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Cine

Whatever Works


Con el cabreo que llevo por el tema de la mafia de mi departamento—se creerán ustedes que han hecho una baremación de mis publicaciones, numerosas y variadas, y que en conjunto han votado por darme cero puntos—  en fin, digo que con el cabreo que llevo por eso, —que cabrearía a cualquiera me imagino, y no sólo a un individuo con numerosas y variadas publicaciones —pues me olvidaba de comentar que he ido a ver la última de Woody Allen, una comedia optimista-feelgood—Whatever Works o Si la cosa funciona.

Y funciona básicamente bien, por lo menos a quienes nos gusta Woody Allen, y teniendo todos algo de intelectualoide neoyorquino, cómo no nos va a gustar, les gusta hasta a personajes atrabiliarios, arrogantes, prepotentes y malhumorados, que piensan que sus publicaciones son la releche y las de los demás no valen un carajo. Y no estoy pensando en mí precisamente. whatever works

El individuo que la protagoniza, un famoso cómico americano menos conocido por estos pagos, hace el papel de Woody Allen con curioso efecto en conjunto. Vamos, ya se conoce el efecto estrellato éste, sobre todo en Hollywood, por el cual a un actor se le van adhiriendo ecos de los papeles que ha interpretado antes, al menos si lleva una línea de investigación coherente— bien, en Woody Allen la cosa adquiere un tono especial al haber comenzado Woody Allen como chistoso que interpretaba a su propio personaje ya en la pantalla—con lo cual hay una cierta retroalimentación del efecto, tanto más al volverse el director/actor personaje especialmente mediático; cuando lo vemos en la vida real no sabemos si está intentando desprenderse de su personaje o si está imitando a Woody Allen desprendiéndose de su personaje, en una vuelta de tuerca—por ejemplo en esta entrevista con Woody Allen poco antes de rodar esta película, donde se aprecia perfectamente que de no ser por esos efectos intertextuales sería un tipo bastante aburrido.  Otra vuelta de tuerca se da cada vez que se interpreta a sí mismo en una nueva película, sin gran cosa de caracterización diferenciada con respecto a la anterior, y cuesta tragar que lo llamen Howard o Charlie o como lo llamen, y no Woody—¡cuando es, obviamente, Woody! –una variante del star effect que no sucede con otros actores en la misma medida. Se complica la cosa cuando, al ser su propio guionista, obviamente se supone que sus guiones no sólo hacen actuar al personaje-Woody, o le dan indicaciones, sino que lo caracterizan desde dentro, crean el mundo en que vive y las historias en que se mete, que son por tanto una complicada emanación de las neuras del personaje-Woody, un psicodrama que crea para atormentarse a sí mismo y demostrarse que por paranoico que sea, resulta que sí que tiene enemigos.  Otra variante más: cuando un personaje que no se le parece nada a Woody Allen hace de Woody Allen—como el protagonista de Hannah y sus hermanas, o, siguiendo su personaje más de cerca, Kenneth Branagh—en Celebrity creo que era. 

Variante distinta todavía del Zeligato éste se da en Whatever Works, con Larry David en el papel de Allen... y se le parece algo, humorista judío neoyorkino, parece Woody Allen un poco mejorado, o un poco estropeado, o algo distorsionado. Hay que decir que a mucha gente le rechina y revienta este juego de Allen con sus personas y personajes (ególatra, egocéntrico, egotcétera), y especialmente cuando "otro" hace de Allen, pero a mí me gusta, si no, estaríamos hablando de otra persona y otro personaje, de otro director.

En esta ocasión, es comedia de risas. Los chistes y situaciones son graciosos, quizá porque nos recuerdan al Woody de los años 70,  que es de donde viene el guión.  No tengo ánimos para resumirla, que la vea la gente. O aquí hay una reseña de James Berardinelli. Lleva adelante Allen su batallita particular, Nueva York contra la con la América profunda, primero encarnada por la encantadora rubia tontita Melody Celestine. ¿Que no gusta la América de majorettes? Pues si se casa con ella, vamos, whatever works; sobre gustos no hay nada escrito y si encima la chica está buenísima y es la única que cree que este Yellnikoff es un genio... Le compra además toda su filosofía nihilista y atea desengañada, y su angustia cósmica, y quieras que no algo se le despeja la frente a la chica, por las buenas influencias de la despejada frente de Yellnikoff. Continúa la venganza contra América luego con los suegros, que descubren a su hija huída a Nueva York, primero una y luego el otro. Los padres de Melody venían sin desbastar de la escuela dominical republicana, allí en el Sur. Se venga Allen, o su alter ego Boris Yellnikoff, a gusto: a la madre puritana la convierte en una fotógrafa decadente de Greenwich Village, arty-farty y ninfómana, que se monta camas redondas con los amigos de Boris. Y el señor Celestine descubre una reprimida vocación homosexual, y también se vuelve judío creo, y así le mejora el carácter.

Bien, termina la película en buena armonía de todas las parejas hechas y deshechas, algunas de ellas muy unlikely, pero coreando todos la filosofía de Yellnikoff, whatever works, oye, que aunque Melody lo deje plantado, ha aterrizado Boris encima de una vidente. ¿Una vidente para un ateo? Pues eso, para cuatro días que estamos aquí... es una filosofía bastante carpe díem y poco maximalista; después de tanto insistir en su visión personal, Yellnikoff transige y acepta un poquito a los demás como son—desde luego no vamos a intentar convertir a nadie; quien no vea el Absurdo por sí mismo, para qué ilustrarle.

El protagonista se considera un genio, y bueno, en los términos de la película no le falta razón, todo el mundo es especial en su propia película... "I was considered for a Nobel Prize in physics... I didn't get it. But, you know, its all politics. It's like every other phony honor. Incidentally, don't think I'm-I'm bitter because of some personal setback. By the standards of a mindless, barbaric civilization, I've been pretty lucky." Bien, yo me parezco a este en la calva, y Allen se le parece en el humor metafísico, la atmósfera de desengaño neurótico, y las fantasías de viejo verde en las que se cruzan la sátira personal y el wishful thinking.  Aunque no haya escasez de Melodies que se arriman a vejestorios cascarrabias, normalmente son más interesadillas y no es porque, como ésta, se enamoren de su cerebro privilegiado y de su carácter.

Un detalle divertido de la película deriva de los privilegios ontológicos de la Allen-figure. Boris es el único que sabe que está en una película, y se dirige al patio de butacas directamente, explicándoles que tiene esa perspectiva superior—vamos que le falta poco para hacernos un comentario sobre por qué lo han puesto a él y no a Woody Allen en el casting, eso de los juegos con alteregos—.  Los demás claro opinan que está chiflado, que igual que trata a la gente con desprecio y tiene el hombre sus rarezas, pues que será una rareza más. Ellos no saben que los están viendo desde las butacas. "See? I'm the only one that sees the whole picture. That's what they mean by genius."  Esto me recuerda que yo también hago una cosa parecida a veces, en broma claro, con mis hijos, no es que me considere tan genial como Yellnikoff, que a mí tampoco me han dado un Nobel, pero sí que le hablo al vacío cuando voy con los chavales y digo "Queridos lectores, voy a comentaros lo que me pasa por la cabeza..." y mis nenes me dicen, "¡pero qué lectores! ¡si no hay nadie!" Pero yo les digo que sí, que hay alguien, aunque no lo vean...—y hay alguien, ¿verdad, hipócrita lector?

Pero vamos, a pesar de su perspectiva cognitiva superior a la de la media, el pobre Boris sufre, y se tira por la ventana dos veces intentando suicidarse sin éxito; una vez lo para un toldo, y la otra la vidente... esa escena también es humorística / metaficcional, con el Boris tumbado encima de la pobre vidente, con varios huesos rotos ella e inconsciente, y él dirigiéndose a la cámara con voz en off y on a la vez, diciendo—"pues tampoco esa vez me maté", colapsando de nuevo narrador, guionista, personaje, cómico privilegiado... aunque nos aclara Allen en la entrevista de Time que él no tiene tendencias suicidas; y yo tampoco. Oye, y en cualquier caso mejor ir a ver esta película que saltar por la ventana, abrazado a las publicaciones de uno, como Poulantzas.  Aunque los críticos estemos para aconsejarle a Allen cómo hacerla mejor, que el hombre suele ser de solidez dudosa.

Whatever Works. Written and dir. Woody Allen. Cast: Boris Yellnikoff, Evan Rachel Wood, Patricia Clarkson, Ed Begley Jr., Michael McKean, James Henry Cavill, John Gallagher Jr., Jessica Hecht, Carolyn McCormick, Christopher Evan Welch. Sony Pictures Classics, 2009.*

Vicky Cristina Barcelona

 

El imaginario del Doctor Parnassus

El Imaginario del Doctor Parnassus

Excelente película—del género onírico-fantástico, aviso. del guión se dirá lo que se quiera, pero lo importante aquí es el espectáculo y la ambientación. Fiesta visual para los sentidos, etc. Compensa por varios viajes olvidados al país de los sueños, y aunque no es policiaca tiene una genial actuación de la policía. Para amantes de los cuentos de hadas, de Fausto, de La Tempestad de Shakespeare, de La Historia Interminable, de El cielo sobre Berlín, de Dalí, de Brazil, de la Commedia dell'Arte, de los cuentos de Grimm, de los cuentos grotescos de Poe, de las barracas y teatrillos ambulantes, de Heath Ledger, de las oscuras alegorías, de los enanos de feria o de chicas como esta casi monstruosa Lily Cole.

dr parnassus
Curiosamente, la cumbre de la felicidad e ideal casi inalcanzable en la película es una vida burguesa tal que la mía. Serán ideas que pone el diablo en la cabeza (el diablo es Tom Waits, y tampoco se le da mal).

The Imaginarium of Dr Parnassus. Dir. Terry Gilliam. Written by Terry Gilliam and Charles McKeown. Cast: Johnny Depp, Heath Ledger, Colin Farrell, Christopher Plummer, Jude Law, Lily Cole, Tom Waits, Andrew Garfield, Quinn Lord, Verne Troyer, Paloma Faith, Michael Eklund. Music by Jeff Danna and Mychael Danna. Cinematogr. Nicola Pecorini. Ed. Mick Audsley. Prod des. Anastasia Masaro. Art dir. Dan Hermansen and Denis Schnegg. Set decor. Carolin Smith, Shane Vieau. Costume des. Monique Prudhomme. Prod. Amy Gilliam, Terry Gilliam, Samuel Hadida. 2009.

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El curioso caso de Benjamin Button

Ahora, otra de tesis

Vale la pena ir a ver Agora, la última película del ex-chileno Amenábar. Puntos a favor: una ambientación espectacular, que crea la ilusión de un auténtico viaje en el tiempo a la Alejandría del siglo IV, y excelentes actuaciones... quizá exceptuada Weisz como la protagonista, la filósofa Hypatia, pero quizá el problema es que el personaje está a medio construir y entonces no se sabe bien cómo interpretarlo. De que está a medio construir puede dar idea el hecho de que no trata con mujeres en toda la película: Hypatia es la única mujer que no es parte del telón de fondo, y queda un poco raro, tiene una vida como incompleta. Su sexualidad también es un misterio, si existe—en la medida en que se nos enseña algo de ella se limita al horror a ser violada (que quizá simbolice un horror más general a todo contacto físico). Y también se sugiere un horror o asco a su condición femenina (al desanimar a su pretendiente Orestes regalándole un paño con sangre menstrual). Pero el retrato no queda completado, se nos enseña sólo a la Hypatia filósofa, astrónoma y profesora—y a la hija que vive bajo la protección de su padre. También, claro, a la mártir—que es el motivo de la película. El martirio de Hypatia se debe a su elección de no someterse a la hegemonía del fanatismo religioso, y seguir siendo quien es, o quien era. No es un enfrentamiento buscado, sino encontrado, y es uno de los aspectos mejor llevados de la película. Otra cuestión de las que no me acaban de convencer: la caracterización o casting de los actores. La película se desarrolla a lo largo de varios años, con dos episodios cruciales: el enfrentamiento entre cristianos y paganos que terminará con la destrucción de la Biblioteca, y, años después, la matanza de los judíos y la muerte de Hypatia. En el primer episodio Hypatia es una joven profesora protegida por su padre, director de la biblioteca; su pretendiente Orestes es un joven pagano que estudia con ella. En el segundo episodio, Orestes (como muchos paganos) se ha convertido al cristianismo dominante, y tiene una íntima amistad con Hypatia desde su posición de poder como prefecto de Alejandría. El problema de casting o maquillaje es que no se aprecia mayormente el paso del tiempo para los actores, y esto detrae. También detrae de la película una cuestión narrativa muy elemental, y que creo es bien conocida: la narración en off, sobre todo con letras escritas en la pantalla, mata al cine y es contraria a su espíritu. No entiendo que elija usarla Amenábar, nada menos que al principio, en medio y al final, cuando su efecto es como un cubo de agua fría sobre la vitalidad de le película. agoraOtras intervenciones explícitas de la narración me han gustado más: los travelling que viajan desde el espacio sideral a la Tierra y a Alejandría. Tienen su justificación en dos puntos de anclaje: los estudios de Hypatia intentando desentrañar el funcionamiento del sistema solar, y (por otro lado) la puesta en perspectiva de todos los conflictos humanos a vista de pájaro, o de observador interestelar—de todo ese planeta, era el atisbo de racionalidad en Hypatia y en cuatro personas más lo que más podría contar para el observador implícito extraterrestre, o para el director. Los cristianos destruyendo la biblioteca se filman como las hormigas vistas en primer plano en otra escena: una forma de vida muy inferior a los intentos de racionalidad de Hypatia. Parte de la voluntad del director, claro, es desacreditar no sólo al fanatismo religioso sino al cristianismo en su conjunto: aquí la religión es un virus mental, una plaga que desciende sobre las mentes y las cierra y sojuzga—aunque también sugiere la película el elemento de liberación o de esperanza que podía ofrecer el cristianismo a los más míseros o sojuzgados, como el esclavo Davo. Donde el nivel es muy bajo, no es difícil subirlo. Otro de los pretendientes de Hypatia, este Davo: pero cuando se atreve a abrazarla a la fuerza, ésta, en lugar de castigarlo, lo libera—por perderlo de vista sin hacerle daño. Es una excelente escena, ésa, como otras muchas de la película: muy buena es la encerrona que prepara el obispo Cirilo al prefecto, obligándolo a elegir en público entre desacreditarse como cristiano o traicionar a Hypatia. El prefecto, negándose a someterse en público, no se arrodilla ante las Escrituras, y se forma un tumulto.... pero luego se arrodilla, y se somete, no ante Cirilo sino ante Sinesio, otro obispo, antiguo alumno de Hypatia también, y que aquí hace de "poli bueno" frente al "poli malo" de Cirilo... pero entre los dos crean una pinza que aísla a Hypatia y da lugar a la conversión forzosa de todos los notables al cristianismo. Hypatia ni se lo plantea, y es capturada por los fanáticos parabolanos, los matones del obispo Cirilo. Davo, el esclavo que la deseaba, ahora uno de los parabolanos, la asfixia (con el consentimiento por así decirlo de Hypatia) mientras los demás van a por piedras para apedrearla. (Curioso que esta escena, con Hypatia desnuda como Cristo y Davo abrazándola, es una especie de siniestro desplazamiento de una consumación sexual muy ambigua–y total que al final la matan haciéndole un favor, como a Betty Blue o a Million Dollar Baby). Como se verá, la historia, siendo una historia de martirio, tiene más de un elemento en común con la pasión de Cristo—una de las ironías sin duda buscadas por el director, con los cristianos convertidos ahora en el régimen que persigue y martiriza. El título, alusivo a la lucha por el control del espacio público, también sugiere un paralelismo con "ahora"—Amenábar apunta así con preocupación al crecimiento actual del integrismo y la intolerancia no sólo en Oriente Medio sino quizá en el mismo Occidente, visto como un espacio de racionalidad que aquí como siempre es precario, amenazado. En este sentido es una película de tesis, y claramente de buenos y malos, aunque los papeles más interesantes son los grises o ambiguos, los discípulos traidores, los Judas y los San Pedros que acompañan a esta Jesucrista laica, contemporizando, o plegándose al oportunismo político, y corrompiendo así su criterio. Hypatia, en cambio, es un sueño de pureza intelectual sin límites: en un pequeño exceso imaginativo, no sólo llega a reivindicar la teoría heliocéntrica de Aristarco, sino que anticipa a Galileo, a Kepler y casi hasta a Einstein, aunque dentro de la exageración me ha parecido muy bien llevado el tratamiento de las ideas astronómicas. Comienza en la película la filósofa enseñando una cosmología tradicional, con un mundo "a la griega", ptolomeico, y con un universo centrado como ella está centrada en su sociedad. Termina "descentrada", o con un universo flotante cuyo centro, si existe, no está donde ella creía. Tampoco está claro a dónde se dirige la Historia. Las imágenes cósmicas muestran cómo estos logros de la razón humana—no sólo los descubrimientos científicos, sino el ejercicio de la libertad de espíritu y de la tolerancia— están siempre en peligro de verse sumergidos en la marea de manipulaciones de masas, credos irracionales, conflictos de grupos, y estupidez colectiva sin más. No muy optimista parece el futuro, pues la humanidad tiene, en general, su nivel, y nivela periódicamente todo lo que destaca. Al futuro y a la razón es a lo que mira Hypatia, contemplando ese rascacielos en la lejanía, el Faro. No deja hijos, casi ni ideas, apenas un recuerdo de lo que pudo haber sido una mente privilegiada que intentaba entender el cosmos antes de ser descuartizada por hordas de fanáticos e ignorantes. Intolerancia bis, vamos, como en tiempos de Griffith, y como en tiempos de todos en realidad. Los necios, siempre conjurados. Algo fría, Hypatia... pero a ver a quién no deja frío ese panorama.


Sophie Scholl

El ingrediente secreto

A los niños les gustó tanto Kung Fu Panda el año pasado que han repetido y se han sacado el vídeo, y es cierto que es divertida, por los trozos que me ha tocado ver. Me ha gustado este detalle del gran secreto.

Primero, antecedentes. La película va de un panda que trabaja en el restaurante de su padre, que es un pato; la cuestión de que es un hijo adoptivo jamás le ha llegado al panda a la cabeza por lo que se ve. El pato lleva su restaurante eficazmente gracias a una sopa deliciosa en la que echa un ingrediente secreto. Y sueña con que el panda siga con la tradición familiar y herede el restaurante: entonces le enseñará el ingrediente secreto. Pero el panda, a pesar de lo gordo que está, sueña con ser gran luchador de Kung Fu. Y al final sí que logra pasar pruebas en el gran santuario, etc. etc., y le dan a leer un sagrado mensaje que sólo puede leer el Elegido, y que le permitirá cumplir su misión, convirtiéndose en el Guerrero del Dragón. Y resulta que el mensaje está en blanco. El panda se queda frustrado y extrañado. Le entra la duda de que él no es el elegido para ser el Elegido. Se va del santuario arrastrando los pies. Ya no sabe cuál es su misión ni su sentido en la vida. Y entonces vuelve el pato su padre a animarle a que vuelva al restaurante....

—Tu destino te está esperando. ¡Somos gente de fideos! El caldo corre por nuestras venas.

El panda está en pleno desencuentro con su familia y consigo mismo:

No sé que decirte, papá. La verdad, a veces me cuesta creer que en realidad yo sea hijo tuyo.

El pato lo mira preocupado:

—Ahem... Hijo... tengo una cosa que decirte. Creo que ya es hora de que te diga algo que debería haberte dicho hace ya mucho tiempo.

- ¿Y qué es?

El pato, con aire misterioso y conspirador:

—¡...El ingrediente secreto de mi sopa del ingrediente secreto!

Ah...

Escucha, hijo. El ingrediente secreto es.... ¡ninguno!

¿Eh?

(El pato, triunfante): — ¡Ya lo has oído! Ninguno. ¡No hay ningún ingrediente secreto!

Para, para... ¿Es una simple sopa de fideos... normal? ¿no le echas ninguna salsa ni nada especial?

¡No es necesario! ¡Para hacer que algo sea especial, basta con creer que es especial!

(Al panda, mirando otra vez el pergamino en blanco, se le hace la luz....): —¡...No hay ingrediente secreto....!

Y de ahí saca la confianza para cumplir su misión. De hecho, su propio rostro se reflejaba en el pergamino vacío al mirarlo.

Vuelve el panda al santuario justo a tiempo para derrotar al malvado Tay-Lung. Del tema de la adopción ni se vuelve a hablar.

Lo cómico es la manera en que el pato parece que le va a decir lo de que es hijo adoptivo, en una escena arquetípica, pero le dice otra cosa que desvía la atención y provoca por eso risa. Y lo artístico está en la manera en que esa otra cosa también era, depués de todo, y de modo no obvio, una respuesta (quizá inconsciente) del pato a la pregunta de si el panda es su hijo de verdad o no.

Bien, la película ésta de Dreamworks no sé si tiene ingredientes secretos, pero desde luego escenas como esta, con su conexión explícita entre los dos secretos, y subterránea con el tercero, sí contribuyen al éxito del resultado.

Wall.E


Rabbit-proof fence


viernes 7 de agosto de 2009

A photo on Flickr

Generación robada (Rabbit-proof Fence)

Australia occidental, en 1931. El administrador Mr. Neville, "Chief Protector of Aborigines", (al que aquí llaman los aborígenes "Mr. Devil"), controla desde Perth la política del gobierno con los aborígenes y tratamiento legal dado a cada aborigen, al parecer de modo personalizado. No sólo sigue cada caso, sino que (de creer lo increíble) sabe cuándo se le ha dado el último par de zapatos a cada cual. Está interpretado por Kenneth Branagh, que da un retrato de él donde el funcionario victoriano ejemplar se encuentra con el nazi—un nazismo planificador y paternalista, que no busca el exterminio físico de los aborigenes sino su estrangulamiento cultural, la obliteration de sus costumbres y modo de vida. Molly Craig, su hermana Daisy Craig Kadibil, y su prima Gracie. Molly, Daisy y Gracie se escapan del centro de internamiento de Moore River en Australia del suroeste, para volver andando hasta el norte, a su tierra natal en Jigalong, donde vive su madre. Al ser mulatas, habían sido"secuestradas" por el gobierno para criarlas en Moore River, una mezcla de campamento de monjas y campo de concentración. Pero Molly consiguió huir. Tuvo dos niñas y volvió a ser internada. Se escapó con ellas para volver otra vez andando a Jigalong, llevando a la pequeña, Annabella. A ésta se la quitaron y la internaron de nuevo en Moore River, cuando tenía tres años. Molly nunca la volvió a ver. Esta política de internamiento forzoso de niños aborígenes, nos informa la película, siguió aplicándose hasta 1970. La película está basada en un libro de la hija de Molly, Doris Pilkington Garimara, y va precedida de un documental donde la autora pide apoyo para las ONGs que se oponen a las políticas de integración forzosa de indígenas y de asimilación cultural.

Es. muy determinadamente, una película de buenos y malos, donde los buenos son los aborígenes, más específicamente las aborígenes, familias felices de mujeres en armonía mutua consigo mismas, con su tierra y con su tradición. Los malos son los asimiladores, los administradores coloniales que deciden el destino de personas y familias sin contar con su opinión. De modo muy benevolente si se les pregunta a ellos: "cuánto se perjudican los nativos a sí mismos... si supiesen lo que queremos hacer por ellos", ésa es la idea que tiene Mr. Neville / Branagh de su labor. Hay que decir que produce un curioso efecto la entrevista con la autora Pilkington Garimara al principio: es, obviamente, una mujer asimilada, occidental, pero airada y resentida. Sus palabras en cierto modo trabajan contra la política que propugna, pues es una occidental lo que oímos, una occidental activista, no de modo simple una nativa defendiendo su modo de vida tradicional. Esta contradicción o tensión corre a lo largo de la película, tanto en las situaciones que retrata como en la lógica narrativa que sigue.

Comienza la película con una visión idílica de una niña preciosa, integrada en la naturaleza, mirando el mundo con ojos fascinados. Lo primero que ve es un halcón, que su madre le dice será su espíritu protector. La niña con eso se queda, oyendo estas cosas de mayores, y el espectador, con perspectiva irónica, oyendo estas cosas de aborígenes—a la vez que se establece un paralelismo entre las creencias religiosas arbitrarias de los aborígenes y las no menos arbitrarias de las religiones occidentales. Luego vemos a las niñas, con su madre y abuela, siguendo la pista de un lagarto, para cazarlo y comérselo. Seguir pistas será muy importante en la película, y es un tema que se introduce aquí. Pronto tienen que esconderse de la vigilancia de un policía montado, filmado al estilo autoridad controladora, en plano picado ascendente, y con rostro quintaesencialmente anglosajón. Son los rostros que como el de la enfermera/monja de Moore River, o el del Sr. Neville, llegará a aborrecer Molly, como encarnación física del paternalismo autoritario que la obliga a hacer lo que no quiere. Antes morir en el desierto que someterse, decide Molly, y es una decisión a la que la película le da una dimensión épica.

En una narración en off de Molly, al principio de la película, habla de cómo su familia llegó a Jigalong, y de cómo pasaron de vivir en el desierto a depender de las cosas que les daba el gobierno. Pero de hecho casi pasa desapercibido que los aborígenes no están viviendo en su cultura primigenia, sino como mendigos subvencionados por la caridad del gobierno. Si viven en Jigalong es porque ahí hay un centro de distribución de alimentos, ropa y cosas (era uno de los centros de mantenimiento de la valla a prueba de conejos que separaba el desierto de la tierra cultivable). La película se fuerza a mostrarlo, en un ejercicio de ecuanimidad, pero con muy mala gana. La autenticidad está toda del lado de estos aborígenes felices, bienhumorados y bien alimentados de gordos lagartos y provisiones del gobierno. Molly habla de "my dad", pero no vemos a ningún "papá", ni siquiera a ningún padre. "Moved on", comentan sobre los padres blancos los policías que vigilan a los nativos. La ascendencia mixta de Molly es razón suficiente para que la considere asunto suyo, aplicando una política racista-paternalista, el gobierno australiano, que deviene por ley su responsable legal. De hecho es el responsable legal de todos los aborígenes, considerados como una especie de menores sometidos a la tutela y autoridad benefactora-Rothenmeier del gobierno.

La pequeña Daisy, que no debe tener ni ocho años, ya está prometida—a un aborigen, cuestión racista que parece desencadenar la intervención de Mr. Neville. Queda, claro, la pregunta: ¿puede haber dos leyes en una nación, según cuál sea la raza o la tradición familiar de sus habitantes? ¿Pueden arreglarse matrimonios con niñas de ocho años? En la medida en que la película responde a estas preguntas, pues en mayor medida podríamos decir que las esquiva o disimula, la respuesta es sí. Los aborígenes tienen otra ley, y otras costumbres, que merecen respeto—y lo merecen por el hecho de ser aborígenes. En la película se plantea pues, si bien de modo un tanto esquivo y partidista a la vez, la cuestión del multiculturalismo y sus límites. Si algo tiene claro la película, no es que sea inaceptable criar niñas comiendo lagarto en chabolas, casándolas a la nativa, etc.—lo que es inaceptable es el paternalismo de dentista de Mr. Neville, y la política de integración forzosa de los indígenas. Sería interesante explorar esta cuestión con películas similares en otros contextos problemáticso, y menos partidistas y seguras de sí: por ejemplo una hecha a la española, sobre un multiculturalismo español como es el caso de los gitanos—o, por tentar más los límites, el multiculturalismo ideológico de padres raros que críen a sus hijos según lo entienden y contra las costumbres generalmente aceptadas (hippies, testigos de Jehová, etc.). La película encuentra inaceptable que el Estado pueda apoderarse de la patria potestad y dictar las normas que ha de seguir el individuo: y sin embargo el Estado nunca hace otra cosa, es su especialidad. Todo depende de dónde trace la raya. El hecho de que en esta película la raya tenga tintes racistas y de genocidio cultural no la hace sino menos problemática: una película más filosófica nos daría soluciones menos predeterminadas, o tendría más dudas sobre sí, o sobre las razones relativas de posturas enfrentadas.

Que esta las tiene, a su pesar, como he dicho, en parte, por un prurito de autenticidad. Vemos a los aborígenes (discretamente) subvencionados, aunque no vemos a ninguno borracho, por ejemplo, ni vemos los inconvenientes de la vida como aborigen. El título de la película viene de la valla que divide Australia separando la tierra arable de la silvestre, pero sugiere que los "conejos" que han de ser contenidos por la valla son los aborígenes—que la valla separa la Australia civilizada de estos niños aborígenes que son como conejillos salvajes. La valla tiene connotaciones de alambrada de campo de concentración. Ahora bien, la valla no funciona así, de izquierda a derecha, en la película— y en Moore River no hay alambradas, si no son psicológicas y administrativas. La valla funciona en realidad no sólo para aislar, sino también para conectar: de norte a sur: de hecho la siguen las niñas como guía para ir de Moore River hasta Jigalong, pues saben que también por allí pasa la valla. Y este plan lo adivinan los policías y funcionarios que las siguen (con una diligencia admirable, todo hay que decirlo, las niñas estarán descontentas, pero desde luego están administradísimas). Así que la valla es ambivalente, es un signo ambiguo, la interfaz y línea conectora de norte y sur, este y oeste, civilización y cultura aborigen. Es de hecho a la valla a la que Molly debe su existencia, pues en la valla trabajaba su padre, y allí conoció a su madre, y por causa de la valla existe la comunidad de Jigalong. El nativismo naif que exhibe la película en primera línea de hecho no existe más que como un recuerdo, y esto lo muestra la propia imagen central de la película.

El guardián de Moore River, Moodoo (David Gulpilil), es un personaje curioso, curioso por lo típico. En principio es un cipayo despreciable, un aborigen de uniforme que aplica la política de Mr. Moore. Ha internalizado la represión, y caza sistemáticamente a todos los aborígenes fugados. Es un excelente seguidor de pistas, con lo cual vuelve de modo cuasi-obsceno contra su propio pueblo las habilidades que les permitían sobrevivir en la naturaleza, y orientarse en el tremendo paisaje australiano. Moodoo tiene una hija (mestiza) internada en Moore River, y él mismo está sometido a la autoridad de Mr. Neville, primero porque está "on probation", no sabemos por qué, luego por permanecer en su puesto y cerca de su hija. La pelicula nos tienta con la posibilidad de que Moodoo detecte la pista de las niñas (está constantemente a un paso de ellas) y finja no ver nada en el último momento, pero no hay tal. Moodoo sabe que su presetigio está en juego, no sólo su fiabilidad como guardián y servidor del imperio, sino también su credibilidad como nativo auténtico, como rastreador nato. Y como Molly consigue mantener la distancia justa, se gana la admiración reticente del cipayo: "Es muy buena, esa niña" (buena borrando pistas, se entiende). Menos da una piedra: hasta allí llega Moodoo en ejercicio de su autenticidad aborigen subyacente. La película le reserva un lugar poco digno, como el sirviente abyecto de los blancos, pero no deja de mostrar sus posibles razones: deseo de promoción social, e intereses familiares, aunque sean mezquinos y de segunda, comparados con la autenticidad de casta de la mulata Molly. También envidia secretamente Moodoo, con probabilidad, la decisión de Molly de volver a su hogar, pero él es prisionero de sus propias elecciones más que de los blancos. En eso no es distinto de otros muchos aborígenes, que abandonan su cultura por considerar que hay otras vías más fáciles, aunque sean menos dignas culturalmente para los observadores de una y otra cultura. Moodoo es el más típico, quizá, después de todo su propio nombre es un genérico para "aborigen".

En la escena crucial de la película, Molly está a punto de perecer con Daisy en el desierto, que viene cruzando con una determinación heroica, llevando a su hermanita a cuestas cuando ésta no aguanta (aquí hay que mencionar una fotografía y unos paisajes fantásticos, y durísimos de atravesar por supuesto). Y de la muerte las salva el contacto mágico-telepático con su madre y abuela, que ayudadas por las viejas del pueblo entonan cantos sagrados, oraciones para atraerlas (aunque también se nos aclara en los créditos finales que las canciones aborígenes que oímos no eran sagradas sino susceptibles de ser reproducidas en público). E interviene el pájaro-espíritu, el halcón protector que la saca mágicamente del desierto, y por arte de birlibirloque resulta que no estaba en una infinita extensión vacía y alienígena, sino a las puertas de casa, y en los brazos de su madre y de su abuela. Magia, pero así sucedió, o al menos (por virtud de la magia subjetivizadora del cine) así se lo pareció a la protagonista. También la valla hace de telégrafo telepático conductor: la madre y la abuela la tocan, y también Molly, y se transmiten energías emocionales, y quizá también sobrenaturales, activadas por esas "sabidurías y tradiciones que los occidentales no entendemos". Para ellas es una comunicación numinosa sustancial; para la película un artefacto poético, pero esa es una diferencia que la película busca ignorar.

La película coloca así al occidental escéptico en el lado de Mr. Neville, y partiendo de una base de documental social-realista, se alinea poéticamente con el pensamiento mágico de los aborígenes, y lo integra en su estructura narrativa. La música (cantos aborígenes + Peter Gabriel) se superpone en las dos escenas, y las comunica: la llamada de las mujeres de Jigalong, y la escena de Molly y Daisy en el desierto, facilitando así el milagro de la reunión—aunque sabemos que no hay pájaros espíritu, ¿no? Todo depende cómo se vea, porque todo está tan mezclado como Molly. En realidad, la película es como la valla: ambigua y ambivalente, producto occidental pero vehículo para la comunicación aborigen: divide y une, y se usa a sí misma de un modo que mezcla, paradójicamente, honestidad y manipulación tendenciosa, buena voluntad y mala conciencia, documental y ficción poética, la verdad y la mentira de la autorrepresentación de los aborígenes.


Generación robada (Rabbit-proof fence). Dir. Phillip Noyce. Guión de Christie Olsen, basado en un libro de Doris Pilkington Garimara, Rabbit-Proof Fence, U of Queensland Press. Cast: Everlyn Sampi, Tianna Sasbury, Laura Monaghan, David Gulpilil, Ningali Lawford, Myarn Lawford, Deborah Mailman, Jason Clarke, Kenneth Branagh. Photog. Christopher Doyle. Prod. des. Roger Ford. Ed. John Scott, Veronika Jenet. Music by Peter Gabriel. Exec. prod. David Elfick, Jeremy Thomas, Kathleen McLaughlin. Prod. Phillip Noyce, Christine Olsen, John Winter. Australia: Hanway / Australian Film Finance Corporation / South Australian Film Corporation / / Rumbalara Films Olsen Levy Production / Showtime Australia / Premium Movie Partnership / Jabal Films Pty Ltd / , 2002.

Nueve vidas

25th Hour


25th hour
25th Hour (La última noche) es una película de Spike Lee que cuenta las últimas 24 horas de libertad de un camello neoyorkino (Edward Norton) antes de que le toque ingresar en la cárcel para siete años. Está aterrorizado, temiéndose muy mucho lo que le espera allí dentro el primer día sin ir más lejos—está rebrincado contra el mundo y contra él mismo, arrepentido y dándole vueltas a cómo se ha jorobado la vida juntándose con la gente que se ha juntado, unos mafiosos rusos de pesadilla—pero de sus viejos amigos y de su novia Naturelle (Rosario Dawson) tampoco se fía, pues alguien lo ha delatado. Hay una escena delirante en la que acusa a todo Nueva York y sus etnias y sus grupos, de manera viciosa, por haberle hecho acabar donde acabó... pero en fin, bien sabe que no puede culparse más que a sí mismo. Quería ayudar a su padre, alcohólico que iba a perder su negocio, sí... pero bueno, también quería dinero fácil, y sobre todo (lo que se nos dice en una escena eliminada) quería el sway, sentir que es el dueño del mundo y que todo rueda sólo para él y que todos lo respetan. En lugar de eso tiene una celda compartida con doscientos desgraciados y matones. Cómo habrá sido tan estúpido, y el terror de lo que va a pasar al día siguiente, lo transmite muy bien esta película (cuesta un rato hasta que te das cuenta de cuál es exactamente las situación de Monty).

Seguimos esas veinticuatro horas desde la madrugada del último día hasta la madrugada del día en que su padre lo acompaña en su viejo coche de madera, llevándolo a la cárcel. Le ha pedido Monty a un amigo (un broker tiburoncillo) que le rompa la cara para tener peor aspecto y pasar desapercibido así el primer día de cárcel—y se pone tan borde con él, y salen tantas tensiones a flote, que se la rompe de verdad. El amigo le tenía ganas a Naturelle, la novia de Monty, y se suelta presión a última hora. Las relaciones con los amigos, y los límites de la amistad, están muy bien llevados. Durante ese día, Monty ve a su padre, a su novia, con la que hay tensión, pues no sabe si lo ha delatado... Desde luego ninguno de ellos le paró los pies ni se plantó con él para hacerle cambiar de vida, todos son cómplices hasta cierto punto. Sus mafiosos también le han organizado una fiesta de despedida, con sorpresita incluida—tras atemorizarlo para que no los delate, le ofrecen la cabeza de quien sí lo ha delatado, el que parecía su colega más cercano en la banda de mafiosos. Pero Monty está asqueado y no quiere ni venganza ni nada con los rusos... y lo dejan irse, bien avisado.

También ve a sus viejos amigos y se los lleva a esa party—de éstos, Philip Seymour Hoffman protagoniza un argumento secundario—es un profe de instituto solitario y apocado. Enseña en literatura inglesa los mismos poemas que yo en clase—y le atrae con locura desbocada una alumna de diecisiete años, Mary, una lolita de mucho cuidado (Anna Paquin), con la que tiene tentaciones tipo "let us sport us while we may" y (más increíble) también las tiene ella, aunque sea sólo por viciosilla y acelerada. El pobre profe es consciente del lío en el que se puede meter si se enrolla con ella—y lo evita en el último momento cuando se encuentran en la fiesta. No sabemos si parte de la culpa, o de la suerte, se debe a que se acuerda de su halitosis mientras la está besando. En lugar de mojar, se limitará a heredar el perro de Monty—y a recibir alguna torta de través también, en la pelea que se monta éste cuando busca que sus amigos le arreglen la cara.

El perro éste comienza la película—cuando Monty lo rescata, con el mafioso; un perro atropellado al que en principio van a matar, pero... hey, se revuelve, ¡quiere vivir el muy borde! A Monty le hace gracia, y lo cura. Una escena genialmente llevada ésta, como todas las de la película, y también conecta con el tema de últimas oportunidades y decisiones de vida o muerte en que se centra la película. El perro, curado, es un perro buenísimo, un modelo—como lo podría ser Monty, una buena persona, si tuviese una oportunidad de última hora.

Y la tiene. En una escena final conmovedora, es su viejo padre, incompetente y ex alcohólico, quien le da la vida de nuevo. Se lo llevaba a la cárcel con su cara partida, pero le propone en lugar de eso seguir conduciendo y desaparecer en el oeste—en lugar de estar atrapado por su destino, elegir la libertad: no resignarse a entrar en la cárcel—dejar atrás toda su vida, y empezar de nuevo con otra identidad en un pueblo perdido. Y vemos escenas hipotéticas del futuro en las que se reúne años después con Naturelle, y tienen una familia, y cuando son mayores les cuenta lo cerca que estuvo todo de no suceder, y ellos de no existir–cómo todo dependió de una decisión crucial en la hora veinticinco, ya fuera de plazo.

Es un futuro abierto, y la película sólo sugiere que Monty podría optar por eso, aunque a la vez nos muestra al final su cara magullada y derrotada, manteniendo las dos opciones como igualmente posibles.

La película se filmó, y está ambientada, en Nueva York justo después del once de septiembre. Empieza con una secuencia de títulos de crédito impresionante, de una fuerza increíble, con los focos de luz que sustituyen a las torres gemelas, y la música magnífica de Terence Blanchard. Y hay escenas marcadas por el 9/11 un poco por todo. Desde el piso de Gordon Gecko, bueno, del amigo broker de Monty, que no me acuerdo su nombre, se ve el Ground Zero; la oficina de los brokers es evidentemente provisional y atestada, desplazada del World Trade Center, pero todo está en ebullición; el bar del padre de Monty se reúnen los bomberos que ayudaron en el rescate; Bin Laden sale por aquí y por allá... y toda la difícil multietnia de Nueva York, a la vez insultada y celebrada por la película. Está llevado certeramente el casting racial—así la pareja de Monty es multiétnica, Naturelle es puertorricana y él viejo irlandés; pero los polis que lo arrestan (en uno de varios flashbacks) son negros y ambivalentemente cabroncetes, honrados y eficaces.

Pero el tema étnico más importante está implícito. La película, aparte de ser una historia concreta magistralmente contada, de un individuo y sus circunstancias, es un alegato abiertamente didáctico, a favor de la gran América de la integración y las oportunidades abiertas— y contra las pequeñas dependencias y esclavitudes de la legalidad paralela, de los circulillos mafiosos y de la doble moral. Cierto, Monty esquiva la cárcel, y se nos pide fe en él... también se denuncian las cárceles americanas como lugares sin ley, indignos del país. Pero sobre todo, siendo una película "de Spike Lee" (aunque esta vez el guión no es suyo), es un mensaje a los chicos del barrio—de no dejarse atrapar por lo que parece la vía rápida al éxito social, y que en realidad no conduce a nada. Que no se encierren en ser negros profesionales, y en montarse su legalidad paralela—el once de septiembre aparece aquí invocado como el gran "eye-opener" que hace redescubrir a los neoyorquinos de todas las razas y etnias su destino común en una América de la integración, y no de la diferencia, la ley alternativa y el trapicheo. Que la esclavitud se acabó hace más de ciento treinta años—move your ass!

Bueno, y si alguien cree que le he contado la película, obviamente es que no la ha visto. Hay que ver cómo funciona cada escena... con una fluidez certera, que no se contradice sin embargo con curiosos experimentos de montaje surreales o desfamiliarizadores, como por ejemplo reflejos inexistentes flotando al lado de los personajes, experimentos con el grano y el color y el tono grotesco/surrealista de algunas escenas, o ligeros recortes de montaje que duplican una fracción de segundo de un momento clave, o pequeños desenfoques puntuales—nada, que Spike Lee sways, está aquí en plena forma. De no perdérsela.

25th Hour. Dir. Spike Lee. Screenplay by David Benioff, based on his novel. Edward Norton, Philip Seymour Hoffman, Barry Pepper, Rosario Dawson, Anna Paquin, Brian Cox. Music by Terence Blanchard. Ed. Barry Alexander Brown. Prod. des. James Chinlund. Photog. Rodrigo Prieto. Exec. prod. Nick Wechsler. Prod. Tobey Maguire, Julia Chasman, Spike Lee, Jon Kilik. USA: Touchstone Pictures / 40 Acres and a Mule Filmworks / Industry Entertainment / Gamut Films, [2002]. DVD: Touchstone Home Entertainment.

Inside Man


El Planeta de los Simios

Vemos el remake de Tim Burton en familia, antes de ver la película original que yo ví hace treinta años. Para Oscar, es la mejor película que ha visto, le impresiona eso de que los simios pudieran gobernar a los humanos. Es una película de acción con algunas cosas muy bien hechas y otras improvisadas a la mecagüen diez, en especial a nivel del argumento, con más concesiones al efectismo que a la coherencia.

Siendo de Tim Burton, uno espera cierta vistosidad y alguna tendencia a lo grotesco y al exceso, y la hay.... pero podía haber ido mucho más allá, por no decir que debería. Yo no sé por qué la novela original la escribió un francés, puesto que la historia pide ser americana. Desde luego son los americanos los que se la han apropiado, con la película de Charlton Heston de 1968 (dirigida por Franklin Schaffner) y sus secuelas, esta vez está bien aplicado el término, de los años setenta: Beneath the Planet of the Apes  (1970), Escape from the Planet of the Apes (1971). Conquest of the Planet of the Apes (1972), y Battle for the Planet of the Apes (1973). Algunas de éstas se armaban un bollo, como la de Tim Burton, a la hora de establecer en qué planeta tiene lugar la acción y en qué momento; con una lógica típicamente serie B, después de saltar siglos adelante en el tiempo, reutilizan los mismos personajes para la secuencia "previa", y saltan alegremente atrás y adelante por los siglos. Tan caótica como la cronología es la cuestión racial—si las películas se vuelven americanas, es en parte para tratar al modo histerizado de Hollywood con cuestiones traumáticas de la esclavitud de los negros y sus resentimientos mal curados, cuestiones de derechos civiles mezclados con reflexiones sobre el tratamiento a los animales, y alegorías políticas sobre la teocracia, la tiranía, el fundamentalismo o la carrera armamentística. En fin, un mish-mash de los años 60-70 que si vuelve ahora a la carga sugiere que tampoco hemos cambiado tanto, y que las cuestiones básicas siguen sin resolver y con los mismos potenciales para el trauma.

Inevitables las comparaciones. Aquí Charlton Heston ha envejecido, y es un simio resentido. Repite su maldición final (esa que soltaba ante la Estatua de la Libertad semienterrada), sólo que ahora tiene otro sentido la cosa, pues siendo simio llama a la exterminación del género humano. Es un fundamentalista antievolucionista, que guarda un arma (cómo no) a modo de reliquia familiar. Y su hijo el general Thade (Tim Roth), un chimpancé extraordinariamente agresivo, perpetuará la tradición familiar, siendo el mayor partidario de esclavizar a los humanos. Irónicamente, Tim Burton lo hace acabar convertido en un liberador Lincoln-de-los-simios, en un final efectista y apresurado que requiere imaginar de golpe demasiados avatares que contradicen la línea principal de la película y la reducen a un juguete caprichoso.

Pues la película parte de una sociedad esclavista, en la que los humanos (negros multicolores) son meros animales para los simios, y llega, por obra y gracia de un Jesucristo/liberador, el astronauta Davidson (Mark Wahlberg) a una sociedad con derechos civiles para blancos y negros y simios. Pero el fundamentalista Thade queda vivo, y cuando Davidson sube a su cápsula y Asciende a los Cielos, para meterse en una práctica tormenta electromagnética que lo devuelva a su tiempo y su mundo (hay que ver qué pocas dudas que tiene este hombre y qué poca capacidad de sorpresa)—pues resulta que no vuelve a su tiempo (pasado) sino a un futuro todavía más lejano en el que los monos se han "liberado" otra vez, al parecer han exterminado a los humanos, y le han erigido a Thade su memorial Lincoln.... con lo cual el final, aparte de acumular las insensateces, convierte en un caos el mensaje de la película—en un caos estético, digo, pues para tener supremacía de monos, ya la teníamos al principio, y la supuesta sorpresa final es un cortocircuito de energías mal enfocadas.

Bien, por supuesto no hay que investigar tampoco por qué aquí el Planeta de los Simios a la vez es la Tierra en el futuro (con una sola luna) y otro planeta totalmente distinto (con diversas lunas, a menos que vaya adquiriendo y perdiendo lunas por necesidades o por incoherencias del guión, que es lo que sospechamos).

En suma, que el excelente trabajo hecho con la ambientación y caracterización de los simios (lo mejor de la película) se podría haber enfocado mejor a un guión mejor construido. En demasiadas ocasiones la coherencia de la acción de la película se pliega de maneras inexplicables a los avatares puntuales del guión que busca efectismo desesperadamente, ignorando lo que sería un mundo coherente de acciones e intenciones. Eso es lo que hace a una película barata sea cual sea su presupuesto.

En otra cuestión clave flojea la película. El protagonista Wahlberg es tan cejijunto que no se da cuenta de que en un remake del Planeta de los Simios de 2001 debería tener un rollito amoroso con la atractiva chimpancé Ari (Helena Bonham-Carter), que le pone ojitos. La película se ocupa de establecer un triángulo entre estos dos y la rubia Daena, que no debería hablar, como Nova, pero aquí sí que habla para estropear la película. También echa demasiadas miradas celosas a la elegante chimpancesa. No tiene mucho sentido un Planeta de los Simios en el que los humanos no sean simiescos, es como unos Viajes de Gulliver en el que los Yahoos no fuesen repugnantes, sino bellos animales esclavizados por los caballos. No, esto está enfocado fatal. Los humanos deberían haberse hecho más repugnantes que en la película de 1968, donde Nova estaba buena y era medianamente sumisa e inteligente, pero no hablaba. Eso era machista: en este siglo merecíamos unos humanos repugnantes y simiescos, pero no los tenemos—son unos rebeldes oprimidos, injustamente tratados. Esto también abarata la película.  El guión sugiere una historia amorosa entre Ari y el protagonista, pero no se atreve a llevarla adelante. El beso interespecies de Charlton Heston a Kira en la película de 1968 era puramente amistoso y de solidaridad ("eres tan feo" le decía ella), pero aquí Ari tiene un interés obviamente erótico, no correspondido, por Wahlberg/Davidson. ¿Se achantó Tim Burton, o los guionistas? Parece que el tradicional tabú hollywoodiense que impide que el negro ligue con la blanca invade aquí la metáfora interracial que es el tema éste de las especies simiescas y humanas. La rubia es especialmente irrelevante, como digo merece no tener don de la palabra; pero todo el encanto intelectual de Ari, activista por los derechos del Proyecto Gran Simio, no merecen la atención erótica de Davidson. En fin, qué se le va a hacer, el amor es imprevisible y si no surge la chispa por mona que sea la chica no hay nada que hacer.

Por cierto, que la temática racial (siempre tan cargada en las películas americanas) se expresa aquí a sus anchas bajo el disfraz simiesco, y la película se permite una orgía de estereotipos. Ari es blanca, claro, como su padre o como el general Thade, chimpancés de rostro blanco. Pero los gorilas—faithful retainers o fieles soldados de a pie—son negros. Y Paul Giamatti está genial en el personaje de Limbo, un orangután que es una de esas caricaturas salvajemente racistas de judíos que se encuentran con frecuencia en Hollywood (otra de este tipo, especialmente nazi, era el moscardón que era el amo de Anakin Skywalker y de su madre en la nueva película número 1 de Star Wars).

Lo mejor que tiene la película es la caracterización de rostros creíbles de diversas especies de simios (chimpancés, orangutanes, gorilas) que acaban haciéndose inquietantemente "normales", y recordándonos que no es que el hombre proceda de los primates, sino que es una especie más de primate...  También el tema de la teoría de la evolución también se trata aquí de modo indirecto o alegórico-caótico, al gusto de la serie. En parte, lo que posibilita la reconciliación entre simios y humanos es que los simios reconocen la verdad de sus orígenes "evolutivos"—que proceden del mono, por así decirlo, y se libran de las explicaciones teológico-divinas, convertidos a la ciencia de la Evolución por el Elegido Wahlberg, antes de su Ascenso a los Cielos. Una de las muchas profecías caóticas de la película es que esa revelación no calará en América. El futuro pertenece a Thade, fundamentalmente fundamentalista—aunque disfrazado, eso sí, de Lincoln liberador.

Planet of the Apes. Dir. Tim Burton. Written by William Broyles, Jr., Lawrence Konner and Mark Rosenthal, inspired on the 1968 film Planet of the Apes and the novel by Pierre Boulle. Cast: Mark Wahlberg, Tim Roth, Helena Bonham Carter, Michael Clarke Duncan, Kris Kristofferson, Estella Warren, Paul Giamatti, Charlton Heston, Cary-Hiroyuki Tagawa. Special effects by Rick Baker & Industrial Light and Magic. Music by Danny Elfman. Costumes by Colleen Atwood. Ed. Chris Lebenzon. Prod. des. Rick Heinrichs. Photog. Philippe Rousselot. Exec. prod. Ralph Winter. Prod. Richard D. Zanuck. USA: Twentieth Century Fox / Zanuck Company, 2001. Spanish DVD: El planeta de los simios. Madrid: Twentieth Century Fox Home Entertainment España, 2002.

Children of Men

TransAmerica

TransAmerica


transamericaPelícula sobre un/a transexual (ver ilustración) que busca acomodo en su ser y en su mundo; una comedia bastante buena, entre la sátira y la ternura—aunque algunos la considerarán un poco fuerte para la tarde del domingo, habiendo como hay gays y travestís, transexuales, pollas visibles, incestos, castraciones, felaciones y demás faralás.

La mejor broma de TransAmerica es un chiste repetido, que ya lo contó Almodóvar en La Ley del Deseo, cuando puso a Carmen Maura en el papel de un transexual. Aquí Felicity Huffman hace de mujer muy bien, con un toquecillo de exageración que le va bien a la identidad sexual del personaje pero sin pasarse con la caída de mano. Y es una experiencia ver la película sin atender al auténtico sexo del actor que hay tras el personaje, pues se ve así de modo especialmente vívido el tema de la identidad sexual como construcción, o como teatralización, interpretación de un papel y una retórica del género, etc.,—toda la temática que hace interesante el tratamiento de la identidad sexual en esta y otras películas sobre travestismo y transexualidad (—que son un continuo, y no "dos mundos distintos" como sostienen algunos, igual que son un continuo, aunque menos continuado, con las identidades sexuales "normales", en especial con la femenina).

Hace mucho para los matices de la película el hecho de que Bree, el/la protagonista, sea estrecho/a y tímida y traumado además de transexual. Es virgen—menos por una noche "lesbiana" en la que dejó embarazado a una chica de la universidad... y ahora le aterriza encima que tuvo un hijo, justo cuando iba a hacerse una operación crucial de cirugía genital. Y su terapeuta exige que se enfrente a la situación para darle el visto bueno definitivo, y que se haga cargo del chaval.... cosa que Bree no hace sino a medias, pues en primer lugar le oculta tanto su identidad sexual como su parentesco. Se hace pasar por una misionera que lo quiere sacar de su mala vida—cosa que aún añade un matiz más de teatralidad (ñoña en este caso) al personaje, una capa más de actuación—interesante. El chaval necesita urgentemente salir de la mala vida, y de momento no es que lo haga. Se dedica a putillo chapero en Nueva York— venía de una historia de maltrato sexual a manos de su padrastro, y al parecer le había cogido afición al asunto: desea hacer carrera en el cine porno, y no tienen ningún inconveniente en sacarse unos duros a base de felaciones. También necesita una educación urgente en otros sentidos—pues como muchos personajes de la película, como la familia de Bree sin ir más lejos, el chaval es tosco, grosero, egoísta, indiferente y despectivo hasta la naúsea. Viajando trans América desde Nueva York hasta California en plan roudmuvi (y enterándose por el camino todo el mundo de quién es quién) hay ocasión de ver mucha América profunda, ya sea en la miseria o en el lujo, gente buena, mala y regular. Hay pocos encontronazos con gente que desenmascare o ridiculice a Bree—si exceptuamos a su propia familia. La familia, frecuentemente la peor experiencia del inadaptado sexual, es aquí una pesadilla de la que más vale poner tierra por medio. Media América, o más.

El viaje termina con el chaval dándole un tortazo a Bree al descubrir quién es en realidad la misionera (justo cuando se animaba a meterse en su cama, para horror del "yo soy tu padre"). Este chaval, si lo interpretase un paticorto cejijunto de morro caído, en vez del guaperillas que lo interpreta, daría mejor la medida de lo que es la América moralmente profunda; la belleza siempre engaña. Yo creo que no tiene remedio, a pesar de su cara bonita. La película termina cuando visita otra vez a su madre, vaya, ya he dicho su madre—a su padre, ya operada el padre, pero no por mucho amor familiar, sino porque su trabajo es una mierda y su vida es una mierda, y allí tiene comida y tele. No sé si lo del calor familiar va tanto con él, eso no convence mucho. Y si la película argumenta que un transexual puede ser buena madre, también es cierto que baja mucho el listón de la vida moral del hijo, para convencernos de eso.

Es un transexual muy atípico el que vemos aquí, por otra parte. Es virgen (que no abundan, ni siquiera entre los transexuales). No tiene interés alguno en el sexo, al parecer—atípico. Ni en ambientes transexuales hi homosexuales ni travestís ni gays—cuando aterrizan en uno, se siente violentísimoa, sobre todo quizá por si su hijo se entera del asunto—pero también porque parece repugnarle todo lo sexual, bisexual o monosexual; su pene le horroriza, y a su vagina, cuando la estrena, no parece que vaya a irle mucho mejor. La película, tras poner en boca de su terapeuta que la disforia sexual se considera una enfermedad mental seria, pasa a refutar eso con su argumento, pues Bree es una persona tratable, dulce, medianamente ordenada y responsable, buena ciudadana, etc... y sin embargo la película profundiza muy poco en su identidad sexual, lo cual es una especie de falacia. Ciertamente sí que presenta un personaje traumado y alterado por la sexualidad, no sólo por la respuesta de los demás a su sexualidad, sino por lo sexual en sí. No sé si es un alegato a favor de qué, en este sentido... pues nada queda muy bien parado.

Menos traumados parecen, por cierto, los otros gay queens y transexuales que aparecen en la película, por ejemplo en la fiesta tupperware que dan unos tejanos. Allí Bree confunde a una mujer de verdad con un transexual, como la hemos confundido a Felicity Huffman, y su hijo habla con un señor calvo que es una drag king, diciendo que en su caso no se había dado cuenta de que era (o había sido) una mujer.... bien, pues esta drag king calvorota dice una de las mejores frases de la película, sobre las identidades sexuales postizas y auténticas: "We walk among you." Aunque la película lo demuestra por la vía contraria—we walk among ourselves.

Transamerica. Writer and dir. Duncan Tucker. Cast: Felicity Huffman, Kevin Zegers, Fionnula Flanagan, Jon Budinoff, Stella Maeve, Teala Dunn, Calpernia, Grant Monohon, Graham Greene, Burt Young, Carrie Preston, Amy Povich, Barbara Barron. Music by David Mansfield. Photog. Stephen Kazmierski. Ed. Pam Wise. Prod. Rene Bastian, Sebastian Dungan, Linda Moran. USA: Belladonna Productions, 2005.



m/f/s/z: transexualas y hermafroditos, monstruas y prodigios