Journey of Man - A Genetic Odyssey
El Gran Viaje en El Último Mohicano
lunes, 30 de diciembre de 2013
El Gran Viaje en El Último Mohicano
De 1826 es la novela de James Fenimore Cooper El último Mohicano. Por eso pueden sorprender algunas observaciones que sobre el origen de las poblaciones amerindias hace el autor en la introducción a esta novela. Cito de la edición electrónica de la novela en Project Gutenberg:
The color of the Indian, the writer believes, is peculiar to himself, and while his cheek-bones have a very striking indication of a Tartar origin, his eyes have not. Climate may have had great influence on the former, but it is difficult to see how it can have produced the substantial difference which exists in the latter. The imagery of the Indian, both in his poetry and in his oratory, is oriental; chastened, and perhaps improved, by the limited range of his practical knowledge. He draws his metaphors from the clouds, the seasons, the birds, the beasts, and the vegetable world. In this, perhaps, he does no more than any other energetic and imaginative race would do, being compelled to set bounds to fancy by experience; but the North American Indian clothes his ideas in a dress which is different from that of the African, and is oriental in itself. His language has the richness and sententious fullness of the Chinese. He will express a phrase in a word, and he will qualify the meaning of an entire sentence by a syllable; he will even convey different significations by the simplest inflections of the voice.

Philologists have said that there are but two or three languages, properly speaking, among all the numerous tribes which formerly occupied the country that now composes the United States. They ascribe the known difficulty one people have to understand another to corruptions and dialects. The writer remembers to have been present at an interview between two chiefs of the Great Prairies west of the Mississippi, and when an interpreter was in attendance who spoke both their languages. The warriors appeared to be on the most friendly terms, and seemingly conversed much together; yet, according to the account of the interpreter, each was absolutely ignorant of what the other said. They were of hostile tribes, brought together by the influence of the American government; and it is worthy of remark, that a common policy led them both to adopt the same subject. They mutually exhorted each other to be of use in the event of the chances of war throwing either of the parties into the hands of his enemies. Whatever may be the truth, as respects the root and the genius of the Indian tongues, it is quite certain they are now so distinct in their words as to possess most of the disadvantages of strange languages; hence much of the embarrassment that has arisen in learning their histories, and most of the uncertainty which exists in their traditions.
Like nations of higher pretensions, the American Indian gives a very different account of his own tribe or race from that which is given by other people. He is much addicted to overestimating his own perfections, and to undervaluing those of his rival or his enemy; a trait which may possibly be thought corroborative of the Mosaic account of the creation.
Esta última observación, un tanto irónica, se refiere quizá a que todo el mundo se considera el pueblo elegido.... Pero deja entrever sin embargo lo que posiblemente sea la fuente última de estas creencias del autor—creencias que sorprendentemente son generalizadas en su época, según sostiene—sobre el origen de las poblaciones nativas americanas. Cooper se atiene al parecer a la tesis del monogenismo, tesis bíblica también si se quiere. Es más, supone que las poblaciones americanas proceden de Asia central ("Tartar"), y que hubo por tanto en algún momento una gran emigración originaria a partir de Asia—en una época en la que la humanidad y sus lenguas y tradiciones ya estaban formadas, pues insiste en el parentesco filológico mayor que hay entre las lenguas amerindias y las asiáticas, y en un menor parentesco con las africanas. Tenemos, por tanto, en esquema, una versión decimonónica del Gran Viaje de la humanidad, una teoría sobre la distribución de las poblaciones humanas en la Tierra originada quizá en última instancia en el relato bíblico. Es interesante este pasaje de Cooper por estar a medio camino entre la narración de la Biblia y la antropología evolucionista moderna.
Un curioso dato adicional que observa Fenimore Cooper—uno de los datos que contradicen según él la noción de que los indios americanos descienden de los chinos. No tienen los ojos "achinados". Esto haría pensar que este rasgo distintivo de una población (o serie de poblaciones) se diferenció en los chinos con posterioridad a la separación entre sus antepasados comunes y los de los indios americanos. Evidentemente Cooper no está pensando deliberadamente en estos términos evolucionistas—estamos muy lejos aún de Darwin— pero sin embargo su propio razonamiento contiene esta historia evolucionista, a su manera. Léanselo otra vez. No habla de marcadores de ADN, pero dentro de unos límites la historia que cuenta concuerda con ésta que se cuenta en el documental Journey of Man. (Ver la historia de los pobladores de Asia Central y América, pasando por los Chukchi, a partir del minuto 1.10.00). Se observará que, lanzado en un arrebado de inspiración como pensador evolucionista avant la lettre, Fenimore Cooper avanza la tesis (sentido común también, se dirá... siempre lo supimos...) de que las poblaciones se adaptan al clima en su forma física. Y que por tanto, parte de los rasgos físicos de poblaciones distintas se han de explicar por un procedimiento de adaptación. Ahora bien, otros rasgos no responden a la adaptación, y habrá que remitirlos (en ausencia de explicación) a un azar indeterminado. Es la diferencia que ve Fenimore Cooper entre la forma de la cara con pómulos altos (adaptativa para él) y la forma de los ojos (un marcador étnico producto de... ¿el azar?). Cito: "Climate may have had great influence on the former [los pómulos], but it is difficult to see how it can have produced the substantial difference which exists in the latter [los párpados]."
Los chinos y asiáticos orientales, y aquí ampliamos algo si se quiere el relato de Fenimore Cooper, descienden de una población que adquirió el rasgo característico de sus párpados después de separarse de un grupo étnico más antiguo, sus antepasados comunes con los indios americanos. Un grupo de esos antepasados emigró a América desde Asia. Y en América, o de camino hacia ella, adquirió su coloración distintiva actual.
Fenimore Cooper puede considerarse el primer gran clásico norteamericano que escribe la épica de los indios, y de su encuentro con los blancos. Observa la Dra. Penas que quizá parte del interés del autor por las migraciones de las poblaciones indias se deba a una voluntad inconsciente o semiconsciente de hacer a los nativos americanos también (como los blancos) unos emigrantes al territorio de Norteamérica, una población más de las que lo han ocupado por oleadas.
La idea del Gran Viaje, en todo caso, puede remontarse por esta vía o por otras a diversos relatos míticos, quizá recuerdos remotos de las primeras historias orales que lo transmiten desde la fuente misma de su memoria. El relato bíblico es quizá el más potente de estos mitos. La Humanidad se desparrama por la tierra en un Gran Viaje tras el origen traumático que la separa primero de los animales y luego del lugar de su nacimiento y de sus primeros pasos. Es un viaje que de un modo u otro recapitulamos casi todos los seres humanos—de ahí quizá la potencia psíquica de los mitos que lo narran, al margen de los remotos ecos históricos que puedan tener éstos.
Puede verse, por comparativa, el episodio sobre el primer poblamiento de América procedente de la serie de la BBC The Incredible Human Journey. No concuerdan en todos los puntos ni siquiera las teorías científicas. Visto lo visto, Fenimore Cooper no lo hizo tan mal.
Canal de Vanity Fea
lunes, 30 de diciembre de 2013
Canal de Vanity Fea
Yo no lo hice. Descubro que YouTube genera automáticamente este canal de vídeos que han aparecido en mi blog—Vanity Fea.
También reaparezco reemitido en eBuzzing (Vanity Fea), que por lo que se ve genera un resumen o vista previa de mi blog, como de los demás sitios que referencia. Se nos multiplican las entidades, y los espacios públicos.
Hipertexto y Beatriz
lunes, 30 de diciembre de 2013
Hipertexto y Beatriz
Cada día me arremango y meto la mano en el barril de aguas turbias de la Internet, y saco algún pescado que había por el fondo. Hoy encuentro estas dos bibliografías en CoolEssays: una sobre
—y otra con un listado de escritos de Beatriz Penas Ibáñez.
Hemingway, el gigante herido
lunes, 30 de diciembre de 2013
Hemingway, el gigante herido
Ernest Hemingway (1898-1961) es como un hermano de Scott Fitzgerald y también él tradujo su vida en literatura, pero, además de que su existencia fue más larga y mayores sus ansias, concedía más importancia al hecho de escribir. Lo que para Fitzgerald era una justificación en Hemingway se convierte en necesidad: la obra refleja la vida, pero el hombre se contempla en este espejo y consigue que brote una leyenda.
La selección de cuentos In our time (París, 1924; Nueva York, 1927) relata sus experiencias infantiles, cuando acompañaba a su padre médico durante sus viajes, visitando a los indios del Michigan y a los solitarios del bosque, cazando y pescando, aprendiendo sobre el terreno mismo las dialécticas amargas de la vida y del sufrimiento, de la crueldad y de la muerte. No es superfluo señalar que el padre de Hemingway, humanista insatisfecho, se suicidó. En Adiós a las armas (1929) narra la aventura de un joven encargado de una ambulancia, voluntario en el frente de Italia, y que pasa a una unidad de combate porque no soporta el seguir permaneciendo como espectador en la lucha; es herido y durante su convalecencia en el hospital de Milán medita sobre el sentido de las guerras y el valor del riesgo en la conciencia de vivir. En El sol también sale (1926) describe la vida del norteamericano en París, las reuniones de Montparnasse, empapadas de alcohol, el aburrimiento y el hastío que le corroe interiormente como un gusano devorador y, más tarde, el descubrimiento de España, un mundo luminoso donde las pasiones estallan de modo brutal y definitivo. Muerte en la tarde (1932) trata de explicar la afición a las corridas de toros, espectáculo violento y místico, experiencia total del riesgo absoluto. Las verdes colinas de África y Las nieves del Kilimanjaro (1935) relatan sus experiencias en África: la caza de grandes fieras y el contacto íntimo con una naturaleza virgen que libera. Por quién doblan las campanas (1940) es una magnífica versión de la experiencia de la guerra civil española y un diálogo a la vez de entusiasmo deportivo y de fatiga. Con Más allá del río y entre los érboles (1950) retorna al soleado Mediterráneo: esta vez italia, lugar de una felicidad posible, aunque lo descubrió demasiado tarde. En El viejo y el mar (1952) sitúa en Cuba el mito de una victoria posible y necesaria, aun resultando inútil ante la muerte.
Estas simples indicaciones diseñan el perfil humano paralelo al hombre que evoluciona, que se reconstruye, aun a través de las innumerables fotografías publicitarias, a las que Hemingway concedía enorme importancia. Como a otros aventureros de las letras —Malraux, Montherlant, Malaparte—, siempre le surgía un fotógrafo en el momento oportuno y preciso: joven soldado herido y ceñido en su uniforme, turista despreocupado paseando por los bulevares, esquiador satisfecho, cazador ante sus trofeos, escritor ilustre posando de incógnito junto a un torero o a un famoso artista de cine; fuerza de la naturaleza en calzón corto y pecho al descubierto; barba negra o barba blanca, brazos arremangados mostrando poderosos músculos y cuello de camisa abierto sobre un poderoso pecho, sonrisa de blancos dientes: Hemingway o la vida feliz y triunfante. Pero el 2 de mayo de 1961, en su chalet de Ketchum (Idaho), se daba muerte manejando un fusil.
Si hubiera sido accidental, esta muerte parecía un rasgo de lógica absurda, pero resulta imposible creer en un accidente después de la divulgación de sus confidencias a sus amigos, en particular A. E. Hotchner, en Papá Hemingway, publicado en el Mercure de France (1966). Había intentado ya suicidarse diversas veces, y los psiquiatras, que en vano le cuidaban con electrochoques, aludían a un caso de paranoia. ¿Era realmente la locura que se iba apoderando de él, o fue desesperación?

Los horizontes literarios de un coloso
Dos sucesivos accidentes de avión durante sus cacerías en Africa le agotaron físicamente, en 1954, el mismo año en que se le otorgaba el premio Nobel. Desde entonces luchó. Decía que sólo tres cosas le interesaban en la vida: escribir, amar y cazar.
Podemos traducir por nuestra parte que estas tres actividades le hacían sentirse un ser vivo. Decía:
Malgasto un tiempo considerable en matar animales para no tener que matarme yo mismo. Cuando un hombre se rebela contra la muerte—y yo me rebelo contra ella—, experimenta placer en hacer uso de uno de los atributos divinos, precisamente el de poder dar muerte.
Dar la muerte a riesgo de recibirla, deterner un instante la vida, en la plenitud de la sensación, fijar para siempre ese instante, con armonías vivas: un hambre canina de vida. A los sesenta y dos años de edad, a pesar de todos los exciantes, de la leyenda creada, de una voluntad sobrehumanamente tensa, Hemingway se sentía envejecer, y no podía admitirlo. Lo que revela lo trágico de su muerte, evidencia también lo trágico de su vida y, por consiguiente, de su obra.
El viejo y el mar data de 1952, antes de los accidentes de aviación. Es una narración muy sencilla, si bien resulta grandiosa por la misma ternura y crueldad de la narración, de un viejo pescador que, una vez más, captura un pez gigantesco, lo vence después de tres días de combate, pero no puede impedir que los tiburones lo devoren y sólo trae al puerto un esqueleto.
Las nueves del Kilimanjaro databa de 1935. Es el relato de un escritor herido mortalmente en plena selva, que recapitula su vida esperando socorros que no llegarán.
Extraño examen de conciencia en que un autor que contaba treinta y siete años se desdobla, se describe tal como será quince años más tarde, y se obliga a reflexionar:
El sol también sale databa de 1926. Es la narración de un norteamericano herido en la guerra, mutilado en su virilidad, al margen de la vida y de la felicidad que soñara, y, sin embargo, persiguiéndolas con la infantil esperanza de que, pasado el ruido y el sufrimiento, la embriaguez y el sueño, la pesadilla se disipará. La herida del héroe parece simbolizar un miedo y una debilidad que se disfrazan de energía y audacia durante el mayor tiempo posible y por todos los medios.
Con este disfraz, Hemingway fue durante treinta años el poeta algo fanfarrón de la virilidad. Despojado del disfraz, queda al descubierto lo que Saul Bellow denominara el "hombre petrificado" que renuncia a enfrentarse consigo mismo y a la introspección. Se trata, una vez más y siempre, de "sumergirse en los abismos del dolor y del sufrimiento" y después prohibirse la huída y la evasión. Negación que se traduce en una técnica literaria. Ciertamente, Hemingway aparece presente en todos sus libros, con avidez de verlo, de conocerlo y reflejarlo todo, con pasión de activista que quiere siempre participar; pero esta presencia es a la vez una ausencia. Escribe con imágenes; sus novelas son películas en que el mundo adquiere una realidad fascinadora, en relieve, color, sonido y olor, pero también con todo el misterio de lo indescrifrado y lo indescifrable.
Adiós a la vida
El Jordan de Por quién doblan las campanas se presenta, desde el primer instante, cargado con todo el lastre del pasado; un tipo impresionante, interesante y conmovedor que morirá sin haber verdaderamente comunicado su intimidad con nadie, ni siquiera con María, a la que, sin embargo, ama, ni con el propio autor, ni con el lector. Hemingway no describe la vida, y menos aun la analiza o la explica: la crea de nuevo, y ello le convierte en un visionario de la raza de Balzac, o cuando menos de Simenon, pero vuelve a crearla para nada. Hemingway se aprovechaba de su obra para huir, como huye también en su leyenda de perfecto atleta de la virilidad, hasta desembocar en un trágico adiós a la vida.
El momento culminante de esta leyenda fue su propia conquista de París, en 1944. Corresponsal de guerra, se cansó de sus papel de espectador, formó una guerrilla personal, dejó atrás los carros blindados de Leclerc, entró en la capital francesa y liberó las bodegas del Ritz. Una farsa llevada a sus últimos extremos: ser durante unos días Garibaldi, como fuera torero, pescador de peces-espada, explorador en África y en China, confidente de los "gangsters" y amigo de la gente fuera de la ley; pero siempre solitario y silencioso, hermético al exterior y reservado. Las obras de Hemingway, después de exaltar y fascinar, dejan en el recuerdo un regusto a ceniza, un vértigo de resaca de fiesta absurda: se ha contemplado el mundo, el cielo, el mar y la montaña, los hombres y sus pasiones, pero sólo queda un esqueleto, como en la pesca de El viejo y el mar.
En Adiós a las armas (1929) se entabla un diálogo notable entre el protagonista y un sacerdote, uno de esos diálogos de réplicas llanas y prolongados silencios, que Hemingway escribía como nadie y que diseñan en relieve, aun desde el exterior, una idea profunda y esencial. El sacerdote confiesa que esperaba de la guerra algo que no se ha producido; el héroe responde que él no cree ya ni en la victoria ni en la derrota; al preguntarle el sacerdote en qué cree todavía, replica "¡En el sueño!".
Hemingway se acerca de este modo al puritano decepcionado en que se convirtiera Nataniel Hawthorne. La relación existente es más superficial de lo que parece. Si se pretende interpretar, como muchos críticos norteamericanos afirman, que Adiós a las armas es una versión personal e inconsciente del drama del Jardín del Edén, hay que considerar también al "American abroad" de 1925 como un hijo del Nuevo Israel, que ha perdido la fe y que, a pesar de todas las diversiones, no logra perdonárselo nunca.
