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Vanity Fea

Literatura y crítica

El escondite

El escondite

Me leo El Escondite, novela de Trezza Azzopardi (2000)—sobre vergüenzas y malos rollos familiares. Bastante malos; versa sobre una mísera familia de Cardiff, los Gauci, con esposa e hijas de un inmigrante maltés. Si no la hubiese escrito un persona de la comunidad, podría leerse como un elegante panfleto contra la mugre mental de la comunidad inmigrante; viniendo de una insider supongo que no se lee así. (O quizá con más razón). El paterfamilias, Frankie, es un impresentable bien plantado, jugador, violento, cruel e irresponsable. Acaba robando a su socio, y fugándose, dejándolo que se ahogue en el barro del puerto tras un forcejeo, cuando sale corriendo a pedirle lo que se ha llevado. Desaparece de su familia, y su mujer, prostituta extraoficial, depresiva y conarnaud la girafe tendencias suicidas, es incapaz de cuidar a la recua de hijas que tienen. Las dan en adopción, y la narradora, Dol, no vuelve a ver a su familia en treinta años. Era la pequeña de la casa, muy pequeña por entonces—y va rememorando la historia y el ambiente de su infancia con ocasión de haber recibido la noticia de la muerte de su madre. La primera parte de la novela narra la infancia, sin ninguna referencia al presente de la narradora, y distinguiendo poco entre lo importante y lo irrelevante—como visto a través de los ojos de una pequeña. Allí va trasluciendo la historia de la problemática relación de la niña con la familia, y una circunstancia importante que la marcó, literalmente: se quemó en un incendio, en esa casa de dejadez, quedándole deshecha una mano. La segunda parte narra el reencuentro con personajes tan desagradables como su hermana Rose, que treinta años después vuelve a llamarla la Lisiada, sin la menor autocrítica, y sin que eso parezca afectar a la narradora. Más le ofende su hermana mayor, Celesta, que ha querido dejar el pasado atrás y lleva una vida convencionalmente respetable. La narradora le reprocha que no cuidase más de ellas siendo la mayor, que sólo pensase en bailar como una idiota, allá en los años sesenta... pero Celesta era una cría, irresponsable como todos allí, parece mucho pedirle. Recuerda con cariño a su hermana Fran, vapuleada por su padre, y aficionada a las autolesiones, y a lesionarla a ella también... y poco a poco, revolviendo en los trastos viejos de la casa de su madre, van saliendo las cosas y descubre una jaula de conejos donde al parecer la tenían encerrada de niña, por orden de su padre, que la aborrecía y temía por su desfiguración ("un hombre supersticioso (...) un hombre estúpido"). Creía Dol recordar que sus hermanas la encerraban allí para atormentarla, uno entre otros juegos crueles que jugaban con ella—pero le aclara su hermana Luca, tras el funeral, que lo que hacían ellas era sacarla de cuando en cuando. La escena en la que la familia estalla en risas tontas en el entierro de su madre puede entenderse a la vez como una liberación del pasado (al que la narradora se promete no volver) y como un síntoma más de lo mal que está el personal después de semejante crianza. Una novela pues sobre el trauma y los recuerdos imperfectos. Demasiado perfectos a veces, claro, por la técnica narrativa elegida, llena de detalles y gestos casi irrelevantes observados y recordados; también podría atribuirse al trauma otra curiosa convención elegida por la novela: no hay ninguna referencia a qué ha sido de la vida de la narradora durante los últimos treinta años—el foco cae únicamente sobre los traumáticos años de la infancia. Que sin embargo se recuerda con nostalgia a veces, como toda infancia, que es la única que tiene todo el mundo. En realidad, en este punto no se puede decir que la novela sea ni imperfecta ni realista; ni que sea una narración insincera y parcial, ni que ese enfoque obsesivo sea adecuado como una dramatización del trauma. Es el resultado un tanto amanerado de una cierta convención literaria para representación de traumas: la revelación gradual, y parcial, tiene una intención estética (curiosidad, supense, etc.) que interfiere un tanto, de base, con la exposición del trauma. Sólo puede narrarse así un trauma superado (o no vivido), y por tanto ha de parecer parcial la restricción de todo el mundo mental de la narradora a lo que eran las circunstancias y momentos del trauma. Un trauma que no deja otras huellas que su rememoración y superación parece poco trauma. Después de todo, la marca que lleva la narradora en el cuerpo ha tenido que señalarla de por vida—pero de eso poco vemos, como si el pasado hubiese realmente quedado contenido en aquellos años, una solución narrativa quizá poco convincente, pues un trauma que tan poco aflora luego es un trauma de poco intensidad. Esos traumas de baja intensidad son la textura misma de la vida, claro, pero normalmente no nos dedicamos a volver sobre ellos con tanta dedicación y exclusividad.

Caché


Los infantes de Aragorn

sábado 21 de agosto de 2010

Los infantes de Aragorn

Ivo nos lee una bonita elegía que ha encontrado en El Señor de los Anillos, la canción de un poeta olvidado de Rohan. Hela aquí en la Lengua Común, en una versión aproximada:

¿Dónde están ahora el caballo y el caballero? ¿Dónde está el cuerno que sonaba?
¿Dónde están el yelmo y la coraza, y los luminosos cabellos flotantes?
¿Dónde están la mano en las cuerdas del arpa y el fuego rojo encencido?
¿Dónde están la primavera y la cosecha y la espiga alta que crece?
Han pasado como una lluvia en la montaña, como un viento en el prado;
Los días han descendido en el oeste en la sombra de detras de las colinas.
¿Quién recogerá el humo de la ardiente madera muerta,
O verá los años fugitivos que vuelven del Mar?

Recuerda la poesía de Tolkien, claro, a los melancólicos poemas anglosajones—y también a las Coplas de Jorge Manrique.


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La Profecía

The Sense of an Ending, Revisited

The Sense of an Ending, Revisited

Ha muerto esta semana Frank Kermode, uno de los críticos que más han ayudado a reflexionar sobre la retrospección y sobre la imbricación de tiempo, vida y narración. Aquí un obituario en el New York Times. Yo lo oí en una conferencia en Norwich en 1991, hablando sobre el futuro del canon literario inglés. Quizá lo más significativo del futuro será que en él estaremos todos o muertos, o rodeados de muertos—de la gente que conocimos, y de los que habitaron el mundo con nosotros, todos muertos ya.



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Frank Kermode: The Sense of an Ending

The Chains of Semiosis

lunes 19 de julio de 2010

The Chains of Semiosis

red  deeps

Otro artículo más subo hoy a la red, en el protracted hanging de mis Obras Completas. El de hoy lo publiqué hace veinte años en una revista de Illinois, y me lo pidieron para reimpresión en un volumen de Palgrave Macmillan sobre George Eliot. Ahora va a la web, por donde no había pasado aún, y eso que se inventó a la vez que él más o menos.

Se titula "The Chains of Semiosis: Semiotics, Marxism, and the Female Stereotypes in The Mill on the Floss"—y sus palabras clave podrían ser George Eliot, estereotipos femeninos, intertextualidad, semiótica, Bajtín, Voloshinov, Charles S. Peirce, materialismo cultural... etc. Aquí está en Academia, y aquí en el Social Science Research Network. Recomiendo por cierto la lectura de la obra de George Eliot que analizo allí, excelente novelón victoriano.

Observo por cierto que en Academia se han "bloguificado", y que ahora aparecen en primera página, al menos para tus contactos tus cambios de status o "qué estás haciendo ahora"—como en Facebook— y que los artículos han pasado a ordenarse inversamente, el más reciente primero (una sugerencia que les hice ya hace tiempo y que me dijeron que iban a aplicar).

Lejeune-do diarios 

Tu vida en un día

domingo 18 de julio de 2010

Tu vida en un día

Hoy, recital de poesía. He visto que en YouTube hay un concurso para mostrar en un vídeo lo que es un día típico de la vida. Me ha traído a la memoria este soneto de Borges, "James Joyce", inspirado por el Ulises, libro de un día, o de toda una vida. Así que aquí lo presento, fuera de concurso.





Uno día de junio de 2006

Le dangereux contrat de non-fiction

Le dangereux contrat de non-fiction


Vidéo où Emmanuel Carrère parle notamment de la frontière entre la "fiction" et la "non fiction", et de l'écriture de L'Adversaire, d'Un roman russe et de D'Autres vies que la mienne (P.O.L), lors d'un entretien avec Nelly Kapriélian à la BPI du Centre Pompidou (Paris), dans le cycle" écrire, écrire, pourquoi", le 11 janvier 2010:




Je transcris ici quelques-uns de ses propos sur l'usage des noms réels des gens dans ses livres.

Emmanuel Carrère: Ça c'est extrêmement... disons que ça, ça fait partie des choses qui vraiment tracent une frontière extrêmement nette entre ce qui est la fiction et ce qui n'est pas la fiction. Non, c'est marrant parce que je pense— j'avais il y a peu de temps une discussion avec une amie écrivain et qui me disait, "enfin, toutes ces histoires de fiction, non-fiction, enfin ça n'a aucune importance, en réalité c'est tellement confondu, tellement mêlé"... et je ne suis pas du tout d'accord! J'ai dit, je ne dis pas nécessairement qu'il faille attacher à cette frontière et au fait de franchir ou non cette frontière une telle grande importance—mais que cette frontière existe, et qu'elle soit parfaitement claire, je le soutiens. Et je pense que un des critères... enfin qui, voilà, qui déterminent cette frontière, c'est notamment le fait de nommer les gens par leur nom—tout simplement. Je me souviens, je–il y avait dans un livre de Christine Angot, il y avait une phrase qui m'avait frappé, que j'avais trouvée très.. très forte, elle disait juste—ben, parlant effectivement de gens qui étaient de son entourage, et tout ça, elle—et qu'elle ne nommait pas par leur nom, elle s'en, elle s'en excusait, enfin, dans le livre, quelcomme, pour autant que cela soit dans le genre de Christine Angot de s'en excuser, mais quand même elle disait, elle s'adressait aux lecteurs en disant, "voilà, l'avocat de..." —ça devait être, je sais pas, Stock—"l'avocat de Stock m'a dit, non, c'est pas possible, il faut—il faut.. il faut changer les noms" —accepter, —et elle dit, "mais, quand on change les noms, c'est moins bien". Heu...en tout cas... —dans cette logique-là, hein, j'entends bien sûr il s'agit pas que, bien sûr, c'est pas la logique de Madame Bovary ou un truc comme ça, mais, dans un petit quelque chose qui se réfère et se soumet à la réalité et tout ça, la question du nom propre est totalement... en fait, non seulement elle est très importante, mais elle est totalement opératoire pour constituer une frontière, cette frontière n'a rien de flou, elle existe. Ça veut dire que, dans un cas, vous avez à répondre de ce que vous dites; dans l'autre vous pouvez parfaitement vous abriter derrière la... l'irresponsabilité de l'auteur, et dire, mais non, vous vous reconnaissez là-dedans, mais non, le personnage—le personnage s'appelle monsieur Dupont et vous vous vous appellez monsieur Durand, non, c'est pas ce... Alors que, à partir du moment où on dit c'est Jean-Claude Romand, c'est Étienne Rigal, c'est Hélène Carrère d'Encausse, c'est Sophie, voilà, cette... il y a là une... alors—ensuite, là, heu, on peut s'y prendre de mille façons différentes, et quant à moi j'en ai experimenté surtout plusieures, sur la façon de... oui, enfin disons, les diverses modalités de... de la façon dont on endosse cette responsabilité à l'égard des gens dont on parle. Mais c'est très... ben, c'est à la fois... compliqué, ça complique la vie, heu, et c'est très... heu, ça crée—je ne sais pas, une espèce... j'ai du mal a théoriser là-dessus, mais enfin—une espèce quand-même de contrat de lecture qui est très... très particulier, quoi, et qui, et qui pour ma part, m'intéresse, comme auteur.

Nelly Kapriélian: Pour chaque livre en tout cas tu t'es posé la question différemment...?

Emmanuel Carrère: Pour ces... pour chacun de ces trois livres, en tout cas... je... la question ne s'était jamais posée auparavant, pour moi enfin; eventuellement, dans—pour la biographie de Dik où je connais des... mais en plus, je dois dire, si—le livre a été traduit aux États-Unis, et de cette... ça...ça... voilà, je disais des trucs sur certaines personnes, sur certaines des ex-femmes de Dik, et des gens de son entourage, mais enfin, comme fait tout biographe, c'est à dire, qui s'expose éventuellement à ce que les gens aient à râler en disant "je trouve que vous m'avez pas bien traité", c'est à dire, mais... [...] ... mais, heu, mais— non, pour L'Adversaire... L'Adversaire, je l'ai fait lire à Jean-Claude Romand, mais terminé, et en lui disant, ce qui est une règle du jeu qui peut paraître très cruelle, mais qu'il a parfaitement comprise, et qu'il n'a jamais air de discuter, en lui disant, "le livre est fini, je n'y toucherai plus un mot, et je..." –parce que, pour ça j'avais une bonne raison, qui était de dire, heu, "même si vous me faites une remarque tout à fait factuelle et que je pourrais aisément intégrer, même si vous me dites, ah, voilà, vous écrivez que ma voiture était bleue, en réalité elle était verte," heu, je lui ai dit, "même une correction de ce genre, je ne la ferai pas, parce que à ce stade, au point où l'on est arrivés, je préfère, enfin, prendre en charge, assumer la responsabilité de mes erreurs ou mes inexactitudes éventuellement, je ne peux pas, si peu que ce soit, prendre en charge votre vérité, elle n'appartient qu'à vous." Et c'est précisément toute la difficulté que j'avais eue comme auteur à me mettre à une place où je ne pouvais parler—je parlais de lui, certes, mais je ne parlais que pour moi, je ne prétendais pas une seconde parler pour lui. Et je pense que c'était vraiment la seule, va, position moralement acceptable... je me souviens, j'en ai été très surpris, j'avais été, il y avait... je crois qu'à l´époque, Apostrophes éxistait encore, ou ça s'appelait autrement déjà, oui, quelque chose comme... mais, en tout cas, j'y étais allé parler de ce livre, et il y avait, parlant d'un livre qu'il venait de publier aussi, Michel Polac, et Polac m'avait dit, il m'avait dit d'abord je trouve qu'il est mauvais, et ça... j'y peux rien, j'ai rien à dire, mais il me disait, je trouve que vous avez manqué de courage, que la seule façon honnête de—enfin, la façon qui valait le coup, c'était de dire "moi, Jean-Claude Romand", de parler, et là j'étais en total—autant de dire que mon livre est mauvais, je peux rien dire, mais là j'étais en total désaccord, j'avais l'impression que c'était une position moralement inadmissible que de—parce que on aurait toute l'histoire de Romand, sa vie, qui n'a jamais pu parler en son nom propre, jamais pu exister en son nom propre, et si tout à coup je parlais pour lui... j'ai l'impression qu'il y avait quelque chose qui était vraiment—criminel, d'une certaine façon. Alors que, laisser donc–quels que soient les défauts éventuels de ce livre, ou même son manque éventuel de miséricorde à l'égard de son protagoniste, en tout cas je n'ai pas parlé pour lui, je n'ai fait que parler pour moi et, au fond, j'ai l'impression que tout le travail, toutes ces années si laborieuses, si douloureuses passées à essayer de faire ce livre, c'était pour arriver, consciemment, mais en tout cas pour y arriver à occuper cette position où je ne parlais que pour mon compte. Cette... bon, et—donc, lui, je lui ai donné le livre, le livre à lire, mais terminé... pour le, pour Un Roman russe je ne l'ai donné à aucune des personnes que ça concernait, ni bien sûr les personnages russes—mais de toute manière, ils sont loin, ils le liront pas et tout ça—ni les personnages principaux qui sont ma mère et Sophie, ma compagne de l'époque, et—bon, ça a été compliqué, disons—ça a été fort compliqué. Maintenant, personne n'en est mort, personne n'a fait—il n'y a pas eu de drame, mais en fait c'était, heu... et disons, la dernière, le dernier cas de figure, c'est D'autres vies que la mienne, où j'ai—en fait, les principaux personnages, je leur ai fait lire le livre avant sa parution, et en leur disant, le contraire de ce que j'avais dit à Romand, c'est à dire, tout ce que vous me demandez de changer, je le changerai. Éventuellement, je plaiderai ma cause, s'il y a des trucs avec lesquels je ne suis pas... je suis pas d'accord, mais enfin, c'est vous qui aurez le dernier mot (...)
Ce qui rend la chose beaucoup plus facile, c'est que les rap... enfin, c'est aussi pour ça que bizarrement ce livre qui enfin, qui raconte des histoires... terribles, de très douloureuses, n'a pas été écrit de façon très douloureuse, à la différence des deux précédents, parce qu'au fond, je l'ai écrit avec les personnages, les personnes dont il parle, dans un rapport d'amitié, de confiance très grande, enfin, qui faisait qu'au fond, cette proposition que j'ai fait de le lire me paraissait... allait de soi, et du coup j'étais... au fond, mon... mes éditeurs [...], ci-présents, me disaient tu es fou ça va très mal se passer, ils vont te demander de virer la moitié du livre, etc. Et en fait j'étais surprenant parce qu'il ya avait une espèce de ils allaient pas revenir sur ce... qu'éventuellement ils me diraient, est-ce que tu peux changer tel ou tel truc, bien sûr, je le changerai, ou éventuellement on le discuterait et tout ça, mais il y aurait pas de... je ne... j'allais pas me retrouver en face de gens qui tout à coup allaient me dire, "ah ben, non!" je suis d'accord, si c'était ce qui s'était passé, il y aurait pas de livre. Effectivement c'était courir le risque que quelqu'un me dise, non je suis pas d'accord pour que tu publies ce livre, tu le gardes dans ton tiroir, heu, j'aurais été très très très très embêté, c'est sûr, mais au fond j'étais... je pensais que cela ne se produirait pas, et cela ne s'est pas produit. Et du coup, c'était une position très... oui, je dirais confortable, psychologiquement... heu, je ne suis pas sûr que c'est quelque chose que j'aurai l'occasion de refaire, mais ça a rendu le fait de l'écriture de ce livre, même si certaines des choses qu'il raconte n'ont pas été une partie de plaisir à écrire, mais ça a été écrit de façon paisible et de, même je dirais, détendue—en fait, en me disant, ça va, je suis absolument au clair avec les gens dont ça... dont ça parle, ils sont contents, ça va, on ne peut pas toujours compter sur ça, c'est sûr...


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Especialista en historias espantosas, en L'Adversaire contaba Carrère la vida auténtica del parricida múltiple Jean-Claude Romand. Pero luego pasó a un experimento más peligroso aún, que era escribir sobre sí mismo y sobre la gente que conoce, en Un Roman Russe, explorando además los lados desagradables de su propia personalidad, en una especie de autoconfrontación o descenso a los propios infiernos. El decalaje a que se refiere como tema de L'Adversaire, el contraste entre la imagen pública y la privada del yo (extremo allí, es cierto) pasa a explorarlo en sí mismo en primera persona, en Un Roman Russe. Es un experimento poco aconsejable, ciertamente—exhibir al Mr Hyde interno no sólo no lo hace desaparecer sino que tampoco mejora la vida social de Jekyll.

En esta última fase de su carrera (con D'Autres vies que la mienne) Carrère parece estar más a gusto en la vida y a ser más mirado y atento con la gente que le rodea—tras darse cuenta, quizá, de los estragos que puede causar en su vida personal el rebote de exponerla en público y convertirla en literatura. Sobre eso sigue yendo D'Autres vies que la mienne, libro en el que trata historias dolorosas—de cáncer, enfermedad, muerte, dolor profundo, pérdida de hijos, de parejas... de gente que lo rodea. Pero con prudencia y respeto al dolor de ellos—y convirtiendo también en tema los límites que hay que ponerse, las reacciones de ellos a su escritura, el proceso de construcción del propio libro... Los personjes ya lo conocen como autor de otros libros (La Moustache, L'Adversaire) y el propio autor comenta allí (contrariamente a lo que dice en la entrevista) los dramas familiares que causó la publicación de Un Roman Russe, por tratar historias desagradables de su familia, historias que no quería su madre que se contasen. (Su madre, Hélène Carrère D'Encausse, es una ilustre femme de lettres, secretaria perpetua de la Academia Francesa, y como tal aparece en la novela). Hablar de conocidos, mencionarlos sin más en un libro, cuánto más juzgarlos, contar intimidades, revelar aunque sea sólo un poco la vida privada... son experimentos literarios y vitales explosivos, que no dejan de tener consecuencias. Y, quieras que no, los demás siempre ponen límites: están ahí, y aunque los escritos sobre ellos puedan parecerles escandalosos, siempre se les ha tenido en cuenta, siempre han puesto límites a la escritura por el hecho mismo de existir. Tras leerme D'Autres vies que la mienne, por recomendación de Thérèse Force, me he terminado ahora Un Roman Russe, un poco picada la curiosidad por esas historias de interferencia entre escritura y vida personal que comentaba el propio autor en su último libro.

Hay allí la historia de un emigrante atormentado, su abuelo, padre de su madre, un personaje dostoyevskiano, con carácter destructivo, y asesinado por colaboracionista al final de la Segunda Guerra Mundial. Y el suicidio de un sobrino se nombra también—el que paga la especie de maldición familiar que el autor siente que ha dejado el abuelo flotando sobre ellos. El la nota, al menos, y quiere deshacerse de ella—y vaga no sabe muy bien por qué a Rusia, a una pequeña población de mala muerte, Kotelnich, donde hay vagos planes de hacer una película no se sabe sobre qué... quizá sobre el efecto que tiene sobre los habitantes el hecho de que se haga una película sobre ellos. Muy metaficcional todo, y es que la vida es metaficcional si no se depura por convención de silencio: nada más nombrar cómo se inserta la propia actividad del creador en la realidad, la realidad y las representaciones de la misma se complican, como observa Carrère en la entrevista. Abrir la puerta a la realidad y a la autorreferencialidad en la literatura puede tener efectos más terroríficos de los pensados originalmente, y desbaratar todos los planes literarios y vitales del autor que iba a representarla.

Y de esto va en gran medida Un Roman Russe.Buscando alguna solución, alguna historia, el autor la encuentra, pero no es la que buscaba. Su visita a esa población rusa es un documental de realismo sórdido, de borracheras, alienación y aburrimiento, y acaba la historia en las páginas de sucesos, al ser asesinada a hachazos una amiga del equipo de cineastas franceses, una de las chicas que protagonizaban el documental. El narrador deriva entre el análisis lúcido de lo que hace y ve, y la mala cabeza—inquietud vital y mala cabeza lo han llevado a partes iguales a un sitio donde manifiestamente no pinta nada y que sin embargo acaba siendo parte de su vida, no la más deseable—una especie de alegoría viviente de lo que es estar de más en el mundo.

Mientras, entre sus visitas a Rusia, obsesionado con recuperar (un tanto a ciegas) la parte rusa de su historia, descuida su vida "real". Pero eso le da más tema: y así narra la crisis y ruptura con su pareja de entonces, Sophie—crisis enteramente explicable dadas las descripciones que hace el propio autonarrador de su comportamiento con ella. Y comportamiento de ella—es una historia de celos, tormentos, dudas, rupturas y reconciliaciones, reproches, infidelidades, pasión sexual y arrebatos autodestructivos. Está aderezada metaficcionalmente con la historia de cómo planeó el autor publicar, en homenaje de mal gusto a Sophie, una desvergonzada historia erótica en Le Monde, para que la leyese ella a determinada hora en determinado tren... plan cuidadosamente trazado, que acaba fallando, pues el futuro es incalculable. Y la frustración del autor por ese fallo de su maquinación literaria es uno de los ingredientes que llevarán a la ruptura—en lugar de fortalecer su pareja, el retrato de su vida erótica y la publicación de la misma, la representación, se infiltra como elemento perturbador en la realidad. La representación complica la realidad, y la altera con efectos impredecibles.

Algo parecido pasa con la relación con su madre. Quería Carrère que su madre estuviera orgullosa de él, viéndole realizarse como escritor, pero comprueba que no es ni el tipo de escritor que ella quería ni el tipo de persona que ella aprecia. Las distancias con la familia y los conflictos están a la orden del día aquí. (No es de extrañar viendo el tiempo que dedica este hombre a sus hijos, sin ir más lejos—el relato es una historia sobre egocentrismo y autodestrucción narrada por un egocéntrico autodestructivo). Si bien al final apunta un rayo de esperanza, con la catarsis de la novela rusa por la que ha pasado el autor, la ruptura definitiva con Sophie, y una nueva pareja, Hélène, que se llama como su madre por cierto.

En las últimas páginas le ofrece a su madre el libro acabado, que sabe que no le va a gustar, y sin embargo le impone su indeseable ofrenda, esperando lograr la única aceptación que puede tener sentido, la de la persona que efectivamente es él. Y que a veces lo pone duro para hacerse querer, con su egocentrismo pueril, su irresponsabilidad, y sus indeseables ofrendas. Así termina el libro, dirigiéndose a su madre:

Escribo estas últimas páginas y te imagino leyéndolas, dentro de algunos meses, cuando aparezca este libro. Sospecho que lo que precede te ha hecho sufrir, pero creo que has sufrido todavía más durante todos estos años en que sabías, aunque no te he dicho nunca nada, que estaba escribiéndolo. No nos hablábamos, o bien poco. Tenías miedo, yo también tenía mideo. Ahora, está hecho.
  Querría contarte un recuerdo de infancia. Era en la piscina, en vacaciones, al sol. Debía tener yo cinco o seis años, estaba aprendiendo a nadar. El monitor, a la vez que me sujetaba, me hacía cruzar la poza. Y tú estabas sentada al borde, en los escalones, con los pies en el agua, y no me quitabas la vista de encima mientras tomaba la lección. Llevabas un bañador de una pieza con rayas negras y blancas. Eras joven, eras guapa, me sonreías. Cruzar la poza, quería decir ir hacia tí. Me mirabas cómo me acercaba, y yo, con la barbilla fuera del agua, con la mano del monitor bajo el vientre, te miraba mirarme, y estaba increíblemente orgulloso y feliz de acercarme a tí nadando, de que me mirases nadar.
  Es extraño pero, a veces, al escribir este libro, he recuperado esa sensación inolvidable, la de nadar hacia tí, de cruzar la poza para reunirme contigo.
Es hora de irme. Voy a cerrar este cuaderno, apagar la luz, devolver la llave de la habitación. La recepcionista que, cuando llegué ayer, me acogió como un viejo conocido, me dirá sin duda riendo, da skorovo, hasta pronto, y responderé da skorovo, pero será una mentira. Por última vez, andaré por las calles nevadas de Kotelnich, hasta la estación. Esperaré en el frío a que llegue el tren. Mañana por la mañana estaré en Moscú, pasado mañana en París, al lado de Hélène, de Jeanne, de mis chicos. Continuaré viviendo y peleándome. El libro, ahora, está terminado. Acéptalo. Es para tí.


La portada de la edición de bolsillo es significativa, y subraya este momento importante del libro, con una variante. Aparece en ella el autor, reconocible aun buceando bajo una piscina—no de pequeño, sino de mayor, siempre cruzando la piscina al parecer, sin acabar de llegar. Es que al pasado no se llega, ni buceando en él.

 


Blogs, narratividad, ficcionalidad

The Ongoing Hanging

The Ongoing Hanging

Continuamos colgando por la web nuestros viejos artículos, trabajo que al parecer no llega a su fin. Hoy va a los repositorios uno sobre narración, identidad, interacción y relectura: "Rereading(,) Narrative(,) Identity(,) and Interaction (iPaper en Academia) y PDF en el SSRN. Estaba ya en versión html en mi página local de artículos, tanto en inglés como en español; versiones que aparecieron en libros en 2006 y 2008.


Sous le ciel de Paris

El ordenador renacentista

El ordenador renacentista

The Renaissance Computer: Knowledge Technology in the First Age of Print, libro editado por Neil Rhodes y Jonathan Sawday (Routledge, 2000).

Los editores presentan el libro con una recomendación de Stephen Greenblatt ("an exciting and adventurous book"), y un planteamiento general de la cuestión, que traduzco. El paradigma es, digamos, McLuhaniano, en la línea de La Galaxia Gutenberg (—un antecedente importante son también las reflexiones de W. J. Ong sobre la imprenta al final de Orality and Literacy).

"En el siglo XV, la imprenta era la ’nueva tecnología’. La primera revolución informática empezó con la llegada del libro impreso, que permitió a los estudiosos del Renacimiento formular nuevas maneras de organizar y diseminar el conocimiento.

Para 1500 había ya veinte millones de libros circulando por Europa. ¿Cuál fue el impacto sobre nuestra manera de entender el mundo que tuvo esta enorme explosión en la circulación de textos e imágenes?

El Ordenador del Renacimiento examina el fascinante desarrollo de nuevos métodos de almacenamiento y búsqueda de información que tuvo lugar con la llegada de la letra impresa. Ahora que nos embarcamos en la segunda revolución de la información, un deslumbrante plantel de importantes expertos en cultura renacentista explora asuntos que hoy son significativamente urgentes; entre ellos:
- La contribución de las tecnologías del conocimiento a la formación de los estados y a la identidad nacional.
- el efecto de la multimedialidad, de la oralidad y de la memoria, en la educación.
- La importancia de la presentación visual de la información y de cómo los artefactos de búsqueda reflejan y dirigen las maneras de pensar."


Un breve índice traducido, antes de pasar a algunas notas sobre cada capítulo:

Neil Rhodes y Jonathan Sawday, "Introducción. Mundos de papel. Imaginando el ordenador del Renacimiento,"
Leah S Marcus, "El silencio del archivo y el ruido del ciberespacio,"
Timothy J. Reiss, "Del Trivum al Quadrivium: Ramus, el método, y la tecnología matemática,"
Stephen Orgel, "Iconos textuales: Leyendo las ilustraciones de la primera Edad Moderna,"
Thomas S. Corns, "El buscador de la primera Edad Moderna: Índices alfabéticos, páginas de título, marginalia, contenidos."
Andrew Hadfield, "Saberes nacionales e internacionales: Los límites de las historias de las naciones."
Sarah Annes Brown, "La Red de Aracne: La mitografía intertextual y el Acteón renacentista."
Nonna Crook y Neil Rhodes, "Las Hijas de la Memoria: el Gunaikeion de Thomas Heywood y el Ordenador Femenino."
Anne Lake Prescott "La Academia Francesa de Pierre de La Primaudaye: Volviéndose enciclopédico."
Claire Preston. "En la selva de las formas: Ideas y cosas en los gabinetes de curiosidades de Thomas Browne."
Neil Rhodes, "Redes Articuladas: El Yo, el Libro y el Mundo"

Una adivinanza. Teniendo en cuenta que la portada reproduce una representación gráfica de una red de servidores y sitios web conectados entre sí, ¿por qué las letras de la palabra cOmPuTEr en el título tienen distinto tamaño? (Respuesta aquí: http://www.opte.org/history/).


Neil Rhodes y Jonathan Sawday, "Introduction: Paperworlds: Imagining the Renaissance Computer." 1-17.

Se subestima con frecuencia el impacto que produjo la imprenta no sólo en la compra y distribución de libros, sino también en su producción. Antes, cada libro se encargaba en los copistas un poco "a medida": el contenido y forma de cada libro era "resultado de una negociación entre el productor y el consumidor" (2). Esto empezó a cambiar a partir del siglo XIII con la producción de libros de texto para los estudiantes universitarios—y la imprenta sería la transformación definitiva. Los libros habían sido ejemplares raros, únicos, personalizados por su amanuense y por las notas de sus usuarios."La nueva tecnología de la imprenta con capital intensivo de principios del siglos XVI podía reproducir réplicas casi libres de errores de un texto dado, una y otra vez" (4). Observan los autores la prudencia y moderación de Lutero (lejos de presentarse como un revolucionario incendiario) cuando en lugar de imprimir sus tesis si más las sometió a debate en la Iglesia según el procedimiento escolástico establecido. Más bien se queja Lutero en una carta de 1518 a Christopher Scheurl de que no quería que circulasen tanto sus tesis, sino sólo entre unos pocos entendidos, hasta que fuesen aprobadas—y que con la imprenta se difunden y traducen por todas partes. Si damos esto por bueno, dicen los autores, sería "uno de los primeros ejemplos en que el medio se lleva la culpa del mensaje" (5). Pero inmediatamente se apunta Lutero al nuevo medio, y anuncia la próxima publicación de su Sermón sobre las Indulgencias y la Gracia (1518)—el primer best-seller, según Mark U. Edwards (Printing, Propaganda, and Martin Luther, 1994). "La gente está engañada", dice Lutero, y procede a desengañarla mediante el debate público y publicado. Observan Rhodes y Sawday: "No hay sugerencia ahora de dirigirse a un grupo elitista de académicos y de colegas eclesiásticos. Más bien, Lutero ha entendido que el medio, tanto como sus propias palabras, había creado un público, y que había que inventar ahora nuevas maneras de dirigirse a ese público" (6). La imprenta sería un importante medio de difusión de las ideas reformistas. Se hizo posible el desarrollo de las bibliotecas particulares, y personajes como Lutero se volvieron autores— autores vivos, o contemporáneos, hechos por el público lector, no autores pasados cuya autoridad derivaba de un lento proceso de filtrado educativo mediatizado por las autoridades. Se desarrolla así, con la prensas, el espacio de debate público característico de la mentalidad europea moderna.

Es un paso similar al que se dio hace poco con la difusión del ordenador personal y de la publicación personalizada. Hay analogías interesantes entre el desarrollo de las técnicas de uso y búsqueda de información en una y otra época. De hecho ya antes de la imprenta habían empezado a desarrollarse instrumentos de "búsqueda" para permitir el acceso a la información: índices, listas de contenidos para los voluminosos códices. La misma forma del códice invitaba a "buscar" infomación de manera más manejable que la del rollo de pergamino.

"Pero fue la multiplicidad misma de los libros impresos la que rápidamente educó a sus lectores en cómo leer. El lector tenía que aprender a participar en la construcción de un texto, buscando en él de maneras que el autor podría no haber anticipado nunca, ligando juntas ideas que aparecen localizadas en partes diferentes de la obra, incluso comparando las ideas o textos que se encuentran en fuentes distintas con relativa facilidad. La mesa de trabajo del investigador moderno, atestada de hojas de papel y artefactos de escritura, desbordante de libros apilados unos sobre otros, había llegado" (7).


La página impresa pronto genralizó instrumentos como secciones y subsecciones, notas al pie o al margen, divisiones de párrrafos a veces en distinto tipo de letra para señalar jerarquías informativas, claves para relacionar ilustraciones y letra impresa, etc. La llegada de la imprenta puede compararse a la creación de un nuevo sistema operativo para la transmisión y almacenamiento de ideas. La imprenta dio a los textos una fijeza que no tenían antes, para bien o para mal (Martin Davis, "Humanism in Script and Print"). La uniformidad establece nuevos protocolos de lectura, y enfrentarse a textos previos al desarrollo de la imprenta requiere dominar todo un universo de capacidades lectoras diferente. El orden alfabético, sin más, se desarrolló como consecuencia de la imprenta, aunque no se difundió como medio de organizar la información hasta el siglo XVII. Observa Tom MacArthur que en un principio el orden alfabético "debió parecer un orden perverso, inconexo y en última instancia carente de sentido, para hombres que estaban interesados en marcos bien definidos para contener todo tipo de conocimientos" (8-9).

"Las bases de datos del ordenador del Renacimiento son las grandes colecciones de conocimientos reunidas por los humanistas: los tesauros retóricos, diccionarios, mitologías, historias, atlas y cosmologías. Estos se pasaban a los impresores y emergían como ’enciclopedias’, ’espejos’, ’anatomías’, ’teatros’, ’digestos’ y ’compendios’, términos que proliferaron repentinamente en el siglo XVI" (9).


(—y que son efecto de la nueva tecnología, igual que los cibergéneros, blogs, foros, etc., lo son de la tecnología de la Web 2.0)

En The Faerie Queene de Spenser, la mente humana aparece retratada bajo la imagen de un viejo escritorio con pergaminos imperfectos y apolillados—No había en la época métodos fiables de indexación, búsqueda y ordenación de la información. Y en un universo que se percibe como fragmentado, cualquier imposición de orden, siquiera sea arbitrario, será bienvenido:

"Entonces, como ahora, la nueva tecnología parecía prometer la realización de ese viejo sueño de los escolásticos de amasar el conocimiento universal (omne scibile—todo lo que se puede saber) en una biblioteca infinita, pero la realidad era más dura de lograr" (9)


McLuhan y Ong ya estudiaron cada uno a su estilo la relación entre la era de la imprenta y la era electrónica, "planteando cuestiones que sólo ahora están empezando a ocupar un papel central en el debate académico en las humanidades" (9). Seguidos por D. F. McKenzie, Roger Chartier, etc. "La experiencia multimedia moderna a través del ordenador nos estimula a pensar de nuevo sobre las relaciones entre voz y escritura, texto e imagen en periodos anteriores" (10).

Ong llamó la atención sobre la reconceptualización del conocimiento, su presentación y transmisión en Petrus Ramus:

"no hay duda de que explotó las posibilidades de las formas visuales de la imprenta para crear maneras innovadoras de transmitir el conocimiento, y de que pedagógicamente su influencia fue inmensa. La idea del ’Método’ de Ramus la adoptaron los impresores, de manera que hacia la segunda mitad del siglo XVI, mucho antes de que la adoptase Descartes, la palabra ’método’ aparece más frecuentemente como parte del título de los libros, más aún que los familiares espejos, teatros y anatomías" (10)


A veces pasa desapercibida la manera en que la nueva tecnología también supone una perpetuación de la antigua, prolongando su vida. (Algo parecido sucede ahora en el caso de mi bibliografía—artefacto informatico pero relativo a libros, tecnología pasada pero también presente, diseñada a caballo entre la letra impresa y la pantalla, en parte un resto del pasado superado, y también quizá una manera de ese pasado de perpetuarse en el ámbito de los nuevos medios. Este párrafo es especialmente adecuado al caso):

"El Ordenador del Renacimiento tiene así rostro de Jano, mirando a la vez hacia delante y hacia atrás. Prometiendo acceso a un nuevo medio de explorar y comprender el mundo, su tendencia, inicialmente, fue simplemente la de acumular catálogos en expansión permanente de todo lo que ya se conocía" (11)


—sólo más tarde pasaría a hacerse uso crítico y conectivo de esas acumulaciones de saber. Los renacentistas eran también medievales a su modo. La circulación de colecciones manuscritas de poesía continuó, por ejemplo durante doscientos años tras la invención de la imprenta. (Esto nos indicaría analógicamente que los libros impresos podrían durar, como forma marginal de distribución, hasta la segunda mitad del siglo XXII—más o menos).

Más notable aún, señalan los autores, la lección académica o conferencia ha sobrevivido hasta hoy, a las fotocopiadoras y al acceso en red a materiales de enseñanza.

La era de la imprenta creó la era del libro como objeto fijo y texto estable (dentro de unos límites). Hoy, el ordenador y el hipertexto "están rápidamente deshaciendo esa idealización de la estabilidad, y están devolviéndonos a un tipo de textualidad que puede tener más en común con la era previa a la imprenta" (12).


—y se alteran los nexos creados por la estabilidad tecnológica previa: de producción, financiación, distribución, derechos, venta… En red no hay finales, todo es más colaborativo, interactivo. Donde sí se parecen las nuevas tecnologías de la imprenta y el ordenador es en la multiplicación del volumen de la información—produciendo el peligro de la sobrecarga informativa: necesitaremos desarrollar técnicas, dicen Rhodes y Sawday, para enfrentarnos a la sobreabundancia (copia) y que ésta no nos empobrezca. La respuesta de los humanistas, en su momento, fue el desarrollo de un nuevo género, los libros de notas o de lugares comunes, como el De copia verborum atque rerum de Erasmo. Se organizaba temáticamente más bien que alfabéticamente, y era según Ann Moss un "sistema de recuperación de información" que respondía a "la explosión del conocimiento en forma de libros impresos a lo largo del siglo XVI" (13). (Podríamos comparar estos libros de lugares comunes a las misceláneas y collectanea varia que tienen algo de antepasados del blog personal—pues éste es, en cierto modo, el libro de lugares comunes o de anotaciones que corresponde al nuevo régimen de las comunicaciones en red. El blog como blog misceláneo de notas y de enlaces).

Como hoy el ordenador, la imprenta produjo una sensación a la vez de caos universal del la información, y de conexión o conectividad universal. En el Renacimiento proliferan los sistemas de analogías y correspondencias para ordenar e interpretar el mundo; según Montaigne "toutes choses se tiennent par quelque similitude", y hay una consciencia de una interconexión de sentido, con "el libro de la Naturaleza como un intertexto gigante de múltiples conexiones y alusiones" (13). (Hoy, los enlaces hipertextuales parecen ofrecer una nueva versión de esa conectividad universal. Remito aquí a algunas reflexiones de mi artículo sobre intertextualidad e hipertextualidad, "Linkterature: from Word to Web").

"Los ensayos de este libro, pues, exploran la tecnología de los textos impresos en época temprana, para revelar cúantas de las funciones y efectos del ordenador contemporáneo se imaginaron, anticiparon o incluso se iban buscando mucho antes de la invención de la tecnología digital de los ordenadores modernos."


Hay en el proyecto de The Renaissance Computer una dosis inevitable (y quizá no indeseable) de distorsión retrospectiva, pues evidentemente los esfuerzos precibernéticos de los escritores e impresores del Renacimiento tienen un aspecto muy distinto hoy del que tenían para quienes estaban inmersos en ellos. Pero surgen de esta perspectiva retrospectiva unas dimensiones muy interesantes de las tecnologías de la textualidad y de la información de la primera Edad Moderna, y un cierto espejo en el que contemplarnos, y especular sobre lo que estamos haciendo, ordenando estos textos en este ordenador.

Leah S Marcus, "The Silence of the Archive and the Noise of Cyberspace." 18-28.*
Timothy J. Reiss, "From Trivium to Quadrivium: Ramus, Method and Mathematical Technology." 45-58.
Stephen Orgel, "Textual Icons: Reading Early Modern Illustrations." 59-94.
Thomas S. Corns, "The Early Modern Search Engine: Indices, Title Pages, Marginalia and Contents." 95-105.
Andrew Hadfield, "National and International Knowledge: The Limits of the Histories of Nations." 106-19.
Sarah Annes Brown, "Arachne’s Web: Intertextual Mythography and the Renaissance Actaeon." 120-34.
Nonna Crook y Neil Rhodes, "The Daughters of Memory: Thomas Heywood’s Gunaikeion and the Female Computer." 135-56.
Anne Lake Prescott, "Pierre de La Primaudaye’s French Academy: Growing Encyclopaedic." 157-69.
Claire Preston, "In the Wilderness of Forms. Ideas and Things in Thomas Browne’s Cabinets of Curiosity." 170-83.
Neil Rhodes, "Articulate Networks: The Self, the Book and the World." 184-96.


Literatura y Cibercultura