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Cine

Deseos de ser piel roja

Deseos de ser piel roja

Esto es una reseña de La Carta Esférica de Arturo Pérez Reverte, con guión y dirección de Imanol Uribe, interpretada por Aitana Sánchez-Gijón y Carmelo Gómez. En breve: para pasar el rato, y poco más; apta para echar el domingo por la tarde en la tele.

Se le ha criticado que si es poco espectacular, que si el ritmo no arranca, que si es demasiado  estereotípica en sus diálogos; es cierto que con frecuencia no suena como gente conversando sino como pesonajes exponiendo una historia para ilustración del espectador. Da impresión de estar hecha con pocos medios, tan pocos los buscadores de tesoros como los buscadores de tesoros cinematográficos; se les debió ir el presupuesto en cenar langosta ("langosta verde") en lugar de echarlo en la película. Pero bueno, no me quejo de los mafiosos con pocos medios, por lo menos tenían buena jeta de mafiosos.

El asunto va de un rescate ilegal de un tesoro hundido, del barco jesuita Dei Gloria, a manos de los protagonistas, con competencia por parte de una empresa dudosa con base en Gibraltar. Al final lo localizan calculando la desviación en base a ciertos errores en un mapa y gracias a un sistema de referencia secreto que empleaban los jesuitas, dato que les da un catedrático (posible víctima de los encantos de la protagonista).

Se le ocurre a uno que el reciente caso que sucedió y que tuvo tanto eco en los noticiarios nacionales debió ser en parte una estrategia de lanzamiento de esta película, a través de algún contacto con los noticiarios. Aunque no dudo que piratas hay en Gibraltar, y en todas partes. Hasta en el Ministerio, vamos, porque la Aitana, aquí "Tánger", hace de funcionaria del Museo de la Marina que, con financiación oficial, se dedica a barrer para casa y llevarse las esmeraldas, estafando a todo el mundo por el camino: a su ex (el gibraltareño, bueno, italo-gibraltareño Nino Palermo), a su sicario a quien soborna, a su pareja el marinero protagonista Carmelo Gómez / "Coy" y al socio de ambos "Piloto"... menos mal que el tal Coy cambia las esmeraldas de sitio en el último momento, y la deja con un palmo de narices llevándose un cargamento de piedrecitas. ¿Volverá Tánger a por las esmeraldas, a cambio de más sexo? Nos quedamos con la duda, no despejada por la narración retrospectiva.

Quizá las mejores escenas son las que aparecen las viñetas de El Tesoro de Rackham el Rojo,de Tintín, pero hasta esas son bastante glaciales. La película es fría hasta en las escenas de orgasmos, orgasmos a golpe de guión. Claro, que la impresión que le dejaría a cualquiera la señora funcionaria ésta sería más bien glacial, pero se supone que el marinero tenía otros parámetros y su narración debería ser más apasionada.

En cuanto a mí, lo que me apasiona y me deja frío a la vez es la fascinación del protagonista, y del autor y guionista, por las tías malas remalas—eso sí, mientras estén buenas rebuenas, que sin un culo a juego el mal no tiene el menor atractivo. Uno piensa que una elementa tan vendida, mentirosa y manipuladora como la Tánger-Aitana ésta habría que tenerla apartada con un palo largo, pero no, el sueño del marino Coy es que se vuelva a meter algún día en su vida, como un elemento turbio de pasión y feminidad insondable, que le atrae como las profundidades marinas al Dei Gloria. Como digo, el mismo encanto femenino le veo yo al mafioso italiano y a su sicario, y es posible si nos pasamos a la vida real que la señora recupere las esmeraldas por el procedimiento de romperles las piernas a la pareja de nostálgicos que se acuerdan de ella conversando por el puerto al final. Que la mafia es la mafia.

Ella proyecta mejor idea de sí misma, como mujer de rompe y rasga: cuenta que en las películas de vaqueros hay dos tipos de mujeres, las que chillan cuando vienen los indios, y las que cogen el rifle—y que ella decidió ser de las segundas. Pero del argumento se desprende más bien que prefiere ser de los indios. O más bien podríamos ponerla como emblema de la cultura del pelotazo de los 90: desde el puesto oficial, y con financiación ministerial, pero a barrer para casa sin contemplaciones. Y tal es el oscuro objeto de deseo que se nos hace oscilar ante las narices, encarnados en nuestro Coy-avatar. Hemos de tenerla. Veamos: señoras fantásticas que vemos pasar y con las que no nos acostaremos, son el 100% de ellas, así redondeando o sin redondear. ¿Por qué entonces tenía Tánger "algo especial"? Yo le veo al protagonista, o más bien al autor a través del protagonista, ese mismo deseo de ser piel roja—dividido entre la honestidad ya no ético-política, sino personal-amorosa (guardemos las medidas) con la que actúa, y las ansias de libertad total, para robar, traicionar, no tener ataduras de ningún tipo que no sean las del egoísmo más desmesurado, destructivo e insensato. Que es atractivo, pero para sentirlo como atractivo hay que verlo desde fuera. Y encarnado en una tía buena. Vamos, que el protagonista/guionista/autor, sus ansias de ser piel roja las expresa por vía sexual, y se apropia de la ilegalidad de la vida dándole un cuerpo que se pueda penetrar con violentos embates físicos. ¿Es misoginia, es machismo, esta encarnación de la amoralidad absoluta en la mujer, que con un chasis bien asentado queda absuelta de responsabilidad ética, o más bien invierte los parámetros y se convierte en lo absolutamente deseable? Bueno, es ese tipo especial de misoginia que se combina con la atracción sexual y con una buena dosis de sadomasoquismo. Y machismo, todos muy machos, eh. Hasta ella. Esto es todo un psicodrama del machismo y un catálogo de síndromes varoniles.


Con estos planteamientos queda claro que "para poder quererte / es mejor que tú no estés" como decía Gurruchaga;  donde se está bien de verdad es en la pequeña sociedad homosocial, con un colega tan castigado como tú, hablando de ellas y de lo que nos hacen sufrir, y de cómo las toreamos, y de lo remalas que son cuando son tan duras y tan ellas a la vez, y qué atractiva que es la maldad en cueros, y quién fuese un piel roja...

Borrachera de poder


Un tipo calvo llamado Estela

Un tipo calvo llamado Estela Hemos ido con los críos a ver Los Cuatro Fantásticos y Silver Surfer, y desde luego pasaron (pasamos) un buen rato, aunque a los mayores nos produzcan emociones encontradas las versiones cinematográficas de nuestros cómics de los años sesenta. Y eso que hay que reconocer que en muchos aspectos hacen un buen trabajo de adaptación, siguiendo la tónica de la película anterior (y ya no hablo de efectos, etc., que eso da gusto verlos ahora sin que se les note el falso fondo de pantalla cuando vuelan). Así, la Antorcha es aquí irritante para todo el mundo, y no sólo para la Cosa; la Cosa está "bien hecho" pero a cambio pierde colorido su lenguaje, al menos en la versión doblada, con respecto a los comics. La Chica Invisible es menos muerma desmayada y menos esposa asexuada que en los tebeos—aquí tiene un peligro, y ahora siempre se las arreglan para desnudarla (esta vez la tapan envolviéndola en llamas). Y Mister Fantástico... bueno, la verdad es que el hombre no tiene mucho remedio, siempre tiene que haber un muermo en el equipo para que los demás parezcan más coloridos. A cambio, se lleva a la chica, y esta vez hasta se casan, con boda fallida al principio, y lograda al final de la película, una vez han salvado al planeta. La Chica Invisible renuncia a sus aspiraciones de ama de casa, que las tenía, y se resigna a formar una familia anormal. Algo es algo.

Entretanto se dilucidan estos problemas de me estudias o trabajas, se dedican a salvar al planeta, librándolo de la amenaza de Galactus—convertido aquí en una nube espacial maligna, sin faraón gigante dentro, al menos  que veamos. Sus poderes desbordan a los del equipo, así que la manera de derrotarlo es volver contra él a su heraldo y esclavo, Estela Plateada, que es quien se encarga de destrozar a su omnipotente patrón... y sin sufrir un rasguño, oyes. No es la menor de las arbitrariedades de la película, que hacen que el entretenimiento de verla se compre con constantes dosis de irritación por las volteretas del guión. Así, el Dr. Muerte recupera sus facciones originales, y se entromete en el argumento no se sabe muy bien para qué (cuestiones de contrato del actor, supongo); y los cuatro fantásticos intercambian sus poderes alegremente, produciendo la sensación de que donde no hay normas claras ni límites todo vale y nada vale: pero es lo que pide el público comiquero, efectismo rápido y fuegos artificiales.  Marchando una. Nos falta en español la palabra preposterous, imprescindible en estos casos.

Vuelve el subtexto terrorista: la interrupción de la boda de Mister Fantástico y La Chica Invisible por efecto del Surfer es un poco como el 11-S, aunque el Surfer tiene un tanto de piloto eslavo, más que de piloso esclavo de Alá. Lo que está claro es que sí es un esclavo mental de un régimen tiránico, el de Galactus. El Surfer, en tanto que mensajero o Enviado, es a la vez una especie de ángel del apocalipsis y una figura de Cristo—pero es el Enviado de un dios maligno y destructor, que con esta escatología cósmica interfiere el funcionamiento correcto de la maquinaria capitalista ya globalizada. Pero en fin, llega el final del rollo y desaparece en un momento, y las luces de neón vuelven a encenderse: Occidente no se apagará, y es más bien la malvada deidad que emborrona los cielos la que desaparece en el momento en que la libertad de conciencia se le hace entrar en la mente a Norrin Radd.  La lección viene de la Chica Invisible, que le recuerda al Surfer a su amada. Siempre se puede elegir, le dice, y (paradójicamente, dado el subtexto de terrorismo árabe) el Surfer elige el combate suicida, para obtener la libertad espiritual. Ay, si las raíces del terrorismo se arrancasen con hacerles reflexionar a esos mastuerzos... pero nuestros expertos aseguran que no funciona así la cosa.

Un pequeño guiño hay también contra las cárceles tipo Abu Ghraib y las prisiones secretas de Bush: el ejército americano tortura al Surfer y usa "métodos ilegales" puesto que no es humano y no tiene derechos vulnerables. Observemos que aquí es el Ejército el responsable de estas acciones: al Presidente no se le ve por ningún lado, y la figura de máxima autoridad es un general negro e insolente. Es este general (o el Ejército) el responsable de involucrar al Lado Oscuro (un Doctor Muerte que recuerda al Emperador de Star Wars) en la Guerra contra el Terror.  Los 4 Fantásticos desaprueban esta deriva, pero también son prisioneros...  Todo esto pasa en Rusia, que aparentemente tiene ahora puntos de contacto con la parte más negra del Ejército de los EE.UU. Pero aunque  esta vez sobrevive el calvo de la película, el negro, naturalmente, muere. Y Alicia, que se case con la Cosa. Si la Cosa casa quiere.

Alegorías de la Bomba

2046

2046







Esta es una película que fue extraordinariamente premiada en 2004, quiero decir excesivamente: según El País, "inmensa, impresionante", según ABC, "la Casablanca del siglo XXI..." – vamos, vamos... más quisieran. Es una película china, con una mezcla irritante de convencionalismo y extravagancia, bellamente fotografiada y demasiado larga para lo que da de sí. No me extraña que, a pesar de tantos premios, pasase sin pena ni gloria por las salas. 2046

Es casi un remake de la cargante Deseando amar del mismo Wong Kar-wai, con la misma combinación de colorido precioso y actitudes simplistas y convencionales de los personajes, y la misma carencia de interés humano, pues no pueden interesar personajes tan superficiales, u opacos, o bidimensionales, o falsos, o robotizados. En un momento dado cambia en esta película a las chicas por androides, pero la diferencia es mínima. En lo que es psicología del amor, los personajes y argumentos de estas películas tienen la sutileza literaria de las novelas de artes marciales que escribe el protagonista. Y con semejantes mimbres ya le puedes echar vestidos estampados y luces matizadas...

Aquí encontramos las mismas historias de amantes maltratadas, medio putillas seleccionadas-seducidas por hombre de negocios, a lo Don Juan o Clark Gable chino—inexplicablemente seducidas, si además de guapas no tuviesen sesos de chorlito. El machismo del implausible seductor pasa con un fundido imperceptible al del narrador de la historia, al del guionista y al del director. Este tipo de historias decimonónicas en una película vigesimoprimérica, o vigesímica - pues la mayor parte de la acción pasa entre 1966-68 - pues como que son rancias; diría estereotípicas si no porque lo de estéreo queda demasiado tridimensional. Hablo de actitudes cinematográficas, pues no dudo que el mundo esté lleno de hecho de chicas guapas con cabeza de modistilla, en 2046 o en 1846. Pero en fin, que nos vengan a estas alturas los donjuanes chinos de tercera en plan castigador... es un castigo que no tenemos por qué aguantar.

En esta ocasión la historia se complica con el hecho de que el personaje sea escritor, que inventa su propia historia, o variaciones sobre ella, que se mezclan de maneras paradójicas con su propia vida, en un juego de repeticiones, variaciones, flashbacks,  anamorfosis y transiciones imposibles que a su manera sí expresan bien la sensación de un personaje empantanado en las mismas actitudes y recuerdos, como me pasa a mí. Formalmente, estos recursos convierten a la película en un cruce entre La casa de citas  de Robbe-Grillet e Hiroshima mon Amour. O L'Année dernière à Marienbad. O sea, pretenciosa, un rato, sobre todo por lo larga y lenta de más. Así que eso, que le debían haber dado el premio en los viejos tiempos del Nouveau Roman, o de la Nouvelle Vague. Hoy es un futuro un poco passé, éste de 1966. Pero bueno, en realidad nunca cambiaremos, y vale la pena mirarla aunque sea sólo por la fotografía.

Zodiac



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La vida de los otros

La vida de los otros

Las películas sobre fisgones, curiosos y espías, en especial las que incluyen a un personaje que contempla a otros desde la oscuridad, convirtiéndolo en espectáculo inconsciente, son altamente cinematográficas, pues añaden a la situación del personaje (o a la del espectador) la intensidad reflexiva de la propia situación de percepción de la película, situación voyeurística que nos coloca en situaciones de percepción privilegiadas e ideales, en las cuales nunca deberíamos haber estado. Así esta película tiene en común cosas con Peeping Tom, con La ventana indiscreta, con Retrato de una obsesión (aquella de Robin Williams en la tienda de fotos)—además de con todas las películas de espías e identidades secretas que colocan al espectador en un punto de vista privilegiado, en esa ventanita casi omnisciente junto al tapado, o al espía, desde la que se sabe quién es quién mientras los demás vagan por los errores del orden público creyendo que las gentes son quienes son.

La historia la resumo: un agente de la Stasi, funcionario simplista, gris y falso como el propio régimen al que sirve, recibe el encargo de espiar a un escritor, todo porque la novia del escritor le gusta al ministro y quiere quitarlo de enmedio. Entre la mala conciencia de su papel corrupto y el contacto secreto con el mundo de los artistas (Brecht, el músico autor de la partitura dedicada a un hombre bueno...) y se va humanizando—un poco como el monstruo de Frankenstein en la novela, aprendiendo a medida que escucha, eavesdropping, captando lo que sería la decencia y una vida más plena que la que él tiene (es patética la escena en su piso con la prostituta). Así que cuando se entera de que en efecto puede hacer arrestar al escritor, que ha publicado en Occidente un artículo comprometedor con seudónimo, falsifica el informe, no da cuenta de lo que realmente escucha por los micrófonos ocultos, y hasta oculta las pruebas corriendo riesgos considerables.

El asunto cuesta, no obstante, la muerte a la amante disputada entre el ministro y el escritor. Era una actriz un tanto vendida a su carrera, lo cual si se suma a lo que invitaba el régimen a venderse, la lleva a escenas realmente abyectas, primero dejándose violar por el ministro en aras de su carrera, y luego haciéndose confidente de la Stasi. Pero la vergüenza propia la lleva a suicidarse, al parecer, saltando delante de un camión—un sacrificio inútil pues el espía le dice mientras muere que había ocultado las pruebas que ella acababa de revelar (la máquina de escribir incriminatoria). Como la tinta roja de la máquina, la huella de la sangre de la actriz queda impresa en el último informe redactado un minuto después por el espía.

Estos informes son leídos años más tarde por el escritor, en una Alemania unificada que ha desclasificado los documentos de la Stasi. Allí descubre que el hombre encargado de espiarlo corrió riesgos ocultando los informes—y le dedica una novela, con el título de la pieza musical que les había emocionado a los dos, "Sonata para un hombre bueno". Termina la película con el  oscuro funcionario, ahora repartidor buzonero, comprando la novela y descubriendo la dedicatoria.  Quizá para no desilusionarse, el escritor decidió no abordarlo en persona cuando lo ve un día por la calle, y prefiere dedicarle una novela—posiblemente esta historia u otra parecida. Hay algo un poco ñoño en esa remisión de las verdades y la autenticidad al mundo de la Literatura, como si las más importantes no pudieran decirse cara a cara.

Esta trasposición al mundo del Arte, a una dimensión trascendente y superior, de los conflictos humanos, como modo de darles resolución, también emparenta a la película con una cierta tradición. Se me ocurren novelas en las que el acto de escribir la propia novela era un acto de expiación, como La Dentellière de Pascal Lainé, o Atonement de Ian McEwan. En ellas resulta ser la propia novela que leemos el propio acto de expiación y reconciliación. No es tan reflexiva la situación en esta película (como hubiera sido si la propia película hubiera sido la obra dedicada al gris espía, en lugar de una novela).

Como sucede en otras películas alemanas sobre la mala conciencia nacional (se me ocurre El Hundimiento, de Olivier Hirschbiegel) la película busca la humanidad aun donde era difícil encontrarla, en el corazón del régimen inhumano. Aquí el año es 1984 (—alusión a Orwell, claro, con un Big Brother que responde plenamente a sus pesadillas), y la cosa está reciente. Así que no deja de haber aquí también un ingrediente de auto-reconciliación de Alemania consigo misma (en plan ’hasta en la Stasi podía surgir la decencia’)... lo cual sin duda tiene el inconveniente de poner la lupa en un punto altamente atípico de la Stasi y sus actividades. Una pieza de la máquina decidió volverse persona: sin duda es algo de celebrar, pero ¿ha pasado esto realmente alguna vez? Más típica de estos regímenes parece ser la experiencia contraria, la de ver cómo se renuncia a supuestos ideales mantenidos de boquilla y se pasa abiertamente a abrazar la corrupción y la sumisión abyecta ante el poder.


Un cierto valor histórico (en el sentido del tipismo que según Lukács ha de estar presente en la narración histórica para que no sea falsa) lo daría esta película en tanto que trasfondo de la caída del régimen comunista. Hacia el final, los espías de la Stasi abandonan su puesto donde abrían el correo de la gente al oir por la radio que ha caído el Muro. Se nos deja intuir, quizá, que el muro cayó por la propia insostenibilidad del régimen, minado desde dentro por su falsedad—un ejemplo de la cual hemos visto en directo en la película. Aunque la caída del régimen no fue precisamente debida a la pérdida de fe o a la benevolencia de los hombres de la Stasi. Ni a los artistas y escritores de la RDA.

Así que en lo que tiene de factor corrector imaginario la película produce un cierto efecto de falsedad o de special pleading. Aunque son suficientemente creíbles, por desgracia, los muchos servilismos y bajezas que retrata en el trasfondo de la historia. Especialmente siniestra es la escena del chiste en la cantina. Un jefe de la Stasi pilla a un subordinado contando un chiste contra el gobierno, y le obliga a terminarlo con falsa camaradería. Luego lo aterra diciéndole que este es el fin de su carrera, etc. Y cuando lo tiene acoquinado, dice: "jaja, era broma, hombre", y cuenta él un chiste aún más fuerte sobre el jefe del Partido. Pero luego vemos al empleadillo destinado a un mal puesto en efecto: ahí se ve en claro la falta de criterio, la arbitrariedad y la ley del embudo que impera en los sistemas autoritarios, donde todo el mundo ha de estar vigilado hasta por sí mismo por la cuenta que le trae, y no hay relación auténtica posible entre las personas, todos sometidos a una inseguridad permanente sobre si están en privado o en público, todos bajo el Ojo Escrutador del Estado. El retrato que da la película de la pobreza espiritual, la cutrez ambiental y la sociedad de pesadilla a que lleva el totalitarismo. Es escalofriante pensar la de funcionarios perfectos que pasaron de servir al régimen nazi a servir al régimen comunista de la RDA- y los que aún continuarán lamiendo pólizas hoy en el nuevo régimen, mientras no les pidan que hagan otra cosa.
 
La vida de los otros. Dir. Florian Henckel von Donnersmarck. Intérpretes: Ulrich Mühe, Sebastian Koch, Martina Gedeck, Ulrich Tukur, Thomas Thieme, Hans-Uwe Bauer. Alemania, 2006.

El libro negro

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A photo on Flickr

 

 

Podríamos ser crueles con esta película, como casi toda la crítica, y decir: "Déjà vu—Next." Pero hay que ver qué alto colocan el listón los críticos (en The Guardian, en la BBC, en Village Voice... ). Ahí los querría ver yo haciendo una película como esta. Ni escribiendo críticas, que es lo suyo, se lucen tanto, vamos.

Para mí, toda película basada en una obra de Philip K. Dick merece verse, in my experience: Blade Runner, Total Recall, Minority Report, y hasta Paycheck e Impostor, la vida es larga. Dick tenía unas antenas especiales para ver el futuro, aún mas que Nicolas Cage en esta película... y eran especialmente sensibles a los problemas de la identidad precaria, la virtualidad de la experiencia, y las paradojas temporales: cuestiones que proporcionan tanto combustible a una película de acción como el teatro dentro del teatro o los disfraces le proporcionaban a Shakespeare. Son el material con que está hecho el cine, tematizado, reduplicado y utilizado como principio organizador. Estas películas explotan así el medio de una manera reflexiva especialmente hipnótica para la atención del público. Aunque los trucos con el tiempo y las experiencias virtuales sean casi una garantía también de que alguien va a protestar al final, como ya le sucedía a Hitchcock en sus experimentos.

Aquí el truco es fantástico, burdo, primario, arbitrario, etc.: Cage puede ver lo que le va a suceder en dos minutos. O más bien, lo que podría suceder si no interviene. Así que lo que ve no es el futuro, en absoluto, sino lo que sería el futuro si no existiese su intervención deliberada sobre él. O, por ponerlo de otro modo, ve futuros alternativos que no llegan a realizarse al elegir tomar él una acción que actualiza únicamente el futuro o línea de acción preferible para él. Jessica Biel protesta: "¡pero si el futuro no está decidido!"—Bueno, pues está más decidido de lo que ella piensa, pero no totalmente decidido... Esto también nos sucede a otros muchos que no tenemos información privilegiada.

En fin, que la película no utiliza (como podría parecer a primera vista) el concepto del futuro ya escrito, tan popular y erróneo, como señala G. H. Mead, sino otro concepto, el del futuro previsible sobre el que hay que intervenir, barriendo para casa, de modo que no llegue a materializarse. Y que es, naturalmente, el presupuesto estándar de todas las películas sobre paradojas temporales, sobre intervenir en el presente (o el pasado) para que no se produzca el futuro: Terminator,  Regreso al futuro, Transmission.... etc. Muchas juegan con presentar efectivamente el futuro que se iba a producir, pero con datos nuevos que lo presentan como abierto y de hecho lo transforman aunque "superficialmente" sea el mismo el que se produce. Una película es una máquina temporal que se mueve hacia un final predeterminado, y estas películas elevan al cuadrado la convención tan frecuente de la cuenta atrás o plazo límite tan frecuente en las películas de acción, que intensifica el suspense superponiéndolo a la experiencia del final de la cinta.

Aquí no se vive efectivamente el futuro previsto: los futuros que ve Nicolas Cage han de ser eliminados, todos menos el elegido. Como dice un par de veces: "ese es el problema de ver el futuro: el hecho de que lo veas, lo cambia". Hay una escena en la que se multiplica siguiendo un jardín de senderos que se bifurcan o una trayectoria dicotómica a la Bremond: menos mal que eso sólo lo hace en momentos concretos y con concentración, porque si no el pobre adolecería de una esquizofrenia ad infinitum. Sea como sea, esta experiencia del tiempo no permitiría una experiencia humana, claro: es un recurso cinematográfico que funciona muy bien en un medio que sí está ya escrito y desenrollándose desde el futuro, al contrario que nuestra experiencia real. Pero esta historia imposible presenta analogías útiles con la realidad, por la manera en que en la experiencia real también proyectamos secuencias de acción, planes, hipótesis sobre las acciones de los demás, etc., sobre las cuales podemos intervenir. Así pues, es un presupuesto fantástico y arbitrario, pero también una literalización de maniobras cognitivas frecuentes.

La película hace un uso generoso de secuencias virtuales, futuros posibles vistos por Cage (y por el espectador a través de la focalización cinematográfica, poco marcada en sus transiciones)—pero futuros que son corregidos inmediatamente por la línea "real" de la película. No vendrá como una sorpresa ver que esta estructura se puede multiplicar en abîme, con virtualidades dentro de virtualidades, y que al final resulta que media película, con final desastroso y explosión atómica, resulta ser una prospección virtual. La catástrofe se puede evitar, el futuro está abierto, como nos decían en Terminator 2 con esa imagen de la carretera en la noche iluminada por los faros del coche...

Es, al margen de esto, una película sobre terrorismo, post-11/S, un tema que también combina suficientemente bien con la semiótica de la prospección utilizada aquí. El ataque a las Torres Gemelas se podía haber evitado con un poco más de capacidad anticipativa, con una utilización mejor de la información... vamos, que hubieran querido tener los del FBI unas cámaras de seguridad con función de vista al futuro, y no sólo de replay. Está muy bien utilizado el tema de las cámaras de seguridad del casino, secuencias retrospectivo-prospectivas pasadas una vez y otra, al principio de la película. Control policial, análisis de la información, previsión de movimientos... pero la catástrofe que se evita es siempre la que no iba a suceder, claro. La que sucederá efectivamente es la que escapa a las maniobras de detección. Y el detective interviene sobre el proceso terrorista a modo de retroalimentación cibernética: las acciones de detección transforman las maniobras de intriga posible, y el juego entre intriga y prevención amenaza con embarcarnos en una mise en abyme paradójica... Por suerte, aquí los terroristas no tenían un vidente, a pesar de lo eficaces que eran.

Y así juega con ventaja Cage, una sensación inevitable en las películas de superpoderes. Lo vemos pasar esquivando balas, pegando porrazos con movimientos anticipatorios... y ahí sí que puede decepcionar una película muy bien hecha, pero al modo de Hollywood y dentro de sus parámetros, es decir, según convenciones previsibles para el espectador, que en última instancia no sale out of the glass cage.

Como alegoría política: Jessica Biel es la Democracia, o la América que Vale la Pena (trata con niños, indios, etc.); Cage se ve obligado a trabajar con los tíos duros del FBI, tipo Julianne Moore, que lo van a llevar sin duda a una guerra sucia contra el Terror... pero todo vale ahí: mejor detenerlos antes de que actúen—si es posible antes de que se les ocurran las ideas—y sin que América sepa demasiado lo que le está sucediendo. Cosas de hombres: espérame, democracia, que volveré en cuanto arregle este asuntillo.

 
Next. Dir. Lee Tamahori. Screenplay by Gary Goldman, Jonathan Hensleigh and Paul Bernbaum, based on "The Golden Man" by Philip K. Dick. Cast: Nicolas Cage, Julianne Moore, Nicolas Pajon, Paul Rae, Jessica Biel. Music by Mark Isham. Photog. David Tattersall. Ed. Christian Wagner. Prod des. William Sandell. Prod. Nicolas Cage et al. USA: Revolution Studios / Saturn Films / Eyetronics USA/ IEG / Virtual Studios, 2007. 
 

 


Deja vu 
 


Zodiac

Mucho más me gustó en conjunto Se7en, aunque digan que esta Zodiac es la mejor película de Fincher hasta la fecha. Conste que Zodiac está muy bien hecha en muchos aspectos, pero es una película demasiado larga para llegar a donde llega, sin resolver mucho, y con notables fallos de tensión. Deja al espectador insatisfecho, no tanto por la no resolución del caso, sino por haberle dedicado tanto tiempo y esfuerzo y detalle a algo que va a parar en nada. Durante la propia proyección de la película, la gente olvida y se hace vieja y pasa a otras cosas. Y hasta los asesinos en serie se aburren—ciertamente sería un tormento obligarles a ver todas las películas que se han hecho sobre Zodiac, es como para desanimar a un copycat killer que fuese razonable. Pero no lo son, claro, ni ellos ni los directores de cine, y vuelven incansablemente al mismo asunto. Esta vez las faltas de hortografía de las cartas que escribe el asesino son tan gordas y aparecen tan en primera línea que le quitan todo el glamur intelectual al quíler semianalfabeto éste. Tipos tan cutres no merecen semejante inversión de atención, dinero y personal, y menos volver a recrear la California de los años sesenta con todo detalle—que es lo mejor de la película en realidad, en el día a día, aunque también se dan el lujo de mostrarnos la pirámide de San Francisco creciendo en versión digitalizada para mostrar el paso del tiempo. La película falla por un argumento que a base de buscar contar diversos aspectos de la historia de la investigación se pierde constantemente en líneas muertas: quizá el cine no está hecho, o al menos esta película no lo está, para contar una realidad que se resiste a ser narrativizada. Comenzamos con un argumento de ética periodística, pero esos personajes desaparecen, se pierde el foco en ellos. En los asesinados no digamos, porque ninguna de las víctimas interesa al espectador. Los policías encargados del caso, y sobre todo Toschi, se ven frustrados, ninguneados por las autoridades y luego por la película, pues sus investigaciones rozan al culpable sin llegar a demostrar nada. Y el protagonista en cuyo libro se basa la película nos desorienta al principio, no interviene en la historia hasta el final, también en direcciones erráticas (como requiere un caso sin solución) con lo cual el efecto sobre el espectador es más de irritación y frustración que de otra cosa. Es el fallo de optar por (o ir a parar a) una forma imitativa del hecho narrado: nvestigación larga y frustrante, sin solución, que da lugar a película larga y frustrante, sin solución. Y se ha de recurrir a muchas explicaciones finales en títulos de crédito, casi un certificado de estructura narrativa fallida. El fracaso familiar del novelista-guionista viene casi a avisarnos de que esta película se basa en una obsesión poco recomendable, de crucigramista o sudokista plasta. Seguirle los pasos hasta tal punto al asesino durante años viene a ser casi jugar su juego—algo que parecen no poder evitar hacer los medios, y el público. El asesino en serie tipo Zodiac es el terrorista propio del suelo americano: busca atención, su crimen no es un fin, sino un medio para publicitarse, y acongojar a toda la sociedad en espera del siguiente. Busca ser el mejor caso. Pero paradójicamente, un buen caso, uno llamativo, es un caso resuelto; el vuelo del asesino en serie es efímero y necesita del topetazo final. Que aquí no hay propiamente. No creo que esta vez el marasmo patético de irresolución en que acaba Zodiac invite a ningún copión a plantar pistas para ser capturado. Y si aquí se cita a Harry el Sucio y se nos recuerda la invitación de Zodiac a hacer una buena película sobre él, creo que por fin ha encontrado lo que merece, y esta película no volverá a ser citada intertextualmente en Otra vez no, por favor: El Regreso de Zodiac. Pues este final que no lleva a nada no lo quiere ni el propio asesino, que busca como cualquier otro agente narrativo, una clausura más espectacular. Sea como sea, les dedicamos demasiado tiempo y atención a esta gente, cuando lo que necesitan es quizá lo contrario, una caja oscura donde meterlos.

Caché



 

World Trade Center

World Trade Center

Ayer fue mi cumpleaños y medio lo celebré, medio hecho polvo que aún estoy con las alergias, a mi cumpleaños entre otras cosas. Me llegaron regalos, unos tipo corbata (gracias, lo cierto es que nunca tengo bastantes)–y otros un poquito más atípicos, como un vídeo por correo de Mélissa cantando una cancion de Balavoine—merci, Mélissa!

Y yo me autorregalé un par de cosillas. La mitad de las obras completas de Cervantes, que tenía la primera mitad y me ha costado años encontrar la segunda. Así que pude leerme sus últimos escritos, como la dedicatoria al conde de Lemos escrita el diecinueve de abril de 1616–cuatro días antes de su muerte y "puesto ya el pie en el estribo" como dice: "el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan". Lo leíamos en la Plaza de los Sitios, una tarde preciosa. Habíamos comprado en el Corte Inglés unas delicatessen para la cena, y los chavales estaban echando a volar un avioncito que les había salido de sorpresa. Ah, y nos encontramos a Vicente del molino, que nos dio recuerdos para los de Biescas.

Del Corte Inglés también me regalé, ya puestos, un par de películas: 2046, of which more later, y World Trade Center—me había quedado con ganas de ver las dos, aunque las orientales no me suelen gustar, y las demasiado occidentales tampoco. Sabía que la de Oliver Stone tenía malas críticas: la carátula cita fuera de contexto "Un auténtico espectáculo visual con más cine y emoción..."—y cuando la ves caes en la cuenta de que eso es seguramente lo que falta, según el crítico. Bueno, a falta de drama externo, la película se centra en el drama interno, "como América recupera la fe en sí misma y escapa de su alienación mediante el sufrimiento y el peligro de muerte".

Es la historia de dos policías atrapados en los escombros del World Trade Center cuando se dirigían a rescatar a la gente allí; se ven atrapados sin haber hecho aún nada heroico ni útil, y se preguntan "¿para qué sirve lo que hemos hecho?" Es quizá el mayor interrogante que queda planeando sobre la película. El gran derrumbamiento está bien hecho pero desde la perspectiva de los que lo vivieron desde dentro—desde fuera ya lo vimos todos en directo. Y la película se reduce demasiado a una situación un tanto beckettiana de dos personajes atrapados en escombros, "con un pie en el estribo". Hay largas secuencias movimientos minimalistas en la oscuridad, con el sargento y su subordinado bajando cada vez más las defensas profesionales y sociales, y acordándose de lo mucho que quieren a sus familias y lo importantes que son las cosas simples de la vida mientras se tienen. Eso da lugar a una serie de flashbacks memorísticos en contrapunto a la angustia de los policías enterrados vivos.

Y mientras, también, como tercera línea de acción, la espera angustiada de las familias afuera, preparando la descarga emocional que tendrá lugar cuando los salven... al salir, se filma la escena como la de cadáveres saliendo de la fosa. Porque claro, el la película es de los que se salvan (la excepción) y no de los que no salieron de los escombros. Esos, pulverizados, tienen un interés narrativo más bajo. Y es uno de los fallos de la película, su planteamiento demasiado simple como "una historia de valor y supervivencia" que dice la carátula. Allí aparecen los dos colegas entre las dos torres—una torre de fortaleza moral cada uno, se nos sugiere, aunque por otra parte son sólo tipos normales, eso también está muy enfatizado. WTCLas torres también figuran las barras de la bandera  USA. A pesar de eso, no consigue la historia hacerse mucho más emblemática que la de unos mineros atrapados en una mina, en parte porque jamás nadie discute en ningún momento las causas, autoría, o envergadura del ataque. Eso estaba en el aire en la discusión de alrededor de la película, pero el hecho de que ningún personaje ni dentro ni fuera de los escombros se plantee la cuestión es, como poco, increíble, cuando eso era en ese momento la cuestión básica en boca de todos.

Y así, en un intento de no enfocar la dimensión política del asunto sino a través de la dimensión humana, la película vuelve esa dimensión humana irreal—al menos para el espectador, porque quizá el personaje atrapado en los escombros de hecho no se preguntaba eso. Pero es que en realidad no queremos estar atrapados en los escombros, ni una película que parece hecha desde el shock y la incomprensión: la película definitiva sobre este asunto, si la llegamos a ver, traerá análisis, y perspectivas diferentes, y comprensión panorámica, y será una película abiertamente política, no soterradamente y digo soterradamente, como esta.

Y no pienso en Fahrenheit 9/11 de Michael Moore, porque es un documental, me refiero a una película ficcionalizada basada en los hechos reales. Más se aproximaba a ella United 93, siquiera sea sólo por sus escasos planos mostrando la vivencia de los terroristas—pero esa también estaba hecha todavía desde el shock y la incomprensión, y una perspectiva muy limitada sobre los hechos. Quedan muchas películas por hacer sobre el tema, y sin duda las iremos viendo. Pero en cuanto a perspectivas limitadas, quizá ya se haya hecho con ésta la definitiva.

La cuarta línea argumental de la película es la más anagógica: Dios interviene para desenterrar a los policías (y con ellos a la esperanza de América) a través de un antiguo marine de intensa vocación religiosa: recibe una orden divina, se hace pasar por marine de nuevo, e infiltrándose en la "zona cero" encuentra a los policías cuando ya se había suspendido la búsqueda. Un tipo simplista y eficaz—como si lo que necesitásemos fuese simplismo. Se nos indica en los títulos finales que luego este hombre volvió a reingresar en los marines y estuvo dos años en Irak—como rúbrica final de reacción shockautomática a la americana, una justificación entre líneas de la política de Bush allí, por parte de Stone. Mucho me temo que en Irak habrá perdido el marine (y América) la fe—en los Marines, en Dios y en América.

Peter Bradshaw escribió en el Guardian una reseña más cruel, más divertida y seguramente más ajustada que la mía.

United 93



Borrachera de poder

Es ésta una película sobre la corrupción político-financiera a altos niveles: sobre la lucha por el control de empresas gigantescas semiestatales, negocios engrasados por diplomacia internacional, y comisiones multimillonarias en "sobres", cuentas en Suiza o mangoneos con los fondos reservados. Y sobre cómo una juez "estrella" que instruye el asunto y empieza a hacer arrestos indiscretos, acaba replegando velas. Vamos, cosas que nos suenan a muchos, la película ideal para salir a verla un sábado noche con Baltasar Garzón, o Gómez de Liaño, o Grande Marlaska, o los jueces del caso Enron, o los que le siguen de cerca el lifting a Berlusconi.

Está rodada en estilo "sosito", evitando grandilocuencias con un exceso de dedicación casi, de tal manera que se queda un tanto escasilla o fría en el tratamiento. Y el final es también de tono muy bajo, sin resoluciones espectaculares de las que nos hubiera ofrecido Hollywood: que hubiera resuelto la cuestión con catarsis grandiosas y purificación del sistema capitalista con expulsión de los corruptos, o al menos con un juez siempre combativo, cuya estrella siguiese igual de rutilante e idealista al final. Aquí parece que aunque algún cabeza de turco caiga en manos de la justicia, la mayoría escaparán en cuanto el caso salga de manos de la juez, y en todo caso el sistema seguirá indemne. La conclusión de la jueza Jeanne Charmant Killman al acabar la película, "¡Que les den!" es una declaración de desprecio pero también de derrota personal. Les seguirán dando, en efecto, como siempre les han dado de lo que les gusta, y ella pasará a otros asuntos menos comprometidos. Una película pesimista, que muestra cómo el voluntarismo, el respeto a la ley y la honradez personal, si bien apreciables, son insuficientes para cambiar las estructuras de poder establecidas.

La borrachera de poder no es la de los capitostes del puro (casi caricaturas, pero los reales así son); aunque a veces se les vaya la mano y queden en evidencia, sobre todo por intrigas entre ellos; el sistema, que es lo importante, nunca peligra. Y raro es el que no sale indemne de las garras de la justicia. Charmant Killman, como su nombre indica, también se acerca a veces a la caricatura, cuando se toma en serio su omnipotencia de jueza de instrucción, entrando a saco en las casas y trastiendas de los ricohombres, y dejando sus trapicheos varoniles al aire, o a los presidentes de Grupos en calzoncillos. Porque la borrachera de poder en realidad es la de la jueza, confiada en el poder de la ley para enderezar la cosas. No logra empapelar al capitoste que la utilizó para empapelar a su predecesor (Patrick Bruel es este avispado sucesor); y al final los esfuerzos de la jueza no han hecho sino entorpecer momentáneamente el flujo de capital y permitir que los nuevos maquiavelos desplacen a los viejos. Y eso con riesgo y coste personal: la juez es workahólica—si no jamás se metería en estos fregados; y una cierta agresividad feminista la lleva a tensiones con su marido (envidiosete que se siente relegado y olvidado por ella). Isabelle Huppert encarna magníficamente a este personaje con la necesaria determinación y tensión interna acumulada. El marido le importa bien poco, es cierto, y puestos a elegir entre el caso y el marido, elige el caso. Aunque al final, cuando el caso se le escapa de las manos, ha de volver a cuidar a su marido, tras un intento de suicidio de éste tirándose por la ventana.

Así que acaba la juez de esposa devota y sufridora, tras haberse reído de la devoción de la esposa del capitoste al que arrestaba al principio, por hacerse la ciega ante la vida de altos vuelos de su marido.

Riesgo personal, digo, porque la jueza tiene un accidente que al parecer es preparado por algún medio de apoyo de los políticos que llevan el tema—sin que los jefes se enteren siquiera, que eso es hacer bien las cosas. No queda claro el asunto, pero parte de lo bueno que tiene la película es lo poco claros que quedan los límites del complot o maniobras de defensa y manipulación de los poderosos. Todos hombres, claro. Primero le ponen una colega jueza a llevar el caso conjuntamente, a ver si riñen. El superior de la jefa en el escalafón judicial está comprado, claro, o vendido—había mucho interés político por medio, y parte de la solución para apartar a la jueza es ir dándole ascensos. También le han plantado topos, aparte del propio jefe: su fiel secretario... Quizá los guardaespaldas que le asignan, simples policías al parecer, pero fácil resultaría colar un espía especialista allí.

Y, por último (y esto es lo que desanima a la jueza y la hace desistir) la corrupción se infiltra hasta su propia casa. Vivía con ella un sobrino perdulario del marido, con quien la juez tiene una relación afectuosa con tentaciones incestuosas. El sobrino no tiene oficio ni beneficio, pero le cae bien a la jueza y es en realidad su único amigo, el que le añade un pelín de ilusión a su vida de legajos y archivos (aparte de la adrenalina de mandar arrestos y hacer raids a domicilio). Pues el sobrino, que se gana la vida haciendo crucigramas y jugando al póker, al final tiene un deportivo impresionante. Y empieza a estar posicionado para ligarse a  la colega jueza que va a heredar el caso. "¡En qué mundo vivimos!" reflexiona la jueza Charmant Killman. Y se va con el sobrino en el deportivo. Esto está bien llevado en la película, la incertidumbre sobre si son paranoias de la jueza las sospechas sobre su sobrino, o si realmente el sistema es capaz de corromperlo todo hasta ese punto.

El caso que investiga la Killman recuerda (por lo de ser una jueza, por los capitostes con contactos políticos) al famoso caso Elf, donde las comisiones millonarias iban y venían que daba gusto, y la juez instructora Eva Joy sacó a relucir los asuntos de amantes colocadas, espías en la cama y redes de contactos que iban de Mitterrand a Kohl. Pero lo mismo serviría Enron (aunque ahí había menos erotismo parece), o el famoso asunto Sogecable aquí en España, que llevó a la expulsión de la carrera judicial de Gómez de Liaño tras empapelar a Jesús Polanco. O tantos otros.

Eva Joly era una noruega que había subido a pulso por el sistema judicial francés y no tenía tradiciones familiares que respetar. Aquí la jueza es una "plebeya", una chica de pueblo que se echó novio de buena familia y sacó su puesto en oposiciones. Y cree en el sistema público que le ha vendido la République, y con razón, porque ella es su producto y ese sistema es la base sobre la que ha trabajado ella, le ha permitido ser tratada en pie de igualdad con los hombres, por sus méritos y trabajo, y llegar hasta donde está... pero no más allá. Lo que muestra la película es que ese sistema llega hasta cierto nivel, pero que la realidad es otra. Que en Francia (y no digamos en España), aparte de la transparencia y cuentas claras, el juego limpio, las normas públicamente avaladas y las leyes, están los corros de influencia, los trapicheos, los corralitos con normas no escritas, las prácticas de corrupción establecidas y no nombradas a menos que sea necesario. Y que son las auténticas normas no escritas que regulan el ejercicio del poder.

La juez es una "plain dealer" que entra a saco en este sistema de entendimientos y favores mutuos en el que se basan las altas finanzas, y da entre miedo, pena y risa a los peces gordos. Su sueldo, le da a entender uno, es patético, en uno de sus sobres él pasa el sueldo de ella de varios años, y encuentra ridículo que le vengan a recriminar lo que son las prácticas habituales para quienes entienden. Se protestan unos a otros escandalizados que esta mujer no se entera de "las reglas del juego". Y es cierto, no las entiende o no quiere entenderlas, pero ya le va llegando la lección al final.  

La película es pues sarcástica y amarga, no ofrece soluciones para los problemas que denuncia. Que sólo son problemas según quien los vea, claro. El dinero y las influencias indebidas engrasan los altos negocios. ¿Y esta tía se cree que lo va a cambiar? Ilusa. Igual se piensa que se pagan comisiones porque a la gente le encanta ser corrupta. No, es porque fluya el capital. No es que haya "corruptos" en el sistema, es que el sistema es así, aunque algunos prefieran pensar otra cosa. Que se vaya a empujarle la silla de ruedas al marido, anda. Los del petit comité ya saben de lo que hablan, y son sus reglas las que se aplican en última instancia, no esas interpretaciones literales y estrictas de las leyes en las que sólo creen los que no tienen ni cultura interna, ni clase. Que no tienen ni idea de cómo funciona el cotarro, y aún vienen queriendo dar lecciones.


L'Ivresse du pouvoir (A Comedy of Power / Borrachera de poder). Dir. Claude Chabrol. Written by Odile Barski and Claude Chabrol. Cast: Isabelle Huppert, François Berléand, Patrick Bruel, Marilyne Canto, Robin Renucci, Thomas Chabrol, Jean-François Balmer, Pierre Vernier, Jacques Boudet, Philippe Duclos, Roger Dumas. Photog. Eduardo Serra. Music by Matthieu Chabrol. Music dir. Laurent Petitgirard. Ed. Monique Fardoulis. Prod. des. Françoise Benoît-Fresco. France: Alicéléo / France 2 Cinéma / AJOZ Films / Integral Film,  2006.


El diablo se viste de Prada