

Event Date: 3 June 2013
Room 22/26
Senate House
University of London
London WC1E 7HU
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En esta charla, "Thinking Fast and Slow" (min. 20) Daniel Kahneman habla de la manera en que la característica de una buena interpretación (lo que entendemos por una buena interpretación) es su coherencia. Lo mismo podríamos decir de una buena historia—o de una buena persona. Ahora bien, hay una cierta contraposición entre los principios de coherencia y de complejidad, o de coherencia y verdad. Una interpretación satisfactoriamente coherente se aísla en sí misma y crea una realidad virtual con su propia coherencia. Una narración satisfactoria también tiene esa coherencia un tanto ilusoria redondeada por la clausura y la inevitabilidad del ilusionismo retrospectivo.
Naturalmente hay también una tensión entre simplicidad y satisfacción—una historia demasiado simple no nos satisface, tiene a la vez que crear una coherencia entre elementos discordantes e inconexos. Y así se crea una dialéctica compleja, y muy situacional, entre la coherencia de una representación, su relación con la realidad, su complejidad y la satisfacción que produce.
Con las representaciones y autorrepresentaciones de las personas sucede algo parecido. Demasiada coherencia lleva al simplismo y al estereotipo. Demasiada complejidad confunde y desagrada. Y el público es infinitamente diverso (incluido el propio autointérprete)—con lo cual no hay distancia de enfoque adecuada para toda persona y circunstancia.
Eso nos inspira una estética del oportunismo bastante liberadora. De todos modos, como decía el Rey Actor en Hamlet, nuestras palabras son nuestras, pero no nos pertenece a dónde van a parar ni sus efectos.
Interview with Robert Wright, author of The Moral Animal: Why We Are the Way We Are.: The New Science of Evolutionary Psychology. Interview by Brian Lamb. Aired in Booknotes 8 Jan. 1995. Online:


De paseo por la playa pensaba en la interacción de todas las cosas, no sólo por sus efectos en mis pensamientos, sino también entre sí. Esta playa está aquí por la forma de la costa y las corrientes, y el efecto de los vientos. Esta roca hace que detrás se acumule la arena de tal manera, y que la roca de enfrente se erosione precisamente de esta forma y no de otra, al rebotar las olas en la primera. Todo el universo es un vasto sistema de interacciones que sólo se pueden describir con modelos abstractos, pues cada fenómeno concreto tiene una complejidad inabarcable. Esto es la otra cara de la moneda de lo que Lee Smolin llama la falacia cosmológica, que nos lleva a describir el universo entero con modelos idealizados y abstractos. La complejidad de cada fenómeno individual es inabarcable; cuánto más la del universo y sus interacciones. De allí la necesidad de los modelos, y sus insuficiencias.
Uno de los puntos básicos de libro de Lee Smolin Time Reborn es la necesidad de entender el universo en sus propios términos globales, sin reducirlo a un modelo que lo simplifique indebidamente, ni lo interprete como si fuese la parte de un todo. La ciencia del paradigma newtoniano se basa en la construcción de tales modelos; son adecuados para proporcionar explicaciones aproximadas, y por abstracción, de sistemas parciales de intereacciones—es lo que Smolin llama hacer physics in a box. Pero dan lugar a errores de concepto cuando se pretenden aplicar al universo entero. Aquí explica Smolin lo que llama la falacia cosmológica de la física moderna:
El paradigma newtoniano no puede responder a dos cuestiones clave que pretende incluir Smolin en su nueva física: por qué esas leyes físicas en concreto, y por qué las condiciones iniciales del universo. Eso hace concebir a Smolin un paradigma evolutivo más amplio, que seguramente desbordará la noción de un universo delimitado por el Big Bang, para llevarnos a un universo mucho mayor todavía, en el que las leyes físicas evolucionan con el tiempo. También llevará a una mayor conciencia de las limitaciones de los modelos científicos, basados en la abstracción de todo el complejo de interacciones físicas externas al fenómeno estudiado. Señala Smolin un gran dilema en el corazón mismo del concepto de lo que es una ley física en el paradigma newtoniano:
El paradigma newtoniano, y su perfeccionamiento en la física cuántica y la teoría unificada, eliminaban el tiempo del universo. Pero eso era consecuencia de aplicar un modelo válido a pequeña escala, para dar cuenta de todo el universo—un paso que da lugar a paradojas. La teoría propuesta por Smolin llevará a una revalorización del papel del tiempo y de la evolución, más allá de la física basada en modelos abstractos. No es sorprendente, para Smolin, que hayan proliferado las teorías sobre multiversos en la física actual, visto que todas nuestras teorías físicas son aplicables sólo a una parte de un sistema mucho mayor. (105).
Pero su propia teoría resulta en otra variedad de multiverso, una sucesión de universos con leyes físicas que evolucionan a través del tiempo, en una radicalización del concepto de evolución que alcanza esta vez a las leyes físicas. No abandonamos por tanto la paradoja de cómo el universo es a la vez uno y muchos, sucesivos o simultáneos, superpuestos o relativos al instrumento de la descripción. Toda la ciencia está siempre implicada en esta interrogación, y siempre existe el peligro de que se crea absoluta y extienda sus principios más allá del ámbito en el que son válidos. Hay una falacia muy tentadora en la idea misma de ciencia. Es una falacia, más amplia que la cosmológica, que podríamos llamar la falacia analógica, o reductiva—reducir la complejidad de lo que hay a una identidad o a un único principio explicativo. Es difícil escapar a ella, pues somos seres simbólicos, por definición buscadores de analogías y creadores de modelos y metáforas.
Jacques Derrida, en su gramatología, criticaba lo que denominaba diversamente la ilusión de transparencia, o de no mediación, o el logocentrismo: consistentes en ignorar la materialidad de los signos, la entidad propia del signo, y confundir lo significado con el signo mismo. Un caso ilustrativo podría ser el de la idolatría, que confunde a la divinidad con su representación, y adora a las imágenes tomándolas por dioses. A ésta se contrapone otra falacia correlativa, la falacia iconoclasta, que destruye o prohíbe las imágenes sea por considerarlas inherentemente sacrílegas, sea por temor a que conduzcan a la idolatría.
Emparentada con éstas podemos ver a la falacia que señala Smolin, la falacia que confunde el mapa con el territorio, o en el terreno de la ciencia, el modelo con el fenómeno modelado. La falacia modélica podríamos llamarla, quizá, en un doble sentido—por los errores a que puede llevar sobre la naturaleza de los modelos, y también porque es un caso modélico de las falacias a que nos lleva la simbolización de la realidad.
La falacia cosmológica y la falacia modélica en Ibercampus.
Entrevista sobre el libro de Thomas Wheatland,
De New Books in Critical Theory:
The story Tom tells casts the Frankfurt School in a new (and more correct) light. For one thing, Horkheimer, Adorno, and the rest really were hard-core empirical social scientists in the beginning, not “Critical Theorists” as we understand the term. They counted, measured, conducted surveys and did everything a positivist sociologist or economist would do. But, of course, that was not how they became idols of the New Left and the founders of “Critical Theory.” (Now that I think about it, almost no one ever achieves fame by doing empirical social science. See “Malcolm Gladwell” for more.) No, they–or rather Fromm, Marcuse and Habermas–got famous by telling young Americans that they were “repressed,” “alienated,” and “downtrodden” at exactly the moment they wanted to hear it, that is, the 1960s. You see, the “old” Marxism was dead; this was the “new and improved” version. In other words, they were in the right Critical-Theoretical place and at the right Critical-Theoretical time.
And melancholia as acting-out. Two ritualized relationships to traumatic memories. An interesting article by Dominick LaCapra on "Trauma, Absence and Loss." Ponder on these passages. For my collection of annotations on retrospection—mourning as retroactive repair work on a traumatic past.

I would also distinguish in nonbinary terms between two additional interacting processes: acting-out and working-through, which are interrelated modes of responding to loss o historical trauma. As I have intimated, if the concepts of acting-out and working-through are to be applied to absence, it would have to be in a special sense. I have argued elsewhere that mourning might be seen as a form of working-through, and melancholia as a form of acting-out. (Note 30: See my Representing the Holocaust and History and Memory after Auschwitz). Freud compared and contrasted melancholia with mourning. He saw melancholia as characteristic of an arrested process in which the depressed, self-berating, and traumatized self, locked in compulsive repetition, is possessed by the past, faces a future of impasses, and remains narcissistically identified with the lost object. Mourning brings the possibility of engaging trauma and achieving a reinvestment in, or recathexis of, life that allows one to begin again. In line with Freud's concepts, one might further suggest that mourning be seen not simply as individual or quasi-transcendental grieving but as a homeopathic socialization or ritualization of the repetition compulsion that attempts to turn it against the death drive and to counteract compulsiveness—especially the compulsive repetition of traumatic scenes of violence—by re-petitioning in ways that allow for a measure of critical distance, change, resumption of social life, ethical responsibility, and renewasl. Through memory-work, especially the socially engaged memory-work involved in working-through, one is able to distinguish between past and present and to recognize something has having happened to one (or one's people) back then that is related to, but not identical with, here and now. Moreover, through mourning and the at least symbolic provision of a proper burial, one attempts to assist in restoring to victims the dignity denied them by their victimizers. (713)
When mourning turns to absence and absence is conflated with loss, then mourning becomes impossible, endless, quasi-transcendental grieving, scarcely distinguishable (if at all) from interminable melancholy. (716)
In acting-out, the past is performatively regenerated or relived as if it were fully present rather than represented in memory and inscription, and it hauntingly returns as the repressed. Mourning involves a different inflection of performativity: a relation to the past that involves a different inflection of performativity: a relation to the past that involves recognizing its difference from the present—simultaneously remembering and taking leave of or actively forgetting it, thereby allowing for critical judgment and a reinvestment in life, notably social and civic life with its demands, responsibilities, and norms requiring respectful recognition and consideration for others. By contrast, to the extent someone is possessed by the past and acting out a repetition compulsion, he or she may be incapable of ethically responsible behavior. (716)
The possibility of even limited working-through may seem foreclosed in modern societies precisely because of the relative dearth of effective rites of passage, including rituals or, more generally, effective social processes such as mourning. But this historical deficit should neither be directly imputed as a failing to individuals who find themselves unable to mourn nor generalized, absolutized, or conflated with absence, as occurs in the universalistic notion of a necessary constitutive loss or lack or an indiscriminate conflation of all history with trauma. (721)
A critique of the conflation of structural and historical traumas. And of the mythical projection of absence into a narrative of loss: When structural trauma is reduced to, or figuredas, an event, one has the genesis of myth wherein trauma is enacted in a story or narrative from which later traumas seem to derive (as in Freud's primal crime or in the case of original sin attendant unpon the fall of Eden). (725). The critical attitude will differentiate absence and loss, and the historical and structural elements in trauma.
(Importance of empathy): But empathy that resists full identification with, and appropriation of, the experience of the other would depend both on one's own potential for traumatization (related to absence and structural trauma) and on one's recognition that another's loss is not identical to one's own loss. (723)
Freud's conception of nachträglichkeit:
At least in Freud's widely shared view, the trauma as experience is "in" the repetition of an early event in a later event—an early event for which one was not prepared to feel anxiety and a later event that somehow recalls the early one and triggers a traumatic response. The belated temporality of trauma and the elusive nature of the shattering experience related to it render the distinction between structural and historical trauma problematic but do not make it irrelevant. (725)
En el juego hay que implicarse, y si no se consigue, no se juega bien ni a gusto. Algo al respecto decía Huizinga en Homo ludens—la experiencia auténtica del juego, la inmersión en ese ámbito aparte de lo no-serio, ese paréntesis en la realidad, implica paradójicamente tomarse el juego en serio, atenerse a sus reglas, y olvidarse momentáneamente de lo que rodea al espacio de juego y a los jugadores. Sigue en esto el juego la lógica de la teoría de los marcos; el espacio virtual inserto en un espacio conceptual mayor funciona según sus propias normas, y es capaz de concentrar toda la atención de los sujetos, sujetos al juego, y malos jugadores si desbaratan las barreras invisibles que lo aíslan de la realidad circundante, ese otro juego.
Algo parecido sugiere Gadamer en su ensayo "Hombre y lenguaje" de 1965. Cito un párrafo sobre diálogo y juego:
Lo que se aplica a esa invaginación que es el juego se aplica a la vida en su conjunto. Tampoco sabe vivir, tendemos a creer, el que no se toma la vida en serio, a pesar de sus arbitrariedades e insustancialidades. Es una idea que a veces me gusta aplicar al fútbol—la teoría del fútbol como sustancia de la vida. Parece que de algún modo pide una esfera este tipo de razonamientos globales, que implican a toda la realidad, como el Ser de Parménides. El fútbol es, de por sí, y más dado su uso desproporcionado en España, una actividad irrelevante y estúpida, escandalosamente arbitraria. Su único mérito para atraer la atención (más que el balonmano pongamos, o que el water-polo) reposa en un razonamiento circular o esférico—atrae la atención de uno porque atrae la atención de otros. Es una esfera de (ir)realidad autosustentada, o sustentada colectivamente en una especie de autohipnosis de masas. Es difícil de creer que, visto el extremo hasta el que juega con la irrelevancia más indignante, extendiéndose por las ondas de radio y televisión durante horas y horas hasta la extenuación, analizando vapores informativos con una insustancialidad que deja chiquitas a las especulaciones de la escolástica y sus doctores angélicos, y absorbiendo injustificadamente la atención de todo dios—digo que visto el punto hasta el cual el fútbol provoca nuestro sentido de las prioridades, haciendo ostentación de gratuidad y desproporción... parece mentira que no lleve a la gente a reflexión sobre la naturaleza de la realidad.
Pero en cierto modo lo hace. Es de hecho, creo, una reflexión inconsciente o vivida in actu, una teatralización de lo que tenemos delante y que todos sabemos pero sin embargo pocos reconocen en público (como sucede con otras verdades evidentes, como que Dios es una ficción, o que los muertos han muerto para siempre). El fútbol, como juego por excelencia, es a la vez una exhibición de la gratuidad del juego, y una demostración de que esa gratuidad ha de perderse de vista para quienes se implican en él. En eso es como la vida, y si la gente se lo toma tan en serio es por aferrarse de alguna manera con seriedad a la vida. Que de por sí tiene menos agarraderos que una esfera engrasada.
Yo tengo algo de aguafiestas, y siento una atracción (resistible) hacia las rupturas de marco. Me gusta ver los juegos como juegos, y poner de manifiesto sus arbitrariedades y sus adhesiones irracionales. Quizá sea por esa satisfacción del diálogo con uno mismo a la que alude Gadamer. Es un tanto peligroso esto de señalar a las convenciones del juego, o apartarse de ellas, en lo que se refiere al juego de la vida—pero puede verse también en eso una especie de juego, un juego con el juego. Después de todo, todo juego es un juego conceptual a un determinado nivel. Y toda regla social está ahí (nos dice Goffman en Behavior in Public Places) no para seguirla automáticamente, sino para tenerla en cuenta a la hora de actuar y de mover pieza. En el tablero de negras noches y de blancos días.