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Cine

Zona Verde

sábado 20 de marzo de 2010

A photo on Flickr

Zona Verde

Película de Paul Greengrass, sobre los primeros días de la guerra de Irak, hasta que Bush proclamó prematuramente eso de que que "la guerra estaba ganada". Bourne, una vez superados sus problemas de identidad, es aquí un alférez del ejército americano, aunque suene raro eso de "alférez del ejército norteamericano". Un muchacho dedicado, vocacional, activo, honesto y directo, nada de esos soldaduchos de mucha mili tipo M.A.S.H. o Jarhead. Tiene que encontrar armas de destrucción masiva en Irak, siguiendo los planos que les han pasado la "Inteligencia" americana so-called. Y claro, no encuentra más que mierda de paloma, pues si se hubiese leído los informes de los inspectores de la ONU, que habían hecho inspecciones mucho más exhaustivas, habría sospechado ya desde el inicio que no había tales armas de destrucción masiva, y que todo era una mera cabezonada voluntaria de los llamados Halcones neocon, de Bush y Cheney para abajo, que querían chafar una pasta en armas y hacerse con unas contratas petrolíferas y de multinacionales de seguridad. Bien, esto lo sabía CASI todo el mundo, hasta yo, pero no lo quería saber Bush, ni Aznar que le tomó la palabra, ni Colin Powell, que aún lo recuerdo dando una conferencia de prensa patética en la que no se creía ni él mismo lo que estaba presentando como "pruebas" de la existencia de laboratorios de armas químicas móviles montados en camiones. La película va de la denuncia de este montaje, siendo el bueno Matt Damon/pseudo-Bourne, que descuida su trabajo inútil de inspección para investigar unas intrigas neocon para situar a su candidato-paracaidista en Irak. Se suma el alférez Bourne a un plan de un viejo agente de la CIA, que preferiría no desmontar el sistema del partido Baas y el ejército, y pactar con ellos para mantener la coherencia del país y evitar el caos. Bien, pues Bourne fracasa en su misión de captar al gran figurón J de la baraja, un general que podía ser la clave de ese pacto... pero para sorpresa suya, su traductor y aliado, Willy, un patriota iraquí, le vuela los sesos al general cuando Bourne acababa de hacerse con él y de arrancarlo a las garras de los mercenarios neocón que quieren eliminar a todo enlace con el régimen anterior (estos cuerpos especiales si no son de la Blackwater al menos se montan su guerra particular dentro de la guerra). En fin, que Willy también lleva su propia guerra, y le dice al alférez Bourne, "Vosotros no tenéis que desidi lo que pase aquí". Él sí, por lo visto. En cualquier caso, ni Bourne, ni su amigo el perro viejo de la CIA, pintan nada allí ni tienen mando ni rango ni son quién para hacer ningún pacto con el Baas ni con el ejército iraquí, claro— precisamente los acaba de desmovilizar la autoridad americana oficial, que aquí es un malo muy malo, trasunto del malo muy malo histórico y real, que todavía ahora mismo acaba de sacar un libro diciendo que bah, qué más da lo del motivo para la guerra, lo que importaba era montarla y ganarla y quitar a Saddam. Pero oye, un alférez yendo allí por libre... yo creo que más bien acabaría en un consejo de guerra, por muy honesto que sea. Ahí deriva la película en fantasía-ficción. Este alférez no se ha enterado de que está en el ejército para obedecer órdenes, está claro; no sé para qué se ha metido ahí. Bueno, total que viene a ser una historia entonces de cómo un inocente descubre los entresijos del sistema y se entera que "la democracia es engorrosa y complicada", como le dice un superior suyo, más engorrosa y complicada y sucia de lo esperado. Más que eso, ve que hay quien manipula el sistema y lo corrompe por intereses oscuros que se pierden en las altas esferas. A pesar de la reconocida falsedad de los informes, de la manipulación interesada, de las mentiras públicas, ni en la película ni en la realidad se ha juzgado a Bush ("un buen hombre" según Obama) —ni a Aznar por supuesto, ni siquiera al organizador directo del cotarro en Irak, a pesar de que sus acciones y tergiversaciones han tenido cientos de miles de muertos de consecuencia. Pecata minuta: sólo tocan a un americano muerto por cada doscientos iraquíes, y es una cuenta que al parecer aún resulta satisfactoria. A lo que voy es que la película aún podría pasar por exoneracionista: presenta todo el asunto de las mentiras y manipulaciones como si fuese un secreto que hay que sacar a la luz, un descubrimiento total que se realiza únicamente sobre el terreno, a cargo de un hombre honesto (americano cómo no). Cuando en realidad todos sabían que la guerra era precipitada, ilegal e injustificada (si nos atenemos a los inspectores oficiales de la ONU): es decir, las mentiras eran bastante más públicas, bastante más descaradas que en la película, y todo bastante más vergonzoso: una carrerilla hacia adelante cogida entre todos, militares, servicios de inteligencia, lobbys, administración Bush, trío de las Azores, Blair et al, todos cogidicos del brazo y corriendo en plan no-te-quedes-atrás, a ver quién era el majo que los paraba, aunque el rey estuviese desnudo y bien desnudo. Bien, no le voy a hacer peros a Greengrass por hacer una película denunciando el montaje, aunque esta cuestión de limitación del punto de vista, limitación al de un ingenuo, limite también el alcance crítico de la película. Por algo se empieza. Y la película es un buen thriller, eficaz, con unas escenas iniciales impactantes, angustiantes, una cámara temblona e inquieta, una música de tambores retumbantes que no dejan el espíritu tranquilo— y un Irak totalmente creíble en su complejidad aquí simulada. Un poquito se le va la mano en el tema de las persecuciones, como tanto thriller, pero bueno, se queda uno con el ritmo, la idea de engaños y manipulaciones, y el contraste entre las calles caóticas de Bagdad y la decadencia occidental, esos falsarios de la zona verde de hoteles, ruedas de prensa y piscinas. Muy visible, no se la pierdan si les sobran unos euros.



Stauffenberg

Crazy Heart

Bonita película sobre una vieja gloria de la canción country, borracho y desorganizado, que por un error pierde la última oportunidad de acabar su vida felizmente casado con la última mujer de la que se enamora. Así como quien no quiere la cosa, más que tener una buena banda sonora, la película es un musical excelente—cantado por los propios actores Jeff Bridges y Colin Farrell.




La idea de base es que las buenas canciones de amor (o sea, las tristes) salen de las desgracias, fracasos y arrepentimientos de la vida. Corazón loco sería mejor traducción que corazón indomable, por supuesto. En fin, por lo menos el bueno de Bad Blake se desintoxica, y reencauza su carrera. Aunque lo mejor de la película está en sus momentos de vieja gloria arruinada y desengañada. A partir de ahí, para arriba él y para abajo la película.

Esta canción es Fallin’ and Flyin’:

I WAS GOIN’ WHERE I SHOULDN’T GO
SEEIN’ WHO I SHOULDN’T SEE
DOIN’ WHAT I SHOULDN’T DO
BEIN’ WHO I SHOULDN’T BE

A LITTLE VOICE TOLD ME IT’S ALL WRONG
ANOTHER VOICE TOLD ME IT’S ALL RIGHT
I USE TO THINK THAT I WAS STRONG
BUT LATELY I JUST LOST THE TIME

IT’S FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’
IF ONLY FOR A LIITLE WHILE
FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’
IF ONLY FOR A LITTLE WHILE

I GOT TIRED OF BEIN’ GOOD
STARTIN’ THAT OLD FEELIN’ FREE
STOPPED ACTIN’ LIKE I THOUGHT I SHOULD
WENT ON BACK TO BEIN’ ME

I NEVER MEANT TO HURT NO ONE
I JUST HAD TO HAVE MY WAY
IF THERE’S SUCH A THING AS TOO MUCH FUN
THIS MUST BE THE PRICE TO PAY

IT’S FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’
IF ONLY FOR A LITTLE WHILE
FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’
IF ONLY FOR A LITTLE WHILE

NEVER SEE IT COMIN’ TILL IT’S GONE
IT ALL HAPPENS FOR A REASON
EVEN WHEN IT’S WRONG
ESPECIALLY WHEN IT’S WRONG

FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’
IF ONLY FOR A LITTLE WHILE
FUNNY HOW FALLIN’ FEELS LIKE FLYIN’
IF ONLY FOR A LITTLE WHILE

I WAS GOIN’ WHERE I SHOULDN’T GO
SEEIN’ WHO I SHOULDN’T SEE
DOIN’ WHAT I SHOULDN’T DO
BEIN’ WHO I SHOULDN’T BE



Tower of Song

The Road, and Company


The clocks stopped at one seventeen one morning. There was a long shear of bright light, then a series of low concussions. Within a year there were fires on the ridges and deranged chanting. By day the dead impaled on spikes along the road. I think it's October but I can't be sure. I haven't kept a calendar for five years. Each day is more gray than the one before. Each night is darker—beyond darkness. The world gets colder week by week as the world slowly dies. No animals have survived. All the crops are long gone. Someday all the trees in the world will have fallen. The roads are peopled by refugees towing carts and road gangs looking for fuel and food. There has been cannibalism. Cannibalism is the great fear. Mostly I worry about food. Always food. Food and our shoes. Sometimes I tell the boy old stories of courage and justice—difficult as they are to remember. All I know is the child is my warrant and if he is not the word of God, then God never spoke.

The Road
es una novela que extrañamente conseguía parecer a  la vez un poema en prosa y un guión cinematográfico—estaba hecha para ser filmada, si alguien estaba a la altura. La película dirigida por John Hillcoat es dura y es una excelente adaptación—una de las pocas películas de este último año que no conviene perderse. Hay una buena reseña de MrWhiplash en IMDb. La traduzco añadiendo en cursiva lo que me parezca.

Lo maravilloso de The Road es que es más que probable que les guste a los dos bandos—al que no se ha leído el libro de Cormac CMCarthy ganador del premio Pulitzer, y al que sí lo ha hecho. Tiene uno sin embargo una sensación nerviosa al mirar el trailer—¿será esto un espectáculo atiborrado de super-acción, estarán por allí todo el rato esas imágenes que abren el trailer con "¡EL FIN DEL MUNDO SE ACERCA!", y saldrá tanto de verdad Charlize Theron en la película? Y resulta ser que si te gustó el libro mucho y te preocupabas de cómo aparecerían sus deprimentísimos y oscurísimos paisajes negros y (sobre todo) grises, eso sí que lo proporciona de manera perfecta. (A mí el mundo de la película me parece un poco claro o "día nublado" de más—ver imagen al pie—más claro de lo debido para la novela—pues ésta sí sugiere un paisaje mucho más de noche casi cerrada, ya desde su cubierta negra. Claro que eso hubiera sido apenas tolerable como trasfondo para toda una película. Es un compromiso aceptable, como aquellas noches filmadas en pleno día con filtro azul, y demasiado gris será ya para la mayoría, aunque el gris detrae de la oscuridad del libro. Otra cuestión: aparecen muchas plantas, secas pero plantas, cuando deberían haber desaparecido ya hace unos años. Así que se queda corto en el tono de gris.). Y si no has leído el libro... igual funciona como película, primero en tanto que drama de supervivencia, una historia "simple pero no" de un padre y un hijo aferrados a su humanidad—y muy en segundo lugar en tanto que thriller post-apocalíptico.the road 2

Describir el argumento no es imposible pero sí un tanto innecesario. Lo único que necesitas saber al entrar (si eres del bando de los no-he-leído-el-libro) es que un padre y un hijo, tras quedarse solos al irse la madre de la casa, viajan juntos hacia la costa cruzando un paisaje literalmente post-apocalíptico. Nunca se nos da una explicación totalmente clara de por qué o cómo tuvo lugar el apocalipsis. Esto es mejor que mejor, porque la película de John Hillcoat se centra en el padre y el hijo (llamados en los títulos de crédito simplemente Padre e Hijo, interpretados por Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee), no hay necesidad de nada realmente específico. Al menos esto irá genial para la mayoría de la gente que a estas alturas pueden estar ya cansados de las explicaciones habituales de tipo viral o religioso o (maldita sea...) tipo 2012. Se nos dan algunas pistas, sin embargo, de que puede haber habido mutaciones (?????—yo no las he visto) o algún tipo de fenómeno geológico (hay terremotos en un par de ocasiones)—más allá de esto, estamos como los viajeros, se nos deja con lo puesto. (Tiene su pequeño inconveniente el ocultar la fuente del desastre, o hacerla aparecer natural—en la novela no hay terremotos, y allí se sugiere sin decirlo un invierno nuclear. Es bastante diferente, políticamente hablando. Lo segundo es responsabilidad achacada a los humanos y cómo han hecho las cosas, y es algo bastante indisociable de la novela de McCarthy por muy poco que cargase el acento en causas precisas. Siendo el desastre algo tan prominente y que merece una introducción en off, queda artificial ocultarlo—casi como una voluntad de alegorismo no muy oportuna aquí. Pero no es un inconveniente serio: la atención realmente se desvía a otras cuestiones. Los terremotos añaden tensión en la película, pero son una concesión inoportuna al espectáculo y confunden y distorsionan la medida de responsabilidad humana que es central para la ética del relato de McCarthy. Por otra parte, crucemos los dedos con respecto a los desastres que nos puedan suceder de manera realista o previsible, pero los terremotos parecen bastante más remotos e irreales, más ficticios, que el invierno nuclear que muchos hemos temido siempre que nos acabase tocando un poquito más aquí del horizonte).

Cómo sucedió no es en cualquier caso tan fascinante ni tan visualmente impactante como el asunto de qué aspecto tiene ahora. The Road nos proporciona muchas escenas y vistas de una desolación lúgube, terrible y precisa. Algunas están llenas de detalles visuales, como las tomas de grandes paisajes urbanos, y otros, como cuando el Padre y el Hijo están en el acceso de una autopista, son íntimos y duros (este paraje proporcona también uno de los momentos más conmovedores, cuando el personaje de Mortensen por fin 'deja ir' dos recuerdos importantes que guardaba de la difunta madre de su hijo. Y otras veces Hillcoat simplemente nos deja absorber la grisalla de todo, igual que uno captaba las escenas de nubes de moscas en su película The Proposition. Es sobre este trasfondo de lluvia y agua sucia y roña y ruina con lo que resalta tan enormemente este lazo intenso entre el padre y el hijo, y la complejidad que conlleva el no limitarse a seguir vivos sino conservar la humanidad y la dignidad y tratar bien o mal a la gente con la que se encuentran.

Esto no será nuevo para la gente que haya leído el libro. Yo, aun habiéndomelo leído hace dos años (que normalmente parece por desgracia mucho tiempo a la hora de recordar imágenes específicas de un libro) todavía no me puedo quitar de la cabeza las descripciones de algunas escenas, o la manera despojada de todo en que hablaban los personajes y en que se transmitía el horror existencial. Pero, insisto, la película no sólo respeta esto sino que le da una vida adicional. Las escenas de diálogos en la película (excepto un par de las escenas de flashback con el personaje de Charlize Theron de la Madre) nunca interfieren con la narración, cosa que hay que vigilar en la adaptación del libro. Y aún más importante, la actuación y la química entre los dos actores principales es increíble. Mortensen es un actor que se implica a fondo en sus personajhes, tanto que cuando se quita la camisa vemos su torso huesudo como algo que es de verdad lo que es, y es magnético contemplarlo. Pero también es crucial ver lo bueno que es el chaval Smit-McPhee, especialmente cuando llega el momento de las escenas en que el chico ha de enfrentarse a la desesperación creciente de su padre o al enfrentamiento electrizante con un ladrón.  (Cierto, y sin embargo hay un ligero problema de casting con el chaval, en el sentido de que está demasiado bien alimentado para su personaje, y no tiene grabado el rostro el horror y desconfianza que debería tener en sus rasgos alguien que hubiese crecido en el mundo en el que él ha crecido. Un niño de un reformatorio de Europa Oriental, o un pilluelo de la calle decimonónico, marcado pero a la vez desvalido, darían mejor la idea del personaje que sería visualmente necesario aquí. El niño que vemos es un un niño de la América de hoy, no un niño producido por el mundo que se presenta en la pantalla).

Claro, un par de breves apariciones de Guy Pearce (como otro viajero parecido) y especialmente de Robert Duvall como un "hombre de 90 años" según dice su personaje, proporcionan algo de espacio necesario, y Hillcoat tiene un par de fragmentos de flashback/sueño muy inteligentes, con el Hombre y su esposa—sobre todo un momento muy breve, brillante, con un piano), pero en conjunto son los dos personajes principales quienes han de cargar con la película, y con ellos responde con la fuerza con que lo hace. Mientras tengas claro que esta película no está centrada en grandes secuencias de acción (aunque haya un par de ellas) ni en grandes efectos especiales (aunque también los hay), y que es más parecida a un relato de a vida o muerte, no muy distinto en eso de Hotaru no haka, sabrás lo que esperar con The Road.

En conjunto es muy deprimente, y no es exactamente lo que recomendaría como película para una primera cita—a menos que seas tan fan de Mortensen y/o de Cormac McCarthy que te da igual todo. Sin embargo, es depresión "de la buena", e igualmente es la mejor adaptación posible del libro a la vez que proporciona una visión tremenda y original para el espectador medio.

De hecho, es toda una experiencia catártica, The Road, con escenas tan duras como esas en las que el padre enseña al hijo cómo suicidarse, o está a punto de matarlo para evitar que caiga en manos de los caníbales. El terror al futuro que iba unido a la Guerra Fría vuelve aquí, como el retorno de lo reprimido, en el relato de alguien que lo vivió y lo absorbió bien, y que nos recuerda, por si queríamos olvidarlo, que todo es frágil y todo lo que tenemos podría convertirse en un recuerdo apenas ya creíble  que nos atormentase en un mundo infernal, tipo How It Is. La tecnología lo puede—hasta allí hemos avanzado, cumpliendo este camino. Y el otro lado de la catarsis, o del aviso, viene de la consciencia irracional de sentir que si lo hemos vivido en The Road ya no hará falta que pasemos por ello en la realidad. Una especie de exorcismo artístico viene a ser: ver qué sería lo peor, y pasar a otras cosas al salir de la sala, agradeciendo que lo que vemos cada día está todavía allí. Así es una excelente película para enterarnos no sólo de lo que podría haber, sino de lo que hay. Es la función del arte, según Shklovsky: hacer que la piedra sea pétrea. Es especialmente memorable como retrato del cariño desesperado, casi inexpresable, que inspiran los hijos a sus padres, cuando necesitan proteccion. También de la dimensión a la vez mítica y de andar por casa que tienen los padres para sus hijos. Y de la compañía que dan los recuerdos de los seres queridos, a veces tormento y a veces ángeles de la guarda, de los únicos que hay.

Otra reseña que voy a traducir
, pues casi la podría recitar a coro, la escribe Roger Ebert (que por cierto ha pasado él mismo recientemente por una experiencia terriblemente traumática, un antes y un después, que bien merecería una dura película también. Lo cuenta en su blog.).

"The Road" evoca las imágenes y los personajes de la novela de Cormac McCarthy. Es poderosa, aunque para mí le falta el mismo núcleo de sentimiento emocional. No estoy seguro de que esto sea culpa de ninguno de los que la han hecho. La novela misma no estaría lograda si se limitase a sus personajes e imágenes. Su efecto viene ante todo de la prosa de McCarthy. Sucede lo mismo con toda la obra de McCarthy, pero especialmente con esta, al ser su diálogo tan contenido, menos barroco de lo habitual.

La historia es sencilla: América ha sido devastada.
Los núcleos habitados han sido destruidos o abandonados, la vegetación está muriendo, las cosechas han fallado, la infraestructura de la civilización ha desaparecido. Esto está tan reciente en la memoria que incluso el Niño, tan joven, nació en un mundo sano. (Aquí falla Ebert, pues obviamente esto no es así: la madre del niño no quería traerlo a un mundo que ya no era habitable, y ha de dar a luz ayudada sólo por su marido en el refugio que comparten). McCarthy evoca los temores generalizados de la era post-11/S. El Chico y el Hombre avanzan hacia el mar, quizá por ninguna razón más allá del hecho de que el mar ha sido siempre la dirección de la esperanza en este país, (Apostillemos. Resucitadas quizá por la ansiedad colectiva post 11/S, las angustias de McCarthy y las nuestras vienen de más lejos, como he dicho, y son la herencia de la guerra fría y de la espada de damocles nuclear, esa de la que creemos que nos hemos olvidado. Es significativo cómo la perspectiva de Ebert está restringida a EE.UU, alias "América", mientras que la de McCarthy, por muy quintaesencialmente estadounidense que sea, se remite a una destrucción universal).

La población que ha sobrevivido se ha visto reducida a unos supervivientistas asalvajados, que esclavizan a los más débiles, y posiblemente los emplean como comida. (Lo de 'posiblemente' será un decir, visto que hay en la novela y en la película más de una situación de canibalismo apenas "ob-scena", como ésa especialmente aterradora cuando los protagonistas descubren una cárcel de prisioneros desnudos—y caníbales—conservados como ganado para ser descuartizados y comidos a su vez por sus carceleros. Da la medida de la película y de la novela de McCarthy que no sólo muere el protagonista, sino que lo hace sin poner orden en situaciones como ésta, logrando apenas salir de ellas salvando a su hijo. Estas cosas no pasaban en Hollywood). Siempre hemos hecho eso, empleando al ganado vacuno por ejemplo para pastar en las praderas para poder consumir las calorías concentradas de su trabajo. En una tierra en la que la comida escasea, los vagabundos buscan alimentos en lata y temen que su propio cuerpo haga este trabajo para los caníbales. (Bueno, ejem, aquí parece Ebert identificar a caníbales y no caníbales, a humanos y a animales, metiéndolos en el mismo saco—y nivelando una diferencia que, en Occidente y más allá, suele ser relevante. El que nos horrorice el canibalismo es un horror complejo: a la vez basado en el horror que despierta tratar a los humanos como si fueran animales, y en otra cosa muy distinta: en el horror que inspira la manera en que tratamos a los animales sabiendo que comparten con nosotros ciertos aspectos de la consciencia. Un curioso bucle retroalimentativo—o retrocanibalizante, por así decirlo).

Aunque leemos sobre algunos que almacenan rifles y munición en previsión de un apocalipsis, los depósitos de armas de The Road se han diezmado. El Hombre tiene una pistola a la que le quedan dos balas. Es un viajero desconfiado, que sospecha de todos a los que ve. Él y el Chico transportan unas pocas posesiones en un carrito de compra. Anima a su hijo a seguir caminando, pero alberga pocas esperanzas sobre el final de su viaje.

No estoy seguro de que los personajes pudiesen interpretarse mejor, ni de otra manera. Viggo Mortensen retrata al Hombre como persistente y obstinado, decidido a proteger a su chico. Kodi Smit-McPhee es convincente como niño traumatizado por la destrucción, dependiendo de su padre en un mundo en el que tiene que ver claramente que cualquier hombre puede morir en un instante. La película resiste cualquier tentación de hacer al niño encantador, o de atraer con ninguno de los dos el afecto del espectador.

Unas escenas de flashback presentan a Charlize Theron como esposa y madre de los dos en tiempos anteriores y más soleados. Estas secuencias muestran el matrimonio desmoronándose, y son recuerdos que atormentan al Hombre. No estoy seguro de la relevancia de este argumento secundario con el conjunto de la película; un matrimonio triste o feliz, ¿no viene a ser lo mismo en este nuevo mundo? Tiene mucha relevancia sin embargo para el Hombre y el Chico. En un tiempo de devastación total, es a los recuerdos a lo que nos agarramos. (Maticemos que, aparte de lo que pienso yo, en los términos de la película es una diferencia abismal el tener una pareja con quien entenderse o no. En absoluto es lo mismo, nunca, un matrimonio triste que uno feliz. El carácter suicida de la mujer del protagonista es a la vez comprensible en el contexto apocalíptico, y sin embargo tan incomprensible como todos los suicidios, y hace que el recuerdo de la mujer sea ambivalente, pues ella le falla escandalosamente a su  marido y a su hijo, allí donde el hombre aguanta por pura fuerza de carácter, y por amor desesperado, más allá de cualquier convencimiento. La novela de McCarthy va mucho, muchísimo, sobre la figura del Padre, a la vez precario e imprescindible. Hasta el punto de parecer injusto con las madres, algo que queda compensado en parte con la figura materna del final que adopta al niño, y hace terminar la película en una nota positiva que llega como todo un alivio. Esta escena está bastante lograda en la película, allá donde McCarthy caía en un sentimentalismo sui géneris, justo en esta escena crucial, que hacía flojear el final del libro).

Los acontecimientos externos de la novela han sido resueltos con atrevimiento, y es ésta una producción imponente. Pero la prosa de McCarthy tiene una increíble capacidad de transmitir más que diálogos e incidentes. Es densa como poesía. Es más austera en The Road  que en una obra más ornamentada como Suttree; en The Road es muy evocativa en la manera en que lo es la de Samuel Beckett. (Por cierto, yo definía en mi post y luego artículo la prosa de McCarthy en The Road como una convergencia de los estilos y paisajes emocionales de Beckett y de Hemingway). Si no lo fuese, The Road podría ser simplemente una película más de ciencia ficción apocalíptica. Es demasiado fácil imaginar cómo podría vulgarizarse este material, como lo fue el de Richard Matheson en la versión de 2007 de Soy Leyenda.

¿Cómo podrían el director y el guionista, John Hillcoat y Joe Penhall, haber invocado la fuerza de la escritura de McCarthy? ¿Podrían haber utilizado unas imágenes más estilizadas, en lugar de un realismo inflexible? ¿Un blanco y negro granuloso, para sugerir recursos limitadísimos? No tengo ni idea. Quizá McCarthy, como Faulkner, sea completamente imposible de filmar. (Y sin embargo es la influencia de la prosa de McCarthy la que ha hecho probablemente que esta película se atenga en la medida en que lo hace a la crudeza de su realismo y su austeridad, resistiendo muchos gestos de las superproducciones heroicas. En ese sentido está en la línea de la estética dura y desengañada del Rey Lear de Kozintsev, o de A Ciegas de Fernando Meirelles, antes que de cosas del tipo Soy Leyenda).

La única gran película hecha sobre su obra es No es país para viejos de los Coen, pero empezaba con un personaje extraordinario y lo rodeaba con otros. The Road no es terreno fértil, al presentar un mundo con la vida que se le va vaciando. Las novelas más grandes de McCarthy son Suttree y Blood Meridian. La segunda, ambientada en el viejo Oeste, va sobre un temible hombre esquelético y calvo llamado el Juez Holden, que es implacable en su deseo de infligir sufrimiento y muerte. (Blood Meridian la está preparando Todd Field, director de In the Bedroom).

La película anterior de Hillcoat, The Proposition (2005), escrita por Nick Cave, tiene casi un aire de McCarthy. Algo en la obra de McCarthy atrae a ella a Hillcoat, y tienes que ser un director valiente para dejar que suceda eso. Al escribir esto, me doy cuenta de que no se puede esperar que muchos espectadores hayan leído The Road, aunque fue una selección del Club de Lectura de Oprah. (Que parece que ya cuenta más que el Pulitzer...). Y aún menos habrán leído las otras obras de McCarthy.

Llevo años diciendo que un crítico cinematográfico debe reseñar la película que tiene delante, y no lo 'fiel' que sea la película al libro—como si estuviésemos casados en cierto modo al libro y fuese adulterio la adaptación a la pantalla. Me doy cuenta de que la culpa la tengo yo mismo por estar tan familiarizado con Cormac McCarthy. Eso puede afectar a la capacidad que tenga de ver cualquier adaptación cinematográfica de su obra con ojos nuevos. Cuando sé que están filmando una novela, muy deliberadamente no leo el libro. Y sin embargo doy gracias por haber leído los de McCarthy.

Unas cuantas cuestiones más sugiere esta película, que no he mencionado aún, ni lo han hecho mis reseñistas. Una, la medida en la que esta película, a la vez no tiene coches (sólo ruedan en ella un camión destartalado, y un carrito de supermercado), es un road movie apocalíptico, y a la vez extremadamente fiel a muchas reglas del género. Bueno, coches hay muchos, pero hechos chatarra todos, lo cual da la medida de su crítica al sueño americano.

Pero el sueño americano está allí, sin embargo, y a veces en dosis paranoicas. El niño y su padre pueden leerse como esa histerizada Norteamérica post-11/S, o más allá, como esa Norteamérica que sabe a la vez a dónde lleva su delirio armamentista, y que está dispuesta a mantenerlo hasta el final. Dos balas hay en la recámara, pero ya no son para el enemigo: el protagonista sabe que son balas suicidas, y a  la vez aún habla de mantener el Fuego, la Luz.  Comprendámosle, pues está en una situación límite, pero lo hemos inventado en este siglo, o en el pasado, y es un aspecto de nuestra situación límite el que expresa.

Por otra parte, no hay que esperar a que llegue el Apocalipsis. Si es creíble que pudiera llegar este mundo, a un cierto nivel emocional es que ya ha llegado. Y eso hace que esta película sea una película no sobre el futuro, sino sobre ciertos aspectos o temores del presente. Y sobre una manera de vivir la relación con los demás—una relación combativa, justificadamente combativa, en el Hombre.  the road 1Es impresionante la escena en la que deja desnudo al ladrón que le había robado, aplicándole el ojo por ojo estricto—y muy bien elegido el actor negro que interpreta al ladrón. El niño y la familia que al final lo adopta dulcifican un poco esta relación de salvajísimo oeste con los demás—y también un western es esta película, cómo no.

Para muchos en América, además, y no tan al oeste, no es sólo un color emocional lo que retrata esta película—aunque ellos no la verán. El homeless hobo con su carrito, sin techo y solo en un mundo lleno de extraños que lo rehuyen, o de dementes que lo atacan, está en las calles de nuestras ciudades, a veces con carrito de compra incluido, aunque normalmente sin niño—a no ser en algún rincón de su recuerdo, que anda con ellos por el camino haciéndoles compañía. Beckett nos los enseñó desde otro ángulo interno, menos crudo en su realismo al ser más intelectual. En uno y otro, es extraño ver el mundo entero nivelado desde esa perspectiva del deshauciado, pero no deja de ser instructivo.


The Road. Dir. John Hillcoat. Screenplay by Joe Penhall, based on the novel by Cormac McCarthy. Cast: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce, Molly Parker, Michael K. Williams. Music by Nick Cave and Warren Ellis. Photog. Javier Aguirresarobe. Prod. des. Chris Kennedy. Art dir. Gershon Ginsburg. Set decor. Robert Greenfield. Ed. John Gregory. Exec. prod. Marc Butan, Mark Cuban, Rudd Simmons, Todd Wagner. Coprod. Erik Hodge. Prod. Paula Mae Schwartz, Steve Schwartz, Nic Wechsler. USA:K Dimension Films / 2929 Productions / Nick Weschler / Chockstone Pictures / Road Rebel, 2009.


No es país para viejos

La cinta blanca

sábado 23 de enero de 2010

La cinta blanca

Cinta en blanco y negro, de Michael Haneke, muy premiada, pero que a mí me ha decepcionado bastante (Das Weisse Band: Eine deutsche kindergeschichte). Aquí hay una reseña de Roger Ebert, siempre equilibrada como las suyas, y que expresa lo que seguramente viene siendo el consenso de la crítica, y la intención del director de la película. Algunos aspectos favorables de la película nos recuerdan a la logradísima Caché, del mismo director: el misterio cuidadosamente irresoluble, la expresión de tensiones psicológicas destructivas bajo una superficie de normalidad. Para mí no va tanto sobre "el origen del nazismo" como se dice por allí, como de la vida asfixiante en una pequeña comunidad donde todos conocen demasiado bien su puesto. Pero igual lo veo así porque soy de pueblo. Como dice Roger Ebert, si este ambiente sofocante de puritanismo hubiese de interpretarse como la antesala del nazismo, todos seríamos nazis. Y bueno, en toda pequeña comunidad cuidadosamente examinada se cuecen habas: tanto más en un pueblo como el de la película, tan dominado por la figura feudal del barón y los próceres locales. Es como si nos presentase el director la otra cara de la moneda de Ordet, de Dreyer, a la que recuerdan sus imágenes y ritmo muchas veces: hay aquí la misma presión religiosa y vida ordenada en la pequeña comunidad, pero vemos también el coste efectivo en opresión y violencia—de tanta pureza y simplicidad. La presión excesiva ha de salirse por las costuras. La violencia cazurra de los niños pasa aquí sin transición a los abusos ocultos de los mayores. Por otra parte, observando los niños de este pueblo, entre la normalidad y los Midwich Cuckoos, podemos ser víctimas—el maestro que percibe y narra la historia, el director Haneke, y nosotros mismos—de la falacia del hindsight bias, impactados por la experiencia del nazismo (esto parece que ha sido determinante en la carrera de triunfos de la película, un tanto errónea creo). Es decir: como luego hubo prendió el nazismo en Alemania, en este pueblo han fumao. Y estas intrepretaciones causa efecto con retrospectivas... pueden ser también muy engañosas. Defectos de la película: demasiado larga. Lenta. Escenas demasiado detenidas. Cine europeo de los años setenta al cuadrado. Me recuerda a las de Wadja. Ironía del director al mostrarnos personajes irritantes o apocados, aplastados por su situación, o atrapados masoquistamente en ellas, sin darnos una salida emocional satisfactoria—lo cual sí expresa la tensión interior de los personajes, o la recrea miméticamente en el espectador, pero no es una experiencia agradable en el cine. Es molesto también el cruce de los puzzles irresolubles de Haneke con lo que debería ser o parece ser una historia contada al modo realista. Para que los autores de los crímenes sean misteriosos, o indeterminables (no parece haber uno sólo, sino una serie de actos diversos que se juntan en una atmósfera opresiva, en la mente del maestro)—para que se produzca eso, digo, hay personajes que no actúan coherentemente. Queda sin explicar que los niños no sepan quién los agredió, o más bien queda raro que no se explique por qué no lo saben, o no lo explican. Más inexplicable es la desaparición de la comadrona, tras decir que había descubierto al culpable—pues tal como quedan las cosas se vuelve ella misma altamente sospechosa para el espectador. La reacción del maestro, a la vez sospechando de los niños del pueblo, y sin investigar suficientemente la desaparición de médico y comadrona, no parece muy razonable, y resulta más que nada desorientadora para el espectador que se deje llevar por la narración de este personaje. Para estar tan interesado en el tema, parece inconsistente que no informe mejor sobre qué sucedió después con la comadrona y su hijo, si realmente eran una clave. Y así se crea una sensación de investigación cerrada de mala manera. En suma, que quizá tengamos una narración a través de un testigo limitado, demasiado limitado, y que limita de hecho nuestra comprensión de lo que en realidad sucede, y el aprovechamiento e ilustración que se pudiera sacar de ello. La responsabilidad de interpretar se le pasa así al espectador... pero oiga, que nosotros no vivimos en ese pueblo, y nos faltan materiales. Ya tenemos el nuestro, donde tampoco todas las cosas son comprensibles.

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Caché


Beowulf retocado digitalmente

domingo 17 de enero de 2010

Beowulf retocado digitalmente


Me veo otra película de animación con captura de movimiento, Beowulf—también de Robert Zemeckis, después de Cuento de Navidad (y de Polar Express). Esta técnica de animación hiperrealista se presta a jugar con las imágenes de los actores, dándole una vuelta de tuerca más al star system. Tras la permanencia de la cara de las estrellas en sus múltiples papeles, y tras las metamorfosis de la cara de la estrella, interpretando personajes muy distintos a ellos, con caracterizaciones extravagantes (o monstruosas, a lo Sigourney Weaver), llega esta nueva fase estelar: representaciones flexibles y maleables de la cara de las estrellas, más o menos próximas o más o menos distorsionadas, mediante la tecnología digital. Y así vemos ahora a Sigourney Weaver en versión Na’vi en Avatar, o (como sucede aquí) a Anthony Hopkins o Angelina Jolie recreados adorativamente por los diseñadores gráficos. Algunos decían que la recreación era tan perfecta que era gratuita, que era absurdo poner un dibujo animado hiperrealista donde se podía poner el original. Pero la imagen vive de sus recreaciones y repeticiones con variación (ver Worth1000), así que esto es perfectamente consonate con el star system, todo imagen él. Aparte de que se posibilitan así unos efectos especiales espectaculares y fluidos. Falla un poco a veces el movimiento, en detalles como el galope de los caballos: la impresión del espectador pasa de ver unos dibujos animados bien hechos, a ver la cosa misma, y este margen de diversidad a mí no me parece un defecto sino una experiencia particular de este tipo de tratamiento de la imagen. En fin, que desde el punto de vista de la imaginación visual, el color, la ambientación, la fotografía, es tan espectacular como todas la de Zemeckis, y muy recomendable de ver; una adición de primera categoría a la estela intertextual y a la nube de versiones y alusiones que va dejando el poema anglosajón en el arte posterior.

En cuanto a la historia que se nos cuenta, viene a ser un serio retoque de Beowulf, metiendo los dígitos en el viejo asunto de dragones y monstruos, para darle más consistencia narrativa, y en realidad ofrecer una perspectiva que transforma completamente la historia. En resumen, adaptar es interpretar, o reinterpretar; si no construir una historia nueva con materiales antiguos. Aquí la historia de Beowulf se reinterpreta, para darle una inyección de argumento, de narratividad, de causa y efecto, y de elección moral. Son por tanto cuestiones que el adaptador echaba de menos en la vieja saga del inglés antiguo, y viene a remediarlo con una cierta dosis de leyenda artúrica y de Joseph Campbell—si no de Freud, pues Grendel vuelve a Heorot como el retorno de lo reprimido.

Me ha traído a la mente, esta voluntad de narrativizar Beowulf, los comentarios de Tolkien en su interpretación del poema, "Los monstruos y los críticos." Allí defendía al poeta anglosajón, y la coherencia estética e histórica de su obra, frente a las críticas de otros medievalistas que la veían, precisamente, carente de estructura, desequilibrada en su interés por los monstruos, desproporcionada en la insignificancia ética de la lucha del héroe, e inconsistente en términos religiosos (¿es pagana? ¿cristiana?).

Para Chambers,

"Nada podría poner mejor de manifiesto la desproporción de Beowulf, que ’coloca las irrelevancias en el centro y desplaza los asuntos serios a la periferia’, que esta alusión a la historia de Ingeld [tratada como un mero comentario al pasar en el poema]. Porque en este conflicto entre la palabra empeñada y el deber de la revancha, tenemos una situación que los viejos poetas heroicos amaron, y que no habrían cambiado por una desolación de dragones" (cit. por Tolkien, 20).


Citaba Chambers a Ker. Pues para Ker, Beowulf es un matador de monstruos demasiados simplista: no tiene interés ético su vida, y la grandeza literaria del poema está en su tono y atmósfera:

"Beowulf no tiene nada más que hacer una vez ha matado a Grendel y a su madre en Dinamarca: se marcha a casa, a su Gautlandia, hasta que el paso de los años trae al Dragón de fuego y su última aventura. Así de simple. (...). Pero la gran belleza, el auténtico valor de Beowulf, reside en la dignidad de su estilo. Es curioso, pero su estructura resulta ridículamente endeble. Porque mientras que la historia principal es la simplicidad personificada, el más llano de los lugares comunes de la leyenda heroica, las constantes alusiones históricas que la rodean remiten a un mundo de tragedia, a una temática de procedencia muy distinta a la de Beowulf, más próxima a la tragedia islandesa." (19)


Para Tolkien, la cosa es distinta. Los monstruos tienen su justificación, pues viniendo de la tradición pagana, han adquirido un aura un tanto alegórica de figuras del mal cristiano (Grendel como descendiente de Caín), sin perder el aura ominosa de la vieja tradición pagana; aunque esta se va desvaneciendo ante la llegada del cristianismo, "la sombra de su desesperación aun a modo de simple talante, como una intensa emoción de pesar, todavía está presente" (34); es el momento histórico del poema el que le da a estos símbolos su peculiar efectividad. En cuanto al pequeño problema de la inconsistencia estructural, de desconexión episódica entre los episodios de los monstruos y el del dragón, con nada menos que cincuenta años enmedio, en que perdemos de vista al héroe, pues tampoco eso es objeción para Tolkien:

"El poema ’adolece de falta de continuidad’: de este modo encabeza Klaeber una sección crítica de su edición. Pero el poema no fue pensado para que su desarrollo tuviera una continuidad. Se trata en esencia de un equilibrio, una oposición entre finales e inicios. En sus términos más simples es una descripción contrastada de dos momentos de una gran vida, el encumbramiento y el ocaso; una elaboración del antiguo e intensamente conmovedor contraste entre la juventud y la vejez, el primer logro y la muerte inexorable." (40).


Así pues, una estructura admirable y lograda en los términos elegíacos que buscaba el propio poema. Este juicio de Tolkien es ampliamente aceptado hoy.

¿Pero qué hace la película con este poema y esta estructura? Bien, más vale que la estructura sea buena, porque el lenguaje y el estilo desaparecen en la adaptación—y la voz narrativa, gran protagonista invisible de Beowulf— con lo cual nos podíamos quedar con una historia que se disuelve como un azucarillo. Tebeos de monstruos hay muchos, empezando por La Guerra de las Galaxias, y es inevitable una nivelación general de Beowulf a este género de sword and sorcery. Las imágenes, ciertamente, por lograda que estén, no transmiten el sentimiento de gravedad, tormento y dignidad del original, a no ser de modo muy tenue y pasado por el peaje del género... así que este caso de transposición intermedial habría que ponerlo con señales de peligro para los amantes de la Alta Seriedad.

Una cosa que sí hace decididamente la adaptación dirigida por Zemeckis es hacer más complicada y trabada la trama del original—y convertirla en una historia de culpa, de secretos y de pecado del héroe, totalmente ajena al feliz simplismo psicológico del poema anglosajón. Con lo cual Beowulf se nos va perdiendo en la bruma, y nos queda una variante que rememora más las historias artúricas del estilo de Lanzarote, de Chrétien de Troyes o de Sir Gawain and the Green Knight (también comentada por Tolkien, ésta)— Si no directamente en la línea de El Señor de los Anillos, o de Excalibur mitologizada à la Boorman. Consolémonos pues (si es consuelo) con que lo que se pierde del original se gana en relación intertextual con esta tradición épica posterior que nada tenía que ver con la anglosajona de Beowulf.

En efecto, aquí el rey Hrothgar es un Rey Pecador (el artúrico roi pêcheur). Ha cometido una falta, como vamos descubriendo, y es esa falta la que causa los males del reino: las visitas destructivas del monstruoso Grendel, y la falta de descendencia real. Como en Excalibur, el rey es aquí el responsable de la Waste Land. Y Beowulf, que hereda su trono, hereda también la falta, pues cae en la misma tentación que el rey. (Por cierto que Beowulf es aquí por tanto rey de los daneses, otro pequeño atentado al original).

Grendel y el dragón no son aquí dos episodios aislados, sino que tienen una conexión argumental—no sólo temática o atmosférica, sino de causa y efecto. Beowulf derrota a Grendel, hijo del pecado de Hrothgar; pero comete a su vez el mismo pecado y se ve atormentado, años más tarde (aunque no cincuenta años) por su propio hijo, una furia en forma de dragón. Claro que estas metamorfosis necesitan una magia superior... el hijo de Beowulf también aparece bajo forma de hombre dorado o estatuilla de oscar (que me temo escapó a las aspiraciones del director) una vez Beowulf da muerte al dragón, con el truco que le había dicho Hrothgar—pero sacrificando su propio brazo para poder alcanzar el corazón del dragón. Como digo, aquí hay magia potente, que viene de una fuente enigmática: la madre de Grendel (Angelina Jolie en algunos de sus avatares, con tacones de aguja hasta descalza). Es esta madre una especie de demonio o súcubo mucho más poderoso que el simple monstruo femenino o Reina Alien del poema—pues aquí la madre de Grendel es a la vez monstruosa y seductora, y hace peligrar al reino desde dentro, tentando al rey e inyectándole un secreto que guardar. Nunca se vio ese monstruo del pantano tan favorecido en la pantalla, pero claro, hay que hacer caja—y también darle a Beowulf una razón creíble para vender su honor.

Así pues el secreto es múltiple: Por una parte, se reescribe la historia recibida en el poema, que ahora aparece como una "versión oficial" o canto de propaganda: es lo que Beowulf quería que se supiese de él, pero sólo es parte de la verdad. Hay acciones secretas que le daban una coherencia argumental más comprometedora para el héroe. Aquí éste aparece desde el principio como un tanto dado a idealizar sus hazañas: ya que hago algo, hacer también la propaganda. Y el poema de Beowulf, al que se alude, es privado así de su autoridad—será el observador secreto del cine, y no el poeta, quien conozca los secretos que guarda el héroe, aunque se permita pasar a la historia una versión censurada. (Podíamos pensar que es el colmo de la insolencia hacia el original, este gesto de la película al desautorizarlo y ponerse a sí misma como la auténtica revelación de lo sucedido cuando nadie miraba). Beowulf vuelve diciendo que ha matado a la monstruosa madre, pero en realidad se ha dejado seducir por ella y ha pactado en secreto, comprometiendo su credibilidad heroica.

Es pecado, y secreto al cuadrado, el hecho mismo de guardar un secreto, pero hay además una infidelidad sexual (en el caso de Beowulf, curiosamente, es cometida antes de casarse con la viuda de Hrothgar ni poder aspirar siquiera a ella)—y a esta traición, y a la mentira sobe la hazaña, se suma una especie de pacto diabólico que hace depender al rey de las mismas fuerzas que amenazan el reino. También, cómo no, hay ecos de la tradición de "el rey debe morir" según la expuso Frazer en La Rama Dorada: la prosperidad del reino, y la seguridad de sus gentes, dependen de la salud física y moral del rey: y un rey que flojea ha de ser sustituido por un sucesor que lo sacrifica ceremonialmente o en combate. El pretendiente, sin embargo, es aquí un peligro demoníaco, un sucesor envenenado, à la Mordred: vuelve no con promesas de renovación sino como el Retorno de lo Reprimido, el hijo secreto que viene a avergonzar al rey—pero también un peligro de muerte para todos: y el héroe debe probar una vez más su valía derrotándolo. A la vez debe sacrificarse a sí mismo para purgar su culpa, el pecado de haber yacido con el súcubo femenino ese—que no se sabe qué quiere exactamente, como abismo femenino insondable y freudiano que es. (Con abundante simbolismo gráfico, la guarida de la madre de Grendel simboliza un gigantesco coño húmedo. La laguna y la batalla subacuática del original le han traído ideas húmedas a la mente al guionista...).

El heredero del reino, el viejo compañero de Beowulf (Antony Hopkins repixelado) no parece muy prometedor, como sustentador de las esencias. Para ser el nuevo rey, es tan viejo como Beowulf viejo; nos recuerda (en versión más austera, sí) al viejo rey Hrothgar del inicio. Y una vez tiene en sus manos el cuerno dorado, que simboliza a la vez el poder y la tentación, mira al mar y ve allí a la jolie súcuba, que le sostiene la mirada con aire enigmático. La escena recuerda otra historia de brujas, el Macbeth de Polanski: tras la batalla final, la expulsión del monstruo y la coronación del rey Malcolm, su hermano Donaldbain va a visitar a las brujas que habían tentado a Macbeth al principio. Que por cierto tenían menos encanto que la viscosa bruja ésta del pantano.

Así que parece ser que el reino del nuevo patriarca tampoco se va a librar del Eterno Femenino, siempre aflojándole al héroe la firmeza de sus resoluciones, y cogiéndole desprevenido, él que confiaba tanto en su espada.

beowulf

 

 

 

 

 

 

 

Twisted

No es tan fácil,


martes 12 de enero de 2010

No es tan fácil,

streep

it's complicated, superar un divorcio y buscar nueva pareja, y aún más si se pretende hacerlo teniendo un rollo secreto con el ex en cuestión. Aquí una equilibrada reseña de Roger Ebert sobre la película de Nancy Meyers, con Meryl Streep y Alec Baldwin. Película que está visible y entretenida, sin excesos ni originalidades; y preferentemente recomendable para gente de cierta edad a cuestas, sobre todo divorciadas y viudas. Y para fans de Meryl Streep, que todos deberíamos serlo con lo bien que lo hace todo, hasta croissants al parecer. Sacaron la película para la temporada de navidad—y es cierto que la navidad, habiendo divorcio por medio, suele ser una época del año especialmente complicada de gestionar. No hay navidad en la película—pero se podría disfrutar con ella del lado oscuro de la fiesta. Aunque claro, siendo una comedia, no está muy pronunciado el lado oscuro. Visto que el divorcio da tanto para tragedias como para comedias, aquí se le intenta ver el lado chistoso. Pero tampoco eso es tan fácil.

El diablo se viste de Prada

Cuento de Navidad

Cuento de Navidad

Hemos estado viendo la película de Robert Zemeckis, director que parece estar especializándose no sólo en la animación con captura de movimiento sino también en historias de navidad. Esta es, como Polar Express, ligeramente desagradable, no sé por qué lleva aura de película para niños, cuando en realidad es para mayores moralizando niños, o jugando a imaginar que a los niños les van estas cosas. Y oye, luego les van medianamente, por ejemplo cosa más siniestra e inquietante que el libro de Alicia en el País de las Maravillas, que pronto viene Tim Burton a acabarlo de arreglar por cierto... Polar Express también iba del espíritu navideño y también me pareció desagradable en conjunto, aunque con elementos interesantes, claro. Aquí la técnica de animación está aún más acabada (ayudada además por la visión en 3D), y la película es un ejercicio continuado de espectacularidad en ese sentido—No sólo con un diseño de caras y texturas casi inquietantemente vívido, sino con múltiples juegos de transparencias y diferentes niveles de virtualidad en las imágenes. La naturaleza visionaria del relato de Dickens favorece estos efectos. Los flashbacks por ejemplo no suponen aquí una ruptura de la línea narrrativa centrada en Scrooge, sino que a ella se superpone una visión contemplada por él y los Espíritus de la Navidad, y presentada en una imagen dentro de la imagen; lo mismo los cambios de escena o visión simultánea de lo que sucede en casa del empleado, o del sobrino de Scrooge. Si a esto se le suma un guión hollywoodizado, el resultado es una película demasiado vistosa si me preguntan a mí, y demasiado movida, demasiados alaridos y risas y toboganes y persecuciones y caídas y vuelos libres—para hacerla más fumable a los pequeños y a los mayores que les acompañan. En cuanto a elementos espectaculares terroríficos, es un poco fuerte de más para los niños pequeños: no faltan zombis ni esqueletos ni sombras de la muerte ni almas condenadas ni inquietudes más sutilmente desagradables. Scrooge (el original del Tío Gilito) es por cierto bien desagradable, como protagonista no va a proporcionar mucha identificación—pero incluso en los flashbacks y viajes temporales a cuando no se había maleado todavía, no conectamos con él. Hasta su conversión final al espíritu de la navidad parece forzada y desagradable. Vamos que la película es fría fría... sobre todo para un niño; la vejez no es país para niños, y una historia de viejos para niños es siempre didáctica de más. christmas carolY sin embargo hay que reconocer que a los personajes dickensianos les va bien el tipo de diseño gráfico utilizado, que recuerda a las ilustraciones originales (aunque hacerlo en blanco y negro hubiera sido la ruina, claro, más ruina que chafar dinero y trabajo infinito en detalles tan cuidados como los que aparecen. Como de costumbre, no fallan los detalles sino el planteamiento de conjunto, el peso dado por el guión a las difentes escenas. Y aun donde no falla, la reflexión sobre las navidades desde la perspectiva de un misántropo solitario ha de ser forzosamente desagradable, visto que es una fiesta que obliga a pensar en las relaciones familiares difíciles, y en el paso del tiempo, y a hacer examen de conciencia sobre los propios errores, y a valorar año tras año cómo vamos llevando la vida. Casi se queda uno con unas navidades más frívolas, ya que no nos libramos de ellas, en lugar de enfrentar a los niños a su lado más angustioso, a experimentar como viejos la sensación del paso irremisible del tiempo, máxime con una estética entre inquietante y de pesadilla. Pero hay que decir que también es propio de Dickens este toque un tanto uncanny, y las interferencias desagradables de los adultos en el mundo de los niños: otra cosa no hacemos, los mayores somos todos unos victorianos para los niños. Es interesante, por cierto, en el género de los Cuentos de Navidad, el uso de líneas de acción alternativas según las elecciones de los protagonistas (en plan Elija Su Propio Futuro) que da lugar a estructuras narrativas muy eficaces, con tiempos virtuales o hipotéticos, etc.—es lo que pasaba en la de James Stewart, Qué bello es vivir, o en una de Nicolas Cage, Family Man, que es otra variante sobre el tema. En otras historias navideñas, como el "Cuento de Navidad" de Nabokov aparece el tema de la vida alternativa tratado de modo más sutil o implícito, apenas apuntado. A los niños estas cosas los dejan fríos, porque toda su vida está aún por vivir, no tienen aún vidas alternativas que pudieran haber recorrido—o todas lo son. La navidad es cosa de niños vistos por los mayores.

Cognición retrospectiva, intertextualidad e interpretación


Avatar

Es Avatar el último avatar de la metaficción cinematográfica y de la realidad virtual. Llevaba mucho tiempo preparándola James Cameron, aunque entretanto se ha dedicado a otras aventuras, como descubrir la tumba de Cristo. Se ha alabado mucho la experiencia de inmersión producida por esta película, sobre todo en su versión 3D, así como el argumento ecologista. Y ciertamente es una buena película de acción en su género, y se pasa un rato excelente viéndola. Pero hay peros en todos los frentes; y no es por quitarle a nadie las ganas de ir a verla, que lo recomiendo, pero me interesa comentar algunos puntos problemáticos. Primero sobre la experiencia 3D: no me resultó ni con mucho tan redonda como me prometían. Quizá es porque me tocase un asiento un poco ladeado en el cine, que no sé si afecta a la cuestión. Pero había trozos mucho más en "relieve" 3D que otros, cosa que no sé si contribuye a la inmersión en la pantalla o más bien la dificulta. Digamos que una convención visual atípica puede resultar menos inmersiva que una convención visual que ya pasa desapercibida. Y la 3D por supuesto no es una "realidad virtual" sino una nueva técnica y convención de representación visual de la perspectiva y la profundidad. La realidad es otra cosa, y la realidad que vemos con nuestros ojos fuera de la pantalla es otra cosa más. (Por cierto, en mis gafas 3D, y en las de mis compañeros de expedición, comenzaron a aparecer unas manchas verdes que se extendían lentamente y al final cubrieron todo el cristal, para sorpresa nuestra). En suma, que el 3D me recuerda más a los dioramas esos que veíamos en décadas remotas del siglo XX, con filminas y unas imágenes en relieve—más que a la realidad tal como la vemos. En todo caso es claramente un tipo de cine, y no un tipo de inmersión en la realidad virtual. Aunque la experiencia mental sea de por sí un tipo de cine, cosa de la que viene aprovechándose el cine con cierta ventaja.

De todos modos, comprendo que esta película intente producir inmersión, pues la inmersión es en parte su tema, al ir como va sobre la inmersión por medio de una interfaz de realidad virtual para controlar unos cuerpos, los avatares, que permiten a los americanos infiltrarse entre los nativos de otro planeta para estudiarlos y espiarlos. La experiencia de inmersión del cine en general, y del cine 3D en particular trabajan en este sentido a favor de la película, no sólo primando temáticamente la inmersión del protagonista en su avatar, sino también reforzando los mecanismos de identificación que son un eje fundamental en el desarrollo del argumento: al final es la realidad "virtual" la que ocupa el lugar de la realidad real para el protagonista, al renunciar a su cuerpo original e instalarse definitivamente en su avatar.

Jake Sully, el protagonista, es un ex-marine parapléjico. Su hermano estaba destinado a ser un "piloto" de esos avatares infiltrados entre los Na'vi, extraterrestres nativos del planeta Pandora. Allí una compañía minera terrestre compite con una especie de ONG antropológica—unos interesados en desalojar a los nativos de su tierra, otros en estudiarlos y "civilizarlos". A Sully le ofrecen reengancharse y ocupar el puesto de su hermano (gemelo) por compatibilidad genética. El jefe del destacamento militar en Pandora, el coronel Quaritch, arde en deseos de enfrentarse a los nativos, y sus intereses están aliados con la compañía minera. Le promete a Jake que se ocupará de darle unas piernas nuevas a cambio de que le pase la información "antropológica" obtenida a través de su avatar. avatarJake hace un doble papel, a la vez preparando la destrucción de los Na'vi mientras hace amistad con ellos y se enamora de la chica guerrera e hija del jefe, Neytiri. Aprende a apreciar la armonía de su civilización y la integración entre los Na'vi y su entorno. Descubierto en su papel de espía y despreciado, deberá elegir entre sus identidades, y convertirse en un auténtico héroe Na'vi para echar a los alienígenas hostiles, o sea a los humanos; y renunciar a su cuerpo para ocupar para siempre el cuerpo del avatar. Hay secuencias espectaculares de la naturaleza "alternativa" de Pandora, paisajes oníricos que superan todo lo hasta ahora proyectado a la pantalla, y secuencias de acción impecables que llevan a la batalla final, con la victoria de los Na'vi y la expulsión de los humanos. Sigue un epílogo, como recomendaba Propp: tras la batalla, el matrimonio con la princesa y el acceso al trono. Hay un ritual de maridaje entre Jake y su nuevo cuerpo, y con Neytiri, y de transmigración de almas: en el momento en que el alma de Jake pasa de su cuerpo humano moribundo al cuerpo del avatar, abre éste los ojos mirando a la cámara, y termina la película.

Con Neytiri se habían casado por lo de pareja de hecho antes, en un momento lírico, una vez superado el aprendizaje de Jake. Y también se había hecho rey al lograr unir a las tribus contra el invasor, cabalgando al dragón "última sombra", algo que sólo algunos héroes míticos habían logrado hacer, y que dejaba pequeños a los dragoncitos de los demás guerreros, y el de su rival nativo, que era aspirante a la corona y a la princesa pero acepta humildemente verse desplazado por el Americano, más nativo que los nativos. Hay aquí (dentro del respeto proclamado a la cultura nativa) una cierta chulería colonial: los occidentales no sólo tenemos más potencia de fuego, sino que si nos ponemos a ello superamos a los nativos en todos sus ritos de iniciación, como en Un Hombre Llamado Caballo. Decían, por cierto, que esta era la versión espacial de Bailando con Lobos, otra película que tal— con un protagonista del ejército que se pasa al bando de los indios tras conocerlos mejor y hacerse su hermano de sangre. Es un mito constante en la imaginación americana éste, alimentado por la mala conciencia del conquistador, y como digo puede interpretarse como la conquista desde dentro, y apropiación del alma y la esencia del nativo, tras invadirle sus tierras y tumbarle su árbol mítico que lo conecta con las esencias del paisaje. Claro que son unos americanos los que destrozan el paisaje y otros los que horrorizados se vuelven nativos: pero hay una ambigüedad en todo el asunto, visto que todos son piezas del guión de una película en última instancia americana. Algo así como "unos agitan el árbol y otros recogen las nueces".

Que es una película de indios, huelga comentarlo. Elevada quizás al cuadrado, con una naturaleza extrañada u ostranieniada, para que le resulte tan desfamiliarizada al espectador como al explorador de las maravillas americanas. Aunque se queden a veces un poquito a medias: en lugar de extrañeza total, hay aquí panteras negras deformes, perros deformes, caballos deformes, búfalos deformes, etc. Y también versiones deformes del círculo de halcones que azuzaron a Bush hacia la guerra del golfo. En cuanto a los indios espaciales y la Culpa Americana por la tierra usurpada, ya viene también de historias anteriores, las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury.

Pandora, por cierto, es figura femenina, la madre tierra aquí, pero es una madre tierra creada a imagen y semejanza, una obra de arte de la realidad virtual que cobra vida, como esa humana artificial, primer androide quizá, de la mitología griega. Los Na'vi (recordemos también a los Naboo de Star Wars) son un pueblo que vive en relación de integración religiosa con su entorno. La conexión ecológica, y la místico-mítica, quedan aquí reforzadas por una interconexión informática. La trenza de los Na'vi no es sólo un peinado exótico, sino una conexión internet de alta velocidad comparable a los puertos insertos en el cogote en Matrix. Con este cable ADSL los Na'vi se unen a sus caballos (no hay indio sin caballo) pero también cabalgan águilas-dragones-pterodáctilos que disponen de la misma compatibilidad, para su mejor manejo—hay que integrarse a la montura— y también con el mismo cable se conectan a la madre tierra a través de un árbol que es un sauce llorón hecho de cables de fibra óptica. Y mucho me sospecho que sus relaciones sexuales también consistirán en conectar los cables de transmisión de datos.

Esta conexión cibernético-espiritual (siendo distinta) queda asimilada por analogía a la conexión entre los avatares y sus pilotos, Jake y los otros antropólogos, unidos por una conexión de alta definición a sus grandes cuerpos azules, mientras el cuerpo humano descansa en un sarcófago de realidad virtual, en sueños o en animación suspendida. (Al comienzo de la película, por cierto, vemos a los expedicionarios llegando a Pandora tras un viaje de cinco años en animación suspendida, como en Alien o El Planeta de los Simios: aquí hay humanos que apenas sacan su cuerpo del ataúd para meterlo en otro).

La conexión al avatar, y la conexión del cuerpo Na'vi con la madre tierra a través de su trenza, llevan a niveles superiores de intensidad vital, sobre todo para el paralítico Jake, que vuelve a andar si no con sus piernas, sí al menos por cuerpo interpuesto. Es así también un mecanismo psicológico de identificación entre el espectador de cine, paralizado en su silla, o en su pequeña cápsula de realidad virtual, y el protagonista que está en una situación análoga, pero ambos se proyectan en el avatar. Lo hacemos tanto mejor con una analogía en pantalla que nos ayuda y refuerza la intensidad de la experiencia vivida por delegación. Es de notar que esto no es bueno únicamente para la inmersión del espectador en la película, inmersión que necesita cualquier blockbuster de acción: también es positivo para hacer llegar el mensaje buscado, pues ese mensaje no es otro que el de abandonar la realidad y parámetros ordinarios (occidentales, americanos) y sumergirnos en los valores y experiencias de los Otros, los indios, los VietCong, etc.— para culminar en el momento final en el que paradójicamente a la vez nos quedamos allí, en el avatar, junto con el protagonista, y a la vez lo abandonamos, al encenderse las luces de la sala. Un movimiento ambivalente y paradójico, que supongo puede interpretarse como señal de la ambivalencia ideológica de la película—haciendo lo contrario de lo que dice que hace.

Porque es, supuestamente, una película antiamericana— una alegoría de la perversidad del imperialismo americano, de la conquista del Oeste, de la Guerra del Golfo buscando el preciado oro negro (aquí parecía más bien carbón), y un rechazo incluso de los intentos bienintencionados de la Dra. Sigourney Weaver por llevar a los niños Na'vi a la escuela, y conocerlos mejor. Como mejor están los Na'vi es obviamente sin ningún contacto con los americanos, y sin que los eduquen. Su civilización tiene una dignidad y nobleza que le falta a los falsarios americanos, a los embrutecidos soldados, sanguinarios generales y degenerados yuppies que organizan el cotarro colonial. El éxito de la película está garantizado al ser a la vez americana (con factura de Hollywood, hecha para gustar) y antiamericana (una condena sin paliativos de la política exterior americana empezando por la conquista del Oeste).

Y entre una y otra cosa, se lleva adelante el proyecto con un sinfín de estereotipos y alusiones cinematográficas clásicas hábilmente combinadas. Así encontramos los motivos del feto gigante, el monstruo de Frankenstein despertando, el humano Terminal aprisionado en su coraza tecnológica, la chica gato, los indios azules de Apocalypto, el desastre ecológico planetario de Rapa-Nui y la tala del último árbol, etc. etc.

Las dudas que despierta el proyecto ideológico de la película son varias. Primero, la convergencia sospechosa de informática, animismo y ecología. La autenticidad de la civilización de los Na'vi viene garantizada por esa conexión: no son sólo parte de un ecosistema, pues aquí el ecosistema está potenciado o figurado por esta conexión místico-cibernética con una red vital que informa o informatiza todo el planeta. Y aquí entran desde las almas de los antepasados a intervenciones divinas con todos los animales volviéndose contra el invasor—la ciencia ficción ya deriva en fantasía para recuperar la mitología india y literalizarla, hasta un punto que ni el Jefe Seattle ni Zapatero hubieran soñado. La integración de los Na'vi entre sí y con su tierra no es ya ecológica ni tribal, sino mística, un Solo Cuerpo que tiene más de ensoñación religiosa (y desde luego de wishful thinking) que de ecosistema estable. El final, que nos promete la transmigración al avatar (y la vida plena por delegación) parece ignorar la crítica de Mark Dery en su libro Velocidad de Escape, que ya criticaba que los humanos queramos ser posthumanos ignorando el cuerpo de carne y la base tecnológica y económica que sustenta la experiencia de la virtualidad. Aquí, volverse Na'vi es volverse humano auténtico, y volver a lo que fuimos, pero... la vía propuesta es fantástica, limitada al universo provisional de la película.

El ejército americano aquí está claramente asimilado al actual: no son el séptimo de caballería, sino la Tormenta del Desierto contra los indios del Vietnam. El futuro trae pocas diferencias, y son los militares de Apocalypse Now los que vemos aquí quemando selvas y derribando árboles sagrados. Como caricatura de las intervenciones americanas en el extranjero no está mal. Sin embargo, queda un poquillo tendenciosa la idealización de los indios, y quizá más la asimilación de indios, vietnamitas y talibanes. Por supuesto todo aspecto potencialmente desagradable de la cultura de los Otros está ausente: aquí no hay al parecer ni lapidaciones de homosexuales ni burka obligatorio para las chicas Na'vi, lejos de ello. Simplificada la cuestión a sus términos extremos, no hay sino buenos y malos, y Jake hace bien eligiendo a su avatar por encima de su disminuido yo occidental. Pero a los demás humanos se nos devuelve a Occidente al acabar la película, con una dosis de mala conciencia insuflada. Hemos vivido por delegación en realidad virtual, pero nuestra vida real está atada a la Compañía. Es más, la Compañía ha producido la película, con qué fines... ni se sabe.

Otro elemento por el que la película se socava un tanto a sí misma es por la conexión con los videojuegos. La estética gráfica es evidentemente de videojuego, y seguramente está trabajado el lanzamiento en version multihistoria para videojuego. Quizá en alguna de esas historias ganen los americanos, me sospecho. El asunto es que el videojuego ya está inscrito en la misma historia: el paralítico Jake vive su vida por delegación en la pantalla (como el espectador, decíamos) pero la vive a modo de videojuego. Los Na'vi son de este modo a la vez un reducto natural incontaminado por la civilización, y —a otro nivel— una mera fantasía compensatoria producida para que los occidentales frustrados (y que Han Jodido El Planeta, como diría Ginsberg) proyecten sus deseos y compensen su limitada existencia con historias de los tiempos en que había héroes, y cosas sagradas. La película promueve esa fantasía como un modo de solidaridad con los Na'vi o los pueblos oprimidos por el colonialismo—pero de hecho nos sitúa en la posición de quienes sólo juegan con esos sentimientos, convertidos en fantasía lúdica para consumo occidental. Muy lejos de la comunión espiritual con la Pacha Mama.

A Scanner Darkly