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Vanity Fea

Historia

La República de los maestros

república maestros

Había poco público en la jornada. Era un homenaje a los maestros aragoneses asesinados "por el franquismo"—aunque muchos, como mi abuelo, en realidad fueron asesinados antes de que existiera "el franquismo". Y la media de edad de asistentes rondaba los sesenta años. Parece que no hay mucha voluntad de memoria, como ha observado alguno de los ponentes. Y desde luego ningún interés por la cuestión entre los futuros maestros en formación.

Los maestros asesinados en Aragón, ya sea al principio del levantamiento derechista, o tras la victoria de los franquistas, fueron más de cien. Nos han contado los ponentes, desde un punto de vista mayormente izquierdista y republicano, la labor cultural y social de esos maestros en los pueblos, muchos de ellos enfrentados a los poderes fácticos de caciques locales y curas. Había entre ellos mucha conciencia de la necesidad de una profunda reforma social, y fueron activos colaboradores en muchos casos de los partidos y sindicatos de izquierda. Al parecer mi abuelo estuvo afiliado a Izquierda Republicana, el partido de Azaña (ese que quería "triturar a la Iglesia"), aunque en una conferencia de hoy han aludido a él y han dicho que era conocido que era católico—lo cual no impidió que fuese una de las primeras víctimas de su región, denunciado como otros maestros por vecinos reaccionarios, rencorosos y criminales. "Les tenían ganas", dice otro de los conferenciantes.

Los maestros republicanos realizaron un considerable avance en la educación con pocos medios y mucha voluntad y dedicación; fueron agentes de alfabetización y de concienciación social para los derechos de los ciudadanos, además de maestros de escuela. Mi abuelo en concreto cambió su pueblo de sitio, bajándolo del monte hasta el valle y la carretera, y gestionó todas las ayudas y papeles necesarios. Otros muchos daban clases gratis a los mayores analfabetos, en las casas del pueblo y demás. E informaban a la gente de los derechos que les daba el nuevo régimen. No se equivocaba en cierto modo el franquismo al considerarlos agentes activos a favor de la República—y actuó en consecuencia con la mayor brutalidad, siguiendo los planes de Mola de sembrar el terror desde el principio y exterminar a cuantas personas políticamente comprometidas con la izquierda se pudiese. Luego se expulsó en bloque a todos los maestros de sus puestos, y sólo se permitió reingresar a quienes tuviesen buenos informes de curas y demás, y jurasen lealtad al régimen franquista.

Historias terroríficas esconden las guerras civiles, de rencillas entre amigos y familias. Por eso no es extraño que este tema de los asesinatos, castigos y expulsiones no termine de digerirse, y que pase sin transición (o con Transición) del tabú al olvido. Claro que hay una cierta simpatía hacia el tema por parte del gobierno, y subvenciones y jornadas, y muchos esfuerzos ahora por parte de unas pocas voces destacadas (Vicenç Navarro por ejemplo en un documental proyectado aquí, La escuela fusilada). Pero el público está frío, y pasa como digo del silencio al desinterés. Se ha sido doblemente injusto con estos maestros, y con otros represaliados, primero con el tratamiento injusto y criminal que se les dio, y luego no reivindicando adecuadamente su memoria cuando se podía—en aras de la reconciliación, como si la paz social no fuese posible sin la continuación del olvido.

Los maestros de la República llevaron adelante, frente a las estremecedoras limitaciones de su tiempo y contexto, un ideal de educación pública, gratuita, laica, universal, igual para los sexos; una educación crítica y basada en la actitud activa de los alumnos... al menos en los mejores casos. Esa herencia (sin duda un tanto idealizada aquí) la ven olvidada y desperdiciada los conferenciantes: no se ha reconectado con la herencia de la escuela republicana, y no tenemos una escuela a la altura que requerirían esos ideales. Yo quiero pensar que todos estos años se han desarrollado otras cosas también, dentro de nuestras limitaciones: tolerancia, y también conocimiento. Pero sí falta conciencia de la ciudadanía, y quizá de ahí la renuencia de las instituciones a hacer un homenaje—una placa, una historia oficial—que recuerde lo sucedido en cada una de ellas en esos años de infamias, torcimiento de voluntades, y sometimientos obligados. (Por ejemplo, nuestra Facultad de Filosofía y Letras no creo que tenga la menor intención de escribir una historia de sus profesores represaliados).

Y de ahí también la indiferencia de los estudiantes de Magisterio a esta herencia de sus mayores. Casi podría decirse que han boicoteado las jornadas, para vergüenza de nuestra universidad. Y es que nuestro país en realidad tiene la educación que lo retrata. No es un país ni muy amante de lo público, ni de lo gratuito; ni es laico mayormente, ni se cuida mucho de valores universales y derechos ciudadanos, ni es consciente de su historia—a no ser con una mezcla nebulosa de trauma, olvido y frivolidad.


Muertes paralelas / No se fusila en domingo


Historia, narración, literatura

viernes 16 de octubre de 2009

Historia, narración, literatura


Pedía Paul Wake información, por la lista de correo Narrative-L, sobre obras sobre el aspecto narrativo de la historia, o de la relación entre historia y literatura. Le contesto:

Dear Paul,
Here is my bibliography on "Literature and History" in case you find it useful:
http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/bibliography/Subjects/2.Lit.Theory/Specific.LT/x.Literature.and/History.&Lit.doc
And, from the same online bibliography, the section on history includes many references to narrative aspects of history:
http://www.unizar.es/departamentos/filologia_inglesa/garciala/bibliography/Subjects/4.Genres/Narrative/History.doc
And, for just one suggestion, I would read
Foregone Conclusions by Michael André Bernstein. Or make it two, with Gary Saul Morson's Narrative and Freedom.
Best wishes,

Jose Angel García Landa
http://tinyurl.com/garcialanda


Literatura e historia


Cristóbal Colón, asesinado por los indios

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jueves 27 de agosto de 2009

Cristóbal Colón, asesinado por los indios

En La Aguada, antiguamente Sotomayor, primer lugar donde desembarcó Colón en Puerto Rico, recuerdan también a otro Cristóbal Colón, al que mataron los indios—Cristóbal Colón de Sotomayor, hijo de Pedro "Madruga" de Sotomayor, conde de Caminha.

Un conde ése, Pedro Madruga, que para algunos es uno de los avatares de Cristóbal Colón, o más bien su "vida previa". Su hijo, este Cristóbal de Sotomayor, era llamado Cristóbal Colón, al parecer, en una carta que envió Juan Cerón al rey Fernando de Aragón anunciándole su asesinato a manos de los indios. Cerón, administrador colonial, había conocido tanto al primer Cristóbal Colón como a este segundo.

Cristóbal "Colón" de Sotomayor fue lugarteniente de Ponce de León, gobernador de Puerto Rico, y llegó a las Indias por recomendación real. Fundó la villa de Távora, en honor a su madre la condesa, y luego Sotomayor, en honor a su familia paterna—era el hijo menor del antiguo conde de Sotomayor.

¿Y era Colón, Cristóforo Colom,  acaso, este mismo Pedro Madruga de Sotomayor, antiguo conde, haciendo borrón y cuenta nueva de su vida pasada—que motivos no le faltaban? En cuanto al segundo Cristóbal Colón, ¿hay un error de los copistas en la transcripción del nombre? ¿O realmente este Cristóbal de Sotomayor, bien atestiguado, se hacía llamar a veces Cristóbal Colón de Sotomayor, cosa menos atestiguada? ¿Del mismo modo que el almirante, al parecer, se hacía llamar a veces Pedro Colón?

Al hijo que había tenido el segundo Cristóbal Colón con una india, lo llamó Pedro. Quien los mató, a él y a su amante india y a casi todos los acompañantes, fue un cacique hermano de la india. Del paradero del niño no sabemos, ni de la carta de Cerón.

Sí parece que Cristóbal "Colón" Sotomayor tenía trato cordial con los hijos del Almirante, Diego y Hernando; que fue protegido desde su infancia por la reina Isabel, y que le dio privilegios poco justificados en América el rey Fernando. A su padre Pedro Madruga lo desposeyeron los reyes, y dieron su título y sus bienes a su primogénito; también desautorizaron un falso testamento que hizo. Lo que no está claro es si le dieron, bajo el nombre de Colón, otros beneficios en compensación.

Las noticias sobre la muerte de Pedro de Sotomayor son tan confusas como las de los primeros años de Cristóbal Colón. El mismo Sotomayor era de origen problemático, hijo bastardo del conde, quizá con una judía "genovesa"— un conveniente eufemismo, genovesa de Pontevedra, en los tiempos que corrían.Madruga/Sotomayor fue fraile y pirata, señor feudal rebelde y navegante, falsario y pendenciero, hombre de aúpa y de armas tomar, siempre con un pie en España y otro en Portugal. Y en cubierta, también. Este sí tenía almirantes entre sus ancestros, como se jactaba de tenerlos Cristóbal Colón. No los tuvo, en cambio, ningún tejedor genovés.

La historia de Cristóbal "Colón" de Sotomayor, y la de su padre, la cuentan Rodrigo Cota González en Colón, Pontevedra, Caminha (2008) y Alfonso Philipott Abeledo en La identidad de Cristóbal Colón (1994). Es otra versión de las muchas que circulan en torno al intrigante almirante.

 Colom, rara avis


El reino de los suevos


sábado 15 de agosto de 2009

El Reino de los Suevos

Todos los años nos pillan las fiestas de por medio, nos cierran la biblioteca y nos vamos de Viveiro sin poder devolver algún libro (pero lo enviamos por correo luego, eh...). —"Anda, ve a llevar a correos la historia esa los cojones".... porque esta vez el libro en cuestión es El reino de los suevos, de Casimiro Torres Rodríguez (1977).

Es de hecho un admirable libro de historia de esos que lleva tanto trabajo hacer y que tan poco leídos quedan. Los suevos al parecer eran unos señores tirando a rubios, de cara ancha, más bien bajitos, cuadradetes, coloradotes y mazacotitos, de poca cadera y poca cintura, cuyos genes todavía se ven abundantemente por Galicia, sobre todo rural. Pero de estas cosas de aspecto físico no se ocupa el libro de Torres; ni tampoco los españoles en general, a los que bien poco les interesa, menos a los vascos, conocer sus orígenes raciales. Claro, de racial a racista, hay pocos pasos... Creo que el olvido activo que viene habiendo desde hace tiempo en España con estos temas es una mezcla de sano e insano—sano por lo que tiene de melting pot, y de ignorar diferencias étnico-raciales o viejos traumas y conflictos; insano porque quien se pica, o se ignora a sí mismo, debe ser que aún come ajos. La razón más directa del olvido activo es, aparte de efectos indirectos de fenómenos como la Guerra Civil, la consciencia enterrada de tantos siglos de Inquisición, de limpieza de sangre y de judaizantes o moriscos reprimidos—los no expulsados, me refiero. Estas cosas se han ventilado más bien por vía de contactos familiares y costumbres de puertas para adentro: no juntarse mucho con los de tal pueblo, o con los de tal barrio, o con los gitanos, o con los agotes, o con los pasiegos, o con tal y cual... O sea, que todos mezclados, pero a veces no tanto.

Ahora que estamos en la España de los derechos históricos, imagínate que volviesen los judíos expulsados, a Zapatero, a pedirle compensaciones. Y los moriscos. O los suevos, que los conquistó Leovigildo, yo creo que bien merecerían autonomía y fueros, ¿no? Estos sí tuvieron reino en los siglos V y VI; otros con menos reino tienen más Derechos Históricos. A lo que voy, es que hoy en España, nadie (que no sea vasco, que ahí el racismo sí que cabalga fuerte) se interesa por su remoto origen étnico, y sin embargo las caras se ven por las calles: judíos, a patadas; moros, que tampoco faltan, y romanos, e iberos botorritos, y hasta celtas, aunque muchos que le pegan a la gaita y se creen celtas son otra cosa, seguro. Y suevos, y suevos. Y godos auténticos, y guanches. Con el mapa genético que van a hacer de los flujos de población los secuenciadores del genoma, los de 23&Me y otras compañías, si no pronto sí un poco más tarde, puede que esto cambie, y vuelva el interés por lo racial—esperemos que no demasiado, por favor. Nos enteraremos si los rubietes anchotes coloradillos de cara cuadrada son en realidad suevos, o son más bien asdingos, o silingos—que también vinieron en el 409. Fueron años de calamidades incontables, según Torres Rodríguez, que como digo no está nada interesado en los suevos de la actualidad, si los hay.

De la cultura sueva poco queda. Están los nombres y hechos de los reyes, como Reckiario, o Mirón. Sí quedan nombres de escritores e intelectuales (eclesiásticos) de aquella época, del reino suevo de Galicia, pero son hispano-romanos, no suevos. Son Paulo Orosio; San Martín de Braga; los dos Avitos que impugnaron a Prisciliano; Hidacio de Chaves, que escribió la historia de los suevos... y otros personajes de curiosos nombres, como Balconio de Braga, el teólogo Siagrio, Agrestio de Lugo, o Profuturo de Braga. Profuturo de Braga... ojo al parche.

Nos dice Torres que "No consta que ninguno de los suevos se haya distinguido en alguna de las ramas de la cultura. Era un pueblo de labriegos y de guerreros, y no sabemos de ningún hombre de raza sueva que haya superado dichas actividades" (293). Al margen de los genes, desde luego, poco queda de los suevos—casi ni el recuerdo de que fueron suevos, que sembraron el terror, y que aquí tuvieron un reino.

Guerra Civil: El vaivén de la memoria

Cosas que mueren, cosas recién nacidas

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martes 28 de julio de 2009

Cosas que mueren, cosas recién nacidas


Capítulo 13 del libro de James Shapiro 1599: A Year in the Life of William Shakespeare (Londres: Faber and Faber, 2005)

(Capítulo 12: El bosque de Arden)


13. Things Dying, Things Newborn. Muere la Caballería representada por Essex. Nace el capitalismo.

"Thou met'st with things dying, I with things newborn" (The Winter's Tale).


El conde de Essex había desembarcado en Irlanda el 14 de abril de 1599, en una campaña rodeada de murmuraciones, y sintiendo él mismo oscuras premoniciones del fracaso de su empresa, quizá debido a sus tensas relaciones con la reina. Se encontró allí con mala intendencia que hacía imposible un ataque directo contra el rebelde Tyrone, y el Consejo Privado del reino le negó refuerzos. Además, las fuerzas rebeldes resultaron ser mucho más numerosas de lo previsto: les duplicaban en número. Lejos de poder atacar a Tyrone en Ulster, sólo podía aspirar a contener la rebelión en el sur y el oeste. Shapiro observa que la única posibilidad de victoria hubiera sido seguir la estrategia sugerida por Spenser: sembrar el terror, arrasar las cosechas, y doblegar Irlanda con el hambre y la brutalidad salvaje. Pero tal estrategia repugnaba a Essex, que aspiraba a un enfrentamiento honorable en el campo de batalla.

Intentó Essex promover a amigos y parientes suyos para los puestos de responsabilidad en Irlanda, pero la reina repuso desautorizándolo.

"Detrás de estas maniobras, detrás de toda la campaña irlandesa, había un enfrentamiento sobre la cuestión de la cultura del honor" (285)

(Y en realidad de las relaciones entre aristocracia y monarquía absoluta:)—los aristócratas, los caballeros tradicionales, habían visto sus filas reducidas bajo los Tudor, y Elizabeth continuó con esta política, sometiendo y estrangulando la independencia de la nobleza. Essex era el representante de esta tradición aristocrática, y su portavoz más explícito. Había conseguido el puesto muy codiciado por él de mariscal de la corte (Earl Marshal), encargado del ceremonial de caballería de la corte. Y lejos de interpretar su puesto como una mera cuestión ceremonial, intentó resucitar el papel de la caballería de modo activo, irritando a la reina. Se negó a firmar como su "sirviente" e insistió en que era su "vasallo", ligado por tradiciones de ceremonial y jerarquía feudal, no por servidumbre.  Cuando fue comandante, en Rouen y en el ataque a Cádiz, se dedicó a armar caballeros a numerosos partidarios suyos, en grandes números, algo fuera de lo corriente. Y en Dublín organizó un festival caballeresco fastuoso, en contraste con la ceremonia cortesana donde Isabel premió a cortesanos "poco caballerosos", en su continuada subversión de la tradición de la caballería. También respondió privando a Essex de un jugoso monopolio que codiciaba y dándoselo a su rival el burócrata Cecil.

Shakespeare en esto parece estar del lado de Essex: en sus obras se ve el contraste entre caballeros guerreros tradicionales, y los advenedizos cortesanos y cobardes: por ejemplo cuando a Sir John Fastolfe le arrancan la insignia de la jarretera en Enrique VI 1. Su propio interés en procurarse un blasón muestra cómo participaba de estas ambiciones aristocráticas, y quizá también le remordiese el contraste entre la pura formalidad administrativa y el contenido caballeresco y marcial.  

En Irlanda, los rebeldes nativos luchaban una guerra de guerrillas, evitando el enfrentamiento directo y dejando agotarse a los ingleses con su estrategia tradicional. Las batidas inglesas tenían algún éxito ocasional, otras veces terminaban en emboscadas y expediciones sin sentido ni rumbo. El país los ignoraba en la medida de lo posible, Essex entretenía a sus hombres con la esperanza de honores y victorias, nombrando más caballeros aún. Le llegaron noticias de la muerte de su hija en Inglaterra. Contra sus tropas derrotadas en Wicklow aplicó Essex una medida de antigua tradición pero repugnante: la ejecución de uno de cada diez supervivientes. Las deserciones se sucedían, y aumentaban la mala prensa del conde en Inglaterra con testimonios de primera mano. La moral bajaba, las enfermedades y bajas proliferaban, la intendencia era corrupta, el equipamiento inadecuado. Isabel le envió a Essex órdenes de atacar directamente a Tyrone y le prohibió volver a pisar Inglaterra sin su permiso. La paranoia del conde se alimentaba sola, pero también tenía motivos por la actividad de su partido contrario en la corte. Essex preparaba expediciones con sus malas fuerzas, pero al parecer también le tentaba la idea de desembarcar en Milford Haven y defender su causa en Inglaterra (una idea que Shapiro dice pudo haber sacado de Ricardo III, donde desembarca allí la exitosa fuerza contra el tirano). Los espías de Cecil ciertamente barruntaban estos planes del conde. En un consejo militar, Blount y Southampton (el antiguo patrono de Shakespeare) le convencieron a Essex de que más bien fuese con un grupo de hombres a hablar con la reina. Pero la reina estaba cada vez más irritada con Essex, su independencia de criterio, su teatralidad y su autocompasión.

Y Essex acabó por salir contra las fuerzas superiores de Tyrone, pero éste eligió esquivarlo y marearlo y frustrarlo. Fue retado por Essex a combate singular, pero lo ignoró. Ofreció una sumisión ceremonial de forma y sin sustancia real, y parlamentó con Essex a principios de septiembre. Pero esto iba en contra de las instrucciones de éste, que se hizo sospechoso de buscar algún interés propio o algún plan de traición. La reina reiteró sus órdenes, pero Essex ya se había embarcado a finales de septiembre y fue a Inglaterra para ser recibido por la reina. A la vez, en su bando se debatían planes de matar a Cecil y sus partidarios antes de hablar con la reina, aunque Essex no lo consintió.  Essex irrumpió en las habitaciones de la reina, sin adecentarse antes, y pillándola a ella sin arreglar, para obligarla a escucharle. Elizabeth no sabía si estaba ante una rebelión o no, pero siguió la corriente a Essex cuando éste hizo ademanes de sumisión feudal. Prometió recibirlo enseguida: mientras, se informó de que venía sin su ejército, y lo despidió ordenándole que esperase sus instrucciones. Essex estuvo esperando hasta que su impaciencia lo llevó a montar un intento de rebelión, que lo llevó al cadalso. Con él moría una parte de la caballería tradicional.

A la vez, estaba naciendo el imperialismo capitalista y comercial, que abre una nueva era de la historia de Inglaterra. También estos días de finales de septiembre, un consorcio de comerciantes londinenses elevaron una petición a la Reina y fundaron la East India Company, para comerciar con la India. Se empezaban a poner las bases del todavía inexistente "Imperio Británico" del cual llevaba hablando el mago John Dee veinte años. Imitaban a los mercaderes holandeses, que acababan de obtener beneficios de un 400% en sus inversiones en la ruta oriental del comercio. Los mercaderes ingleses de la Compañía de Levante tenían una ruta de distribución por tierra, a través de Turquía, pero eran quienes más tenían que perder, así que se apresuraron a abrir la nueva ruta. No eran aristócratas, pero buscaban el apoyo de la corte y de sus nuevos hombres. Y lo tendrían en Cecil, más que en la tacaña reina. Cecil fue el dedicatario de los viajes de Hakluyt, una útil propaganda de estas aventuras de navegación, cuyo segundo tomo, sobre viajes a la India y más allá, se estaba terminando este otoño. En la reedición de 1599 suprimió la narración de la campaña de Cádiz de Essex del primer tomo, y toda alusión al conde. Las fortunas de éste caían estrepitosamente a la vez que nacía el nuevo imperio, comercial y no caballeresco. Los nuevos aventureros eran los mercaderes—Shakespeare usa la palabra en ambos sentidos  (y recordemos también la dedicatoria de los Sonetos, de Thomas Thorpe, que alude a una empresa comercial y aventurera).

Shakespeare no tenía fondos suficientes, si tenía interés, para invertir en estas empresas. Aunque queda la anécdota de la representación de Hamlet en uno de los tempranos viajes a oriente, a bordo del navío Dragon, en 1607, cerca de África.

Del escepticismo de Shakespeare hacia los ideales heroicos queda sus desencantadas aventuras homéricas en la cáustica obra Troilus and Cressida. En Hamlet también se nota la huella del desencanto, en el contraste entre el mundo caballeresco del viejo Hamlet y las intrigas cortesanas y dudas metafísicas del presente. La armadura del viejo rey es un anacronismo, como lo eran los torneos de Essex en la Inglaterra isabelina. También en la representación que hace Shakespeare de los duelos, sus tecnicismos y decadencia, está el signo de los tiempos y la decadencia de la auténtica caballería—la transformación de la tradición marcial en deporte.

La expedición de Essex en Irlanda se frustró. El poema de Thomas Churchyard para darle la bienvenida al conde en su regreso quedó sin publicar; la comparación de Essex con Enrique V en la obra de Shakespeare se suprimiría de la publicación. A Essex unos le intentaban convencer de que forzase a la reina a reconocerle; otros le sugerían que escapase al extranjero: Essex mismo prefería el combate a la huída, y muchos de sus partidarios le abandonaban viéndole en desgracia y temiendo verse implicados en algún intento desesperado. Algunos dicen (Fulke Greville) que eran los enemigos de Essex los que hacían circular rumores de sus intenciones, para terminar de hacerle caer. Mountjoy fue nombrado Lord Deputy en Irlanda para suceder a Essex, y también allí había intrigas: estaba dispuesto a hacer una demostración de fuerza junto con Essex y el rey escocés para asegurar una sucesión escocesa a la corona. Pero de estos planes, en los que estaba involucrado también Southampton, se descolgó Mountjoy, y no quiso involucrase en ellos el futuro Jacobo I.  Estos planes eran secretos, pero los tiempos estaban listos para ellos; estaban en el aire—y así encontramos conspiraciones semejantes en Hamlet (1600) que muestra pues la marca de su tiempo, como según dice el príncipe debe hacer el teatro.

Capítulo 14: Ensayos y soliloquios


Antony Beevor, LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

al enemigo

Me acabo de leer otra historia de la guerra civil, la de Antony Beevor, La Guerra Civil Española (Barcelona: Crítica, 2005), revisión de un libro anterior del mismo autor escrito en tiempos de la transición. No sé si ese libro sería un alegato a favor de la República y contra el franquismo, aunque supongo que sí. En el prólogo a este nuevo libro, dice el autor que la masa de información disponible hoy es mucho mayor, y qual enemigoe además ha ido perdiendo "algunas apasionadas certezas de juventud" (13). No ciertamente a la hora de desarrrollar una visión más positiva de Franco y el franquismo, pues en este aspecto nos retrata a un inepto cruel, apoyado por una clase dominante tradicional corrupta y prepotente, y en esto le tiembla poco la mano.  Sí en cambio me parece que habrá perdido fe en las bondades del bando republicano. Franco ganó la guerra en parte por la mayor unidad de su bando: sus fuerzas "Eran de derechas, centralistas y autoritarias a la vez. La República, por el contrario, venía a ser un crisol de incompatibilidades y sospechas mutuas, con centralistas y autoritarios enfrentados a regionalistas y libertarios" (8)—con lo cual el tema del cainismo y la incompetencia republicana se va volviendo prominente. También observa que la historia de la guerra civil "la han escrito con mayor eficacia los perdedores que los vencedores" (8) y en eso debe haber ventajas e inconvenientes—es de suponer que parte de esa eficacia irá derivada a que los perdedores tenderán a justificarse ellos mismos, antes que a hacer justicia al bando vencedor. Que, por su parte, ya estaba repartiendo justicia de la suya no sólo en libros sino en decretos y sentencias.  

Todo ello hace difícil, si no imposible, la objetividad—por ejemplo, en esta frase: "Cada lado ha tratado de demostrar que fue el otro el que la empezó. A veces, incluso se tiende a pasar por alto factores neutros, como el hecho de que la República trataba de llevar a cabo, en muy pocos años, un proceso de reforma social y política que, en cualquier otro país, habría requerido un siglo" (9). En esta frase, uno podría pensar que al autor le chocaría la imposibilidad o desatino de intentar llevar a cabo en cinco años lo que hubiera requerido un siglo en cualquier otro país o en este—porque tampoco parece que esté alabando (a los resultados hay que remitirse) la especial flexibilidad de España para poder conseguir en un lustro el trabajo de un siglo. Y sin embargo queda en la frase un rastro de admiración a los visionarios que intentaron pisar el acelerador. Con lo cual ya no queda claro cuál es el "factor neutro" que ve el autor en todo esto. Factores neutros, pocos quedan, una vez se estudia la trabazón de todo con todo y se evitan los simplismos. 

Ahora el autor tiene más dudas sobre el carácter democrático de las fuerzas republicanas (y con razón). Pero eso le lleva a veces a curiosas quebradas conceptuales, o a corrientes cruzadas de ideas en las que no parece combinar bien un discurso de "buenos y malos" (donde los buenos son los republicanos y los malos los franquistas) con una visión más escéptica, un discurso de "malos y malos", una historia de enfrentamiento entre fuerzas totalitarias. A veces se producen remolinos de razonamiento contradictorio, por ejemplo en estas dos frases al final y al comienzo de un párrafo en la introducción donde se discuten las elecciones del 36:

Si la coalición de derechas encabezada por la CEDA hubiera ganado las elecciones (cosa que habría sucedido si los anarquistas también entonces se hubieran negado a votar), ¿habría acatado la izquierda el resultado legítimo? Uno no puede por menos que sospechar que no. Largo Caballero había amenazado abiertamente antes de las elecciones con que si la derecha las ganaba, se iría a la guerra civil.
    Desde el primer momento, los nacionales quisieron hacer creer a todo el mundo que sólo se habían sublevado para abortar un putsch comunista, lo que no era más que un montaje para justificarse, a toro pasado, por lo que habían hecho (...).  (10).


—Bueno, pues según acaba de decir el autor, si no había putsch comunista, ¿sí habría putsch socialista? Eso suponiendo que el término de "comunista" no le cuadrase a Largo Caballero, que gustaba de presentarse como "el Lenin español".  En fin, que en suma Beevor reescribe su propia historia personal de idealistas milicianos republicanos de sana izquierda, combatiendo a unos abyectos militares fascistas, y la matiza con un mayor escepticismo ante las credenciales democráticas de los republicanos, y un mayor sentimiento de asco ante el ensañamiento de todos, y las "profecías autocumplidas" de la retórica de la aniquilación que todos emplearon.

Especialmente llamativa a la luz de los nuevos documentos conocidos desde la caída de la URSS es "la determinación comunista de eliminar a sus aliados de izquierda una vez que la guerra contra la derecha hubiera sido ganada" (11) —cotéjese esto con lo que dice en la página 10 de que el "putsch" comunista era un montaje de la derecha.... en fin. La estrategia democrática del Frente Popular no era sino eso, un disfraz o una estrategia momentánea, destinada a engañar a muchos—y huellas aún quedan en este libro de la magnitud del engaño.

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Algunas notas subrayadas sobre los capítulos del libro:

1) España a comienzos del siglo XX

2) La Segunda República










Francamente

 

A Great Blow in Ireland

Capítulo 2 de 1599: A Year in the Life of William Shakespeare, de James Shapiro ( Londres: Faber and Faber, 2005).

(Capítulo 1: A Battle of Wills).


2. A Great Blow in Ireland.  La expedición a Irlanda de Essex, contra la rebelión de O’Neill, conde de Tyrone.

En 1598 moría el hombre fuerte del régimen de Elizabeth, el Lord Tesorero Burghley, experto en manejar las crisis y desactivar partidismos. A su muerte, los dos partidos se encarnarán en la persona de su hijo, Sir Robert Cecil, y el conde de Essex, de quien Burghley había sido tutor. El partido de los togados contra el de los soldados, respectivamente. Essex, contra quien se murmuraba que promovía la guerra en interés propio, escribió una curiosa Apology defendiéndose, con una evocación nostálgica del reinado de Enrique V y sus exitosas campañas militares en Francia, como un ideal patriótico y caballeroso. "Habiendo prometido escribir una nueva versión de Enrique Quinto, Shakespeare era muy consciente del equipaje político que acarreaba esta historia, tanto más una vez empezó a circular la Apología de Essex" (Shapiro 55, traduzco). Y se encuentran en la obra de Shakespeare numerosas alusiones, tanto implícitas como explícitas, a la campaña irlandesa de Essex.

Essex, favorito de la reina tras sus predecesores Leicester y Hatton, era menos prudente que ellos, además de treinta años más joven, y se indignaba cuando la reina no seguía sus sugerencias políticas. Una célebre bronca tuvo lugar con ocasión de enviar un nuevo administrador a un puesto un tanto envenenado en Irlanda. Essex no quería que Elizabeth enviase allí a su tío y aliado William Knollys, y le hizo un gesto de desaire a la reina, dándole la espalda con insolencia. Elizabeth le dio una bofetada en la oreja. Essex, airado, insinuó que si la reina no fuese mujer no le aguantaría esto—un primer episodio grave, sobre todo cuando Essex se empecinó en su honor combinando razonamientos aristocráticos tradicionales con argumentos modernos contra la tiranía—una combinación peligrosa a los oídos de la reina. Tales fueron los preliminares palaciegos de la expedición de Essex a Irlanda—un lugar donde era fácil fracasar.

En 1597 había habido una derrota sonada de los ingleses en Blackwater, con un ejército masacrado. Elizabeth preparaba la respuesta, y buscaba un jefe para encabezar una campaña de represalia en Irlanda. Essex se veía tentado por la aventura militar, a la vez que veía que era un paso peligroso. Se opuso a que encabezase la expedición de castigo alguien de menos rango que él. Pero Essex conduciría su campaña de modo ineficaz, atento más a su idea tradicional de la guerra que a las peculiaridades de la situación irlandesa—de sus lealtades inciertas, de su paisaje traicionero, y de la estrategia más localizada seguida por Tyrone, basada en el desgaste y en esquivar la batalla, en el empantanamiento del adversario, y el ataque por sorpresa. Volvió de Irlanda desconcertado y fracasado. Su sucesor Mountjoy, a quien Essex se había opuesto en un principio a enviar, siguió los consejos genocidas del poeta Spenser en A present View of the State of Ireland, y en lugar de perseguir a las partidas de rebeldes irlandeses sumió al país en el hambre y la desesperación antes de reducirlo militarmente. Esto no fue ni caballeroso, ni decente, ni ético—pero fue eficaz.

Por su parte, Essex, con su campaña desbaratada, frustrado, y ofendiendo a la reina con sus familiaridades, se vio despedido de la corte. Y cuando intentó a la desesperada montar un golpe de estado para imponerse frente al partido de sus rivales, en 1601, fue arrestado, condenado y decapitado.


Capítulo 3: Entierro en Westminster

 

23-F, la verdad

Es un libro de Francisco Medina (De Bols!llo, 2006) muy ilustrativo sobre aquellos años de caos y conjuras, y trae a la memoria cosas que la mitología oficial de la historia española, o la conveniencia oportunista, hacen a menudo olvidar. Algunos elementos a tener en cuenta según los expone Medina:

— La política económica de Suárez estaba siendo desastrosa; las huelgas promovidas por unos sindicatos aliados con la izquierda eran irresponsables y desestabilizadoras. Ni entonces ni ahora hay una ley de huelga. Los empresarios no querían a Suárez que "era muy socialista" y los socialistas tampoco lo querían allí, en el lugar de ellos. 

—  A Suárez lo quiere echar todo el mundo: hasta su partido, que lo ve embarcado en una carrera personalista hacia no se sabe dónde, pedaleando para mantenerse. Su política exterior recuerda, si a la de alguien, a la de Zapatero. Suárez, dice uno de los confidentes, "no quería ser el líder del centro derecha español".

— El PSOE estaba con el culo inquieto por llegar al poder, aunque fuese a través de un gobierno de coalición, y estaban dispuestos a dar su apoyo al plan para poner al general Armada a la cabeza de un gobierno de concentración.

Antonio Cortina y su hermano del CESID José Luis Cortina, el coronel José Ignacio San Martín, el comandante Pardo Zancada, fueron de los más activos factótums que impulsaron un golpe. (También el enconces capitán Joaquín Tamarit, hoy en la Jefatura de Estado Mayor del Ejército—p. 345, n.3). Aparte estaban Tejero y sus autobuses, y por otro lado todos los políticos urdiendo una manera de quitar a Suárez de enmedio, con el apoyo del Rey. Pero el punto de contacto de todos estos planes, golpistas o no, era mínimo, y los esfuerzos de los intrigantes para ocultar información a unos y otros a la vez que conjugaban voluntades y compromisos medio hablados, sólo consiguieron llevar al fracaso y al ridículo todo el plan. Como muestra un botón, "Se habló incluso de crear una unidad militar puramente vasca, en la que se integrarían los etarras tras dejar las armas, una especie de Legión..." (192) !!!!

— El tejerazo fue a la vez "el 23-F" y lo que acabó con el 23-F, o sea, fue la manifestación grosera, chapucera, decimonónica y absurda de un deseo muy extendido entre muchos de dar un giro radical a la política española. Y acabó con cualquier posibilidad de impulsar el "gobierno de concentración" que aunase a las fuerzas parlamentarias. Saldría de allí el breve gobierno de Calvo Sotelo, y pronto unas elecciones ganadas por un PSOE que ahora ocultó cuidadosamente sus contactos con Armada y su disposición al gobierno de un militar. Pero vamos, en el año anterior, parece claro "no sólo que en la Zarzuela se conocía que había algo parecido a lo que luego se denominaría la Operación Armada, sino, sobre todo, que se apoyaba semejante operación" (174). Pero los métodos impresentables elegidos por Armada, y sobre todo el Tejerazo televisado en directo, obligaron a reconducir toda la cuestión y a ocultar una metedura de pata gigantesca de mucha gente.

—Hubo contactos y vistos buenos confidenciales de los EE.UU. No es casual que el 23-F suceda justo tras la llegada de Reagan a la Casa Blanca. "Había una dependencia muy evidente del CESID con respecto a la CIA", dice Perote (301).

— El Rey tenía conocimiento del plan para llevar a Armada al gobierno, y confiaba en la capacidad de éste para "reconducir" un golpe militar, con el que prácticamente se contaba. Entre militares se era muy consciente de lo que convendría hacer o no hacer si había levantamiento: pero había enorme desorientación, mentideros por doquier y vigilancia mutua. Sorpresas sorpresas, pocas. Más bien, "un problema de estética" para liderar lo que se vio por la tele (352).

— Hay que colocarse en contexto retrospectivamente. La Eta estaba matando por entonces a decenas y decenas de militares: algo que en aquellos años de postfranquismo inmediato se toleraba con la inconsciencia del "algo habrá hecho" o del "todo vale"; con una falta de criterio y un embotamiento en la reacción política que hoy serían impensables. O eso es preferible pensar.

— Suárez había perdido la confianza del rey (por asuntos "de celos" nos dice Medina, sin especificar mucho más, aunque alude a líos de todo tipo). En parte se le estaba subiendo a las barbas no sólo al monarca, sino a su propio partido, y al país: un corredor por libre pedaleando en el aire, vamos—pensemos en la locura del rey Jorge, vamos, o en las escapadas de Ibarreche. Su buen criterio y su eficacia salen bastante en entredicho del panorama pintado aquí.

—Suárez fue quien, a su manera, dio también un "golpe", en el sentido de que nombró a su sucesor, Calvo Sotelo, invadiendo lo que el Rey consideraba una competencia suya (un rey que todavía tenía extendido el dedo que había nombrado a Suárez, y que quizá no había asumido plenamente su papel cuasi-nominal en la nueva Constitución). El rey esperaba que Suárez dimitiese a sugerencia suya, para nombrar a "alguien" sugerido por los partidos, posiblemente Armada: y le irritó que Suárez se resistiera y luego que organizara su propia sucesión ("Arias era un caballero, me bastó con insinuarle la necesidad del cambio para que él actuara en consecuencia"). Suárez le pidió a Felipe González apoyo para resistir estas ideas del rey, pero Felipe no deseaba otra cosa que la dimisión de Suárez... y participar en el gobierno Armada.

— La mitología según la cual unos militares se salen del tiesto por cuenta propia, y el rey los pone firmes en un gesto de heroica autoridad... es una simplificación notable, aptar para consumo popular. Ignora todas las tramas civiles, militares y reales para dar un "golpe de timón" a la situación caótica y descabalgar a Suárez. El verle las orejillas al lobo hizo que se calmase un poco quizá todo el mundo: el rey, que pasó a intervenir menos en política nacional, y el PSOE, que esperó a ganar las elecciones en lugar de apuntarse a un bombardeo—es un decir.

—Armada por supuesto emerge como un notable intrigante, contando a cada cual lo que quería oír y haciéndoles presuponer más acuerdos de los que había; al tanto de planes golpistas semicoordinados, e intenta rentabilizarlos y que jueguen a su favor. El golpe de extrema derecha de Tejero, el de los militares descontentos liderados por San Martín, y el de la "trama civil" habrían de culminar en su persona. Otro que pedaleaba por el aire, aunque no tanto. Todo era bastante inestable e imprevisible, y parte al menos de este comportamiento sorprendentemente estúpido y optimista de Armada habría que atribuirlo a las peculiaridades de la comunicación de un monárquico con el Rey: a la necesidad de no involucrarle y a la vez de interpretar sus deseos y llevarlos a cabo de la manera que él consideraba más factible, mediante la presión del Ejército y una amenaza de golpe similar a la que llevó a De Gaulle al frente de la V República francesa.

— Como curiosidad, Suárez "presumía de no haber leído nunca un libro", dice uno de sus antiguos amigos (213).

— Y otra curiosidad: el gabinete que iba a ser propuesto por Armada si el Rey le pedía que interviniese. Gabinete que tampoco le gustó a Tejero:

"Presidente: general Alfonso Armada; vicepresidente para Asuntos Políticos: Felipe González; vicepresidente para Asuntos Económicos: José María López de Letona; ministro de Asuntos Exteriores: José María de Areilza; ministro de Defensa: Manuel Fraga; ministro de Justicia: Gregorio Peces-Barba" etc, etc... Un gobierno en el que estarían no sólo los otros frustrados miembros de la terna de la que salió Suárez (Fraga y Areilza), sino también  Javier Solana, Ferrer Salat, Solé Tura, Tamames, Múgica, Herrero de Miñón, Garrigues, Luis María Anson, y supervivientes todoterreno del franquismo como Pío Cabanillas... Vamos, suficiente como para que a nadie le interesase airear demasiado los detalles. A Carmen Echave, que tomó nota de la lista, le recomendó Rosón, el ministro del Interior, que no la diera a conocer a los jueces que investigaron el golpe. Y hubo instrucciones, y consenso, de encausar al mínimo número posible de implicados en las diversas tramas ilegales o de dudosa legalidad.

La limitación mayor del libro... pues sin duda la ocultación de las fuentes, de los nombres de varios de los personajes que hacen confidencias políticas a Medina, exigiéndole que mantenga su intervención en secreto. Y siempre hay quien sabe más de lo que circula. Aún está demasiado cercano el asunto, parece—por ejemplo, tenemos aún el mismo rey, y que nos dure muchos años cumpliendo sus funciones.

Narratología del 23-F