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Literatura y crítica

Bringing It All Back: Bob Dylan Nobel Prize Celebration

lunes, 26 de diciembre de 2016

Bringing It All Back: Bob Dylan Nobel Prize Celebration






Retropost (2006): Incroiable frivolité

domingo, 25 de diciembre de 2016

Retropost #1283 (25 de diciembre de 2006): Incroiable frivolité

 

Los moribundos de repente ya no se cuidan, se permiten hacer todo lo que antes tenían prohibido. Según Proust había "...quelque chose d'un peu vil à cette incroiable frivolité des mourants". Proust escribiendo incroyable "incroiable", incroyable. Claro que estaba agonizando.  Vídeo de su ama de llaves Céleste Albaret sobre las últimas horas de Proust. El fin del escribidor par excellence. ¿Era frívolo, escribiendo estas cosas en lugar de concentrarse en su muerte... autrement? O, ya puestos, en su ortografía.

Las Vírgenes Vigilantes
 
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Retropost (2006): Trece lunas, doce noches


13 lunas, doce noches

Publicado en Curiosidades. com. José Ángel García Landa

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Curiosidades tiene el calendario. Tenemos un sistema complicado, que junta varios ciclos: días (un ciclo solar), semanas (un ciclo lunar), años (ciclo solar otra vez). Y luego están los meses, que ni se sabe qué son, son el resultado del conflicto entre ciclos lunares y solares. Un mes es una cosa cuya definición es complicadísima desde el punto de vista astronómico, así que en la práctica se han quedado petrificados en su forma actual por una conjunción de costumbres y circunstancias históricas. Supongo que el calendario que tenemos es resultado de nuestra historia, y de cómo distintos tipos de ciclo temporal se han acumulado unos sobre otros, a medida que avanzaba el conocimiento astronómico. Ciclos más largos salieron luego, y ya no hablo de siglos etc., cosa meramente numérica, sino de las correcciones periódicas que se han de introducir al calendario para que no se descompense: los años bisiestos, y las ciclos aún mayores de ajuste del calendario gregoriano: así, si un año bisiesto cae en 00, no será bisiesto... pero sin embargo el 2000 fue bisiesto, por un pequeño ajuste de ciclo todavía más largo.

A cuenta de las fiestas de navidad, y del Twelfth Night de Shakespeare, me leía el otro día esta bonita página un tanto New Age, Time out of Time, donde habla de los ciclos del calendario y de los doce días excepcionales que van del solsticio de invierno al comienzo del año. Es normal que, habiendo doce meses, haya habido una tendencia a atribuir una relación simbólica entre estos doce días y los doce meses del año, con lo cual se crea un pequeño año fuera del año, una mise en abyme del año, que a la vez es recapitulación del año anterior y preparación del siguiente. Es un período de fiesta en el que (siendo la fiesta un tiempo especial) se suspende el tiempo normal, y las costumbres normales, y se hacen cosas extrañas: se reúne la familia, se regalan cosas, se deja de trabajar, se trata la gente en pie de igualdad, se aparcan las diferencias irreconciliables por un tiempo, se desdibujan los papeles atribuidos a los sexos... Es como si se desestructurase la sociedad para volver a reinventarse. Elementos de estas tradiciones se reconocen en Twelfth Night de Shakespeare, y aun hoy en día, en algunos buenos propósitos convencionales...

Si el solsticio de invierno es la muerte simbólica del año, el inicio de un nuevo ciclo solar sugiere estas ideas de renovación y repetición a la vez. Los accidentes de nuestra tradición pagana y cristiana han venido a dar en dos figuras simbólicas que vienen a representar al año viejo y al año nuevo, proyectándolos analógicamente a los ciclos de la vida humana: Santa Claus, como figura un tanto carnavalesca del invierno, y el Niño Jesús, como símbolo del renacer perpetuo y de la esperanza, que a la vez (por una inversión de papeles casi lógica en estas fechas) representa el lado más oficial de la navidad.

Quizá el origen de este tiempo fuera del tiempo, estos días en suspenso del año, se deba al desfase necesario entre dos celebraciones: la muerte de un año, y el nacimiento de otro. En culturas antiquísimas, prehistóricas, sin un sistema de calendario perfeccionado, el acortamiento de los días y la muerte del sol llevaba a un fin ritual de las actividades; días más tarde, cuando se hacía sensible de nuevo, siquiera mínimamente, el alargamiento de los días, seguía otra fiesta para retomar el ritmo normal de vida y poner en marcha el año de nuevo. Por otra parte, el calendario más medible para los pueblos primitivos no era el solar, sino el lunar, y había y hay un desfase inevitable e imposible de calcular entre los ciclos solares y lunares. Es posible que antes del desarrollo de la escritura y de la astronomía (dos cosas que van bastante unidas), fuese la costumbre iniciar el recuento del nuevo año mediante el procedimiento más simple: empezaría el año con la primera luna nueva después del solsticio de invierno. De ahí unos desfases y dudas a la hora de fijar el principio del año que todavía dejan huella: el año empieza, supuestamente, el uno de enero, pero la pascua militar, la vuelta al cole y otras cosas son después de Reyes, y es entonces cuando el año va arrancando realmente.

La simbología del tiempo parado puede reconocerse en los ritos germánicos mencionados en Time out of Time: la obligación de no hilar (detener las ruecas) o de no hacer girar las ruedas. El tiempo, asociado al ciclo, al movimiento circular y repetido de los astros, vuelve a rodar sólo cuando termina este tiempo especial, tiempo que no cuenta, para poder contar el resto del tiempo.

La muerte cíclica de la luna después de la muerte cíclica del sol sería el final y principio más natural del año para una cultura rural, agrícola y sin escritura. En esa fecha el calendario natural empleado, lunar y solar a la vez, se volvía a coordinar (de modo convencional), y el año nuevo empezaba en lo que (para nosotros, con nuestro calendario escrito y calculado astronómicamente) sería un día distinto cada año, moviéndose a lo largo de un tiempo de... más o menos doce días. O trece: de Navidad a Reyes, ambos inclusive, son trece días. Número molesto. Añadamos la nochebuena, que además tiene la ventaja de ser la fiesta extraoficial, y la fiesta extraoficial, ya se sabe, tiende a convertirse en la fiesta, porque el principio de la fiesta mantiene esta relación ambigua con la oficialidad.

El trece famoso. Trece apóstoles, etc. Pero astronómicamente, el asunto molesto del trece es que el año tiene trece meses lunares. O al menos doce y un trocito del decimotercero (—tiene aproximadamente 13,37 meses siderales, con respecto a las estrellas fijas, y  12, 37 meses sinódicos, con respecto a las fases lunares). Sin embargo, la mayoría de los principales calendarios (excepto el hindú, al parecer) tienen doce meses, no trece. Trece son también las menstruaciones de una mujer en un año por término medio, y la casi coincidencia del ciclo lunar y el menstrual ha llevado a toda una mitología de la cual están hechas las relaciones entre los sexos. ¿Podría verse en el rechazo al trece una especie de negativa a dejarse guiar por el calendario lunar, y por extensión, una especie de rechazo al orden femenino del cosmos? El año solar (año agrícola por excelencia, aunque también sea importante para los cazadores-recolectores) es el año masculino. El hecho de dejar la última luna fuera del tiempo, sin contar, ha llevado quizá a los curiosos desfases entre los meses y las lunas, para que sean doce los meses del año, y no trece. El mes número trece (o sus días sueltos) es el que no cuenta—al igual que no cuenta el signo del zodíaco número trece, el Serpentario). Es el mes que se reparte a días sueltos entre los demás, el que queda a la espera desde el fin del año solar hasta que comienza la nueva luna, otra vez puesta en sincronía con el sol. Todo un orden imaginario, claro, una manera simbólica de organizar el tiempo y la jerarquía de los sexos. En realidad, los solsticios, y las fases de la luna, y las menstruaciones, van cada cual a su aire. Y los hombres y las mujeres se ponen en sintonía sólo cuando Dios les da a entender, y no según el calendario. Aunque cierto es que el tema éste del doce y el trece no ayuda.


The Moon Is a Thief





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Cognitive Science Network: Drama

jueves, 22 de diciembre de 2016

Cognitive Science Network: Drama


Dear Jose Angel Garcia Landa:

Your paper, "LA FRASE QUE LANZÓ MIL BARCOS AL MAR (THE PHRASE THAT LAUNCHED A THOUSAND SHIPS)", was recently listed on SSRN's Top Ten download list for: CSN: Drama (Sub-Topic).

As of 22 December 2016, your paper has been downloaded 16 times. You may view the abstract and download statistics at: https://ssrn.com/abstract=2428973.

Top Ten Lists are updated on a daily basis. Click the following link(s) to view the Top Ten list for:

CSN: Drama (Sub-Topic) Top Ten.

Click the following link(s) to view all the papers in:

CSN: Drama (Sub-Topic) All Papers.


Captura de pantalla 2016-12-22 17.45.55


I've got another paper in the Ancient Ontology section... but there's even less people writing about that.

 

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Retropost (2006): Deep-brain'd Sonnets

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La edición original de los sonetos de Shakespeare (Shake-speares Sonnets: Neuer before imprinted, 1609) termina con un poema largo frecuentemente ignorado, A Lover’s Complaint.Con frecuencia se ha considerado un mero añadido sin relación, o incluso un poema apócrifo. Esto va cambiando. El libro de ensayos Shakespeare’s Sonnets editado por James Schiffer (2000) termina muy a propósito con un artículo de Ilona Bell sobre A Lover’s Complaint y su relación con los sonetos, "That Which Thou Hast Done’: Shakespeare’s Sonnets and A Lover’s Complaint".
 Una amante es, en realidad, la narradora de Shakespeare; pero es narradora intradiegética, porque cuenta su historia a un narratario, un reverendo pastor (antes cortesano), y todo ello es introducido por un anónimo narrador muy escasamente homodiegético, una especie de ficción inicial para dar un marco que distancie la historia. Así empieza A Lover’s Complaint:

From off a hill whose concave womb reworded
A plaingful story from a sist’ring vale,
My spirits t’attend this double voice accorded,
And down I laid to list the sad-tuned tale;
Ere long espied a fickle maid full pale,
Tearing of papers, breaking rings a-twain,
Storming her world with sorrow’s wind and rain.
Ilona Bell sostiene que "Shakespeare conceived A Lover’s Complaint as the conclusion to and commentary upon Sonnets 1609" (471). Esto supone aceptar que fue Shakespeare quien diseñó para su publicación el libro de 1609, algo que no muchos creían hasta hace poco. Daniel, Lodge y Spenser también habían concluido secuencias de sonetos con un poema narrativo. Esto puede entenderse en el caso de Shakespeare como una incitación a incrementar la narratividad de losSonetos, a leer en ellos una secuencia de acontecimientos, quizá también la historia de un amor desengañado. Y explica quizá con mas detalle la naturaleza del desengaño: la promiscuidad irresponsable del bello mozo, y sus consecuencias. Todo sin decir nombres, claro.

También incita el poema final quizá a ver los sonetos como el resultado de una convención poética (por sentidos que posiblemente fuesen algunos): al ser la segunda voz femenina y obviamente convencional, nos permite oír de modo contrastado las voces anteriores, la del narrador que la introduce en A Lover’s Complaint y la del poeta, único hablante, de los Sonetos. Desde luego, la voz inicial (masculina, es de suponer) del narrador anónimo sí enfatiza la feminidad de la voz que va a seguir. Para Katherine Duncan-Jones (que ha incluido A Lover’s Complaint en su edición de los sonetos para Arden, no como otros que lo dejan fuera)—"the use of the word womb in the opening line immediately suggests the feminine complementarity of LC to the male-voiced sonnets which precede it" (431 n.).

Algunos poetas eróticos contemporáneos de Shakespeare, como Gascoigne, escribieron prefacios explicando las circunstancias de sus poemas. Para Bell, A Lover’s Complaintes una especie de epílogo ambiguo:

"Shakespeare, being Shakespeare, was unwilling to reduce the manifold perplexities of this Sonnets to a few lines of prefatory or explanatory prose. instead, he appended A Lover’s Complaint, as if to tell the wider lyric audience, ’Why, look you now, how unworthy a thing you make of me! You would play upon me, you would seem to know my stops, you would pluck out the heart of my mystery’ (Hamlet 3.2.363-66). Why then, you figure it out" (Bell 464).
 El poema presenta, como señala Bell, una doble reacción de los oyentes a las quejas de la amante: el "reverendo" (no muy de fiar quizá, según el narrador) acepta su historia; el narrador la describe como "fickle". El seductor galán que ha abandonado a su amada aparece como otra versión del bello joven de la primera parte. Quizá sea igual de poco fiable, pero aquí es él quien escribe "deep-brained" sonnets que no son sino artefactos de seducción que haríamos muy mal en creer a pies juntillas… deben ser releídos entre líneas, parece. Observa también Bell que al concluir el poema con la voz de la amante abandonada, sin volver al marco narrativo inicial, se problematiza el juicio de la voz masculina inicial, pues es la mujer quien concluye enmarcando y juzgando las palabras de su amante. La moza se dejó seducir por las buenas palabras del joven, sus regalos, y los sonetos que los acompañaban:

... deep-brained sonnets, that did amplify
Each stone’s dear nature, worth and quality. (LC, 209-10)

Tanto más deep-brained, complejos y reflexivos, los sonetos del propio Shakespeare, pues en lugar de loar piedras preciosas y otros regalos, se alaban y se regalan a sí mismos. Si bien la amante abandonada reconoce la complejidad mental de esos sonetos que recibía, no por ello dejan de verse aquí en perspectiva como un artefacto de seducción que puede contemplarse, en bloque, desde otra perspectiva muy ajena a la actitud con que fueron escritos. (¿Quizá, incluso, podría deducirse que se sedujo Shakespeare a sí mismo mediante sus sonetos?). La amante podría leerse como una alegoría de la feminización que ha experimentado el poeta en tanto que sufridor por amores en los sonetos. Así, el poeta de los sonetos se divide a sí mismo en seductor y seducido, y desplaza simbólicamente estas posiciones a otras tantas figuras que lo representarán indirectamente, por alusiones y analogías parciales.

Y el eco con que comienza el poema, la "doble voz" a la vez repetida por el eco y filtrada (por el oído del reverendo quizá), es imagen de la distancia intelectual a que nos lleva la relectura, el leer o escuchar como testigos no invitados—overhearers de un discurso que al no ir dirigido a nosotros se percibe en toda su retoricidad. (Podrían relacionarse estas figuras de la alocución indirecta con las que estudiaba en mi artículo sobre "Overhearing Narrative"). Los mismos sonetos ya invitaban a la relectura y apuntaban posturas irónicas sobre sí mismos; esto no puede sino intensificarse viendo retrospectivamente la secuencia entera tras la lectura de A Lover’s Complaint.

Así pues, la historia de amor de los Sonetos, aun siendo propia, puede contemplarse, ya una vez fuera de ella, como la historia de amor de otra persona. Y ello aun dando la última palabra a la moza abandonada, diciendo que (quizá por amor, quizá por necesidad, quizá por necedad) volvería a caer otra vez víctima los mismos encantos que la sedujeron. Aunque se la pueda acusar de incoherencia, o de contener multitudes. También para Shakespeare je est un autre.
 
Soneto, espejo, reloj, bloc y libro


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Retropost (2006): La misteriosa llama de la reina Loana

La misteriosa llama de la reina Loana

Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa


Que es el misterioso título de la última novela de Umberto Eco, vendida masivamente a cientos de miles de personas hace un año y ahora leída por unos pocos y olvidada por muchos, supongo. Del olvido va, y al olvido va, supongo. Aunque no está mal para un público cortado a la medida de Eco: vamos, de una edad parecida, de intereses similares, especialistas en semiótica si es posible, nostálgicos de la cultura popular de hace años, reprimidos sexuales y dados a enamoramientos platónicos... porque la novela va más o menos de Umberto Ego y su mundo interno y obsesiones y ansiedades particulares.  
 No es que esté mal, no... pero realmente es la novela de un hombre de ideas embebido en sí mismo y en sus ideas. Le falta vida, interacción, sociedad, a pesar de los intentos del autor, los personajes que no son Yambo, el protagonista, pasan como sombras por el trasfondo, o como voces que resuenan en su cabeza. Excesiva, exhaustiva, en su dedicación a los viejos recuerdos que nos formaron. Supongo que también va sobre el autoembebimiento, o sobre nuestro destino último que es hacernos nuestro propio mundo y habitarlo mayormente en soledad mientras la muerte va distribuyendo sus rayos aniquiladores a nuestro alrededor, y un día nos toca.
Es una novela sobre la memoria, sobre cómo somos memoria; estamos hechos de recuerdos. Como en otras novelas sobre la amnesia, se utiliza aquí como estrategia para involucrar al lector y seguirle y guiarle los pasos a medida que se adentra en la novela: el narrador en primera persona (luego sabremos que es Giambattista Bodoni, "Yambo", librero sesentañero) ha perdido la memoria, no sabe quién es, el lector tampoco lo sabe, claro, y así poco a poco lo vamos conociendo a medida que se conoce. Es un nuevo nacimiento a la vida, con una mente inocente de sí, y como estrategia narrativa es ciertamente sugestiva, y está magistralmente llevada por Eco. Claro que inocente del todo no es... lo que nos encontramos es un personaje diseñado a medida para ejemplificar algunas de las ideas de Eco sobre el conocimiento enciclopédico: porque eso es lo que Yambo tiene, es una colección de citas, una enciclopedia sobre dos patas y sin recuerdos sobre sí mismo. Un caso tan perfecto que uno duda que pueda existir como no sea a modo de estrategia narrativa, pero oye, cosas veredes.
Y la historia es la historia de cómo Yambo recupera la memoria de su identidad, de cómo llegó a ser quien es... o más bien quien ya no es, porque la mayor parte de los recuerdos personales se recuperan tras un segundo ataque cerebral, con el protagonista reducido a una especie de limbo comatoso o conciencia lúcida e incorpórea. Mientras estuvo deambulando de nuevo por el mundo, el nuevo y viejo Yambo conoce (que no reconoce) a su mujer Paola, duda sobre si sería amante de su ayudante la bella librera Sibilla (¿le dará ella alguna pista? No), se las apaña como puede para no actuar como un marciano. Esperando recuperar sus recuerdos viaja a la casa de campo de su abuelo en Solara, mantenida en hibernación durante cuarenta años, oye discos viejos, relee sus cuadernos de deberes y sus lecturas infantiles, sus tebeos... sin mucho éxito de momento.
Todo va volviendo poco a poco tras un segundo infarto cerebral que deja a Yambo sin cuerpo ni sentidos, pero con recuerdos. Esta parte recuerda al Innombrable de Beckett, que se hallaba en una situación parecida, pero con problemas de identidad aún más angustiosos que los de Yambo. Es sin embargo una bonita variación sobre el tema y homenaje supongo a Beckett.
Aquí volvemos con doble intensidad a la recuperación de la cultura popular de los años cuarenta: los tebeos, las historias de ciencia-ficción, las aventuras de héroes machotes en países exóticos, donde se hallan mujeres atractivas con velos tentadores, como la reina Loana...
De todo esto se ve que disfruta enormemente Yambo (un eco de su autor), y que con estas cosas retro pierde los papeles.  El libro está decorado abundantemente con viñetas y portadas de época, y se somete a detenido análisis la influencia de esos Sandokanes, esos Rip Kirby, esos Pinochos y Chapetes, esos Capitán Trueno que diríamos por aquí, en el imaginario del protagonista. También se vuelve cada vez con más precisión e intensidad a escenas vividas durante la época fascista y la Segunda Guerra Mundial, al final incluso rememorando la participación de Yambo, aún niño, como guía para unos resistentes contra las SS. Y se reconstruye el amor platónico (platónico a falta de otra cosa), ideal, del joven Yambo, la colegiala Lila Saba, cuyo rostro está tan velado como el de la reina Loana que es quizá su encarnación en otro plano de la economía mental del Yambo tineiyar.  La lluvia caótica de imágenes paraliterarias se acelera al final y se combina en una parodia del apocalipsis, a medida que Yambo se acerca a la visión beatífica del rostro de Lila, y de la muerte, dos experiencias que quedan más allá de lo efable. Un final con muerte, recuerdos y cita, entrada simultánea en la luz y en la oscuridad. Rosebud.
 Tunnel light  
Atrás quedan las personas reales, Paola, con quien hizo el amor Yambo por última vez dudando si ella cometía adulterio al hacerlo; Sibilla, con quien no lo hizo (¿o sí?), sus hijas, la vieja criada de Solara, algún amigo... Mucho más vívidas son las personas recordadas: el abuelo, su amigo mayor Gragnola, suicidado para escapar de los fascistas. Y sobre todo las lecturas, seres de letras más literalmente, más conocidos, más cercanos realmente al protagonista, que está hecho de ellas. A través de las lecturas vemos cómo llegó Yambo a ser lo que es, desde las novelas de aventuras, pasando por la poesía y la frustración amorosa y sexual, a las sublimidades decadentes y egocéntricas de Huysmans... un sistema interno de actitudes, desplazamientos simbólicos y fetiches privados. Todo esto sugiere una vida mental y emocional tenuemente conectada con la gente real que lo rodea, y más centrada en su propio universo personal. Lo dicho: Umberto Ego... Se non è vero, eccóme, è ben trovato. Ciertamente, a pesar de los años de desfase entre Eco y yo, es ésta una historia personal que me suena bastante, en cuanto al ambiente y la relación con las lecturas, una especie de variación sobre mi propia experiencia de la lectura y la memoria y los años del fascismo.
Si es que el colapso cerebral le da a Yambo cuando descubre entre los papeles de su abuelo un original del First Folio de Shakespeare. A mí también me daría, me parece. La gente le importa menos, en realidad, a este Yambo absorto en sí; los comparsas vivos pasan a segundo plano, y quedan los recuerdos y lecturas. Y qué poquita cosa somos al final, "hombres de letras"... a poor player, an unperfect actor on the stage, que (antes o después) olvida su papel. And then is heard no more: un día ya no oímos más esa ecolalia resonando en nuestra cabeza. Who now, who knows. Nos convertiremos, con suerte, en un recuerdo, o en una cita.
Had we but world enough, and time



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Retropost (2006): Dishonest Reading


Dishonest reading

Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa

Another exchange from the Narrative-L discussion list. Elizabeth Patnoe raises this issue:

"In thinking about the issues that emerged today, I wonder:  What does it mean to be a dishonest or honest reader or listener or viewer?"

From Matthew Clark’s answer:

I like this question --

Here’s a thought -- I’ve tried to think of times that I have been a dishonest reader, and here are two:

1. Some writers rub me the wrong way, and I have difficulty putting my feelings aside to see what is valuable in what they have to say. Derrida, for example.

2. If a group that I identify with dislikes a particular writer, then I have difficulty forming an independent judgement. Leo Strauss, for example.

Do these count as instances of dishonesty? I’m not being confessional here -- I don’t claim to be much worse than the average (but not much better, either) -- just trying to use introspection as a way into the question. (...)




And my own post:


On the subject of "dishonesty" and "dishonest readers":

I find Matthew’s suggestions interesting, although they address the issue from one specific viewpoint: self-analysis, that is, trying to discover, through an examination of conscience, which are our flaws in living up to our own ideals of honesty. Which is all right, but I find is not the most evident focus on the issue. I would begin with "dishonesty" as an interactional value judgment, that is, it is applicable to self-interaction as Matthew does, but it is above all concerned with ethical and political positions vis à vis other people. That is, "dishonest", for whom? A dishonest reader is a dishonest reader mainly for another reader. Who in turn may be dishonest for the first, or for a third observer. One person (maybe the same person, OK) has to behave and another has to judge. Then each of them will be acting as representatives of general values or wider communities. And then each of them may be divided within, perhaps thence the possibility of being accused of dishonesty. This topic is fascinating from a narratological viewpoint of course: think of the connections with the issue of unreliable narrators, unreliable narratees, and unreliable authors. And unreliable readers, who needn’t be dishonest by the way.

Jose Angel García Landa
Universidad de Zaragoza

I am aware of course, that some people believe (actually it’s almost a consensus among narratologists) that narrative theory should be blind to such issues as "unreliable authors" or "dishonest readers". But to my mind a fully interactional narrative theory cannot be severed from an ethics of reading, and an ethics of writing as well. And an ethics of theorizing.

And—one last issue. The term "reader" may be confusing above, in such phrases as "a dishonest reader is a dishonest reader mainly for another reader". We have to posit here a communicated or textualized reading (whether conversational, broadcast, in private writing or in published criticism). Maybe the right term for a reader who articulates his or her reading in an expressive form is, in most cases, critic. And therefore we should be discussing dishonest criticism. (But who wants to acknowledge one is a critic, whether honest or dishonest...).



El cristal con que se mira (diferencias críticas)
 


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Retropost (2006): Los girasoles ciegos

Los girasoles ciegos

Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa

Es una colección de cuatro relatos sobre la guerra civil, único libro de Alberto Méndez, publicado en 2004, poco antes de su muerte a finales de ese año; obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa en 2005. Es un libro triste, escrito desde el punto de vista de los perdedores, y es una especie de meditación y testimonio sobre la derrota. No sólo política o militar: para los personajes de este libro se convierte en una derrota existencial; han sido derrotados en sus vidas y sus aspiraciones ya no políticas, sino familiares y personales. Comprendemos así desde dentro parte de la experiencia de muchos españoles a consecuencia de la guerra civil, contrastando los problemas prácticos y la sensación claustrofóbica de los derrotados, con la retórica hueca y las consignas de los vencedores. Es inevitable, claro, que sólo uno de los bandos aparece retratado con rostro humano; el otro es una caricatura—caricatura en la que se convirtió por vocación propia, claro, por los ideales defendidos, por la hipocresía cruel con la que se defendían, y por la retórica grotesca utilizada para defenderlos.
Antonio López, Gran Vía
La primera historia, "Primera derrota: 1939 o Si el corazón dejara de latir", va sobre un capitán del ejército rebelde que, en la víspera de la toma de Madrid, se rinde con premeditación y alevosía a los republicanos derrotados; un acto kafkiano que ni los republicanos ni los nazionales saben cómo interpretar. Lo hizo por no participar de una victoria que consideraba obscena:

"... el procesado responde que ... sabe que en noviembre de 1937 el coronel Ríos Capapé y Mohamed el Mizzian llegaron hasta la parte alta de la calle Ferraz, en el centro de Madrid, donde sólo encontraron una resistencia de francotiradores en retirada.
"El declarante es mandado callar y lo hace.
"Preguntado acerca de si son las gloriosas gestas del Ejército Nacional la razón para traicionar a la Patria, responde: que no, que la verdadera razón es que no quisimos entonces ganar la guerra al Frente Popular.
"Preguntado que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, el procesado responde: queríamos matarlos." (27).

El capitán Alegría termina siendo fusilado, mal fusilado, pues sobrevive, y es rematado más adelante en otro cuento. La segunda historia, o "Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido" va sobre un chaval joven que escondido en un cobertizo en la montaña ha tenido un hijo con su novia; esta ha muerto, y el jovenzuelo, con veleidades literarias, escribe un diario mientras pasa el invierno, al que no sobrevivirán ni él ni el niño. Es una especie de alegoría de la muerte de la esperanza. Aquí falla un tanto el control de simpatías del autor, pues a mí se me hace repelente este personaje que durante días ni se molesta en alimentar al recién nacido, concentrado en su dolor y eso sí, escribiendo su diario (necesario para motivar la narración en primera persona). En fin, no andaba desacertado al pensar que de todos modos daría igual. 

"Tercera derrota: 1941 o El idioma de los muertos" es una historia de juicios sumarísimos seguidos de sumarísimos fusilamientos. El protagonista sobrevive porque conoció al hijo del juez militar en la cárcel de Díaz Porlier, y le va contando a él y a su señora, haciéndose el estrecho, lo bueno y heroico que era su hijo... hasta que harto de la pantomima, elige decirles la verdad, que era un falsario sinvergüenza y criminal, para que lo fusilen a él ya de una vez. 

La "Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos" es a tres voces: el narrador en tercera persona que cuenta la historia de un "topo" republicano en Madrid, ocultado por su esposa en un armario con doble fondo. También oímos la voz del que fue el niño hijo de la pareja, y la de su profesor, un cura patético que persigue a la madre a la vez que se azota mentalmente por los embates de la Carne. Al final, su acoso lo llevará a descubrir al marido oculto, que se suicida despeñándose por el patio de luces. Es quizá este cuento el más logrado por el afinado contraste de voces, entre las experiencias vistas desde el punto de vista del niño por una parte, la falsísima conciencia del cura, que por lo familiar que suena desacredita totalmente a la experiencia religiosa de los vencedores (una religión de fantoches, vamos), y por fin la triste realidad objetiva de la opresión y el encarcelamiento mental representativos de todo un país.

A medida que pasaban los días, mi padre estaba cada vez más tiempo en el armario. Llegó un momento en que mi madre y yo comíamos en la mesa de la cocina y él en su escondite. Masticaba con una parsimonia desesperante, como si quisiese evitar el ruido que hace el pan de centeno cuando se muerde. Todo empezó a impregnarse de tristeza. Me sentí culpable porque aquel armario comenzó a adquirir el olor del Metro y a mí me parecía que eso terminaría atrayendo a los leprosos. (149).

En fin, un memorial de la desesperación, como para recordar hoy, 70 aniversario triunfal de la guerra, la dimensión que tuvo ésta hasta lo más hondo de las vivencias, actitudes y emociones de quienes la vivieron. O vivimos. Porque si somos lo españoles como somos, es en gran parte por haber crecido con estos derrotados, y con estos triunfadores. 

Guerra civil: el vaivén de la memoria

 

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