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Vanity Fea

Literatura y crítica

David Liss, A Spectacle of Corruption

Es una novela de 2004 traducida como La Conjura (trad. Encarna Quijada Vargas, serie Grijalbo Novela Histórica. Barcelona: Random House Mondadori-Grijalbo, 2005), y que está entre los best-sellers del momento. Es una novela negra, con detective incluido, ambientada en el siglo XVIII, entre las intrigas electorales de los Whigs y los Tories y los intentos de infiltración de los jacobitas. El protagonista es un improbable cazarrecompensas judío, Benjamin Weaver, hombre duro y enamorado frustrado, que se ve acusado injustamente y condenado por el asesinato de alguien que había descubierto algo, y después de fugarse investiga por su cuenta para ver quién va a por él. Para eso se disfraza de caballero comerciante y se mete en ambientes electorales, donde los dos partidos están interesados en falsear sus auténticas motivaciones y en ennegrecer las del vecino; negras son, pero más cuanto más de cerca se miran. En fin, nada nuevo por allí. De paso, Weaver liga (con la hermana de su enemigo, para mayor satisfacción) y se consuela en parte de sus frustraciones. El ambiente es en general el del Jonathan Wild de Fielding (Wild es también uno de los personajes aquí). Es novela de intriga, entretenida, de argumento retorcido, y con frecuencia cae en la artificialidad, del tipo: "Es cierto. ¿Qué otro motivo podía tener?" - Como si no hubiese infinitas complejidades y motivaciones posibles... Ahora que el protagonista se basa intelectualmente para sus deducciones en las teorías probabilísticas de un amigo suyo, Elias Gordon, cirujano, matemático, novelista aficionado y quizá alter ego del autor. También se cita a Ockam: la teoría más simple es casi siempre la correcta. Lo malo es que la teoría más simple ha de tener en cuenta las complejidades que pretende explicar, no ignorarlas; y la principal de esas complejidades es la conexión entre los acontecimientos que se quieren explicar, o sea que nos vemos en un círculo vicioso del cual no nos sacará ninguna teoría probabilística. Como descubre el protagonista Weaver, "Había iniciado mi búsqueda partiendo de dos suposiciones . . . . Ahora descubría que ambas eran falsas". Vamos, que sólo retroactivamente se sabe dónde hay una causalidad y dónde hay una casualidad. Y no hay probabilidad que valga, al menos no en la novela, donde el autor juega con ventaja frente al personaje y frente al lector. El autor sí es dueño absoluto del tiempo; el personaje narrador tiene un poder secundario adquirido penosamente (pero es Weaver- también él teje la intriga), y el lector está en posición de debilidad, teniendo que revivir lo que ya vivió el narrador hasta poder desenmarañar la casualidad de la causalidad - que es lo que todos queremos hacer, y por eso leemos novelas de misterio. En otros sitios es más difícil hacerlo.

Do, did, Donne

Mi cara en tu ojo, la tuya en el mío aparece... Acabo de colgar en la uef el escrito philológico más primitivo que he conseguido alcanzar estirando la mano hasta el fondo del baúl de los recuerdos. Es un comentario de un poema de Juan Pardo que hice allá por el año de gracia de 1982 - casi autobiográfico era el poema por aquel entonces. Era para un trabajo de curso, y me pusieron matrícula de honor, olé; - aunque alguna faltilla he corregido. Aquí queda, para silenciar a la posteridad que lo reclamaba.

Gusanos de biblioteca

Hoy he encargado un libro más para fatigar mis estantes: la Routledge Encyclopedia of Narrative Theory, editada por David Herman (2005). Calculo que para leer los libros que he comprado en los últimos diez años necesitaría unos cien años más de vida. Soy optimista. En el cálculo por lo bajo, no en la esperanza de vida.

Cualquier biblioteca es una biblioteca de Babel, cualquiera está por encima de las capacidades de un mortal. Nuestras bibliotecas nos sobrevivirán; a veces ya escribo el nombre de futuros propietarios hipotéticos en la solapa interior de mis libros, cuando los gusanos ya me estén royendo. Y sin embargo, aún sigo comprando más libros - claro, que ¿quién "lee" una enciclopedia? Algunas de mis actitudes me recuerdan al Autodidacta, de La Náusea de Sartre, el patético personaje que se autoeducaba leyendo una biblioteca por orden alfabético (nunca pasaría del principio, claro). Vana es tanta literatura; y más vana aún la idea de declararse o fingirse experto en algo tan inabarcable y desproporcionado frente a la vida humana como es la literatura. Una auténtica autoimpostura, ésa; lo más que se puede hacer es atravesar libros por aquí y por allá, probando a ver a qué saben, catar parte del menú; en ningún caso encargar todos los platos de la carta...

Hum.. me viene a la cabeza una adivinanza relacionada con todo esto. A ver, en una biblioteca hay una enciclopedia de diez tomos, con mil páginas cada uno. Ignoramos las cubiertas. Un gusano atraviesa la enciclopedia en línea recta, empezando a comer por la primera página del primer tomo y acabando por la última página del último tomo, ambas inclusive. ¿Cuántas páginas se ha comido el gusano de biblioteca?

El pretérito imperfecto

Leo la última colección de ensayos Sobre Literatura de Umberto Eco (2002); "Las brumas del Valois" es un ensayo narratológico sobre Sylvie de Gérard de Nerval: las brumas narrativas son las que hacen que se condensen los tiempos vagamente recordados o asociados, y son esas brumas las que experimentamos en Sylvie. Je me souvenais... Eso me hacía recordar a Sylvie, hasta en un día de sol implacable como hoy; recordaba que aquellos años yo también leía a Nerval, y que por entonces ya se me confundían las dos Sylvies. Sin la distancia de las brumas, claro. Volvía especialmente a un paseo con Sylvie río arriba, mirando desde lo alto de la colina donde gira el río un valle que parecía de repente extrañamente vacío, aparte de los dos. Era marzo, y habíamos cruzado el río descalzos (otras veces nos habíamos bañado, o nos bañaríamos); se veía abajo la hoz del río, y al otro lado un valle casi irreconocible y silencioso, sin nadie, sin caminos, todo brezos y matorrales sin hojas, y más a los lejos la cascada y los Pirineos. Muchos años después, sentados los dos, una tarde de tormenta, en la terraza de casa, recordábamos, o recordaba yo, aquel día, y los capítulos que le seguían... Aunque de hecho, ya entonces, si recordaba una escena de las que me venían espontáneamente a la memoria, el presente del recuerdo desvaía la secuencia de las otras escenas, y quedaba una imagen suspendida en el tiempo, una especie de presente flotando en un trasfondo de pasado. Lo mismo pasaba en la novela de Nerval, ya por entonces me resultaba difícil recordar qué sucedía exactamente en el argumento, aparte de las escenas sueltas (la escena de los disfraces sobre todo, y el paseo por el campo). Hoy me acordaba de estos dos momentos, no sé si en realidad tenían mayor relación entre sí, aparte de la del recuerdo, s’il vit—si elle vit—y el sonido de su nombre. Había una tormenta de verano espectacular, que mirábamos desde la terraza, y todo parecía ya una mémoire d’outre-tombe: "J’avais l’impression d’être un revenant", que je lui disais. Hablábamos de otras historias, de otros amores y desamores, cada cual llevábamos la procesión por dentro, después de les quatre cents coups, o dos procesiones quizá, dos por dos cuatro. Según Eco, "los catorce capítulos en que se organizaba la trama podían dividirse en dos mitades, la una sobre todo nocturna y la otra prevalentemente diurna. La secuencia nocturna se refería a un mundo anhelado en el recuerdo y en el sueño: todo se vivía de manera eufórica, en el encanto de la naturaleza, el espacio se recorria lentamente, se describía con amplitud de detalles gozosos. En la secuencia diurna, en cambio, Jerard encontraba un Valois que era puro artificio, hecho de falsas ruinas, donde los mismos recorridos del viaje anterior se revivían en un estado de disforia, sin detenerse en los detalles del paisaje y enfocando sólo epifanías de la contrariedad". Quizá en toda trama vital estén esos catorce capítulos, y quizá por eso era Sylvie tan memorable: tanto más cuando a las brumas del Valois se añaden las nuestras propias—­porque ya hace total nada, veinte años, que leía yo a Nerval, y ahora ni el libro me queda, perdido en una de las mudanças con que nos obsequiaba la vida. Ni siquiera recuerdo bien de qué iba— de los amores del alter ego de Nerval con Sylvie, con Adrienne y con Aurélie, de cómo nos volvemos irreconocibles, de cómo unos recuerdos llevan a otros, de cómo volviendo al pasado se mezclaban lo real y lo imaginado, y también en la persona que teníamos delante. Con el tiempo queda sólo la música del libro, o el eco de una música olvidada, la del pretérito imperfecto sobre todo. Leía Les Filles du feu e intuía quizá lo que sería o ya era, "que cierto empleo del imperfecto de indicativo, ­de ese tiempo cruel que nos presentaba la vida como algo efímero y pasivo a la vez, que en el mismo momento en que narraba nuestras acciones les imprimía ilusión, las aniquilaba en el pasado sin dejarnos, como el perfecto, el consuelo de la actividad­ era ya para mí una fuente inagotable de misteriosas tristezas". Lo decía Proust de Flaubert, Eco de Nerval; se puede decir de Sylvie en concreto, o del pretérito en general, el imperfecto pretérito. Yo también reescribía aquí algunos imperfectos. Les chemins du passé qui ne mènent, qui ne menaient, nulle part. Dice Eco que en Sylvie los relojes no funcionan. Pero hasta un reloj que no funciona marca la hora exacta cada noche y cada día: la de hoy, o la de ayer, tanto da.

Máquinas de escribir escribiendo máquinas

i. e. Writing Machines, de N. Katherine Hayles (Cambridge, MA: MIT Press, 2002), publicado en la serie Mediawork y diseñado por Anne Burdick. Está dedicado este libro a la materialidad de la forma impresa, y a cómo, a pesar de su familiaridad, el códex puede desfamiliarizarse y explorarse, y recodificarse, entre otras cosas mediante su interacción con la escritura electrónica. El libro es físicamente bonito, con alguna curiosidad, aparte de las debidas a la exposición del tema de la propia materialidad; por ejemplo, en el lado del libro contrario al lomo se hacen visibles las palabras "Writing" si se arquea el libro hacia un lado, y "Machines" si se arquea hacia el otro. Vamos, que hasta en las cosas más familiares puede buscarse un aspecto no visto hasta ahora.


Decía Cory Doctorow que "un libro es el envoltorio de papel que contiene un libro dentro", y hay ahí algo de verdad; la obra no está atada a la forma de códice impreso. Pero es una verdad que se contradice con las verdades de Hayles ( o las de "medium-is-the-message" McLuhan), para quien los libros son un medio muy específico y son productos de ese medio hasta la médula. En otro ensayo (que ha aparecido en Literatura y Cibercultura) Hayles polemizaba también contra los apóstoles de la virtualidad, que olvidan la necesaria base material de todo fenómeno comunicativo por virtual que éste sea. Virtuales son, por cierto, los bits of fiction de una novela, mientras que los bitios son materiales.


Quizá la respuesta a estas verdades incompatibles sea ésta: unos libros están más atados a su materialidad que otros, y algunos de sus elementos más que otros. Si el libro es descomponible (fenomenológicamente o semióticamente) en una serie de niveles o estratos, algunos resultan estar más gobernados por su medio que otros, e interactúan con él más que otros. Un libro experimental, como los que comenta Hayles aquí, tipo Lexia to Perplexia, de Talan Memmott, o A Humument: A Treated Victorian Novel, de Tom Philips, o House of Leaves, de Mark Z. Danielewski, hará mucho por la tesis de Hayles, pero por allí no se investiga provechosamente su refutación o contradicción. Que también es verdadera.


En suma, Hayles sostiene que una tecnología de escritura determinada es una "máquina de escribir" que no sólo crea una determinada perspectiva sobre un tema, o una articulación del mismo, sino que también crea sujetos ficticios asociados a esa representación, conectando al lector a esa tecnología y proporcionándole una serie de roles para interactuar con ella que redefinen lo que es escribir, leer, interpretar, y ser humano. Para Hayles, como para Ong, las tecnologías se interiorizan y afectan a la manera en que la consciencia refleja y articula la realidad. "Consciousness alone is no longer the relevant frame but rather consciousness fused with technologies of inscription" (117). Esta frase recoge muy bien la tesis central del libro, aunque se refiere a un caso concreto, House of Leaves, donde Hayles discute lo que llama "remediation", un fenómeno semiótico primo hermano de la intertextualidad y de la adaptación, que consiste en una representación filtrada sucesivamente a través de varios medios y tecnologías de inscripción — por ejemplo, la narración de cómo algo que un personaje dijo se grabó y se transcribió luego por escrito y a continuación se filmó ese manuscrito en una película que ha servido de base para esta edición electrónica... La remediación, que tiene cerca de un 80 por ciento en común con la "intermediality", es uno de los remedios para la exploración de las posibilidades de un medio, o de varios medios en relación uno con otro. Cada vez más cosas nos llegan remediadas en este sentido, no hay otro remedio. Así, House of Leaves, por extraña y recherché que parezca, se convierte, como ya lo hizo Tristram Shandy, en la más típica de las novelas.

Un espasmo de compras y los Heterodoxos Españoles

Hacemos excursión a Santiago de Compostela, y tras una visita a los lugares santos nos dedicamos a consumir como dementes en el comercio local. No en el mercado de dentro del templo (ya no hay Cristo que los azote y les eche fuera los tenderetes); allí resisto la tentación de comprar discos de la Capilla Real de Catalunya y otras músicas, sacras y paniaguadas en su mayoría. Pero todo Santiago es un mercadillo petrificado en torno a la catedral, así que allí caen, para empezar, dos gaitas gallegas para dos gaiteiriños voluntarios, que nos escoltan a partir de entonces dando el concierto, como si fuésemos políticos de la Xunta. También un helicóptero playero made in China, y un equipo completo de bombero (que buena falta hace en Galicia en verano). Y luego una colección de libros:


- El volumen 1 de las "Crónicas de Narnia", de C. S. Lewis; es el Harry Potter de los años 50. Dicen que pronto la película.


- Unas actas de un congreso sobre "Modernity, Modernism, Postmodernism", editadas por nuestro colega Manuel Barbeito.


- Otras actas: "Fenomenología y Ciencias Humanas", de otro congreso celebrado en Santiago. La Universidad de Santiago de Compostela tiene una tienda universitaria en condiciones, y en la zona turística. No como otras que yo me sé, que cerraron la tienda que tenían arrinconada en el campus. Y eso que yo creía que lo de las tiendas universitarias iba con los nuevos tiempos.


- El que debe ser el último ejemplar de "La Red", no de Sandra Bullock sino de Juan Luis Cebrián (1998). Pronto una reseña in a blog near you.


- Un libro de Carl G. Jung, "Symbole der Wandlung" (Zurich: Rascher, 1952), que fue a parar a una librería de viejo. Tiene una dedicatoria de un comprador anterior, que transcribo: "El amor, es una llama ardiente, que necesita una constante viveza y un continuo revivir, y entonces es como bella mansión, siempre hermosa. Para mi chatuca la llama de mi corazón. Tu nanito. Vergara, 2-IIII-70." La dedicatoria parece aludir a uno de los símbolos principales de los que habla Jung. Espero que nanito acertase con el regalo, pero hasta las historias felices tienen un final triste después, mucho después del the end con beso.


- "The Bride of Lammermoor", de Walter Scott. Este me lo he comprado porque no conseguí echarle el guante a un DVD de "Lucia di Lammermoor" esta primavera... El libro también es de viejo; no tiene fecha, pero un propietario anterior lo compró en 1929.


- "The Works of Oscar Wilde" en un volumen, ed. G. F. Maine (Collins, 1948, reimp. 1957). No me resisto a citar un fragmento, que cierra el libro: "To love oneself is the beginning of a life-long romance".


- Y, last but not least, la "Historia de los Heterodoxos Españoles", en dos volúmenes, del erudo más que erudito Menéndez Pelayo, editada por la Biblioteca de Autores Cristianos. Este católico julay, grandísimo putañero y mayor hipócrita, comienza su libro con el anuncio de que va a escribir "la triste historia del error entre las gentes peninsulares" desde el punto de vista de un "hijo sumiso de la Iglesia" (en efecto, el censor eclesiástico encuentra "mucho que admirar y aplaudir" en el libro). Pasa repaso a los disidentes del nacionalcatolicismo y sus ridículos errores de dogma, sabiamente reprimidos por el secular brazo secular; alaba a la Inquisición.

Y termina Menéndez Pelayo, menudo Pelayo éste, con los males de su propio tiempo, tras la Constitución de 1876, "y cómo desde esa Constitución hemos llegado, por pendiente suavísima, a la proclamación de la absoluta libertad de ’la ciencia’ o (dicho sin eufemismos) del error y del mal en las cátedras; y a los proyectos ya inminentes del matrimonio civil y de secularización de cementerios Dentro de poco, si Dios no lo remedia, veremos, bajo una monarquía católica, negado en las leyes el dogma y la esperanza de la resurrección, y ni aun quedará a los católicos españoles el consuelo de que descansen sus cenizas a la sombra de la cruz y en tierra no profanada". Aunque, reflexiona satisfecho, "los esfuerzos de nuestras guerras civiles no prueban ciertamente falta de virilidad en la raza".

Estos señores eran como Bin Laden o el Ayatollah Jomeini, pero con corbata de pajarita, para despistar; y de ellos están hechos los cimientos de nuestra cultura. A ver si llega pronto lo del Estado laico que anuncia el gobierno, y nos dejamos ya de mandangas y de subvencionar el error y el dogmatismo. Que lo paguen los fieles, los del turbante invisible preto a la cabeza. Yo ya le he comprado esto a la BAC, ¿no?

Profecías autocumplidas retroactivamente

Una noticia de BoingBoing nos anuncia la creación de un Philip K. Dick en versión androide, por Hanson Robotics (http://hansonrobotics.com/prpkoject_d.php). Es un homenaje, claro, a Philip K. Dick que imaginaba tales androides hace cuarenta años en Do Androids Dream of Electric Sheep? (a.k.a. Blade Runner) o We can Build You. El androide, réplica exacta del escritor, se entrevistará con sus visitantes en una típica habitación de los años setenta, dándoles conversación generada a partir de los patrones discursivos e ideas de PKD. Es la versión futurista de las peregrinaciones literarias a las casas de escritores, de Shakespeare o Wordsworth, y una excelente propaganda para la empresa de robótica, claro. (Aunque casi me recuerda más, por lo creepy, a la momia de Bentham expuesta en la Universidad de Londres). En una entrevista virtual imaginada por Erik Davis (http://frontwheeldrive.com/philip_k_dick.html) dice Philip K. Dick que "conforme pasan los años me parece que de forma gradual y sutil pero real, el mundo se va pareciendo a una novela de Philip K. Dick. Incluso me han acusado algunos estrafalarios de haber producido el mundo moderno con mis novelas". Hay en la ciencia ficción muchas tendencias, algunas a la fantasía desmedida, pero otra dirección de la misma apunta a visionados plausibles e imaginativos de las consecuencias del desarrollo tecnológico - más interesantes cuanto más se imbrican en la ficción con las maneras de vivir, percibir y estar en la realidad. De eso desde luego ha hecho mucho P. K. Dick; y en segunda vuelta lo hacen todas las variantes sobre él que salen, como las películas de sus novelas y ahora su propio androide. Y una tendencia complementaria a ésta es la tendencia del futuro a ajustarse a las expectativas que sobre él se han tenido. (El futuro tiene otras tendencias, naturalmente: la de ser impredecible e incalculable, por ejemplo. Para contrarrestar ésta se hicieron las profecías autocumplidas retroactivamente). Lo que ya está pensado de antemano está ya medio deseado o medio temido y medio diseñado, o sus bases están allí para quien las quiere y puede ver: no es de extrañar que los desarrollos vayan muchas veces en esa dirección, dando lugar a esa curiosa tendencia de los futuros efectivos a ajustarse a los futuros pasados imaginados por la ciencia ficción. Sólo en parte, claro, sólo en parte. Empezando por el hecho de que en los mundos anticipados por la ciencia ficción los desarrollos no suelen surgir como profecías autocumplidas retroactivamente: normalmente no hay escritores de ciencia ficción en la ciencia ficción.


Otro ejemplo de profecía autocumplida retroactivamente me viene a la cabeza: en 2001: Una Odisea del Espacio el computador Hal 9000 dice que fue creado en 1997 en la Universidad de Illinois (en la película se cambió la fecha a 1992). Bueno, pues en 1997 en la Universidad de Illinois decidieron celebrar y producir el nacimiento de Hal, con una fiesta homenaje friki, etc. - (puede leerse algo al respecto aquí (http://www.palantir.net/2001/meanings/essay11.html) y aquí (http://www.everything2.com/index.pl?node_id=46253), y claro, quisieron crear a Hal 9000 en plan profecía autocumplida retroactivamente, haciendo hablar a un ordenador que saludase a sus creadores como recordaba Hal en sus delirios moribundos que había hecho. Y le preguntaron a Arthur C. Clarke, el auténtico creador, cuáles habían de ser las primeras palabras de Hal. Fueron éstas: "Buenos días, Doctores. Me he tomado la libertad de borrar Windows 95 de mi disco duro"... y así nació Hal, en un futuro que mezclaba el futuro anticipado con un futuro impredecible que, impredeciblemente, incluía a ese futuro anticipado. La realidad incluye a la ficción, una ficción que se construye con los ingredientes de una realidad.... que incluye a la ficción. "La vida es sólo fantasía", que decía Miguel Bosé.

Una duda sobre Rochester

Entre los poemas de John Wilmot, conde de Rochester (1647-1680), se encuentra una versión de un fragmento de Séneca (Troades, II, final del coro). Es un manifiesto ateo, escrito al parecer poco antes de la célebre conversión del libertino conde narrada por Burnet. Pocos cantos al ateísmo se encuentran en esta época; denuncia Rochester, con la excusa de traducir a Séneca, la vanidad de creer en la vida eterna y en la inmortalidad del alma, y en los infiernos.

After Death nothing is, and nothing Death;
The utmost Limits of a gasp of Breath.
Let the ambitious Zealot lay aside
His hopes of Heav’n; (whose Faith is but his Pride)
Let slavish Souls lay by their Fear,
Nor be concern’d which way or where,
After this life they shall be hurl’d:
Dead, we become the Lumber of the World;
And to that Mass of Matter shall be swept,
Where things destroy’d, with things unborn are kept;
Devouring time swallows us whole,
Impartial Death confounds Body and Soul.
For Hell, and the foul Fiend that rules
The everlasting fiery Gaols,
Devis’d by Rogues, dreaded by Fools
With his grim griesly Dog that keeps the Door,
Are senseless Stories, idle Tales,
Dreams, Whimseys, and no more.

La duda es si incluye a Dios en el lote: en el antepenúltimo verso, podemos invertir las dos palabras que empiezan por D mayúscula, resultando lo siguiente:

With his grim griesly God that keeps the Rood.

¿Es intencionado? ¿Se autocensuraba Rochester, o sólo jugaba? ¿O es una casualidad, "Dreams, Whimseys and no more"? Nadie lo sabe (nadie sabe nada). Hay que decidirlo.

 

Adán y la viagra

 

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