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Vanity Fea

Curiosidades

Desconexión del sistema auditivo

He estado por la mañana entre amodorrado en la cama a base de couldinas, oyendo la radio, y completando este artículo sobre la neurología de la consciencia, que se me borró ayer la mitad. Bueno, pues la combinación de esas dos experiencias me ha hecho fijarme en una cosa que me pasa a menudo antes de dormirme (se nota especialmente si estás escuchando la radio). Conforme te vas sumiendo en la inconsciencia, tumbado en la oscuridad, hay un momento en el que se te desconecta el oído del cerebro. Bueno, a mí por lo menos me pasa. No es el momento de perder la consciencia: de hecho, siguen los demás pensamientos su curso, y hasta es posible fijarte en que has dejado de oír cosas. Y con un leve toque de atención, vuelves a conectar el oído, y nada cambia en tu percepción global excepto que la radio se conecta otra vez. Es un efecto curioso, exactamente lo mismo que si estuvieses controlando el aparato con tus ondas cerebrales. Creo que es un ejemplo práctico de cómo la consciencia consta de componentes autónomos procesados por el cerebro y cuya interacción y acceso al nivel de consciencia más elevado es controlable, hasta cierto punto, por medio de la atención y la voluntad. La desconexión del sistema auditivo es muy útil para dormirse, pero es un rollo si estabas siguiendo el programa.

Prosopagnosia 


Calendario en el horizonte

Ayer hicimos una excursión con Abo, Otas, Ivo y un tal Iván hasta la torraza de Lárrede. Había estado yo hace unos años, pero ahora está restaurada. Lástima no haber podido subir arriba, porque tiene una buena panorámica de todo el campo de biescas. Ahora que, para panorámica, la que nos describían en una conferencia de la asociación cultural Erata a la que fuimos por la tarde.

Presentaban el número dos de la revista Erata, dedicada a la tierra de Biescas, en el que sale entre otras cosas un artículo de Ricardo Mur, cura de Biescas, sobre "El fenómeno de San Benito de Orante". La asociación está restaurando ahora la pequeña ermita de San Benito, en la cima de Erata, centro de una zona bastante inhóspita y ahora prácticamente deshabitada. Es una capilla benedictina desde la que puede divisarse al oeste otra capilla de San Benito, la de Orante (entre Jaca y Sabiñánigo). Y, en línea recta más al oeste, está San Juan de la Peña, santuario del Grial. Siguiendo esa recta visual se pone el sol durante el solsticio de invierno.

Pues bien, ese santuario del oeste, San Benito de Orante, se levanta en un cerro con una vista amplísima: 40 pueblos se ven desde ahí, y, en concreto (de eso iba la conferencia, y el "fenómeno"), cuatro santuarios benedictinos dispuestos en X, siendo Orante el centro de la X. Erata al noroeste, Sta. María de Ballarán al suroeste, San Juan de la Peña al sureste, y el más lejano, Leyre, al noreste.

Según Ricardo Mur, "si nos situamos en la ermita de San Benito de Orante el día del solsticio de verano observamos que el Sol sale por San Benito de Erata y se pone por San Salvador de Leyre. Si lo hacemos el día del solsticio de invierno, observamos que el sol sale por Santa María de Ballarán y se pone por San Juan de la Peña". Podría ser casualidad, pero Mur se inclina por interpretarlo como un calendario geográfico ligado a antiquísimos cultos solares, cristianizados luego por la Iglesia.

Aparte de esta curiosa marca del solsticio, existe la tradición de una romería a San Benito de Orante en el día del equinoccio de primavera, el 21 de marzo, antigua fiesta de San Benito.

No hay que olvidar que la Iglesia era la dueña del calendario, heredera de las tradiciones romanas, y que a ella le correspondía armonizar el calendario solar y el lunar, marcando el principio del año y el ciclo de las festividades. Así pues, en época de pocas comunicaciones, era importante tener presentes los puntos de referencia que permitiesen ordenar los ciclos del tiempo. Y también existe un elemento ritual en esta ordenación del espacio con referencia al tiempo cósmico.

 

 13 lunas, doce noches

13 lunas, doce noches

13 lunas, doce noches

Curiosidades tiene el calendario. Tenemos un sistema complicado, que junta varios ciclos: días (un ciclo solar), semanas (un ciclo lunar), años (ciclo solar otra vez). Y luego están los meses, que ni se sabe qué son, son el resultado del conflicto entre ciclos lunares y solares. Un mes es una cosa cuya definición es complicadísima desde el punto de vista astronómico, así que en la práctica se han quedado petrificados en su forma actual por una conjunción de costumbres y circunstancias históricas. Supongo que el calendario que tenemos es resultado de nuestra historia, y de cómo distintos tipos de ciclo temporal se han acumulado unos sobre otros, a medida que avanzaba el conocimiento astronómico. Ciclos más largos salieron luego, y ya no hablo de siglos etc., cosa meramente numérica, sino de las correcciones periódicas que se han de introducir al calendario para que no se descompense: los años bisiestos, y las ciclos aún mayores de ajuste del calendario gregoriano: así, si un año bisiesto cae en 00, no será bisiesto... pero sin embargo el 2000 fue bisiesto, por un pequeño ajuste de ciclo todavía más largo.

A cuenta de las fiestas de navidad, y del Twelfth Night de Shakespeare, me leía el otro día esta bonita página un tanto New Age, Time out of Time, donde habla de los ciclos del calendario y de los doce días excepcionales que van del solsticio de invierno al comienzo del año. Es normal que, habiendo doce meses, haya habido una tendencia a atribuir una relación simbólica entre estos doce días y los doce meses del año, con lo cual se crea un pequeño año fuera del año, una mise en abyme del año, que a la vez es recapitulación del año anterior y preparación del siguiente. Es un período de fiesta en el que (siendo la fiesta un tiempo especial) se suspende el tiempo normal, y las costumbres normales, y se hacen cosas extrañas: se reúne la familia, se regalan cosas, se deja de trabajar, se trata la gente en pie de igualdad, se aparcan las diferencias irreconciliables por un tiempo, se desdibujan los papeles atribuidos a los sexos... Es como si se desestructurase la sociedad para volver a reinventarse. Elementos de estas tradiciones se reconocen en Twelfth Night de Shakespeare, y aun hoy en día, en algunos buenos propósitos convencionales...

Si el solsticio de invierno es la muerte simbólica del año, el inicio de un nuevo ciclo solar sugiere estas ideas de renovación y repetición a la vez. Los accidentes de nuestra tradición pagana y cristiana han venido a dar en dos figuras simbólicas que vienen a representar al año viejo y al año nuevo, proyectándolos analógicamente a los ciclos de la vida humana: Santa Claus, como figura un tanto carnavalesca del invierno, y el Niño Jesús, como símbolo del renacer perpetuo y de la esperanza, que a la vez (por una inversión de papeles casi lógica en estas fechas) representa el lado más oficial de la navidad.

Quizá el origen de este tiempo fuera del tiempo, estos días en suspenso del año, se deba al desfase necesario entre dos celebraciones: la muerte de un año, y el nacimiento de otro. En culturas antiquísimas, prehistóricas, sin un sistema de calendario perfeccionado, el acortamiento de los días y la muerte del sol llevaba a un fin ritual de las actividades; días más tarde, cuando se hacía sensible de nuevo, siquiera mínimamente, el alargamiento de los días, seguía otra fiesta para retomar el ritmo normal de vida y poner en marcha el año de nuevo. Por otra parte, el calendario más medible para los pueblos primitivos no era el solar, sino el lunar, y había y hay un desfase inevitable e imposible de calcular entre los ciclos solares y lunares. Es posible que antes del desarrollo de la escritura y de la astronomía (dos cosas que van bastante unidas), fuese la costumbre iniciar el recuento del nuevo año mediante el procedimiento más simple: empezaría el año con la primera luna nueva después del solsticio de invierno. De ahí unos desfases y dudas a la hora de fijar el principio del año que todavía dejan huella: el año empieza, supuestamente, el uno de enero, pero la pascua militar, la vuelta al cole y otras cosas son después de Reyes, y es entonces cuando el año va arrancando realmente.

La simbología del tiempo parado puede reconocerse en los ritos germánicos mencionados en Time out of Time: la obligación de no hilar (detener las ruecas) o de no hacer girar las ruedas. El tiempo, asociado al ciclo, al movimiento circular y repetido de los astros, vuelve a rodar sólo cuando termina este tiempo especial, tiempo que no cuenta, para poder contar el resto del tiempo.

La muerte cíclica de la luna después de la muerte cíclica del sol sería el final y principio más natural del año para una cultura rural, agrícola y sin escritura. En esa fecha el calendario natural empleado, lunar y solar a la vez, se volvía a coordinar (de modo convencional), y el año nuevo empezaba en lo que (para nosotros, con nuestro calendario escrito y calculado astronómicamente) sería un día distinto cada año, moviéndose a lo largo de un tiempo de... más o menos doce días. O trece: de Navidad a Reyes, ambos inclusive, son trece días. Número molesto. Añadamos la nochebuena, que además tiene la ventaja de ser la fiesta extraoficial, y la fiesta extraoficial, ya se sabe, tiende a convertirse en la fiesta, porque el principio de la fiesta mantiene esta relación ambigua con la oficialidad.

El trece famoso. Trece apóstoles, etc. Pero astronómicamente, el asunto molesto del trece es que el año tiene trece meses lunares. O al menos doce y un trocito del decimotercero (—tiene aproximadamente 13,37 meses siderales, con respecto a las estrellas fijas, y  12, 37 meses sinódicos, con respecto a las fases lunares). Sin embargo, la mayoría de los principales calendarios (excepto el hindú, al parecer) tienen doce meses, no trece. Trece son también las menstruaciones de una mujer en un año por término medio, y la casi coincidencia del ciclo lunar y el menstrual ha llevado a toda una mitología de la cual están hechas las relaciones entre los sexos. ¿Podría verse en el rechazo al trece una especie de negativa a dejarse guiar por el calendario lunar, y por extensión, una especie de rechazo al orden femenino del cosmos? El año solar (año agrícola por excelencia, aunque también sea importante para los cazadores-recolectores) es el año masculino. El hecho de dejar la última luna fuera del tiempo, sin contar, ha llevado quizá a los curiosos desfases entre los meses y las lunas, para que sean doce los meses del año, y no trece. El mes número trece (o sus días sueltos) es el que no cuenta—al igual que no cuenta el signo del zodíaco número trece, el Serpentario). Es el mes que se reparte a días sueltos entre los demás, el que queda a la espera desde el fin del año solar hasta que comienza la nueva luna, otra vez puesta en sincronía con el sol. Todo un orden imaginario, claro, una manera simbólica de organizar el tiempo y la jerarquía de los sexos. En realidad, los solsticios, y las fases de la luna, y las menstruaciones, van cada cual a su aire. Y los hombres y las mujeres se ponen en sintonía sólo cuando Dios les da a entender, y no según el calendario. Aunque cierto es que el tema éste del doce y el trece no ayuda.


The Moon Is a Thief




Reparar un ordenador viejo Macintosh

Qué triste es acudir a Google poniendo la fórmula mágica "reparar un ordenador viejo Macintosh", darle a "voy a tener suerte" esperando dar con el servicio ideal.... e ir a parar a esta página. ¿Soy el único del planeta que quiere repararlos? Al menos el nambarguán sí que parece...

Macperson
 


Románico y rompientes

Normalmente vamos a las playas de Viveiro, donde no se ve mucha gente, la mayoría señoras y ancianos (se pregunta uno dónde está la juventud y niñez de este país--en este mar, no). Pero también exploramos las playas de pueblos vecinos y las calas que calamos. A una de esas, la playa de Portonovo (que de puerto nada, pues estaba totalmente aislada de la civilización) hemos bajado por una pista de tierra que ha puesto a prueba el coche a la subida, lo hemos tratado como si fuese un cuatro por cuatro dieciséis, y para subir nos hemos apeado los cuatro pasajeros mientras la brava conductora subía en primera a toda leche con las ruedas patinando y el coche lanzando grava y haciendo eses por la rampa arriba. No había chalets ni chiringuitos en varios kilómetros a la vista. Había algunas personas en la playa, bañistas y pescadores; alguno no sé si lograría sacar el coche de allí... Pero ninguna persona le prestaba atención a lo que hemos visto--y que no se veía a primera vista, la verdad. Es de esas cosas que sólo te fijas cuando te las dicen, y por casualidad nos hemos dado cuenta. En las guías desde luego no viene anunciada. Es una especie de capilla primitiva que hay en las rocas ya casi a la altura donde rompen las olas. La playa es pequeña, limitada por dos promontorios rocosos y otra roca saliente en medio dividiéndola en dos, y ella misma dividida por una hendidura. Pues en el promontorio de la derecha, que se adentra en el mar y donde se pone la gente a pescar, hay una cueva que sí se ve perfectamente, una cueva pequeñita, justo para que quepa una persona dentro, pero bien definida: es una cueva, no un hueco en la roca. Está a unos tres metros por encima de donde rompían las olas; con marea alta, seguro que en ocasiones llega el mar hasta ella. Justo al lado de la cueva, a la derecha, hay tres figuras esculpidas en la roca; bajorrelieves, y tan bajos que están prácticamente al nivel del mar. Apenas se distinguen las figuras, como digo, en parte porque las rocas tienen formas muy variadas, y en parte porque están casi borradas; están más o menos tan definidas de rasgos como la Venus de Willendorf, aunque tienen el tamaño de personas (les faltan las piernas). Se encuentran en una especie de hornacinas talladas en la roca, que es allí más blanda y fácil de esculpir por una veta diferente que recorre el promontorio. El aspecto general recuerda el de las tallas románicas tardías, con proporciones casi góticas pero como digo totalmente difusas y borradas. La primera figura parece un hombre, la segunda una mujer (quizá tenga un niño en brazos, no se llega a apreciar) y la tercera un niño; ésta tiene además una aureola muy clara tallada alrededor de la cabeza. Las tres miran al frente. Entre la primera y la segunda, las hornacinas están separadas por un asomo de columna tallada en la roca también, y en la columna hay como una calavera, aunque los agujeros de boca y ojos se mezclan con otros agujeros que salpican la roca. ¿Será obra inacabada de un jipi aficionado al románico, hace cuarenta años? ¿Será un viejo santuario de cuando había aquí un puerto realmente, si jamás lo hubo (que no creo)? ¿Habrá habido alguna aparición milagrosa en la cueva? ¿Será un sitio sagrado desde tiempo inmemorial, reconvertido al cristianismo? Quizá lleven allí siglo tras siglo, cada vez más borrosas y olvidadas, muerta hace cientos de años la última vieja que puso allí un cirio. Puedes imaginar lo que quieras, mirándoles la cara erosionada a las figuras y oyendo romper las olas en esta costa sin gente.

 

La Gloriosa y los ríos sagrados

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El vídeo tiene su argumento, incluso, porque al final descubrimos quién estaba al lado del bichito... ¡su propio rabo!

(No es un eslizón ni una sirena, sino una anfisbena un tanto atípica, Bipes Biporus, Vía Paleofreak).

 

The Rape of the Beasts

Una adivinanza

Te lo doy, pero no lo tienes
Porque antes de tenerlo
Me lo tienes que devolver,
Y entonces te lo doy otra vez
Diciéndote que ya lo tenías
Y que lo sigues teniendo
Aunque me lo hayas devuelto.

Y no es hablar por hablar:
Pues ya lo tienes (o quizá no lo tienes)
Desde que me escuchas.

La pesca milagrosa

Salgo con la cesta a Galerías Primero, y voy a comprar pescado... Me llaman la atención las etiquetas, con información exhaustiva del producto, especie, modo de extracción, importación o no, origen... Sobre todo el origen. Compro unas truchas que provienen de Arabia Saudí, no sé si de sus piscifactorías en el desierto o de sus torrentes de montaña. También me llaman la atención otros productos:
Mejillones... también de Arabia Saudí. Bueno, mar sí que tienen.
Calamares de Bulgaria
Sardinas de Austria
Ya, y atunes de Andorra, seguro.
Decididamente, estamos globalizados. Los peces desde luego lo están, ya no saben ni de dónde vienen. Cómo se lo pasa el que pone las etiquetas...