Blogia
Vanity Fea

Historia

Preston matizando

jueves 21 de abril de 2011

Preston matizando

Oía por la radio una entrevista a Paul Preston, a cuenta de su nuevo libro sobre "El holocausto español". Preston sigue básicamente en las posiciones de siempre, de la historiografía "oficial" izquierdista, aunque algunos puntos sobre la guerra española sí va matizando. Por ejemplo, da más peso a la voluntad de exterminio organizado que ya no sólo se da para él en el bando sublevado/franquista, sino también en los anarquistas, dice—aunque luego también reconoce que fueron los comunistas los que organizaron la matanza de Paracuellos, incluido Carrillo. Así pues, comunistas y anarquistas también eran exterminadores, auque sigue Preston insistiendo que esto no eran las máximas autoridades republicanas, Azaña etc., que esos no tuvieron voluntad de hacer matanzas generalizadas. Admite (aunque no es noticia para otros historiadores) que la República tenía enemigos tan enconados en las propias filas republicanas—los anarquistas que querían destruirla (de los comunistas aún guarda silencio, quizá todavía piense que eran republicanos de corazón....). Pone más énfasis en las órdenes de Moscú y los comisarios soviéticos... vamos, que cualquiera diría que se ha leído a Pío Moa tras mucho pensárselo. En suma, que las líneas generales del dibujo de la guerra se mantienen, pero queda la cosa un poquito más desdibujada y la República menos idealizada y menos democrática que en las obras anteriores de Preston. También entre los casos concretos de los que habla incluye "curas heroicos que arriesgaron la vida por salvar a sus feligreses"—cosa que hubiera sido inaudita en el panorama pintado antes por Preston, donde los curas eran sólo los aliados del régimen, los chivatos y los sepulcros blanqueados. Ahora reconoce también que había un plan sistemático de exterminio del clero por parte de los elementos anarquistas. Como digo, a los comunistas aún los tiene un tanto reservados de estas críticas, aunque por lo que parece está Preston en pleno revisionismo, dentro de un orden. A Carrillo también lo implica plenamente en la matanza de Paracuellos, aunque insiste en que no fue (claro) el único responsable ni el máximo, sino un elemento más de la oficina de exterminio; también insiste en el contexto de temor y de opresión del Madrid de la época para explicar la matanza... y dice que a su manera Carrillo sí que ha admitido por aquí y por allá su parte de implicación (bien disimulada, por cierto). Me parece que no ha debido Carrillo explicarse bien entonces, porque si no no se entiende que lo hayan hecho doctor honoris causa de la Complutense, a un responsable del Holocausto, sería como ponerle medallas a Goebbels en Alemania... Claro que el rector de ahora, que es su hijo, tampoco le retirará el doctorado honoris causa a Carrillo, por mucho que Preston matice, ni lo dejará de invitar Gemma Nierga a las tertulias de la SER, para algunas cosas ha habido y seguirá habiendo muy buen rollito, y los holocaustos, pues oiga, depende de quién los haga...

Cuánto cuento el Veintitrés Efe


23F

Treinta años después nos siguen vendiendo la versión oficial del Golpe, recalentada y lista para el consumo de nuevas generaciones. En Radio Nacional, claro, y en la SER, faltaría más... pero hasta Carlos Herrera nos recuerda (por si nos fallaba la memoria) que el golpe lo paró el Rey —oye, un dato que se ha dicho poco al parecer.

Pues hala, a celebrar. Aquí hay más lectura y auditura al respecto.

"Narratología del 23-F."
   
"Ills Like White Elephants."  
   
"23-F, la verdad."

"Vislumbrando más sobre el 23-F."

"El discurso del Rey."

"La versión extraoficial del 23-F."





Especial 30 años del 23-F

PS- Oigo por Radio Nacional que hace diez años uno de cada tres españoles decía tener algún recuerdo claro del 23-F veinte años después. Y que, sorprendentemente, ahora es uno de cada DOS españoles el que dice tener algún recuerdo claro de ese día. Sobre este tema del efecto de los acontecimientos colectivos en la memoria escribí ya algo en "Narratología del 23-F." Está claro que el coro social de recuerdos ayuda a mantener los recuerdos individuales, a reavivarlos, o a inventarlos en caso necesario donde no los había. En la radio interpretaban esto como el efecto de una decisión colectiva de los españoles de recordar esta fecha, como un acontecimiento simbólico.

Yo distinguiría dos ingredientes en este tema del recuerdo del 23-F. Uno, la mitificación de los acontecimientos y la creación de un símbolo con abundantes ingredientes ficcionales: el Rey ganándose la corona con sus propias fuerzas, los españoles rechazando el franquismo, enviando a la cárcel a los franquistas, haciendo suya la Democracia, etc. El relato oficial del 23-F, en suma, que es el que (en tanto que públicamente aceptado) genera una verdad colectiva a la que la gente viene a sumarse. El "yo estaba allí", "yo me acuerdo", viene a ser una participación simbólica del ciudadano en esta construcción colectiva de la identidad nacional, y sería el lado digamos "positivo" (a pesar de las muchas medias verdades o silencios interesados) que tendría esta persistencia del 23-F.

El lado negativo es, claro, el de las mentiras, secetos, cintas ocultas, medias verdades y malas memorias. Sería el lado por el cual el 23-F no es una fiesta de la democracia (escenificada por el lenguaraz Bono), recordada con gusto, sino un acontecimiento traumático—no sólo en lo que fue, sino en lo que ha continuado siendo por los engaños acumulados en su derredor. Un trauma mal curado, un return of the repressed, que viene y viene otra vez, junto con la fiesta, alimentado cada vez que sale a la luz un secretillo más, o se pilla una contradicción más en la versión oficial. Los secretos mal guardados y los traumas persistentes son también un generador de memoria colectiva.

Así que los dos aspectos—el trauma de la manipulación política, y la fiesta de la democracia, van entremezclados en la memoria colectiva del 23-F.
Lectura lacaniana del 11-M

Vislumbrando más sobre el 23-F

martes 7 de diciembre de 2010


Vislumbrando más sobre el 23-F


Aunque poco más se vislumbra que no haya sido contado en libros como 23-F, la verdad, de Francisco Medina, sobre el que hablamos aquí anteriormente. Ahora, para celebrar los 35 años de la monarquía, y pronto los 30 años del intento de golpe del 23-F, aparece el libro El 23-F: El secreto del Rey, de Jesús Palacios, autor antes de El golpe del CESIDAquí hay un resumen del libro, y aquí una entrevista muy reveladora con el autor.

Resumamos algunos hechos que parecen desprenderse de este relato:
por qué no te callas
El 23-F era un autogolpe del sistema, donde estaban pringados desde el Rey hasta el PSOE. El golpe del General Armada estaba planeado por los servicios secretos españoles, orquestado por el CESID bajo Jesús Cortina, pero no con desconocimiento sino con implicación del Rey y de las principales fuerzas políticas. La intención era apartar a Suárez del poder, por el desgobierno de la UCD. Se pensaba disolver el Parlamento y hacer un gobierno de concentración presidido por Armada, y en el que estaría Felipe González y miembros de las principales fuerzas políticas, excepto los nacionalistas.

La versión que se ha vendido a España masivamente todos estos años es falsa. Según esta versión oficial, se habría tratado de una trama de militares franquistas sediciosos, con el decimonónico Tejero al frente y un maquiavélico Armada detrás— y el Rey, con su autoridad, detiene esa trama de la que nada sabía, y se erige en defensor de la Democracia, y se gana la corona por sus obras.

Esta versión es una cortina de humo, patraña política o engañabobos, encaminada a disimular la implicación del Rey en esa "operación de Gaulle" que hubiera puesto a Armada al frente del gobierno. Y la implicación del PSOE en el golpe fue crucial–y la de otras fuerzas políticas. Se aprovechó la actuación descontrolada de Tejero para disimular el conjunto de la operación, y cargarle a él el muerto. Bueno, a él y a Armada—y a Miláns del Bosch, y a los demás militares que se pusieron en evidencia—cuando al correrse una Cortina sobre la operación, Armada y ellos quedan en evidencia, como si fuesen ellos sólos los golpistas e inventores de la trama. Armada, lejos de ser un traidor intrigante, fue siempre fiel al rey, y se fue a la cárcel sin abrir la boca para defenderse. Claro que pronto le acabaría llegando un discreto indulto... de mano del PSOE.

"A mí dádmelo hecho"—decía el rey del golpe en ciernes. Y cuando salió mal retratado el golpe en televisión, también le dieron hecha la reconducción del golpe, la "salvación del país" (también a través de la tele), y la versión oficial de los hechos para consumo público.

Como siempre, los mandamases utilizan vergonzosamente a sus subordinados, para salvar ellos su imagen. Siempre hay un cabeza de turco a quien cargarle las actuaciones inconvenientes. Y en esta vergonzosa actuación concurren el Rey, el PSOE, y muchos más.  Y hale, a ir de salvadores de la democracia. Y el país, a ver humo —que es el espectáculo que siempre le preparan sus gobernantes.

Narratología del 23-F
 



¿Tierra y libertad?

Viendo la exposición Tierra y libertad: Cien años de anarquismo en España, en el Palacio de Sástago. Todo un viaje a los años veinte y treinta, y a sus raíces decimonónicas, con abundancia de periódicos de la época, ejemplos de informes policiales, grabaciones propagandísticas, carteles, pistolas de la época, bombas modelo Mortadelo y Filemón, y otros materiales relacionados. Muy catalán era el movimiento anarquista (aunque no catalanista), pero también muy zaragozano, pues había muchos miles de afiliados a la CNT y hubo aquí mucho activismo, y también revueltas y atentados.

Se ve bien la exposición, y es informativa, aunque las exposiciones siempre son superficiales, claro—ésta llevará sin embargo un libro de acompañamiento, y un disco con canciones anarquistas. Me esperaba algo más hagiográfico-nostálgico, en la línea de la llamada "recuperación de la memoria histórica" que a veces es memoria muy selectiva... y algo de eso hay, en efecto, pero el tono elegido es de "neutralidad y equidistancia" entre los movimientos anarquistas y la sociedad burguesa a la que pretendían derribar o aniquilar. Y sí hay cierto sentimentalismo ambiental hacia los años de revolución. Como es un asunto situado a una cierta distancia histórica, es un tono digamos que tiene un pasar como neutro. Es para preguntarse, sin embargo, si es aceptable que una sociedad, por mucho que hayan cambiado los valores, se conciba a sí misma como equidistante entre el orden social que le precedió, y los que pretendían dinamitarlo y con frecuencia lo hicieron.

El anarquismo no se sostiene, evidentemente, como teoría política—ignora los elementos básicos de las sociedades y de la naturaleza humana, y lleva en sí mismo (en la misma imagen de sus líderes, o en los ministros anarquistas de cuando la guerra) el emblema de su contradicción irresoluble. A lo que voy es que una sociedad "burguesa" como la nuestra, pues burgueses son los organizadores de exposiciones, y su público y sus patrocinadores, se coloca en una posición un tanto falsa cuando juega a concebirse como equidistante entre los revolucionarios anarquistas y otro orden social bastante próximo al actual—burgués, capitalista, con estado, ejército, partidos y cárceles para terroristas, y toda la parafernalia. Con los terroristas de la ETA no sería concebible ni aceptable una exposición así, a menos que la organizase Eusko Alkartasuna—y sin embargo los terroristas anarquistas poco tenían que envidiarles a los etarras. O nada. Así, la exposición recrea el asesinato de Canalejas a modo de evento exhibible o espectáculo, o nos presenta la versión digamos "oficial" del mártir laico Ferrer Guardia, en un "juicio sin garantías". Pero el magnicidio de Canalejas (o el atentado en la boda del rey, o el asesinato del arzbispo de Zaragoza) debería ser condenado, no simplemente "observado" o "relatado"—y Ferrer Guardia era tan inocente de las conspiraciones anarquistas como Otegi pueda serlo de las acciones de ETA, o menos. Ya, se me dirá que quizá el conocimiento no tiene posicionamiento político ni ético. Pero yo creía que más bien toda la teoría del conocimiento reciente demuestra lo contrario.nacionalanarquismo

Por suerte sí que hay una valoración ética inherente en la exposición de estos discursos anarquistas: y es la que se desprende de la misma estética y retórica de los propios documentos elaborados por los anarquistas. Que tiran para atrás. La que se exhibe en los carteles —indistinguibles de los falangistas, nazis o fascistas o comunistas, en su estética, era la moda de la época, los musculados activistas impersonales... O la que se oye en los discursos que se ven en los vídeos, su retórica enfática, predicadora e iluminada. En uno, un líder anarquista conmemora a sus compañeros caídos y señala hacia el horizonte de revolución que reivindicará sus esfuerzos... pero en su discurso recalca que el individuo no vale nada—nada. Sólo en la colectividad adquiere un sentido. Un discurso que (como los carteles) está a una con lo que predicaban los nazis, y los comunistas, y los fascistas y nacionalistas extremistas de todo tipo. Como si una suma de ceros individuales pudiese dar otra cosa que no fuese un cero. Este tipo de razonamientos los tenía cachados Nabokov, y los satirizó con inteligencia cruel en novelas como Barra Siniestra, con sus siniestros ekwilistas.  En pocos sitios se ve más claramente esa noción de la ideología en el sentido de Althusser—como un modo de dotar al individuo de identidad social y sujetarlo imaginariamente a una función en la que vaya a ser un peón de fuerzas dominantes. Aquí se le preparaba al individuo para que pensase que no valía nada y que tenía que entregar su vida, lo más rápida y expeditivamente posible en muchos casos. Y si no ya se encargaban ellos, muchas veces: Durruti, como el Che, era ante todo un individuo de gatillo fácil y poco aprecio a la vida, propia o ajena. Más feo, eso sí—y si no por su cazadora de cuero, peor aún que le hubiera ido a su imagen.

Claro que no les faltan fans, ni al Che ni a Durruti. Ahora mismo en Radio Topo comentaban esta exposición los "antisistema", y despotricaban contra el organizador, Julián Casanova, como "el historiador oficial del Régimen" de Zapatero, etc. etc. Poniendo los puntos sobre las íes, decían que no había que hablar de "terrorismo" en el sentido de hoy, y justificaban el asesinato de Dato como un acto "democráticamente acordado" para "permitir el desarrollo del sindicalismo popular"... en fin. Y ponían el énfasis, cómo no, en la "legitimidad" de la violencia como respuesta a la violencia del Sistema, de los patronos y somatenes, etc.

Es cierto que salía el discurso anarquista de una situación de mucha opresión y de mucho sufrimiento, y, naturalmente, su ideal se puede presentar de manera idealista y con tintes positivos. Al igual que el ideal de la Nación Vasca, o del Tercer Reich... Pero queda en entredicho o más que en entredicho el discurso cuando nos fijamos en la llamada a los sacrificios y destrucciones necesarios para alcanzar esa Tierra Prometida... El tiro en la nuca a traición, las bombas en las bodas, y la "colectivización" a punta de gatillo. Una de las curiosidades anarquistas presentadas es un Juego de la Oca diseñado durante la guerra, para animar a la toma de Zaragoza. ("Exija cuatro fichas"). En la meta está la Basílica del Pilar ardiendo, y no cabe duda de que ese era el objetivo o símbolo anhelado por muchos. Allá donde tomaron la iniciativa, los anarquistas se dedicaron a subvertir la ley—la monárquica, o la republicana, la que tocase, y a imponer la suya por la fuerza—y la fuerza les falló. También son reveladores los discursos de supresión del capital, y el dinero... sí, en muchas cooperativas locales aragonesas se dedicaron a quemar el dinero de la República, pero también se exhibían aquí los billetes emitidos por los lumbreras locales después de haber suprimido el billete nacional. En fin—que cuando se habla del interés de los anarquistas por la cultura, muchas veces se obvia especificar a qué cultura nos referimos. Más bien kontrakultura, suele ser. También los batasunos tienen una amplia gama de actividades e intereses culturales, y así quieren que se los conciba. En suma, que a muchos no les quedará clara de la exposición la necedad y efectos perniciosos del discurso anarquista, y más bien se los representa aquí como un fenómeno histórico que pasó, con sus aspectos problemáticos— cuando no como una simiente de liberación y bello sueño que acabó dando su fruto por caminos indirectos...

Los años veinte y treinta eran años de masivos movimientos de masas, gigantescas manifestaciones, desfiles, milicias, uniformes, himnos para aquí y para allá, sueños de remodelación total de todo lo existente, de acabar la historia, de llegar por fin al gran momento de la Gran Limpia, y barrerlo todo, y crear el Hombre Nuevo... Horror, estas nociones apocalípticas de la historia, y ya vemos en lo que acabaron. Es curioso que por entonces no había seguimiento masivo a los equipos de fútbol. Algo de esta energía mal encauzada iba a los toros, pero insuficiente por lo que se ve. Mucha energía buscando vías de expresión, y sobre todo mucha testosterona buscando salida, eso también había. Despúes de las grandes guerras de la primera mitad del siglo, el desarrollo de la televisión y del fútbol se encargarían de reorientar gran parte de estas furias acumuladas, hacia las catarsis de la tarde del domingo. Franco promocionó mucho el fútbol, como garantía de orden social, y lo mismo han hecho quienes le han seguido. Es una plaga, pero el nivel del personal es el que es, y mejor estamos con eso que con los desfiles de Pioneros y de Flechas y Falanges y Grupos de Choque y Voluntarios Viriles. También, para los vocacionales irredentos, están los piquetes de los días de Huelga General.

Es de temer que bastantes de estos anarquistas de Zaragoza estén entre las víctimas de los fusilamientos masivos realizados por el bando fascista a lo largo de la guerra, y en la posguerra. En el cementerio de Torrero puede verse el monumento recién inaugurado, muy bien pensado (aunque habrá que ver cómo aguanta el tiempo). Es una larga espiral de postes con los nombres y datos, cuando se conocen, de los fusilados. Culmina en un bloque rojo tipo constructivista. Los de los fusilamientos era una cosa bastante sistemática, por lo que se ve, a razón de entre diez y veinte por día en los días de faena, con temporadas bajas y altas. Y en domingo no sé si fusilarían, pero algunos aparecen ejecutados el día de Navidad. Una matanza organizada, mientras la vida en la ciudad seguía para muchos, en la medida de lo posible, como si tal cosa. Era un plan nazi total; aquí tampoco lo sabían, o lo sabían sólo en voz baja, o el asunto había tomado esa dinámica... y donde mandaban los otros, hacían parecido (véase Paracuellos...).

Ojala nos veamos libres para siempre de estas furias guerreras, estas masas airadas y estas dinámicas perniciosas—por mucho que se disfracen de patria, de religión, de justicia, de revolución cultural, o de lo que la testosterona les dé a entender, y los discursos de sus líderes. Que también los tenían los anarquistas, faltaría plus, a dónde iríamos sin líderes.

Muertes paralelas / No se fusila en domingo

El Informe del Párroco y el Pliego de Cargos

Buscando información en archivos sobre mis abuelos expedientados en los primeros tiempos del franquismo, llegué al archivo de la Comisión Depuradora del Magisterio Provincial de Huesca, en el Archivo Histórico, donde figura el expediente de mi abuelo Angel García Benedito, asesinado por los falangistas al principio de la guerra. Desde ahí me han enviado el expediente completo, con informes de alcalde, teniente de alcalde, cura y Guardia Civil; quizá algún día lo publique entero; si a alguien de la familia le interesa le puedo pasar una copia. Nada que no esté a tono con la época en estos informes. Pero llama algo la atención la vileza del informe del cura en concreto, así que para muestra un botón.

______________________________________________

Comisión D) Depuradora del Magisterio Provincial —Huesca—

HOJA INFORMATIVA
(de carácter estrictamente confidencial y secreto).


Maestro nacional D. .....Angel García Benedicto [sic].......
Localidad en la que ejercía su profesión ......Escuer.......
Escuela que regentaba....................
Categoría y número del Escalafón......741......
_________

Persona que suscribe el documento. - Sr. D. ....Agustín Pueyo cura encargado de Escuer.., de ...54.... años de edad, estado.....célibe.....y profesión .....Párroco......, que ocupa el cargo de .....Párroco de la de S. Pedro de Biescas.... en..........
_________

Sr. Presidente de la Comisión D) Depuradora del Magisterio Provincial de HUESCA.

Muy señor mío: En contestación a su atento oficio de fecha....diez y siete de Dibre.... y en cumplimiento de lo que ordena el Decreto número 66 del Gobierno del Estado Español (Boletín Oficial del Estado de 11 Noviembre) para la depuración del personal del Magisterio Nacional, tengo el honor de elevar a V. I. el presente informe, que garantiza su veracidad con mi solemne juramento y firma.

Dios guarde a V. I. muchos años.
.....Escuer....a ...29... de ...Diciembre... de 1936.

(Firmado): Agustín Pueyo
cura encargado de Escuer

¡VIVA ESPAÑA!cura párroco

CUESTIONARIO INFORMATIVO

I. Qué concepto profesional se tiene del interesado.
A) Competencia...Era competente...
B) Celo profesional...Regular...
C) Moralidad...Como ciudadano buena. Como católico mala.
II. Qué clase de enseñanzas ha divulgado entre sus discípulos
....Malas...
III. Qué enseñanzas e ideales ha divulgado de manera pública y privada en el ambiente social de la localidad donde ejercía.
...Las del "frente Popular"...
IV. A qué partidos políticos ha pertenecido o ha simpatizado o ha realizado por él, labor de propaganda.
....A los de izquierda....
V. Qué concepto público y privado se tiene del interesado en esa localidad.
....Entusiasta de las doctrinas izquierdistas....
VI. A qué clase de centros y reuniones asistía con frecuencia.
....Al centro del "frente Popular" que había en Biescas....
 VII. Cuáles eran sus creencias y su conducta religiosa.
....Incrédulo....
VIII. Cuál era su vida familiar o privada.
....Buena....
IX. Si se conoce a qué asociaciones pertenecía.

....Lo ignoro.....
X. A qué diarios y revistas estaba suscrito o leía con frecuencia.
...."Heraldo de Madrid" y otros de izquierda....
XI. Otros detalles, episodios o cualquier clase de noticias que pueden añadirse para completar el informe sobre la conducta profesional, social y particular del interesado.
....Aunque era propietario de la Escuela de Escuer, vivía en Biescas por tener aquí su domicilio su esposa, que es maestra de niñas de una de las Escuelas de Biescas y con tal motivo hacía propaganda de las ideas izquierdistas en los dos pueblos a la vez.
XII. Qué conducta ha seguido o qué se sabe del interesado a partir del Movimiento Nacional Salvador de España.
....La Justicia se encargó de darle su merecido en los primeros días del glorioso movimiento nacional....

Todo lo cual declaro bajo mi juramento, haciéndome de ello responsable con mi firma y autorizándolo con el sello de mi Dependencia.

En ....Escuer.... a ...29... de ....Diciembre.... de 1936.

(Firma y sello de la parroquia de Escuer):

Agustín Pueyo
Cura de S. Pedro de Biescas y encargado de Escuer.

NOTA: Las contestaciones deben ser claras y concretas. En aquellas que no se tenga seguridad, declárese de esa manera.

______________________________________________

Este cura era obviamente enemigo de mi abuelo, quizá público, quizá secreto—y quién sabe si delator suyo. Pero obsérvese sin embargo que a pesar de las ganas que le tenía, lo puede acusar sólo de sus ideas izquierdistas, de militar en algún partido de izquierdas (ni sabe cuál), de leer periódicos, y de hacer propaganda a favor de la izquierda. Hasta le reconoce buena moralidad como ciudadano, y competencia como maestro, y dice que su vida privada y familiar era buena.

Y sin embargo se felicita el cura de su asesinato, y lo juzga como un acto loable y muy merecido, de justicia sin más. O sea, que este célibe personaje hubiera pasado por las armas a millones y millones de españoles, si nos atenemos a ese criterio. Y les predicaba el Evangelio, a los de Biescas. Por cierto, aunque dice el cura que fue "la Justicia" quien le dio su merecido, conviene aclarar que mi abuelo no tuvo ningún juicio, ni militar ni civil ni fingido ni sumarísimo. El capricho asesino de unos matones, eso es lo que llama justicia el infame cura éste, Agustín Pueyo. Pero este tipo de canallas eran los que acabaron imponiendo su ley, y los que estaban como pez en el agua en el nuevo régimen. Muchos espectros dejaron tras de sí—e impusieron sus enseñanzas buenas a generaciones enteras de españolitos. Como para volverse "incrédulo" quien no lo fuese ya.

Aparte de otros testimonios parecidos a éste (con la salvedad de que los demás reconocen a mi abuelo no sólo buena "eficacia" sino también buen "celo profesional"), el expediente concluye con un sorprendente "Pliego de Cargos"dirigido a mi abuelo, es decir, a alguien que sabían perfectamente que había sido asesinado, con fecha de 3 de marzo de 1937. En él, dos chupatintas (Presidente y Secretario, de firmas ilegibles) le requieren que remita su hoja de servicios, y que haga alegaciones en su defensa, con respecto a las acusaciones que contra él se formulan.

Transcribo, sic:

Comisión D) Depuradora del Magisterio Provincial de Huesca
PLIEGO DE CARGOS
Expediente núm. ....335....
Maestro nacional D. Angel García Benedicto [la c de Benedicto aparece tachada]
Localidad ....Escuer....

En expediente que se halla instruyendo esta Comisión en virtud del Decreto núm. 66 del Gobierno de Estado Español (B. O. 11 de Noviembre), aparecen contra V., por informes recibidos, los siguientes cargos:

1º. Pertenecer al Frente Popular, figurando en el partido de Izquirda republicana. Ser propagandisda del cirado Frente entre sus vecinos
2º. Ser socio e inspirador del Centro de izquierda de Biescas, y organizador, también del Frente Popular en dicha localidad, ejerciendo una gran influencia entre sus consocios, a los que con mucha frecuencia arengaba en las tertulias.
3º Ser ateo.


Remita la hoja de servicios legitimada, y reintegre el pliego de descargos y demas documenos que acompañe.

Lo que comunico a V. para que en el plazo improrrogable de diez (10) días, formalice por escrito los descargos y aporte la documentación que crea conveniente a su defensa, lo que entregará a la Presidencia de esta Comisión Depuradora o lo enviará a la misma por correo certificado.

Dios guarde a V. muchos años.

Huesca a 3 de Marzo de 1937.
Vº Bº El SECRETARIO
El presidente (firma)
(firma y sello de la Comisión Depuradora del Magisterio de Huesca)

Sr. D. Angel García Benedicto. —aestro Nacional de Escuelr


Es curioso que uno de los informes aludidos lleva el sello de la República Española—los demás se lo saltan. Plausiblemente, la finalidad de este papeleo en apariencia absurdo no era en absoluto realizar ninguna investigación sobre lo sucedido, sino meramente dar los pasos administrativos necesarios para retirar la pensión de viudedad a mi abuela.

Pero ni en las peores pesadillas burocráticas de Kafka lo hubieran hecho mejor. Sobre todo lo de Dios Guarde a V. muchos años—o la ele tachada en la última palabra, ele de escuela. Es un tachón que me produce el mismo efecto que la la huella del dedo del maestro, en esta otra historia de la guerra y del frente de Biescas. El pueblo de Escuer parece que contenga la palabra "escuela". Y fue el maestro de la escuela de Escuer, mi abuelo, quien organizó la edificación del pueblo donde ahora está, bajándolo del monte (tras otra pesadilla administrativa). Más exactamente, el traslado del pueblo se hizo a instancias del cura de Escuer (no de este párroco de Biescas encargado de Escuer), y del maestro. Trasladar un pueblo también deja huella, claro—el pueblo entero, como huella de algunas de las cosas que allí pasaron.

Recuerda toda esta historia no sólo al grabado de Castelao, La última lección del maestrosino también a la canción de Patxi Andion. Aunque la realidad fue más tremenda que la canción.

Con el alma en una nube
y el cuerpo como un lamento
viene el problema del pueblo
viene el maestro

El cura cree que es ateo
y el alcalde comunista
y el cabo jefe de puesto
piensa que es un anarquista.

Le deben 36 meses
del cacareado aumento
y el piensa que no es tan malo
enseñar toreando un sueldo.

En el casino del pueblo
nunca le dieron asiento
por no andar politiqueando
ni ser portavoz de cuentos.

Las buenas gentes del pueblo
han escrito al Ministerio
y dicen que no esta claro
cómo piensa este maestro.

Dicen que lee con los niños
lo que escribió un tal Machado
que anduvo por estos pagos
antes de ser exiliado.

Les habla de lo innombrable
y de otras cosas peores
les lee libros de versos
y no les pone orejones.

Al explicar cualquier guerra
siempre se muestra remiso
por explicar claramente
quien venció y quién fue vencido.

Nunca fue amigo de fiestas
ni asiste a las reuniones
de las damas postulantes
esposas de los patrones.

Por estas y otras razones
al fin triunfó el buen criterio
y al terminar el invierno
le relevaron del puesto.

Y ahora las buenas gentes
tienen tranquilo el sueño
porque han librado a sus hijos
del peligro de un maestro.

Con el alma en una nube
y el cuerpo como un lamento
se marcha, se marcha el
padre del pueblo—
se marcha el maestro.





Historia de algunos asesinos, gente de orden

España a comienzos del siglo XX

(Notas sobre el capítulo 1 del libro de Antony Beevor La guerra civil española).

A principios del siglo XX, los mandamientos de la constitución de 1876 en lo tocante a representación popular se conculcaban ex profeso. "España no era un país democrático en el sentido actual del término" (16). La miseria de las clases proletarias y el inmobilismo y ventajismo de los grandes propietarios y de la Iglesia creaban un caldo de cultivo de conflictos. Y el sistema político de la Restauración, con sus elecciones amañadas por el caciquismo y su inercia elitista, no tenía instrumentos capaces de efectuar las reformas sociales que pudiesen contener los periódicos estallidos de violencia popular.

La gran crisis y huelga del 13 de agosto de 1917 presagiaba la revuelta de 1934. Y ya participó Franco en la represión de la huelga en Asturias. Beevor condena (implícitamente) la dureza de la represión, pero no dice nada sobre la oportunidad o legalidad de las acciones de los huelguistas. La represión restauró el orden, pero el sistema estaba desfasado, los políticos no sabían cómo pasar "del liberalismo oligárquico a una democracia de masa" (Santos Juliá). En 1919, nuevos conflictos. "Los patronos respondieron a la violencia con la violencia" —se queda uno, claro, con la duda de si a la violencia hay que responder con la sumisión... Pero está claro que el sistema no caminaba hacia una evolución habitable.

En 1923 se produjo el golpe de Primo de Rivera, aceptado por el Rey, y seguidamente por Largo Caballero y la UGT (a pesar de la oposición de Indalecio Prieto). Muchos convergieron en el paraguas de la dictadura: "quizás una de las peores gestiones de la Dictadura la llevó a cabo su ministro de Hacienda, Calvo Sotelo, con la paridad monetaria de la peseta" (25) —con la especulación y la fuga de capitales, la República recibió la peseta al 50% de su valor.

El Pacto de San Sebastián que trajo la República iba apoyado en militares republicanos como Gonzalo Queipo de Llano, Ramón Franco, Ignacio Hidalgo de Cisneros, Fermín Galán o Ángel García Hernández. El comité revolucionario iba presidido por Niceto Alcalá Zamora. Los militares de Jaca se sublevaron el 12 de diciembre de 1930 porque no les llegó un aviso de retraso de la sublevación.

Muchos intelectuales (entre ellos Ortega y Gasset, Marañón, Ramón Perez de Ayala) formaron una agrupación "Al servicio de la República" presidida por Antonio Machado; su toma de postura fue crucial para la llegada de la República. Hay que subrayar que las elecciones del 12 de abril de 1931 eran municipales, en absoluto constituyentes. Beevor arguye que ganaron los republicanos "en las capitales de provincia" y que no se conocen los resultados exactos. No subraya Beevor, sin embargo, el hecho de que la República llegó de modo revolucionario, no mediante una transición legítima, pues las elecciones que ganaron en modo alguno les facultaban legalmente para imponer un nuevo régimen y anular la constitución. Romanones, miembro del gobierno Aznar que había sucedido a Berenguer, intentó pactar con los republicanos pero éstos no se avinieron. Y Sanjurjo, jefe de la guardia civil, declaró que el gobierno no tendría su ayuda para imponer el orden vigente. "A las seis de la mañana del día 14 de abril se proclamó la República en Éibar" (28)—. Beevor apunta la alegría que se extendió por toda España, pero la alegría no hace más legal el hecho de que unos particulares, a resultas de unas elecciones municipales, ordenaron al Rey salir del país—y que el Rey les obedeció, faltando a su deber y a sus funciones constitucionales.

La República llegó pues de modo revolucionario, un movimiento popular apoyado por élites y por el Ejército, y por un derrumbe o renuncia del sistema anterior. Pero supuso una ruptura de legalidad, la primera de muchas que seguirían. En la perspectiva de Beevor, y de muchos historiadores, la gravedad de esta ruptura de la legalidad no aparece, y se pierde entre la alegría de la fiesta.


Guerra civil: El vaivén de la memoria

Recordando, olvidando, retocando la guerra y la paz


A photo on Flickr

 

Otra nota sobre el libro Guerra civil: Mito y Memoria, sobre el que hablaba el otro día ("El pasado retroactivo"). Varios de los autores remiten a la perspectiva de M. Halbwachs en Les Cadres sociaux de la mémoire (1925) y  La mémoire collective (1950). Así, Michael Richards, en "El régimen de Franco y la política de memoria de la guerra civil española" observa cómo los recuerdos de los acontecimientos "son conformados y reformados por los cambiantes contextos e identidades sociales y políticas. La memoria es de por sí un acontecimiento social" (171); "el recuerdo es un proceso altamente intersubjetivo, que es conformado por nuestro cambiante entorno. Se trata de un fenómeno generacional y que es moldeado por la forma en que damos sentido y nos enfrentamos al cambio" (172). "Tal como ha argumentado Alessandra Portelli, la memoria no es simplemente un espejo de lo que ha sucedido, es una de las cosas que sucede" (174).

Richards da unas cifras de víctimas mortales en la guerra civil de unos 350.000 muertos entre 1936 y 1939, tanto en el campo de batalla como debidos a la represión en ambos bandos, y otros 214.000 muertos, o más, en 1940-42 causados por el hambre, la enfermedad y la represión del bando vencedor—remite a Santos Juliá, Víctimas de la Guerra Civil y a J. Díez Nicolás. (173).  El franquismo pasó en su política de memoria "de la invocación sagrada al realismo político". "Dado el carácter excluyente de la memoria pública, es evidente que una parte importante de la memoria de la guerra en España es vivida como una cultura de represión desde el lado de los derrotados. Al esfuerzo repubicano de guerra se le niega la expresión, la representación y la ritualidad pública" (176). En un principio, la guerra era la "Cruzada" o la "Guerra de liberación" y había analogías con la Reconquista y las purificaciones de moros y judíos en el siglo XV (178); la continuidad orgánica de España como nación se asociaba a estas expulsiones (179). Otro mito histórico asociado a la guerra civil era el levantamiento contra Napoleón: el enemigo era algo externo. Aunque el franquismo pasó a potenciar la celebración de la paz, y a promover la denominación de guerra civil como algo que no había de repetirse, el régimen siguió basándose en la hegemonía de los vencedores, y el supuesto monumento a las víctimas de la guerra, el Valle de los Caídos, estaba obviamente sesgado hacia la promoción de los valores del bando vencedor.

Los años sesenta estuvieron marcados por la emigración de los pueblos a las ciudades: y esa emigración supuso una reorientación temporal también. Se deja atrás en cierto modo el pasado, y al ir a la ciudad se orienta la atención al futuro, a salir adelante en la nueva situación. Tras el silencio sobre la guerra que rodeó a los niños que crecieron en los años cuarenta, en los años sesenta y setenta la "amnesia colectiva" se veía como la actitud más aconsejable para remediar los males de España. Desde el poder, aun aceptando la corresponsabilidad en la guerra, se seguía justificando la purga de sangre que ésta supuso, una cuestión que iba asociada al poder franquista como una sensación de pecado original (197).  Según Castilla del Pino, la clave de la actitud del español medio bajo el franquismo estaba en la prudencia, en juzgar con cuidado lo que podía y no podía hacerse—adecuándose a las reglas del juego existentes. Según Richards,

"La prudencia, nacida de una sensación de miedo más o menos consciente y resumida en el lema no hay que meterse en nada, puede argumentarse que es algo distinto del consentimiento, de la misma manera que no es tampoco de forma directa un caso de 'olvido' (...) Una estrategia decidida de 'olvido' presupone que la guerra era de hecho recordada; si la metáfora del 'trauma' tiene alguna utilidad para describir las colectividades sociales, tal vez dichos grupos poseen también una memoria inconsciente." (198)


Una cuestión pendiente es si la transición fue una curación del trauma, o una continuación y síntoma del mismo. Seguramente un poco de todo, visto el debate que hoy sigue suscitando la cuestión de la guerra y de la propia transición como superación del régimen franquista.

franco y juan carlos


 De los demás artículos, me ha interesado especialmente para estas cuestiones el de Paloma Aguilar Fernández, "Presencia y ausencia de la guerra civil y del franquismo en la democracia española. Reflexiones en torno a la articulación y ruptura del 'pacto de silencio'" (245-93). Aludiendo al aluvión de libros sobre El pasado oculto, La memoria incómoda, El silencio roto, La voz dormida, etc., observa que "la denuncia de la supuesta 'amnesia' actual de los españoles en no pocas ocasiones se confunde con la denuncia del indiscutible silencio al que fueron sometidos los vencidos a lo largo de la dictadura" (247).  Sobre el pacto de la Transición, basado en no pasar cuentas sobre el pasado franquista, tiene Aguilar una posición un tanto diferente de la que hoy se va convirtiendo en piedra de toque de la izquierda, especialmente a raíz del asunto Garzón. Se sostiene hoy con frecuencia que la Transición fue una solución cerrada en falso, y que la amnistía al franquismo fue producto de una situación coercitiva, un pacto de silencio auspiciado por los impulsores de la transición, y una estafa a los deseos populares de justicia.  Frente a esto dice Aguilar,

"trataré de demostrar que el anterior acuerdo, mediante el que se evitaba la instrumentalización partidista del pasado, fue ampliamente respaldado por una ciudadanía temerosa de las consecuencias de abrir un debate sobre el mismo y, por lo tanto, no fue sólo fruto de la imposición de unos políticos empeñados en soslayarlo" (248).


—Donde quizá la palabra clave, claro, sea "temerosa".  Ahora que el temor es complejo, y no hay que interpretarlo sólo como temor a involuciones o militaradas. Con eso se mezcla la actitud ambivalente de gran parte de la ciudadanía a su propia implicación con el régimen.  Después de todo, "la complicidad de una parte importante de la sociedad con la dictadura contribuía a explicar su longevidad" (248).

Lo que sí es falso es la ilusión retroactiva potenciada por algunos hoy, de que no hubo reparación alguna a los representantes del bando derrotado:

"Es cierto que no siempre ha habido voluntad política para aprobar medidas compensatorias dirigidas a los vencidos en la guerra, y menos aún a los represaliados durante la dictadura, pero no debe decirse que no han existido en absoluto, pues la voluntad de reparación, con todas sus limitaciones, está presente desde el principio de la democracia" (249).


El supuesto "pacto de silencio" se rompe, según Aguilar, por una conjunción de un cambio estratégico por parte de las elites parlamentarias, con un relevo generacional:

"Aunque (...) las nuevas generaciones se sienten más libres y seguras para indagar, sin traumas, ni culpas, en el pasado, la ruptura del pacto de no instrumentación política de éste no parece haberse debido a presiones ejercidas desde la sociedad civil, sino a una decisión interesada de las elites parlamentarias, provocada por un importante cambio en la correlación de fuerzas políticas" (250)


—a saber, la llegada del PP al poder en los años 90, y el intento desesperado del PSOE por no perder el poder primero, y recuperarlo luego. 

El pacto en cuestión era a la vez tácito, una voluntad de no instrumentalizar políticamente el pasado, y también explícito, encarnado en la Ley de Amnistía de 1977, "mediante el que se impide juzgar las posibles violaciones de derechos cometidas por cualquier parte con anterioridad al periodo de vigencia de la amnistía" (251). Aguilar observa que la amnistía al franquismo tuvo lugar en su momento "sin impacto social alguno" (282) ni rechazo visible; y que no sería razonable condenar el pacto, sino más bien examinarlo con cuidado, pues iba encaminado a establecer reglas del juego y a superar recelos y suspicacias.  Admite que al contrario que la guerra, "la dictadura estaba demasiado cerca como para que fuera posible articular una reflexión serena sobre la misma; además se anticipaba que no se alcanzaría un consenso equivalente en torno a ella. En cualquier caso, el carácter traumático de ambos recuerdos (el de la guerra y el del franquismo) aconsejaba la mayor prudencia" (254). (Recordemos lo dicho sobre la prudencia como la actitud característica bajo el franquismo, según Castilla del Pino...  Quizá haya que pensar que hoy en día persiste la proximidad emocional de la dictadura, a pesar del tiempo, y también la imposibilidad de articular un consenso en torno a ella).

En el análisis de Aguilar hay un lugar para el hindsight bias o falacia retrospectiva que cometemos al juzgar el pasado desde el presente. El pasado aquél hoy sabemos (en parte) a dónde conducía; pero quienes en él vivían tenían ante sí un futuro incierto, no lo que para nosotros ya es pasado (incluyendo la amenaza involucionista del 23-F y su resolución).

"Las personas más críticas  con el modelo de transición español suelen desatender el alto grado de incertidumbre del periodo, así como los peligros de amenaza golpista, proyectando desde un presente sin problemas de estabilidad política la invectiva hacia un pasado que se imagina ausente de limitaciones." (254)


Mucho decir, quizá, lo de un presente sin problemas de estabilidad política, el de la España de hoy. También hay que reconocer que fue una reconciliation under duress, como ha de reconocer Aguilar—no hay que pasar por alto, dice, "los obstáculos entonces existentes para llevar a cabo una política de depuración de responsabilidades bajo la dictadura" (255). Obstáculos a los que, a partir de entonces, hay que sumar la propia aquiescencia a renunciar a depurar responsabilidades expresada en la ley de amnistía del 1977. Ley preconstitucional, por cierto, no está de más recordarlo, si bien la propia constitución apoyó su consenso sobre la misma ley de amnistía... y en el harakiri institucional del propio régimen franquista, otra cuestión que con frecuencia se soslaya con demasiada ligereza.

En todo caso, recuerda Aguilar, es innegable que el ambiente dominante durante la Transición, tanto entre las elites políticas como en la mayoría de la población, era el de una decidida búsqueda de reconciliación, y una orientación al pasado, no buscando ajustes de cuentas con el pasado franquista.

"Cualquier proposición en esa línea era inmediatamente tildada de 'revanchista' por parte de la derecha y de 'inoportuna' por parte de la izquierda. Tan estigmatizados quedaron los pocos que demandaban justicia que, al final, una vez estabilizada la democracia, la izquierda se olvidó de recoger sus soslayadas inquietudes, en parte también porque no existía una demanda social fuerte y visible que presionara en esa dirección." (257).


Es difícil de entender que más allá de pedir responsabilidades, ni siquiera se homenajease debidamente a las víctimas del franquismo, y que en la larga etapa socialista hiciera bien poco en este sentido.  Le dijo Gutiérrez Mellado a Felipe González, antes de llegar a presidente, que no removiera el pasado mientras viviera la generación que protagonizó la guerra civil, pues "debajo del rescoldo sigue habiendo fuego" (259).

Una cosa es el primer franquismo, autoritario, represor mediante la imposición brutal; no lo mismo fue el segundo franquismo, el marco político de tantos años al que se adaptaron los españoles sin una contestación, y que en cierto modo evolucionó dando lugar a la transición sin ruptura. Un problema, esta continuidad de la situación actual con la transición, y de ésta con el franquismo, para quienes abogan una ruptura y deslegitimación total del proceso—pues es el que ha creado la legitimidad actualmente existente.

"La falta de consenso en torno al segundo franquismo explica por qué se ha dedicado tanto espacio al estudio de la represión posbélica, a la autarquía y al exilio, y tan poco a la España de los años sesenta y setenta, que es determinante para entender la transición" (261).


En una serie televisiva como Cuéntame cómo pasó se ofrece

"una aproximación benévola de lo que se llamaría 'franquismo sociológico', del que los padres protagonistas son un buen exponente, mientras no les hagan evolucionar en direcciones insospechadas. Esta serie viene a justificar la pasividad de aquella parte de la sociedad que bastante tenía con sobrevivir y a mostrar que el ciudadano medio no disponía de tiempo ni de energías para emplearlas en litigios políticos" (262)


—y ya desde el franquismo se ha considerado y mantenido como valor político prioritario la paz, "incluso por encima de la justicia, la libertad y la democracia" (263). (Es algo que se vio claramente, quizá, en la actitud mayoritaria de pasividad y aceptación de la negociación con terroristas auspiciada por el gobierno de Zapatero, considerada indigna por sectores amplios pero minoritarios). En suma, tanto durante el franquismo como después, la mayoría de la sociedad prefiere mirar hacia adelante y alcanzar un consenso habitable, antes que afrontar seriamente las responsabilidades por la brutalidad de la guerra y, quizá aún más, por la connivencia mayoritaria con la dictadura.

"Finalmente, el orgullo que sienten los españoles por la forma consensuada en que se hizo la transición y su alta valoración de la moderación y el orden permiten deducir los límites que les gustaría que ser respetasen en la contienda política" (271).


Paralelo a esto fue la caída en el olvido de la figura de Franco y su relativa pérdida de visibilidad pública. Hace poco decía Almodóvar que su manera de luchar contra el franquismo era hacer como que Franco no había existido. Debe haber sido una actitud corriente, al parecer.

El 20 de noviembre de 2002 se aprobó en las Cortes "la condena al pasado franquista y el homenaje a sus víctimas (incluida la obligación por parte de las administraciones públicas de facilitar el acceso a las fosas comunes y de ayudar en la identificación de los restos", pero a la vez se acordó evitar que lo aprobado "sirva para reavivar viejas heridas o remover el rescoldo de la confrontación civil" (Boletín del Congreso, cit. en Aguilar 272). Para Aguilar, este "reciente acto de reprobación de la dictadura ha permitido, en cierta forma, rematar un consenso fundacional que había quedado incompleto debido a la proximidad de la dictadura y a la falta de acuerdo respecto a su valoración" (280). No es preciso subrayar que ese acto no deslegitima la Transición, sino que en sus propios términos la refuerza y culmina.

Vino esta toma de postura ante la dictadura tras un largo período en que no se había tocado el pacto en torno a la no instrumentalización política del franquismo. Para Aguilar, el pacto lo rompió en los años 90 el PSOE, al sentir que iba a perder el gobierno: "Ante esta posibilidad, decidió romper el citado acuerdo político y hacer una campaña desesperada contra el Partido Popular mediante la instrumentalización de su pasado franquista" (283). (Hay que recordar que Julio Anguita condenó públicamente esta campaña). A partir de entonces es moneda corriente el combatir al PP asociándolo a la dictadura (y esto por mucho que personas y dirigentes de ambos partidos vengan con frecuencia tanto de un bando de la guerra civil como del otroy que el PP, claro, se fundase con posterioridad a la transición). Observa Aguilar que el PSOE

"a pesar de haber dispuesto del poder durante catorce años (varios de ellos con amplias mayorías parlamentarias) no impulsó las medidas que luego apoyaría desde la oposición acerca de la condena del pasado y de la rehabilitación de las víctimas" (288).


Hay, como se ve, mucha historia retroactiva en estas actitudes hacia el franquismo.

Concluye Aguilar que el supuesto pacto de silencio "fue un acuerdo de no instrumentalización política del pasado, auspiciado por una sociedad traumatizada por el mismo y deseosa de mirar hacia el futuro" (290), un acuerdo ampliamente aceptado por la sociedad española.  Pero que si bien la ley de amnistía de 1977 impide juzgar crímenes amnistiados, no impide que se hagan investigaciones históricas al respecto:

"aunque no pueda juzgarse penalmente a los torturadores del franquismo, que por causa de la citada ley gozan de una inmunidad total, nada debería impedir que fueran debidamente documentados los delitos en que incurrieron, pues hay muchos testimonios orales que podrían recopilarse al respecto" (292)


—así como todo tipo de historias sobre sistemas de control social, vigilancia, espionaje, etc. (Por no hablar de obtención de puestos políticos y cargos por contactos con el régimen, beneficios económicos por información privilegiada como en el caso de Santillana, etc. etc.).

Está, por último, siempre abierta la posibilidad de que dicha ley se revoque, con una mayoría parlamentaria adecuada. Pero si no hay consenso total en torno a la oportunidad de la ley en su momento, mucho menos lo hay sobre la oportunidad de revocarla hoy, treinta y tantos años después. Si las decisiones sobre el pasado son realizativas, tomar esa opción sería no sólo revelador de un trauma mal superado, sino una profundización en el trauma mismo. Así veo yo la última escaramuza al respecto, el caso Garzón relativo a la investigación de los crímenes del franquismo, en el que las opciones jurídicas tomadas por el juez oscilan entre lo jurídicamente dudoso y lo grotesco. Pero quizá estemos abocados a ver más maniobras en ese sentido, y más rituales simbólicos que a la vez exorcizan el trauma y ahondan en él, síntomas demasiado tardíos de cosas que se creían descartadas. Veremos, quizá, desenterrar el cuerpo de Franco, o quitarle el rango de general a posteriori. Pantanos, en cambio, no creo que vayan a volarse muchos.

La casa de Franco



El pasado retroactivo

domingo 13 de junio de 2010

El pasado retroactivo


Voy leyendo desde hace años, a ritmo lento, libros sobre historia española reciente. El último que ha caído ha sido Guerra Civil: Mito y Memoria, editado por Julio Aróstegui y François Godicheau. Es un volumen bastante iluminador, en general poco sectario ni simplista. Comienza con un artículo interesante de Marie-Claire Lavabre, sobre "Sociología de la memoria y acontecimientos traumáticos", donde se acerca de modo interdisciplinar a la cuestión de la memoria histórica: "la toma en consideración de la ’memoria’, es decir, de las representaciones del acontecimiento y del sentido retroactivo del acontecimiento, constituye, sin duda, un punto de vista epistemológico innovador en historia." (31). Remite a Pierre Nora, para quien la memoria en este sentido es "no el recuerdo, sino la economía general y la administración del pasado en el presente"; dice Lavabre que "la noción de memoria encuentra su sentido en la distinción estratégica entre historia y memoria" (41). Así, a la historia crítica como tal se contraponen "los usos del pasado y de la historia—lo que denomina ’memoria histórica’, entendida esta vez como historia no crítica o aun como ’historia oficial’"—y es ésto más que la ’memoria colectiva’ lo que estudia Nora (41). Es lo que los críticos materialistas culturales llaman apropiación, en este caso del pasado: "Se denominará entonces memoria histórica a los usos del pasado y de la historia, tal como se la apropian grupos sociales, partidos, iglesias, naciones o Estados" (43)—apropiaciones dominantes o domiandas, plurales o selectivas, que establecen con frecuencia analogías entre el presente o el pasado—"de manera que la historia propiamente dicha tenderá, en principio, si no a la unidad, al menos sí a la crítica de las memorias históricas y al establecimiento de diferencias entre el pasado y el presente" (43).  A la vez hay un deber de memoria y un deber de evitar los abusos de la memoria, observa Lavabre. Hace falta una visión crítica sobre los procesos de apropiación de la Historia, incluidos, enfatizaría yo, los de la propia Historia "crítica" u oficial—"porque eso que llamamos la memoria colectiva no es a fin de cuentas otra cosa que un trabajo de homogeneización de las representaciones y de reducción de la diversidad de las interpretaciones del pasado, un trabajo, como todos los trabajos, que necesita tiempo" (54).  Un tiempo, diría yo, que a la vez que construye una verdad histórica compartible, nos aleja de la historia vivida y de los conflictos efectivos vividos en lo que fue el presente, para crear —retroactivamente— una pasado que sirve a los fines de quienes usan la historia.

Julio Aróstegui también escribe un artículo panorámico sobre "Traumas colectivos y memorias generacionales: el caso de la guerra civil"—donde observa que el discurso de la reconciliación entre los españoles que sustentó la transición estuvo caracterizado por un cierto "olvido" de la guerra civil,  que ha ido seguido en los años noventa por un resurgir de la polémica. En los últimos años, "el deber de memoria vino a ser plenamente reivindicado y exigido por los nietos de la guerra" (90). Hay una nueva memoria de la guerra y nuevas interpretaciones, cambiantes y múltiples, de las reparaciones exigibles: "toda nueva sociedad engendra una nueva memoria histórica" (92), y Aróstegui ve favorablemente que "la más incisiva, justa y creadora de esas memorias es la de la generación más joven que es la que verdaderamente recoge el legado de ese trauma colectivo" (92)—aunque parece contradictorio suponer que "la generación más joven" tenga, así en bloque, una visión determinada de las causas de la guerra civil y de la política más adecuada a aplicar al respecto. Se queda uno con la noción de que estamos sobre terreno movedizo, que la memoria y la historia que se hacen, y la política que se promueve, no van a conseguir estabilizar el diagnóstico y la imagen de lo que sucedió en los años 30 y de sus secuelas, incluida la transición española y el momento en que vivimos. Cada opinión al respecto es una intervención que altera el mismo terreno sobre el que se formula. (Más

Lúcido parece al respecto el siguiente artículo, de Pablo Sánchez León: "La objetividad como ortodoxia: los historiadores y el conocimiento de la guerra civil". La imparcialidad histórica parece en este terreno y en este momento, una ficción ideológica, al que no escapan los historiadores, supuestos garantes de la verdad de las cosas:

"la presunción de imparcialidad ha sido el principal recurso que ha permitido a los historiadores de los últimos treinta años aspirar legítimamente a monopolizar el marco intelectual de toda la memoria colectiva sobre la guerra civil española. Mas no por ello hemos de dejar de concebir las afirmaciones gremiales de los historiadores esencialmente como una retórica. La supuesta objetividad ha funcionado como la coartada en el ámbito epistemológico de una sólida ortodoxia merced a la cual los historiadores, aparte de lograr reconocimiento social, contribuyen más a la legitimidad del orden democrático que a proporcionar un conocimiento distanciado e imparcial de un acontecimiento que todavía hoy figura como el más traumático de la historia contemporánea española" (130)


Como Lavabre, remite Sánchez León a una visión crítica que no superponga analógicamente y de modo simplista el presente y el pasado—usando la República y la guerra como modo de confirmar identidades actuales, algo que ha venido haciendo la historiografía de la guerra civil.

"He aquí la gran asignatura pendiente de la historiografía de la guerra civil española: dar el paso de asumir que aquellos españoles que combatieron entre 1936 y 1939 eran demasiado diferentes a lso españoles actuales como para que resulte de recibo conservar una imagen naturalizada de ellos justificada en una común ’españolidad’ o en supuestas analogías formales entre las ideologías dominantes en la España de la Segunda República y las de la monarquía constitucional actual" (135)


Paradójicamente, reclama Sánchez León a la vez un reconocimiento de la imposibilidad de reclamar neutralidad y objetividad... algo que hacía, a su manera desde luego, la historiografía del primer franquismo. Podríamos quizá añadir a esta perspectiva la observación que la historiografía viene ejerciendo esa imposibilidad de neutralidad y objetividad, y que la ejerce mediante la maniobra ilusionista de (precisamente) dar por sentadas su neutralidad y objetividad.

François Godicheau traza la historia de la denominación del conflicto en "Guerra civil, guerra incivil: la pacificación por el nombre." El nombre de "guerra civil" se empezó a usar cuando primó la idea de la reconciliación y superación del conflicto, ya en época franquista: cuando se pasó de glorificar la "Cruzada" a la promoción de la idea del nunca más.  Observa Godicheau, como otros autores del volumen, que para la comprensión adecuada del conflicto hay que evitar el proyectar actitudes actuales (—al menos, diríamos, no hacerlo de modo simplista, suponiendo que no pueda evitarse el hacerlo).

"En general, nadie se pregunta si los actores de la época tenían razones suficientes para actuar ni cuáles eran éstas realmente, porque se considera a priori que esas razones eran malas, insuficientes y moralmente condenables." (160). Habría que orientar la investigación, dice, hacia la historia social, y hacia "la comprensión de la racionalidad propia de los autores, diferente de la nuestra, y no hacia el establecimiento de responsabilidades" (161). Aunque me temo que la tentación es irresistible, una vez sabido el resultado de las decisiones tomadas y de sus consecuencias. Es la ventaja de escribir historia, en lugar de vivir en ella.

Espectros de España por aquí