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Vanity Fea

Cine

Scoop

La última de Woody Allen, y hasta con Woody Allen, cosa cada vez más infrecuente. Pero ésta no va a hacer historia: es flojilla, una película sencillita (al estilo del Manhattan Murder Mystery), un poco como un homenaje a un tipo de películas de detectives que se hacían, o se deberían haber hecho, en los años cuarenta, pero que siempre parecen un poco distorsionadas, parodiadas o retomadas en plan histerizado, una vez se les incluye a Woody Allen como investigador. (Y un periodista que se escapa nada menos que de la barca de la Muerte, para dar el chivatazo de quién es el asesino). En este caso, el asesino principal ni sale; es un asesino en serie, pero conocemos a un copycat killer, que se aprovecha de la serie de crímenes para colar uno más, y librarse así de una prostituta que lo chantajeaba... Vamos, que el lema podría ser que "aunque cojan al asesino, y no sea tu novio, tu novio también puede ser un asesino"—hasta EL asesino, y hasta TU asesino si te descuidas. No os fiéis de esta gente que anda por las country houses de los ricachos ingleses, Woody Allen se ríe del té con pastas pero está convencido de que hay muchos esqueletos en los armarios. Y de que llegado el caso, se llevan por delante a quien les amenace la pasta y el status, sin pensárselo dos veces.

Algo copycat, aparte del caso del "El asesino del tarot", es que la idea básica del argumento quizá derive de El Nombre de la Rosa (¿hay una lógica unitaria detrás de las muertes, o la inventamos, o se cruzan varias lógicas?). Pero sobre todo, la peli es un poco autocopiona: ¿son clásicos del estilo de Woody, o está metiendo la mano al fondo del tonel a ver si aún puede sacar algo? Los actores no están demasiado acertados tampoco, en especial el aristócratarot. Woody ya se sabe: a estas alturas no es que experimente precisamente con su saber star, y la cosa rechina cada vez más si no se innova en esto. Sea como sea, un planteamiento sencillito para una película que se ve bien pero que no va hacer titulares... y si os la perdéis, pues aparte de un rato medianamente divertido, poco se habrá perdido.

Ah, bueno, un chiste de los de Woody, hablando de religiones con una elegante pareja inglesa en un cóctel: "Ah, el cristianismo, claro, claro. Bueno, a mí me educaron en la religión israelita, pero luego me convertí al narcisismo". Este casi me lo podía haber inventado yo.

Match Point




Hoodwinked by Aristotle

Hoodwinked es un cruce entre Rashomon, Caperucita Roja, Agatha Christie, y Mentiras Arriesgadas (o similar). Aquí la han titulado La increíble pero cierta historia de Caperucita y el Lobo Feroz. Es una película de animación muy en la línea de Shrek (aunque Caperucita no es tan basta, claro, ni la animación tan fina).  También usa, como indica su título, la versión anterior "modernizada" de Caperucita Roja, Red Riding Hoodwinked (1955), una de Piolín y Silvestre. A los niños les encanta, y a los mayores también, a pesar de su animación no tan lograda ni acabada como las de Pixar. El guión es excelente, y el ritmo in crescendo de invenciones a cual más grotesca es lo suficientemente disparatado como para hacerte dudar del sentido de la realidad.

Lo que más me ha llamado la atención es la manera en que los pequeños han seguido maravillosamente bien una historia que va complicando el cuento de Caperucita incluyendo sucesivamente una rana detective, un lobo periodista, una abuelita campeona de deportes de riesgo, una cabra que canta hillbilly, y un conejito maligno que hace kung fu con las orejas. Lo complicado no sería esto, sino el planteamiento narrativo basado en la repetición de la historia inicial vista desde distintos puntos de vista, cada cual más completo y envolvente que el anterior, mostrando cosas que la percepción de Caperucita primero, del lobo después, del leñador luego, etc., habían pasado por alto: lo que parecía el cuento de siempre era en realidad el plan malvado de un ambicioso conejo, capitalista bucanero que quería hacerse con el mercado de pasteles y con el control de la realidad. Claro que hace falta que venga la rana investigadora para desentrañar el misterio.

La presentación de la misma historia desde distintos puntos de vista sucesivos, es decir, la simultaneidad secuenciada, es uno de los tipos fundamentales de estructura narrativa compleja. En términos narratológicos, se trataría de una estructura de relato consistente en una serie de analepsis (ya sea subjetivas, las unidas a la experiencia de un personaje, ya sea objetivas, las articuladas extradiegéticamente por la narración con su propia autoridad). La técnica de la simultaneidad secuenciada es en realidad una intensificación o reduplicación del proceso de lectura. Una relectura de la realidad, si se quiere: por parte del espectador, ayudado en esta ocasión por los distintos puntos de vista de los personajes. Pero en última instancia, toda narración es una simultaneidad secuenciada: al llegar al final, toda narración es releída (siquiera virtualmente) y vemos con otros ojos los acontecimientos que al inicio del argumento parecían tener un determinado valor: luego han sido transformados por el desarrollo de la narración. Quien llega al final de la narración tiene una perspectiva superior, irónica, sobre el tiempo y el punto de vista de quienes están atrapados en el mundo narrado.

A veces la presentación sucesiva de perspectivas simultáneas completa la perspectiva inicial ofrecida sobre la acción representada; otras veces queda relativizada de modo radical la posibilidad de llegar a una representación unívoca y fiable. En el caso de Hoodwinked, naturalmente se resuelve el misterio con los datos que faltaban al principio, y el final es satisfactorio no sólo por la derrota del Conejito ("me temo que hemos de arrestar a una cosita pequeña y peluda") sino porque se ha vuelto a estabilizar la realidad que las distintas versiones narrativas amenazaban con dejar en estado de virtualidad permanente. Los niños vuelven a descansar sobre terreno firme.

Las versiones literarias modernas de este tipo de configuración temporal (El Cuarteto de Alejandría de Durrell, As I Lay Dying de Faulkner) suelen ser más dañinas para la solidez de la realidad, que queda disuelta en los puntos de vista que la constituyen. Aunque también es clásica la utilización detectivesca de narraciones múltiples para esclarecer un misterio (The Moonstone de Wilkie Collins). En todo caso hablo aquí de narraciones verbales: a la narración cinematográfica le costó aceptar la imagen virtual entre los recursos legítimamente utilizables, sobre todo si se privaba a las imágenes "falsas", dependientes de un punto de vista y no autorizadas por la versión implícita de la realidad construida por la película, si se las privaba digo de signos visuales que indicasen su virtualidad: un toque nebuloso por los bordes de la imagen, por ejemplo. Hitchcock fue muy criticado por "tramposo" al presentar con la gramática de la realidad una secuencia que luego resultaba ser simplemente la versión elaborada por un personaje.

Claro que esta contaminación de la "solidez" de la imagen por la relatividad de la palabra estaba preparada por las raíces literarias del cine, por el mismo hecho de que se filmasen escenas de ficción, y más en concreto por el paso a la imagen que el cine clásico opera tras las introducciones narrativas y voces en off de las adaptaciones literarias.

Sea como sea, si una película como Ciudadano Kane ha sido durante mucho tiempo "la mejor película de la historia del cine" es en parte por este tipo de complejidad narrativa, basada en las articulaciones de la retrospección verbal y la representación en imágenes de "versiones" de la realidad, siempre teñidas de subjetividad y perspectivismo. La relativización de la solidez de lo que vemos es esencial, quizá más en el cine que en la literatura, pues todos venimos enseñados a no creernos lo que nos cuentan, sino lo que vemos... y hay que aprender que lo que vemos también está virtualizado por estructuras de percepción y representación. Me ha supuesto un gran placer la proliferación reciente de películas en las que la realidad flojea, y la aceptación definitiva de los recursos metaficcionales entre las herramientas estándar del cine.

Nos cuesta ver que una representación mimética como el cine es también una representación diegética: una narración. Nos cuesta ver que el cine es retrospectivo, puesto que la película parece moverse hacia adelante como una máquina, y sólo en ocasiones volverá explícitamente hacia atrás... Pero una película está construida desde su final, como cualquier narración artística. Todo lo que se incluye en la película está subordinado a una lógica de la narratividad (como la llama Philip Sturgess) que es eminentemente retrospectiva. Todo lo que se incluye deberá tener su función en el conjunto.

Esto suena a Aristóteles... y de hecho fue Aristóteles el que al crear muchos conceptos narratológicos merece el nombre del primer narratólogo; narratólogo de la mímesis también: la Poética es una narratología de la tragedia. Aunque Aristóteles, dando una de cal y otra de arena, también es el mayor responsable de que haya pasado desapercibida la narratividad del teatro. En la oposición que establece entre narración épica y drama, declara por ejemplo (un tema que aquí nos atañe) que sólo la épica puede presentar acciones que transcurren simultáneamente: las presenta sucesivamente, claro.  Y el drama no puede (dice).

Inmediatamente se nos ocurren refutaciones tan obvias como que las narraciones de los mensajeros en el drama también representan acciones que transcurren simultáneamente... claro que no las representan en escena. Está claro que la idea misma de una analepsis objetiva en el drama ofendía a la mentalidad griega, al menos a la de Aristóteles y a la de quienes escribían efectivamente las obras. Y hubo que esperar a Time and the Conways de J. B. Priestley, en el siglo XX, para encontrarse con una obra cuyo acto tercero transcurría años antes del segundo acto.

Así pues, Aristóteles y la poética aristotélica en general contribuyeron a perpetuar el error de las identificaciones precipitadas y fijas entre modalidades narrativas: "es drama, luego no muestra una versión narrada de la realidad, sino la realidad"; "es drama, luego ha de respetar la secuencia cronológica". Etc. Hoodwinked by Aristotle, y mucho tiempo después de haber rechazado las "tres unidades".

De este modo pasan desapercibidas, en última instancia, la narratividad del drama (que algunos redescubren periódicamente), o la virtualidad de la escena teatral y de la pantalla. Algo que, a pesar de los experimentos metaficcionales de Shakespeare, o de Beckett, o de Amenábar, siempre está por reinventar y volver a explotar. Quizá el teatro, por ser "menos narrativo" que el cine (según se supone), sea un reducto más duro de pelar aún para los juegos con la temporalidad, el punto de vista, la simultaneidad, y la virtualidad de la imagen. Pero hoc opus, hic labor; y donde hay algo duro de pelar, ahí están las posibilidades a explotar de un género o arte. Y ahí están, como digo, Shakespeare o Beckett  para indicar lo que se puede hacer con el metadrama y la virtualización de la escena. Al público, por otra parte, no hay que subestimarlo. Si en tiempos As I Lay Dying o Rashomon parecían cosa compleja, los niños de hoy en día siguen perfectamente el cuento de Caperucita Roja, y se lo pasan en grande viendo cómo la realidad no es todo lo sólida y transparente que parecía ser.

La atalaya retrospectiva

El diablo se viste de Prada

(The Devil Wears Prada, David Frankel, 2006). Es arquetípica al menos desde Great Expectations la narración del jovenzuelo aspirante a una brillante carrera social que abandona sus raíces y viejas amistades para volverse un modelno insoportable en la vida falsa del glamur y el bisnes... hasta la gran crisis y el retorno humilde y enseñado. Es, con otra variante, la historia que se cuenta en canciones como Blue Kentucky Girl o Streets of Baltimore. Una variante americana moderna lleva esta historia hacia la ética laboral y empresarial donde se cruza con el proyecto vital del protagonista: Wall Street, Crossing Delancy, Tienes un e-mail, etc. Hace poco también comentaba aquí una bonita versión reciente en In Good Company.

Pues de lo mismo va El diablo se viste de Prada: jovenzuela aspirante a periodista, que ha de encontrar la autenticidad (ay, la búsqueda de la autenticidad en el sistema de clases... pues no tiene tradición ni nada eso, en la novela inglesa). Esto es en Nueva York, ya se sabe, bright lights, big city, y de cómo nos deslumbra. Al final acaba trabajando en periódico tradicional e intelectual de la urbe, pero eso es tras pasar por una fase de secretaria en una revista de modas tipo Vogue (que ya se sabe que hacen perder la cabeza hasta a las vicepresidentas). La chica se las promete muy felices, pero para hacer carrera ha de vender el alma al diablo... cosa muy frecuente, claro, entre quienes quieren hacer cualquier tipo de carrera, especialmente meteórica, despegando por la runway hasta la jet-set de tu profesión.

El diablo que se viste de Prada es la directora de la revista—Meryl Streep, que está, como siempre, genial, en un personaje de los que le van, una jefa venenosa, con tensión interna acumulada, tiránica, perfeccionista y workahólica, que vive para su trabajo y para ser la top of the top, y tener a todos bailando a su son. Le gusta además ver cómo los demás se venden por las zanahorias profesionales que les ofrece; es en realidad, seguramente, uno de sus mayores placeres ver cómo para hacer carrera venden su integridad y traicionan a sus principios y colegas. El poder: la felicidad de ver a los demás hacer no lo que quieren (incluso lo contrario de lo que quieren), y verlos haciendo lo que tú quieres hacer con ellos. Lo dicho, el diablo sobre la tierra, y desde luego que puede vestirse de Prada, de hecho tiende especialmente a vestirse de Prada y a vivir en un mundo de pura imagen: que eso es el poder, el poder proyectar tus imágenes por todo el mundo hasta que desplazan a la realidad y la rehacen a su medida: un microclima donde el Jefe es el rey del mambo, el centro del universo.

Pero la chica periodista recapacita, ve la senda errónea que tomaba, y deja de contestar a las llamadas de su jefa. No como el brazo derecho de la Streep, que va a seguir siendo el factótum hasta el fin de sus días... Así que final feliz; se incluye en él el rechazo al indeseable galán tentador y sus cafeterías de diseño, y el regreso con el novio de toda la vida al que habia cambiado por el empleo megafashion (aunque este final queda un poco abierto, para que imagine el personal, caso frecuente últimamente, como en The Break-up o Eternal Sunshine of the Spotless Mind). También podrá volver la chica a llevar la talla 38, que es la que le pedía su cuerpo, en vez de la 36 que exigía la empresa; y Prada que compre el que quiera, o el que pueda, o el que quiera matarse por ello. Una historia de género, vamos, que se repite porque debemos tenerla mal aprendida, y se seguirá repitiendo cada vez más, supongo. Venderle el alma al trabajo es venderle el alma al diablo, y todos lo hacemos en una medida u otra. Como dice la Streep, si no llevamos Prada, llevamos la Prada de hace diez años atrás, rebajada y pasada por el mercadillo. Pero en fin, siempre aprieta menos que la talla 36 de pasarela.

Match Point

Time fighters

Me ha gustado la película Prime (dir. Ben Younger, 2005, con Uma Thurman, Meryl Streep y Bryan Greenberg). Je, el nombre del director tiene chiste, como veréis. En español la titularon Secretos compartidos. Va la película sobre una recién divorciada fotógrafa neoyorkina de 37 años (Thurman) que se enamora (mutuamente) de un jovenzano de 23 años (Greenberg), que casualmente es el hijo de su psicoanalista (Streep)—lo cual da para algunas situaciones divertidas, al ver el doble estándar que aplicaba la doctora mientras no sabía que se trataba de su hijo... En fin, ese argumento de la psicoanalista se desvanece gradualmente, y la película se centra en la pareja y en su imposible convivencia. Problemas de edad, de ahí el título: aunque Uma evidentemente está juvenil, tiene otros planes para su vida: estabilizarse, tener un hijo... y renuncia a la pareja al estimar (ella, no él) que él no está maduro aún para eso, que no es el momento. Vamos, que aunque los dos están enamorados y ambos están en su "sexual peak"... no están en su "prime" en el mismo sentido. Así que tras escenas, rupturas y reconciliaciones, la película termina de modo un tanto atípico con un encuentro fortuito un año después de su breve aventura; se miran con emoción pero no llegan ni a hablarse, y cada uno (presumiblemente) sigue su rumbo, aunque los finales abiertos están para que cada cual los cierre a su gusto.

El tema crucial es la diferencia de edad, cosa de broma y relax para la psicoanalista Streep mientras no descubre que se trataba de su hijo (bueno, el tema se complica también con que el muchacho es judío y su madre tiene ideas firmes al respecto, o sea que hay un cierto jungle fever por medio, o un adivina quien viene a cenar, con el tema de las parejas interétnicas). Pero lo que les lleva a romper, con dolor, es ver que están en dos momentos de su trayecto vital, él empezando una carrera de pintor, con mundo por ver, ella buscando ya una pareja tranquila y niños. El amigo sociópata del aspirante a pintor se escandaliza de su diferencia de edad: 37 años! ¡pero si esta tía está combatiendo a la edad! ¡una time fighter! she’s on the clock! Este amigo lo tiene clarísimo; las mujeres mayores que uno pueden servir para una sesión, pero no para asentarse en una relación comprometedora con ellas. La diferencia de edad no llega aquí, de todos modos, al extremo de Harold and Maude, pero a cambio se introduce el tema "niños", que en aquella otra pareja no era cuestión al ser Maude casi octogenaria.

Y es que en Prime se muestra, llevándolo un poquito a un extremo para mayor claridad, un aspecto de las relaciones modernas que está a la orden del día. Antiguamente, un hombre aposentado buscaba una esposa más joven. Hoy hay tendencia a más fluidez y variedad, con más parejas de la misma edad (lo más normal) o donde la mujer es mayor que el hombre. Pero... el reloj biológico no ha cambiado tanto, y eso lleva con frecuencia o bien a tensiones (los famosos hombres que no quieren tener niños) o bien a parejas sin hijos. O a la imposibilidad de encontrar una pareja, sin más, quizá por estar buscándola en un grupo de edad donde no están en oferta. Si las mujeres estudian y tienen carrera, lo normal es que empiecen a plantearse tener hijos a los treinta y muchos, o cuarenta y tantos (frecuente). Y... de ahí tantas adopciones y tantas chinitas en Aragón.

Siempre se ha presentado a las mujeres como víctimas de su reloj biológico, del tiempo que corre en contra de ellas. Ya lo decía Anne Finch, condesa de Winchilsea, en un poema feminista de hacia 1700, donde detalla los argumentos contra las mujeres con estudios o con carrera; una historia familiar sin duda:

They tell us we mistake our sex and way;
Good breeding, fashion, dancing, dressing, play
Are the accomplishments we should desire;
To write, or read, or think, or to enquire,
Would cloud our beauty, and exhaust our time,
And interrupt the conquests of our prime;

our prime... Ay, las mujeres, víctimas de la educación, no de la naturaleza, dice la Winchilsea; siempre alguien delante señalándoles el reloj, recordándoles que están on the clock, que están condenadas a ser time fighters.Víctimas del tiempo, o más bien quizá de los tiempos, porque una sociedad que considerase a los bebés como un bien necesario estaría organizada de otra manera. El caso es que necesarios necesarios no lo son. Se importan, en caso de apuro; para hijos, de China; para trabajadores (ya criados), de África o de Sudamérica. Y los europeos y las europeas nos dedicamos entretanto a seguir nuestros individuales cursos vitales y nuestra realización personal, trabajando nuestras parejas sin hijos (típicamente) y nuestras confluent relationships. Pero este discurso y circunstancias típicamente postmodernos están mezclados, claro, con otros muchos otros discursos y circunstancias que arrastramos del pasado. Como el cuerpo que también arrastramos, y que aún manda lo suyo aunque todos seamos time fighters hoy en día.

La terminal

 

In Good Company

(Título español: Algo más que un jefe)- Comedia de empresa, género Wall Street de Oliver Stone, ésta escrita y dirigida por Paul Weitz (2004). No es propiamente "romántica" aunque hay parejita (el joven jefe y la hija de su maduro mano derecha, situación chusca que enfatiza el sentimiento del "suegro" al verse desplazado en su empresa por el jefecillo). El énfasis principal está en la ética laboral y la presión a que se ve sometida por el gran capitalismo, encarnado en la lógica del joven ejecutivo ejecutor y trepa que entra a saco en la empresa cuando lo ascienden a ocupar el puesto del padre de la chica: "I'm being groomed! Mark, thank you, thank you. I'm going to kick so much ass for you, I'm going to take no prisoners, I'm going to be your ninja assassin!"—vamos, como aquello de "Greed Is Good". 

Pueden verse resúmenes y valoraciones generalmente adecuadas en los primeros comentarios de su página en la Internet Movie Database.  Traduzcamos el primer comentario de esos (enviado por jotix100, de Nueva York):

La de veces que hemos contemplado la ascensión meteórica de un jovenzano en nuestro puesto de trabajo a un puesto superior, a un status para el que nos parecía que no tenía las calificaciones adecuadas. Esta es la base de esta encantadora comedia de Paul Weitz, basada en su propio guión.

Los cambios que se introducen en una compañía cuando se pone a dirigirla alguien que no tiene méritos apreciables es algo que sucede constantemente con la manera americana de llevar un negocio. ¿Cuántas veces hemos visto que estos jóvenes advenedizos hacen descarrilar una empresa por su inexperiencia? ¡Más de unas pocas!

A Carter Duryea [¡por favor pronunciar con cuidado!] lo selecciona su protector en la megaempresa donde su estrella va en ascenso, como elección lógica para ponerlo al frente de una revista que ha sido recientemente adquirida por el magnate Teddy K. Este Carter no tiene ni idea de lo que le espera. Despide a la mayor parte del personal más mayor, pero Carter no es tonto, y mantiene en su puesto a un hombre de talento, Dan Foreman, porque puede utilizarlo. Después de todo, Dan tiene poco más de cincuenta años, está casado, tiene un par de hijas universitarias, y deudas.

Carter no tiene vida personal. Su mujer lo deja plantado a pesar de su gran ascenso. Justo después, conoce a la hija mayor de Dan, Alex. Ella pronto se lo lleva a su habitación de la residencia universitaria. Dan Foreman no tiene idea de lo que está pasando delante de sus narices. Carter y sus maneras le repelen más que nada en el mundo. Por eso cuando descubre a los dos amantes en un modelno restaurante de Manhattan, se pone balístico.

El gurú de Carter experimenta una caída trágica, tras haber cumplido su papel y ser usado por Teddy K. Como resultado, Carter también pierde su empleo, porque al final Dan es reconocido por sus propios méritos, y no por ser el sí jefe que eran Carter y su superior. Después de todo, Dan es el único que hace las preguntas que nadie se atreve a hacer sobre la miopía de la gran empresa en su manera de llevar la revista.

Esta ácida comedia arroja una luz sobre la América de la gran empresa como no lo hace ninguna otra reciente. Dennis Quaid interpreta a un brillante Dan Foreman, el hombre mayor. Topher Grace nos da una interpretación sorprendente como el joven Carter. Scarlett Johansson interpreta a Alex Foreman, una joven sin complejos que se lía con el jefe de su padre.

Cuidado con esos superbólidos fugaces...

Para superbólido fugaz, el Porsche de Carter Diarrhea, que lo estampa nada más salir del concesionario. Símbolo de su carrera, claro. Es terrible la vergüenza ajena que se siente en su primer discurso ante la empresa, muerto de nervios... y aunque enseguida se recupera, vemos luego que en su falsa retórica de añadir "sinergia" a la empresa sólo estaba imitando a su patrono Teddy K. El discurso de Teddy K. es interrumpido al final por Foreman, haciendo preguntas molestas sobre cómo iba la empresa, preguntas que en efecto hacen reflexionar al empresario tiburón, y le llevan a deshacerse rápidamente de la revista.... felizmente, ésta pasa a un empresario que apreciaba más al parecer su manera tradicional de funcionar. Los planes de la multinacional de Teddy K. de usar sus empresas para apoyar con tácticas de publicidad unas a otras resultan ser un fracaso... porque las otras empresas competidoras hacen lo mismo, y los clientes que se ganan por un lado (?) se pierden por el otro por las reglas artificiales que introducen esos planes multinacionales en el funcionamiento espontáneo del mercado. Así pues, en un final wishful-thinking, Foreman vuelve a ser el foreman. La película defiende, dentro de una perspectiva capitalista tradicional, a la pequeña empresa individual que halla su "nicho" estable, por encima de la lógica de usar al conjunto de la empresa como ficha en una especulación a nivel superior; otra cosa será que el capitalismo no lleve ineludiblemente a esto segundo, y que el final pase a ser así producto más del deseo que de la observación de la realidad. Es en todo caso la afirmación de unas prioridades éticas: el compromiso de una carrera vital con el trabajo, con un público y una manera de hacer las cosas, sobre la lógica puramente economicista del beneficio inmediato. Ésta lógica lleva a recortes súbitos y reorganizaciones espectaculares pero engañosas del panorama empresarial, y a normas especiales dictadas artificialmente para fines especiales calculados previamente por quienes esperan sacar tajada aun a costa de sus compañeros de trabajo. (Como el pez de Dyurea, "Buddy", que se come a su compañero en la pecera). Reflexiones todas éstas que no sé si serán muy aplicables a la empresa privada, pero que desde luego sí suenan como un comentario adecuado sobre la relación entre una empresa con responsabilidad pública (y pienso en la Universidad Pública) y sus empleados, y su "público" y su razón de ser. La lógica del márketing espectacular, los planes de reforma estandarizados y los recortes de los "michelines" académicos que se nos prometen puede traer no sólo los resultados esperados y planificados, sino también otros que no entraban en los cálculos. Porque los cálculos economicistas siempre son optimistas por defecto (por defecto, digo): otro tipo de cálculos no pasan la selección natural de la reunión del comité de empresa.

Así que eso, cuidado con los superbólidos fugaces, que se estampan... y además normalmente se llevan a varios por delante también.

El hombre del tiempo


 

M. Night Shyamalan, LA DAMA DEL AGUA

Qué película más mala, no se os ocurra ir a verla, a menos que disfrutéis con esa variante del cine de terror que son las películas que te hacen sentir vergüenza ajena por lo que rechinan por los cuatro costados y lo mal que combinan sus ingredientes.

Shyamalan se inventa una mitología ad hoc que hace la película arbitraria, y sus pretensiones de moralizar a la humanidad altisonantes desde el primer fotograma. Es una historia de náyades que vienen a ayudar a los humanos y son amenazadas por un perro-hiena monstruoso que a su vez es amenazado por monos monstruosos—en serio. El papel de los humanos es ayudar a las náyades a regresar a su mundo. Y es doloroso ver cómo el engranaje predeterminado para irnos informando de la mitología esa se va desarrollando a trompicones según la fórmula ideada por el autor, mientras los diversos personajes ven aterrizar sobre ellos una serie de roles (la curandera, el protector, el intérprete... etc.) que la historia ha predeterminado para ellos, y asisten con una paciencia infinita a este aterrizaje de mitología oriental en una comunidad de vecinos de Pennsylvania... una paciencia que sin duda sólo es comparable a la de productores y actores de esta película danzando al son disonante de la música de Shyamalan. Es un espectáculo grotesco, para quien quiera vivir emociones aderezadas con un poco de schadenfreude.

Remata la historia la propia presencia del director haciendo un papel como autor de El libro de cocina, (el título probablemente es malo, sí), una colección de pensamientos sobre "nuestros líderes" que cambiará la historia de América tras la muerte futura y violenta de su autor. Todo esto lo sabemos por los poderes proféticos de la náyade, de la que nadie duda jamás ("Ah, eres una náyade. ¿Y cuándo vuelves a tu mundo?", etc.). Quien venga a este blog buscando un display de egolatría, mucha mejor idea es irse a ver La dama del agua.

Es una película del género ése como Bagdad Café donde una comunidad anómica y desintegrada se ve unificada, dinamizada con un propósito y un destino en lo universal por la llegada de un personaje que da sentido a sus vidas, que restaura la comunidad, vamos. En este caso, la comunidad desorganizada es un bloque de vecinos de Pennsylvania, en cuya piscina aparece la joven. La verdad es que los vecinos hasta se conocen, parece, con lo cual la cosa no era tan mala ni mucho menos. Pero el mito de la joven los convierte a cada uno en una figura de juego de rol, cosa que une mucho más. La casa de vecinos puede ser los USA, o el mundo, según se quiera, un microcosmos multirracial donde lo sagrado se desconoce, hasta que lo traen conjuntamente la protectora náyade y Shyamalan el escritor indio, con el Gran Cambio que provocarán sus obras. Hasta los judíos, encarnados en el portero, Cleveland Heep, que acoge a la joven y los va reclutando a todos para esta minisecta improvisada, lograrán superar el doloroso trauma de la exterminación de su familia. (Siempre le van a Shyamalan estos personajes heridos emocionalmente que se superan; aquí se juntan el hambre y las ganas de comer cuando a este portero lo encarna Paul Giamatti, el de Entre copas). Convencidos inexplicablemente por el portero Heep, todos los vecinos se unirán, al parecer, en un redescubrimiento del Sentido, que acabará fructificando en la transformación de los USA por los efectos de la obra visionaria de Shyamalan. Esto sí que es plantear la propia narración como una solución imaginaria a problemas reales, pero a un nivel de arbitrariedad tal que te cuelga la mandíbula.

La historia se desarrolla según previsto, tras una ligera confusión de los personajes al asignarse los papeles en el juego de rol, para distraer al personal. La náyade era una náyade especial, cosa que la abruma pero poco, y por eso está tan perro el perro y deben intervenir los monos sagrados. Uf. Si es que hasta la fantasía necesita un mínimo de prudencia. Pero al final, por suerte, se la lleva al fin a la chica acuática su águila gigante, dejando a todos investidos con el sentido de lo sagrado y del mito cocinado ad hoc. A todos menos a uno: un desagradable vecino, un crítico cinematográfico que expone en unas intervenciones metaficcionales las convenciones argumentales de la película, es devorado por el perro-hiena (aunque creía, contra toda lógica, que un personaje secundario desagradable no podría sufrir ese final, ahí patina por primera vez su lógica). Lamentablemente para Shyamalan, el perrohiena no se ha manifestado para devorar a sus propios críticos, por ejemplo el de Film Journal International, en esta realidad pedestre. Claro que para el Christian Science Monitor  y gentes New Age dispuestos a agarrarse a un clavo ardiendo para creer que nuestra realidad está vigilada por poderes trascendentales, las empanadas mentales de Shyamalan les resultan agradables y sugerentes. Pues nada, nada, a por ellas, todas para ustedes. Mitología barata, entretenimiento barato, filosofía barata, lanzamientos multimillonarios de semejantes productos... ay que tristes auspicios para el futuro de América tras el Gran Cambio.

Unlocking Million Dollar Baby

 


Aeon Flux

Esta película deriva de un videocómic, o sea que gentes no dispuestas a transigir con ciertos absurdos argumentales y convenciones, mejor abstenerse porque se podrían irritar gravemente. Está hecha con Charlize Theron en letras grandes; es muy visual y espectacular; vemos generosas dosis de la actriz, que hace honor a su papel estando de impresión como tiene que estar. El asunto va de una desagradable utopía futura, único habitáculo humano, ciudad ahistoricista amurallada, perdida en una selva mundial, que al parecer es tóxica, tras la extinción masiva de la mayoría de la especie humana en el lejano pasado. Todo es de diseño, muy bonito y futurista, pero el gobierno, como en las buenas distopías, controla, asesina y tiene horribles secretos. El secreto es que todos son clones, copias fabricadas generación tras generación de los pocos millones de supervivientes a la catástrofe de hace cuatrocientos años... que era nuestro tiempo. AeonFluxCharlize es AeonFlux, una terrorista/rebelde de la banda de los Monicans, que luchan por derrocar a la dinastía gobernante, los Goodchild, herederos de quienes encontraron la cura contra la epidemia. AeonFlux es la más gatuna y letal de las Monicans. Y va derrocando al gobierno con patadas y volteretas espectaculares que ya querrían otras Monicans, ayudada por una amiga cuadrhumana, y todo salpicado por unas sesiones de comunión virtual que tienen con la líder de la sectabanda Monican. Esta línea argumental se cruza con otro plot en el seno del gobierno, donde hay un hermano malo, un Badchild que quiere ser califa en lugar del califa para hacerse con el poder absoluto... y resulta que el Goodchild bueno (y benéfico líder) era, en la vida pasada, marido de AeonFlux, Christine que fue en nuestros días. Ahora ha descubierto la curación para que vuelva a haber nacimientos naturales, pero el hermano malo quiere perpetuar las clonaciones y su control gubernamental.... por suerte, es derrotado, y parece al final que de todos modos el bosque ya no es tóxico y los embarazos se producen de modo natural. Reunión de los futuros clones de Christine y su marido, aceptación de la muerte, encarnada en la imagen de un viejísimo Peter Postlethwaite que era el director de la fábrica de clones. Y tear down the wall, dulce reunión final.... (me dicen que esta justiciera moral esposa del Presidente poco tiene que ver con la anarquista de la serie original).

Los clones se presentan de manera un tanto acientífica como entes derivados, copias sin alma ni entidad auténtica, meras reproducciones vacías de ser, sobre todo si viven sin vivir en sí, que ni son ellos ni los que eran. Son como malas reencarnaciones, con el karma mal llevado. Están lastrados por quienes fueron en origen, y llevan una existencia de falsa conciencia. Así, AeonFlux vive su identidad como un trauma, interrumpido por flashes de memoria (característicos de los estados traumáticos) donde se le aparecen imágenes inconexas del pasado, fragmentos que no reconoce ni puede integrar en una narración vital—un poco en plan trauma, a la manera de Memento. Así pues, la recuperación de la autenticidad es también la recuperación de una historia coherente y de una memoria organizada. La realidad del futuro está traspasada de irrealidad: aparte de la ficción social en la que vive la comunidad (un poco a la manera de La Isla), están las comuniones mentales y reuniones virtuales de los Monicans, en una especie de ciberespacio mental. Frente a eso, la autenticidad está en derribar el muro (el muro del trauma que bloquea los recuerdos) y en regresar, en cierto modo, al pasado. Nuestro pasado, pero no del todo; hay un cierto toque años setenta u ochenta en flashback final que nos muestra la despedida de Christine y su pareja tras su primer encuentro amoroso. Nuestro pasado en los años setenta: más auténtico, lejos de tanta mediatización visual y realidad virtual. La película nos sumerge en un paréntesis virtualvisual, y nos promete que tras su fin regresaremos a nuestra realidad, que es la que era, más auténtica y sencilla. El futuro como trauma, pero el futuro que es un poco nuestro presente, donde la identidad ya es problemática, nuestro genoma está codificado, y nuestra interacción está cada vez más virtualizada, nuestros pasos más controlados por la vigilancia antiterrorista. El presente como trauma, interrumpido por recuerdos mal estructurados de lo que fuimos, o creemos que fuimos, en los setenta, esa reencarnación anterior.

AeonFlux. Dir. Karyn Kusama. Written by Phil Hay and Mat Manfredi, based on the characters by Peter Chung. Cast: Charlize Theron, Marton Csokas, Jonny Lee Miller, Sophie Okonedo, Frances McDormand, Peter Postlethwaite, Amelia Warner, Nikolai Kinski, Yangzom Brauen. Paramount Pictures / Lakeshore Entertainment, 2005.



El hombre del tiempo

United 93


9/11Si llegamos a ir ayer a ver esta película... ya hubiera estado redonda la redundancia. Yendo hoy, nos han enviado a la S-11 (Sala 11) de los Palafox. Es, dicen, la mejor película hasta la fecha de entre las que han hecho como homenaje al once-ese ese, lo que los americanos llaman 9/11—para el cual sugiero el logo de la izquierda. Es  curioso que aquí no nos muestran el derrumbamiento de las torres en la película, sólo el impacto del segundo avión, y filtrado por una pantalla de televisión, para mayor verdad de la experiencia. Muchos personajes de esta película se interpretan a sí mismos, unos años más viejos... ninguno de los pasajeros del vuelo, claro. Es una película muy bien hecha, de ritmo trepidante con cámaras agitadas y grano gordo, simulando el documental; lo del ritmo merece la pena destacar porque realmente la mayor parte de la acción consiste en técnicos de vuelo desesperados intentando aclararse de qué avión están hablando. Comienza la película con los terroristas como protagonistas, en plan mártires de la fe, y no busca demonizarlos más de lo que se demonizaron a sí mismos con sus acciones, esas bestias pías. El final es descorazonador, con los pasajeros al fin decididos a atacar, muertos de miedo, rabiosos y no especialmente heroicos, haciéndose con los mandos justo demasiado tarde como para poder enderezar el rumbo del avión. Justo antes de la oscuridad súbita, escenas convulsas y recortadas, fanáticos musulmanes y occidentales desesperados sacándose los ojos en la cabina de pilotaje de este United 93, modelo a escala de nuestro planeta—es lo que hace pensar. Los servicios de emergencia, la Fuerza Aérea, el Presidente... no salen bien parados, pero de manera discreta. De todo se enteraban todos por la CNN: los altos mandos, los controladores, yo mismo... en fin. El funcionamiento de las cosas no estaba pensado para contar con las acciones estúpidas y criminales de gente con las prioridades tan mal puestas como para no apreciar ni su propia vida. Ahora sí, un poquito más. Los servicios secretos que supuestamente estaban investigando a esta gente ni se mencionan. Nada estaba, y seguramente ni está, tan bajo control como nos hacían creer. Por suerte. Un mundo tan complicado como el nuestro, y donde todo estuviese además bajo control perfecto, no sería un mundo humano. Ni siquiera el Patriot Act lo va a deshumanizar, espero. Pero a estos salvajes del turbante prieto dentro del cráneo no se les detiene con la Fuerza Aérea, como les quieren hacer creer Bush y sus lobbies armamentistas a sus votantes y contribuyentes. No se les podrá detener, de hecho, hasta que sean más aborrecidos por los musulmanes pacíficos que por los propios occidentales... cosa que aún está muy lejos de suceder. Mientras, se lo están trabajando sin descanso.

Salvaciones imaginarias, matanzas reales