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Ideología

Miscreants

O: sobre ateos, bellacos, escépticos, herejes y aguafiestas. Sobre la creencia en mitos oficiales, dice Brian Boyd en On the Origin of Stories: "Si vemos la creencia como la marca de una voluntad de comportarse respetando las prácticas colectivas del grupo, y un potente apoyo para la cooperación, incluso podemos ver la renuencia a creer como un reto a la unidad del grupo y equivalente en la práctica a la traición" (206).

Sea como sea, parece claro que la creencia funciona más en el sentido inverso que en el que ingenua o interesadamente le atribuimos (y es que la ideología borra sus propias huellas...). A saber, lo que sucede no es que creemos en alguna religión y por tanto practicamos sus rituales y pertenecemos a su comunidad, sino que es al revés: pertenecemos a una determinada comunidad y por tanto creemos en sus mitos y practicamos sus rituales. Esto, que parece fácil de comprender, e incluso generalmente aceptado, no lleva sin embargo al descreimiento general. angels cry¿Por qué? Lo acabamos de explicar. Sin embargo, la consciencia de que nuestras creencias son las que son porque somos quienes somos y vivimos donde vivimos, sí hace que estén siempre a un paso de tambalearse, al menos en Occidente y en la modernidad. En cualquier caso, cada cual ha establecido un compromiso confeso o inconfeso entre la ortodoxia oficial y los límites de lo que está dispuesto a creer en privado, o en público, sobre inteligencias divinas y sobre el más allá: "Algo tiene que haber—etc."

De una letter to a friend, el otro día:

"En un mundo de creyentes, y en una educación mayormente de creyentes que es la que recibimos, creo que quien se hace ateo o agnóstico es porque rechaza en cierto modo aspectos importantes de la educación recibida. Y eso puede hacernos desagradables o incorrectos para quienes no cuestionan esas cosas, o para quienes buscan un acomodo menos "confrontacional" con la comunidad. En lo que a mí respecta, no intento convertir a nadie. Antes era más militante (ateo militante quiero decir) aunque nunca mucho; ahora evito discutir sobre estos temas con creyentes porque me dan un poco de penica: nunca son coherentes, y como se han montado un chiringuito mental de creencias muy ad hoc, les resulta molesto intentar aplicarle la racionalidad. No es entender el mundo lo que buscan, sino algún tipo de apaño o consuelo mental, y me parece poco elegante hurgarle a la gente en eso. A poco que les hagas hablar, la mitad no están seguros de creer en nada, tampoco, pero no les gusta admitirlo. No lleva a mejores relaciones con ellos, normalmente. Vamos, que me parece un punto flojo en la cabeza humana, uno de otros si quieres, y es mejor no meneallo mucho. Vamos pasando por la vida en equilibrio precario, como transportando una pila de platos mal puestos, y casi es mejor que no se caigan, aunque a veces sea divertido el espectáculo de la vajilla rota..."



Delusions también se vive

El lector implícito del periódico


Me pregunta un estudiante argentino sobre la teoría del lector implícito y su aplicabilidad al estudio de la prensa—tras haber leído mi artículo sobre "Múltiples lectores implícitos"

Estimado Andrés:

Yo creo que se puede realizar un trabajo muy interesante y muy oportuno aplicando la teoría de los receptores implícitos al periodismo. Que por supuesto me parece que sí es aplicable, aunque naturalmente teniendo en cuenta que muchos de quienes han escrito sobre lectores implícitos, etc., están pensando en un género diferente, como es la ficción narrativa. Cada género (y de hecho cada texto, si nos ponemos a hilar fino) hace un uso distinto de los recursos que permiten orientar las actitudes del lector. Así pues, en periodismo habrá que tener en cuenta el posicionamiento político del periódico, si va dirigido a un público lector más liberal, conservador, izquierdista, etc.; qué tipo de conocimiento se supone al lector ya sea en noticias que el periódico viene siguiendo día a día o en noticias que aparecen por vez primera (conocimientos de historia, de geografía, de instituciones políticas y de costumbres, de nombres de personajes públicos, etc.). these timesEl análisis de los juicios valorativos explícitos dirá mucho sobre la línea editorial del periódico, o sobre la ideología de sus redactores, y también será crucial el análisis de las presuposiciones que se utilicen. La mejor manera de orientar el juicio de un lector implícito es mediante el uso de las presuposiciones--dime qué presupones y te diré quién eres. ¿Cómo podemos reconstruir los juicios, implícitos y explícitos, del periódico sobre el mundo? Así formaremos una imagen del sujeto lector ideal de ese periódico, del ciudadano al que se dirige. También habrá que tener en cuenta si el periódico se dirige a este ciudadano como alguien que /presupone cosas distintas/ de las que el periódico quiere que presuponga---como efecto quizá de la lectura de otros diarios. Así entramos también en el debate muchas veces implícito entre la versión de la realidad que da un periódico y la que da otro; pues muchas veces un periódico escribe (sutilmente o descaradamente) contra lo que escribe otro. Algo que hay que tener en cuenta en un trabajo académico es también los criterios del tribunal que vaya a juzgarlo. Puede haber tradiciones muy distintas, e ideologías muy distintas también allí, y un posicionamiento político explícito puede resultar arriesgado para el éxito del trabajo, es algo a tener en cuenta---ya que todo juicio sobre la ideología es también ideológico, y en ocasiones es inevitable el posicionamiento del analista frente a tal o cual cuestión. Esto hay que llevarlo con cuidado en un trabajo académico, que no va dirigido al público en general ni a su público ideal, sino ante todo al receptor implícito que es el tribunal evaluador.

En España hay un blog interesantísmo sobre el lenguaje e ideología de la prensa, el que lleva desde hace años Arcadi Espada, columnista de El Mundo, http://www.arcadiespada.es/ (También lleva otro blog sobre la presentación de las noticias en el propio diario El Mundo). Creo que su lectura y seguimiento es muy recomendable para una comprensión del periodismo actual.

En cuanto a bibliografía, creo que resultará procedente leer teoría textual, sobre pragmática comunicativa, teoría narrativa, teoría de la recepción, estudios lingüísticos sobre la presuposición, la relevancia o la implicación... pero luego releer literatura sobre periodismo (de periodistas o académicos) una vez sepamos qué buscar en ella para nuestra teoría, es decir, releerla con atención viendo en qué medida sus observaciones pueden ser relevantes para una pragmática textual del periodismo, "traduciéndolas" por así decirlo al marco de la teoría del lector implícito que queremos desarrollar. Y por supuesto releer atentamente los editoriales, noticias y de hecho todas las secciones del diario a analizar, desde este punto de vista. Es un trabajo que puede resultar inmenso, por lo que habrá de ser la propia marcha del proyecto la que te indique cómo acotarlo y en qué puntos concentrarte con mayor provecho o lucimiento.

Con respecto a bibliografía, en mi bibliografía en red http://tinyurl.com/garcialanda se encuentran en la sección de /géneros-teoría narrativa/ muchos listados relativos a "voz narrativa", a "lectura de la narración", etc. También hay secciones específicas sobre periodismo, y en la sección de lingüística hay listados sobre "ideología y lenguaje", "presuposición", "relevancia", "dialogismo", etc. Yo recomendaría quizá empezar por estos, y cito cuatro variados.


Cresswell, M. J. "Presuppositions and Point of View." Linguistics and Philosophy 2 (1978): 1-41.

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Sperber, Dan, y Deirdre Wilson. Relevance: Communication and Cognition. 2nd ed. Oxford: Blackwell, 1995.
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(PS, abril 2010:)

Sobre la cuestión del lector implícito escribió mucho Wolfgang Iser, y quizá una lectura de sus ensayos al respecto podría clarificar algunas cuestiones...  A mí en concreto también me gusta mucho el ensayo de Walker Gibson sobre el "mock reader",

Gibson, Walker.  "Authors, Speakers, Readers, and Mock Readers." College English 11 (February 1950): 265-69.
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Ed. Susana Onega and José Angel García Landa. London: Longman, 1996. 155-60.*

El problema de los "espacios en blanco" a que aludes es el siguiente:  lo que el autor presupone (para construir su discurso, construir la imagen del receptor implícito, comunicarse con él...) no es, naturalmente, algo que podamos delimitar con precisión, visto que no es algo muy tangible ni explícito. Está sujeto a interpretación.  Y por tanto es una cuestión que nos puede embarcar en direcciones bastante complicadas, aunque es un problema inevitable cuando queremos leer en detalle y en profundidad.

Un concepto muy útil para centrar en cierto modo la cuestión es el de "presuposición", en efecto. ¿Qué presupone el escritor que sabe, cree, desea, etc. su interlocutor o receptor? ¿Podemos identificar eso con cierto grado de certidumbre? (Supongo que en unos casos es así, y en otros es más debatible). Por ejemplo, ¿se le presupone familarizado ya (en el caso de los periódicos) con los nombres de personas, con su trayectoria u orientación política, con las instituciones, con los procedimientos políticos o con la trascendencia e implicaciones de las noticias? Lo que se explicita se hace sobre la base de lo que YA se da por sabido o por supuesto. Es, al menos una manera de comenzar el análisis.

Lo cierto es que es una cuestión más para escribir un ensayo largo que un correo.... ¡espero que consigas llevarlo adelante de manera satisfactoria para ti!
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Por último, incluyo a continuación, completa, la sección bibliográfica sobre "lectores implícitos e ideales" por ser la más inmediatamente relevante al tema. Buena suerte con el trabajo, y un saludo cordial.
Jose Angel García Landa


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Narración, identidad, interacción—relectura



Programados para creer

Programados para Creer

Este es un vídeo de varios colgados en Tercera Cultura, en la presentación del foro Humanismo Secular. Me gustó la presentación de Adolf Tobeña, que podríamos llamar escéptica en segundo grado. No es que sea escéptica al modo de Dawkins sobre la realidad de las creencias religiosas, sino que es escéptica con el escepticismo y con su capacidad de iluminar las mentes. Alguna iluminarán, quizá, pero en general la gente seguirá creyendo tan contenta en cosas que no existen, sin hacer caso a los que le cuentan estas verdades escépticas:




Bastante irónico es Tobeña, cuando señala que el humanismo secular sólo tendrá éxito (un éxito limitado) si se transforma en una religión (que es casi lo que es para algunos militantes descreídos). Es decir, si adquiere algunas de las características de las religiones: fundamentador de ética, cohesionador de grupo, proporcionador de ilusiones (por ejemplo, ilusiones de iluminación, de liberación, etc.—sueños de soñadores).

Las religiones, para Tobeña, tienen una base no sólo cultural, sino biológica. Suministran ilusiones (en ambos sentidos del término ilusión). Estamos programados para creer en cosas invisibles e imposibles, en dioses que controlan el mundo, a los que se les pueda rezar, en un más allá eterno, y en la inmortalidad del alma—no porque haya ninguna base científica para ello, obviamente, sino porque es bueno para la fundamentación de la ética, para la vida social del grupo. Los científicos, que son los más descreídos, todavía presentan un alto porcentaje de creyentes. Y los creyentes son absolutamente dominantes entre la gran masa de la población. El 94% de los americanos son creyentes en este sentido, por nombrar una nación moderna y occidental. Y el 85% de los españoles son creyentes. La gente religiosa es más buena gente, en general—más respetuosos con los demás y con la autoridad también, más altruistas y dignos de confianza. También es una buena medicina contra la desesperación y el dolor, para mucha gente—aunque para otros pueda ser también fuente de terror e inquietud.

La mente narrativa, la que busca dar sentido organizado al mundo, es la que según Tobeña es la base de la creencia religiosa. Y de esa todos participamos (hasta los críticos de la mente narrativa) pues es la que estructura el mundo para vivir en él.

De la misma opinión parecen ser muchos otros evolucionistas, como Brian Boyd (On the Origin of Stories)—que ve en la religión un producto complejo de la vida social de los humanos y de algunas tendencias cognitivas, como por ejemplo la tendencia a sobredetectar la presencia de agentes detrás de los acontecimientos, "ya que es más seguro confundir una rama con una serpiente que lo contrario" (137). Remite a Why Would Anyone Believe in God? de Justin L. Barrett (2004). Ya hablé en tiempos aquí (en "La fe como exaptación") de la creencia en dioses como un resultado colateral de tendencias cognitivas más generales de atribución de agentividad a los procesos. La cohesión social también se beneficia, pues el "policía interiorizado" que crean las doctrinas religiosas en los creyentes también contribuye a una mayor competividad del grupo:

Como han mostrado recientes investigaciones, la cooperación a gran escala puede ser frágil en ausencia de castigo, pero se establece y se mantiene de modo relativamente fácil mediante el castigo. Una sociedad humana unificada por la religión, especialmente si cree en vigilancia y castigos sobrenaturales, puede por tanto con frecuencia solventar problemas de cooperación con más facilidad que otra que no tenga religión. Las creencias irreales en fuerzas invisibles que actúan a favor o en contra del propio grupo, y a favor o en contra de uno mismo en la medida en que uno apoya o contravenga al bien colectivo, son mucho más capaces de motivar la acción de lo que lo son unas creencias modestamente ajustadas a la realidad. (Boyd, On the Origin of Stories 117)


La gente, y las sociedades, no necesitan verdades, sino más bien ilusiones que ayuden a vivir la vida en sociedad. (De eso iba San Manuel Bueno, Mártir, de Unamuno). Que la vida es corta, y la pasamos entre sueños, en un mundo imaginado—entre historias que nos contamos unos a otros por pasar el rato.

 

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Cosas de religión

Inducción a la aquiescencia por disonancia cognitiva

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Jueves 3 de diciembre de 2009


Buf, qué título. Igual mejor lo dejo en Autojustificaciones.

Un análisis interesante, para entender cómo puede inducirse a la gente a decir lo que no piensa, o a actuar contra lo que en realidad piensa, lo proporciona la teoría de la disonancia cognitiva. La exponen Joel Cooper, Robert Mirabile y Steven J. Sher en "Actions and Attitudes: The Theory of Cognitive Dissonance", que han experimentado sobre el comportamiento de sujetos expuestos a estas situaciones de disonancia. El estudio está recogido en el libro Persuasion: Psychological Insights and Perspectives editado por Timothy C. Brock y Melanie C. Green (Sage, 2005).

La idea básica es que si bien las actitudes, valoraciones y creencias pueden llevar a los sujetos a actuar en determinado sentido, también puede revertirse el sentido del proceso—a saber, quienes actúan de una determinada manera modifican sus actitudes, valoraciones y creencias para justificar su acción—y así mitigar la sensación de disonancia cognitiva.

Presentan el ejemplo de Clyde Barrow (el de "Bonnie and Clyde")—cómo pasito a pasito fue de una adolescencia normal a una carrera criminal, por este proceso de autojustificación, pasando de pequeñas fechorías apenas intencionadas, a grandes fechorías a medida que iba afianzando su nuevo curso de acción y reconociéndose en él: cambiando sus actitudes por la necesidad psicológica de justificar las acciones que hasta allí le habían llevado. Y no sólo Clyde: "en las circunstancias adecuadas, la mayoría de la gente cambia sus actitudes para justificar su comportamiento" (65).

La teoría de la disonancia cognitiva la expuso L. Festinger en 1957: una tensión entre creencias o actitudes incompatibles busca ser mitigada reduciendo la inconsistencia—ya sea cambiando alguna cognición, añadiendo cogniciones, o reduciendo la importancia de la cognición en su comportamiento. Y siguiendo la ley de la mínima resistencia, las actitudes y valoraciones son más fáciles de cambiar que los comportamientos (sobre todo si éstos se han producido ya...).scanner darkly

Festinger y Carlsmith hicieron un significativo experimento de comportamiento. Daban a los sujetos una tarea deliberadamente aburrida y cargante. Y luego les pagaban un dólar si le decían a otros sujetos (informantes colocados por los experimentadores) que la tarea era en realidad gratificante y entretenida. Así se creaba una disonancia cognitiva. A otro grupo no se le hacía mentir a nadie. Pues bien, los mentirosos "inducidos", con mayor disonancia cognitiva, sostenían más tarde todavía, espontáneamente, que en realidad la tarea era entretenida. Los otros, que no habían mentido a nadie, recordaban que era aburrida.

Una variante introdujeron los experimentadores: al grupo de los que recibían un dólar le agregaron otro grupo que recibía veinte dólares por decir la misma mentira—ya un sueldillo. Se había añadido una cognición consonante: Me dieron 20 dólares por mentir. Había menos disonancia cognitiva... con lo cual su valoración de la tarea (o su reescritura del pasado) cambió menos. En efecto, en el segundo control posterior, recordaban que la tarea era aburrida. (Con lo cual parece ser que es ventajoso para el control persuasivo hacer que la gente se venda barato... así se crea mayor disonancia cognitiva y los sujetos espontáneamente se alinean con las acciones realizadas a bajo precio).

La aquiescencia inducida es un fenómeno bien conocido entre políticos o abogados que muchas veces tienen que sostener públicamente cosas en las que no creen. Tendemos a autojustificarnos, y pasamos a creer lo que mejor nos autojustifica. Esta tendencia psicológica es una mina para quien la sepa explotar (por ejemplo para controlar al personal de una empresa con unas pocas zanahorias, o para explotar las ventajas comparadas de los contratos basura frente a contratos mejor pagados, se me ocurre...). Pero más allá de los maquiavelismos estudiados y experimentos psicológicos, es obvio que algunos sujetos manipuladores nacen enseñados, y saben sacar el mejor partido de esta tendencia a la autojustificación. 

Todo esto tiene una dimensión retrospectiva-retroactiva, claro, que es por lo que me interesa (y si le sumamos la dimensión egocéntrica del asunto, la combinación ya es irresistible). La autojustificación reescribe el pasado. El sujeto borra sus huellas, y arguye que en realidad siempre pensó como ahora piensa, siempre habría elegido lo que ha elegido, pues las demás alternativas pierden (a toro pasado) parte de lo que las hacía atractivas. Nuestras elecciones y nuestras acciones construyen nuestras valoraciones posteriores: si la disonancia es muy fuerte, y estamos atrapados o empeñados en una línea de acción determinada, tendremos que corregir mucho de lo que pensábamos antes, para reducir esa disonancia.* Lo que elegimos es siempre lo mejor y lo más acertado, si nos preguntan a nosotros; según la teoría de la autoafirmación, la gente utilizará cualquier medio para autoafirmarse. Así que si actuamos de modo inconsistente con la verdad o con nuestras creencias, primero lo hacemos, luego lo justificamos, y por último nos lo creemos.

De este modo la máscara provisional de la aquiescencia se convierte en la máscara más cara: la cara. Y la cara dura.


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* Claro que, observan los autores, la disonancia cognitiva producida por acciones incoherentes o inmorales es menor cuanta más baja sea, de partida, la autoestima del individuo: "If dissonance is aroused by the violation of an expectancy of themselves as competent and moral persons, those who feel that they are neither very moral nor very competent should not experience much dissonance" (73). Según la teoría de la autoafirmación, serán los sujetos que tengan bajo concepto de su persona quienes se verán más motivados para cambiar sus actitudes tras un comportamiento inconsistente.

Por otra parte, en una situación similar de actuación inconsistente con las creencias, experimentan más disonancia los sujetos que consideran que son responsables de sus acciones: quienes sienten que están siguiendo instrucciones, o las personas capaces de tratar con los elementos desagradables por la vía de fingir que no existen, experimentan menos disonancia (75).

Las personas difieren en cuanto a su PFC: su preferencia por la consistencia, que tiene las dimensiones de 1) deseo interno de consistencia consigo mismos, 2) deseo de ser percibidos como conscientes consigo mismos, y 3) deseo de que otros sean consistentes consigo mismos.  Índices altos de estos deseos de consistencia van correlacionados con altos índices de disonancia cognitiva ante la actuación inconsistente con las propias creencias o valores. Pero hay personas con bajo PFC—o que se acostumbran a desarrollarlo para no experimentar esa disonancia.  Orwell ya escribió bastante sobre esta educación en el doublethink.

Otra dimensión de la disonancia cognitiva es su distribución cultural. La cultura occidental, con su alto valor concedido a la individualidad y la autonomía personal, conduce a mayores niveles de disonancia cognitiva en caso de actuación inconsistente. Se sugiere que cultura japonesa, más centrada en valores comunitarios, no presupone tanto que los comportamientos de las personas son un reflejo de sus verdaderos sentimientos. (¿Habrá que volverse quizá más japonés, si vamos a actuar de modo inconsistente, para no vernos atormentados por la disonancia cognitiva?).  Los sentimientos de identificación con el grupo, por supuesto, no se dan sólo en Japón. Otro experimento que relatan Cooper et al. se refiere a la disonancia cognitiva experimentada en terceros—por vía de un miembro del propo grupo. La gente con fuerte sentimiento de identificación al grupo tiende a cambiar de ideas sobre una cuestión si se les informa de que un miembro de su grupo la ha defendido en público.  Podemos adelantar, sin necesidad de acudir a experimentos, que la gente sin ideas formadas sobre una cuestión también tenderá a asumir la línea defendida por su grupo sobre esas ideas, y a formar así sus creencias al respecto, sin otra base que la solidaridad de grupo. Así funcionan los partidos y partidillos, y así se impone por línea general la línea del grupo por encima del (muchas veces inexistente) criterio personal. Aquí y en Japón. 

El corolario a extraer es que si vamos a actuar en grupo, y el grupo ha de ser eficaz, será aconsejable que sus miembros no tengan muchas ideas propias, y que si las tienen, no tengan mucho empacho en traicionar su propio criterio. Lo mejor para el trabajo en equipo es esperar a recibir instrucciones sobre lo que hay que pensar, para no tenernos que tragar nuestras propias opiniones, y sufrir disonancia cognitiva—y emocional.

Totalitarismo, historia retroactiva y control interiorizado



Sectas, pensamiento circular y realidad virtual

Una charla sobre el pensamiento circular que se produce en las personas con cerebro lavado por las sectas, y que se van encerrando en la realidad alternativa generada por la secta y su atmósfera. La conferenciante, una ex-moonie, describe su experiencia y da una explicación memética del asunto.





Yo creo que la explicación necesaria es más compleja, y que ha de tener en cuenta muchas dimensiones más, que aquí apenas se sugieren: la identidad social, la ideología sobre la estructura de la realidad, las crisis de creencias (religiosas, morales) y la promesa de una nueva identidad en fases de cambio... La tentación (casi narrativa, podríamos decir) de los proyectos vitales y los ideales o identidades que ofrecen las sectas o las identidades colectivas; las explicaciones narrativas que nos venden sobre el por qué y el a dónde de las cosas. La propia simplicidad de pensamiento, que no deja hueco a la duda, es tentadora para muchas personas con capacidades limitadas, o con tendencias de dependencia, y particularmente en determinadas situaciones personales de necesidad. Muchos con el fútbol se apañan: otros tienen que vestir la camisa parda.

También es crucial, para entender la dinámica de la psicología sectaria, partir de la dimensión interactiva del sujeto. Pues la interactividad y las relaciones sociales son constitutivas al sujeto, no accidentales o externas. La afiliación con los demás nos construye desde dentro, y según qué afiliaciones (o dinámicas de enfrentamiento) nos ofrecen ya una versión simplista del mundo y de las fuerzas que en él actúan.

Todo esto es una perspectiva de psicología social sobre esas reconexiones meméticas, e ideas obsesivas, descritas por la autora: dinámicas mentales circulares, que se vuelven tanto más obsesivas e irreales cuanto más encerrada está la secta o grupo en su propia dinámica, y más aislada de la realidad circundante. Hay un efecto de retroalimentación entre relaciones sociales obsesivas e ideas y actitudes repetitivas. La programación y el control de la información están en la base misma de la idea de cibernética, entendida como el estudio de los procesos de retroalimentación en cerebros electrónicos o humanos, todos programables, todos capaces de reproducir representaciones y generar universos virtuales. La idea básica de Benscoter es que esta circularidad de pensamiento altera el cerebro (su uso o funcionamiento, diríamos más bien) y le impide desarrollar el pensamiento en otras direcciones. Pero eso es básicamente porque las relaciones sociales han sido alteradas. Y cuanto más circular el pensamiento generado por el sectarismo, más se encierra el individuo en la secta.

Hay que tomar en consideración, por último, que el cerebro de por sí es dado a generar realidades virtuales en las que habitar. Y si se las dan ya hechas y empaquetadas.... para muchos, mejor. En los mundos virtuales así generados todo es posible: se puede llegar a creer cualquier cosa, y puede haber de todo en esa economía mental alternativa, desconectada del tráfico social ordinario. Y la inmersión en ellos es más total que en un videojuego, o que en la vida real, tan planita a veces ella. Son como Second Life, pero perdiendo ya pie en la First Life.

La Caverna del cerebro: el lenguaje como realidad virtual

Equipos y sujetos (...al equipo)

—notas sobre "Teams", el segundo capítulo de The Presentation of Self in Everyday Life, de Erving Goffman.

Ya hemos visto que al analizar una situación hay que tener en cuenta también la definición e imagen de esa situación que proyecta cada uno de los actores—convirtiéndose así la situación y la actuación en las representaciones de sí mismas. Pero los actores no actúan solos: actúan en grupos organizados o equipos, que cooperan en el mantenimiento de las ficciones colectivas y roles sociales asignados a cada cual.

Estos roles son definibles, claro, según el tipo de interacción que se esté barajando. Goffman da un ejemplo interesante de la América de mediados del XX: estando a solas los dos, un trabajador negro suele llamar a su colega blanco por su nombre de pila, pero en presencia de otros blancos (o negros, me supongo) lo trata de usted. Es un caso más (aparte de la cuestión del racismo) de presentación colectiva de una fachada aceptable públicamente. Otros casos podemos pensar de redefinición de la situación y de las relaciones entre actores dada esa situación (es lo que Goffman llamará footing en un artículo posterior incluido en Forms of Talk. Podría traducirse como "en calidad de qué" o "a título de qué"—siendo amigos, podemos tratarnos a título de amigos o como profesionales por ejemplo). La expresión de intimidad entre colegas o amigos o parejas se modula según adaptan la teatralización de esta relación en una interacción social en público con otros—donde forman equipo frente a un público. Es un equipo, o equipo de actuación, para Goffman "cualquier conjunto de individuos que cooperan poniendo en escena el mismo número" (en el sentido de numerito, o espectáculo teatral-social) (79). power rangers

El grupo organizado es una unidad de análisis necesaria para el análisis que se propone Goffman—el análisis de la proyección, manejo y control de impresiones en público—pues aunque estas funciones las lleven a cabo actores individuales, lo hacen como miembros de una troupe. De hecho, visto que los roles trascienden a los individuos, podríamos considerar a los individuos que actúan solos como equipos de un solo miembro. Un actor puede llegar a creerse su función (de hecho es el caso habitual)—y parte de su papel en este sentido es proyectarse a sí mismo como público de su propia actuación, y ocultarse a sí mismo (con una especie de doublethink) ciertas cosillas de la función que sería mejor ignorar, cosas que conoce en tanto que actor y conocedor de las bambalinas, pero que suprime mentalmente para lograr así una mayor compenetración con el papel. Este análisis, desdoblando al sujeto en su función social o pública y "otros aspectos" no compatibles con ella, o irrelevantes para esa función, es una manera elegante de Goffman de desconstruir la unidad del sujeto—atravesado o diseminado por su función social—y para interpretar no sólo la dinámica de sujeción a las funciones sociales por parte de sujetos (o sujetables) muy diversos, sino también fenómenos como la mala consciencia, la hipocresía (incluida la hipocresía socialmente aconsejable) y la ceguera selectiva de los sujetos a ciertas dimensiones de su propia actuación. Es todo un análisis de la interioridad entendida en tanto que exterioridad, o interacción interiorizada. (Para más sobre esta teoría goffmaniana del sujeto remito a mi artículo sobre "Goffman: El teatro de la interioridad").

Incluso actuando solo, y hasta sin otro público que él mismo, el sujeto "guía su actividad privada de acuerdo con estándares morales incorporados"—es decir, con referencia a algún grupo del que forma parte (81). Incluso llega el sujeto a estar tan sujeto que, sin creer en su actuación ni desearla, la mantiene en honor al grupo cuyos valores ha interiorizado por afiliación. Y castigándose a sí mismo si es preciso. Así, Goffman propone tratar la insinceridad no como un "defecto" del sujeto sino como un fenómeno resultante de las funciones sociales que estructuran al sujeto, tanto en su comportamiento externo como en su interacción y comunicación consigo mismo. Es de notar que esta proyección de valores de grupo y esta creación de un observador interno encargado de mantenerlos es muy útil para dar cuenta del desarrollo de ideas religioso-morales como la conciencia, los castigos y recompensas del más allá, y la propia idea de un Dios omnisciente y vigilante—garantía y personificación de los valores del grupo y de esa auto-observación interiorizada. Aunque Goffman (quizá consciente de que escribe en un país de creyentes difíciles de redimir) no desarrolla explícitamente esta línea de razonamiento.

Las actuaciones en grupo adquieren solidez y entidad propia—de estos vapores cuajados y de estas coreografías se va haciendo la realidad humana. Y así vemos que los grupos montan el numerito dirigido a un tercero, a un público, aun cuando el público no esté presente—así se refuerza la calidad de la actuación. Goffman presenta el ejemplo de los funerales que se organizan para los pacientes solitarios de los asilos u hospitales—como si tuviesen deudos apenados.

En suma, que habiendo posibles inconveniencias que disimular, y una fachada pública que mantener, la coordinación dramatúrgica de la actuación en equipo es crucial:

"Parece claro, en primer lugar, que durante el transcurso de una actuación en grupo, cualquier miembro del grupo tiene la capacidad de estropear la función poniéndola en evidencia o interrumpiéndola con una conducta inapropiada. Cada miembro del grupo se ve obligado a confiar en la buena conducta y comportamiento de sus compañeros, y ellos a su vez se ven obligados a confiar en él. Hay pues un lazo de dependencia recíproca que liga a los miembos de un equipo entre sí." (82)


Por su situación frente a los espectadores, los equipos desarrollan un conocimiento "interno" de la situación, y adquieren así una familiaridad que los liga a una cierta visión interna de la función; están en el ajo, por así decirlo, y eso los define como personas para los otros.  Y así aun los aguafiestas que ponen en evidencia al grupo son parte de él, en la medida en que participan en la tarea y tienen un conocimiento interno de algunas cuestiones—aunque sean ninguneados o aislados por los demás.

Hay equipos más o menos institucionalizados, más ligados a la organización del trabajo, o más informales. Parte de lo que define al grupo formal frente a los informales es que los individuos se ven obligados a participar en él—y no se tratarían con los miembros del grupo, sean o no de su mismo status social, si no fuese por la función que tienen que representar conjuntamente. (Aunque realmente es todo una gama de grises, y hay elementos de función también no sólo en las familias, que son grupos oficiales, sino también en los grupos de amigos, pues son inestables y muchas relaciones vienen "de oficio" o por obligación al tratarse de amigos de un amigo. No aspiramos, sin embargo, a matizar, ni siquiera a entrar en toda la finura de los análisis de Goffman).

La imagen de la realidad proyectada por el individuo (es decir, por el "equipo-de-una-persona") puede ser polifacética: la del grupo (en tanto que grupo, y no como la suma de sus individuos) es más rígida, oficial y monocolor: podríamos decir que el grupo tiene "pensamiento único":

"Cuando pasamos de los equipos de una persona a otros más grandes, la naturaleza de la realidad que promueve el equipo cambia. En lugar de una definición rica y variada de la situación, la realidad puede reducirse a una estrecha línea partidista, ya que es de esperar que no todos los miembros del equipo congenien en la misma medida con la línea. Podemos esperar observaciones irónicas mediante las cuales un miembro del equipo rechaza en broma la línea seguida, mientras que en serio la acepta. Por otra parte, aparecerá el nuevo factor de que la lealtad al grupo de uno. y a los otros miembros del equipo, llevará a apoyar esa línea." (85)


Así que esas bromitas sobre el equipo, en privado por favor. De lo contrario no sólo se compromete la acción del equipo, sino que flojea la imagen de la realidad proyectada por todos. Hay que disciplinar y administrar las intervenciones, silencios y portavocías autorizadas.  No hay que mostrar desacuerdo en el equipo ante el público—ya hablemos de un partido político, o de un dúo de soprano y pianista.  Ahora bien, para que el acuerdo no sólo parezca tal acuerdo público, sino que parezca verdad, hay que arreglar y adornar ciertas señales de evidencia para el público. Se requiere que no sólo haya acuerdo, sino que parezca espontáneo, no pactado:

"puede ser necesario que los diversos miembros del equipo sean unánimes en las posiciones que toman, y que guarden secreto sobre el hecho de que no llegaron a estas posiciones de manera independiente" (88)

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—y un paso muy útil es la activación en bien del equipo de lo que Sartre (en El ser y la nada) llamaba la mala conciencia. A saber la capacidad de ocultarse a uno mismo, en tanto que autoobservador, y no sólo al público externo, que las decisiones que uno toma son del equipo, y no de uno mismo—un concepto, ése de "uno mismo", que decididamente va dejando de tener utilidad y sentido plenos.

Siendo nuestro ser comunicativo, interactivo y posicional, la toma pública de posiciones es crucial para su manifestación. Una vez los sujetos están caracterizados por el grupo, con el grupo metido hasta la médula de su ser y constituyéndolo, es cruel aunque instructivo dejarlos sin referencias ni pensamiento que manifestar, creando confusión sobre cuál es la línea del grupo—es algo que atenta contra el alma del sujeto por así decirlo:

"Ocultarle a un miembro del equipo información sobre la postura que toma su equipo es de hecho privarle de su propio carácter, puesto que sin saber qué postura ha de tomar puede que se encuentre incapacitado para presentar un yo al público." (89)


Y téngase en cuenta que a veces el yo más preciado no es el yo íntimo y privado, sino preciamente el yo que puede ostentarse en público.

En suma, que mantener una línea de acción y una normativa de comportamiento clara es muy beneficioso para el grupo. También una serie de ficciones útiles, como los acuerdos aparentes frente a espectadores y a miembros subordinados del propio equipo (esto "en organizaciones autoritarias", especifica Goffman, pero todas lo son un poquito). No son aceptables las ironías hacia el equipo en público; hay que mantener una etiqueta y un espíritu de cuerpo—que en ocasiones se coloca por encima de la ley y de las normas externas al grupo.

El equipo actúa para un público, pero el público mismo es otro equipo: Goffman propone hablar de interacción dramática—y además no suele ser un barullo, sino adoptar la forma de un encuentro entre dos equipos—(ay esas polarizaciones automáticas—debe tratarse de una tendencia cognitiva inherente, de esas que heredamos de la Prehistoria—como la distorsión retrospectiva, o más claramente como esas tendencias al pensamiento dicotómico que comentaba Gould en The Hedgehog, The Fox, and the Magister's Pox).

"Así, en las grandes instituciones sociales, donde prevalece una diversidad de niveles de status, encontramos que mientras tiene lugar una determinada interacción, se espera que los participantes pertenecientes a muchos status diferentes se alineen provisionalmente en dos equipos agrupados" (92)


Aunque sí hay también encuentros de tres equipos: los arbitrajes, por ejemplo, o de equipos múltiples; pero prevalece especialmente la estructuración del encuentro como una interacción de dos equipos, que (siendo a la vez actores y público) se turnan para asumir un rol más activo u otro más propio del público—es decir, suele haber un equipo que es el que más contribuye a la interacción, o lo hace de manera más prominente o autoritativa. Suele ser este equipo el que controle el espacio de la interacción, su disposición, la estructuración de turnos, etc.–un control que le permite "introducir dispositivos estratégicos para determinar la información que pueda adquirir el público" (93). Los espacios de interacción (aulas, consultas, salas de reuniones, tiendas, etc.) ya se estructuran de modo que un equipo tenga en principio este dominio de la situación o esta ventaja perspectivística; cognitivamente es un intento de proporcionarles el topsight o dominio perspectivístico de la situación.

En los equipos hay quien manda, claro—y quien decide y organiza cómo ha de transcurrir la acción dramática durante una función o encuentro con otro equipo. A veces también se crea un cargo de director de la función, desvinculando la toma de decisiones relativas a la ceremonia o estrategia de interacción de las decisiones relativas a la línea de acción del equipo. A Goffman le llaman la atención los paralelismos interaccionales y ceremoniales en campos muy diversos, independientemente del tipo de actividad que se ventile—pues todos necesitan una etiqueta social y una coordinación y organización de turnos, intervenciones y voluntades:

"las similaridades estructurales de números teatrales aparentemente diversos quedan muy bien reflejadas en la comunidad de actitudes que surge en todas partes entre los directores de espectáculo" (97).


—aplicando disciplina y manteniendo el orden en las filas, cuidando de la apariencia y uniforme correcto, llevando la contabilidad del número de votos, etc. Y así aunque todos son corresponsables de la actuación, el director es más responsable que nadie—y se crea dentro del equipo una fisura entre el director de función y los miembros de a pie; es el síndrome del capataz. Hay que distinguir, recalca Goffman, la autoridad o dominancia teatral, la dirección de la función, de la auténtica dirección de la actividad del equipo, aunque en ocasiones coincidan. Un papel teatral comentado en este punto es el del empresario de pompas fúnebres, el undertaker, que suele tomar sobre sí el papel de dirigir y organizar una función que nadie más haría a gusto. Más sarcástico es este otro ejemplo, de chusqueros y oficiales del Ejército:

"cuando a unos responsables temporales o carentes de experiencia se les otorga una autoridad formal sobre unos subordinados experimentados, encontramos con frecuencia que a la persona formalmente investida de poder se le soborna con un papel que tiene hegemonía dramática, mientras que los subordinados tienden a dirigir el show. Así, se ha comentado a menudo sobre la infantería británica en la Primera Guerra Mundial que los veteranos sargentos de clase obrera llevaban a cabo la delicada tarea de enseñar, sin aparentarlo, a sus nuevos tenientes a que asumiesen un papel dramáticamente expresivo al frente de su pelotón, y a que muriesen rápidamente en una posición dramáticamente expresiva, como corresponde a hombres de colegio de pago. En cuanto a los sargentos, ocupaban un lugar modesto en la trasera del pelotón y tendían a sobrevivir para formar a otros tenientes" (102)



Más en general hay que distinguir en la actividad de un equipo entre las funciones dedicadas a la actividad productiva, comercial o "efectiva" del equipo, y las funciones de aliño, escaparate o presentación al público de esa actividad; como hemos visto hay cierto grado de coincidencia y solapamiento, pero también pueden crearse funciones específicas y cargos de pura representación. Los lacayos de los nobles, aparte de servir funciones prácticas, tenían una importante función de adornar la persona de su señor: estar rodeado de lacayos era demostrar un status. Algo parecido siente un director comercial con sus vendedores, o un empresario con sus trabajadores concienciados, o cualquier jefe de equipo con su equipo bien entrenado a su servicio.  Al margen de las funciones sociales o productivas desempeñadas, un equipo tiene una función cognosicitiva o metafísica:

"Un equipo (...) puede definirse como un conjunto de individuos cuya cooperación íntima se requiere si ha de mantenerse una determinada definición de la situación" (104)


—y por tanto hay siempre un cierto secretismo en cuanto a ésto, en cuanto al hecho de que la situación depende, para sus sustancialidad o su solidez, de la cooperación y disciplina del equipo— y "un equipo, por tanto, tiene algo de la naturaleza de una sociedad secreta" (104).  Sabemos que son miembros del equipo— por el puesto que tienen oficialmente allí, su trabajo, etc.—pero la sociedad que constituyen está basada en un pacto oculto sobre más cosas de las que se muestran en público.  Los miembros de los equipos son unos conspiradores natos, atentos a mantener la ficción de que las cosas son de hecho tal y como conviene al equipo que sean, de que son así por naturaleza—como decía Barthes, hay que crear un efecto de realidad—hay que mantener la impresion, de cara al público externo e interno, de que la realidad se sustenta por sí sola sin que hagan falta estas furtivas intervenciones para mantener el orden de la situación.
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Teoría paranoica de la observación mutua

 

Sexo *gramatical*, juicio social

viernes 30 de octubre de 2009

Sexo "gramatical", juicio social

Notas sobre la conferencia "Nombrar en femenino: sexo "gramatical", juicio social", de la Dra. Ana María Vigara Tauste ( Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Ciencias de la Información). Conferencia en las jornadas sobre LENGUA Y GÉNERO: ACTUALIDAD Y PERSPECTIVAS (Salón de Actos del Instituto de Ciencias de la Educación, Universidad de Zaragoza, 30 de octubre de 2009).

(Jornadas organizadas por la Universidad de Zaragoza, el Instituto Aragónés de la mujer y el grupo Sylex/Zaragoza Lingüística)

Nombrar en femenino: sexo "gramatical", juicio social

Se queja la conferenciante de la crítica de la prensa a las feministas, la recepción que a veces se hace de jornadas feministas: se les empareja con "machistas", se asocian con "lesbianas y furor uterino", etc. Hay también críticas de la prensa al "mujerío" de Zapatero… etc. Y está especialmente enconada la cuestión en lo referente al feminismo en el uso del lenguaje. Es un tema sensible en el que la gente tiene criterios estables y no le gusta modificarlos. En lenguaje se utiliza la propia autoridad, y la de otros sólo cuando apoya la nuestra. El "feminismo lingüístico" se rechaza argumentando que es "tontería", no supuestamente porque quien lo rechace esté defendiendo una postura machista. Toda respuesta a esto es una toma de partido, y lleva a más tomas de partido.

En España la cuestión se encona, y se discute con auténtica inquina. La conferenciante pide sin más "que se deje correr al lenguaje"—que no se impongan cosas, y que luego cuajen o no cuajen los usos feminizados —en los términos de profesiones, por ejemplo, que es el tema de la conferencia. Estas peleas llegan a extremos ridículos por las iras que despiertan.

Los argumentos "exclusivamente lingüísticos" no existen, por las razones que ha expuesto Elvira Burgos en su conferencia sobre el lenguaje y la ideología social. Lo lingüístico está plenamente imbricado e implicado en lo social. En español no hay sustantivos neutros: sólo masculinos y femeninos. Hay pequeños restos de neutro en los artículos y determinantes… pero el determinante neutro pide una concordancia que enseguida se hace masculina. Por otra parte, es imposible hacer un uso neutro del lenguaje.

Los sustantivos pueden tener flexión de género o no. Presenta un cuadro-resumen del género de los sustantivos en español, distinguiendo entre nombres de cosas (concretas o abstractas), animales, y personas. Las cosas tienen género gramatical, independientemente de su terminación (por ej.: el dedo, la mano).

Los animales que más nos importan tienen flexión de género con masculino y femenino; otros tienen sólo género gramatical. El procedimiento general son los epicenos: con un solo género gramatical (delfín macho o hembra; ardilla macho o hembra— aunque sí se ha utilizado "delfina" en un contexto que hablaba de las emociones de un delfín hembra concreto).

Con las personas hay variación genérica -o/-a, o bien se marca la diferencia genérica con heterónimos (yerno/nuera) o bien se usan otras palabras que no tienen flexión de género— o sea, en estos casos hay género común (cantante, internauta). Con o sin flexión, siempre se indica el género. El debate está ante todo en los nombres personales. Y en los sustantivos: no los adjetivos, conjunciones, etc…. Únicamente los sustantivos personales son objeto de debate.

(A mí se me ocurren aquí otros usos debatibles del masculino genérico con adjetivos o participios—por ejemplo, a la hora de calificar a estudiantes como "Suspenso" o "Aprobado" sean hombres o mujeres—¿sería políticamente correcto poner en un acta "suspensa"? Cuando lo pregunto en la sesión de la tarde, se me dicen dos cosas, 1) que ahora las actas ya son sólo numéricas,  2) Una profesora feminista sí lo venía haciendo antes, poniendo "aprobada" o "suspensa" sin mayores problemas)

Se presenta una clasificación de M. L. Calero, M. Lliteras y M. A. Sastre:

Género masculino ambisexual: para expresar la identidad sexual desconocida ("cuando el solicitante es mujer") los anónimos ("el usuario de Internet") las estadísticas ("los zaragozanos, los católicos") la prototipicidad ("un abogado por cada cien mil habitantes")...

O bien género no ambisexual, clasificado en diversos tipos:

Intrasex: niño,a; abogado,a
Extrasex: El/la espía, periodista, joven, cantante, guardaespaldas...
Heterosex: padre/madre, yerno/nuera, hombre/mujer
Ortosex: el cura, el tenor, la monja, la soprano (cuando "no hay" del otro sexo).
Unisex: el prójimo, la persona, la gente, la tribu, el clero...

(y "el mujerío"? Yo no lo veo como "unisex", más bien como "heterosex").

"Jueza" es un caso favorito de Vigara, muy debatido en sociedad seguramente por el poder que detentan los jueces y las juezas. (Y las jueces también...).

En la entrada "juez" del Diccionario Panhispánico, se ha especificado que es terminación común a masculino y femenino: es atípica esta especificación, y seguramente se vio influida por el argumento popular. (El contraejemplo viene pronto: andaluz/andaluza).

(Estos debates basados en opiniones de autoridad se dan en otros casos debatidos. Por ej. El caso de "más mayor" usado para personas, también supuestamente antigramatical. Se dice que "la gente culta no lo usa así". Pero el argumento de "la gente culta" se utiliza de manera subjetiva. Este uso concreto lo ha amnistiado el Panhispánico, pero es por casualidad. Con "jueza" aún no hay amnistía popular).

Los argumentos más elaborados lingüísticamente obligan a buscar contraargumentos, aparte de contextos efectivos de uso, recogida de datos, etc.

Curiosamente la oposición a "jueza" viene mayormente de varones en principio progresistas, aunque también se encuentra en mujeres. Por ejemplo, se argumenta que "la lengua no es sexista sino lo que hacemos con ella", algo que se podría decir de cualquier cosa. Todo es "lo que hacemos con ello".

(Aunque de aquí sí parece desprenderse que los usos establecidos del género en la lengua sí le parecen a la autora sexistas- o sea, que el masculino genérico sí es sexista siempre. Aunque quizá interpreto yo demasiado su postura. En la sesión de la tarde, abogará la conferenciante por el uso no marcado del lenguaje cuando tenga valor genérico).


Otras veces se usa el argumento de que los razonamientos feministas sobre el lenguaje adecuado son "propuestas forzadas" para influir en la realidad a través del lenguaje. Se dice que el lenguaje debería seguir un cambio previo en la realidad. Argumenta Vigara que la realidad ya ha cambiado, o sea que la realidad ha cambiado pero seguimos aferrados a estos femeninos. (Yo aún diría más: que el lenguaje es parte de la realidad, y que cambiar el lenguaje es cambiar parte de la realidad).

El caso de Arturo Pérez Reverte, como gran enemigo de la corrección política feminista en el lenguaje y de cosas como "juezas": proporciona Pérez Reverte muchos ejemplos de argumentación irritada contra la variación femenina en el lenguaje. Dani Martín también.

(Aquí se está contraatacando al artículo aquel de Pérez Reverte contra la política de lenguaje no sexista de la Universidad de Zaragoza).

También está la idea propuesta a veces de que lo sexista es marcar la diferencia de sexos y no lo contrario. El argumento a "las personas cultas e inteligentes" es subjetivo, como hemos visto. A veces se dice que se usa el femenino para discriminar a las propias mujeres. Y de hecho hay veces esto es rigurosamente cierto, otras veces lo contrario.out of the frame

El caso de "el médico", uso buscado por las mujeres médico. Especifican ellas que es "el médico" pero "la doctora". Por extraño que parezca… Estiman al parecer que "la médico" no está todavía socialmente valorado. (Pues ellas sabrán, porque lo de valorarse socialmente las médicos lo tienen bien estudiado, aunque ni la mitad de bien que los médicos). La conferenciante aboga por respetar la manera en que las personas quieren que las llamen, a pesar de la extrañeza personal que pueda producir.

Contra la idea de que sea una reivindicación excesiva y que sólo funciona en una dirección. Si lo que está lleno es el masculino, ¿cómo vamos a reivindicar el masculino? Por eso se reivindica el uso del femenino. Hay algunos casos de reivindicación del femenino correspondiente por los hombres, pero es que el femenino suele estar menospreciado y no invita a la reivindicación en sentido contrario.

Otro argumento usado con frecuencia es la autoridad de la RAE. Por eso es importante que se incorporen estos femeninos de profesiones al diccionario de la RAE.

Otras veces se argumenta que el género es puramente lingüístico, que no tiene motivación social—lo cual es obviamente falso. Se dice que es un valor puramente gramatical, que no significa nada… aunque hay argumentos para rebatirlo. Muchas veces se usan para defender el masculino genérico unos argumentos pseudo-lingüísticos, basados en falsas analogías y usos ridículos inventados (las miembras y les miembres y demás...). Pero son argumentos basados en posiciones sociales, nunca neutros.

Se han hecho abundantes pruebas (había escrito yo pruebos) que indican la manera en que los supuestos "neutros" masculinos genéricos sí tienen consecuencias directas en la conceptualización, las presuposiciones y la atención. El masculino genérico no es un neutro, y favorece la percepción de los hombres como la persona que desempeña la función de modo natural.

El test de las tres íes para determinar si un término es adecuado: ¿incorrección, inadecuación social, innecesariedad? La primera, incorrección, atiende a cuestiones como lo de "forzar la gramática", la ya existencia de un género común con forma no masculina, el criterio de la RAE... La inadecuación social se refiere a los casos en que no hay mujeres desempeñando esa actividad en nuestra sociedad. En cuanto a lo innecesario... el femenino puede ser necesario aun si existe un término común precisamente para hacer visibles a las mujeres. En los términos para profesiones en femenino, la ley de primacía cognitiva nos lleva a primar la activación más accesible, o sea la más frecuente. Si hablamos siempre de femenino, activamos el femenino. Si no, el masculino: esto provoca la invisibilidad de las mujeres. El lenguaje orienta así la percepción.

¿Cómo se va a generalizar el uso de estos términos de profesiones feminizados si las propias normas orientadoras de las instituciones dicen que no se usen hasta que se generalice el uso?

Yo me quedo con ganas de preguntar si considera la conferenciante que es adecuado oponerse al masculino genérico en todo contexto, desde el punto de vista de una política feminista—y si está a favor no ya de aceptar los usos que van ganando terreno (jueza, etc.) sino de iniciar usos experimentales de una manera un tanto combativa, o por picar al macho ibérico, etc. Provocar debate en estas cuestiones puede ser divertido y productivo; otras puede hacer perder el tiempo, claro, y seguramente no hay una política adecuada para todo momento. Hay que ser estrategas.

¡Inténtala!

 

Judith Butler: Lenguaje, sexismo y resignificación


Judith Butler, lenguaje, sexismo y resignificación

El poder del lenguaje en la teoría feminista de Judith Butler —Notas sobre la conferencia de la Dra. Elvira Burgos Díaz (Universidad de Zaragoza) en las jornadas sobre LENGUA Y GÉNERO: ACTUALIDAD Y PERSPECTIVAS (Organizadas por la Universidad de Zaragoza, el Instituto Aragónés de la mujer y el grupo Sylex/Zaragoza Lingüística). Salón de Actos del Instituto de Ciencias de la Educación, Universidad de Zaragoza, 30 de octubre de 2009


El poder del lenguaje en la teoría feminista de Judith Butler

Butler no es lingüista propiamente, pero formula una filosofía del uso del lenguaje desde la crítica al sexismo y desde la teoría del sujeto.

Se parte de la crítica de Hamann a la teoría del sujeto de Descartes o de Kant: contra el pensamiento como una entidad aislada, se pasa a una centralidad del lenguaje, como algo que posibilita el pensamiento. En el XIX Nietzsche aporta una dimensión novedosa sobre el lenguaje. El lenguaje crea mundo, abre mundo, no sólo comunica algo preexistente, y allí emerge el individuo, que es imposible de pensar fuera del lenguaje. Es el "giro lingüístico" de la filosofía. Dentro de este giro lingüístico, la teoría de Judith Butler se encuentra dentro de la corriente del "giro performativo". ¿Qué es la concepción performativa del lenguaje? Que, además, tiene que ver con toda una concepción del mundo, una nueva concepción de lo que son las mujeres y los hombres. Y también con una teoría del lenguaje agresivo, de la lucha contra las palabras que pueden causar un daño.

El giro performativo es característico del postestructuralismo. No se concibe al individuo como un ente aislado de su mundo; esta concepción del sujeto, y de la libertad del mismo, queda quebrada. El sujeto no nace, sino que se hace (como decía Beauvoir); es la línea clave del pensamiento postestructuralista en la que se ubica Butler. El contexto hace al individuo; nace en un contexto preexistente que le configurará como ser humano. Parte esencial de ese contexto es el lenguaje: así se nos nombra (no nos autonombramos), y con ese signo lingüístico se nos comienza a configurar como sujetos. El cuerpo no es suficiente de por sí para la vida social: hay que constituir una presencia social y un nombre. Y así nos volvemos "vulnerables lingüisticamente"—estamos en relación de dependencia constitutiva con respecto al lenguaje.in the cut

¿Es niña o es niño? La pregunta ya condiciona la presencia de la criatura en el mundo. No tiene que ver sólo con la anatomía o la biología, sino con la interpretación social y lingüística que se hace de ese cuerpo. El lenguaje nos preexiste, y lo aprendemos, juntamente con una carga valorativa constituida socialmente. Y así el lenguaje nos constitutye por el método de la repetición y la imitación. Adquirimos el instrumento junto con todos los valores que van asociados a él y se transmiten con él. El contexto nos configura, nos otorga una identidad, mediante la repetición y la imitación de los usos sociales. Yo hago mío el lenguaje, pero antes él me ha hecho a mí—hay aquí un doble movimiento.

La teoría performativa del lenguaje se remonta a John Austin, Cómo hacer cosas con palabras. Los enunciados no son únicamente constatativos, con valor de verdad o de mentira; hay enunciados realizativos o performativos, expresiones que hacen cosas, que tienen efectos sociales—por ejemplo una promesa, un insulto, una fórmula ritual…. La formulación inicial de Austin era un tanto confusa pero abrió caminos al pensamiento. Estas acciones lingüísticas no se analizan bajo el prisma de la verdad o la mentira, sino del éxito o el fracaso. Ahora bien, Austin seguía concebiendo al individuo cartesianamente, un sujeto no socialmente consitutido. Así estas expresiones las concebía Austin como una expresión del poder y autonomía del sujeto hablante.

Derrida revisará estas tesis de Austin desde una perspectiva postestructuralista, y será la perspectiva performativa de Derrida la que resultará esencial para la teoría de Judith Butler. Lo que para Austin era accidental, los "fallos" performativos, se convertirá en esencial para Derrida. No hay posibilidad de éxito sin posibilidad de fallo. Para Austin, los performativos eran aquellos actos de habla en los que no hay diferencia entre decir y hacer, pero hay algunas situaciones en las que esto se quiebra: la ficción teatral, la literatura o poesía, o los monólogos privados, las citas… para Austin no se daban entonces las condiciones para el éxito performativo: el sujeto no está "autorizado". Para Derrida, la cita no es una excepción: la citacionalidad es la esencia misma del uso del lenguaje. Es una concepción totalmente diferente: el uso del lenguaje es una secuencia de citas y repeticiones. Todo tipo de lenguaje constituye su orden mediante la citacionalidad—y en esto Derrida va, claro, mucho más lejos que Austin.

Así pues, nazco y aprendo un lenguaje a partir de la repetición y la imitación: reconocemos las palabras porque ya están oídas antes; si el lenguaje fuese completamente creativo no habría posibilidad de entendimiento. El sujeto es sólo un elemento de la cadena de significación; un elemento crucial, pero que es constituido por esa misma linguisticidad. El sujeto es un sujeto vulnerable, constituido lingüísticamente. Su acción puede tener éxito o puede no tener éxito. El éxito o el fracaso de una acción lingüística es un riesgo: nada asegura el éxito de los usos lingüísticos. Se abre también la posibilidad así de que las palabras sexistas, racistas, homófobas, las palabras destinadas a herir, no causen el efecto que buscan.

En Estados Unidos hay mayor tendencia al control del lenguaje, a la intervención mediante la censura o la prohibición del lenguaje sexista, racista, pornográfico, etc. —o el control de las imágenes, pues no hablamos sólo de palabras sino de otros tipos de materialidades que transmiten significados y valores, las imágenes, que también transmiten sentidos y valores. El debate sobre los límites y de la prohibición y la censura es problemático. Sobre el lenguaje agresivo, Butler tiene una perspectiva propia: critica la presuposición de que el lenguaje siempre hace lo que dice—que el sujeto controla los efectos que va a provocar su lenguaje. Es una concepción desfasada, se pierde de vista lo colectivo, según Butler. La censura presupone esa concepción tradicional del lenguaje y del sujeto. Butler es crítica con esto, poniendo en escena su concepción del lenguaje siempre abierto al fracaso, y del sujeto constitutivamente vulnerable; y precisamente por eso capaz de actuar y responder. El sujeto es capaz de contestar, de resignificar de modos imprevisibles el mensaje recibido: el lenguaje está fuera de control para el sujeto; no podemos controlar su recepción.

Tampoco nuestro ser entero está bajo nuestro control: se nos escapan sus efectos. El sujeto habla no sólo su discurso, también habla con su cuerpo, y allí el inconsciente se hace cargo. Por ejemplo, en el caso de los insultos pueden verse desactivados por el lenguaje corporal, o viceversa, un lenguaje educado puede ser desautorizado por el cuerpo que habla. De ahí hablaba Felman del "escándalo del cuerpo que habla", de la siempre posible desacompasación de esos mensajes.

Butler no cree que se pueda vivir en una sociedad sin normas. Pero la censura (o sólo la censura) no es el camino adecuado para cambiar el lenguaje agresivo. En la propia lógica del lenguaje, en la repetición y la imitación, y en la resignificación, está la solución al problema. El lenguaje agresivo, o el lenguaje que hiere, hay que hacerlo circular, verbalizarlo y darle otro sentido. (Es la herencia de la teoría psicoanalítica, la teoría de la reelaboración de los traumas). Por ejemplo la revalorización de lo femenino, de la mujer, tal como se ha hecho desde el feminismo, mientras que siempre había ido asociado a términos negativos.

La apuesta de Butler es, pues, la repetición y la reelaboración, pero siempre abierta a la posibilidad del fracaso, y siendo conscientes de que la palabra nunca está bajo control, y siempre está sujeta a debate.

Turno de preguntas tras la conferencia:

Se habla del reciclaje de palabras ofensivas como "bollera", "mujer pública", "individua" y de su reutilización—por supuesto también sobre los límites de la misma, según quien intente "reapropiarse" de las palabras reapropiadas, en un contexto nuevamente ofensivo…

También se preguna por "hacer cosas con cosas", por el uso simbólico de las acciones e imágenes, y no sólo con las palabras. En un sentido amplio podíamos entenderlo como un lenguaje, dice Burgos, porque todo es lenguaje en el sentido de que organiza sentidos, transmite valores, permite actuar y desear, etc. Lenguaje en sentido amplio, el mundo social que nos rodea (insiste Burgos en la primacía del lenguaje). El lenguaje abre espacios de inteligibilidad pero cierra otros espacios. En ese sentido vivimos en un universo lingüístico, pero eso no quiere decir que controle todo, porque está sujeto al exceso. Hasta lo que se calla forma parte del lenguaje, lo que no se puede decir, lo que se censura ya de modo implícito e inadvertido. Lo excluido como elemento subversivo también procede de la teoría de Derrida, o lo prohibido para determinado grupo, lo impropio de los hombres, etc. En la teorización de la nueva masculinidad, por ejemplo, tendría mucho que decir esta aproximación.

Yo pregunto a Elvira Burgos si tiene una actitud crítica o expositiva frente a la filosofía de Butler: si cree que hay elementos de la misma que podrían prestarse a matización o reformulación. Y más en concreto: ¿cuál sería la aplicación que se hace, o que se debería hacer, de la filosofía de Butler en el actual contexto político español?

Me contesta Burgos que se suele interpretar que ella es una gran "forofa" de Butler, y que en efecto lo es, pero que sí considera aspectos de su pensamiento matizables, aunque no entra a especificarlos por no estar directamente relacionados con las cuestiones hoy debatidas (se referirían más, al parecer, a la teoría de lo queer). Sea como sea, considera que está teniendo un gran eco hoy el pensamiento de Butler, no tanto en lo institucional, sino más bien en los movimientos sociales que es donde se hace (según la teoría misma de Butler) la acción política a muchos niveles. En ese sentido sí está siendo un pensamiento muy influyente en España.


Me quedo con ganas de preguntar más cosas—por ejemplo esos aspectos de la doctrina queer que se prestan a desacuerdo—o cuál habría de ser la política butleriana al parecer basada en la "no prohibición" aplicada en un contexto institucional... cosa que parece algo problemático, pues censura siempre la hay y la habrá, en unos sitios más que en otros, y en las instituciones desde luego, y no parece universalmente deseable, ni de hecho posible, que se suprima.

Y más en concreto, me gustaría preguntar sobre un aspecto polémico del pensamiento de Judith Butler. Pasa por ser ésta una "constructivista radical" en materia de identidad sexual; ahora bien, ahora hay un interesante debate sobre los límites del constructivismo llevado desde teorías como la crítica evolucionista o el cognitivismo. Sería interesante ver en qué medida los presupuestos de estas teorías contradicen el tipo de constructivismo sostenido por Judith Butler. Sin estar, por supuesto, cerradas a la influencia de la construcción social en la naturaleza humana—pero sí defendiendo la existencia de una naturaleza humana que es la que puede modelarse o resignificarse dentro de unos límites.


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