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SYMMETRY - A Palindromic Film

lunes, 24 de febrero de 2014

SYMMETRY - A PALINDROMIC FILM

El Lado Oscuro de la Luna

lunes, 24 de febrero de 2014

El Lado Oscuro de la Luna

The Colleen Bawn

Una de las primeras películas irlandesas, de 1911, aunque en IMDb la consideran americana. Está basada en el drama homónimo de Dion Boucicault, de 1860. "La moza bonita", viene a ser una traducción del título, una historia de desamores e intrigas asesinas a resultas de un matrimonio secreto entre un rico heredero y una chica sin fortuna. El drama de Boucicault se inspiró en un caso real que terminó peor, sin galán rescatador y con asesinato de la moza.




The Colleen Bawn. Dir. Sidney Olcott. Based on the play by Dion Boucicault. Cast: Gene Gauntier (Eily O'Connor), Jack J. Clark (Myles), Sidney Olcott (Danny Mann), J. P. McGowan (Hardress Cregan), Geo. H. Fisher (Kyrle Daly), Arthur Donaldson (Father Tom), Robert Vignola (Mr. Corrigan), Alice Hollister (Anne Chute), Agnes Mapes (Mrs. Cregan), Mrs. Clark (Sheelah). Ireland (UK): Bradbury Films, 1911.
The Colleen Bawn (1911). (Irish Silent Films on the Internet). YouTube (TRINITYCOLLEGEDUBLIN) 8 Nov. 2011.*
    http://youtu.be/FwR94ukHDdQ
    2014

El Lobo de Wall Street, aquí

domingo, 16 de febrero de 2014

El Lobo de Wall Street, aquí

Sale uno de ver El Lobo de Wall Street con la sensación de que te han estafado dos veces por tu dinero. La primera, cuando los trapicheos del capitalismo te hicieron perder aquellas inversiones y ahorrillos. La segunda, ahora que te cuentan la historia de cómo hicieron la gracia, y le sigues la pista directamente a tu dinero, a dónde fue, a putas y cocaína. Y yates, que me olvidaba del yate. La película está basada en la autobiografía del auténtico lobo de Wall Street, Jordan Belfort, una razón para no ir a verla. A mí me pilla por sorpresa, y por eso escribo esta reseña llena de spoilers, por si alguien reflexiona y opta por piratear la película, como debería hacer, o quizá mejor ignorarla. No es que esté mal, es de Scorsese y demás, pero es sólo por el axioma de no hacer negocios con esta gente, y comprar una entrada de cine es hacer negocio y entrar en tratos, y dejar que te vendan la moto.

De hecho es esta reflexión final la que contiene toda la carga crítica de la película de Scorsese, y aterriza como un mazazo—de los de mango largo—al final.  ¡PLAM!—en toa la cara del espectador, al que se le llama poco menos que memo por haber caído en la trampa y haber visto la película. Toda la larga serie de farras y estafas que la preceden, la vida insensata y despreciable de estos sujetos que compran y venden acciones en un subidón especulativo, como quien hace pasar por su sistema arterial un río de adrenalina con cocaína, es de por sí una crítica feroz al capitalismo financiero, claro, y un clásico en ese sentido. Es muy educativa, no voy yo a negarlo. Y con sarcasmos feroces, a lo Swift, se hace el arte satírico más sustancioso, jugándose la propia sustancia. Porque el cine también está implicado en estas especulaciones, inflamientos de la nada, y circulaciones de capital deslocalizado. Que Scorsese lo muestre no es sólo burla al espectador, claro, es también crítica cultural—y tristemente realista al mostrar cómo el propio instrumento de crítica está implicado en lo que critica. Hey, qué queréis, estáis en Occidente.
wolf of wall
Además algo avisados ya vamos desde el principio, sin que se nos anime realmente a abandonar la sala... es que empieza la película metaficcionalmente, imbricando su sustancia con la situación del espectador y con el medio considerado en sentido amplio. Quiero decir que cuando empieza la película no sabes si estás en un anuncio de los que se pasan en el cine antes de la película, o si estás en uno de esos logos animados de las productoras, que ya casi dan risa con su elaboración, y con el número de productoras que se van pasando el producto de unas a otras.... y no, estás en la película, y el Mountain Lion ése, o como se llame, que ruge al estilo de la Metro—es la compañía del Lobo Leonardo. La que luego va a dedicarse a envolver paquetitos de mierda de acciones, ponerles nombre bonito, y sacarlas al mercado a cambiarlas por otras más sólidas—aunque all that is solid melts into air— o por dólares de los que imprimen Greenspan y Bernanke. Vamos, que el producto que estás viendo es lo que estás viendo, pura ilusión invocada por el capitalismo financiero. Pero bueno, entramos en la farra, y la película resulta ser a la película del honesto self-made man—quizá la última del género con algo de eco haya sido la de Will Smith, The Pursuit of Happynesslo que Full Metal Jacket era a las películas bélicas donde se maduraba como persona y se aprendía humanidad y camaradería en la guerra. Se me ocurre There Will Be Blood como paso intermedio entre una y otra, películas del capitalismo feroz, allí el del petróleo y aquí el del bono basura y la hipoteca subprime. Margin Call también estaba en esta línea, en la época ya de la crisis financiera internacional, pero ésta es mucho más sarcástica y los personajes están mucho más deshumanizados; el equipo de corredores de bolsa aquí ya son como Ocean's Hundred, o quizá como los diablos del Pandemonium en sus fiestas de strippers y cocaína. No dan ganas de estar en una, se lo aseguro.

En fin, a lo que iba, que sólo me interesa resaltar el aspecto metaficcional de esta película. Que todo lo que precede es el mango largo del mazo—tres horas de mazo-swinging— para darte con él en los dientes. Al final encontramos toda la energía negativa de la película acumulada y descargada en los dientes de los responsables—del sufrido público que se deja embaucar. Los accionistas que quieren hacerse ricos, que sueñan con duros a cuatro pesetas, y se quedan sin sus ahorros. O los aspirantes a trepa que toman lecciones, al final, de este embaucador genial, sin apuntarse la primera lección: que no deberían estar allí tomando lecciones, porque son ellos los primeros embaucados. Aquí aprovecha Scorsese para hacer un homenaje al cine, y reescribe en clave sarcástica el final de The Crowd, de King Vidor. Creía que había reseñado esta película, pero ya veo que no. Aquí sigue una micro-reseña del aspecto que me interesa.

Un joven muchacho, que según su padre va para presidente de los USA, se enfrenta a la gran ciudad de Nueva York, proponiéndose que se va a merendar la Gran Manzana y va a trepar hasta la cima del rascacielos. Lo vemos enseguida trabajando en una pesadilla oficinesca de dimensiones colosales, en un trabajo mecánico. Se echa una novia, y aún se ríe con ella de un pobre diablo al que ven mientras van al parque de atracciones, vestido de payaso, haciendo de hombre-anuncio. "¡Mira ése! Seguro que su padre pensaba que iba para presidente de los Estados Unidos! Y, sure as hell, cuando se casan y pierde su trabajo y viene la crisis y la pobreza, acaba él trabajando de hombre-anuncio vestido de payaso. Amenaza el divorcio y el fracaso total, pero la película termina con una ligera inflexión de optimismo, con un trabajo modesto y con la esperanza de seguir adelante batallando sin objetivo asegurado, y pasar todo lo más algún buen rato los momentos de ocio—allí termina la película, con la modesta pareja divertida viendo el espectáculo, creando un efecto cinematográfico casi palpable por lo inquietante—la pantalla se ha convertido en un espejo, y el público que vemos reflejado en la pantalla somos nosotros—con la diferencia de que ellos están disfrutando del espectáculo con risas y nosotros con una fascinación crítica y desengañada. Gran película para las masas, The Crowd.


Ya se ve cuál es el tipo de maniobra que hace Scorsese al final, superponiendo este homenaje a The Crowd con la escena del Lobo de Wall Street dirigiéndose a un embobado público, público de aprendices de vendedores, público comprador de su libro y fascinado por este cohete que asciende a ninguna parte dejando una estela de billetes quemados y polvo de cocaína. Aunque sea una historia de fracaso, un vendedor genial puede vender todo, hasta el fracaso.  Y los lerdos aprendices de vendedor de bolígrafos, y compradores de subprime, somos nosotros mismos, de la manera más literal posible, los estafados, y los que hemos comprado la entrada del cine para engordar aún más la cuenta de este señor que va a medias con Scorsese y con la Universal.

En fin, merece notarse el elemento de ciné-vérité que hay en ello, y cómo Scorsese se las ha ingeniado para utilizar la materialidad del medio para hacer arte, como hacía Beckett en sus distintos experimentos mediáticos—pero aquí la materialidad es la materialidad en el sentido craso y materialista, es la imbricación del cine en el capitalismo financiero, y en la economía libidinal de las masas. Claro que ya había llegado allí King Vidor, pero esto es The Crowd reescrita para la nueva crisis. Scorsese ha venido haciendo experimentos metaficcionales a cuál más interesantes, como recordábamos en "Hugo y la medialepsis" a propósito de su anterior película. En lo que se refiere a la implicación física y real del público cinematográfico,  también me ha recordado El Lobo de Wall Street a otros dos experimentos en ese sentido: Amor, de Haneke, que la comenté aquí en este sentido—y a una película experimental inexistente, The Joke, ideada por David Foster Wallace. Scorsese es más sutil y ambiguo, y vende más su alma al diablo de la productora. Pero quizá en su sarcasmo intenso esté Scorsese más cerca de este cineasta imaginario, "Himself" Incandenza—más que de ningún otro.

Encerrados en Shutter Island



Bernard Shaw - THE DEVIL'S DISCIPLE

domingo, 19 de enero de 2014

Bernard Shaw - The Devil's Disciple

Elysium

domingo, 15 de septiembre de 2013

Elysium

Hoy vamos a ver Elysium, la última del sudafricano Neill Blomkamp. 
 


Y sigue en efecto la línea cyberpunk de Distrito 9, que también nos gustó mucho. Excelente, igualmente, en cuanto a efectos especiales. Los niños no han quedado decepcionados con las simulaciones de cuerpos explotando, espectáculo occidental muy de nuestros días.

El guión, también de Blomkamp, se parece a Distrito 9 en la temática del apartheid, ciudadanos con dos tipos de derechos, y es también una historia de liberación, con el colapso del sistema opresor en la falsa utopía Elysium, construida en una estación espacial fuera de la Tierra superpoblada. Las lecturas a que invita no son sólo los condominiums sudafricanos, norteamericanos y cada vez más también europeos, áreas residenciales a salvo de intrusos, sino más generalmente el contraste entre haves y have nots, quizá con un énfasis en el contraste entre Occidente y el Tercer Mundo, la historia de las vallas fronterizas y pateras como la que tenemos en España, vista en un espejo distorsionador del futuro. Demasiado cercano a veces a la actualidad, el espejo, como para que resulte una ficción tranquilizadora.

Elysium, queda claro, está construido sobre la explotación capitalista de la mayoría de la población, confinada a una Tierra sin recursos y sumida en la pobreza, con derechos laborales nulos, y donde el crimen y las mafias gobiernan el día a día, con ocasionales intervenciones de la Isal Flotante (esa Laputa opresora la inventó Swift, hay que recordarlo) cuando sus intereses se ven amenazados, o no se comportan los de abajo. Sale Occidente bien retratado: las cloacas del Estado envueltas en intrigas y golpes políticos para reconducir la situación, los mercenarios entre marginales y protegidos para trabajos sucios, la burocracia europea aparentemente bienpensante e idealista, pero regida por intereses que apenas quieren reconocer, y pelele en última instancia de los intereses del gran capital. Que si bien funciona como una máquina, y es controlado por máquinas en buena medida, siempre tiene una clase ociosa flotando como nata blanca por encima, y esos no son máquinas, aunque a veces lo parecen. La ministra del interior, Jodie Foster, es una francesa nazi, vestida de blanco inmaculado pero pringándose más de lo que querría. Se enreda en sus maniobras sucias cuando intenta cambiar el código para que sea la alianza de Lobbies Armamentísticos y Aristocracia Capitalista la que rija Elysium, dejándose ya los legalismos y zarandajas de los burócratas de Bruselas, o de la ONU.

El ritmo de la película, endiablado como requieren los tiempos, es lo que más la abre a críticas, pues le lleva a enseñar las costuras cuando necesita acelerar aceleradamente algún proceso, ya sea informático o médico, para pasar a la siguiente escena. Lo tomamos fácilmente como una convención del género, OK, pero es que si todo lo pasamos por convenciones del género todo vale. El final trágico / feliz, pongamos. Matt Damon se sacrifica y visto que va a morir, muere por un ideal de entrega, para salvar a la hija de su chica, y ¿acabar con Elysium? Eso sugiere la película, pero lo que vemos es una revolución o la toma del poder por los comunistas—en este caso por Spider, el hacker mafioso que organizaba viajes en patera voladora. No parece muy de fiar como gobernante, y tampoco lo fueron Lenin y Stalin, rompiendo los huevos a la clase dominante y a millones de súbditos, para instaurar un régimen de miseria para todos... menos para ellos. Un vistazo a la historia no le augura mejor futuro a la revolución ésta que nos permite cerrar la película con final feliz.

Sí, la pareja protagonista se regía por el ideal de la Tierra como planeta azul, planeta ecológico donde todos somos responsables de todos, y del cual no se puede o no se debe huir a empíreos de privilegio. (Es una monja la que le enseña el ideal de la Tierra solidaria, por cierto). Pero al final de la película si la Tierra hace algún gesto de solidaridad, no es más azul que antes, ni promete serlo. Cierto, que un planeta corresponsable tiene mejores razones para no degradarse, y por eso el planeta debería ser socialista-ecologista o no será.... pero quién sabe lo que será. Me recuerda esta historia de gueux asaltando la Île de la Cité al musical que se hizo sobre Notre-Dame de Paris de Victor Hugo, o a la reciente película de Los Miserables si se quiere también, historias de revoluciones, allí fallidas (aunque triufaba el ideal virtualmente), aquí realizadas... pero con un oportuno corte a tiempo, y comieron perdices. A los Occidentales de Elysium, que vamos al cine a pagar entretenimiento caro, nos gusta además que éste haga gestos solidarios y muestre el colapso de nuestro sistema de privilegios, somos así de viciosos. En serio, muchas de las imágenes de la película, con Los Angeles convertido en un Tercer Mundo decadente, rascacielos invadidos de chabolas, etc., son inquietantes y casi valen tanto como la película en su conjunto. Pero no son originales, claro, estas ficciones de crisis están a la orden del día, y más que estarán, a medida que apriete la superpoblación y la escasez de recursos. Hablaba hace poco de Inferno de Dan Brown, a costa de esto, también proponiendo soluciones imaginarias a problemas reales, como buena ficción ideológica. Ha dado allí Dan Brown con un problema importante como base para su argumento, un acierto, y lo mismo podemos decir de Elysium, a pesar del tratamiento ambivalente que se da a las cuestiones ideológicas en estos productos de gran tirada.

La gran contradicción de Elysium—la pongo en dos palabras, porque se vea bien el meollo de la cuestión. El argumento opone egoísmo y altruismo, el egoísmo de protección mutua de las redes de contactos e influencias de Elysium, frente al altruismo del protagonista, que da su vida por salvar a la chica de su chica. Pero Matt Damon también se movía por egoísmo—los intereses de supervivencia propia dictan muchas de sus elecciones, y el altruismo frente a su moza es sólo accidentalmente altruista para con los demás habitantes del planeta. Los motivos de los personajes van dictados por el máximo beneficio para sí, su grupo o su proyecto—Spider se arriesga a ir a Elysium en lugar de controlar su mafia tranquilamente porque así se colocará a la cabeza del cotarro, luego ya veremos qué hace con él. La mamá / chica de Damon piensa en su hija, y no tenemos noticias de que le preocupe el resto de la humanidad excepto como apéndice unido a su hija. Y en sustancia, si hay un Elysium es porque cada cual lucha por la vida y procura rentabilizar sus posibilidades de medrar uno mismo y los que define como los suyos. Y esto se hace frente a otros grupos—en este caso, el saqueo de la utopía de Elysium es una fuente de recursos, pero no parece que la calidad de la sanidad privada de Elysium vaya a extenderse a todo el planeta, a pesar de la tendenciosa escena final de los hospitales aterrizando (será la Seguridad Social de Obama, o algo así, lo que se sugiere). En fin, que también hay tela aquí para discutir lo de la privatización y los recortes sanitarios. De decisiones egoístas, y de revoluciones superficialmente altruistas, está hecho ya el mundo que vemos al principio de la película. Es el mundo que construye la acción humana ejercida sin control, y ya vemos en el robot-JohnnyTaxi que el control total informatizado tampoco es bueno ni utópico.

Así que mi crítica: que la utopía construida al final de la película está construida, como la estrella flotante de Elysium, sobre bases engañosas o falaces. Y es tan poco sostenible como la Isla Flotante. Occidente, créanme, no va a elevar a su nivel de vida al resto del mundo. Y dentro del altruismo que guía las revoluciones se esconde, de nuevo, el gusanillo del interés—propio o tribal—que ha llevado al planeta a donde está ahora, y que lo seguirá llevando de conflicto en conflicto mientras haya recursos que repartir y bacalao que cortar, o mientras quede en pie el último árbol, como en Rapa Nui.

Welcome to the Machine


Margarethe von Trotta: Hannah Arendt.

domingo, 30 de junio de 2013

Margarethe von Trotta: HANNAH ARENDT

Una interesante película de Margarethe von Trotta, la decana de las cineastas alemanas, sobre Hannah Arendt, una filósofa que siempre se consideró judía, o mujer de ninguna parte, antes que alemana.

  

TRAILER

La película es lenta, como película sobre intelectuales civilizados, con mucha máquina de escribir y exceso de drinking y tabaco. Curiosa vida acomodada de tertulias y conferencias, en contraste demasiado patente quizá con el horror de los genocidios y los campos de concentración, que se nombran pero no se muestran.  Está centrada la película en torno al tema del caso Eichmann y la "banalidad del mal", y los abucheos a que sometió a Arendt gran parte de la comunidad judía, al sentir que ella misma banalizaba el Holocausto. Aquí vemos a Arendt aferrándose a lo que ella considera la verdad de las cosas, con un pensamiento a la vez frío y apasionado, por citar otra frase—se la acusa de ser fría, pero ella sigue apasionadamente la pista de lo que considera que es la verdad de los hechos, esa verdad banal que indigna casi más por su banalidad que por el mal cometido y que es infecciosa o peligrosa (como bien detectan los judíos); puede llevar a la suspensión de juicio, o al desapasionamiento. Un apasionamiento por el desapasionamiento, if that makes sense. No era esa la política que necesitaba o quería la mayoría de la comunidad judía en los años 60, ni ahora.

La conclusión de la película nos muestra a Arendt siguiendo el camino que le marca su verdad intelectual caiga quien caiga, con cierto coste personal en sus relaciones. Se nos dice a modo de conclusión que el problema del mal se convertiría en elemento central de su reflexión en adelante. Y Arendt, con su banalidad del mal, ha sido ciertamente influyente en la noción que ahora tenemos de estas cosas. (Ver aquí por ejemplo, una piscina nazi). Pero queda la duda de si llevó su reflexión sobre el mal adelante en la medida en que hubiera sido deseable y acertado hacerlo. Me refiero a la medida en que le tocaba a ella directamente—que es, claro, donde duele.

Me refiero al caso Heidegger. La película pasa un tanto de puntillas sobre el asunto. No que quiera obviarlo, antes bien hace algún gesto compositivo de integrarlo en lo que es la esencia misma de la película, lo que va más allá de lo que dice explícitamente para entrar en el terreno de lo que hace como obra de arte. Pero no hace bastante, y es obra de arte imperfecta, bastante imperfecta, en su tratamiento de la cuestión. No es el único paralelismo entre von Trotta y Hannah Arendt, esta imperfección o quizá mala conciencia, y de allí procede la sustancia misma de lo que es la película. Y su causa primera, quizá.

Resumiendo: Hannah Arendt, la mayor filósofa judía por decirlo pronto y mal, fue amante de Heidegger, el mayor filósofo del siglo XX según muchos. Incómodo que sea Heidegger ese filósofo por sus filias o afiliaciones nazis—más incómodo para evaluar el pensamiento de Arendt, máxime cuando se la acusaba de ambivalencia o tibieza en su caracterización del mal supremo nazi como diablo con patas. Y pasmoso todo el asunto por la medida en que no afectó a la reputación pública de uno ni de otra, ni durante su carrera ni en su recepción póstuma, a pesar de las críticas a Heidegger tan prominentes a partir de los ochenta.

La película reserva sus flashbacks para Heidegger (no, por ejemplo, para la experiencia del internamiento en los campos, o para otros aspectos del pasado de Hannah Arendt. En ese sentido, sí hace un lugar privilegiado a esta relación, y vemos el retrato de Heidegger con boina en el escritorio de Arendt constantemente. Vemos a la joven Hannah descubriéndose como ser pensante y sorbiendo de Heidegger esa vocación de vivir para el pensamiento. La tensión erótica se limita a una escena en la que vemos al Filósofo, como si fuese Aristóteles cabalgado por una mujer, yendo a visitar a la joven a su buhardilla, y adorándola de alguna manera insuficientemente teorizada en su teoría del Dasein. En el momento clave de la seducción, en el despacho del profesor, cuando Ana le expresa su sueño de un "pensamiento apasionado" casi parece que haya interferencias eróticas en el concepto éste, como sin duda las había. Pero no se explora bastante cómo la pasión de la pasión puede interferir en la pasión del pensamiento. Allí la escena se interrumpe: Hannah se trabuca, quizá sienta que está haciendo proposiciones deshonestas, y se va a retirar, pero Heidegger le dice que espere—y allí tenemos un corte un tanto brusco a la escena de la buhardilla. El montaje casi sugiere una censura o autocensura a la hora de ensamblar esta historia, por no decir nada de estos cuerpos y proyectos intelectuales. Como si se hubiese recortado una escena. Acierta en cierto modo a pesar suyo, la película.

Tema mal asimilado, por tanto, a muchos niveles. Tanto por Heidegger (que nunca se retractó públicamente de su nazismo ni sometió su "equivocación" a análisis), como por Arendt, que inexplicablemente mantuvo a Heidegger al margen de sus críticas al nazismo, no rompió relaciones con él, lo promocionó o podíamos decir que blanqueó, y no sometió su filosofía a crítica estricta. Por supuesto podría decirse que el hecho mismo de que ella orientase su filosofía hacia la política podría entenderse como una crítica radical a la orientación de Heidegger, pero no me refiero a eso, sino a que había unos terrenos en los que explícitamente no entró, algo que seguramente responde a fuertes conflictos personales mal resueltos. Un punto ciego que (como si el mal de la ceguera selectiva fuese contagioso) deja su huella en la obra de Arendt, como lo hace en la de Heidegger—y casi da miedo tocar el asunto por si se te pega el glaucoma ése.

A von Trotta se le pega algo. Hay una cierta identificación entre la cineasta radical y la judía en rebeldía con su comunidad—a varios niveles, tanto por la rebeldía inicial como por lo que tiene de "revisionismo" el hacer una película sobre una figura polémica como Hannah Arendt. Revisionismo en direcciones cruzadas, digo, porque para una cineasta alemana siempre será problemático el ponerse a hilar fino sobre la banalidad del holocausto. Viene de fábrica la cosa, para los alemanes es a la vez inevitable el disociarse del pasado nazi, y el peligro que conlleva el exceso de distanciamiento, methinks the lady doth protest too much... Porque la banalidad del mal, claro, está bien para los demás, pero desagrada el concepto cuando se aplica a la propia banalidad. Una película alemana sobre el Holocausto (aunque sea indirectamente), acaba por centrarse en la denuncia de colaboracionismo nazi por parte de los propios líderes judíos—una cuestión incómoda entonces, y e incómoda hoy todavía... en especial si lo dicen los alemanes. En fin, que podría decirse que la polémica sobre Arendt sigue siendo en cierto modo un tema cargado, en especial para un tratamiento desde Alemania. Y no diré que éste sea completamente exitoso. Así, se nos muestra a Arendt la batalladora intelectual, pero no se entra en las raíces de sus inconsistencias—todo los más confiesa Hannah a su amiga Mary McCarthy (con respecto a su relación con Heidegger) que hay cuestiones en las que el pensamiento es incapaz de hallar sus razones frente al corazón, un poco como decía Celentano con los trenes del desiderio—y allí tocamos in the flesh la feminidad de la filósofa, más tocada en cuanto a su género por esta flojera de lo que resulta serlo Heidegger, en tanto que filósofo hombre, por sus propias debilidades masculinas. En un encuentro años después vemos a Arendt haciendo reproches (hablados, no escritos) a Heidegger, mientras van por caminos del bosque, Holzwege, y él se intenta justificar poco y mal, recurriendo de nuevo al abrazo injustificable antes que al concepto bien estructurado.

La película si la hubiera hecho yo se habría centrado no tanto en el caso Eichmann como en el caso Heidegger. Podría decirse que a su manera sí se centra en él in absentia, por ausencia relativa o por descompensación, e incluso por el tratamiento fílmico que decía, los flashbacks y la composición en elipsis-censura. Pero es un centrarse descentrado, un arte fallido o sólo completado por el trabajo de este sufrido crítico. La banalidad que espeluznó a la Arendt histórica era la de Eichmann, cuando debía haber sido la de Heidegger. Y sí apunta este sentido o contraste entre las dos figuras la película; tampoco está desacertado que la propia Hannah Arendt (de la película) no llegue a formularse explícitamente esta analogía y paradoja, pues no consta que lo hiciese la real. Eichmann no pensaba,
 se convertía en un mero instrumento funcionarial del régimen, y en eso basaba su defensa. Pero Heidegger se preciaba precisamente de pensar—de ahí que su pensamiento puro resulte corrupto debido precisamente a su pureza. Heidegger pensó corruptamente porque desconectó selectivamente el pensamiento, o lo orientó interesadamente: se preocupaba de metafísica mientras escribía declaraciones en alabanza de Hitler o implementaba políticas antisemitas. Por no hablar de la denuncia de la "judaización" del pensamiento alemán, concepto más que dudoso en un puro plano de reflexión intelectual, pero auténticamente criminal cuando se le pone en contexto histórico. En fin, que en Heidegger se enfrentaba Arendt al fracaso del pensamiento, pero (siguiendo la ley de la banalización) se enfrentaba a ese fracaso con otro fracaso, una incapacidad personal de asimilar las dimensiones del fracaso. Del fracaso del propio ideal del pensamiento. Y por allí también se comprenden mejor las acusaciones a Arendt: ella que pedía a la vez conocimiento y compasión, un pensar político, era inflexible a la hora de decir su verdad aunque fuese políticamente incorrecta. Y en esa incorrección política veían los suyos un fallo del pensamiento, por no decir una traición. Hay una paradoja, es cierto, contenida aquí. La película no la resuelve, nos muestra a la heroína intelectual y a la víctima de sus propias contradicciones, pero no llega a enfrentarlas en un combate a muerte. No parece que se enfrentasen tampoco en la realidad, aunque quién sabe lo que pasa en las trastiendas de cada cual.



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Aquí Emmanuel Faye nos hace partícipes de su extrañeza ante la parcialidad de Hannah Arendt hacia Heidegger, y la manera acrítica en que contribuyó a la difusión de su pensamiento sin desconstruirlo—un fallo de pensamiento al menos tan pasmoso como el del propio Heidegger:


Video








 Martin Heidegger: Humano, demasiado humano 

Un Dios prohibido

lunes, 17 de junio de 2013

Un Dios prohibido (aquí con vídeos)

Película cristiana sobre la guerra civil, que narra la persecución religiosa en el bando republicano durante la guerra civil, en concreto la matanza de los claretianos y otros religiosos en Barbastro.  Una historia tremenda, contada con bastante eficacia—lo terrorífico y memorable del tema, y lo cerca que nos toca, compensa los escasos medios de la producción y algunos tonillos de ejercicios espirituales comprensibles viniendo de donde viene (ha sido producida por los claretianos en asociación con una productora católica, Producciones Contracorriente), y retratando el ambiente seminarista que retrata.

Muy recomendable verla, en especial para quienes necesiten aún la educación general básica sobre la guerra civil. La que enseña que los dos bandos enfrentados en cada guerra, más allá de los contendientes, son los de las pobres gentes que intentan salir como pueden, o incluso se arriesgan por ayudar a los demás, frente a las ratas de alcantarilla que aprovechan el jaleo para hacer que todo sea lo más infernal posible, a su imagen y semejanza. Se les conoce pronto, pero entre las bestias negras y las víctimas inocentes hay una larga serie de grises, bien retratados también aquí, atrapados en el maniqueísmo del enfrentamiento y víctimas también del régimen de terror y de vigilancia mutua instaurados por los matarifes.




Y lo bien que se reconoce a los abusones y fieras de dos patas, no ya en la película o en la guerra, sino cada día en la calle, por suerte con menos ocasión de lucirse.

Aquí un tema musical de la película (aunque no recuerdo haberlo oído), "Un lugar desde el que caer":


 

Reincidentes