Blogia
Vanity Fea

Literatura y crítica

Young White Male Author Seeks...

 

Más teoría del cine

19/4/12

Un posting que nos viene de la  CINEMA-L@listserv.american.edu :

Dear all:
I'm sorry for cross-posting but the release of Jean-Luc Godard's Introduction to a True History of Cinema and Television in English has just been announced and I thought it might interest you to read about it and a handsome pre-order offer that is available for some time until publication: ~ It’s here! Or almost. Jean-Luc Godard’s monumental book, five years in the making, will be released in September. Until then, we’re inviting you to read a free chapter on the caboose web site and to take advantage of a pre-order discount offer – a cloth-bound library edition for the price of a paperback, which moreover won’t be printed for months after the hardcover. Details on the caboose site. While you’re on the site, please take a moment to look around. First stop: Planetary Projection, our free, collaborative on-line project documenting worldwide film projection – before it’s too late – through stories written by some of the remarkable ‘characters’ in the booth. Everyone is crazy about this project, and you will be too. Please spread the word, especially to anyone you know who has ever projected film and might like to contribute. You’ll find other free stuff on the site, including my essay – in English, French and Spanish – on film projection in early cinema, and the legendary but little-seen catalogue of the 1949 Festival du Film Maudit. And my entire book on South American cinema . . . One thing we can’t give away, for copyright reasons, is anything from my acclaimed new translation of selections from André Bazin’s What is Cinema? To make up for that, we’ve posted my (in)famous 20-page footnote on Bazin’s use of the termdécoupage, which simply turns film studies orthodoxy on its head. A must read. Speaking of découpage, you’ll find on the site a description of caboose’s next book, which I have the honour and privilege of co-authoring with two of Europe’s (the world’s!) finest film scholars, Jacques Aumont and Frank Kessler. As the first title in the caboose series Kino-Agora, edited by Chris Keathley, Montage, Découpage, Mise en Scène: Essays on Film Form will use the short essay form to explore historical and theoretical issues around these three concepts and practices in film studies and filmmaking. You’ll want to read this little book on a train journey, while it transports you to a world of film writing which – like peaceful train journeys! – seems lost today. This volume will quickly become mandatory reading for every student of film aesthetics. My own contribution will examine découpage, film studies’ lost term and missing link, through Bazin and others, including Buñuel and Balázs, probing the term’s elusive meaning and sketching a role for it in film studies today. Because David Bordwell uncharacteristically declined to respond to my criticism of his work in the découpage footnote or, more importantly, to engage in the friendly debate I proposed when he kindly purchased a copy of the Bazin (legally, in Hong Kong), I’ll have to whack him all over again in this new volume. If he blundered, he owes it to his readers to set the record straight. If he thinks he’s right about the larger issues my note raises, I’m sure his views in light of it would be of interest to many people. While he’s at it, he might wish to make amends for ungraciously snubbing Planetary Projection’s projectionist contributors and volunteer co-ordinator by declining to mention the project in his recent multi-part blog series on film projection. I hope you enjoy the Godard, a five-year labour of love that will surely go down as one of the fundamental film texts of the twentieth century.
Kind regards,
Timothy Barnard
caboose
www.caboosebooks.net

Angustia de saberse copia

7/4/12

 

Uno de los temas principales de la novela Solaris de Stanislaw Lem es la autenticidad de la experiencia. Los investigadores que estudian el planeta Solaris, o que son estudiados por él, se enfrentan a un mundo que tiene capacidad de generar formas infinitamente variables y complejas. Una vez sus observaciones han progresado, el planeta es capaz de realizar copias de ellos mismos, y (aún peor) de las personas que amaban y perdieron en el pasado. El recuperar un simulacro perfecto de su esposa Harey, muerta hace años, con la edad que tenía entonces, produce en el protagonista Kelvin una mezcla de horror y agradecimiento. Pero la situación se complica cuando la propia Harey, desorientada al principio sobre su situación y sobre su ser, empieza a angustiarse al intuir su auténtica naturaleza.

      —¿Harey...? —repitió despacio, nuevamente—. Pero... yo... no soy Harey. ¿Quién soy... yo? ¿Harey! ¡¿Y tú, y tú?!
     De repente, se le dilataron las pupilas, le brillaban, y la sombra de una sonrisa de sorpresa absoluta le iluminó la cara. 
      —¿Quizás, tú también? ¡Kris! ¡¿Quizás, tú también?!
     No dije nada, apoyaba la espalda contra el armario, hacia donde me había empujado el miedo. 
      Extendió los brazos. 
      —No —dijo—. No, porque tienes miedo. Escucha, yo no puedo. Así no se puede. No sabía nada. Ahora sigo sin entender nada. Esto no es posible. Yo—apretaba sus manos blancas contra el pecho—no sé nada, aparte de..., ¡aparte de que soy Harey! ¿Crees que estoy fingiendo? No estoy fingiendo, palabra de Dios, no estoy fingiendo!

Lo inquietante en esta escena es que la sinceridad y el sentimiento del sujeto pueden ser también una copia, un efecto de un sistema generador de tales emociones, instalado para tal efecto por una inteligencia, por así llamarla, que trasciende la comprensión de los propios sujetos: el planeta Solaris, en la novela, o las estructuras sociales generadoras de la experiencia humana, en nuestra analogía estructuralista.

Recuerda esta escena, pero con mayor intensidad, precisamente por ser repetición de una historia anterior, la historia de amor de Blade Runner, el investigador que descubre que se ha enamorado de una Replicante cuyo status de persona es ambiguo (humana no es, persona se nos hace suponer que sí). La simulación perfecta de la experiencia lleva no ya a confundir el simulacro con la realidad, sino a desconstruir la originalidad del original, y mostrar la dimención de simulacro que acecha en la base de toda experiencia.

En Solaris, los propios astronautas elaboran con sus máquinas detallados encefalogramas, copias detalladas de sus procesos mentales, que ni ellos mismos son capaces de procesar y entender por completo; aquí la experiencia mental aparece como potencialmente copiable, reproducible, es materia semiótica y por lo tanto repetible, no tiene sentido en última instancia la diferencia entre el original y la copia. La realidad adquiere una estructura informacional, síntoma y anticipación a la vez de la era cibernética en que se escribió la novela. Toda la realidad queda potencialmente virtualizada, una vez es analizable, reproducible y ya por el mismo hecho de haberse hecho analizable, de haber sido desentrañada en su estructura combinatoria.

La relación paradójica entre el original y la copia ha sido teorizada y comentada por críticos como Baudrillard (en Simulacros y simulación) y Derrida (con su teoría de la repetibilidad e iterabilidad del signo). Pero también es un tema de Borges, que ve más allá del carácter único de una experiencia su potencial repetibilidad, la manera en que responde a una gramática de las situaciones o de los sentimientos, más allá del individuo o situación que le da forma en un momento dado. Es también, potencialmente, un fantasma que ronda al pensamiento estructuralista.

La angustia de saberse copia también aparece de manera memorable, y anterior a éstas, en una novela corta del siglo XIX: Olalla, de Stevenson. Allí la protagonista Olalla desciende de una antiquísima familia que ha degenerado no sólo social sino también genéticamente; corre por la familia una enfermedad (maldición la llaman algunos) que los lleva a la locura y la licantropía. Olalla parece libre de esa herencia, pero ha decidido no tener hijos y poner fin a la línea familiar, por no transmitirla a sus descendientes. En una conversación con el narrador, cuya propuesta de matrimonio rechaza, Olalla expresa de manera vívida su sensación de ser más, o menos, que un individuo— de ser un individuo como una combinatoria de ingredientes ya existentes, y transmisibles genéticamente (la palabra que emplearíamos hoy). Stevenson estaba sin duda al tanto de las discusiones contemporáneas sobre la herencia, y las lleva con genialidad a un extremo lógico que le hace presentar al individuo consciente como alguien angustiado de saberse impotente en su individualidad—alguien cuya experiencia ya ha sido vivida antes, y cuyo ser más íntimo y personal ha sido zarandeado y herido por la angustia de saberse una variación sobre un tema, una copia, sin una sustancia sólida a la que aferrar su identidad individual.

Este es un párrafo memorable, también por la consciencia que muestra del origen animal de la especie humana—algo que demuestra que tanto Stevenson como (más inverosímilmente) su protagonista Olalla estaban al tanto de las investigaciones evolucionistas sobre el origen de la humanidad:

—¡Ay! —exclamó ella—. ¿Qué voy a decirle a usted? Mis padres, hace ochocientos años, gobernaban toda esta comarca; eran sabios, grandes, astutos y crueles; eran, en España, una raza escogida; sus enseñas conducían a la guerra; los reyes los llamaban primos; el pueblo, cuando veía que alzaban horcas o cuando, al regresar a sus cabañas, las encontraban humeando, maldecía sus nombres. De pronto sobreviene un cambio. El hombre se ha levantado del bruto, y como se ha levantado del nivel del bruto, puede otra vez caer. El soplo de la fatiga comenzó a azotar a aquella raza y las cuerdas se relajaron, y empezaron a degenerar los hombres; su razón se fue adormeciendo, sus pasiones se agitaron en torbellino, reacias e insensibles como el viento en los cañones de la montaña. Todavía conservaban el don de la belleza, pero no ya la mente guiadora ni el corazón humano. La simiente se propagaba, se revestía de carne, y la carne cubría los huesos; pero aquello era ya carne y hueso de brutos, sin más racionalidad que la de la última bestezuela. Se lo explico a usted como puedo. Usted habrá apreciado ya por sí mismo lo que ha decaído mi raza condenada. En este descenso inevitable, yo estoy sobre una pequeña eminencia accidental, y puedo ver un poco hacia atrás y hacia adelante, calculando así lo que perdimos y lo que aún estamos sentenciados a perder. ¿Y he de ser yo, yo misma, que habito con horror esta morada de la muerte, este cuerpo, quien repita el conjuro funesto? ¿He de obligar a otro ser tan renuente a ello como yo misma, a vivir dentro de esta abominable morada que yo no puedo soportar? ¿Puedo yo misma empuñar este vaso humano y cargarlo de nueva vida como de nuevo veneno, para lanzarlo después, a modo de fuego asolador, a la cara de la posteridad? No, mi voto está hecho; la raza tiene que desaparecer del haz de la tierra. A estas horas mi hermano estará acabando los arreglos; pronto hemos de oír sus pasos en la escalera; usted se irá con él, y yo no he de volver a verlo en mi vida. Recuérdeme usted, de tarde en tarde, como a una pobre criatura para quien la lección de la vida fue muy cruel, pero que supo aprovecharla con valor; recuérdeme usted como una mujer que lo amó, pero que se odiaba tanto a sí misma que hasta su mismo amor le era odioso; como una mujer que lo despidió a usted, y que hubiera querido retenerlo para siempre a su lado; que nada desea más que olvidarlo, y nada teme más que ser olvidada.

En Solaris, la relación entre el narrador Kelvin y el simulacro de su esposa llega a un punto nuevo cuando, conociendo ambos la situación, se reanuda sobre la base de quienes son, no de quienes habían sido:

     —Escucha...—dijo—, hay algo más. ¿Me... me parezco... mucho a ella' 
     —Antes sí, te parecías—dije, pero ahora ya no lo sé.
     —¿Cómo?
     Se levantó del suelo y me miró con sus enormes ojos.
     —La has superado.
     —¿Y estás seguro de que no es a ella, sino a mí a quien quieres? ?¿A mí? 
     —Sí. A ti. No sé. Puede que, si de verdad fueras ella, no podría quererte. 
     —¿Por qué? 
     —Porque hice algo terrible.
     —¿A ella? 
     —Sí. Cuando estábamos...
     —No lo digas.
     —¿Por qué?
      —Porque quiero que sepas que no soy ella.

Hay que saber recrearse. Dentro de un orden—porque de hecho, no hacemos otra cosa. Cada mañana, al despertarnos, nos convertimos en una copia más o menos perfecta de nosotros mismos. Los demás nos ayudan, y nuestro lugar en el tráfico. Así evitamos mal que bien una angustia que sin embargo a veces se mezcla extrañamente con la angustia de saberse copia—la angustia de no saber quiénes somos, o por qué hacemos lo que hacemos.


Stevenson y Olalla

Objeto extraño

4/4/12

Leyendo Solaris, una novela que nació el mismo año que yo. Ya he visto dos películas sobre ella (la de Tarkovsky y la de Soderbergh) que, aunque bonitas, no le hacen justicia suficiente al ambiente de desaliento, vida póstuma y pasmo ominoso, unheimlich, que transmite la novela. El planeta Solaris desafía los intentos de los científicos por entenderlo, sobre todo cuando parece responder a la mente de los propios investigadores generando simulacros de sus temores o deseos más secretos. Y se crea en torno suyo la "Solarística", una disciplina confusa que en sus contradicciones y teorías semiabortadas es mímica de toda la hermenéutica humana frente a los misterios y a los objetos que admiten interpretaciones múltiples (como la literatura, por ejemplo). Dice el narrador que la solarística deja pequeña a la escolástica medieval. Y Slavoj Zizek dice en Lacrimae Rerum:


"¿Y no es acaso el planeta alrededor del cual gira la historia (compuesto por una misteriosa materia que parece capaz de pensar, es decir, que es en cierto modo la materialización misma del Pensamiento) un nuevo ejemplo de la Cosa lacaniana como 'Gelatina Obscena', como lo Real traumático, como el punto en el cual desaparece la distancia simbólica y deja haber necesidad de discurso ni de signos, puesto que el pensamiento pasa a intervenir directamente en lo Real? (...) Solaris es una máquina que genera/materializa en la realidad el suplemento/pareja objetual último que yo nunca podré aceptar en la realidad, por más que toda mi vida psíquica gire alrededor de él."

Al igual que el planeta Solaris, la novela Solaris que lo tiene en su centro es un objeto extraño. Para David Ketterer, en Apocalipsis Utopía Ciencia Ficción,

"la novela Solaris estimula toda clase de hipótesis, ninguna finalmente comprobable, y algunas indiscutiblemente incorrectas. Sin embargo, la naturaleza paradójica de la novela es tal que las interpretaciones erróneas no hacen sino realzar su impacto".

Jesús Palacios, que los cita en su introducción, observa que la novela Solaris y el planeta Solaris no coinciden sólo en nombre: "ambos se funden y confunden, confundiendo a su vez sanamente al lector, que se verá sin duda alguna, finalmente, tentado a reflexionar y ofrecer su propia versión del tema. En definitiva, a convertirse también un poco en 'solarista'."

Otras historias de ciencia ficción o terror han explotado esta conexión entre el objeto extraño y la alteridad alojada en el interior del observador o intérprete. (Me acuerdo de Sphere, esa película con Dustin Hoffman, donde cada cual generaba su propio miedo, su propio objeto de horror). En el comentario de Palacios se subraya la dimensión reflexiva de la novela, al estar centrada en una actividad interpretativa, hermenéutica:

"Solaris es la única obra literaria que hace de sí misma el principal objeto de su estudio, y proyecta sobre la realidad una ficción científica iluminadora a la vez que se lee como espléndida narración de género, llena de suspense". Es también, claro, una novela de fantasmas, de Apariciones, y muestra cómo al intentar entender lo más extraño acudimos a lo que tenemos más dentro, a los fantasmas en torno a los cuales se estructura nuestra personalidad. Como dice el semienloquecido Snaut, presa de sus propias fantasías monstruosas,

"No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Con uno, ya nos atragantamos. Aspiramos a dar con nuestra propia e idealizada imagen: habrá planetas y civilizaciones más perfectas que la nuestra; en otras, en cambio, esperamos encontrar el reflejo de nuestro primitivo pasado. Mientras, al otro lado subsiste algo que no aceptamos, de lo que nos defendemos (...) ¡Nuestra propia fealdad, aumentada como bajo un microscopio, nuestra necedad y nuestra vergüenza!"

Encontrarás dragones, por esos planetas.

Lem, Stanislaw. Solaris. 1961. Trad. Joanna Orzechowska. Introd. Jesús Palacios. Madrid: Impedimenta, 2011.*

Tarkovsky films now free online 

Borradores (Ego Scriptor)

3/4/12

 

Una conferencia sobre la poética de Valéry: "Ego Scriptor" (Monique Alain-Castrillo). Valéry estaba más interesado en el proceso creador que en la obra acabada; ésta es hasta cierto punto accidental; revisa sin cesar en cientos de borradores. También dice Valéry que "nacemos siendo muchos, morimos uno solo" — aquí hay un paralelismo entre la vida y sus múltiples posibilidades y direcciones, y el texto, también abierto durante su creación y su lectura, y que va adquieriendo su forma final conforme lo escribimos y leemos. Pero todo texto finalizado, y toda obra finalizada, traiciona sus posibilidades, o engaña con su aparente (y real) finalidad, comparado con las posibilidades y potencialidades que encierra. La vida y la escritura podrían verse así como el proceso por el cual el tiempo nos va cerrando posibilidades y potencialidades futuras, y los va convirtiendo en potencialidades pasadas. Que sin embargo algo siguen teniendo de potencial, igual que el futuro del pasado sigue teniendo algo de futuro. Valéry escribió decenas y decenas de cuadernos de anotaciones, que al final se publicaron únicamente en edición facsímil. No creo que nadie los lea, aparte de quien los escribió.

Zozobras completas

Upon the Saying that my Verses were made by another

23 de marzo de 2012


Anne Killigrew (c. 1660-1685)
"Upon the Saying that my Verses were made by another"

 NExt Heaven my Vows to thee (O Sacred Muse! )
I offer'd up, nor didst thou them refuse.
  O Queen of Verse, said I, if thou'lt inspire,
And warm my Soul with thy Poetique Fire,
No Love of Gold shall share with thee my Heart,
Or yet Ambition in my Brest have Part,
More Rich, more Noble I will ever hold
The Muses Laurel, than a Crown of Gold.
An Undivided Sacrifice I'le lay
Upon thine Altar, Soul and Body pay;
Thou shalt my Pleasure, my Employment be,
My All I'le make a Holocaust to thee.
  The Deity that ever does attend
Prayers so sincere, to mine did condescend.
I writ, and the Judicious prais'd my Pen:
Could any doubt Insuing Glory then ?

What pleasing Raptures fill'd my Ravisht Sense ?
How strong, how Sweet, Fame, was thy Influence ?
And thine, False Hope, that to my flatter'd sight
Didst Glories represent so Near, and Bright ?
By thee deceiv'd, methought, each Verdant Tree,
Apollos transform'd Daphne seem'd to be;
And ev'ry fresher Branch, and ev'ry Bow
Appear'd as Garlands to empale my Brow.
The Learn'd in Love say, Thus the Winged Boy
Does first approach, drest up in welcome Joy;
At first he to the Cheated Lovers sight
Nought represents, but Rapture and Delight,
Alluring Hopes, Soft Fears, which stronger bind
Their Hearts, than when they more assurance find.
  Embolden'd thus, to Fame I did commit,
(By some few hands) my most Unlucky Wit.
But, ah, the sad effects that from it came !
What ought t'have brought me Honour, brought me shame !
Like Esops Painted Jay I seem'd to all,
Adorn'd in Plumes, I not my own could call:

Rifl'd like her, each one my Feathers tore,
And, as they thought, unto the Owner bore.
My Laurels thus an Others Brow adorn'd,
My Numbers they Admir'd, but Me they scorn'd:
An others Brow, that had so rich a store
Of Sacred Wreaths, that circled it before;
Where mine quite lost, (like a small stream that ran
Into a Vast and Boundless Ocean)
Was swallow'd up, with what it joyn'd and drown'd,
And that Abiss yet no Accession found.
  Orinda, (Albions and her Sexes Grace)
Ow'd not her Glory to a Beauteous Face,
It was her Radiant Soul that shon With-in,
Which struk a Lustre through her Outward Skin;
That did her Lips and Cheeks with Roses dy,
Advanc't her Height, and Sparkled in her Eye.
Nor did her Sex at all obstruct her Fame,
But higher 'mong the Stars it fixt her Name;
What she did write, not only all allow'd,
But ev'ry Laurel, to her Laurel, bow'd !

  Th'Envious Age, only to Me alone,
Will not allow, what I do write, my Own,
But let 'em Rage, and 'gainst a Maide Conspire,
So Deathless Numbers from my Tuneful Lyre
Do ever flow; so Phebus I by thee
Divinely Inspired and possest may be;
I willingly accept Cassandras Fate,
To speak the Truth, although believ'd too late.

______


En A Celebration of Women Writers, de Anne Killigrew, Poems 1686. Facs. edn., ed. R. E. Morton. Gainesville, Florida: Scholars, 1967. pp. 44-47.


CC Prose

19 marzo 2012

El canal de YouTube CC Prose es un excelente recurso que añadir a la colección de recursos favoritos para estudiantes de inglés.

CC Prose is dedicated to making classic literature accessible to people around the world. We make more than just audiobooks. By combining high quality audio, large print text, synchronized closed captions, and machine translations in multiple languages; we provide something for everyone. Learn English, learn to read, with free videobooks from CC Prose.
 
All chapters contain synchronized text, an interactive transcript, and closed captions.


Mi propia colección de recursos estaba aquí, incómoda de actualizar... Otra hay en la bibliografía, más amplia y dispersa. Pero en fin, cada cual tiene la suya. Aquí hay uno de los cientos, miles de vídeos con obra literarias leídas en este canal, La guerra de los mundos de H. G. Wells—que lo acabo de incluir en un programa de literatura inglesa, ya le tocaba.




The Invisible Man

Escritura compulsiva


Estoy que no escribo—al menos no compulsivamente. Y esa es la única escritura que vale la pena, según Mark C. Taylor:

The only writers worth reading are writers who cannot not write. They are obsessed, though they know not by what. Indeed, if they knew what obsesses them, they would no longer have to write. For genuine writers writing is neither a job nor a profession—it is nothing less than life itself. If asked why they write, they can only echo Luther standing before the Diet of Worms: "I can do no other". They do not write to earn money or in the hope of becoming a tenured professor; writing without why, they write because they must write. Their work requires no research other than life itself. The true writer obsessively pursues the sentence that will make his life worth living. Scholars who cannot write are granted tenure for their books about writers who can.

(...)

But writing to pass time by distracting us from what we feel compelled to avoid is not really writing. The writing that matters neither comforts nor reassures but relentlessly turns us toward what turns us away.

The obsession that allows—no, requires—one to write is as much a curse as a blessing. Ordinary writers confronted with a blank page fear words will not come; obsessed writers dread they will never stop. Day and night, night and day, words leave the writer no rest. They arrive when and where they will, crowding out other thoughts and interrupting sleep that is never sound. Once they start, no distraction will stop them—they flow faster than the hand can record them. Ask the writer where they come from and she will in all likelihood confess she does not know and is not even sure it is she who writers. Writing seems to emerge from a fathomless elsewhere. Though more interior than the most profound inwardness, the elsewhere that is the whence of writing is where I am by not being there. When the writer signs books, she knows her name is doubled by an anonymity that speaks pseudonymously in words that are not her own.

(...)

The writing that matters is not a choice—it is a gift that imposes burdens that cannot be refused. The obsession of writing often carries a hight price: Kierkegaard collapsed on the streets of Copenhagen at the age of 42 and died a few days later. Nietzsche slipped into madness at 46 and lingered for a decade; Poe fell into a drunken stupor on a Baltimore street and died alone and unknown when he was 40; Melville faded from the public eye when he was only 33 and lived in solitude and anonymity for decades. There were others, many others. Often the more intensely the flame of writing burns the more briefly it lasts. For the serious writer the true tragedy is not going mad or dying young but continuing to write when he has nothing left to say.

A photo on Flickr

Reading personal imprints