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Literatura y crítica

Much ado about Lessing

Much ado about Lessing Enhorabuena a Doris Lessing por el Premio Nobel de Literatura. Dirá la gente que vamos más que servidos de anglófonos, pero no me voy a quejar yo... Africanas persas no hay tantas en la lista. Lessing me ha gustado lo suficiente como para leer varias novelas suyas, y aún pienso repetir.

Como cajón de sastre mental, narración parabloguística y para amantes de las crisis y desastres personales, recomiendo The Golden Notebook. Para etarras, The Good Terrorist—aunque serán incapaces de apreciarlo, ya están en ello. Para ancianas que no se resignan a serlo, Love, again. Como fantasía que se abre como un paisaje infinito en un mundo de rutina, Briefing for a Descent into Hell. Y a mí me recomiendo el próximo que me leeré, The Fifth Child (no apto para parejas jóvenes). Para adoradoras míticas del coño, la última de este año: The Cleft. A quienes aprecien una pizca de humor en su literatura, no les recomiendo ninguno.

Me parece en conjunto bastante ajustada, y entretenida, esta discusión sobre algunos aspectos de su obra en The Valve. Puede que no sea Lessing la elección más obvia para Premio Nobel, pero nadie lo es si lo miras bien. El Premio Nobel magnifica la atención, pero al nivel fundamental ni añade ni quita cualidades a un escritor. Con lo cual el Nobel resulta ser una decepción en la mayoría de los casos, pues el atractivo de un escritor para un público determinado ni a tiros se convierte en el atractivo universal que parece requerir un premio universal. Así que las reclamaciones, a la Academia.

The Long Tale




Espejito, espejito

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Sobre vanidad de la escritura y en la escritura... hay un bonito artículo, "Literatura y cosmética",  reproducido en Apostillas Literarias. Irresistible para mí, que tengo por la vanidad un interés casi profesional. Le comento:

Los escritores son vanidosos (ellos, yo no), pero no se les tiene que notar: la vanidad ostentosa tira para atrás. Aunque tanto más taimada es la vanidad de los escritores "humildes", y para vanidad torticera la de los que no se llegan ni siquiera a enterar de lo vanidosos que son. Cree el ladrón, me dirá algún humilde observador.


Me ha gustado mucho el primer párrafo:

Es difícil no enamorarse por carta, por correo-e o por Messenger. Nada enamora más que la distancia, que la espera, que la impotencia, la imposibilidad de poseer al otro ahora mismo. El amor se nutre de los aplazamientos; el sexo puede detestar la impotencia, el amor es finalmente siempre una forma de ésta. Amamos lo que no tenemos, porque es nuestra única forma de tenerlo. O de sentir al menos por un segundo que lo tenemos. Amamos a la que se fue, porque a través de las cartas, de los Messenger, de la urgencia siempre aplazada de nuestros sentimientos, podemos mentirnos y pensar que no se ha ido. Amar es en gran parte una forma de salvar las distancias, de negar la muerte -esa distancia final.
 
Y siguiendo esa lógica, supongo que si amarse a sí mismo es como podría decir Wilde la más continuada historia de amor—el narcisismo del escritor es en parte una manera crear esa distancia necesaria para amarse, y también de intentar preservar el tiempo, de salvar la distancia que nos separará (también) de nosotros mismos. Pero esa distancia sin embargo ya nos separa de todo lo que hemos sido y de todo lo que hemos escrito, manchas de tinta o rastros de letras que vamos dejando por los días.

En la máquina de escribirnos



Cráneo previlegiado

Cráneo previlegiado Volviendo a la Calle del Recuerdo, nos vamos a ver el estreno de Luces de Bohemia en el Teatro Principal. Con Alvarete, porque esta obra solía ser lectura obligada en el bachillerato, así que ahí va él resignado y por obligación, un alérgico al teatro, aunque luego le ha gustado. Y lo cierto es que estuvo amena, a pesar de un comienzo un tanto flojo con problemas de volumen (sobre todo por la gente que sistemáticamente llega tarde al teatro).

Lo que menos me gustó a mí de esta producción es el vestuario y caracterización de los personajes—una especie de intento de ambientarla a mitad de camino entre hoy y hace un siglo, supongo, pero como a medias y a la mecagüen diez; hubiera estado mucho mejor con trajes del 1898 remendados y con ínfulas. Con diferencia.

Tampoco me convenció la interpretación que se hace de muchos personajes en cuando a movimientos, gestos, acentos, peinados… pongamos Don Latino, que aunque es un cierto logro cómico el que vemos aquí, no me sugiere en absoluto al personaje de Valle-Inclán. En otros personajes se echaba en falta más caracterización y un trajeado más diferenciado, sobre todo por la abundancia de papeles secundarios intepretados por los mismos actores: ocho actores para unos cincuenta personajes. Admirable es que lo consigan, pues en efecto lo consiguen—pero claro, tiene sus límites la cosa. En lo de los gestos, echo en falta más teatralidad y pretenciosidad, de las que están internalizadas en el personaje, y no añadidas por el actor—y por tanto también más realismo.

Porque estaría bien mostrar que los espejos del Callejón del Gato son planos, desdichadamente, por mucho que Max Estrella los quiera creer cóncavos.

Me pareció acertadísima, sencilla y eficaz, la puesta en escena con las pantallas móviles, a veces muro de piedra, otras veces filas de nichos, armarios, puertas o tabiques; ayudan a hacer la transición de escenas de una manera rápida, fluida y clara.

Se me hizo muy curioso ver la obra con retroperspectiva. Me produjo el efecto como de un cruce entre el Ulises de Joyce y Esperando a Godot. Digo Ulises sobre todo por el contacto entre las aspiraciones de la intelectualidad frustrada, y la realidad de la calle y las miserias cotidianas (esplín e ideal)—pero habría que añadir, claro, la escena de velatorio que Joyce guardaba para una obra más tardía… era más joven que Valle-Inclán y aún no pensaba tanto en la muerte al escribir el Ulises. Allí hay, sin embargo, una peregrinación urbana y un descenso al fondo de la noche que emparentan al Bloomsday con esta pieza, y también la misma imagen central en el proyecto estético de ambas: la de los héroes clásicos reflejados en un espejo deformante, que no nos produce sino un efecto de realidad.

Este realismo se obtiene también en parte por métodos metaficcionales, pues bien sabe Valle-Inclán que no puede incluir una escena de sepultureros sin mencionar explícitamente a los de Hamlet; la vida contiene a la literatura, y por eso la literatura ha de mostrar a la vida interactuando con la literatura.

Yo leí Luces de Bohemia en bachillerato, allí por los años setenta, cuando Valle-Inclán era más joven, y ciertamente era, y es, impresionante. Entonces era una obra casi atmosférica, con el ambiente del último franquismo y de la Transición casi retratado en los ministros prohombres y los huelguistas de la obra; tiempos de revolution in the air. Y analogías siempre se le pueden buscar, por supuesto, al presente—es una obra con bastante fuerza como para volverse actual en cada representación que la reinvente. Pero a lo que voy—en los años setenta éramos todos más jóvenes (de verdad) y más revolucionarios (al menos de boquilla), y llamaban la atención unas cosas en la obra, mientras que hoy, cuando ya tenemos nuestra pensión gubernamental, destacan otras.

Así, por ejemplo, ayer me llamó especialmente la atención la hostilidad antiburguesa y antisemita de Max Estrella, y del autor por extensión, y sus llamadas a la masacre de la burguesía y a plantar "la guillotina eléctrica" en la Puerta del Sol. O también los planes del héroe proletario de la obra, el preso que va ser "paseado" por los policías como mártir simbólico de la España negra: resulta que este representante del pueblo auténtico es todo un pequeño Pol Pot en potencia—no se conformaría con pasar a cuchillo a todos los judíos y demás burgueses de Barcelona, o a poner una bomba bajo la realidad nacional (de estos tenemos más que suficientes), sino que pretende destruir la ciudad misma, a la camboyana. Visto con perspectiva el resultado de estas bellas utopías—tras el genocidio nazi, los diversos Gulags y los jemeres rojos—casi se reconcilia uno con el asesinato extrajudicial. Me dio la impresión que ni los actores ni el público sabían muy bien qué hacer con estos pronunciamientos stalinazis.

En la obra, la "propiedad privada" no se menciona sino con desprecio, como algo propio de mentalidades de tenderos mezquinos y degollables: y se echa de ver que esa neurona le patina de modo parecido a Max Estrella y a Valle-Inclán (antiguo carlista, y más tarde "socialista" colocado por el Ministerio). Se insulta a la Academia, pero se busca con desesperación un enchufe de los fondos reservados del Ministerio... porque está claro que la propiedad privada despreciable es sólo la de los demás—o el dinero público, que no es de nadie. El enchufe ministerial y el billete de lotería juegan un papel estructural similar—el billete está ahí tan sólo para hacer transferible y expoliable la pensión del Ministerio. Max Estrella, y Valle-Inclán, resultan ser terreno abonado para fumar no sólo la pipa de kif, sino sobre todo el opio de los intelectuales, y para bendecir alegres masacres colectivas en nombre de las Ideas, de la Revolución y del insaciable afán—eso sí, mientras tengamos a un amigo en el ministerio que nos pase la subvención. Síndrome del titiritero sputnik, entregado a los totalitarismos, y lameculos del poder con delirios de gloria laureada: todo un síntoma del siglo XX, y de otros anteriores también. Un arquetipo, vamos.

En los años setenta, para mí Max Estrella era Max Estrella, o en todo caso Villaespesa. Hoy es, mucho más, Valle-Inclán, autorretratado, con mucha menos distancia y ecuanimidad, con mucho menos control racional de la obra—que si tiene fuerza no es por la fuerza intelectual de un cráneo previlegiado, sino por pura expresión poética y vital, que combina en uno solo el hiperrealismo y el esperpento, al modo en que se combinaban en la persona y experiencia del autor. Imposible separar lo que es juicio sopesado de lo que es una jeremíada narcisista ("En España el talento auténtico se desprecia", etc. etc.) o un pronunciamiento político maximalista (off with his head), y mal se haría atendiendo a la mirada cruda sobre la hordinariez nacional sin atender también al instrumento óptico que la muestra. En esto es Valle-Inclán a la vez típico e inconfundible por la manera en que lo lleva a cabo: se nos muestra ese cristal óptico, Max, como algo distorsionado, caprichoso, veleidoso—menudo síntoma ambulante, Max Estrella, como para ir haciendo diagnósticos por ahí—y a la vez ese espejo deformado de la realidad hispana nos es exhibido en otro no menos deformado, el del propio autor Valle-Inclán, tan egocéntrico, ciego y lúcido a la vez como Max Estrella. Con el resultado desconcertante de que por momentos no sabemos si las dos deformaciones son la misma, si una exagera todavía más la otra, o si la anula como un espejo convexo a uno cóncavo; si la ironía vuelta sobre sí nos muestra sin más lo que hay, en el teatro público y privado, y lo poco en que queda al acabar la función.

(Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán. Teatro del Temple, dir. Carlos Martín, coord. Alfonso Plou, prod. María López Insausti. Actores: Ricardo Joven, José L. Esteban, Gabriel Latorre, Francisco Fraguas, Rosa Lasierra, Javier Aranda, Gema Cruz, Jorge Usón).

Sonetos de amor y otros delirios


Future narratives

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A question sent today to the Narrative-L:

Dear members of the Narrative List:

No real reason for this question, except for intellectual curiosity and a wish to get the list going after the summer. I find that the threads here are often welcome by people who bring to them, and perhaps extract from them, issues related to their own concerns; so getting associations of ideas going is a good thing for many of us... Take it as an excuse, then. My question is:

Can you think of any instances of people (writers, etc.) who have imagined, and perhaps thus helped to bring into existence, new narrative forms, genres or media? E.g. did anyone imagine film before film? (This brings to mind Aldous Huxley's virtual reality films in Brave New World, and Matrix-like transmissions of virtual reality programmes are imagined by Olaf Stapledon in Star Maker.

I've just begun William Gibson's Spook Country and he invents there (I expect they're invented, one never knows) a subculture of artists who recreate famous celebrity events in California (or elsewhere) with virtual reality technology, on the very spot where they took place. That's just an example.

Did anyone imagine the upsurge of fan fiction on the web before it happened?

Has anyone invented a narrative form based on, say, the tracks left by our searches using Google? Or is anyone doing complex multimedia narratives on the Web, combining text, images, video, sound... or is that just a plain old blog?

Or better, none of the above—anything I am unable to even think just now, because it is a kind of narrative that doesn't exist yet, and perhaps never will, but which has been imagined in a suggestive way by some recent science-fiction writer or filmmaker?

Jose Angel Garcí­a Landa
http://www.garcialanda.net

I find that the issue of "the imagination of future narrative" or "future communication" if you want is well worth pursuing, as it promises to hold complex unfoldings and interesting interactions.

By way of interaction between list and blog, I paste here my queries (sometimes some of the most intriguing answers) so as to provide a date or anchoring point, I classify a bibliographical record of the entry, and keep the whole thread in my mail folder for imaginary future use.

(Today's example of retrofuturistic technology: The Opening Books project).

FROM THE ANSWERS:

Christy Dena  on Sept. 24:

Great questions Jose!

I'll tackle some. Apologies in advance for the references to my own sites and research -- I'm adding them here in case someone finds them helpful or interesting.

One question was whether narratives have been based on/created (?) by Google searches etc? Just about every single technology on the web and beyond has been employed for storytelling (but more for artworks) now. There is blogfiction, botfiction, SMS fiction, MMS fiction, mobile stories, online comics, search fictions, email fictions and so on. I have a listing of some links on my del.icio.us site (which needs updating):
http://del.icio.us/new_media_arts
There are some search fictions listed here:
http://del.icio.us/New_Media_Arts/Creative_searchfiction

There are also programs being created specifically for online experimentation (non-artificial intelligence) with storytelling. Some programs are covered here in my post at WRT:
http://writerresponsetheory.org/wordpress/2007/04/28/ficlets-literary-lego/

I have another question to add to your one about narratives imagined but not materialized yet. I'd like to know if anyone has any ideas whether the following type of emerging narrative has been prefigured:

I'm researching what I've been calling 'polymorphic narratives' -- which are narratives that are spread across media platforms. A story, for instance, begins in print form and continues on the web. This is a subset of my larger research which is into what media theorist Henry Jenkins has called 'transmedia storytelling'. Judging by the descriptions Jenkins gives, he is actually referring to a transmedia series. A polymorphic narrative is not a series (it is not episodic): they are the equivalent of paragraphs distributed across media platforms. I'd love to hear if anyone has some ideas on this form being imagined.


Emma Kafalenos on Sept. 24

Oscar Wilde in The Picture of Dorian Gray?

Cortazar in his story translated as "Blow-Up"?  (But not Antonioni's film of the same title.)

Artworks in one medium that embed artworks conceived as in another medium (whether represented in the other medium or in the medium of the containing artwork--e.g., through ekphrasis) seem to have the power to represent art forms not yet in existence.  That is not to say that the writer or artist necessarily foresaw the later development.

My essay "The Power of Double Coding to Represent New Forms of Representation: The Truman Show, Dorian Gray, "Blow-Up," and Whistler's Caprice in Purple and Gold" (Poetics Today 24, 1 [Spring 2003]: 1-33) might be of interest.


Peggy Phelan on Sept. 25:

Thanks Emma for recalling the point about new genres and media within Jose's question. "Machinima" (sometimes spelled machinema) is perhaps one of the most interesting new genres to have emerged from the underbelly of video gaming. Basically, this genre makes use of code from games that has multiple functions but cannot be accessed through the game itself. This 'superfluous' code is then re-programmed into new narratives and new web-based films and visual art. Interestingly, some of the re-coding can be done in live performances, and this in turn creates a new kind of performance art - -so far, all collaborative and interactive. Audiences scream out directions to programmers who are "improving" new code from the stream of code that is being recycled and refashioned from the gaming code. As someone primarily interested in live art and not code, I find the performances sort of transfixing because they are sort of mesmerizingly awkward, 'naive,' and even 'dumb' in terms of narrative complexity or dramatic arc. And yet there is no doubt that they are completely absorbing performances --combining elements of sampling from hip-hop, old school improv techniques, and new media savvy in re: to gaming and coding. And the frenzy with which the directions are thrown out from the audience is something to behold. The best re-programmers are those who can quickly meld one  direction into another, and this requires, among other things, adroit fingers, typing, and so on. There are now 'teams' and 'stars' as in sports events.
Here is a wiki link for those who would like a more detailed (and probably more accurate) description of the recycled code etc: http://en.wikipedia.org/wiki/Machinima


My answer to the list, Sept. 25:

Thank you all for so many interesting answers!

Concerning Christy's question about "polymorphic" narratives—i.e. "spread across multiple media platforms", I suppose one obvious source would be the very existence of narratives (e.g. classical myths) which give rise to multimedia representations, say, pictures of Odysseus or narratives about Odysseus. It is a short (and long) step from that to the use of different media platforms to articulate a single work of art by one artist. Long, because although other connective strategies may be easily devised (and perhaps have been used? any suggestions here?) one seems to need a form unified in a digital sequence with multimedia capacity before this kind of work becomes manageable or mainstream. Although perhaps part of what is suggested in the word "spread out" used by Christy refers to a much more disjointed or "distributed" narrative—the kind of thing Jill Walker has been writing on? One thinks of William Gibson's cult videos in Pattern Recognition being disseminated across different websites... but then that was only video (which can be multimedia in itself, to be sure). Or an Amélie-like strategy for urban narrative made of clues taking you from one piece of the artwork to the next? Anyway, one major issue, apart from the nature of the pieces spread across multiple media platforms, would seem to be the thread that links them together, or the frame which holds them together: either a unified, marketable object in digital form, or an experiential sequence to be tracked out in different places and disconnected media. Or things in between. But I must look closer into Christy's del.icio.us collection before indulging any further in random musings and speculations.


Innovative concepts or tools

Author, Author

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Acabo de leerme la última novela de David Lodge, autor de tantas novelas de campus imprescindibles para bandearse por ambientes académicos (Changing Places, Small World, Nice Work...). La penúltima, Thinks... , me pareció de las menos memorables, aunque tenía sus cosas, como una sección escrita a base de e-mails, y un interesante argumento en torno a la consciencia y la inteligencia artificial. Y la seducción—a la que luego volveremos.

Esta vez va más atrás, cien años atrás, y se centra en Henry James. Coincidencia: a la vez se publicaban otras dos novelas sobre Henry James... lo cual ha llevado a Lodge a escribir un libro sobre la cuestión y coincidencia... un libro que me voy a encargar ya, porque esta novela me ha gustado muchísimo, y es todo lo apasionante que pueda ser una novela sobre una vida tan plácida y aburrida como la de James. Ya decía James que los argumentos auténticamente fascinantes se mueven en no en torno a las aventuras, sino en torno a las razones psicológicas. Y Lodge muestra cómo hay todavía más razones psicológicas detrás de los psicológicos argumentos de James... La vida detrás de la obra, vamos, que si no agota la explicación de la obra (pues hay una parte de la vida que es la propia obra en sí, que también es vida)—el resto de la vida, vamos, sí nos hace ver la obra de otra manera más compleja todavía.

Traduzco la nota publicitaria del libro:

En la última novela de David Lodge, Thinks... el novelista Henry James estaba presente de manera invisible en citas y alusiones. En Author, Author está en el centro del escenario, a veces en sentido literal.

La historia empieza en diciembre de 1915, con James moribundo rodeado por sus parientes y servidumbre, la mayoría con sus propias angustias personales, luego vuelve atrás a la década de 1880, para trazar el trayecto de los "años medios" de Henry, centrándose especialmente en su amistad con el simpático dibujante e ilustrador de Punch, George Du Maurier, y en su relación de intimidad (pero casta) con la escritora americana Constance Fenimore Woolson. A finales de la década, Henry está seriamente preocupado por el hecho de que sus libros no "venden", y decide intentar conseguir fama y fortuna como dramaturgo, a la vez que George Du Maurier, que va perdiendo vista, se diversifica pasando a escribir novelas. Las consecuencias, para ambos hombres, son sorprendentes, irónicas, cómicas y trágicas por momentos, alcanzando un momento climático en los años 1894-95. Mientras la Trilby de Du Maurier, para desconcierto del propio autor, se convierte en la novela más vendida del siglo, Henry espera con ansiedad la primera noche de la obra que le ha de hacer triunfar o fracasar, Guy Domville...

Presentando una muchedumbre de personajes vívidamente retratados, algunos con nombres famosos, otros rescatados de la oscuridad, Author, Author ofrece un panorama fascinante de la vida teatral y literaria en la Inglaterra de finales de la época victoriana, que en muchos sentidos prefiguró la actual mezcla de arte, comercio y publicidad. Pero es sustancialmente una novela sobre la experiencia y actividad del autor—sobre las obsesiones, esperanzas, sueños, triunfos y desilusiones de los que viven de su pluma—que presenta, en el centro, una exquisita caracterización de un escritor en concreto, retratado con una empatía fuera de lo común.


Supongo que esta es la valoración y lectura que el propio autor (Lodge) hace del libro, si como de costumbre es el autor el que redacta la nota publicitaria para la cubierta... y aquí vemos la huella de Lodge (como en el resto del libro) utilizando las comillas típicas de James, para enmarcar una expresión supuestamente coloquial y en realidad obvia—que sus libros no "venden".

No es el problema de Lodge, evidentemente, y sin embargo algo de retrato propio tendrá este análisis de un escritor usando sus materiales, inspirándose en cosas que oye, proyectando sus propias ansiedades, retratándose a sí mismo de manera camuflada o parcial, para analizarse o para exorcizar ansiedades.

También debe ser Lodge mucho más generoso y menos envidiosete que James, algo que le permite hacer el retrato irónico de la reacción de James ante el éxito fulminante de su amigo Du Maurier, modesto novelista popular. Pero es que el éxito de Trilby es tal que agobia, desconcierta y deprime a Du Maurier: es un fenómeno de marketing postmoderno fuera de lugar, por ser el primero, en la Inglaterra victoriana y sobre todo en los USA de la Era del Oropel, un heraldo de la cultura industrial del siglo XX, cuya vulgaridad y simplismo y mercado masivo aterriza sobre la cabeza del incauto autor, llevándolo (según cree James aquí) a una muerte prematura, muerte de éxito (—eso que decía Oscar Wilde de los dioses que para burlarse de nosotros nos conceden nuestros deseos). James lo ve, y sin embargo no puede evitar envidiar a veces de modo bastante rastrero el éxito de su amigo —que lejos de presumir está perdido y siente que la obra se le ha escapado de las manos, que lo que está teniendo éxito ya no es en realidad suyo.

A James no lo entiende ni su familia (familia intelectual, sin embargo): hasta su hermano el filósofo William le dice que sea más pragmático, y que si quiere vender libros, que los haga más legibles para el público. Y allí está la contradicción en términos de Henry James: quiere nadar y guardar la ropa, ser artista y seguir su propio camino, pero a la vez triunfar masivamente; algo imposible. El camino que te lleva a tí mismo te llevará todo lo más—si eres un artista—a un éxito de crítica, o póstumo, o a los manuales de literatura y cursos universitarios, pero jamás te llevará —si eres ese tipo de artista que era James—a las listas de best-sellers.

Y esa es la experiencia que aprende James de la manera más pública posible: siendo abucheado ante el público cuando sale a saludar a los gritos de "¡Au-tor, au-tor!" tras la función. El teatro iba a ser el camino al reconocimiento popular y a la fortuna, pero las obras de James no funcionan en escena, y no consigue sino frustraciones y humillación. Hay que decir que James es lo que los ingleses llaman un prig, un prim prig, por no decir a coy prick. Su mojigatería va a partes iguales con su inteligencia, y crea como un aura alrededor de sus obras—un aura de artificialidad que al parecer se volvía insoportable sobre el escenario. Las obras tenían apoyo de sus amigos influyentes y de los críticos, obtenían buenas reseñas con la boca pequeña, pero no convencían, y se caían del cartel entre excusas molestas y vergüenzas ajenas, mientras Oscar Wilde triunfaba estruendosa y escandalosamente.

Esto nos lleva a otra corriente subterránea de la novela: el asunto sexual. Henry James vive una vida asexuada, de virgen cincuentón, con ademanes de cura laico, horrorizado por la idea de llegar con nadie a semejantes intimidades como abrazarse o desnudarse. En un mundo más liberado, hubiera sido homosexual—pero no hubiera sido el Henry James que conocemos. En el mundo en el que vivió, no se le puede calificar ni siquiera de homosexual dentro del armario, pues de puro pánico cerval se le fundían las conexiones cerebrales a la hora de juntar en un pensamiento a sí mismo y a la sexualidad: todas sus reacciones están construidas en torno a la evitación y autocensura de actitudes y actividades sexuales. Estas son los oscurísimos secretos que no aparecen en sus novelas, tan lejos está el meollo del problema que se ha perdido de vista, y las palabras no dejan verlo. Un caso psicológico, en fin, como tantos detrás de tanta buena y mala literatura. Cuando la gente nos dedicamos a escribir...

A lo largo de media novela, Henry James mantiene a raya a su amiga Constance Fenimore Woolson (a quien desexualiza llamándola "Fenimore"). Pronto le aclara, entre líneas, cuáles no son sus intenciones, mientras hablan de uno de sus personajes: el matrimonio es un final convencional, y "Winterbourne is not the marrying kind." Ella lo capta. Pero luego Henry busca su compañía, y le hace desear la propia, una relación un tanto malsana de apoyo mutuo, halago de la propia vanidad, y pura conveniencia—manipulación a veces. Al final, Fenimore, dada a las depresiones, se suicida. Pero ni ella, ni James, ni el autor, ni nosotros, queremos culpar a James. Y sin embargo... ¿supo ser su amigo, ayudarla realmente, darle lo que parecía prometer? ¿La encandiló inútilmente? Los muertos nos hacen sentir culpables, aunque a Henry lo matan más otras cuestiones más cercanas a la propia vanidad.

Su relación con Fenimore, como la relación con Du Maurier, está basada en la admiración incondicional que ambos amigos profesan a James como Autor, como Artista, y en los ejercicios de humildad abyecta que hacen ante él—que los recibe como quien no quiere la cosa. Es lo que le dan a James, aparte de cosas más de a pie como compañía, actividad, conversación inteligente, amabilidad. Y él, ¿qué les da? ¿El aura del Arte? A Fenimore, una vaga promesa de una hermandad de las almas o del matrimonio que no podía ser; a Du Maurier, una huída de la familia de él (la ruidosa familia) y un refugio momentáneo en una sociedad masculina de caballeros, lejos de las mujeres. Una historia homosocial típicamente victoriana, donde ambos cotejan (normalmente sin mencionarla muy directamente) la relación de uno y otro con las mujeres. Otra cuestión, aparte de la ausencia de deseo, que mantenía a James soltero, era la necesidad de mantener su status social. De caballero solitario o buey suelto se podía permitir lujos, viajes, vacaciones, que le hubiesen resultado imposibles con una familia a cuestas. Y James evidentemente elegía la comodidad personal y el escaparate social antes que el contacto humano cercano. Un ave fría, que los llaman por aquí. Y en su obra y en sus personajes deja huella esta falta de intimidad humana del autor, esta distancia que toma respecto a los demás, y hasta respecto a sí mismo.

(La historia de James rechazando a Fenimore tiene un paralelo en el libro, a modo de comedia de Lope, en la historia de los criados: el fiel mayordomo Burgess mantiene a raya a la sirvienta Minnie, alegando su independencia personal y su profesionalidad como sirviente, a la que se debe—su propio "Arte". Esta historia no deja de recordar a The Remains of the Day de Ishiguro—y es para Lodge una manera de mostrar ciertas limitaciones humanas de estos personajes).

Un sustituto o suplemento de ese contacto humano físico que no tenía en la vida lo buscaba James de modo desplazado en el teatro, en el triunfo casi orgásmico ante el público en directo, en las reverencias ante la sala gritando "¡Autor, Autor!", el equivalente inglés del "torero, torero". De ahí la enorme frustración emocional, casi erótica, que representa para James el fracaso como dramaturgo. Volverá a las novelas, para triunfar (ante las minorías) en su última etapa como novelista psicológico complejo, y para recibir una Orden del Imperio Británico cuando ya está gagá y próximo a la muerte. Una reflexión ambivalente sobre los goces de la literatura, por mucho que el autor (Lodge, digo) nos recuerde la vida póstuma de James en manuales y cursos de literatura. Triunfo como protagonista de la historia literaria, sí, pero a costa de un cierto fracaso como persona viva: no vivió para sí, sino para la literatura, orientando toda su vida a esa vida póstuma de clásico (vida en le mirage des mots, especie de muerte en vida) —vida de Autor. Aunque no puede decirse que no viviese de acuerdo con sus deseos—deseos excesivamente civilizados, hasta la rarefacción.

La portada de la novela, seguramente elegida por Lodge, nos muestra a James saludando ante el público (quizá en su primer éxito modesto con The American), o saludándonos a nosotros, la audiencia de sus novelas (o quizá se trate del personaje de la novela de Lodge, actor y Autor saludando a la sala como le ordena su propio Autor con las palabras finales de la novela:

"Henry, wherever you are—take a bow." (382).


Y la contraportada nos muestra un banco vacío—seguramente el banco donde se sentaba con su amigo Du Maurier en sus paseos, antes de que el éxito de éste los separase un tanto... Viene a ser la contraportada la contrapartida y paralelo de la portada: porque Du Maurier es lo más parecido al lector ideal que Henry James conoce en vida (—también Fenimore, pero era mujer, ¡lagarto lagarto!). En ese banco vivió Henry James lo más próximo a una historia de amor con "contacto directo" (sin abrazos por favor) entre el público lector y el Autor.

The Middle Years

Sobre la relación imaginaria o fantaseada de Henry James con su público lector, y sobre las vidas póstumas, hay un relato interesantísimo de James, al cual alude Lodge cuando habla de cómo el estilo de James florece en una "late manner"—tras las dudas e incertidumbres y patinazos teatrales de sus "middle years". El relato es "The Middle Years", una historia sobre un novelista moribundo, Dencombe, que lamenta quedarse en su "estilo medio" sin poder llegar a desarrollar todo el potencial de su genio en una madurez productiva, una madurez de las que para el novelista sólo llegan con la vejez.

Lodge también nos muestra a James escribiendo este relato, "The Middle Years", tan significativo por lo cerca que toca su tema—el logro literario, el coste para la propia vida, las frustraciones de la ambición. Y el desplazamiento del erotismo y el afecto a la relación con el público lector.

Aquí, como en otros aspectos del libro, Lodge evita caracterizar a James como homosexual. (Quizá para él, como para Peter Ackroyd en el caso de T. S. Eliot, no sean homosexuales los homosexuales reprimidos, en especial los tan reprimidos como James). En el epílogo del libro habla con cierta ironía de los proponentes de los queer studies que encuentran en James imágenes desplazadas de cosas como anal fisting—ver Mapplethorpe para más información—pues está claro que estas vigorosas actividades no iban con James ni en sus peores pesadillas.

Ahora bien, "The Middle Years" es en cierto sentido una fantasía homosexual, desplazada por supuesto, y por supuesto guardando las distancias… homoerótica pongamos, pues, si lo de sexual sugiere gónadas e "intercambios de fluidos" de los que según Lodge echaban para atrás a James.

Resumo la historia (aunque Henry James no se puede resumir, claro). El novelista Dencombe, trasunto de James, está convaleciente en un balneario, Bournemouth, sentado en un banco mirando al mar (—por cierto, por allí mismo también ha paseado este otro Autor-Autor, hace… veintisiete años). Otro banco que podría ser el de la contarportada. El mar parece "all surface and twinkle, far shallower than the spirit of man. It was the abyss of human illusion that was the real, the tideless deep" (The Figure in the Carpet and Other Stories 235). Está flojo, siente que no va a vivir mucho. Lamenta no poder desarrollar su ambición, su obra, quedarse pequeño, morir antes de tiempo. Acaba de recibir su última novela del editor, pero casi ni le hace ilusión—la ha perdido, viendo lo poco que da de sí la vida.

Una señora ("la Condesa" será) se sienta en su banco a descansar un momento, invadiendo. Va acompañada por una pareja más joven: su médico particular y su dama de compañía. Dencombe y el médico cruzan miradas como si fuesen dos gays que van de caza—y en efecto el relato consistirá en cómo Dencombe atrae a sí al médico, Doctor Hugh, separándolo de las exigencias de su patrona, de quien esperaba heredar, y de las garras de la dama de compañía, ambiciosa trepa que esperaba heredar también, a través de él.

El flechazo con el médico no es erótico-sexual, sino erótico-literario: los dos ven que llevan el mismo libro, The Middle Years, de Dencombe—aún no está en las librerías, o sea que Dencombe intuye que no es un lector normal el que se ha topado, sino un lector especial, especialmente interesado. Lo mismo piensa el otro, y busca una excusa para dar esquinazo a las damas y trabar conversación… allí Dencombe se desmaya cual jovencita, y se descubre su identidad, el cuerpo del Autor, algo más allá de sus expectativas.

Del médico Doctor Hugh espera Dencombe los halagos de un lector ideal—una especie de Du Maurier/Fenimore perfeccionado—que le jaleará en sus empeños escalando la cumbre de su Arte. Y también espera que le dé un tratamiento—remedios digo, para seguir viviendo, para poder escribir. Pero sobre todo quiere amor, cercanía, amistad, comprensión, calor humano que no tiene en su vida (este Dencombe es viudo, con hijo muerto. Cosas del pasado). Obsérvese que calor humano y lectura ideal—y supervivencia—se juntan en la misma figura.

Bien, tiene lugar el drama. Dencombe empeora, y en el momento crítico, Doctor Hugh elige quedarse con él, y descuidar a su patrona. Despedirse, elegir. Renunciar a la fortuna y a las intrigas de Miss Vernham, que será lesbiana o solterona despechada. Elige de hecho, a manera de sacrificio homosocial, matar a la Condesa, o dejarla morir, ofreciéndola como sacrificio humano en el altar de la amistad masculina que lo une a Dencombe.

Had he spent those days with the Countess?
'The Countess is dead,' said Doctor Hugh. 'I knew that in a particular contingency she wouldn't resist. I went to her grave.'


La mata a distancia, y luego va a su tumba. Pero ha estado haciendo otras cosas además: ha escrito una reseña que convierte el último libro de Dencombe (el que iba a ser una obra mediana y desapercibida) en un éxito. De crítica o de público, o de los dos, no se sabe. Lo que está claro es que Doctor Hugh, que no puede salvar el cuerpo de Dencombe, sí puede salvar su corpus, puede hacer que su obra perdure. Es el Lector, que hace que el autor siga vivo después de vivo, o el Crítico—el Buen Crítico—que hace que la obra tenga una segunda vida, y que lo que no era sino un "estilo medio" siga desarrollándose, en vida postuma, y llegue al florecimiento complejo de la última etapa. Ese florecimiento literario que sólo pueden alcanzar los clásicos, los que son releídos, y que lo alcanzan no sólo por sus propios méritos, sino por el encuentro de dos mentes en el espacio literario, el Autor y el Lector, creando la clase de sentido que sólo los clásicos pueden tener. Nadie es clásico en vida, ni los que se creen clásicos en vida, porque ese sentido ya va más allá del Autor, la obra se le ha escapado —aunque en una dirección distinta a la Trilby de Du Maurier.

La lectura es algo inquietante, es una psicofonía. Los muertos nos hablan, nos dicen cosas en directo. Es el procedimiento por el que seguimos vivos después de muertos, y obtenemos esas extensiones póstumas de la vida que algunos proyectan a nebulosas eternidades. Es la única extensión posible—hablar desde los textos, y que los vivos hablen de nosotros, una vida fantasmal por la que suspiraba Dencombe, sin planteárselo precisamente en esos términos, cuando añoraba "another go, a second chance", otra vida más allá de la vida efectiva que había tenido.

En cualquier caso, este relato alegoriza, transformándola en amistad presencial, y en una especie de matrimonio de los espíritus, la relación entre un autor y su público, que por necesidad es in absentia en el caso de los clásicos. Aquí el Autor gratifica su necesidad emocional de sentir esa proximidad convirtiendo a sus lectores futuros, los lectores de su estilo tardío que sólo la Historia le dará, en amigos que le murmuran palabras de amor en su lecho—aunque sea su lecho de muerte. Era contacto humano, emoción, lo que buscaba el Autor al escribir, siquiera fuese de una manera tortuosa e indirecta—su manera:

'You're a great success!' said Doctor Hugh, putting into his young voice the ring of a marriage-bell. (258)


El cuento habla de sí mismo con la voz del autor que permanece, el que sigue viviendo y hablando en sus escritos, y a la vez habla con la voz del cuerpo que muere, la vida personal llena de frustraciones, y en realidad más breve, terriblemente más breve que el arte.

'Frustration's only life,' said Doctor Hugh.
'Yes, it's what passes' Poor Dencombe was barely audible, but he had marked with the words the virtual end of his first and only chance. (258)


Pero veamos el análisis/narración de Lodge sobre "The Middle Years":

El Dr. Hugh a partir de entonces se dedicó a cuidar, y quizá a curar, al autor enfermo, que 'elevándose otra vez un poco sobre las débiles alas de la convalescencia y todavía presa de ese feliz desiderátum de un rescate organizado, encontró una vena de elocuencia para defender la causa de cierto espléndido "estilo tardío", que habría de resultar ser la ciudadela misma de su reputación, el fuerte en el que se custodiaría su auténtico tesoro'. Esto era una ensoñación recurrente del propio Henry, que habría de cumplirse sólo cuando se hubiese sobrepuesto a toda idea vulgar de 'éxito' como novelista por el procedimiento de obtenerlo de manera tangible como dramaturgo, pero era una ensoñación que no deseaba revelar de manera demasiado obvia. El decoro, tanto en el sentido ordinario como en el literario del término, dictaba que al autor ficticio habría de rehusársele esta feliz consumación. Dencombe debía morir al final del relato, en sus años intermedios, con la obra de su vida incompleta. Imaginándose a sí mismo en esta tesitura, Henry invocó unas palabras en el lecho de muerte tan conmovedoras y elocuentes que le trajeron lágrimas a sus propios ojos mientras las transcribía: '"Una segunda oportunidad— eso es el espejismo. Nunca había de haber sino una. Trabajamos en la oscuridad—hacemos lo que podemos—damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión, y nuestra pasión es nuestra tarea. El resto es la locura del arte"' Ni él mismo estaba muy seguro de lo que significaban las dos últimas frases; como los parlamentos de Hamlet o Lear, contenían más de lo que podía expresar una paráfrasis prosaica. Si hubiese de morirse mañana, le gustaría que se inscribiesen en su lápida.
Para intensificar lo que se hallaba en juego en esa historia, decició que la devoción del Dr. Hugh al autor haría que se distanciase de la vieja dama, su protectora, y perdiese así la oportunidad de casarse con la joven, compañera de ella. Releyendo el relato, se le ocurrió a Henry que Fenimore diría que una vez más estaba oponiendo las mujeres al arte, o el matrimonio al arte—y tendría razón: la prueba estaba de modo innegable allí, en la última página, cuando el Doctor declaraba que sacrificaba voluntariamente su relación con la joven, y aseguraba al novelista moribundo su éxito literario: "'¡Has tenido un un éxito enorme! ' dijo el Dr. Hugh, poniendo en su voz juvenil el tono de una campana de bodas". Henry pensó si eliminar o cambiar el tropo matrimonial irónico, pero lo dejó ahí. Cuando lo leyese Fenimore a la vez se enfadaría y sentiría que le daba la razón, pero no estaría de más que ella no tuviese ilusiones de ningún tipo en lo tocante a los auténticos sentimientos de él. Sobre algunas cuestiones se comunicaban mejor a través de sus ficciones que en sus conversaciones. (168-69).


Henry James, nos dice Lodge, se sentía a estas alturas muy a gusto en compañía de sus propios Dr. Hugh jóvenes cultos y admirativos, discípulos admirando un maestro, una relación platónica muy del gusto de James ahora que había superado (por la vía de la supresión) los peligros, dudas y problemas asociados con el sexo en su juventud. Entonces había rechazado los avances del poeta homosexual Zhukovski durante una estancia en Nápoles; ahora se mantenía a distancia prudente del inquietante Oscar Wilde, aunque algunos de estos jóvenes efebos que rodeaban a Henry eran también amigos de Wilde. Otra cosa más en la que prefería, sin duda, no pensar mucho.

Así pues, no tiene Henry James aura de un novelista homosexual a pesar de los esfuerzos de los Gay Studies. Poco lo relaciona Lodge con el tema o concepción de la homosexualidad; y lee el relato "The Middle Years" como un intento de mantener a raya, entre líneas, a Fenimore. Yo lo veo más bien como una sublimación de deseos inconfesables a sí mismo, y como un desplazamiento al ámbito literario de la intimidad erótica que James no quería o no podía tener en su propia vida. Porque, ¿qué experiencia de intimidad más intensa, para un Autor, que ser leído? ¿O qué seducción más seductora, que la de atraer a un lector?

Seducción para seguir viviendo, en cierto modo, como palabras sin cuerpo, porque un autor vive esa existencia (¿transcendental? ¿infernal?) mientras lo lean sus lectores. Vivimos (en esa vida póstuma, de sombras del Hades) mientras hablen de nosotros, mientras se vea alguna imagen nuestra, o mientras se piensen nuestros pensamientos, o se lean nuestras obras. De este tema trató James en un ensayo de hacia 1909-10 contribuido al libro After Days. Así resume Leon Edel la conclusión de James sobre el más allá y la vida después de la muerte:

Si por vida se entendía vida física, creía que no la había. La muerte era absoluta. Lo que vivía más allá de la vida era lo que la consciencia creativa había descubierto y hecho: y sólo si estaba atesorado en una forma capaz de pervivir. (Cit. en Lodge 380).


La literatura es para James esa "acumulación del tesoro mismo de la consciencia" (cit. en Lodge 381), un tesoro que sólo puede descubrir otra consciencia, la del lector. Aunque el lector puede ser un cristiano creyente como Lodge, o un materialista convencido y profesor de literatura como Edel, y quizá el tesoro que encuentren no sea exactamente el mismo. Y tampoco tiene por qué ser el mismo que el autor creyó que enterraba; en nuestras obras no leen lo que pusimos; puestos a excavar tesoros, salen montones de cosas del suelo, y ni esta vida ni la póstuma está garantizado que las vivamos como tenemos planeado.

J. Hillis Miller, Speech Acts in Literature





Doppelgängers and half brothers


E. A. Poes
poes

Poe a sí (poesía)

Tres cuentos de amor

A photo on Flickr

 Otro libro que debí empezar a leer hace años, y que me termino de acabar, o me acabo de terminar: English Love Stories. El amor no se debe dar bien en la nublada Inglaterra, si nos atenemos a esta selección. O al menos al editor, John Sutherland, parecen gustarle más las historias de amor fracasado o engañoso. Que quizá sea el destino de casi todos los amores, no lo niego, pero desde luego no es una antología hecha por un enamorado del amor. Tengo la costumbre de marcar, en los libros de autoría colectiva, la valoración que me merece cada capítulo en el índice: "MB", "B", "RB" (regular-bien), "R", "RM", "M", "MM". Observo últimamente la baja calidad de lo que se antologa, hasta en una antología de Oxford como ésta (OUP, 1997). Hay abundancia de erres, y sólo tres cuentos con un MB, tres cuentos de desamor, o de amor, que vale la pena leer. Aquí va su planteamiento:

Olive's lover, de "C. C. K. Gonner", autor(a) desconocid@. Amor en una familia burguesa decimonónica. Una de las hijas, Olive, conoce en un viaje a un pretendiente, a toda prisa éste le pide compromiso por carta antes de salir para las Antípodas... pasa el tiempo, y va dando largas en las cartas. Al final que sí, que parece que vuelve, pero con retrasos inexplicables, excusas peregrinas, se va acercando pero no acaba de llegar, toda la familia sobre ascuas... hasta que reciben la noticia de que, ya en Londres, ha muerto. Con esquela en el periódico y todo. Pero cuando van novia y padre a visitarle al cementerio, concluyen que no está enterrado allí. La prometida/viuda se va poniendo mala desmaya, y muere ella misma al poco tiempo. Pero al poco la familia descubre que las cartas supuestamente recibidas del extranjero, y toda huella de noticia relativa al novio, o no existían o eran de mano de la propia Olive. Caso extremo del ilusionismo del amor, que nos hace vivir en un mundo imaginado, con una persona que muchas veces no existe sino en nuestra imaginación—mayor la sorpresa, a veces, cuando parecía tener carne y hueso.

Blind Love, de V. S. Pritchett. Una divorciada de carácter decidido oculta un secreto: tiene una mancha enorme e irregular de color rojo oscuro por el pecho, y fue la causa de que su marido la abandonara a los pocos días de casados (ya digo que ella tenía carácter decidido). Ahora es solitaria ama de llaves en casa de un ricachón, ciego y bastante caprichosete. Se tratan con cortesía exquisita y respeto, hasta que por esos azares de la vida, acaban siendo amantes. Ella lo informa de lo de su mancha tanto como al primer marido. Pero el vecindario maledicente se ha enterado, la ha visto tomar el sol desnuda, y van a malmeter con el ciego... Ella los trata con desprecio, pero observa que el patrono/amante está raro con ella, como ofendido. Al final clarifican la cosa y viven tan felices: para él no significa nada—pero nada—lo de la deformidad de ella, si deformidad es la palabra: sólo estaba dolido por la falta de confianza de ella. Y sí nos hace sentir la historia muy claramente que a veces vivimos en universos paralelos, aunque es importante que los puntos en que se encuentran sean habitables. El amor de este cuento es sin embargo muy británico en el peor sentido del término, muy de conveniencia, una tibia amistad sexual parece, más que blind love.

Fifty Pounds, de A. E. Coppard. Una mísera pareja malvive en Londres, un escritorzuelo con ínfulas de genio incomprendido, tratado con ironía cruel por el autor, y una infeliz que lo quiere, y que se resigna a seguirle la corriente en su tren de vida... que no sólo exige no trabajar en nada más que en sus escritos invendibles, sino que además requiere que ella no trabaje, por dignidad personal de él. Y eso que no están casados. Al fin ella, no enfadada sino usando la cabeza, le dice que no puede seguir así y que lo deja al menos de momento, harta de miseria y muerta de hambre; que se va a Glasgow a un trabajo que le dan. El con chantaje moral a tope, que no se vaya, etc. Pero la chica va subiendo puntos para el autor y para el lector a medida que progresa la historia. El caso es que antes de irse se entera ella de que ha heredado una pequeña cantidad que les permitirá seguir juntos... y cambia de plan sin decirle nada a él. Para halagar su vanidad, le envía cincuenta libras de parte de "un lector anónimo, admirador con otros de su talento"... y espera ansiosa el anuncio triunfante de él. Pero no llega el anuncio. Hasta comprueba el acuse de recibo en Correos, y sí, sí, él tiene las cincuenta libras pero está callado como un muerto, bueno, con su chantaje emocional que sigue. Así que ella también mantiene el plan, y se va a Glasgow volviéndose en la calle para saludarle en la ventana.

Lo que digo, si esto es amor... es amor mal encarado. O la selección es dudosa, o el amor—el amor "enamoramiento/pareja" es más virtual y quimérico de lo que solemos creer. Quizá, incluso amando en compañía, amamos mucho más solos de lo que nos parece.

Las Vírgenes Vigilantes




The End of the Affair

The End of the Affair

Me acabo de leer (cuando digo me acabo de leer me refiero a acabar, no a acabar de leer de un tirón—a veces cojo un libro y lo voy dejando durante años) la novela de Graham Greene.... Lo que se llevaba en nuestros tiempos, que si le darían el Nobel, que si no... y luego te mueres y te pasas de moda.  Esta novela la republicaron para el centenario en Penguin Classics, con introducción de Michael Gorra (2004).

Son interesantes los comentarios del editor sobre el carácter religioso de la novela. En la novela, el incrédulo Bendrix narra la historia de su relación adúltera con Sarah, la esposa de su "amigo" Henry. Sarah pone fin a la relación por una promesa que le hace a Dios—si salva a Bendrix de un bombardeo, esto es en Londres durante la guerra. Sarah desarrolla una extraña fe católica casi insensata, existencialista y descreída, pero se agarra a ella como a un clavo ardiendo para dejar de ver a Bendrix y seguir con su patético esposo a quien no quiere. Según Michael Gorra, esta promesa que se hace a sí misma al margen de su matrimonio

"la marca como un personaje emblemático de mediados del siglo 20, tan representativa de sus tiempos como Emma Bovary de los suyos: alguien definido por lo que Morton Dauwen Zabel llaama la 'pasión por una identidad moral propia', una figura que toma 'la integridad indestructible de la vida individual' como la medida de la justicia y la ley. (...) El trato de Sarah con Dios es sobre todo un trato consigo misma. Lo que viene a ser como decir que El final de la historia destaca como la novela religiosa de una época fundamentalmente laica" (xx-xxi).


Desde luego, vista desde fuera la elección de Sarah podría parecer muy interesada: típica ama de casa burguesa, sin hijos, no deja las comodidades de la casa de su marido, un funcionario bien aposentado, para irse a la incierta y miserable vida en un cuartucho con su amado. Es como para que le salgan escrúpulos religiosos a cualquiera. Sarah desarrolla una fe religiosa como quien construye un baluarte para el yo con puro aire, y donde no hay nada donde asentarlo. Adúltera compulsiva, los engaños y dobleces le minan el sentido de la realidad, y necesita con desesperación una realidad absoluta sobre la que centrarse y sujetarse—ser un sujeto en lugar de una colección de apariencias—y —presto— aquí está Dios para darle esa entidad.

Pero no se ve ella así, claro, ni la ve así Bendrix, ni el autor—aunque así la retrate. Para Bendrix, narrador no fiable, la conversión religiosa de Sarah es incomprensible, una especie de enfermedad contagiosa que se va apoderando de ella hasta matarla (y convertirla en santa milagrera). Ella vive su relación con Dios como un combate contra lo sobrenatural desde el descreimiento, y su conversión presagia la de Bendrix—tanto menos fiable parece el narrador, cuando la posición del catolicismo doliente y agónico es bendecida por el autor, y Bendrix ya está en la fase de maldecir a Dios como a un rival amoroso—poco le falta para su propia crisis, y de hecho acaba compartiendo casa con Henry el marido de Sarah, una relación homosocial a dos o a tres, si contamos a Dios. Porque en realidad la relación homosocial de Bendrix con Henry sirve sólo de contrapunto a la relación homosocial con su auténtico rival: Henry se relaciona con Dios por mediación de Sarah y el sexo, una relación tormentosa de amor-odio donde las haya. Y apreciamos que para Greene, autor no fiable, también está la salvación, o al menos la vida tal como merece la pena vivirse, en la combinación de intriga, pasión, disimulo, alcohol, sexo, pecado y arrepentimiento en la que viven sumergidos los personajes, siempre con sus superficies en tensión y a punto de llevarnos a la vuelta de la esquina a revelar tumultuosas relaciones consigo y con los demás.

No me extraña que el catolicismo de Greene pareciese a más de uno sospechoso y herético: es un catolicismo anglosajón, que sirve para añadir intensidad moral al individuo y acentuar sus paradojas, en lugar de reconciliarlo con el medio ambiente oficial. Es (el de) Greene un católico que sólo se realiza plenamente pecando, para tener más profunda conciencia de la salvación. Es significativo que a la vez que escribía Greene esta novela estaba llevando una relación adúltera con la persona que le inspiró el personaje de Sarah, Catherine Walston, cuyo marido también se llamaba Henry. Era un caso casi patológico de tentar a la suerte, o de jugar con el riesgo de la revelación a la manera de sus personajes.  Greene reparte sus actitudes entre la conversa Sarah y el descreído pero existencialmente atormentado Bendrix, y pone fin al asunto en la dimensión ficcional, con una promesa a Dios: pero en la realidad la promesa existe sólo para romperse, y vivir más intensamente la vida pecadora, de pasión y riesgo. Es característico que en esta novela se compara comprar un crucifijo, como acto vergonzante, a la compra de condones. Aunque en este caso sospechamos que el crucifijo es (al menos para el autor) un acicate erótico, más que un mal necesario.

Visto como proyección de la vida real, en medio de una historia real, y no en el final de una ficticia, y jugando peligrosamente con la revelación de secretos, adquiere otro tono el principio memorable de la novela. En él Bendrix va a abordar a Henry, su cornudo particular, a gozar de la superioridad sobre él que le da su secreto; triste consuelo, porque Henry ha conservado, al menos sobre el papel, a Sarah:

Una historia no tiene principio ni final: arbitrariamente uno elige el momento de la experiencia desde el cual mirar hacia atrás o hacia adelante. Digo que "uno elige" con el orgullo inexacto de un escritor profesional que—en las pocas veces en que ha sido considerado con seriedad— ha sido alabado por su destreza técnica, ¿pero acaso elijo yo con mi propia voluntad esa noche negra y húmeda de enero en el parque, en 1946, la visión de Henry Miles atravesando de cruzado la amplio río de lluvia, o me eligen a mí esas imágenes? Es conveniente, es correcto según las reglas de mi oficio empezar justo allí, pero si hubiese creído entonces en un Dios, también podría haber creído en una mano, dándome en el codo, sugiriendo "Háblale: no te ha visto todavía".

Los adúlteros, como otros fabricantes de realidades alternativas, detentan la llave de la realidad auténtica, y eso proporciona cierta ilusión de dominio, pero a la vez minan la propia solidez del universo en que viven. Es una relación vertiginosa con la realidad, y Greene evidentemente la sentía de modo intenso al escribir esta novela. Pero observamos ya en esta escena un juego de perspectivas: en realidad, Henry no es tan ciego como parece, y simplemente mantiene las apariencias, intentando evitar el detonante que ponga fin a su matrimonio. Y Bendrix no creía en Dios entonces, cuando era personaje. Ahora que es narrador, su posición ha cambiado, ha sido azotado por el Supremo y está más cercano al credo impossibile del autor. Por tanto, hay realidades detrás de realidades, y el final de una historia es ya la parte de enmedio de otra historia que había empezado sin que nos enterásemos apenas—en este caso la de la conversión del descreído narrador. Aquí sólo Dios es el detentador de la estructura final de la realidad—que es tanto como decir que la realidad es paradójica e inescrutable.

Poe-tics of topsight