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Vanity Fea

Cine

Poco se sospechaba él

Me hace gracia en la película Más extraño que la ficción el personaje de Dustin Hoffman, teorizador literario. La película es una especie de versión americana de Niebla, quitándole toda la niebla, claro; en realidad es bastante flojilla como película metaficcional, no le llega a la suela del zapato a la divertidísima Adaptación: El ladrón de orquídeas. Sin contar con que ésa realmente tomaba para su adaptación la historia de una novelista que existe realmente, a la que no sé cómo convencería Charlie Kaufmann de trabajar en el proyecto: deben de ser amigos, digo yo...

Bien, pues ésta otra, Stranger than Fiction, es un poco incoherente (aun para película metaficcional que fusiona niveles de realidad y ficción), pues la autora protagonista parece estar escribiendo un libro en el cual ella no aparece, con lo cual el personaje que oía a la voz narrativa en su cabeza tampoco parece que pueda ser el personaje que vemos, y que ella también ve con sorpresa morrocotuda, pues el personaje de su libro es gris y desde luego no parece que se encuentre a su autora en la novela que ésta estaba escribiendo. Aunque igual más bien la autora reescribe su novela en clave metaficcional tras encontrarse al personaje... y se topa así con el veredicto del crítico: "’Bueno. No es la cima de la literatura. Pero pasable.’ Un aprobado."

Porque como en toda historia metaficcional hay un crítico, un entendido en argumentos, en este caso Dustin Hoffman. Que tampoco está especialmente bien llevado: lo que me ha llamado la atención es que no sólo tenía en la mano una revista para la cual acabo de hacer un informe, Poetics Today, sino que además, al parecer, ha trabajado sobre la ironía y la retrospección y la forma narrativa y la metaficción, como yo. Interrumpe al protagonista, que oía la voz de la narradora en su cabeza diciendo "Poco se sospechaba él..." (traducción libre), y exclama: "¿Poco se sospechaba él? ¡Pero si yo he hecho seminarios sobre "poco se sospechaba él"!

Bueno, pues yo también, sorpresa. Poco se lo sospechaba él. Stranger than metafiction.

 eXistenZ
 




Eragon

Harry Potter meets The Lord of the Rings. Malas reseñas tiene Eragon, y no le voy a subir el nivel. Me gusta este comentario que aparece en la Internet Movie Database: "The main character looks like a deer in head lights most of the time and the villains acts like cartoon stereotypes more than real characters". Pero el principal problema no son los actores, ni siquiera la dirección, sino una historia patéticamente simplista, un guión pobre y plano como... como Holanda, como Flatland, como si... ¿como si lo hubiese escrito un chaval de quince años? Pues eso. A Álvaro le gustó un montón, eso sí, a pesar de que comprime el libro y no lo sigue en múltiples detalles de los que irritan a los fans. Y en realidad es una película para preadolescentes; de ahí que la princesa y el chaval se mantengan todo el rato a una distancia más que prudente. Que ningún adulto vaya a verla, aviso, aunque los efectos especiales desde luego están bien hechos, jamás tanto dinero ni talento se desperdició en un guión tan pobriño. (Aunque tampoco se les salió la genialidad por las orejas a los guionistas de La Guerra de las Galaxias o el de El señor de los anillos, y ahí las tienes cosechando elogios. Y pasta, que es lo que importa). Pero Eragon... qué le vas a pedir a una película sobre dragones en la que Eragon no es un dragón sino un chico que encuentra un dragón. Aggg. Hasta Álvaro reconoce que ese punto clave de partida es patético. Claro que aún peor es Eldest, donde al parecer nadie es Eldest ni viene a cuento. Ya empezamos mal, con una voz en off resumiendo una lejana historia pasada, y una acción atropellada, como para avisarnos de que no nos va a importar nada de lo que le pase a ninguno. Yo creía que esto ya decían los manuales de guionista que no se puede hacer: bastante mejoraría la impresión inicial cortándole los cinco primeros minutos. En otra de aventuras para chavales, La princesa prometida, por lo menos le echaban ironía a estas narraciones, intercalando el abuelo leyendo la historia y los comentarios del niño: "Una de princesas, bah. Seguro que hay besitos". (Teníamos a los pequeños Ivo y Oscar embebidos, como si la pantalla les estuviese leyendo la mente). Y en Dragonheart también había cierta guasa con el tema del dragón. (Aunque allí ya era, como en Eragon, especie amenazada; de monstruo casi a protagonista. Los dragones ya no son lo que eran; si Beowulf levantara la cabeza...). Pero en fin, que aquí, ironía cero: mejor para adolescentes, claro. Problemo: se sufre una especie de déjà vu continuo al ver la historia pasar de un topicazo a otro sin la menor disculpa. Que nada, que le pregunten a Álvaro, que yo no puedo con ésta. Enhorabuena a Paolini por su demostración de que se puede hacer uno multimillonario y celebridad de las letras antes de los veinte, y luego pasar a la gran pantalla, sin genialidad alguna. Pero qué quieren, el mundo sigue necesitando dragones, y lecturas fáciles; el mundo necesita esta película. Pero ahora que ya tienen mi dinero, que venga San Jorge, por favor.

El Ilusionista: Hidden in plain view

 

 

 

 

 

 

Deja vu

Es un título éste que se presta a crueles comentarios, pues ya se sabe que toda película de Hollywood (y no sólo ésta, y  no sólo las de Hollywood) produce sensaciones de déjà vu en cuanto a que participa de convenciones genéricas, maneras de filmar, y la presencia con aura de las estrellas que reverberan desde otras películas. Así que sí, déjà vu, pero se puede volver a ver. 

Las películas de viaje en el tiempo, es cierto, son inherentemente tramposas, porque nadie viaja en el tiempo, excepto mentalmente; y sin embargo se pueden hacer interesantes, y curiosas, porque todos viajamos en el tiempo, mentalmente. Y el cine es una máquina del tiempo, la más acabada existente, para volver a revivir y recrear lo que pasó, o lo que podía haber pasado, o las dos cosas juntas, por qué no: y eso es lo que hace esta película, como tantas otras. Así que no seamos duros con ella cuando intenta justificar con parlance tecnológica su truco para mandar a Denzel Washington al pasado, a salvar a la chica. Por lo menos, me gusta el científico loco, es de nueva generación, tipo becario del MIT contratado por Google.

 Deja vu

Bueno, la historia, a ver si nos aclaramos. Nueva Orleans, tras el Katrina. Unos agentes del FBI están experimentando con un sistema basado en la teoría cuántica que permite observar el pasado (cuatro días antes sólo, una especie de plegamiento del tiempo), y pueden enfocar su aparato como si fuese Google Maps a cualquier punto del planeta, y ver imágenes de alta calidad de las chicas mientras se duchan. (Se sienten observadas sin embargo, es su sexto sentido). El sistema es bonito, una pantalla de ordenador gigantesca con múltiples ventanas, y tratamientos de imagen, que da mucho juego para metavisualidad, imágenes en diversos planos, algo que a mí me priva. Mientras, Jim Caviezel, que al parecer se sigue creyendo Jesucristo, pero en plan cristiano musculoso, piensa redimir al país en plan unabombazo, y volar un ferry con quinientos marines a bordo. (Je, igual es que está contra la guerra de Irak y Bush y todo, vete a saber cuál es la idea...). El caso es que para plantar un coche bomba en el ferry secuestra a la dueña (la chica guapa, Paula Patton) y tiene toda la intención de quemarla viva y tirarla al mar para que se mezcle con las víctimas del ferry cuando lo haga volar. Primero le va a cortar los dedos, porque le acaba de arañar la cara, por si el ADN. Y en este ambiente de relativa normalidad, de repente se materializa Denzel Washington en una camilla de hospital, plas, con el mensaje "Resucitadme". Llamémoslo Denzel 2. Esto poco lo sospecha otro Denzel Washington (Denzel 1), que ajeno a todas estas cuestiones está en sus cosas, investigando sobre tabacos y explosivos en otra parte de la ciudad. (No sabe que a su colega de la oficina lo acaba de matar el Unabomber Caviezel, porque intentó detenerlo tras leer una nota, avisando del atentado, que se había materializado en su oficina). Ajeno a todo esto Denzel 1, quien actúa es Denzel 2. Apenas lo resucitan, roba una ambulancia y sale zumbando a donde sabe (gracias a que viene del futuro) dónde está el asesino terrorista. Llega justo a tiempo de impedir el corte de dedos y la quema, y salva a la chica, aunque Caviezel hace volar el chiringuito por los aires y los da por muertos. Hace migas Denzel 2 con la chica, y le cuenta parte de la historia de cómo sabe todo lo que sabe (porque vamos, viene con un hindsight bias que parece un delirium tremens, y la chica no se fiaba). Entre los dos corren a impedir el bombazo del ferry, que para Denzel 2 se había producido efectivamente en el pasado correspondiente al futuro del cual viene...  pero Denzel 2 tiene gran fe en que no hay nada escrito y todo se puede cambiar. (Es un poco la base de otras películas sobre paradojas temporales como Terminator). En efecto, entre los dos, Denzel 2 y la chica, matan al bombero y se tiran con el coche-bomba al agua en el último segundo... y allí ella logra escaparse, mientras que Denzel 2 muere en la explosión (esta vez como única víctima; el ferry se salva). Una bicoca que muera Denzel 2, porque así no deja sin novia a Denzel 1, que aparece a investigar la explosión y es reconocido por la chica—a la que no reconoce, claro, porque para él todo esto es ciencia-ficción. Se ahorra así Denzel 1 el tener que investigar una explosión mucho más gorda, y el ser reclutado por Val Kilmer para el grupo del FBI que investigaba con el telescopio del tiempo, y se ahorra el sugerirles que utilicen el telescopio como máquina del tiempo, y se ahorra el meterse él mismo en la máquina para volver cuatro días atrás... no sé si a ese que se mete lo llame Denzel 3 a estas alturas.  La investigación empezó gracias a que Denzel 3 se enamoró del cadáver de la chica al examinarla, y descubrió anomalías que indicaban que esa muerta no había muerto realmente en la explosión. Y por el hilo...

Bien, esto naturalmente se nos cuenta no en este orden, sino desde el punto de vista de Denzel 3, el que nunca llegará a ser porque no sucederá la explosión. Hope that’s clear. La película tiene un ritmo muy logrado, y es cinematográficamente muy interesante de ver.  Las paradojas temporales son un reto para la descripción narrativa: ¿cómo llamas a esos flashbacks que son vividos en tiempo real? Requieren terminología propia. Más allá de la paradoja, la misma duplicación de imágenes pertenecientes a dos tiempos (en la escena de la persecución al asesino con un casco/visor temporal, o en las escenas de voyeurismo mientras espían a la chica con la máquina del tiempo), son un placer de contemplar. También, en toda película de retrospección o de viaje temporal que se precie, habrá que interpretar las semejanzas y diferencias entre el tiempo recorrido por vez primera y el tiempo recorrido por segunda vez, ya conocido, o reconocido, y es un ejercicio ese que fascina al cerebro. Quizá porque volviendo a recorrer el tiempo perdido siempre se ve éste alterado, aun sin máquina del tiempo (no hay otra máquina del tiempo que la memoria, o las tecnologías semióticas como el cine y la fotografía). Al final de la película volvemos a ver muchas de las escenas iniciales, pero las vemos ahora de otra manera; antes no sabíamos dónde mirar: el cine es toda una educación en la capacidad de visión retrospectiva. Una película que corrige el tiempo ya es el summum de la distorsión retrospectiva, es la falacia narrativa llevada hasta el último y obsceno límite del wishful thinking. Vamos, que nos muestran el desenlace trágico al principio (con la  chica muerta, quemada, con los dedos cortados, una más de una montaña de cadáveres) pero el desarrollo de la película nos lleva a un happy ending que corrige y anula ese principio. Si el cine es la máquina de la retrospección al servicio del deseo, aquí está bien servidos ambos, tazón y medio. Por otra parte, un policía siempre querría obstaculizar el crimen antes de que cometiese, y la detección le da una especie de omnisciencia retrasada y baldía. Una historia de detectives siempre nos muestra el final, y llega por el hilo conductor de la investigación (argumento de la obra) hasta el inicio. Aquí tenemos eso, desde luego, pero también tenemos más. ¿Por qué quejarnos, si nos dan dos historias por el precio de una? 

La película engarza además muy bien a un nivel casi onírico-histérico algunas de las principales obsesiones políticas norteamericanas de los últimos años. El Katrina y el atentado de las torres gemelas. La falta de previsión. Los que ahora se sabe. Lo que se sabe que se sabía... La amenaza terrorista, muy americana ésta (un pirado de las armas, que sin embargo tiene una conexión molesta e indeseable con las esencias patrias). La obsesión por la vigilancia gubernamental, la invasión de la vida privada... el Google Earth éste que ve el pasado tiene enlace directo, además, a las videocámaras de cajeros y tiendas que enfocan muchas esquinas del país; el software de control en manos del FBI les da enormes cantidades de información, y sin embargo no saben cómo seleccionarla (ése es el papel del detective Washington, ojo de lince para abrirse paso hasta el detalle relevante). Es un poco lo que se dijo después del 11-S (o después del 11-M). Que había mucho control policial de los sospechosos (de éstos y de otros). Que había una sobreabundancia de información, no escasez precisamente. Y que sin embargo no se actuó para impedir la catástrofe. Iremos a más vigilancia estatal, y a más incapacidad de procesar la sobreabundancia de información. Y es que hay una relación privilegiada entre catástrofes y retrospección. Cuando un acontecimiento notable se produce, sale a relucir la secuencia causal que llevó a él, destacando como una trayectoria marcada con luces de neón en el pasado, y nos parece imposible que no fuese perceptible entonces. Pero ay, había demasiada información. Si hubiésemos sabido entonces cuál era la relevante...  resucitaríamos a los muertos. Y si pudiésemos, volveríamos al pasado sumergido, ahora lugar de los muertos, para rescatar a la chica amada, como Orfeo negro.

Nunca conoceremos el futuro, y los muertos nunca volverán. Queda el hindsight bias, para atormentarnos pensando que deberíamos haber podido. Queda el cine, para el wishful thinking, para volver al pasado, y corregirlo si es necesario. Vanas ilusiones, pero ilusiones que seguiremos alimentando. Por cierto, no hay ningún déjà vu en sentido psicológico en la película ésta. Desde Matrix, el deja vu se refiere a una interferencia producida en el software que controla el espacio público oficial, una interferencia que hace visible su carácter construido. Así nos vamos familiarizando con la vigilancia generalizada y el almacenamiento digitalizado del pasado, una experiencia aquí asimilada a la cámara cinematográfica, y a la vez problematizada por ella.







Deja vu. Dir. Tony Scott. Written by Bill Marsilii and Terry Rossio. Cast: Denzel Washington, Paula Patton, Val Kilmer, James Caviezel, Adam Goldberg, Elden Henson, Erika Alexander, Bruce Greenwood, Rich Hutchman, Matt Craven, Donna W. Scott, Elle Fanning, Brian Howe, Enrique Castillo. Prod. Scheherazade / Scott Free Productions /Jerry Bruckheimer Films. USA:  Touchstone Pictures, 2006.

Catastrofismo y retrospección

 


El Ilusionista: Hidden in Plain View

Según nos dice la cartelera de RedAragón,

"El Ilusionista nos lleva a la Viena del siglo XIX, a una época en la que la ciencia y la magia se entremezclaban en la imaginación del público. Asistimos al duelo de ingenios entre dos brillantes actores, Edward Norton que interpreta al misterioso mago Eisenheim y Paul Giamatti que interpreta al perspicaz y racional inspector de policía Uhl, empeñado en descubrir los trucos del mago... Producción impecable, El ilusionista se sirve de un brillante guión lleno de ritmo e ingenio y de la personalidad de sus dos protagonistas para llevar al público de sorpresa en sorpresa."
(The Illusionist. Director: Neil Burger; intérpretes: Edward Norton, Paul Giamatti, Jessica Biel, Rufus Sewell...).


Es una película que mezcla de modo bastante satisfactorio una serie de temas inspirados en Nabokov y en Edgar Allan Poe. El enfrentamiento entre el escurridizo mago y el policía cogido en turbios complots políticos con la realeza, no puede sino recordar "La carta robada", de Edgar Allan Poe, un cuento sobre interpretación y prestidigitación. El artista como ilusionista, que baraja libremente los niveles de realidad creados en los mundos de su obra, viene de Nabokov (también las mariposas). El encantador pliega su alfombra mágica para hacer coincidir unos dibujos con otros, y crear una ilusión de continuidad… aunque los visitantes no avisados podrían tropezar en el pliegue.

Porque por supuesto hay algunos trucos que el ilusionista Eisenheim no podría hacer jamás ante el público, y que colocan a la película en el género fantástico y de entretenimiento. Por ejemplo, ningún ilusionista podría adivinar en medio segundo si el inspector de policía llevaba encima el colgante, y en qué bolsillo, de no ser por necesidades del argumento. Tampoco es creíble que desaparezca el cuerpo de la prometida del príncipe sin autopsia y sin que nadie investigue la cuestión; ni pueden trazarse planes tan arriesgados y alambicados, con personajes asesinos y violentos de por medio, sin que nada falle en el camino… eso únicamente puede hacerse mediante el ilusionismo del hindsight bias, la falacia de la retrospección guiada desde el final, falacia en la que el cine está especializado. ("La culpa de todo la tiene el guión", decía la canción de una serie infantil). Y así podemos desafiar al principio de realidad, moldear el final a nuestro gusto y conseguir a la chica.

Es decir, los trucos del ilusionista están escondidos a la vista de todos, como en "The Poerloined Letter". Al igual que los demás magos, Eisenheim emplea en sus números una mezcla de técnica sofisticada y de engatusamiento autoinducido del público, que—atento a lo que cree que va a ver—no ve lo que el mago hace realmente, y así no adivina sus trucos. Y eso que está ante la vista todos nosotros el procedimiento utilizado. En un momento metaficcional de la película, hasta se lo enseñan al policía Uhl, haciéndole un pase privado con un primitivo cinematógrafo: "Así es como crea Eisenheim sus ilusiones" – "Hm. Ya veo." (Y los espectadores aún lo creemos perspicaz por su escepticismo, cuando es todo lo contrario—pero claro, ni aquí ni al final puede Uhl salir de su propio nivel de ficción para desentrañar el truco. Ahí sí que difiere de los héroes nabokovianos de Invitado a una decapitación  o Barra siniestra).

Como en Total Recall, aquella de Schwarzenegger metido en una máquina de realidad virtual, nos lleva el Ilusionista a un mundo donde las leyes ordinarias están suspendidas. Y desde el público estamos en la posición del policía escéptico y racional, que no desespera de reducir a sistema lo que ha sucedido. Mal asunto si creemos que podremos echar la mano encima a los espectros conjurados por Eisenheim, porque, como él mismo dice, no pretendía sino entretenernos, y todo eran trucos. El cine  confiesa así (tanto aquí como en Total Recall) su auténtica vocación de máquina de sueños, sean cuales sean los ingredientes de conflicto moral o intriga política que se hayan utilizado. Todo queda supeditado a esa inmersión mágica en una realidad alternativa, con un poder inesperado para hacernos replantearnos las fronteras que separan lo sólido existente de lo creído o imaginado. Y esa es su función ideológica más seria.

Al final el inspector Uhl acepta la superioridad del mago, al descubrir que ha sido víctima del truco más gigantesco, el truco escrito en letras tan grandes que no nos fijábamos en ellas mientras intentábamos descifrar los trucos puntuales en letra pequeña. También en esta película flojea la realidad, cede el suelo, y con una reinterpretación súbita nos damos cuenta en el último minuto de lo que ha sucedido realmente… o casi nos damos cuenta, porque aún queda oculto (aunque proyectado en letras grandes a la pantalla) el mayor ilusionismo detrás del ilusionismo. Eisenheim, como el detective Dupin de Poe, encarna el punto de vista del narrador que ha diseñado la historia—si los lectores somos el inspector, al menos se espera de nosotros que seamos capaces de apreciar los trucos del mago, y su perspicacia al saber que puede realizarlos ante nuestras narices con plena libertad, porque estamos deseando verlos. Para eso hemos ido al cine.

Caché

 

 

Casino Royale

No es un remake de Casino Royale la película, sino una adaptación de Casino Royale la novela. Y se ve muy bien, a pesar de lo larga, con ciertos fallos de ritmo al final, cuando parece que ha acabado el argumento, sólo para volver a complicarse cuando la chica Bond resulta ser (cómo no) traicionera. Y mientras, los ingredientes de costumbre, lujosos hoteles y mansiones de magnates del crimen, tecnología punta o futurista (ya ni se sabe), violencia a mansalva, persecuciones espectaculares, intrigas detrás de intrigas. 

Destaca una secuencia inicial de persecución estilo parkour por una ciudad africana, y destacan por lo bajo las secuencias de partidas de póker excesivamente largas... pero claro, estamos en Casino Royale. Los caballeros con esmoquin juegan partidas interminables y se tratan con cortesía exquisita y glacial en el salón público del hotel, pero cuando se levantan de la mesa a hacer un descanso, y se meten en la trastienda—pues toma brutalidad, espadazos, karate a las costillas, despeñamientos por las escaleras, tiros a quemarropa—hasta que vuelve a empezar la partida y todos se vuelven a sentar en un ambiente de aparente normalidad, tras haberse cambiado a toda prisa la camisa empapada de sangre; con los moretones y cortes en la cara no sé qué hacen. 

Esta es la manera propia que tienen las películas de Bond de acercarse críticamente a la realidad: la cortesía y lujo del Occidente internacional de terminal de aeropuerto y gran hotel, parecen decirnos, no son sino el barniz superficial que cubre la realidad de las cosas, los contactos inconfesables entre los poderosos y el crimen organizado, las guerras industriales y la manipulación de las inversiones (capitalismo viril); el caballero bien trajeado no es sino una fiera inhumana que lucha a muerte y sin piedad en las bambalinas de la realidad oficial, en un argumento que el espectador no acierta a entender bien (¿Estará M a sueldo de alguien? ¿Quién pondría la mano en el fuego?). La confusión argumental y las trampas detrás de trampas vienen a decirnos que estamos indefensos en el mundo, que no nos enteramos, que los resortes del poder están siempre más allá, que lo que percibimos como el orden mundial, o el orden público, o el orden de la comunicación, no es sino una apariencia cuya auténtica cara gentes más expertas y puestas y duras que nosotros (el propio Bond) tampoco alcanzan a desentrañar plenamente. Un mundo en el que los poderosos y admirados, las gentes de mundo, los ricos y sus bellas, son invariablemente canallas de la peor especie. Vestidos de Dior y tratando con soltura al servicio; eso sí.

Algunas cosas no me han gustado. Este Bond es un poco pipiolo (el personaje digo, no el actor, que está genial). Acaba de obtener su licencia para matar y la usa con demasiada ligereza para el gusto de Mm. M. Ésta echa de menos la guerra fría, y claro, no puede presuponerse que Bond conoce aquellos años, estamos empezando de nuevo sin ninguna referencia al pasado del personaje como agente secreto. (Algo que se requiere periódicamente, claro, en el caso de personajes clásicos como superhéroes etc.: la historia avanza y los va descolgando y dejando en un eterno presente imposible). Este Bond, como digo, parece que tenga un pasado, de acomplejado social, según la chica: la dureza de ambos resulta ser una máscara y al final se la quitan en parte, él más que ella, para revelar un corazon tierno y amador y deseoso de cambiar... pues no, hombre, que esto no me gusta; James Bond ni tiene que tener pasado, ni sentimientos; tiene que ser frío, superficial, imperturbable, imposible, una pura máscara sin nada debajo. ¿Bond enamorado, y con la hombría dañada? Anda ya. 

Me quedo con esa visión de un mundo de apariencias, charadas, traiciones, falsedades y máscaras detrás de máscaras. Pero sin autenticidad debajo, por favor, que la autenticidad aquí queda falsa, y lo falsea todo. Los sentimientos son para fingirlos... las chicas.

Casino Royale. Dir. Martin Campbell. Written by Paul Haggis, Neal Purvis and Robert Wade. Based on the novel by Ian Fleming. Cast: Daniel Craig, Eva Green, Mads Mikkelsen, Judi Dench, Jeffrey Wright, Giancarlo Giannini, Caterina Murino, Simon Abkarian, Isaac De Bankolé, Jesper Christensen, Ivana Milicevic, Tobias Menzies, Claudio Santamaria. Metro Goldwyn Mayer / Columbia / Eon / Danjaq / Babelsberg / Stillking / United Artists, 2006.

El señor de la guerra

 

 


Monster House

Primero los españoles importamos al árbol de navidad y a Santa Claus, que ahora se llama Papá Noel; ahora estamos en plena importación de Jálouin (que diría la Real Academia). Y en efecto, este último Halloween fabricamos en casa una calabaza o Lantern que encantó a los niños, y nos fuimos con los más pequeños a ver Monster House.

A Álvaro nos lo dejamos en casa, y lástima, por que es una película más para preadolescentes que para pequeñajos. No sólo porque está protagonizada por el trío de Harry Potter (aunque sin varitas) sino porque tiene que ver con ciertas ansiedades sobre la pubertad, y la sexualidad y la vida adulta así un tanto oscuramente intuídas, como conviene.

Por cierto que estos prepúberes no sólo no tienen varitas sino que no usan mayormente ni teléfonos móviles ni videojuegos ni televisión… bueno, haberlos haylos, pero no se llevan, y el énfasis de la película está más bien en un tipo de preadolescencia nostalgia americana, atemporal. Para eso está ambientada en una arquetípica calle residencial que anda, mira que irte a generar eso por ordenador, cuando lo tienes delante de la puerta, ya hace falta ganas de gastar píxeles.

En fin, de la animación no hay queja, es espectacular, tipo Polar Express, en ese sentido una obra de arte. Me encantó la secuencia inicial con las hojas de otoño volando, pero es un poco como matar moscas a cañonazos, no sé si me explico. Ay, Occidente…

La temática es ésta, una vieja pareja que vive una relación enfermiza y obsesiva; el viejo con su casa. Se casaron por amor, pero ya había historia detrás. Ella era una Mujer Gorda de circo, y de ahí la rescató el escuálido galán cuando era galán. El casado casa quiere, y se pusieron a construir la futura Monster House, llenos entonces de ilusión. Pero la Mujer Gorda odiaba a los niños que se reían de ella, y cuando murió por accidente cayendo al cemento de la casa…. quedó milagrosamente convertida en una casa viviente, una casa dominada por el espíritu ofendido y agresivo de la Mujer Gorda. Así la casa, aterroriza a los niños y se traga sus juguetes… medio defendida medio aislada por el marido, ahora convertido en un viejo Gollum con camiseta, que espanta a los niños para que la casa no los dañe. Una pareja absorbente y enfermiza, vamos, como para recomendarte eso de crecer, hacerte heterosexual y poner casa para recibir.

Pues estas ansiedades sobre la pareja y la mujer absorbente y la casa devoradora parecen más bien de niños un poco más creciditos que los protagonistas (igual más bien niños de la edad de los guionistas) pero aquí se conectan con el incipiente descubrimiento de la atracción sexual por parte del Harry Potter protagonista. Cuando llega la Hermione de turno y lo elige implícitamente por encima de los genes más inadecuados del gordito Ron, tendrá que ponerse las pilas e investigar hasta el final y rescatar a la chica de la malvada casa… 

Están bien llevadas las referencias cinematográficas para mayores, como los paralelos con La Ventana Indiscreta. Esa era una película sobre otro niño grande que no quería compromisos ni ataduras y que temía verse con la pierna quebrada y en casa dominado por su señora... ahí conecta el tema, claro; y se hace deliberadamente no sólo con el espionaje por la ventana al vecino (esto es muy cinematográfico-reflexivo, lo del Peeping Tom, y nos pone al espectador en situación espontáneamente)—sino también con el contraataque del espiado, invadiendo el espacio sagrado del observador con una siniestra llamada telefónica.

Pero en fin, la malvada gorda es derrotada (hasta se reconcilia su espíritu con su marido al verse liberado) y se promete al viejo Gollum una jubilación en Florida y un ligue de la tercera edad... ¿quién dijo miedo? En fin, que se ventilan ansiedades ante la Esposa Succionadora, pero se nos promete que se superarán, y que los niños se socializarán adecuadamente sin temores primigenios a la Hembra Dominante.

Lo que no cogí de buenas a primeras fue la referencia a la "uvula" de la casa—el chiste de "eso que sólo tienen las chicas"—¡creía yo que estaban hablando del clítoris!  Es que los mayores a veces no nos enteramos. 

Time Fighters

De-Lovely

Esta es una película de-liciosa sobre Cole Porter. Me encantan sus canciones, y aquí vienen arregladas y reinterpretadas por un buen plantel de estrellas y figuras. Qué más se puede pedir. Pues un acabado perfecto, buena coreografía, buenas actuaciones, ambientación lograda...  Y Hollywood emprendiéndola casi de frente con el tema de la homosexualidad, que no es poco. Bueno, de frente sería mucho decir, en la historia de un homosexual casado y bien casado (con señora rica) como Cole Porter. Y sobre todo si la historia va del amor que tenía a su señora, a pesar de los pesares. Lo que digo es que no han puesto en la portada a Cole Porter besando a un bailarín, o atacando por la espalda a un electricista, que sería otra opción más arriesgada. Sí se muestran los hábitos bisexuales (bueno, bisexuales por decir algo) de Porter, pero las escenas con caballeros son tan castas como casto era Porter con su señora.

O sea que a mitad de camino va ésta entre la clásica que habían hecho sobre Cole Porter (pura ficción heterosexual, una cosa simpática a lo Fred Astaire) y la realidad de las cosas. Se nos presenta como una historia de amor entre un señor con libertades y gustos difíciles y una esposa generosa, poco exigente, dolida en sus sentimientos pero entregada a la felicidad y el arte de su marido. En realidad se justifica bastante la manera de actuar de la época, cuando tantos homosexuales se buscaban un apaño oficial para aparecer en público y en sociedad, y sus intereses eróticos iban por otro lado y en secreto. Si esto daba lugar a sordideces, miserias morales, engaños y confusión de sentimientos, aquí queda todo un tanto estetizado a base de música bonita, elegancia en el vestir, muebles de estilo y casas que te cagas. Parece claro que las prioridades eran esas,  muy claritas, y el resto bah. La película pues hace double duty, a la vez mostrando la miseria moral escondida bajo tanta modernidad elegante y tanta pasta (como cuando Porter y su señora se dejan chantajear por un amigo común) y a la vez dándole un encanto de época y poniéndole música de fondo. El amor propio, desde luego, lo tenían sólo mal entendido esta pareja por lo que se ve; y el amor mutuo pues queda bastante en entredicho. Agridulce, pues, y no es extraño que en ese sentido no haya acabado de gustar; es que el material no da para más... al menos en la línea romántica.

Lo que sí me ha encantado es el planteamiento general, que muestra a un Porter post-póstumo, viendo desde su vejez un ensayo de una comedia musical tipo Cole Porter basada en su vida. (Como esos ensayos de Kiss Me Kate, que a su vez nos llevan al teatro dentro del teatro shakespeariano)... Vamos, que  De-Lovely va, reflexivamente, sobre el proyecto de sacar adelante De-Lovely, con las canciones adaptadas a los distintos momentos. Muchas veces el resituar una canción en el contexto decadente u homosexual de la vida de Porter se le saca a la luz una interpretación aún más picarona de lo que parecía en un momento; desde luego algunas se las traen desde el momento en que se hace la lectura homosexualizante. O si se interpretan desde el punto de vista del drogadicto.... un ángulo que aquí falta casi completamente, aunque alcohol se bebe abundantemente (a eso iban los americanos a Europa, y si no que se lo pregunten a Hemingway). También faltan, escandalosamente, las dos guerras mundiales, que aquí han debido pasar entre cóctel y cóctel sin dejar rastro. Aún se podría de-construir más esto y dejarlo más de-lovely de lo que fue. Por otra parte, el formato de ensayo para comedia musical, si bien es ingenioso y funciona cinematográficamente hablando, sí se presta otra vez a hacer lo que de hecho hace después de todo la película, es decir, darnos una nueva comedia musical de Cole Porter, en lugar de una visión más crítica. ¡Pero oye, que es una comedia musical, ya le vale! Y me lo pasé muy bien viéndola, y de-leitándome con ella, y de-nostándola. Es de-lovely.


De-Lovely. Dir. Irwin Winkler. Screenplay by Jay Cocks (based on the life of Cole Porter). Cast: Kevin Kline, Ashley Judd, Jonathan Pryce. With Natalie Cole, Elvis Costello, Sheryl Crow, Diana Krall, Alanis Morrisette and Robbie Williams. Prod. des. Eve Stewart. Music by Cole Porter, arr. Stephen Endelman. Ed. Julie Monroe. Photog. Tony Pierce-Roberts. Prod. Irwin Winkler, Rob Cowan, Charles Winkler. United Artists, 2004. Spanish DVD: MGM Home Entertainment, 2005.

El diablo se viste de Prada

Un buen año


(A Good Year). Joven ejecutivo agresivo del parquet bursátil de Londres hereda caserón francés de un tío, primero piensa venderlo, y luego decide quedarse para dedicarse a la vida rural y a una bonita francesa que va en el lote. De paso se vuelve generoso y comparte la herencia con su prima ilegítima recién descubierta.

Pasable la película de Ridley Scott—bueno, es de Ridley Scott, ¿no? Qué menos. Pero un tanto predictable de más, lo cual detrae. El casting y el acting: bueno, pues este señor Crowe tiene casi tantos tacos como yo, y le quitan diez por el morro, cosa que no acaba de colar. Para joven galán tiburoncillo pues no sé si está ya; su cosecha será buena pero es más gran reserva que vino joven. La francesa (Marion Cotillard) está deliciosa como debería estar, pero para ser mujer difícil y exigente se deja seducir echando virutas por el primer asshole simpático que pasa, comprometiéndose de por vida con él tras apenas cambiar diez frases y un polvo. El tema del romance está precipitadamente llevado; falla el ritmo lento que quiere transmitir la película al colisionar con el calendario acelerado que nos llega desde Londres, y el efecto es de eso, de efecto predeterminado. Defecto. Tampoco me acaba de llegar el encanto indiscutible para todos del Tío Henry...  aunque su moto era tan encantadora como la mía, y sin duda para su sobrino bien podía tener encanto el tío que iba encima. Los flashbacks poco aportan al argumento, sólo al ambiente campestre de niñez idílica; así que parecen bastante irrelevantes y gratuitos. Menos uno, cuando descubrimos que la francesita ya le había dado un beso al muchacho cuando eran niños y él veraneaba con su tío... abriendo así la posibilidad de que quizá sabía ella más de él que él de ella. Por ejemplo, sabía dónde estaba el grifo de la piscina. Lo increíble de este flashback es que se hubiese olvidado él de la niña, vamos hombre. Y es que tanto éste como los otros, aunque técnicamente bien ligados, quedan curiosamente inconexos con el personaje que se supone los experimenta; igual es por lo repelente de su caracterización, todo efecto de conciencia o memoria íntima sobre el personaje parece gratuito y ajeno a él.

Una película con mensaje tipo feelgood, beatus ille, etc., aunque a decir verdad la decisión de Crowe de irse por la apartada vía, back to basic kiss, no parece nada difícil, dada la comunidad utópica campestre que lo rodea al final. Más increíble es que un personaje del calibre que vemos al principio cambie jamás, y cuánto menos que coja una brocha o una escoba. Eso sí es ciencia ficción, y no lo que hacía antes Ridley Scott. Para comedia, aún le falta mano, a él o al guionista.

Lo que más me ha gustado.... Que yo también de niño veraneaba en Francia, en el caserón de la aldea de mis abuelos. Y que aquellos también fueron buenos años, buenos veranos...  de los que siempre te acompañan aunque te acabes dedicando al parquet bursátil. En realidad el lugar de los recuerdos sagrados está en el pasado, ahí están bien guardados si es que es un sitio donde algo se ubique; e inútil sería intentar viajar a ellos en el espacio-tiempo, ni a Francia. Están en otra dimensión. Vamos a dedicarle al buen año ese (y a aquella tarde soleada que nunca pasa) una jotica de Carmen París que lo resume:

Como si fuera un tesoro
Llevo en mi pecho guardados
La emoción de aquellas horas
Y el azul de aquel verano...


Flores rotas