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Vanity Fea

Historia

Francamente

Viernes 15 de agosto de 2008

Me estoy terminando los Mitos de la Guerra Civil de Pío Moa, que me ha parecido excelente dentro de su abierta simpatía hacia el bando franquista: es un libro muy informado y crítico, y para nada la bazofia pseudohistórica que dicen Preston y otros—un juicio sectario éste, que de repente me los vuelve a ellos menos fiables, una vez leída la cuestión. Cuando Preston llama a Moa terrorista o fascista, dice que sus libros consisten en insultos y tergiversaciones, o cuando se niega despectivamente y "por principio" a debatir con él—ahora ya veo quién se autodescalifica a sí mismo por actitudes tendenciosas y sectarias.

Un detalle del final de la guerra: Negrín, escribiéndole a Indalecio Prieto, dice:

"Sea usted franco y un poquitín generoso, no lo he hecho tan mal..."

¿Será un lapsus, o ganas de cabrear? La interpretación es libre.

Y otra salida inesperada de Negrín—a quien Pío Moa reconoce sin embargo cierta coherencia en su opción deliberada por el estalinismo. Dice Negrín de los líderes del PNV y de los nacionalistas catalanes:

"Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si estas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros o nuestros hijos, o quien fuere. Pero estos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco."



Nada menos que Negrín. Esto según Azaña, en sus Memorias, volumen II.

También dijo Negrín, por cierto, que no fueron los franquistas quienes derrotaron a la República, sino "las asechanzas de unos cuantos malandrines", refiriéndose a las guerras intestinas y sublevaciones dentro del bando republicano. Es una opinión, y, francamente, las hay menos informadas.


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Moa es abucheado de modo casi unánime por la historiografía profesional universitaria, normalmente sin entrar a debatir sus interpretaciones ni datos, simplemente en una especie de ritual de chivo expiatorio.  No parece la opción más inteligente a tomar en un estudio histórico, y así se revela un cierto consenso sectario en torno a qué interpretaciones son admisibles y cuáles no son ni siquiera discutibles.  Una cierta reacción al respecto se apunta en este comentario de Pablo Sánchez León ("La objetividad como ortodoxia: los historiadores y el conocimiento de la Guerra Civil Española", en Guerra Civil: Mito y Memoria, ed. Julio Aróstegui y François Godicheau (Pons, 2006):

"son precisamente los pies de barro extraintelectuales de la historiografía sobre la guerra civil española los que incitan al revanchismo entre los excluidos de la ortodoxia dominante. El relativo best-seller que ha supuesto al obra de Pío Moa apunta en esta dirección: se trata de una obra que aspira a dar la vuelta a casi todas las convenciones sobre los orígenes de la guerra civil española. Escrita con ánimo de enjuiciar negativamente la labor de la izquierda política durante la República, hasta considerarla causante de la guerra, el valor de la obra no reside en la coherencia de sus hipótesis, sino en el público al que representa, esto es, una parte de la opinión pública que no se siente identificada con la actual interpretación ortodoxa de la guerra civil. Pero se trata de una obra que cumple los mínimos metodológicos para ser considerada un producto historiográfico: la interpretación de los hechos que hace no es mucho más parcial y subjetiva que las que se han impuesto durante los últimos treinta o cuarenta años". (128)


Paul Preston en Zaragoza

Espectros de España por aquí

17 de julio de 2008

Me empiezo el libro de Giles Tremlett Ghosts of Spain (Londres: Faber and Faber, 2006). Sobre la memoria histórica y la desmemoria precedente: los crímenes de la Guerra Civil, el olvido pactado de la Transición, y el súbito interés en volver sobre estas cuestiones mal resueltas a comienzos del siglo XXI.  Empieza el primer capítulo, "Secretos a voces", con la exhumación de tres "rojas" fusiladas en Poyales del Hoyo y dejadas enterradas en la cuneta hasta 2002—y sigue con más enterramientos y desenterramientos masivos de víctimas civiles de la guerra. Estos de rojos, aunque también los hay del otro bando—y ya pasamos al capítulo de las acusaciones mutuas, las apropiaciones republicanistas del asunto, las ambivalencias (cuando no posturas claras) de la derecha al respecto...  

Tremlett toma partido claramente por los derechos del bando republicano a rememorar y enterrar dignamente a sus muertos, algo que el régimen franquista, y luego la Transición, hicieron sólo de modo superficial y por cubrir el expediente, dejando muchas heridas tapadas pero todavía abiertas—primero por miedo sin más, y luego en nombre de una actitud constructiva de no mirar atrás.

Establece una diferencia entre la barbarie oficial promovida por Mola o Franco durante la guerra (sembrar el terror, exterminar a los disidentes) y la actitud diferente de los republicanos—cita a "un historiador" no nombrado que dice que "Ni las autoridades republicanas, ni los partidos políticos de izquierda sancionaron las represalias. Por contra, la represión salvaje perpetrada por el bando nacional fue una estrategia oficial, sistemática y calculada".

En esta diferenciación pecan de parciales Tremlett y su historiador (—Vicenç Navarro es una de sus fuentes favoritas). Cualquiera que estudie el asunto con objetividad verá que hubo tanta barbarie organizada en un bando como en otro, y tanta hipocresía y uso extraoficial de la brutalidad entre los partidos y dirigentes republicanos como entre los "alzados". Con mucho lenguaje noble e idealista en los dos bandos, también.

En todo caso, sobre un punto no hay mucha disputa, y es quién ganó la guerra, y quién tuvo cuarenta años para decir la última palabra—última por entonces, claro. Y por eso no se puede disputar el planteamiento básico del libro de Tremlett expuesto así:

"En las tumbas de Pilar, Virtudes y Valeriana—y en cientos más como ellas—se halla la prueba de un silencio que ha sido tanto colectivo como voluntario. Uno de los pueblos más habladores y discutidores de Europa sencillamente ha elegido apartar la mirada de una parte vital de su historia cuya presencia espectral y aterradora se encuentra bajo unos pocos palmos de tierra" (24).

Es la postura de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que en su petición al Parlamento expuso que el conflicto entre las dos españas no se cerrará realmente hasta que se recupere la verdad de los hechos y se dé sepultura digna a los muchos asesinados del bando republicano que no han tenido ocasión de tenerla nunca.

"Los que perdieron la guerra se vieron condenados al silencio, que les impuso la dictadura, y que aceptó la democracia con la Ley de Amnistía de 1977. Esa condena ha llegado ahora a la tercera generación de estas familias... Hoy hay gente que todavía siente la necesidad de bajar la voz o hasta de cerrar las ventanas cuando hablan de estos hechos, como si ellos mismos estuvieran haciendo algo clandestino" (26)

Reconoce Tremlett el extraño giro de los partidos de izquierda tan interesados en hacer uso político de esta cuestión ahora como desinteresados estaban hace unos años. Pero para muchas personas, dice, no es una cuestión de enfrentamientos partidistas:

"La venganza no está en su vocabulario. La justicia que buscan es histórica. Por tanto, no ha habido presión para llevar a juicio a los viejos asesinos en masa, ni, hasta ahora, de exponerlos a la reprobación pública. Eso sería tensar demasiado el pacto de no agresión sobre el que está fundada la moderna democracia española. Lo que exigen es la verdad, y el derecho a enterrar sus muertos con decencia—dos derechos que hace tiempo que se concedieron a las víctimas del bando vencedor" (32). Y a veces no se trata en realidad de derechos o de obstáculos legales, sino de traumas y actitudes y tabúes enraizados ya en la historia colectiva y personal.

Es una historia que nos suena, pues ha sido la historia de nuestra familia, como de tantas otras. Aunque no tenga yo, que yo sepa, ningún antepasado enterrado por las cunetas.

Mis abuelos maternos tuvieron que vivir en el exilio. Mi abuelo cruzó la frontera perseguido a tiros por una cuadrilla de matarifes de esos que iban fusilando gente por los pueblos. Y mi abuela tuvo que dejar el pueblo, Sigüés, cuando otros vecinos le hicieron la vida imposible. Las posesiones las fueron perdiendo por el camino, claro, y claro, alguien sacaría algo en limpio del asunto.

El otro día nos contaba mi madre cómo se quedó ella sin madre. Bueno, ya la habían mandado a vivir con mi tía, repartiendo fuerzas, a Borrés, donde la tía Felisa era la ama de llaves de Mosén Benito, que fue más tarde el que procuró que mi madre acabase Magisterio.  Bueno, pues a veces en Jaca y a veces en Borrés con la tía, mi madre recuerda que mi abuela procuraba reunirse con mi abuelo en Francia, donde había más oportunidades y menos miseria. Era la cocinera del general de la Ciudadela de Jaca, y éste le daba buenas palabras, que le darían un pasaporte, pero nada. Y se acuerda mi madre que ella le llevaba la comida a la Ciudadela al general ("y qué bien olía...") pero de eso no podía probar, y a malvivir esperando mejores años. Mi abuela había visto a mi abuelo en alguna ocasión en una fiesta que se hacía, y todavía se hace, en el valle del Roncal, una tradición antigua que reúne a franceses y españoles un día al año. Fue allí con mi tío Víctor, su hermano, que había estado en la cárcel por haber entrado en España con los maquis, y de milagro se libró de de que lo fusilasen. Mi tío la animó el mismo día de la fiesta a que se fuesen a Francia sin permiso ni pasaporte, y así lo hicieron, llevándose a Encarnita, la hija pequeña. Se volvió para Jaca su hermano mayor que las había acompañado, y que no se fue para no ser prófugo—y le dijo a mi madre "Oye, Dolorines" (o como la llamase), "que mamá no va a volver, que se ha ido a Francia". Hablábamos el otro día (era su 48 aniversario de bodas) de cómo mi padre conoció a los suegros en el viaje de bodas que hicieron a Francia, en 1960.   En verano los íbamos a ver a veces, ya tenían la vida hecha allí. Y en Francia está enterrado mi abuelo, aunque mi abuela volvió a España en los ochenta.

En la familia de mi padre la historia es más sangrienta, pues a mi abuelo paterno lo mataron al principio de la guerra: una historia que se ha vivido en silencio durante muchos años, de la manera que tan bien describe el libro de Tremlett.

Mi abuelo paterno era maestro en Escuer, cerca de Biescas, y movió todo el asunto (junto con el cura del pueblo) para trasladar el pueblo de sitio, desde el monte al llano. Veía la miseria de la gente que bajaba del pueblo aún de noche a trabajar al valle, andando horas, para deslomarse trabajando "de estrella a estrella" en las obras públicas, y volver a casa de noche cerrada. Hizo el abuelo los papeles necesarios en Madrid, una pesadilla administrativa, buscó créditos, y hasta le prestó dinero a alguno que no podía acometer el traslado de su casa él solo. Y Aún se ven hoy las ruinas del Escuer viejo, pero al final todos acabaron viviendo al lado de la carretera, donde el pueblo ha tenido una oportunidad, y hasta le dedicó una calle a mi abuelo en los años ochenta.

Por esos años reapareció también el retrato de mi abuelo, junto al de mi abuela—yo no lo había visto nunca de niño. El trauma de mi abuela era tan tremendo que nunca pudo hablar de esto ni mucho menos superarlo. Murió en 1972, una de esas mujeres de negro que eran como un símbolo de la España de tiempos de Franco. Mi abuelo nació el 2 de agosto, en los años 70 del siglo XIX, y el 2 de agosto de 1936 lo mataron. Fue una cuadrilla de pistoleros a buscarlo a casa, se lo llevaron de Biescas y a las afueras del pueblo lo mataron a tiros. Cuando se enteró mi abuela se quedó tan horrorizada y espantada que no fue ni siquiera a verlo—temiendo que la matasen a ella y a sus hijos también. Por fin se encargó alguien, del bando contrario al parecer, de que lo recogiesen y lo llevasen al cementerio de Jaca. Allí tiene tumba, pero no lápida. Fue mi padre a preguntar por el sitio donde estaba enterrado, y le dijeron: "Imposible, de esa fecha no hay nadie de esta comarca"—que ya traían por entonces muertos de Navarra y demás, pero que allí aún no habían matado a nadie, hacía sólo unos días del "Alzamiento" en Marruecos. Pero sí, mirando mirando, allí constaba, puesto de refilón entre dos tumbas. El primer muerto de la comarca, por algún enemigo que lo tenía enfilado—desde luego él no había matado a nadie ni mucho menos, antes bien había intentado mejorar la vida de mucha gente.  Negocio no hizo, desde luego—ganancias netas, seis pies de tierra.

De mi abuelo también se habló durante muchos años en voz baja. Y queda tan atrás su memoria que poco más se dirá de él seguramente. Aunque una antigua alumna suya, octogenaria ahora, tiene muy buen recuerdo de él y nos dicen que escribe cosas sobre aquellos años. Pero hay tantas cosas que pasan al olvido sin contarse nunca—y aunque se cuenten, al final todas. Sus hijos casi no lo conocieron, pues eran pequeños cuando murió y cayó sobre ellos el nubarrón de la desmemoria activa que fomentaba el Régimen. Además del régimen alimenticio bajo mínimos y la miseria que apretaba y las prioridades para sobrevivir y salir adelante—el estudio, el trabajo sin parar. Mi abuela no pudo reivindicar la memoria de mi abuelo, pero sí que consiguió en cambio, partiendo de casi nada (pues además fue maestra represaliada por el Régimen), sacar adelante a tres hijos y darles estudios. Y de allí hasta estas cumbres de cultura y bienestar, pasando por los disciplinados años cincuenta y sesenta, y los setenta que ya apretaron menos según recuerdo yo.

A mi abuelo le pusieron una calle los socialistas—aunque sus hijos insistieron en que no hubiese nada "de política" en el homenaje. Pero con calle y todo, resulta que el nombre coincidía con uno de los sublevados de Jaca, "Angel García"—además de coincidir con el de mi padre, y ya no se sabía la calle para quién era. Y la placa se fue moviendo de una casa en derribo a otra... total que ya no se sabe si tiene calle o no. Lápida aún no tiene su tumba, ni tendrá quizá. Pero con estos afloramientos de la memoria histórica, todo se mueve, y su familia va a ponerle este verano una lápida, con setenta y dos años de retraso... no en Jaca, sino en Escuer, en el cementerio del pueblo que él trazó. Sólo con su nombre y sus fechas de nacimiento y muerte—por no recordar su asesinato. Un capítulo más de la memoria y el olvido, que llega hasta aquí mismo, donde digo poco y aún digo demasiado. Es esa una sensación que producen los espectros del pasado, nunca se sabe si se les debe mentar o no, qué es mejor, qué es peor. La sensación no es que sea mía, es atmosférica.

Yo a veces he pensado, como quien piensa cosas por perder el tiempo, que quizá consten en algún archivo de Falange los nombres de los nobles patriotas que asesinaron al abuelo éste desconocido, con los recibos del sueldo que cobraron por la faena—es cosa que tal vez se podría investigar; hacerles un seguimiento, ver qué ha sido de ellos. Ponerles una denuncia por asesinato (que nadie les ha puesto nunca) a ver qué pasa... O darle de leches a algún nonagenario, quizá... Son cosas que uno no puede evitar pensar. O por lo menos ver si sus hijos saben quiénes fueron esos individuos—de quiénes son hijos. Serían tareas que sin duda tendrían su lado educativo, para mí y sobre todo para ellos, nunca es tarde para aprender. Gratificantes serían menos, me parece; y frustrantes, seguro.

En cualquier caso, hasta mí llega la desmemoria activa, y así no voy ni iré a los archivos ni a los juzgados, como cosa que no vale la pena, o poco seria, o demasiado seria; y todo va quedando atrás, y todo pasa y todo se sucede, y todo queda en la memoria y en la desmemoria.

Muertes paralelas / No se fusila en domingo

El Ángel de la Historia

El Ángel de la Historia "Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso."

(Walter Benjamin,  Tesis sobre la Historia y Otros Fragmentos)

Pongo un comentario al post de Historiantes sobre este ángel:

Creo que con ese ángel que mira atrás se refiere Walter Benjamin al conocimiento retrospectivo que constituye la historia, y que le da su perspectiva sobre los acontecimientos superior a la de los contemporáneos. Los contemporáneos viven inmersos en acontecimientos cuyo significado desconocen, porque ese significado todavía no se ha producido (lo producirá el tiempo, con sus resultados y consecuencias)—es decir, nunca vivimos los acontecimientos históricos que nos son contemporáneos como tales acontecimientos históricos, o al menos nunca de la misma manera. Esa expresión que utiliza a veces la prensa, "estamos contemplando un acontecimiento histórico", es una especie de apuesta. La historia en el sentido de procesos históricos sucede en el presente, en cada presente, pero la Historia como historiografía, como gran narración, como acumulación de tiempo y conocimiento, es inherentemente narrativa y retrospectiva. Si es que no es retroactiva... porque podría parecer que algunos de estos acontecimientos históricos son generados "en el pasado" tiempo después de que éste haya transcurrido. Cuando efectos imprevistos entonces acaben por salir a la luz, y los acontecimientos ahora "históricos" sean reevaluados por la posteridad. Pero esta retrospección/retroacción, lejos de significar que podemos cambiar el pasado a nuestro gusto, significa lo contrario, como dice Benjamin: no sólo la tragedia de que no podemos evitar las catástrofes que sucedieron (no podemos avisarles de lo que se avecina, de lo que vemos desde nuestra atalaya del futuro), sino también nuestra propia tragedia: nuestra acción interpretativa no está por encima de la historia, sino que está involucrada con los acontecimientos de nuestro tiempo, y también como historiadores actuamos, somos arrastrados por el viento huracanado de la historia en el que nuestra interpretación o perspectiva es un acontecimiento (insignificante) más.

No deja de recordar esta visión del conocimiento como generación retroactiva de objetos virtuales a otra línea de razonamiento que sigue Walter Benjamin en su ensayo "La tarea del traductor". Allí habla de un objeto virtual creado por la acción del traductor: un aspecto antes desconocido de una obra que sólo sale a la luz por efecto de una traducción. No en la propia traducción, ni en realidad en la obra que se escribió, sino como un resultado de la interacción de la traducción y el original.

Al igual que este objeto fantasmagórico, los acontecimientos históricos creados por nuestra perspectiva retrospectiva no están propiamente hablando ni en el pasado ni en el presente que los contempla, sino en ese extraño tiempo virtual que es el pasado contenido en el presente—en realidad, el único pasado que existe.




En el retrovisor

Cronista oficial de la villa

Lleva publicando la Institución Fernando El Católico una colección de libros sobre "Historias municipales", que estoy esperando que le toque el turno a Biescas. Tenemos una historia del santuario de Santa Elena (Pedro Estaún Villoslada, La ermita de Santa Elena: Lugar emblemático del Valle de Tena. Zaragoza: Barrabes Editorial, 2005), pero aún ninguna historia propiamente dicha del pueblo. A ver si no tarda, aunque hace falta valor para ponerse a escribir una—no es cosa de broma el trabajo que lleva.

Un poco más abajo siguiendo el Gállego, pero lástima que no pase por allí el río, está Villanueva de Gállego, el llamado pueblo de las tres mentiras; y ellos acaban de estrenar historia, el volumen 10 de esta serie que decía: Villanueva de Gállego, un enclave rural en la huerta de Zaragoza (2007). Un 2007 muy tardío será, porque conozco al autor, que trabaja en mi departamento, Carlos Urzainqui; me lo he encontrado hoy y me ha presentado el libro, que acaba de salir. Carlos vivió mucho tiempo en Villanueva pero era y es de Zaragoza—también somos del mismo año por cierto.

Pues como decía no es cosa de broma meterse a historiador local. Toda historia bien escrita es difícil escribirla—pero quizá tenga más disimulo la historia nacional, o la historia de acontecimientos famosos, pues hay tantas historias previamente escritas, y tanto material adicional ya estudiado y listo para seleccionar, que el trabajo puede ser de índole muy distinta. En la historia local, en cambio, suele el historiador ser el primero que se aventura por allí, y le toca recoger datos, hacer entrevistas, patear el campo, registrar archivos, digerir informes e impresos oficiales... ánimo a quien se anime, y enhorabuena a Carlos que lo ha hecho de modo magistral.

Empieza por la orografía y geografía, pasamos por los restos romanos ("no es nueva...") y las menciones en autores medievales, las figuras que por allí pasaron, las anécdotas como el cambio de nombre por generación espontánea (pues mucho tiempo se llamó "Villanueva de Burjazud"), la economía de los habitantes y del municipio, el gobierno, las vicisitudes de la historia nacional a su paso por el pueblo, la arquitectura, las tradiciones, las cofradías y casinos y romerías... El precio de la cruz de plata que encargaron en el siglo XVI, los contratos y obligaciones del barbero y el secretario, las casas de campo, la banda de música, la proclamación de la primera y la segunda repúblicas, los fusilamientos realizados por los falangistas, las incursiones del maquis, los cines de posguerra... En fin, como para no especializarse. O más bien para especializarse en cómo estos ingredientes se combinan de manera única en un espacio y en un tiempo irrepetibles pero de manera siempre cambiante, y seguirle la pista a todo como mejor se pueda—y se puede. Chapeau.

Un trocito sobre una época sensible:

La vida social de posguerra transcurría en un ambiente rural e introspectivo en el que abundaban las reuniones familiares, sobre todo alrededor de la radio o de la estufa, o de grupos cohesionados entre sí por lazos de afinidad. Se creó un prototipo de convivencia marcado por la pervivencia de supervivientes de ambos bandos que llevaba a la contención de determinadas ideas y sentimientos, aparte de la represión oficial. En este ambiente, la sociedad villanovense de posguerra vivía dentro de los cánones establecidos por el Régimen que se resumían, principalmente, entre el fútbol y el baile de los domingos. La amplia tarea musical del primer tercio del siglo continuó durante la posguerra. En 1944 ya existían dos locales de baile: uno de ellos situado en los bajos del Casino Agrícola Católico y otro llamado popularmente "El Bolo". Este último estuvo siempre controlado ya que, según aducían las fuerzas gubernamentales, "daba lugar a volver nuevamente a los tiempos de la República, pues se notaba en los vecinos la formación de dos bandos, siendo, como es lógico, los partidarios de la apertura de este baile los de ideología izquierdista" (Libro de Actas del Consejo Local del Movimiento, p. 57). Este último hecho no está constatado. (p. 226).

—Y de ahí a los cines de la generación de nuestros padres, la expropiación del Castellar, la democracia, con la sorprendente prevalencia de votantes del CDS, la circunvalación, la Universidad San Jorge, en construcción—mucho se construye últimamente en el pueblo, lo están dejando como nuevo.

En fin, que propongo que lo hagan villa de una vez, y que nombren cronista oficial de la misma a Carlos Urzainqui. Y, ya puestos, que desvíen un poquito el Gállego hacia allí.

Muertes paralelas / No se fusila en domingo


Señorita

Vía Ireth, me leo este divertido (es un decir) contrato de maestra para la Escuela Pública de niñas Casasimarro (Cuenca).
contrato maestra

Si así eran los de la escuela pública, temblad ante los de la privada... Aunque supongo que no serían tan diferentes: es una de las bellezas que puede llegar a tener la autonomía total de los poderes locales para dictar normas propias. Por suerte, en Biescas las maestras se podían casar en los años veinte; si no, esto lo estaría escribiendo otra persona.

Me pregunto (bueno, en realidad no me pregunto) si los contratos de los maestros eran igulamente draconianos: usar dos pares de calzoncillos, etc. Un viaje en el tiempo nos dejaría temblando de pavor, en más cosas de las que suponemos normalmente. Por favor, que continúe avanzando la Ilustración, y desatándose los turbantes externos o internos al cráneo.

La táctica de Don Recesvinto


Asesinados, y abucheados

Asesinados, y abucheados Comentario a un artículo de mi vecino de Facultad, Julián Casanova, aparecido en Público y retomado por un blog de la Facultad, Historiantes: "Lo que hace la Iglesia cada vez que beatifica es humillar más a los vencidos"—dice Julián Casanova.

Me parece una valoración muy desafortunada, hablando de víctimas de ejecuciones sumarias. ¿Supongo que no aprobará esas ejecuciones el Dr. Casanova? En ese caso, no entiendo cómo se fija únicamente en otras cosas que hace la Iglesia, cuando se está hablando de gente asesinada, mayormente. ¿Porque no querrá sugerir que estos "mártires" eran en realidad los asesinos? Igual alguno sí lo fue. Pero lo que se conmemora aquí, entiendo, son las muertes injustas y las persecuciones fanáticas. Que las hubo por todos lados. ¿Le parecería lógico al Dr. Casanova, como reacción a la película de "Las 13 Rosas", por ejemplo, decir que es una burda falsificación de la historia y un intento de ocultar los juicios sumarios y los fusilamientos del bando republicano? Supongo que eso le parecería tendencioso. Si la Iglesia ha sido cómplice de matanzas, también lo ha sido el PCE. O el PSOE. Tampoco han pedido perdón, que yo sepa. Hay por aquí ciertos empates: incluyendo el interés en ennegrecer al rival político y blanquear al aliado.

Sirva de comentario sobre la memoria histórica selectiva, y la confusión interesada entre víctimas de la barbarie desatada, y matones de esos que salen de debajo de las piedras en cuanto ven la ocasión. Dejen a la Iglesia que homenajee a sus víctimas, como se acuerda cada grupo de intereses de las suyas. Aunque parezca más cristiano (o más decente, sin más) acordarse de todos los que fueron asesinados brutal y cobardemente, o injustamente maltratados, y no sólo de los de nuestra cuerda. ¿Obvio? Parece que no tanto.

Guerra civil: el vaivén de la memoria

Las Médulas


Las Médulas

Nos vamos con lo puesto a visitar las minas romanas de Las Médulas, cerca de Ponferrada—bueno, cerca pero no tan cerca. Después de ver unos vídeos cómo los romanos hacían lo que llamaban ruina montium, subimos a un mirador desde donde se veia, a modo de Gran Cañón del Colorado, el paisaje impresionante que dejaron los romanos... bueno, los astures, que romanos no debía haber ninguno dando ni pico. Pero eso sí, ahí los tenías midiendo y diseñando canales y túneles: hasta desde 100 kilómetros traían el agua por cumbres y riscos para hacerla llegar hasta la cima de estos montes, y poder derrumbarlos con un sistema de galerías. Como no tenían dinamita, tenían que derrumbar medio monte de vez con un sistema de galerías inundadas de repente, para aprovechar la propia fuerza del monte derrumbándose y que cayese aún más. Dice Plinio que el resultado era una auténtica explosión, con onda expansiva incluida, y un estruendo tal que no lo imagina el oído humano. O el oído romano, al menos: en decibelios hemos subido el nivel en la actualidad—pero estas minas dejan pequeñas a las minas modernas que aún se ven alrededor en el horizonte.

Total, que después de haber subido andando con lo puesto sin una tarjeta de crédito siquiera por lo del peso, resulta que nos cobraban por entrar a ver las galerías subterráneas... y sólo ha podido pasar Alvaro con el euro de calderilla que hemos logrado reunir. Todo por no volver a subir, claro. Y Álvaro, va por esas galerías de murciélagos, lo vemos aparecer como un microbio en un túnel el frente de un acantilado, que parecía un ojo de cíclope, y ni lo reconocemos, el tío ni saluda a los del mirador de enfrente ni nada... Pensamos que ese túnel debía dar horror a los medievales, que probablemente ni se acercarían por allí pensando que este paisaje sería obra del demonio. La guía decía que de críos aún era más impresionante ir por la cueva y salir al acantilado sin pretil ni mirador, claro...

Total que todo el día de viaje; y mientras los cuñados, que nos querían traspasar al abuelo para las vacaciones, alterados porque no nos localizaban y no sabían si volvíamos a Zaragoza... pero ya está arreglado, y todo el mundo localizado. A mí no es difícil localizarme, con Google está hecho, pero a veces se ahoga uno en el exceso de tecnologías.

Aventuras en Bañales


Comentario de la sentencia

La intriga de la Historia

A photo on Flickr

Hay en Vox Poetica un interesante ensayo de Claude Calame sobre la historiografía griega y su separación del discurso mítico—"Entre historiographie et fiction : indice, témoignage et tradition poétique (Hérodote et Thucydide)." Se verá por el tema que es un ensayo a considerar conjuntamente con "The Rise of Historical Criticism" de Oscar Wilde; aquí es más pronunciado el énfasis narratológico y semiótico (claro, viniendo de donde viene el ensayo).

Analiza la semiótica historiográfica de Herodoto como creador de un discurso situado no sólo en el espacio, sino en el tiempo y el sujeto, con los anclajes yo-aquí-ahora que señalaba Bühler, y estudia el uso en este autor y en Tucídides de los diversos tipos de traza histórica y de su credibilidad—¡paradójicamente, los relatos sobre la historia son los menos creíbles! Es mejor acudir a la evidencia visual, pero claro, esa necesita ser interpretada y valorada, así como los relatos, con lo cual no hay escapatoria posible del discurso de la historia.

Critica Calame el pensamiento nebuloso y verborrea de Heidegger, que distrae la atención de la imbricación de los discursos y debates históricos en un ámbito cultural, dirigiéndolos a una "esencialidad" falaz, puesto que para Calame (o para Bajtín, diríamos) no existe esa esencia del discurso fuera de la interdiscursividad.

Se complementa el ensayo con una interesante comparación con la poética aristotélica, y su discusión de la diferencia entre ficción e historia (ficción digo, y no poesía, porque Calame también discute de modo interesante el concepto de ficción entre los antiguos). Aristóteles enfatizó el lado poético del discurso sea factual o inventado, y así pone de relieve los aspectos semiótico-discursivos comunes a la historia y a la literatura de ficción.

Penúltimo, y más interesante párrafo del ensayo de Calame:

On le concèdera volontiers à Paul Veyne : l'histoire ne porte ni sur l'universel, ni sur le singulier, mais sur le spécifique qui seul peut être compris dans la mesure où il renvoie à une intrigue. S'il est sans doute exact que la mise en intrigue permet d'établir les relations nécessaires à la compréhension et d’inscrire les événements du passé dans une logique narrative, si l’on admettra volontiers que, par conséquent, «l'enchaînement du texte exprime les imbrications réelles des causes, des conditions, des raisons et des régularités», alors l'«historiopoiésis» est aussi justiciable du travail de représentation et de fabrication indiqué par la notion aristotélicienne de la mímesis poétique; à cette différence près néanmoins que l'historiographe représente les actions des hommes et des groupes sociaux non pas comme elles pourraient ou devraient advenir, mais comme il pense les rendre vraisemblables et intelligibles après qu'elles sont advenues ; ceci sur la base des témoignages qu’il s’est procurés de ces actions passées et par l’intermédiaire non pas d’une simple mise en intrigue, mais d’une mise en discours beaucoup plus compréhensive.

Es crucial la interpretación de Veyne: la historia no trata sobre hechos individuales o concretos (como nos harían creer Aristóteles o Sidney) sino que también es "universalizante", trata de hechos "específicos"—característicos, podríamos decir—comprensibles sólo por relación a otros hechos; es decir, a un sistema estructurador. Un argumento, como dice Veyne, o bien un esquema que establezca paralelismos y analogías entre hechos individuales. Es decir, un sistema de interpretación racional de los hechos, como el que pretendía establecer Polibio. Me parece engañoso limitar esta relación racional entre hechos a un esquema narrativo.

Y la conclusión final: que a pesar de su núcleo común en la tipicidad, la ficción y la historia siguen difiriendo en su modo de ajustarse a un pasado específico, a lo que ha sucedido efectivamente, de modo creíble o verosímil. Si la historia es una ciencia, sigue siendo cierto que no hay ciencia de lo irreduciblemente individual, sino sólo de lo generalizable. Lo cual nos remite no sólo a qué son las acciones "específicas" (o "típicas" que decía Lukács en The Historical Novel) sino a cuáles son los criterios de tipicidad, y de credibilidad e inteligibilidad que rigen en una época o contexto determinado... es decir, una vez más, al conflicto de las interpretaciones.

Tecnologías de manipulación del tiempo