Sobre la honestidad de las corridas
martes 9 de noviembre de 2010
Sobre la honestidad de las corridas
Comentario que pongo en un artículo "Sobre los Toros" que se pronuncia a favor de las corridas:

Comentario que pongo en un artículo "Sobre los Toros" que se pronuncia a favor de las corridas:

Un debate de Libertad Digital, con Gabriel Albiac, Javier Gómez de Liaño y Agapito Maestre.
Parece la noticia de hoy en el 9º 9/11. Sobre la fiebre de quema de coranes, que aún no sé si han quemado alguno o no por fin, ver por ejemplo aquí un comentario en Libertad Digital (minuto 53). "El caso ha servido para demostrar la fragilidad de las relaciones entre cristianos y musulmanes", no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. Fragilidad será donde no andan a palos ya. Una frase divertida, sin embargo, sobre el orate de Florida "si quema coranes, como si quiere quemar mantas". Mientras sean sus coranes, y no los del vecino... más ventas que tendrá el Libro. Lo malo, claro, es el valor simbólico: que lo compras con tu ejemplar, pero no lo quemas, sino que lo enciendes.
Otro comentario interesante, sobre las declaraciones de Obama al respecto, lo hace Arcadi Espada. A su entender, Obama legitima, con sus recriminaciones, el desproporcionado valor simbólico que los integristas dan a su libro:
Noble posición, aunque semióticamente cuestionable. Frente a esto, podría argüirse que somos símbolos, y habitamos símbolos... La diferencia está en saberlo o en no saberlo: en habitar los símbolos de modo más crítico y reflexivo, o en hacerlo de modo más simplista, inconsciente y brutal. La eterna lucha contra la idolatría.
Yo me leí el Corán, mientras hacía la mili en el Regimiento Tarifa. Y lo único que recuerdo es que no me impresionó ni me interesó en absoluto—menos, desde luego, de lo que esperaba cuando decidí leérmelo, y no era mucho lo que esperaba. No niego que pueda tener su interés, para sus fieles evidentemente, o para los historiadores de los religiones, o para los filólogos arabistas—pero no recomiendo en absoluto su lectura por placer.
Ahora, para quien lo quiera leer, aquí está, en versión digital. Únicamente recomiendo no cerrar la ventana del navegador, ni apagar jamás el ordenador si abrís esa página, porque estaríais destruyendo una copia (digital) del Corán, cosa que podría ser muy mal vista por algunos idólatras.

Es al menos la opinión que manifiesta Teun A. van Dijk en su libro Ideología: Un enfoque multidisciplinar. Me están resultando especialmente interesantes las secciones sobre el papel de las élites en la formulación de las ideologías:
Son las élites las que tienen acceso privilegiado a los medios de comunicación, y son las que difunden, a menudo en forma indirecta u orientativa, los mensajes de dominación que luego encuentran una formulación más cruda, simplista o extremista en los grupos que comulgan con tales ideologías (el ejemplo en el que más se centra van Dijk es el racismo o el prejuicio contra los inmigrantes).
Las ideologías se ’inventan’ conjuntamente, por intereses de grupo, son formuladas incipientemente sobre la base de muchas experiencias compartidas, pero adquieren un desarrollo teórico explícito y elaborado en el discurso de unas minorías de elites e ideólogos—que a su vez refuerzan la concienciación de las masas. Aunque son ellos quienes dan forma específica a las formulaciones ideológicas, éstos discursos sólo calan y se vuelven influyentes si adquieren un cierto apoyo colectivo.
La dominación no es simple o unidireccional, sino que hay conflictos de ideologías, portavoces de grupos marginales frente a los de las ideologías dominantes. Y ahí es donde encontramos el problemático principio expuesto por van Dijk, o sea, la visión privilegiada o "clara" de los subalternos, frente a las manipulaciones de la ideología dominante. En el influyente concepto marxista de ideología, se asociaba ésta con una "visión engañosa" de la realidad, propalada por las clases dominantes para favorecer sus intereses y mantener el status quo. Lo cual presentaba el problema de la paradoja del observador: si la ideología distorsiona la realidad, ¿cómo pretender un status de verdad, no ideológico, para nuestro discurso sobre la ideología? El marxismo clásico sentaba la cuestión presentándose a sí mismo como una "ciencia" de las ideologías, no como una ideología más. Otras visiones más críticas, como la bajtinianaa, identifican ideología y producción discursiva—no hay discurso científico que esté sin contaminar por intereses ideológicos, sino que todo discurso brota en un ámbito de confrontación dialéctica con otros discursos, incluido nuestro propio discurso crítico sobre la ideología, el que pretende "presentar la verdad" sobre la misma. (Sobre estas cuestiones escribí algo en los felices ochenta, a cuenta de la teoría lingüística de V. N. Voloshinov, en el artículo "The Chains of Semiosis" y en unas notas sobre El marxismo y la filosofía del lenguaje).
Veamos ahora lo que dice van Dijk al respecto, en uno de los momentos del libro en los que se problematiza (aunque quizá sea mucho decir) la posición del observador, es decir, del analista de la ideología, en una sección del capítulo "Relaciones de grupo" (sección "Conflicto y lucha"):
(Inciso—esto podría leerse en clave de nuestras batallitas departamentales... El grupo dominante defiende sus intereses falseando deliberadamente la realidad, y sabe que lo hace—con lo cual se produce la corrupción intelectual de sus miembros, una variante de lo que Julien Benda llamaba la trahison des clercs, la traición de los intelectuales. El análisis de van Dijk vendría a concurrir con la apotegma clásica de que el poder corrompe, quizá con el corolario de que el poder en la academia corrompe incluso la visión clara de quienes aspiran a entender los mecanismos del poder, o a hacer análisis críticos sobre ellos. Continuemos).
Es decir, los intelectuales deberían al parecer (según van Dijk) ponerse del lado de las minorías para potenciar su claridad de visión. Y si con frecuencia no lo hacen, arguye van Dijk, es por su propia ubicación ideológica en las élites y los grupos dominantes:
Es un poco como el razonamiento de Hegel sobre la dialéctica el amo y el esclavo. El amo, mediante su dominación, se apropia de los bienes y del trabajo del esclavo, pero este mismo proceso de dominación lo aliena de la realidad—y es el esclavo el que permanece en contacto directo y privilegiado con la realidad de las cosas, y quien siembra las semillas del futuro.
Pero se aprecia aquí y en otros puntos del libro un cierto simplismo en el planteamiento de van Dijk—lo que podríamos llamar la otra traición de los intelectuales, a saber, un prejuicio a veces poco examinado por favorecer el complejo ideológico nebuloso de la progresía—antirracismo, feminismo, pacifismo, socialismo (o comunismo), tercermundismo, proinmigracionismo, anticapitalismo, antiimperialismo, etc.—como si tales elementos progresistas fuesen un bloque coherente o consistente entre sí Un simplismo que también aparece en la valoración positiva, a priori, de frases igualitarias idealistas, como "las mujeres y los hombres son iguales" o "los blancos y los negros son iguales" o "los musulmanes y los no musulmanes son iguales"—cuando, en principio, si fuesen iguales no estaríamos hablando de mujeres y de hombres, de blancos y de negros, o de musulmanes y de no musulmanes. Considérese, por ejemplo, la disyuntiva de tolerar o no tolerar comportamientos o regímenes criminales en nombre de la tolerancia a lo diferente. O, para la proposición "los hombres y las mujeres deberían tener derechos iguales", la contradicción que esta frase aparentemente feminista conlleva para las políticas de discriminación positiva, abogadas por algunos feminismos.
En estos casos, se detecta en van Dijk una tendencia (característica de una parte de la academia humanística) a presuponer que es el discurso oposicional, subalterno, no occidental, marginal, etc., el que lleva la razón, o el que debería contar, y cuenta, con la simpatía y afiliación del analista. Es una manera, quizá, de reconocer la ubicación ideológica del análisis, aunque no es muy satisfactoria por las muchas presuposiciones no analizadas que introduce.
En efecto, contra lo que se ha dicho, los grupos marginales o subalternos no tienen, a mi entender, un acceso privilegiado a la realidad de las cosas, en tanto que tales. Pueden tenerlo, puntualmente, en muchos casos—es decir, que puede ser real el fenómeno descrito por van Dijk, o por Hegel. Pero no es generalizable. Un grupo marginal también puede tener muchas otras relaciones con el grupo dominante. Puede tener una relación de parasitismo, por ejemplo. Puede tener una relación aislacionista, haciendo primar la coherencia del grupo sobre los lazos sociales más amplios, o sobre la relación racional con la realidad. Un grupo marginal puede ser retrógrado, aferrado a modos de vida o a nociones que han sido abandonadas por la generalidad de la sociedad, pero que en ese grupo concreto se perpetúan por intereses creados, por el control de las propias élites del grupo, etc. En suma, que la relación entre realidad, racionalidad, poder y subordinación no se presta a simplificaciones fáciles.
Más coherente parece por tanto este fragmento que sigue en van Dijk:
Con la verdad hemos topado, con la justicia y con la legitimidad. Vaya usted a definir qué es la verdad, o la justicia, o qué es legítimo..... Y estas cuestiones no pueden definirse objetivamente: el propio analista pertenece no a un grupo, sino a muchos, y está involucrado activamente en la definición de lo que es verdadero, justo y legítimo.
Recuerdo que en mi libro sobre Acción, relato, discurso,argumentaba yo contra la noción de que la ideología de un producto cultural sea algo que esté "en el interior" de ese producto, algo claramente aislable e identificable como su contenido ideológico: más bien la adscripción de ideología es el resultado de un análisis, y el análisis involucra tanto al objeto analizado como al analista. (Esto podría relacionarse también con la concepción interaccionista simbólica del significado). Vamos, que no es sencillo (o más bien, es simplista) comprender la ideología de un producto cultural, si no conocemos además la ideología de su analista, y si no nos conocemos a nosotros mismos como elemento involucrado en el análisis. Lo cual equivale a decir no que es imposible saber nada, pero sí que la realidad es bastante más complicada de lo que parece a primera vista, y más de lo que cabe en las teorías.

Sobre la Heterosexualidad Obligatoria, etc.
Me pregunta Lisbeth Másquisierayo-Salander en el Facebook:
— ¿Qué opinas del discurso de Beatriz Preciado, tú que estás más puesto en esas cosas y eres una persona con criterio?
— Buf, para criterios colores. Para opinar bien opinado habría que escribir un tratado. Pero así como opinión rápida, me parece que es talmente el discurso de Judith Butler traducido al español, y antes que el de ella el de Monique Wittig. Y por resumir en una pildorita: si el género es algo construido y arbitrario (que no lo es totalmente, apostillo), entonces el preciado discurso se autodesconstruye, porque cualquier construcción o convención genérica es tan buena o auténtica como cualquier otra. Las habrá sólo mayoritarias o minoritarias. Ni siquiera podremos decir que los géneros promovidos por el Orden Heterosexual carecen de sustancia, pues nunca podrían tener otra (según ese discurso) que la que tienen. O sea, que quien quiera ser minoritario habrá de ser por vocación (—o por naturaleza), pues la autenticidad sustancial no le avala más que a cualquier otro. Y los números menos.
Con sesenta años de antelación, la tenían cachada. El fragmento viene de "The Culture Industry: Enlightenment as Mass Deception", en Dialectics of Enlightenment.
The decorative industrial management buildings and exhibition centers in authoritarian countries are much the same as anywhere else. The huge gleaming towers that shoot up everywhere are outward signs of the ingenious planning of international concerns, toward which the unleashed entrepreneurial system (whose monuments are a mass of gloomy houses and business premises in grimy, spiritless cities) was already hastening. Even now the older houses just outside the concrete city centers look like slums, and the new bungalows on the outskirts are at one with the flimsy structures of world fairs in their praise of technical progress and their built-in demand to be discarded after a short while like empty food cans.
Está bien, parece que el tema va a más, y va a haber que opinar sobre esta cuestión que no sé por qué se pone de actualidad precisamente ahora, como si el pañuelo en la cabeza o el velo lo hubiesen inventado este año. Por mí a las musulmanas que las dejen ir con pañuelo por donde quieran, pobrecillas, hasta a bañarse en la piscina... que a mí me obligan a ponerme gorro de baño, aunque soy calvo, y bien que me revienta esa normativa.
Por la calle, me parecería inadmisible, y un abuso sólo propio de abusones, o mejor de fanáticos, que se les recriminase o no se les dejase circular con su pañuelo. En los edificios privados y públicos creo que la cosa cambia un tanto. Admito que tienen que seguir, como todo Cristo, la normativa interna de las instituciones relativas a vestimenta. Tanto si a esas normativas les da por hacer reglas distintas para musulmanes y para cristianos, como si no. Y si no les gusta, que se vayan a otra institución, que hay para elegir.
Ahora bien, resulta que cuando las instituciones de las que hablamos son instituciones públicas, me parece mal que hagan normativas cada cual a su aire y de su padre y de su madre. Aquí debe seguirse un criterio atento a la tolerancia con la diversidad que es admisible en espacios públicos. La tolerancia, creo, es requerible. Porque si a una junta de colegio le da por prohibir la manga corta, o la falda, pues prohibida queda, pero ¿por qué habrían de estar los ciudadanos, copropietarios de esa institución, sometidos al gusto arbitrario de unos gestores en concreto? Esos gestores habrían de atenerse, por cortesía cuando no por ley, a lo que es admisible según las leyes y costumbres del país. Y deberían hacer uso de cierta tolerancia para prácticas que aunque no sean generales sí sean comunes en grupos minoritarios, y sean admitidas sin problemas en la convivencia normal fuera de ese local donde ellos rigen y reinan. Que es de todos, como la calle.
No entra en las costumbres mayoritarias del país llevar pañuelo en la cabeza, OK. Pero ¿por qué habría que acogotar a quien quiera llevarlo? Porque tú haces una lectura que te parece ofensiva para el género femenino, etc etc... Pero oye, que a tí no te ponen el pañuelo. Déjale a quien lo lleva que haga su lectura del asunto, que seguro que no es como la tuya. Si no pañuelos, sí pañoletas, mantillas, sombreros, gorros y boinas se llevan o han llevado con normalidad sin que nadie (menos Esquilache) intentase venir a arrancárselos al personal. Estaba la ley no escrita de que los hombres se descubriesen bajo techado, pero nunca he sido yo partidario (más bien al revés) de convertirla en ley escrita, y de irle a tocar las narices a la gente diciéndoles que se tienen que quitar el sombrero por mis gustos particulares. Yo por cierto voy con gorra a donde me da la gana, a veces hasta a dar clase, y cuando alguien me ha dicho que me la quitase le he dicho educadamente que se metiese en sus asuntos. Evito llevarla en las iglesias, que no son públicas, y donde sé que molesta tradicionalmente, pero también evito las iglesias en lo posible. (Por cierto que no hace tanto que las mujeres tenían que ir con mantilla a la iglesia, y supongo que hace un poquito más también fuera de la iglesia. De tener que a no poder va un trecho).
Más inhabitual es taparse parte de la cara en público, aunque hay precedentes, claro, más desaconsejables, esos embozados y chulapones de tiempos de Esquilache. Entramos en terreno dudoso. Yo aquí soy partidario de respetarle a la gente el derecho a ir semitapada, si quiere, pero también el derecho de los demás a manifestarles su extrañeza o a pedirles que dejen ver la cara, sobre todo si ésto tiene consecuencias administrativas. Y especialmente en los edificios públicos. Por la calle, que cada cual vaya como le dé la gana, opino yo, mientras cumpla la normativa municipal contra escándalos públicos. Que es bastante laxa, que yo sepa: aquí en Zaragoza al menos se puede ir en pelotas sin que nadie arreste a nadie; yo particularmente prefiero ver a un tipo con chilaba integral que en pelotas. Y la mayoría de las mujeres también ganan bastante tapándose un poco.
En cuanto a lo de ir con burka a los sitios, ahí sí que me parece bien que las normativas sean más estrictas. En sitios privados, por supuesto, "reservado el derecho de admisión y de vestimenta": ni gente con calcetines blancos ni con burka. En edificios públicos, sí me parece una prenda detestable e intolerable, y soy partidario de que quien la quiera llevar, que la lleve en su casa, y por la calle. Eso sí, con recomendaciones a los policías de que investiguen constantemente si quien va así tapada (con el burka o con una máscara del Joker, me da igual) es alguno de los criminales más Wanted de los carteles. Les enviaría a los asistentes sociales a asegurarse de que realmente quieren las pobres cabezas vestir así, y a educarlas si se dejan. Pero sí que les dejaría vestir así si realmente quieren.
En fin, así entiendo la combinación de tolerancia e imposición que inevitablemente todos trazamos en un sitio u otro. Aborrezco las religiones cuando pasan a regular el espacio público. Y un poquito más al Islam, que es muy militante en esto en sus países. Pero me parece mal suprimir la tolerancia y restringir derechos por algo que en última instancia es una opinión mía—y me parece alarmante ver con qué velocidad se lanza la gente a prohibir cosas cuando parece que es un grupo minoritario y extranjero el directamente afectado. Con muy buenos argumentos feministas, eso sí—pero la prisa que se ve por imponer, por prohibir, y por dictar ideas y comportamientos, combina mal con tantas proclamas de ilustración y tantas ganas de liberar las cabezas.
(PS: Un par de columnas periodísticas al respecto. La primera, bastante razonable e informada, de Guillermo Fatás en el Heraldo, conciliando el interés general y la lucha contra el machismo, en difícil equilibrio con el respeto a los derechos y gustos individuales. En cambio en ésta de Antonio Domínguez El Periódico de Aragón se introduce un simplismo y una falacia frecuente en estas discusiones: se equipara la supresión de símbolos religiosos en edificios públicos a la prohibición de que los individuos los lleven—como si una cosa fuese igual de razonable que otra, o como si la apariencia del individuo también fuese propiedad del Estado. Mal camino ése.)
Se inaugura la revista Celebrity Studies—revista interdisciplinar sobre la celebridad, el estrellato, y la fama. Esta es la publicidad que nos pasan por PsyArt: el primer número está en acceso libre aquí:
CELEBRITY STUDIES - FIRST ISSUE NOW AVAILABLE
Routledge are pleased to announce that the inaugural issue of Celebrity Studies is now free to download online.
Celebrity Studies focuses on the critical exploration of celebrity, stardom and fame. It seeks to make sense of celebrity by drawing upon a range of (inter)disciplinary approaches, media forms, historical periods and national contexts.
Volume 1, Issue 1: Table of Contents
Editorial: A Journal in Celebrity Studies (Su Holmes and Sean Redmond)
Articles:
- Approaching Celebrity Studies - Graeme Turner
- The Adventures of the Bridge Jumper - Jacob Smith
- The promotion and presentation of the self: Celebrity as marker of presentational media - P. David Marshall
- ’A trust betrayed’: celebrity and the work of emotion - Heather Nunn and Anita Biressi
- The ’place’ of television in celebrity studies - James Bennett and Su Holmes
- Avatar Obama in the Age of Liquid Celebrity - Sean Redmond
- Celebrity, Ageing, And Jackie Chan: Middle-Aged Asian In Transnational Action - Chris Holmlund
Celebrity Forum:
- Introduction - James Bennett
- Public Personas, Private Lives and the Power of the Celebrity Comedian: A consideration of the Ross and Brand ’Sachsgate’ affair - Lisa Kelly
- Female Celebrities and the Media: the gendered denigration of the ’ordinary’ celebrity - Milly Williamson
- Celebrity Diplomacy, Spectacle and Barack Obama - Douglas Kellner
Book Reviews:
- Seeing Stars: Spectacle, Society and Celebrity Culture - by Pramod K. Nayar reviewed by Steve Spittle
- Fame by Mark Rowlands - Reviewed by Emma Bell
Me ha interesado especialmente este artículo de P. David Marshall sobre la producción, presentación y promoción del yo público en los medios sociales. Que en eso estamos. Va mucho en la línea de Goffman, cómo no—y en la de P. D. Marshall, Celebrity and Power.
La idea central es que las celebridades han venido siendo modelos para la producción del yo y para comportamientos, estilos, consumo, etc. Esta misma dinámica se traslada y perpetúa a la construcción y presentación de los sujetos en las redes sociales. El discurso público sobre la intimidad que va a asociado a las vidas de los famosos ejerce de modelo para el nuevo discurso semipúblico sobre la intimidad en el seno de las redes sociales. Las celebridades clásicas han sido un producto de una determinada cultura mediática (cine, televisión, revistas...)—ahora no es que desaparezca esa cultura, sino que se reorganiza, se remediatiza y se filtra a través de los medios sociales—que tienen su propia dinámica de representación del yo y de interacción:
Los famosos crean ahora en los nuevos medios un discurso de una supuesta identidad privada para consumo público—y los demás actuamos no sólo expandiendo la onda de atención sino recreando nuestras identidades semiprivadas y semipúblicas a imagen y semejanza.