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Vanity Fea

Cómo somos

Number Nine

Number Nine

Me acuerdo mucho estos días de Javier Sánchez, y siento que no vaya a verlo ni a hablar con él nunca más. Se ha ido al sitio donde esas cosas no importan. Los difuntos: un club en el que cada vez conocemos más gente; si seguimos vivos allí van a parar todos nuestros conocidos y amigos, y casi nos importan más que los vivos indiferentes que nos acaban rodeando—hasta el punto de que acabaremos pensando que somos uno de ellos, uno de los vivos indiferentes, o uno de los muertos vivientes, o un difunto prematuro más. Me apena ver el nombre de Javier en gris en esta lista que nos pasaron de los profesores del departamento por orden de prelación y antigüedad; era el número nueve. Ahí acabaremos todos, en el gris que todo lo disuelve. Borges diría que, puesto que somos mortales, en cierto modo es como si hubiésemos ya muerto. Pero todo lo había dicho ya Shakespeare, esto en concreto cuando llama a los vivientes "a walking shadow" en el famoso parlamento de Macbeth. Los profesores también pisamos la tarima comopoor players.

A Javier le gustaba Shakespeare, y muchos años lo explicó. Me acordaba de él leyendo esta novela, Will,sobre los últimos días del actor, que está aquí recordando su vida, larga como la vida y breve como un sueño:
 
What dreams may come.

There was a story about an emperor who dreamed he was a butterfly, and when he told it to one of his sages, the wise man asked him, how do you know you're not a butterfly dreaming you're an emperor? Good answer, Will. How do you know you're not a butcher's boy dreaming you're a dramatist? Or were a dramatist. It feels like a dream now, though it was only yesterday. But that's what happens as you approach the end of your time. The life you had drifts past you and away from you as if you were a drowning man. You see it as a sea of trouble, flecked with bright heads lolling slowly in the wishless sleep, all those you knew and loved, gone from you now, irretrievably lost.

(Christopher Rush, Will)


Ignoring Mortality

sábado, 31 de mayo de 2014

Ignoring Mortality



A Plea for Irresponsible Irrelevance.

Algunos dicen que hay que vivir para la muerte, planteamiento ofensivo para los deseos e incluso para el buen gusto. Tienen sin embargo a point en el hecho de que toda la vida humana y todo en sus prioridades tiene la marca de la naturaleza humana, y la muerte, más aún, la consciencia de la mortalidad, es parte integrante de esa naturaleza humana. Todo lo que somos y todo lo que ha hacemos lo hacemos, de hecho, en última instancia, porque somos mortales.

En esta terrible situación, la única aproximación que puede hacer la vida humana a la inmortalidad, o a la indiferencia a la muerte, no consiste en escapar realmente de ella (dado que en cierto modo constituye el paisaje) pero sí en hacer lo contrario de vivir para la muerte—vivir para la vida, y no prestar a la muerte sino la mínima atención indispensable. Sólo en última instancia hay que llegar a la última instancia. Ya le estoy dedicando demasiadas líneas.

La única manera posible de vivir como los imaginarios inmortales es hacer un derroche de la vida—como si fuese no escasa y preciosa, sino abundante y despilfarrable. No necesariamente un derroche ostentoso, sino sencillamente pasar la vida en la medida de lo posible como si no existiese la muerte—o como si la vida no estuviese marcada por la muerte. Desoyendo a quienes nos aconsejan vivir para la muerte, ya sean heideggerianos, legionarios, u otros novios de la muerte. Es lo que hacemos, de hecho—vivirla como la vivimos, la mayor parte del tiempo, con sabiduría espontánea; como los auténticos Olímpicos, sin dedicarla a nada nada que suponga ahorrar méritos para nuestro estado muerto, ni siquiera buscando ningún tipo de intensidad o culminación de la vida. 

Pues hay en esos trayectos de vida ejemplares o culminantes, en realidad, un trayecto hacia la muerte, una consciencia de la mortalidad —tenemos que hacer algo de utilidad porque tenemos la espada de Damocles de la extinción total (nuestra y de todo lo que apreciamos, y de todo lo demás también) perpetuamente encima. Tampoco es que lo que hagamos de útil vaya a cambiar para nada esa situación, sustancialmente considerada. Y de hecho hasta los inmortales mueren, o los matan, en muchos muchos mundos paralelos donde viven. No nos diferenciamos apenas nada de ellos.

Por tanto el tiempo mejor empleado es el dedicado a vivir esta vida real que es tan irreal, el mayor de los videojuegos de realidad virtual — recreándonos inmersivamente en su propia irrealidad—en las cosas insustanciales—dedicando nuestro tiempo y atención al fútbol (aunque no en mi caso), al presente, a descubrir infinite riches in a little room, a las ensoñaciones, daydreaming o nightdreaming, a retorcar fotos, a escuchar conferencias sobre los paradigmas y a escribir blogs, a sestear bajo las ramas, a embarcarse en actividades irrelevantes que ni son narrables ni nos acercan un centímetro más a la cumbre de los tiempos. ¡Hey, eso incluye leer a Heidegger!

Explicación de la moda, y de la moda femenina

viernes, 16 de mayo de 2014

Explicación de la moda, y de la moda femenina

La Teoría de la Clase Ociosa de Thorstein Veblen es una semiótica social avant la lettre, y una teoría materialista de la distinción social y del valor simbólico avant Bourdieu. Para Veblen, la moda y sus cambios se explican con la teoría del derroche ostentoso. En la sociedad nada tiene un sentido literal, sino que es un símbolo de la posición social del sujeto. Así, la moda nada tiene que ver con lo bonito o lo práctico (eso son consideraciones secundarias, o a veces efectos colaterales), sino que su finalidad es dar una imagen social adecuada del portador. " Así, no es en modo alguno infrecuente que, en un clima inclemente, la gente no vaya suficientemente abrigada con el fin de aparecer bien vestida." —Y al contrario, ni digamos los abrigos y ropajes adicionales innecesarios o molestos que se llevan por bien quedar. Pero la ostentación no funciona de manera simplona y directa, sino que es mediado por las leyes estéticas y las normas de decoro social que resultan de ella, y la moda es así el efecto de un juego de signos, es un fenómeno intertextual podríamos decir (Veblen tiene su lado semiótico). Esta mediación compleja también nos lleva a separar los aspectos conscientes del comportamiento de sus determinantes inconscientes: 

"Esta necesidad espiritual del vestido no es totalmente, ni siquiera principalmente, una ingenua propensión a hacer exhibiciones de gasto. La ley del derroche ostensible guía el consumo de prendas de vestir—así como de otras cosas—al configurar los cánones del gusto y el decoro. En la mayoría de los casos, el motivo consciente del portador o comprador de atavíos ostensiblemente costosos es la necesidad de ajustarse al uso establecido y de vivir con arreglo a los niveles acreditados de gasto y prestigio. No es sólo que deba uno guiarse por lo que se considera la vestimenta adecuada para evitarse la mortificación que resulta de los comentarios y observaciones desfavorables, aunque ese motivo cuenta ya mucho por sí mismo; es que, además, la exigencia del costo elevado está tan profundamente arraigda en nuestros hábitos mentales en materia de vestido que cualquier cosa que no sea un atavío caro nos resulta instintivamente odiosa. Sin reflexión ni análisis, sentimos que lo que no es caro es indigno. 'Un traje barato hace a un hombre barato'. Se reconoce que la máxima 'barato y asqueroso' sigue siendo verdadera cuando se aplica al vestido, todavía con menos atenuaciones que en otras líneas de consumo." (179-80)moda femenina

Pero el vestido ha de obedecer también la ley de la ostentación de la inutilidad, y demostrar que su portador trabaja poco o nada: "Si, además de mostrar que el usuario puede permitirse consumir a placer y antieconómicamente, puede también mostrarse con ello que dicho usuario o usuaria no tiene la necesidad de ganarse la vida, la prueba de su valor social se eleva en grado muy considerable."—Y de allí se derivan las normas del gusto y la elegancia; "El vestido tiene que ser, no sólo ostensiblemente caro e inconveniente; tiene que ser también de última moda." Veblen encuentra aquí una explicación del fenómeno de la moda, de sus cambios, y de sus tendencias con frecuencia absurdas, pues "En la práctica, la norma del derroche ostensible es incompatible con la exigencia de que el vestido sea bello o que siente bien. Y este antagonismo ofrece una explicación de ese cambio incesante de la moda, que ni el canon de lo costoso ni el de la belleza pueden explicar por sí solos". 

"Que la supuesta belleza o 'encanto' de los estilos en boga en un momento dado es algo puramente transitorio y espurio queda atestiguado por el hecho de que ninguna de las muchas modas cambiantes logrará superar la prueba del tiempo. Cuando es mirada a una distancia de media docena de años o más, la mejor de nuestras modas nos resulta grotesca, si no rematadamente fea. Nuestro transitorio apego por cualquier cosa que sea el último grito se basa en fundamentos que no son de carácter estético y dura sólo hasta que nuestro sentido estético permanente ha tenido tiempo para afirmarse y repudiar ese último artilugio indigestible.
    El proceso requerido para desarrollar una náusea estética lleva más o menos tiempo; en cada caso, el lapso de tiempo requerido es inversamente proporcional al grado en que el estilo en cuestión resulta odioso. Esa relación de tiempo entre lo odioso de una moda y su inestabilidad nos ofrece un fundamento para la inferencia de que cuanto más rápidamente se suceden los estilos y son desplazados por otros, tanto más ofensivos son para un gusto bien fundado. Lo que se presume, por tanto, es que cuanto más lejos llega la comunidad—y en especial las clases más ricas de la misma—en lo referente a capital y movilidad y al ámbito de su contacto humano, con tanta más fuerza se erigirá la ley del derroche ostensible en materia de vestido, y tanto más tenderá el sentido de la belleza a quedar en suspenso o a ser superado por el canon de la reputación pecuniaria, tanto más rápidamente se mudarán y cambiarán las modas, y tanto más grotescas e intolerables resultarán los diversos estilos que sucesivamente lleguen a estar en boga.
    Queda por comentar al menos un punto en esta teoría del vestido. La mayor parte de lo que se ha dicho se refiere al atuendo del varón así como al de la mujer, si bien en tiempos recientes se aplica con más fuerza al de la mujer, en todos los detalles. Pero hay un punto en el que el vestido de las mujeres difiere sustancialmente del de los hombres. Es obvio que en el vestido de una mujer hay una mayor insistencia en esas características que atestiguan que la persona que lo lleva está exenta o es incapaz de realizar cualquier trabajo vulgarmente productivo. Esta peculiaridad del atuendo femenino es de interés, no sólo como complemento a la teoría del vestido, sino también como confirmación de lo que ya se ha dicho acerca del status económico  de las mujeres tanto en el pasado como en el presente." (1899) -  (187-88)



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Eficacia adaptativa del autoengaño en el altruismo

jueves, 15 de mayo de 2014

Eficacia adaptativa del autoengaño en el altruismo

Un comentario de Ellen Spolsky en la Narrative-L:

Robert H. Frank, Passions within Reason: The Strategic Role of the Emotions  (New York: Norton, 1988) argues that "really" wanting to help others is the best way to convince others of your altruism and thus to provoke their reciprocal cooperation.  The earlier Alexander-Trivers hypothesis, summarized by Nesse and Lloyd in Jerome H. Barkow, Leda Cosmides, and John Tooby, The Adapted Mind: Evolutionary Psychology and the Generation of Culture  (Oxford: Oxford University Press, 1992): 603ff, describes the basis on which the most successful behavior is said to result from self-delusion.   
 
I send this along in support of Fear's admonition that lying is complicated, because it often works, and because we need it to work. Sometimes. 


Traduzco— en Pasiones razonables: El papel estratégico de las emociones (Nueva York: Norton, 1988) arguye que el querer ayudar a los otros "de verdad" es la mejor manera de convencerles de tu altruisimo, y de provocar así que recíprocamente cooperen con nosotros. La hipótesis previa de Alexander-Trivers, resumida por Nesse y Lloyd en La Mente Adaptada: La psicología evolucionista y la generación de la cultura, ed. Jerome H. Barkow, Leda Cosmides y John Tooby (Oxford: Oxford UP, 1992), 603ss., describe la base sobre la cual se dice que el comportamiento más exitoso resulta del autoengaño. 
Envío esto en apoyo de la admonición de Fear al efecto de que la mentira es complicada, porque a menudo funciona, y porque necesitamos que funcione. A veces. 

William Fear mandaba este mensaje:

First, as a psychologist, I would advise extreme caution about any truth claims made in psychology about a) lying and b) being able to detect a lie.  A good psychologist will begin with the definition of a lie and once you get into the psychology of lying you know that defining a lie is extremely difficult if at all possible.  Others will beg to differ but I hold fast to my ground. 
I happily, however, strongly recommend the following great read

("Truth, Lies and Bullshit: distinguishing classes of dishonesty", by Martin Caminada)

http://homepages.abdn.ac.uk/martin.caminada/pages/publications/dishonesty.pdf

As a final word, if you want to really get into the issues of lying & psychology then you need to look at the interrogation literature.  Much of the US interrogation techniques literature is now declassified and can be found online.

 
Volviendo a Spolsky—la idea central es que hasta la cooperación sincera y "desinteresada" es interesada, pues busca alianzas sociales, o reciprocidad; el altruismo es adaptativo en un ser social inteligente como el hombre precisamente porque integra al individuo y refuerza los lazos sociales. También se desprende del razonamiento que la "sinceridad" o creencias de un individuo sobre sus motivaciones son sólo la nata de la psicología—y que por razones distintas de las que pensaba Freud, nuestras motivaciones no son transparentes para nosotros mismos, nuestra consciencia sobre ellas es una superstructura o una ilusión. Un autoengaño, también, si se quiere. Pero un autoengaño que cumple una función. Muchas veces se hacen críticas superficiales a la religión, por ejemplo—que si es falsa, que si la gente no la cree en realidad, o finge creerla.... Pero la religión es un mecanismo de cohesión social que precisamente al proponer falsedades que invitan al autoengaño, promueve este tipo de socialidad integrativa y recíproca. Quien dice religión dice también otro tipo de ideales sociales—la pasión que le echa la gente al fútbol, pongamos, u otros fenómenos parecidos, claro que el fútbol ya cuenta prácticamente como religión.

También la sinceridad en las relaciones personales se apunta aquí como una construcción, una construcción destinada a construir sobre ella una mutualidad y una cooperación. Por eso es adaptativo el autoengaño: como somos buenos detectando mentiras, es mejor convencerse de que, o no estamos mintiendo, para pasarlas mejor, o no estamos detectando mentiras, si conviene mantener la alianza social. Por eso se produce ese otro fenómeno de que el desvelamiento de una mentira lleva al desvelamiento de muchas más—probablemente iban en cadena no sólo los engaños, sino también los autoengaños que impedían detectarlos y mantener una relación mutua de cooperación altruista.

Marx y la naturaleza humana

martes, 22 de abril de 2014

Marx y la naturaleza humana

Una historia de explotación de recursos. El hombre es una mina para el hombre—pero el petróleo también.

Asistimos a una conferencia de Terry Eagleton, "Why Marx Was Right", en la que Eagleton nos pinta la imagen de un Marx casi por así decirlo de derechas, un humanista interesado en la cultura clásica y en la plena realización de las potencialidades individuales, convergente de hecho con el Oscar Wilde de "El alma humana bajo el socialismo". También un Marx muy cristiano (al igual Eagleton nos sale extraordinariamente católico) por su sentido redentorista de la historia—que vale la pena, a pesar de la larga serie de documentos de barbarie que arrastramos. Un Marx burgués que aprecia los logros del capitalismo y de la burguesía, a la hora de acabar con la tiranía y con la dominación feudal. Para Marx, si la historia es trágica, es una tragedia que acaba bien... no como la veía Schopenhauer, que hubiera preferido que no existiera la humanidad. Marx es un materialista y no un utopista, sabe que la naturaleza humana no cambiará, y que la sociedad socialista no tendrá individuos redimidos.

Y ahí va mi pregunta—le pregunto a Eagleton si hay una interpretación materialista de la naturaleza humana, en la cual pertenece a la sustancia misma del hombre y de su cultura el haberse hecho sobre la base de la explotación mutua, sistemática y organizada. Si esa es la naturaleza humana, ¿va a cambiar? ¿Propone Marx un transhumanismo, una alteración sustancial de la naturaleza humana en la que esa explotación ya no vaya a darse?

Mi propia noción es que se pasa de explotaciones directas, cruentas y crueles, a explotaciones sistémicas, incruentas y mitigadas por una política socialmente conciente, cuando no socialista. Ahora bien. Eagleton se escaquea un tanto sobre la necesidad de la explotación continuada, o sobre si supondría una alteración de la naturaleza humana. Sí insiste en su respuesta en la imbricación del bien y el mal en la realidad humana, y en la voluntad de Marx de mitigar la brutalidad de la civilización y de potenciar lo que permite la realización del potencial humano—lo que él llama socialismo, y que bien puede parecer capitalismo a veces. Comenzaba Eagleton observando que cuando los capitalistas mencionan al capitalismo, y usan ese término, es que algo va mal... y nos avisa del posible colapso total del sistema, o su transformación en algo que apenas podemos prever.

Ahora bien, lo veo a Eagleton demasiado bien dispuesto a aceptar voluntariamente más terrores trágicos (revoluciones, etc.) con vistas a la construcción final del socialismo—a repetir en suma los errores stalinistas que condena explícitamente—en lugar de resistirse cuidadosamente a todo episodio trágico. Viene a pedir al público que se sume a la revolución cuando la vea aparecer, cada cual en su contexto real, porque la historia no se realiza por gracia divina que la impulse desde fuera. (Es lo que Eagleton critica como una visión protestante, le decía a Manuel Barbeito que a Badiou lo ve demasiado protestante en ese sentido).

Lo que yo veo seguro es que la revolución, la aceptemos o no (y normalmente resulta ser inaceptable para quienes piensan  en ella) es algo que nos aterriza encima. No depende de los intelectuales, sino de transformaciones masivas del panorama, de grupos que derrumban el sistema existente e imponen una nueva ley. Es lo que veremos, creo, cuando venga Africa a habitar la habitable y envejecida España. Ya veremos cómo reacciona España, si es que existe.

Quizá otra cosa que falta en Marx es una conciencia de la importancia de los combustibles fósiles, y su agotamiento futuro, a la hora de explicar la historia humana, el chute de energía en vena de la modernidad que estaba pasando ya en 1850. La plusvalía del pleistoceno, por así decirlo: no sólo la explotación del hombre por el hombre, sino  la explotación del planeta por el hombre, y la explotación del pasado por el presente. Vivimos de unos recursos agotables que, además de explotación pasada del hombre por el hombre que nos ha hecho, son otra historia acumulada que también llevamos a cuestas. Y potencialmente muy trágica.


Man Never Is

Resuelto el misterio de los asesores

miércoles, 19 de marzo de 2014

Resuelto el misterio de los asesores

Nadie entendía para qué necesitaba Zapatero 600 asesores, Gallardón 400 y Rajoy los cientos y cientos que tenga. Todos los comentaristas políticos tirándose de los pelos, llamándoles cuentistas, hablando de despilfarro inexplicable—sobre todo habida cuenta de que al parecer no les asesoraban gran cosa, y en todo caso tampoco siguen sus recomendaciones... Pero la razón es muy sencilla, la explicó Thorstein Veblen en 1899, en su Teoría de la Clase Ociosa:

"La posesión y mantenimiento de esclavos empleados en la producción de bienes es señal de riqueza y valía, pero el mantenimiento de siervos que no producen nada es prueba de que se posee todavía más riqueza y más alta posición. Al amparo de este principio surge una clase de sirvientes, cuanto más numerosa mejor, cuya sola función es prestar servicios estúpidos a la persona de su propietario, para demostrar así la capacidad que éste tiene de consumir improductivamente una gran cantidad de servicio. De ahí proviene una división del trabajo entre los sirvientes o dependientes, cuya vida se emple en mantener el honor del caballero ocioso: mientras un grupo produce bienes para él, otro grupo, generalmente encabezado por la esposa, o por la esposa principal, consume para él viviendo en ociosidad ostensible. De este modo se demuestra la capacidad del amo para asumir un enorme gasto pecuniario sin que ello afecte su magnífica opulencia." (p. 85-86)


¡Anda iros a esparragar!


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Ventajas de la autoestima

miércoles, 26 de febrero de 2014

Ventajas de la autoestima


autoestima 


La autoestima, incluso en su versión fuerte manifestada en autoengaño, es adaptativa. Es bueno tener una opinión excelente de lo nuestro, aunque no esté justificada. Así lo explican Juan Luis Arsuaga y Manuel Martín-Loeches en esta sección de su libro La Huella Indeleble, "Yo y mis circunstancias":

La "personalidad", la "persona", el "individuo" o el "yo"; con estos términos vive y lucha día a día el ser humano. Un juego entre el "yo" y los demás, y a veces contra sí mismo. Esta lucha se centra muchas veces en conseguir que los demás tengan una buena imagen de uno mismo. Buscamos que nos admiren, que nos hagan "alabanzas", y evitamos los "vituperios". Cómo nos vean los demás influye en sus comportamientos hacia nosotros. Pero también influye en cómo nos vemos a nostros mismos, lo que a su vez repercute en nuestro propio comportamiento. Por esta razón hay una gran relación entre la autoestima y el rendimiento, algo que probablemente sea exclusivo del ser humano. Una autoestima elevada puede conseguir vencer dificultades enormes, otorgar fuerzas suplementarias. Y, por supuesto, hacer que nos sintamos satisfechos y, por consiguiente, con mejor estado de ánimo. Hay abundante evidencia experimental que indica que el buen estado de ánimo nos vuelve más flexibles e inventivos y más placenteros para los demás, lo que a su vez mejoraría la imagen que ellos tienen de nosotors, con su consiguiente efecto en nuestra autoestima. Caben pocas dudas, por tanto, de que tener una buena autoestima resulta muy adaptativo para el ser humano.

Pero muchas veces no se conseguiría una buena autoestima si no fuera por una serie de mecanismos mentales que utilizamos para defendernos a nosotros mismos. Lo que hacen estos mecanismos, en general, es buscar justificación para todos nuestros actos, pero con el fin de que siempre salgamos airosos—si funcionan bien—. Intentaremos creernos responsables de lo bueno y sin culpa de lo malo. Esta es quizá una de las aportaciones más valiosas de Sigmund Freud y que aún se respeta desde el ámbito científico. Él los llamó, precisamente, los mecanismos de defensa. Acciones mentales como echar la culpa a otros o a las circunstancias, o bien ignorar determinadas cosas o darles excesivo peso a otras, son algunos de los mecanismos que nuestra mente utiliza para mantener íntegra y en buenas condiciones la idea que nos hacemos de nosotros mismos. Está en juego nuestra autoestima. Quien se encargaría de estas funciones según Michael Gazzaniga no podía ser otro que el intérprete del hemisferio cerebral izquierdo. Para este autor, la cuestión esencial aquí es que los seres humanos estamos motivados para pensar racionalmente, pero—cuidado—no para llegar a la verdad; lo realmente importante sería salir bien situados socialmente. Por lo tanto, el cerebro sería antes una máquina para ganar discusiones que para encontrar la verdad. La competencia dentro del grupo aparece una vez más como una fuerza moldeadora del comportamiento humano.



Somos de lo más



Engañándonos de buena fe

miércoles, 19 de febrero de 2014

Engañándonos de buena fe


de buena fe
Engañándonos de buena fe

Nacidos para engañarnos, a nosotros mismos y al vecino—el autoengaño, el sincero engaño y el engaño maquiavélico, son los tres ventajosos desde el punto de vista de la lucha por la existencia y por la reproducción. Esta es la sección "Mentes maquiavélicas" del libro EL SELLO INDELEBLE, de Juan Luis Arsuaga y Manuel Martín-Loeches. Links added:

¿Cuál es entonces la utilidad de la conciencia? Según afirma el neurólogo Chris Frith en su libro Descubriendo el poder de la mente (2007), la respuesta es muy evidente: tenemos conciencia y nos creemos agentes con voluntad e intenciones, sin que nada de esto sea cierto, pero sirve para creernos que se puede ser culpable de algo, tanto si es bueno como si es malo. Este fenómeno de "culpabilidad ficticia" facilitaría y potenciaría las relaciones sociales y la convivencia dentro del grupo, pues nos ayudaría a controlar nuestro comportamiento social, algo que es primordial en nuestra especie. La consciencia, pues, solo sería una ilusión creada por nuestro cerebro. Como lo sería la división entre lo mental y lo físico. Para Frith, esta división también es falsa. De hecho, tampoco tenemos acceso al mundo real, pero tenemos la ilusión de que sí. A lo único que tenemos acceso es a nuestro modelo cerebral del mundo, de los otros y de nosotros mismos, que no serían más que construcciones cerebrales basadas en lo que le llega a nuesto cerebro desde los sentidos y su integración con nuestros conocimientos y experiencias pasadas.

Además, si bien es cierto que el ser humano destaca por su capacidad para la cooperación, para comprender la mente de los demás y para hacer que los demás entiendan la suya, también es cierto que las relaciones humanas están lejos de ser idílicas. Difícilmente los grupos humanos son un paraíso en el que todos colaboramos y nos ayudamos. Muchas de las habilidades y mecanismos para entender la mente de los demás se emplean, de facto, para manipular sus mentes en beneficio propio. Y para que no manipulen la nuestra, para detectar el engaño. la búsqueda del beneficio propio y del engaño son dos fenómenos harto frecuentes en todos los grupos humanos.

En el reino animal, solo mienten los simios y los humanos. Pero mientras que en los primeros la mentira parece algo ocasional o muy raro, en nuestra especie más bien abunda. Incluso nos mentimos a nosotros mismos, algo que ningún otro ser vivo del planeta es capaz de hacer, y muchas veces sin que seamos conscientes de ello. Aprndemos a mentir desde niños, inducidos y guiados por los adultos. Ponemos a un niño al teléfono y le decimos: "Dile a la abuelita que la quieres mucho". Forma parte de la conducta social cotidiana del ser humano. El lenguaje humano, por sus características, es muy propicio para mentir, pues habla de situaciones, de objetos, de personas o de lugares que no están a la vista. En palabras de Gary Marcus, los abogados inteligentes saben que no existe el contrato perfecto: se redacte como se redacte, nunca se conocen absolutamente todas las normas y leyes que pueden ser aplicables, y muchas de estas son más bien ambiguas, contradictorias, con un alto grado de incertidumbre; siempre hay lugar par el engaño. Todos sabemos que en un juicio un buen abogado, con las mismas leyes, no obtiene los mismos resultados que uno malo.

El engaño y los mecanismos para detectarlo son complejos en la especie más mentirosa del planeta. Cuando mentimos, muchas veces se nos "escapan" de manera inconsciente e involuntaria expresiones faciales y corporales. Duran apenas unos milisegundos, pero manifiestan la verdadera emoción que siente quien miente, pero que intenta reprimir. Le delatan. Curiosamnte, de esas microexpresiones que se nos escapan no son conscientes ni el emisor ni el receptor, pero sus cerebros sí las detectan. Esto vuelve al mentiroso más inseguro y al engañado, más suspicaz, aunque ni uno ni otro sepan decir por qué. Somos capaces de detectar en los otros movimientos oculares de apenas dos milímetros a un metro de distancia, lo que nos permite detectar sutilmente las pequeñas desviaciones de la mirada que realiza un mentiroso sin saberlo. No obstante, en este comportamiento tan complejo hay una gran variabilidad. Hay quien controla mejor o peor los mensajes corporales que delatan su mentira—y su suspicacia—. Normalmente se controla el engaño de manera deliberada, y se puede comprobar como la activación cerebral en estos casos es superior en ciertas regiones prefrontales del cerebro, reflejando el enorme esfuerzo que se está realizando para no delatarse. También parece que hemos desarrollado la posibilidad de impedir que afloren en nuestra mente nuestros propios puntos de vista durante una conversación, principalmente con el fin de no expresar emociones que pudieran delatarnos.

En numerosas ocasiones, con mucha más frecuencia de lo que solemos creer, el autoengaño es real, es decir, que nos llegamos a creer realmente nuestras propias mentiras. Esto hace que el engaño sea aún más difícil de detectar; entre otras cosas, porque resultamos más convincentes al no exhibir esas microexpresiones que nos delatan. Este comportamiento tan exquisito beneficia al individuo, pues no solo le hace más creíble ante los demás, sino que se autoprotege, mejora su autoestima e incluso su humor y, con ello, su salud mental y su rendimiento. Probablemente, el intérprete del hemisferio cerebral izquierdo tenga la culpa una vez más de este curioso comportamiento. Un comportamiento que, aunque quizá sea algo retorcido, es muy útil para salvaguardar íntegra una mente muy vulnerable y sensible, especialmente al contenido de las mentes de los demás.


Teoría paranoica de la observación mutua

 


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