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Literatura y crítica

Contra la servidumbre voluntaria

domingo 18 de abril de 2010

Contra la servidumbre voluntaria

Una obra memorable, el Discurso de la servidumbre voluntaria, o Contra el Uno, escrito por Étienne de La Boétie hacia 1546. Lo escribió a los dieciocho años, al comenzar sus estudios universitarios, aunque es una lección que algunos nunca aprenderán, ni después de terminar la carrera. Es un discurso contra la tiranía política, pero también contra la monarquía absoluta, contra el pesebrismo político, contra los intereses creados y contra las dinámicas feudales y caciquiles. Y más generalmente contra el borreguismo y el esclavizamiento voluntario de uno mismo—esa renuncia voluntaria al criterio, a la independencia de juicio, a la decencia y a la dignidad de ser independientes, en lugar de corvas almas.

—"Ah, pero esto son cosas que sólo pasaban en el siglo dieciséis..."

Traduzco algunos fragmentos siempre aplicables.


No quiero debatir aquí la cuestión tantas veces agitada, a saber, "si otras clases de repúblicas son mejores que la monarquía". Si tuviese que debatirla, antes de buscar qué rango debe ocupar la monarquía entre los diversos modos de gobernar la cosa pública, preguntaría si acaso es que hay que concederle alguno, pues es difícil de creer que haya nada de público en ese gobierno en el que todo es de uno solo. Pero reservemos para otro momento esta cuestión que bien merecería un tratado aparte, y que provocaría todo tipo de disputas políticas.


Por el momento desearía tan sólo comprender cómo puede ser que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten a veces a un tirano solo que no tiene otro poder que el que ellos le dan, y que no tiene poder para dañarles sino en tanto quieran aguantarlo, y que no podría hacerles ningún mal si no prefirieran sufrir todo a sus manos antes que contradecirle. Cosa verdaderamente pasmosa—y sin embargo tan común que hay que gemir por ella antes que quedarse boquiabiertos—ésta de ver un millón de hombres tan miserablemente reducidos a servidumbre, con la cabeza bajo el yugo, no porque se vean obligados a ello por fuerza mayor, sino porque están fascinados y por así decirlo hechizados con el mero nombre de uno, a quien no deberían temer, puesto que está solo, ni amar, puesto que es con todos ellos inhumano y cruel. Tal es sin embargo la debilidad de los ho300mbres: forzados a la obediencia, obligados a contemporizar, no pueden ser siempre los más fuertes.


Dos hombres, e incluso diez, podrían bien temer a uno; pero que mil, un millón, mil ciudades no se defiendan contra un solo hombre, eso no es cobardía: no llega ésta hasta allí, igual que la valentía no exige que un solo hombre escale una fortaleza, ataque a un ejército, conquiste un reino. ¿Qué vicio monstruoso será pues éste, que no merece ni siquiera el título de cobardía, que no encuentra un nombre lo bastante feo, repudiado por la naturaleza y al que la lengua se niega a nombrar?

Es el pueblo quien se reduce a la servidumbre y quien se corta a sí mismo el cuello; quien, pudiendo elegir entre estar sometido o ser libre, rechaza la libertad y toma el yugo; el que da su consentimiento a su mal, o más bien lo busca... Si le costase algo recobrar su libertad, no le apremiaría yo a ello; aunque lo que más habría de desear sería recuperar sus derechos naturales y, por así decirlo, convertirse de bestia en hombre otra vez. Pero ni siquiera espero de él un atrevimiento tan grande; admito que prefiera no sé qué seguridad de vivir miserablemente antes que una esperanza dudosa de vivir tal como él lo entendería. ¡Pero, qué! Si para tener la libertad basta con desearla, si no se precisa sino un simple querer, habrá acaso alguna nación en el mundo que crea pagarla demasiado cara cuando la adquiere con un simple deseo?

Resolveos a no servir más, y ya sois libres. [Al tirano] no os pido que lo empujéis, que lo derribéis, sino sólo que no lo apoyéis más, y lo veréis, como un gran coloso al que le han roto la base, desmoronarse bajo su propio peso y hacerse pedazos.

Es verdaderamente lamentable descubrir todo lo que hacían los tiranos de tiempos pasados para fundar su tiranía, ver qué medios tan pequeños utilizaban, encontrando siempre al populacho tan bien dispuesto hacia ellos que no tenían más que tender una red para cogerlo; nunca han tenido más facilidad para engañarle ni lo han sometido mejor, que cuando más se burlaban de él.

Llego ahora a un punto que es, creo, el resorte y secreto de la dominación, el sostén y fundamento de toda tiranía. Quien pensara que las alabardas, los guardias y los vigías garantizan a los tiranos, se equivocaría mucho. Los utilizan, creo, por cuestiones de forma y a modo de espantapájaros, más que porque se fíen de ellos. Los arqueros cierran la entrada del palacio a los torpes que no tienen ningún modo de hacer daño, no a los audaces bien armados. Fácilmente se ve que, entre los emperadores romanos, son menos los que escaparon al peligro gracias al socorro de sus arqueros que los que resultaron muertos por esos mismos arqueros. No son las bandas de gentes a caballo, las compañías de infantería, no son las armas las que defienden a un tirano, sino siempre (al principio costará creerlo, aunque sea la verdad exacta) cuatro o cinco hombres que lo apoyan y que le someten todo el país. Siempre ha sido así: a cinco o seis les presta oído el tirano y se han acercado de por sí, o bien han sido llamados por él para ser cómplices de su crueldad, compañeros de sus placeres, celestinas de sus vicios, y beneficiarios de sus rapiñas. Estos seis entrenan tan bien a su jefe que se vuelve malvado para la sociedad, no sólo con su propia maldad, sino también con la de ellos. Estos seis tienen bajo ellos seiscientos, a quienes corrompen tanto como han corrompido al tirano. Estos seiscientos tienen dependientes de ellos a seis mil, a quienes elevan en dignidad.

zeus

Grande es la serie de quienes los siguen. Y quien quiera tirar del hilo verá que no seis mil sino cien mil y millones están aferrados al tirano por esta cadena ininterrumpida que los suelda y los ata a sí, como Homero le hace decir a Júpiter que se jacta, diciendo que tirando de una cadena así traería hasta él a todos los dioses. De ahí venía el aumento del poder del Senado bajo Julio César, el establecimiento de nuevas funciones, la institución de nuevos cargos—no ciertamente para reoganizar la justicia, sino para dar nuevos apoyos a la tiranía. En suma, por los beneficios y favores que dispensan los tiranos, llegamos al punto de que resultan ser casi tan numerosos los que sacan provecho de la tiranía, como aquéllos que gustarían de la libertad.

Según dicen los médicos, aunque no parezca haber ningún cambio en nuestro cuerpo, en cuanto un tumor se manifiesta en un único sitio, todos los humores se dirigen a esa parte infectada. Del mismo modos, en cuanto un rey manifiesta ser un tirano, todo lo malo, todas las heces del reino, no digo ya un montón de pícaros y pillastres que no pueden hacer ni mal ni bien en un país, sino antes bien quienes están poseídos de una ambición ardiente y una avidez notable, se agrupan en torno suyo, y lo apoyan para tener parte en el botín y para ser, bajo el gran tirano, otros tantos tiranuelos pequeños.

Así es como el tirano somete a los súbditos, sujetos unos a la servidumbre por otros.

¿Es esto vivir felices? ¿Es siquiera vivir? ¿Hay algo en el mundo más insoportable que este estado, no digo para toda persona de corazón, sino sólo para quien tenga mero sentido común, o forma humana siquiera? ¿Qué condición es más miserable que la de vivir así, no teniendo nada propio y derivando de otro el propio bienestar, la libertad, el cuerpo y la vida?

Ciertamente el tirano no ama nunca, y nunca es amado. La amistad es un nombre sagrado, una cosa santa. No existe más que entre gentes de bien. Nace de una estima mutua y se alimenta menos de los favores mutuos que de la honestidad. Lo que hace a un amigo seguro de otro, es el conocimiento de su integridad. Tiene por garantes su buena naturaleza, su fidelidad, su constancia. No puede haber amistad allí donde se encuentran la crueldad, la deslealtad, la injusticia. Entre malvados, cuando se reúnen, se forma un complot, y no una sociedad. No se quieren pero se temen. No son amigos, sino cómplices.


—oOo—




Étienne de La Boétie: Contr'Un, ou Discours de la servitude volontaire (extraits):

Je ne veux pas débattre ici la question tant de fois agitée,
à savoir, "si d'autres sortes de républiques sont meilleures que la monarchie". Si j'avais à la débattre, avant de chercher quel rang la monarchie doit occuper parmi les divers modes de gouverner la chose publique, je demanderais si l'on doit même lui en accorder aucun, car il est difficile de croire qu'il y ait rien de public dans ce gouvernement où tout est à un seul. Mais réservons pour un autre temps cette question qui mériterait bien un traité à part, et qui provoquerait toutes les disputes politiques.


Pour le moment, je voudrais seulement comprendre comment il se peut que tant d'hommes, tant de bourgs, tant de villes, tant de nations supportent quelquefois un tyran seul qui n'a de puissance que celle qu'ils lui donnent, qui n'a pouvoir de leur nuire qu'autant qu'ils veulent bien l'endurer, et qui ne pourrait leur faire aucun mal s'ils n'aimaient mieux tout souffrir de lui que de le contredire. Chose vraiment étonnante --- et pourtant si commune qu'il faut plutôt en gémir que s'en ébahir ---, de voir un million d'hommes misérablement asservis, la tête sous le joug, non qu'ils y soient contraints par une force majeure, mais parce qu'ils sont fascinés et pour ainsi dire ensorcelés
par le seul nom d'un, qu'ils ne devraient pas redouter --- puisqu'il est seul --- ni aimer --- puisqu'il est envers eux tous inhumain et cruel. Telle est pourtant la faiblesse des hommes : contraints à l'obéissance, obligés de temporiser, ils ne peuvent pas être toujours les plus forts.


Deux hommes, et même dix, peuvent bien en craindre un ; mais que mille, un million, mille villes ne se défendent pas contre un seul homme, cela n'est pas couardise : elle ne va pas jusque-là, de même que la vaillance n'exige pas qu'un seul homme escalade une forteresse, attaque une armée, conquière un royaume. Quel vice monstrueux est donc celui-ci, qui ne mérite pas même le titre de couardise, qui ne trouve pas de nom assez laid, que la nature désavoue et que la langue refuse de nommer ?


C'est le peuple qui s'asservit et qui se coupe la gorge ; qui, pouvant choisir d'être soumis ou d'être libre, repousse la liberté et prend le joug; qui consent à son mal, ou plutôt qui le recherche... S'il lui coûtait quelque chose pour recouvrer sa liberté, je ne l'en presserais pas ; même si ce qu'il doit avoir le plus à coeur est de rentrer dans ses droits naturels et, pour ainsi dire, de bête redevenir homme. Mais je n'attends même pas de lui une si grande hardiesse ; j'admets qu'il aime mieux je ne sais quelle assurance de vivre misérablement qu'un espoir douteux de vivre comme il l'entend. Mais quoi ! Si pour avoir la liberté il suffit de la désirer, s'il n'est besoin que d'un simple vouloir, se trouvera-t-il une nation au monde qui croie la payer trop cher en l'acquérant par un simple souhait ?


Soyez résolus à ne plus servir, et vous voilà libres. Je ne vous demande pas de le pousser, de l'ébranler, mais seulement de ne plus le soutenir, et vous le verrez, tel un grand colosse dont on a brisé la base, fondre sous son poids et se rompre.


C'est vraiment lamentable de découvrir tout ce que faisaient les tyrans du temps passé pour fonder leur tyrannie, de voir de quels petits
moyens ils se servaient, trouvant toujours la populace si bien disposée à leur égard qu'ils n'avaient qu'à tendre un filet pour la prendre ; ils n'ont jamais eu plus de facilité à la tromper et ne l'ont jamais mieux asservie que lorsqu'ils s'en moquaient le plus.


J'en arrive maintenant à un point qui est, selon moi, le ressort et le secret de la domination, le soutien et le fondement de toute tyrannie. Celui qui penserait que les hallebardes, les gardes et le guet garantissent les tyrans, se tromperait fort. Ils s'en servent, je crois, par forme et pour épouvantail, plus qu'ils ne s'y fient. Les archers barrent l'entrée des palais aux malhabiles qui n'ont aucun moyen de nuire,
non aux audacieux bien armés. On voit aisément que, parmi les empereurs romains, moins nombreux sont ceux qui échappèrent au danger grâce au secours de leurs archers qu'il n'y en eut de tués par ces archers mêmes. Ce ne sont pas les bandes de gens à cheval, les compagnies de fantassins, ce ne sont pas les armes qui défendent un tyran, mais toujours (on aura peine à le croire d'abord, quoique ce soit l'exacte vérité) quatre ou cinq hommes qui le soutiennent et qui lui soumettent tout le pays. Il en a toujours été ainsi : cinq ou six ont eu l'oreille du tyran et s'en sont approchés d'eux-mêmes, ou bien ils ont été appelés par lui pour être les complices de ses cruautés, les compagnons
de ses plaisirs, les maquereaux de ses voluptés et les bénéficiaires de ses rapines. Ces six dressent si bien leur chef qu'il en devient méchant
envers la société, non seulement de sa propre méchanceté mais encore des leurs. Ces six en ont sous eux six cents, qu'ils corrompent autant qu'ils ont corrompu le tyran. Ces six cents en tiennent sous leur dépendance six mille, qu'ils élèvent en dignité.


Grande est la série de ceux qui les suivent. Et qui voudra en dévider le fil verra que, non pas six mille, mais cent mille et des millions tiennent au tyran par cette chaîne ininterrompue qui les soude et les attache à lui, comme Homère le fait dire à Jupiter qui se targue, en tirant une telle chaîne, d'amener à lui tous les dieux. De là venait l'accroissement du pouvoir du Sénat sous Jules César, l'établissement
de nouvelles fonctions, l'institution de nouveaux offices, non certes pour réorganiser la justice, mais pour donner de nouveaux soutiens à
la tyrannie. En somme, par les gains et les faveurs qu'on reçoit des tyrans, on en arrive à ce point qu'ils se trouvent presque aussi nombreux, ceux auxquels la tyrannie profite, que ceux auxquels la liberté plairait.


Au dire des médecins, bien que rien ne paraisse changé dans-notre corps, dès que quelque tumeur se manifeste en un seul endroit, toutes les humeurs se portent vers cette partie véreuse. De même, dès qu'un roi s'est déclaré tyran, tout le mauvais, toute la lie du royaume, je ne dis pas un tas de petits friponneaux et de faquins qui ne peuvent faire ni mal ni bien dans un pays, mais ceux qui sont possédés d'une ambition ardente et d'une avidité notable se groupent autour de lui et le soutiennent pour avoir part au butin et pour être, sous le grand tyran, autant de petits tyranneaux.


C'est ainsi que le tyran asservit les sujets les uns par les autres.


Est-ce là vivre heureux ? Est-ce même vivre ? Est-il rien au monde de plus insupportable que cet état, je ne dis pas pour tout homme de coeur, mais encore pour celui qui n'a que le simple bon sens, ou même figure d'homme ? Quelle condition est plus misérable que celle de vivre ainsi, n'ayant rien à soi et tenant d'un autre son aise, sa liberté, son corps et sa vie ?


Certainement le tyran n'aime jamais, et n'est jamais aimé. L'amitié est un nom sacré, une chose sainte. Elle n'existe qu'entre gens de bien. Elle naît d'une mutuelle estime et s'entretient moins par les bienfaits que par l'honnêteté. Ce qui rend un ami sûr de l'autre, c'est la connaissance de son intégrité. Il en a pour garants son bon naturel, sa fidélité, sa constance. Il ne peut y avoir d'amitié là où se trouvent la cruauté, la déloyauté, l'injustice. Entre méchants, lorsqu'ils s'assemblent, c'est un complot et non une société. Ils ne s'aiment pas mais se craignent. Ils ne sont pas amis, mais complices.

(...)


Aquí está el texto completo en francés, y en español, por si alguien cree que vale la pena leerlo.

Al contrario que La Boétie, no creo que haya ninguna pena especial en el infierno para los tiranos. De hecho, muchas veces no pagan ni la pena de Historia, sino que pasan a la misma como Grandes Hombres—y lo son, allí donde el tamaño importa.

 

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Genios, mediocres, y tiranos

Reflexivity in the Narrative Technique of AS I LAY DYING

Reflexivity in the Narrative Technique of AS I LAY DYING


Este es un artículo sobre algunos aspectos metaficcionales de la novela de Faulkner As I Lay Dying (Mientras Agonizaba, 1930). Lo escribí en 1988, mientras estaba en Brown University, y apareció publicado en English Language Notes, una revista de Colorado (vol. 27.4, 1990: 63-72).  Lo habría puesto en red antes, pero primero no pude tener un sitio web en condiciones hasta 2004, y luego me secuestraron durante años (y años) el único ejemplar que tenía de la revista, pues me tuvieron toda mi documentación y mis publicaciones retenidos en el Rectorado mientras se dirimía un pleito que tuve por una oposición. Y apenas me devolvieron los papeles, me los secuestró mi departamento (Filología Inglesa y Alemana), esta vez para baremar mis méritos de docencia e investigación...

Bien, la oposición ésa no la gané, ni el pleito, y a continuación mi ecuánime departamento concluyó tras su experta valoración que yo tenía Cero Puntos tanto en docencia como en investigación. Así que me retiré con mis papeles, y aquí aparece al fin el artículo que esperaba el público.

Cuando me hice con un sitio web ponía mis publicaciones académicas allí, o en el blog: últimamente las vengo colgando en tres repositorios diferentes—un exceso, lo reconozco... aunque creo que de hecho tienen pocos lectores en común, y es menos redundante de lo que podría parecer.  Ya que nos molestamos en escribir algo, por lo menos que se pueda localizar y leer. Así que aquí irá la versión del artículo en cada uno de ellos, empezando por Academia.

Reflexivity in the Narrative Technique of As I Lay Dying (iPaper, Academia.edu)

PDF (SSRN)

PDF (Zaguán - Repositorio Digital de la Universidad de Zaragoza)


(Por cierto, que en este último repositorio parece ser que soy el usuario principal... Al menos en lo que se refiere a cuestiones de lingüística, literatura, estudios ingleses o filología).

Theory of Reflexive Fiction


Oscuridad, fracaso, Persona de Porlock

Oscuridad, Fracaso, Persona de Porlock


Me está gustando el último libro de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, sobre los años de la República y guerra civil. Aquí hay una bonita estampa, la de un artista secundario, ignorado, o fracasado, encarnado en la figura de José Moreno Villa. Ahora ya no tiene ambiciones, está viviendo una vida ya como anticipadamente póstuma, aunque aún esperando de la caída de la tarde alguna revelación o última oportunidad... que sin embargo se verá interrumpida o impedida por ese visitante que siempre, procedente de la realidad, hace esfumarse la visión del artista—la Persona de Porlock.

Dalí pronto sería tan rico y déspota como Picasso: nunca volvería a mandarle a él, Moreno Villa, una postal llena de declaraciones de admiración y gratitud y faltas de ortografía, nunca diría su nombre cuando mencionara a los maestros de los que había aprendido, quién fue el primero que le enseñó fotografías de esos nuevos retratos alemanes en los que se recobraba con técnica asombrosa y de una manera plenamente moderna el realismo de Holbein. Tampoco Lorca reconocería nunca su deuda: pero quién había sido el primero en yuxtaponer la expresión poética de vanguardia y la métrica de los romances populares, quién había viajado antes a Nueva York y concebido una poesía y una prosa que se correspondieran con la trepidación de esa ciudad, con el ruido de los trenes elevados y la discordancia de las bandas de jazz. Con la mayor desenvoltura Lorca había dado en la Residencia un recital con poemas e impresoines en prosa sobre Nueva York, ilustrándolo con grabaciones musicales y proyecciones fotográficas: y teniendo sentado en primera fila a Moreno Villa no había mencionado ni una sola vez su ejemplo evidente.

La celebridad de los otros lo volvía invisible; convenía borrar su existencia para que su sombra no se proyectara reveladoramente sobre las caras triunfales de sus deudores. Preferible el retiro, ya que no la magnanimidad. Escribir versos con aquel raro conflicto de fervor y desgana sabiendo que por algún motivo serían refractarios al éxito. Investigar cosas en los archivos que nadie había visitado durante siglos, vidas de enanos y bufones en la corte tenebrosa de Felipe IV, en la de Carlos II. No pensar en todo el trabajo hecho, ni en el porvenir dudoso de su pintura, ni en su probable lejanía de una moda que a él no le importaba, pero que le dolía como una afrenta a todos los años que llevaba dedicados a la pintura sin ningún reconocimiento. No imaginarse a uno mismo pintor: limitar las expectativas, el campo de visión. Concentrarse en el problema relativamente simple, pero también inagotable, de representar sobre un pequeño lienzo ese cuenco con unas pocas frutas. Pero ¿y si en realidad se merecía el lugar mediocre al que se encontraba relegado? Quizás, después de todo, no era que Lorca callara la deuda que tenía con él, sino que simplemente no había leído sus poemas de Nueva York y el libro de prosas sobre la ciudad que había escrito en el viaje de regreso y publicado luego por entregas en El Sol, ante una indiferencia unánime (en Madrid no parecía que hubiera mucho interés por el mundo exterior: llegó al café al día siguiente de su regreso de Nueva York, excitado de antemano por todas las historias que le sería preciso contar, y los amigos lo recibieron como si no hubiera faltado y no le hicieron ninguna pregunta). ¿Y si se había hecho viejo y estaba envenenándolo lo que más le había desagradado siempre, el resentimiento? Con muchos más méritos que él Juan Ramón Jiménez estaba infectado de una innoble amargura, de una obsesiva mezquindad alimentada por cada mínimo desdén imaginado o real que se le hubiera infligido, por cada brizna de reconocimiento que no era dedicada a él, agua sucia que envilecía su luminoso talento. Qué sórdido sería que le faltara a uno no sólo el talento, sino también la nobleza, que se hubiera ido dejando intoxicar sin remedio por el rencor del que se hace viejo hacia los que son más jóvenes, por la vejación de sentirse ofendido por la fortuna celosamente observada de otros que ni siquiera reparaban en él, que lo insultaban por el simple hecho de haber logrado sin apariencia de esfuerzo lo que a él se le negaba, mereciéndolo más. Pero ¿habría querido ser él de verdad como lorca, con su éxito entre folklórico y taurino, con su afición a las fiestas de los diplomáticos y las duquesas? ¿No se había dicho alguna vez a sí mismo que sus modelos secretos eran Antonio Machado o Juan Gris? A Juan Gris no se lo imaginaba resentido contra el triunfo de Picasso, agraviado por su obscena energía, por su histrionismo simiesco, llenando lienzos con la misma prisa con la que seducía y abandonaba mujeres. Pero Juan Gris, solo en París, no ya ensombrecido, sino borrado por el otro, enfermo de tuberculosis, probablemente había tenido en el fondo de su alma una certeza que a él, Moreno Villa, le faltaba, había obedecido a una sola pasión, había sabido despojarse como un asceta o un místico de todas las comodidades del mundo a las que él no sabría nunca renunciar, por modestas que fueran: su sueldo fijo de funcionario, sus dos cuartos contiguos en la Residencia, sus trajes bien cortados, sus cigarrillos ingleses. No era verdad, él no se había retirado del mundo. La iluminación que había estado a punto de recibir mirando el cuenco con los frutos del otoño y la tipografía seductora y vulgar de una revista ilustrada se malograría porque no era capaz de sostener la disciplina exigente de la observación, el estado de alerta que habría afilado su pupila y guiado su mano sobre la cartulina blanca del cuaderno. Alguien llegaba por el corredor, pisando con una determinación casi violenta, alguien golpeaba con los nudillos en su puerta y aunque la visita fuera muy breve él ya no podría recobrar aquel recogimiento brevemente intuido, aquella especie de estado de gracia.

_________________


La llamada a la puerta—

And who—
Who shall I say
Is calling?—


es también un recordatorio de la Interrupción Definitiva. Así lo vio Stevie Smith en su poema sobre la Persona de Porlock:

Stevie Smith - Thoughts about the Person from Porlock

Coleridge received the Person from Porlock
And ever after called him a curse
Then why did he hurry to let him in?
He might have hid in the house.

It was not right of Coleridge in fact it was wrong
(But often we all do wrong)
As the truth is I think, he was already stuck
With Kubla Khan.

He was weeping and crying, I am finished, finished
I shall never write another word of it,
When along comes the Person from Porlock
And takes the blame for it.

It was not right it was wrong,
But often we all do wrong.

(...)

I long for the Person from Porlock
To bring my thoughts to an end
I am becoming impatient to see him
I think of him as a friend

Often I look out of the window
Often I run to the gate
I think, He will come this evening
I think it is rather late.

I am hungry to be interrupted
For ever and ever amen
O Person from Porlock come quickly
And bring my thoughts to an end.

*

I felicitate the people who have a Person from Porlock
To break up everything and throw it away
Because then there will be nothing to keep them
And they need not stay.

*

Oh this Person from Porlock is a great interrupter
He interrupts us for ever
People say he is a dreadful fellow
But really he is desirable.

Why should they grumble so much?
He comes like benison
They should be glad he has not forgotten them
They might have had to go on.

*

These thoughts are depressing, I know (...)

______________

Sobre el tema del éxito, el fracaso, y la narrativa vital que da forma a nuestra experiencia, hay un interesante artículo en On the Human: "Narrative and Personal Good", de Connie S. Rosati.  Quizá las experiencias del éxito y del fracaso, el mismo planteamiento de vivirlos como tales a modo de narración vital, sean eminentemente narrativas y narrativizante. Aquí hay un par de párrafos finales:

I am suggesting that it is, in part—though only in part—through our storytelling that we secure a relatively ongoing relation of fit to our lives and to ourselves as the author/protagonist of those lives. I say only in part, because, of course, the way that we secure a fit with ourselves and our lives is, in the first instance, by doing what it takes to provide the materials from which attractive stories can be constructed. Lives in which we have successful relationships, careers, commitments, and pastimes, not merely at a time, but over time, naturally provide the makings for compelling narratives. So do lives which develop in ways that can be represented in stories of overcoming hardship, of redeeming past mistakes, of steady improvement — lives, that is, with generally uphill trajectories. Part of the reason for this, of course, is that in living such lives, we actually achieve things of value that benefit us; we actually succeed in aims that matter to us. But we also get the benefit that comes of being the controlling authority over ourselves and our lives, of being able to make sense of our lives and to represent them to ourselves as a product, ultimately, of our own autonomous efforts.

If my speculations are on the right track, we can see why our storytelling would be especially important in the face of failure, while contributing to our welfare across the range of more or less successful lives we might find ourselves living. When we have experienced relative success in securing our good—when we have embarked on careers we find stimulating and in which we can find some real success, when our principal relationships are healthy, when we are able to pursue our aims effectively—we will almost automatically thereby have secured a fit with ourselves and our lives; we will have a sense of ourselves as controlling authority over ourselves and our lives. It is when we fall short, when our careers are marred by failure or misfit, our principal relationships are unhealthy, we are ineffective in pursuing our aims, that effort may be needed to prevent ourselves from becoming alienated or disconnected from ourselves and our lives or to restore a connection when disconnect has occurred. I conjecture that it is the effects of our storytelling which I have been describing that psychologists try to exploit insofar as they seek to enable us to be happier autobiographers.

El pánico narrativo

Lo que queda de lo que se ha dicho en este mundo

Lo que queda de lo que se ha dicho en este mundo

esqueleto escribe

 

 

Llevo una lista (incompleta).


 

 

 

 



Quince años juntos

Trasmundos de congoja

lunes 5 de abril de 2010

Trasmundos de congoja

Sigo leyéndome a ratos perdidos la novela de Gironella Un millón de muertos, posiblemente la mejor novela "nacional" sobre la Guerra Civil; si bien no es fascista ni siquiera propiamente franquista, sino más bien humanista cristiana. Es panorámica, y sigue los destinos de varias decenas de personajes, en el triángulo Cataluña / Madrid / País Vasco, a la vez que narra el desarrollo global de la guerra y retrata el ambiente o mejor dicho los centenares de ambientes característicos de la guerra. Por ejemplo esta caracterización del hambre en Madrid, donde la gente pasó a comer más cacahuetes que otra cosa:

"En Madrid, el hambre metamorfoseaba las cosas o, por lo menos, su figura. Todo se relacionaba con el comer, y el léxico sufría violentos virajes que a buen seguro hubieran interesado a Fanny, a Bolen y a los filólogos. El cañón que disparaba sobre la ciudad cada día, al amanecer, era llamado ’el lechero’ y también ’el churrero’. Las petacas eran palpadas como si fuesen de chocolate, los vasos boca abajo eran ’flanes’, los huevos de cristal para zurcir medias eran huevos de verdad y las sábanas limpias parecían nata. El pan... El pan era lo básico y todas las piedras eran panes. El pan y las patatas y el aceite. Todo lo verde eran legumbres; y la sangre sería vino... Era la metamorfosis, la transubstanciación. Cuando un caballo paseaba por la calle, todo el mundo le miraba a las obscenas ancas. Cuando en el cine aparecía una mesa bien servida, lo mismo podía ocurrir que se desatara un escándalo fenomenal como que se hiciera un silencio cobarde. Por lo demás, el piso de los cines, lo mismo que el de las paradas de los autobuses, estaba lleno de cáscaras que crepitaban un poco como la arena de las avenidas del cementerio, y las tiendas que decían ’Comestibles’, ’Ultramarinos’, eran miradas con sarcástico fatalismo". (653)

Aun después de ver lo panorámico y detallado de la novela, me ha sorprendido encontrarme con este trozo del capítulo 44, que habla de mi comarca, donde estos días también he estado admirando paisajes fenomenales, como estos protagonistas que llegan a ella destinados a una compañía de montaña. Hasta en las piedras del río me venía fijando yo, como si fuese un forastero, paseando ayer por este paisaje:


"’¡Qué maravilla!’, exclamó Ignacio. Llevaba lo menos una hora soltando adjetivos desde el interior de la cabina del camión. A su izquierda, el conductor; a su derecha Moncho, cambiando de expresión a cada recodo de la carretera. Habían salido de Jaca a mediodía, pero el conductor tuvo que pararse repetidas veces para recoger víveres destinados a la Compañía de Esquiadores. La carretera avanzaba paralela al río, al Gállego. Río parlanchín, río pulidor de guijarros perfectos. A cada kilómetro el desfiladero se hacía más angosto, hasta que, de improviso, rebasados Biescas y el fuerte de Santa Elena, entraron en el valle de Tena y el paisaje se abrió a sus ojos como una doble página de revista. El valle parecía al otro lado de la guerra, debía de regirse por otro calendario. La nieve lo cubría sin exceso, sin el drama de Teruel. Allí no asomaban, entre el blanco polar, carroñas de mulos, sino pueblecitos diseminados, caseríos con tejados de pizarra y árboles que se habían sacudido a sí mismos la nieve que los cubría. ’¡Qué maravilla!’ Ignacio lo miraba todo con los ojos que perdió siendo niño, lamentando que el roncar del vahículo le impidiese oír la canción del río entre los guijarros perfectos. ¡Montañas! En las cumbres, el espesor de la nieve debía de ser sobrecogedor.
—¿Cuántos pueblos hay en el valle?
—Dieciséis. —El conductor agretó—: Dieciséis pueblos y el Balneario.
—¡Ah, sí! El Balneario de Panticosa...
Panticosa era la capital del valle. Pronto dieron vista al pueblo, dormido aquella tarde en la pendiente que bajaba hacia el río. El Balneario se hallaba unos doce kilómetros más arriba y disponía de piscina, que debía de estar helada." (662)

Más adelante, la compañía de esquiadores recibe órdenes de avanzar hacia los el este, hacia Ordesa... pasarían por Yésero, por Linás de Broto, donde se conocieron mis padres de maestros, unos años después... por Viu, por Torla...

"El avance se efectuó sin encontrar resistencia. Los esquiadores ’rojos’ se habían replegado. Conmovía ocupar aquellos puertos que a lo largo de casi dos años de espera habían rebotado contra los prismáticos. En las húmedas trincheras ’rojas’, el único vestigio era la ceniza de las hogueras, todavía caliente.
Los pueblos habían sido abandonados. Sólo quedaba en ellos algún anciano, caída la boina, la cabeza apoyada en el bastón, éste apuntalado en el suelo, entre las piernas. También se habían quedado algunas mujeres sin edad, las manos amoratadas y llenas de sabañones. Los esquiadores dormían en los pajares o en las cuadras. Las viviendas, cuya miseria encogía el ánimo, se componían de algunos muebles roídos y de un calendario del Anís del Mono o de alguna fábrica de Jaca, con una bolsa en la que se guardaban las dos o tres cartas que la familia había recibido en los últimos años. fuera, alguna gallina y alguna cabra junto a unos palmos de terreno pedregoso, que era preciso arar. Ignacio estaba muy impresionado. ’Ni un hogar sin lumbre ni un español sin pan’. Moncho, aleccionado por su padre, veterinario, amaba aquellos animales. Ignacio sopesaba el fusil y se preguntaba: ’¿Verdaderamente las balas procurarán a esas gentes una vida mejor?’ Ignacio leyó algunas de las cartas guardadas en los calendarios. En todas ellas, firmadas por parientes lejanos, aparecían las palabras ’querer’, ’ver’ y ’deseo’.


¡Las escuelas! Ignacio y Moncho recorrían en silencio la escuela de cada pueblo. Una estancia ruinosa, con cartones en las cristaleras. Al huir, el maestro había olvidado en la pizarra una multiplicación y en el mapa de España que presidía la pared se entrecruzaban líneas rojas y verdes que no se sabía si eran carreteras, ríos o venitas de sangre. En estos mapas aparecía invariablemente un pequeño redondel, la huella del índice del maestro, que borraba por entero el nombre del pueblo. Ignacio evocaba sin querer la escuela de David y Olga. ’¿Vosotros también creéis que el hombre es portador de valores eternos?’ Sobre los pupitres, o en el suelo, yacían cuadernos escolares forrados de azul ultramar, lo mismo que los de Gerona. Por lo visto, la costumbre había alcanzado también aquellos trasmundos de congoja". (695)


Regiones devastadas

Westward from Death

viernes 2 de abril de 2010

Westward from Death




The Lemmings


Once in a hundred years the Lemmings come
W
estward, in search of food, over the snow;
Westward, until the salt sea drowns them dumb;
Westward, till all are drowned, those Lemmings go.
Once, it is thought, there was a western land
(Now drowned) where there was food for those starved things,
And memory of the place has burnt its brand
In the little brains of all the Lemming kings.
Perhaps, long since, there was a land beyond
Westward from death, some city, some calm place
Where one could taste God's quiet and be fond
With the little beauty of a human face;
B
ut now the land is drowned. Yet still we press
Westward, in search, to death, to nothingness.

 

Este soneto lo escribió John Masefield en 1916— y seguramente se detecta en él algo del sentimiento de irracionalidad, absurdo y desesperación que acompañó a las matanzas de la Primera Guerra Mundial. Pero otras raíces del poema van más lejos, a la crisis de fe provocada por el desarrollo de la ciencia ya en el siglo XIX. La misma que haría decir a Matthew Arnold que "en el pasado había religión... hoy hay organizaciones religiosas". Para Arnold, la eficacia de la religión no estaba en su sentido literal (desacreditado por la ciencia moderna) sino en su sentido mítico: los valores éticos y espirituales que compartía con la gran literatura. Sería Arnold en gran medida quien con su influencia añadió al estudio de la literatura la solemnidad de quien está tratando con las fuentes mismas de la espiritualidad. Aunque se cuidaba mucho de ir por allí como Nietzsche dando voces de que "Dios ha muerto". En el soneto de Masefield se detecta una nota inquietantemente moderna, darwinista podríamos decir, si Darwin hubiese llegado tan lejos, pues en estas cuestiones andaba Darwin más de puntillas todavía que Arnold, por no ofender a su entorno victoriano. La nota que digo no es sólo la analogía general entre el comportamiento humano y el animal (los seres humanos como lemmings guiados por instintos), sino más específicamente la idea de que la creencia en la otra vida, en Dios y en la inmortalidad del alma, es una especie de reflejo condicionado de nuestra naturaleza. Es la tesis desarrollada por la sociobiología actual en cuanto se plantea el examen del fenómeno religioso y la creencia en espíritus, dioses, almas y realidades trascendentales.

Hace algunos días comentaba, en "Programados para creer", una conferencia de Adolf Tobeña en la que se exponía esta concepción sociobiológica de la religión como un potente cohesionador social: tan potente, que el escepticismo ha sido con frecuencia considerado como un atentado a las bases mismas de la sociedad. Un más que pequeño problema, el del Occidente moderno: en el que la religión ha pasado de ser el centro del sistema educativo a ser un molesto elemento marginal, que no se sabe muy bien dónde ubicar. Es curioso el caso de Estados Unidos: un estado laico (debido a su origen multiconfesional) y a la vez cristiano por definición, In God We Trust.... ¿He dicho cristiano? Vaya, se le olvidó especificar lo del cristianismo, aunque estaba dado por supuesto, y ahora tienen tanto sitio en él los musulmanes como cualquier credo cristiano. Un sitio a la vez incontestado y curiosamente descentrado con respecto al discurso oficial: la religión de cada cual es como una costumbre étnica impresentable y molesta que mejor se mantiene fuera de la vida pública. Sin embargo, todavía se puede ir por allí presponiendo que todo el mundo es "creyente", e incluso hacerle jurar a Obama el cargo sobre la Biblia. Aunque mejor sea no indagar mucho en qué cree nadie, exactamente.

Hace poco leía el magnífico libro de Brian Boyd On the Origin of Stories. Allí Boyd también comenta sobre el papel sociobiológico de la religión y de la creencia en la inmortalidad. Es en parte una respuesta adaptativa a la consciencia reflexiva de la muerte: una manera de impedir que ésta paralice la acción y el compromiso de los individuos con los valores de la comunidad. La creencia en espíritus quizá sea también adaptativa, por la ventaja que supone el detectar esquemas intencionales, pero es en parte también un efecto colateral indeseable de nuestra hipersensibilidad a las intenciones. (De esto hablábamos en "La fe como exaptación"). Con lo cual, el examen crítico del pensamiento religioso y el escepticismo consiguiente podrían tener tanto efectos beneficiosos (librándonos de ver intenciones allí donde no las hay) como perjudiciales (atacando la base de unas ilusiones muy ligadas a la percepción de sentido en la vida y a la fuente de los valores). Boyd es respetuoso con la religión, señalando sus aspectos adaptativos, e incluso la liga al desarrollo de la teoría de la mente: sería la creencia en agentes invisibles una modalidad del desarrollo de la crítica a las falsas creencias de los otros.

"La religión comparte elementos tanto del arte como de la ciencia. No podría haber empezado sin una comprensión de las falsas creencias—nuestra consciencia de que puede ser que no dispongamos de todo lo necesario para entender una situación—que ha amplificado nuestra curiosidad y nos ha impelido hacia la ciencia. Tampoco podría haber comenzado sin la capacidad de elaborar historias que surgió de nuestra teoría de la mente y de nuestras primeras inclinaciones hacia el arte, como el canto y la ornamentación corporal. La narración echó a navegar mil relatos. Los relatos narrados con más frecuencia no sólo incluían a agentes con poderes memorablemente excepcionales, sino que también ayudaban a resolver problemas de cooperación, insinuando la idea de que somos continuamente vigilados por espíritus que hacen un seguimiento de nuestras acciones y las castigan o las recompensan.
      Además de ayudar a resolver los problemas de asegurar la atención y promover la cooperación, los relatos religiosos también podían tranquilizar las inquietudes que surgían de nuestra consciencia del fenómeno de las creencias falsas. La inteligencia social de la cual emergió nuestra comprensión de las creencias falsas también nos permitió imaginar estar muertos y ver por anticipado el mundo sin nosotros. Trajo consigo una nueva angustia sobre la posible falta de finalidad y sentido de nuestras vidas, aunque esta angustia podía calmarse en cierta medida con historias de espíritus que garantizaban el sentido con anterioridad a la vida humana, o que prometían una continuación de la existencia después.
      La religión y el poder requisaron el arte, no completamente, pero sí sustancialmente, durante milenios. No es que no persistiera el arte como juego, entre padres e hijos, o entre niños, o entre adultos soltando presión. Pero en donde podían, la religión y el poder se apropiaron para sus propios fines la capacidad del arte de apelar a las imaginaciones humanas.
      Sólo cuando la ciencia empezó a ofrecer explicaciones de la naturaleza del mundo alternativas, empezaron la religión y el arte a separarse por completo. Cuando la ciencia ofreció una explicación detallada del diseño natural sin necesidad de un diseñador—la teoría de la evolución por medio de la selección naturaleso, más que ninguna otra idea específica, nos despojó de un mundo al que hacían confortable un sentido y finalidad aparentemente garantizado por seres mayores que nosotros."  (414)


Aunque se priva Boyd de decir claramente que la religión sea a su vez una fuente de falsas creencias y angustias: sólo entre líneas alude a la desmitificación de la creencia religiosa como algo que tenga que ver a su vez con una teoría de la mente y una crítica a las falsas creencias. ¿Quizá porque tenga dudas de que la iluminación que trae el evolucionismo sea tan promotora de valores sociales, de consuelo existencial, y de entusiasmo vital, como lo es la religión? "No sabemos", nos dice en las palabras finales de su libro, "de ningún propósito garantizado desde fuera de la vida, pero podemos hacer enormes contribuciones a la creatividad de la vida. No sabemos qué otros propósitos la vida puede acabar generando, pero la creatividad nos proporciona nuestra mejor posibilidad de alcanzarlos" (414).

Boyd adopta una postura no tan distinta de la de Matthew Arnold cuando atribuye al arte, y a la creatividad, nuestra capacidad de elaborar respuestas nuevas para enfrentarnos a esta situación descrita por Masefield—en la que "la tierra prometida" se ha sumergido, y nos preguntamos qué hacemos corriendo hacia ella. La creatividad del arte, o la de la ciencia y la tecnología—o la creatividad expresada de otras maneras en la vida social y en el trabajo.  Para unos será suficiente el sentido proporcionado creativamente—otros preferirán recurrir a las viejas certidumbres, por inciertas que sean.  (Aquí hay otra defensa de las humanidades frente a la ciencia, de Michael Allen Gillespie, que tampoco deja de recordar a Arnold: y también contiene una alusión a los lemmings de Masefield).

Es dudoso que la gente prefiera la verdad por la verdad, si esa verdad resulta ser desagradable, o desilusionante. No sería extraño que, tras este Apocalipsis o Revelación de cómo son las cosas, los humanos descubramos "un nuevo cielo y una nueva tierra", o los inventemos artísticamente, como venimos haciendo desde tiempo inmemorial. Somos creadores de mitos—incluido el mito de la desmitificación. Y es probable que nuestra imaginación artística construya algún nuevo cielo, en otra dimensión, donde queden almacenados los logros humanos para la eternidad. Pero en esa invención no nos ayudará mucho el poema de Masefield, que termina con la palabra "nada", y es por ello fundamentalmente desmitificador, desagradablemente moderno y escéptico. Y lúcido.

Delusions también se vive

 

Understanding Misreading / Intertextual Pragmatics

martes 30 de marzo de 2010

Understanding Misreading / Intertextual Pragmatics


too many books
He subido al Social Science Research Network este viejo artículo sobre crítica y retrospección: "Understanding Misreading: A Hermeneutic-Deconstructive Approach". Una versión preliminar en español está aquí: "Understanding Misreading: Hermenéutica de la Relectura Retrospectiva".

Abstract:
This paper puts forward a conception of specialised literary criticism, more specifically deconstructive readings, as a mode of communicative interaction which can be described through a pragmalinguistic account. Schleiermacher’s conception of the hermeneutic circle provides an adequate bridge between literary criticism and speech production, once we attend to the possible developments of the theory of the hermeneutic circle understanding it as both a temporal process, and an interactional one. This paper, therefore, presents for the purpose of comparison several critical conceptions originating in different schools and dealing with a range of objects of study in criticism. The comparison yields a common element whose outline becomes gradually visible as we proceed, as each of these conceptions (hermeneutics, deconstruction, modernist aesthetics, pragmalinguistics...) brings out aspects which are implicit in the others. This exercise might be compared to the drawing of lines between stars to form a constellation, allowing us to see a previously invisible figure. The lines in constellations may seem too insubstantial as a term of comparison, but the paper will go some length towards the deconstruction of the clear-cut opposition between what is substantial and what is constructed by the imagination, at least as far as the field of interpretive theory is concerned. The thread connecting the critical approaches examined here is the retrsopective rereading of a narrative and its hermeneutic consequences. These consequences might be summarized by saying that the passing of time alters everything, even the past itself, once so safely stored.

Keywords: Criticism, Interpretation, Pragmalinguistics, Pragmatics of literature, Interaction, Hermeneutics, Hermeneutic circle, Eliot, Borges, de Man, Wilde, Hillis Miller, Schleiermacher, Interpretation, Interpretive theory, Deconstruction, Retrospection, Hindsight bias.


También he subido la versión inglesa de este otro artículo: Speech Acts, Literary Tradition, and Intertextual Pragmatics—cuya versión en español estaba aquí. Este es el abstract en inglés:

Abstract:
There is a potential kinship between some central concepts of classical literary criticism (such as tradition, genre, originality, allusion) and some more recent ones developed by formalist/structuralist criticism (intertextuality, defamiliarization) and by linguistic pragmatics (illocution, indirect speech acts, pragmatic principles and communicative maxims). Reflecting on the common ground shared by these notions may shed some light on the relationship between linguistics and literary theory. This paper discusses, as one among a wide range of pragmatic constraints on literature, the intertextual relationship between a work and the tradition it belongs to and which helps define it. It is argued that intertextual signals do not have to be overt even when deliberate, and that deliberate signals do not exhaust a work’s intertextuality (since, for one thing, it will itself give rise to new links).

Keywords: Literature, Literary pragmatics, Pragmalinguistics, Speech acts, Speech act theory, Fictionality, Tradition, Intertextuality, Semiotics of literature, Literary theory.

Últimamente voy subiendo todos los artículos por triplicado a dos sitios además del SSRN: Academia y Zaguán. Allí van estos también. (Observo, por cierto, que en Zaguán, el repositorio digital de la Universidad de Zaragoza, soy uno de los usuarios más activos de esta universidad, si no el que más... con diferencia).



Objects in the Rearview Mirror May Appear More Solid Than They Are

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En el blog The Reading Experience, una reseña positiva e interesante de Les Bienveillantes de Jonathan Littell—esa novela narrada por un inteligente psicópata nazi. Especialmente atenta está la reseña a la cuestión narratológica del "narrador no fiable" (unreliable narrator). Es por cierto una novela que sigue siendo recomendable, aunque ya no haya montones de ella en las librerías.


Somos la peste