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Cuando los Mundos Chocan

Por alguna razón inscrita muy hondo en mi subconsciente, siempre me han gustado las historias tipo Arca de Noé, de supervivientes encerrados en un espacio artificial cerrado, y las historias de catástrofes cósmicas, así que este clásico de la ciencia ficción (prod. George Pal, dir. Byron Haskin, 1951) lo tiene todo. A los nenes, que han visto hace poco El día de Mañana, les han encantado las escenas de destrucción universal. Y además la película se presta, como todas las de ciencia-ficción de la época de la Guerra Fría, a ser interpretada en términos de política fantasmática.

Sinopsis del argumento: unos astrónomos descubren que un planeta desconocido va pasar cerca de la Tierra, provocando catástrofes, y que días después toda la Tierra será destruida por la estrella a la que acompaña el planeta. La ONU debate el tema, pero no hay acuerdo en la comunidad científica sobre la fiabilidad de la predicción; así pues, no se hace nada. Mientras, unos generosos empresarios con visión de futuro sí han creído al astrónomo (que es además el padre de la chica), y financian la construcción de una nave que lleve a un pequeño número de elegidos hasta el planeta intruso, donde puedan empezar una nueva civilización. Dos líneas argumentales complementarias son cómo la chica cambia de novio, y cómo éste tiene reparos de conciencia porque el suegro lo quiere incluir entre los elegidos por enchufe. Al final, consiente ir de piloto suplente, medio engañado por un gesto generoso del antiguo novio. Quien se queda en tierra es el suegro, voluntariamente, y también (a la fuerza éste) un millonario egoísta que había puesto como condición para su apoyo el estar incluido entre los elegidos. Tras un intento de asalto a la nave en el último momento por parte del grupo de rechazados, ésta despega y llega felizmente al nuevo mundo, donde por suerte y casualidad la atmósfera es respirable y la temperatura ideal. Llevan en la nave, cómo no, animales domésticos, semillas, tratados de agricultura e ingeniería, y, única concesión aparente al arte, las obras de Shakespeare. La Biblia no consta, pero a cambio abre la película, con citas alusivas no a Ajenjo y el Apocalipsis, sino  a Noé y el Arca. La catástrofe cósmica es pues un castigo divino y purificación de una humanidad pecadora e imperfecta.

El simbolismo de la Bomba está a flor de piel en la película. A nivel explícito, no hay la menor alusión a tensiones internacionales de ningún tipo (aunque la inutilidad de la ONU presidida por un indio sugiere épocas más actuales de escepticismo USA para con esta institución). Lo que sí se contrapone es la incapacidad de los gobiernos frente a la visión e ímpetu de la empresa privada, y esto es naturalmente un axioma del liberalismo y de la posición de USA. Oímos hablar de otras naves similares que se construyen en otros países, pero no sabemos nada más de ninguna. Parece ser que el Nuevo Mundo será americano (el protagonista parece ser inglés, o sudafricano, obviamente no negro, pero se embarca con los americanos—esta es una empresa anglosajona). También será blanco el nuevo mundo: la raza negra no parece haberse considerado digna de perpetuar sus genes en el más allá.

La ideología pro guerra fría de la película es subliminal; probablemente también para quienes la hicieron. La colisión cósmica es, naturalmente, una versión desplazada del holocausto nuclear. Aquí adquiere la naturaleza de lo inevitable: es una cuestión de órbitas y rumbos cósmicos, un cataclismo que ha de venir, que los humanos no pueden evitar, y sólo apenas pueden encauzar de la mejor manera posible. Los temores y ansiedades de la guerra fría buscan así imágenes desplazadas que ayuden a concebir escenarios hipotéticos y posibles soluciones para la destrucción impensable con la que se estaba aprendiendo a vivir. La función de las películas es la de ofrecer soluciones imaginarias a problemas reales, como diría Fredric Jameson. La solución imaginaria es la supervivencia (es más, la hegemonía genético-cultural) de los Elegidos norteamericanos, del american way of life en otro sistema solar, tras la purificación de la carne imperfecta a la que alude el comienzo de la película. Mediante la selección del punto de vista narrativo, se nos presenta como aceptable la destrucción de miles de millones de seres, y de todo el Planeta, a cambio de la supervivencia de nuestro objeto de identificación imaginaria: en una buena narración catastrófica (lo vemos en los periódicos a diario) la lógica es siempre a favor de la vida: "terremoto en tal sitio - mueren decenas de miles, ¿tragedia?- vaya, se encuentra una niña bajo los escombros cuatro días después - ergo, falsa alarma, final feliz, era comedia".  Tal es la lógica narrativa de la catástrofe, hace jugar la identificación imaginativa con el protagonista contra la mera lógica de las cifras. En este sentido, los esquemas narrativos comunes son inherentemente optimistas (quizá por el Principio de Pollyana del que hablaba Leech), e inherentemente falaces, instrumentos de manipulación política que sirven para justificar los medios por desmedidos que sean. La figura de quien no delega imaginativa y políticamente en los Elegidos es convenientemente demonizada y exorcizada, en la persona del millonario paralítico y egoísta; el espectador, en cambio, está en una posición envidiable: a la vez delega imaginativamente, y sobrevive.

Se me dirá que la película habla de choques de planetas, no de choques de potencias... y que está basada en una novela de 1933, cuando no había aún bombas atómicas... Bueno, pero sí había bloques, inquietud planetaria, revolución en el aire; y sea como sea, los sentidos cambian con las adaptaciones y con el tiempo; en 1951 el peligro de un choque de planetas no era, desde luego, una hipótesis contemplada; el de la guerra nuclear, sí. Por cierto, uno de los autores de la novela original, Philip Wylie, escribía en este mismo año, 1951, una historia sobre contrabando de bombas atómicas... tema siempre actual. Visión de futuro, y de actualidad, no le faltaba.

Ni visión de las obsesiones tradicionales. La llegada al nuevo planeta, tierra deshabitada y virgen, lista para la colonización de los Padres Peregrinos, es una reedición del mito americano de la Frontera y del Nuevo Mundo, un mito utópico que ya aparecía a su manera bien perfilado en el siglo XVII en el poema Bermudas de Andrew Marvell. Podría decirse que esta película legitima, a su manera, el holocausto nuclear en el que el propio espectador habrá de perder la vida, a cambio de la identificación imaginativa con la América perfeccionada que seguirá al triunfo atómico; un mundo, por fin, blanco, angloparlante, with God on our side, y joven (ser joven es aquí más profundamente americano; Europa es vieja). Una nueva América que ocupa todo el planeta,  — una América, además, corregida, limpia de indios y otros pieles rojas.


Alegorías de la Bomba

 

Que así sea y así se escriba

Acabamos de ver con los críos, en tres secciones,  Los Diez Mandamientos de Cecil B. de Mille, la madre de todas las superproducciones, con Charlton Heston sin rifle pero con vara. A los chavales les ha gustado bastante, aunque Oscar no lo reconoce. Y Pibo ya sabía lo que les pasaba a los carros del Faraón y nos ha quitado todo el suspense, contándonos el final.

Ivo - Pero dice Oscar que a él no le ha gustado. Dice que es cutre.
Oscar - Es verdad. Que así sea y así se escriba. Que sea la película tan cutre que nadie la quiera ver nunca.  

(Bueno, algo por lo menos ha sacado en limpio... )

Para que mis huesos hagan CraAAacK





Cars con caras

Cars con caras

Hoy tenemos por fin planeado el visionado de Cars con los nenes y Chusi. En el último Mad Magazine salía un sendup divertido de Cars, presentando a los personajes rechazados para la película, por ejemplo un mercedes plateado hecho un acordeón llamado "Crumple, the totaled paparazzi-evader", o una furgoneta roñosa llena de mejicanos, "Don Pablo, the illegal alien-stuffed econo-van"; también "Flippy, the rollover-prone Suv",   o "Putrid Pete, the puke-filled prom limo"... y "Forgotten Frank, the leaf-flyer and pigeon-crap-covered Buick". El nuestro también necesita un lavado, y pagar unas multas. Y una revisión antes de irnos a hacer los kilómetros veraniegos de rigor. Otra cosa por hacer. Uf.

Bueno, pues vista Cars; es menos para niños que otras de Pixar, más para mayores simulando ser niños, no demasiado acertadamente en este caso. Y eso que la historia tiene buena base, políticamentecorrectamente hablando: coche de carreras trepa, que descubre los encantos de la lentitud, y de los pueblos de mala muerte con vecinos car-acterísticos. Pero los gags no son muy allá. Es curioso, a los coches siempre les hemos visto cara, y a veces se les pone humorísticamente en publicidad sobre todo (—normalmente los ojos están en los faros, y la boca en el capó, aquí no; están los ojos en el parabrisas y la boca en el radiador o el parachoques, como yo me los solía imaginar de crío al verles la cara).

Lo curioso, digo, es que nunca hayan salido personajes famosos de comic o cine encarnados en coches. Y eso que los americanos son muy dados a identificarse con su coche, la religión nacional dicen algunos, o al menos la identidad pública o carrocería de su personalidad es el coche, antes que el blog de cada cual o su "face". Je, pues esa es la mayor diferencia entre la USA profunda de Cars (buena película para Americana) y la USA real: que en la de la película nadie usa coche... porque son coches ya. Pero la pregunta del millón la hace Abo, pregunta de retrovisión:

- ¿Cómo consiguen mirar por el retrovisor si tienen los ojos en el parabrisas?

Al nuestro le hinchamos por lo menos el pie, digo la rueda. A ver si mañana le toca la revisión.... Yo identificarme me identifico más con la moto; donde haya cuatro retrovisores que se quiten tres.

Hinokio


El señor de la guerra

El señor de la guerra

(Lord of War, 2005). Nicolas Cage se especializa en papeles de personaje insatisfecho consigo mismo, o dividido internamente, o que lleva doble vida, o vendido a la tentación, o que se contempla a sí mismo corromperse por las circunstancias (por ejemplo en Leaving Las Vegas, en The Family Man, o en la reciente El hombre del tiempo). Así que le va que ni pintado el papel del traficante de armas Yuri Orlov, ucraniano, falso judío, inmigrante en América y que se dedica al comercio de armas a espaldas de su esposa, la top model que consigue comprar, como un trofeo, a base de forrarse vendiendo kalashnikovs y tanques.

La película empieza de manera impactante, con la vida de una bala vista desde el punto de vista de ésta, desde su fabricación, a través de sus mercadeos tercermundistas, hasta acabar en la frente de un africano. Una secuencia impresionante, como el resto de la película de hecho. Es de las que no hay que perderse este año, porque el final es también de impresión, anti-Hollywood: una vez capturado al fin tras la larga persecución de un agente de la interpol (Ethan Hawke), Cage sale tan pimpante, liberado por sus abogados y amigos de amigos influyentes, contactos al más alto nivel. La película termina diciéndonos que los grandes traficantes son también los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU.

Pesimismo amargo, ni asomo de final feliz, porque el final es la situación hipócrita y real de nuestro mundo, que no es feliz. No se nos ofrece ni la consolación imaginaria de la canción de Bob Dylan "Masters of War". Aquí es Cage el que está al final de pie sobre las tumbas de todo el mundo. Aunque algún traficante sí que muere al tratar con el material sensible africano, Yuri Orlov es un superviviente, y seguirá traficando muchos años más hasta que le vuelen el coche o lo acribillen en algún hotel africano. Trafica, como le dice a su mujer cuando ésta por fin descubre la verdad que no quería ver, "porque se me da bien". Los márgenes de beneficio son inmensos, aunque se paga con riesgo. La adrenalina también lo mueve, sin duda; es adicto al riesgo, como su hermano a la coca. El hermano muere intentando detener una masacre que se iba a hacer con sus armas, en la única escena "sentimental" de la película. Pero Orlov/Cage no se deja ablandar. Si tiene que aguantar que le den un tiro, lo aguanta; si su hermano le invoca su alianza fraternal en ruso en el momento crítico, no pierde la compostura, y cierra el trato cuando lo han matado. Es un personaje despreciable y abominable, y la única crítica que se podría hacer a la película es que nos lo hace familiar y humano a la vez que se exhibe su inmoralidad atroz como pinchada en un palo en lo alto de la película. Pero necesita un personaje tan horrendo e impermeable para mostrar cómo es posible este comercio, y cómo son quienes lo hacen.

Es una película buena por donde se coja, una especie de docudrama con un anti-James Bond de protagonista recorriendo los cinco continentes. Está escrita y dirigida por Andrew Niccol (que escribió también La Terminal y El Show de Truman). Tiene una fotografía espectacular, una historia llevada de manera sorprendente por la voz en off de Cage, escenas impactantes, ambientes inolvidables. Especialmente buenas las escenas africanas: el aterrizaje del avión de los traficantes en la carretera y su desguace; las calles de Liberia; el encuentro de Cage con las hienas. Y los espeluznantes señores de la guerra de Liberia y Sierra Leona, un ambiente de pesadilla demasiado real y que te deja con el sentido de la realidad girando como una peonza al salir del cine.

Porque en un sentido más amplio, esta película condena la partición hipócrita del mundo en una parte ordenada y otra desordenada, en el Primer Mundo y el Tercero, expresada con la doble vida y los alter-egos de Cage. Que hace uno de sus papeles más tremendos, al interpretar al señor de la guerra que tenemos todos en casa sin querer saberlo, por vivir donde vivimos y como vivimos. Somos la parte bienpensante de Occidente, como la esposa de Cage, unos top-model añosos con ínfulas de artista. Mientras, en África se masacra con las armas que exportamos. Y la película subraya la imposibilidad de que esto cambie, con su frase más característica "Dicen que el mal prevalece cuando los hombres de bien no hacen nada. Lo podrían dejar, sencillamente, en 'el mal prevalece'." Id a verla, a consolaros contemplando con lucidez vuestra hipocresía occidental. Es lo más que haréis ese día contra el comercio de armas; ese y cualquier otro seguramente.

Cada año se fabrican unas dos balas por cada persona que vive en el mundo. Alguien las va a disparar, ¿no?

El hombre del tiempo



Korol' Lir

Visionaje de la película de Grigori Kozintsev (1969), con música de Shostakovich y una excelente colección de interpretaciones. Comenzando por la interpretación que hace el director de la historia: consigue un clásico, la mejor película sobre Shakespeare según algunos, y no les voy a llevar yo la contraria: ahora que hay que matizar, en su género, que es el clasicismo del Realismo Socialista... no el género más apreciado actualmente, to put it mildly. Y muy dificultado queda el visionado por la mala calidad de las copias disponibles, con un subtitulado inglés prácticamente ilegible la mitad de las veces. Y paradojas del subtitulado a la lengua original, se pierde inmediatez, precisamente la que se había ganado al liberar al cine del lenguaje de Shakespeare... aquí lo recuperamos with a vengeance en los subtítulos.

Por volver a los orígenes por otra vía, aquí hay una edicion online de The Chronicle History of King Leir. La historia de la vejez y de cómo lleva a replantear las relaciones con los hijos, y a los "abuelos con bolsos" que dice el Bufón, seguro que a muchos les ha sonado desde siempre. Pero hace falta Shakespeare para mostrar de manera inolvidable lo que se tiene delante de las narices. Ah, y un toque metateatral en la versión "revisada" de Shakespeare. Pregunta Kent, al ver entrar a Lear con Cordelia muerta (cosa que no pasaba en "The Chronicle History"), "Is this the promised end?"

Y aún contesta en el drama Edgar "Or image of that horror"? Es decir, hasta el final queda la puerta abierta para restaurar el final original (como hizo Colley Cibber) y que Cordelia viva. ¿Será la muerte sólo una muerte aparente, una imagen del horror, una especie de drama, o una muerte real? Shakespeare, como siempre, hace teatro arriesgado, poniendo en evidencia las convenciones del escenario.

Se me hace especialmente promiente el Albany de la versión de Lear de Kozintsev. Quizá se quisiese congraciar Shakespeare con el rey de Albany de su momento. Y sigue chocándome que eligiese para el villano Edmund el nombre de su hermano y colega actor, Edmund Shakespeare. Vaya usted a hacer una teoría.

Me acuerdo de la primera vez que oí hablar del Rey Lear, en el libro de octavo curso de EGB. Aún hay otros que han oído hablar antes, claro. Ahora veía el vídeo encima de la mesa Pibo, y decía. "¿El rey Lear? ¿Ese es el del gran fracaso? ¿El de Shakespeare? ¿Es verdad que mueren todos todos?"

Verdad... según se vea, Ivo.

El Mercader de Venecia
 


La condesa rusa

 Anda por los cines esta película de Merchant Ivory, The White Countess (2005), que sin embargo no pertenece al género heritage film, a no ser por el guión de Kazuo Ishiguro, ya una institución británica. Aquí Ishiguro nos muestra a sus compatriotas, precedidos por un siniestro facilitador, invadiendo China por capítulos. Esta vez le toca a Shanghai, donde entran al final a sangre y fuego las tropas japonesas rompiendo el complicado equilibrio que mantenía la ciudad entre Oriente, Occidente, el Kuomintang y los comunistas.

Entre lo que se llevan por delante está el negocio de un amigo del siniestro facilitador, el protagonista de la película, un antiguo diplomático y hombre de negocios americano, ahora ciego tras un atentado terrorista en el que murió su hija. (El tema terrorista no deja de ser una alusión a la historia que nos rodea velis nolis). Bueno, pues el americano nolis, y había decidido crearse una burbujita de irrealidad y ambivalencia sexual montando un cabaret con toda su fortuna: "La condesa rusa". Y contrata a una auténtica condesa arruinada, antes a dancer for money, que le sugiere a él misterio, tragedia, sufrimiento.

La condesa dispuesta a enamorarse de su jefe, sobre todo si es decente; y él la mantiene a distancia, a ella y a su niña, pues la condesa es viuda, y a sus parientes aristócratas arruinados. Todo esto sin sexo, ni rozarse.  Al final, enamorado de ella, le da dinero que ella necesita para comprar el visado y dejar la ciudad. Lo que no saben ni ella ni él es que sus posh parientes la piensan dejar atrás, por pijerío: se avergüenzan de la vida que ha llevado ella por los bajos fondos, y eso que ella los mantenía.

El ambiente de los exiliados rusos es el que se reconoce de las novelas de Nabokov, o de relatos como "A Russian Beauty". Aquí el final es menos tragedia banal y más comedia banal, pues al final el americano, ya arruinado, pide a la condesa a ver si pueden "ayudarse mutuamente", y ella acepta encantada mientras dejan en un junco a Shanghai siendo ocupado por los japoneses.

El americano había sido un conocido diplomático, ahora desengañado de la política; sólo sueña con aislarse del mundo (un poco personificación de los USA de entreguerra, en ese sentido); pero su burbujilla de perfección, el cabaret, sueño que compartía con su "amigo" japonés, demuestra la inutilidad o al menos lo efímero y frágil de esos proyectos. El "elemento artístico" que da el cabaret quizá pueda leerse como una alegoría de la propia película, que es la tercera Condesa Rusa que encontramos, un anacronismo aristocrático de tiempos mejores, quizá como todos los heritage films, escépticos quizá Merchant-Ivory de sí mismos, y hacen así una película más invadida por el paso militar de la historia. Un tema de leve interés humano (leve al ser el personaje tan deshumanizado) lo da el espía japonés que prepara la invasión pero querría sin embargo vivir con su amigo americano la fantasía de ese espacio fuera de la historia. "The larger frame" puede con ambos, pero es que no había relación, para empezar. Como ámbito de perfección, un cabaret con matones, commedia dell'arte gay y condesas contratadas tiene un techo tal que hasta aquí. Y vaya qué poco había aprendido el americano de la realidad en sus años de Realpolitik, si cree que lo que haga no tiene que ver con las circunstancias de alrededor. Especialmente patético su plan de añadir "tensión política" al pequeño mundo de puertas adentro con una combinación calculada de invitaciones a personajes indeseables de partidos contrarios.

Otro toque de historia significativo da el judío vecino de la condesa ("sucio judío" para sus parientes cuando se descaran con él). Él hace como que no oye los insultos antisemitas: explica que contento con haber logrado escapar de Alemania, se da por satisfecho con hacerse el sordo. (Ismail Merchant, por cierto, a pesar del nombre venía de familia árabe de Bombay; murió durante la producción de la película).

Buena escena por cierto cuando avanzan los japoneses en filas cerradas y bayoneta calada, estilo Acorazado Potemkin, y se tropieza con ellos el ciego buscando a su condesa:

- "Por favor, caballeros. Sólo quiero pasar"
- y el sargento ladra una orden y los soldados se apartan y lo dejan pasar.

Viva Occidente, viva el estilo con estilo, y el individuo, y vivan los sueños de perfección y nostalgia de lo que se perdió de modo imposible o de lo que quizá ni existió. La condesa sí era condesa, no obstante, ahora ya no sabemos si lo es o lo será. Pero las condesas rusas son un tema demasiado manido: hasta en Anastasia versión dibujos animados había escenas de nostalgia zarista parecidas a las de esta película, o mejores casi.

Y la película demasiado lenta, sin argumentos secundarios de sustancia y por tanto un poco obsesiva; derivada de una estructura de cuento o de novella más que de novela. En ese sentido un pelín cargante; y la vida asexuada del patrón del cabaret, bueno, porque nos lo dicen, hay que creérselo. Un poco planos, los personajes, supeditados a su función en el guión (por ej., no sex at all, lo que digo). Una cosa sí está impecable, logradísima, de modo que te teleporta a los años treinta: la ambientación. Nada más por eso vale la pena no perdérsela.

Historia de una geisha

He'll Be Back

 

La mort en direct

 

Poursuivant une vieille obsession avec la focalisation, avec The Lady of the Lake et, oui, avec la mort en direct, j’ai déniché ce film de Bertrand Tavernier (1980) que j’avais raté à l’époque. D’après la présentation du DVD, "c’est l’histoire d’un homme, Roddy, qui a une caméra greffée dans le cerveau et qui filme donc tout ce qu’il regarde. C’est l’histoire d’une femme, Katherine Mortenhoe, qui s’enfuit pour ’mourir libre’. Voulant échapper aux médias, en l’occurrence une émission de télévision, elle ne sait pas qu’elle est aidée dans sa fuite par celui qui la filme . . . "

On voit bien que c’est un film qui anticipe certains des développements les plus intéressants de la métafiction cinématographique contemporaine: l’envahissement de la réalité par les médias, l’usage réflexif de la trash-TV et l’ambivalence de l’image reçue par le spectateur, dont on ne sait pas au juste à l’occasion s’il s’agit d’un signal interne au film ou bien de l’image extradiégétique, avec de belles possibilités d’ambiguité. Ce n’est pas dire que Tavernier les exploite à fond, mais il y a là certainement bien d’éléments intéressants pour nous qui sommes friands de la virtualisation de la réalité par les médias. On trouve de belles idées qui pourraient aboutir à des directions telles que The Truman Show, ou bien eXistenz, ou encore Matrix.

Ceci dit, il y a bien d’éléments absurdes dans le script, à commencer (ou finir) par la mort de l’héroïne. Y avait pas de quoi mourir et puis Romy Schneider, magnifique, n’arrive cependant pas à jouer la mourante, plutôt l’élégance dans la mort. Hélàs, elle allait mieux faire bientôt… c’est presque la mort en direct de ce point de vue, il y a des scènes un peu uncanny si l’on pense à Romy Schneider, bientôt suicide dans le film et dans la vie, en train de recevoir d’un docteur la fausse nouvelle, "Vous allez mourir", sous le regard des espions derrière le faux miroir, et derrière les faux yeux, et derrière l’écran… nous mêmes.

Il y a à craindre, aussi, que beaucoup de spectateurs trouveront à peine supportable le choix initial de présenter un hypothétique futur où "l’on ne meurt plus comme avant" sous l’habit d’un présent complètement plat, sans aucune concession au look sci-fi. Surtout lorsque ce présent-là devient un rétro-futur, vu un quart de siècle après… et, est-ce vrai que les gens s’habillaient et se peignaient ainsi en 1980? C’est bel et bien les seventies, ou encore les sixties.

Pour Harvey Keitel, c’est une expérience transformatrice que de jouer la caméra vivante dans cette charade, et il reviendra (comme Catherine) au passé, à sa première femme. Mais Romy choisit la mort plutôt que de vivre sous l’oeil de la caméra. Hélàs, il faut bien s’y habituer, bientôt on aura tous une webcam sous la paupière, ou devant elle.

 

La Mort en Direct. Dir. and coprod. by Bertrand Tavernier. Written by David Rayfiel and Bertrand Tavernier. Cast: Romy Schneider, Harvey Keitel, Harry Dean Stanton, Thérèse Liotard, Caroline Langrishe, William Russel, Vadim Glowna, Eva Maria Mbinere, Bertrand Wicki, Max von Sydow. Photog. Pierre William Glenn. Sound by Michel Desrois. Sets by Tony Pratt and Bern Lepel. Costumes by Judy Moorcroft. Ed. Armand Psenny and Michael Ellis. Music by Antoine Duhamel. Prod. des. Louis Wipf. Exec. prod. Jean Serge Breton. Selta Films / Little Bear / Sarra Films / Gaumont / Antenne 2 / TV 14 Munich, 1980. DVD. StudioCanal, 2005.*

 

 

Caché