Whatever Works
Con el cabreo que llevo por el tema de la mafia de mi departamento—se creerán ustedes que han hecho una baremación de mis publicaciones, numerosas y variadas, y que en conjunto han votado por darme cero puntos— en fin, digo que con el cabreo que llevo por eso, —que cabrearía a cualquiera me imagino, y no sólo a un individuo con numerosas y variadas publicaciones —pues me olvidaba de comentar que he ido a ver la última de Woody Allen, una comedia optimista-feelgood—Whatever Works o Si la cosa funciona.
Y funciona básicamente bien, por lo menos a quienes nos gusta Woody Allen, y teniendo todos algo de intelectualoide neoyorquino, cómo no nos va a gustar, les gusta hasta a personajes atrabiliarios, arrogantes, prepotentes y malhumorados, que piensan que sus publicaciones son la releche y las de los demás no valen un carajo. Y no estoy pensando en mí precisamente. 
El individuo que la protagoniza, un famoso cómico americano menos conocido por estos pagos, hace el papel de Woody Allen con curioso efecto en conjunto. Vamos, ya se conoce el efecto estrellato éste, sobre todo en Hollywood, por el cual a un actor se le van adhiriendo ecos de los papeles que ha interpretado antes, al menos si lleva una línea de investigación coherente— bien, en Woody Allen la cosa adquiere un tono especial al haber comenzado Woody Allen como chistoso que interpretaba a su propio personaje ya en la pantalla—con lo cual hay una cierta retroalimentación del efecto, tanto más al volverse el director/actor personaje especialmente mediático; cuando lo vemos en la vida real no sabemos si está intentando desprenderse de su personaje o si está imitando a Woody Allen desprendiéndose de su personaje, en una vuelta de tuerca—por ejemplo en esta entrevista con Woody Allen poco antes de rodar esta película, donde se aprecia perfectamente que de no ser por esos efectos intertextuales sería un tipo bastante aburrido. Otra vuelta de tuerca se da cada vez que se interpreta a sí mismo en una nueva película, sin gran cosa de caracterización diferenciada con respecto a la anterior, y cuesta tragar que lo llamen Howard o Charlie o como lo llamen, y no Woody—¡cuando es, obviamente, Woody! –una variante del star effect que no sucede con otros actores en la misma medida. Se complica la cosa cuando, al ser su propio guionista, obviamente se supone que sus guiones no sólo hacen actuar al personaje-Woody, o le dan indicaciones, sino que lo caracterizan desde dentro, crean el mundo en que vive y las historias en que se mete, que son por tanto una complicada emanación de las neuras del personaje-Woody, un psicodrama que crea para atormentarse a sí mismo y demostrarse que por paranoico que sea, resulta que sí que tiene enemigos. Otra variante más: cuando un personaje que no se le parece nada a Woody Allen hace de Woody Allen—como el protagonista de Hannah y sus hermanas, o, siguiendo su personaje más de cerca, Kenneth Branagh—en Celebrity creo que era.
Variante distinta todavía del Zeligato éste se da en Whatever Works, con Larry David en el papel de Allen... y se le parece algo, humorista judío neoyorkino, parece Woody Allen un poco mejorado, o un poco estropeado, o algo distorsionado. Hay que decir que a mucha gente le rechina y revienta este juego de Allen con sus personas y personajes (ególatra, egocéntrico, egotcétera), y especialmente cuando "otro" hace de Allen, pero a mí me gusta, si no, estaríamos hablando de otra persona y otro personaje, de otro director.
En esta ocasión, es comedia de risas. Los chistes y situaciones son graciosos, quizá porque nos recuerdan al Woody de los años 70, que es de donde viene el guión. No tengo ánimos para resumirla, que la vea la gente. O aquí hay una reseña de James Berardinelli. Lleva adelante Allen su batallita particular, Nueva York contra la con la América profunda, primero encarnada por la encantadora rubia tontita Melody Celestine. ¿Que no gusta la América de majorettes? Pues si se casa con ella, vamos, whatever works; sobre gustos no hay nada escrito y si encima la chica está buenísima y es la única que cree que este Yellnikoff es un genio... Le compra además toda su filosofía nihilista y atea desengañada, y su angustia cósmica, y quieras que no algo se le despeja la frente a la chica, por las buenas influencias de la despejada frente de Yellnikoff. Continúa la venganza contra América luego con los suegros, que descubren a su hija huída a Nueva York, primero una y luego el otro. Los padres de Melody venían sin desbastar de la escuela dominical republicana, allí en el Sur. Se venga Allen, o su alter ego Boris Yellnikoff, a gusto: a la madre puritana la convierte en una fotógrafa decadente de Greenwich Village, arty-farty y ninfómana, que se monta camas redondas con los amigos de Boris. Y el señor Celestine descubre una reprimida vocación homosexual, y también se vuelve judío creo, y así le mejora el carácter.
Bien, termina la película en buena armonía de todas las parejas hechas y deshechas, algunas de ellas muy unlikely, pero coreando todos la filosofía de Yellnikoff, whatever works, oye, que aunque Melody lo deje plantado, ha aterrizado Boris encima de una vidente. ¿Una vidente para un ateo? Pues eso, para cuatro días que estamos aquí... es una filosofía bastante carpe díem y poco maximalista; después de tanto insistir en su visión personal, Yellnikoff transige y acepta un poquito a los demás como son—desde luego no vamos a intentar convertir a nadie; quien no vea el Absurdo por sí mismo, para qué ilustrarle.
El protagonista se considera un genio, y bueno, en los términos de la película no le falta razón, todo el mundo es especial en su propia película... "I was considered for a Nobel Prize in physics... I didn't get it. But, you know, its all politics. It's like every other phony honor. Incidentally, don't think I'm-I'm bitter because of some personal setback. By the standards of a mindless, barbaric civilization, I've been pretty lucky." Bien, yo me parezco a este en la calva, y Allen se le parece en el humor metafísico, la atmósfera de desengaño neurótico, y las fantasías de viejo verde en las que se cruzan la sátira personal y el wishful thinking. Aunque no haya escasez de Melodies que se arriman a vejestorios cascarrabias, normalmente son más interesadillas y no es porque, como ésta, se enamoren de su cerebro privilegiado y de su carácter.
Un detalle divertido de la película deriva de los privilegios ontológicos de la Allen-figure. Boris es el único que sabe que está en una película, y se dirige al patio de butacas directamente, explicándoles que tiene esa perspectiva superior—vamos que le falta poco para hacernos un comentario sobre por qué lo han puesto a él y no a Woody Allen en el casting, eso de los juegos con alteregos—. Los demás claro opinan que está chiflado, que igual que trata a la gente con desprecio y tiene el hombre sus rarezas, pues que será una rareza más. Ellos no saben que los están viendo desde las butacas. "See? I'm the only one that sees the whole picture. That's what they mean by genius." Esto me recuerda que yo también hago una cosa parecida a veces, en broma claro, con mis hijos, no es que me considere tan genial como Yellnikoff, que a mí tampoco me han dado un Nobel, pero sí que le hablo al vacío cuando voy con los chavales y digo "Queridos lectores, voy a comentaros lo que me pasa por la cabeza..." y mis nenes me dicen, "¡pero qué lectores! ¡si no hay nadie!" Pero yo les digo que sí, que hay alguien, aunque no lo vean...—y hay alguien, ¿verdad, hipócrita lector?
Pero vamos, a pesar de su perspectiva cognitiva superior a la de la media, el pobre Boris sufre, y se tira por la ventana dos veces intentando suicidarse sin éxito; una vez lo para un toldo, y la otra la vidente... esa escena también es humorística / metaficcional, con el Boris tumbado encima de la pobre vidente, con varios huesos rotos ella e inconsciente, y él dirigiéndose a la cámara con voz en off y on a la vez, diciendo—"pues tampoco esa vez me maté", colapsando de nuevo narrador, guionista, personaje, cómico privilegiado... aunque nos aclara Allen en la entrevista de Time que él no tiene tendencias suicidas; y yo tampoco. Oye, y en cualquier caso mejor ir a ver esta película que saltar por la ventana, abrazado a las publicaciones de uno, como Poulantzas. Aunque los críticos estemos para aconsejarle a Allen cómo hacerla mejor, que el hombre suele ser de solidez dudosa.
Whatever Works. Written and dir. Woody Allen. Cast: Boris Yellnikoff, Evan Rachel Wood, Patricia Clarkson, Ed Begley Jr., Michael McKean, James Henry Cavill, John Gallagher Jr., Jessica Hecht, Carolyn McCormick, Christopher Evan Welch. Sony Pictures Classics, 2009.*


Otras intervenciones explícitas de la narración me han gustado más: los travelling que viajan desde el espacio sideral a la Tierra y a Alejandría. Tienen su justificación en dos puntos de anclaje: los estudios de Hypatia intentando desentrañar el funcionamiento del sistema solar, y (por otro lado) la puesta en perspectiva de todos los conflictos humanos a vista de pájaro, o de observador interestelar—de todo ese planeta, era el atisbo de racionalidad en Hypatia y en cuatro personas más lo que más podría contar para el observador implícito extraterrestre, o para el director. Los cristianos destruyendo la biblioteca se filman como las hormigas vistas en primer plano en otra escena: una forma de vida muy inferior a los intentos de racionalidad de Hypatia. Parte de la voluntad del director, claro, es desacreditar no sólo al fanatismo religioso sino al cristianismo en su conjunto: aquí la religión es un virus mental, una plaga que desciende sobre las mentes y las cierra y sojuzga—aunque también sugiere la película el elemento de liberación o de esperanza que podía ofrecer el cristianismo a los más míseros o sojuzgados, como el esclavo Davo. Donde el nivel es muy bajo, no es difícil subirlo. Otro de los pretendientes de Hypatia, este Davo: pero cuando se atreve a abrazarla a la fuerza, ésta, en lugar de castigarlo, lo libera—por perderlo de vista sin hacerle daño. Es una excelente escena, ésa, como otras muchas de la película: muy buena es la encerrona que prepara el obispo Cirilo al prefecto, obligándolo a elegir en público entre desacreditarse como cristiano o traicionar a Hypatia. El prefecto, negándose a someterse en público, no se arrodilla ante las Escrituras, y se forma un tumulto.... pero luego se arrodilla, y se somete, no ante Cirilo sino ante Sinesio, otro obispo, antiguo alumno de Hypatia también, y que aquí hace de "poli bueno" frente al "poli malo" de Cirilo... pero entre los dos crean una pinza que aísla a Hypatia y da lugar a la conversión forzosa de todos los notables al cristianismo. Hypatia ni se lo plantea, y es capturada por los fanáticos parabolanos, los matones del obispo Cirilo. Davo, el esclavo que la deseaba, ahora uno de los parabolanos, la asfixia (con el consentimiento por así decirlo de Hypatia) mientras los demás van a por piedras para apedrearla. (Curioso que esta escena, con Hypatia desnuda como Cristo y Davo abrazándola, es una especie de siniestro desplazamiento de una consumación sexual muy ambigua–y total que al final la matan haciéndole un favor, como a Betty Blue o a Million Dollar Baby). Como se verá, la historia, siendo una historia de martirio, tiene más de un elemento en común con la pasión de Cristo—una de las ironías sin duda buscadas por el director, con los cristianos convertidos ahora en el régimen que persigue y martiriza. El título, alusivo a la lucha por el control del espacio público, también sugiere un paralelismo con "ahora"—Amenábar apunta así con preocupación al crecimiento actual del integrismo y la intolerancia no sólo en Oriente Medio sino quizá en el mismo Occidente, visto como un espacio de racionalidad que aquí como siempre es precario, amenazado. En este sentido es una película de tesis, y claramente de buenos y malos, aunque los papeles más interesantes son los grises o ambiguos, los discípulos traidores, los Judas y los San Pedros que acompañan a esta Jesucrista laica, contemporizando, o plegándose al oportunismo político, y corrompiendo así su criterio. Hypatia, en cambio, es un sueño de pureza intelectual sin límites: en un pequeño exceso imaginativo, no sólo llega a reivindicar la teoría heliocéntrica de Aristarco, sino que anticipa a Galileo, a Kepler y casi hasta a Einstein, aunque dentro de la exageración me ha parecido muy bien llevado el tratamiento de las ideas astronómicas. Comienza en la película la filósofa enseñando una cosmología tradicional, con un mundo "a la griega", ptolomeico, y con un universo centrado como ella está centrada en su sociedad. Termina "descentrada", o con un universo flotante cuyo centro, si existe, no está donde ella creía. Tampoco está claro a dónde se dirige la Historia. Las imágenes cósmicas muestran cómo estos logros de la razón humana—no sólo los descubrimientos científicos, sino el ejercicio de la libertad de espíritu y de la tolerancia— están siempre en peligro de verse sumergidos en la marea de manipulaciones de masas, credos irracionales, conflictos de grupos, y estupidez colectiva sin más. No muy optimista parece el futuro, pues la humanidad tiene, en general, su nivel, y nivela periódicamente todo lo que destaca. Al futuro y a la razón es a lo que mira Hypatia, contemplando ese rascacielos en la lejanía, el Faro. No deja hijos, casi ni ideas, apenas un recuerdo de lo que pudo haber sido una mente privilegiada que intentaba entender el cosmos antes de ser descuartizada por hordas de fanáticos e ignorantes. Intolerancia bis, vamos, como en tiempos de Griffith, y como en tiempos de todos en realidad. Los necios, siempre conjurados. Algo fría, Hypatia... pero a ver a quién no deja frío ese panorama.


Película sobre un/a transexual (ver ilustración) que busca acomodo en su ser y en su mundo; una comedia bastante buena, entre la sátira y la ternura—aunque algunos la considerarán un poco fuerte para la tarde del domingo, habiendo como hay gays y travestís, transexuales, pollas visibles, incestos, castraciones, felaciones y demás faralás.