Blogia
Vanity Fea

Literatura y crítica

John Cornford, por el comunismo y la libertad

John Cornford, uno de los voluntarios ingleses que murieron en combate en el lado republicano—y el primero de ellos en alistarse— escribió en 1936 uno de los poemas más famosos sobre la guerra civil española. "Luna llena en Tierz, antes del asalto a Huesca". Allí medita sobre su destino individual y el colectivo, y sobre su compromiso con la política a seguir.

Libertad es palabra muy fácil de decir,
Mas los hechos son tercos. En España
No habrá victoria para nuestra lucha
Hasta que los trabajadores del mundo entero
Estén a nuestro lado en los llanos de Huesca,
Juren que nuestros muertos no luchaban en balde
Y la bandera roja en triunfo enarbolen
Por el Comunismo y por la libertad.


Es significativo que encarga la resolución de sus dudas no a la razón, sino a la fuerza de las armas, a la dialéctica de los fusiles, y a los hechos consumados:

All round the barren hills of Aragon
Announce our testing has begun.
Here what the Seventh Congress said,
If true, if false, is live or dead,
Speaks in the Oviedo mausers tone.


Quizá con su muerte y la derrota de su causa esté todo dicho, si nos atenemos a esos términos. 

Aquí hay un artículo de Victor Pardo Lancina sobre los poemas aragoneses de John Cornford, donde juzga como "panfletario" el tono de "Luna llena en Tierz". Hoy me leía en el último Journal of English Studies un artículo que intenta salvar la situación y apuntalar la figura de Cornford en esta época tan postcomunista. En su ensayo "Hard as the Metal of My Gun: John Cornford's Spain" Stan Smith rastrea elementos de ambivalencia (por ejemplo, una actitud poco dogmática hacia el POUM, hacia los anarquistas, etc.) que permitan disociar a Cornford de la línea dura del partido comunista: miliciano

"Full Moon at Tierz" in fact discloses a more complicated, less doctrinaire reality than that of the public manifestoes and pronouncements with which it might be associated, an which are echoed in its closing lines, and it is this very complexity which contributes to its value as a work of literature transcending its polemic origins. The 'testing' announced by the full moon rising over friend and foe alike on the bare hills of Aragon is not only a test of physical courage in the fight with an external and ubiquitous fascism. It refers also to an internal moral struggle with one's bourgeois self, to maintain loyalty to the Party amidst misgivings about its policies and practice.


Creo que las conclusiones sobre su disidencia de la línea del partido no serían muy bienvenidas por el autor, por mucho que se presten a debate. El Partido, nos dice Cornford, lo lleva dentro aun en medio de su soledad, o eso quiere pensar.  Cornford creía, y es más, estaba muy decidido a seguir creyendo, que luchaba "por el comunismo y por la libertad" ("Raise the red flag triumphantly / For Communism and for liberty") como si las dos cosas fuesen lo mismo—y lo eran, si nos atenemos a la concepción de libertad tal como la defendían y la practicaban los stalinistas. Reconoce en sí mismo elementos de debilidad,

Then let my private battle with my nerves,
the fear of pain whose pain survives,
the love that tears me by the roots
the loneliness that claws my guts,
Fuse in the welded front our fight preserves

Que la guerra privada con mis nervios,
El temor al dolor cuyo dolor persiste,
El amor que me arranca de raíz,
La soledad que araña mis entrañas
Se fundan como soldadura en el frente que nuestra lucha defiende


—pero el poema está dedicado, como se ve, a la voluntad de volverse "duro como el metal de mi pistola"—vamos, dudar de la dedicación de Cornford a la causa comunista sería como decir que uno no es buen cristiano porque reconoce la debilidad de la carne, pecado original que es el artículo número uno del cristianismo. Este es el poema de un hombre de partido dispuesto a reconstruirse cada vez más como tal.

Por cierto, en el análisis de Smith nada hace suponer que el "fascismo" o autoritarismo criminal esté tan presente en los comunistas como en los llamados fascistas. Tampoco parece muy crítico el autor con el hecho de que Cornford, de modo bastante explícito sin embargo por sus cartas y notas, no esté luchando por la República sino como medio para el triunfo de una revolución comunista que la suplante—vamos, exactamente la acusación que hacían tantos anticomunistas a la alianza del Frente Popular. Es una postura de "doble pensamiento" o de ceguera deliberada ante la estrategia comunista, que inexplicablemente sigue perviviendo en las historias de España de la historiografía oficial (ayer ojeaba esto precisamente en la Nueva Historia de España de José Luis Corral)— en las que la lucha por la República se presenta como una lucha por la democracia, la justicia y la libertad—equiparadas con la Revolución. Así, sin muchos más matices. También se suele negar a la vez que hubiese en la República ninguna tendencia totalitaria, ni una voluntad de subvertir el orden democrático con un golpe o revolución de izquierdas—y se coloca ésta, contra toda evidencia, en el cajón de las falsas excusas fascistas para justificar el alzamiento militar.

En La noche de los tiempos, la reciente novela de Antonio Muñoz Molina sobre el preludio e inicio de la guerra, se da esta descripción del ambiente del Frente Popular, en una conversación del protagonista Ignacio, un socialista moderado, con un obrero, en que deplora la radicalización de las posturas:

— No exagere usted, Eutimio. ¿No ha cambiado nada la vida desde los tiempos de mi padre? Y más que va a cambiar desde ahora, con el gobierno del Frente Popular.
— Un gobierno de señoritos burgueses, don Ignacio, que mandan gracias al voto obrero.
— Por culpa de nuestro partido, el de usted y el mío. El que no ha dejado que un socialista sea presidente del gobierno. Costó tanto traer la República y ya no la quieren, no les parece bastante. Ahora quieren una revolución soviética, como en Rusia. ¿No estuvo usted en la manifestación del Primero de Mayo? Desfilaban los socialistas y parece que estuvieran en la Plaza Roja de Moscú. Banderas rojas con hoces y martillos, retratos de Lenin y de Stalin. Los nuestros sólo se distinguían de los comunistas en que llevaban camisas rojas y no azul celeste como ellos. Ni una sola bandera de la República, Eutimio, la República que pudo llegar porque los socialistas quisimos que viniera, porque los republicanos no eran nada. Pero estos socialistas del Primero de Mayo no daban vivas a la República, sino al Ejército Rojo. Con gran alegría de las derechas, como es de imaginar.  (343)


—Esto de la "gran alegría de las derechas" evidentemente es inexacto, no sé si un juicio errado del personaje o del autor. Las derechas estaban, más que alegres, alarmadas y horrorizadas por la deriva de la situación—y de ahí el apoyo al golpe militar, claro, que Franco no era un espontáneo aislado, y la deriva a la guerra se dio en ambos bandos, aunque la mecha que prendió Franco ardió más tiempo. Fue, en efecto, la noche de los tiempos, y en absoluto un modelo político al que mirar con nostalgia como algunos hoy.  El totalitarismo y la intolerancia de ambos bandos poco tenían que envidiarse mutuamente, igual que los crímenes cometidos por sus seguidores más entusiastas.

Cornford estaba entre los combatientes, y no entre los fusiladores de retaguardia. Pero era un stalinista vocacional. Por desagradable que parezca, quizá sea más atinado sobre la posición de Cornford, visto habitualmente como un "santo" o mártir de izquierdas, este juicio de T. R. Healy en Dogmatika ("Saint John").

In the last poem he wrote in Spain, Cornford referred to Margot Heinemann as “Heart of the heartless world.” As he indicated in the letters he wrote to her, one of the reasons he had enlisted in the resistance to Franco was to oppose such heartlessness, indeed as a dedicated Communist he was convinced the policies of Marxism would improve the lives of many people and make the world more equitable and responsible. He was mistaken, of course, as Marxism turned out to be the most brutal and ruthless ideology to emerge in the twentieth century, imposing a system of beliefs that routinely justified the elimination of millions of people for the benefit of an avaricious few. Some of his supporters believed that had he survived the conflict and witnessed the undeniable brutality of Communism in practice, he would have renounced the ideology as other gullible British writers did eventually. This is questionable, though, especially since the woman to whom he dedicated his last poem remained devoted to the Party despite all the cruelties it inflicted.
    Many political martyrs are not always the saints they appear. Certainly John Cornford was a daring and determined young man, willing to risk his life for his political convictions, but maybe his death spared the world more grief than it deserved. At Cambridge, according to a classmate Victor Kiernan, he used to recall with admiration an anecdote from the Russian Civil War in which the future Hungarian Communist leader Bela Kun opened fire with a machine gun on thousands of prisoners during a forced retreat. The ultimate ambition of a fledgling revolutionary like Rupert John Cornford was to become as ruthless as Bela Kun, and if he had made it out of Spain, he probably would have contributed to the heartlessness of the world he had condemned as a poet.


No hay que buscar en Cornford, por emotiva que pueda resultar su poesía, un juicio sopesado o maduro sobre sus actos, sobre la situación política mundial, y sobre la posición republicana España. Era extremadamente joven, impulsivo e inmaduro. Sus tomas de postura apuntaban a mayores errores, y lo ignoraba casi todo de la causa comunista por la cual eligió, imprudentemente, apostar todo en la vida. Decidió volverse un arma, hacer del arma su criterio, y las armas decidieron sobre él—en lo cual hay una cierta justicia, como en el caso del aviador de Yeats: "I know that I shall meet my fate". Otra ceguera ésa, también frecuentemente sobrevalorada como lucidez. Es el síndrome de the beautiful dead.

W. H. Auden, Los señores del límite


The Art of Reading

The Art of Reading


Una reseña que nos pasa Norman Holland:

Review: The Art of Reading

Posted: 28 Jun 2010 05:14 AM PDT

Not a print book but an audio book or, if you prefer and can afford it, a video book, Timothy Spurgin's set of 24 lectures for The Teaching Company, called The Art of Reading, can definitely be recommended. The ground is relatively familiar. There are several dozen books that introduce fiction, that point out elements of its structure, such as narration, characters, plot and so on, and that illustrate the points being made by discussing works of famous writers from Miguel de Cervantes to Virginia Woolf. We review some of them in our Archive of Books on the Psychology of Fiction (click here). Spurgin follows this pattern and he manages to be informal, informative, and to range widely. The lectures reach some places that not all such introductions reach—for instance discussions of metafiction and of Alice Munro's short stories.

A representative example of Spurgin's treatment is the way in which he has taken a cue from Peter Brooks's Reading for the plot to discuss the Russian Formalists' distinction between fabula, often translated as "story" (or the chronological series of events in a story) and sjuzet, often translated as "plot" (or the way in which the writer presents the story). Spurgin suggests that Arthur Conan-Doyle's detective, Sherlock Holmes is an ideal reader. He reads the clues (the sjuzet) in order to reconstruct events, including the commission of a crime, as they occurred in chronological order (the fabula).

Principally, what makes this lecture series good, is Spurgin's strong and thoughtful suggestion that reading fiction is an art in something like the way that writing fiction is an art. He introduces what he calls a set of tools that can be used by the reader to think about a piece of fiction during reading. One such tool is that of stopping from time to time to wonder how one feels about a particular character, and about what that character has done and seems likely to do. Another is to consider what parallels there might be between a character and oneself. The emphasis is on how the reader engages with a narrator or character, on how valuable it can be to think about what the meaning might be of a particular scene, or of a particular action or piece of inaction in a story. In this frame of mind the reader can take part mentally in a kind of dialogue with a book.

Peter Brooks (1984). Reading for the plot: Design and intention in narrative. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Timothy Spurgin (2009). The art of reading. Chantilly, VA: The Teaching Company.


No Leyendo a Bayard

The Pleasures of Criticism

martes 22 de junio de 2010

The Pleasures of Criticism

mmori
(A commentary in Poe, "On the Usefulness of Literary Criticism"):

Reading literary criticism, I think, is not the best way to enjoy literature. Actually, the relationship between literature and literary criticism works the other way round. Literary criticism is not there to allow you to enjoy literature, but to understand it better. If that deeper understanding leads to enjoyment, so much the better, but it need not do so. Understanding will lead us to a deeper enjoyment of some works (arguably the greatest), but will dissipate the charm of others. Indeed, understanding may lead to distance, skepticism and disillusion, as does the philosophical or scientific understanding of any other aspect of life. Someone said the relationship between literature and criticism was exactly the contrary. One does not read literary criticism in order to enjoy literature: rather, one reads literature in order to be able to read, understand and enjoy literary criticism– which is, as Oscar Wilde said, a higher intellectual pleasure, fit for the gods—though perhaps it is not much of a pleasure for humans who try to enjoy stories, songs, and the illusions of art.


Benefit of Hindsight

De José Saramago

A photo on Flickr

De José Saramago


…que se acaba de morir, había ido escribiendo yo alguna cosa que otra relacionada con él:

_____. "A ciegas." Reseña de la película de Fernando Meirelles.
http://garciala.blogia.com/2009/032402-a-ciegas.php

_____. "El hombre duplicado."
http://vanityfea.blogspot.com/2009/07/el-hombre-duplicado.html

_____. "Semiótica del subgesto."
http://vanityfea.blogspot.com/2009/07/semiotica-del-subgesto.html

_____. "El viaje del elefante."
http://vanityfea.blogspot.com/2009/08/el-viaje-del-elefante.html


Y de su novela Todos los nombres venía una nota que cogí para presentación propia en mi bibliografía. Igual sirve también de obituario.



Imaginación, memoria y narración

The Living Handbook of Narratology

The Living Handbook of Narratology



Nos comunican a través del European Narratology Network la publicación en red del Living Handbook of Narratology de la Universidad de Hamburgo, llevado adelante por el grupo de narratólogos de la Universidad de Hamburgo, con sus miembros asociados de París y otras universidades. Es un manual de teoría narrativa o narratología, de libre acceso, y se publicará tanto en versión impresa, en ediciones constantemente actualizadas, como en esta versión en red que por supuesto también se actualizará, en parte a través de un wiki accesible para los narratólogos del ENN. Es una modalidad interesante de sinergia entre red y versión impresa, La primera edición impresa me la enviaron hace unos meses.

A mí me invitaron a escribir un capítulo, y quizá debería haberlo hecho, pero decliné amablemente. Viendo los resultados uno se arrepiente, claro, y es dos veces miserable como decía Spinoza, por lo que (no) hizo y por el arrepentimiento. De no estar entre el plantel de autores... Pero bueno, me consolaré con que al menos sí se me cita en el volumen unas cuantas veces.

Innovative Concepts or Tools

Borges, "Lectores"

Borges: "Lectores"


LECTORES

De aquel hidalgo de cetrina y seca
tez y de heroico afán se conjetura
que, en víspera perpetua de aventura,
no salió nunca de su biblioteca.

La crónica puntual que sus empeños
narra y sus tragicómicos desplantes
fue soñada por él, no por Cervantes,
y no es más que una crónica de sueños.

Tal es también mi suerte. Sé que hay algo
inmortal y esencial que he sepultado
en esa biblioteca del pasado

en que leí la historia del hidalgo.
Las lentas hojas vuelve un niño y grave
sueña con vagas cosas que no sabe.


(Encontrado paseándome por Poesía en español - Spanish poetry)


Edgar Allan Poe: Sonnet—To Science

Que se sueñen inmortales

A photo on Flickr

sábado 5 de junio de 2010

Que se sueñen inmortales


Impresionante declaración pública de ateísmo privado y confidencial, el libro de Unamuno San Manuel Bueno, Mártir. Veo que a Álvaro se lo han mandado de lectura en su colegio (de curas). Se pregunta uno si los curas estarán al quite de la cuestión, como este San Manuel, si lo tendrán de santo patrono o de role model. O si no se han leído el libro. Es imposible, desde luego, que crean todo lo que tienen que creer por catecismo, así que una buena dosis de sanmanuelismo, consciente o inconsciente, entra sin duda en la constitución mental de los más lúcidos de entre ellos.

Es un libro desilusionado—perdida está la ilusión en redimir a la humanidad en este o en el otro mundo. Y mantiene sin embargo la ilusión de que vale la pena mantener las ilusiones. Algo es algo; y es cierto que tiene algo de desagradable y poco elegante el privar a la gente de sus ilusiones, aunque sea sin regodearse en ello. A veces es fácil sembrar la duda, o derrumbar el edificio tambaleante de la fe de alguien, y quien convence, vence—pero hay batallas en las que duda uno de lo que se puede salir ganando. A los niños no tengo yo mayor interés en quitarles la fe en los ángeles de la guarda ni en un mundo feliz over the rainbow. Se queda uno un tanto desprotegido cuando mira sobre su hombro y ve que no hay ya ningún ángel de la guarda al lado. Hay que vivir con eso, sí, pero tampoco hay por qué darse prisa en ahuyentar a esos espíritus. Ya se van solos. Quien haya de descubrir que estas cosas no existen más que como mitos lo hará a su tiempo, como quien descubre que no hay Santa Claus. Para algunos, el descubrimiento de que no hay Santa Claus parece ser suficiente como desmitificación simbólica, y prefieren no aventurarse más allá. La verdad podría ser terrible para más de uno.

A muchos ateos predicadores (ahora andan muchos por allí con cartel de escépticos, o antimagufos) los encuentro, por tanto, ligeramente primarios e ingenuos a este respecto—incluso cuando son tan elocuentes y cargados de razones y argumentos como Dawkins. Quién era, el que decía que el ateísmo sólo tendría éxito mediático cuando se convirtiese en una religión.... Ah, sí, era Adolf Tobeña. El argumento de Unamuno en San Manuel Bueno, Mártir, no deja de tener ciertas resonancias con los de estos sociobiólogos escépticos con el escepticismo—los que defienden la función cognitiva y adaptativa de la creencia en espíritus sobrenaturales y existencias trascendentales. Brian Boyd es otro de ellos. Desde luego las creencias religiosas son un fuerte cimiento para la moralidad, el altruismo, el respeto a los demás (a los demás miembros del grupo, se entiende), y otras actitudes socialmente positivas.
crismastree
Como novela de personajes y situaciones y argumento, la de Unamuno no vale gran cosa. Lo más memorable es la idea que la anima: el sacerdote que pierde la fe pero cuya santidad proviene de estar decidido a no privar de ilusiones a sus feligreses. La santidad de él la conocen la narradora Ángela Carballino y su hermano Lázaro, antiguo socialista que es convertido por Don Manuel a su curioso cristianismo ateo. Los feligreses creen buenamente que su párroco cree en Dios tan ingenuamente como ellos, y confunden su santidad tan particular con otra más tradicional. En realidad ni Unamuno ni Don Manuel tienen gran respeto por la fe del creyente de a pie: quien dice creer tales cosas como las que enseñan las doctrinas religiosas es o porque no tiene muchas luces o porque no se plantea en realidad si las cree o no. Esto puede hacerse por desinterés puro, o por colocarse una especie de autoprohibición más o menos consciente de investigar tales cuestiones (parece ser el caso de Ángela). O puede decir también la gente que cree porque hace como Don Manuel: por escepticismo ante la utilidad de la verdad, por cortesía ante los demás, por maquiavelismo benévolo.

Esta es la escena clave de la novela, en que Lázaro revela a Ángela la verdad, tras su conversación con el cura:

—Entonces —prosiguió mi hermano— comprendí sus móviles y con esto comprendí su santidad: porque es un santo, hermana, todo un santo, hermana, todo un santo. No trataba, al emprender ganarme para su santa causa —porque es una causa santa, santísima, arrogarse un triunfo, sino que lo hacía por la paz, por la felicidad, por la ilusión si quieres, de los que le están encomendados; comprendí que si les engaña así —si es que esto es engaño— no es por medrar. Me rendí a sus razones, y he aquí mi conversión. Y no me olvidaré jamás el día en que diciéndole yo: "Pero, don Manuel, la verdad, la verdad ante todo", él temblando, me susurró al oído —y esto que estábamos solos en medio del campo—: "¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella." "Y ¿por qué me la deja entrever ahora aquí, como en confesión?", le dije. Y él: "Porque si no me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarlos. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerlos vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío." Jamás olvidaré éstas sus palabras. (80)

Lázaro aún mantiene algunas esperanzas de reformismo social, un socialismo cristiano—una especie de teología de la liberación de los años treinta—pero de ellas le disuade don Manuel, diciéndole que la religión no está hecha para resolver los conflictos del mundo, sino para que los hombres, obren como obren, "se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la ilusión de que todo esto tiene un sentido." Si se lograse el socialismo, la utopía en tierra, llevaría al tedio de la vida, opina don Manuel—y ese puede ser un mal mayor que otras miserias. "Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio... Opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe" (92). ¡Todo un programa de ilustración, desde luego, el de Unamuno!

La religión es para él ficción, mito, falsedad, pero una falsedad que complica la vida humana, nos coloca en un plano distinto al de los demás seres, nos hace creernos espíritus puros—al menos a medias. (Y el espíritu puro o mundo de las ideas es la gran aportación del ser humano en la historia de este mundo). Nos da el peculiar autoengaño que nos hace ser lo que somos: un mundo de sentido en el que habitar. Nuestro mundo está hecho en última instancia de ideas que lo organizan. La fragilidad de las ideas es que pueden resultar ser sólo ideas, y Dios, origen y sustento de la realidad, puede dejarla sin punto de apoyo, en caso de evaporarse. Generemos misterios, pues, nos dice Unamuno, y no nos enfrentemos a nuestra triste realidad humana sin el filtro que le da lo trascendente. Podríamos asustarnos, o desilusionarnos—y si progresamos, progresar hacia ninguna parte:

"Sé tú, Lázaro, mi Josué, y si puedes detener el sol detenle y no te importe del progreso. Como Moisés, he conocido al Señor, nuestro supremo ensueño, cara a cara, y ya sabes que dice la Escritura que el que le ve la cara a Dios, que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se muere sin remedio y para siempre. Que no le vea, pues, la cara a Dios este nuestro pueblo mientras viva, que después de muerto ya no hay cuidado, pues no verá nada..." (100).

Unamuno es hasta cierto punto don Manuel, pero también es Lázaro, el ilustrado desengañado, que ahora ve claramente que la sociedad ideal futura es también sólo una utopía, una idea, que nunca ha de realizarse. Los revolucionarios sociales, como las religiones castigadoras, fuerzan la realidad humana. Hay en ellos un desprecio del presente y de la vida real y actual en previsión de una vida futura que nunca ha existido ni existirá. Así le dice Lázaro a su hermana:

"—Él me curó de mi progresismo. Porque hay, Ángela, dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrección de la carne, atormentan como inquisidores que son, a los demás para que, despreciando esta vida como transitoria, se ganen la otra, y los que no creyendo más que en éste...
—Como acaso tú... —le decía yo.
—Y sí, y como don Manuel. Pero no creyendo más que en este mundo, esperan no sé qué sociedad futura y se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creer en otro..." (103-104)

En Savonarola se juntaron los dos ideales, salvación y utopía tiránica, imagen una de la otra. Unamuno es lo contrario de un redentor; aboga por una religión de puro formalismo, de tolerancia, un alivio de la realidad. Es curioso, sin embargo, que no aplique la misma regla en la novela a los dos tipos de religiones, la del más allá y la del más acá; que no admita la validez del ideal de la utopía socialista como algo que pueda también dar ilusiones y crear sentido a la vida, aunque nunca se vaya a realizar. Quizá le parezca un opiáceo demasiado flojo; pero un mensaje secundario de la novela es, desde luego, la desilusión con toda idea de reforma posible de la sociedad humana. La vida es demasiado corta, opina don Manuel, como para no recurrir a un ideal más accesible a todos, darles a cada uno su cielo, aunque sea ilusorio. Requiere eso, claro, mantener la ilusión. Al contrario que Dawkins, Unamuno cree que la fe en la existencia de espíritus y en el más allá proporciona más seguridad que angustia y más consuelo que ocasiones de manipulación. También cree que la vida mortal y la consciencia son algo más terrible de lo que parece a simple vista.

Podríamos decir, claro, que Unamuno no hace exactamente como Don Manuel, guardar el secreto... sino que al escribir este libro más bien grita su verdad en medio de la plaza. Pero quizá su libro va dirigido sólo a los Lázaros de este mundo, y bien sabe que será ignorado por los demás.

Este debate que sigue sobre la utopía tiene algunos puntos de contacto con el razonamiento de Unamuno, me parece.




También aquí se promueve, frente a las utopías terrestres, ingenierías sociales y revoluciones, una utopía trascendental que si bien no tiene mayor sustancia, mantiene el status quo y e ilusiona a la gente—a quienes prefieren vivir de ilusiones más que de verdades. Es una cosa muy humana, y ésta sí que no parece que vaya a cambiar con ningún programa de ingeniería social. Todo lo más se transforma. La gente encuentra sus propios remedios para la falta de sentido y la mortalidad. El fútbol quizá sea la última encarnación masiva de la religión, de ese mundo aparte con el que nos autoengañamos y cimentamos (con cimientos imaginarios) la existencia cotidiana. Pero cada cual se construye su religión; y si no es en el fútbol, estará el más allá trascendental en la Patria, o en el Amor, o en los sagrados recuerdos, o en la eficacia profesional, o en sublimaciones sexuales. Todas estas cosas que nos importan, ¿bien quedarán almacenadas en algún sitio, acumuladas en algún blog de la Eternidad? Ya la lo decía Chesterton—si no crees en Dios, el peligro es que acabas creyendo en cualquier cosa.

(Malas noticias para el pequeño Oscar)

El juego de Ender

jueves 3 de junio de 2010

El juego de Ender

Acabo de leerme El juego de Ender, uno de los clásicos de la ciencia ficción, de Orson Scott Card. Ya quería comentar algo sobre esta novela cuando ví que en su sociedad futurista, ya tenían lugar los debates en red que ahora son característicos de los foros y de los blogs, como una forma establecida de periodismo/escritura pública. Aquí todos son niños genios: los hermanos de Ender, Valentine y Peter, aun siendo niños asumen personalidades virtuales y se convierten en gurús de la política y cerebros influyentes, bajos los nombres de Locke y Demóstenes. (Necesitan abrirse cuentas engañando sobre su edad, usando el "acceso de ciudadano" de su padre a la red).

"—Peter, tienes doce años.
—No, en las redes, no. En las redes puedo llamarme como quiera, y tú también." (141)


Esto es una notable anticipación en una novela escrita cuando apenas existían los primeros boletines en red y redes de Usenet.
Peter confía en el poder del pensamiento viral avant la lettre, difundido por las redes: "podemos decir las palabras que todos repetirán dentro de dos semanas" (140). Más fácil decirlo que hacerlo, pero bueno, la ciencia ficción es ficción....

Avatares, sistemas reprogramables, entornos de realidad virtual, juegos... todo se mezcla en la novela de modo notable,

"La figura que le representaba en la pantalla había empezado siendo un niño pequeño. Durante un rato había pasado a ser un oso. Ahora era un ratón grande, con manos largas y delicadas. Hizo correr su figura por debajo de gran cantidad de muebles. Había jugado mucho con el gato, pero ahora se aburría; demasiado fácil darle esquinazo, conocía todos los muebles." (75).


A Ender se le está entrenando, en centros especiales situados en el espacio, para que sea capaz de liderar eficazmente una flota de guerra contra el ataque de una raza alienígena, los "insectores" (formics), que décadas atrás estuvo ya a punto de acabar con la Tierra. El antiguo y mítico líder de la defensa terrestre entonces, Mazer Rackham, se ha mantenido vivo enviándolo a viajar a velocidad relativista, y se convierte ahora en su entrenador o Maestro. En la novela alternan las sesiones de entrenamiento de Ender y las conversaciones entre militares de alto rango que lo observan o controlan, evaluando sus posibilidades. Pero aunque tienen una cierta perspectiva irónica sobre Ender, no se nos revela en estas conversaciones el secreto principal de la novela, y la perspectiva del lector sigue limitada por el punto de vista de Ender sobre su propio entrenamiento. Este tiene lugar tanto en videojuegos y entornos virtuales como en entornos reales, con batallas simuladas en las que Ender lidera grupos de comandos en combate contra otros. Es El Elegido, pero no le resulta fácil sentirse a la altura ni llevar una vida social coherente con sus iguales— cuánto menos adecuada a su edad.

En la descripción de uno de los juegos, el juego del Gigante, se anticipa también Card a los juegos de ordenador disponibles en su época, y más bien parece proporcionar el modelo para lo que serían juegos más complejos de múltiples niveles y claves ocultas en entornos de alta definición— Ender entra en una realidad virtual, y se mueve con su avatar como un personaje más del videojuego, interactuando con seres a medio camino entre reales y generados por el sistema. Sólo el hecho de que William Gibson estuviese escribiendo también en lo 80 sus historias sobre entornos virtuales a la vez —Neuromancer—nos hace recordar que para algunos escritores de ciencia ficción la realidad virtual ya era un entorno habitual antes de materializarse, si vale para ella esta expresión. La ventaja de la realidad virtual representada en narración, como en cine, es que la virtualidad del mundo representado es en última instancia un continuo fluido con la virtualidad de los mundos virtuales que contiene, y lasa barreras se pueden cruzar insensiblemente—la acción tiene lugar tanto en el ordenador como en la sala de combate, pero todo es virtual para el lector. La novela explota esta ambigüedad de forma muy hábil. En el juego del Gigante la cosa se complica cuando Ender sueña con el juego (otro nivel de virtualidad) y lo ve invadido de insectores—para descubrir al final de la novela que esos insectores no eran meras imágenes oníricas, sino que estaban allí interactuando realmente con él, enviándole un mensaje a través de un lazo psíquico.
Ender’s Game
Porque Ender acabará al final con el mundo de los Insectores, y con su raza entera, pero a la vez será quien se preocupe por conocerlos y por contar sus historia, volviéndose el Speaker for the Dead, y aún más, el que, conservando una larva de la última reina insectora, permitirá recrear la especie. Lo interesante desde el punto de vista de la realidad virtual es que los Insectores se comunicaron con él a través de su juego y sus sueños, recreando en la realidad, en uno de sus planetas, lo que hasta entonces había sido un mero entorno virtual, el mundo del Gigante derrotado por Ender en el juego, con las ruinas del gigante donde otros han construido sus poblados. Aquí la virtualidad se hace real, o precede a lo real, estableciendo una circulación paradójica más entre los dos niveles. El juego de Ender es una de esas narraciones donde la realidad flojea, donde se circula de modo inesperado o sorpresivo entre niveles de realidad y de realidad representada, donde a veces no está muy claro si la acción que se nos describe transcurre en un mundo sólido o en uno virtual, y donde a veces creemos estar en uno y estamos en otro. En eso se basa la sorpresa final que recibe Ender—y el lector a través suyo. A saber, el juego de Ender era real, los entrenamientos en videojuegos donde se ejecutaban batallas contra los insectores eran un sistema de mando auténtico, y Ender llevaba a la batalla y a la muerte a sus amigos, o exterminaba realmente a sus enemigos, sin saberlo. Aunque en realidad toda la novela nos ha estado preparando para la lógica de esta solución. Cuando Mazer se lo explica, Ender sufre una crisis.

"—Para eso era la guerra.
—Todas sus reinas. Y por consiguiente maté a todos sus niños, todo de todo.
—Ellos lo decidieron cuando nos atacaron. No era culpa tuya. Tenía que pasar.
Ender asió el uniforme de Mazer y se colgó de él estirándole hacia abajo para que estuvieran cara a cara.
—¡No quería materlos a todos! ¡No quería matar a nadie! ¡No soy un asesino! ¡No me queríais, desgraciados, queríais a Peter, pero me hicisteis hacerlo, me engañasteis!
Estaba llorando. Había perdido el control de sí mismo.
—Po supuesto que te engañamos. Ese es el asunto—dijo Graff—. Tenía que ser un engaño o no lo habrías hecho. Ese era nuestro problema. Teníamos que tener un comandante con tanta empatía que pensara como los insectores, los entendiera y se anticipara a ellos. Tanta compasión que ganara el amor de sus subordinados y trabajara con ellos como una máquina perfecta, tan perfecta como los insectores. Pero alguien con tanta compasión nunca habría sido el asesino que necesitábamos. Nunca habría ido a la batalla deseando ganar a toda costa. Si lo hubieras sabido, no lo habrías hecho. Si fueras el tipo de persona que podría haceerlo incluso sabiéndolo, no habrías entendido a los insectores en la medida necesaria." (308).


Ender buscará redimirse ante sí mismo entendiéndolos todavía más—algo ya previsto en cierto modo por los insectores, que le habían dejado su mensaje grabado en esa realidad virtual realizada, y le confían su último superviviente. El acto de empatía de Ender se hará a través de la literatura, escribiendo él el libro Speaker for the Dead (continuación de esta novela). Es curioso notar que los insectores son una civilización en red, conectados mentalmente a sus reinas, con poca autonomía individual—y que su indiferencia a los humanos se debe precisamente a una falte de empatía que también superan—no creían que mentalidades no conectadas en red pudieran merecer su atención, o el nombre de inteligencia.

(De hecho, aparte de las comunicaciones por red en la novela, y los mensajes personales o animaciones que se envían crackeando las consolas, los humanos ya han desarrollado aquí un sistema de conexión mental en red. La novela comienza cuando "desconectan" a Ender extrayéndole el monitor que le habían implantado, y que permitía a sus entrenadores observarlo desde dentro de su propia mente. Es extraño que este tema no se desarrolle más—extraño, en realidad, que no se le implante el monitor al principio, en lugar de desconectarlo. Ender estará constantemente monitorizado cuando se le reclute para los comandos espaciales, pero ya no desde dentro. Lástima, pues tenía posibilidades el tema, tanto por la analogía con los insectores, como en tanto que modelo analógico de la intrusión mental que es toda ficción psicológica).

Hay aquí, en la relación con los insectores, una tensión poco resuelta, entre la empatía necesaria para el conocimiento y comprensión mutuos, y la cosificación e indiferencia que produce el entorno de videojuego y de ficción. Casi piensa uno que en el mundo allí descrito, Ender estaría más endurecido y mataría marcianos con la mayor indiferencia. Es lo que dicen que hacen ya algunos pilotos de aviones virtuales, combatiendo en un entorno tan mediatizado tecnológicamente, y tan aislados ellos del peligro, que la realidad misma se virtualiza y ya no les importa mucho si están en una simulación o en un ataque real. Quizá se en la primera Guerra del Golfo, aquella que "no tuvo lugar" según Baudrillard, donde se sitúa simbólicamente esta fusión de la matanza real y su versión filtrada por pantalla, pero en realidad es una manifestación de un fenómeno muy característico del Siglo XX. El juego de Ender es así, de modo, quintaesencial, una novela de la Guerra Fría, exhibiendo lo que podríamos llamar el principio Enola Gay llevado a sus últimas consecuencias. ¿Un síntoma de mala conciencia, quizá, a la vez que una repetición virtual de la jugada? En la ciencia ficción estudiamos los límites de lo que sería posible o de lo que seríamos capaces, pero normalmente resulta que las pesadillas del futuro son algo que ya ha sucedido.

Curiosamente, ahora se está preparando la película de la novela, aunque parece atascada... y, cómo no, se había pensado en el videojuego de la película de la novela del videojuego... Pero parece que tampoco encontraban un juego adecuado—quizá no daban con manera adecuada de tratar la realidad virtual al cuadrado en un videojuego. Aunque es fácil, y el género lo pide: el truco consiste en no distinguir entre un plano real y otro virtual, o hacerlo de modo incoherente y sorpresivo.


Realidad virtual duplicada