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Vanity Fea

Recuerdos

La Operación Aguilucho

 I

(Me envía este artículo Miguel Santolaria, que allá por 1970 era maestro mío en Biescas. — ¡Y me acuerdo, por supuesto que me acuerdo!) esqui1

¿Te acuerdas?

Nos dijeron que iba a llegar Mr. Marshall, pero esta vez resultó ser verdad.

El franquismo tuvo cosas malas pero también, a veces, sin saber cómo ni cuando ni porqué, por casualidad, una lotería, llegaban cosas buenas, por ejemplo la Operación Aguilucho.

Hasta donde yo sé nadie en Biescas ni, seguramente, en el Valle de Tena tuvo la idea de popularizar el elitista deporte del esquí y hacer que cientos de chicas y chicos del valle aprendiesen a esquiar sin dejar de ir a la escuela.

No se estilaba entonces lo de abajo a arriba, las cosas llegaban, si llegaban, de arriba a abajo. "Ya dirán los que saben, los que mandan", era la consigna interiorizada plenamente después de treinta y cinco años de paz.

Un día nos dijeron que había que desmontar media escuela y marchar a Panticosa con las alumnas y los alumnos cuyos padres quisieran que aprendiesen a esquiar. Casi nada. Cuántas cosas había que romper para volver a montar. Veamos. Es que las cosas si no se explican no se entienden bien, es difícil captar sus verdaderas dimensiones.

Yo era "propietario definitivo" de un aula de la Escuela Graduada de Biescas. Anteriormente había "tomado posesión" de mi plaza ante el alcalde, "últimos" ecos de la sociedad feudal en pleno siglo XX. Así, tal como suena, propietario definitivo de algo bien tangible en un sitio bien determinado.

Pero, de pronto, cambiaba la ubicación y, además, iba a dar clase durante dos o tres meses a alumnas y alumnos que "eran propiedad", al menos las escuelas lo eran, de otras maestras, en las otras localidades del Valle de Tena.

Angelines, María Antonia y María Dolores quedaban a cargo de los alumnos que permanecieron en Biescas.

Horario diario. Dos horas de clase por la mañana, comida en la cafetería de las pistas, tres horas de clase de esquí y dos horas de clase por la tarde. Más innovaciones inusitadas. Aparte de lo novedoso del horario, yo nunca había comido en una cafetería autoservicio antes.

Mi clase en Biescas incluía una estufa con buena y abundante leña pero que, por inexperiencia y por descuido, nunca tiraba y siempre ahumaba, un martirio. En el albergue de El Pueyo teníamos calefacción central noche y día, un lujo.

Además de dar las clases, en colaboración con el personal del Frente de Juventudes (¿ya era la OJE?), pasábamos a ser responsables de internado durante las 24 horas del día cinco días a la semana (¿ensayo de Escuela Hogar?). Esto supuso haber resuelto previamente nuestras situaciones familiares con el consiguiente sacrificio de nuestros cónyuges. En mi caso, mi mujer se quedó en casa con dos niños bien pequeños, la mayor venía conmigo.

Había que ser valiente o estar muy deseoso de emociones fuertes para afrontar tantas incógnitas de vez. No recuerdo que lo dudásemos. Sobraron voluntarios, el segundo año subió Angelines, creo que durante un mes, y yo me quedé en Biescas.
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Porque había mucha ilusión y formábamos un equipo inmejorable. ¿El secreto?— siempre "un paso por delante" para solucionar las cosas inmediatas, luego se planteaba el problema y se buscaban soluciones. No recuerdo un solo momento de tensión entre los componentes del equipo y soy muy objetivo al escribirlo. Todo fue compartir trabajo, ilusión y alegría.

No quiero nombrar a nadie porque seguro que me olvido de alguien.

El chófer del autobús siempre sonriente, el matrimonio que cuidaba el albergue de El Pueyo de Jaca, ella la cocinera, él el mantenimiento, montaba los fuegos de campamento, una vez nos hizo partir de risa con la comedia del violinista manco, las chicas que servían la comida (a una de ellas la volví a ver con mucha alegría y familiaridad como madre de alumnos años después en otra escuela).* Los monitores y las monitoras de esquí, un poco locos pero responsables, la alegría de la juventud.

No recuerdo alumnos o alumnas malas, problemáticos. Las horas de clase pacíficas, buen ambiente de estudio, no nos saltamos ni una.

Si acaso, lo típico de querer prolongar las risas después de apagar las luces, de ir a enredar a las habitaciones de las chicas. Pero hasta para eso tuvimos suerte. Ángel García nunca tenía sueño al principio de la noche así que a él le tocaba ir a apagar los últimos fuegos y yo me despertaba pronto por la mañana así que era el encargado de hacer sonar el tururú. Ángel Lorés era el encargado de las toses y las pesadillas de media noche. Nos levantábamos media hora antes y a las ocho: "Buenos días, chicos y chicas, arriba, perezosos, nos espera un buen desayuno y la nieve. Hace un día que peta"– y luego la música por todo el albergue, el bullicio, las risas en las duchas, un buen desayuno. Un día me dejé uno de los mejores discos (de vinilo, claro) encima del amplificador, entonces los amplificadores llevaban lámparas que desprendían calor, cuando me di cuenta por la tarde, se había combado, parecía el vals de las olas, inservible, qué disgusto.

Por cierto que la falta de sueño de Ángel García a primeras horas de la noche nos causó al principio un pequeño problema. Ya en la cama los tres (los dos Ángeles y yo, había alguien más— ¿Antonio, el chófer del autobús?) empezaba Ángel García a hablarnos y a comentar cosas interesantes. Es el hombre del que he aprendido más cosas interesantes transmitidas oralmente. Aún "empleo" algunas de ellas en mis conversaciones, con la consiguiente referencia a él. Un gran conversador sí, pero no a las 12 de la noche, ya era tarde, estábamos cansados y a la mañana siguiente (siete horas escasas de sueño) había que formar y eso sin contar que podría haber alguna interrupción del sueño por algún crío que se pusiese malo. Y él sin parar de hablar y ya, al final, le contestabas con monosílabos entre sueños.

Bueno, ¿qué hacemos? No se enteró entonces y seguramente se va a enterar ahora, cuando lo lea. Pactamos hacernos los dormidos. Cuando volvía de la ronda se echaba, empezaba a hablar, la luz apagada, la luna en la ventana abierta, el murmullo del Sorrosal. Siempre, repito, hablaba de algún tema interesante. Ante nuestro silencio, de vez en cuando lanzaba una sonda. "¿No te parece?". "¿Verdad que sí?" No le contestábamos. "¡No te joiba! ¡Ya se han dormido estos tíos!" Alguna vez tuve que esconder la cabeza debajo de las mantas para que no me traicionase la risa.

Buen tiempo siempre en Panticosa y en el Pueyo. Cuando aún oigo los partes de nieve, Formigal cerrado por ventisca, Panticosa, abierto, me acuerdo de que siempre vivíamos en un remanso de buen tiempo, cálido sol de invierno hasta esconderse por Partacuá. Llegabas a Biescas, ya por Santa Elena los árboles cimbreándose por el viento y en la plaza los padres, madres y abuelos esperando a los críos en los porches escasamente alumbrados por una sola bombilla, bien pretos bien abrigados a retiro de la airera y habíamos cogido el autobús en el albergue en mangas de camisa. Un milagro.

Gabi y Ángel Lorés, tan acostumbrados a tratar a preadolescentes en los ambientes no académicos de albergues y campamentos, con alegría, con sabiduría, con amor, trabajadores de base. Gabi, la madre buena de tantas niñas, era la única mujer del equipo, la majencia personificada. Ángel, nobleza, saber ser y estar, sus alegres referencias a la burra del amparo**, su fortaleza física de curtido montañero.
Y la casa, el albergue, la tarima resonante, la amplitud de la escalera y los pasillos bajo el tejado de pizarra, el piano prohibido, la tasca verde del jardín de los juegos.*** Un nido, un cado caliente donde refugiarnos y respirar a ritmo de marcha y vivir y aprender todos unos de otros.

Pocos accidentes. Apenas recuerdo algún alumno que "ya no viene porque se rompió la pierna" Eso sí que fue (estadísticamente) milagroso. Los mayores, te caías un poco de medio lado y ya tenías el hombro dolorido para muchos días.

Desde lejos oías bajar a la jauría a toda marcha persiguiendo al monitor o la monitora,****— los críos chillando, riendo, gozando, hablando de sus cosas, de sus rolletes que diríamos ahora, mientras se desplazaban a cuarenta o cincuenta por hora por una pendiente del treinta por ciento, bandada de truchetas en un recial. Te parabas y te apartabas un poco. De pronto uno que caía rodando estorrozándose cincuenta metros. "¡S'ha matao!—¡S'ha matao!"

"¡Esperarme!", se levantaba, se quitaba la nieve de la cara, se recolocaba las gafas. "¡Esperarme!" pretando a esquiar otra vez cara abajo para pillar al grupo. Una gozada de milagro.

Y el herpes labial. Eso sí que fue una plaga. Las chicas a pintarse los labios con cacao para estar más guapas y se pasaban el herpes de una a otra con la barra. Hasta que descubrimos la causa.

Seguramente hubo un planteamiento utilitarista en las lejanas mentes pensantes que concibieron y plantearon la Operación Aguilucho. El incipiente desarrollo de las estaciones de esquí hacía necesario que los habitantes del valle, especialmente los jóvenes, supiesen esquiar. También en este aspecto el cambio fue revolucionario. Hasta poco antes los pueblos del valle quedaban aislados durante semanas varias veces cada invierno. Donde no había panadería y el pan lo subía el panadero, siempre tenían que tener retén por si acaso. Cuando escampaba y se aseguraba el orache, los hombres de Sallent, supongo que los de los demás pueblos también, tenían que salir de vecinal a limpiar la carretera hasta Escarrilla para romper el aislamiento, lo que les costaba una buena semana—para volver a empezar con la siguiente nevada fuerte. Bueno, tampoco tenían (casi) otra cosa que hacer.

Una vecina de Sallent no se lo creía. "Dicen que si ponen lo del esquí en Formigal limpiarán la carretera cuando nieve y ya no nos quedaremos aislados". Hice un gran esfuerzo de imaginación y aventuré que si iban a invertir tanto dinero como decían era lógico que tuviesen limpia la carretera. Luego esa misma mujer transformó con mucho éxito su cuadra de las vacas en un restaurante y amplió la casa para hacer un hotel.

Es que lo del esquí nos quedaba muy pero que muy lejos a la mayor parte de los humanos a pesar de haber sufrido la nieve durante siglos. Era un deporte muy caro, no estaba al alcance del, yo diría, ¿95 %? de los habitantes del valle. Por poner un ejemplo entendible hoy, la Operación Aguilucho supuso algo así como trasladar a Canterbury al 50% del alumnado del valle y su profesorado durante dos meses varios años para aprender inglés.

El inicio de una revolución. Aún quedan personas en Biescas que, cuando fueron críos, hacían guerretas a pedradas con los de Gavín.***** Era peligroso jugar en la frontera entre los dos pueblos. Podría decirse que la situación apenas había cambiado hasta entonces. La Operación Aguilucho permitió que los chicos y las chicas de todos los pueblos del valle se conociesen y se hiciesen amigos. Supongo que aquella amistad y conocimiento mutuo habrán dado lugar a otro tipo de relaciones entre los habitantes del valle.

Luego vino el invento de la Escuela Hogar de Jaca a la que me opuse con una serie de artículos en Jacetania y después la Ley Villar Palasí y, como consecuencia, la Concentración Escolar de los alumnos y alumnas del Segundo Ciclo de la EGB... y el transporte escolar en las peores horas todos los días en pleno invierno. ¡Qué locura! ¡Los hijos de aquellos que salían a limpiar la carretera cuando caía nevada fuerte!

También entonces la solidaridad y el compañerismo funcionaron. Organizamos un sistema de acogida. Cada familia de Biescas, de Gavín, de Orós Alto con alumnos en la escuela se comprometía a acoger a un alumno del valle en caso de que fuese peligroso volver a casa por la tarde por nevada. Y así lo pusimos en práctica varias veces. Menuda novedad, los críos. Supongo que rezaban para que cayese buena nevada.

Y después las visitas a la Escuela de la Base Americana de Zaragoza—¿esto fue antes?—y el intercambio con Tournay durante muchos años.

Un valle abierto en su interior, desaislado entre sus habitantes y sus pueblos, y abierto al exterior.

La Operación Aguilucho inició un periodo de cambios materiales y de mentalización que nos sacó a los habitantes del valle, especialmente a los que entonces eran niños y niñas, del aislamiento secular en el que habíamos vivido hasta entonces para introducirnos plenamente en la modernidad.

Después de aquello nada fue igual.

—Miguel Santolaria 
 

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* (Notas de JAGL)—De Palmira me acuerdo del nombre.


**  ¡Cagüen la burra Lamparo! 


*** La caza de gamusinos, por ejemplo, por el monte por la noche detrás del

albergue. También recuerdo que en la biblioteca estaban las obras de Carlos Marx; y que en una de esas clases de por la tarde después del esquí leímos en clase el primer poema de Baudelaire que conocí.


****
Gabriel (o Grabiel) admirado por su desmelene y atrevimiento; Ángel Pueyo por la perfección clásica de su estilo.


***** Mi generación, sin ir más lejos, me temo.

Puede que yo mismo sea este individuo del gorro blanco en la última foto. Aunque también puede que sea Cayetano, quien sabe.

—Y cuando nos sacaron en el NO-DO... y nos lo proyectaron al año siguiente. ¡Vaya gritos al reconocernos, que mira a Jaimez, mira al americano Moran! El grupo más avanzado fingía al principio de la película hacer la cuña, y luego salían haciendo slalom... lo cual provocaba abucheos, ¡tongo, tongo! Como cuando salían unos desconocidos probándose en una tienda unos equipos carísimos, y esquís Rossignol, en lugar de las botas de cuerdas y los Bullet barateiros que nos regalaban—eso sí, nos regalaban para siempre—en la Operación Aguilucho.

 

 


 II

01-02-2008

 LA OPERACIÓN AGUILUCHO

                             

1973- 1977

 

     Memorias de Angel García Pomar, Maestro Nacional y Profesor de  E.G.B.  de Biescas  (1957-1996)
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Desde mis comienzos como maestro siempre he luchado por introducir el deporte en la escuela, pero en aquellos años 50, 60 y 70 cualquier maestro que se apreciase tenía que ir a su escuela con chaqueta corbata y zapatos y así no hay manera de correr 100 m. dignamente.

Grande fue mi sorpresa cuando un día de diciembre de 1972, al finalizar la tarde, vinieron unos representantes de la OJE (Organización Juvenil Española ) a proponerme una reunión para organizar la  Operación Aguilucho. A decir verdad , ni ellos sabían bien en qué consistía.

Aunque la Directora del Colegio era Mº Antonia Fatás. Ella los remitió a mí, pues nada era más lejano en aquellos tiempos  que una mujer se ocupase de semejantes actividades.

Nos citaron de nuevo, en enero de 1973, en el hotel Navarro de Panticosa, a los Alcaldes, Inspectores de Enseñanza y Maestros de los pueblos implicados ( Sallent, Lanuza, Escarrilla, Sandiniés, Tramacastilla, Piedrafita, Hoz ,El Pueyo, Panticosa y Biescas).

La iniciativa partía del Consejo Superior de Deportes y, aunque entonces no nos lo explicaron, parecían querer impulsar el esquí en general, pero, principalmente, en la Estación de Panticosa que acababa de abrirse.

Intervenían en la preparación:

➢    EL CONSEJO SUPERIOR DE DEPORTES (con su Director, José  Casero Picurio jefe y alma de la Operación y sin el cual no hubiera tenido lugar).
➢    EL GOBERNADOR CIVIL.
➢    La O.J.E. (cuyo preparado personal resultó imprescindible).
➢    LA DIPUTACIÓN PROVINCIAL (que cedía La Residencia de Panticosa).
➢    DIRECCION PROVINCIAL DE ENSEÑANZA (que autorizaba el traslado de clases y maestros).
➢    LOS MAESTROS, PADRES Y ALUMNOS (los más directamente afectados).
➢    LA ESTACION DE PANTICOSA
➢    LA ESCUELA DE ESQUI
➢    EL ALBERGUE DE EL PUEYO. (que creo dependía del S.E.U.)
➢    LOS AYUNTAMIENTOS (que contribuían proporcionalmente).

La asistencia a la operación era voluntaria por parte de alumnos y profesores. Hay que pensar que el esquí era considerado más un peligro que un deporte y que muchas madres creían insensato poner a sus hijos en peligro. Así, en la mayor parte de los pueblos, quedaba una maestra que se ocupaba de los no asistentes a la operación.

De Biescas, donde había dos maestros  y dos maestras, fuimos los dos maestros (Miguel Santolaria y Angel García) salvo algún año que vino  también [mi hermana] Angelines. Tuvimos también el apoyo de la maestra de Sandiniés.

Los alumnos de Panticosa llevaban el horario de esquí, pero residían en sus casas.

Los alumnos de Sallent y Lanuza residían y tenían sus clases en la Residencia de Panticosa a cargo de Mª Luz, maestra de Sallent, y la maestra de Lanuza. El resto, en el Albergue de El Pueyo de Jaca.

Días antes de que empezase la Operación Aguilucho, enviamos una relación de los alumnos candidatos con la estatura y número de bota, pues a todos los asistentes se les proporcionó el equipo completo:
Gorro, guantes, y gafas.
Anorak, chubasquero y pantalones.
Calcetines, botas, esquís y bastones.

Una anécdota curiosa la tuve con el conductor de la furgoneta que traía el material que, al no estar Picurio para firmar la entrega, se negaba a dejarlo, pese a que yo me ofrecí a firmar. También se negó a descargarlo, puesto que él solo era conductor. Estaba dispuesto a regresar a Madrid con los equipos, pero finalmente me dejó descargar todo con ayuda de algunos chicos.

Pese a este regalo, impensable en aquellos tiempos que se comenzaba a salir de la miseria, pudo más el miedo de las madres y los asistentes apenas superarían el 60% de los alumnos.

Quiero también dejar claro que, aunque el primer año se habló de dar una subvención a los maestros colaboradores, pasaron los 5 años sin que recibiésemos nada en absoluto, aparte de la manutención y la cama. El servicio era de 24 horas al día, no más.

El primer año, las clases de esquí eran por la mañana y después de comer en la cafetería de las pistas, empezaba el  horario de clases.  Los niños, cansados, se dormían.

Los años siguientes, tras el desayuno, dábamos dos clases lectivas y con un bocadillo, a las 11 subíamos a esquiar de 12 a 3. Tras la comida, se impartían las clases que requerían menos esfuerzo.

Normalmente, de lunes a viernes éramos los únicos ocupantes de la Estación.

Hacia las 7 terminaban las clases y pasaban a hacer actividades con los colaboradores de la OJE (Angel Lorés, Inmaculada Suarez, Gabi y Gelo) que colaboraban con los maestros en la disciplina y cuidados de los enfermos. Tenían también, a esa hora, la visita de los padres.

Tras la cena, a las 10, a la cama, rato delicado, pues no todos estaban de acuerdo ni en limpiarse los dientes ni en guardar silencio. Rara era la noche que no teníamos que atender a  alguno con dolor de muelas, anginas, dolor de vientre o simplemente  ganas de hacer la pascua. Cuando mejor dormían, diana.

Los primeros tres años estuvimos repartidos entre Panticosa y El Pueyo, pero los últimos años empezaron a fallar los alumnos de Sallent que pensaron podían practicar el esquí en Formigal y ya nos juntamos todos en la Residencia de Panticosa para las clases, mientras que comer y dormir lo hacíamos en el Hotel Morlans y en el Hotel Vicente. En ambos nos trataron con todo cariño, especialmente si alguno estaba enfermo.

Las clases de esquí eran impartidas por monitores de la EEE de Panticosa cuyo director, Angel Pueyo, fue nombrado por entonces. Recuerdo los nombres de José Mª, José Benito, Valero, Tomás , Gabriel Morlans, Lucía, Mª Carmen, Mª Josefa, a quienes después he vuelto a encontrar más de una vez en las pistas o fuera y que nos dejaron muy buenos recuerdos a profesores y alumnos. Recuerdo algún monitor más, pero he olvidado los nombres. Uno de los años un monitor francés se ocupó del grupo más destacado.

Como en cualquier tipo de organización, también hubo sus momentos de tensión y sus diferencias,  pero lográbamos superarlas fácilmente, pues todos teníamos el deseo unánime de que la cosa resultara y teníamos a Hilario y su esposa, encargados de la Residencia de El Pueyo, que sabían hacer unas buenas migas y contagiar a todos su buen humor. Juntos con Lorés, eran insustituibles en las veladas, carnavales y fiestas.

Todos los años Lorés se encargaba de organizar una batida nocturna para cazar “gambusinos”, pero el resultado siempre fue un fracaso total. Excepto Lorés, nadie al parecer ha visto nunca un “gambusino”.

Los cursillos duraban entre 4 y 6 semanas. Empezábamos a principios de febrero y recuerdo uno que terminó la víspera de San José con una fuerte nevada. Normalmente eran de lunes a viernes, pero algún año también tuvimos esquí el sábado.

Uno o dos años nos mandaron de Madrid una médico, Cristina, que junto con su marido, Jorge del Amo, controlaban entre otras cosas la acetona de  los chicos tras el esfuerzo.

Para hacer mas propaganda del esquí, que bien lo necesitaba, se hizo el montaje de una película que luego se proyectó en el Nodo en toda España. Era curioso ver la indignación de los chicos cuando veían las botas de ganchos en lugar de las de cordones que ellos llevaban y la calidad del material, tan diferente, en el reportaje.

Para completar la formación de los chicos, se organizaron, durante el verano, cursos de entrenamiento con profesores de Educación Física del Consejo Superior de Deportes. Recuerdo a Manuel de Lucas y al maratoniano Landa García entre otros.

Para los chicos suponía un cambio total del panorama en aquella España en que muy pocos tenían coche y, quienes lo tenían, su viaje más largo era a Huesca para visitar un enfermo y, a ser posible, sin chicos. Pocos habían ido más allá de Sabiñánigo ó Jaca.

Los cursos de verano duraban unos 15 días. Salíamos de Huesca con un autobús que quedaba a disposición para hacer excursiones por los alrededores del destino.

El primero de estos cursillos fue en Alicante. Los siguientes fueron a:
- Gijón ( en la Universidad Laboral).
- Pontevedra
- Lecároz ( los 2 últimos)

En los tres últimos cursos la actividad principal era el esquí sobre hierba.

Un detalle en el que reparo ahora al escribir es que prácticamente no hubo burocracia fuera de la normal de una escuela. Si la  hubo, no recuerdo quién ni donde ni cuando la llevó.

También pasamos ratos de tensión en algún accidente de esquí o de enfermedad de los pequeños, pero nada fue grave y todo se superó fácilmente
Queríamos que aquello resultara muy bien y a todos nos dejó un recuerdo inmejorable que todavía perdura.

Angel García Pomar

Dónde estará mi amigo Locomotoro



Barbenuta y Espierre

Una foto de Flickr


Las sobremesas de Navidad están mal diseñadas en Biescas: comemos tarde, y los cafés y conversaciones se prolongan hasta la caída del sol, que en Biescas es enseguida en estos días cortos. Debe haber decenas de personas rondando por casa de los abuelos, no los he contado, unos entran, otros salen, cada cual hablando de lo suyo, y hay montones de críos que no levantan ni un metro corriendo de aquí allá. Así que buscando un poco de silencio y de sol nos subimos a Barbenuta y Espierre, con Ivo y Oscar y su mamá. Están en un repecho elevado, detrás del Paco de Gavín, y allí dura el sol mucho más rato. Ahora se sube fácil, han asfaltado la carretera, no sé si estaba ya asfaltada la última vez que estuve. Vengo a subir una vez cada diez años, por lo que veo. Así que es un buen indicador de las cosas que van cambiando. Algunas en Barbenuta y Espierre, otras en el que sube. Nunca sabes, por cierto, si será ésta la última vez que vas a esos pueblos. Desde luego no hay nada allí para hacerte ir. Están prácticamente deshabitados, con las casas hundiéndose, aunque algunos herederos o nuevos compradores han rehabilitado la casa vieja y la mantienen en pie. En Espierre se oía cortar leña, y alguien acarreaba materiales de construcción. También suben bastantes curiosos como nosotros a ver las iglesias. Me acuerdo que una de las veces que subí, debe hacer veinte o treinta años, nos comentaba Urbano, uno de los últimos habitantes de toda la vida de Espierre que su iglesia era mejor que la de Barbenuta—que habían estado unos expertos a verlas, y que la del otro pueblo no valía nada. La de Espierre, ciertamente, debe tener ochocientos o mil años de antigüedad. Cuando se hizo seguramente era por la época del monasterio de San Pelay, a la vuelta del monte—desconocido hasta hace poco, ahora se han desbrozado parte de las ruinas. También nos contaba (era por cierto el abuelo, creo, de mi profesora de lengua en el instituto), también nos contaba Urbano —que mira que llamarse Urbano, viviendo en semejante pueblín— su versión condensada de la historia de la Humanidad. "Antes aquí no había nada, ni casas ni iglesias ni nada. Los hombres no sabían nada, eran como las bestias, y vivían en los árboles. Ni ropas tenían. Sólo las barbas para taparse. Eso hasta que llegó Jesucristo y ya los empezó a civilizar un poco, les enseñó muchas cosas. Y a vestirse." Aquí yo le interpuse que Cristo también llevaba barba (y yo también, por eso lo dije, eran los años setenta u ochenta). Pero Urbano no se dejó impresionar por el argumento. "Por entonces," dijo, "es cuando se construyeron estos pueblos, y San Juan, que está más arriba hacia Erata. Ahora no queda nada de San Juan. Y la iglesia, y la casa Lacasa." No veía bien Urbano a los que se dejaban barbas y querían volver a la vida arborícola. No se hablaba, tengo entendido, con la otra habitante del pueblo; a veces bajaban a comprar a casa de mi tío Sebastián a Biescas. Paseando aquella vez por el pueblo, en la puerta de una casa vimos clavados unos discursos en estilo realismo mágico de extrema derecha. "En un cajón encuentro una fotografía de hace años. Sale en ella mi hermano, junto a Alcalá Zamora. Yo de la familia no lo considero. Hay muchos negros en España. Pasan volando por encima de las montañas. Miro arriba y veo aviones y aviones, todos llenos de negros. Nadie se da cuenta de que vienen a España. Alguien debería avisar a los españoles". (Por aquellos años no es que hubiese muchos negros ni pocos, la verdad, y menos en Espierre...).  ¿Qué hace la gente en Espierre? Miran las casas hundidas, dan una vuelta a la iglesia. Comprueban que la puerta está cerrada. Andan hasta el fondo del pueblo (no hay nadie). Se asoman a los pozos, disfrutan del sol en algún carasol un rato. Ven el valle del Aurín a lo lejos, y la carretera lejana, en otra dimensión del tiempo. Y luego bajan hacia Barbenuta, donde quizá han dejado el coche. De Barbenuta me hablaba mucho Pura, que venía a ver la televisión a casa en los años sesenta, alrededor de la mesa camilla, y nos contaba historias de lobos, y de Juan el Tonto, y de Juan el Listo. Creo que ella era de Barbenuta, y había bajado a Biescas a servir. Como todos uno detrás de otro que se fueron por ese camino. De uno de los últimos de Barbenuta, Claudio, me contaba mi tío Sebastián, un día que lo fue a ver, cómo lo invitó a jamón y queso directamente tras ayudar a parir a una vaca, y sin limpiarse las manos. "Ehh…. No cortes más jamón, Claudio, ya vale, ya". —"Y el vino qué tal?" —"Hombre, pues… ¿no le noto un sabor como a cebolla?" —"Pues ya puede ser, ya. Que se me perdió el tapon de la barrica y la tapo con cebollas." Pocos subían, y menos a hablar con ellos. Años más tarde oí que se suicidó el último habitante de Barbenuta. De vidas como éstas ha escrito bien Julio Llamazares en La lluvia amarilla. El tiempo en Barbenuta y Espierre parece paralizado para el que sube, pero unas veces subes a los veinte años, otra a los cuarenta y tantos. No es lo mismo—tampoco subes con los mismos, y hay una perspectiva distinta sobre el valle ese también. Qué engañosas las casas que parecen no moverse. También se hunden, también. De San Juan ni rastro queda. Pero han hecho pista, creo, hasta Otal, donde una vez fuimos de niños andando, no había ni camino para llegar. Ahora es más fácil moverse, llegar, irse ya ni se plantea la cuestión, pues todos se fueron hace tiempo. Cuando vinimos con MJ  hace veinte años era todo pista. No recorrerás dos veces la misma pista. Ahora han asfaltado la carretera, ahora que no vive nadie (menos los que mantienen su casa en pie). Pero la han asfaltado sólo hasta que se separa el camino de Barbenuta hacia la izquierda, y de Espierre hacia la derecha. Como si no quisiesen ofender a ninguno de los dos pueblos, llevando el asfalto sólo hacia uno de ellos—empatados hasta el final. O como si les indicasen que el único camino practicable era el camino monte abajo. Bajamos andando de Espierre, con Barbenuta a contraluz, ya se pone el sol hasta en este valle alto. A mitad de camino entre los dos pueblos está el cementerio: como el camino, lo comparten. Me pregunto, si entro, ¿estará enterrado ahí Urbano? Hay muchos Usietos, pero no veo a Urbano, debieron enterrarlo valle abajo. Sí está en cambio Claudio el de Barbenuta. Los pueblos muertos como el Nueva York de Soy leyenda: pero pueblos muertos que nos enterrarán a todos, no quepa la menor duda, y ahí seguirán haciendo tiempo las iglesias. Ivo y Oscar ni siquiera han querido entrar en Espierre, han encontrado un montón de nieve y se han quedado jugando a la entrada. Hace años vinimos con Álvaro, que se asomó al pozo de Barbenuta; ahora ya se había ido por su cuenta a otro sitio. Hoy los llevamos a todos a Pirenarium, "el parque temático de los Pirineos"—igual hasta vemos allí maquetas de Barbenuta y Espierre, quién sabe.

Aventuras en Bañales


Quema de brujas en Logroño

Son ciudades de larga memoria, donde las familias se observan mutuamente entre visillos, y la información va pasando de generación en generación. Hablábamos del gran auto de fe de 1610 en el curso del cual se redactó un sumario de doce mil folios y se interrogó a miles de personas. Algunas acabaron en la hoguera.

"Yo sé dónde las quemaban. Es que tengo un recuerdo."

Recuerda cuando era pequeña, y que era el día de su primera comunión, lo recuerda porque en los años sesenta se llevaba a las niñas más que arregladas—le había puesto su madre una diadema con flores, y el velo, y para que todo se tuviese bien, unas horquillas que apretaban lo suyo, todo tenso—que le hacía tener la diadema bien clavada en la cabeza bien presente, y buenas ganas de que acabase todo para quitársela de una vez.

E iban en expedición familiar disgregada, a Santa María de Palacio, la iglesia que está a la entrada de la ciudad, al lado del puente viejo del Ebro. No sabe por qué se adelantó con la novia de su tío, y ésta la llevó de propio por la calle Ruavieja un poco más lejos de la iglesia, justo fuera de la ciudad, donde ahora empieza el parque del Ebro y está el puente de hierro.

—Mira, ¿ves ahí abajo? Allí mismo quemaron a unos parientes nuestros.

Los Congelados de Teruel


Deja vu expandido

Han remodelado una vez más la casa donde nací en Biescas, hoy la inauguraban. Por entonces (cuando nací) era la casa y consulta del médico, y casa de los maestros. También consulta de ellos, porque en el piso donde nací hubo durante años una especie de mini-instituto/academia. Yo viví allí hasta los dieciocho años, y en las vacaciones, buf, hasta la edad de Cristo. Luego mi casa pasó a ser biblioteca municipal, y ahora han vuelto a remodelar todo el edificio; ahora es una especie de casa de asociaciones, biblioteca, centro de salud y centro de día para mayores—un proyecto éste que mi padre ha trabajado mucho por sacar adelante. Hoy lo he visto, en Huesca—en el funeral de nuestra antigua vecina, la maestra del piso de arriba, María Antonia. Luego ha vuelto a Biescas a toda prisa, con mi tía Angelines (también maestra y antigua colega y vecina), para llegar a la inauguración del nuevo centro.

Pues muchos antiguos habitantes y visitantes de ese edificio nos hemos juntado en Huesca, sin quererlo. La difunta. Sus parientes (que algunos también serían mis vecinos en Zaragoza... incluso del piso de arriba, vaya). Y las hijas del médico (el médico que me trajo al mundo, Don Alfredo), que casualmente eran parientes de María Antonia, y por supuesto vecinas nuestras durante años en la casa en cuestión. Treinta años hace de eso. Circunstancias casuales e irrepetibles—aunque si bien se piensa, todo es casual e irrepetible.

Sin embargo, hoy hemos repetido paseo con los nenes por La Cartuja (un pueblo construido sobre las ruinas de una antigua cartuja del siglo XVII). Tarde ventosa y soleada, buena para ir con los críos en bicicletas entre campos de cebada. "¿Son cereales?"—preguntaba Oscar. También hacíamos guerras de flechetas, una vieja costumbre familiar.

Y también hemos repetido, los que tenían ánimo en el cuerpo para eso, Star Wars episodio III. A veces gusta repetir tal cual, y el cine es lo más parecido que se ha inventado para eso: un déjà vu expandido. Claro que para eso la tienes que ver tres veces mínimo—y aun por esas.

Deja vu

Regiones devastadas

Regiones devastadas

"Biescas no tan lejana" es una exposición fotográfica que se exhibe en el centro cultural "Pablo Neruda" de Biescas; también es el título del libro que la recoge, coordinado por Jesús Escartín. Son fotos de Biescas de la primera mitad del siglo XX en su mayoría, desde la época de las diligencias hasta la reconstrucción gradual del pueblo en la postguerra. Las primeras están ocupadas íntegramente por personajes nacidos en el XIX, en tiempos de la reina; de la más reciente, de hacia 1964, tengo memoria yo mismo. Todos somos ahora personajes de otro siglo.

Subíamos a la Caseta de las Brujas con mi hijo pequeño y con la madre de él, y veíamos los muros del aterrazamiento de Arratiecho, que parecían hechos por una civilización anterior, nos preguntábamos cuándo se harían y esa misma tarde en la exposición los vimos en construcción (una obra china o egipcia parecía eso). Centenarios escasamente son esos muros; ahora cubiertos por el bosque, allí aparecía todo el monte despejado. Además, antes de la electrificación se talaban a conciencia todos los bosques cercanos al pueblo. También salía una serrería, en la que he estado y ya no estaré.

Me ha gustado ver tantas fotos de rincones apenas reconocibles, sólo por la orientación de los montes, o el punto de referencia de las iglesias. Muchísimas casas se destruyeron en la guerra; entre ellas la casa donde nació mi padre, que sale en algunas fotos. Una feria de hacia 1940 muestra el ganado entre montones de ruinas. La iglesia de San Pedro sin torre, la del Salvador apenas reconocible, antes de la media demolición y reconstrucción que hicieron los de Regiones Devastadas. Que también hicieron el ayuntamiento nuevo, los porches, la casa donde nací, recién construida en las fotos, y el matadero (hoy centro cultural donde se exponía la colección).

Y se reconstruyeron algunas casas. Pero todo el centro del pueblo en el que crecí estaba en los años sesenta y setenta lleno de espedregales donde los niños jugábamos a bandas y a guerras. Con forganchas, que era lo que se llevaba por entonces (luego supimos que se llamaban tirachinas; también que los espedregales se llamaban montones de cascotes, y que no tenían por qué ser un elemento inevitable del paisaje urbano). Aún queda algún montón de piedras por allí sin ordenar, pero la ola de especulación ladrillera es la que realmente ha terminado de reconstruir, y de dejar irreconocible, el pueblo.

En las fotos sale la nueva plaza mayor, la que yo conocí cuando me sacaron en brazos de la casa que había construido Regiones Devastadas para sustituir a la vieja casa de los maestros. La devastación fue aún mayor en la familia, por el asesinato de mi abuelo Ángel, maestro en Escuer. Mi abuela Eusebia, también maestra, se trasladó con sus tres pequeñajos a la placeta Albéitar, y de alguna manera y con mucho esfuerzo los tres consiguieron hacer carrera. Mientras, la plaza mayor iba cambiando: el ayuntamiento nuevo, luego la casa nueva del Banco, luego otra, y otra, hasta dejarnos sin espedregales en la plaza a los chavales… que ya no los necesitábamos, porque para entonces ya me había ido a estudiar a Sabiñánigo y luego a Zaragoza.

Recuerdo la primera reforma de la plaza, que al principio era una explanada de grava sin mucha más historia: hicieron unos jardincillos, unos setos y una fuente con surtidor en el centro. El de tirar a la gente dentro en las fiestas. La de horas que habré pasado yo poniendo barquitos en la fuente, o sacando con un palito los bichos que caían dentro. Ahora se ha librado la fuente de milagro, porque los reformeros siguen mejorando, o devastando, el pueblo: está la plaza de obras, y Álvaro, Ivo y Oscar apenas se acordarán de la plaza con setos y jardincillos; ésta que están haciendo ahora es de diseño más duro y pétreo. A mí no me gusta el centro de Biescas desde que talaron los chopos de detrás de la terraza. Será el pueblo de los recuerdos de otros, pero ya no de los míos. Y no tiene mucho apego a los recuerdos, aunque organice exposiciones fotográficas. La casa donde nací también está de obras, vaciada, sufiendo una segunda o tercera reforma; fue instituto, luego biblioteca… entretanto ahí crecí yo, y había creído que era mi casa. De niño te haces esas ideas.

No sé si alguna vez tuvo carácter propio Biescas, pero con los bombardeos y demoliciones y reconstrucciones debió perder un tanto el norte, quedarse como atontada, sin saber bien de dónde venía y a dónde iba. Hoy sé que me puedo esperar cualquier cosa de Biescas: encontrar el parque de la Conchada talado, por qué no. Siempre han cortado allí los árboles más viejos, gruesos y altos ("dan demasiada sombra"). Ahora Biescas es una gran urbanización vacía, llena de apartamentos con decoración "típicamente montañesa", que rara vez visitan sus propietarios entre compra y venta lucrativa. Igual hasta un día invierto yo, si llego a tener dinero, y me compro un piso en Biescas. Vete a saber. Pero nunca será mi casa. Esa está en un rincón del tiempo, y no puede salir a la venta.

  Regreso a Biescas

 

Desde el Salto de Roldán

Ayer hicimos una excursión con los chavales al Salto de Roldán, a ver buitres un rato. Qué pequeñito se ve todo desde ahí arriba: el espacio, y el tiempo; el pasado desde la última vez que estuve, hace unos quince años, cuando hicimos una excursión (otra primera persona del plural, otra gente, alter ego probablemente); subimos a la ermita que hay encima del mallo y luego bajamos a bañarnos al río Flumen... pero nunca te bañarás dos veces en el mismo flumen. Y sin embargo, para: se me juntan en la memoria varias excursiones allí—es curiosa la disociación que se produce. El pasado parece a la vez lejano, y aquí mismo, cuando vuelves a un sitio de esos a los que vas cada diez años. Los años vuelan, y a la vez parece detenido el tiempo. También podías estar en la Edad Media. La misma puesta de sol, los mismos buitres (si son los mismos ruiseñores los de Borges); a la vez lejos y la misma. Quizá la vida parece pequeña por esa superposición súbita de años que se han ido de golpe, la llanura enorme, y la ciudad diminuta, vista desde la altura. Me viene a la cabeza mientras oteo el panorama del pasado, y del futuro posible: "Una vez más aquí, en un tiempo de vida, y en un lugar de España, como tantos... recuerdo y no recuerdo lo que nunca he vivido". 

Salto de Roldán


Bajo conduciendo meticulosamente a paso de tortuga por la pista para no acabar mis meditaciones en el fondo del precipicio, y luego volviendo a Zaragoza por la autopista, ya de vuelta al presente, se nos plantea el siguiente dilema moral y legal:

- ¿Es legal, es cívico, es ético, conducir por la autopista a la velocidad máxima autorizada de 120 por hora, manteniendo el carril izquierdo sin echarse a la derecha para que te adelanten los que quieren ir a más de 120?

Problema sin solución clara, seguramente.

La atalaya retrospectiva

 


Nos habremos ido

En medio de la noche, saliendo del river of dreams voy a otros paisajes que sólo se visitan a esas horas: al pasado. Abriendo los ojos a la oscuridad se vuelven a ver cosas que no veíamos desde hace tiempo. Esta noche se me aparece aquella buhardilla con la estufa de leña recién instalada; la carica de mi novia (the girl from the north country) cuando venía a esperarme a la estación de autobuses en Huesca. Tantas tardes juntos, hace veinte años. Y las reuniones con los amigos. Amigos de mi novia, serían, pues hace muchos años que no los veo, tras la separación. Pero aún los echo de menos. También de esto hace veinte años, me acuerdo que entre los juegos de salón para entretener las veladas en pandilla estaba el de componer un par de versos e intentar adivinar de cuál de los presentes eran. Una medianoche a oscuras alrededor de una mesita del salón, recuerdo que aparecieron unos versos tal que así (resultaron ser de María, la amiga de mi novia):

Mañana quedarán los cercos de los vasos en la mesa
Nada se oirá en la casa: nos habremos ido.

Qué plan sobrehumano, qué esfuerzo no se requeriría para volver a reunir a las mismas personas a quien la vida ha separado, alrededor de una misma mesa—ya no digo de la misma mesa—o para volver a encender aquella estufa que a saber cuántos años llevará apagada. Y así, cada momento nos rodean unas personas a las que apenas prestamos atención, pero de las que unos años más tarde no quedarán ni los cercos de sus vasos en la mesa. Y sería inútil intentar volver a reunirnos con ellas; sería como pretender revertir la marcha del tiempo. I wish I wish I wish in vain, que decía Bob Dylan. Nunca sucederá lo que ya sucedió: nos habremos ido, a saber a dónde. Y sólo el río de los sueños, o las noches de insomnio, nos llevarán otra vez, cuando venga el día de mañana, hasta lo que ahora tenemos delante de los ojos, abiertos o cerrados.

El pretérito imperfecto

Singular singladura

Singular singladura

Inútil fue enviarte a Marte. Aunque te registré adecuadamente en la nave, la Nasa no me extendió el certificado. Así que pruebas no tengo. La nave (Opportunity se llamaba, creo) me consta que salió, y llegó hasta el planeta. Esa no vuelve (o quizá sea una de esas misiones perdidas en el espacio, en las últimas aventuras marcianas, tan accidentadas). En todo caso, algo de ti quedará por los siglos de los siglos en los desiertos cósmicos, o marcianos, inútilmente.

También inútil, aunque más extraño, fue encontrarte por azar, ya inscrita a bordo de aquella otra nave (la
Stardust era, con permiso de Woody Allen)— sin tener yo nada que ver con esa inscripción. Anyway, me resultó conveniente tu alter ego, si no eras tú en persona (¡Dos tú! Contradictio in adjecto), y te reasigné desde la nave marciana a esta Stardust donde ya estabas ubicada, y que por entonces se hallaba entre Marte y Júpiter, persiguiendo a un cometa. Porque esa nave sí regresaba a la Tierra, y aunque su sitio web llevaba cierto desfase, pude hacer el seguimiento hasta el aterrizaje.

Todo esto recuerda  a lo de "déjalo ya, sabes que nunca has ido a Venus en un barco". Igual te perdí en durante el transbordo.  A Venus, a Marte... yo mismo sólo viajo por el ciberespacio, o por mi espacio interior; y lo más raro se diría uno que habría de ser el que estos periplos cósmicos sucedan realmente en el espacio exterior, materia terrícola viajando durante años a muchos kilómetros por segundo, arriesgándose a chocar con cualquier asteroide. Pero es así; y estas cosas suceden, la gente las hace, como en
Gattaca, o en 2001. Sucedían, de hecho, ya hace años.

Y una cosa más extraña hay: tu indiferencia a este interludio interplanetario, a esta singular singladura cosmicómica, a esta
space oddity, única en tu género Cierto, en cierto sentido te comprendo (being yourself a cosmic one-shot). Para qué transportar objetos físicos y cuerpos tangibles a través de millones de kilómetros, pudiendo  ir en la imaginación, si quieres. Y si no quieres ir... inútil separar los pies de la tierra, naturalmente. Pero es, de todos modos, una singular sinalegría.

Al mar y al viento