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Vanity Fea

Literatura y crítica

Sobre los límites de la interpretación

Huy, qué tarde llego a la discusión sobre este tema en el blog de Magda... pero bueno, aquí dejaré mi granito de arena (o de cal, oye, una de cal y otra de arena). Yo creo que la interpretación no tiene otros límites que los que pone el acuerdo entre la comunidad de intérpretes. "No todo vale" para Eco, pero lo que no vale para Eco valdrá para otros... quizá menos autorizados, ojo, que no digo que todo valga para mí, yo también estoy ubicado en esas comunidades de sentido... Pues bien, en muchas de esas comunidades, no se disocia autor y obra tanto como aquí sino que la obra se entiende como un discurso que, para su comprensión en muchas dimensiones, necesita interpretarse en relacion a quien la ha escrito. Si no quedaría desubicado, flotante en la historia, podríamos tacharle el nombre del autor, y no lo hacemos, en absoluto. ¿Qué sería de Mrs Dalloway sin Virginia Woolf? Y hasta las interpretaciones más peregrinas encuentran una pequeña comunidad para obtener allí su parte de verdad. Claro que igual no es nuestra verdad.

Verdades hay muchas, pero no todas son verdad para nosotros. De hecho, las verdades más firmes son también, unos kilómetros o metros más allá, las falsedades más evidentes. Sentar una verdad en un determinado ámbito de discusión (una verdad como creencia compartida por los interlocutores) no es nada fácil. Esa verdad marca muchas veces los límites de la interpretación (por un proceso de reducción a común denominador). Más allá de esta definición interactiva de la verdad, no tiene mucho sentido intentar establecer los límites de la interpretación fuera de una situación interlocutiva determinada.

(Sobre esto habló Fish, con sus "comunidades interpretativas", y también lo trataron de modo más fascinante, William James y George Herbert Mead, en sus teorías sobre la verdad).

Otro problema interesante, y sólo parcialmente distinto de éste, es el de establecer los límites de la interpretación en una interlocución con uno mismo. Que es mi caso.

Pragmática, interaccionismo, y análisis crítico del discurso

 

 

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El poema del día

(Viernes 5 de mayo). Atleta S. extrae del diario de Arcadi Espada fragmentos que versifica, o se versifican, libremente, en su blog El poema de 2006. Este es su poema de hoy: "Mr Moussaoui in his last chance":

Mr. Moussaoui in his last chance
to be heard in public delivered
a political speech about his hate
for America concluding God curse
America and save Osama bin Laden
you’ll never get him America
you lost and said he had won
well Mr. Moussaoui if you look
around this courtroom today
every person in this room
when this proceeding is over
will leave this courtroom and they
are free to go anyplace they want
they can go outside they can feel
the sun they smell fresh air
youwill spend the rest of your life
in a super-maximum security facility
in terms of winners and losers
it’s quite clear who won and who lost
Mr. Moussaoui shot back that
was my choice it was hardly
your choice Judge Brinkema retorted
as for you Mr. Moussaoui you came here
to be a martyr and to die
in a great big bang of glory but
to paraphrase the poet T. S. Eliot
instead you will die with a whimper
Mr. Moussaoui tried to interject again
and Judge Brinkema spoke over him
saying you will never again
get a chance to speak and that
is an appropriate and fair ending

 

(Mmm... ¿Quién es el autor? O, aún peor, ¿quién es el autor implícito? Imposible de determinar. La poesía postmoderna es un ready-made-do-it-yourself).

 

La poesía es, dijo el utilitarista, aquel tipo de escrito en el que las líneas no llegan
Hasta el extremo derecho de la página, y, en efecto, no llegan...
Podrían llegar, si alguien

Rectificase el poema,

(Tú, mismo, lector,

Quitando espacios),

Haciendo un uso del papel más

Utilitarista,

Pero el estado actual de nuestra economía permite

O aconseja conceder

Un cierto margen al poeta,

Y así pues

Al margen derecho

No

Llegan
Las
L
í
n
e

a

s
.

.
.

Poesía basura

La sombra del viento

La sombra del viento

Me acabo de leer el libro de Carlos Ruiz Zafón La sombra del viento, y aquí van unos spoilers (es spoileable, pero también muy legible a pesar de eso). Narra las aventuras de un chaval joven, Daniel, que en la Barcelona de posguerra repite (con variaciones más afortunadas) las andanzas de su "padre espiritual" o quizá doppelgänger, Julián Carax, el autor del libro favorito de Daniel La sombra del viento.

Resulta éste Carax ser el hombre sin cara, Cara-X, un siniestro perseguidor que aparece a veces de modo fantasmal intentando destruir ese ejemplar del libro. Carax había sido un buen autor que fracasa en la vida; sus libros no se venden, sus esperanzas de promoción social resultan ser engañosas, su historia de amor con su hermanastra es frustrada por su padre el magnate... y vuelve a Barcelona al comienzo de la guerra civil, tras años de ausencia, a por su amada que aún cree viva, pero en realidad a caer en la trampa de venganza del siniestro inspector Fumero, que también deseaba a la misma mujer. Fumero es una bestia asesina, de esas que suben como la espuma en tiempos revueltos, sobre todo cuando el Estado se convierte él mismo en un Estado asesino. Durante la guerra, desesperado y manipulado por Fumero, Carax quema toda su obra, y pierde su rostro a la vez en el incendio. Entramos en la historia vislumbrándola oscuramente, y sólo se nos aclara con la narración que a Daniel le ha dejado escrita Nuria Monfort, antigua amante de Carax, que lo cuidó tras su desfiguramiento, y que ahora ha sido asesinada por Fumero.

Termina la obra con la venganza de Carax, la muerte del inspector Fumero, y el éxito de Daniel, que sí logra llevar adelante su historia de amor, tan parecida a veces, con la hermana de su amigo Tomás Aguilar, Bea. También logra devolver a Carax la esperanza en la vida y las ganas de escribir... y "la pluma de Victor Hugo" que le había comprado Nuria Monfort. Daniel es un héroe flojillo, atrevido y decidido a seguir el hilo del misterio, pero cobarde físicamente, e impotente ante la brutalidad de los demás. Se le une otro antihéroe todavía más antiheroico, Fermín Romero de Torres, antiguo represaliado por Fumero, que sufre nuevas palizas pero sin decaer nunca en su ánimo, ni en sus recursos.

Una de las cosas que más llaman la atención en la novela es la descripción del ambiente de resentimiento, silencios y opresión tras la guerra civil, consecuencia de la brutalidad desatada durante la guerra y su pervivencia latente en la dictadura que siguió. Está bien llevada (muy mendozamente) la manera en que las tensiones en la vida de Carax, de origen social y sexual, con mucho componente de clase, van sumándose poco a poco hasta que vuelve a Barcelona en plena guerra civil. Nuria Monfort dice del ambiente de Barcelona en 1936:

Me es imposible describir aquellos primeros días de la guerra en Barcelona, Daniel. El aire parecía envenenado de miedo y de odio. Las miradas eran de recelo y las calles olían a un silencio que se sentía en el estómago. Cada día, cada hora, corrían nuevos rumores y murmuraciones. Recuerdo una noche, volviendo a casa, en que Miquel y yo descendíamos por las Ramblas. Estaban desiertas, sin un alma a la vista. Miquel miraba las fachadas, los rostros ocultos entre los postigos escudriñando las sombras de la calle, y decía que podían sentirse los cuchillos afilándose tras los muros. (476)

Estos recelos opresivos tienen su contrapartida en el silencio oficial y olvido voluntario que se da en la posguerra:

Nunca subestimes el talento para olvidar que despiertan las guerras, Daniel. (487).

Claro que es un olvido ese solamente oficial y de puertas afuera. De puertas adentro la gente sí recuerda, pero se crea una mala conciencia pública por el desfase entre lo que se sabe y lo que se puede decir, o lo que se quiere decir.

Vivíamos de rumores, recluidos. Supimos que Fumero había traicionado a todos aquellos que le habían encumbrado durante la guerra y que ahora estaba al servicio de los vencedores. Se decía que él estaba ajusticiando personalmente—volándoles la cabeza de un tiro en la boca—a sus principales aliados y protectores en los calabozos del castillo de Monjuïc. La maquinaria del olvido empezó a martillear el mismo día en que se acallaron las armas. En aquellos días aprendí que nada da más miedo que un héroe que vive para contarlo, para contar lo que todos los que cayeron a su lado no podrán contar jamás. Las semanas que siguieron a la caída de Barcelona fueron indescriptibles. Se derramó tanta o más sangre durante aquellos días que durante los combates, sólo que en secreto y a hurtadillas. Cuando finalmente llegó la paz, olía a esa paz que embruja las prisiones y los cementerios, una mortaja de silencio y vergüenza que se pudre sobre el alma y nunca se va. No había manos inocentes ni miradas blancas. Los que estuvimos allí, todos sin excepción, nos llevaremos el secreto hasta la muerte. (509).

El rostro desfigurado de Carax es un símbolo traumático desplazado, un emblema de la herida que ha dejado la guerra en lo privado y en lo público, un desfiguramiento evidente que a la vez se oculta y no puede manifestarse públicamente. (NOTA) Es curioso sin embargo que Carax no pueda culpar de todos sus errores a Fumero; una buena dosis son obra suya y los expía y perpetúa intentando destruir sus propios libros uno por uno, como si en su persona hubiese asimilado y dado forma al rostro abyecto de su mayor enemigo. Carax encarna así el desfigurado rostro colectivo de la posguerra. Contra ese trasfondo traumático trabaja en parte el argumento de venganza folletinesca de la novela, una vendetta del desfigurado en la que hay una buena dosis de wishful thinking o fantasía compensatoria: por ejemplo en la muerte de Fumero a manos de un Carax que más parece a estas alturas un superhombre que un tullido. España desde luego no tuvo esa catarsis... La novela es así una retribución simbólica, o una llamada a la "memoria histórica" antifranquista. La vida de Daniel puede así repetir, sin trauma, lo que debía haber sido la vida de Carax en una sociedad más abierta.

Carax supermán ha pasado antes por otras fases: de espectro maligno a amante romántico, y a pobre hombre... aún seguirá evolucionando. En los años 60, nos dicen los epílogos, Julián Carax, sin cara de por vida, vuelve sin embargo a escribir... El hijo muerto de Julián y su amada imposible, Penélope Aldaya, se llamaba Daniel. El nuevo Daniel (el protagonista, hijo espiritual de Cárax) tiene un hijo con Bea a quien le pondrá Julián. La última novela que envía Julián Carax a Daniel, El ángel de brumas, comienza quizá con un episodio en el que un niño de diez años, Julián, va con su padre, por primera vez, al Cementerio de los Libros Olvidados... superponiendo así la historia de Julián Carax niño, la de Daniel, y la de su hijo Julián; ese nuevo libro de Carax será, al parecer, una versión alternativa de La sombra del viento (la de Zafón, no la de Carax... aunque una y otra se mezclan a veces. Del mismo modo que Carax termina convertido en Laín Coubert, el diablo sin cara, uno de los personajes de su novela). Y es que los libros te llevan, inesperadamente, a la vida. Si no siempre a la vida de su autor, como en este caso, sí a la propia de cada cual.

En una ocasión oí comentar a un cliente habitual en la librería de mi padre que pocas cosas marcan tanto a un lector como el primer libro que realmente se abre camino hasta su corazón. (13)

Terminaré recordando lo que es el principio de la novela, el Cementerio de los Libros Olvidados, a donde su padre lleva a Daniel niño:

—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vieron o soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardinanes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu...

Allí Daniel adopta, según la costumbre (à la Fahrenheit), un libro: La sombra del viento, de Julián Carax. (Esta Sombra del viento, más desafortunada que la de Ruiz Zafón, apenas si vendió algunos ejemplares...). Aunque de hecho, la novela de Ruiz Zafón nos muestra que si mucho hay en los libros, todavía hay más alrededor de los libros. Un libro no sólo cuenta una historia. Es una historia, y tiene una historia, pero esa historia muchas veces no queda escrita. Toda biblioteca es, en cierto modo, un Cementerio de los Libros Olvidados. Y tantas otras cosas más que se olvidarán porque no se escribieron, ni se dijeron... Las novelas sobre la memoria de la guerra civil y la posguerra (Tu rostro mañana de Javier Marías también me impresionó a este respecto) tratan de poner nombre a algunas de ellas, para que existan al menos en un libro. (Acuérdate de recordar. Recuerda los obstáculos que se ponían al recuerdo...).

Y con esa llamada a la memoria como vida póstuma termina la narración escrita que deja Nuria Monfort:

De todas las cosas que escribió Julián, la que siempre he sentido más cercana es que mientras se nos recuerda, seguimos vivos. Como tantas veces me ocurrio con Julián, años antes de encontrarme con él, siento que te conozco y que si puedo confiar en alguien, es en tí. Recuérdame, Daniel, aunque sea en un rincón y a escondidas. No me dejes ir.

 

 

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(NOTA 1). Me trae esto a la mente otro personaje de rostro desfigurado que, en mi interpretación, es la encarnación simbólica de un trauma colectivo: el protagonista negro del relato de Stephen Crane The Monster. Al respecto escribí en tiempos este artículo: "Reading Racism: The Assumption of Authorial Intentions in Stephen Crane's 'The Monster'". (- Volver al texto)

(NOTA 2). Y muchas gracias a Rosa Nasarre, que el libro fue regalo suyo.

 

Rayuela 104

Had we but world enough and time

... But at my back I always hear  
Time’s wingèd chariot hurrying near;  

And yonder all before us lie  

Deserts of vast eternity. 
Thy beauty shall no more be found, 
Nor, in thy marble vault, shall sound 
My echoing song: then worms shall try  

That long preserved virginity, 
And your quaint honour turn to dust,  

And into ashes all my lust:  

The grave ’s a fine and private place,  
 

Me parece percibir un eco en este poema, y una curiosa reinversión de papeles... Se nos describe a la dama en el papel de Narciso (era, después de todo, una posición femenina la de Narciso) y el poeta en la situación de Eco, la ninfa quejumbrosa. Que acabó reducida a una voz (como el poeta hoy que leemos su poema; qué es Marvell sino una voz). La dama del amor cortés se ha hecho con la autoridad masculina de Narciso (es el poeta quien besa, y ella quien decide si pone la mejilla) -- y también con el frío narcisismo del espejo. El espacio de la amada, en lugar de un útero acogedor, se ha convertido en una marble vault... y los gusanos son símbolos fálicos de pesadilla, claro. El polvo del que habla Marvell no es el "polvo enamorado" de Quevedo o de Luis Eduardo Aute. Y controla bien el tono cuando aprecia, con grave sarcasmo, las delicias de la tumba como espacio privado...  

but none, I think, do there embrace.  

Qué horror, para el sujeto de deseo (sujeto al deseo) concebir lo que no llega a ser nunca, perpetuando su nada en deserts of vast eternity... por suerte, tampoco tenemos (ni siquiera tenemos) esas vastas eternidades. La virtualidad que no se materializa, pronto ya no es ni siquiera virtual. Nuestra vida breve empieza y termina en sueño, como decía Próspero, y transita, entretanto, por sueños. Uno de los más recurrentes, el sueño del abrazo del cuerpo que lleva al abrazo del alma...  

The soul’s a fine and private place,
but none, I think, do there embrace.

 

Light seeking light / Keats’s living hand

 

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Fiesta

En la primera entrada de este blog, en 2004, decía yo que "Mañana se defiende la primera tesis dirigida por Beatriz". Bueno, pues la tesis, que la presentaba el ahora doctor José Gabriel Rodríguez Pazos, era un análisis traductológico de las traducciones de Fiesta, del Hemingway, con una traducción alternativa incluida. Pues buena noticia: la nueva traducción de Fiesta la ha aceptado para publicación la editorial Espasa-Calpe, en su nueva serie de reediciones de la obra del he-man Hemingway. Enhorabuena a los interesados, incluido Hemingway. Bueno, Fiesta es También sale el sol. Hay un pequeño lío en el título de este libro, y también Paris was a moveable fiesta... pero ésta va de Pamplona y Burguete. (A Nabokov no le gustaba Hemingway: "balls and bells and bulls...").


7 de octubre de 2004

El Shakespeare de Victor Hugo

El Shakespeare de Victor Hugo

De la traducción de William Shakespeare, de Victor Hugo, hecha por José López y López (Colección Crisol, 275); Madrid: Aguilar, 1959. Capítulos I.iv y I.v de la Parte II, pp. 307-20. Casualmente (no soy dado a las efemérides) hoy es el aniversario de Shakespeare.

IV

"Es reservado y discreto. Estad seguro de que no abusa de nada. Tiene, sobre todas las cosas, una cualidad muy rara. Es sobrio."

Las anteriores palabras, ¿qué son? ¿Una recomendación para admitir a un sirviente? No. Son el elogio de un escritor. Cierta escuela, que se llama "seria" a sí misma, ha enarbolado en nuestros días un programa de poesía fundado en la sobriedad. Parece que trata de preservar de indigestiones a la literatura. Antes se proclamaba la fecundidad y el poder y hoy día se proclama la tisana. Imaginaos que os encontráis en el resplandeciente jardín de las musas, donde florecen en montón las diversas explosiones de espíritu que los griegos llamaban tropos; pero no toquéis la imagen idea, el pensamiento flor, los abundantes frutos, ni las manzanas de oro, ni los perfumes, ni los colores, ni los rayos de luz, porque es preciso ser discretos. Si no tocáis nada de esto se os dará la ejecutoria de verdadero poeta. Inscribíos, pues, en la Sociedad de la Templanza. Un buen libro de crítica debe ser un tratado sobre los peligros que ofrece la bebida. ¿Queréis escribir la Ilíada ? Pues poneos a dieta. ¡Será en vano, Rabelais, que abras con asombro los ojos o que sonrías!

El lirismo embriaga, lo bello se sube a la cabeza, lo ideal da vahidos, y depués de remontaros hasta las estrellas, seríais capaces de rechazar el ofrecimiento de un pingüe destino. Habéis perdido el buen sentido y seríais capaces de rechazar hasta un puesto en el Senado de Domiciano. Perderéis el sentido común. Dejarías de dar al César lo que es del César, y hasta tal punto os perderíais en vuestra existencia, que os negarías a saludar al Señor Incitato, cónsul y caballo. Y éstos son los resultados que obtienen los que beben en ese sitio de perdición que se llama Empíreo. Os convertís en altivos, ambiciosos y desinteresados. Por consiguiente, sed sobrios, porque está prohibido beber en la taberna de lo sublime.

La libertad es libertinaje. Bueno es contenerse en ciertos límites; pero castrarse es mejor. Dedicaos siempre a la continencia.

Sobriedad, decencia, respeto a la autoridad, traje irreprochable. Nada de poesía refinada. Una sábana sin pintar, un león que no se arregle las uñas, un torrente sin tamizar, el ombligo del mar que se deja ver, la nube que se recoge hasta mostrar Aldebarán... son cosas chocantes. Los ingleses dirían shocking. La ola de espuma sobre el escollo, la catarata que vomita en el rayo. Juvenal que escupe a los tiranos. Y ¿qué más?

De lo bueno, poco. Evitad las exageraciones. En lo sucesivo, el rosal contará las rosas que produce, y se suplicará a la pradera que no dé a luz tantas margaritas. Se expedirán órdenes terminantes a la primavera para que se modere. Los niños abundan demasiado, y se suplicará a los bosques y a las enramadas que no críen tantos pájaros. La vía láctea contará también las estrellas, porque hoy tiene un número excesivo.

Adaptaos al modelo del gran tirso serpentario del Jardín de Plantas, que no florece sino cada cincuenta años. He ahí una flor recomendable.

El verdadero crítico de la escuela sobria debe ser el guarda de aquel jardín a quien preguntaron si había muchos ruiseñores en los árboles y contestó: "No me habléis de eso. Durante todo el mes de mayo esos animaluchos no hacen más que vociferar."

El señor Suard expidió a José María Chénier el siguiente certificado: "Su estilo es de gran mérito, porque no usa comparaciones." En nuestros días se ha repetido ese singular elogio. Esto nos recuerda a un célebre profesor de la Restauración, a quien indignaban las comparaciones y las figuras tan frecuentes en los profetas, y aplastaba a Isaías, a Daniel y a Jeremías bajo el peso de este profundo apotegma: "Toda la Biblia se reduce a como..." Otro profesor dijo también la siguiente frase, que se ha hecho célebre en la Escuela Normal: "Arrojemos a Juvenal al estercolero romántico." El crimen de Juvenal, como el de Isaías, consistía en expresar las ideas por medio de imágenes. ¿Volveremos acaso, poco a poco, en las llamadas regiones doctas, a la metonimia como término de química y al juicio de Pradón sobre la metáfora?

Al oír las reclamaciones y quejas de la escuela doctrinaria, estamos tentados de creer que se figura que es la única encargada de suministrar el consumo de imágenes y de figuras que usan los poetas, y que se cree que la arruinan los despilfarradores Píndaro, Aristófanes, Ezequiel, Plauto y Cervantes. Dicha escuela encierra bajo llave las pasiones, los sentimientos, el corazón humano, la realidad, el ideal y la vida. Asustada, mira a los genios ocultándolo todo y exclama: "¡Qué glotones!" De ahí que haya inventado para los escritores este elogio superlativo: "¡Es un hombre templado!"

La crítica sacristanesca fraterniza en todos estos puntos con la crítica doctrinaria. La mojigatería y la devoción se ayudan mutuamente. Quieren que prevalezca un género curioso, el género púdico.

Nos avergonzamos ante el modo brutal como los granaderos se hacen matar. La retórica tiene para los héroes hojas de parra que se llaman perífrasis. Se pretende que en un campamento militar se hable como en un convento. Las frases del cuerpo de guardia se consideran como calumnias. Un veterano baja la mirada ante el recuerdo de Waterloo, y se da la cruz de honor a esos ojos vueltos hacia el suelo. Ciertas frases que ya son históricas no tienen derecho a la historia y se ha establecido que el gendarme que disparó en el Ayuntamiento un tiro sobre Robespierre deberá llamarse el "guardián que muere, pero que no se rinde."

Del esfuerzo combinado de estas dos críticas conservadoras de la tranquilidad pública resulta una saludable reacción, que ya ha producido algunos ejemplares de poetas atildados y cultos, cuyo estilo se amolda perfectamente a las reglas. Que no celebran orgías con ideas locas, ni van nunca a un rincón del bosque con esa bohemia que se llama Quimera. Que no entablan relaciones con la imaginación vagabunda y peligrosa, ni con la inspiración, que es una bacante, ni con la desenfrenada fantasía. Que nunca se les ocurre dar un beso a la joven descalza que es su musa. Que no duermen fuera de casa y que tienen muy contento a su portero, Nicolás Boileau, y creen que es escándalo que Polimnia sse presente en público con el cabello suelto. Para evitarlo están los peluqueros. Llamad a uno y veréis cómo acude en seguida La Harpe. Estas dos críticas hermanas, la doctrinaria y la sacristanesca, forman la educación actual. Se educa a los escritores desde que nacen, en cuanto dejan de mamar, y se establece así una legión de jóvenes afamados.

De todo esto nace una consigna, una literatura y un arte que entran en fila en correcta formación. Se trata de salvar a la sociedad en la literatura y en la política. Todo el mundo sabe que la poesía es una cosa frívola, insignificante, que se ocupa puerilmente en buscar rimas. Por consiguiente, nada más terrible que los versos. Hay que sujetar a los pensadores y es harto peligroso elevarlos a los altares. ¿Qué es un poeta? Si se trata de honrarle, nada. Si se trata de perseguirle, todo.

Debe reprimirse a la raza de los escritores, y, aunque para eso hay varios medios, es muy útil recurrir al brazo secular. De cuando en cuando desterrar a alguno. Los destierros de los escritores empiezan en Esquilo, y no terminan ni en Voltaire. Cada siglo tiene un anillo en esta cadena. Pero para desterrar, expatriar y proscribir se necesitan por lo menos pretextos que no tienen aplicación en todos los casos, porque son armas que no se esgrimen con facilidad. Es preciso poseer un arma de poco tamaño para la guerra diaria. Se inventa una crítica de Estado, debidamente acreditada, que desempeñe esta función. Organizar la persecución de los escritores por otros escritores y esgrimir la pluma contra la pluma, son medios ingeniosos. ¿Por qué no ha de haber polizontes literarios?

El buen gusto es una precaución que toma el buen orden. Los escritores sobrios son el contrapeso de los electores prudentes. La inspiración es sospechosa de ser liberal, y la poesía tiene algo de extralegal. Existe, pues, un arte oficial, hijo de la crítica oficial.

De estas premisas se deduce toda una retórica de carácter especialísimo. La Naturaleza tiene una entrada harto restringida en este arte. Entra por la puerta falsa, y además está tachada de demagógica. Hay que suprimir los elementos, porque son malas compañías, y además hacen mucho ruido. El equinoccio comete roturas al clausurarse. La ráfaga crea un escándalo nocturno. El otro día, en la Escuela de Bellas Artes, un alumno de pintura tuvo la audacia de hacer levantar por el viento, durante la tempestad, los pliegues del manto de uno de los personajes que estaba pintando. Y el profesor, extrañado del atrevimiento, exclamó: "¡No hay viento en el estilo!"

A pesar de todo esto la reacción no desespera. Caminamos hacia adelante y se realizan progresos parciales. Ya se empieza a permitir el ingreso en la Academia a algunos miembros con la papeleta de confesión en la mano. ¡Julio Janín, Teófilo Gautier, Pablo de Saint-Víctor, Littré y Renan, recibid el Credo!

Pero esto no basta porque el mal es muy profundo. Están amenazadas la antigua sociedad católica y la antigua literatura legítima. ¡Guerra a las nuevas generaciones! ¡Guerra al espíritu moderno! Persigamos a la democracia, que es hija de la filosofía.

Los casos de hidrofobia, es decir, las obras de genio, son temibles. Deben reiterarse las prescripciones higiénicas. Está mal vigilada la vía pública y se encuentran en la calle poetas vagabundos. ¿En qué piensan las autoridades y la policía que dejan en libertad a ciertos espíritus? Ya que hay peligro, evitémoslo nosotros, para que alguna incauta inteligencia no sea víctima de mordeduras fatales. Y los temores se confirman, y hasta no faltará quien diga que cree haber visto a Shakespeare en la calle, suelto y sin bozal. . . .

 

V

Shakespeare es indudablemente el escritor que menos merece que se le llame sobrio, pues es uno de los peores sujetos a quien la estética doctrinaria ha tenido que refrenar.

Shakespeare es la fertilidad, la fuerza, la exuberancia, la teta llena, la copa que desborda, la savia excesiva, la lava en torrentes, los gérmenes en confusión, la vasta lluvia que hace brotar extensamente la vida, y todo por millares, por millones, sin ninguna reticencia, sin ligaduras, sin ninguna economía, cual la prodigalidad insensata y tranquila del Creador. A quienes hurguen en el fondo de su bolsa, lo inagotable les parece demencia. ¿Acabará pronto? Jamás. Shakespeare es el sembrador del deslumbramiento. En cada palabra, una imagen. En cada frase, el contraste; el día y la noche.

El poeta, repetimos, es la Naturaleza. Como ella, es sutil, minucioso, delicado y microscópico; pero como ella también, es intenso. Ni es discreto, ni reservado, ni avaro. Es sencillamente magnífico. Aclaremos el sentido de la palabra sencillo.

La sobriedad en poesía indica pobreza y la sencillez grandeza. Dar a cada cosa la cantidad de espacio que necesita, no darle más ni menos, eso es la sencillez. Sencillez es sinónimo de justicia. La ley del gusto consiste en colocar las cosas en su lugar y en expresarse con las palabras adecuadas. Con la indispensable condición de mantener cierto equilibrio latente y de conservar cierta proporción misteriosa, la complicación más prodigiosa, ya en el estilo, ya en el conjunto, puede ser sencillez. Eso son los arcanos del gran arte. Únicamente la crítica elevada, que es la que nace del entusiasmo, penetra y comprende esas leyes sabias. La opulencia, a profusión, la irradiación resplandeciente, pueden ser sencillas. El sol es sencillo.

Como se ve, esta sencillez no tiene ningún punto de semejanza con lo que recomiendan Le Batteux, el abate D’Aubignac y el padre Bouhours.

Aunque sea abundante, intrincado y hasta confuso, todo lo que es verdadero es sencillo. Esta es la única sencillez que debe conocer el arte.

Como la sencillez es verdadera, es ingenua. La ingenuidad es el rostro de la verdad. Shakespeare es sencillo hasta un grado inconcebible.

La sencillez impotente, raquítica y de corto aliento, ofrece un caso patológico, que es completamente extraño a la poesía, y le conviene más entrar en el hospital que montar sobre el hipogrifo.

Declaro que la joroba de Tersites es sencilla; pero los espectorales de Hércules son sencillos también. Prefiero esta sencillez a aquélla.

La sencillez natural de la poesía puede ser frondosa como la encina. ¿Acaso una encina produciría el efecto de un bizantino o de un refinado? Sus innumberables antítesis, tronco gigantesco y hojas pequeñísimas, corteza ruda y musgo de veludillo, aceptación de los rayos y protección de la sombra, coronas para los héroes y frutos para los puercos, ¿serían tal vez muestras de afectación, de corrupción, de sutilidad y de mal gusto? ¿Tendría la encina demasiado espíritu? ¿Sería la encina producto acaso del hotel de Rambouillet? ¿Sería una preciosa ridícula? ¿Estaría atacada de gongorismos? ¿Sería el símbolo de la decadencia? Toda la sencillez, sancta simplicitas, ¿se condensaría acaso en una col?

Refinamiento, exceso de espíritu, gongorismo... Todo esto ha sido lanzado a la cabeza de Shakespeare. Se declara que esos son defectos de la pequeñez y se apresuran a censurar al coloso.

Pero tampoco Shakespeare respeta nada. Camina con tal ímpetu, que fatiga al que le sigue. Salta por encima de las conveniencias, atropella a Aristóteles, hace estragos en el jesuitismo, en el metodismo, en el purismo, y en el puritanismo. Desconcierta a Loyola y vuelve del revés a Juan Wesley. Es valiente, atrevido, emprendedor, belicoso y directo. Sus escritos humean como si fuesen volcanes. Con la pluma en la mano, con la llama del genio en la frente y con el diablo en el cuerpo, está siempre activo, funcionando, en vena, en marcha. El semental abusa, cansando a las mulas que van al paso. Ser fecundo es ser agresivo. Verdaderamente, son exorbitantes los poetas como Isaías, como Juvenal y como Shakespeare. ¡Qué diablo! Debían dejar que se fije la atención en los otros. Uno solo no ha de tener derecho a todo. Es reunir demasiado poseer virilidad constante, inspiración siempre, tantas metáforas como la pradera, tantas antítesis como la encina, tantos contrastes y profundidades como el universo, himeneo generación incesante. En una palabra, plenitud para la producción.

Hace ya tres siglos que a Shakespeare, que es el poeta en toda su efervescencia, lo contemplan los críticos sobrios con el disgusto que al ver un serrallo debe apoderarse de los espectadores impotentes.

Shakespeare no tiene reserva, ni límites, ni fronteras, ni vacíos. Su falta es no tenerlos. Se desborda como la vegetación, como la germinación, como la luz, como la llama. Lo cual no le impide ocuparse de vosotros, espectador o lector, hablaros moralmente y daros consejos, ser vuestro amigo, como un La Fontaine cualquiera, y presentaros pequeños servicios. En el incendio de su espíritu podéis calentaros las manos.

Shakespeare es inmenso. Ha creado a Otelo, a Romeo, a Yago, a Macbeth, a Shylock, a Ricardo III, a Julio César, a Oberón, a Puck, a Ofelia, a Desdémona, a Julieta, a Titania, hombres, mujeres, brujas, hadas y almas. ¿Os parecen pocos? Ha creado además a Ariel, a Parolles, a Macduff, a Próspero, a Viola, a Miranda, a Caliban, a Jesica, a Corneille, a Cressida, a Porcia, a Brabancio, a Polonio, a Horacio, a Mercutio, a Imógenes, a Pandaro de Troya, a Bottom y a Teseo. Este poeta, Ecce Deus, se da, se obliga, se desparrama, sin agotarse jamás. ¿Por qué? Porque no puede. Es imposible que se agote, porque no tiene fondo. Se llena, se derrama, y se vuelve a llenar. Es el cesto agujereado del genio.

En la ciencia y en la audacia del lenguaje, Shakespeare iguala a Rabelais, a quien un melindroso ha tratado hace poco de puerco. Como todos los espíritus soberanos que gozan de la orgía de la Omnipotencia, Shakespeare se sirve de la Naturaleza, se la bebe y os la hace beber. Voltaire ha hecho bien en reprocharle su borrachera. Sheakespeare tiene tal temperamento, que no se para ni se cansa, ni tiene compasión de los raquíticos estómagos que se presentan candidatos a la Academia. No padece de la gastritis que se llama buen gusto, porque es poderoso. ¿Qué otra significa el inmoderado canto que entona a través de los siglos, ya de guerra, ya de orgía, ya de amor, que va desde el rey Lear a la reina Mab, y desde Hamlet y Falstaff, que es doloroso como un suspiro y grande como la Ilíada?.... "Tengo agujetas después de haber leído a Shakespeare", declaró el señor Auger.

Su poesía tiene el perfume acre de la miel que produce vagabundamente la abeja que no tiene colmena. Emplea la prosa y el verso y todas las formas que le convienen, como recipientes para contener la idea. Su poesía se lamenta y se burla. El inglés, que es una lengua que aún no está bien formada, algunas veces le perjudica y otras le favorece, pero siempre se transparenta en ella la profundidad de su alma. El drama de Shakespeare se desarrolla con una especie de ritmo desafinado. Es tan vasto, que vacila y da vértigos; pero nada es tan sólido como su emocionante grandeza. Shakespeare, calenturiento, encierra los vientos, los espíritus, los filtros, las vibraciones, los huracanes, la oscura penetración de los efluvios y la gran savia desconocida. De esto proviene su agitación, en cuyo fondo reposa la calma. Esta es la agitación que falta a Goethe, por cuya impasibilidad le elogian sin razón, sin comprender que la impasibilidad indica inferioridad. Esa agitación ha turbado a todos los espíritus de primer orden, y la vemos en Job, en Esquilo, y en Dante. Es preciso que en la tierra el que es divino sea humano, y que se proponga a sí mismo el enigma que le martirice. Cuando la inspiración es pródiga, va mezclada de cierto sagrado estupor. Cierta majestad del espíritu se parece a las soledades y se complica con el asombro. Shakespeare, como todos los grandes poetas y como todas las grandes cosas, está lleno de fantasías. Diríase que por instantes Shakespeare produce pánico a Shakespeare, cual si éste sintiera terror de su propia tempestad. Este es el signo de las supremas inteligencias. Su misma extensión le agita y le comunica misteriosas y enormes oscilaciones. No hay genio que no tenga olas. Llámesele ebrio y borracho. Nos parece bien, porque es salvaje, como el bosque virgen, y ebrio como la alta mar.

Sólo el cóndor, que parte y llega, vuelve a partir y se remonta, se cierne, se hunde, y se precipita, puede dar idea del inmenso vuelo de Shakespeare, que es uno de los genios que Dios enfrenó expresamente mal, para que vuelen ferozmente por el infinito.

De cuando en cuando viene a la Tierra uno de esos espíritus. Su paso, como ya dijimos, renueva el arte, la ciencia, la filosofía o la sociedad. Llenan un siglo y después desaparecen. Entonces, no sólo su claridad ilumina un siglo, sino a la Humanidad, de un extremo a otro de los tiempos, y nos damos cuenta de que cada uno de esos hombres es el espíritu humano mismo encerrado en un cerebro, que llega en un momento determinado a la tierra, para hacerle dar un paso en el camino del progreso.

Terminada su vida y realizada la misión que habían de cumplir, esos espíritus supremos se unen por medio de la muerte al misterioso grupo con el cual acaso viven en familia en el infinito.

*****

 

PS: Ayer estuvimos en una bonita representación de La Tempestad, con el Teatro Arriaga et al.... Como versionaje digno de mención, trasladaron al final, para cerrar la obra, el célebre parlamento donde Próspero nos dice que la función de espíritus que ofrece (teatro dentro del teatro) a Ferdinand y a Miranda, ha terminado:

Terminó nuestro espectáculo. Estos actores nuestros,

como os había dicho antes, eran todos espíritus, y

se han disuelto en el aire, en aire tenue;

y como el tejido sin sustancia de esta visión,

las torres tocadas de nubes, los palacios espléndidos,

los templos solemnes, y hasta el gran orbe del mundo,

sí, y todos los que lo van a heredar, se disolverán;

y desvaneciéndose como esta función insustancial,

no dejarán ni rastro tras ellos. Somos de la misma materia

de la que están hechos los sueños, y nuestra pequeña vida

empieza y termina durmiendo.

 

Y a dormir nos fuimos...

 

Soneto, espejo, reloj, bloc y libro

The Cambridge Companion to Shakespeares

Siempre estoy a vueltas con libros nuevos y viejos sobre Shakespeare (ya que me dedico a enseñarlo). El último que me he leído es The Cambridge Companion to Shakespeare, una colección de capítulos de diversos autores editada por Margreta de Grazia y Stanley Wells (Cambridge: Cambridge UP, 2002). En el post anterior he citado a Dennis Kennedy; ahora traduzco otro trocito interesante suyo:

Desde el principio de la vida póstuma de Shakespeare como dramaturgo, dos cuestiones han estado presentes de modo continuo: las proclamas de su universalidad, y su apropiación en ambientes foráneos. La primera declaración de la universalidad de Shakespeare apareció en el primer documento crítico de importancia sobre Shakespeare, el poema dedicatoria de Ben Jonson en la edición Folio de 1623. En memoria de su amigo y rival, Jonson lo presentaba brillando más que los demás dramaturgos y poetas:

    Triunfa, Gran Bretaña mía, puedes mostrar uno

    A quien todos los escenarios de Europa deben rendir homenaje.

    No era de una época, sino para todos los tiempos ... (41-3)

Pero la universalidad es un concepto problemático: a menudo lo que creemos que tiene un atractivo global resulta ser más limitado localmente o temporalmente de lo que pensamos.Como los textos de Shakespeare parecen abiertos --intelectualmente y teatralmente inestables y sujetos a comprensiones y valoraciones divergentes-- hay públicos enormemente diferentes que han conseguido leer o proyectar sus propios intereses en ellos, o verlos como reflejos de su propia condición. El amplio atractivo del que ha disfrutado Shakesepare a lo largo del tiempo y el espacio puede ser resultado de la indeterminación de su obra más bien que de su universalidad. O quizá sea eso lo que la universalidad significa en última instancia en el arte: resistencia ante los cambios, basada en la elasticidad de un artefacto. ("Shakespeare Worldwide", 252).

La elasticidad teatral de Shakespeare está fuera de duda, pero aun allí hay que tener en cuenta que sus adaptadores lo vuelven aún más elástico... recortando y hasta añadiendo donde lo creen conveniente: hasta convirtiendo a Voltemand y Osric en personajes sustanciales, si hace falta (ver Barra Siniestra de Nabokov). Así pues, un clásico no nace, se hace... primero se hace a sí mismo, y luego lo hacemos entre todos los demás. Por eso interesa tanto Shakespeare, supongo: como el clásico más vivo y más comentado, presenta también de modo ejemplar lo que son las virtudes del clásico y que no podemos encontrar en un no-clásico: todos los ecos acumulados a su alrededor, las interpretaciones que lleva a cuestas, la intertextualidad de su recepción. No arrastra toda, claro, nunca se puede... pero arrastra bastante. Lluis Pasqual, que dirige estos días en Zaragoza Hamlet y La Tempestad, también nos recuerda que "cada generación se propone leer los grandes textos a la luz de sus vivencias".

Lois Potter cierra su capítulo sobre "Shakespeare in the Theatre, 1660-1900" reflexionando un tanto irónicamente sobre esta "flexibilidad" de Shakespeare con los tiempos cambiantes del siglo XX:

The dramatist who had once been championed as a force for both poetic language and realistic psychology would now be invoked instead to justify non-mimetic theatre, Brechtian political drama, fluid staging, and a post-modern treatment of character. (196)

Y más relativismo, más apropiación, más versatilidad y perspectivismo encontramos en el capítulo de David Scott Kastan sobre "Shakespeare and English History". Kastan ve las obras históricas de Shakespeare como reflexiones sobre la historia, no tanto metateatro como meta-historia (un poco a la Hayden White, supongo): "the plays are fundamentally about the difficulty of preserving the past" (180); son reflexiones dramatizadas sobre

the deepest truth of history writing: that it is not the representation of the past, but is the representation of the past. The past cannot be fully recovered from ’the swallowing gulf / of dark forgetfulness and deep oblivion’ (Richard III 3.7.128-9), and its representation is therefore inevitably partial, in both senses of the word, a product both of the incomplete traces that have survived and the shaping concerns of those who seek and study them. Shakespeare knows that history is always as much invented as found, speaking the interests of the present as much as those of the past that it would bring into view. His histories may be undependable registers of historical fact, but they are brilliant meditations on the nature of history itself" (181).

Y si sucede con la historia, sucede, claro, con la historia literaria. Shakespeare es como el cerdo, se aprovecha todo... y un cerdo proteico además, que si es necesario sabe a vaca o a carnero. Tampoco el volumen éste, The Cambridge Companion to Shakespeare, tiene desperdicio, por cierto; muy recomendable lo veo para quien quiera estudiar a Shakespeares.

Ackroyd’s Shakespeare

 

 

 

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Hamlet marica

Hamlet marica

Ayer vi la versión de Hamlet adaptada y dirigida por Lluís Pasqual, con Eduard Fernández como Hamlet y Marisa Paredes como Gertrudis, y veinte actores en total, todo un montaje... aunque sin escenografía, en plan escenario vacío, como en el teatro isabelino. Y lo pasé muy bien, así que no os la perdáis si tenéis ocasión. A Shakespeare le va bien este tipo de escenario —todos en realidad— y aún se da uno más cuenta de lo intensamente teatral, metateatral digo, que es la obra: no sólo el teatro dentro del teatro, con la obra ésa de Agatha Christie que dirige Hamlet, sino también el monólogo sobre Pirro el de las negras armas, pequeña mise en abyme de la obra, que aquí tuvieron el acierto de no recortar —o bien la escena donde Ofelia describe los gestos de Hamlet al visitarla inopinadamente: más teatro dentro del teatro. Shakespeare no le tiene miedo a la intensificación del detalle teatral, y siempre le funciona, sólo Polonio se aburre con el poem unlimited.

Aquí le sacaban partido a la teatralidad de Hamlet. Eduard Fernández nos daba un Hamlet nada digno y solemne, sino temblón, afeminado y amanerado, débil e intenso a la vez, "marica" según su propia descripción (qué dirán de mí, se pregunta), aunque a medida que avanza la obra va sacando facetas y remontándose hasta el personaje sin límites. De cada nuevo actor y cada nuevo montaje logrado, sale un nuevo Hamlet para hamletizar el mundo. También de cada nueva traducción. Dice Dennis Kennedy que es práctica común en los Shakespeares no ingleses hacer traducciones nuevas y numerosas "cada generación, o incluso cada montaje nuevo, de manera que Hamlet en idioma extranjero puede sonar como una obra nueva, mientras que en inglés a menudo suena como una colección de citas obsoletas y autoconscientes". Así, detrás de "ser o no ser", este Hamlet no decía "he ahí el problema", ni "esa es la cuestión".

Al tema de la posible homosexualidad de Hamlet no se le sacaba partido, aparte del afeminamiento que daba el actor al personaje —también con acierto en lo que se refiere a esta producción, aunque evidentemente la cuestión daría para explorarla mucho más en otro tipo de montaje. Sarah Bernhard ya pudo hacer un Hamlet mujer, o sea que cabe en el saco de Hamlet mucho más de lo que se ha puesto aún.

Y una cosa que me gustó: aparte de leer en su librito "palabras, palabras, palabras", Hamlet también anotaba en él alguna frase memorable dicha por los demás personajes, o por él mismo quizá, con lo que quizá resulte ser él el autor de la obra, en una ruptura de marco imposible. Decía Harold Bloom que Hamlet es el único personaje de Shakespeare que podría haber escrito las obras de Shakespeare. Se confirmaría así la verdad de lo que Hamlet le lee a Polonio sobre los viejos en su libro, pues esas palabras sí figuran en la obra. Y al final de la obra, Hamlet saca otra vez su librito y recita junto con Fortinbras y Horacio lo de la terrible escena y la carnicería... Este Hamlet, por cierto, con el veneno en el cuerpo, sigue vivo al final, cuando todos hablan de él como ya muerto, y no cae hasta que suenan las salvas del honor del ejército noruego, fusilándolo, mientras dice "the rest is silence": El silencio es un descanso para los actores, aunque esta vez tuvieron que salir a saludar cinco veces.

Por cierto, se me ha ocurrido una posible relación entre tres frases de Shakespeare: una en Hamlet, cuando acepta el duelo con Laertes y la muerte que se teme lo acompañará: "If it be now ’tis not to come, ; if it be not to come, it will be now, if it be not now, yet it will come. The readiness is all." En El Rey Lear encontramos una variante: "Ripeness is all". Y en una notita posiblemente escrita por Shakespeare cuando ayudaba en la tienda de su padre (acompañando a un regalo de unos guantes que hacía a alguien el maestro de Shakespeare): "The gift is small / The will is all".

The will is all. Will power, indeed. Ya te recordaremos, mientras podamos, ay poor ghost. Como que estamos demasiado hamletizados... there ain’t no cure for the man in black blues.

 

 

Notas

(1) "So, as a painted tyrant, Pyrrhus stood, and like a neutral to his will and matter, Did nothing": Pirro el de las negras armas también busca venganza por la muerte de su padre.

(2) Dennis Kennedy, "Shakespeare Worldwide", en The Cambridge Companion to Shakespeare, ed. Margreta de Grazia y Stanley Wells (Cambridge: Cambridge UP, 2001), 256. Traduzco.

(3) Tanto Hamlet padre como Hamlet hijo piden a quienes quedan en escena que los recuerden. Shakespeare, al parecer, interpretaba el papel del primer Hamlet.

... y otro Hamlet

O el mismo. El de Victor Hugo, en su libro sobre William Shakespeare:

¡Hamlet! No se sabe cómo definir este ser espantoso, este ser completo en lo incompleto. Lo es todo para no ser nada. Es príncipe y demagogo, sagaz y extravagante, profundo y frívolo, hombre y neutro. No tiene fe en el cetro, se burla del trono, tiene por camarada a un estudiante, dialoga con los transeúntes, argumenta con el primero que llega... Comprende al pueblo, desprecia al populacho, tiene odio a la fuerza, duda del éxito, interroga a las tinieblas y tutea al misterio. Comunica a los otros enfermedades que él no tiene. Su fingida locura inocula verdadera locura a la mujer que le ama. Se familiariza con los espectros y con los comediantes. Se chancea empuñando el hacha de Orestes. Diserta sobre literatura, recita versos, hace una crítica de teatros, juega con huesos humanos en un cementerio, aterra a su madre, venga a su padre, y termina el tenebroso drama de la vida y de la muerte con una gigantesca interrogación. Primero espanta y después desconcierta. Jamás se ha imaginado nada tan aterrador como el parricida preguntando: ¿Qué sé yo?

Pero ¿es parricida Hamlet? Sí y no. Se limita a amenazar a su madre; pero la amenaza es tan feroz, que su madre queda aterrada: "¡Tu palabra es un puñal...! ¿Qué vas a hacer? ¿Tratas de asesinarme? ¡Socorro! ¡Socorro!" Y cuando muere, Hamlet, sin llorarla, hiere a Claudio con esta exclamación trágica: "¡Sigue a mi madre!" hamlet es el siniestro parricida posible. Si en lugar de ser frío como el Norte, tuviera en las venas, como Orestes, la ardiente sangre del Mediodía, mataría a su madre.

Este drama es severo. Hasta lo verdadero inficiona en él la duda, y lo sincero miente. Nada hay tan colosal y tan sutil.

En este drama el hombre es un mundo y el mundo es un cero. El mismo Hamlet, que goza de la plenitud de la vida, no está seguro de existir. En esta tragedia, que también es una filosofía, todo flota y duda, se aplaza, oscila, se descompone, se dispersa y se disipa. En ella el pensamiento es nube, la voluntad vapor, la resolución crepúsculo, la acción se desenvuelve en sentido inverso y la rosa de los vientos gobierna al hombre. Obra confusa y vertiginosa en la que se discute el fondo de las cosas y en la que el pensamiento oscila entre el espectáculo que ofrece el cadáver del rey y el entierro de Yorick, en la que un fantasma representa a la realeza y la alegria se ve simbolizada por una calavera.

Hamletlet