinguir entre causa y ocasión, entre la influencia de las leyes generales y de los caprichos particulares, y ha de recordar que las mayores lecciones del mundo están contenidas en la historia, y que es deber del historiador ponerlas de manifiesto, para impedir que las naciones sigan esas políticas imprudentes que siempre llevan a la deshonra y a la ruina, y enseñar a los individuos a que aprendan con el cultivo intelectual de la historia aquellas verdades que de otro modo tendrían que aprender en la amarga escuela de la experiencia."
Te pedimos que apoyes este texto con las reclamaciones que desde la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica le hacemos al gobierno español para que asuma la responsabilidad de hacer justicia con las personas que fueron asesinadas, perseguidas y encarceladas por sus ideas tras el golpe militar del general Francisco Franco que terminó con el primer periodo democrático que ha tenido España en su historia. Con los quince puntos, tu nombre completo y tu DNI debes enviar dos correos electrónicos: Uno a la Vicepresidencia del Gobierno: secretaria.vicepresidenta@mpr.es Y otro con los mismos datos a: memoria36@hotmail.com Este es el texto que tienes que aceptar y enviar:
PETICIÓN DE REPARACIÓN AL GOBIERNO ESPAÑOL
Como ciudadan@ que cree y defiende los valores democráticos, solicito del Gobierno del Estado español la articulación de una ley que repare (y no equipare) a los hombres y mujeres que defendieron la democracia republicana contra la sublevación del general Franco. Una ley que:
1º-. Anule los sumarios franquistas, que llevaron a ser fusilados y encarcelados a decenas de miles de defensores de la democracia que fueron juzgados por tribunales ilegales.
2º.-. Asuma las obligaciones en Derechos Humanos para la búsqueda de desaparecidos y no delegue la garantía de los derechos humanos en colectivos de voluntarios.
3º-. Que lleve a cabo un gran acto de reconocimiento publico de los hombres y las mujeres que construyeron y defendieron nuestra primera democracia.
4º-. Promueva la creación de una oficina de atención al ciudadano a la que puedan acudir todas las personas represaliadas por el franquismo, o sus familias, que buscan información o que requieren alguna gestión de las diferentes instituciones.
5º-. Regule como delito en el Código Penal la apología del franquismo y que ese delito incluya la existencia de placas, calles y monumentos relacionados con aquellos hombres y mujeres que destruyeron la democracia y construyeron una terrible dictadura a partir de una terrible guerra.
6º-. Instale en el Valle de los Caídos una exposición permanente que cuente quién, cómo, cuándo y por qué fue construido.
7º-. Constituya una Comisión de la Verdad que reúna toda la información de archivos y testigos para que la sociedad pueda conocer lo ocurrido durante la guerra civil y la dictadura, sin límites ni cortapisas.
8º-. Diseñe programas de estudios donde la historia de la II República, la guerra civil y la dictadura sean tema central y no como ahora que ocupan unas pocas páginas al final del texto y casi nunca se enseñan en las aulas.
9º- Trate por igual a todas las víctimas del franquismo y no indemnice solamente a las asesinadas con posterioridad al 1 de enero de 1968 (¿o es que no tiene el mismo derecho alguien asesinado por la dictadura franquista el 31 de diciembre de 1967 o de 1957?).
10º-. Asuma definitivamente el deber de memoria que tiene el Estado y que establezca un día para las víctimas de la represión franquista, igual que se conmemora el 27 de enero en el Congreso de los Diputados el día de las víctimas del holocausto.
11º-. Cuide, preserve y señalice los lugares en los que ocurrieron hechos significativos de la represión franquista.
12º-. Cree un gran archivo de la memoria oral en el que sean registradas entrevistas con todas aquellas víctimas del franquismo que lo soliciten.
13º-. Que se digitalicen todos los archivos relacionados con la guerra civil y la represión de la dictadura (tanto los españoles como los extranjeros) y que sean accesibles a través de Internet para todos los ciudadanos.
14º-. Que las empresas privadas que utilizaron la mano de obra de los presos políticos lleven a cabo una reparación moral y económica. Y que el Estado los repare por las numerosas obras públicas que fueron obligados a acometer.
15º-. Que en todos los edificios públicos (escuelas, ministerios, universidades, ayuntamientos, diputaciones, etc…) se instale una placa con los nombres de los hombres y mujeres que fueron apartados de sus funciones por sus ideas políticas. Los que fueron apartados. Por ejemplo, mi abuelo Ángel, maestro de escuela, y "apartado" de sus funciones por el procedimiento de matarlo a tiros. Pero que no pongan en la placa (que no es que crea que la vayamos a ver, pero vamos, es un decir), que no pongan digo, por favor, que "entregó su vida". Que sería lo que nos faltaba por oír.
Observen que este manifiesto no pide que se juzgue a ningún asesino. Es más que moderado, por mucho que a algunos les vaya a parecer lo contrario. Yo ya cambiaría lo de penar la "apología del franquismo" (que desde luego se tendrá que compatibilizar con la libertad de expresión) por una petición de que quien haya asesinado al vecino sea juzgado, qué menos que investigar el asunto; me parece más grave meterle al vecino cuatro tiros que andar por ahí diciendo "viva Franco". Pero bueno, mejor pelillos a la mar, no tensionemos. Al parecer, sería demasiado pedir. Así está el patio, y así son nuestras leyes.
Me he ido nadando hasta enfrente de la casa de John Dutton, en Covas. No es que tenga mucho mérito, porque es el pueblo de al lado de Viveiro, pero para lo que yo nado (nada) ya me he dado buena jupa. Quería comprobar una cosa: la alineación de unos escollos entre sí y con la casa. Covas se llama así por la costa rocosa, que además de cuevas tiene unas rocas muy vistosas delante de la playa llamadas Os Castelos, que se adentran casi en fila india en el mar. Bueno, pues justo detrás está el pazo do Grallal, la casa de John Dutton. Toma el nombre de las rocas, seguramente ("grallal" viene a ser como "pedregal").
Dutton era un gentilhombre inglés del siglo XVI, que a resultas de sus visitas a España terminó exiliado en Viveiro. Había formado parte del cortejo de ingleses que viajó a España para acompañar a Felipe II (entonces príncipe) a casarse con María Tudor. Ya se sabe lo mal que resultó aquel matrimonio; no tuvieron descendientes, pues los únicos embarazos de la reina eran falsos embarazos histéricos. Y sus iras las descargaba con persecuciones contra los protestantes, no sé si para hacer méritos con su marido o por vocación propia, el caso es que acabó dando nombre a un refresco, el Bloody Mary de rojo color. Al morir ella cambiaron las tornas, y pronto fueron los católicos quienes eran objeto de persecuciones bajo su hermana Isabel. Dutton al parecer se había significado lo bastante como cortesano católico e hispanófilo como para tener que poner tierra, y agua, por medio, y la puso. Se exilió a España y se construyó un pequeño pazo aquí al lado de Viveiro. Creo que al menos algunos de los Dotones, Outones o D'Outones que por aquí merodean son descendientes suyos, con el apellido galleguizado.
La casa pertenece ahora, creo, a dos señoras mayores, y no está muy bien conservada. Tiene su propia capillita y un buen trozo de tierra cercado alrededor, con una puerta frente a la casa, al lado de la capilla, que da de frente a la playa de Covas. Lo que me llamaba la atención es la alineación de las rocas, que desde luego señalan en dirección a Inglaterra. Dutton se quedó en la parte de España más cercana a Inglaterra, el extremo norte, y la más parecida también por su clima y aspecto. Bueno, podría haberse hecho la casa en la punta de Estaca de Bares, pero le alabo más el gusto en Covas. Se construyó la casa al fondo de la ría, de manera que los promontorios que la cierran enmarcan directamente la salida que lleva en línea recta a Inglaterra. Las rocas no están perfectamente alineadas, son más bien como una fila de pisadas que se adentran en el mar. Desde frente a la casa de Dutton se ven de tal manera que las dos más altas se enmarcan entre los promontorios de la ría y rodean a la más baja. Tal que así, siendo las emes los montes de la orilla de la ría, y las Aes los arrecifes altos y pequeños, casi con esa forma además:
MMmm A a A mmMM
Como un punto de mira, señalando directamente al mar abierto; el próximo pueblo en esa dirección es un pueblo inglés. En la cima de la casa hay esculpida una cara que mira al mar. El hijo de Dutton, James Dutton, sí navegó una vez más hacia Inglaterra: en el buque Santiago, formando parte de la Gran Armada. Pero el viento sopló fuerte en contra del regreso.
El título alude a una reseña de la Revista de Occidente que colgaré pasado mañana creo. Hoy no esperaba ver un ciber abierto; es fiesta, llueve (mala combinación) y me he pegado la tarde viendo Bailando con Lobos.
(Bueno, por fin consigo colgar la reseña, tras varios días de problemas con la red... Aquí va).
Guerra civil: el vaivén de la memoria
Es el número de este verano de la Revista de Occidente. Tanto en los artículos sobre la guerra como en los otros se ventilan cuestiones interesantes desde el punto de vista de la narratología cultural.
Santos Juliá ("Bajo el imperio de la memoria") observa que para las generaciones de posguerra, "la rebeldía contra el relato recibido adquirió el contenido de una rebelión contra los padres" en el caso de los vencedores. "En esa imposibilidad de crear una comunidad de memoria que implicara a padres e hijos en la misma celebración de un pasado de guerra radica, quizá, la razón de que al rechazar el gran relato contado por la Iglesia como agencia de creación de sentido, los hijos de vencedores y vencidos no lo sustituyeran por otro; no llenaran el lugar antes ocupado por la memoria impuesta por otra memoria colectiva, la de los vencidos; en realidad, carecían de una representación del pasado con la que sustiuir a la que se les había impuesto" (13). Quienes escribieron sobre la guerra civil tras la caída de Franco no pensaron en hacer una reivindicación y rehabilitación de los derrotados. Había al parecer una cierta actitud aséptica que podríamos interpretar, digo yo, como negación del trauma, como si fuese el trauma cosa de otras generaciones (o quizá temor al pasado reciente, o temor a la repetición). El caso es que ahora sí piden muchos la recuperación de la memoria histórica como algo que sí les afecta directamente, aunque señala Juliá que "la memoria jamás podrá ser única, ni tendrá por qué existir un centro de elaboración, más que recuperación, de la memoria: ya lo hemos sufrido, de parte de los vencedores. Si nos obstinamos en llamar memoria a lo que es representación construida del pasado, entonces habrá muchas memorias que tendrán que coexistir y, si fuera posible, convivir; pero también polemizar, como varias y enfrentadas son, y no pueden dejar de ser, las representaciones de ese pasado de guerra" (19). En cuanto a consecuencias jurídicas, "las guerras civiles sólo pueden terminar en una amnistía general, una conclusión a la que llegaron muy pronto" quienes hicieron la transición (19). Ello no quita, opino, para la oportunidad de elaborar esas narraciones o ceremonias que lleven al reconocimiento y superación del trauma, donde lo haya.
Francisco José Martín ("Acontecimiento y categoría de la Guerra Civil") la ve como una tragedia anunciada, aun negándose a verla como inevitable, ni a ver en la República el preludio fatídico de una guerra inevitable. (También observa que "los ensueños republicanos de hoy tienen muy poco que ver con la realidad efectiva de los años 30" (23)). Como acontecimiento trágico, la Guerra Civil es un foco de irradiación de sentido histórico, "impone su sentido a uno y otro lado de sí" (24) "Y en esta forma conferida todo queda reducido a conflicto. También el antes y el después del hecho bélico. Nada que quede fuera, y lo que no encaje en esa forma, o no se somete a su lógica, pierde peso y desparece de la escena, queda oculto entre los márgenes del discurso, relegado a las sombras y silencios de la historia" (25). Pero esto es para Martín, podríamos decir, una falacia perspectivística; el acontecimiento trágico nos ciega y no nos deja de ver el resto de la realidad que ahí está también. "Era, pues. Y lo que era, no era otra cosa que 'dos Españas' en lucha fratricida. Esta era la evidencia. La guerra sancionaba ontológicamente la escisión" (25). Se aplica así como categoría interpretativa ubicua y total, pero eso falsifica la historia: "la Guerra Civil da cuenta sólo parcialmente, y de manera insuficiente, de la realidad histórica de la España reciente" (26)—por ello, opino, quizá sea especialmente pernicioso para la percepción narrativa e histórica el guerracivilismo obsesivo de algunos sectores especialmente militantes de las dos españas (o así autodefinidos, claro): "No fue todo la guerra, no. Pero se impuso sobre la realidad y todo tomó la forma de la guerra. O, al menos, así parece. Así aparece, en efecto, en la forma histórica dominante, ese relato vencedor estructurado alrededor del centro, o eje, de la Guerra Civil. También la historia, al cabo, una contienda de relatos. No, no fue todo la guerra, pero acabó por imponerse y cubrir con su manto la entera realidad española. Pero era sólo una cobertura" (29). Enfatiza Martín la necesidad de evitar los dualismos absolutos, y repensar el papel de los intelectuales que se quedaron o volvieron tras la guerra (no necesariamente "nacionales") o de los ciudadanos pillados por accidente en cualquier bando, o en la España franquista—ya sea el "exilio interior" o la "tercera España". "En los márgenes del discurso histórico se asoma y se insinúa la realidad sepultada por sus categorías" (33). El análisis crítico del discurso y la narratología cultural ayudan a pensar, me parece, esta distancia entre realidad y sus representaciones ideológicamente inaceptables.
Eduardo González Calleja estudia en "La otra 'batalla de la cultura'" los esfuerzos de propaganda de los dos bandos en América latina. "La movilización de la opinión pública fue la gran baza de influencia del régimen republicano frente a la actitud de una mayoría de gobiernos latinoamericanos indiferentes o veladamente hostiles" (50). Por su parte, el franquismo hacía diplomacia personalizada, con entrevistas personales y discretas con personajes influyentes. Entre caballeros, vamos. De todas maneras, González Calleja observa que en las campañas desarrolladas por un Estado en el extranjero, "la propaganda tiene un limitado potencial de cambio en la opinión pública y que, en general, sólo contribuye a reforzar las opiniones de los ya convencidos" (59).
François Godicheau examina "La política de orden después de mayo de 1937 y la reconstrucción del Estado" en el bando republicano (que siempre fue una jaula monos a pesar de esa "reconstrucción"). Los anarquistas fueron puestos firmes y llamados al orden, y los más radicales son detenidos, con la dirección de la CNT colaborando para evitar una sublevación general. El orden republicano se volvió más y más autoritario, con duras actuaciones judiciales basadas en leyes laxas, que condenaban a fuertes penas o a muerte a quienquiera expresase opiniones desfavorables al gobierno. "La censura prohibía toda crítica al gobierno, a su presidente, al presidente de la república" y a los aliados especialmente Rusia y Méjico. Para ser supuestamente el bando "democrático", "lo que resalta es la desaparición de toda discusión política y la búsqueda de la unanimidad, la reducción a la nada del espacio público" (75). O sea, otro estado totalitario, exactamente igual a su adversario de enfrente; así que no es extraño que la disensión, en cuanto la había, se expresase directamente a tiros entre distintas facciones republicanas.
Norberto Mínguez, en "Historia y memoria en el documental español contemporáneo" sobre la guerra civil nos dice que "España posee un pasado traumático que se acerca bastante a la definición que Hayden White elabora del acontecimiento moderno, aquel que, como en los traumas infantiles de ciertas neurosis, no puede ser olvidado, pero tampoco adecuadamente recordado" ("The Modernist Event") (81). "La transición española no sólo supuso la amnistía para los responsables de la dictadura, sino que evitó el reconocimiento y la reparación de sus víctimas. Este acuerdo injusto pero necesario favoreció una suerte de amnesia generalizada" (82). En las sociedades modernas, en principio, "la memoria ha sido conquistada e incluso erradicada por la historia" (33) pero ambas son selectivas, mediadas por signos, "Ambas realizan un trabajo de indagación sobre el pasado que permite acceder a un conocimiento más profundo de la propia identidad y, lo que es más importante, decidir lo que queremos ser en el futuro" (34). Examina Los niños de Rusia (Jaime Camino, 2001), Las fosas del silencio (Montse Armengou y Ricard Belis, 2005), Rejas en la memoria (Manuel Palacios, 2004), El tren de la memoria (Marta Arribas y Ana Pérez, 2005), Extranjeros de sí mismos (José Luis López Linares y Javier Rioyo, 2000), Entre el dictador y yo (Juan Barrero et al., 2005), La doble vida del faquir (Elisabet Cabeza y Esteve Riambau, 2005). Películas que merecen ser más conocidas. Valoran el testimonio y la experiencia subjetiva del pasado, la emoción; rechazan el olvido o amnesia de la transición, y dan al recuerdo una función terapéutica, además de proponer valores democráticos. "Estas películas consiguen rebatir a quienes creen que es mejor no mirar atrás" (99). Son textos necesarios los "que hablen del pasado y de su representación con rigor y honestidad: textos que reconozcan la dificultad de articular memoria e historia, que entiendan el pasado no como un campo de batalla donde se dirimen los intereses del presente, sino como un espacio de reflexión y representación que nos ofrece la oportunidad de hacer del futuro un lugar más habitable" (99).
(Sobre el trauma o la amnesia, me interesa por implicación propia en traumas o amnesias. Mi abuelo murió durante la guerra civil, pero poco sabemos en la familia de esa historia. Quién lo mató, por ejemplo. Quizá haya que investigarlo. Durante toda mi infancia no vi una sola fotografía de mi abuelo, sólo hacia los años noventa salió una a la luz y está ahora junto a la de mi abuela, que tuvo que sacar adelante sola y en ambiente hostil a sus tres hijos pequeños. De mi abuelo mucho tiempo se habló sólo en voz baja—aunque luego le dedicaron una calle en Escuer, el pueblo que ayudó a construir. Y, claro, por supuesto ha habido trauma de guerra civil en mi familia, que ha estado marcada por ambas ramas, en una por el asesinato cobarde de mi abuelo y en otra por el exilio hasta la vejez o hasta la muerte de mis otros abuelos y mi tío. Si con eso no hay elementos para traumas en la familia... Y también desmemoria: aunque parezca mentira, las cuestiones más evidentes pueden pasar a la desmemoria. Por voluntad de salir adelante, supongo, y necesidad de adaptarse y hacerse una vida bajo el nuevo orden, o bajo otra bandera tricolor. Sánchez Dragó ha publicado recientemente una novela autobiográfica donde narra su propia amnesia y recuperación de la memoria tras una experiencia parecida. Ya he hablado algo de ella. Pero la manera en que Sánchez Dragó manifiesta involuntariamente su trauma, a la vez que intenta analizarlo, merece un post aparte).
Sigue en la Revista de Occidente una entrevista con Anthony Beevor, autor de una historia de la guerra civil recientemente reelaborada (Crítica, 2005). Beevor sostiene que la verdad fue la primera víctima de la guerra; que la República estaba destinada a ser derrocada de una manera u otra desde que el PSOE eligió la vía de la Revolución por encima de la democracia. "Un aspecto que no ha sido tomado en cuanta al analizar las causas de la Guerra Civil es la sombra de la Revolución rusa" (105) (—hombre, que no haya sido tenido en cuenta... será que no se ha recalcado por lo evidente, en todo caso). Para Beevor, la propaganda exterior de la República fue desastrosa, mientras que los nacionales lograron el apoyo de inluyentes sectores conservadores empresariales. Y subraya también los prejuicios que a los españoles impiden el ver con claridad los hechos objetivos de la República y la guerra que sí son visibles para una mentalidad extranjera que no los vea como armas arrojadizas para su política.
Hay otros artículos en este número de la revista pero ya no versan sobre la guerra civil. Sí lo hacen las reseñas: una sobre los discursos de Miguel Hernández, donde el reseñista queda decepcionado por el enceguecimiento partidista y la violencia agresiva del poeta, comprensibles por el contexto de los discursos pero que no los hace más atractivos. Mejor olvidarse de este lado de Miguel Hernández, parece sugerir, aunque lo mismo podríamos decir lo contrario (es más educativo). Otra reseña comparando las obras de Stephen Koch y de Ignacio Martínez de Pisón sobre el asesinato de José Robles y la ruptura entre Hemingway y Dos Passos. Aunque Koch tiene una prioridad histórica, para el reseñista es bastante ignorante sobre las circunstancias del conflicto español, y se desinteresa de su tema central, José Robles. Martínez de Pisón escribe en cambio una obra sensible, emocionante, atenta a los matices y con valor literario. Sí se trasluce en la reseña también una antipatía del reseñista hacia Koch, o una cierta voluntad de enfatizar sus aspectos negativos. El que sí sale mal parado, de acuerdo con todo el mundo a una, es Hemingway, ególatra, oportunista, insensible e indiferente a las atrocidades cometidas por sus compañeros de viaje. Y hay otra reseña, sobre Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español de Ferran Gallego, "donde el autor redime al personaje de los tópicos bajo los que yacía sepultado para devolverle toda su frescura" (218). No sé si para Ferran Gallego tiene el personaje y su obra el atractivo que sin duda tiene para el reseñista, a quien no sólo no se le oye un asomo de condena al fascismo en la reseña, sino que (peor) no se le presupone. Para mí, la frescura de los fascistas tiene otros aspectos también dignos de reseña.
Y no setenta y dos, como siguen diciendo en la COPE, siguiendo las tesis de Pío Moa etc. Y no les corrige en la tertulia Pedro J. Ramírez, aunque dice que quiere "mostrar el cuadro completo". Hay una notable diferencia entre desórdenes, atentados y asaltos a la legalidad, y una guerra civil. Pero El Mundo prefiere enfatizar que "el 30 % de los españoles cree que estuvo justificado el 18 de julio". Jó-er. Yo titularía en todo caso que "El 70% cree que no estuvo justificado", pero reconozco que sí me parece noticia. Y tergiversadora, por cierto.
En Kiosko se ven las portadas de algunos de los principales diarios españoles (se dejan los digitales, y se dejan los gratuitos - supongo que porque no están en el kiosco). En algunos aparece en portada alguna noticia relativa al infausto aniversario de la "Revolución española", como se la llamaba por entonces.
El Periódico: Reportaje sobre la Barcelona del 36. (A este respecto se puede ver también La Sombra del Viento). Avui: "El govern del PSOE prentén convertir el Valle de los Caídos en un memorial". Vaya, yo pensaba que ya lo era. ¿La idea será demoler la cruz? Espero que sólo sea cambiar el Consejo de Administración. La Razón, El Norte de Castilla, La Voz de Galicia, Faro de Vigo, Heraldo de Aragón, Deia, La Nueva España, Levante, Canarias 7... no llega la noticia a la portada, algo generalizado en los diarios regionales, por tanto. Significativo. Tampoco llega a ABC, el que fuera del Dragon Rapide. En muchos de estos está en portada, sin embargo, el guerracivilismo soterrado de los diálogos con ETA y las condenas del PP.
El País: Sondeo de Opina para El País. El 64% de los ciudadanos desea rehabilitar a las víctimas de la guerra civil. Artículo de Santos Juliá, donde puntualiza que la rebelión militar comenzó el día 17 y en Marruecos. Y que fue la estrategia suicida del PSOE la que debilitó al gobierno republicano y llevó al enfrentamiento polarizado entre fascismo o revolución. Paul Preston matiza el papel de Franco, que hubiese preferido estar del lado del gobierno como aplastador de la revolución izquierdista, pero que al final tuvo que optar y decidió unirse al golpe que iba a tener lugar de todos modos sin él. Repaso a la prensa de la época: curiosa la división del ABC entre Madrid y Sevilla (uno rojo, otro azul, hace poco se reeditó en bicolor). Después de haber sido su propietario quien contrató el Dragon Rapide hubo depuración en la redacción de Madrid. "La sobriedad en los titulares tardaría en volver", dice Jorge M. Reverte. "La Iglesia, con los golpistas", dice Julián Casanova, y recuerda que el golpe no se presentó en principio como "cruzada", pero en seguida surgió la alizanza de intereses. Ahora bien, en la redacción de Casanova, se habla de "la violencia anticlerical y revolucionaria que se extendió por la zona republicana" sólo como si fuese una argumentación falaz e interesada de la Iglesia "para justificar el derecho a la rebelión y a la guerra de exterminio". Olvidarse de que esa violencia asesina contra la Iglesia fue un hecho, además de un argumento, parece un tanto desmemoriado. Carrillo también desmemoriado, en lo que le toca, "en Paracuellos o donde fuera" eran otros, él no estuvo ni sabe nada. Será un alzheimer selectivo. Aunque sí se acuerda muy bien de los miles de fusilados del otro bando, los que no recuerda la Cope. País...
Hay muchos partidarios de abrir fosas comunes —se pregunta uno para qué. Y más datos interesantes: "El 54,6% cree que sigue habiendo, 70 años después, dos Españas enfrentadas, mientras el 36,3% piensa que no es así. El 58,3% de los votantes del PP sostiene que existen, mientras entre los socialistas hay un empate total — el 47% piensa que sí y otro tanto lo desmiente—. Además, hasta un 17,5% teme que haya peligro de que repita un golpe de Estado como el de 1936, mientras el 74% lo ve imposible." Menos mal. No será por los méritos que hacen en favor de la concordia nuestros partidos principales, y sobre todo, por más responsable en estos momentos, o más irresponsable, el Gobierno del PSOE.
Yo me he comprado varias cosas sobre la guerra civil, para documentarme: historias de Paul Preston, Juan Eslava Galán, Anthony Beevor, Santos Juliá. Novelas históricas de Carlos Ruiz Zafón, Pío Baroja, de Dulce Chacón, y de Sánchez Dragó. Etc. A ver si me entero de algo. Porque está claro que hay que mirar todo el kiosco, y la calle de alrededor. Y, sobre todo, desconfiar de los marchantes de anteojeras.
Me acabo de comprar Muertes paralelas, libro en el que Fernando Sánchez Dragó reconstruye la muerte de su padre Fernando (Sánchez) Monreal, asesinado por los falangistas en el verano de 1936, y vuelve sobre la manera en que ese hecho ha marcado su vida irremediablemente.
Me lo he comprado porque mi abuelo, Ángel García Benedito, maestro nacional y hombre bueno, fue también asesinado por los falangistas ese mismo verano de 36, dos meses antes, a pocos días del infame 18 de julio. Promete ser una lectura interesante. Todas las familias españolas están marcadas por la Guerra Civil, así que no creo que haya una afinidad tan espectacular en este caso, ni en el paralelismo de su padre con José Antonio Primo de Rivera que da título al libro de Sánchez Dragó. Pero sí hay claro, elementos en común. También cosas que matizar.
Se pregunta Sánchez Dragó por los asesinos de su padre:
¿De qué Falange estamos hablando? ¿En qué medida eran falangistas auténticos, camisas viejas, los energúmenos y recién llegados que impusieron por doquier, en toda la extensión de la zona nacional, durante los dos primeros meses de la guerra, su inicua ley del gatillo? ¿A qué tipo, a qué facción, a qué clase de Falange, en suma, pertenecían los asesinos de Fernando Monreal y Luis Carreño?
Responde Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y autor de varios libros sobre la guerra civil (Entre ellos, escrito a medias con Santos Juliá, Víctimas de la Guerra Civil, Madrid, 1999), en una entrevista de enero de 2003 recogida por Montse Armengou y Ricard Belis en su obra, ya citada por mí, Las fosas del silencio. Éste es su testimonio:
"Cuando se produce la sublevación militar en julio del 36, Falange es un grupo minoritario que, a diferencia de otros partidos fascistas europeos, como el italiano y el alemán, no ha creado una organización de masas ni ha tenido éxito en la movilización política dentro del sistema democrático. A partir de julio del 36, Falange es un partido que crece en tromba, porque mucha gente —católicos, ex-votantes de la CEDA, etc.— se sienten protegidos por este partido que crea una imagen de violencia y exterminio de los rojos. Hay una parte de imagen y otra que es real. Sin ninguna duda, Falange es un partido de promoción de la violencia, que la pone en práctica durante el llamado terror caliente del verano del treinta y seis. Actúan de verdugos de muchas de las víctimas que estamos analizando en los últimos años. El ejército tiene que intervenir algunas veces, porque los falangistas se están extralimitando en sus funciones." (Ob. cit., pp. 53 y 54).
Y añaden de su cosecha los autores del libro citado:
"Falange Española era un grupúsculo político que en las elecciones de febrero de 1936 recibió tan sólo cuarenta y cinco mil votos y no obtuvo ningún diputado. Su estética uniformada, el culto a José Antonio Primo de Rivera y la utilización que Franco hizo de ella inflaron la presencia y la influencia de la formación. No es de extrañar que algunos investigadores opinen que aquel partido de estilo fascista y paramilitar se creó a medida para el golpe del 18 de julio. Ello resulta verosímil si pensamos en el papel que los camaradas de Falange desempeñaron en detenciones, torturas, violaciones, paseos, mareos, limpias y toda la terminología inventada para designar una sola cosa: asesinatos en los cuales se disputaban el protagonismo con los militares y la Guardia Civil. Joan M. Thomas, historiador que ha investigado a fondo la Falange, cree que una mayoría del partido participó con entusiasmo y por iniciativa propia en la represión, sobre todo en los primeros tiempos de la guerra." (Ob. cit. pp. 54 y 55).
(Sánchez Dragó, Muertes paralelas 222-24)
Sobre la descripción de Casanova, aclararé que no la cito, (ni yo ni Sánchez Dragó, supongo) con ánimo de negar que grupos criminales/terroristas del bando contrario hayan cometido actos comparables— probablemente incluso más numerosos antes de la guerra, y menos reprimidos ésos por las autoridades del Frente Popular. Sí matizaría, estando de acuerdo con esta descripción en términos generales, que el calificativo de "verdugo" (aplicado hoy con frecuencia también a los terroristas etarras o islamistas) está invariablemente mal empleado. Un verdugo ejecuta a un reo por mandato legal tras un proceso judicial; estos falangistas eran grupos terroristas no amparados por ninguna legalidad que ni yo, ni Casanova, ni Sánchez Dragó supongo, reconozcamos. De ahí que el término esté mal utilizado para describir a esas pandillas falangistas: eran asesinos, no verdugos. Un verdugo es lo que hubieran merecido ellos, en un mundo mejor ordenado.
Continúa inmediatamente Sánchez Dragó, comentando la exposición de Las fosas del silencio:
Bien. . . o mal. O las dos cosas. Separemos el trigo de los datos de la paja de las opiniones. Todo lo que dice Julián Casanova es cierto, o lo parece, aunque no sobraría recalcar que la promoción de la violencia llevada a cabo por la Falange fue posterior al Alzamiento [tch tch, ese lenguaje . . . ] y no —en contra de lo que la propaganda izquierdista, [sic la coma] ha conseguido infundir en muchas molleras de ésas, tan abundantes, a las que nada importa deglutir ruedas de molino- anterior a él. Al Alzamiento, decía. . . [re-sick] (Sánchez Dragó, 224).
Supongo que cada uno cuenta la guerra según le va. Pero debería informarse más Sánchez Dragó antes de pontificar así sobre la inocencia original de la Falange. A mí desde luego me deja un tanto escéptico . . .
Tampoco es de recibo, sino que antes bien suscita indignación, la mía al menos, lo que Armengou y Belis hacen al dar por buena —no es de extrañar, dicen— la delirante opinión, sostenida, al parecer, por algunos investigadores, cuyos nombres no citan (aunque con esta observación no esté poniendo yo en duda su existencia, seguro que los hay, y a chorro) de que la Falange se creó, vivir para oír, ¡a medida para el golpe del 18 de julio! Ni que decir tiene que los signos de indignación, que no, en modo alguno, de admiración, son míos. (Sánchez Dragó, 224)
Aquí critica Sánchez Dragó el hindsight bias que supone el ver en la fundación de la Falange una prefiguración de la Guerra Civil. Y pasa a culpar al vandalismo del Frente Popular el crecimiento del desorden que llevó a la espiral de violencia. Bien, desde luego la fecha del 18 de julio no aparece en el acta fundacional de la Falange. Pero, habida cuenta de los precedentes fascista y nazi, ¿alguien puede dudar que estaba entre los sueños, delirantes quizá entonces, de la Falange, el hacerse con el poder al estilo camisa parda, negra, o azul, y arramblando con el régimen, comunista o demócrata, que hubiese en su momento? ¿Se iban a suprimir los partidos, y "el capitalismo", y se iba llevar a cabo el programa joseantoniano, sin usar la violencia? Vamos, hombre. . .menos indignación, y más clarividencia, que estás escribiendo memoria histórica, no desmemoria. Los demócratas escaseaban en el 36, tanto en la derecha como en la izquierda; ambas estaban más que dispuestas a hacerse con el poder por la fuerza, y a llevar a cabo lo que ambas denominaban una Revolución—que ya se sabe que no son pacíficas. Y quienes sí eran demócratas en teoría, y debían haber sabido mantener la ley y gobernar con justicia, tampoco lo supieron hacer, y se dejaron llevar por sectarismos y favoritismos. E indultaron a golpistas de toda especie.
Pero lo de Sánchez Dragó es un caso de trauma político profundo—para acabar en este libro declarando su admiración a la Falange actual y a la de José Antonio, a las que por una extraña maniobra mental no asocia apenas con la Falange que realmente existía en 1936. Sobre las raíces de esta pirueta conceptual, y de la simbología traumatizada que subyace a ella, puede verse mi comentario en el artículo "Paralelismos traumáticos".
Pero quieras que no, tiene que reconocer Sánchez Dragó algunas dur’simas verdades . . .que de eso va su libro, se supone:
Pero es, efectivamente, y por desgracia, exacto lo que los dos autores en cuestión dicen acerca del triste y bárbaro papel que motu propio [proprio, m‡s propriamente] desempeñó la Falange, o quienes por falangistas se despachaban [¿¿?? —ah. ¿igual eran rojos, o esperantistas?], en los primeros meses del conflicto.
Será, concluyen Armengou y Belis, "posteriormente cuando comiencen las discrepancias al ver algunos falangistas que el objetivo de Franco de exterminar al enemigo se perpetúa: algunos camisas azules creen que esa aniquilación puede ser contraproducente para el partido y para su proyecto de España, más integrador [tras la desintegración del enemigo y del chivo expiatorio, será]; el propio Manuel Hedilla, jefe de la Junta Provisional de Falange, dirige a sus subordinados una circular en la que les advierte:
’Insisto con el máximo interés en que las operaciones de represión se controlen con todo celo, no cumpliendo otras órdenes que las dictadas por las autoridades competentes [tiene chiste esto de las ’autoridades competentes’]. Es menester evitar que sobre la Falange se eche una fama sangrienta que pueda perjudicarnos en el porvenir. No se castigará a nadie sin averiguación de sus antecedentes y sin orden de la autoridad competente’." (Ob. cit., p. 55)
Lo malo —lo malo, se sobrentiende, para mi padre y, en consecuencia, también para mí —es que la circular de Hedilla no se cursó hasta el 29 de septiembre. ¡Demasiado tarde, una vez más, para que de ella se beneficiaran Monreal y Carreño! [¿y más gente, se sobreentiende? Aunque los criterios de Hedilla para el asesinato organizado administrativamente eran también muy inclusivos]. Pero, en todo caso, y por eso cito lo que cito, siguen cuadrando al dedillo las cuentas relativas a lo cerca —horas, días, dije— que anduvo mi padre de salvar el pellejo.Ya sé que los quejíos de plañidera emitidos a pitón pasado no sirven para nada, ni, menos aún, resucitan al difunto, pero una y otra vez, tenaz, machacona, estalla y tabletea, dentro de mí esa pueril exclamación, más propia de espectadores de partidos de fútbol o de jugadores de lotería que de adultos dotados de sentido común y criterio, que reza: —¡Huy! ¡Por un pelo! O por un palo: el de la portería.
En el caso de mi abuelo, ni pelo ni cabellera. Fue el primer asesinato de la comarca. Quizá hubiera podido escapar a Francia, como mi otro abuelo, con la cuadrilla de requetefachas pisándole los talones. . .Pero claro, no tenía ninguna razón para escapar de nadie—de nadie racional. Y mucho confía Sánchez Dragó en el "orden" que puso Hedilla (ná menos . . . ). No debería. Los fusilados por orden de la Autoridad golpista están igual de fusilados.
Y es que, por infantil que parezca mi reacción, eso es exactamente lo que me sugiere el cúmulo de datos y opiniones, procedentes de los dos bandos en liza, con los que sin proponérmelo, y en desorden, al hilo de la concepción y la elaboración de este libro, me he ido topando hasta llegar a la convicción —la tengo— de que en la zona nacional, como mínimo y quizá tambien en la otra, pero de eso hoy por hoy no estoy seguro (más bien me inclino por lo contrario), la represión ciega, indiscriminada, injustificada, indocumentada, de quienes no eran combatientes sino pueblo a secas, y vestían de paisano, se detuvo muy pronto, en la segunda mitad del mes de septiembre, debido a la confluencia de tres vectores: la llegada a las cárceles de los efectivos de la Cruz Roja, el férreo control establecido a partir de un determinado momento por las fuerzas armadas y la toma de conciencia de los mandos de la Falange genuina [¿¿los buenos?? ¿¿ya había dos Falanges??] respecto a las atrocidades que como perros rabiosos sin correa, vacuna ni bozal estaban perpetrando sus supuestos conmilitones. [El supuestos juro que es de Sánchez Dragó; el Times 18 es mío).
Wikipedia: En 1944 fuentes del Ministerio de Justicia aseguraron que unos 190.000 prisioneros murieron o fueron ejecutados en prisión. Como se ve, hay opiniones para todo. . . La represión y exterminio, ya no desorganizados, sino sistemáticos, continuaron durante años. A mí el convencimiento aparente de Sánchez Dragó de que tras unos meses sólo hubo muertos en combate, o la cortina de humo que se echa ante los ojos con las ejecuciones legales del franquismo, no sé, me parecen un tanto pasmosos.
"¿Conmilitones? Bueno, bueno . . .Dejémoslo, con grima y rima fácil, en matones, en killers, en sicarios a sueldo, que en muchos casos, aunque no, desde luego, en todos, ni siquiera podían esgrimir en su descargo el nauseabundo atenuante de que obedecían órdenes o la coartada ideológica, aún más repulsiva, de que actuaban así para extirpar la mala hierba del país, orear la atmósfera y salvar la patria. Lo digo con la autoridad que para ello me confiere otro dato, otra certeza casualmente aportada por el zigzagueo de las lecturas, conversaciones e investigaciones que preceden o corren paralelas al alumbramiento de este libro. Me refiero a la horripilante hoja de pagos reproducida por Armengou y Belis en su tantas veces por mí citada obra y relativa a la contabilidad llevada a cabo por la delegación de Falange Española en el pueblo sevillano de Los Corrales durante varias semanas del año de 1936 (Ob. cit., p. 264). En ella, taxativa y contundentemente, con modos, modales, pelos y señales que no dejan mucho espacio para la duda, se incluyen "listados con nombres de personas que reciben dinero de la tesorería local de la Falange. Llama la atención que algunas personas percibieran en distintas épocas unas cantidades que eran considerables en la éoca, pero aún sorprende más que la cifra de treinta y cinco pesetas, que se repite con frecuencia, fuera el precio que se consideraba que correspondía cobrar por asesinar a alguien. Si tenemos en cuenta que en Los Corrales murieron asesinadas setenta y ocho personas y que los nombres de quienes cobran son los que distintos testimonios apuntan como los de quienes se ocupaban de llevar a los detenidos al cementerio —donde los ejecutaban después de haberles hecho cavar su propia fosa— el documento resulta revelador en lo tocante a la responsabilidad de elementos de la Falange en aquellos crímenes". (Ob. cit., p. 56)
¡Siete duros! Un pastón. Se entiende que hubiese tantos animales dispuestos a convertirse en asesinos. Todo necio confunde valor y precio.
¡’No, no! ¡qué digo! ¿Siete duros? Muchos más, porque ése era el precio per cápita, y podían ser bastantes las cabezas de ganado —como a tales, de hecho, las consideraban y trataban— que en cada limpia, en cada operación de higiene ideológica, eran conducidas al matadero.
Me pregunto si cobraron los asesinos de mi padre esa u otra cantidad y lo que, caso de ser así, hicieron con ella. . . ¿Irse de putas? Seguro que no. Iban, entonces, muy baratas, y para eso, además ya dispon’an, y por añadidura gratis, de sus respectivas madres.
Aunque fuesen unas santas.
"Pablo Uriel tenía veintidós años y la carrera de médico recién acabada cuando, aquel aciago julio de 1936, se desencadenó la guerra. . . "
Pertenecen estas líneas al prólogo añadido por Ian Gibson a la excelente obra de narrativa autobiográfica No se fusila en domingo (Pre-Textos, Valencia, 2005), en la que el médico citado —que era, por cierto, de Soria, como yo llegué a serlo, ya talludo, por vía de generosa decisión municipal— evoca las vicisitudes de su existencia, y algunas de las de España durante el mismo período, en los años de la guerra civil. Viene a cuento, me parece, reproducir ahora algunos párrafos de su libro: (Sánchez Dragó, 226-28)
Con este testimonio de Pablo Uriel narra Sánchez Dragó, por vía interpuesta, el asesinato de su padre, mejor que en propia voz. Es sorprendente en el texto que sigue, valiente y estremecedor, y a la vez consciente de la importancia del lenguaje, cómo continúa, sin embargo utilizando el vocabulario de los terroristas para describir sus crímenes, a la vez que denuncia esa infección del lenguaje ("verdugos", "paseos", "ejecuciones"). Y con esos párrafos de No se fusila en domingo termino yo este post tan largo y tan hablado por vía interpuesta. Son éstos:
"El papel de verdugos y ejecutores se asignó en Zaragoza a los falangistas y a la Guardia Civil. En la ciudad existían pocos falangistas antes del 18 de julio, pero sus filas fueron engrosadas rápidamente por miembros de otras organizaciones de derechas. Se podía seguir muy bien el proceso mental que les conducía a la pendiente de las ejecuciones. En la práctica, todo falangista intervino alguna vez en esos asesinatos, considerados por sus jefes como actos de servicio a la patria. Si el acto daba lugar a una conmoción psíquica de rechazo o repulsión, el hombre se enrolaba en seguida en alguna unidad combatiente y marchaba al frente, ansiando una lucha más noble. Aquellos que descubrían en disparar sobre un hombre indefenso una fuente de placer quedaban adscritos de modo permanente a las escuadras de verdugos. [Verdugos a sueldo de un régimen fascista, asesino y traidor, repito: no verdugos sin más]. Poco a poco, por un mecanismo de selección, fueron quedando en la retaguardia agrupaciones de jóvenes sádicos a los que se dio amplios poderes para la limpieza. Ellos usaron y abusaron de estos poderes, entre la complacencia hipócrita de las personas de orden, que no mancharon sus manos de sangre pero señalaron a las víctimas, desentendiéndose luego de la suerte que pudieran correr.
"En sus cuartelillos, estos jóvenes degenerados elaboraban la lista de sus víctimas cada noche; a estas listas se añadían otras, facilitadas por la policía o el ejército. Al anochecer iniciaban sus correrías, recogiendo de las cárceles o de sus domicilios a las piezas sobre las que iban a disparar. Al volante de sus camiones o de grandes turismos Buick o Chrysler de los años treinta, disfrutaban en sus cortos viajes del contacto estremecedor con sus víctimas, en un placer anticipado del agudo y supremo goce de disparar sobre aquellos hombres, mujeres o niños que morían de una manera tan fácil.
"Al principio quedaban los cuerpos allí, en las canteras o en las cunetas de las carreteras, a la vista de todos. Luego intervino ya la máquina administrativa y esos cuerpos eran recogidos y enterrados en los cementerios próximos o llevados a la fosa común del de Zaragoza.
"Otros pasaron antes por la sala de anatomía de la Facultad de Medicina de Zaragoza, donde sus datos fueron registrados, y de allí salieron en su último viaje al cementerio o la incineración Los que dejaban su nombre en el registro necrológico de la facultad tenían siempre el mismo diagnóstico: traumatismo craneal.
"Todos los vencedores colaboraron con los verdugos falangistas con su conformidad. Los muertos no tenían un nombre, ni unas circunstancias personales; eran ’rojos’. Las muertes no eran muertes, eran ’paseos’. Y la fuerza de las palabras desempeñó un buen papel en aquella conformidad.
"Los hombres que no ejecutaban denunciaban, y, al enterarse de que el denunciado hab’a sido paseado, imaginaban en seguida que su denuncia habría servido para descubrir en la víctima otros horrendos delitos. Aquel denunciado había resultado ser un rojo perdido, y la hora de la justicia había sonado en España.
"La aquiescencia de la Iglesia costó miles de vidas. Conocía mejor que nadie la cuantía de víctimas cada noche, puesto que los sacerdotes asistían a las ejecuciones. Jamás se preguntó si aquellas muertes ilegales eran o no lícitas. No se habló de ello en los púlpitos, y si algún sacerdote lo hizo fue pronto llamado al orden por sus superiores. Si reincidió fue detenido. Algunos religiosos de un convento próximo a la cárcel ingresaron en las celdas porque se habían permitido pedir clemencia desde sus púlpitos y porque sus palabras llenaron el templo de fieles que buscaban un consuelo.
"Aunque es muy triste decirlo, muchos de estos sacerdotes encontraron en las ejecuciones un placer inconfesable. Algunos por curiosidad, otros por deleite y unos pocos por cumplir allí una misión trascendente, acudían de buena gana a presenciar los asesinatos.Esta colaboración gustosa sólo se vio enfriada por algún incidente peligroso, como el ocurrido durante unas ejecuciones en las canteras de Casablanca. Uno de aquellos rojos, en el momento crítico, pasó sus manos esposadas por encima del haz de los faros del coche que iluminaba la escena. Los verdugos, ya nerviosos por la ceremonia, se asustaron ante aquel revuelo inesperado, y dispararon generosamente sus fusiles. Aquel sacerdote murió abrazado a su rojo.
"Algunos de estos falangistas, al regreso de sus orgías, acudían a un confesor ya designado para ellos. Allí vertían la confidencia de sus pecados de esa noche y recibían la absolución. No eran confesiones muy ortodoxas, puesto que no se les exigía la contrición indispensable, pero la conciencia quedaba así adormecida y las orgías podían continuar en noches sucesivas. El confesor solía preguntar a su confidente si había sentido odio hacia aquellos hombres que se había visto obligado a matar en cumplimiento de su deber patriótico. La respuesta era siempre negativa, ¿por qué razón iba a sentir odio por aquel desconocido?
"El ejército, salvo en los pocos casos de consejos de guerra, no intervino directamente en las ejecuciones, al menos en Zaragoza. Pero cuando deseaba deshacerse de algún soldado políticamente desafecto, no vacilaba en entregárselo a la Falange para que lo castigase de la única forma como sabía. El Ejército sí es culpable del asesinato de prisioneros de guerra, sobre todo si éstos pertenecían a las Brigadas Internacionales. En este caso el fusilamiento era inmediato y automático. (Ob. cit., pp. 63 y 66)
[Sánchez Dragó: ] Hasta aquí, la de cal. Más adelante, en el mismo libro, la de arena . . .
"Las primeras horas ese día habían sido una confirmación gozosa de todas mis previsiones. El comportamiento del ejército republicano con sus prisioneros era exactamente el que yo había esperado: el que había anunciado a todos los que temían caer en manos del enemigo.
"Pero a partir de las nueve o nueve y media de la maana, me enfrenté de pronto con unos hechos para los que no estaba preparado. El comportamiento bochornoso del ejército republicano me proporcionó una decepción que es, sin duda alguna, la mayor que he sufirdo en mi vida. Yo estaba preparado psicológicamente para soportar la crueldad de los franquistas; la encontraba consecuente con los esquemas previos. Pero encontrar esa misma brutalidad en el campo de mis amigos fue una experiencia cuyas consecuencias pesaron sobre mí durante muchos años." (Ob. cit., p. 371)
Sobran las apostillas. Sobran también, y más, si cabe, las banderías, los sectarismos, los posicionamientos ideológicos.
’¡Qué asco!
(Sánchez Dragó, Muertes paralelas 226-31, citaba No se fusila en domingo, de Pablo Uriel)
Sobre el paralelismo de las muertes, comparto y respeto la voluntad de Vd. de evitar partidismos, cainismos, etc. etc. y dar estopa a ambos bandos, que en ambos hubo muchos que la merecen.
Sin embargo, creo que los paralelismos están mal elegidos, y más para elegir figuras emblemáticas para la portada. Es excesiva la desigualdad entre una pandilla de fascistas dando "paseos", es decir, asesinando a ciudadanos no combatientes, y un poder legítimamente elegido, en tiempo de guerra, condenando a muerte al líder de una banda fascista, golpista y terrorista. Aunque se esté en contra de la pena de muerte; aunque el juicio no tuviese garantías.
No es lo mismo, y no es un paralelismo aceptable. A mi abuelo también lo asesinaron los falangistas, y si escribiese un libro podría ponerlo en la portada, en "paralelo", con algún pobre cura asesinado por milicianos, pongamos. Nunca, por supuesto, con José Antonio Primo de Rivera, jefe de los que tanta gente asesinaron. En fin, prefiero pensar que es un exceso de ecuanimidad por su parte, si tales excesos son posibles.
_____________________________________
post-scriptum, 2009. Setenta años después:
El eco de las descargas
Si los asesinos de las milicias de izquierdas se ensañaron con los curas, los falangistas y demás fascistas escogieron a los miembros de los sindicatos y a los maestros como víctimas favoritas para su campaña de terror. Estas sí son muertes parelelas—las historias de asesinatos de maestros guardan un triste parecido. Hace poco se hizo en Zaragoza un pequeño acto de homenaje a los maestros asesinados en Aragón. Entre ellos estaba mi abuelo Ángel García Benedito, residente en Biescas y por entonces maestro de Escuer. Había sido el gran impulsor del traslado del pueblo de Escuer Alto y su refundación en el valle, ayudando y aconsejando a los vecinos que se reubicaban allí, para intentar mejorar sus penosas condiciones de vida. Otros muchos maestros se implicaron en mejoras sociales más de lo que gustó a los caciques, poderosos y conservadores, y su papel ejemplarizador hizo que los fascistas decidiesen utilizarlos para dar la última lección, como decía Castelao:
Fueron, como dice el título del libro de María Antonia Iglesias sobre ellos, "los otros santos, los otros mártires" de la guerra.
Uno de los relatos del asesinato de mi abuelo apareció en un libro que describe la represión en la Jacetania y el alto Gállego—El eco de las descargas, de Esteban C. Gómez, editado por el autor (Barcelona, 2002). Aquí hay unos pasajes.
Tras ver frenado su Golpe de Estado contra la República por la actuación del pueblo y de las instituciones republicanas, los militares sediciosos, lejos de deponer las armas, comienzan a organizar con métodos fascistas la vida municipal de los lugares caídos bajo su dominio; asimismo se disponen a controlar la retaguardia ediante la violencia y el terror. Aunque sus afines gozaban de una autonomía casi ilimitada para organizar y reprimir, en última instancia todo se subordinaba a los dictados de los militares. La jerarquía, la disciplina y la exaltación de la violencia eran los valores imperantes. Inmediatamente comienza la movilización para la guerra. EL PIRINEO ARAGONÉS, con fecha 01-08-1936, desvela lo que se avecina:
"Llegaron varias escuadras fascistas de Logroño y requetés de Pamplona, que, en entusiasta colaboración con las fuerzas militares, hacen los servicios correspondientes y atrevidas exploraciones por la comarca. (...) Regimiento de Galicia, Guardia Civil, Carabineros, policía, voluntarios de Jaca y veraneantes, milicias fascistas de Logroñ y requetés de Pamplona siguen circulando con ávido entusiasmo por las calles de nuestra ciudad. Muéstranse incansables en sus respectivos servicios dentro de la población y en sus constantes excursiones de vigilancia por alejados lugares de nuestra comarca".
(...)
El domingo día 2, después de haber oído ’misa de campaña’, entre soflamas y cantos, un grupo de aquellos falangistas que mencionaba EL PIRINEO ARAGONÉS colaboraban entusiastas con las fuerzas militares para suministrar y nutrir a las fuerzas sublevadas acantonadas en Biescas y desplegadas en Gavín. Al llegar a Escuer uno de los autos se detiene y de él descienden requetés y falangistas en alegre camaradería siendo recibidos, brazo en alto, por el nuevo alcalde (Inocencio Púertolas). Otros convecinos los rodean y asaetean a preguntas en demanda de información. Allí, una persona ’de orden’ y entusiasta del ’movimiento salvador de España’, les da el ’soplo’ de que el maestro, Ángel García Benedito, es de Izquierda Republicana y de ideas muy progresistas. Los falangistas, al llegar a Biescas, donde también les han dicho que vive el maestro de Escuer, preguntan por éste. La plaza del Ayuntamiento se encuentra muy animada, con la presencia de soldados, requetés y falangistas entremezclados con algunos vecinos del pueblo que la transitan. Las autoridades democráticas han huído; muchos jóvenes han ido a Yésero, donde los primeros focos de resistencia se organizan. El capitán Cabrerizo, jefe militar de la plaza, ha reemplazado a las autoridades civiles con gente de su absoluta confianza, resucitando el antiguo caciquismo. Ahora, quienes hacen y deshacen dejando su impronta en los designios de la villa son: Salvador Lacasa, nombrado Alcalde; José María Estaún; Lorenzo Ipiéns; Antonio Rosalí; Antonio Marcos Boira; y mosén José Aranda. El maestro de Escuer, que vivía en la misma plaza, tras ser detenido, fue vejado, pateado y humillado entre crueles risotadas y cantos patrióticos. Quienes podían hacer algo por él, no lo hicieron: lo aceptaron y callaron. Cuando los falangistas retornaron a Jaca, lo tomaron consigo y a 2 km lo asesinaron a orillas de la carretera en las inmediaciones del barranco de Arás. Era el segundo maestro que ejecutaban y el primero del mes más sangriento de toda la guerra, con 79 fusilados. Ese mismo día escribía en su diario el profesor Florentín Ara:
"Qué concepto de la vida y de la moral tienen estas gentes que hoy nos esclavizan? Misas, novenas, medallas, escapularios, pláticas, mentiras, robos, atropellos, asesinatos, crueldades, insultos, violencias, blasfemias, suciedades y cantos con la música de la ’Cucaracha’: ese es el programa de los de ’Dios, Patria, Familia, Orden...’ Todo el programa y toda la realización de una España de Inquisición y Pandereta; de curas, chulos y prostitutas, de rosario y navaja; de sangre y de cieno; de vergüenza y lenocinio. ¡Ah! el gran pecado de las izquierdas ha sido siempre [—no siempre, no siempre, ay las generalizaciones....—] el respeto a la legalidad y el afán de convivencia, evitando rozamientos y gestos agrios. La lección que estamos recibiendo es demasiado seria para que la olvidemos. ¿Qué respeto tienen ellos por la propiedad, por la vida humana, por la conciencia individual, hacia nada de lo que significa conquistas de nuestro tiempo? Espada para hacer y deshacer y altar para purificar lo que la razón, la justicia y el derecho condenan. ¡Esas son las derechas españolas, hechas a la más negra obstinada reacción, sin sentido, ni idea de que el tiempo corre! ¡Qué bien va esto!: misas al aire libre y música a todo pasto; mientras tanto, las ejecuciones en masa".
En una pensión de Jaca se alojaron los falangistas que mataron a mi abuelo, esos luceros de la patria. Uno de ellos al parecer estaba avergonzado de sí mismo y arrepentido. Los otros seguían "enteros", le contaron a una tía mía quienes supieron de ellos. Mi abuela nunca superó el golpe. Además fue expulsada del cuerpo de maestros, como todos los demás. Luego reingresaría como maestra, pero vivió sin asimilar nunca lo sucedido, traumada para siempre por este episodio—por así llamarlo, pues es un episodio de esos en los que se para el tiempo. Aunque quizá sí lo superó a su manera, usando las fuerzas que tuvo, para abrirse camino en la nueva y siniestra España por la única vía que encontró— sacando adelante a sus tres hijos, y dándoles estudios.
Denuncias por asesinato no hubo ninguna. Aquí no vale la pena quejarse a las autoridades por estas cuestiones. A los Nacionales, mucha gracia les hubiera hecho la denuncia. De hecho, ya reposada la cosa, en 1966 se molestó el gobierno franquista en declarar prescritos por decreto todos los delitos cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939. Luego, en la Transición, la amnistía general volvería a decretar que estas cuestiones no eran investigables ni penables. A los asesinos, por lo que se ve, no les ha faltado apoyo desde arriba, nunca, y menos en aquellos años de posguerra. La "Justicia" siempre ha estado de su parte.
Muchos más años tendrían que pasar hasta que se recordase debidamente la memoria de mi abuelo, tanto marcaba la época. Y de hecho el eco de esos disparos llega, más de setenta años después, hasta aquí mismo.
Se cumplen 50 años de Eurovisión, y 500 de la muerte de Cristóbal Colón. Hoy. Seguro que oímos hablar más de Eurovisión. Curioso, tan curioso como este personaje, a la vez célebre y oscuro, que ni se sabe de dónde viene ni a dónde va a parar. Se lo llevan a todas partes, eso sí. Génova, Mallorca, Portugal, Galicia....
Yo he estado en Pontevedra en lo que allí llaman la "Casa de Colón": donde dicen que nació. En ruinas, ignorada, apenas con un cartel oxidado que lo señala (y sin visitas turísticas ni panfletos ni nada). Cruzando la ría está la iglesia de Santa María, la iglesia de los "mareantes" que dicen allí (el gremio de los navegantes). En Pontevedra se construyó la nave capitana de Colón, la Santa María (originariamente "La Gallega"), y muy cerca, a Baiona, volvió Colón con la Pinta después de su viaje. No se fue Colón a encargar una carabela a Génova, no, ni volvió con los Pinzones (que al parecer hacían de Rosencrantz y Guildenstern - menuda pinza le colocó Fernando con esos)...
Todo esto me inspira a defender la tesis gallega del origen de Colón, para celebrar a mi manera los 500 años de su muerte. Que por cierto también casi pasa como bajo un tupido velo: nada comparable al famoso Quinto Centenario de 1992, ni a la matraca que nos dieron con el aniversario del Quijote del año pasado... se ve que el personaje sigue teniendo algo que consigue sumirlo en las tinieblas. Que ya le vale, ¿no? Pues eso mismo me inspira para defender la tesis gallega (me refiero a la tesis con la que especula Mileidi)... y la portuguesa... y la mallorquina... y la de su bastardía real... y la de su origen judío... Tesis que no necesariamente se contradicen, sino que podrían muy bien, en un mundo quizá no imposible, conjuntarse de manera muy convincente. No menos convincente, en todo caso, que los fragmentos contradictorios e inconexos que nos quedan apiñados alrededor de la "casa natal" de Colón o de su ADN.
He estado ojeando el estudio pro-mallorquín de la Asociación Cultural Cristóbal Colón, antes presidida por descendientes del Almirante, con estudios del secretario de la Asociación, el historiador Gabriel Verd Martorell. Cito:
La mencionada asociación tiene por objetivo impulsar las investigaciones con el fin de demostrar el verdadero origen del Descubridor de América.
Por lo tanto, en sucesivas publicaciones, se darán a conocer toda una serie de pruebas que permitirán demostrar la procedencia y falsedad de todos los documentos que los defensores de la tesis genovesa presentan, con el objetivo de probar que los genoveses Cristófero Colonne o Cristóforo Colombo son la misma persona que el verdadero Descubridor de América, el noble Cristóbal Colón, hijo de don Carlos, Príncipe de Viana (hermano del rey Fernando el Católico), y de la mallorquina Margarita Colón.
Como la redacción es un poquito oscura, aclaro: el "verdadero origen" de Cristóbal Colón es, según esta tesis, el de un bastardo de familia real ("noble" para Verd), hijo del Príncipe de Viana y de Margarita Colón - o Colom. Adelanto que estos estudios, al parecer documentadísimos, desprecian la tesis judaizante del origen de Colón. Sí intentan explicar, con su problemático parentesco real, los curiosos, por no decir pasmosos, privilegios que los Reyes Católicos dan a Colón, sin razón comprensible, antes incluso de que descubra América. Aquí está la narracion de su nombramiento por los Reyes Católicos:
"Por cuanto vos, Cristóbal Colón, vades por nuestro mandado a descubrir e ganar, con ciertas fustas nuestras, ciertas islas e tierra firme en el mar Océano, etc; es nuestra merced y voluntad, que desque las hayáis descubierto e ganado, etc., vos intituléis e llaméis Almirante, visorrey e gobernador dellas, etcétera". De todo lo cual se le dió un muy cumplido privilegio real, escrito en pergamino, firmado del rey e de la reina, con su sello de plomo pendiente firmado del rey e de la reina, con su sello de plomo pendiente de cuerda de seda de colores, con todas las fuerzas y firmezas y favores que por aquellos tiempos se usaban; al cual privilegio antepusieron un muy notable y cristiano prólogo, como de reyes justos y católicos que eran; la fecha del cual fué en la dicha ciudad de Granada, a 30 días del mes de abril año susodicho de 1492 años".
Y hay otros documentos igualmente curiosos:
El primero de estos documentos es el pasaporte de Colón. En un fragmento de él podemos leer: "Mittimus in presenciarum nobilem virum Christoforum Colon cun tribus caravelis armatis per maria Oceana ad partes Indie" ("Enviamos al NOBLE Cristóbal Colón con tres carabelas por el Mar Océano hacia las Indias").
"Dado en Granada, 16 de abril de 1492.
Yo el Rey. Yo la Reyna.
El Rey i la Reina me ordenaron esto a mi, Juan de Coloma".
Vaya con Coloma. Vaya casualidad, Colom y Coloma... Aquí vuelve a aparecer este Coloma, a quien también tenían bien colocado, seguramente por enchufe, judío expulsando judíos. Para Verd, todo esto es resultado de un pacto de silencio impuesto por los Reyes Católicos, por el cual los reyes conceden cierta sustancia material a los sueños frustrados de grandeza de su primo bastardo Colón, a la vez que le imponen la condición (consentida de buena gana) de no aludir jamás a su origen ilegítimo en la realeza.
El segundo salvoconducto para el descubrimiento del Nuevo Mundo es una carta de los Reyes Católicos al Soberano de Catay. En este documento se dice: "quare decrevimus nobilem capitaneum nostrum Christoforum Colon presencium latorem..." ("Por ello hemos decidido enviaros a nuestro NOBLE Capitán Cristóbal Colón, dador de la presente...").
"Desde Granada, 30 de abril de 1492. Yo el Rey, Yo la Reina. Coloma, Secretario. Fue expedida por triplicado".
Redactadas las Capitulaciones el pacto del silencio se siguió manteniendo por ambas partes, pues ni Colón ni los Reyes nunca jamás en vida hicieron la más mínima mención a su patria de origen y familia, hecho que evidencia la existencia de causas profundas que lo motivaban. Gabriel Verd, "El pacto de silencio y las capitulaciones de Santa Fe".
Bastardía, entiende Verd por esas "causas profundas". Pero igualmente podría ser por origen judaizante, en momentos tan delicados como el de la expulsión masiva y conversiones forzosas de los judíos. Parecería que el pacto de silencio sigue aplicándose, o al menos que los efectos de esta nube de tinta de calamar que echó Colón sobre su origen, siguen perpetuándose. Este estudio, pues, corre un tupido velo sobre el posible origen judío de Colon por parte de madre (si se acepta la tesis de su descendencia ilegítima del Príncipe de Viana). Hablando de familias de conversos judíos procedentes del Call mallorquin, dice la biografía:
Es opinión generalizada que fueron cartógrafos, probablemente conversos, Oliva, Rosell, Prunes, Soler, Martínez, Colom, etc.
En cuanto a los judíos conversos que tomaron el nombre de Colom, se establecieron después en Flandes.
Tales hechos habrían sido los que llevaron a algunos historiadores a pensar que Cristóbal Colón era un judío converso. La actitud profundamente cristiana que llevó en vida el Gran Almirante, sin impostura de naturaleza alguna nos lleva a afirmar el carácter verdadero de su fe católica. ("Los judíos y la cartografía mallorquina")
Vaya, menudo patinazo súbito de neuronas el del historiador. "Actitud profundamente cristiana" como señal inequívoca de la verdad de su fe católica (en tiempos de persecuciones y expulsiones). Y presupone, también sin razón ni fundamento, que un converso sería un impostor y su fe sería falsa. Ergo, Colón no tenía origen judío... bravo. Hay mucho vade retro por aquí.
Igualmente reveladora, a su manera, es
la manifestación de Fernando Colón en Vida del Almirante Don Cristóbal Colón, en una carta que su padre escribió al aya del Príncipe Don Juan de Castilla: "Yo no soy el primer Almirante de mi familia. Pónganme, pues, el nombre que quisieren, que al fin David, rey sapientisimo, fue guarda de ovejas, y después fué hecho rey de Jerusalén, y yo siervo soy de aquel mesmo que le puso a él en tal estado".
También se observa este hecho en la carta de Cristóbal Colón a los Reyes desde Cádiz o Sevilla en 1501, donde dice: "Muy altos Reyes: de muy pequeña hedad entré en la mar navegando y lo he continuado fata oy". O en el Diario del primer viaje, el 21 de diciembre de 1492, Colón escribe: "Yo e andado veinte y tres años en la mar, sin salir d'ella tiempo que se aya de contar, y vi todo el Levante y Poniente"
Espero que a mi lector no le haya pasado desapercibida la alusión a David, porque si no le voy a currar. Y no es la única en esa línea, por supuesto, pues están que se salen de las páginas de los curiosísimos escritos del almirante. Conocía el Levante y Poniente, fácil para un navegante, fácil para un judío con contactos privilegiados en diversos puertos. Desde Génova, probablemente, a Lisboa, segurísimo. Y pasando por supuesto por Mallorca, para que el Príncipe deje embarazada a su madre, y quizá, (las autoridades o su familia) la envíe con parientes discretos a dar a luz a un sitio lejano y poco sospechoso. Recordemos que el Príncipe de Viana era el heredero de la Corona de Aragón, y que sus problemáticas relaciones con su padre lo llevaron a enfrentarse con él y a ser su prisionero en diversas ocasiones. "Colom", si era familiar de Fernando el Católico, era un familiar molesto y problemático, por parte de padre y quizá también de madre. Podría venir de ahí el "contacto privilegiado" con la reina, como maniobra de distracción del maquiavélico Fernando. Aunque a Isabel también le darían yuyu los parientes incómodos, que también tenía esqueletos en el armario... Sea como sea, Colón venía de Portugal, donde le había llevado su carrera de navegante y comerciante. (¿A alguien le suena quién dominaba las inversiones de capital y los contactos del comercio internacional en muchas ciudades del Renacimiento?).
En el Capítulo V de la obra de Hernando Colón este dice:
"Y porque no estaba lejos de Lisboa, donde sabía que se hallaban muchos de su nación genovesa, lo más presto que pudo se fue allí, donde siendo conocido dellos, le hicieron tanta cortesía y tan buen acogimiento que puso casa en aquella ciudad y se casó."
(De Escritos sobre el páramo, donde se burlan de muchas criptohistorias de las que rodean a Colón...)
Oye, qué gente tan maja, y tan enrollada, esos genoveses de Lisboa ¿no? Y eso que estos ni siquiera eran primos lejanos. A mí lo de "su nación genovesa" me suena, en boca del hijo Hernando, a eufemismo conveniente por "judíos" o "conversos". No digo que no fueran, también, genoveses... Hernando tampoco estaba interesado en saber de dónde, exactamente, venía su padre; o antes bien, como lo sabía, o mucho se lo sospechaba, y como el casado casa quiere, le convenía muchísimo una cierta ambigüedad. Gallegos y lusitanos, primos hermanos, especialmente entre los judíos de Pontevedra, que habían adquirido la habilidad o costumbre de ubicarse a uno u otro lado de la frontera según soplaran los vientos de la persecución o los del interés anual de los potentados, especialmente en el siglo XV. Estaba reciente la rebelión de los Irmaniños pontevedreses, algunos de ellos judíos buscando privilegios para el comercio de la ciudad. Primos y parientes tenían también los judíos en cada puerto, de Génova y el Levante a Lisboa a Rotterdam, y pronto más hacia el poniente. Las relaciones familiares, los lazos sociales y comerciales, eran indisolubles y se mantenían en la memoria; la atención a la geografía era vital. Siempre errante Colón; pero siempre con un puerto que lo acoja.. quizá judío.
Salvador de Madariaga defendió la tesis del Colón judío. Menéndez Pidal observaba lusismos en su manera de escribir el español. Italiano nunca escribió, que se sepa, ni nadie va diciendo que lo hablase. Con la tesis del origen judío de Colón especula José Antonio Hurtado en Colón y la carta templaria (Espejo de Tinta, 2005). Sobre las curiosísimas ideas históricas y apocalípticas del Almirante, digamos sin más que no parecen venir de rancio abolengo castellano, ni de cardadores de lana, sino de familias con una larga tradición de cultura alternativa, semioculta y, sí, con ideas muy particulares e información privilegiada sobre cartografía. La singularité est subversive. También los rasgos de Colón podrían ser, plausiblemente, de ascendencia judía.
Menudo montaje nacional, el de los españoles con limpieza y sin limpieza de sangre, y qué maniobras tan complicadas se han hecho, unos para mantener este sistema de castas, y otros para esquivar sus consecuencias. Ver por ejemplo Los judíos en la España Moderna y Contemporánea de Julio Caro Baroja. Conversos disimulando, cambiando de nombre, haciendo maniobras de escape y enmascaramiento. En lo profundo de los tiempos, se hacía por supervivencia; luego por prudencia, luego por conveniencia. Hoy todavía se notan en la superficie las ondas de esas agitaciones sumergidas. En los Baroja mismos, los Baruch... Quizá también en los Colom. Y en el silencio que hoy, quinientos años después, sigue rodeando a Christoforus Colom (que así decía, a veces, que se llamaba).
Por la mañana había una charla con Paul Preston en la facultad (por la tarde ha dado una conferencia en el Paraninfo con todas las autoridades políticas y académicas y capitostes locales presentes). Nos ha hablado de sus inicios en la investigación histórica allá por los años sesenta, sus primeras impresiones de España por entonces, el ambiente de interés en Inglaterra por la guerra de España - "Para un estudiante de historia", dice, "era una cornucopia, había de todo: revolución, fascismo, comunismo, anarquía, estaba Hitler, Mussolini, Stalin, Churchill... era como la televisión por satélite". Ha caracterizado a Hugh Thomas como representante de una línea de historia conservadora que tendía a justificar la guerra civil, con los españoles como pueblo caótico y desordenado que necesitaba mano dura. Frente a eso, ha expresado su admiración por la transición, a pesar de los sacrificios de la justicia hechos por la paz, y también por el rey (el tema de su conferencia por la tarde. Preston ha escrito historias de la guerra civil y la transición, y biografías tanto de Franco como de Juan Carlos). Ha descartado algo que insinuaba un miembro del público, la rumoreada connivencia del Rey con los militares del 23-F, diciendo que de no ser por Tejero y Miláns, el "golpe suave" de Armada podría haberse hecho realidad, y que quizá hubiera sido aceptado incluso por los socialistas. (¿? Chocante esto. Será por "algunos"). Ha dejado clara su postura, también en el turno de preguntas, con respecto a la actual ola de historias de derechas sobre la guerra civil. Para él son ideológicamente paralelas al fenómeno Ricardo de la Cierva, que fue, ha dicho, "creado" deliberadamente por Fraga Iribarne para contrarrestar las publicaciones que en el extranjero se venían haciendo sobre la guerra civil española y que hallaban vías clandestinas para entrar en el país. A Pío Moa también lo han "creado", dice, y a César Vidal. Antes, ha dicho, Moa era un pistolero un terrorista que luchaba contra la democracia con la pistola, y sigue siendo un fascista sólo que ahora utiliza la pluma (Nota: Moa fue miembro del Grapo). Azuzado por la curiosidad, he ido a ver el currículum de César Vidal, impresionante capacidad de escribir docenas de libros y llevar programas de radio a la vez... debe ser que todo es tan falso como la universidad donde dice que enseña en Estados Unidos ("Logos College", una universidad creacionista de alguna secta religiosa, cuyos títulos no tienen efectos académicos sino únicamente "vocacional-religiosos"). Pero es un misterio que intriga, el de la autoría de los libros de César Vidal. Volviendo a Preston, ha dicho que es difícil para los historiadores debatir con Pío Moa, porque tendrían que renunciar al estilo mesurado y académico para entrar en una guerra de insultos y en un enfoque de la historia que es el equivalente de la telebasura. Él se ha negado siempre a debatir con Pío Moa aunque se lo han pedido varias veces. Lo triste, dice, es que Moa llena las estanterías más que Preston... y Gran Hermano más que los documentales, claro. Le han preguntado sobre el traslado de los papeles de Salamanca: ha dicho que es vergonzoso lo que han organizado las autoridades de Salamanca para oponerse a una devolución muy justificada: al margen de que no se pierde el acceso a los documentos, no puede aceptarse que un archivo constituido mediante el expolio y la violencia se considere como una colección legalmente constituida. Sobre la retirada de estatuas de Franco (pregunta de derechas, creo): Preston ha dicho que él no es partidario de retirar símbolos a menos que sean hirientes para la gente en el día a día; es partidario de explicarlos, poner un cartel diciendo quién era ese señor de verdad (ahora que si Franco no era hiriente en la academia quizá fuese hiriente la explicación de sus crímenes propuesta por Preston)... Y he abandonado la sala en medio de una respuesta de Preston a alguien que decía que José Antonio era una figura poco estudiada (que se lo digan a él que tiene una pared forrada de libros sobre el tema... no creo que le haga falta más). El Aula Magna de Filosofía tiene la desventaja de que si abandonas la conferencia antes de hora tienes que pasar al lado del conferenciante, al estar la puerta al frente y no al fondo, pequeño fallo. Por lo menos he salido de modo rápido y eficaz, sin que Preston (creo) me lanzase los comentarios irónicos con que ha despedido a otros que se iban al alargarse la sesión... "El último que se quede tiene premio... una lavadora o una semana en Siberia conmigo". Pero yo ya no puedo optar.
Blog de notas de José Ángel García Landa (Biescas y Zaragoza) :::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::: "Algo hay en el formato mismo de los blogs que estimula un desarrollo casi canceroso de nuestro ego" (John Hiler)