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Invasión

Invasión Remake, se supone, de la Invasión de los Ladrones de Cuerpos (Don Siegel, 1956) basada en la novela de Jack Finney The Body Snatchers, 1955, que se ha reeditado en español convenientemente a rastras de esta película. Es básicamente una regresión a las histerias de la guerra fría, que provocaban en los años cincuenta esas angustias paranoicas de comunistas/marcianos infiltrados entre los americanos de teléfono negro, sombrero y cigarrillo; entes inquietantes que se hacían pasar por gente normal y robaban la mente, o el cuerpo, o las dos cosas. Ahora es la histeria terrorista quizá la que nos hace volver a ese tipo de argumentario.

Los infiltrados de los años 50, zombis sin podre, eran fácilmente identificables por un supuesto je-ne-sais-quoi; en la práctica, por un andar rígido, abducido e hipnotizado, una carencia de sentido del humor y de movimientos de ojos (te miran al centro de la frente), y unas actitudes sonámbulas y coordinadas por las calles. Bien, pues como digo volvemos a lo mismo. Añadiendo, sí, más suspenses de agresión física, acoso sexual y acorralamiento en espacios cerrados, y toques de manías persecutorias y divorcios ("mi marido ya no es mi marido") —todo lo cual contribuye a actualizar el complot y multidimensionalizar la angustia, inyectando una dosis de abyección histerizada. Sobre todo si se añaden desórdenes urbanos por saqueo, y bombas terroristas, y vagas amenazas de epidemias televisadas, vacas locas y comités de expertos gubernamentales secretistas y manipuladores. O accidentes de los transbordadores espaciales, que con eso empieza todo. Lo que se dice un remake, vamos, como si pasas la película por Corporación Dermoestética y le hacen un lifting integral con implantes mentales. Lástima que no hayan cambiado las actitudes de los abducidos, pues hacen un tanto retro.

La Kidman da bien de punto histérica, acosada y divorciada, así que funcionan adecuadamente las escenas de claustrofobia y persecución. El amigo negro se salva, y encima—toma ya—descubre la vacuna para esta gripe espacial que te convertía en zombi descerebrado. Esto de la supervivencia del negro sí que llega como una auténtica sorpresa, en el genocida Hollywood. Vamos, es que el tío ni se contagia del virus. Los zombis, por otra parte, son igual de exterminables que siempre... aunque lástima por ellos, porque luego resulta que con una vacuna se curaban, y se ha cargado la Kidman a un buen número de probos ciudadanos. Pero bueno, eran mayormente exmaridos antipáticos—por ahí empezó el daño. Todos los exmaridos tienen algo de abducidos, ya se sabe. Mucho mejores son sus sustitutos, siempre, como el nuevo ligue de Kidman, que acabará haciendo de nuevo padre para su hijo (al que que ella corre corre intenta salvar de los marcianos). Este nuevo amor de Kidman sólo recibe un tiro en la pierna, cuando empieza a decir eso de "debes unirte a nosotros". Luego pinchazo y como nuevo.

Lo que más inquieta (pandemias y gripes del pollo aparte) es el mensaje que quiere proyectar la película. Comienza con informativos televisivos (muchos hay, imagen dentro de la imagen; ya se sabe que esto intensifica el efecto de realidad). Informativos que van sobre lo que suelen ir los informativos: atentados, bombas en Irak, etc. Los chicos del "ven con nosotros" prometen convertirnos en una raza superior, deshumanizada y sin guerras—"todos seremos uno" dicen, como si estuviesen en la versión de Los Simpson. Un toque fundamentalista-sectario sí que tienen estos ciudadanos, sí: lo curioso es la ambivalencia de toda la situación, no se sabe si los perseguidores son maccarthystas bienpensantes acorralando comunistas y disidentes, o si los vainas son los propios comunistas-terroristas que estan ya por todas partes. (Aquí las vainas por cierto son una especie de moco repugnante que exuda el cuerpo cuando duermes, y caes víctima del control mental alienante—alusión por otra parte a los contagios de sida; también son seropositivos perseguidos, tanto los vainas como los últimos hombres cuerdos).

Pero lo peor no es que se infiltren fundamentalistas o psicópatas en la sociedad americana, o que cualquiera pueda ser un ruso o un terrorista, sino que al final, restablecida la normalidad, se supone que nos tenemos que alegrar de que haya bombazos en Irak: señal de normalidad, de la humana condición de la que no debemos querer salir. Es nuestro ámbito de actuación: los americanos tenemos una parte inherente de mal, pero eso nos hace humanos, menos da una piedra. Así que podemos casi casi emprender la siguiente invasión con la conciencia más tranquila. Ven con nosotros, Irán.


The Invasion. Dir. Oliver Hirschbiegel and James McTeigue. Written by David Kajganich, based on the novel The Body Snatchers by Jack Finney. Cast: Nicole Kidman, Daniel Craig, Jeremy Northam, Jackson Bond; Jeffrey Wright, Veronica Cartwright. Photog. Rainer Klausmann. Ed. Joel Negron and Hans Funck. Music by John Ottman. Prod. des. Jack Fisk. Prod. Joel Silver. USA: Warner, 2007.

La Guerra de los Mundos

Elizabeth: The Golden Age


elizabeth blanchett
Nos fuimos a ver anoche la excelente película de Shekhar Kapur, continuación de su igualmente excelente Elizabeth de 1998 (también conocida como Elizabeth: The Virgin Queen). Esa terminaba con Elizabeth convirtiéndose espectacularmente en un icono viviente, y renunciando a la sexualidad para asumir mejor su papel de emblema político y encarnación de la Nación. En ésta vuelve a flirtear con la humanidad y el amor, en la persona del aventurero/pirata/explorador Walter Raleigh, pero resuelve sus tentaciones (aparte de un único beso en secreto) acostándose con él por persona interpuesta. Lo lleva casi de la mano a seducir a su dama de compañía Bess Throckmorton ("otra Elizabeth", dice él), y tiene un hijo con él usando el cuerpo de su sirvienta. Con ese hijo en brazos, otra escena-emblema de la reina como "Madre de Inglaterra", termina esta película. Quedamos a la espera de la tercera parte, con Essex y Shakespeare, que nos llegará sin duda hacia 2015 si el Tiempo no lo impide.

La película no es amable con los españoles, aquí unos morunos católicos liderados por un Felipe II Ahmadineyad, que han jurado invadir Inglaterra, y convertirla a golpes de cirio mayor, y urden planes para asesinar a la reina. Los actos de piratería de los ingleses se contemplan con mucho mayor desenfado y buen humor—aunque las salas de tortura de Walsingham no tienen nada que envidiar a las de la tan cacareada Inquisición. Si Felipe está constantemente rodeado de imágenes religiosas y prelados, a Elizabeth se le da un aire de modernidad, y se la mantiene lejos de las influencias eclesiásticas, en un gineceo cortesano donde Walsingham es su único contacto con el mundo de la política sucia—ahorrándole detalles. Sólo cuando ha de firmar la ejecución de su prima, la intrigante María Estuardo, que esperaba que Felipe la pusiera en el trono, le tiembla la mano a Elizabeth. Ahora tiene que mojarse, aunque la ejecución le repele. Su autoritarismo la lleva a decir que las leyes no están hechas para los reyes. A eso responde Walsingham, sin llegar a la insolencia de decir que también el Rey debe obedecer a la ley, pero sí recordando que la ley está ahí para proteger al pueblo. Y Elizabeth firma, a pesar de que sus instintos personales le gritan que eso de decapitar reinas es una idea mala-mala. Elizabeth

Retrata la película admirablemente estas maneras de hacer política de la reina, a la manera de gran emblema, mezclando cortesía y razón de Estado, buscando su propia manera irrepetible, y haciéndose a sí misma en ausencia de modelos claros. Su actitud pragmática e instintivamente sabia se expone claramente en una escena inicial, en la que se niega a extender persecuciones masivas contra los católicos, diciendo que no va a juzgar las opiniones de sus súbditos, sino sólo sus acciones. Se enfatiza en exceso la soledad e independencia de la reina, resumiendo y sintetizando en Walsingham sus hombres de Estado de confianza. También se exagera su vena sentimental (pues menuda era...)—pero esto es cine, claro, y además un tipo de cine en el que se busca sintetizar, crear escenas simbólicas antes que recrear literalmente momentos históricos efectivos. Es un equilibrio difícil entre la interpretación y la estereotipación de la historia, y se tiende un tanto a lo último... pero en conjunto lo resuelve la película de un modo admirable en su género. Y entretanto proporciona un espectáculo visual extraordinario, donde destacan los vestidos, peinados y maquillajes de la reina—y la fotografía, espectacular. Y la actuación imponente de Cate Blanchett, que se funde con el rol intepretado, y nos pasea hipnotizados por todas las actitudes del personaje. Desde los peores momentos de la reina, cuando tiraniza los sentimientos del obsesivo círculo que la rodea—y castiga a Raleigh y Bess Throckmorton por hacer lo que ella misma había estimulado (allí no es "una gran dama")—hasta los mejores, como cuando arenga a sus tropas en Tilbury a lo Juana de Arco, preparándolas para combatir la invasión española. O cuando le da una colleja a Walsingham por atreverse a sermonearla en público.

Son excelentes las escenas más diversas, como el patético cortejo del pretendiente alemán, o la batalla contra la Armada Invencible. (Con demasiadas tarzanadas y errolflynadas para el sweet Sir Walter, lástima). Como mensaje "actual", está el asunto de la guerra contra el fundamentalismo, y la manera correcta de tratar a todos esos fundamentalistas islámico-católicos que tenemos en Inglaterra. La postura de Elizabeth es clara: son inocentes de ninguna conspiración, mientras no se demuestre que conspiran. Pero ojo Ahmadineyad... porque la Reina avisa a los de la fatwa chiíta de que quien amenaza con tormentas recoge tempestades—que ella también "puede dar órdenes al viento, y que tiene en sí un huracán atómico que dejará Irán pelado si se atreven a ponerla a prueba". Muchos avisos vamos recibiendo—y también Elizabeth, cómo no, se apunta a invocar el apoyo divino para sus huracanes.

Elizabeth: The Golden Age. Dir. Shekhar Kapur. Written by William Nicholson and Michael Hirst. Cast: Cate Blanchett, Clive Owen, Jordi Mollá, Geoffrey Rush, Samantha Morton,  Abbie Cornish, Adam Godley, Robert Cambrinus, Vidal Sancho, Rhys Ifans, Samantha Morton. Music by Craig Armstrong and A. R. Rahman. Photog. Remi Adefarasin. Ed. Jill Bilcock. Prod. des. Guy Dyas. Art dir. Christian Hubend, Jason Knox-Johnson, Phil Simms, Andy Thomson. Set decor. Richard Roberts. Costume design by Alexandra Byrne. Exec. prod. Liza Chasin, Debra Hayward, Michael Hirst. Assistant prod. Chris Emposimato. Prod. Tim Bevan, Jonathan Cavendish, Eric Fellner. Studio Canal / Working Title, 2007.


300



Lions for Lambs

Creo que la traducción de este título debería ser Leones para corderos, no Leones por corderos— En una escena están comparando a los ineptos políticos republicanos y sus estrategias de invasión de Irak of Afganistán con los clasistas e indignos mandos del Ejército Británico en la primera guerra mundial, malgastando las vidas de unos jóvenes muchos más valiosos que ellos (leones, y no borregos). Y de eso va en parte la película: sobre las mal encaminadas estrategias USA en sus invasiones, y el despilfarro de vidas americanas a que eso conduce.

Vidas americanas, digo—porque es una película americana americana, y no me refiero a quién la filmó o quién la pagó. Comienza con un rosario del goteo de víctimas americanas en Irak: muertos iraníes no entran en el planteamiento, ni esos coches bomba diarios en los mercados o academias de policía. Y de ahí pasamos a seguir angustiados el destino de dos soldados americanos en un monte de Afganistán, rodeados de enemigos invisibles, o inhumanos. La aviación va exterminando a esos aliens como moscas, pero siguen llegando. ¿Alguien ha dicho que esta película es antibélica, o anti-Bush?

Las muertes de esos dos muchachos, un negro y un chicano, son modélicas, eligen morir de pie y peleando. El director explica su actitud hacia ellos: no aprueba su decisión de ir allí, dice, pero la comprende y la admira. El director es Robert Redford, antiguo profesor de teoría política de los dos soldados. En medio de una exposición en clase, revelan teatralmente su decisión de alistarse. En la práctica, los motivos no son tan loables: antes que un análisis sopesado de la actuación de su país en Oriente, lo que los muchachos buscan es que el Ejército les pague la carrera, y un puesto de trabajo. Esto no queda muy analizado. Esta pareja eran partidarios de la lucha en el frente interior: contra la pobreza, la marginación, la exclusión social, etc., dentro de USA. Pero el camino por alguna razón pasaba por las montañas de Afganistán. Mala decisión, como dice su profesor. Y sin embargo, admirados quedan.

Esta es una de las tres historias simultáneas de la película. Los soldados han sido abandonados por accidente en un monte, en una operación fallida de despliegue militar. Pero el Ejército controla, y los vemos todo el rato en una imagen por satélite, o por avión espía, con sus mandos que procuran rescatarlos, a cualquier precio, por supuesto masacrando a todo afgano que se ponga por en medio a base de potencia de fuego. A esto llevan las cosas: aunque al espíritu de la película o a su espectador implícito, no parece producirle vergüenza ajena el desequilibrio de medios bélicos entre los norteamericanos y esos afganos desharrapados que los tienen en jaque. La posible cualidad "leonina" de esos otros jóvenes equivocados no entra en el cómputo.

Otra historia entrelazada con esta es la del estratega que pretende volver a ganar ahora la guerra de Afganistán, y de paso allanar su camino a la presidencia. Es un senador republicano ("Jasper Irving") interpretado muy adecuadamente por Tom Cruise, con toda la tensión y crueldad y falsedad inherente que puede proyectar el personaje, que no es poca. Esta estrategia puede que fracase. Y sin embargo, Cruisenador expone con pasión y convencimiento la importancia de la Guerra contra el Terror en los términos en que está planteada, y la amenaza del integrismo, y de los talibanes, y de Irán armado nuclearmente.... Se perfila en el horizonte que va a ganar la guerra también a cualquier precio, haciendo lo que sea necesario ("you can quote me there"), entendiendo por ello el uso de armas nucleares cuando llegue el momento para exterminar a las bestias (aunque eso se guarda de decirlo explícitamente). Todo esto lo explica a la periodista Meryl Streep, "Janine Roth", contando con ella para vender la idea al público americano. Ella, la prensa demócrata, se resiste a ser nuevamente manipulada como hizo con la invasión de Irak, cuando la histeria de las torres gemelas... le horroriza la idea de la guerra nuclear. Y sin embargo, presionada por su jefe, acabará escribiendo la historia. Que de todos modos se pierde entre la telebasura. La historia seguirá su curso mientras los americanos ven los programas del corazón en la tele.

La tercera historia simultaneada ese mismo día ya la he mencionado: es la de Robert Redford como profesor de ciencia política ("Stephen Malley"), tratando los problemas de responsabilidad social, motivación y sentido de la vida con un estudiante brillante al que ve a punto de hundirse en el escepticismo y la molicie comodona. Le recuerda a sus compañeros de clase (esta historia, como la central que es estructuralmente hablando, es la única que soporta flashbacks), y le anima no a alistarse precisamente, sino a seguir "la batalla interior" por la justicia social. Pero el muchacho al parecer, rico y con el futuro asegurado, prefiere la vida fácil. Como tantos americanos de su generación, ha decidido que el mundo no tiene remedio y que más vale dejar hacer a los políticos y maleantes, y disfrutar la propia vida. Sin embargo, queda el final abierto: el muchacho se ha quedado pensando tras la conversación con el profesor: puede optar por un notable sin dar pique, y aceptar su bajeza moral, o trabajar en un proyecto y jugársela. Final abierto, pero no seamos optimistas.

La película va de decisiones graves por tomar, de la responsabilidad moral de tomarlas como algo que nos define como personas. Está bien planteada en ese sentido, aunque resultan un tanto confusas las decisiones tomadas en todos los casos. La más errónea, la que llevará al ataque nuclear contra Irán, es la más convincentemente argumentada por el falso Tom Cruise. Visto lo mucho que hay en juego si se demuestra que los USA no pueden poner orden en el mundo. Frente a esa determinación (sobre todo por llegar a la Casa Blanca) las demás decisiones—la de la periodista, si colaborar o no, la de los pobres parias, alistándose— parecen confusas o torpes.  Los gestos y las acciones efectivas (con la sonrisa Cruise, con la cámara Redford) contradicen el discurso teórico pronunciado. Y así (the best lack all conviction, while the worst are full of passionate intensity) la dinámica de la guerra seguirá su curso. Para dejarte pensando, y temblando por los iraníes que pillen por enmedio.

No descartamos ninguna medida

El sueño de Casandra

Es la última película de Woody Allen, no comedia sino tragedia, llena de ecos de las tragedias de Shakespeare (especialmente Macbeth) y de las griegas. Es éste un género que la novia del protagonista, actriz aspirante, considera difícil. Y cierto es que queda convenientemente rebajado a las motivaciones prosaicas de dos aprendices de asesino.

Una pareja de hermanos endeudados y ávidos de medrar aceptan matar a un enemigo de un tío suyo, rico y corrupto—a cambio de que éste se haga cargo de sus vidas y haciendas. En ellos confluyen por un lado Macbeth y Lady Macbeth, y por otro lado las conversaciones en Shakespeare de asesinos a sueldo como los contratados por el propio Macbeth o por Ricardo III.

No acaba de hacer clic el guión con los actores en este punto—en los momentos cruciales en los que han de decidir dejar de ser buenos chicos y convertirse en asesinos falla o el tono, o la luz, o las palabras—aunque no es de descartar que la realidad sea así de torpe, en efecto.

Continúa Woody Allen explorando temas que le interesaban en las películas anteriores de su serie inglesa: las ansias por medrar y aparentar, la presión de la clase social, el deseo sexual y el dinero guiando las motivaciones de las personas, el papel del azar determinando quién sale adelante y quién no... Y también el análisis de caracteres. Los dos hermanos se ven arrastrados uno por otro, en una de esas sociedades cerradas de emulación mutua que a veces forman las parejas de hermanos cuando no se enzarzan en rivalidades. Ya siempre será este momento, dicen tras darse cuenta de lo irremediable de su crimen. Pero lo viven de maneras distintas. Uno de los hermanos se ve destrozado por los remordimientos (un poco como Lady Macbeth), mientras que el otro, menos tierno, está a punto de matarlo (en connivencia otra vez con el tío, para evitar ser delatados)—y muere accidentalmente en la pelea a la que le lleva su angustia. El primero, ya antes desesperado y atormentado, se suicida. Y así acaban como Eteocles y Polinices, matándose en el barquito que había sido su sueño, mientras sus novias discuten cómo vestirse para gustarles a los dos."Cassandra's dream" es el nombre del barco que simboliza sus ilusiones inocentes al principio. Lo compran movidos por un recuerdo idealizado de una barquita que les regaló su tío cuando eran niños—pero al crecer todo se tuerce, por la presión de la ambición y el dinero, y salen a la luz los trapos sucios y unos caracteres sin sustancia moral para enfrentarse a las consecuencias de sus actos. Y lo que empieza como un plan ilusionado acaba como una tragedia griega narrada en las páginas de sucesos.

Es una de las cosas que me parecieron flojas en Match Point—la facilidad con la que una persona se plantea sin más convertirse en un asesino, y sigue siendo una "persona normal" a todos los efectos para el guionista/director y para sus vecinos—pero está claro que es una de las cosas que impresionan a Woody Allen y que quiere comunicar: cómo en esos pequeños gestos de indiferencia a los demás, que muestran la voluntad de aprovecharse de ellos, se trasluce lo que puede dar de sí una persona. Comienzan los hermanos con una indiferencia hacia las consecuencias de sus acciones, embarcándose en la borrachera del juego a la manera de una droga (también hay abundante droga de por medio...). Siguen adelante, medrando y figurando, "tomando prestado" sin permiso el coche de sus clientes en el garaje—acción presentada como aparentemente irrelevante o incluso simpática. Continúan pidiendo prestado primero a amigos y familia, luego a prestamistas y mafiosos, sin valorar nunca su capacidad de devolver el préstamo... Con visión selectiva, miden siempre su posible beneficio o placer inmediato, nunca el precio a pagar según un cálculo prudente. El padre de estos chicos (un perdedor, claro) nunca buscaría medrar perjudicando a otras personas, al menos nunca hasta el punto de llegar al asesinato— ni su nuera la novieta rubia. La actriz morena y tiburona, parece claro que sí: organiza sus relaciones personales de acuerdo con sus planes de carrera. De esta pasta se hacen los triunfadores, y los criminales. Y le bastaría, como a los hermanos, con verse en la situación adecuada y tener algo que ganar para transigir con lo que hiciese falta a costa del vecino. A los asesinos, nos dice Woody Allen, no hay que ir a buscarlos a remotas situaciones, sino que basta con observar a las gentes que nos rodean—a muchas de ellas. Un tema que también es muy judío, por otra parte.

Cassandra's dream. Written and dir. Woody Allen. Cast: Colin Farrell, Ewan McGregor, Hayley Atwell. Music by Philip Glass. 2007.

Scoop

Junebug

A photo on Flickr

 Una película ésta muy buena, no en vano tuvo el premio de la crítica en Sundance, pero no sé si se ha visto por España. Va de las aventuras de una sofisticada galerista de arte inglesa de Chicago, Madeleine, mujer de mundo, cultura y carrera yuppie, cuando choca con el Sur profundo, la gente del pueblo y la suegra. Es una especie de contraste entre las raíces (el pasado, el pueblo, la familia con sus taras) y el libre vuelo del sujeto en la ciudad, donde las relaciones son más libres y sólo es la profesión lo que define a una persona, pero a la vez deja a las personas desenraizadas.

Madeleine está intentando "reclutar" a un artista sureño local medio pirado, un maniático que pinta escenas llenas de la violencia y obscenidad que lleva acumuladas no sólo él sino el país. La yuppie ve ahí sólo negocio, y no se detiene a pensar en la experiencia real de la que salen esos cuadros, totalmente incompatible con lo que se supone son los planteamientos de ella (liberales, progresistas, etc.). Y es que la chica a su manera es tan superficial como la placidez del pueblo. Lo malo es cuando aprovecha para ir a visitar con su marido a los padres de él, que viven no lejos del pintor. (Si no, no iban...).

Madeleine es educada, tiene buenas intenciones, pero vive ante todo para su carrera, no para relaciones personales. Conecta fatal con la familia: bien con el padre, hombre tranquilo e inexpresivo, pero resulta intrusa y falsa para la suegra, que es una imponente cateta hostil, al frente de una familia disfuncional. Inteligencia emocional cero (todos)—aunque las emociones las expresa abundantemente su co-nuera, Ashley, embarazada de nueve meses, sesos de chorlito encantadora y superficial, que la admira y cree hacerse amiga del alma con ella. Madeleine le sigue la corriente con elegancia, pero en realidad le importa Ashley tres pepinos. Peor va la cosa con su cuñado, que vive disfuncionalmente en casa, incomunicado con Ashley y con los padres, un mastuerzo que sólo se vuelve humano con sus compañeros de trabajo. Este se piensa que Madeleine está intentando ligárselo, nada menos, tan romos tiene los sensores—eso debido en parte a una relación de envidia, celos y hostilidad con su hermano. Madeleine va descubriendo con sorpresa el background de su marido—algo que al parecer tampoco le había despertado ninguna curiosidad antes. Tampoco tiene planes para el futuro: está sólo en una confluent relationship de las teorizadas por Giddens, pero viaja ligera de equipaje y no piensa tener hijos... Aunque la película nos coloca cerca del punto de vista de ella (cercana a los intelectuales que han hecho la película) es también sarcástica y autocrítica en ese sentido. Ahora bien: mejor el mundillo falso de intelectuales galeristas que esta comunidad asfixiante de sureños medio tarados—la película es casi guerracivilista en el retrato que hace del sur profundo, las limitaciones de horizontes de esos vecinos poco atractivos y reuniones comunitarias de amas de casa... bueno, es lo que hay, ¿no?

Otro detalle, así a lo tonto, para contrastar la terrorífica "autenticidad" de estos sureños con la falsedad subterránea de la yuppie Madeleine: el pintor local iba a firmar con una galería de Nueva York por puro machismo, aunque ella no parece darse cuenta de eso—hasta que cae en la cuenta de que el galerista era judío, y es que este supuesto genio subnormal es más antisemita que machista. Así que firma con ella—que le ha dicho que el otro es judío como quien no quiere la cosa, y se da cuenta de que está usando un prejuicio cuasi-nazi de él para hacer negocio, pero bueno, un contrato es un contrato...

Cuando Madeleine se pone ojiplática es cuando ve a su marido reclutado, con brazo en los hombros, por el cura del pueblo, cristiano musculoso en una comunidad de cristianos musculosos, y se ve obligado a demostrar que sigue siendo el mismo que se fue, entonando un himno de agradecimiento a Jesús y a capella. Bueno, hasta entonces no se da cuenta la British de que hay mundos dentro de mundos, o de que se ha casado con un marciano, o de que la marciana es ella. "Pobre", parece decirle al acariciarlo compasivamente en el coche mientras se alejan y dejan atrás lo que fue la realidad de él.... En el pueblo está abducido, y se entiende que tuvo que escapar de allí por la presión ambiental. Está genialmente retratada la especificidad americana y sureña-blanca de esta presión.

Mientras, la pobre Ashley, casada con un mendrugo medio subnormal, ha dado a luz un niño muerto (Junebug iba a ser el mote que le tenían ya preparado al bebé, que iba a cambiar su vida, creía ella...). Y Madeleine, por razones profesionales, ni siquiera va a ver a su amiga del alma al hospital, aunque eso sí, le pide a la suegra que le de recuerdos. "Ya, ya", le dice ella mientras aspira el cigarrillo y la mira fijamente. Y el marido se vuelve a la ciudad con un garrotazo en la frente que le da su hermano, reviviendo las viejas rivalidades, y a modo de maldición cainita. Ay el pueblo, donde está el pasado enrocado haciendo tiempo. Película tremebunda, pues, sobre las reuniones familiares, el peso del pasado, y las facturas que pasa el rehacerse dejándolo atrás; una especie de Almodóvar a la americana, pero con la mala baba más subterránea, e interpretaciones excelentes.

Junebug. Dir. Phil Morrison. Written by Angus MacLachlan. Cast: Amy Adams, Embeth Davidtz, Ben McKenzie, Alessandro Nivola, Frank Hoyt Taylor, Celia Weston, Scott Wilson. Photog. Peter Donahue. Music by Yo La Tengo. Prod. des. David Doernberg. Ed. Joe Klotz. Exec prod. Mark P. Clein, Ethan D. Leder, Daniel Rappaport, Dany Wolf. Prod. Mindy Goldberg, Mike S. Ryan. USA: Epoch Films, 2005. DVD. London: Eureka, 2006.

Hairspray


La joven Jane Austen

Una película literaria del estilo heritage que les gustará evidentemente a las amantes de las películas de Jane Austen tipo Emma u Orgullo y prejuicio, y que no gustará a los aficionados a Bruce Willis, qué les voy a decir, a menos que tengan gustos tan variados como los míos—cosa que según vengo observando no suele ser el caso.

Jane Austen sale aquí embellecida y espontaneizada, corretona, apasionada, despeinada y sin bonete; atruena la casa como una rockera con su espineta, y alimenta a los cerdos que se revuelcan en el barro, mientras su padre el reverendo practica sexo oral la mañana del domingo. Pero no se me espante nadie, que insisto en que es básicamente lo mismo que las Sentido y Sensibilidad o Mansfield Park que ya hemos venido viendo—sólo que esta vez se sitúa a la incipiente autora Jane en el papel de sus heroínas.

Jane Austen
La idea básica es que la vida sentimental de Jane Austen no debería haber sido tan sosa como fue: y de un leve galanteo durante el té con el abogado Tom Lefroy (que llegaría a un importante puesto judicial en Irlanda), se extrae aquí una historia apasionada de amor, interés, sacrificio y renuncia—y sin matrimonio feliz al final, claro, que hasta ese punto no se enmienda la historia. Como si fuese el director de la película, Lefroy, insolente galancillo londinense, viene a decirle a la autora campesina que lo que necesita una autorcilla sentimental y rebuscada como ella es un buen meneo. Emocional, digo; lo demás va en el paquete. Y se lo da, el emocional al menos; que sepamos, Jane sigue virgen técnicamente hablando. Porque al final se debe Tom ("Jones") a su posición como heredero de la fortuna de su tío, y renuncian a su amor—aunque no por vil interés, según parecía, sino por actuar con responsabilidad y que él pueda seguir manteniendo en secreto a su familia empobrecida, como venía haciendo tras sus aires de pollo del pay-pay.

Mientras, Jane renuncia a otros pretendientes, a un intrigante y al ricacho Mr. Wisley que la tienta con sus millones, y casi se la lleva al final... un personaje que se divide con Tom Lefroy el papel de Mr Darcy, y tras los malentendidos iniciales descubre su auténtico carácter y queda como amigo de Jane. La idea como se ve es reconocer en los personajes las actitudes de los personajes de Austen, básicamente de Pride and Prejudice, especulando cómo se podrían haber originado en experiencias posibles u observaciones de la autora... aunque claro, el camino seguido realmente es el inverso, proyectando la ficción a la vida, y presentándola como la proyección de la vida a la ficción (es decir, la táctica de Shakespeare in Love).

Más parecida fue la vida de Jane Austen, me temo, a la de la modosa Mrs. Radcliffe con la que aquí se entrevista en Londres. Y que le dice que cuando la experiencia amorosa no sea suficiente, que se supla con la imaginación. Bueno, es lo que hizo Jane, y lo que han hecho los guionistas Kevin Hood y Sarah Williams. Especialmente bonitas son la puesta en escena y fotografía, como viene siendo costumbre en esta cuasi-serie. Los actores, excelentes, empezando por los Mr Darcys. Me encanta siempre James McAvoy, o Maggie Smith haciendo el papel que hacía Judi Dench en Pride and Prejudice: sólo la vicepresidenta De la Vogue lo clavaría más. Y la protagonista, aunque demasiado becoming para Jane, está llamada para este tipo de película, como su nombre indica. A ver si se rinde a la evidencia y vemos un Shakespeare desenamorado, con Anne Hathaway ("like herself") asumiendo el porte de la oscura esposa.

Becoming Jane. Dir. Julian Jarrold. Written by Kevin Hood and Sarah Williams. Cast: Anne Hathaway, James McAvoy, Julie Walters, James Cromwell, Maggie Smith. UK, 2007. Spanish title: La joven Jane Austen.*
http://www.lajovenjaneausten.com

Los esclavos de Mansfield Park

El laberinto del fauno

Me perdí en sala El laberinto del fauno por cierta desconfianza al cine español, pero la pillamos en DVD y resulta una sorpresa agradable: una de las mejores películas españolas jamás vistas—y claro, tampoco es que sea tan española. Los efectos especiales, sin dispendios astronómicos, estan logradísimos, imprescindible en una película de fantasía, una especie de Narnia con dos rombos. La comparan con El Mago de Oz por el asunto de las pruebas que tiene que pasar la niña, y también supongo por el contraste / paralelismo entre el mundo de fantasía y la propia realidad.

Es un tipo de películas éstas que están yendo a más, en parte por el auge de los videojuegos: películas que duplican metaficcionalmente lo que es la propia inmersión que te da el cine en un mundo alternativo, pero reforzadas ahora con los esquemas narrativos y de búsqueda característicos de los videojuegos—que a su vez nos remiten a otras experiencias inmersivas como la que proporcionan los libros que contienen mundos alternativos dentro (así en Myst, etc.). Es todo un proceso de referencia y refuerzo de unas experiencias inmersivas a otras, insertándolas unas en otras ya sea de modo explícito o indirecto, en un proceso de intermedialidad agudo. Aquí las experiencias de mundos alternativos de la niña protagonista, Ofelia sirven de base a la oscilación de la película entre dos géneros y dos tipos de mundo, y estas experiencias también se inician a través de la lectura, en este caso de cuentos infantiles de hadas, ogros y bichos encantados. Realidades ordinarias y fantasías familiares, detrás de las cuales acecha lo inquietante y terrrorífico, como decían Dickens y Freud en sus comentarios sobre Das Unheimliche. A mí las historias años cuarenta de Pinocho, Chapete, Tintinelo, Patapón y Voltereta también me ponían un mal cuerpo que aún me dura.

Lo característico de la película viene de la distancia en apariencia insalvable entre los mundos superpuestos, los contrastes dentro del horror (que así se vuelve en cada mitad metafórico del horror de la otra), y las analogías y transiciones sugeridas... por ejemplo, el "hombre blanco" que lo llaman en el méikinof,

laberinto del fauno

aquel ogro paralizado ante un festín, sugiere el patriarcado opresivo y paralizante que quiere imponer Vidal (cuya misoginia es cósmica). Pues también el facha Vidal preside una mesa llena de victuallas ante los próceres locales, y expone ahí el ideario franquista—y el hombre blanco recuerda a Franco decrépito, tras cuarenta años de inmovilidad, una imagen abyecta que a la vez mezcla elementos de una martirología católica de pesadilla, de esos tan del gusto de la Iglesia inquisitorial y barroco-tenebrista cuando se le deja explayarse (las llagas de Cristo combinadas con los ojos de Santa Lucía, y con el yugo y las flechas, pongamos). El resultado, claro, es fantástico, onírico de orinarse en la cama, y nos remite con una precisión infalible a lo que deberían haber sido, si es que no eran, las pesadillas que teníamos de niños cuando Franco presidía la mesa bajo palio.

Son inolvidables los momentos de elección difícil de la película, cuando los personajes tienen que decidir entre actuar según su conciencia o someterse al tanático orden del facha Vidal—es éste todo un símbolo de época, un manojo de traumas soldados uno a otro en firme, uno de los mejores fachas jamás vistos en la pantalla. Así, la rebelión de la humilde sirvienta que interpreta Maribel Verdú, el suicidio del tartamudo torturado, o la rebelión tranquila del médico, con uno de los mejores diálogos entre el fascista y el médico que le dice que ha ayudado al tartamudo a morir porque no podía hacer otra cosa.

- Sí, podía haberme obedecido.
- Es que... obedecer por obedecer, así, sin pensar... eso sólo pueden hacerlo los hombres como usted, capitán.
- (Bang).

El argumento fantástico también gira sobre el rechazo a la obediencia ciega, y la necesidad ineludible de tomar opciones éticas personales que nos llevan a la tragedia—contradiciendo así los mensajes subliminales o explícitos de los cuentos para niños y la lección que parecía sugerir la aventura con el ogro blanco.

La película, claro, se basa en el principio del wishful thinking, la corrección mediante la fantasía de los defectos de la historia. O, como decía Jameson, en ofrecer soluciones imaginarias a problemas reales. Así la niña Ofelia—que, por cierto, ¿era o no era la auténtica hija de Vidal?—muere en la "realidad" por el disparo del fascista, pero alcanza en el plano fantástico el trono prometido por Propp. Y, similarmente, los fascistas ganaron la guerra de hecho, pero aquí son los resistentes los que triunfan (pequeña subordinación de la historia al deseo) y se nos cuenta lo que debió haber sido. Se le dice al facha Vidal que su hijo, lejos de recordar a su padre, ni siquiera sabrá nunca quién es él. Pero ay, es todo una fantasía consolatoria; la realidad era aún más tozuda, y fue más bien Franco quien paró el reloj y a quien hubimos de sufrir como patriarca adoptivo: en conjunto, España se sometió al Caudillo, en lugar de acuchillarlo, y demasiado bien sabemos quién era. La bendita ignorancia les llega más bien a las jóvenes generaciones, que no saben ya ni quién era Felipe González, cuánto menos Franco. Y tampoco está tan claro que sea buena para ellos una inocencia tan radical. Película, pues, de reescritura de la historia al gusto republicanizante que hoy se lleva: no en vano es Federico Luppi el rey entronizado al final.

Y luego... qué pasa con todo esto. Que con estos ingredientes se puede hacer una plasta insufrible o una película excelente. Y aquí todo funciona, hace clic, todo está llevado con una tensión infalible para ir poniéndote el corazón en un puño: las interpretaciones de Sergi López como el fascista Vidal o de la sirvienta Maribel Verdú, y la de la niña protagonista, Ivana Baquero, son excelentes, las señoras de la cocina son perfectas, las pesadillas son de pesadilla, la textura de luz en la fotografía en la cara de la niña es insuperable, el insecto-hada se mueve como tiene que moverse, y la película, en fin, hay que verla.

La misteriosa llama de la reina Loana

Hairspray

Hairspray
Parece como si aún saliésemos de ver la vieja Hairspray de 1988, de John Waters, y nos metemos a ver la nueva versión musical, corregida y aumentada de talla por si hacía falta. La Travolta está divina, y los demás no se quedan parados; los colores son brillantes, los peinados molan, los bailes espectaculares, las canciones buenísimas y el ritmo contagioso. Salimos del cine bailando como gordas, así que queda recomendada de todas todas.


Supuestamente la película va a favor de la integración erótico-social de las marujas y de las tallas grandes, contra la estética Barbie, y a favor de la sociedad multirracial y mezclada, sin complejos ni apartheids legales o mentales. No sorprende que sea la batalla siempre por ganar, y que el Baltimore racista de hace cuarenta y cinco años, cuando éramos pequeñitos, sea una metáfora adecuada de la separación de facto entre círculos blancos y negros en los USA (o en cualquier otro sitio) hoy en día. Muy claro quea cuando hay que protestar contra las leyes discriminatorias, pero yo recuerdo que en los tiempos de la primera Hairspray en el comedor de la universidad americana Brown, que hacía gala de su política de affirmative action, por supuesto los blancos se sentaban con los blancos y los negros con los negros sin que nadie les prohibiese ni les dijese nada; y era lo normal... no se fuese nadie a pensar que se buscaba poner en evidencia a la gente, porque (por racismo invertido, o sin invertir) las minorías necesitan su espacio, o lo tienen aunque no lo necesiten. Y así sigue la cosa parecida en muchos aspectos.

Digo lo de que supuestamente defiende la película, porque aunque es explícita y elocuente en la defensa de los negros, y las gordas, y las gordas negras, y de las amas de casa, sigue siendo el caso que los negros tienen un papel secundario y que las gordas juegan un papel ambivalente: por una parte siguen siendo, como siempre, entes inherentemente cómicos, y por otra lo llevan con alegría y ritmo ejemplares, algo desde luego aconsejable en cualquier caso.

También "supuestamente", digo, porque hay otra cuestión sobre la que la película no dice nada, sólo hace: en su llamada a la lucha contra los prejuicios y barreras mentales, y a favor de la mezcla bailona de estilos, subculturas y maneras de ser, no menciona nunca a las homosexuales—cuando ahora (aunque no en 1962) son los gays y lesbian@s y los transexuales heterosexuales (whatever that means) los que están embarcados en una lucha por derechos civiles. La integración de finales del XX y principios del XXI tiene a las autoridades y al público general desconcertados, haciendo gestos tímidos, o atrevidos, o contradictorios, o evitando hablar del tema en lo posible muchas veces. Esta película, como digo, trata el asunto por la vía ambivalente de no mencionarlo, pero incluyendo a Travolta, como al travestí Divine en la película anterior, en plan gorda alocada en el papel de Edna Turnblad. Pero claro, ahí estamos trabajando con marcos distintos de realidad (y se cuidan de evitar escenas de besos etc.). Así que el alegato a la vez es y no es, sugiere pero no se pronuncia, y defiende como sin atreverse. Pero sí hace pensar "educadamente y sin ofender a nadie" en la analogía entre los negros discriminados de 1962, los homosexuales discriminados de 2002, o las gordas discriminadas de facto si no por ley (mucho más eficaz el de facto) en la cultura de la imagen. Aunque a veces van las gordas y a base de sudárselo ganan Operación Triunfo. Pero con la energía hay que echarle, si es que hasta adelgazas por el camino.

Hairspray. Directed by Adam Shankman. Screenplay by Leslie Dixon, based on John Waters's film Hairspray and the musical play by Mark O'Donnell. Cast: Nikki Blonsky, John Travolta, Michelle Pfeiffer, Christopher Walken, Amanda Bynes, James Marsden, Queen Latifah Brittany Snow, Zac Efron, Elijah Kelley, Allison Janney, Taylor Parks, Paul Dooley, Jerry Stiller. Music by Marc Shaiman. Cinematog., Bojan Bazelli. Ed. Michael Tronick. Prod. des. David Gropman. Art dir. Dennis Davenport. Prod. Neil Meron, Craig Zadan. USA: Gabriel Simon / Storyline Entertainment / Ingenious Film Partners / New Line Cinema / Zadan/Meron, 2007.

The Pursuit of Happyness