
Lawrence Cahoone on the modern intellectual tradition
Aunque aún seguimos sin clases, en la "pausa de exámenes", tampoco estoy mano sobre mano. Para empezar, hoy madrugo excesivamente, para llevar a Abo en moto al autobús; se iban de excursión colegial a Candanchú. Y luego llevo a Pibo al cole, en un segundo viaje. Parece la Hormiga Atómica con el casco. Se lo pone pocas veces, pero hoy estaba Otas malito, se ha quedado en casa y he podido llevar a Pibo en moto en vez de en coche. Luego me releo un ratito a Goffman, para hacer mañana quizá un post sobre la internalización del teatro social cotidiano como origen de la subjetividad. Seguidamente, un café con churros en el Universal, y una visita a la asesora jurídica de la Universidad, y al Secretario General. Para aclarar que el célebre recurso que ganamos sí tiene consecuencias, y que el Departamento ya sabe oficialmente que tiene que modificar el programa de doctorado del cual pretendía excluirnos a unos cuantos. Aunque no sé si va a haber muchos doctorandos en el futuro. Luego, más Goffman y más Pibo, y a casa a comer. Y otra vez en la moto con Pibo; en la gasolinera me encuentro a mi banquero, que me alaba la moto. "Ya tiene añicos..." le digo, pero bonita sí que es. Luego, examen sobre Shakespeare, tres horas de la tarde. Aprovecho para leerme la mitad de The End of the Affair, de Graham Greene, una autor que ya no se lleva. Bonitas maniobras temporales de retrospección larga y corta, pero este narrador no piensa nunca en el presente, ni en el futuro; yo sí, por mucho que me inquieten, y por más que prefiera la retrospección. Más curioso aún el juego del autor entre su propia vida y la de su personaje... al que presenta como aficionado a maniobras arriesgadas. Anochece mientras hacemos el examen. Catorce se han presentado. En la pizarra quedan como huella de nuestro paso unas palabras de Macbeth, que aparecían mal escritas en el texto: "Wash your hands, put on". Y así se genera una de esas frases curiosas que a veces descubrimos en las pizarras. La Facultad, un desierto. La semana que viene se anima más la cosa. Abo ha vuelto sin novedad de Candanchú; único accidente, que se ha llevado a Amalia por delante en el trineo, no sabemos si calculadamente o no. Por la noche, vamos de propio al garaje a coger la lectura favorita de Pibo, Gerónimo Stilton, que se lo había dejado en el coche. Tenemos la calle invadida de largas filas de Ferraris rojos, todos (menos uno histórico) idénticos para mí. Yo preferiría uno verde uva. Optar por tanta exquisitez para acabar en tal uniformidad. No somos nadie.
Este era un famoso verso de Allen Ginsberg. Lo mismo parece opinar James Lovelock, el de la teoría Gaia, pues nos dice que el calentamiento global es irreversible. Bueno, tan irreversible no será cuando otros nos aseguran que a lo primero que puede llevar el calentamiento global es a una nueva Edad del Hielo (como en El día de mañana) por la alteración de las corrientes marinas... Vamos, que no tengo claro yo aún el alcance de estas previsiones a largo plazo.
Lo que sí parece es que el tiempo anda revuelto, muy revuelto, a plazo más corto (hablemos de la vida humana). Cuando yo era jovenzuelo, los cierzos de Zaragoza y ventoleras de Biescas eran de aúpa, y al parecer habían sido una constante del clima local desde que se inventaron estos sitios (cosa que habría que contrastar, claro). Los inviernos, nevaba, si no en Zaragoza, sí invariablemente en Biescas. Íbamos a esquiar a las afueras del pueblo; a veces, hasta por las calles del pueblo. Los cañones de nieve eran no sólo una idea inconcebible, sino absurda por lo superfluo. La nieve aguantaba meses en los pirineos; los glaciares no parecían peligrar. En primavera y verano había, quieras o no quieras, tormentas de verano. En otoño llovía, mucho. En abril, aguas mil.
Al quedarnos sin nieves, y sin vientos, y con lluvias erráticas, nos hemos quedado, algunos, sin agua (pequeño detalle en África...). Y, además, sin puntos de referencia, sin valores fijos, en un estado de flotación postmoderna donde las viejas certidumbres no sirven, y parece que todo vaya a tener que improvisarse o descubrirse de nuevo. Parece que no nos valgan los refranes, que estemos fuera del alcance del sentido común y del orden de las cosas. Y, bueno, sí; quizá estemos en pleno vuelo libre o huida hacia adelante, o salto del trampolín hacia el futuro... pero la modalidad del aterrizaje aún no está bien estudiada.
El futuro es fundamentalmente imprevisible. Quizá dentro de cuarenta años se hablará de cuando creían en el calentamiento global. Mayores sorpresas ha habido. Pero con los datos de más a mano, por no hablar del Protocolo de Kyoto, parece oportuno apagar todas las luces y aparatos eléctricos hoy, de ocho menos cinco a ocho, según pide la Alianza por el Planeta:
Cambiar el mundo... de hecho es lo que hemos estado haciendo; demasiado deprisa lo hemos cambiado. Tampoco parece que Occidente vaya a parar por voluntarismo, y Bin Laden con sus VHS y su jaima no parece una alternativa ni deseable ni viable (¡esperemos! Según los filmes futuristas tipo Mad Max, es lo que nos espera en el futuro, la barbarie feudal otra vez... e Irak como prototipo).
Sea como sea, lo importante no es salvar el planeta. El planeta se salva muy bien él solito, hasta que le toque perecer en el Fuego Final, cosa que le dará igual, por otra parte. El equilibrio ecológico no es deseable por el bien del planeta, diga lo que diga Lovelock. El planeta se siente igual de bien poblado de bacterias que de dinosaurios o de humanos. A los rinocerontes no los va a echar de menos ningún rinoceronte, ni ningún chimpancé. Sufrirán los individuos antes de morir, pero eso siempre lo hacen, y todos mueren. El dolor por las especies y por el orden del mundo es un dolor propiamente humano. Todas estas preocupaciones y valores ecológicos son valores puramente humanos, pues sólo a los humanos les preocupa la diversidad ecológica, el equilibrio climático, etc. Nos preocupa, en última instancia, para preservar la sociedad humana tal como la conocemos, queremos y nos gusta—o nos gustaría. Un cambio climático provocará, sí, extinciones masivas (ya estamos en ello), pero por quien nos debería preocupar eso es, sobre todo, por nosotros.
Sin duda, a río revuelto, ganancia de pescadores. También habrá a quien las catástrofes, la alteración ecológica mundial, los desequilibrios súbitos, las migraciones masivas, etc. le hagan feliz y le permitan prosperar. Pero lo que promete este cambio global unido al transporte y comunicaciones globalizados es mucho sufrimiento y angustia global. Y es la expectativa de esa angustia global lo que nos va angustiando ya. Peores años vendrán. No necesariamente para los ricohombres occidentales, que flotamos sobre la mayoría de los tsunamis como un corcho. Pero sí para el ciudadano de a pie. Crucemos los dedos. Sólo con el tiempo veremos si éramos unos alarmistas, o unos irresponsables que se peleaban en la cabina mientras el avión caía en picado. Ahora sólo podemos anticipar retrospecciones: "Si lo hubiéramos sabido entonces... "
Una gran historia, el cambio climático, con interesantes dimensiones narratológicas. En realidad, es la historia, porque en ella culminan las pequeñas historias de cómo se forman e interaccionan sociedades, hasta crear una sociedad global. Y de cómo esa sociedad global logró o no logró encontrar una relación con su medio ambiente, es decir, consigo misma, que la hiciese viable durante otros cuatro mil años de historia, por poner una fecha poco ambiciosa, o durante los millones de años que duraron los dinosaurios, si nos ponemos optimistas. Pero ese punto de vista retrospectivo es demasiado hipotético, y lejano. Nunca conoceremos el final de la historia, y nos conformamos con pensar, de momento, en qué mundo les tocará vivir a nuestros hijos cuando tengan nuestra edad, y qué expectativas tendrán al respecto para sus hijos, para seguir mirando al futuro con esperanza, a finales de este siglo que tan incierto empieza.