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Filosofía

"L'Identité malheureuse" Alain Finkielkraut

martes, 31 de mayo de 2016







Del sentido de la vista (La semiótica de la visión en Adam Smith)

martes, 31 de mayo de 2016

Del sentido de la vista (La semiótica de la visión en Adam Smith)

 

Fragmento de la sección sobre la vista del ensayo de Adam Smith "De los sentidos externos." En Smith, Ensayos filosóficos. Madrid: Pirámide, 1998. 137-72.  Se encuentran aquí interesantes precedentes de la concepción interaccional de los sentidos que aparece en la filosofía de H. G. Mead—del mismo modo que Berkeley es un precedente pasmoso de la fenomenología a principios del siglo XVIII.

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DEL SENTIDO DE LA VISTA

El Dr. Berkeley en su Nueva Teoría de la Visión, uno de los mejores ejemplos de análisis filosófico que cabe encontrar en nuestra lengua o en cualquier otra, ha explicado con tanta precisión la naturaleza de los objetos de la vista, sus diferencias y sus correspondencias y nexos con los del tacto, que apenas tengo nada que añadir a lo que ya se ha dicho. Si he tenido la presunción de abordar el mismo asunto después de un maestro tan insigne es sólo para que algunas de las cosas que diré más tarde resulten inteligibles a los lectores que puedan no haber tenido la oportunidad de estudiar su libro. Lo que tenga que exponer sobre el tema, si no ha sido tomado de él directamente, al menos ha sido sugerido por lo que él ha escrito.

(...)


El benévolo objetivo de la naturaleza al concedernos el sentido de la vista es evidentemente informarnos acerca de la posición y distancia de los objetos tangibles que nos rodean. Del conocimiento de esa distancia y posición depende toda la conducta de la vida humana, en los asuntos más triviales tanto como en los más relevantes. Incluso el movimiento animal depende del mismo, y sin él no podríamos movernos y ni siquiera estar quietos con total seguridad. Los objetos de la vista, como subraya acertadamente el Dr. Berkeley, constituyen una suerte de lenguaje que el autor de la naturaleza dirige a nuestros ojos y por medio del cual nos informa acerca de muchas cosas, cuyo conocimiento resulta para nosotros de la mátima importancia. Así como en el lenguaje corriente las palabras o sonidos no guardan semejanza alguna con las cosas que denotan, en este otro lenguaje los boejtos visibles no guardan similitud alguna con el objeto tangible que representan y de cuya posición relativa nos informan—con respecto a nosotros mismos o algún otro objeto.

Admite que aunque virtualmente no existe palabra que por naturaleza esté mejor preparada para expresar un significado que otro, ciertos objetos visibles están mejor preparados que otors para representar ciertos objetos tangibles. Un cuadrado visible, por ejemplo, es más idóneo que un círculo visible para representar un cuadrado tangible. Quizá no exista, hablando con propiedad, un cubo visible o un globo visible, y los objetos de la vista son todos presentados naturalmente a nuestros ojos como si estuvieran sobre una superficie. Pero a pesar de todo existen ciertas combinaciones de colores preparadas para representar al ojo tanto al cubo tangible cercano como al disante, tanto sus líneas, ángulos y superficies que avanzan como las que retroceden; y hay otras perparadas para representar del mismo modo tanto la superficie del globo tangible que se aproxima como la del que se aleja. La combinación que representa al globo tangible no servirá para representar al cubo tangible. Aunque pueda no haber semejanza, entonces, entre los objetos visibles y tangibles, existe una suficiente afinidad o correspondencia entre ellos para hacer que cada objeto visible sea más idóneo para representar un cierto objeto tangible en concreto antes que ningún otro objeto tangible. Pero la gran mayoría de las palabras parecen no mantener ninguna clase de afinidad o correspondencia con los significados o ideas que expresan; y si la costumbre así lo ha ordenado, también podrían con igual propiedad ser utilizadas para manifestar cualquier otro significado o idea.

El Dr. Berkeley, con esa facilidad para la ilustración que casi nunca lo abandona, destaca que esto en realidad no es más que lo que ocurre en el lenguaje corriente; y que aunque las letras no son en nada parecidas a las palabras que denotan, a pesar de ello la misma combinación de letras que representa una palabra no siempre será apta para representar otra; y que cada palabra es mejor representada siempre por su propia combinación de letras. La comparación, empero, resulta aquí totalmente alterada. El nexo entre los objetos visibles y tangibles fue ilustrado primero mediante la comparación entre el lenguaje hablado y los significados o ideas que el lenguaje hablado nos sugiere; yha ahora es ilustrado mediante la conexión entre el lenguaje escrito y el oral, lo que es totalmente diferente. Además, ni siquiera esta segunda ilustración se aplica perfectamente al caso. Es verdad que cuando la costumbre ha determinado exactamente las potencialidades de cada letra, cuando ha estipulado, por ejemplo, que la primera letra del alfabeto siempre ha de representar tal sonido, y la segunda letra tal otro sonido; cada palabra llega entonces a ser representada por una cierta combinación de letras o caracteres escritos más correctamente que por ninguna otra combinación. Pero aun los caracteres mismos son totalmente arbitrarios, y no tienen afinidad o correspondencia de ninguna clase con los sonidos articulados que denotan. El carácter que señala la primera letra del alfabeto, por ejemplo, si la costumbre así lo hubiese ordenado, podría con total propiedad haber sido utilizado para expresar el sonido que hoy anexamos a la segunda, y el carácter de la segunda para expresar el que hoy anexamos a la primera. Pero los caracteres visibles que representan ante nuestros ojos el globo tangible no representarían tan bien el cubo tangible; y los que representan el cubo tangible no representarían con tanta propiedad el globo tangible. Existe, pues, evidentemente, una cierta afinidad y correspondencia entre cada objeto visible y el objeto tangible concreto por él representado, muy superior a la que tiene lugar entre el lenguaje escrito y el oral, o entre el lenguaje hablado y las ideas o significados que sugiere. El lenguaje que la naturaleza dirige hacia nuestros ojos tiene claramente una idoneidad representativa, una aptitud para significar las cosas precisas que denota, muy superior a la de cualquiera de los lenguajes artificiales que el arte e ingenio humanos han sido capaces de inventar hasta hoy.

El que esta afinidad y correspondencia entre los objetos visibles y tangibles no puede de por sí, y sin la asistencia de la observación y la experiencia, enseñarnos a inferir por cualquier esfuerzo racional qué objeto tangible preciso es representado por cada objeto visible, si no es suficientemente evidente por lo dicho hasta aquí, lo será completamente a partir de las observaciones del Sr. Cheselden sobre el joven ya mencionado que operó de cataratas. "Aunque decimos que este caballero estaba ciego—afirma el Sr. Cheselden—como lo hacemos de todas las personas que padecen cataratas, en realidad nunca están por tal causa ciegos, sino que pueden discernir el día de la noche; y en la mayoría de los casos pueden con una luz potente distinguir el blanco, el negro y el escarlata; pero no pueden percibir la forma de ninguna cosa, porque la luza a la que se efectúan tales percepciones entra oblicuamente a través de humor ácueo, o la superficie anterior del cristalino (por la que los rayos no pueden enfocarse sobre la retina), y no pueden discernir, como no podría un ojo sano a través de un cristal lleno de jalea, donde una gran variedad de superficies refractan la luz de modo tan diferente que los numerosos haces de rayos no pueden ser recogidos por el ojo en su foco apropiado; de ahí que la forma de un objeto en tal caso no puede ser percibida en modo alguno, aunque su color sí; y así fue cómo este joven, aunque conocía esos colores separados a la luz del día, cuando lo vio después de la operación, las ligeras ideas que tenía antes sobre ellos no le resultaban suficientes para reconocerlos después; y por eso creía que no eran los mismos que antes había conocido con tales nombres". Este joven, pues, tenía alguna ventaja sobre la persona que de un estado de ceguera total pasa a ver por primera vez. Tenía una noción imperfecta de la distinción entre colores; y debió saber que esos colores poseían alguna clase de conexión con los objetos tangibles que que se había acostumbrado a sentir. De haber emergido de una ceguera completa sólo podría haber aprendido esta conoexión a partir de un curso prolongado de observación y experiencia pero lo poco que dicha ventaja le sirvió queda claro en parte de los pasajes del relato del Sr. Cheselden ya citados, y del siguiente:

"Cuando vio por primera vez—afirma este diestro cirujano—ponderaba tan mal las distancias que pensaba que todos los objetos tocaban sus ojos (así lo decía) como sentía que lo hacían con su piel; y creía que no había objetos tan agradables como los suaves y regulares, aunque no podía formarse una opinión sobre su forma o averiguar qué era lo que en cualquier objeto le agradaba. Desconocía la forma de todo y no distinguía una cosa de otra, por distintas que fueran su forma o magnitud; pero cuando se le apuntaban las cosas cuya forma conocía él antes por el tacto, las observaba cuidadosamente, de modo de reconocerlas después; aunque como debía familiarizarse con mucho objetos a la vez, olvidaba a bastantes de ellos; y (como él decía) primero aprendía a conocer, y después se olvidaba de mil cosas al cabo del día. Relataré sólo una circunstancia (aunque pueda parecer insignificante): al haberse olvidado muchas veces cuál era el gato y cuál el perro, sentía vergüenza de preguntar; entonces tomaba al gato entre sus manos (conocía su tacto), lo miraba con resolución, y después lo dejaba en el suelo diciendo: minino, ya sabré quién eres la próxima vez".

Cuando el joven declaraba que los objetos que veía tocaban sus ojos ciertamente no quería decir que presionaban o resistían contra sus ojos; porque los objetos de la vista nunca actúan sobre el órgano en ninguna manera que se asemeje a la presión o la resistencia. No podía querer decir más que estaban cerca de sus ojos o, para hablar con más propiedad, quizá, que estaban en sus ojos. Una persona sorda que pudiera de pronto oír, podría del mismo modo naturalmente proclamar que los sonidos que oye tocan sus oídos, queriendo decir que los siente cerca de ellos o, por decirlo con más propiedad, quizá, dentro de ellos.

El Sr. Cheselden añade después: "Pensamos que pronto se daría cuenta de lo que eran los cuadros que se le mostraban, pero comprobamos más tarde que estábamos equivocados; dos meses después de la operación descubrió que representaban cuerpos sólidos, cuand ohasta ese momento los consideraba sólo planos multicolores, o superficies con una diversidad de pinturas; e incluso entonces quedó sorprendido, porque esperaba que los cuadros serían al tacto como las cosas que representaban y se admiró al verificar que las partes que por su luz y su sombra parecían redondas e irregulares, al tacto eran tan planas como el resto; y preguntó cuál era el sentido que engañaba, el tacto o la vista".

La pintura, al combinar luz y sombra, análogamente a lo que hace la naturaleza en los objetos visibles que nos presenta, procura imitar esos objetos; pero nunca ha sido capaz de igualar la perspectiva de la naturaleza, o de proporcionar a sus producciones la fuerza y claridad de relieve y proyección que la naturaleza confiere a las suyas. Cuando el joven empezaba a comprender la intensa y nítida perspectiva de la naturaleza, la tenue y débil perspectiva de la pintura no le impresionó nada, y el cuadro le pareció lo que en realidad era: una superficie plana salpicada con varios colores. Cuando se familiarizó más con la perspectiva de la naturaleza, la inferioridad de la de la pintura no le impidió descubrir su semejanza con la de la naturaleza. En la perspectiva de la naturaleza había observado que la posición y distancia de los objetos tangibles y representados se correspondían exactamente con la que los objetos visibles y representantes le sugería. Esperaba ver la misma cosa en la perspectiva similar aunque inferior de la pintura, y le desilusionó el comprobar que en este caso los objetos visibles y tangibles no manifestaban su correspondencia habitual.

"Un año después de ver —agrega el Sr. Cheselden— el joven caballero fue llevado a Epsom-downs, y al observar un vasto panorama disfrutó con él sobremanera, y lo llamó una nueva clase de visión". Es obvio ue en ese momento ya había comprendido perfectamente el lenguaje visual. Los objetos visibles que esa amplia perspectiva le presentaba no parecía ya que tocaran el ojo o que estuvieran cerca de él. Ya no parecían de la misma magnitud que aquellos objetos a los que se había acostumbrado poco después de su operación, en el pequeño cuarto donde se hallaba confinado. Esos nuevos objetos visibles a un mismo tiempo y como si fuera espontáneamente asumían tanto la distancia como la magnitud de los grandes objetos tangibles que representaban. Parece, pues, que había llegado a controlar completamente el lenguaje visual, y lo había hecho al cabo de un año, un períoodo mucho más breve que el que requeriría cualquier persona adulta para aprender totalmente un idioma extranjero. También parece que hizo grandes progresos incluso en los dos primeros meses. En ese primer período empezó a comprender hasta la tenue perspectiva de la pintura; y aunque al principio no podía distinguirla de la poderosa perspectiva de la naturaleza, no pudo haber sido así engañado por una imitación tan imperfecta si los grandes principios de la visión no hubiesen sido antes profundamente impresos en su mente, y si no hubiera estado, por asociación de ideas o algún otro principio ignoto, firmemente resuelto a esperar ciertos objetos tangibles como consecuencia de los visibles que se le habían presentado. Este rápido progreso puede ser quizá explicado por esa preparación para la representación, que ya ha sido destacada, entre los objetos visibles y tangibles. Cabe decir que en este lenguaje de la naturaleza las analogías son más perfectas; las etimologías, las declinaciones y las conjugaciones, por así decirlo, son más regulares que las de ningún lenguaje humano. Hay menos reglas y las que hay no admiten excepciones.

(...)


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Sobre esta cuestión hay que tener en cuenta también el debate en torno al "problema de Molyneux", una paradoja sobre la cual la postura de Adam Smith (y la de Berkeley, por otra parte) parece bastante clara. Ver la conferencia de Carmen Baños, "El problema de Molyneux", YouTube (fgbuenotv) 9 Feb. 2016.*
    https://youtu.be/_9mjxZT62c4
    2016


 

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Tomás García López - Los fundamentos de la guerra y los fundamentalismos belicistas y pacifistas

sábado, 28 de mayo de 2016






Con respecto al final de la conferencia. A pesar de la inteligencia del análisis, toda finura se pierde cuando se confunde la oposición a la guerra injusta con la oposición a la guerra. En las protestas contra la guerra de Irak se juntaban protestas contra la guerra en general (o sea, pacifistas propiamente hablando) con protestas contra la guerra injusta (postura argumentable desde los mismos presupuestos del conferenciante, por no hablar de los propios mea culpa de Aznar y de Blair, y las evidencias de manipulación que ya eran evidentes entonces y se demostraron ampliamente después) y contra la guerra imprudente. Porque una guerra justa puede ser imprudente, y a los resultados me remito.


En fin, que el mero análisis lógico no nos exime de sopesar las circunstancias detalladas de cada conflicto, y las guerras no pueden dividirse con tal nitidez entre tipos lógicos estancos, por mucho que éstos ayuden a la conceptualización.

No Mentirás al Asesino (Thou Shalt Not Lie to the Killers)

Viernes, 27 de mayo de 2016

No Mentirás al Asesino (Thou Shalt Not Lie to the Killers)

Presentamos una crítica de las nociones de Kant sobre el deber de decir la verdad y la inmoralidad de la mentira, así como de los principios éticos rigoristas y universalistas en el que se basan dichas nociones. El razonamiento de Kant sobre la veracidad y las mentiras se basa en una falacia consistente en superponer las decisiones prácticas (sobredeterminadas por circunstancias de la acción y por una diversidad de principios morales) y los principios universalistas considerados en su abstracción. El artículo en el que rechaza la moralidad de las mentiras filantrópicas revela claramente las debilidades y absurdos del rigorismo universalista en tanto que guía para la ética práctica. Sostenemos sin embargo que la veracidad rigurosa es deseable en tanto que principio rector de los procesos judiciales.

 

 

 No Mentirás al Asesino

http://ssrn.com/abstract=2783679

 

Jose Angel Garcia Landa


Universidad de Zaragoza

May 24, 2016

Ibercampus, May 23, 2016


English abstract:

Thou Shalt Not Lie to the Killers

This is a critique of Immanuel Kant's notions on the duty of truth-telling and the immorality of lies, and of the rigorist and universalist ethical principles on which these notions are based. Kant's reasoning on truth-telling and lying is based on a fallacy which conflates practical decision-making (which is over determined by the circumstances of action and by a variety of moral principles) and an abstract consideration of universalist principles. His paper rejecting the morality of philanthropic lies evinces the weaknesses and absurdities of universalist rigorism as a guide to practical ethics. Rigorous truth-telling should nonetheless be sustained as a normative requirement in trials and lawsuits.


Note: Downloadable document is in Spanish.
 
Number of Pages in PDF File: 9







_____. "No mentirás al asesino." Academia 27 May 2017.*
         2017
_____. "No mentirás al asesino." ResearchGate 28 May 2017.*
         2017










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'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas ('How Things Hang Together': The Connection of Everything)

jueves, 26 de mayo de 2016

'How Things Hang Together': La conexión de todas las cosas ('How Things Hang Together': The Connection of Everything)

Exponemos las nociones filosóficas de symploké y conectivismo, en su relación con (1) los sistemas naturales y las máquinas mentales, los mapas cognitivos y los modelos; (2) la estilística cognitiva y la integración conceptual, y (3) la noción de consiliencia propuesta por E. O. Wilson (1998). del saber. En los ensayos filosóficos sobre la historia de la ciencia de Adam Smith vemos un importante precursor de la teoría cognitivista de mapas y modelos, y del ideal de consiliencia en la filosofía de la ciencia.


conexionde José Angel García Landa


Universidad de Zaragoza

May 24, 2016

Ibercampus, May 21, 2016

 


English abstract: 

'How Things Hang Together': The Connection of Everything

This paper deals with the philosophical notions of symploké and connectionism, as they relate to 1) natural systems and mental machines, cognitive maps and models; 2) cognitive stylistics and conceptual integration; and 3) to E. O. Wilson's (1998) notion of consilience. Adam Smith's philosophical essays on the history of science are seen here as an important precursor of the cognitivist theory of maps and models, and of the ideal of consilience among philosophers of science.

Note: Downloadable document is in Spanish.
 

Number of Pages in PDF File: 14
Keywords: Adam Smith, Philosophy, Consilience, Connections, Conceptual integration, Cognition, Maps, Models, Theories, Knowledge, Science, Theory of Science








How Things Hang Together



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Daniel Dennett - The Last Resort of Humanity (A Glorious Accident)






You Kant Lie to Criminals

lunes, 23 de mayo de 2016

You Kant Lie to Criminals

No Mentirás al Asesino

O: por qué, aunque en principio sea bueno tener principios morales, el atenerse demasiado a los principios puede ser el final de la moral.

Según el razonamiento de Immanuel Kant en su artículo "Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía", si unos asesinos buscan a nuestro amigo que se ha escondido en nuestra casa, y nos preguntan si sabemos dónde está, debemos decirles la verdad. Para actuar rectamente, porque si no ofendemos a la Verdad. Lo que hagan los asesinos luego, sostiene Kant, es cosa de ellos, y si mi amigo muere es por obra de una causalidad que no está bajo mi control. Allá los asesinos con sus asesinatos.

El razonamiento de Kant se basa en un universalismo moral abstracto, y podría pensarse que está aislando el "ingrediente" de daño a la verdad en esa acción concreta, y justificar que simplemente en principio y en abstracto la verdad es preferible a la mentira. Pero no. Lo que se esfuerza en sostener es precisamente lo que he descrito en el párrafo anterior. Y así sentencia:

"La veracidad en las declaraciones que no pueden eludirse [¡¡obsérvese que ni siquiera distingue si nos fuerza a esa declaración una autoridad legítima o ilegítima!!] es un deber formal del hombre para con cualquier otro [para con Jack el Destripador, pongamos], por grave que sea el perjuicio que para él o para otro pueda seguirse de ellas" (352).

Basándolo en el universalismo abstracto, sí, pero la ceguera moral de Kant es que coloca ese universalismo abstracto por encima de cualquier otra consideración en lo que presenta como un caso concreto (que para eso se introduce el ejemplo, en lugar de un análisis descontextualizado de verdad y mentira). El daño a la "veracidad", daño abstracto, se convierte en el criterio que habría de determinar mi conducta concreta.

Es obvio que algo había funcionando muy mal, pero que muy mal, en esa gran cabeza. O en el corazón de esa gran cabeza.

Curiosamente, Adam Smith da muchas vueltas a una cuestión parecida en su Teoría de los Sentimientos Morales, y con un rigorismo universalista en principio no muy distinto. (Allí el ejemplo es si debo cumplir mi palabra de caballero de pagar una fortuna a un secuestrador, una vez me haya liberado). Sin embargo, su tratamiento de la cuestión, aun si puede parecer absurdo e incluso perverso, no llega ni con mucho al nivel de perversión mental de Kant, pues Smith comprende perfectamente que (aunque los principios abstractos resultasen dañados, y ello nos pueda avergonzar) a veces las situaciones prácticas requieren semejantes componendas, por las que unos bienes tienen que contrapesarse con otros, y no hay uno que se imponga por axioma sobre todos los demás —no en virtud de esa perversa interferencia entre reglas abstractas y casos concretos que hemos visto en Kant.

En Kant el debate era con Benjamin Constant, que se escandalizaba por esta afirmación de Kant (y también de J. D. Michaelis antes que de Kant). Para Constant, "Decir la verdad no es, pues, un deber más que para con aquellos que tienen derecho a la verdad. Ahora bien, ningún hombre tiene derecho a una verdad que perjudica a otro." Con la primera frase podemos estar de acuerdo, pues (aquí) no consideramos que todo el mundo tenga derecho a cualquier verdad en todo momento; la segunda frase en cambio nos lleva a otro tipo de rigorismo abstracto, y es, sin más, falsa... en muchas situaciones en las que se determina el derecho.  Por ejemplo, quizá los asesinos resulten perjudicados si después del crimen se esconden en mi casa, y yo le digo a la policía la verdad de dónde están. Como se ve, en su razonamiento de oposición a Kant, Constant desbarraba igual que él por la vía del rigorismo abstracto. Y de hecho Kant le reprocha su inconstancia, pues en su teoría constitucionalista, Constant (gran teorizador político, también) sostiene románticamente que en política "Un principio reconocido como verdadero no debe, pues, abandonarse nunca, sea cual fuere su peligro aparente"—otra máxima ésta que podemos decir que si es muy kantiana, es poco maquiavélica y en realidad inaplicable y absurda.  Pero es rigorista, y por eso a Kant le va, y le reprocha a Constant que no sea constante en su rigorismo.

Kant apela a que el daño a toda la Humanidad que se produce cuando se miente es mayor que cualquier daño local que pueda resultar de mentir por filantropía. Evidentemente en la cuenta de resultados no tiene en cuenta el bien realizado a la Humanidad cuando se miente, otra suma igualmente imponderable que habría que añadir al bien realizado a nuestro amigo en ese caso concreto al impedir que lo encuentren los asesinos.

Pero aquí Kant lo está subordinando todo a su principio (su hobby-horse, que diría Sterne). Con cualquier mentira, tiemblan los fundamentos de la sociedad. Es más, nos condena desde su atalaya rigorista, por falsarios:

"El que acepta la pregunta a él dirigida por otro de si pretende o no ser veraz en la declaración que ahora ha de hacer y no se indigna por la expresada sospecha de que bien podría él ser un embustero, sino que reclama la venia de concebir posibles excepciones para él, es ya un embustero (in potentia)." (355)

Y de hecho no le falta razón, pues todos (menos Kant, que no tenía vida social ni vida propia) somos embusteros in potentia y en acto, no sólo en ese caso de mentira ética sino en muchos otros menos justificables éticamente—de hecho hay un continuo entre las mentiras universalmente justificables (para todos menos para Kant) y las que sólo justificaría el interesado; es un gris continuo de juicios prácticos en el que es inútil esperar encontrar principios universales que separasen claramente (para todos) la mentira moral de la perniciosa. (Y ello sin entrar en la cuestión de que lo que es moral para uno, en términos absolutos, bien puede ser pernicioso para otro). Al parecer ese continuo y ese pandemónium práctico es lo que Kant no puede concebir ni aceptar.

Es evidente que los juicios morales no funcionan a la manera que aquí supone Kant, superponiendo un principio abstracto, con exclusión de todos los demás principios abstractos, a una situación concreta y convirtiéndolo en regla única de comportamiento. Sólo los robots más ridículos de la ciencia-ficción serie B han razonado así—ellos, y Kant, en uno de sus momentos más lamentables y que más hacen sospechar de la cabeza de la Filosofía Occidental o de su desarreglo emocional y moral.

Pero es que aparte de lo erróneo del razonamiento abstracto, hay que leerse los detalles del comentario concreto sobre la situación que usa como ejemplo, para ver hasta qué punto toca fondo la lógica de Kant aquí, después de tanta Crítica de la Razón Pura:

"Pero esa mentira bondadosa puede también resultar por accidente (casus) punible según las leyes civiles; mas lo que escapa a la penalidad por mera casualidad puede también ser juzgado como injusto por las leyes exteriores. Así por ejemplo, si mediante una mentira tú has impedido obrar a alguien que se proponía cometer un asesinato, eres jurídicamente responsable de todas las consecuencias que puedan seguirse de ello. Pero si te has atenido estrictamente a la verdad, la justicia pública no puede hacerte nada, sea cual fuere la imprevista consecuencia de ello. ["Imprevista" es una palabra interesante aquí, que daría para mucho; pero por otra parte es evidente que Kant se está refiriendo a un tribunal de jueces rigoristas kantianos. El derecho aplicado da para más variedad.] En cambio, es posible que, después de haber respondido sinceramente que sí a la pregunta del asesino de si su perseguido se encontraba en tu casa, éste se haya marchado de manera inadvertida, de modo que el asesino no dé con él y, por tanto, no tenga lugar el crimen. [¿Y? se pregunta uno.] Pero si has mentido y dicho que no está en tu casa y aquél se ha marchado realmente (aun no sabiéndolo tú), de suerte que el asesino le sorprende en la fuga y perpetra en él su crimen, puede acusársete a ti con derecho como originador de la muerte de aquél. [Esperemos que no nos toque Kant de juez de guardia. Abundan como él en la profesión, por otra parte.] Pues si tú hubieras dicho la verdad tal y como la sabías, acaso el asesino, mientras buscaba a su enemigo en tu casa, hubiera sido atrapado por los vecinos que acudieran corriendo y el crimen se habría impedido. [O no, acaso lo habría matado, y tú tan satisfecho de no haber mentido. Aquí, extrañamente, en los ejemplos de Kant, sólo se consideran los imprevistos o implausibles que vienen a reforzar las consecuencias indeseables según él de faltar a la verdad, casi como por sincronicidad.] Así pues, el que miente, por bondadosa que pueda ser su intención en ello, ha de responder y pagar incluso ante un tribunal civil por las consecuencias de esto, por imprevistas que puedan ser. Pues la veracidad es un deber que ha de considerarse como la base de todos los deberes fundados en un contrato [¿el contrato prioritario que nos liga a los asesinos?], deberes cuya ley, si se admite la menor excepción a ella, se hace vacilante e inútil.
    El ser veraz (sincero) en todas las declaraciones es, pues, un sagrado mandamiento de la razón, incondicionalmente exigido y no limitado por conveniencia alguna. (Kant 352-3).

Un argumento parecido lo vio de modo muy diferente Hemingway en The Killers. Hay como una extraña y monstruosa hubris de Kant desautorizando las pequeñas buenas intenciones, por fallidas que puedan resultar, en favor de su propia buena intención abstracta, universal y deslocalizada y totalizadora, la respuesta a toda duda moral por vía de la apisonadora lógica. Y hay, sobre todo, una ceguera curiosa cuando elige para su ejemplo precisamente un caso en el que la verdad literal ayuda simultáneamente al crimen, a la traición a los amigos, y a la ofensa de las leyes—cuando parece que debería buscar al menos un intento de coherencia ya no digo entre ética y política, sino como mínimo una coherencia con esas otras máximas universalistas kantianas, el imperativo categórico que nos impulsa a a actuar según principios de reciprocidad que puedan darse por universales (un universalismo aquí mal aplicado, como vemos), y aquélla otra sobre "el respeto hacia nosotros mismos en la conciencia de nuestra libertad".

Dice algo sobre la naturaleza del universalismo de Kant, supongo, el hecho de que coja el toro por los cuernos directamente y vaya a por el ejemplo más extremo y más inaceptable, sin tan apenas prestar atención a factores intermedios entre la universalidad absoluta y la componenda individual—como podrían ser la legalidad o no de los hechos que podrían derivarse de nuestra mentira, o el que fuese esa mentira filantrópica algo más o menos aceptable socialmente, dadas las circunstancias concretas. El tema de la ley lo resuelve por la vía rápida, presuponiendo (y es mucho presuponer) que la ley jamás condenará una verdad y siempre condenará una mentira. Lo de las circunstancias sociales o la opinión, lo desprecia y es de hecho el objeto principal de su crítica.  Podría Kant haberse cuestionado por ejemplo si es aceptable en algún caso mentir a la justicia si la justicia es injusta—pero no, nos coloca no frente a la policía buscando a un criminal (los gendarmes de Brassens, quizá, "toi qui n'as pas applaudi lorsque les gendarmes m'on pris") ni siquiera frente a un vecino de Obabakoak escondiendo, por solidaridad interracista, a un etarra a quien busca la Guardia Civil, sino directamente frente a un asesino buscando a nuestro amigo. Para que se vea que no se anda con chiquitas, y que el mal está mal lo haga quien lo haga.

En todo tiene que haber medida, y si me parece rechazable y absurdo este rigorismo de Kant, por estar demasiado próximo a la ética del androide C3PO,  me parece mal asimismo un exceso de tolerancia con la mentira cometido no por un individuo concreto, él y su circunstancia, sino elevado a categoría de jurisprudencia, o jurisimprudencia —en el sistema legal español.

Entiendo que en un sistema jurídico racional, o razonable, no debería estar permitido mentirle a un juez. Que al margen de las consideraciones éticas o circunstanciales que pudieran llevar a alguien a mentirle a un juez, si esta mentira se descubre y queda acreditada, debería conllevar una pena adicional por entorpecimiento de la justicia. Esto sucede, por cierto, en estos sistemas judiciales donde se jura decir  "la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad"—no en el español, por cierto, que no usa biblias ni otros subterfugios para declarar directamente que es legítimo mentirle al juez en defensa propia.

A mí esto me parece aberrante, aberrante como tantas cosas en la Justicia española, y en los comportamientos generalmente aceptados ante la ley en España, que todo es uno. Que un particular estime llevar su defensa como bien lo estime oportuno, corriendo sus riesgos, lo puede entender cualquiera. Ahora bien, que el propio sistema jurídico se tenga en tan poco a sí mismo que dé facilidades para que se mienta por sistema a los jueces, sin que eso tenga consecuencias ni reproche penal... no, I can't. El sistema legal que establece esto carece de respeto hacia la justicia y hacia la verdad; se trata a sí mismo y al proceso judicial como una mera estrategia una mezcla de procedimiento kafkiano y de broma pesada—y no es de esperar que los ciudadanos lo vean de otra manera.

En suma, se puede mentir por filantropía, a un criminal desde luego, y hasta a los jueces y agentes de la autoridad: por filantropía o por elección moral, si creemos que las leyes no se atienen a lo que idealmente deberían ser. Pero un concepto de ciudadanía coherente requiere que la ruptura de la ley lleve consigo un precio, que no salga gratis. Lo mismo aquí que en el caso de la objeción de conciencia, o de la protesta que vulnera el orden público, lo coherente no es exigir impunidad, sino correr el riesgo y atenerse a las consecuencias. No es un derecho que se vaya a reconocer nunca, el de vulnerar la ley, pero hay casos en el que las leyes deben ser vulneradas. Incluso las más universales—aunque las consecuencias sean, a veces, trágicas. Cuáles son esos casos, eso no hay ley que lo vaya a decir, y ahí está el tira y afloja de los casos particulares, las prioridades personales, la coerción y el orden público. Una ecuación que debe resolverse con "el respeto hacia nosotros mismos" (y hacia los demás) "en la conciencia de nuestra libertad".


Immanuel Kant, "Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía." Trans. and notes by Juan Miguel Palacios. . Trans. and notes by Jacobo Muñoz Vega. In Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Crítica de la Razón Práctica. En torno al tópico: "Eso vale para la teoría, pero no sirve de nada en la práctica". Hacia la paz perpetua. Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía. Introd. Maximiliano Hernández. (Grandes Pensadores Gredos; Kant, II). Madrid: Gredos, 2010. Rpt. Barcelona: RBA, 2014. 349-55.



El buenismo aburre

 

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Opiniones sobre la verdad: La verdad vista desde el perspectivismo

lunes, 23 de mayo de 2016

Comentamos la noción relativista de la verdad tal como es expuesta por Ángel Cristóbal Montes, y criticamos las limitaciones de esta perspectiva, poniendo un énfasis adicional sobre las dimensiones interaccionales y consensuales de la verdad y de las aserciones sobre verdad, desde un posicionamiento teórico informado por el pragmatismo, el perspectivismo, y el interaccionismo simbólico.


 

                                  http://ssrn.com/abstract=2778082

 


English abstract: This is a commentary on the relativist approach to truth as expounded by Ángel Cristóbal Montes, and a critique of its limitations, with an additional emphasis on the interactional and consensual dimensions of truth and of statements about truth, from a theoretical standpoint informed by pragmatism, perspectivism, and symbolic interactionism.


 

 

Note: Downloadable document is in Spanish.
 

Number of Pages in PDF File: 11

Keywords: Truth, Pragmatism, Philosophy, Facts, Relativism, Perspectivism, Symbolic Interactionism


puentedesnudas

 

Reference Info: Ibercampus (May 4, 2016)


Date posted: May 12, 2016  

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Opiniones sobre la verdad



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