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Evolución

El mundo se formó él solo, y él solo se deshará

El mundo se formó él solo, y él solo se deshará



En Lucrecio se encuentra expresada memorablemente la doctrina del evolucionismo universal. El mundo no es obra de ningún dios, sino de la Naturaleza, es decir, de sí mismo. Se ha creado espontáneamente sin diseño previo, por selección natural de las formas que se combinan en equilibrios cada vez más complejos, hasta que a esa evolución cósmica sigue una disolución universal. Nada hay eterno, y hasta la tierra y el cielo son momentos de una historia que tuvo un principio y tendrá un final. El hombre es una criatura más de las formadas por el azar de los procesos naturales, y no es más central ni necesario que ningún otro ser. Es la visión evolucionista cósmica, similar a la de Spencer, pero formulada en tiempos de la República de Roma. Seguía Lucrecio a su vez, de modo original y magistral, las intuiciones de los primeros filósofos evolucionistas. Aquí reproduzco unos versos, traducidos, del libro quinto de su poema sobre la naturaleza. Es especialmente interesante el momento en que habla de la evolución de las teorías atomistas evolucionistas, como una prueba más de la inestabilidad del mundo—"esta explicación misma del sistema de la Naturaleza fue descubierta recientemente, y ahora yo soy entre todos el primero que me encuentro capaz de exponerlo en el idioma patrio."


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T. Lucrecio Caro (c. 99-55 a.C.), De rerum natura / De la naturaleza. Trad. Eduard Valentí Fiol. Barcelona: Bosch, 1985; p. 425ss.


 
El mundo no es obra de un dios

Decir, por otra parte, que en interés de los hombres quisieron los dioses crear esta esplendorosa naturaleza del mundo, que por tal razón es justo alabarlo como una meritoria obra divina y creerlo eterno e inmortal; que este mundo, edificado por antiguo designio de los dioses en favor de la raza humana y fundado en la eternidad, es sacrílego quererlo conmover de sus cimientos por fuerza alguna, o atacarlo de palabra y subvertir el universo enterio desde sus bases; imaginar estas cosas y otras del mismo tenor es, Memmio, pura locura. Pues, ¿qué provecho puede nuestra gratitud aportar a unos seres inmortales y felices para inducirlos a hacer nada en nuestro interés? O ¿qué novedad puede haberlos tentado, después de estar tranquilos tanto tiempo, a cambiar su vida anterior? Pues para que tenga aliciente la novedad, parece necesario que lo antiguo produzca disgusto; mas, a quien ninguna penas sufrió en el tiempo pasado y ha gozado de una vida dichosa, ¿qué pudo encenderle una tal ansia de cambio? Y para nosotros, ¿qué mal había en no haber sido creados? ¿Por ventura nuestra vida yacía en aflicción y tinieblas, hasta que amaneció el día de la creación de las cosas? Pues todo ser nacido debe desear permanecer en la vida, mientras lo retiene el muelle placer. Mas para el que jamás gustó del amor de la vida ni figuró en el número de los seres vivientes, ¿qué daño hay en no haber sido creado?


El mundo es obra de la Naturaleza

Además, ¿de dónde les vino a los dioses el modelo para crear el mundo y la idea misma del hombre, para saber y representarse en su ánimo lo que querían hacer? Y ¿cómo conocieron las virtudes de los cuerpos primeros, y lo que éstos eran capaces de hacer al permutar su orden, si la Naturaleza misma no les dio la idea de la creación? Pues desde la eternidad es infinito el número de átomos que, de mil maneras combatiods por choques y arrastrados por su gravedad propia, se han combinado de mil modos y probado todo lo que eran capaces de crear por la unión de unos con otros; por lo que no es extraño que acertaran también la disposición y los movimientos convenientes con que opera y se renueva el universo ahora existente.

Imperfección del mundo

Que aunque ighnorara lo que son los principios de las coas, osaría sin embargo afirmar, por el simple estudio de los fenómenos celestes y la consideración de muchos otros hechos, que la Naturaleza no ha sido creada en nuestro interés por obra divina; tan grandes son sus defectos.
     En primer lugar , de todo lo que el cielo cubre con su inmenso vuelo, la mitad más codiciable está ocupada por montes y selvas llenas de fieras, por peñascos y vastas lagunas, y el mar, que mantiene ampliamente apartadas las riberas de las tierras. Dos tercios casi, además, son arrebatados a los mortales por el tórrido calor y la incesante caída de hielo. Lo que resta de tierra cultivable, la Naturaleza por sí misma lo cubriría de espinos, si no se lo disputara el esfuerzo del hombre, al que la necesidad de vivir ha habituado a gemir sobre el robusto arado y a hender la tierra apretando la reja. Si no revolviéramos con el arado los profundos terrones, si no mulléramos el suelo para provocar la eclosión de los gérmenes, por su sola virtud no podrían éstos surgir a las límpidas auras; a pesar de lo cual, muchas veces estos furots, ganados con tanta fatiga, cuando ya en los campos se cubren de hojas y florecen todos, o los abrasa con su ardor excesivo el sol desde el éter, o los destruyen repentinos chubascos y heladas escarchas, o los arrancan los soplos del viento en devastador torbellino. Además, la terrible raza de las fieras, enemigas del hombre, ¿por qué la Naturaleza la nutre y aumenta por mares y tierras? ¿Por qué las estaciones del año traen enfermedades? ¿Por qué merodea la muerte prematura? Y el niño, como un marinero arrojado por las crueles olas, yace desnudo en el suelo, sin habla, carente de toda ayuda para la vida, una vez la Naturaleza, con grandes esfuerzos, lo ha hecho salir desde el seno materno a las riberas que baña la luz; y llena el espacio con lúgubres vagidos, como es justo, siendo tantos los males por que ha de pasar en la vida. En cambio, las diversas especies de bestias, domésticas y salvajes, pueden pasar sin sonajas, y no necesitan oír de los blandos cuchicheos de una tierna nodriza, ni requieren cambiar de vestido según el estado del tiempo, ni echan de menos armas ni altas murallas para proteger sus bienes, pues todos disponen de todo lo que pare ellos producen la tierra y la Naturaleza, inventora de cosas.

El universo es mortal, puesto que lo son sus partes

Primeramente, puesto que la masa de la tierra y el agua y los leves soplos de las auras y los vapores del fuego, en los que vemos que consiste nuestro universo, constan todos de una materia sujeta a nacimiento y muerte, hay que pensar que el mundo entero está constituido de la misma materia. En efecto, el todo cuyas partes y miembros son de cuerpo nativo y de forma perecedera, vemos constantemente que es asimismo mortal y también sujeto a nacimiento. Por lo que, al ver cómo se consumen y renacen los gigantescos miembros y partes del mundo, me convenzo de que también el cielo y la tierra han conocido un principio y les aguarda la ruina.


(...)


Las piedras

En fin, ¿no ves también el tiempo triunfar de las piedras, las altas torres desplomarse y hacerse polvo las peñas, agrietarse los templos y estatuas de los dioses abrumados por la edad, sin que el poder divino alcance a alejar los límites del hado, ni a resistir contra las leyes naturales? ¿No vemos, en fin, cómo se desmoronan los monumentos de los héroes y nos preguntan si no creemos que ellos también envejecen? ¿No ves precipitarse las peñas arrancadas de los altos montes, incapaces de soportar los vigorosos embates de un tiempo limitado? Pues no caerían, desprendiéndose de repente, si desde un tiempo infinito hubiesen resistiso los asaltos de la edad, exentas de fractura.


El cielo

Contempla, en fin, eso que en un abrazo contiene, en torno y arriba, la tierra entera: si, como algunos dicen, procrea de sí todos los seres y los vuelve a recibir una vez disueltos, entonces todo él consta de un cuerpo que nace y que muere. Pues todo lo que nutre y aumenta otros seres con su sustancia, debe menguar, y rehacerse cuando recobra la materia.

Juventud de nuestro mundo

Además, si la tierra y el cielo no conocieron jamás un primer nacimiento y fueron siempre eternos, ¿por qué anteriormente a las guerras de Tebas y a la perdición de Troya los poetas no cantaron también otras gestas? ¿Adónde fueron a perderse tantas hazañas de héroes, cómo es que en ningún sitio florecen, grabadas en los eternos monumentos de la fama? En verdad que, según pienso, el universo es joven, y es reciente este mundo, y no hace mucho que tuvo principio. Por esto hoy todavía ciertas artes se perfeccionan, hoy todavía progresan: en nuestros días adelanta en muchas cosas la navegación, los organistas inventaron poco ha sus dulces melodías; finalmente, esta explicación misma del sistema de la naturaleza fue descubierta recientemente, y ahora soy yo entre todos el primero que me encuentro capaz de exponerlo en el idioma patrio.
      Y si crees acaso que todas estas cosas existieron ya antes, pero que las generaciones de hombres perecieron abrasadas por el fuego, o se desplomaron las ciudades en una conmoción gigantesca del mundo, o que de un diluvio incesante salieron ríos rapaces que inundaron las tierras y cubrieron los pueblos, entonces con tanta mayor razón tendrás que confesarte vencido y reconocer que a la tierra y al cielo les aguarda la muerte. Pues atacado el mundo por males tamaños y tamaños peligros, de haberle sobrevenido un accidente más grave, hubiera caído en todal destrucción y ruinas ingentes. Y por ninguna otra razón nos damos cuenta de que somos mortales, sino porque enfermanos de las mismas dolencias que aquellos a quienes la Naturaleza apartó de la vida.

El edificio del mundo no es durable.

Además, las cosas que subsisten eternamente deben, por necesidad, o bien rechazar todos los golpes, por ser de cuerpo compacto y no dejarse penetrar por nada que pueda disociar la trabazón de sus partes, como son los átomos, cuya naturaleza anteriormente explicamos, o bien han de poder perdurar a través de todos los tiempos por ser inaccesibles a los choques, como es el vacío, que permanece intacto, sin que los golpes le afecten en nada; o también, porque no hay en derredor espacio ninguno donde puedan, por así decir, retirarse y disolverse las cosas; como es eterno el universo de los universos, fuera del cual no hay lugar al que puedan huir sus partes, ni cuerpos que caigan sobre ellas y las disuelvan con la violencia de su percusión.

Pero, como dije, la naturaleza del mundo ni es compacta, pues hay vacío mezclado en las cosas, ni es tampoco como el vacío, ni faltan cuerpos procedentes del espacio infinito capaces de derrumbar este conjunto de cosas con su arrolladora violencia o de infligirle con su choque cualquiera otro desastre; ni falta tampoco espacio ni abismos en cuyas profundidades puedan desparramarse las murallas del mundo, o perecer al embate de otra fuerza cualquiera.

Así, pues, la puerta de la muerte no está cerrada para el cielo, ni para el sol, ni para la tierra, ni para las profundas olas del océano; antes se levanta ante ellos abriendo sus fauces monstruosas. Por tanto, preciso es admitir que tuvieron origen; pues unos seres que constan de cuerpo mortal no hubieran podido desafiar desde la eternidad hasta ahora las potentes fuerzas del tiempo infinito.


Vida de los primeros hombres


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Lucrecio sobre el origen del lenguaje

Lucrecio sobre el origen del lenguaje


Las observaciones de Lucrecio sobre el origen del lenguaje, en un tiempo en que la filosofía del lenguaje apenas se había desprendido de los mitos, son certeras e impresionantes. Son a la vez un clásico del evolucionismo cultural y del pensamiento del orden emergente, pues, como bien señala su traductor Valentí Fiol, puede reumirse su tesis en que "No hubo un inventor del lenguaje." El lenguaje es una obra colectiva, de multitudes y generaciones, y como las demás instituciones humanas, como el orden mismo de la complejidad, se formó en un proceso evolutivo de selección natural. Tiene sus limitaciones: enfatiza demasiado la continuidad entre el lenguaje animal y el humano, y no trata en realidad de lo más específico del lenguaje, la simbolización flexible. Pero no falta en la solución de Lucrecio ni la crítica a las concepciones míticas, ni la observación de la gestualidad deíctica prelingüística, ni la analogía onto/filogenética entre el desarrollo del lenguaje infantil y la aparición del lenguaje, ni el reconocimiento de la transición entre el protolenguaje de las vocalizaciones animales y el lenguaje.  Una solución tan racional dada al problema cuasi-mítico de la existencia de una humanidad sin lenguaje supone una intervención en el pensamiento evolucionista que es de una penetración e inteligencia pasmosas, a la vez que un sentido común bien sólido.


T. Lucrecio Caro (c. 99-55 a.C.), De rerum natura / De la naturaleza. Trad. Eduard Valentí Fiol. Barcelona: Bosch, 1985; p. 487-89.


Pero los variados sonidos de la lengua, la Naturaleza impulsó al hombre a emitirlos, y la necesidad formó los nombres de las cosas, por un instinto no muy diferente al que vemos que induce al niño, incapaz de hablar, a servirse del gesto y señalar con el dedo los objetos presentes. Pues cada ser tiene consciencia del uso que se puede hacer de sus fuerzas: antes de que al novillo le apunten en la frente las astas, ataca con ellas airado y acomete con encono; los cachorros de panteras y leones se defienden ya con zarpazos y mordiscos antes casi de haberles nacido garras y colmillos. Vemos, además, a las aves de toda especie fiarse de sus alas y pedir a las plumas una ayuda aún vacilante.

Así, pensar que un hombre asignó, en un momento dado, nombres a las cosas y que de él los demás aprendieron los primeros vocablos, es puro desvarío. Pues si uno fue capaz de designar con voces todos los objetos y emitir los variados sonidos de la lengua, ¿por qué no pensar que en el mismo tiempo pudieran hacer otros lo mismo? Además, si otros no hubieran usado entre sí también de las voces, ¿de dónde les hubiera vanido la noción de su utilidad, y de dónde hubiera el primero sacado la facultad de saber lo que quería hacer y preverlo en su mente? Tampoco podía uno solo reducir a tantos y, venciendo su resistencia, forzarlos a querer aprender los nombres de las cosas; ni es fácil hallar un medio persuasivo de enseñar lo que conviene, cuando los hombres son sordos; pues no los sufrirían, ni en manera alguna aguantarían que les machacasen los oídos por más tiempo con los vanos ruidos de una voz jamás escuchada.

En fin, ¿es acaso muy grande maravilla que el género humano, dotado de voz y lengua, designe las cosas con sentidos variados, según sus variados sentimientos? Los mudos rebaños y hasta las especies salvajes suelen emitir voces varias y distintas, según les afecte el miedo o el dolor, o el placer los penetre, y esto es fácil de reconocer en hechos manifiestos.

Cuando los canes molosos están irritados, y regañan sus grandes y fláccidos labios descubriendo sus dientes formidables, el gruñido con que amenazan sus fauces abiertas por la rabia difiere mucho del que emiten cuando con sus ladridos hacen retumbar los contornos. Y cuando con la lengua intentan blandamente lamer a sus cachorros, o los tieran de un lado a otro con sus patas y, amenazando morder, fingen con ternura querer devorarlos, pero sin apretar los dientes, sus acariciantes gruñidos son muy distintos de los ladridos que lanzan cuando los dejan solos en la cas, o los plañidos con que huyen de los golpes, el cuerpo a ras de tierra.

Además, ¿no te parecen distintos los relinchos cuando entre las yeguas se encabrita el potro de edad floreciente, herido por la espuela del alado amor, y cuando, presto al combarte, ruge, dilatadas las narices, o cuando relincha por cualquier otra cosa, temblándole los miembros?

Por último, la especie de las aves y los pintados pájaros, los gavilanes, los quebrantahuesos, los mergos que en las olas saladas del mar buscan su vida y sustento, lanzan, en cualquier otra ocasión, gritos muy diversos de cuando luchan por la comida y se disputan la presa. Otros aún cambian, según el tiempo, los cantos de su voz ronca, como la vetusta raza de las cornejas y las bandadas de cuervos, cuando, según dicen, piden agua y lluvias o cuando anuncian el viento y la tormenta. Por tanto, si sentimientos diversos obligan a los animales, con todo y su mudez, a emitir diversas voces, ¡cuánto más natural es que los hombres de entonces hayan podido designar los distintos objetos con voces distintas! 


El origen (del lenguaje)


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Retropost: Una cosa irreal

Una cosa irreal


(2006)

Carta enviada hoy al editor de Letralia: Tierra de letras. La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet, http://www.letralia.com/

Estimado Sr. Gómez:
En la portada del último número de Letralia aparece en la red un artículo sobre la evolución firmado por Miguel A. Schmucke titulado "La evolución es una cosa irreal". Este artículo manifiesta una profunda ignorancia y desconocimiento del tema que trata, una ignorancia de un nivel que es escandaloso para una publicación que se pretenda seria. Quizá este hecho le haya pasado inadvertido; lo pongo en su conocimiento por si es de su interés.
Atentamente,
JOSÉ ANGEL GARCIA LANDA
Universidad de Zaragoza (España)




Retroposts


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Anaximandro: Origen del evolucionismo universal

miércoles, 2 de marzo de 2016

Anaximandro: Origen del evolucionismo universal


Anaximandro de Mileto puede considerarse el primer filósofo evolucionista, en el sentido de que da razón de la formación y origen del universo en una teoría donde el tiempo tiene un carácter fundamental. Del Universo o quizá del multiverso, pues habla Anaximandro de infinitos mundos. (Lee Smolin y Roberto Mangabeira Unger comienzan su libro The Singular Universe and the Reality of Time con una cita de Anaximandro). Donde Tales describe la estructura del universo, Anaximandro habla de su formación y transformación. Aunque no hay que excluir una interpretación evolucionista de Tales, sobre sobre todo en tanto que Plutarco le ascribe la opinión de que todas las cosas "nacen" del agua, la naturaleza evolucionista de esta proposición no está tan claramente articulada como en Anaximandro. En el pensamiento de la Arché de estos filósofos de la naturaleza hay implícita una teoría evolucionista, una relación entre los simple y lo complejo, pero no está descartado que la concepción temporal y propiamente evolucionista de esta relación surja propiamente hablando en Anaximandro, y ello haya llevado a una relectura de evolucionista de la noción de arché propuesta por Tales. Traduzco del inglés una selección de fuentes y fragmentos citados, los más relevantes de los recogidos por G. S. Kirk, y J. E. Raven en The Presocratic Philosophers: A Critical History with a Selection of Texts (Cambridge: Cambridge UP, 1957), manteniendo la numeración de esa edición. Allí puede consultarse también el original griego y las referencias precisas.


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96 (Diógenes Laercio): Anaximandro hijo de Praxiades, de Mileto: dijo que el principio y elemento (arché) es lo Indefinido, sin distinguir aire o agua o ninguna otra cosa... fue el primero que inventó un gnomon, e instaló uno en los relojes de sol (?) de Esparta, según Favorino en su Historia Universal, para señalar los solsticios y equinoccios; y también construyó indicadores horarios. Fue el primero en trazar un esquema de la tierra y del mar, pero también construyó un globo (celestial). De sus opiniones hizo una exposición sumaria, que supongo que también encontró Apolodoro el ateniense. Apolodoro dice en sus Crónicas que Anaximandro tenía 64 años de edad en el segundo año de la 58ª Olimpiada, y que murió poco después (habiendo pasado sus mejores años aproximadamente durante el tiempo de Polícrates, tirano de Samos).

97 (Suda): Anaximandro hijo de Praxiades, de Mileto, filósofo, era pariente, discípulo y sucesor de Tales. Fue el primero que descubrió el equinoccio y los solticios y los indicadores horarios, y que la tierra se encuentra en el centro. Introdujo el gnomon y en general dio a conocer un esquema de la geometría. Escribió Sobre la naturaleza, La Circunferencia de la Tierra, y Sobre las estrellas fijas y un Globo celestial y algunas otras obras.

98 (Temistio): (Anaximandro) fue el primero de los griegos de quien sabemos que se aventuró a escribir una obra sobre la naturaleza.

99 (Herodoto): Los griegos aprendieron de los babilonios sobre la esfera celestial, y el gnomon, y las doce partes del día.

100 (Agatémero): Anaximandro el milesio, un discípulo de Tales, fue el primero que se atrevió a dibujar el mundo habitado en una tablilla; después de él, Hecateo el milesio, un hombre que había viajado mucho, hizo el mapa más exacto, de modo que se convirtió en objeto de admiración.

101 (Estrabón): Eratóstenes dice que los primeros que siguieron a Homero fueron dos, Anaximandro, que era conocido y conciudadano de Tales, y Hecaeteo el milesio. El primero fue el que por primera vez publicó un mapa geográfico, mientras que Hecateo dejó tras él un dibujo que por el resto de sus escritos se creía que era suyo.

102 (Herodoto): Me sonrío cuando veo que muchos han dibujado circunferencias de la tierra, hasta ahora, y ninguno ha explicado el asunto de manera sensata; dibujan a Océano corriendo alrededor del mundo, al que se dibuja como con un compás, y hacen que Asia sea igual que Europa.

103 (Versiones de la explicación que da Teofrasto de la sustancia original de Anaximandro):

A. (Simplicio): De los que dicen que es una, móvil e infinita, Anaximandro, hijo de Praxiades, milesio, sucesor y discípulo de Tales, dijo que el principio y elemento de las cosas existentes era el apeiron (indefinido, o infinito), siendo el primero en introducir este nombre para el principio material. Dice que no es ni agua ni ninguno de los otros que llamamos elementos, sino alguna otra naturaleza indefinida, de la cual proceden todos los cielos y los mundos que hay en ellos. Y la fuente del llegar a ser para las cosas que existen es también aquélla a la que van cuando llega su destrucción "de modo acorde con la necesidad, porque pagan su penalización una a otra por su injusticia según el juicio del Tiempo", tal como lo describe en estos términos más bien poéticos. 

B. (Hipólito): Ahora bien, Anaximandro era discípulo de Tales, Anaximandro, hijo de Praxiades, de Mileto: dijo que el principio y elemento de las cosas existentes era el apeiron, siendo el primero que usó este nombre para el principio material. (Además de esto dijo que el movimiento era eterno, y que de él resulta la formación de los cielos). ... dijo que el principio material de las cosas existentes era alguna naturaleza comprendida bajo el apeiron, de la cual proceden los cielos y el mundo que contienen. Esta naturaleza es eterna y no envejece, y también rodea a todos los mundos. Habla del tiempo como si el devenir y la existencia y la destrucción fuesen limitadas. (Habla del tiempo...).

C. (Pseudo-Plutarco): ... Anaximandro, que era compañero de Tales,  dijo que el apeiron contenía la causa completa del devenir y destrucción del mundo, del que dice que se separaron los cielos, y en general todos los mundos, siendo apeirous (innumerables). Declaró que la destrucción, y mucho antes el origen, tienen lugar desde eras infinitas, ya que todos se dan en ciclos.

104 (Aristóteles): Todos los físicos hacen del infinito una propiedad de alguna otra naturaleza que pertenece a los llamados elementos, tales como el agua o el aire o el intermedio entre éstos.

105 (Aristóteles): No es una cosa única de entre éstas (el fuego, el aire, el agua, la tierra) de la que proceden todas las cosas; y ciertamente ninguna otra cosa aparte de éstas, como por ejemplo algo que esté a mitad de camino entre el aire y el agua, o el aire y el fuego, siendo más espesa que el aire y el fuego y más sutila que las otras; porque eso sería aire y fuego, sencillamente, junto con la contrariedad; pero uno de los dos opuestos es una privación—de modo que es imposible que el intermedio exista jamás de modo aislado, como algunos dicen que hace el infinito (apeiron) y lo que rodea.

106 (Aristóteles): Dos tipos de explicaciones dan los físicos. Los que han hecho que el cuerpo subsistente sea uno, ya sea uno de los tres o alguna otra cosa que sea más espesa que el fuego y más fina que el aire, generan los demás por condensación y rarefacción, convirtiéndolo en muchos... Pero los otros dicen que los opuestos se separan del Uno, estando presentes en él, como dice Anaximandro y todos los que dicen que hay uno y muchos, como Empédocles y Anaxágoras; puesto que también éstos separan al resto de la mezcla.

115 (Simplicio): En cuanto a los que suponen que los mundos son infinitos en número, como los del grupo de Anaximandro y Leucipo y Demócrito y más tarde los de Epicuro, suponían que llegaban a ser y se desvanecían durante un tiempo infinito, con algunos de ellos siempre formándose y otros desapareciendo; y decían que el movimiento era eterno...

116 (Augustino): Puesto que él [Anaximandro] pensaba que las cosas nacían no de una sustancia, como pensaba Tales del agua, sino cada una de sus propios principios particulares. Estos principios de las cosas individuales pensaba que eran infinitos, y dan nacimiento a innumerables mundos y a todo lo que surge en ellos; y estos mundos, pensaba, ora se disuelven, ora nacen de nuevo, según la edad que cada uno de ellos pueda sobrevivir.

117 (Hipólito): ... el movimiento era eterno, del que resulta que se forman los cielos.

118 (Aristóteles): Se originó el movimiento en algún momento... o ni se originó ni se destruye, sino que siempre existe y seguirá para siempre, siendo inmortal e incesante para las cosas que existen, siendo una especie de vida para todos los objetos naturales? ... Pero todos los que dicen que hay infinitos mundos, y que algunos se están formando y otros se están destruyendo, dicen que el movimiento siempre existe ... mientras que todos los que dicen que hay un mundo, sea eterno o no, hacen una suposición análoga sobre le movimiento.

119 (Aristóteles): Pero si de hecho existe algún tipo de movimiento natural, no habría movimiento forzado sólo, o reposo forzado; de modo que si la tierra ahora se queda en su sitio por la fuerza, también llegó al centro al ser llevada allí por causa del vórtice. (Puesto que es ésta la causa que da todo el mundo, por analogía a lo que pasa en el agua y en el aire: ya que en éstos los objetos más grandes y pesados siempre son llevados hacia el centro del vórtice). Por tanto todos los que generan los cielos dicen que la Tierra se juntó en el centro.

120 (Aristóteles): Pero los otros dicen que los opuestos se separan del Uno, estando presentes en él, como dice Anaximandro y todos los que dicen que hay uno y muchos, como Empédocles y Anaxágoras; puesto que también éstos separan el resto de la mezcla.

121 (Simplicio): Está claro que [Anaximandro], viendo cómo los cuatro elementos se cambiaban uno en otro, pensó que era correcto no hacer que ninguno de ellos fuese el sustrato, sino alguna otra cosa aparte de éstos; y produce el llegar a ser no mediante la alteración del eleemnto, sino mediante la separación de los opuestos debido al movimiento eterno.

122 (Aristóteles): ... y éste es el Uno de Anaxágoras (puesto que es ésta una descripción mejor que 'todas las cosas juntas') y la mezcla de Empédocles y de Anaximandro, y lo que describe Demócrito.

123 (Pseudo-Plutarco): Dice que lo que desde la eternidad produce el calor y el frío se separó al llegar a ser este mundo, y que una especie de esfera de llamas de ésto se formó alrededor del aire que rodea la tierra, como corcho alrededor de un árbol. Cuando ésta se interrumpió y se cerró en ciertos cículos, se formaron la luna y las estrellas.

124 (A) (Pseudo-Plutarco): Dice que la Tierra tiene forma cilíndrica, y que su profundidad es de un tercio de su anchura.
    (B) (Hipólito): Su forma es curvada, redonda, similar al tambor de una columna: caminamos sobre una de sus superficies planas, y la otra queda al lado opuesto.

125 (Aristóteles): Hay algunos que dicen, como Anaximandro entre los antiguos, que [la Tierra] se queda quieta debido a su equilibrio. Porque es apropiado que lo que está establecido en el centro, y está igualmente relacionado con los extremos, no se vea llevado ni un ápice hacia arriba o abajo o hacia los lados; y es imposible que se mueva simultáneamente en direcciones opuestas, de modo que se queda fija por necesidad.

126 (Hipólito): La tierra está en lo alto, sujeta por nada, pero quedándose así debido a que tiene una distancia similar con respecto a todas las cosas.

127 (Hipólito): Los cuerpos celestiales se forman como un círculo de fuego separado del fuego del mundo; y encerrado por el aire. Hay respiraderos, unos pasadizos como tubos, por los cuales se muestran los cuerpos celestiales; correspondientemente, ocurren los eclipses cuando se bloquean los respiraderos. A la luna se la ve creciente o menguante según los canales se abren o se bloquean. El círculo del sol es 27 veces [el de la tierra]; el de la luna [18 veces]; el sol es el más alto, y los círculos de las estrellas fijas son los más bajos.

128 (Aecio): Anaximandro dice que el sol es un círculo de 28 veces el tamaño de la tierra, como una rueda de carreta, con el borde circular hueco y lleno de fuego, y mostrando el fuego en un determinado punto a través de una abertura como la boquilla de un fuelle.

129 (Aecio):
Anaximandro dice que el sol es igual a la tierra, pero que el círculo del que tiene su respiradero y que le hace moverse es de 27 veces el tamaño de la Tierra.snowstormturner3

130 (Aecio): Anaximandro dice que los cuerpos celestiales son llevados por los círculos y esferas en los que va cada uno de ellos.

131 (Hipólito): Se producen los vientos cuando se separan los vapores más finos del aire y cuando se ponen en movimiento por congregación; la lluvia viene de la exhalación que sale hacia arriba de las cosas que hay bajo el sol, y el relámpago cuando rompe el viento y parte las nubes.

132 (Accio): (Sobre el trueno, el relámpago, los rayos, los tornados y los tifones).
Anaximandro dice que todas estas cosas se producen a resultas del viento: puesto que siempre que se queda encerrado en una nube espesa y luego sale de repente a la fuerza, por su sutileza y ligereza, entonces el reventar hace el ruido, mientras que roce contra la negrura de la nube hace el destello.

133 (Séneca): Anaximandro lo remitía todo al viento: el trueno, decía, es el ruido de una nube al ser golpeada.

134 (Aristóteles): Puesto que al principio toda la región en torno a la tierra está húmeda, pero al secarla el sol, la parte que se exhala hace vientos y giros del sol y de la luna, dicen, mientras que la que queda es el mar; por tanto piensan que el mar está efectivamente disminuyendo al ir secándose, y que en algún momento terminará por estar seco del todo.

135 (Alejandro): de esta opinión (134), según dice Teofrasto, participaban Anaximandro y Diógenes.

136 (Aecio): Anaximandro dijo que los primeros seres vivos nacieron en la humedad, encerrados en cortezas espinosas; y que al avanzar su edad salían a la parte más seca y, cuando se rompía la corteza, vivían una vida diferente durante un breve tiempo.

137 (Pseudo-Plutarco): Dice además que el principio el hombre nació de seres de una especie diferente; porque otras criaturas pronto son capaces de valerse por sí mismas, pero que únicamente el hombre necesita una crianza prolongada Por esta razón no habría sobrevivido si ésta hubiera sido su forma original.

138 (Censorino): Anaximandro de Mileto imaginó que surgieron del agua y tierra calientes unos peces o seres muy parecidos a los peces; en estos creció el hombre, en forma de embriones retenidos hasta la pubertad; luego al fin los seres pisciformes se reventaban y salían los hombres que eran ya capaces de alimentarse a sí mismos.

139 (Hipólito): Los seres vivos se originaron de la humedad evaporada por el sol. El hombre en origen se parecía a otra criatura—en concreto a un pez.

140 (Plutarco): Por eso [los sirios] de hecho adoran al pez como semejante en su especie y crianza. En esto filosofan mejor que Anaximandro, puesto que él declara no que los peces y los hombres vinieron de los mismos padres, sino que originalmente los hombres se formaban dentro de peces, y que habiéndose criado allí (como tiburones) y habiéndose vuelto capaces de valerse por sí mismos, entonces salían e iban a tierra.
 


Empédocles de Agrigento


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Empédocles de Agrigento

Empédocles de Agrigento



(del Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora:)



EMPÉDOCLES de Agrigento (ca. 483/482-430 antes de J. C.) fue considerado durante toda la Antigüedad como un taumaturgo y un profeta; parece haber recorrido las ciudades de la Magna Grecia como orador y mago, y el propio Diógenes Laercio dice que hay variedad de opiniones acerca de su muerte, siendo una de las más difundidas versiones la de que se suicidó arrojándose al cráter del Etna. Siguiendo la tradición de los jónicos, Empédocles desarrolló una explicación del universo, en la cual todo fenómeno natural es considerado como la mezcla de cuatro elementos o "principios" —agua, fuego, aire y tierra—, calificados con nombres divinos (Nestis, Zeus, Hera, Edoneo). Estos principios o elementos son eternos e indestructibles; son, como dice Aristóteles, "eternamente subsistentes y no engendrados". Todas las cosas nacen y perecen por unión y separación de los mismos, de tal suerte que la cualidad de cada objeto reside en la proporción en que cada uno de los elementos entra en la mezcla. "Hay sólo —afirma Empédocles— mezcla y separación de lo mezclado, pero no nacimiento, que es una simple manera de decir de los hombres." Ahora bien, lo que hace que los elementos se mezclen y se separen, son dos fuerzas externas —el Amor y el Odio—, que representan un poder natural y divino, que son respectivamente el Bien y el Mal, el Orden y el Desorden, la Construcción y la Destrucción. Lo que había en el comienzo era el Bien y el Orden, el absoluto predominio del Amor, por el cual existía una mezcla completa de los cuatro eleemntos en la unidad orgánica de una "esfera". La intervención del Odio fue el origen de las cosas, de los seres individuales, que se van diversificando hasta la separación absoluta y el dominio absoluto del mal. Pero en este estado no hay tampoco cosas particulares; es, a la vez que la culminación del imperio del Odio, el principio del Amor que vuelve a confundirlo y mezclarlo todo hasta que haya una sola cosa, esa perfecta esfera que se llama también Dios. Tal perfección se encuentra así en el origen del mundo actual y en su término; el mundo actual, donde hay seres individuales y, por lo tanto, odio e injusticia, es, en el fondo, una expiación, un proceso de purificación que sólo terminará cuando el Amor triunfe nuevamente; pero este triunfo también es precario y la evolución de los mundos no es sino un proceso en el cual se manifiesta inexorablemente un dominio alternativo del Odio y del Amor, del Bien y del Mal.

Aunque hemos presentado sumariamente "la" doctrina de Empédocles según consta en los fragmentos que del filósofo se conservan, debe advertirse que las dos obras suyas, Acerca de la Naturaleza (Peri physeos) y Las Purificaciones (Katharmoi) parecen revelar dos distintas tendencias: una, "científica" (y hasta "materialista"), la otra, religiosa (y hasta mística). Se ha debatido a veces si Empédocles pasó de la primera a la segunda o viceversa por medio de una especie de "conversión", o si ambas tendencias coexistieron en la mente del filósofo. En este último caso —el más probable— se ha discutido asimismo si hay que considerar ambas tendencias como filosóficamente independientes entre sí o si hay alguna tesis o intuición filosófica que las religue. Algunos autores (E. R. Dodds, Gregory Vlastos) opinan que no se pueden concordar las dos tendencias. Otros autores (F. M. Cornford, K. S. Guthrie) manifiestan que no sólo las dos tendencias en cuestión coexistieron sin extrañeza mutua en el pensamiento de Empédocles, sino también que algunos elementos de una (como la idea de Amor [o amistad] que religa y une las cosas) son interpretables a la vez materialística y místicamente. Los partidarios de esta últimaopinión se apoyan en el hecho de que en la cultura griega de la época no había necesariamente conflicto entre lo filosófico (o "científico" y lo irracional.

De los escritos de Empédocles se conservan fragmentos. Edición en Diels-Kranz, 31 (21).

Otras ediciones: Ettore Bignone, Empedocle. Studio critico, 1916 (con comentario). — Jean Bollack, Empedocle, 1969 (con trad. francesa y comentario). Carlo Gallavotti, Poema fisico e lustrale, 1951, ed. con trad. italiana y notas (págs. 161-340). — N. van der Ben, The Poem of Empedocles' Peri Physeos, Towards a New Edition of All the Fragments. Thirty-One Fragments, 1975.

Véase: E. Baltzer, Empedokles, eine Studies zur Philosophie des Griechen, 1879. — Joseph Bidez, La biographie d'Empédocle, 1894. — E. Brodero, Il principio fondamentale del sistema di Empedocle, 1905. — Clara E. Millerd, On the Interpretation of Empedocles, 1908. — U. von Willamovwitz-Moellendorff, Die Katharmoi (Las Purificaciones) des Empedokles [Sitzungberichte der Preuss. Ak. der Wissenschaften, Philhist. Klasse], 1929. — J. Souilhé, L'énigme d'Empédocle (separate de los Archives de Philosophie, vol. IX, cuaderno 3). — W. Kranz, Empedokles, 1948. — A.-J. Festugière, L'enfant d'Agrigente, 1950. — J. Zafiropoulo, Empédocle d'Agrigente, 1953. — Gilles Nelod, Empédocle d'Agrigente, 1953. — Gilles Nelod, Empédocle d'Agrigente, 1961. — Jean Bollack, Empédocle, 4 vols. (I. Introduction à l'ancienne physique; II: Les origines [con ed. y trad. de fragmentos]; III, 1 y 2: Les origines  [comentario], 1965 y sigs. — Jean Brun, Empédocle, 1966. — D. O'Brien,
Empedocles' Cosmic Cycle: A Reconstruction from the Fragments and Secondary Sources,1969. — Johann Christoph Lüth, Die Struktur des Wirklichen im empedokleischen System über die Natur, 1970. — Helle Lambridis, Empedocles: A Philosophical Investigation, 1976. — N. Van Der Ben, The Proem of Empedocles, Peri Physeos, 1975. — R. A. Prier, Archaic Logic: Symbol and Structure in Heraclitus, Parmenides and Empedocles, 1976. — E. Brodero,  Il principio fondamentale del sistema di Empedocles, 1978. — D. O'Brien, Pour interpréter Empédocle, 1981.




Primeros Principios, resumen y conclusión






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